Apéndice 6 Tipos, formas y métodos de oración

Apéndice 6

Tipos, formas y métodos de oración

            La oración es una de las actividades fundamentales durante el año de noviciado. Constituye el dinamismo esencial para ser transformados en auténticos y celosos misioneros claretianos y crecer en la vida misionera[1].

            Como una prolongación del capítulo sobre la oración y para ayudar a realizarla, dedicamos este apéndice a presentar algunos de sus tipos, formas y métodos[2].

I. TIPOS DE ORACIÓN

            La oración se diversifica en tipos según el predominio de sus contenidos. Aunque las fronteras entre ellos no son siempre precisas, podemos distinguir los siguientes:

1. La oración de alabanza, bendición y glorificación

            La oración de alabanza reconoce de manera directa y desinteresada que Dios es Dios. Le ensalza por él mismo, no sólo por lo que hace o nos da.

            Porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir, a su vez, a aquél que es la fuente de toda bendición. La bendición descubre las maravillas de la generosidad divina y despierta en el ser humano la admiración por tal generosidad.

            El esquema de la oración de glorificación es muy similar al de bendición. El creyente descubre la gloria de Dios, su manifestación radiante en el mundo (cf. Is 6, 3), o en momentos especiales (cf. Ex 24, 16-17; 1R 8, 11), o en Cristo (cf. 2Co 4, 6) y le responde, a su vez, con gestos y palabras de gloria.

2. La oración de adoración

            La adoración añade a la alabanza y bendición la consideración del hombre en cuanto criatura e implica el reconocimiento de la propia pequeñez ante Dios; es el acto por el que la persona entera, cuerpo y alma, reconoce su total dependencia de Dios[3].

            La adoración se incluye en la categoría de culto denominada latría, o sea, aquel culto que se dirige sólo a Dios, como se recoge en el primer mandamiento del Decálogo. Se trata de un culto específicamente diverso de la veneración mostrada, por ejemplo, a los santos. La veneración a éstos se denomina dulía. La veneración particular a la Virgen María se llama hiperdulía.

 

3. La oración de acción de gracias

            La oración de acción de gracias es la reacción natural y positiva del hombre ante el amor de Dios. El orante ve reflejado ese amor en múltiples acontecimientos: en la redención obrada por Cristo, en el don del Espíritu, en la Iglesia de la que es miembro; en la presencia materna de la Virgen en su vida, en los sacramentos[4]… Parte, pues, de que todo cuanto hay en él, excepto su pecado, es ya un regalo de Dios y se vuelve a él con sentimientos de gratitud. En este sentido, toda alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda necesidad pueden ser materia de la acción de gracias que, participando en la de Cristo, debe llenar toda la vida: “En todo dad gracias” (1Ts 5, 18).

4. La oración de súplica

            La oración de súplica se expresa de muchas formas, pero las más habituales son la petición y la intercesión.

4.1. Oración de petición.

            Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación y dependencia de Dios y la conciencia de nuestros pecados, limitaciones y necesidades. Por eso pedimos. La más auténtica oración de petición cristiana brota de lo que san Pablo llama el gemido de la creación, el nuestro propio y el del Espíritu Santo (cf. Rm 8, 18-27).

            El objeto propio de esta oración es triple: en primer lugar, hay que pedir el perdón de Dios (cf. Lc 18, 13) que es el comienzo de toda oración justa y pura. En segundo lugar, hay que pedir el Reino que, a su vez, implica también pedir lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida (cf. Mt 6, 10.33; Lc 11, 2.13; Hch 6, 6; 13, 3).). En tercer lugar, podemos pedir por cualquier necesidad, en la seguridad de que, si lo pedimos en el Nombre del Señor, nos será concedido (cf. Jn 14, 13).

4.2. Oración de intercesión.

            Mediante la oración de intercesión pedimos no ya en favor propio sino en el de los demás (cf. Flp 2, 4). Es una oración que no conoce fronteras (cf. 1Tm 2, 1; Rm 10, 1; 12, 14) y que se extiende hasta los enemigos (cf. Hch 7, 60; Lc 23, 28.34)[5].

 

5. Oración apostólica

            Claret, desde la toma de conciencia que tuvo en su infancia de la posibilidad de que mucha gente se condenara porque no se les prevenía y ayudaba, se sintió impulsado a orar y trabajar por la salvación de los demás con todas sus energías y capacidades. Esta actitud y toma de conciencia le acompañó toda su vida[6].

            La oración apostólica o de solidaridad misionera es la que surge en el contacto con las personas y las situaciones en el ejercicio de nuestra misión. Supone tomar conciencia de las situaciones; reconoce los signos del amor de Dios en esas situaciones y busca iluminarlas desde la Palabra de Dios. Unifica la vida personal, la vida comunitaria y el ejercicio del apostolado. Alimenta el compromiso misionero en clave de misión compartida.

 

 

II. FORMAS DE ORACIÓN

            Formas son las modalidades que adopta la oración en los diversos orantes. Hay un esquema tradicional[7] que distingue tres formas principales de oración: vocal, meditación y contemplación.   

1. La oración vocal

            Es la recitación de fórmulas oracionales mediante palabras, pronunciadas o no pronunciadas, concordando con ellas la mente y el corazón y teniendo presente a quién se dicen. Es preciso elegir bien esas fórmulas oracionales: el Padrenuestro, el Credo y el Ave María han sido siempre las oraciones más venerables de la Iglesia. En principio, las oraciones bíblicas y litúrgicas han de ser las fuentes primeras de la oración vocal[8]. La Iglesia concede especial importancia a la oración de las Horas, que ha de rezarse en su nombre. Además de éstas, la Iglesia propone el Via Crucis, el Rosario, el Angelus

            Hay también quienes oran con oraciones vocales espontáneas, sin fórmulas preestablecidas. Entonces la oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa.

 

2. La meditación discursiva

            La meditación es una reflexión prolongada sobre las verdades reveladas y los hechos de la historia salvífica, en orden a adherirse y responder a lo que el Señor pide.

            Para encauzar la atención es bueno ayudarse sobre todo de la Palabra de Dios, de los textos litúrgicos del día o del tiempo, del gran libro de la creación y de la historia, la página del hoy de Dios. Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo, confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Si esto se realiza con humildad y fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y pueden ser discernidos. Se trata de alcanzar la iluminación para llegar a afirmar: Señor, ¿qué quieres que haga?.

            En la meditación interviene al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón, fortalecer la voluntad de seguir a Cristo y disponer para la contemplación.

3. La contemplación

            Con este nombre se designa el momento en que la persona alcanza la quietud admirativa en la presencia de Dios. Es el momento en el que se simplifican las actividades del orante y en el que la mirada del corazón se centra y se unifica en el Señor, contemplándolo, adorándolo y escuchándolo.

            En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el mismo Señor. Lo que se desea es estar a solas con él, en atención amorosa -cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del corazón- y ponerse en sus manos.

            En la contemplación no sólo cuenta la mirada de fe del orante, fijada en Jesús y en los misterios de su vida. También éste le mira a él y, al mirarle, ilumina los ojos de su corazón y le enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. Su mirada le purifica el corazón. Además de mirada, la contemplación es escucha de la Palabra de Dios y silencio amoroso.

III. MÉTODOS DE ORACIÓN

            La oración profunda se elabora en el centro del hombre. Dependiendo de la concepción del mismo, ese centro variará y, por lo tanto, variarán también las características de su oración. Occidente lo sitúa en la cabeza; Oriente Próximo (cultura bíblica) en el corazón y el Lejano Oriente en el abdomen (punto “hara”).

            Los métodos de oración son muchos. Los vinculados a la cultura occidental tratan de favorecer una oración centrada, en primer término, en el pensamiento ordenado y la palabra con que éste se expresa. Tienden a una oración reflexiva. Se trata de pensar, utilizando la inteligencia para ahondar conceptualmente en la vida, nombrándola más exactamente y guiando así las conductas a la luz de una racionalidad iluminada.

            Los métodos derivados de la cultura bíblica propician una oración que se hace desde el corazón: un corazón que sabe escuchar, más que pensar, y acumula la energía del amor encauzándola en un caminar humilde con su Dios.

            Otros métodos se inspiran en la tradición oriental de la meditación, basada fundamentalmente en la profundización de la conciencia por medio de la relajación, el silencio mental y afectivo, la concentración y la superación del deseo.

            Presentamos tres métodos de oración. Pueden ayudar a realizar el proceso de transformación en Cristo según el carisma claretiano, objetivo fundamental de la formación[9] y de todas las etapas de la vida:

 

1. Oración de toma de conciencia

            Es fundamental -y base de pasos posteriores- lograr la interiorización de la propia conciencia mediante la oración; o lo que es lo mismo, lograr que nuestra conciencia se haga receptiva, pasiva (quieta), silenciosa, atenta y, desde esa conciencia profunda y honda, conocernos y conocer la realidad que nos rodea.

1.1. Proceso de preparación

            a. El proceso comienza por la práctica de la relajación corporal. La pedagogía de la oración pasa por el aprendizaje de la relajación como posibilidad integradora del cuerpo en el rito oracional. Somos cuerpo y espíritu, por eso oramos también corporalmente. La relajación es el silencio del cuerpo. Existen muchas técnicas de relajación.

            b. Sigue el sosiego emotivo, el silenciamiento de nuestras actividades interiores. La capacidad de escuchar es una de las manifestaciones más claras y básicas de nuestra conciencia receptiva. La escucha consiste fundamentalmente en prestar atención. Esto requiere silencio y quietud. Ahora bien, el silencio más importante es el interior. Hay que crearlo con el aquietamiento progresivo de todas las actividades interiores, con el sosiego emotivo, centrando y fijando la atención en algo que unifique todas nuestras energías interiores[10].

            c. En tercer lugar, el proceso requiere recogimiento mental o atención continuada (concentración). Es el elemento fundamental del proceso de profundicación de la conciencia. Para conseguir la capacidad de atención continuada hay muchas prácticas. La pedagogía de la concentración comienza por despertar el deseo de orar. Comporta también unos ejercicios adecuados y no empeñarse en luchar contra las distracciones sino, más bien, en integrarlas en el mismo proceso de la oración. No luchar no equivale a consentir. Supone no alterarse por la presencia del mensaje distractivo, volver la atención a las técnicas de relajación y concentración que se estén empleando y continuar la oración.

1.2. Toma de conciencia

            Sigue la toma de conciencia de nuestra realidad y de nuestra filiación divina en Cristo. Para profundizar en nuestra experiencia cristiana y vocacional se debe tomar conciencia:

• de la propia interioridad como lugar de encuentro con Dios;

• de la oración del Espíritu en el fondo de nuestro corazón;

• del amor del Padre que el Espíritu derrama en nuestros corazones;

• de nuestra elección e identidad profunda en Cristo[11].

2. Método de meditación inspirado en Claret

            Se presenta ahora un modelo de meditación practicado y propuesto por Claret. Está basado en los métodos de meditación ignacianos, al uso en tiempos del P. Fundador y quiere ser un resumen organizador de los diversos aspectos que hallamos en su experiencia y enseñanzas sobre la meditación. En la práctica, estos elementos se pueden usar con espontaneidad y libertad y de la manera que mejor se adapten al temperamento y a la experiencia de cada uno.

            La metodología tradicional del tiempo de Claret divide la la práctica de la meditación en tres partes: preparación, cuerpo de la meditación y conclusión.

2.1.Preparación

            a. Crear la actitud exterior e interior necesarias para hacer bien la meditación:

• Con una postura adecuada.

• Relajándose (para poder orar con la mente y el corazón en paz y silencio interior).

• Tomando conciencia de lo que se va a hacer.

• Poniéndose en actitud atenta y receptiva.

b. Ponerse en la presencia de Jesucristo:

• Por medio de un acto de fe (es el mismo Jesús quien me invita).

• Con un acto de humildad, reconociéndose a uno mismo como totalmente dependiente de Dios.

• Dirigiendo la atención y la mirada interior a Jesús (como modelo al que se va contemplar e imitar).

            c. Pedir la gracia necesaria para la meditación:

• Invocar al Espíritu Santo a fin de que me unja como a Jesús para anunciar la Buena Nueva.

• Pedir la ayuda de María, modelo y formadora de apóstoles (para que me modele conforme a la imagen de su Hijo en la fragua de su Corazón).

• Pedir la intercesión de los santos, en especial de nuestro Padre Fundador, para que me asistan y acompañen en esta meditación.

2.2. Cuerpo de la meditación

            a. Dirigir la mirada a Jesucristo como el modelo que debo imitar:

• Observando el modelo que tengo frente a mí mediante la lectura de algún pasaje del evangelio.

            • Considerando la vida y los misterios de Cristo.

• Fijando la atención, de manera especial, en su actividad evangelizadora.

• Copiando el modelo que he estado observando, tratando de interiorizar lo que estoy observando para poder imitarlo, como quien dibuja copiando un modelo.

• Aplicando a mí mismo lo que estoy contemplando en Jesús.

• Conformándome interiormente al modelo que estoy contemplando.

            b. Penetrar en la interioridad de Cristo por medio del diálogo amoroso con él y la escucha de su Palabra:

            • Compenetrándome con sus sentimientos, actitudes.

• Profundizando en su relación amorosa con el Padre y su entrega amorosa a la gente.

• Interiorizando la Palabra de Dios para poder anunciarla después a los demás.

            c. Experimentar la comunión profunda y transformadora con Jesucristo en actitud contemplativa amorosa y silenciosa:

• Creando una actitud contemplativa de total receptividad y disponibilidad, a la manera de una placa fotográfica en la que queda impresa la imagen reflejada en ella.

• Dejándome abrasar por el amor de Cristo que me urge y me enciende en celo apostólico.

• Dejando que el Verbo se haga carne en mí, como en María, convirtiéndome en Palabra encarnada para los demás.

2.3. Conclusión

            a. Coloquios y peticiones:

• En diálogo amoroso con Jesucristo pedirle la gracia necesaria para vivir y poner en práctica todo lo que he observado y contemplado en la meditación.

• Movido por el celo apostólico, hacer presente en mi oración las necesidades y aspiraciones de la humanidad, en especial de la gente a la que estoy llamado a evangelizar.

            b. Resoluciones:

• Ofrecerme de nuevo al Padre juntamente con Cristo para la salvación del mundo en orden a llevar a cabo su plan salvífico y colaborar en la construcción del Reino.

• Renovar mi compromiso misionero en la situación concreta en la que me encuentro.

            c. Oración final de acción de gracias:

• Dar gracias al Padre por medio de Jesús, como hizo él mismo, lleno de gozo, por las maravillas que había obrado por medio de los discípulos a la vuelta de su campaña apostólica (cf. Lc 10, 21)

• Agradecer al Espíritu Santo, a María y a los santos su asistencia y compañía durante la meditación.

3. Método de oración apostólica y de solidaridad misionera                    

            A partir de la experiencia de Claret, podemos concretar el método de oración apostólica y de solidaridad misionera en los siguientes pasos:

3.1. Paso primero: invocación del Espíritu

• El animador invita a alguien de la comunidad a invocar al Espíritu. Sólo el Espíritu de Jesús puede crear en nosotros una auténtica actitud orante que nos abra al misterio de Dios-Abbá.

• Los demás miembros de la comunidad pueden añadir brevemente sus propias invocaciones.

• Esta oración puede ser compartida por todos aquellos que comparten la misión (claretianos, seglares, otros religiosos/as).

3.2. Paso segundo: examinamos un hecho de vida

• Los miembros de la comunidad escogen algún hecho relevante de su experiencia misionera. Puede tratarse de un acontecimiento referido a una persona, a una comunidad eclesial, a la Iglesia en su conjunto, al mundo. Lo que importa es que se trate de un hecho concreto, descriptible, que afecte a la vida y misión de la comunidad.

• Durante unos minutos, cada miembro de la comunidad elabora por escrito, desde su propia perspectiva, el hecho escogido. El objetivo es traer a la oración todos los datos que sirvan para entrar en contacto vital con ese acontecimiento.

• Cuando el animador lo indique, todos comparten brevemente lo que han escrito. Pueden servirse también -de algunos símbolos para presentar el hecho (fotografías, textos, etc.).

3.3. Paso tercero: escuchamos la Palabra de Dios

• Los miembros de la comunidad sugieren algún o algunos textos de la Escritura que puedan iluminar el acontecimiento descrito.

• Una vez seleccionado el texto, el animador pide a alguien de la comunidad que lo lea en voz alta.

• Después de escuchar el texto, la comunidad permanece en silencio durante un tiempo. Este silencio nos prepara para compartir luego lo que sugiere la Palabra.

3.4. Paso cuarto: compartimos la luz de la Palabra

• Los participantes comparten lo que la Palabra ha suscitado en ellos y la luz que han descubierto para iluminar desde la fe la experiencia analizada.

• El objetivo no es provocar una discusión exegética sino discernir juntos lo que Dios quiere regalarnos para descubrir su presencia en ese acontecimiento.

3.5. Paso quinto: damos gracias a Dios por los signos de su presencia

 

• El animador invita a todos a alabar a Dios y darle gracias por los signos concretos de su presencia que se descubren en la situación presentada.

• Toda situación, por negativa que parezca, esconde siempre un destello del amor de Dios. Cuando el misionero no reconoce esta huella cae en la tentación del pesimismo o de creer que él puede arreglarlo todo.

3.6. Paso sexto: intercedemos ante Dios por las personas y por las situaciones

• Tras la alabanza y la acción de gracias viene la intercesión. La comunidad le presenta al Señor las necesidades de las personas implicadas en el acontecimiento que ha estado en el centro de la oración.

• Es recomendable evitar el esquema “Por… para qué”. Basta una presentación sencilla. El Señor sabe lo que necesita cada uno antes de que nosotros se lo pidamos.

3.7. Paso séptimo: nos comprometemos como misioneros

• Cuando se ha visto claro a lo largo de la oración, la comunidad formula un compromiso en relación con la situación orada.

• Si no se ha visto claro, es mejor no inventar compromisos artificiales que no responden a un verdadero celo misionero.

            Una forma abreviada de este método, sin la referencia explícita a la Palabra de Dios, consiste en suscitar tres actitudes fundamentales:

• Apertura a las necesidades del pueblo. Tomar conciencia, entrar en comunión con las necesidades de las gentes.

• Com-pasión. Sufrir con el pueblo, hacer propios sus sufrimientos y esperanzas, sus tristezas y alegrías, sus luchas y sus conquistas. Ser consciente no es sólo conocer sino sobre todo experimentar y compartir.

• Compromiso profético. Poner en práctica aquello que se ha experimentado en la oración. Así se consolida este tipo de oración y la solidaridad.

            Aunque durante el noviciado las actividades apostólicas y los contactos con la gente son más limitados que en otras etapas de la formación, el año de noviciado es una oportunidad única para que el novicio cree estas actitudes interiores. Le permitirán más adelante vivir el compromiso apostólico y profético con mayor plenitud.



[1] Cf. PGF 213.

[2] Mientras el tipo de oración es algo genérico que fácilmente cuadra a todos los orantes, la forma o manera es algo más propio y personal y, por tanto, no toda forma es apropiada para todos (depende de los diversos temperamentos, del momento y lugar, de la situación espiritual por la que se esté atravesando…).

[3] Los gestos externos de adoración a Dios son muy diversos según las diferentes culturas: arrodillarse, postrarse, inclinar la cabeza, besar el suelo, danzar, extender los brazos… Lo importante es que expresen la actitud interior de querer “adorar a Dios en espíritu y en verdad” (Jn 4, 24).

[4] La mejor acción de gracias que puede dar el hombre tiene lugar en la Eucaristía, cuando se une a la acción de gracias de Jesucristo.

[5] En relación con esta oración hay un dato importante a tener en cuenta: la intercesión está presente en Cristo (cf. Rm 8, 34; 1Jn 2, 1; 1Tm 2, 5-8; Hb 7, 27) y en la Iglesia (cf. Hch 12, 5; 20, 36; 21, 5); y la oración del cristiano, bajo la acción del Espíritu, que “intercede por nosotros” (Rm 8, 26-27), es la oración del hijo en el Hijo (“siempre vivo para interceder” Hb 7, 25), en la Iglesia intercesora.

[6] Cf. Aut 9 en relación con 255-258; 260-273. Preparaba la predicación con la oración (cf. Aut 665).

[7] Resaltamos sólo las expresiones tradicionales de oración, pero conscientes de que existen otras a las que el orante puede recurrir.

[8] Cf. DV 25; SC 24.

[9] Cf. PGF 12.

[10] El silencio interior nos resulta muy arduo y difícil de conseguir debido a los muchos estímulos externos que nos distraen, a que estamos siempre hablando interiormente con nuestro pensamiento y a que nuestra imaginación y emotividad crean en nosotros una constante dispersión. Por eso existen distracciones, y la capacidad de atención es débil. La práctica de escuchar los sonidos con una actitud pasivo-receptiva puede ser muy poderosa y efectiva para educar la capacidad de atención y profundizar la conciencia receptiva.

[11] Una variante de este método de toma de conciencia es el de escucha atenta y receptiva de los mensajes de la conciencia sobre la Palabra. No está centrado, como el ofrecido, en la conciencia de la propia realidad. Después de realizar el proceso de pareparación descrito y de leer un punto de la Palabra de Dios, el cuerpo de la oración consiste en no pensar, permanecer en silencio y receptivos para recibir de la conciencia mensajes o impulsos a la acción (iluminaciónes, intuiciones, escucha espiritual de mensajes breves, contacto con la transcendencia…).

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