Pope Francis to Young Consecrated Men and Women- September 17, 2015

Pope Francis to Young Consecrated Men and Women- September 17, 2015

pope(The English transcription of the dialogue of Pope Francis with participants in the International Congress for Consecrated Young People on 17th September, 2015.)

Good morning!

I thank you. The Cardinal Prefect told me that you are 5,000 consecrated young people. I will begin with the questions that you prepared and that you had the courtesy to send me.

However, first of all, I know that among you there are consecrated from Iraq and from Syria. I would like to begin with a thought for our martyrs of Iraq and of Syria; they are our martyrs of today. Perhaps you know many or a few … Some days ago, in the Square, an Iraqi priest approached me and gave me a small cross: it was the cross that the priest who was beheaded had in his hand for not denying Jesus Christ. I carry this cross here …

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Índice

PRESENTACIÓN

SIGLAS UTILIZADAS

CAPÍTULO I. EL PADRE FUNDADOR, FORMADOR

I. EXPERIENCIA PERSONAL

II. EXPERIENCIA CONGREGACIONAL

1. Inspiración del Reglamento formativo de Claret

2. El acompañante en el Aspirantado

3. El Maestro de novicios

            3.1. Personalidad

            3.2. Funciones

            3.3. El ayudante del Maestro

4. El Pedagogo de los estudiantes

            4.1. Personalidad

            4.2. Exigencias formativas en la Congregación

            4.3. Funciones

            4.4. Actitudes y comportamientos

CAPÍTULO II. EL PREFECTO DE POSTULANTES

1. P. José Xifré

2. PP. Clemente Serrat y Martín Alsina

3. P. Nicolás García

4. P. Peter Schweiger

CAPÍTULO III. EL MAESTRO DE NOVICIOS

1. Cualidades del maestro

2. Actitudes y comportamientos

3. Funciones y deberes

4. EL Coadjutor

CAPÍTULO IV. EL PREFECTO DE LOS ESTUDIANTES

1. Importancia del cargo

2. Carácter propio del formador claretiano

3. Trabajo en comunión con los demás formadores

4. Obligaciones

5. Cualidades y virtudes

6. Formación y entrega del prefecto

7. Formador especial: el prefectos de los hermanos

CAPÍTULO V. EL PREFECTO EN LA RENOVACIÓN CONCILIAR

I. LA FIGURA TRADICIONAL DEL FORMADOR CLARETIANO

1. Descripción

2. Dotes y cualidades

3. Función profética de los formadores

II. EL PREFECTO Y LOS EQUIPOS FORMATIVOS

1. Condiciones del equipo formativo

2. Funciones del prefecto y del equipo formativo

III. EL PREFECTO EN LAS ETAPAS FORMATIVAS

1. Acogida vocacional

2. Postulantado

3. Noviciado

4. Misioneros en formación

IV. OTROS ASPECTOS FORMATIVOS

1. Selección de los formadores

2. Presencia educativa y dedicación plena

3. Formación de formadores

CAPÍTULO VI. EL PREFECTO Y EL ACOMPAÑAMIENTO PERSONAL

I. P. FUNDADOR.

1. Experiencia personal

2. Orientaciones para los seminarios

II. TRADICION CONGREGACIONAL

1. Importancia de la dirección espiritual

2. Postulantado

3. Noviciado

4. Misioneros en formación

            4.1. Tradición congregacional

            4.2. Periodo posconciliar

5. El Plan General de Formación

CAPÍTULO VII. ORIENTACIONES FORMATIVAS

CONTRAPORTADA – TEXTO

El Capítulo desea que se mantenga la figura tradicional de nuestro Prefecto como formador de los seminaristas, adaptada, sin embargo, como criterio diferencial según las circunstancias y los grados de la formación. El Prefecto llevará en su propia esfera la dirección formativa del Seminario, según los criterios supremos de la Iglesia y de la Congregación, de acuerdo siempre con las orientaciones de los Superiores competentes (1F 81).

Capítulo VII: Orientaciones Formativas

            Como he indicado en la presentación, en varias ocasiones me han solicitado que clarificase más la figura, el papel y las funciones del formador claretiano. Entre las iniciativas concretas que me han pedido estaba la elaboración de un reglamento que regulase las relaciones entre el prefecto y otras personas de la comunidad formativa, especialmente el superior y el ecónomo, y que evitase malentendidos y conflictos en el desempeño de la misión formativa[1].

             Siempre me he negado a elaborar dicho reglamento por varias razones. Creo que su elaboración y posterior imposición traería más problemas que soluciones. Un reglamento no puede contemplar las múltiples circunstancias en las que se puede desenvolver la marcha de una comunidad formativa. El reglamento encorsetaría la vitalidad de unas relaciones entre el prefecto y otros miembros de comunidad que de por sí han de ser fraternas, libres y cordiales. Reglamentar mucho la vida es aniquilarla, matarla, hacerla estéril, sería quitarle creatividad.

            Para salir al frente de estas y otras dificultades me ha parecido mejor dar unas orientaciones formativas, basadas en el perfil de la figura del prefecto, que sirviesen de ayuda para vivir la espiritualidad misionera desde la misión formativa y de pauta para el diálogo entre los superiores, prefectos y formadores, y formandos. Estas orientaciones serán eficaces si se integran en la propia espiritualidad apostólica y si se hacen posteriormente normas prácticas, no desde un reglamente congregacional, sino desde el diálogo, el acuerdo y el consenso entre todos los implicados en el proceso formativo. Entre las orientaciones para los formadores destacaría:

  1. 1.Misión apostólica. Ser prefecto es una misión apostólica. No es un simple cargo o una carga, o una mera tarea burocrática. Es la misión donde se ha de realizar el prefecto como persona y como claretiano (de la misma manera que los demás misioneros de la Congregación en sus respectivas misiones). Por eso ha de amar su misión sabiendo el gran servicio que está prestando a la Iglesia y a la Congregación.
  1. 2.Integración espiritual. El prefecto ha de vivir su misión formativa integrándola en su espiritualidad apostólica claretiana. Debe orar constantemente por los formandos. Debe sufrir por ellos; las cruces las ha de ofrecer por su formación; ha de morir cada día para que los formandos resuciten (I Cor, 4, 10-12). Viviendo identificado con Cristo, maestro de los apóstoles; iluminado y fortalecido por la acción del Espíritu Santo, primer agente de la formación, ha de ser un fidelísimo hijo del Corazón de María, nuestra Madre y Formadora. Con ella ha de mantener una relación filial y profesional (de formador a formadora) profunda, intensa y duradera. El prefecto ha de comprender que está formando hijos para su Madre, María.
  1. 3.Testimonio de vida. El testimonio de vida claretiana del prefecto es fundamental en la formación. El testimonio del formador, tanto positivo como negativo, tiene una influencia decisiva en ambos sentidos. Las palabras formativas del prefecto han de estar respaldadas por su testimonio de vida claretiana; de lo contrario serán inútiles, vanas y vacuas, e incluso contraproducentes. Sin el testimonio personal de vida, el formador no tiene nada que hacer, no tiene eco en la comunidad formativa. La experiencia demuestra que el testimonio del formador refuerza de tal manera la acción formativa que, a veces, no hacen falta las palabras. Un formador que hable y estimule a la oración personal, por ejemplo, si no da testimonio de que es un hombre de oración, hará su acción formativa inútil. En este sentido, ser formador es un estímulo a la fidelidad personal.
  1. 4.Formador integral. El prefecto claretiano es un formador total en sentido pleno. A él se le encomienda la animación, personal y comunita­ria, de la formación integral y armónica de los misioneros. No es formador de una faceta de la personalidad del formando (educación física, formación académica, etc.). Cuida la formación global de la persona en sus dimensiones física, psicológica, intelectual, social, cultural, religiosa y claretiana. No obstante su responsabilidad global, el prefecto ejecuta su responsabilidad formativa ayudado por otras personas (auxiliares, profesores, miembros del equipo formativo, etc.).
  1. 5.Responsabilidad global. Es el responsable de la organización formativa y disciplinar del centro de formación. Bajo su responsabilidad cae, teniendo en cuenta las consultas y diálogos pertinentes con los superiores, equipo formativo y formandos, todo lo referente a la organización de la formación (vida espiritual y sus dinamismos, vida comunitaria, acción pastoral, instrucción, etc.), y de la disciplina (organización externa de la comunidad, horarios, concesión de permiso, distribución de tareas, etc.) de la comunidad formativa. No son el superior, ni el ecónomo, ni el encargado de la formación académica, los responsables de la organización y de la marcha de la comunidad formativa. Aunque ellos tengan su propia función, la organización de la comunidad formativa no les corresponde; el responsable es el prefecto en comunión con los demás.
  1. 6.Cuidado de la salud física. El prefecto se ha de interesar cuidadosamente de la salud física de los formandos. Una salud deficiente y mal cuidada puede impedir en el futuro el desarrollo una adecuada misión apostólica. Procurará que haya buena y suficiente alimentación, deportes, educación física, higiene; son aspectos que han de formar parte de la formación. Ha de vigilar para evitar los excesos físicos y corporales (en el beber y comer, en el cuidado de la vista, en el estudio, etc.) y enfermedades.
  1. 7.Atención a la normalidad y madurez psicológica. El prefecto procurará, en primer lugar, que se hagan las pruebas establecidas en el derecho y en el PGF para detectar la normalidad psicológica de los formandos. Si alguno necesita asistencia psicológica personal adecuada se la proporcionará. Estará pendiente de la maduración psicológica de los candidatos. A la hora de poner en práctica el plan formativo ha de ser exigente, buscando siempre lo mejor y lo más enriquecedor para los formandos. Una formación débil, light, crea personas flojas y poco consistentes, con poca madurez para afrontar las dificultades de la vida misionera. Si el formando necesita una experiencia de maduración, como la de interrumpir la carrera o un año de trabajo, se la debe proporcionar contando siempre con un plan apropiado. Ha de evitar las prisas en los formandos a la hora de hacer la profesión perpetua y para acceder a las órdenes sagradas.
  1. 8.Formación académica. Actualmente la mayoría de nuestros formandos va a centros académicos no claretianos. El prefecto se ha de interesar el seguir de cerca los estudios de los formandos. Lo ideal sería que fuera también profesor en el centro académico; por lo menos, ha de procurar estar presente en las estructuras de gobierno (consejo de rectores, por ejemplo, u otro semejante). Además de ser un aspecto de revisión periódica con el formando, es necesario que dialogue de vez en cuando con los profesores del centro.
  1. 9.Estudios particulares. Siguiendo nuestra tradición, debe orientar los así llamados estudios particulares de los formandos durante la carrera y las futuras especializaciones teniendo en cuenta sus cualidades e inclinaciones y las necesidades de la Congregación. Facilitará todo lo que sea necesario para que los formandos desarrollen sus cualidades especiales o dotes particulares (literatura, pintura, música, lenguas, etc.). Esta dimensión formativa personalizada es de suma importancia y no se debe descuidar. Dentro de la unidad de los estudios hay que diversificar la formación según las distintas personalidades en orden a la misión apostólica.
  1. 10.Instrucción formativa. El Prefecto proporcionará a los formandos en cada fase formativa un alimento sólido, doctrinal y práctico, que responda a sus necesidades personales, a las exigencias del momento presente y a sus responsabilidades futuras. Esta es una de las funciones más importantes que tiene el prefecto y que siempre ha estado presente en la tradición congregacional. El prefecto ha de ofrecer de una manera sistemática y a través de las más variadas metodologías (conferencias, meditaciones, talleres, etc…) aquellos elementos de formación complementaria que no se dan en otros ámbitos[2]. De un modo especial ha de trasmitir y actualizar todo lo referente a los procesos vocacionales; al carisma claretiano y al espíritu congregacional; y a la historia propia en la situación pasada y presente. Por otra parte, aunque se puede valer de otras personas que le ayuden, es imprescindible que el mismo prefecto se empeñe personalmente en esta función. Son momentos de una clara incidencia formativa para trasmitir experiencias, clarificar criterios, impulsar actitudes misioneros, etc… Son momentos que forman parte de lo que he llamado en otras ocasiones (cursos de formadores) pedagogía del gota a gota formativo; es una pedagogía muy actual y muy eficaz si se practica con coherencia e insistencia.
  1. 11.Acompañamiento personal.El acompañamiento vocacional es un dinamismo fundamental de gran importancia formativa. Además de las acciones de grupo, hay que llegar a la persona a través de una formación personalizada[3]. El prefecto ha de tomar muy en serio esta responsabilidad y no la puede abandonar, por muchas ocupaciones que tenga[4].

     

El prefecto deberá acompañar personalmente a los formandos a lo largo de todo el proceso formativo para promover su crecimiento y su fidelidad vocacional, para que se formen en la vida religiosa y en el espíritu de la Congregación mediante diálogos personales con ellos. Dos tipos de acompañamiento y de diálogos[5]:

  • La dirección espiritual. El prefecto (o el maestro) es la persona que ofrece la Congregación para la dirección espiritual de los formandos como se venido afirmando repetidas veces a lo largo de la tradición congregacional. Este criterio tiene su aplicación práctica salvando siempre la libertad del formando.
  • Los diálogos formativos. Son diálogos personales entre el prefecto y el formando sobre la marcha del proceso formativo del formando[6]. Son diálogos imprescindibles que siempre se han de tener. Sin entrar en temas de conciencia, estos diálogos formativos abarcan todo el contenido de la formación integral[7].
  1. 12.Relaciones del prefecto con otros miembros de la comunidad (superior, ecónomo, prefecto de estudio, profesores, etc.). Para regular estas relaciones conviene tener en cuenta algunos criterios:
  • Es fundamental que cada uno sepa su propia misión y el alcance de la misma[8]. La ignorancia es madre de muchos errores y de malos entendimientos. Esto es lo primero.
  • Es necesario dialogar lo más posible entre todos los que están implicados en la formación. El diálogo es fundamental para resolver problemas, conflictos y malentendidos, y favorecer la unidad formativa.
  • Hay que elaborar buenos proyectos formativos donde aparezcan las competencias de los implicados en el proceso formativo.
  • Por último, además de los criterios que se apuntan, es muy importante el tipo de personas que intervienen en la acción formativa. Está comprobado que muchos de los problemas que se suscitan en este tipo de relaciones depende de las personas, de su temperamento y carácter, de su apertura mental, capacidad de compresión, etc.
  1. 13.Formación apostólica. La formación claretiana es una formación para la misión. La formación apostólica es, por lo mismo, una dimensión esencial y fundamental de nuestra formación. Es una dimensión que ha de estar presente en todo el proceso formativo y que se debe plasmar en todos los proyectos de formación.

      Mi experiencia personal desde que ingresé en la Congregación (como estudiante, formador, prefecto general de formación) es que nuestros centros siempre han vibrado apostólicamente y los formandos han sido muy celosos apostólicamente; el apostolado ha sido y sigue siendo una de las grandes aspiraciones de realización de nuestros formandos ya desde el mismo período formativo. Todo esto es, sin duda, fruto de nuestro carisma misionero y signo de fidelidad al espíritu de nuestro Fundador. Es una buena señal. No obstante, hay que canalizar, integrar y formar esa fuerza apostólica de nuestro formandos con algunos criterios formativos:

  • No se debe ser reducionista a la hora de hablar de formación para la misión. No se trata sólo de realizar acciones y actividades apostólicas. La formación para la misión implica actividades apostólicas, teología y planificación pastoral, y una buena dosis de ciencias teológicas (teología, escritura, moral, etc.). De éstas no se puede prescindir en absoluto. Más aún, una buena formación apostólica no se entiende sin una buena formación teológica. Quien piense que la teoría es inútil y que estudiarla es tiempo perdido comete una gran torpeza.
  • Las actividades deben estar organizadas. También la experiencia me ha hecho ver que las actividades apostólicas es lo peor organizado en nuestros centros[9]. Se hace mucho pero sin orden y sin plan. Como pide el PGF, hay que elaborar Plan Sistemático de Iniciación Apostólica. En este plan, que ha de abarcar todo el proceso formativo y ha de tener presente las circunstancias concretas del Organismo Mayor, se han de contemplar experiencias concretas de pobreza.
  • Las experiencias han de tener un claro sentido formativo. Esto significa dos cosas: en primer lugar, que las actividades que se planifiquen han de estar en función, no tanto de valor apostólico de las mismas cuanto de la ayuda formativa para el formando[10]; y, en segundo lugar, que las actividades han de quedar integradas en la vida espiritual del formando; ha de integrarlas en perfecta unidad de vida misionera, evitando el activismo y la dicotomía personal[11].
  • Presencia del formador en la formación apostólica. No puede faltar su presencia formativa tanto en la elaboración del plan apostólico como en su realización y evaluación. Lo ideal es que el formador pudiera, también, compartir con algún grupo de formandos una de las actividades programadas. Asimismo, el formador ha de dar una dimensión personalizada a la actividad apostólica de los formandos; esto es posible en el momento de la planificación y, sobre todo, en la evaluación personal con el formando, sea en la dirección espiritual, sea en los diálogos formativos.
  1. 14.Formación permanente. El Prefecto debe cuidarla, no sólo por razones personales, sino para adquirir siempre una mayor preparación formativa y mejorar el servicio a la formación. Los formandos aprecian que el formador sea una persona de calidad, bien preparada en su campo, actualizada y con autoridad personal y moral. Para ello ha de utilizar todos los medios posibles a su alcance. De un modo especial ha de estudiar personalmente cada día todo lo referente a su misión (carisma claretiano, espiritualidad, psicología y pedagogía). Para la preparación en la dimensión claretiana deberá participar en los cursos que se organizan periódicamente en la Escuela del Corazón de María.


[1] Hay que decir que este problema no es nuevo en la Congregación. La historia congregacional nos recuerda que estos conflictos han existido siempre y han sido producido por la dinámica de la vida y las exigencias de la misión formativa.

[2] Cf. PGF 224-226, 228, 400 y Apéndice 3.

[3] El acompañamiento es esencial para estimular a los candidatos a crecer en la vida cristiana (ámbito donde se manifiesta la vocación), para ayudarlos al discernimiento vocacional, para acompañarlos en las dificultades ante las decisiones que ha de tomar y para evitar futuras frustraciones por la falta de discernimiento adecuado.

[4] Esta responsabilidad se ha descuidado en algunas partes de la Congregación con gran perjuicio de la formación. A algunos formadores les cuesta realizarla, especialmente por falta de preparación o capacidad y, sobre todo, por falta de tiempo y por estar empeñados en otras actividades. El prefecto no puede aceptar actividades apostólicas incompatibles con su función de formador.

[5] Los criterios y las orientaciones concretas actuales para realizar ambos tipos los tenemos en el PGF 187-193. En cuanto a la periodicidad de los diálogos con el formador, depende de las circunstancias y de los momentos formativos. Un encuentro personal con el formador cada mes puede ser suficiente como norma general.

[6]Los formandos no tienen necesariamente que hablar en persona y de una manera sistemática con los superiores y ecónomos de las comunidades formativas. Es un error y una práctica antipedagógica que a veces se comete en algunos de nuestros centros; con ella se está sometiendo los formandos a una excesiva pérdida de la propia privacidad y libertad.

 

[7] Un punto de referencia para dialogar en los encuentros puede ser el proyecto personal. También pueden servir los aspectos que se indican en los distintos formularios del PGF, especialmente los Apéndices 4, formularios 1, 6, 8, 13. Para otros tipos de encuentros personales, cf. IVM (Manual del Novicio Claretiano), Apéndice 3.

[8] Normalmente en nuestros documentos congregacionales constan las competencias y funciones de los distintos cargos de la comunidad. Otras veces, son las tradiciones las que suelen determinar y fijar ciertas normas y estilos de actuar. Todo ello es fuente de información válida.

[9] Así como la vida espiritual, la comunitaria y la académica están normalmente bien organizadas, la vida apostólica se deja a veces al azar y a la improvisación.

[10] Este principio trae consecuencias prácticas, no siempre muy agradables para los formandos. Por ejemplo: a veces hay que sacrificar la continuidad de la obra o de la acción apostólica por el bien formativo del formando; otras veces, es necesario cambiar una acción apostólica para experimentar otras nuevas, etc.

[11] Para este tema cf. IVM, (Manual del Novicio Claretiano), La unidad en la vida misionera, cap. 15.

Capítulo VI: El Prefecto y el Acompañamento Personal

            En este capítulo tratamos del acompañamiento personal en un sentido estricto y en la línea de la formación personalizada. Nos referimos a la atención personal del formando por parte del prefecto, la cual implica de una manera especial la dirección espiritual y el diálogo personal formativo.

                                                             I. P. FUNDADOR

 1. Experiencia personal

             La experiencia personal del P. Fundador fue muy rica y variada[1]. Nuestro Fundador recorrió las sendas que el Señor quiso para él pidiendo ayudas puntuales[2] o regulares[3] a personas experi­men­tadas espi­ri­tual­mente que le ayudaron en el discernimiento de la voluntad de Dios. Les confiaba el estado de su conciencia[4], contaba con su aprobación[5] y les obedecía[6]. Él mismo advierte cómo en momentos muy críticos de su vida Dios se valió de algunas personas para aconsejarle y dirigirle[7]. Recuerda, como espe­cial­men­te significati­vo, el que tuvo con el P. Amigó[8] que contribu­yó a que se desper­ta­ra en él el fervor de la piedad y devoción, a *abrir los ojos+ y a conocer los peligros por donde había pasado[9]. En carta al P. Xifré (6 marzo 1863) le expresa su deseo de que se dé cuenta de conciencia a los directores espirituales para evitar desercio­nes y vencer las tentaciones[10].

2. Orientaciones para los seminaristas

            Para el P. Fundador hay, en espiritualidad, una gran concordancia sobre la necesidad de tener un buen di­rector espiritual. Así lo atestiguas el Antiguo y Nuevo Testamento, los maestros de la vida espiritual y tantos libros y tratados como se han escrito sobre esta materia.

            No basta con tener un confesor que perdonen los pecados. Los seminaristas necesitan también un maestro que les enseñe el camino de la vir­tud; un guía, un Moisés, para conducirlos a la tierra que Dios les ha prometido; un piloto que les descubra los escollos de la vida; y un acompañante para luchar y superar las fla­quezas espirituales que les agobian.

            En particular los que co­mienzan a servir a Dios han de tener gran cuidado en descubrir a su director todo lo que les pasa. Los santos, iluminados por el Espíritu y con gran expe­riencia en los caminos de Dios, han practicado la dirección espiritual. Y lo mismo muchas per­sonas virtuosas. El que obra por sí mismo se expone a grandes riesgos, y, por lo común, cae en grandes faltas; mientras que la paz de la conciencia, el progreso en la virtud y el alivio de las penas, el espíritu de discreción, el mérito y las bendiciones compañeras de la obediencia, son siempre los frutos de la docilidad en dejarse condu­cir por el director[11].

                                        II. TRADICION CONGREGACIONAL

 1. Importancia de la dirección espiritual

            El P. Xifré, al hablar a todos los misioneros de los obstáculos para la santificación propia, resalta que el abandono de la dirección espiritual es uno de ellos y estimula a que se lleve a la práctica con sinceridad y apertura de corazón[12]. Y siguiendo una prescripción del IV Capítulo General (1876), insiste en que ningún misionero deje de escribir a los superiores dos o tres veces al año dándole cuenta de su salud corporal y espiritual[13].

            Las Constituciones habían estableci­do que en el día de retiro cada uno daría cuenta al confesor y al superior de su aprovechamiento o atraso en la vida espiri­tual[14]. Sobre el alcance que tenía la cuenta de conciencia prescrita por las Constituciones y que se ha de dar a los superiores, el VI Capítulo General (1895) advierte que es una regla, no preceptiva, sino orientativa; la palabra sponte indica este sentido de libertad. Sin embargo, dadas las consecuencias negativas que se siguen cuando no se practica y los efectos positivos que se producen en las personas que la cumplen, el Capítulo “no puede menos de recomendar vivísimamente esa bendita práctica”[15]. Este tema volvió a salir en el VIII Capítu­lo General (1899), aclarándose que “para facilitar su cumplimien­to, ni los Superiores, ni los Ministros, ni los Prefectos, ni Maestros podrán revelar a nadie cosa alguna que hubiesen sabido sólo, pura y exclusivamente por la dicha cuenta de conciencia recibida de sus respectivos súbditos”[16].

            Las Constituciones de 1924, conservando el texto de las anteriores sobre la cuenta de conciencia que en el día de retiro cada uno debería dar al confesor y al superior[17], puso el límite quedando salvo el canon 530, el cual prohibía a los superiores inducir a los súbditos a dar la cuenta de conciencia con ellos. Nuestro CIA siguió el mismo criterio, y salvando el secreto y la libertad personal según las Constituciones y el Derecho, la recomienda en gran manera y motiva a todos a abrir sus corazones a los superiores para exponerles con confianza sus dudas y preocupaciones[18].

2. Postulantado

            En los primeros Reglamentos del P. Xifré (1876 y 1892), no se dice nada explícitamente sobre el acompañamiento personal. En el Reglamento de 1894 se habla ampliamente del Prefecto y se le pide que converse periódicamente con cada uno de los postulantes; ade­más de las instrucciones que deben dar al grupo sobre algunos temas específicos, ha de ofrecerles instruc­ciones personales según las necesidades y condiciones de cada uno:

“Para estas instrucciones particulares procurará que, a lo menos una vez al mes, todos por turno vayan a su habita­ción, informán­dose muy por menudo de todo cuanto les ocurra y les convenga, según sus necesidades y temperamentos”[19].

            En el Reglamento del P. Clemente Serrat del año 1900, se insiste a los Prefectos en que mantengan el contacto periódico con los postulantes para que éstos den cuenta de su estado corporal y espiritual, describiendo con mayor precisión y desarrollando con más amplitud el contenido de dicho relación personal. Los Prefectos han de procurar,

“que, a los menos una vez al mes, vayan a su habitación los Postulantes para dar cuenta de su estado corporal y espiri­tual, y se informen al pormenor de todo cuanto les ocurra y convenga, según su índole y temperamento; y muy particu­larmente averigüen cómo se portan dichos jóvenes en la oración y demás prácticas u obras ordinarias”[20].

            En esta misma línea se expresa el Reglamento de 1907[21], y el Espejo del Postulante publicados en tiempos del P. Alsina. En éste se pide que los postulantes tengan una relación personal abierta y sincera con el P. Prefec­to, su inmediato superior. En consecuencia:

“Le visitarán con frecuencia en su celda, dándole cuenta de su estado de salud y de lo que para conservarla necesiten; de su aprovechamiento en los estudios y de las dificultades con que tropiecen; pero sobre todo le tendrán su corazón abierto, manifestándole con franqueza todo lo bueno y lo malo de su propia alma, y oyendo con docilidad sus consejos, amonestaciones y correcciones. Esta claridad de conciencia será para los Postulan­tes una de las mejores garantías de su perseve­rancia en la Congregación”[22].

            Por último, en El Manual del Seminarista Claretia­no (1962), especial­mente pone de relieve el acompañamiento personal. Refiriéndose al prefecto y a la dirección espiritual, invita a los seminaristas a que tengan con él diálogos personales con frecuencia, le abran el corazón y le escuchen con docilidad. En estas conversaciones le darán cuenta del estado de salud y de lo que necesitan para conservarla; del aprovechamiento en los estudios y de las dificultades que tienen[23]. La claridad de conciencia con el formador será para los postulantes una de las mejores garantías de su perseverancia en la Congregación.

3. Noviciado

            El P. Maestro es la persona que la Congregación ha puesto a disposición de los novicios para la dirección espiritual y la cuenta de conciencia[24]. Por lo tanto, estará disponible para escuchales y resolver las dudas que tuviesen[25].

            11. Después del II Capítulo General el P. Xifré publicó a fines de septiembre del 1862, documento titulado Máximas importantísimas en todo tiempo y para todos los Misioneros, pero con más especialidad para los que están en el año de proba­ción[26]. Es un breve documento de 10 máximas sobre las actitu­des que el probando debe cultivar durante el Noviciado (confian­za, humildad, alegría, etc.) y sus relaciones con los Superiores y el Director.

            Hablando de la dirección espiritual, le dice que:

*Tendrá por máxima imprescindible el manifestar todo su interior al Director y al Superior, a quienes descubrirá todas sus inclinaciones, efectuándolo según el modo y fórmula estableci­da al efecto+[27].

. En las tentaciones, angustias y en los momentos de tristeza, además de luchar contra ellas y de orar, es imprescindible y necesario acudir al director espiritual o al superior[28].

            2º. En las Prácticas espiritua­les, se aconseja que los novicios, a semejanza de los Apóstoles (Mat., 13, 36-40), dialoguen con el Maestro, le pregunten en común y en privado para ser iluminados y orientados en su vida personal:

“(…) el buen discípulo preguntará a su Maestro en las conferencias de Comunidad, si el Maestro da lugar a ello, y si no, en conversación privada; (…) Por ningún camino alumbra más ciertamente Dios en esta providencia ordinaria, que por medio de las preguntas hechas a los Superiores, Directores y Maestros”[29].

            31. En El Novicio Instruido, como punto de partida, se afirma que la dirección espiritual no es obligatoria[30].

            No obstante, está sumamente recomendada por la Iglesia, por el P. Funda­dor[31] y por la Congregación como un medio eficacísimo para superar las dificultades en el camino vocacional y para estimular la propia santificación[32].

            En El Novicio Instruido se ofrece, incluso, un método práctico para llevar el diálogo con el Maestro, donde se indican las actitudes que hay que suscitar y los puntos a desarrollar; puntos que abarcan toda la personalidad del novicio de una manera dinámica:

“Antes de dar cuenta (de conciencia), hará una visita al Santísimo Sacramento, pidiendo a Jesús la gracia: 1.E, de conocerse bien a sí mismo; 2.E, de saberse manifestar bien al Padre, y 3.E, de ser dócil a sus consejos. Después avivará la fe de que el Padre es verdadero representante de Dios, y le dará cuenta de estos puntos: (…)”[33].

            Como frecuencia de la cuenta espiritual, normalmente, y de una manera general, se aconseja cada mes en el día de retiro. No obstante, la tradición congregacional en nuestros centros formativos es de cada semana en nuestros noviciados y, al menos, cada quince días en los escolasticados[34].

4. Misioneros en formación

            Dentro de la ayuda personal, ocupa un lugar muy importante el diálogo personal con el formador y la dirección espiritual. Ambos han sido reiteradamente aconsejados por el magisterio congregacional.

            El prefecto, como hemos dicho[35], era la persona destinada al cuidado inmediato de los Estudiantes, normalmente residentes en un colegio. El ministro, en cambio, era el formador (y superior) para los hermanos coadjutores tanto durante los años de votos temporales como perpetuos. El prefecto era la persona que ofrecía la Congregación para la dirección espiritual[36]. En la Congregación ha sido tradicional que el Prefecto fuera también el director espiritual de los estudiantes.

            4.1. Tradición congregacional

            Desde el punto de vista formativo, con las salvedades de libertad y secreto que siempre han expresado las Constitucio­nes y Capítulos, se fue consolidando en la práctica y de una manera constante la figura tradicional del Prefecto o del Ministro como director espiritual de los estudiantes y de los hermanos respectivamente[37].

            De hecho, dos razones han favorecido esta línea de actua­ción. En primer lugar, la exigencia de una formación personal expresada en nuestras orientaciones formativas y legislativas. Y, en segundo lugar, la exigencia de dar, como mínimo, la cuenta disciplinar a los Superiores o encargados.

            Las Constituciones piden al Prefecto un conocimiento personal del estado de salud, las afecciones y las necesidades de cada uno[38]. Para lo cual es necesario un contacto personal periódico. Nuestra legislación desarrolla esta línea formativa diciendo que para completar la formación personal de los Estudiantes, que el Prefecto ha de promover, se debe procurar que éstos pasen por su habitación frecuentemente, por lo menos una vez al mes, y confiera con ellos paternalmente[39].

            Insistiendo en la ayuda personal, los formadores, dice el P. Nicolás, han de tener con los misioneros en formación, además de las instrucciones comunitarias, contactos personales. Es necesario que hablen y conversen con cierta frecuencia con los dirigidos (los formandos) en la intimidad y que graben en sus conciencias los grandes principios de la vida espiritual:

“un rato de conversación, cuando el Director es un hombre de pensamien­tos elevados, un alma superior de grandes horizontes, hace un efecto en el dirigido que le deja huella imborrable”[40].

            Más aún. El P. Nicolás, hablando de la estructura y dinámica del Año de Perfección[41], afirma que el prefecto de los PP. jóvenes, en general, tendrá las mismas obligaciones que el prefecto de los estudiantes y, en particular, la de “recibir la cuenta de conciencia”[42]. Y entre los medios para aprovechar este tiempo formativo aconseja la dirección espiritual con el formador:

“Toda recomendación será poca para inclinar el ánimo del que quiera hacer con perfección y provecho este año al trato frecuente con el P. Prefecto, Director de su conciencia, pues es el Maestro y guía que les ha de conducir en su ascensión a Dios; sin ese trato con el Director, no aprovecharán gran cosa, aunque empleen otros medios”[43].

            La cuenta de conciencia que recomienda y aconseja el P. Nicolás es distinta de la cuenta disciplinar que es obligatoria y han de darla al formador cada quince días o, al menos una vez al un mes[44]

            El XV Capítulo General, preocupado por el abandono de la dirección espiritual, trató el tema de la cuenta de conciencia y de la cuenta disciplinar[45].

            La cuenta de conciencia es uno de los medios más importantes para la formación de los nuestros y para conseguir la perfección religiosa. Hay que atenerse, dice el Capítulo, a lo que ya ha legislado la Iglesia (canon 530). Aunque no puede exigirse, debe recomendarse insistentemente y del modo más eficaz como medio indispensable de perfección. Por lo mismo, tanto los superiores como los demás encargados han de considerar como un deber primordial el facilitar por todos los medios su práctica.

            La cuenta disciplinar, que se ha de dar al Superior o al encargado, se puede exigir siempre que se crea conveniente. De una manera especial, se debe exigir a los hermanos según las Constituciones[46], a los estudiantes y a los padres jóvenes en período de formación[47].

            4.2. Período posconciliar

        El XVII Capítulo General (1967), al tratar el tema del prefecto y sus funciones de director espiritual y maestro de espíritu, dio algunas orientaciones[48]. Como principio general, se han de tener en cuenta las normas de la Iglesia, que la Congregación hace suyas. Más en concreto:

        1º. Urgencia. Se ha de urgir la práctica la dirección espiritual según la norma de la Iglesia. Los Superiores han de dar a conocer la mente de la Iglesia acerca de la dirección espiritual y se han de informar discretamente si cada formando la practica.

        2º. El Prefecto. El prefecto desempeña entre nosotros como por derecho propio la función de director espiritual. Debe ser escogido con diligencia especial y ha de estar dotado de tales características naturales y sobrenaturales y de tanta doctrina dogmática y ascética que pueda exhortar y conducir los alumnos a la perfección con su ejemplo y doctrina. Así:

  • La función del director espiritual se limita exclusivamente al foro interno, y no podrá llevar al foro externo nada si no es con licencia expresa del alumno dada por escrito.
  • Nuestro prefecto no podrá revelar nada de lo que sepa exclusivamente por el foro interno. Pero dado que tiene también encomendado el foro externo, puede ser interrogado y debe informar, e incluso podrá votar con ocasión de profesiones y ordenaciones, siempre que haga referencia a dicho foro externo.

        3º. Libertad. Para que se dé en esta materia a los estudiantes la debida libertad, aunque sin perjuicio de la dirección única, el Prefecto podrá ser ayudado y completado por un director espiritual en sentido restringido. Y aunque los documentos de la Iglesia suponen que la dirección espiritual es cosa diversa de la confesión y que el Prefecto no puede ser confesor ordinario, nada impide que uno de los confesores sea director espiritual en sentido restringido. Si algún alumno pide un confesor o director de espíritu especial y se ve que lo necesita, el Superior lo conceda fácilmente.

        4º. Criterios concordados.Es indispensable que los superiores reúnan a los prefectos, directores espirituales y confesores (externos e internos) de vez en cuando para cambiar opiniones y coordinar criterios de actuación, especialmente en materia de vocación, discernimiento, aprobaciones, etc. El director espiritual debe conocer de tal manera a los alumnos que pueda emitir un juicio cierto en el foro interno acerca de su vocación: es decir, si pueden o no hacer la profesión perpetua y recibir las órdenes sagradas.

        5º. Periodicidad. Para la dirección espiritual se pueden establecer coloquios periódicos. La Congregación de Seminarios estima necesario y suficiente un coloquio mensual por turno.

5. El Plan General de Formación

            En el PGF se recogen toda nuestra tradición congregacional y las orientaciones de la Iglesia, y se dan las últimas orientaciones para que se actúen en la Congregación. Presentaremos a continuación los textos principales sobre el acompañamiento personal y la dirección espiritual de un modo orgánico.

            11. La dirección espiritual. Entre las diversas formas de realización del acompañamiento personal, la dirección espiritual es la modalidad más recomendada por la Igle­sia[49] y, como hemos visto, por la Congregación. La Congregación ha visto en ella un medio excelente para discernir la voluntad de Dios, para mantenerse en el fervor y perseverar hasta el fin[50]. La reco­mien­da a los misioneros en general[51] y a los formandos en particu­lar[52].

            Para la dirección espiritual, como hemos visto, en nuestra tradición el prefecto y el maestro de novicios son las personas que la Congregación ofrece a cada formando para la dirección espiritual, dejando a salvo la libertad del mismo a optar y hacer reconocer por los superiores otra persona idónea para este acompañamien­to[53]. Cuando se elija a otra persona prefiérase, como criterio, a un claretiano[54].

            21. Diálogos formativos. Otra modalidad de acompañamiento personal son los diálogos frecuentes con el prefecto[55]. Esta forma de acompañamiento siempre se ha de tener, aun cuando el director espiritual sea otra persona distinta del formador[56].

            31. Misioneros Hermanos. La formación, tanto inicial como permanente de los hermanos, se rige por las orientaciones del PGF[57]. No obstante, siguiendo las directrices de nuestros documentos congregacionales, se subrayan algunas más específicas para ellos[58]. En cualquier modalidad formativa, el misionero hermano tendrá siempre un formador que lo acompañará personalmen­te en el crecimiento y en la maduración de su vocación[59].

            4º. Etapas formativas. El PGF señala la naturaleza del acompañamiento personal y la dirección espiritual en las distintas etapas formativas y en los varios momentos importantes del itinerario formativo:

  • En la pastoral vocacional se pide que se hagan propuestas vocacionales ex­plícitas por medio de contac­tos persona­les, especial­mente en las con­versacio­nes, en la confe­sión y la dirección espi­ritual[60].
  • En el discernimiento vocacional siempre será necesario realizar un segui­miento y acompañamiento indivi­dual de los candidatos. Hay que acompañar personalmente para clarificar la vocación mediante una relación más asidua con el candidato[61].
  • La acogida vocacional tiene entre otros objetivos el de iniciar al candidato en la dirección espiritual[62], y continuar y profundi­zar el acompañamiento personal iniciado en la etapa anterior[63].
  • A la hora de organizar el postulantado fuera de nuestras comunida­des, se ha de garanti­zar, sobre todo, la guía de un claretiano exper­to[64] con el que se tengan frecuentes entrevistas de acompaña­miento espi­ritual.
  • Al Maestro se le exige la de acompañar personal­men­te a cada novicio, orientándolo de manera personali­zada y la de discernir y comprobar la vocación de los novi­cios[65].
  • Entre los dinamismos formativos principales para los misioneros en formación se insiste en el acompaña­miento perso­nal[66]. Para promover la integración de todos los aspectos en una etapa caracteri­zada por la multiplicidad y diversidad de elementos, además de la dirección espiritual, se hace imprescin­dible un diálogo personal y frecuente con el forma­dor[67] y el acompañamiento de la comunidad[68].

            5º. Urgencia especial. El diálogo personal con el formador adquiere mayor urgencia en los momentos de dificultad y debe programarse convenientemente cuando se ha de solicitar y preparar la renovación de la profesión, la profesión perpetua y la ordenación[69]. El acompañamiento personal, dada su importancia en orden al discerni­mien­to vocacional, será para los superiores y formadores un criterio prioritario de orienta­ción, especial­mente en los momentos de admisión a la profesión y a la ordenación[70].



    [1] Síntesis tomada del PGF 187.

    [2] Cf. Aut 69; 121.

    [3] Cf. Aut 85-90.

    [4] Cf. Aut 757‑779; 796‑801.

    [5] Cf. Aut 86-87.

    [6] Cf. Aut 81-82; 101.

    [7] Cf. Aut 85.

    [8] Cf. Aut 69.

    [9] Cf. Aut 70.

    [10]EC II, p. 636.

[11] Cf. CI, t. I, sección 2ª. XXXIV.

    [12] J. XIFRE, E.C. p. 47.

[13] Circular sobre la cuenta semestral de conciencia, 7 de junio de 1886, Boletín Religioso, t. I, p. 409; también en E.C., II parte, pp. 144-145. La prescripción del Capítulo fue en la ses. 5 (AGCMF, AD, 01, 15, p. 8); se renovó en el V Capítulo General, ses. 3 (AGCMF, AD, 01, 22, p. 8).

    [14] Cf. CC. 1870, II, n. 41. Es la llamada cuenta de conciencia. El cumplimiento de la regla 41 la efectuaba cada uno con los respectivos superiores según la sección correspondiente: la comunidad formada con los Superiores, los estudiantes con el Prefecto, los hermanos con el Ministro y los novicios con el Maestro. Sobre el sentido del Superior en las diversas secciones (J. XIFRÉ, circular sobre La Vigilancia, Anales, 5 (1895-1896), pp. 373-385. ColCC., pp. 834-843; referencia en p. 836).

    [15] VI Capítulo General, ses. 5, Apéndice, p. 12.

    [16] VIII Capítulo General, ses. 3, Apéndice, p. 9.

    [17] Cf. CC. 1870, II, n. 41. Es la llamada cuenta de conciencia.

    [18] Cf. CIA, 1925, n. 562, 1, 2; 1940, n. 502, 1, 2; 1953, n. 500,1, 2.

    [19]J. XIFRÉ, Reglamento…, 1894, cap. 31, art. 31, n. 3, p. 20.

    [20] CMF, Reglamento…, 1900, cap. 31, art. 31, III, p. 33.

    [21] CMF, Reglamento…. , 1907, cap. 31, art. 31, III, p. 27.

    [22] CMF, Espejo del Postulante…, cap. 21, n. 6, pp. 7-8.

    [23] Cf. Ib., p. 18, n. 6.

[24] Cf. PGF 190.

    [25] Cf. [VALLIER], Prácticas Espiritua­les, pp. 148-149; R. RIBERA, El Novi­cio…, p. 175-181.

    [26] Cf. J. M. LOZANO, CCTT, pp. 647-648.

[27] (Ib., n. 5, p. 648.

    [28]*En sus apuros, tentaciones, tristezas o agovios (sic) nunca se descubrirá a otro que al Directos espiritual o al Superior+ (Ib., n. 8).

      *Jamás se dejará vencer por la tristeza, y si alguna vez se halla sorprendido de ella, recurrirá a la oración; mas si no se serena con ella, se descubrirá al Superior, manifestándole la causa cualquiera que sea, aunque procediese del mismo Superior+ (Ib., n. 6).

    [29] [P. VALLIER], Prácticas espirituales…, pp. 98-99.

    [30]”la cuenta espiritual no es obligatoria en con­ciencia. Ni la Santa Iglesia (c. 530), ni la Congregación (Ord., 562), quieren obligarnos a ella; pero la Iglesia y la Congregaci6n en los mismos lugares citados exhortan encarecidamente a no prescindir de un medio tan eficaz para la perfección como practicado ordinariamente por los Santos” R. RIBERA, El Novicio.., pp. 175-176.

    [31] “[…] nuestro santo Padre la en­carece a los Seminaristas en su Colegial Ins­truído” (R. RIBERA, El Novicio…, pp. 177-179).

    [32]”Es tan importante esta prác­tica para nuestros jóvenes, novicios y profe­sos y aun sacerdotes, sobre todo en los pri­meros años de apostola­do, que sin ella les será casi moralmente imposible superar las dificultades y peligros que les han de salir a1 paso en el desenvolvi­miento de su vida espiritual y misionera” (R. RIBERA, El Novicio…, p. 179). Cf., también, VI Capítulo General, ses. 5; VIII Capítulo General, ses. 3. XV Capítulo General, pp. 129-130.

    [33] Cf. R. RIBERA, El Novicio…, pp. 180-181.

    [34] “Como frecuencia, al aconsejar la cuenta espiritual cada mes en el día de retiro, no pretenden coartar la libertad de darla con más frecuencia, an­tes al contrario, en varios pasajes de ellas (p. II, n. 27, p. III, n. 2 y otros) suponen o aconsejan esta misma frecuencia, que para ­los jóvenes resulta una verdadera necesidad. La costumbre en nuestros Noviciados es que vayan los Novicios a dar cuenta al P. Maes­tro cada semana, y no retrasarla más de quin­ce días en los escolasticados”(R. RIBERA, El Novicio…., pp. 177-179).

[35] Cf. Capítulo IV, introducción.

    [36] Cf. CC 1865, I, 104; 1870, I, 104; 1924, I, 131‑133; CIA, 1924, n. 454, 456; 1940, n. 366.2, 367, 371; 1953, 367.2, 368, 372; Epítome, nn. 367-368, 373; OSG., 1929, nn. 40-43; 1959, nn. 48-52; CF, p. 28.

    [37] En la línea de favorecer la libertad espiritual de los estudiantes, en el CIA de 1940 se establecía que la misión formadora propia del Prefecto “no impide que el Superior Mayor, con el consentimiento del Superior General, designe un maestro de espíritu distinto del Prefecto, permaneciendo la facultad de los estudiantes de dirigir su conciencia con uno u otro” (n. 367, 2). Esta apertura fue modificada en el CIA del 1953 que “no impide que… designe un director de conciencia a quien algún Estudiante pueda acudir en circunstancias espacialísimas” (n. 368, 2.; también, Epítome, n. 368).

    [38] CC. 1925, 132, 81.

    [39] CIA, 1925, n. 456, 2 (se dice frecuentemente); 194O, n. 371, 2 (se dice frecuentemente); 1953, n. 372, 2 (se dice una vez al mes); cf. también, Epítome, n. 368.

    [40] N. GARCIA, Formación de…, ColCC, p. 524.

    [41] Fue organizado para los sacerdotes después de los cinco primeros años de ordenados (N. GARCIA, circular sobre El año de perfección religiosa y misionera, Annales, 36 (1940-1941) pp. 97-116 con el Reglamento; ColCC, pp. 533-554).

    [42] Ib. 548.

    [43] Ib. p. 551. Sobre la importancia de la dirección espiritual para el misionero, cf. N. GARCÍA, circular sobre La espiritualidad Misionera o Claretia­na, Annales, 35 (1939), pp. 49-108; ColCC., pp. 85-155; referencia en pp. 133-134; y circular sobre la Dirección Espiritual, Anales, 37 (1944), pp. 437-459).

    [44] “Por eso cada quince días, o a los menos cada mes, tratarán con él, debiendo darle cuenta disciplinar, y se les aconseja que le abran los secretos de su alma, para que los guíe por las vías de la perfección” (Ib. 551).

    [45] XV Capítulo General, pp. 129-130.

    [46] Cf. CC., 1924, III, n. 2.

    [47] Estas disposiciones capitulares fueron recogidas en el CIA, 1953, 500, 3a, 3b; y Epítome, n. 500 .

[48] Cf. 1F 81.

    [49] Cf. PGF 189.

    [50] Cf. CI I, c 34; 1VR 16.

    [51] Cf. CC 54; Dir 142; CPR 56; SP 13.3.

    [52] Cf. CC 73; 1F 53.

    [53] Cf. 1F 82; CF 28; PGF 190, 414.

    [54] Cf. PGF 190.

    [55] Cf. Dir 236; PGF 193.

    [56] Cf. PGF 193.

[57] Como hemos dicho antes, en la etapa posconciliar desaparece la figura del ecónomo-prefecto.

    [58] Cf. PGF 429-430.

    [59] Cf. PGF 431.

    [60] Cf. PGF 292.

    [61] Este acompaña­miento se realiza mediante visitas, entrevis­tas, correspondencia, visitas a la familia, conocimiento del entorno, presentación de nuestro carisma misionero, ofreci­miento de contacto con grupos apostóli­cos y ayudas especí­ficas para superar los obstáculos y las dificultades.

    [62] Cf. PGF 313.

    [63] Cf. PGF 314, 324.

    [64] Cf. PGF 340.

    [65] Cf. PGF 370.

    [66] Cf. Dir 236.

    [67] Dir 236 f.

    [68] Cf. PGF 410.

    [69] Cf. PGF 411. Preparación para la profesión perpetua (cf. Dir 241, PGF 420); para el diaconado (Cf. PGF 448) y para el presbiterado (cf. PGF 457).

    [70] Cf. PGF 412.

Capítulo V: El Prefecto en la Renovación Conciliar

        La Congregación ha manifestado siempre una evidente preocupación por los formadores tanto por su número como por su dedicación y preparación[1]. Dentro de la renovación conciliar de la Congregación, el interés y la preocupación por los formadores ocupó un lugar privilegiado[2].

I. LA FIGURA TRADICIONAL DEL PREFECTO CLARETIANO

         Una primera afirmación del capítulo general de 1967, el primer capítulo que afrontó con intensidad y profundidad la renovación conciliar de la Congregación, es que se mantenga la figura tradicional de nuestro Prefecto como formador de los seminaristas[3]. No obstante, la figura tradicional del prefecto, manteniendo los rasgos pedagógicos fundamentales, se ha de adaptar, según las circunstancias y los grados de la formación[4].

1. Descripción

        En nuestra tradición claretiana el prefecto es la persona que, en nombre de la Congregación, acompaña a los formandos en el desarrollo integral de su vocación misionera. Su misión no se reduce, pues, a los aspectos organiza­tivos, discipli­na­res y de acompaña­miento espiritual. Abarca todas las dimensiones formativas con objeto de promover una formación armónica[5].

        El prefecto lleva la dirección formativa del Seminario, según los criterios supremos de la Iglesia y de la Congregación, y de acuerdo siempre con las orientaciones de los Superiores competentes[6]. Se trata de una función personal que se ha de entender en relación con el conjunto de la comunidad formativa y con cada uno de los formandos que la componen. Su competencia se refiere a la totalidad del proyecto formativo, aunque haya otras personas que colaboren en la realización de determinadas acciones formativas, como en lo académico, pastoral, disciplinar, etc. A él le toca la responsabilidad de ser guía espiritual del grupo formativo en su conjunto. De ahí la exigencia de la presencia educativa de prefecto entre los formandos y su dedicación para ofrecerles oportunidades de encuentro, de exhortación, de instrucción, de orar y celebrar juntos, etc.[7].

2. Dotes y cualidades

       1º. El capítulo general de 1967 indica[8] que los formadores han de poseer la madurez afectiva que les capacite para llevar a cabo, bajo la moción del Espíritu Santo, su misión in aedificationem Corporis Christi+ en lo que éste tiene de más selecto.

        Se requiere en ellos, además, un equilibrio interior, que se manifieste en la autenticidad y en la sinceridad de su vida y en el control de sí mismos; en la objetividad de sus juicios sobre la realidad; en la capacidad de comprender el mundo subjetivo de los educandos y de crear un clima educativo y familiar de cooperación mutua que los haga aparecer como testimonio del ideal claretiano.

        Los formadores claretianos han de tener un profundo sentido eclesial, una destacada sensibilidad misionera, un amor acendrado a la Congregación, una probada fidelidad a los Superiores, una intensa vida de oración y una ejemplaridad sin tacha. Su testimonio de vida, su modo de pensar, y de su manera de obrar inciden profundamente y en gran medida en el resultado de la formación de los candidatos.

        Nuestras Constituciones (n. 77) acentúan principalmente la caridad pastoral unida a capacidad de relación y acogida, la sólida doctrina y un testimonio de ejemplaridad conforme a la índole misionera de nuestra vocación. Por último, los formadores respecto a los formandos, han de ser verdaderos líderes que comuniquen su entusiasmo religioso y apostólico[9].

          3º. Según el PGF[10], los formadores, para ejercer eficazmente su ministerio, han de poseer algunas cualidades específicas. Entre ellas:

  • Capacidad humana de intuición y de acogida.
  • Experiencia madura de Dios y de la oración.
  • Apertura para formar equipo con otros formadores.
  • Amor a la Iglesia, a su tradición apostólica y a su liturgia.
  • Amor a la Congregación y conocimiento de su historia.
  • Sensibilidad y experiencia pastoral, identificándose con las opciones y sujetos preferenciales de nuestra misión[11].
  • Necesaria competencia cultural y pedagógica.
  • Disponibilidad de tiempo y buena voluntad para acompañar a cada formando y no sólo al grupo, y recta comprensión de su responsabilidad en el acompaña­miento espiritual.

3. Función profética de los formadores

Para fomentar una formación profética[12], los prefectos han de poseer un talante profético. Han de estar identificados con nuestra misión profética y han de promover una metodología con sabor profético. Todos ellos han de adquirir capacidad de adaptación con una mentalidad abierta y dispuesta a buscar siempre a Dios en todas las cosas, modernas y antiguas. Son ellos los que, con creatividad y audacia, han de tomar la iniciativa en los cambios previsibles y se han de adelantar cuando lo reclamen las circunstancias y los signos de los tiempos en diálogo con los superiores y formandos[13].

En contacto asiduo con la Palabra de Dios y viviendo conscientemente el espíritu profético[14], los formadores han de conseguir, sobre todo, la sabiduría espiritual, el instinto sobrenatural, y llegar a ser expertos en los caminos que llevan a Dios[15]. Desde esta perspectiva sapiencial podrán afrontar con verdadero talante profético la misión y la tarea formativa que se les ha encomendado. Ello conlleva algunas capacidades y actitudes:

  • Capacidad de escucha y sensibilidad al Espíritu Santo, verdadero agente formativo e inspirador del formador, el cual realiza su tarea como auténtico mediador de su acción formativa[16].
  • Capacidad de saber auscultar los signos vocacionales de los formandos para ayudarles en su discernimiento; el reconocimiento de los dones personales de los formandos para estimularles en su libertad, crecimiento y madurez y capacidad para saber orientarles en el futuro congregacional y eclesial[17].
  • Capacidad de relacionarse con los formandos con la impronta peculiar de nuestro estilo profético de vida que recibimos de María; una impronta que se expresará también en la relación formativa, caracterizada por el amor, la ternura, la comprensión y cercanía, la alegría vocacional y la fidelidad a la Palabra[18].
  • La sensibilidad a los signos de los tiempos y lugares, particularmente hacia aquellos valores para los cuales se han de formar los misioneros; a los desafíos de la Iglesia; y a las necesidades y urgencias de la Congregación[19].
  • Capacidad de dar testimonio de una vida santa y llena de entusiasmo por la propia vocación. Nada como el testimonio del formador ayudará al formando a dar una respuesta generosa a la acción del Espíritu Santo[20].

II. EL PREFECTO Y LOS EQUIPOS FORMATIVOS

El Capítulo General de 1973, siguiendo la línea de la renovación conciliar, reflexionó y adaptó a las exigencias de los tiempos la figura del prefecto. Su intención no fue quitar la última responsabilidad formativa del Prefecto o Maestro[21]. El sentido realista de la dirección formativa[22], por una parte, y la evolución del concepto de responsabilidad hacia la corresponsabilidad más y mejor participada, por otra, exigieron que en la medida de lo posible los centros de formación de la Congregación estuviesen llevados por equipos formativos[23].

          Por eso, para que la tarea formativa fuera más completa, se vio conveniente que existiese, a ser posible, en nuestros centros, un equipo de formadores con capacidades complementarias, cuyos miembros, conscientes de su responsa­bilidad común, obren concordemente[24]. Este equipo de formadores actuaría siempre bajo la responsabilidad principal de uno de ellos[25].

            De esta manera, y dejando siempre a salvo la centralidad del formador (prefecto o maestro) en la comunidad formativa, los miembros del equipo, bajo la dirección del superior, deberán vivir en estrecha comunión de espíritu, formando entre sí y con aquellos que han de educar, una familia unida[26]. El formador no es un agente solitario; aun dentro de su papel especial, es un miembro de una comunidad claretiana con un punto concreto de referencia, comunicación y confrontación comunitaria. El actuar en solitario es un riesgo que, en la práctica, podría vaciar de contenido el principio de que la formación ha de ser un hecho comunitario[27].

1. Condiciones del equipo formativo

El equipo formativo deberá reunir un conjunto de requisitos para que sea eficaz en su tarea formativa[28]. Por eso:

  • Será concorde en lo que respecta a criterios y orientaciones psicopedagógicos.
  • Reunirá a aquellos formadores que en su conjunto tengan una positiva experiencia pastoral, una sólida formación teológica, una notable capacidad y prontitud para renovarse y adaptarse a las circunstancias de los lugares y tiempos, una profunda formación en la vida religiosa y sacerdotal y una sensibilidad para la vida espiritual.
  • Mantendrá, en su actuación concreta, una perfecta unidad de acción, aun dentro del propio estilo personal de cada miembro del equipo.

        2. Funciones del formador y del equipo formativo

          Las funciones del prefecto y del equipo, con respecto a cada formando en particular y al grupo en su conjunto, son[29]:

  • Discernir con los formandos la obra que Dios va realizando en ellos y los caminos por los cuales los quiere hacer avanzar.
  • Acompañarlos en sus distintas etapas de crecimiento, respetando su ritmo y ofreciéndoles en cada momento la ayuda necesaria para su desarrollo.
  • Proporcionarles en cada fase un alimento sólido, doctrinal y práctico, que responda a sus necesidades personales, a las exigencias del momento presente, y a sus responsabilidades futuras.
  • Evaluar los resultados obtenidos y juzgar si poseen las capacidades exigidas por la Iglesia y la Congregación[30].

III. EL PREFECTO EN LAS ETAPAS FORMATIVAS

          Después de haber descrito de un modo general la figura del prefecto claretiano y del equipo formativo, el PGF acentúa en cada etapa algunos aspectos que el prefecto ha de desarrollar de un modo especial.

1. Acogida vocacional

          El formador de esta fase de acogida vocacional[31] cumple una función muy importante y delicada[32]. Por eso, debe poseer, además de una suficiente preparación pedagógica, apostólica y religiosa, un carisma educativo que le permita llevar a cabo su tarea. Ha de ser entusiasta de la propia vocación y coherente en el testimonio de vida[33].

          El equipo de formadores, cuando lo hubiere, debe ser un verdadero modelo de identificación para los candidatos por la autenticidad, la alegría, la fraternidad y entrega con que cumple su función formadora[34].

2. Postulantado

        En esta etapa de preparación para el noviciado debe haber un prefecto en sentido pleno; se trata ya de una etapa formativa propiamente tal. El responsable debe ser un misionero experimentado, con suficiente experiencia pastoral[35] y con una preparación psicopedagógi­ca y espiritual adecuada. Dadas las características de la etapa deberá poseer aptitudes para entrar en sintonía con los jóvenes[36].

        Las funciones del prefecto de esta etapa serán:

  • Recoger, en colabora­ción con el candidato, cuantos datos e informa­ciones sean útiles para discernir los signos de vocación claretiana y sus eventuales contraindicacio­nes.
  • Ayudar al postulante a conseguir los objetivos propios de la etapa y a lograr la madurez necesaria para tomar sus decisiones con las debidas garantías de libertad y responsabilidad.
  • Ofrecerle, independientemente de la forma de realizar el postulantado, una experiencia de grupo o de vida comunitaria claretiana en un ambiente favorable para el discernimiento[37].
  • Asegurar la preparación suficiente (especialmente lingüística) si el postulante tuviese que realizar el noviciado en un país de lengua y cultura diferentes a las suyas.

        Para ofrecer una formación más completa, a ser posible, contará con la colaboración de otros misioneros. Y para asegurar la continuidad en la formación, el responsable de esta etapa deberá estar en asiduo contacto con el maestro de novicios, con el responsa­ble de la pastoral vocacional y con los formadores del seminario menor, si los hubiere.

3. Noviciado

          La dirección de los novicios, como se afirma en el CIC, queda reservada sólo al maestro, bajo la autoridad de los Superiores Mayores[38]. Sin menoscabar el papel del maestro, éste puede contar con colaboradores, que trabajen en equipo y compartan responsabilidades y funciones. Éstos dependen de él en lo que se refiere a la dirección del noviciado y a la aplicación del plan de forma­ción[39].

          El maestro de novicios[40] ha de ser profeso perpetuo y estar dotado de las cualidades humanas, religiosas y apostóli­cas que le permitan cumplir plenamente su misión[41]. Además de una conveniente experiencia apostóli­ca, debe poseer un gran amor a la Congrega­ción, aptitudes pedagógicas, y las dotes necesarias de madurez, amabilidad, prudencia y sólida doctrina respecto a la naturaleza y misión de la Congregación en la Iglesia[42].

          El maestro desempeña la función de ayudar a los novicios, con su palabra y ejemplo, a formarse en la vida misionera de la Congrega­ción[43]. A tal fin, ha de:

  • Acompañar personal­men­te a cada novicio, orientándolo de manera persona­li­zada e inculcándole las virtudes humanas y cristianas[44].
  • Poner empeño en crear y animar una verdadera comunidad de fe y amor entre los novicios.
  • Procurar que éstos consigan la unidad de vida misionera que les permita integrar de manera armoniosa el espíritu de unión con Dios y la acción apostólica.
  • Discernir y comprobar la vocación de los novicios[45].

4. Misioneros en formación

          El prefecto es el formador propio de los misioneros que se preparan para la profesión perpetua y la ordenación diaconal o presbiteral[46]. Se trata de un servicio muy importante por su fin y por sus consecuencias, ya que su misión es acompañar y formar, con su testimonio de vida y sus orientacio­nes, a aquellos que, a través del ministerio de la Palabra, serán como instrumentos de la salvación de muchos[47]. Es preciso, pues, que aquel que sea nombra­do por el Superior Mayor con el consentimiento de su Consejo[48], se prepare conve­nien­temente y procure desempeñar con toda solicitud el servicio que la Congrega­ción le encomienda.

          1º. Las funciones principales del prefecto son:

  • Amar igualmente a todos y conocer las necesidades de cada uno[49].
  • Inspirar a los estudiantes, con su vida y con su palabra, el amor a la vocación, a la Iglesia y a nuestra Congregación, y exponerles su vida y misión en el mundo.
  • Ayudarles personalmente a afianzarse en su vocación y a vivirla con gozo, de manera que todos asuman este modo de vida por íntimo convenci­miento de fe[50].
  • Animar la formación, procurando que la virtud sea preferida al saber, pero no descuidando tampoco éste, porque la santidad y la inteligencia son los dos pies del misionero: ambas esen­ciales[51].
  • Fomentar la responsabilidad y disciplina interior de cada formando.
  • Alentar la comunión de vida entre todos y ma­n­te­ne­rse en comu­nión con los superiores, informándoles sobre la marcha de la comunidad formativa, discerniendo con ellos lo más conveniente y ejecutando sus orientacio­nes[52].

          2º. El prefecto puede ser ayudado en su tarea por uno o varios colaboradores, con capacidades complementarias[53]. A él le corresponde la coordinación de todos los aspectos formativos y del equipo de colaboradores[54]. Entre éstos ha de existir un fuerte sentido de unidad, tanto de criterio como de acción, dentro del estilo personal de cada miembro[55]. Su primera acción formativa es el testimonio alegre de vida misionera, que estimule a los formandos a un mayor compromiso en el seguimiento de Cristo según nuestro carisma.

          De entre las cualidades de madurez humana y espiritual que se exigen a los formadores, el prefecto y sus colaboradores deben acentuar:

  • La ejemplaridad, de modo que resplandezca su amor a la Congregación y a la observancia de las Constituciones[56].
  • El sentido eclesial y la sensibilidad misionera[57].
  • Una adecuada experiencia pastoral.
  • La capacidad de adaptación y sintonía con los formandos.

          Las funciones principales del equipo son:

  • Animar la formación de esta etapa buscando la corresponsabilidad de todos los miembros de la comunidad formativa y, al mismo tiempo, las líneas y los medios formativos más en consonancia con el sentir de la Iglesia y de la Congregación.
  • Crear un buen clima comunitario y ayudar a vivir los compromisos de la programación formativa elaborada conjuntamente por todos los miembros de la comunidad.
  • Desempeñar las tareas concretas que a cada uno le hayan sido asignadas.
  • Ayudar a que los formandos crezcan como ministros idóneos de la Palabra y se mantengan disponibles para las necesidades de la Congrega­ción.
  • Abordar con realismo y serenidad las cuestiones y los problemas formativos que surjan.
  • Juzgar si los formandos ofrecen las garantías debidas, señaladas por la Iglesia y la Congregación, para la profesión y, según los casos, los ministerios y la ordenación.
  • Discernir las aptitudes apostólicas de cada formando para sugerir al gobierno provincial las posibles especializaciones y destinos.
  • Evaluar periódicamente la marcha de la comunidad formativa y de cada formando.

IV. OTROS ASPECTOS FORMATIVOS

1. Selección de los formadores

        Puesto que la formación, además de depender de las orientaciones formativas, depende sobre todo, de los educadores idóneos, los Superiores, Prefectos y Profesores de nuestros Seminarios han de elegirse de entre los mejores. No se ha de dudar en *retirarlos de otros cargos que en apariencia son de más importancia, pero que en realidad no pueden compararse con este ministerio esencial, al que ningún otro supera+[58]. 

2. Presencia educativa y dedicación plena

          Tanto en nuestra Congregación como en general en la Iglesia una comunidad formativa no se comprende sin un formador que, actuando en nombre del Instituto, es allí el testigo e intérprete del proyecto congregacional que con el grupo tiene que traducir en realidad. Su pertenencia a esta comunidad formativa implica una presencia física en la misma y un compartir cotidiano de sus momentos de vida[59].

          Por eso, para que los formadores, prefectos y maestros de novicios, puedan desempeñar con dedicación y fruto sus funciones deben estar libres de las obligaciones y cargos que se lo impidan[60].

3. Formación de formadores

        Los prefectos necesitan una preparación específica, que sea verdaderamente técnica, pedagógica, espiritual, humana, teológica y pastoral, para realizar eficazmente sus tareas[61]. De un modo especial, se ve la necesidad de que, para este conjunto de funciones, el formador cultive la propia preparación en psicología, espiritualidad y carisma claretiano, que sin duda hará más humana y densa su comunicación con cada uno y con el grupo.

        1º. De poco valdría que la Congregación hiciera notables inversiones de recursos, instrumentos y edificios para la formación si no invirtiera ante todo en personas de calidad, dedicadas a esta fase del propio desarrollo aun con desmedro de otras posibles actividades. Por eso, es deber de los Superiores el promover que nuestros formadores sean cuidadosamente formados, especialmente en la Teología de la Vida Religiosa con doctrina sólida, conveniente experiencia pastoral y una formación espiritual y pedagógica singular[62]. Los Organismo Mayores deberán preocuparse con mayor atención en fomentar dentro de sus posibilidades la vocación de formador y proporcionar de una manera efectiva aquella preparación que necesitan para el recto desempeño de su cargo.

          2º. Además de la preparación previa al comienzo de su cargo[63], precisan una formación permanente que les ayude a superar la rutina y, sobre todo, que les permita una renovación continua teniendo en cuenta la experiencia vivida[64]. Esta experiencia se convierte en fuente formativa, con tal que sea sometida a constante y fraterna evaluación. El intercambio con otros formadores, el análisis de situaciones y problemas formativos concretos, la consulta a expertos, el conocimiento actualizado del mundo juvenil, los encuentros breves o los programas sistemáticos dedicados a la actualización teológica y pedagógica, las experiencias apostólicas y a la renovación espiritual permitirán a los formadores evaluar su tarea y disponerse para seguir realizándola más fructuosamente[65].



[1] En este capítulo tratamos el tema del prefecto haciendo referencia a todos los documentos posconciliares: Constituciones y Directorio, Capítulos Generales, Carta sobre la formación del P. Gustavo Alonso y el PGF Prácticamente transcribimos los textos casi en su totalidad sin hacer comentarios especiales de tipo psicológico o pedagógico; en algunos casos, se presenta más bien una síntesis de los textos congregacionales en torno a algún aspecto de la figura del prefecto. Por último, como es habitual entre nosotros, el formador del que hablamos ahora lo llamamos prefecto o, en el caso de los novicios, maestro. Con la renovación conciliar desapareció la figura del ecónomo con prefecto de los hermanos auxiliares.

[2] Cf. 2F 14.

[3]Cf. 1F 81.

[4] Además de las etapas formativas, entre las circunstancias que hay que considerar hoy en día en la Congregación están el nuevo estilo de relación comunitaria, la diversidad cultural, la escasez de vocaciones en algunas comunidades formativas, etc. (cf. Ib.; también apartado III del presente capítulo).

[5] Cf. PGF 414.

[6] Por eso, consultará con el Rector sobre la aplicación de estos criterios educativos y secundará la función del mismo en orden a lograr una eficaz coordinación de todos los formadores en la tarea común (cf. número 72) (cf. 1F 81; también 1F 72).

[7] Es, además, la persona que la Congregación ofrece a cada formando para un aspecto tan fundamental de la formación como es la dirección espiritual, dejando a salvo, en todo caso, la libertad del mismo formando a optar y hacer reconocer por los superiores otra persona idónea para este acompañamiento. Aun en este caso, como se señala en el Directorio (n. 237), el coloquio personal y frecuente con el prefecto es imprescindible. De este tema hablaremos en el capítulo siguiente (cf… G. ALONSO, circular Claretianos en Formación, CF, Roma 1990, p. 28).

[8] Cf. 1F 77-78.

[9] Cf. CF, p. 28; también, 1F 77.

[10] Cf. PGF 108. El PGF, teniendo en cuenta nuestras orientaciones congregacionales, las enriquece con otras emanadas de los Iglesia en los documentos PI, PFS y PDV adaptándolas a las nuevas situaciones de tiempo y lugar.

     [11]Cf. MCH 228.

[12] Sobre la formación profética, cf. PREFECTURA GENERAL DE FORMACIÓN, Formación profética claretiana, Roma 2003, 117 pp.

[13] Cf. 1F 71.

[14] El tema del formador, cf. Formación profética claretiana, pp. 75-76.

[15] Cf. VC 66, 84, 94.

[16]Como dice el PGF, “a través de los formadores actúa el Espíritu de Jesús. Por eso, vivir a la escucha del Espíritu y estar atentos a sus mociones e inspiraciones ha de ser una actitud permanente tanto por su parte como por parte de los formandos” (107).

[17]Durante los estudios teológicos, el Prefecto de estudiantes, en íntima colaboración con todo el equipo de Formadores, y con los Estudiantes mismos, esfuércese por descubrir las particulares inclinaciones y cualidades de cada uno de los mismos, informando de ello al Prefecto Provincial de Estudios (cf. 1F 197).

[18] Cf. EMP 20.

[19] Cf. PGF 108-109, 307, 415-418.

[20] Cf. 1F 14.

[21] Cf. 2F 14 a).

[22] Se ve en la práctica que aquellos elementos que nuestros Documentos, Directorio y Constituciones exigen del Prefecto y Maestro (1F 76-83, 121; Dir 240-243; CC 108-116) difícilmente se pueden concretar en una persona; más aún, cuando en las circunstancias actuales los problemas formativos han adquirido mayor volumen y complejidad (cf. 2F 14). La comisión de formación del Capítulo del 73. de la que formé parte como secretario, bautizó la figura del prefecto claretiano como de superstar, persona casi imposible o difícil de encontrar.

[23] Por eso se ve la necesidad de ampliar el concepto de Prefecto y Maestro enriqueciéndolo con elementos de la pedagogía comunitaria y haciéndolo derivar hacia un grupo o equipo que reúna en sí la mayoría de los elementos que la Iglesia y la Congregación postulan para los encargados directamente de la formación de los candidatos (2F 14). Ya el Capítulo General de 1967, consciente de esta necesidad, pedía que “en lo referente a la disciplina y régimen externo el prefecto pueda ser ayudado por uno o varios socios, que le estarán sometidos inmediatamente en estas materias (de formación)” (1F 81, 8º). “Los auxiliares, bajo la dependencia del prefecto, responsabilícense sobre la disciplina externa de nuestros seminarios (CC I, 99; CIA 333, 1-2). Dígase lo mismo respecto a los profesores por lo que atañe al orden y a la disciplina de sus clases” (1F 83).

[24] El formador, sobre todo cuando no está integrado en un equipo formativo, necesitará mucha comunicación e intercambio con otros centros formativos y personas de confianza que le ayuden a desempeñar su compleja tarea (cf. 2F 14 c).

[25]Cf. Dir 162; PGF 111.

[26] En el Directorio (n. 164) se explica el concepto de comunidad formativa, que nos transmite una experiencia eclesial y con­gregacional según la cual la formación es siempre un hecho comunitario.

[27] Cf. CF, p. 29. A su modo, también otros agentes de formación (v. gr. los profesores) se exponen a esto mismo cuando entienden su quehacer como algo autónomo tanto respecto del proceso formativo como respecto de la Comunidad (cf. Ib…; Cf. también 1F 71)

[28] Cf. 2F 14 b).

[29] Cf. PGF 109.

[30]Cf. Dir 163.

[31] Se incluye aquí el caso especial de los aspirantes en sus casas. Son jóvenes con interés vocacional que residiendo con sus familias, llevan un programa de seguimiento y acompaña­miento persona­lizado y se reúnen periódicamente bajo la dirección de un forma­dor para compartir y desarrollar la experiencia vocacional (cf. PGF 324.4).

[32] Cf. PGF 317-318.

[33]Cf. 2F 14.

[34]Cf. Dir 184.

[35]Cf. Dir 194.

[36] Cf. PGF 345-347.

[37]Cf. Dir 191.

[38]Cf. CIC 650.

[39]Cf. CIC 651, 2.

[40] Cf. PGF 369-373.

[41]Cf. CIC 651; Dir 210.

[42]Cf. CC 68.

[43]Cf. CC 68.

[44]Cf. Dir 211.

[45]cf CIC 652, 1.

[46] Cf. PGF 413-418.

[47]Cf. RE (B) 37; CC 77.

[48]Cf. Dir 248.

[49]Cf. RE (B) 37, 8; CC 77.

[50]CC 77.

[51]RE (B) 37, 4.

     [52]Cf. RE (B) 37, 2; Dir 251.

     [53]Cf. 2F 14.

     [54]Cf. Dir 162; OT 5; 1F 75.

     [55]Cf. 2F 14b.

     [56]RE (B) 37, 1.

     [57]Cf. Dir 249.

[58] 1F 76. Cf. también, CC (1924) I, 90, 131, 146.

[59] Cf. CF, pp. 27-28.

[60] Cf. CIC 651.3: PGF 113, 371.

[61] Cf. PDV 66; OT 5.

[62] Cf. 1F 79; 2F 14 d; CF, p. 29; PGF 112. En consecuencia, se creará en la Congregación un Instituto o Centro para preparar individuos naturalmente dotados para este ministerio. Podrán asistir a otros centros extraños a la Congregación, pero se habrá de completar esta formación general con otras materias más directamente relacionadas con nuestra espiritualidad y con nuestros fines. Deberán tener la Licencia en Teología o Sagrada Escritura o títulos equivalentes. Desea también el Capítulo que una comisión especializada prepare un programa orgánico para este centro de formadores. Además conviene organizar cursos oportunos y asambleas de educadores de nuestros seminarios en tiempos preestablecidos (cf. OT 5). Estas reuniones deben ser a nivel general o provincial, abarcando los formadores de todas las etapas de la formación para lograr una coordinación mejor entre todos ellos. No se descuide asimismo el tomar parte en congresos y reuniones con otros formadores de sacerdotes y religiosos (Cf. Ib.).

[63]Cf. PFS 49-64.

[64]Cf. PFS 65.

     [65] Cf. PFS 66-71.

Capítulo IV: El Prefecto de los Estudiantes

            El prefecto es la persona destinada “al cuidado inmediato de los Estudiantes”[1]. Es una figura de gran tradición en la Congregación. Su importancia, cualidades y funciones fueron delineadas por el mismo P. Fundador en el Reglamento para los Estudiantes y el Prefecto, e incluidas posteriormente con algunas variantes en las Constituciones de la Congregación.

            El cargo y las funciones del formador han sido ejercidos por el prefecto para el grupo de estudiantes, normalmente residentes en un colegio[2]; y por el ministro para los hermanos coadjuto­res tanto durante los años de votos temporales como perpe­tuos[3]. Esta práctica comenzó muy pronto en la Congregación.

1. Importancia del cargo

            Al cargo de prefecto siempre se la ha dado máximo relieve en la Congregación. Se le ha considerado como un cargo difícil y muy elevado y de grande importancia tanto por su fin y objeto, la formación de ministros idóneos de la palabra, como por las consecuencias que se derivan del ejercicio de su función, formar “instrumentos de la salvación de muchos”[4].

            La labor formativa es una labor divinísima, “un trabajo ciertamente gloriosísimo”[5] del que depende no sólo la santidad y la perfección personal de los formandos sino también la eficacia de la misión apostólica:

            “Ese es el objetivo de todos los formadores de la Congregación; un trabajo ciertamente gloriosísim. De él depende no sólo la santidad, ilustración, capacidad, aptitud ministerial y de oficios, sino la eficacia del ministerio, la obra de la salvación de las almas y la mayor gloria de Dios, como lo dice claramente y con palabras precisas y ponderadas nuestro Beato Padre Fundador al hablar del Prefecto de Estudiantes”[6].

            Es divinísimo porque es una colaboración con el Espíritu Santo, que como primer agente “forma en la esencia del alma la imagen de Jesucristo”[7], y, también, porque es un trabajo semejante al que hizo Jesús con sus apóstoles. Como Él no los abandonó sino que los acompañó en todo tiempo y circunstancias:

            “Así todos los formadores de almas misioneras no deben dejar a los suyos, sino asistirlos siempre con el ejemplo, con la oración, con la palabra, con el aviso, con la corrección, para que Cristo sea formado en la conciencia de todos, hasta que lleguen a la plenitud de la edad de Cristo (Ephes., 4, 13)”[8].

            De aquí se deriva la enorme responsabilidad que los prefectos contraen ante Dios, ante la Iglesia, ante la Congrega­ción, ante los formandos y ante el mundo al que éstos han de evangelizar.

            “Grandes responsabilidades, repetimos, contraen los encargados de formar si descuidan esa obligación. Serán causa de que los Misioneros no rindan en la viña del Señor en fruto que es de esperar; exponen a esos religiosos y a esas Comunidades a los males más graves de la tibieza, de las imperfecciones, de la pérdida de las gracias de Dios, a los peligros de la vida imperfecta, con grave daño para los mismos religiosos, para las Comunidades y para la Iglesia”[9].

2. Carácter propio del prefecto claretiano

            El prefecto claretiano es un formador total en sentido pleno. A él se le encomienda la animación, personal y comunita­ria, de la formación integral y armónica de los misioneros. Acompaña a los estudiantes para que se formen en la vida religiosa y en el espíritu de la Congregación mediante diálogos personales, exhortaciones, conferencias, instrucciones y avisos. Por lo mismo, cuida la formación global de la persona en sus dimensiones física, intelectual, religiosa y claretiana; es el responsable de la organización formativa y disciplinar de los centros de formación y es la persona que ofrece la Congregación para la dirección espiritual[10].

3. Trabajo en comunión con los demás formadores

            Aunque sus funciones y responsabilidades sean tan amplias, no es una figura que actúa en solitario y sin confrontación con otros agentes del proceso formativo, como son el Superior, el auxiliar y los profesores.

            11. En primer lugar, además de la natural relación y dependencia de Superior Mayor como último responsable de la formación en la Provincia o Delegación, el prefecto ha de estar en completa unión con el Superior de la comunidad formativa y en absoluta dependencia de él. Será fidelísimo a sus orientaciones y preceptos, compartirá con él las preocupaciones y la marcha de la formación y le pedirá consejo acerca de los medios formativos que son necesarios actuar para promover la ciencia y la virtud y erradicar los fallos y defectos[11]. Particularmente, mantendrá esta relación respecto a la salud de los formandos, las instruc­ciones que se han de dar, los estudios particulares, y las correcciones y penitencias oportunas[12].

            21. En segundo lugar, ha de trabajar en equipo con el auxiliar que le designen. El prefecto puede ser ayudado por un Padre Auxiliar en el campo disciplinar; más aún, si éste no fuera necesario, podría ser substituido por un estudiante a quien el prefecto le podría delegar algunas funciones organizativas o disciplinares[13].

            31. Y, por último, ha de promover una buena relación con los profesores, particularmente con el prefecto de estudios. Tanto a los prefectos como a los profesores se les pide que conserven una perfecta inteligencia y una completa armonía, que se respalden mutuamente antes los estudiantes y que se consulten entre ellos cuando surjan algunas dificultades escolares en los alumnos[14].

4. Obligaciones

            1ª. Una de las primeras obligaciones de los prefectos es cuidar de la salud de los formandos. Deben interesarse por ella en sus diálogos personales con los estudiantes; deben vigilar para que las actividades espirituales y académicas no les perjudiquen físicamente; y han de poner, junto con el Superior, los remedios necesarios para recuperarla[15].

            Los Capítulos Generales y nuestra legislación han insistido constantemente sobre el cuidado de la salud física de nuestros estudiantes. Por eso, han recomendado eficazmente a los superio­res y prefectos de los colegios que pusiesen todos los medios para mejorarla[16].

            2ª. Otra obligación de los prefectos, muy importante, es la de instruir a los formandos. Han de dar a los estudiantes las instrucciones o conferencias de piedad, educación y ciencia que sean necesarias de acuerdo con el Superior[17].

            Según el P. Nicolás, han de dar ideas claras, precisas y bien fundamentadas en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los maestros de espíritu, de la vida espiritual; sin esa base sólida los formandos no tendrán ideas firmes y nunca marcharán con seguridad por el camino de la perfección. Han de iluminar teóricamente y ajercitar prácticamente en la vida religiosa y sus exigencias (votos, vida común, disciplina, etc…), prestando una atención especial a la formación de la castidad[18] y a la educación social del misionero[19].

            Los prefectos han de inculcar en los formandos la dimen­sión misionera de la vocación y grabarla con hierro y fuego en el alma del misionero; la ausencia de esa idea hace que muchos no acaben de entregarse resueltamente a la vida misionera por falta de desprendimiento y de preparación profesional[20]. Los han de instruir sobre los peligros que presentan los ministerios y su futura actuación en el mundo[21]. Les han de ofrecer una formación claretiana de tal manera que el hijo del Corazón de María refleje la mentalidad, las virtudes, las condiciones, la forma de vida del Fundador. La idea, la forma claretiana, contenida en las Constituciones y tradiciones de la Congregación

            “debe grabarse por los formadores en la mente, en el corazón, en los afectos, en el modo de proceder, de presentarse, de actuar, de escribir, de predicar, de confesar, de enseñar, de tratar socialmente dentro y fuera de la Congregación”[22].

            3ª. Respecto a la formación académica, el prefecto tendrá en cuenta como criterio general que “la santidad y la inteligencia son como los dos pies del Misionero, ambas, por lo tanto, esenciales”[23]. Así, a nivel personal, cuidará de que los formandos estudien suficientemente, de que aprendan lo que se les enseña en los centros académi­cos[24] y de que no se menoscabe la salud estudiando inadecuada­mente. Les ayudará a completar, sin agobios, los conocimientos científicos y promoverá a los más dotados para que desarrollen sus cualidades personales con estudios especiales[25]. A nivel institucional, colaborará activamente en unión con los profeso­res, como se ha dicho más arriba, procurando, sobre todo, que se observe en el colegio lo prescrito por la Santa Sede y la Congregación en el orden académico[26].

            4ª. Aunque son muy importantes las conferencias y la formación académica para adquirir las ciencias, que, por ser necesarias, nunca se pueden descuidar, no obstante, el prefecto ha de procurar siempre “que las virtudes sean preferidas a las ciencias”[27]. De una manera general, ha de poner máximo cuidado, día y noche, para que se cumplan fielmente tanto las Constitu­ciones como las prácticas prescritas[28]. En particular, inculca­rá algunas virtudes claretianas como son la obediencia, la humildad, la modestia y la mortificación de los sentidos, de las pasiones y principalmente de la voluntad[29].

            Los prefectos han de cuidar muy especialmente de formar el corazón de los Estudiantes con el cultivo de las virtudes propias del Misionero, sobre los fundamentos que sentaron el año de probación. Pero no basta inculcar las virtudes claretianas indicadas en las Constituciones; se han de ejercitar en ellas sea por propia voluntad e iniciativa sea por la acción del formador[30]. En esta misma línea, el P. Nicolás nos recuerda que las muchas y buenas ideas, sin el convencimiento y la práctica, no son suficiente:

            “Es necesario realizar los grandes principios de la espiritualidad, obrar por la fe para vivir de la fe; hacer actos de humildad externos e internos para llegar a la humildad; hacer actos de vencimiento de sí mismo cada día, cada hora, en toda ocasión, con la convicción de que ello es indispensable, y así un día y otro día, un año y otro y siempre[31].

            Los formadores han de fomentar una formación personalizada llevando al ánimo del misionero una convicción honda de sus obligaciones más perentorias. Para lo cual, además de la instrucción comunitaria, han de tener con ellos una relación y un acompañamiento personal íntimo y frecuente basados en la confianza mutua; les han de abrir grandes perspectivas de futuro, les han de informar sobre el carácter de su vida para que se formen con ideas serias, sólidas y bien arraigadas; y les han de motivar para que actúen siempre movidos por el amor a Dios y elijan lo más comprometido, exigente y trabajoso[32]. Asimismo, han de ejercitar a los formandos en la práctica de la virtud, pues las ideas, si no se realizan, no son eficaces; los prefec­tos que, llevados por un desenfocado amor paternal, son compla­cientes, que no exigen a los estudiantes y les evitan todo sacrificio, no conocen su misión[33]. Y han llevar una pedagogía que, por ser personalizada, ha de ser gradual; como la acción de la gracia, la actuación del formador ha de tener en cuenta la naturaleza de la persona, su momento evolutivo; la progresión que se aplica a los estudios hay que aplicarla a la adquisición de la virtud[34].

5. Cualidades y virtudes

            La persona destinada para el cargo de prefecto, además de las cualidades personales requeridas, ha de dar testimonio de vida, se ha de “instruir bien en su oficio” y lo desempeñará con toda perfección y solicitud.

            a) Entre las cualidades y virtudes, el prefecto debe estar dotado de mansedumbre, amabilidad y modestia. Su porte ha de ser grave y su talante adornado de autoridad. Ha de inspirar, con sus virtudes y su talante, confianza y veneración en los formandos, actitudes que favorecen positivamente la relación formativa. Dentro del clima de confianza que debe reinar en la comunidad formativa, tendrá siempre mucho respeto a las formandos, los atenderá con gusto, interés y sin tedio, y no los ofenderá ni humillará con apodos ni palabras injuriosas. En las mismas correcciones que tenga que hacer, ha de mostrar mucha caridad en el modo de hacerlas, discreción y prudencia si no consigue la enmienda, pidiendo en este caso el consejo del superior[35].

            Los prefectos, dice el P. Nicolás, han de tener cualidades y condiciones selectas para que ejerzan satisfactoriamente la misión formativa. Por lo mismo, han de ser muy bien seleccionados por los superiores respectivos. Si ellos, los formadores, han de seleccionar a los candidatos, es necesario que también ellos sean bien “seleccionados, elegidos y formados”[36]. Para que haya una formación de calidad y pocos abandonos, entre otros remedios, hay que escoger buenos formadores y cuidar de que éstos atiendan con interés y empeño a los formandos sobre todo en la parte espiritual[37].

            b) El prefecto ha de ser testimonio de vida claretiana y ha de dar ejemplo a los formandos con su estilo de vida. Este es su mejor aval como educador, lo que le da autoridad formativa y lo que le hace creíble como formador. Especialmente ha de ser testimonio de amor a la Congregación, de observancia de las Constituciones y de fidelidad al superior[38].

            Ha de ser un reflejo viviente del proyecto claretiano que quiere inculcar a los jóvenes misioneros. Si han de formar e imprimir la forma de Cristo en los formando, “debe llevar en sí grabada viva, resplandeciente, activa, vital, la forma de Cristo para poderla comunicar”[39].

6. Formación y entrega del prefecto

            1º. Al ser considerado como un cargo de mucha responsabili­dad, una misión difícil y de grande importancia, el prefecto, se instruirá bien en su oficio para desempeñarlo de la mejor manera posible. Para promover una formación personal, se requiere en los prefectos:

            “preparación, estudio constante, observación y cuidado solícito y paternal de los alumnos a ellos confiados”[40].

            Además de los consejos y orientaciones que ha de pedir al superior, personalmente ha de procurar conocer bien las implicaciones pedagógicas de su misión, ha de prepararse para dar instrucciones de alta calidad a los estudiantes y han de actualizarse para promover una formación según las exigencias de los tiempos[41]. En particular, debe adquirir una buena formación pedagógica, suficientes conocimientos de la vida espiritual y ha de conocer muy bien “la forma claretiana” de vida misionera:

“Los formadores deben tener un concepto claro, preciso, vivo, de la forma claretiana, de la ascética claretiana, del apostolado claretiano, del ser y del vivir claretiano”[42].

            2º. El prefecto, además de instruirse personalmente, desempeñará el cargo con toda perfección y solicitud, es decir, poniendo alma, vida y corazón en la misión que se le ha encomen­dado. Por lo mismo, el formador, como condición indispensable, debe amar de corazón su tarea y aceptarla con una actitud positiva, sin quejas ni rechazos conscientes o inconscientes; sólo así será capaz de amar a los formandos sin distinción, de escucharlos sin tedio y de conocer y atender las “afecciones y necesidades” de cada uno[43].

            En consecuencia, como la formación ha de ser la prioridad de sus preocupaciones, debe dedicar todo su tiempo a la misión formativa que se le ha encomendado. No le deben encomendar ni se debe personalmente dedicar a otros trabajos apostólicos que vayan en detrimento de su tarea[44].

7. Formador especial: el prefecto de los hermanos

            El formador de los hermanos, ya lo indicamos al comienzo del capítulo, es el ministro o ecónomo de la comunidad. Él es la persona destinada a cuidar de la vida espiritual y de la instrucción de los mismos mediante la atención personal y comunitaria[45]. Dada la importancia de su misión se han de seleccio­nar bien a las personas, poniendo al frente de los hermanos buenos ministros, y se les ha de estimular a que se preparen adecuada­mente[46].

            1º. El P. Xifré en el Reglamento para algunos Padres de nuestra Congregación describe muy concretamente su figura y función[47]. De los ministros depende la salud corporal, la vivencia alegre de la vocación, la espiritualidad y la buena imagen de los hermanos. Por lo mismo, deben estar adornados de gran celo, educación y conocimiento de su función. Convivirá con ellos en los recreos y estará dispuesto a escucharles con caridad. Les ofrecerá orientaciones y consejos, meditaciones, conferencias y pláticas. Y repartirá el trabajo y las tareas domésticas que corresponda realizar.

            2º. Deberá ser para los hermanos un verdadero padre; los tratará con caridad y educación; vigilará su persona, su desarrollo humano y espiritual, y les atenderá en sus necesidades físicas y morales[48]. Particularmente, ha de cuidar esmeradamente de completar la formación que los hermanos han recibido en el Noviciado. Les ha de prestar, personal y comunitariamente, la atención debida, principalmente en el aprovechamiento espiritual (actos de piedad, ejercicios espirituales) y de instrucción (conferencias espirituales y doctrinales[49].

            3º. Como en el caso del prefecto de estudiantes, el ministro, para cumplir mejor su misión, se abstendrán de otros ministerios y para confesar en público contará con el permiso del superior y de acuerdo con el P. Provincial[50].



    [1] Cf. CC 1865, I, 104; 1870, I, 104; 1924, I, 131. Nos referimos en el presente comentario al prefecto local de formación. Respecto al prefecto de formación general y provincial (cf. CIA, 1953, n. 158; OSG, 1959, nn. 33-34; 39).

    [2]CC 1865, I, n. 104; 1870, I, n. 104; 1924, I, nn. 131‑133.

    [3] Cf. CC. 1857, nn. 152-153 (se habla de un administrador); 1865, III, nn. 2, 3, 35-37; 1870, III, nn. 2, 3, 35-37; 1923, III, nn. 2, 3, 35-37; XIFRÉ, circular sobre La Vigilancia, Anales, 5 (1895-1896), pp. 373-385. ColCC., pp. 834-843 y referencia en ColCC, p. 836; VI Capítulo General, Apéndice, p. 13; XIV Capítulo General, p. 53.

    [4] Cf. CC 1865, I, 104; 1870, I, 104; 1924, I, 131.

    [5] Cf. N. GARCIA, FRMC, p. 96.

    [6] N. GARCIA, FRMC. p. 96.

    [7] Ib. p. 117-117; cf., también, N. GARCÍA, circular Sobre algunos acuerdos capitula­res, Annales, 34 (1938), pp. 3-9; ColCC., pp. 858-866; referencia en p. 860.

    [8] Ib., pp. 116-117.

    [9]N. GARCIA, FRMC, p. 101; cf. también, pp. 34-36. 117.

    [10] Cf. CC 1865, I, 104; 1870, I, 104; 1924, I, 131‑133; CIA, 1924, n. 454, 456; 1940, n. 366.2, 367, 371; 1953, 367.2, 368, 372; Epítome, nn. 367-368, 373; OSG., 1929, nn. 40-43; 1959, nn. 48-52.

    [11] Cf. CC 1865, I, 104, 21; 1870, I, 104, 21; 1924, I, 132, 21.

    [12] Cf. CC 1865, I, 104, 41, 81, 91; 1870, I, 104, 41, 81, 91; 1924, I, 132, 41, 81, 91; 133; cf. también, Disposiciones, 1900, n. 97; 1905, n. 139; 1912, n.131; CIA, 1925, nn. 453, 459.

    [13] Cf. Disp. 1900, nn. 98, 100; 1905, nn. 142, 145; 1912, n. 132; CIA, 1924, n. 454; 1940, n. 369; 1953, n. 369.

    [14] Cf. J. XIFRÉ, Reglamento para algunos Padres de la Congregación, Anales, 3 (1892), p. 277, y en E.C. circulares, p. 45; Disposiciones, 1900, 99; 1905, 141; 1912, n. 130; CIA, 1924, n. 457, II; 1940, n. 372. 3; 1953, 373.3; OSG 1929, nn. 49; 1953, n. 56.

    [15] Cf. CC 1865, I, 104, 81, 101; 1870, I, 104, 81, 101; 1924, I, 132, 81, 101.

    [16] Algunos Capítulos Generales estuvieron muy preocupados por la falta de salud de los estudiantes, que causó la muerte en algunos casos. De ahí la insistencia en que se cuidase la limpieza y la ventilación, y se evitasen los excesos en los ejercicios físicos, en el estudio y en el modo de estudiar (Cf. VI Capítulo General, ses. 14 y 16, Apéndice, pp. 32-34, 36; VII Capítulo General EXTR., ses. 7, Apéndice; IX Capítulo General, (Selva del Campo, 1904) ses. 3, 4 y 5: Anales, 9 (1803-1804), Apéndice, pp. 28-3o; Resumen alfabético de las Disposiciones Vigentes contenidas en los Capítulos Generales y en las Circulares, RDV, Madrid 1897, pp. 216., nn. 366-368, 370, 423.; Disposicio­nes, 1900, n. 98: 1905, n. 142: 1912, n. 132; CIA, 1924, n. 458; 1940, n. 373; 1953, n. 375).

    [17] Cf. CC 1865, I, 104, 41; 1870, I, 104, 41; 1924, I, 132, 41; CIA, 1924, n. 456; 1940, nn. 367.1; 371; nn. 368.1, 372.

    [18] Cf. N. GARCÍA, circular sobre Formación de nuestros estudian­tes, Anales, 28 (1932), pp. 225-224; ColCC, pp. 513-533 y referencia en pp. 520-522; también, la circular reservada, de 5 de junio de 1938, sobre La conducta de los superiores, confesores y encargados de la formación en nuestros Colegios que trata de problemas de la castidad (AGCMF, 9, 8, 54); en ella se hace referencia a la que escribió el P. Alsina sobre el mismo tema (M. ALSINA, circular reservada sobre La educación y formación de nuestros jóvenes misioneros (15 de agosto 1919). AGCMF: BC, 1, 6, 6).

    [19] Cf. N. GARCIA, circular a Los Rdos. Padres Prefectos de Estudiantes Profesos, Anales, 38 (1945-1946), pp. 106-107; cf. también, Formación de…, ColCC, pp. 530-531.

    [20] Cf. N. GARCIA, FRMC, pp. 72-75; cf. también, Formación de…, ColCC, pp. 532-533; Acuerdos…, ColCC, p. 860.

    [21] Cf. N. GARCIA, Formación de…, ColCC, p. 529.

    [22] N. GARCIA, FRMC, p. 70; cf. también pp. 76, 79.

[23] CC 1865, I, 104, 41; 1870, I, 104, 41; 1924, I, 132, 41.

    [24] Con el tiempo se fue organizando en los centros de la Congregación el régimen de los estudios. El responsable inmediato de la formación académica de la carrera sacerdotal era el prefecto de estudios (cf. CIA, 1940, 366.1; 1953, 367.1; OSG, 1929, nn. 44-50; 1959, nn. 53-57). También se creó la figura del prefecto de estudios a nivel general y provincial (cf. CIA, 1925, 178.I, 179, 291.II; 1940, n. 153; OSG, 1929, nn. 24-26, 31); más tarde, sus funciones serían asumidas por el prefecto de formación tanto general como provincial (cf. CIA, 1953, n. 158; OSG, 1959, nn. 33-34; 39).

    [25] Cf. CC 1865, I, 104, 61. 91. 101; 1870, I, 104, 61. 91. 101; 1924, I, 132, 61. 91. 101; CIA, 1924, n. 457, I y II; 1940, n. 372, 1 y 2; 1953, n. 373, 1 y 2; Epítome, n. 373. Sobre la intensidad del estudio y la amplitud de las lecciones, los Capítulos Generales han ido dando interpretaciones adecuadas a los tiempos a base de entendimiento y diálogo entre los prefectos y profesores y acompaña­miento de los alumnos (cf. VI Capítulo General, ses. 3, Apéndice, p. 9; XVI Capítulo General, (Roma, 1949) Annales, 46 (1961-1962), p. 75; RDV, n. 662).

    [26] Cf. J. XIFRÉ, circular, 3 de enero de 1892, Anales, 3 (1892), p. 277 y circulares, E.C., p. 44; también, RDV, n. 663; Disposicio­nes, 1905, n. 136; 1912, n. 128; OSG 1929, n. 42; 1959, n. 51.      Al prefecto se le asignan además algunas colaboraciones concretas como son: asistir y participar en reuniones de estudios, etc. (Cf. Disposiciones, 1905, n. 137: 1912, n. 129).

    [27] Cf. CC 1865, I, 104, 41; 1870, I, 104, 41; 1924, I, 132, 41.

    [28] Cf. CC 1865, I, 104, 3; 1870, I, 104, 31; 1924, I, 132. 31.

    [29] Cf. CC 1865, I, 104, 51; 1870, I, 104, 51; 1924, I, 132, 51.

    [30] Cf. Disposiciones, 1905, n. 138.

    [31] N. GARCIA, Formación de…, ColCC, p. 524.

    [32] Cf. N. GARCIA, Formación de…, ColCC, pp. 524, 529-530; circular sobre el Decreto declarando la heroici­dad de las virtudes del nuestro Padre Fundador, Anales, 22 (1926), pp. 97-108; ColCC., pp. 194-205; referencia en p. 200.

    [33] Ib., p. 524.

    [34] Ib., p. 525.

    [35] Cf. CC 1865, I, 104, 111; 1870, I, 104, 111; 1924, I, 133; cf. también, Disposiciones 1900, nn. 96-97; 1905, nn. 139-140; 1912, n. 131; CIA, 1924, n. 453.

    [36] Cf. N. GARCIA, FRMC, p. 104.

    [37] Cf. XII Capítulo General, p. 930.

    [38] Cf. CC 1865, I, 104, 11 y 21; 1870, I, 104, 11 y 21; 1924, I, 132, 11 y 21.

    [39] N. GARCIA, FRMC, p. 105.

[40] P. SCHWEIGER, De Vocationibus…, p. 201

    [41] Cf. CC 1865, I, 104, 21, 41; 1870, I, 104, 21, 41; 1924, I, 132, 21, 41.

      Todos han de tomar “con mucho empeño la formación necesaria al Misionero de la Congregación en nuestros días” (M. ALSINA, circular sobre La formación de los nuestros, Anales, 13 (1911-1912), ­pp. 333-336; ColCC, pp. 501-504; cita en p. 503)

      “Oren, pues, los Directores (de la formación), estudien y reflexionen sobre los métodos de buena formación” (M. ALSINA, circular sobre La formación sólida de los nuestros en la virtud, Anales, 17 (1919-1920), pp. 65-68;, ColCC, p. 504-507; cita en p. 504; cf., también, circular sobre La formación del carácter, Anales, 17 (1919-1920) pp. 161-166; ColCC, pp. 507-513; cita en p. 513).

    [42]N. GARCIA, FRMC, p. 75; cf. XIII Capítulo General, (Roma, 1934) Anales, 30 (1934), p. 529. El Capítulo de Albano trata ampliamente el tema de la selección y formación de los formadores, dando algunas orientaciones prácticas para ello (cf. XIV Capítulo General p. 54).

    [43] Cf. CC 1865, I, 104-81, 111; 1870, I, 104-81, 111; 1924, I, 131, 132-81, 133.

    [44] Cf. J. XIFRÉ, E.C., p. 174; circular sobre Solución a varias dificultades, Boletín Religioso, 4 (julio de 1887-diciembre de 1888), pp. 345-366; ColCC., pp. 795-821. referencia en p. 819; Disposiciones, 1905, n. 143; 1912, n. 133: CIA, 1924, n. 455; 1940, n. 370; 1953, n. 371; Epítome, n. 371.

    [45] Cf. CC. 1857, nn. 152-153 (se habla de un administrador); 1865, III, nn. 2, 3, 35-37; 1870, III, nn. 2,3, 35-37; 1923, III, nn. 2, 3, 35-37. Para algunas actividades formativas concretas (conferencias, dirección espiritual, etc…), se prevé en nuestra legislación la ayuda de algún otro sacerdote (cf. Ib. III, n. 2; cf., también, Epítome, nn. 574-575).

    [46] Cf. VII Capítulo General, ses. 6; VIII Capítulo General, (Vich, 1899), ses. 8; RDV, n. 483.

    [47] Cf. J. XIFRÉ. Circular de 3 de enero de 1892, Anales, 3 (1892), p. 277 y circulares en E.C., p. 44; cf. también, circular de 3 de julio de 1887, Boletín Religioso, 4, (julio de 1887-diciembre de 1888) p. 361 y ciculares en E.C., p. 171; circular, 26 de febrero de 1889, Anales, 1, p. 277 y circulares en E.C., p. 176; RDV, nn. 418, 491, 492.

    [48] Cf. VIII Capítulo General, (Vich, 1899), Anales, 7 (1899-1900), ses. 8; Disposiciones, 1900, n. 50; 1905, nn. 66, 338; 1912, n. 61.

    [49] Cf. XII Capítulo General, pp. 931-932; XIV CAP. General, p. 54; XV CAPITULO GENERAL, (Castelgandolfo, 1949), Annales, 40 (1949-1950), p. 130; CIA 1925, n. 625.II; 1940, n. 576; 1953, nn. 574, 575; Epítome, nn. 574, 575.

    [50] Cf. P. XIFRE, circular del 3 de julio de 1887 sobre Solución a varias dificultades, Boletín Religioso, 4 (julio de 1887-diciembre de 1888), pp. 345-366, referencia en p. 364; en E.C., p. 174; en ColCC., pp. 795-821; referencia en p. 819; VI CAP. General, Apéndice, ses. 19, p. 41; RDV, nn. 485, 494; Disposicio­nes, 1900, n. 127; 1905, n. 168; 1912, n. 154.