Apéndice 2 Recuerdos congregacionales

 

Apéndice 2

 

Recuerdos congregacionales

 

 

            En este apéndice se presentan algunos recuerdos y costumbres congregacionales que datan del tiempo del P. Fundador y que han perdurado por algún tiempo entre nosotros. Es interesante recogerlos para que no se pierdan en el olvido.

1. Rezo del Oficio Parvo en el noviciado

            Cuenta el P. Fundador en la Autobiografía[1], en un capítulo que él llama Capítulo importante a la Congregación, lo siguiente:

            “El día 14 de Nobre. de 1863, día en que había de predicar de María Sma. en los santos Ejercicios espirituales que estaba dando en el noviciado de las Hermanas Terciarias del Carmen de Madrid […] leía que la Religión de los Cartujos, angustiada por la falta de quien quisiese profesar bajo su hábito en un Instituto tan austero en el vivir, en la soledad, en el silencio, no supo encontrar mejor remedio que consagrarse a María Santísima, con voto público de rezar diariamente su oficio (el oficio parvo) […]”.

            “En este día, pues, me vino el pensamiento que, si en la Congregación se rezara cada día, además del Oficio divino el oficio parvo a María Sma., ella nos proveería de sujetos que aumentarían, dilatarían y conservarían la Congregación”.

            “En la oración de la misma mañana parecía que la Imagen de la Virgen que hay en el altar me decía que sí, que se hiciese, pero con esta discreción: que bastará que uno de la Congregación lo rece; uno sea por obligación; los demás, (por devoción), si quieren y tienen oportunidad, pero no se permitirá a los que se hallen ocupados en la tarea de las misiones, pues que entonces han de predicar y confesar. También se podría disponer que este oficio parvo lo rezaran los que se hallan en el noviciado [y] que aún no son ordenados in sacris”.

            El P. Clotet, en la vida que escribió sobre el P. Claret, nos dice respecto a este hecho que el consejo del P. Fundador, “por la misericordia de Dios ha venido practicándose por Estudiantes y Hermanos”[2]. Posteriormente, el Oficio Parvo se rezó con intenciones vocacionales en nuestros noviciados hasta el Concilio Vaticano II.

2. El saludo a la Virgen, nuestra Madre

            Una costumbre muy arraigada en la Congregación fue el saludo a la Virgen, nuestra Madre, cada hora. En las Constituciones de 1857 se decía que “cada hora se procurará tomarse cuenta de sí mismo, saludar a la Virgen Santísima, hacer la comunión espiritual”. El saludo se hacía interrumpiendo el trabajo, cuando era posible, y recitando el Ave María.

3. Intervención de María en la fundación de la Congregación

            Una tradición consistió en la firme convicción de que la Congregación fue inspirada y fundada por la Virgen María.

            Escribiendo unas notas sobre el origen de la Congregación el P. Clotet ofrece este hermoso texto:

                “Una de las cosas que más se echan de ver cuando se leen los libros sagrados y la Historia eclesiástica es la fidelidad de Dios en sus promesas, y como siempre para conservación, consuelo y aumento de su amada Esposa la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, despliega su mano benéfica derramando sus gracias y consuelos a proporción de la necesidad o aflicción en que se halla. Esta verdad que es de todas las épocas se verá confirmada en estos últimos tiempos entre otros hechos con la fundación de los nuevos Institutos religiosos.

 

            Perseguidas desde la aparición del protestantismo, pero en especial desde mediados del siglo anterior, las antiguas religiones, viéronse en el presente siglo generalmente hablando, en todas partes vejadas y casi exterminadas […]; pero Dios compadecido de los extravíos de los hombres había de antemano suscitado y continuaba suscitando en el seno de la Iglesia Querida otras familias religiosas […].

 

            Una de estas familias religiosas es la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María nacida en España en una de las circunstancias más azarosas porque haya jamás pasado esta Iglesia en otros tiempos tan rica y tan gloriosa.

 

            […] Grandes y dignas de perpetua memoria son las obras que como Párroco, como Misionero y después como Arzobispo llevó a cabo el Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio María Claret y Clará, llamado comúnmente el Padre Claret (En la alta Cataluña se le llamó Mosén Claret).

 

            El arreglo de culto y clero en la Isla de Cuba y su tan eficaz y bien empleada influencia en la Corte para que la Iglesia de España tuviese dignos Pastores, son obras en verdad dignas de su celo; pero la predilecta obra de su corazón y la que Dios mediante ha de perpetuar en el mundo su espíritu es la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Por inspiración de María se fundó (Nota) y por lo mismo ha de participar en primera línea de las gracias que atesora.

 

            El corazón de esta Madre cuyo nombre lleva y de cuyo espíritu está animada esta Congregación y siempre y sin duda lo estará con el auxilio de la divina gracia y la eficaz protección de tan excelsa y bondadosa Madre.

 

            Nota El que escribe estas líneas, lo oyó de boca del mismo Padre Fundador. Predicando a la comunidad de Vich (año 1865) con motivo de ejercicios espirituales dirigiéndose a la Virgen Ssma. dijo en una plática: “Vuestra es esta Congregación; Vos la fundasteis: ¿no os acordáis, Señora? ¿no os acordáis?” lo que dijo con acento y naturalidad que se echaba de ver recordaba muy al vivo en aquel momento el precepto, las palabras y la presencia de la Madre de Dios”[3].

 

4. Inspiración del Reglamento formativo

            El II Capítulo General (1862), presidido por el P. Fundador, aceptó oficialmente en las Constituciones la categoría de estudiantes y promulgó las primeras directivas para su formación y el ingreso en la Congregación. Terminado el capítulo, el P. Fundador se puso enseguida a elaborar un documento formativo para la Congregación. Según una carta al P. Xifré del 2 de agosto de 1862[4], el P. Fundador había entregado el 28 de julio en Segovia al P. Clemente Serrat el reglamento para los Estudiantes y el reglamento para el Pedagogo o Prefecto.

            Los capítulos sobre los aspirantes, novicios, maestro y coadjutor fueron redactados unos meses más tarde, entre agosto y diciembre de l862. De hecho, el P. Fundador remitió al P. Xifré todos los documentos de una manera definitiva el 20 de diciembre del 1862 con el nombre de Reglamento. Todos ellos formaban un conjunto titulado Reglamento para los Aspirantes, Probandos y Estudiantes de nuestra Congregación y sus respectivos Maestros[5]. Le decía al P. Xifré:

            “Sirve la presente para decir a usted que, considerando cuánto conviene formar bien en la ciencia y virtud a los jóvenes que Dios llame a la Congregación, he pensado escribir este Reglamento que tengo el gusto de acompañarle con la presente, a fin de que se ponga en práctica en todas sus partes, por ser ésta la voluntad de Dios y de María Santísima, nuestra querida Madre”[6].

            Las últimas palabras del santo han sido interpretadas en la Congregación como que los reglamentos fueron especialmente inspirados por el Señor y la Virgen[7].

5. Definición (Memorial) del Misionero

            En las Constituciones aparece la Definición (Memorial) del Misionero con el siguiente texto:

                “Hemos de tener siempre ante nuestros ojos la definición del Misionero: «Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa. Que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todos los hombres en el fuego del divino amor. Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias; se alegra en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo [12], No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en orar, en trabajar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres»[8].

 

            Este texto es una síntesis completa de las dos redacciones (casi idénticas) que hizo el P. Fundador. Una de ella está en la Autobiografía (494); la otra, el P. Fundador la envió escrita en un papelito al P. Xifré diciéndole:

 

                “[…] aquí va este papelito que quisiera que cada uno de los Misioneros copiara y llevara consigo[9].

 

                Las Constituciones, haciéndose eco del deseo del P. Fundador, dicen que hemos de tenerla siempre ante nuestros ojos.

6. Renovación diaria del propósito de progresar en la fidelidad

            “Renueven cada día el propósito de adelantar en el camino del Señor”, nos dicen las Constituciones[10]. Nuestra itinerancia o peregrinación hacía el Padre se realiza en la cotidianidad, es decir, en el transcurso de cada jornada. Cada día, al despertarnos, tenemos que tomar conciencia de nuestro ser de peregrinos y comenzar el camino con un nuevo empeño. Las Constituciones nos instan a renovar cada día el propósito de adelantar en el camino del Señor. No podemos dar por supuesto que esto ya lo hicimos en el comienzo de nuestra respuesta a la vocación, o el día de nuestra profesión religiosa. Dada nuestra condición de viadores o caminantes hacia la vida eterna, hemos de renovar con frecuencia nuestra decisión de caminar en una vida nueva, en la orientación de nuestro corazón hacia Dios. Esto significa que nuestra vida entera deberá estar jalonada por actos concretos que expresen y fomenten esa orientación de nuestra vida hacia él.

            Una vez más recurrimos a las antiguas Constituciones para ejemplificar ese esfuerzo permanente de orientar hacia Dios a lo largo de la jornada todas las cosas.

            1º. La primera oración del día era una acción de gracias, a la que seguía una concatenación de actos dirigidos a realizar esa orientación de todo hacia Dios:

                “El hermano destinado para llamar golpee a la puerta del dormitorio o aposento de cada uno diciendo: Deo gratias et Mariae, a lo cual se responderá: Semper Deo gratias et Mariae[11]

 

            “En despertando, invoquen los nombres de Jesús y de María; y, sin dar lugar a otros pensamientos, renueven la memoria de la meditación que han de hacer, y los afectos que le corresponden”[12].

 

            “Oída la hora o la señal de levantarse, háganlo todos con prontitud, modestia y fervor, cual si fuese Dios mismo quien los llama (…) Después, den gracias a Dios con las preces establecidas, ofreciéndole los pensamientos, palabras y obras, y proponga cada uno la enmienda del vicio dominante o la adquisición de la virtud de que tenga más necesidad, invocando a la Virgen Madre de Dios, a los Ángeles y a los Santos”[13].

            2º. Otro consejo para la santificación era:

                “Aconséjase también que cada hora examinen brevemente su conciencia, saluden a la Madre de Dios, hagan la comunión espiritual y alaben muchas veces al Señor, dirigiendo cada una de las obras a su gloria y sufriendo todas las adversidades por su amor”[14].

            3º. El día terminaba de esta manera:

            “Por la noche, antes de acostarse, hagan brevemente el examen de conciencia y las preces de la noche; lean u oigan leer los puntos de la meditación del día siguiente; después vayan a descansar con modestia, fijen el pensamiento en la hora de levantarse, recuerden los puntos de la meditación que han de hacer por la mañana y ofrezcan a Dios el sueño”[15].

            Estas disposiciones ayudaron a tantos claretianos a animar en el Espíritu la vida de cada día. Los novicios de la Congregación podrán tomar nota de estos ejemplos, no para realizar literalmente lo que ahí se dice, pero sí para sentirse estimulados a despertar de forma creativa su fidelidad en el camino de santificación en el que Dios los ha puesto.

 

7. Acción de gracias después de la Comunión

            La acción de gracias después de la comunión era una costumbre muy querida por el P. Fundador[16]. El P. Clotet decía al respecto:

            “Con respecto a la acción de gracias después de la misa nos dijo un día en un recreo:

 

– Yo para dar gracias después de la Misa no me sirvo de libros, sino que voy siguiendo las llagas de nuestro Señor Jesucristo, y me detengo en cada una de ellas, haciendo actos de acción de gracias, de adoración, de peticiones, etc.; y… ¡con cuánta rapidez se me pasan los minutos y todo el tiempo que ocupo!

           

            Nos decía también que en dar gracias habíamos de emplear quince minutos a lo menos, aun cuando hubiera mucha gente esperando para confesarse; porque, sabiendo los fieles que el sacerdote ha de dar gracias después de la misa, no les cansa el esperar, y además se les da ejemplo con hacer lo que ellos deben [hacer] después de la comunión. En casos extraordinarios como sería, por ejemplo, si concluida la misa fuésemos llamados a asistir a un moribundo, nos encargaba [que] supliésemos la acción de gracias a la primera hora libre. Al pie del tabernáculo desahogaba su espíritu; allí exponía sus necesidades y sus dudas; allí mostraba sus deseos de agradar a Dios y complacerle; allí solicitaba sus luces y sus gracias; de allí sacaba sus ardentísimos fervores.

 

            “Residió en esta ciudad de Málaga -dice el presbítero D. Francisco de Paula Rodríguez, hablando del señor Claret- durante la permanencia de la reina, dándonos rarísimos ejemplos de piedad y extraordinario fervor en todos sus actos religiosos, pero muy especialmente en la celebración del santo sacrificio de la misa […]. Después de celebrar su devotísima y edificante misa, oía la de su capellán, permaneciendo toda ella de rodillas, y aun mucho después, en la misma actitud, viéndosele en ocasiones sus ojos humedecidos por las lágrimas, y tan profundamente preocupado en la meditación, que de nada se apercibía de lo que a su alrededor pasaba”[17].

 

8. La promesa consoladora

            La creencia en la promesa consoladora ha sido una tradición en la Congregación. Por ella se conoció y suscitó la esperanza de la salvación de aquellos que perseveraran en la Congregación.

            El P. Xifré fue director espiritual del P. Fundador por muchos años. En una circular dice que oyó de los labios del P. Fundador la siguiente profecía:

            “Dios me ha revelado que los que hasta la muerte permanezcan en la Congregacion se salvarán”[18].

            Este testimonio lo repitió el P. Xifré varias veces[19].



[1] Cf. Aut 793-795.

[2] J. CLOTET, Vida edificante…, p. 269

[3] Mss-Clotet: Notas para Anales, Variedades 1885, 179. Archivo de la Postulación cmf. Inédito;cf. también AGCMF: GA, 01, 06, 192.

[4] Cf. EC. II, p. 509.

[5] Cf. A. LARRAONA, Los Capítulos de las Constituciones relativos a los estudiantes y al Prefecto: Studia Claretiana, 1 (1963), pp. 8-41 J. M. LOZANO, CCTT, pp. 271-298; J. Mª VIÑAS, La Formación del Misionero en la Congregación según el Padre Fundador San Antonio Mª Claret: Cuadernos de Formación Claretiana, 1, Prefectura General de Formación, Roma 1987, 24 pp; La formación de los novicios misioneros según el Padre Fundador, San Antonio Mª Claret: Cuadernos de Formación Claretiana, 2, Prefectura General de Formación, Roma 1988, 20 pp.

[6] Carta al P. J. XIFRÉ, Madrid, 20 diciembre 1862: EC. II, pp. 576-577).

[7] Cf. M. AGUILAR, Historia de la Congregación de Misioneros Hijos del I. Corazón de María, tomo I, Barcelona 1901, p. 109; P. Clemente SERRAT, PAV. Sesión 55, art. 90; p. Lorenzo FONT, PAV. Sesión 55, art. 95.

[8] CC 9.

[9] Carta de Claret a Xifré, La Granja, el 20 de agosto de 1861. El papelito se encuentra en el Archivo General de Roma (AGCMF: Mss. CLARET, vol. X, p. 87).

[10] CC 52; cf. NPVM II, pp. 738 ss.

[11] CC de 1924, II, 28.

[12] CC de 1924, II, 29.

[13] CC de 1924, II, 30.

[14] CC de 1924, II, 32. En las ciudades de entonces, cuando el reloj del ayuntamiento o del campanario tocaban las horas, en las familias había la costumbre de rezar el Ave María; la Congregación aceptó esta práctica y la completó con el examen, renovar la intención y la comunión espiritual.

[15] CC de 1924, II, 34.

[16] Esta costumbre fue recogida en la Congregación durante mucho tiempo (cf. CIA, 575 II (1925), 519.2 (1940), 517.2 (1953).

[17] J. CLOTET, Vida edificante… pp. 762-763.

[18] Cf. Anales, 23 de Octubre de 1897.

[19] Una documentación completa sobre el tema en: R. RIBERA, La promesa consoladora, Barcelona, 1949, 62 pp.

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