Apéndice 4 Criterios de madurez para la vida religiosa

                                                                Apéndice 4

 

Criterios de madurez para la vida religiosa

1. Introducción

            1º. Hay una madurez específica para la vida religiosa. Hay rasgos de la personalidad normal que han de madurar y desarrollarse para poder vivir adecuadamente el mundo de valores de la vida religiosa. Desde el punto de vista formativo, es necesario tener presentes los valores de la vida religiosa para los que hay que formarse. Si hablamos de claretianos, hemos de referirnos a los valores del proyecto claretiano contenidos en las Constituciones, Dir, PGF y DVC.

            2º. La madurez de la personalidad no es una realidad absoluta y estática, sino que es siempre relativa y procesual. La madurez es una conquista; pasa por un proceso de desarrollo a lo largo de las etapas evolutivas de la persona. La Iglesia y la Congregación piden que el candidato vaya adquiriendo en cada momento de su itinerario formativo el equilibrio y la madurez psicológica propios de la edad y del momento formativo en que se encuentra (comienzo del noviciado, primera profesión, profesión perpetua). Aunque no se exija al candidato desde el comienzo una madurez plena, tanto el candidato como la persona que lo acompaña en el discernimiento han de tener presente, como puntos de referencia[1], los criterios de madurez para la vida religiosa.

2. Criterios de madurez

            Partimos de que existe la experiencia vocacional y que nos movemos en un contexto de fe, amor y libertad. Entendemos que nuestra vida no se puede desarrollar si nos falta un clima de fe y oración, escucha de la Palabra de Dios, en comunión con la Iglesia, con actitud de discernimiento de los signos de los tiempos, con alegría existencial, etc.

            Dicho lo cual, para vivir los valores de la vida religiosa (y claretiana), la persona ha de manifestar una madurez suficiente a través de los siguientes rasgos personales:

            1º. Dado que nuestra vida conlleva una cierta tensión existencial, se ha de poseer un suficiente equilibrio psíquico de base y una capacidad para superar los conflictos y tensiones internos y externos de la vida vocacional.

            2º. El sentido de radicalidad y totalidad definitiva exigen una suficiente capacidad de entrega y de generosidad, capacidad para hacer una opción definitiva así como una capacidad de coherencia, constancia, estabilidad y perseverancia.

            3º. El carisma de la virginidad exige una madurez afectiva, control, disciplina y capacidad de sublimación de la tendencias.

            4º. La vivencia de la pobreza implica una capacidad de desprendimiento interior y exterior, libertad interior y adaptación a los diversos ambientes, especialmente a los más desfavorecidos.

            5º. La obediencia radical y misionera exigirá una capacidad de aceptación del otro como norma de mi vida (en momentos claves) y de disponibilidad para ser enviado.

            6º. El vivir en comunidad exige poseer una madurez afectiva, buen carácter, capacidad de donación de sí mismo (pasar del narcisismo a la oblatividad) y disposición para la adaptación a otras personas.

            7º. El sentido misionero, eclesial y universal, implicará desarrollar las capacidades de desprendimiento (ambientes locales, familia, patria…), disponibilidad, superación de prejuicios, madurez afectiva y adaptación a otros ambientes.

            8º. El formando deberá asimilar en forma personalizada el mundo de valores que le oriente, le guíe e le impulse conforme a la vocación claretiana.



            [1] Cf. DVC 251-257.

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