10 – Fundamento Carismático de la Misión Claretiana

Prefectura General de Formación Roma, 1991

FUNDAMENTOCARISMÁTICO DE LA MISIÓN CLARETIANA

(PRIMERA PARTE)

Jesús Bermejo, cmf

INDICE

PRESENTACION

Capítulo I

EL P. CLARET EN SU CONTEXTO HISTÓRICO

A – Situación político-social del siglo XIX

B – Situación religiosa en el siglo XIX

C- Desafíos históricos y respuesta claretiana

1 – El Liberalismo

2 – La auténtica promoción de los principios liberales

3 – Respuesta claretiana a los retos de la sociedad española del siglo XIX

Capítulo II S.   ANTONIO   MARÍA   CLARET.   MISIONERO APOSTÓLICO EVANGELIZADOR.

I. EL P. CLARET MISIONERO APOSTÓLICO

II. EL EVANGELIZADOR CLARETIANO

A – El misionero apostólico según Claret

1 – Dignidad

2 – Significado específico

B – Claret, misionero apostólico siempre

C – Características de la Misión

1 – Universalidad

2 – Evangelización

D – Evolución de Claret misionero apostólico

1 – Los motivos del celo

2 – La experiencia de Cristo

3 – La experiencia del mundo y de la iglesia

a) La salvación del hombre

b) La salvación de la sociedad

c) La salvación de la Iglesia E – Originalidad de Claret misionero apostólico F – Conclusión

Capítulo III

EVANGELIZACIÓN Y CULTURA EN EL P. CLARET

A – Algunas características de la cultura decimonónica

B – Algunos rasgos de la evangelización claretiana en la cultura de su tiempo

C – Momentos más significativos

1 – En la época de Cataluña (1840-1848)

2 – En la campaña de Canarias (1848-1849)

3 – En la etapa de Cuba (1851-1857)

4 – En la época de Madrid (1857-1868)

5 – En la etapa de París y Roma (1868-1870)

 

PRESENTACIÓN

El XIX Capítulo General de la Congregación, celebrado en 1979, ofreció una visión panorámica de la misión claretiana hoy. A la luz de la realidad de la Iglesia posconciliar y del mundo moderno, ahondó en la experiencia de San Antonio María Claret y en la tradición misionera de los claretianos.

La validez de aquel documento fue reconocida y reafirmada por el Capítulo de 1985, que estimuló a la Congregación a estudiarlo y aplicarlo en los años sucesivos:

“Las opciones de evangelización y la programación de nuestra acción misionera, tal como aparecen en la MCH, han de seguir inspirando y orientando a la Congregación durante los próximos seis años. Para que resulten más operativas en el futuro, pedimos que el Gobierno General promueva estudios serios que profundicen la fundamentación doctrinal de las opciones que definen nuestro compromiso misionero y las consecuencias que de ellas se derivan para nuestra acción evangelizadora”(CPR 73-74).

La renovada conciencia del carisma claretiano llevó a la Congregación a comprometerse en una evangelización más misionera al estilo de Claret, y más adecuada a las urgencias de la Iglesia:

“Nuestras exigencias y opciones de evangelización forman parte inte­grante de la espiritualidad claretiana; la configuran como espiritualidad misio­nera, inculturada, profética, que nos identifica con tos pobres, y multiplicadora de evangelizadores. Estas mismas exigencias despiertan en nosotros actitudes de disponibilidad, éxodo, itinerancia y docilidad al Espíritu” (CPR 52).

En este subsidio estudiaremos las distintas dimensiones de la misión claretiana en la experiencia de San Antonio María Claret, que tan radical y comprometidamente vivió la misión que el Señor le confió.

Se ofrece ante todo una visión panorámica de la realidad social y eclesial del siglo XIX, y se considera los urgentes desafíos de esa época y las múltiples respuestas de evangelización que, iluminado por el Espíritu, supo dar San Antonio María Claret.

A la luz de su experiencia misionera podremos advertir sus inquietudes más íntimas y cómo toda su vida, en situaciones diversas y con acciones variadas, estuvo al servicio de la evangelización, como fiel continuador de Cristo y de los Apóstoles en la comunicación amorosa de la Palabra de Dios, que a él le sedujo y le marcó indeleblemente.

Sucesivamente se estudiará una dimensión importante de la evangelización claretiana: la inculturación.

Una de las conquistas más importantes de nuestro tiempo ha sido, sin duda, el respeto de las culturas y la estima de los valores que cada una encierra. La pluriformidad de formas de vida, a lo largo de la historia, ha hecho que se hayan ido creando múltiples culturas en los diversos continentes. Cada zona geográfica posee, generalmente, su idiosincrasia propia: realidades que la definen y la distinguen de las demás, valores cristalizados con el pasar de los siglos, lengua y literatura propia, artes y artesanía propias, folklore peculiar y modos distintos de encontrarse con Dios.

La Iglesia, en tos últimos tiempos -sobre todo al extender su irradiación misionera-, se ha visto en la necesidad de hacer penetrar la luz del Evangelio en la multiplicidad de las culturas, respetando todo lo que no se opone directamente a la doctrina y moralidad cristiana, y estimulando los valores que están más en sintonía con el mismo Evangelio, para que esa misma riqueza humana sirva como de camino y de puerta en la transmisión de la verdad salvífica, que Cristo nos propone y nos da.

Los claretianos, en la vanguardia de la misión, siguiendo el espíritu y la praxis de San Antonio María Claret, estamos llamados a realizar esta necesaria “conversión a las culturas” en las estamos inmersos por el don carismático de evangelizar que hemos recibido. Y en este quehacer ineludible nos guía, como en tantas otras vertiente de nuestra existencia misionera, la experiencia del P. Fundador, que, en su incansable actividad evangelizadora, procuró, como San Pablo, hacerse todo para todos a fin de ganarlos a todos para Jesucristo (cf 1 Cor 9,22).

Otro aspecto importante, vivamente sentido hoy, es el del contenido de la salvación traída por Jesús a nuestra tierra. Una palabra clave nos lo revela y nos lo oculta al mismo tiempo. Esa palabra es “liberación”. Un vocablo que ha sido objeto de incesantes polémicas en las últimas décadas.

Nadie niega que la evangelización -y en general toda la realidad cristiana-es liberadora y tiene que serlo necesariamente. Pero liberadora ¿de qué? ¿y cómo? Ahí se plantea el problema: en la diversidad de ópticas y de opciones que se da al concepto “liberación” desde ideologías diferentes e incluso antagónicas.

En estas páginas se podrá apreciar en qué sentido y en qué medida fue liberadora la acción evangelizadora del P. Claret y cómo tos claretianos, íntimamente vinculados a su vida y a su obra, en fuerza del carisma común! debemos entender una realidad que nos compromete y nos lanza, urgidos por la caridad que el Espíritu del Señor ha puesto en nuestras vidas.

En la última parte de este trabajo se presentan otras dos dimensiones de la evangelización claretiana: la evangelización desde la perspectiva de los pobres, y multiplicadora de líderes evangelizadores.

No cabe duda de que, en el contexto actual, ambos temas son de una actualidad candente y apasionante.

La sensibilidad ante la pobreza y la “opción por tos pobres” están enraizadas, tal vez como nunca, en la conciencia de la Iglesia de hoy. La fidelidad al Evangelio, y más profundamente a la persona de Cristo, consagrado y enviado para evangelizar a los pobres, nos exige hoy, por un lado, un limpio testimonio de pobreza evangélica, semejante al de Jesús, que se vació de sí mismo y asumió la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres en todo menos en el pecado, y optó voluntariamente por una pobreza real, vivida en radicalidad, no teniendo donde reclinar la cabeza.

En nuestro tiempo el grito de los pobres alcanza a gran parte de la humanidad; y la pobreza del hombre moderno, en toda su complejidad interna y externa, se ha convertido en urgencia y desafío gozosamente inevitable. En su ambiente el P. CIaret fue un auténtico pobre de Yavé, y dedicó sus esfuerzos apostólicos a evangelizar a los pobres para conducirlos a Dios.

En segundo lugar, se ha agudizado también la sensibilidad respecto de los evangelizadores. Todo bautizado es, y debe ser, por esencia, constituti­vamente, un evangelizador. La escasez de operarios en la viña del Señor fue un reto para San Antonio María Claret, que, inspirado por Dios, no sólo promovió nuevas asociaciones de evangelizadores, comprometidos con el testimonio de la vida religiosa, sino que suscitó en la Iglesia la “conciencia de misión” de los sacerdotes seculares y del laicado, con una visión profética extraordinariamente feliz.

La presentación de su experiencia en este doble campo nos llevará, sin duda, a ser aún más sensibles en la promoción de líderes evangelizadores, que confieran al Pueblo de Dios nueva savia evangélica a través del testimonio y del anuncio de la Buena Noticia de la salvación.

La Prefectura General de Formación, sensible a las exigencias de una formación inicial y permanente según el espíritu misionero claretiano, desea, con esta serie de estudios, retornar a tos orígenes del Instituto y, sobre todo, a la persona que, bajo la inspiración del Espíritu, dio vida a una nueva familia de evangelizadores.

 

Capítulo I

EL P. CLARET EN SU CONTEXTO HISTÓRICO

 A – Situación político-social del siglo XIX en España

En los últimos años del siglo XVIII se desmorona la estructura del antiguo régimen, constituida de forma monolítica según el siguiente esquema: REY-NOBLEZA y CLERO-PUEBLO.

La caída de la sociedad tradicional dará lugar a una visión, al menos teóricamente, de signo democrático.

El cambio profundo y definitivo se produce con la revolución francesa (1789). Aquel fenómeno tendrá proyección y resonancia mundial, por lo que fue en sí mismo y por sus consecuencias en el ámbito político-social y religioso.

La revolución francesa tuvo un núcleo fundamentalmente evangélico de principios positivos -libertad, igualdad, fraternidad-; pero fueron mal entendidos y aplicados. Sus raíces fuertemente anticlericales y ateas dieron origen a nueva sociedad antropocentrista y materialista, a partir del idealismo hegeliano y del marxismo.

En la primera década del siglo XIX comienza en España la guerra de la independencia contra Napoleón. Será una verdadera epopeya nacional; pero se ha dicho justamente que con sus bayonetas las tropas francesas inocularon la ideología liberal.

Ha nacido un mundo nuevo. En él triunfan el hombre y su libertad, quedando orillados -y en muchos casos negados y perseguidos- los valores del espíritu. Se inicia la industrialización, y con ella y con su poder creador, la tentación que lleva al hombre a considerarse autosuficiente, hasta el punto de pensar que puede vivir sin Dios y negarlo, y fundar un tipo de sociedad completamente laica.

“En esa época…los hombres, arrastrados por los nuevos inventos y el progreso de la ciencia y de la técnica, llegaron insensiblemente hasta rechazar a Dios y a la Iglesia por él fundada e intentaron poner otros fundamentos a la sociedad, distintos de los que dio Cristo nuestro Señor”[1].

El siglo XIX es la época de las revoluciones y de la restauración política, social y religiosa.

Sus características principales son las siguientes:

– el romanticismo y el nacionalismo;

– la revolución industrial;

– la revolución científico-técnica, con toda una serie de inventos revolu­cionarios (entre ellos, por ejemplo, el vapor y la electricidad, con todas sus aplicaciones, como fuerza motriz y como medio de comunicación de masas: teléfono, radio, televisión, etc.);

– la secularización, que acentuará el valor hombre y del mundo y las leyes que llevarán a afirmar: la naturaleza como algo profano, sin un dios que la gobierne desde fuera; el hombre como creador de la ciencia y de la técnica; la autonomía de las actividades humanas antes ligadas a b religioso; la autonomía de la estructura social, que antes se consideraba desde la perspectiva religiosa; y la autonomía de la política, con la neta separación entre la Iglesia y el Estado.

Estos cambios, más o menos repentinos y acelerados, hacen que los grupos más activos se polaricen en posiciones opuestas o irreconciliables, provocando, desde ideologías dispares -una tradicionalista y la otra liberal-, polémicas airadas, una política inestable, caracterizada por continuos “pronun­ciamientos”, y, sobretodo, una serie interminable de guerras civiles. La aparición del doble sistema antagónico en economía -el capitalismo y el marxismo-provoca lo que se ha llamado la “apostasía de las masas”.

El siglo XIX ha sido definido como una enorme montaña de escombros y ruinas. En España será un siglo de intrigas, de pasiones políticas, de persecución sistemática de la vida religiosa y de la Iglesia en general, de confiscación de bienes (con la desamortización de Mendizábal), de quema de conventos y hasta de asesinatos de religiosos en el infausto verano de 1835.

El primer biógrafo, contemporáneo y amigo de Claret, Francisco de Asís Aguilar, define el siglo XIX como “una de esas épocas desgraciadas que podrían llamarse noches oscuras en la historia de la virtud y de la civilización, en las cuales llegan a ser comunes la oscuridad del entendimiento, causada por la ignorancia e indiferencia religiosa, el enfriamiento de la caridad, producido por el humano egoísmo, y la corrupción de costumbres, resultado necesario de la falta de fe y de santo temor de Dios”[2].

En una reflexión sobre ese siglo el filósofo español Julián Marías ha observado que “no ha sido lo que entonces se pensó. No una época de plenitud, abierta hacia adelante, hacia un ancho futuro, sino más bien lo contrario”. Habla de un mundo con “una sensación de acabamiento, de estar moviéndose en algo ruinoso y deleznable, que se deshacía, que se hacía nada, que se aniquilaba… Bajo la abundancia y riqueza de la época, se ocultaba una radical insuficiencia, un absoluto vacío, una oprimente negación. Esto podían adivinarlo sólo algunos claros y perspicaces espíritus”.

Según otro historiador actual, Carlos Valverde, “narrar la historia de los años centrales del siglo XIX es narrar una cadena sin fin de desventuras e infortunios, de guerras civiles, de insensateces políticas, de caciquismos y luchas entre mil partidos; de constituciones que nacen muertas, de perse­cuciones estúpidas, de intrigas, de inestabilidad en todos los órdenes y, no raras veces, de caos”.

Como puede apreciarse, se ha emitido toda una serie de juicios, com­pletamente negativos, que en parte van desmintiendo los estudios más recien­tes. Es cierto que la antigua sociedad quedó reducida aun montón de ruinas; pero también es cierto que con esos mismos materiales, poniéndolos en pie, algunos personajes -no pocos-, reconocidos hoy como santos, levantaron un nuevo edificio social en el que tienen cabida -o pueden tenerla- el hombre nuevo y la nueva Iglesia, que de la crisis profunda que vivió y padeció, surgió más limpia y más purificada, más pobre y más evangélica. El siglo XIX es ciertamente un siglo de revoluciones, pero es también un siglo de grandes restauraciones (sobre todo religiosas); es el siglo de los nacionalismos, a veces exacerbados, y del romanticismo soñador; pero es también un siglo de pluralismo ideológico, fautor de auténticas libertades[3].

 B – Situación religiosa en la España del siglo XIX

En líneas generales, se puede afirmar que la Iglesia fue muy atacada por el poder político y se colocó en una clara, y con frecuencia intransigente, actitud defensiva.

La tónica fue reaccionaria. El clero mantuvo una postura marcadamente conservadora. Se encastilló en un conservadurismo excesivo en lo referente a las tradiciones católicas y a las instituciones políticas.

Por otro lado, adoptó una posición de estigmatización de |os que respira­ban otros aires distintos de los tradicionales, considerando buenos españoles únicamente a los que eran y se manifestaban fervientes católicos.

La pastoral, como consecuencia de la actitud defensiva de bs pastores (obispos y sacerdotes), fue prevalentemente apologética y rutinaria.

Un aspecto destacable fue la adhesión incondicional del clero y del pueblo al Papa: siempre, pero sobre todo cuando, en 1848, fue expulsado de Roma y se vio obligado a refugiarse en Gaeta, y años más tarde, en el verano de 1865, a raíz del reconocimiento del reino de Italia.

A pesar de todo, en España se produjo un notable florecimiento de la santidad. Hubo figuras eminentes de hombres y mujeres. Algunos de ellos ya han recibido la canonización o la beatificación y bastantes se encuentran en proceso de beatificación.

La vida religiosa fue tal vez la institución más afectada por la situación político-social, sufriendo sus terribles consecuencias. Con la persecución des­piadada y la destrucción sistemática, a través de la supresión de tos conventos, se produjo una gran decadencia de la vida religiosa. En España tuvo lugar la desamortización y en seguida la supresión de las órdenes religiosas, a partir del año1836.

Sin embargo, el mazazo mortal propinado a la vida religiosa produjo, como reacción, una lenta restauración de las órdenes religiosas antiguas y una rápida creación de nuevas congregaciones, sobre todo femeninas. Sólo en España se cuentan unas 90, casi todas en la segunda mitad del siglo XIX.

Su apostolado es muy diversificado, según las necesidades que van apareciendo, fundamentalmente en el ámbito de !a asistencia, promoción social y evangelización, a través de la enseñanza y la beneficencia.

 C – Desafíos históricos y respuesta claretiana

Tal como se ha indicado anteriormente, en toda Europa y, por con­siguiente, también en España, se produce un choque de ideologías entre el tradicionalismo y el liberalismo.

 1- El liberalismo

La ideología liberal -como se sabe- se había gestado en el siglo XVIII con la ilustración, y quedó plasmado como doctrina y como vida en la revolución francesa (1789). Su gran proclama, con la famosa trilogía libertad, igualdad, fraternidad, si se hubiera entendido y aplicado dentro del auténtico humanismo cristiano, habría impregnado, con suavidad y sin traumatismos, la conciencia cristiana del pueblo. Pero el hecho de haberse constituido como signo antieclesial, por considerar a la Iglesia situada monolíticamente en una postura tradicionalista inamovible, y por haber impuesto la nueva ideología de una forma violenta y revolucionaria, que comportó sangre, dolor y miedo, el auténtico camino de libertad que pretendió iniciar, quedó truncado en su mismo punto de partida.

La Iglesia fue considerada no soto retrógrada, sino también opresora, y ello indujo al liberalismo a quitarle la libertad y a querer ahogarla, oprimirla y hasta suprimirla, para poder implantar un nuevo sistema social sin bases cristianas. El liberalismo con sus aspiraciones, legítimas, si se hubieran entendido adecuada­mente, se extralimitó cometiendo excesos increíbles. Pretendió la libertad absoluta de pensamiento, de enseñanza, de prensa, de voto, de religión e incluso, en cierto modo, de amor, con la implantación del matrimonio civil, que tantos problemas creó en la segunda mitad del siglo XIX. Por otra parte, el liberalismo pretendía justamente una adecuada participación, en la vida de­mocrática, pero muchas veces forzando la libertad de conciencia y con miras de oportunismo político y de intereses sectarios.

Al predominar la razón sobre la fe, la Iglesia vuelve a tambalearse, como en la época de San Francisco de Asís, y necesita columnas nuevas y fuertes que la sostengan. El P. Claret será un signo providencial para renovar la faz de la Iglesia de su tiempo.

El P. Claret, profundamente inmerso en ese nuevo mundo de la técnica y en medio de facciones contrapuestas y abiertamente hostiles, deberá evange­lizar a esa sociedad nueva, y lo hará de un modo nuevo, sin apoyarse en el poder (la política o la fuerza de las armas) o en el tener (la fuerza económica del capitalismo) o en el saber (la predicación florida, con la que el predicador buscaba el aplauso y no la conversión de la gente).Su doble fuerza será, por un lado, el poder de la Palabra de Dios, y, por otro, su propio testimonio de vida evangélica y apostólica. Volviendo a los primeros tiempos de la Iglesia, presentará el Evangelio en su pureza original, con su vigor humano y trascendente y su exigencia de radicalidad, que exige conversión, y al mismo tiempo con aquella dulzura que nos revela el corazón del Padre.

Lo mismo que Balmes, Donoso Cortés y otras mentes iluminadas de ese siglo, el P. Claret se dio cuenta de que la ideología liberal llevaba en el fondo una raíz materialista y atea, que se concentraba primero en la élite para difundirse después en el pueblo impreparado y sin defensas, puesto que, al ser suprimidas las órdenes religiosas, se veía privado de una adecuada formación cristiana, no suplida por una escuela cada vez más laica y falta de principios cristianos. En 1848 llegará el manifiesto comunista de Marx y con él la indiferencia religiosa y luego la negación de Dios.

Aquellas convulsiones profundas de la sociedad llevaban fuertes fermen­tos de secularización o laicización de las instituciones y de las mentalidades. Por eso el P.CIaret exclamaba con verdadera angustia en 1847: “Es preciso…hacer empalizadas y murallones para que la gran torrentera de la impiedad e indife­rentismo no acabe de arrastrar la poca tierra buena que ha quedado en el campo o viña del Señor”[4].

Aunque no está metido en los remolinos de la política, el estudio de la realidad, tanto en Cataluña como en Cuba y más tarde en el puesto privilegiado de confesor de la reina en Madrid, así como en el contacto con los políticos, principalmente en Cuba y en Madrid, le hacen ver los problemas con gran clarividencia, previendo el advenimiento de la revolución de septiembre de 1868. Con frecuencia dirá que los demás ven las intrigas políticas desde los sillones del teatro, mientras que él las ve entre bastidores.

Pío IX en la carta a Isabel II del 12 de enero de 1866, tras haber conocido a nuestro santo y hablado al menos dos veces con él en Roma, emitirá este juicio: “Ví a monseñor Claret, y reconocí en él un digno eclesiástico, un hombre todo de Dios; y, aunque ajeno a la política, harto conoce, sin embargo, la destemplanza de la misma política y la malicia de los que son católicos de solo nombre”[5].

 2 – La auténtica promoción de los principios liberales

El P. Claret no aparece como ¡un hombre cerrado en sí mismo. No es radicalmente opuesto al liberalismo en cuanto tal, pero sí que le duelen en el alma sus consecuencias. Ni siquiera sentirá demasiado su anticlericalismo radical. Lo que sí le dolerá será el rechazo sistemático de Dios y la lucha tenaz por construir una sociedad totalmente atea. Pero hará suyos, al menos en la práctica, aquellos valores de los que es portador.

No tendrá miedo de la libertad; aún más, fomentará la verdadera libertad cristiana -la libertad de los hijos de Dios- en la obediencia activa y generosa al único Dios y Señor.

Luchará, sobre todo en Cuba, por la igualdad de todas las razas y de todas las condiciones sociales actuando decididamente contra la plaga aberrante de la esclavitud y contra la falsa interpretación -descaradamente abusiva por parte de las autoridades- de aquella ley del 16 de octubre de 1805 que prohibía celebrar sin permiso matrimonios entre blancos “de notoria nobleza” con mujeres de color.

Tratará de crear la auténtica fraternidad cristiana, en la que se viva con un solo corazón y una sola alma, creando congregaciones de vida evangélica y apostólica y asociaciones seglares que vivan según el espíritu de la Iglesia primitiva: entre estas últimas, sobre todo, la Academia de San Miguel.

 3. Respuesta claretiana a los retos de la sociedad española del siglo XIX

 ¿Cómo responde Claret a los retos de su tiempo?

En Cataluña ve al pueblo dividido y no evangelizado, debido a la falta de predicadores evangélicos y apostólicos, es decir de hombres que vivan radi­calmente el Evangelio y lo prediquen con la vida y con la Palabra. Su respuesta será:

– Misionar él mismo sin descanso y crear grupos de evangelizadores, incluso seglares (Hermandad del Corazón de María y amantes de la humanidad, 1847). Todo ese movimiento culminará con la fundación de la Congregación de Misioneros.

Su forma de misionar, y la que propone a sus seguidores, es la de Jesús: sencillez y claridad frente al estilo florido de los predicadores de campanillas; “poco terror y suavidad en todo”, frente al terrorismo que invade la predicación, explicable en aquel ambiente por el estado de guerra civil en el que vive la gente.

– Emplear las técnicas modernas, sobre todo la prensa, para la evangelización, repartiendo libros, opúsculos y hojas volantes a granel, para ahogar el mal a fuerza de bien, como él mismo decía repitiendo a San Pablo. Todo ello por la convicción de que “la palabra ha sido, es y será siempre la reina del mundo”[6], y de que la sociedad no perece por otra cosa sino porque ha retirado a la Iglesia su palabra, que es palabra de vida, palabra de Dios”.Las sociedades están desfallecidas y hambrientas desde que no reciben el pan cotidiano de la palabra de Dios. Todo propósito de salvación será estéril si no se restaura en toda su plenitud la gran palabra católica”[7].

El evangelizador tendrá que comprender a fondo su vocación y misión, su dignidad y la responsabilidad que pesa sobre su conciencia como trasmisor fiel y decidido de la Palabra de Dios. Tendrá al mismo tiempo que dar testimonio de vida evangélica y apostólica, sobre todo en la pobreza, que es el signo más vivo, más visible y eficaz de evangelización. Y tendrá que entregarse de lleno a esta tarea, sin limitaciones de lugar ni de tiempo. Conseguir un clero sano y comprometido será una de las tareas primordiales del P. Claret en Cuba. Estaba plenamente convencido de que la fuerza de la evangelización depende de la calidad de los evangelizadores.

La propaganda de libros buenos nació de su propia experiencia: “El considerar el bien tan grande que trajo a mi alma la lectura de, libros buenos y piadosos es la razón por que procuro dar con tanta profusión libros por el estilo, esperando que darán en mis prójimos, a quienes tanto amo, los mismos felices resultados que dieron en mi alma”[8]. La Librería Religiosa surgirá en 1847 con este fin: hacer de los libros otros tantos evangelizadores silenciosos.

En Cuba la propaganda se convertirá en auténtica pasión. Dando cuenta al obispo de Vic de los éxitos conseguidos en su primer año en Cuba, le decía: “Otro de los medios de los que me he valido para hacer bien han sido los libros buenos, ya regalándolos, ya cambiándolos con los malos, de modo que se les ha quitado el veneno de las manos y en su lugar se les ha puesto el pan sabroso y saludable, mayormente el “Catecismo explicado” y el “Camino recto”[…]. Viendo yo lo mucho que les aprovechan estos libros, voy procurando que en cada casa se encuentren, aunque me cuestan muchísimos duros, que hasta aquí ya suben a miles; pero yo todo lo tendré por bien empleado con tal que salve almas, que a esto Dios me ha enviado y no a holgar ni a hacer dinero”[9].

En Cuba se dio cuenta de las consecuencias sociales de los pecados personales. “En estas tierras hay unos principios de destrucción, de corrupción y de provocación de la justicia divina”[10]. Entre ellos se encuentran “los ilustrados y docentes del país en quienes no sólo no hay sombra de religión, sino un desprecio y odio contra ella, que no perdonan medio alguno para imprimir y embeber los mismos sentimientos en el pueblo, que es sumamente dócil y humilde, y fácilmente se deja seducir por la suma ignorancia que hay en el día”[11].

La increencia en la gente culta y en las autoridades y la ignorancia en el pueblo favorece el subdesarrollo y la persistencia de la esclavitud. Por eso el P. Claret emprende una ofensiva sin cuartel contra esta situación, que no permite la vivencia ni mucho menos el desarrollo de la vida cristiana. Sus respuestas concretas a estos desafíos serán: la evangelización continua por medio de las misiones y difusión de libros y opúsculos, la reforma del clero, la lucha contra la esclavitud y la promoción social, con la publicación de “Reflexiones sobre la agricultura” y las “Delicias del campo”, la instalación de cajas de ahorro en las parroquias y la creación de la Granja Agrícola de Puerto Príncipe. A ello se unirá ¡a promoción de la enseñanza, llamando a institutos religiosos de España y fundando con la sierva de Dios María Antonia París las Religiosas de María Inmaculada para la enseñanza (hoy Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas), el 25 de agosto de 1855.

Ya en Cuba, a partir de la visión del ángel del Apocalipsis (2 septiembre 1855) y del atentado de Holguín (1° de febrero de 1856), pero sobre todo en Madrid, captó la fuerza impetuosa de las nuevas ideologías de signo materialista y ateo. La triple concupiscencia, y en particular el becerro de oro, es decir, la riqueza autosuficiente que “está secando el corazón y las entrañas de las sociedades modernas”[12], llevando directamente al ateísmo, porque la fuerza ideológica liberal, inoculada a través de las malas lecturas, provoca la corrupción del entendimiento, al que sigue la del corazón, hasta llegar “a negar la primera verdad, que es Dios y origen de todo lo verdadero: Dijo el necio en su corazón: no hay Dios”[13].

El P. CIaret se ve llamado a “hacer frente a todos los males de España”[14], y estos males son: el protestantismo, mejor dicho, la descatolización; la república y el comunismo[15], y los cuatro archidemonios, tal como lo comprendió en la segunda visión del ángel del Apocalipsis (23 y 24 de septiembre 1859). El primer archidemonio “promoverá el amor a los placeres sensuales”; el segundo “el amor al interés: becerro de oro”; el tercero “la independencia de la razón”; y el cuarto “la independencia de la voluntad”[16].

La respuesta claretiana a estos retos seguirá siendo la evangelización del pueblo, pero al mismo tiempo también la gran intuición de la Academia de San Miguel, destinada a realizar en profundidad la “consecratio mundi”, multiplicando los evangelizadores y reformadores en el ámbito en el que las ideologías toman cuerpo para difundirse después: los intelectuales y los artistas. “Para hacer frente al naciente humanismo ateo a nivel popular, publicó las “Tardes de verano” y “El Ferrocarril”, difundiendo por medio de opúsculos las devociones que más se oponían a estas ideologías: el trisagio, contra el panteísmo; la misa, contra la negación de la divinidad de Jesucristo; el rosario, como la incorporación de las vicisitudes de la vida en los misterios de Cristo y María, contra la concepción materialista de la existencia[17]. Para la difusión de la prensa en 1864 funda las bibliotecas populares y parroquiales.

El P. CIaret fue un hombre de su tiempo, plenamente sumergido en la problemática del mundo moderno, hondamente preocupado por los problemas concretos de una época crucial para los destinos de la humanidad. De algún modo se adelantó proféticamente a nuestro tiempo y, desde su vida y misión, impulsa hoy nuestras acciones evangelizadas.

La sociedad actual tiene planteados, con mayor agudeza y radicalidad, los mismos problemas del siglo XIX; y éstos son precisamente los retos que se le presentan hoy, con verdadero dramatismo, a la Iglesia y a los evangelizadores.

Existe una multitud de desafíos, que van desde el ateísmo al secularismo, a la indiferencia religiosa, pasando por los problemas de la justicia y la paz, el subdesarrollo y los nuevos tipos de esclavitud. Y estos desafíos, que nacen de los cambios acelerados de nuestro tiempo y de la falta de iluminación evangélica en nuestra sociedad, están urgiendo respuestas concretas a la Iglesia y nos las urgen aún más a los claretianos, situados, por vocación y misión, en la vanguardia de la evangelización, según el espíritu y el ejemplo de San Antonio María Claret. Del estudio de la realidad y de nuestro celo apostólico podrá y deberá nacer la adecuada respuesta a esos retos acuciantes y dramáticos.

Capítulo II

SAN ANTONIO MARÍA CLARET, MISIONERO APOSTÓLICO EVANGELIZADOR

 I. EL P. CLARET, MISIONERO APOSTÓLICO

La vocación de Claret -y toda vocación claretiana- es de una nitidez deslumbradora: nace de la Palabra y está totalmente orientada a anunciar la Palabra de salvación.

Nuestro fundador nos cuenta su experiencia en el número 113 de la Autobiografía: “Desde que se me pasaron los deseos de ser cartujo, que Dios me había dado para arrancarme del mundo, pensé no sólo en santificar mi alma, sino [que] también discurría continuamente qué haría y cómo lo haría para salvar las almas de mis prójimos”.

Qué haría: evangelizar, puesto que a ello había sido llamado, como Jesús y los Apóstoles. Y tenía que hacerlo ante todo con el testimonio-coherencia de vida evangélica y apostólica, y luego con la Palabra: anunciando el Evangelio de la salvación a todos los hombres. Su vocación quedó orientada de modo irreversible cuando la Sede Apostólica le concedió el título de “misionero apostólico”, el 9 de julio de 1841.

Cómo lo haría. El misionero Claret comprendió las exigencias profundas de su vocación misionera. Se dio cuenta muy pronto de que tenía que evange­lizar:

1. Desde una opción radical por Dios imitando a Jesús en su vida contemplativa y activa.

2. Movido por el celo, que, como decía a sus misioneros en 1865, “es un ardiente y eficaz deseo del bien espiritual y salud de los otros, como Moisés, San Pablo y sobre todo Jesucristo, María Santísima, Apóstoles, Santos Padres y Misioneros”[18].

3. Sometiéndose rigurosamente a una “regla apostólica” específicamente claretiana, que le lleva a vivir en verdad, arder en caridad y caminar en misión. Esta regla de vida y de acción la dejó plasmada principalmente en la Autobiografía[19].

4. Teniendo siempre en cuenta algunas características que arrancan del ejemplo de Cristo. Esas características son las siguientes: la evangelización será ininterrumpida, universal (geográficamente, en cuanto a los destinatarios y en cuanto a los medios), en totalidad de entrega, atendiendo a b más urgente, oportuno y eficaz, dinámica, progresiva, integral, dirigida a la conversión y a la santificación de los demás, multiplicadora de agentes de evangelización, clara y sencilla en el estilo, imaginativa. Esta evangelización típicamente claretiana exige continuamente al misionero: creatividad, sagacidad, laboriosidad, espíritu de iniciativa, amor-celo y alegría[20].

5. Asumiendo opciones determinadas, que pueden ser en parte coinciden­tes y en parte distintas de las que hoy asume la Congregación, según el impulso del Espíritu, las necesidades de la Iglesia y las situaciones y desafíos del mundo.

 II. EL EVANGELIZADOR CLARETIANO A – El misionero apostólico según Claret

 1 – Dignidad

El P. Claret consideró siempre la vocación de misionero como la vocación ideal, la más elevada y eficaz. Su dignidad no es sólo angélica, sino divina, porque el misionero se hace coadjutor de Dios [21] y salvador del mundo con Cristo[22]. Este fue el empleo más aceptable y más glorioso de Cristo, quien, como “cabeza de los demás misioneros”, ha confiado “este ministerio tan sublime, tan santo y tan divino” a los Apóstoles y a los misioneros apostólicos[23] “Mira -escribe al misionero Teófilo-…si hay honor semejante al que nos dispensa Jesucristo con admitirnos en su apostolado y en compartir con nosotros el título de Salvador del mundo”[24]. Colaborar en la salvación del prójimo -sigue diciendo- es “obra grande de caridad, “más que si, siendo tú muy rico, dieras a los pobres todas tus riquezas”, porque un alma “vale más que todas las riquezas del mundo”[25].

Esta convicción la tuvo profundamente arraigada durante toda su vida.

En Cuba, ante las dificultades que las autoridades ponían a su acción pastoral, decía: “El carácter de misionero me basta para ser pobre, para amar a Dios, para amar a mis prójimos y ganar sus almas al mismo tiempo que la mía”[26].

La misma idea aparece en los años de Madrid.”El ser misionera-escribía al P. Ramonet- es más que ser párroco, más que canónigo… Los peligros que hay en estos estados son más y mayores y el fruto que se hace es menos que en estado de Misionero”[27]. “Más cuenta le tendrá a un sacerdote el haber sido misionero que no el haber sido canónigo”[28].

En 1862 afirmaba: “En ningún estado se más gloria á Dios y se contrae tanto mérito como en aquel en que se deja todo para seguir a Jesucristo, propagar su reino y salvar a los pecadores: ésta es la caridad mayor, y éste es el oficio del perfecto misionero”[29].

Más tarde, en 1865, vuelve a afirmar que la “dignidad” del misionero es “divina” y que “según la dignidad debe ser la santidad”[30]. Y al final de su vida seguía elogiando esta altísima vocación, indicándola como bienaventuranza digna de gran premio [31].

También la tradición en la Congregación ha entendido la grandeza de la vida misionera. Bastará citar un texto significativo: “Tu altísima vocación…es la misma de los Apóstoles: Ite in mundum Universum…Como a los Apóstoles nos ha hecho Jesús sus enviados, sus representantes, sus embajadores, sus testigos, sus predicadores, los ministros de sus santos sacramentos”[32].

 2 – Significado específico

San Antonio María Claret consiguió para sí mismo el título de Misionero Apostólico “ad honorem” el 9 de julio de 1841[33]. Ignoramos las facultades que le fueron concedidas, pero debieron ser parecidas a las que en 1845 solicitó para sus compañeros[34].

El P. Claret no consideró nunca este título como un honor, ni como algo meramente jurídico, sino como una definición de su ser, la más rica y la más profunda de su identidad. El le dio un sentido teológico y evangélico para indicar un estilo de vida peculiar: “a la apostólica”, como los Apóstoles con Jesús, en rigurosa pobreza evangélica y en fraternidad compartida con los hermanos.

Con la palabra “Misionero” quería indicar su función específica: la evangelización, el servicio profético de la Palabra, renunciando, en cuanto estuviera de su parte, a las otras dos funciones del sacerdocio ministerial: el régimen y la sacramentalización[35]. El término “Misionero” posee, sin duda, una conno­tación cristológica. Cristo fue ungido y enviado a evangelizar a los pobres, y es “cabeza y modelo de los demás misioneros”[36]. EI P. Claret entendió en Cristo y desde El su función misionera: ungido y enviado, como El, está llamado a configurarse con El, a vivir en su intimidad, a imitarlo, a testimoniarlo hasta la muerte, a proclamar su mensaje de salvación. Y es desde aquí desde donde hay que entender los rasgos, las actitudes y las virtudes más típicamente misioneras de Jesús evangelizador[37].

Todo esto explica por qué San Antonio María Claret entendió y vivió siempre su vida misionera en inserción y continuidad con Cristo misionero, y por qué su mirada se dirigía siempre hacia el Cristo de la vida pública. “Sus preferencias van evidentemente hacia la vida pública de Jesús, a su predicación, conversaciones, a su oración nocturna, a esos sudores, hambre y sed de los caminos de la Palestina, con los que la Humanidad de Cristo nos ha revelado el misterio del amor de Dios a los hombres”[38].

El calificativo “Apostólico” en el P. Claret hace referencia más directa e inmediatamente a los Apóstoles, llamados a compartir la amistad y la intimidad con Jesús y a predicar la Buena Nueva hasta los últimos confines de la tierra. Alude, como ya hemos indicado, al estilo de vida centrado en la pobreza, la itinerancia y la fraternidad al servicio de la evangelización entendida como servicio bíblico y profético de la Palabra.

 B – Claret, misionero apostólico siempre

La vocación apostólica no fue para el P. Claret algo episódico y pasajero. El fue apóstol tan intensa y radicalmente que lo apostólico se encuentra en todos los planos de su personalidad y en todas las épocas de su vida. “Misionar, evangelizar no era para San Antonio María Claret una actividad exterior, sino que era la expresión más auténtica de su misma personalidad vocacional. Ser misionero era para él algo sustancial, porque se consideraba misionero en Cristo. Se sentía unido a Cristo misionero como a su Cabeza, configurado al Hijo en misión”[39].

Este es el rasgo que tanto sus biógrafos como la tradición de la Congrega­ción han puesto siempre de relieve, porque es el rasgo que con mayor fuerza aparece en su fisonomía. El apostolado tiene en su personalidad una función totalizadora. “Como párroco, como Misionero, como prelado, como confesor, como director de almas, como pedagogo, como sociólogo, como escritor, como maestro de espíritu, como fundador de Ordenes religiosas, todo lo encaminaba al apostolado”[40].

San Antonio María Claret fue Misionero Apostólico no sólo en Cataluña y Canarias, sino también en situaciones de gobierno y de estabilidad. “Obligado, para un mayor servicio a la Iglesia, a aceptar el episcopado y luego el ser confesor real, vivió estas situaciones como misionero apostólico tanto por la importancia que dio a la evangelización como por el estilo de vida pobre y fraterna”[41].

En Cuba fue “más misionero que arzobispo, pues de esto -escribía don; Paladio Curríus- no usa más que la carga”[42]. Contra la tendencia general de la época, que convertía al obispo casi en puro funcionario burocrático[43], descargó las funciones ordinarias de gobierno en sus más fiele_s colaboradores, reservándose la alta dirección de los asuntos. Así pudo dedicar la mayor parte de su tiempo y de sus energías a la predicación misionera. “Sus visitas pastorales eran, ante todo, un tiempo de convivencia familiar y de evangelización del pueblo que Dios le había confiado”[44]. La idea que entonces tenía del Misionero Apostólico nos revela sus rasgos esenciales: desinstalación y disponibilidad, vida común, predicación misionera, necesidad continua de renovación [45].

En Madrid, sin faltar a sus deberes de confesor de la reina, dedicó gran parte de su tiempo a evangelizar a toda clase de personas, y convirtió sus viajes con la reina en verdaderas misiones populares.

Al ser nombrado presidente de El Escorial, pensó en convertirlo en centro de evangelización y de formación de evangelizadores, como seminario interdiocesano, colegio universitario y casa misión y de ejercicios de alcance internacional[46].

En París, desterrado por la revolución, y en Roma, durante el Concilio Vaticano I, siguió siendo Misionero Apostólico por su estilo de vida pobre y fraterna, por su predicación incansable y por sus ansias de “volar” a América, la “viña joven”, como él la llamaba[47].

Al final de su vida, como recapitulándola toda, afirma que ha cumplido su misión, porque ha sido fiel a las dos características principales del Misionero Apostólico: la predicación y la pobreza[48].

C – Características de la misión

 1 – Universalidad

La primera característica, como consecuencia del celo, que “no tiene límite”[49], es la universalidad, en todos sus aspectos.

Ante todo, universalidad en cuanto al espacio, en fidelidad al mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las gentes (Me 16,15). Al misionero, “a más del talento de la dignidad sacerdotal, le han encomendado otros cuatro, que son tos cuatro ángulos de la tierra”[50].

Urgido por una caridad universal, “se le hicieron demasiados estrechos los límites de una parroquia para su celo”[51].

Motivó la renuncia al episcopado de Cuba por la universalidad de su espíritu misionero: “Así (aceptando) yo me ato y concreto a un solo arzobispado, cuando mi espíritu es para todo el mundo”[52]. Sólo la obediencia pudo reducirle, “pero en el supuesto -escribía al Capitán General de Cuba- de que pudiera así dar más pábulo a la caridad, al amor a Dios y a mis prójimos en que quiero abrasarme” [53].

Tampoco le bastaban tos límites de una nación. Su deseo era “ir a predicar por todo el mundo”[54]. Esta universalidad la deseó también para sus misio­neros, poniendo audazmente como objeto a la Congregación “la salvación de todos los habitantes del mundo”[55].

La universalidad hay que entenderla también en cuanto al tiempo y a la dedicación. Durante tos años de misionero por Cataluña el trabajo apostólico le absorbía por completo, de modo que a veces no le quedaba tiempo ni para comer. “Todos los días del año estaba misionando”[56].

“Su trabajo -se dice en un libro capitular de Tarragona- es imponderable, pues, desde las cuatro de la mañana hasta la hora de acostarse, apenas tiene tiempo de rezar y de tomar el necesario alimento, ya que pasa del confesionario al pulpito y del pulpito al confesonario”[57].

Lo mismo sucede en Canarias. “Me privo de todo reposo y descanso de día y de noche”, escribe[58]. “Yo voy solo como un desesperado, predicando y confesando de día y de noche”[59].

El mismo ritmo vertiginoso lleva en Cuba, desde donde escribe a sus amigos: “Hemos de sufrir mucho y trabajar muchísimo”[60]. Habla de “continuos trabajos”[61] y de “continuas visitas pastorales”[62], y dice de sí mismo: “Todos los días estoy predicando y confesando y dando audiencia día y noche siempre que me llaman”[63].

Un periódico de entonces nos lo describe así: “El celoso Pastor, como el sol, gira siempre la órbita de su sagrado ministerio, esparciendo luz y calor por toda la diócesis con su palabra, su acción y su ejemplo”[64].

En Madrid escribe: “Todo el día estoy predicando”[65]. Y lo mismo puede afirmar en París y en Roma, siempre dedicado a predicar, catequizar, confesar o escribir.

La Congregación de Misioneros -llamada a seguir sus huellas- nació de esta ansia de universalidad espacio-temporal de Claret Misionero.

La universalidad se entiende también en cuanto a los destinatarios, sin prevenciones ni exclusivismos discriminatorios. A todos quería convertir y evangelizar: a la jerarquía y al pueblo, a pobres y a ricos, a sabios e ignorantes, a sacerdotes y a seglares[66], a religiosos y a militares, a niños y ancianos, a evangelizados y a evangelizadores.

El mismo carácter de universalidad aparece respecto de los medios de evangelización y de promoción humana. Claret “nunca desperdició medio alguno”[67]; y así lo prescribió a la Congregación: “Válganse de todos los medios posibles”[68]. Pero en cada circunstancia fue adoptando los medios más eficaces para responder a las “urgencias y desafíos que encontraba en su misión evangelizadora”[69]. Estos medios estaban siempre en consonancia con el servicio misionero de la Palabra: medios de penetración, de consolidación o de crecimiento.

La tradición de la Congregación ha entendido siempre la universalidad, en todos los aspectos, como característica peculiar de su acción evangelizadora[70].

La universalidad implica siempre la disponibilidad total al servicio de la evangelización: en cuanto al lugar (libres de toda instalación) y en cuanto al tiempo (libres de otras ocupaciones que puedan impedirla o limitarla).

 2 – Evangelización

Toda la vida de Claret estuvo en función de la evangelización. Por eso dedicó todas sus energías al anuncio misionero de la Palabra, urgido por la caridad del Espíritu, consciente de la importancia cuasi sacramental de la Palabra y de la necesidad que el pueblo tenía de ser evangelizado. Siendo este ministerio “al mismo tiempo el más augusto y el más invencible de todos”[71], lo privilegió sobre las otras funciones sacerdotales: la sacramental y la de régimen. “Su vocación no era de dirigir, sino de fundar; no de gobernar, sino de predicar. Con ello la vocación claretiana se revela de un cuño marcadamente paulino”[72].

Ante una sociedad en fase avanzada de descristianización, urgía sembrar la Palabra que convierte y transforma. “Evangelizador universal al estilo de vida de Jesús con los Doce y en fraternidad como ellos”[73], Claret, ya desde los albores de su vocación apostólica, entendió la evangelización como un servicio en el sentido más bíblico y profetice de la palabra, especialmente en los cantos del Siervo de Isaías y en San Pablo[74]. “Sobre todo miró a Cristo, al prototipo del Siervo, y lo tomó por modelo en el ejercicio de la evangelización”[75].

EI P. Claret fue ante todo y sobretodo-y podríamos decir, exclusivamente-un Misionero Apostólico, un evangelizador. Este es su carisma y el de la Congregación. “Ser misionero al estilo de Claret es estar directa y principalmente orientado a tareas de evangelización”[76]. “La evangelización es nuestro servi­cio al hombre, al mundo, a la Iglesia, a la construcción del Reino de Dios. Y optamos por una evangelización misionera, es decir, al estilo de los Apóstoles (DC10)[77]

D – Evolución de Claret misionero apostólico

La vocación misionera del P. CIaret nació de una profunda experiencia de Dios, sobre todo a través de su Palabra, y de una fuerte experiencia del mundo. Hubo en su vida un proceso de clarificación hasta que conoció que el Señor quería asociarle a su misión evangelizadora. Se dio también un proceso evolutivo en la clarificación de su misión a medida que fue ahondando en la experiencia de Dios y del mundo. Poco a poco se fueron perfilando las características, los contenidos y los medios de su misión. Así se fueron ampliando sus horizontes personales y, al mismo tiempo, los de la Congregación.

 1. Los motivos del celo

Como ha visto el P. Lozano, existe una primera evolución en los motivos del celo[78]. De una preocupación antropológica -la salvación del hombre[79]-pasó a una preocupación teológica: la gloria divina, el Padre ofendido[80]. En todos los textos vocacionales[81], lo mismo que en las oraciones que escribió durante el noviciado[82], ambos motivos se hermanan y conjugan íntimamente, aunque, al escribir la Autobiografía afirma que el motivo antropológico le estimula fuertemente[83]. Pero en los últimos años de su vida el motivo y la finalidad de su acción apostólica es, sobre todo, dar gusto al Señor, presente en él[84].

 2 – La experiencia de Cristo

También en la experiencia de Cristo hubo una evolución en la vida de Claret. A través de un proceso de interiorización se fue configurando plenamente con Él: en la unción profética, en el envío apostólico, en la gracia de filiación, en la predicación incansable, en el sacrificio redentor. “Pasó del encuentro a la imitación exterior; de la imitación exterior a la vivencia de las actitudes interiores y de esta vivencia a la transformación plena: vive en mí Cristo”[85].

3 – La experiencia del mundo y de la Iglesia

Con mirada profética San Antonio María Claret se dedicó siempre a “estudiar y conocer bien las enfermedades del cuerpo social”[86]. Y así lo aconsejaba a todo el que quisiera dedicarse a la evangelización”[87]. Esto le hizo vivir su misión evangelizadora prestando gran atención a los signos de los tiempos: “La evangelización de San Antonio María Claret nunca estuvo disociada de la visión profética de los signos de los tiempos. En los treinta años de servicio al Evangelio -de 1841 a 1870- atravesó por circunstancias históricas bien diversas, pero siempre estuvo despierto para descubrir las necesidades más urgentes y emplear los medios más oportunos y eficaces”[88].

El contexto histórico en el que se desarrolla la misión del P. Claret hay que entenderlo en el contexto amplio de la historia universal de su época.

El P. Claret afrontará todos los desafíos de su época desde una perspec­tiva misionera.

 a) La salvación del hombre

Durante la primera etapa de su vida misionera Claret se encuentra con hombres divididos a causa de la guerra civil y de una fe debilitada:

– por el liberalismo, que persigue a la Iglesia y suprime las órdenes religiosas, quedando así reducido el número y la calidad de los evangelizadores;

– por el jansenismo, que aterroriza las conciencias y lleva al enfriamiento de la fe;

– por el indiferentismo y el sectarismo, que impiden. el testimonio de la vida religiosa y el anuncio del Evangelio;

– por el panteísmo, que “despersonaliza” a Dios, y el maquinismo, que despersonaliza al hombre, convirtiéndolo en puro trabajador y en máquina.

El hombre pierde progresivamente su raíz religiosa y, ufana de sus conquistas, va perdiendo el sentido de Dios y cae en el ateísmo.

El pueblo sigue siendo creyente (Claret supone siempre la fe en el auditorio)[89], pero vive en la ignorancia y en el terror. Los predicadores, si predican, desconciertan a la gente, o porque se predican a sí mismos, en vez de anunciar la Palabra de Dios, o porque, impregnados de jansenismo, aterrorizan al pueblo o lo llevan a un sentimentalismo estéril y nocivo.

Ante esta situación, Claret emprende una ofensiva evangelizadora. Su ideal es salvar al hombre. Para ello adopta tres medios principales: la predicación para mover y convertir, los ejercicios para suscitar evangelizadores, y la prensa para mantener la fe. Para evangelizar al pueblo adopta el lenguaje del pueblo: un lenguaje sencillo y claro, lleno de comparaciones y semejanzas [90] y plenamente evangélico: “Poco terror, suavidad en todo. Nunca ejemplos que den pie al ridículo. Los ejemplos, en general, de la Escritura. Hechos históricos profanos. Nunca oposiciones y cosas semejantes. Habla del infierno; pero se limita a lo que dice la Escritura. Lo mismo en el purgatorio. No quiere exasperar ni volver tacos. Siempre hay una parte catequética”[91]. Su palabra convierte y transforma porque está sostenida por un celo infatigable y por el testimonio de una vida límpida y transparente.

Mientras con sus publicaciones va dando normas de santificación para todos los estados, procuró suscitar también agentes de evangelización. Ya en 1845, el Padre celestial se dignó llamar “a otros obreros evangélicos animosos de veras, prontos a seguir el mismo tenor de vida y de fatigas apostólicas” y con el deseo de esparcirse “por otras provincias de España y derramar en ellas la palabra de Dios”[92]. Hacia el final de este período (1847) ve la necesidad de que los seglares se incorporen a tareas de evangelización y comienza a esbozar las primeras asociaciones de apostolado seglar. Surgió así la idea de la “Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María y Amantes de la Humanidad”, que no prosperó debido a la desautorización del arzobispo de Tarragona.

En 1849, tras una larga experiencia misionera, el P. CIaret proyecta su espíritu, creando una Congregación de Misioneros Apostólicos, plenamente consagrada a la evangelización, “afín de que fuera para la Iglesia, sus prelados y a las almas lo que el corazón para el cuerpo”[93]. Así su espíritu, que era “para todo el mundo”[94] podía encarnarse y prolongarse a b largo del espacio y del tiempo, porque “deseaba extender a todo el mundo y “anhelaba con vehemencia que hasta el fin de los siglos se predicara y catequizara en todas partes”[95]. A ello le movieron varias razones:

– la falta de predicadores evangélicos y apostólicos;

-los deseos que tenía el pueblo de oír la divina palabra;

– las muchas instancias que recibía para ir a predicar el Evangelio;

– el deseo de poder hacer con otros lo que sólo no podía[96].

Es evidente que la Congregación no nació sólo del “pensamiento” del Fundador[97], sino de inspiración divina[98]. “Así se formó el primer grupo de misioneros totalmente liberados para la evangelización universal, itinerante, ininterrumpida y en estilo de vida común verdaderamente pobre y apostólica”[99], que tenía como fin “la salvación de todos los habitantes del mundo”[100].

b) La salvación de la sociedad

La etapa cubana es muy significativa en la experiencia personal y apostólica del P. Claret. Ante todo, se da un corte violento en sus ideales apostólicos. La elevación al episcopado echaba por tierra “todos los apostólicos planes”[101] que tenía, porque le ataba y concretaba a un solo arzobispado, cuando su espíritu era para todo el mundo[102]. Ser arzobispo residencial contrastaba con su vocación de apóstol itinerante. Pero la desviación de su vocación había de ser sólo aparente, porque también en esa nueva situación seguiría siendo fiel a su vocación esencial de Misionero Apostólico.

En Cuba se acentúa su experiencia de Dios y de la Iglesia como comunidad, y se agudiza su visión profética de la realidad, debido, sobre todo, a tres hechos importantes que dan lugar a una profunda transformación y ensanchamiento de sus perspectivas apostólicas: la definición del dogma de la Inmaculada (8 de diciembre de 1854); la visión del ángel del Apocalipsis (2 de septiembre de 1855); y el atentado de Holguín (1° de febrero de 1856).

Desde su vocación apostólica dio una interpretación eminentemente misionera a su episcopado. No podía contentarse con un gobierno ordinario; debía reformar, instaurar y, sobre todo, evangelizar. Así se lo imponía, además, el ambiente que tuvo que afrontar[103].

El panorama religioso y social no era nada confortador. El P. Claret pudo palpar allí las consecuencias sociales de los pecados personales: el hombre explotado por el hombre, que destruye la fe. Así veía él la situación. “Hay unos principios de destrucción, de corrupción y de provocación de la divina justicia…Son de tres clases: abogadillos hijos del país, propietarios de negros y españoles”[104]. Entre los primeros “no sólo no hay sombra de religión, sino un odio y desprecio contra ella, que no perdona medio alguno para imprimir y embeber los mismos sentimientos en el pueblo”[105].”Los propietarios de negros…son enemigos de misiones, religión y moralidad”[106]. Y los españoles “no aprecian otro Dios [más] que el interés”[107], viviendo en la indiferencia y amancebados[108]. “Afortuna­damente -escribe a la reina- en lo general del palabra no creo que haya muchos errores que combatir, pero sí hay muchos vicios que extirpar”[109]. “La moral está aquí muy corrompida”[110]. “La deshonestidad en esta isla está en todo auge”[111]. A ello había que añadir la ignorancia y la indiferencia: “La religión no se conoce bien y se practica menos”[112], y la existencia de un clero “a más de reducido, no muy ilustrado”[113].

Ante esta situación, San Antonio María Claret intentará salvar la so­ciedad. Su trabajo se orientará hacia un doble frente: la promoción religiosa y la promoción social.

Su visión profética de la realidad le impulsa a seguir siendo Misionero Apostólico, “prefiriendo el lomo de la muía al sillón del despacho”[114], de tal forma que los seis años que permaneció en la isla fueron una misión continuada[115]. Su predicación, como en Cataluña, se inspiraba en la bondad y misericordia divina. “Nunca desciende de la cátedra sagrada -escribía un periódico- sin haber dejado a las almas en la dulce expectación de la esperanza, sin haber prodigado los consuelos de la misericordia divina”[116].

La evangelización iba acompañada de la creación de nuevas parroquias, de la difusión de buena prensa y de la formación y promoción de un clero sabio y santo. Trabajó en la promoción social de la gente, siempre con marcada proyección religiosa[117]; escribió libros de agricultura, fundó cajas de ahorros y luchó por la promoción de la juventud y de la familia, creando la Casa de Caridad o Granja Agrícola de Puerto Príncipe y procurando que en la cárcel funcionara una escuela de artes y oficios para la promoción de los presos.

Es cierto que el episcopado de Cuba fue para el P. CIaret, por un lado, “una carga muy pesada y amarga”[118], pero, por otro, fue también una experiencia fecunda para él y muy positiva para el pueblo que el Señor le había confiado.

 c) La salvación de la Iglesia

Al final de la etapa de Cuba y en los años de Madrid Claret adquiere una experiencia nueva de Cristo y de la Iglesia. El Cristo que ahora vive no es sólo el Cristo evangelizador, sino el Cristo Redentor, que con su sacrificio crea y salva a su Iglesia. Es ahora cuando comprende plenamente el misterio de la Iglesia como comunidad de salvación y cuerpo de Cristo. Al mismo tiempo descubre el sentido profundo de la visión de Vic y de las palabras que escuchó en la ordenación de diácono[119]. Ve que los príncipes, las potestades y los adalides de las tinieblas se han encarnado en las ideologías modernas: el idealismo alemán, que da origen al panteísmo hegeliano; el racionalismo de Renán; el positivismo de Compte; el cientifismo y el materialismo histórico de Marx. Estas son las “potencias tenebrosas” contra las que la Iglesia deberá luchar con denuedo[120].

Leyendo, con luz profética especial, estos signos de su tiempo, el P. Claret se propone salvar a la Iglesia y, desde ella, la sociedad. Para responder a estos desafíos idea una estrategia apostólica a nivel de Iglesia universal. Escribe los “Apuntes de un Plan para conservar la hermosura de la Iglesia”: un ambicioso programa de reformas, que prevé la celebración de concilios ecuméni­cos y asambleas de obispos, inculca la vida común del clero, la independencia de la Iglesia respecto de los poderes políticos y, sobre todo, la pobreza.

Personalmente, desde el puesto privilegiado que ocupa, realiza una ofensiva de reformas que va desde la elección de obispos hasta la renovación de las estructuras de la sociedad, por medio de la “Academia de San Miguel” y de las Bibliotecas populares y parroquiales, pasando por la formación de la juventud y de los sacerdotes. Para ello, con gran sentido de la oportunidad, aprovechó El Escorial, convirtiéndolo en centro vivo de reforma y de renovación cristiana.

Más tarde, durante la reparación y el desarrollo del Concilio Vaticano I, prosiguió con tenacidad esta misma tarea reformadora[121].

La visión profética de Claret es, además, en esta época, anticipadora del futuro. Ve que Dios va a pedir a la Iglesia del futuro algunas opciones importantes, entre ellas, el apoliticismo total del clero, la asunción de los seglares en el apostolado, la necesidad de celebrar concilios, la creación de institutos seculares y la vuelta del clero a una vida más evangélica y más pobre y el influjo de la Virgen en la vida de la iglesia[122].

En esta época, al escribir las “Reglas de los clérigos seglares que viven en comunidad”(1864), se opera una nueva apertura respecto de la presencia y actuación de los seglares en el apostolado.

Aquí contempla a los agentes de evangelización en una visión unitaria, como una organización compuesta de sacerdotes y seglares, unidos en el mismo don de gracia, vinculados en la caridad del Corazón de María y distribuidos en tres órdenes, sin dependencia jerárquica entre sí, pero destinados a la misión evangelizadora, en complementariedad de carismas y de funciones: sacerdocio profetice y vida religiosa, sacerdocio ministerial sacramentalizador y de régimen y apostolado seglar con o sin consagración en el mundo[123].

La Congregación de Misioneros había de ser el núcleo central propulsor de este gran movimiento evangelizador. Con la revolución de 1868 el proyecto quedó truncado, pero la intuición de Claret sigue siendo válida, convencido como estaba de que “en estos últimos tiempos parece que Dios quiere que los seglares tengan una gran parte en la salvación de las almas”[124].

En la última época de su vida el P. Fundador se fue abriendo a nuevos cauces apostólicos. Sobre todo al hacer la redacción definitiva de las Consti­tuciones advirtió la necesidad de ampliar los campos y los medios de evangeli­zación.

Todavía en 1864 decía que el objeto de la Congregación consistía “en hacer misiones por todo el mundo y dar ejercicios a toda clase de personas, con especialidad a sacerdotes, estudiantes y monjas”[125]. En cambio, en las Constituciones de 1865 dice que se valgan de todos los medios posibles, señalando algunos principales: catequesis, predicación, ejercicios, confesión y dirección de seminarios[126].

En 1869 aconseja especialmente la enseñanza[127]. Y así lo hace también en una nota redactada en ese mismo año o en el siguiente: “También sería de desear que en cada casa de la misión haya algún misionero que se dedique a esta enseñanza, mayormente si tiene afición”[128].

La prensa había entrado de lleno en los medios apostólicos de San Antonio María Claret, ya desde el período catalán, y él siempre se mantuvo fiel a este medio tan importante.

Dos elementos definen la actitud del P. Claret ante los medios de apos­tolado: la apertura universal y la preferencia por aquellos que son más estric­tamente misioneros. El equilibrio se lo iba dando su visión profética en cada circunstancia concreta de tiempo y de lugar.

 E – Originalidad de Claret misionero apostólico

San Antonio María Claret comenzó por modificar el concepto tradicional de Misionero Apostólico, pasando de una visión jurídica a conferirle densidad teológica y evangélica. Adoptó el estilo de vida que arranca de la tradición apostólica: pobreza, itinerancia y evangelización. Pero, al hallarse situado en una coyuntura moderna y poseer un fuerte don de convocación, desarrolló su vocación con características nuevas y, en cierto modo, revolucionarias. En su apostolado hizo entrar las técnicas más avanzadas de su tiempo, especialmente des medios de locomoción -el vapor, el tren, las máquinas-, de difusión -la prensa, el arte, las bibliotecas- y de promoción humana: cajas de ahorro, granja agrícola, etc.

Al mismo tiempo, suscitó núcleos de evangelizadores y, sobre todo, con aguda intuición profética, vio la necesidad y la urgencia de enrolar seglares en tareas estrictamente evangelizadoras, anticipando así genialmente algunas de las conquistas de la Iglesia de nuestro tiempo.

 F-Conclusión

A pesar de los reveses y contrariedades que tuvo que sufrir, el P. CIaret fue siempre fiel a su vocación original de Misionero Apostólico.

“Oficialmente” el campo de acción se le fue quedando cada vez más reducido. Se vio obligado a abandonar la Compañía de Jesús, que abría un horizonte universal a sus ansias misioneras. Después tuvo que limitarse a Cataluña y Canarias. Cuando deseaba adentrarse en el interior de España, se vio circunscrito a una diócesis, y más tarde, a una sola persona como confesor de la reina. Pero su celo misionero supo romper todos los moldes. Desde la obediencia, aceptada dócilmente, Dios le fue abriendo nuevos horizontes y nuevos cauces de apostolado. Su visión se fue agrandando: del individuo pasó a la comunidad y de ésta a la Iglesia universal. El podía estar encadenado “como un perro aun poste”, pero la Palabra de Dios no podía quedar encadenada; tenía que correr a través de los medios más oportunos y eficaces.

Al final de su vida podía gloriarse de haber cumplido su misión, en plena fidelidad a las dos notas más típicas del Misionero Apostólico: la pobreza y la predicación[129]. Y éste es, y será siempre, su mejor timbre de gloria en la Iglesia de Dios.

Capítulo III

EVANGELIZACION Y CULTURA EN EL P. CLARET

 A – Algunas características de la cultura decimonónica

A principios del siglo XIX se fragua en casi toda Europa y, como consecuencia, también en las dos Américas, la “nueva cultura”, nacida de la revolución francesa (1789). Esa cultura parte de la élite intelectual y se va difundiendo en las masas, a veces bruscamente y casi siempre como por osmosis lenta y sutil. A ello contribuyen de forma decisiva la política y la prensa.

Por lo que se refiere al aspecto religioso, tal como ya se indicó, la cultura emergente está impregnada:

1 – de liberalismo, de signo radical, que en España persigue a la Iglesia y suprime las órdenes religiosas, quedando así reducido el número y calidad de los evangelizadores, así como su poder temporal, debido a la desamortización;

2 – de jansenismo, que produce terror en las conciencias de la gente sencilla y va sometiendo la fe a un proceso de enfriamiento progresivo;

3 – de indiferentismo y sectarismo, que impide el testimonio de la vida religiosa y el anuncio del Evangelio;

4 – de maquinismo (la técnica galopante), que despersonaliza al hombre, convirtiéndolo en puro trabajador y en máquina de producción;

5 – de ateísmo teórico y práctico, que se produce a medida que el hombre se va sintiendo cada vez más ufano de sus conquistas, y va perdiendo progresivamente sus raíces religiosas y con ellas el sentido de Dios y el sentido de la vida.

Así se va produciendo una ruptura cada vez más grande entre cultura y fe, y una oposición cada vez más tenaz a los valores evangélicos. La Iglesia “oficiar gastó muchas energías en defender valores tradicionales, manteniendo posiciones integristas y conservadoras; tomó conciencia del problema cuando ya era tarde, y su reacción, más de carácter condenatorio que conciliador, no consiguió enlazar el Evangelio con la nueva cultura, a partir de algunos valores de los que era portadora.

 

Por otra parte, la cultura decimonónica contó con algunas realidades positivas, que han facilitado la creación de la sociedad moderna. Destacan entre ellas:

1) la comunicación, que podía llevar más fácilmente a la comunión;

2) el proceso de socialización;

3) el ansia de libertad;

4) el reconocimiento progresivo de la dignidad de la persona humana.

 B – Algunos rasgos de la evangelización claretiana en la cultura de su tiempo

1) El primero es, sin duda, el acercamiento al pueblo, el contacto con el pueblo, por predisposición natural, puesto que Claret, nacido del pueblo, tuvo siempre un alma popular, incluso en medio del fasto de la corte, pero también por elección propia y debido, además, a las circunstancias en las que se desarrolló su misión. “El no esperó nunca que el pueblo acudiera, sino que en el villorrio y en la ciudad colonial, en el palacio y en el suburbio, le buscó con afán verdaderamente paternal, verdadero San Juan de Dios de las llagas sociales de su tiempo”[130].

2) El respeto, la estima y la promoción de todos los valores del pueblo, cuando no se oponen al Evangelio, sino que son o pueden ser punto de encuentro con él: lengua, literatura, música, folklore, usos, costumbres, etc.

3) La atención pastoral a cada una de las circunstancias en las que se encuentra la gente, asumiendo y compartiendo sus problemas: por ejemplo, los enfermos en Viladrau y las víctimas de los terremotos y del cólera en Cuba; así como la atención a las circunstancias ideológicas: por ejemplo el jansenismo en Canarias y las nuevas ideologías de signo ateo en Madrid.

4) El uso de la lengua del pueblo, el modo de expresarse, con un estilo popular, caracterizado por la sencillez y claridad, así como el uso continuo de imágenes y comparaciones populares, para lo que el Señor le había concedido un don especial[131], que todos reconocían como algo incomparable en él[132].

 

5) El uso de las técnicas modernas de la difusión del pensamiento: prensa, ilustraciones, etc.

 C – Momentos más significativos

1-En la época de Cataluña (1840-1848)

– Se acerca al pueblo, especialmente en los viajes y en las conversaciones familiares[133].

– Estudia a fondo, para conocerlas bien, las enfermedades del cuerpo social[134] y da respuesta concreta y moderna: “Como iba misionando, tocaba las necesidades, y, según lo que veía y oía, escribía el librito o la hoja suelta”[135].

– Predica en catalán, a no ser que le indiquen lo contrario (a don Pedro Cruells le pregunta en qué lengua debe predicar el sermón de la luz en Manresa: “Haga el favor de decirme si el sermón de la luz ha de ser en catalán o en castellano”[136]. Solía decir que a la gente se le predica en castellano y se condena en catalán. Por eso insiste en que se predique con el lenguaje del pueblo, lo mismo que se usa la moneda corriente en el país[137]. Y lo hacía con estilo sencillo. Repetía con frecuencia: “Prefiero que me critiquen los gramáticos a que no me entiendan los rudos”[138]. Refiriéndose a la predicación del P. Claret, escribió el poeta Jacinto Verdaguer: “Ya desde los brazos de mi madre me enamoré de aquella predicación tan catalana y tan sencilla como ardiente y heridora”[139].

– Escribe en catalán: el “Camí dret” (1843) y el “Catecisme explica!” (1848), los Avisos a toda clase de personas, multitud de hojas volantes, etc., y arregla y difunde el “Maná del cristiano”, compuesto por el P. Xifré.

En el opúsculo Avisos a las doncellas, escrito en castellano[140], leemos lo siguiente: “Todos los días haré los ejercicios de mañana y noche, que están puestos al fin del librito; ya ves que son muy breves, motivo por el cual nunca jamás los omitas; te los he puesto en catalán, para conformarme al modo como sueles rezar tus oraciones vocales”[141]. Efectivamente, al final del opúsculo figuran esos ejercicios en lengua catalana[142].

– Comienza a usarlas técnicas modernas, sobre todo en la prensa; en la cultura de la velocidad, en que la gente se mueve mucho, quiere que los libros sean pequeños para poderlos llevar de una parte a otra; que tengan ilustra­ciones, lo mismo que las hojas sueltas; que estén adaptados, tanto en el lenguaje como en la presentación, a cada categoría de personas.

– Realiza una decidida acción pacificadora y reconciliadora en una situación de odio y disgregación, provocada por una enconada lucha dinástica y sobre todo ideológica entre los carlistas, defensores del tradicionalismo a ultranza, y los isabelinos, fautores, con frecuencia radicales, del liberalismo.

 2- En la campaña de Canarias (1848-1849)

– Conoció a fondo en muy poco tiempo la situación social y religiosa del clero y del pueblo, dominada por el jansenismo, que había conseguido un triunfo extraordinario[143].

– Conoció el corazón sencillo y sensible de la gente, quedando prendado de tos habitantes de aquellas islas. Poco antes de regresar a la península escribía emocionado, hablando de los canarios: “Me tienen detal manera robado mi corazón que será para mí muy sensible el día en que los tendré que dejar para ir a misionar a otros lugares, según mi ministerio”[144].

– Ve la posibilidad de crear algunos grupos de religiosas en sus casas, y pide con urgencia a su amigo, don José Caixal, que imprima y le envíe el librito que ha dejado ya redactado y listo para la imprenta[145].

– Escribe y publica en 1858, en la ciudad de Las Palmas, el “Catecismo brevísimo, que solamente contiene lo que indispensablemente ha de saber todo cristiano, en espera de recibir el “Catecismo explicado” que se está imprimiendo en Barcelona (será la primera publicación de la Librería Religiosa, en diciembre de 1848). Escribía a Caixal: “Con vivas ansias espero el Catecismo en láminas; me he visto en la precisión de componer uno para éstos; aun de catecismo estaban miserables”[146]. Lo escribió por insinuación, y quizás por mandato, del obispo, don Buenaventura Codina, y ciertamente en poquísimo tiempo. La intención del mismo la indicaba el obispo en la presentación de la obrita: “para obviar los males que se deben originar necesariamente de la ignorancia de las verdades de nuestra santa fe, y de los principios de moralidad que deben dirigir las acciones humanas… para utilidad de los fieles habitantes de estas islas, y principalmente de las gentes de los campos”[147].

– Un detalle mínimo, pero indicador de su sentido y capacidad de comunicación con el pueblo. Un día vio en el hospital de San Martín, de las Palmas, a uno de los asilados, que estaba tejiendo. Claret se acercó a él, dejó su manteo y se sentó en el telar, “mandando bien la lanzadera”, según confiesan testigos presénciales. Después dijo a las religiosas: “También yo he sabido hacer esto cuando era joven”. Y les propuso la compra de un telar para ahorrar trabajo, ofreciéndose él mismo a enseñarles el manejo del aparato. En efecto, bajo su dirección, algunas Hermanas y niñas aprendieron el oficio con desen­voltura[148].

Al regresar de Canarias, cuando ya se ha puesto en marcha la Librería Religiosa, será aún más agudo en el P. Claret ese sentido de inculturación. A Caixal le insiste en la necesidad de conferir un carácter de modernidad a las publicaciones: “Debo repetir lo que ya le tengo dicho otras veces, y me lo advirtieron otros: que sería muy oportuno que diesen a los libros un título interesante, porque hay algunos que tienen el gusto tan extragado con la novedad e inmoralidad, que basta el título para merecer su desprecio y crítica; pero si va vestido con el frac del día, lo leerán y quizás les sucederá lo que al pescado con el anzuelo encubierto de un agradable bocado, que lo devoran con gusto y quedan cogidos; como ha sucedido con las Confesiones de San Agustín, que algunos jóvenes de ambos sexos se han convertido leyéndolas por cu­riosidad de saber los pecados del santo. Por tanto le suplico que lo haga”[149].

 3-En la etapa de Cuba (1851-1857)

• Se informa adecuadamente sobre la situación de la isla de Cuba en octubre de 1850, cuando va a Madrid a recibir el palio de manos del nuncio, Giovanni Brunelli. El mismo nos dice que el día 20 de octubre habló con el ministro de gracia y justicia, don Lorenzo Arrazola, más de dos horas, y el principal asunto fue el de los asuntos de Cuba[150]. “Ya algún tiempo antes de venir a Cuba, traté de informarme del estado de la diócesis…”[151].

– Quiere que la presentación de los libros se adapte a la sensibilidad cubana: “Lo que nos ha traído Rosalía -dice a Caixal- parte se ha perdido por el agua, que lo ha mojado, y parte ha llegado bien. Nos han traído el Camino recto nuevamente impreso, pero de dos maneras encuadernados; los unos están regularmente bien; pero los otros no nos gustan por sus colores negruzcos, fúnebres y feos, poco prensados y mal bruñidos. Tenga la bondad de advertir a los encuadernadores que a los americanos les gustan mucho los colores claros y brillantes, verbi gratia, color de rosa, encarnado claro, amarillo claro, o de canario, carmín claro, azul claro o jaspeado, y por lo tanto que al corte de las hojas les dé siempre alguno de estos colores y al dorso o rótulo de marroquí u otro color encarnado y brillante, pues que a ellos se les ha de prevenir con cosas bonitas. No se olvide usted de esta advertencia que ya tenía hecha desde el principio y, según veo, se les habrá olvidado, pues que nos han enviado estos fúnebres, que nos dan mucha pena”[152].

– Al pedir por enésima vez a don José Caixal ejemplares del “Camino recto” y del “Catecismo explicado”, le dice: “También quisiera que encuader­naran algunos de un poco de lujo, y los demás, aunque con la misma pasta sencilla, pero de color más alegre del corte de las hojas, que los que me llevé no pueden ser más tristes; en ésta gustan mucho de colores alegres, verbi gratia, blanco, de rosa, azul claro, amarillo claro”(24)[153]. En otra ocasión le pide que encuadernen “Caminos rectos” “de tafilete encarnado o dorado, como la otra vez, que así a las señoras les gustan mucho”[154].

– Al pedir a don José Caixal que haga una reimpresión del “Camino recto”, le suplica encarecidamente: “En lugar de la imagen de la Virgen, que está en la página 188, haga poner la Virgen de la Caridad, que es [a] la que tienen más devoción”[155].

– Se preocupa también de los militares, para quienes pide libros a don Manuel Batlle: “Quisiera que me enviaran una porción de libritos Las Hijas del Corazón de María y también de los Militares”[156].

-Se preocupa de que en su diócesis no se infiltren doctrinas perniciosas, contrarias a la fe y a la moralidad; y extrema la vigilancia para evitarlo en la medida de lo posible. “He sabido -escribe al gobernador de Santiago- que…algunos buques han traído del Norte América libros y papeles volantes que no sólo son contrarios a la religión católica, sino también algunos de ellos son subversivos y contrarios a la tranquilidad pública, Y mientras que yo estoy advirtiendo al clero y pueblo de viva voz y por escrito que se guarden de su perniciosa lectura y que me entreguen todos los ejemplares que puedan recoger, espero del celo y religiosidad de vuestra excelencia que hará de su parte lo que está dispuesto por las leyes sobre el particular”[157].

Dos semanas más tarde escribirá una exhortación pastoral a sus dioce­sanos prohibiendo la lectura de Biblias protestantes y otros libros y papeles “inficionados de los errores de los protestantes, porque su lectura es muy de temer que contamine vuestra fe”[158].

– Se da perfecta cuenta de que América no es Europa. Es algo que hoy nos parece obvio, pero que entonces no lo era, debido a la ideología imperante. Cuando trata de que vayan a Cuba dos o tres Hermanas del convento de la enseñanza de Tarragona, escribe a don José Caixal, respondiendo a una petición suya: “Me dice que en la casa haya agua. No sabe usted lo que pide; no están las casas como en Europa; ha de saber que nos hallamos en un nuevo mundo, donde todo es nuevo para los europeos: casas, gentes y costumbres”[159]. En otra ocasión le dice: “Ha de pensar que éste es un país muy diferente de Europa”[160]. Y al año siguiente, con una frase que revela nítidamente su pensamiento: “En el nuevo mundo todo es nuevo. Todos los planes hechos desde Europa no se pueden poner en práctica en América”[161].

– Se encarna plenamente en la realidad cubana, con el deseo de conocer a fondo aquella realidad para evangelizarla adecuadamente. Escribe a la reina el 24 de mayo de 1852: “Ya he recorrido, señora, gran parte de mi vasta diócesis; ya he palpado por mí mismo las llagas de que adolece; he estudiado el mal en sus resultados…”[162]. “No he dejado una parroquia sin visitar, ni ranchería donde, o por mí o por mis compañeros, no se haya verificado la santa misión”[163]. “En tres años que llevo de trabajar en la isla -dice al capitán general-he promovido cuanto bien ha estado a mi alcance, como español y como obispo misionero. Tal vez no hay rincón habitado en mi diócesis que no haya visitado. Así puedo decir que conozco a mis ovejas, y que todas me conocen a mí, y que tal vez no hay mal que yo no hay a palpado y estudiado para aplicarle el remedio por lo que a mí toca”[164].

Al conocimiento sigue la búsqueda de medios oportunos para llevar a cabo su labor pastoral: “Desde que nos hemos encargado de! gobierno de nuestra diócesis para cumplir con la voluntad del Señor, discurrimos de día y de noche acerca de los medios más oportunos para conseguir la felicidad de todas las almas que el Señor nos ha confiado”[165].

– Procura estudiar y aprovecharla religiosidad popular. “La piedad, mejor o peor entendida, se mantiene y conserva. Pues aprovechémonos de este elemento…”[166].

– Trabaja con ahínco como presidente de la Junta de amigos del país, y habla así de sus actividades: “Procurábamos oficina a los muchachos. Cuidábamos de que en la cárcel los presos aprendieran a leer, escribir, la Religión y algún oficio. Así es que en la cárcel teníamos una porción de talleres, porque la experiencia enseñaba que muchos se echaban al crimen porque no tenían oficio ni sabían cómo procurarse el sustento honradamente”(38)[167].

– Respecto de la agricultura, se interesó mucho por este aspecto, tan importante en la vida del país. En 1854 escribió “Reflexiones sobre la agricul­tura”, un opúsculo de 22 páginas, y en 1856 “Las delicias del campo”, un libro de formación de 312 páginas. En la granja agrícola de Puerto Príncipe -obra pionera en su género- él mismo plantó árboles de la isla[168]. En cierta ocasión alaba el café y el mate como medios para acabar con el alcoholismo[169].

– Otra señal de inculturación es la creación de las cajas de ahorro, con su reglamento, y la obra que denominó “La rosa de María” para jóvenes pobres.

El episcopado latinoamericano, reunido en Roma, decía en su petición a León XIII suplicando la beatificación del Padre Claret: “Con toda razón podemos proclamar que el extraordinario arzobispo de Cuba fue celebérrimo en el ejercicio de todas las virtudes y debe ser llamado brillante ejemplo de los obispos americanos; que conjugó siempre la sabiduría y la prudencia del pastor con el celo apostólico del misionero; amó a América de tal forma que, mientras estuvo allí, no se quejó lo más mínimo ni del clima ni de la gente, ni alabó nunca a su patria”[170].

En estas palabras queda reflejada adecuadamente la actitud constante del santo arzobispo, que él mismo exigía e inculcaba a sus misioneros de Cuba, cuando les daba los siguientes “avisos importantísimos para hacer fruto:

1) No quejarse de la gente.

2) No quejarse del clima, tierra, frutos, costumbres, etc., ni hablar de ella.

3) Tener siempre una mansedumbre inalterable.

4) Ser desinteresados, en manera que no vean en nosotros el más pequeño apego al interés ni al regalo.

5) Se ha de ser casto como los ángeles, de modo que no tengan motivo de sospechar, ni siquiera de lo más mínimo, de mujeres, niños, etc.

6) Hemos de ser celosos, píos y devotos, singularmente de María Santísima”[171].

Respecto de las vocaciones religiosas nativas, sobre todo femeninas, al principio tuvo cierta dificultad en admitirlas entre las claretianas, por no consi­derarlas aptas para la vida religiosa en el grupo de las futuras misioneras claretianas[172]. Esto, sin embargo, no significa “ningún tipo de prejucio por la criollez”[173].

Pero en este punto, como en otros -y también aquí se revela admirable­mente su flexibilidad humana- el P. Claret fue evolucionando, al ir conociendo cada vez más afondo la realidad en la que se sentía profundamente inmerso. En 1855 ya no se oponía a las vocaciones nativas: “En cuanto a las señoras que pretenden entrar -dice a la Madre París-, soy de parecer que sus casas les pasen la pensión de la dote…En esta de Puerto Príncipe hay dos o tres doncellas que desean entrar; la una tiene 20 años; yo ya la he visto algún tanto; no dudo que si se logra, será de provecho”[174].

Por lo que se refiere a las vocaciones sacerdotales nativas, las promovió desde el primer momento, con buenos resultados, aunque algunos sacerdotes dejaron que desear y le dieron bastantes quebraderos de cabeza.

4- En la época de Madrid (1857-1868)

– Necesario conocimiento de la naturaleza humana por parte del misionero[175]: “A la manera que un médico que quiere curar a un enfermo debe enterarse primero de la complexión de! enfermo y de la clase de enfermedad que le aflige, lo propio debe hacer un misionero, médico de las enfermedades; ha de conocer, en primer lugar, la naturaleza del hombre, y luego las enfermedades morales y sus causas, aplicando los remedios oportunos”[176].

A los obispos les aconseja: “Cada obispo tendrá un señor canónigo u otro sacerdote de mucho saber, celo y demás virtudes, encargado de leer todos los boletines del Reino, y algunos de los periódicos principales, al fin de estar al corriente de lo más perentorio y principal que vaya ocurriendo, y de ello dará conocimiento al prelado…”[177].

– Accesibilidad al pueblo, por su talante sencillo y su forma de predicar adaptada a la gente sencilla. “El pueblo, el verdadero pueblo, le escuchaba siempre con respeto y con entusiasmo, llenaba los templos donde predicaba en la corte y aprendía más en un sermón del señor Claret que en veinte de otros oradores…Mas no era esto [las conversiones que obraba] solamente porque el vulgo le entendiese y hablaba a medida de su capacidad. Había una razón especial para que su palabra fuese eficacísima aun entre ¡os literatos y personas muy ilustradas, y es ese fervor santo, hijo de la convicción, de la caridad, de la sencillez, de la integridad de un conciencia pura y verdaderamente católica que designamos con el nombre técnico de unción evangélica”[178].

– El sentido de inculturación le mueve a cristianizar la cultura desde dentro. Para ello creó la Academia de San Miguel, con el fin de que la luz del Evangelio invadiera el mundo de la literatura y del arte.

 

– El mismo sentido de inculturación le lleva:

1) a escribir mucho porque la gente tiene hambre de leer;

2) a dar títulos llamativos a sus obras, en consonancia con la cultura y el progreso de su tiempo: El ferrocarril. Tardes de verano en La Granja, etc;

3) a publicar libros de formato pequeño, porque la gente se mueve mucho y los libros grandes ni los lleva consigo en los viajes ni los soporta.

– Recomienda a los seminaristas el estudio de las lenguas para poder confesar y estar al corriente de las ideologías modernas: Se aplicarán al estudio de las “lenguas, singularmente la francesa, inglesa, italiana y alemana. Como en el día se viaja tanto, se hace una necesidad para poder oír en el sacramento de la Penitencia a muchos extranjeros que piden confesión en los hospitales, casas particulares, y no pocos piden en las iglesias; además es una necesidad el saber la lengua alemana en el día, a fin de poder hacer frente a los errores que de aquella nos vienen”[179]. Y en una nota cuenta su experiencia en Madrid y Roma: “Al escribir estas líneas se cumplen tres años que nos hallamos en Madrid, y durante estos tres años hemos confesado con muchísima frecuencia a fran­ceses, italianos, ingleses y alemanes, y por esto conocemos la necesidad que hay de saber estos idiomas. Permaneciendo en Roma por los años 1839 y 40, tuvimos el gusto de conocer al Emo. Sr. Cardenal Mezzofanti, que sabía y hablaba con perfección cuarenta y tres idiomas, y empezó a aprender estas lenguas para poder confesar a extranjeros; imitemos este grande ejemplo en la aplicación y en la intención”[180].

– Otro ejemplo notable de esa actitud de adaptación e inculturación evangélica lo encontramos en una carta a la hermana Dolores Palles de San Estanislao, maestra de novicias de las Carmelitas de la Caridad, escrita el 24 de abril de 1867. En ella le decía: “Respecto [a] la doctrina cristiana el señor nuncio quiere que todas las Hermanas enseñen el catecismo que Dios se ha valido de mi insignificante persona para dar a luz; en Cataluña lo enseñarán en catalán, y en Castilla en castellano, y empezar en el noviciado para aprenderlo en catalán, y esto usted lo podrá hacer en ese noviciado a fin de que las novicias lo aprendan y después lo puedan enseñar en los establecimientos en que sean enviadas. En la Librería Religiosa de Barcelona se ha reimpreso dicho catecismo, y a mi cuenta puede usted pedir doscientos, que yo regalo a ese noviciado”[181].

 5- En la etapa de París y Roma (1868-1870)

También en esta última etapa de su vida encontramos algunos rasgos de inculturación en su misión evangelizadora:

– En París funda la Asociación de la Sagrada Familia para los emigrantes españoles y latinoamericanos: “Dios Nuestro Señor se ha querido valer de mí para fundar unas conferencias de la Sagrada Familia, Jesús, José y María, para favorecer a tos españoles, hombres, mujeres y niños, que vengan a ésta de la península o de América. En ésta tos extranjeros necesitan protección, o si no, se desesperan, se suicidan (quedé horrorizado el otro día cuando leí que los que se suicidan en París son 1.200 por año). “Por ahora quedarán dos conferencias de la Sagrada Familia: una de señores y otra de señoras, cuyo objeto es amparar, proteger, dar colocación a cuantos españoles se presenten. A todos les ha parecido muy bien. En la última conferencia espiritual o sermón que les hice les expliqué el plan, hicimos una colecta para pagar los gastos de la iglesia, y lo que quedara les dije sería para empezar las conferencias de la Sagrada Familia. Se recogió una suma de consideración, y en efecto así ha sido”[182].

Este último destello social, al comprender la realidad de la emigración y sus problemas, revela de forma admirable la preocupación concreta y eficaz del P. Claret por los hombres tal vez más desamparados de su tiempo.

– En Roma durante los años 1869 y 1870, tenemos aún dos rasgos de ese afán de inculturación claretiana:

1) En los ejercicios espirituales hechos en la ciudad eterna del 5 al 14 de octubre de 1869, hizo el siguiente propósito sobre el cual versaba también su examen particular: “Conversaciones familiares con los enfermos en los hospi­tales de paisanos y soldados. En las calles y en donde se presente ocasión, la materia será de religión, de los sacramentos, del santísimo rosario, etc. A todos me dirigiré según se presente oportunidad, pero singularmente a los niños y niñas, soldados, dándoles una medalla, estampita, etc.”[183]. Para ello, como es natural, necesitaba hablar con suficiente corrección y soltura la lengua italiana. De ahí que su primer propósito en 1870 sea éste: “Hablar siempre en italiano”[184].

2) Para poder realizar el apostolado de evangelización callejera, según se lo permitían las circunstancias, copió de su puño y letra las preguntas y respuestas principales del Catecismo de Belarmino en italiano[185].

“Una de las características del Claret misionero era su sensibilidad para captar el alma popular, su capacidad de entrar en comunión y compenetrarse con el pueblo, fruto de sus dotes de bondad humana y de sus ansias apostólicas. Su evangelización no partía de una autosuficiencia de laboratorio que impone sus métodos y programaciones, sino que partía de una experiencia de la realidad”[186]. El estudio de la realidad a evangelizar es una constante en la actividad apostólica del P. Claret, ya desde joven[187].

A raíz de la beatificación de nuestro santo, el cardenal Goma trazó un hermoso retrato del P. Claret, en el que decía: “Hombre de gran talento y corazón ardiente, de espíritu magnánimo y emprendedor, de fuerte complexión, de inagotable optimismo, todo lo canalizó en una tendencia inflexible: ganar almas para Dios. Su vida, aun tan desparramada y pródiga como aparece en su historia, se encierra, como en círculo de hierro, en el ámbito de estas palabras de San Pablo, tan indivisibles como un pensamiento, tas vastas como los senos de un espíritu dilatado por esta sed divina que se llama celo: “Me hago todo para todos para ganarlos a todos para Jesucristo”[188].

 Notas

[1] PIÓ XI: Magnus vocabitur, 25 febrero 1934: AAS 26 (1934) 174.

[2]AGUILAR, F. de A., Vida del Exorno, e limo. Sr. D. Antonio María Claret, misionero apostólico, arzobispo de Cuba y después de Trajanópolis (Madrid 1871) p. VI.

[3]Cf. ALVAREZ. J., El P. Ormiéres, en Congregación de Hermanas del Ángel de la Guarda: Documentos fundacionales (Madrid 1983) pp.31-38.

[4] Carta a don Pedro Cruells, 3 abril 1847: EC, l , p. 209.

[5] CLOTET. J., Resumen de la admirable vida del Excmo. e limo. Sr. Don Antonio María Claret y Clará (Barcelona 1882) p.123.

[6] Aut. n. 449.

[7] Aut. n. 450.

[8] Aut. n. 42.

[9] Carta a don Luciano Casadevall, 7 abril 1852: EC, I, pp.631.

[10] Carta al P. Esteban Sala, 4 noviembre 1852: EC, I, pp.704-705.

[11] Carta del P. Pedro García. S.J.: HD, l, p. 616.

[12] Aut. n. 357.

[13] Aut. n. 311.

[14] Aut. n. 694.

[15] Aut. nn. 695,685.

[16] EC, I, pp.646-647; cf. Aut. n. 685.

[17] VIÑAS. J. M., La “misión” de San Antonio María Claret. en EA, p. 34.

[18]CCTT. p. 602.

[19]Cf. los nn. 340-448.

[20] Cf. MCH 156-159.

[21] CMT: EE, p. 344.

[22] Ib.

[23] Ib.

[24] Ib. p. 345.

[25] Ib.

[26] Carta al Capitán General de Cuba, 28 marzo 1851: EC, I, pp. 484-485.

[27] Carta al P. Domingo Ramonet, 26 junio 1861: EC, II, p.316.

[28] Aut. n. 631.

[29]Instrucción importantísima: cf. CCTT, p. 620.

[30] Ejercicios a CMF, 1865: cf. CCTT, p. 584.

[31]El egoísmo vencido: EE, p. 422.

[32] ALSINA, M. Circular del 24 octubre 1920: “Anales CMF” 17 (1919-1920) 661.

[33] Cf. EC, I, p. 145, nota 7.

[34] Cf. EC, I, pp. 147-149; HD, I, p. 525.

[35] Cf. VIÑAS, J. M., BERMEJO, J., Introducción [a la Autobiografía de San Antonio María Claret] (Barcelona 1975) p.15.

[36] CMT, n.2: EE, p.344.

[37] MCH, n. 57-62.

[38] LOZANO, J. M., Un místico de la acción (Barcelona 1983) p. 210.

[39]LEGHISA, A., El Corazón de María y la Congregación en el momento actual (Roma 1978) p. 10.

[40] GARCÍA, N., Circular sobre la nota más característica del Hijo del Corazón de María: Navidad de 1945: “Annales CMF” 38 (1946) 248.

[41] VIÑAS, J. M.-BERMEJO, J., Introducción a la Autobiografía: EA p. 90.

[42] Epistolario de Paladio Currius.

[43]Cf. LOZANO, J. M., o. c., p.339.

[44] Ib. p.340.

[45] Ib.: Archivo Prov. de Toledo S. J., n. 139, fol. 29-30.

[46] Aut. n.638-639, 702-708, 869.872.

[47] Carta al P. Xifre, 16 noviembre 1869: EC, II, p. 1431.

[48] Carta a Curríus, 2 octubre 1869: EC, II, p.1423. –

[49] CLARET, El egoísmo vencido: EE, p.417.

[50] CLARET, Avisos a un sacerdote, apéndice: EE, p. 259.

[51] Carta al nuncio: 2 febrero 1864: “Annales CMF”35 (1939) 165; EC, III, p. 446, nota 5.

[52] Carta al nuncio: 12 agosto 1849: EC, I, p. 305.

[53] Carta al Capitán General de Cuba: 28 marzo 1851: EC, I, p. 484.

[54] Aut. n.762.

[55] Constituciones CMF, 1857, n.2.

[56] Carta al nuncio: 2 febrero 1864: “Annales CMF”35 (1939) 165; EC, III, p. 446, nota 5.

[57] Cf.HD, I, p. 227.

[58] Carta a don José Caixal: 5 agosto 1848: EC, I, p. 276.

[59] Al obispo de Vic: 27 septiembre 1847: EC, I, p. 280.

[60] Al obispo de Vic: 7 abril 1852: EC, I, p. 630.

[61] A don Lorenzo Arrazola: 1853: EC, I, p. 829.

[62] Al obispo de Urgel: 21 enero 1856: EC, I, p. 1167.

[63] Carta a don José Caixal: 15 junio 1852: EC, I, p. 659.

[64]”Diario Redactor”: 7 julio 1854, cit. en HD, I, p. 696.

[65] Carta al P. Xifré: 20 agosto 1861: EC, II, p. 350.

[66] Cf. XIFRÉ, J., Crónica de la Congregación: “Anales CMF” (1915) 190.

[67] MCH, n. 67

[68] Constituciones CMF, 1865, n. 63.

[69] MCH, n. 68.

[70] Cf. XIFRÉ, J, Espíritu de la Congregación (Madrid 1892) p. 22; ALSINA. M., Circular del 14 octubre 1920: “Annales CMF” 17 (1919-1920) 660; ALONSO, G., Claretianos: una comunidad, una misión (Buenos Aires 1976) p. 5.

[71] Aut., n. 452.

[72] LOZANO, J. M., Un místico de la acción (Barcelona 1983) p. 172.

[73] LEGHISA, A., o. C., p. 10.

[74] Cf. EA, pp. 416-418.

[75] LEGHISA, A., o.c.p.11.

[76] MCH, n. 162.

[77] MCH, n. 161.

[78]Cf. LOZANO, J. M., o.c., pp.303-304.

[79] Cf. Aut. nn.8-15.

[80] Cf. Aut. nn. 16. 204.

[81] Cf. Aut. nn. 154-164.

[82] Cf. Aut. nn. 154-164.

[83] Cf. Aut. n.9.

[84] Cf. Aut. n.753; Propósitos 1863: EA, p. 567.

[85] VIÑAS, J. M., Imagen del apóstol claretiano seglar, en: BERMEJO, J., El apóstol claretiano seglar (Barcelona 1979) p.30-31.

[86] Aut. n.367.

[87] Cf. CMT: EE, pp.353-359.

[88] LEGHISA, A., o.c. p.15.

[89] Cf. EA, p.442.

[90] Cf. Aut. nn. 222.297-299.

[91] cf. EA, p.443.

[92] Cf. Petición a la Santa Sede, agosto 1845: HD, I, p.525.

[93] Instrucción importantísima: cf. CCTT, p.618.

[94] Carta al Nuncio: 12 agosto 1849: EC, I, p.305.

[95] XIFRÉ. J., Crónica de la Congregación: “Anales CMF” 15(1915) 90.

[96] Carta al Nuncio: 12 agosto 1846: EC, I. p.305.

[97]Cf. Aut. nn. 488-489.

[98] Cf. CCTT, p.27; XIFRÉ, J, Crónica de la Congregación: “Males CMF” 15 (1915)190.

[99] VIÑAS, J. M., Introducción a CMT (Roma 1979) p. 7.

[100] Constituciones CMF, 1857, n. 2.

[101] Carta al Nuncio: 12 agosto 1849: EC, I, p.305.

[102] Ib.

[103] Cf. LOZANO, J. M., Un místico de la acción (Barcelona 1983) pp.311-312.

[104] Carta al P. Esteban Sala: 4 noviembre 1852: EC, I, pp.704-705.

[105]Cf.HD. l, p. 616.

[106]Carta al P. Esteban Sala: 4 noviembre 1852: EC, I, p.705.

[107] Ib.

[108]Ib.

[109] Carta a Isabel II: 1851: EC, I, p.515.

[110] Ib., p.522.

[111] Carta a don José Caixal: 6 julio 1851: EC, I, p.554.

[112] Carta a Isabel II: 1851: EC, I, p.515.

[113] Ib., p.518.

[114] LOZANO, J. M., o.c., p.172.

[115] Cf. VIÑAS, J. M., La “misión” de San Antonio María Claret; EA, p.73.

[116] Cf. HD, l.p. 34’1

[117] Cf. Aut. nn. 562ss.

[118] Carta a don José Caixal: 27 abril 1853: EC, I, p. 791.

[119]Cf. Aut. n.101.

[120] Cf. ROPS, D., L’Église des révolutions (Paris 1960) pp. 573-606.

[121] Cf. EA, pp. 453-456,493-501.

[122] Cf. LOZANO, J. M., o.c., p 175

[123] Cf. CLARET, Reglas del instituto de los clérigos seglares que viven en comunidad, prólogo: EE, pp. 316-320; VIÑAS, J. M., La “misión” de San Antonio María Claret: EA, p. 39.

[124]CLARET, Las bibliotecas populares y parroquiales (Madrid 1864) p.19.

[125] Carta al Nuncio: febrero 1864; cf. Apuntes de un plan para conservar la hermosura de la Iglesia (Madrid 1865) pp.40-41.

[126] Constituciones CMF, 1865, II, p. 63.

[127] Carta al P. Xifré: 16 julio 1869: EC, II, pp. 1406-1407.

[128] Mss. Claret, X, p. 95.

[129] Carta a don Paladio Currius: 12 octubre 1869: EC, II, p. 1423.

[130]ANÓNIMO, Actualidad claretiana: Templo” (el propagador de la devoción a San José), año LXXXV, mayo 1950, p.1.

[131] Aut. n. 299.

[132] Cf. EC, I, pp. 32-39.

[133]Aut. nn. 461,334-336.

[134] Aut. n. 357.

[135] Aut. n. 315.

[136] Carta de 16 de enero 1844: EC, I, p.131.

[137] CMT, en EE, pp.365-366.

[138] Mariano Sanias al P. Jaime Clotet, 3 de abril de 1882: CLOTET, Resumen de la admirable vida del Excmo, e limo. Sr. Don Antonio María Claret y Ciará (Barcelona 1882) p.264.

[139] Veus del Bon Pastor, dedicatoria: Obres completes (Barcelona 1964) 5a ed., ti., p.521.

[140] Trullás, Vich, 1844.

[141] ed. cit. ,p. 4

[142] p.34-39.

[143]Cf. Carta al ob. de Vic, 27 septiembre 1848: EC, I, p. 280.

[144] Carta de don Luciano Casadevall, 27 de septiembre de 1848: EC, I, p. 280.

[145] Cf. Carta a Caixal, 5 agosto 1848: EC, I, p. 275.

[146] Ib.

[147] CLARET, Catecismo brevísimo que solamente contiene lo que indispensablemente ha de saber todo cristiano (Las Palmas 1848) p.3.

[148]Cf. GUTIÉRREZ, F., San Antonio María Claret apóstol de Canarias (Madrid 1969) p.360.

[149] 7 julio 1850: EC, I, pp.405-406.

[150] Carta a Caixal, 20 octubre 1850: EC, I, p. 421.

[151] Carta a la reina, 1851: EC, I, p. 517.

[152] 15 junio 1852: EC. l. pp. 658-659.

[153]6 Julio 1851: EC, I, pp. 553-554.

[154] 27 abril 1853: EC, III, p. 18.

[155] 27 de abril de 1853: EC, \tt, p. 138.

[156] 25 agosto 1851: EC, I, p.595.

[157] Carta del 7 de marzo 1854: EC, i, p. 957.

[158] 22 marzo 1854: EC, I, pp.963-971.

[159] 28 septiembre 1851: EC, i, p. 602.

[160] Carta a don José Caixal, 11 febrero 1852: EC, I, p.623.

[161] Carta del 24 septiembre 1853: EC, I, pp.891-892.

[162] EC, I, p.647.

[163]Carta a Lorenzo Arrazola (mayo 1853): EC, I, p. 830.

[164] Carta escrita hacia primeros de marzo de 1854: EC, I, p. 955.

[165] Carta a los párrocos, 27 mayo 1851: EC, I, p.512.

[166] Carta a la reina, 24 mayo 1852: EC, I, p. 650.

[167] Aut. n. 571.

[168] Cf. Aut. n. 657.

[169] Cf. Las delicias del campo (Barcelona 1860) pp 190-191.

[170]”lure meritoque proclamare possumus praestantissimum Archiepiscopum Cubanum extitisse celeberrimum in virtutibus ómnibus exercendis et fulgidissimum Americanorum Praesulum exemplum nuncupandum; sapientiam vero et prudentiam Praesulis cum Missionarü apostólico zelo semper conlunxisse; ita Americam dilexisse, ut, dum, ibi permaneret, nullam levem querelam moveret nec de dimate nec de alus, ñeque patriam suam laudaref.EI documento está fechado en Roma el 16 de julio de 1899.

[171] Mss. Claret, XI.41. Publicado en “Claret Nunc”, t.l, n.11, p.41.

[172] Cf. Carta a don Paladio Currius, 15 de octubre de 1853: EC, I, pp.771-772.

[173] LEBROC, R. G., Cuba: iglesia y sociedad (1830-1860) (Madrid, 1977) p.175.

[174] 11 diciembre 1855: EC, I, p. 1160, que equivoca el mes, poniendo “octubre”.

[175] Cf. CMT, cap. lll: en EE, pp. 353-359,

[176] Ib., p. 353.

[177]Apuntes de un plan para conservar la hermosura de la Iglesia, Aguado (Madrid 1865) segunda ed, p. 43, nota 1.

[178] Vicente de la Fuente, en AGUILAR, F., Vida del Excmo. e limo. Sr. D. Antonio María Claret (Madrid 1871) pp.310-311.

[179] El colegial instruido. I, pp.202-203.

[180] Ib., nota.

[181]EC, II, pp. 463-464.

[182] Carta a doña Jacoba Balzola, 28 marzo 1869: EC, II, p. 1375.

[183]Pp. 585-586.

[184] EA, p. 586.

[185] Mss. Claret, XII, 391-396.

[186] CABRÉ, A.,San Antonio María Claret (1807-1870), un obispo misionero en la evangelización de la “viña joven”, en Testigos de la fe en América Latina (Estella 1982) p. 102.

[187] Cf. Aut. nn. 33,171,475,545,717-728,729-735.

[188] “El Correo Catalán”, 25 febrero 1934. Publicado por VILA, F., La beatificación del P. Claret (Madrid-Barcelona 1936) p. 141.