1 – La Formación del Misionero en la Congregación – Viñas

Cuadernos de Formación Claretiana

Prefectura Genera! de Formación Roma


LA FORMACIÓN DEL MISIONERO EN LA CONGREGACI
ÓN

según el Padre Fundador San Antonio María Claret


Jos
é Ma Viñas, CMF.

 

Introducción

Con el presente subsidio, la Prefectura General de Formación inicia la publicación de la colección CUADERNOS DE FOR­MACIÓN CLARETIANA. Con ella pretende proporcionar a las comunidades formativas, a formadores y formandos, un conjunto de material pedagógico, típicamente claretiano, que les ayude en el desempeño de la misión formativa y en el desarrollo de la for­mación.

A partir del Concilio Vaticano II se ha escrito mucho sobre la formación de los jóvenes religiosos en. toda la Iglesia. Existe actualmente una literatura abundante, rica y variada, sobre temas de formación que fácilmente está a disposición de todos. Sin embargo, la Prefectura de Formación, con la presente colección, se centrará principalmente en temas formativos claretianos que hagan referencia al P. Fundador, a la Congregación, a las Constituciones y a nuestros documentos congregacionales. Todo ello con el fin de fomentar e impulsar en la Congregación una for­mación según el espíritu claretiano y en sintonía con el momento histórico que vivimos.

El primer número que abre la colección ofrece los textos ori­ginales que el P. Fundador escribió para la formación de los estu­diantes profesos de la Congregación con un comentario del P. José Mª Viñas. Nos ha parecido publicarlos de una manera ágil y asequible para que los formadores y formandos conozcan direc­tamente el pensamiento del P. Fundador sobre lo que debe ser la formación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María.

Son unos textos, podríamos decir, “carismáticos”, que han brotado de la experiencia del P. Fundador y que él desea transmitir a la Congregación. En ellos se refleja su experiencia formativa personal, lo que él cree que debe ser el misionero claretiano tras su larga y fecunda experiencia como misionero apostólico, los puntos centrales en los que se ha de basar la formación misionera y apos­tólica, y los medios más apropiados para conseguirla.

Ciertamente hay que saber leerlos y aplicarlos de una manera adecuada. No se trata de transcribirlos literalmente al actual mo­mento formativo de la Congregación; muchos aspectos pedagó­gicos revelan la situación histórica que vivió el P. Fundador y no son hoy en día operativos. Hay que leerlos a la luz de toda la experiencia formativa y misionera del P. Fundador. La Autobio­grafía y las Constituciones han de proyectar sobre ellos la iluminación complementaria que permita desarrollarlos y profun­dizarlos. Hay que estudiarlos a la luz de las exigencias actuales de nuestra vida religiosa y de la misión del claretiano hoy. Hay que descubrir en ellos las líneas formativas fundamentales y los centros de interés que tienen actualidad y que reflejan las líneas carismáticas que siempre han de estar actuantes en nuestra formación claretiana.

Deseamos que este sencillo servicio sea útil a los centros de formación de la Congregación y ayude a todos los que están com­prometidos en la misión formativa a formar misioneros con una fuente de identidad claretiana, con un profundo sentido de perte­nencia congregacional y con una amplia sensibilidad misionera y apostólica.

Jesús M- Palacios, ctnf. Prefecto General de Formación.

 

 

La formación en el Padre Fundador

 

Su experiencia personal

Un Fundador, por ser el primero de su grupo, no tiene delante de sí un principio de identificación acabado. No encuentra a quien imitar. Se puede decir con verdad que para él “no hay camino”. Por otra parte tampoco es un buscador de originalidades, ni un autodidacta. El Padre celestial tiene un designio original para él y se lo va dando a conocer en las situaciones de la vida, por medio de la Palabra evangélica. Además por la acción del Espíritu lo va formando, transformándolo, a imagen del Hijo, desde esa dimen­sión original. El Padre,” que consagra y envía”, se sirve de expe­riencias humanas, de suyo comunes como alegrías y tristezas; triunfos y desengaños; trabajo e incapacidad; pero las ilumina con la gracia, y la persona que las vive, va descubriendo en ellas un sentido nuevo, y va adquiriendo a la vez conciencia de su iden­tidad vocacional y va saliendo transformada.

San Antonio María Claret vivió las experiencias comunes a la gente de su tiempo como la guerra de la independencia, la revo­lución burguesa, la industrialización, la locomoción mecanizada, pero desde una dimensión más profunda y original; por esto en vez de salir un burgués o un industrial de tantos, apareció como Misionero apostólico, que asumía ciertamente las aspiraciones au­ténticas de su siglo pero era signo de contradicción de las des­viaciones y antivalores.

El Padre Fundador conserva un buen recuerdo de la formación recibida en la infancia: familia unida, serena y trabajadora. El padre forma a los hijos con el ejemplo de su vida y con las ins­trucciones de catecismo, de moral y de cultura general. La madre crea un ambiente de amor atento y cuidadoso. Antonio se siente querido. Los maestros fueron educadores y no solamente enseñastes.

Ninguno de estos formadores sabía cual era el destino de An­tonio, sin embargo todos eran instrumentos dirigidos por la mano del Señor que iba forjando su siervo como su espada o flecha profética con pasión ilusionada. Ni siquiera Antonio sabía, busca­ba, intentaba, oraba. Mas tarde, cuando la nueva imagen de misio­nero había adquirido sus rasgos definitivos, fue descubriendo el camino recorrido y el sentido de las diferentes experiencias.

En el proceso formativo de la juventud encontró ayuda en la amistad de personas mayores que le transmitían su experiencia de la vida.

Seminarista, recibe la formación en el seminario de Vic, que se preciaba de ser “tridentino” (no en el sentido peyorativo que se toma ahora por muchos esta palabra), sino por unir la formación del corazón a la enseñanza científica. Antonio nos recuerda en el Colegial Instruido y en otros escritos el ambiente de disciplina, piedad y estudio que en él se respiraba. Un obispo carismático y santo animaba los seminaristas hacia las cimas de la perfección sa­cerdotal y, con la ley interior de la caridad, suavizaba la disciplina.

Antonio no vivió en régimen de internado dentro del Seminario sino como alumno externo en la casa de Don Fortián Brés, sa­cerdote ejemplar y que le quería mucho. Tenía como director es­piritual al Padre Bach del oratorio de san Felipe Neri. Muchos de los profesores llegaron a serle amigos.

En esta época de la vida Antonio adquiere conciencia, del desi­gnio de Dios sobre él como servidor de la gloria; evangelizador a la manera de Esteban, lleno del Espíritu y testigo de Jesús glo­rificado a la derecha del Padre.

Ninguna de las estructuras formativas a su disposición era apta para darle la formación requerida. El Seminario diocesano no lo podía hacer de por sí Misionero apostólico. El Espíritu sin embargo se sirvió de estas estructuras, rebasándolas desde el interior. El obispo sin tener idea clara de lo Antonio tenía que ser, veía en él algo extraordinario y todo lo que hizo por la formación de Antonio sirvió al plan de Dios.

Sacerdote, hace primero la experiencia del sacerdocio dio­cesano estable pero se siente como aprisionado. Busca camino a su celo en .las Misiones extranjeras pero se encuentra con el paso cerrado. Todo el viaje a Roma y la permanencia en la Compañía, por cuatro meses, es una experiencia formativa, tal como nos la describe en la Autobiografía y en otros escritos. Aunque el tiempo fue breve, dejó en él profunda huella: aprendió las formas apos­tólicas del servicio del Evangelio y un estilo de vida común para la misión. Pero esta forma de vida tan adaptada a un designo y proyecto apostólico, tampoco era la suya.

Misionero apostólico, se siente finalmente identificado. Aclarado él mismo, puede aclarar a los demás. Reconoce, con to­da humildad, que tiene don para formar Misioneros. En la distri­bución de funciones dentro de la Hermandad Apostólica, confía a Caixal los libros (la Librería Religiosa) y él se reserva las per­sonas.

Fundador, es el primer formador de aquel grupo de sacer­dotes ya hechos como presbíteros, pero no como misioneros. Tiene que iniciarles en un estilo de vida verdaderamente apostólica y en la predicación misionera. La formación tiene que ser inten­siva y. apresurada a causa del repentino nombramiento como Arzobispo de Cuba.

Durante el resto de su vida el Fundador, aunque separado físi­camente del núcleo principal de la Congregación, no dejó de in­fluir constantemente en la formación, con su persona, con su ejem­plo, con la comunicación de su experiencia personal en la Auto­biografía y con sus intervenciones discretas pero profundas y eficaces.

 

 

Testimonios de la experiencia formativa del Padre Fundador.

Infancia

“Recibí de Dios un buen natural o índole por puro efecto de su bondad” (Autob. 18).

“Apenas tenía seis años que ya mis amados padres me mandaron a la escuela. Mi maestro de primeras letras fue D. Antonio Pas­cual, hombre muy activo y religioso. (Autob. 22).

“Además del Maestro de primeras letras, que era muy bueno, como he dicho, que por cierto no es pequeño benefició del cielo, tuve también muy buenos padres, que de consuno con el Maestro trabajaban en formar mi entendimiento con la enseñanza de la verdad, y cultivaban mi corazón con la práctica de la Religión y de todas la virtudes. Mi padre todos los días, después de haber comi­do, que comíamos a las doce y cuarto, me hacía leer en un libro es­piritual, y por la noche nos quedábamos un rato de sobre .mesa, y siempre nos contaba alguna cosa de edificación e instrucción al mismo tiempo hasta que era la hora de ir a descansar (Autob. 25).

“Mis padres y maestro no sólo me instruyeron en las verdades que había de creer, sino también en las virtudes que había de prac­ticar” (Autob. 28).

“En la obediencia y resignación me impusieron de tal manera, que siempre estaba contento con lo que ellos hacían, disponían y me daban, tanto de vestido como de comida. No me acuerdo ha­ber dicho jamás: No quiero esto, quiero aquello. Y estaba tan acostumbrado a esto, que después, cuando ya Sacerdote, mi madre, que siempre me quiso mucho, me decía: Antonio, ¿te gusta esto?, y yo le decía: Lo que usted me da, siempre me gusta. – Pero hay cosas que gustan más unas que otras. – Las que usted me da me gustan más que todas; De modo que murió sin saber lo que materialmente me gustaba más (Autob. 29).

“Mi querido padre, me daba en todo buen ejemplo. Era devo­tísimo del Santísimo Sacramento” (Autob. 37).

“Tuve una tentación contra mi buena madre, que me quería mucho, y yo también a ella. Me vino un odio, una aversión contra ella muy grande, y yo, para vencer aquella tentación, me esmeraba en tratarla con mucho cariño y humildad. Y me acuerdo que cuán­do fui a confesar, al dar cuenta a mi Director de la tentación que sufría y de lo que hacía para vencerla y superarla, me preguntó: ¿Quién te ha dicho que practicases estas cosas? Yo le contesté: Nadie, Señor. Entonces me dijo: Dios te enseña, hijo; adelante, sé fiel a la gracia “(Autob. 52).

Juventud

“Deseoso de adelantar en los conocimientos dé la fabricación, dije a mi padre que me llevara a Barcelona. Condescendiendo mi Padre, me llevó allá” (Autob. 56).

‘”Desde aquel día, el mayordomo, me apreció mucho, por manera que en los días de fiesta se me llevaba a paseo un rato con sus hijos, y, a la verdad, me sirvió mucho su amistad, sus máxi­mas y sanos principios, pues que, además de ser un hombre muy instruido, era fiel casado, un buen padre de familia, un buen cris­tiano y un realista por principios y por convicción, que, a la ver­dad, muy bien me vinieron algunas lecciones de este señor por ha­berme yo criado en una población como Sallent, que en aquel tiem­po hasta el aire que se respiraba era constitucional (Autob. 61).

“Desengañado, fastidiado y aburrido del mundo, pensé dejarle y huirme a una soledad, meterme cartujo; y a este fin hacía yo mis estudios. Consideré que habría faltado a mi deber si no lo hubiese dicho a mi padre y, en efecto, se lo dije en la primera ocasión que tuve, en una de las muchas veces que iba a Barcelona por razón del comercio. Grande fue el sentimiento que tuvo cuando le dije que quería dejar la fabricación. Me hizo ver las esperanzas tan li­sonjeras que tenía sobre mí y sobre su misma fabricación, el gran­de negocio que ambos podríamos hacer, y creció de punto su pena cuando le dije que me quería hacer fraile cartujo” (Autob. 77).

“Como era tan buen cristiano, me dijo: Yo no quiero quitarte la vocación, Dios me libre; piénsalo bien, encomiéndalo a Dios y consúltalo bien con tu Director espiritual, y si te dice que es ésta la voluntad de Dios, la acato y la adoro, por más que lo siente mi corazón; sin embargo, si fuera posible que en lugar de meterte fraile fueras sacerdote secular, me gustaría. Con todo, hágase la voluntad de Dios” (Autob. 78).

Seminarista

“A los primeros días de hallarme en Vich pedí que me dijeran qué sacerdote sería a propósito para hacer con él una Confesión general. Me indicaron un Padre de San Felipe Neri llamado Pedro Bach. Con él hice mi confesión general de toda mi vida, y después siempre más continué confesándome cada semana con el mismo Padre, que me dirigía muy bien. Y es digno de ser notado cómo Dios se ha valido de tres padres del Oratorio de San Felipe Neri para aconsejarme y dirigirme en los tres momentos más críticos de mi carrera espiritual: el Hermano Pablo y de los padres Antonio Amigó, Cantí y Pedro Bach” (Autob. 85).

“Cada año en la misma Iglesia del Colegio o Seminario, por la Cuaresma, hacíamos los santos Ejercicios espirituales por espacio de ocho días, esto es, de un domingo a otro, y el Señor Obispo asistía a todos los actos de mañana y tarde. Un día recuerdo qué decía en una plática: Quizá alguno dirá a qué viene ocupar tanto tiempo el Obispo con los estudiantes, y se contestaba: Ya sé lo que hago. ¡Ah¡ Si puedo conseguir que los estudiantes sean buenos, después serán buenos sacerdotes, y ¡qué descanso será para mí entonces!...(Autob.92).

Sacerdote

“Muchas y grandes fueron las dificultades que tuve que vencer y superar de parte del Superior eclesiástico y de la población para poder salir de la Parroquia, pero con la ayuda de Dios salí.(…) me dirigí a la Tría de Perafita, en donde se hallaba un Padre de San Felipe Neri, llamado P. Matavera, hombre de mucha experiencia ciencia y virtud, a quien consulté mi viaje e intención que en él tenía, lo que ya había hecho para realizarlo y las dificultades tan grandes que había tocado. El buen Padre me escuchó con mucha paciencia y caridad y me animó a que continuara. Como un orá­culo le oí, y al instante emprendí el viaje” (Autob. 121).

“Muy grande favor me hizo el Señor en llevarme a Roma y en introducirme, aunque por poco tiempo, entre aquellos Padres y Hermanos tan virtuosos. (…) Allí aprendí el modo de dar los Ejercicios de San Ignacio, el método de predicar, catequizar y confesar con grande utilidad y provecho. Allí aprendí otras cosas que con el tiempo me han servido mucho” (Autob. 152).

“Ya hace algún tiempo (escribe el 12 de julio de1857) que el Señor me trata a lo jesuita, esto es, quitándome lo que mas quiero y negándome lo que más deseo” (EC I.p. 1375-1376)

La formación en la Congregación

Nuestra Congregación comenzó en 1849 como una asociación sacerdotal. Pero poco a poco iba experimentándola necesidad del crecimiento y la de su estructuración definitiva. La vuelta del Pa­dre Fundador de Cuba en 1857 y la elección del Padre Xifré como Superior General del Instituto, iban a hacer posible la solución de este problema.

En l858 el Padre Fundador daba un gran paso, al aconsejar la admisión de estudiantes.[1] Una gran dificultad se oponía a este de­seo del Santo. La desamortización había reducido el clero a gran pobreza. Además los Misioneros no admitían nada como retri­bución de los ministerios. ¿Cómo se podrían sufragar los gastos de alimentación y formación?. El Santo invita a desechar todo temor; tenía conciencia de que la obra era de Dios y no le había de faltar los medios para desarrollarse [2]. La iniciativa del Santo fue trascendental. Porqué la Congregación tendía a convertirse decididamente dé asociación sacerdotal en Instituto autónomo.

Al año siguiente el Padre Fundador dio pasos ante el Nuncio para legalizar canónicamente los estudios eclesiásticos en casa, y gradualmente iba cobrando forma el “Escolasticado claretiano”[3].

La nueva clase de estudiantes: Capítulo General de 1862

Al principio de 1862 la Congregación había dado ya algunos pa­sos serio en orden a su constitución como Instituto religioso, organizando de un modo autónomo su reclutamiento y regulando los estudios escolásticos. Pero hasta entonces el grupito de estu­diantes que se había ido admitiendo no constituía una clase espe­cial en el Instituto.

Del 7 al 14 de julio se tuvo en Gracia (Barcelona) el primer Ca­pítulo General de la Congregación, propiamente dicho. En él se dio el viraje decisivo que debería acabar por constituir a la Con­gregación en Instituto religioso: organización del noviciado, crea­ción del aspirantado, fórmula de consagración al Corazón de María cómo acto de incorporación al Instituto, introducción paula­tina de los votos privados. Desde ahora los estudiantes se convertirían en una sección integrante del Instituto. Para ello se dio un decreto corrigiendo el final del número 5 de las Constituciones, redactándolo así: La Congregación constará de sacerdotes, estudiantes y hermanos coadjutores.[4]

El “códice formativo”

La institución de la clase de los estudiantes comportaba, lógicamente, que a las Constituciones de 1857, entonces vigentes, se añadiese una legislación particular para los estudiantes. Las actas no insinúan nada sobre esto. Pero, dado que el Santo se puso a redactarla inmediatamente después de su vuelta a Madrid, parece claro que en el Capítulo debieron pedirle que la redactara.

En efecto el Santo Fundador escribe al P. Xifré el día 1 de agosto (1862): “El lunes de esta semana (se refiere al, 28 de julio) pasé a ver a los Hermanos de Segovia y me gustó todo aquello… Les prediqué. Entregué a don Clemente (Serrat) las Reglas para los Estudiantes… la consagración… los votos… para que las copiara y las remitiera a usted; no fuera que por el camino se perdieran, como se perdieron por el correo unos versos de misión que envié a usted. Así es que ahora tengo miedo”[5].

La carta del P. Serrat, enviando al P. Xifré los documentos copiados, lleva la fecha del 31 de julio. El Padre añade al final: “Parece imposible que haya podido escribir tanto”[6]. El Padre Fundador debió de escribir estos documentos en La Granja del 21 de julio al 27 de 1862.

Hasta ahora no han aparecido los originales autógrafos de estos documentos, de tanto valor para los Hijos del Corazón de María. Conocemos el contenido de la Regla para los Estudiantes en cuatro versiones: El texto A, copia del P. Julián Munárriz sobre la copia que el P. José Macía hizo de los autógrafos claretianos; el texto B, retocado por el Santo, según el Cardenal Larraona, enviado el 20 de diciembre del mismo año 1862 y publicado a principios de 1863 en un opúsculo de 24 páginas, juntamente con los capítulos de los novicios, bajo el título de “Apéndice a las Constituciones”[7] ; Texto C, traducción latina del Texto B; texto D es una nueva redacción del Texto C, reelaborado después del Capítulo de 1864.

El Reglamento, según el Texto A, debía figurar provisoriamente como Apéndice a las Constituciones de 1857. Consta de 19 párrafos, numerados a partir de 166, o sea siguiendo la numeración de las Constituciones de 1857, que terminan con el número 165.

Lo publicó por primera vez el Cardenal Larraona en STUDIA CLARETIAN[8], precedido de una introducción sobre el origen y el contenido. Lo reprodujo después el Padre Juan M. Lozano en “Constituciones y Textos de la Congregación”, Barcelona, 1972, pp. 289-298.

Lo publicamos de nuevo ahora en este Cuaderno para facilidad de los formadores y formandos, y sobre él se basa principalmente esta breve reflexión sobre la formación claretiana de los estudiantes profesos.

Publicamos, también, página a página, para facilitar la comparación, el Texto B, o sea el que de hecho se imprimió en 1863 como apéndice a las Constituciones de 1857. El Texto B tiene un estiló más concentrado, más canónico y disciplinar; el Texto A es más espontáneo y “carismático”.

Reglamento particular para los Estudiantes y el Formador (Texto A)

principio fundamental

Todo el Reglamento se organiza en torno a este principio fundamental: los estudiantes han de cultivar a la vez el entendimiento, con el estudio, y el corazón, con las virtudes, pero para qué produzca fruto necesitan la gracia que se obtiene por la piedad (cf. 169). Después de un número introductorio sobre la inserción de este reglamento en las reglas generales, se dedican tres nú­meros a la piedad (167-169), seis a las virtudes (170-175) y cua­tro a los estudios (176-179). El Reglamento del Pedagogo abarca del número 179 al 188.

objetivo de la formación

El objetivo de la formación es “hacerse cada día más y más idóneo para promover siempre la mayor gloria de Dios y el bien de las almas; por lo mismo en sus oraciones pedirán al Señor que les haga idóneos ministros suyos y poderosos en palabras, obras y ejemplos” (171), o como dice el texto impreso: “ministros idó­neos de su palabra, para extender su nombre y propagar su Reino por todo el mundo” (28b). El Misionero es ministro o siervo de la Palabra, del Evangelio; el estudiante no se prepara para ser au­toridad o poder en la Iglesia sino para ser siervo. Entre las fun­ciones del ministerio la suya es la profecía, la evangelización.

La idoneidad requerida vierte de la unción-consagración del Espíritu, del estilo de vida apostólico y de la doctrina conveniente.

– la piedad

La piedad que el Padre Fundador quiere para el estudiante misionero es:

  • cristocéntrica: la eucaristía como sacrificio y como presencia.
  • bíblica: el misionero es el hombre de la Palabra.
  • mariana: el estudiante es “hijo del Corazón de María”.
  • personal por la meditación.

las virtudes

El Santo recomienda todas las virtudes pero algunas son más necesarias o tienen matices peculiares en conformidad con la situación del estudiante.

La humildad es fundamental en toda la ascética crística, pero los “estudiantes” están especialmente expuestos al orgullo y por lo mismo tienen que ser conscientes .”que de Dios han recibido el talento y cuanto tienen” y y van a tener que dar cuenta del modo como lo han hecho fructificar. Por lo mismo jamás despreciarán a nadie “por corto que sea”. En un ambiente académico los “cortos” son los postergados y los marginados.

La segunda virtud “es la rectitud de intención que han de tener en los estudios” y no es otra que la idoneidad en el ministerio; el Santo considera la “aplicación al estudio” como virtud y no solo como un deber. La aplicación implica “el tesón, la constancia y la perseverancia”. Ésta aplicación, que tiene una finalidad misionera no les haga olvidar las demás virtudes, ni les ha de sofocar ni debilitar la piedad y la devoción” (171). “La aplicación tiene que ir acompañada de la obediencia y la mortificación (172). El Santo recomienda además el silencio, la modestia, el respeto, las con­versaciones útiles y el aprovechamiento del tiempo.

los estudios

El Padre Fundador es amplio en cuanto a los centros de es­tudio: en casa, en algún Seminario o en la Universidad. Insiste en el estudio de las lenguas para la predicación y las confesiones (178). Ya durante la carrera los estudiantes han de iniciarse en la catequesis y en la predicación.

el formador

Al principio no había una casa destinada exclusivamente a la formación. Los estudiantes vivían en una comunidad misionera. Toda la comunidad era formativa pero había un Padre especial­mente dedicado a los formandos. En el texto A el formador se llama Pedagogo, en el texto B, Prefecto. Su figura no es ni la del director espiritual del Seminario, ni del prefecto de disciplina, es un hermano de comunidad que va iniciando en la vida misionera.

Su “destino” es “formar virtuosos, sabios e idóneos misione­ros”.

La formación abarca “la piedad, las virtudes y las ciencias” pe­ro de una manera integrada y unitaria: “todas a la vez”.

En cuanto a piedad, procura que todos hagan los ejercicios prácticos de devoción “y lo hagan bien”. Por lo mismo les iniciará en la oración mental y en la fructuosa recepción de los sacramentos: “no por costumbre ni porque se manda, sino con amor, fervor y devoción”. La piedad tienen que ser personalizada, aun cuando los ejercicios sean en común. Tiene que ser además equilibrada ,”pues que a veces hay estudiantes que por el estudio abandonan los Sacramentos y oraciones, o lo hacen mal, con disgusto y como por fuerza; y otros que por el fervor de tal manera se entregan a la frecuencia de sacramentos y oraciones, que no cumplen con el estudio; a estos últimos se les ha de hacer entender que deben cercenar algo de sus devociones a fin de que puedan cumplir bien con sus obligaciones, y qué con ellas agradarán a Dios” (183).

La ascética ha de ser práctica , el pedagogo ha de cuidar que los estudiantes “se ejerciten en las virtudes”. Las virtudes más re­comendadas son: “la humildad, la modestia, la mortificación de los sentidos y pasiones y singularmente de la voluntad”. Pero la práctica ha de ser iluminada por medio de las instrucciones y de las lecturas.

El estudio tiene que ser programado y organizado. Además pe­dagógicamente distribuido alternando las materias difíciles con las fáciles: “así estudian con gusto, se cansan menos y aun la misma variación es descanso, y aprovechan muchísimo”.

El formador tiene que tener cuidado también de la salud, vi­gilando que no la pierdan por las indiscreciones en el estudio o en las devociones.

La persona del formador tiene que ser tal “que inspire confianza y veneración” y por lo mismo tiene que ser “manso, amable, al paso que modesto y grave”. Tiene que amar a todos igualmente y sin excepción, y en la relación personal nunca se ha de enfadar ni decir palabras imperiosas ni motes; sin embargo no por eso ha de dejar de corregir cuando sea necesario.

El formador tiene que ser una persona identificante “de modo que resplandezca su amor a la Congregación y a la observancia de las Constituciones” (Texto B,37); “el Superior ha de procurar que siempre sea uno de los más observantes y virtuosos de la Congre­gación” (texto A 180). ;

El Pedagogo tiene que procurar la unión de los estudiantes con él y entre sí, y también la comunión y armonía con el Superior, de modo que entre los dos haya confianza mutua.

Los estudiantes, según el reglamento, tienen que iniciarse en el apostolado, y el Padre Fundador lo encarece más tarde en una carta al Padre Xifré. Le propone distribuir los estudiantes en las casas donde hay Seminarios, bajó el cuidado del formador “aunque los demás estén en misiones; y así en la casa habrá comunidad, estos podrán dirigir los ejercicios de los Domingos del Corazón de María, rezar el Rosario, enseñar la Doctrina en la Iglesia de la Congregación, y, así, ellos irán haciéndose prácticos, que esto vale mucho, que de jóvenes se acostumbren en esas prácticas; y aun se les pueden encargar algunas cosas compatibles con los estudios”[9].

José M. Viñas,CMF.

27 junio de 1987

TEXTO A

capítulo XV

Reglamento particular para los Estudiantes

 

166. Los Estudiantes hijo del In­maculado Corazón de María obser­varán todas las prácticas prescritas por los Sacerdotes que sean compa­tibles con su estado, y además las siguientes:

 

167. Harán el ofrecimiento de obras. Tendrán media hora de ora­ción mental: en el principio y fin estarán hincados, pero el intermedio se pondrán de pie. Oirán o servirán la Santa Misa y comulgarán en los días que les permita el Director, que a lo menos será una vez cada se­mana.

 

168. Todos tendrán la Santa Bi­blia, y en ella leerán cada día dos capítulos por la mañana y otros dos por la tarde; y un capítulo de Ro­dríguez cada día, menos el Viernes, que en lugar de Rodríguez leerán de la Pasión de Jesús; y el Sábado, que leerán de María Santísima.

 

169. Los Estudiantes han de cul­tivar a la vez el entendimiento y el corazón, en que sembrarán la cien­cia y la virtud: y así como la tierra, por más bien cultivada que esté, si no tiene agua no produce, así sucede con los estudiantes; por lo mismo se han de procurar el agua o riego de la piedad. Harán con cuidado María Santísima, a San Miguel, a San Luis Gonzaga, etc.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

170. Todas las virtudes han de desear y procurar adquirir, pero han de empezar por la humildad de en­tendimiento y voluntad; por lo mis­mo desecharán todo pensamiento de vanagloria, soberbia y orgullo; no se complacerán en las funciones que hagan y salgan bien, ni gustarán que los alaben; al momento lo referirán todo a Dios; pensando que de Dios han recibido el talento y cuanto tie­nen, y a El se le ha de volver todo: de otra manera serían unos ladrones de la gloria de Dios; y merecedores de que el Señor les retirara su gra­cia. Jamás despreciarán ni se prefe­rirán a nadie, por más corto que sea; por lo común los más cortos son más humildes y no pocas veces Dios se sirve de ellos para cosas grandes en su Iglesia. Acuérdense siempre de las palabras de Jesús que les dice: Aprended dé mí, que soy manso y humilde de corazón, y así hallaréis descanso para vuestras almas.

171. Si la humildad es la primera virtud que han de procurar adquirir los estudiantes, la segunda ha de ser la rectitud de la intención que han de tener en los estudios, que a la verdad no debe ser otra mira que el hacerse cada día más y más idóneo para promover siempre la mayor glo­ria de Dios y el bien de las almas; por lo mismo en sus oraciones pe­dirán al Señor que les haga idóneos ministros suyos y poderosos en pa­labras, obras y ejemplos. La tercera virtud de los estudiantes ha de ser la aplicación al estudio, y así se aplicarán con tesón, constancia y perseverancia, pero de tal manera ha de ser su aplicación a las ciencias que no les haga olvidar las demás virtudes, ni les ha de sofocar ni debilitar la piedad y la devoción.

 

172. La aplicación ha de ir acom­pañada de la obediencia y de la mortificación. Se ejercita la obediencia estudiando bien lo que señale el Pre­ceptor, aunque se sienta alguna re­pugnancia, y subirá de punto la obe­diencia y se aumentará su mérito si en el tiempo libre y en las va­caciones se repasan aquellas materias que una vez se aprendieron, para no olvidarlas y entenderlas mejor.

 

 

 

 

175b. Por lo que si los estudiantes han de salir de casa para asistir a las clases, irán de dos en dos o tres por las calles guardando silencio, rumiando y pensando en la lecciones o en la explicación del profesor, andando con suma modestia. Y este proceder no sólo servirá de gran provecho a los estudiantes, sino también de suma edificación a todos los que los vean.

 

173. Los estudiantes obedecerán y respetarán a sus Profesores; jamás les criticarán ni murmurarán; los oirán con docilidad y se aprovecha­rán de las lecciones; rumiarán y re­petirán lo más principal que hayan dicho los Profesores.

Si alguna cosa no han entendido bien, la pregunta­rán. Y para que no se olviden, ha­rán brevemente algunos apuntes.

176. Si antes o después de las cla­ses en el Seminario o Universidad hablan con otros estudiantes, ha de ser siempre de ciencias o de materia de virtud; pero jamás de noticias ni de otras cosas del mundo.

 

175a. Los estudios se podrán tener en casa, o en algún Seminario o Uni­versidad, según disponga el Superior.

 

 

 

 

 

 

177. El Superior cuidará que los estudiantes en los domingos, fiestas y tiempo de vacaciones se ejerciten en enseñar la doctrina cristiana, en escribir o copiar algunas pláticas o sermones, y aun en decirlas, aprendiéndolas bien antes, ensayándose en las acciones, voz y demás, según las reglas de oratoria, que han de pro­curar saber.

 

178. En los meses de vacaciones y en el tiempo libré de entre año repasarán los principios de la lengua castellana, y los catalanes los de la lengua catalana, a fin de expresarse con toda propiedad en el pulpito. Y además todos aprenderán la len­gua francesa, que en el día es una necesidad para poder confesar a los extranjeros.

 

172b. Ejercitarán la mortificación absteniéndose de leer periódicos, no­velas y otros libros que los seña­lados por el Preceptor o Director, aunque traten de las mismas mate­rias que se cursen, acordándose de aquel principio que dice: Pluribus intentus minor est ad singula sensus. Sin embargo, si algún estudiante tie­ne más talento y memoria que le sobre tiempo después de sabidas y entendidas bien sus respectivas lec­ciones, que lo diga a quien corres­ponda y se darán las oportunas dis­posiciones.

 

 

 

TEXTO   A

capítulo XVI

Reglamento particular para el Pedagogo de los Estudiantes de la Congregación.

 

179. El Pedagogo será elegido por el Superior local, por el tiempo que estime conveniente, queha de pro­curar que siempre sea uno de los más observantes y virtuosos de la Congregación.

181. El Pedagogo pensará en la excelencia del destino que se le ha confiado, que es no menos que for­mar virtuosos, sabios e idóneos mi­sioneros. ¡Oh, qué premio tan grande se le espera en el cielo si cumple bien! Si el enseñar ignorantes es tan meritorio, ¿qué tal será el méri­to que contraerá el Pedagogo que enseñará a los estudiantes de la Congregación para que sean buenos para sí e idóneos para salvar las almas de los prójimos?

180. Entre el Superior y el Peda­gogo ha de haber siempre la mayor armonía posible, de modo que el Su­perior pueda hacer toda confianza del Pedagogo y éste sin reserva alguna dirá al Superior todo lo bueno y lo malo de los estudiantes, y con él mismo Superior consultará sobre los medios que juzga prudentes se de­berían poner por obra para quitar algún defecto, adquirir alguna virtud, o adelantar en la piedad y en las ciencias; pero nada alterará sin con­sultar primero.

 

182. Tres cosas ha de cuidar pro­mover en los estudiantes, a saber: la piedad, las virtudes y las ciencias, y todas a la vez. La piedad, cui­dará el Pedagogo que ninguno de los estudiantes falte a los ejercicios espirituales y prácticos de devoción, procurará que todos lo hagan y lo hagan bien, y por esto les enseñará el modo de hacer la oración mental, cómo han de oír la santa Misa y cómo han de recibir los santos Sa­cramentos de penitencia y comunión, no por costumbre ni porque se man­da, sino con amor, fervor y devo­ción, sacando cada vez más gra­cias de dichos Sacramentos. Cuidando siempre que se guarde un santo equilibrio, pues que a veces hay es­tudiantes que por el estudio aban­donan los Sacramentos y oraciones, o lo hacen mal, con disgusto y como por fuerza; y otros que por el que de tal manera se entregan a la fre­cuencia de sacramentos, oraciones y lecturas piadosas, que no cumplen con el estudio; a estos últimos se les ha de hacer entender que deben cercenar algo de sus devociones a fin de que puedan cumplir bien con sus obligaciones, y que con ellas agra­darán a Dios.

 

183. El Pedagogo ha de cuidar que los estudiantes además de la devoción ejerciten las virtudes, singularmente la humildad, la modestia, la mortifi­cación de los sentidos, de las pasio­nes y singularmente de la voluntad; para adquirir éstas y demás virtudes mucho les servirá la lectura de Ro­dríguez, de Escarameli y otros, y las pláticas que se les han de hacer.

 

184. El Pedagogo cuidará que los estudiantes no pierdan miserable­mente el tiempo, sino que lo aprovechen bien. El Pedagogo y el Superior juntamente formarán un plan o distribución del tiempo según las clases y ocupaciones de los estudian­tes. La experiencia ha enseñado que los estudiantes, aunque grandes y adelantados en la carrera, aprovechan más si en las horas de estudio se reúnen todos en un cuarto o pieza común, vigilados por el Pedagogo, sin permitir que nadie se mueva has­ta terminado el plazo o tiempo se­ñalado para el estudio. Y si alguno es de precoz talento y feliz memoria que sabe y entiende la lección antes que los otros, se le proporcionarán libros y otras clases a fin de apro­vecharle, y así se le tendrá útilmente entretenido, ya que no puede salir de la pieza común hasta terminado el tiempo marcado para el estudio.

 

185. No conviene cargar cada día a los estudiantes de una grande lec­ción en materias difíciles, porque les abruma y cansa mucho; mejor es dar­les una lección regular, dejándoles lugar para tener otra clase de ma­terias fáciles y agradables, como len­guas, ciencias naturales, etc.; así es­tudian con gusto, se cansan menos y aun la misma variación es des­canso, y aprovechan muchísimo.

126.     Algunos estudiantes se malo­gran por tres causas:   1)   Por leer, estudiar o escribir después inmedia­tamente de haber comido o cenado. 2) Por tener el cuerpo muy inclina­do sobre el pecho mientras estudian o escriben. 3) Por estar mucho tiempo de rodillas. El Pedagogo debe vi­gilar mucho para que el enemigo común   no le   coja     alguno de los estudiantes, que   siempre busca los mejores, y así es como los inutiliza y a veces les quita la vida con estas imprudencias.

 

187. El Pedagogo de los estudian­tes del Inmaculado Corazón de Ma­ría ha de ser manso, amable, al paso que modesto y grave; nunca se ha de enfadar con ellos, ni les ha de decir palabras imperiosas, ni motes. Cuando alguno haga una falta o no sepa la lección por falta de aplicación u otra causa culpable, el Pedagogo le amonestará, y si es menester se le aplicará la penitencia que el Su­perior tenga por conveniente.

 

 

 

           

TEXTO B

CAPÍTULO V

De los Estudiantes Misioneros

 

25. Loa Estudiantes Hijos del Inmaculado Corazón de María, además de las reglas para los Sacerdotes a ellos compatibles según el juicio del Superior, observarán con fidelidad las siguientes:

26. Oirán o servirán la Santa Misa, se confesarán con quien el Superior designe, y comulgarán todas las vi­gilias y días festivos, si se lo permite el Director.

 

 

 

27. A la lectura espiritual de cada día añadirán los capítulos de la santa Biblia que dispondrá el Superior.

 

 

 

 

27b. Cultivarán y regarán esmera­damente su entendimiento y corazón, sembrando en ellos la ciencia y la virtud, porque así como la tierra no produce frutos si no se cultiva y rie­ga, así tampoco fructificarán los Es­tudiantes Hijos del Inmaculado Co­razón de María Por esto harán con fervor y cuidado sus ora­ciones, visitarán con espíritu el San­tísimo Sacramento, y tendrán especial si si no cultivan su espíritu y no lo riegan con el agua de la devoción y piedad. Por esto harán con fervor y cuidado sus oraciones, visitarán con espíritu el Santísimo Sacramento, y tendrán especial a devoción a María Santísima, a San Miguel, a San Luis Gonzaga y San­tos Patronos de la Congregación.

 

 

 

28a. Se cimentarán muy mucho en la humildad, y así huirán con la mayor prontitud de todo movimien­to de orgullo, que .es principio de todo pecado; sacudirán con diligencia los pensamientos de vanidad; nunca hablarán de sí mismos, ni se com­placerán en lo que otros digan de ellos; antes lo referirán todo a Dios, convencidos que de El lo han reci­bido todo, y que de sí mismos no son más que la nada y el pecado; y por esto no se preferirán a nadie, aunque fuere de corto talento, acor­dándose de Jesús, que dice: Apren­ded de mí, que soy manso y humilde de corazón. Para el ejercicio de esta virtud servirán a la mesa, lavarán cosas de cocina, etc., cuando lo in­dique el Superior; y aún sería mejor que ellos lo pidieren.

 

 

 

 

28b. Sea todo su móvil la gloria de Dios, a quien han de pedir in­cesantemente les haga ministros idóneos de su palabra, para extender su nombre y propagar su Reino por todo el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

29. Obedecerán ciegamente y con prontitud en todas las cosas en que no haya pecado a los Superiores sin queja ni resentimiento con lo qué agradarán a Dios; ,y por lo mismo se sujetarán gustosos y con espíritu de aprovechamiento   a las prácticas establecidas, o   que     se establezcan,

para     la   adquisición   de     la   ciencia o de la virtud.

30. A la hora convenida dirán la lección al Prefecto; inmediatamente antes de ir a la clase le pedirán, y se presentarán a saludarlo a su regreso.

 

31. Por las calles irán siempre con el compañero designado por el mismo Prefecto; andarán con silencio, y no hablarán nunca con mujer alguna sin la presencia del compañero, y aun en este caso, con gravedad, modestia y brevedad, .

 

 

 

 

32. Tendrán mucha atención y re­verencia a los Profesores o Cate­dráticos; hablarán siempre bien de ellos; los oirán con docilidad y, a fin de que no se les olvide, a la competente hora escribirán un pe­queño resumen de lo que de ellos habrán oído, a menos que por justo motivos se disponga otra cosa, y nun­ca los criticarán o murmurarán.

 

 

33. Con los demás estudiantes se portarán con mucha amabilidad; pero hablarán poco, y solamente de cosas científicas o de virtud, nunca de pasatiempos, de noticias políticas, y mucho menos de lo que se hace o dice en la Congregación.

 

34. Los estudios, así de Teología como de cualquier otra asignatura, se podrán hacer en casa, en los Se­minarios Conciliares o en las Uni­versidades, según la disposición del Superior; quien, además de las ma­terias propias de la clase, podrá añadir las que, atendido el tiempo y disposición de los individuos, le parezcan convenientes en el Señor.

 

35. En los días festivos y de va­caciones, además de repasar las ma­terias explicadas entre año, se ocu­parán en el estudio de las lenguas, en el ejercicio de catequizar o en otra cosa propia del estado que dis­ponga el Superior.

 

 

36a.   Hablarán correctamente, y en el idioma que se ordenare.

 

 

 

 

 

 

36b. Y como es necesario atender a la salud, por eso, aunque han de estudiar. o argumentar todo el tiem­po prefijado; sin embargo, no se de­jarán llevar de la pasión, empleando más horas de lo mandado o conce­dido, o estudiando libros o autores independientemente del Superior.

 

 

 

 

 

 

 

TEXTO B

capítulo VII

Del Prefecto de los estudiantes.

 

 

37. El Prefecto, que también será elegido por el Director General y Subdirector, será el inmediatamente encargado de los estudiantes. Este oficio es muy excelente e importan­te, así por su fin y objeto, como por sus resultados. Si el convertir un pe­cador es ya de sí una obra muy meritoria, ¿qué será el formar mi­nistros idóneos que serán a su tiempo instrumentos de la salvación de tantos? Por eso aquel a quien se confíe tan delicado cargo se enterará bien de sus deberes, que procurará des­empeñar con toda perfección y esmero. Estos serán:

1) Dar buen ejemplo: de modo que resplandezca su amor a la Congre­gación y a la observancia de las Constituciones.

2)   Ser muy fiel al Superior, dándole     cuenta de todo,     cumpliendo con puntualidad   sus     disposiciones, y obrando con   entera   dependencia suya; para cuyo objeto le consultará acerca de los medios que convendría adoptar para quitar defectos, adquirir virtudes y adelantar en las cien­cias.    

 

 

 

 

 

 

 

3) Vigilar de día y noche para el cumplimiento puntual y exacto de las prácticas prescritas y la obser­vancia de las reglas.

 

 

 

 

 

 

4) Hacer a los Misioneros estu­diantes aquellas instrucciones de pie­dad, educación y ciencia que el Su­perior le ordenare, procurando que la virtud sea preferida siempre al saber; pero no descuidando tampoco éste, porque la santidad y la inte­ligencia son los dos pies del misio­nero: ambas esenciales.

 

 

 

 

5) Inculcarles mucho la obedien­cia, la humildad, la modestia y la mortificación de los sentidos, de las pasiones y singularmente de la vo­luntad.

 

 

 

 

 

 

6)     Procurar qué todos sepan perfectamente la lección: probársela enteramente antes que asistan a la clase, sin que en esto pueda dispensar.

 

 

 

 

7) No permitir ni menos autorizar el que alguno baje solo a la porte­ría, ni vaya de este modo a la clase u otra parte, siendo este punto de gran responsabilidad.

8)     Amarles igualmente a todos, sin parcialidad; procurar enterarse de sus aflicciones y necesidades, informarse bien de su salud, y cuando ésta fal­tare, informar al Superior, y practicar los medios oportunos al efecto.

 

 

 

9) No cargarles con lecciones de­masiado largas; pero si alguno tiene tal disposición que para los estudios no necesita el tiempo que los demás, de acuerdo con el Superior, se le de­signarán los autores y materias en que se deberá ocupar.

 

 

 

 

10) Vigilar que no se malogre al­guno por estudiar o escribir después de haber comido, por tener mala posición mientras estudia o escribe, o por estar largo tiempo arrodillado en la oración.

 

 

 

 

 

 

 

11) Finalmente, el Prefecto de los estudiantes del Inmaculado Corazón de María podrá ser el mismo Maes­tro de probandos; y aun sin serlo, podrá tener un auxiliar según el nú­mero de individuos o circunstancias que ocurran; mas en uno y otro caso debe ser manso, amable, modesto y grave, de modo que inspire a todos confianza y veneración; por esto nun­ca les mostrará enfado; mucho me­nos les dirá apodos o palabras inju­riosas; y en los casos de necesidad de corrección, la efectuará con mu­cha caridad, y avisando al Superior si con ella no se consigue la en­mienda.

 

 



[1] Carta al P. Xifré, 4 de agosto de 1858; EC, I, pag. 1624.

[2] Carta al P. Xifré, 30 de noviembre de 1858; EC I, pag. 1679

[3] Carta al Nuncio, 28 de julio de 1859. Original claretiano en el Archivo de la Santa Sede. Fondo de la Nunciatura de Madrid.

[4] “Actae Congressus”. Positio Secunda, pag. 124.

[5] EC, II; pag. 509.

[6] Publicada en Crónica de Castilla, IV (1947-48); pp. 247 ss.

[7] Apéndice a las Constituciones antecedentes, o sea, Reglamento para los Aspirantes, Probandos y Estudiantes de nuestra Congregación y sus respectivos maestros. (¿Vic, 1963?); pag. 24

[8] LARRAONA, A., Los capítulos de las Constituciones relativos a ¡os estudiantes y al Prefecto, Studia Claretiana, I (1963) pp. 8-41.

[9] Carta a Xifré; 17 Septiembre 1867 (EC, II, p.1199). Ya en el año 1863 había animado al P. Xifré el tomar a cargo de la Congregación de Iglesia de la Merced deVich para que los estudiantes pudieran iniciarse en el apostolado (EC, II, p.6517)