11 – Fundamento Carismático de la Misión Claretiana-II

Prefectura General de Formación Roma, 1991

FUNDAMENTO CARISMÁTICO DE LA MISIÓN CLARETIANA

(SEGUNDA PARTE)

Jesús Bermejo, cmf

 

ÍNDICE

SIGLAS PRINCIPALES

Capitulo I EVANGELIZACION EN LA LINEA DEL PROFETISMO LIBERADOR

A – Claret: una vocación profética

B – La fortaleza claretiana

1. En Cataluña

2. En Cuba

3. En Madrid

C – Evangelización en la línea de la auténtica liberación cristiana

1. En la etapa catalana

2. En la época cubana

3. En los años de Madrid

Capitulo II

EVANGELIZARE PAUPERIBUS MISIT ME DOMINUS

A – La misión de Claret: evangelizar a los pobres

B – Claret, misionero popular

C – Preferencia por los pobres

D – Al lado de los pobres

1. En su juventud

2. En la época de Cuba

3. Durante los años de Madrid

E – Desde un estilo de vida radicalmente pobre

Capitulo III CLARET PROMOTOR DE EVANGELIZADORES

A – Seglares

I. Claret, promotor de la espiritualidad y del apostolado seglar

II. Formas organizadas de apostolado seglar

1. Asociaciones de oración apostólica

2. Asociaciones de acción apostólica Primer grupo:

-Hermandad de la Doctrina Cristiana Segundo grupo:

-Hermandad espiritual de buenos libros (1846)

-Academia de San Miguel

a) Origen y aprobación

b) Objetivos

c) Estructura

d) Estilo de vida de los asociados

e) Miembros y resultados

f) Extensión

-Bibliotecas populares y parroquiales (1864)

3. Asociaciones seglares en que la acción apostólica va unida a la consagración evangélica en diverso grado

a) Las Religiosas en sus casas o Hijas del Inmaculado Corazón de María (1847)

b) Los sacerdotes seglares que viven en comunidad

c) Integración del apostolado seglar con el apostolado sacerdotal

d) Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María y amantes de la Humanidad (1847)

e) La Cofradía del Corazón de María ampliada (El ejército del Corazón de María (1864)

B. Claret, promotor de sacerdotes evangelizadores

1. Discípulos y compañeros

2. Las comunidades sacerdotales

C. Claret, promotor del apostolado de los religiosos

D. Una amplia organización apostólica

4. Resumen y conclusión

CONCLUSIÓN GENERAL

SIGLAS PRINCIPALES

AAS – “Acta Apostolicae Sedis”.

AG – Ad gentes. Decreto del Concilio Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia.

AH – Archivo Histórico de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Madrid 1915), vol. I.

AN Madrid – Archivo de la Nunciatura Apostólica en Madrid. ASV – Archivo Secreto Vaticano.

CCTT – LOZANO, J. M., Constituciones y textos sobre la Congregación de Misioneros. Ed. preparada por Juan María Lozano. CMF (Barcelona 1972).

CMT – CLARET, Carta al Misionero Teófilo. Publicada en EE.

CPR – XX Capítulo General: El claretiano en el proceso de renovación congregacional (Roma 1985).

DC – Documento sobre el carisma de la Congregación: Capítulo General de 1968.

EA – SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Escritos autobiográficos. Ed. preparada por José María  Viñas y Jesús Bermejo, CMF, BAC (Madrid 1981).

EC – Epistolario Claretiano. Ed. preparada por José María Gil, CMF (Madrid 1970-1987) 3 tomos.

EE – SAN ANTONIO MARÍA CLARET. Escritos espirituales. Ed. preparada por Jesús Bermejo, CMF, BAC (Madrid 1985).

EN – Evangelii Nuntiandi, exhortación apostólica de Pablo VI.

HD – FERNANDEZ, C., El Beato Antonio María Claret. Historia documentada de

Capítulo I

EVANGELIZACION EN LA LINEA DEL PROFETISMO LIBERADOR

A – Claret: una vocación profética

A quien conoce, aunque sólo sea superficialmente, la vida de San Antonio María Claret le resulta sumamente fácil advertir la profunda raíz profética de nuestro santo. Toda su vida está envuelta en esa luz, que nace del Antiguo Testamento y se revela en toda su plenitud en Cristo, el gran profeta y misionero del Padre.

En primer lugar, conviene advertir que la vocación de Claret nació con fuerza extraordinaria al contacto con la Palabra de Dios y especialmente a través de la lectura carismática de los profetas.

A partir del otoño de 1830, cuando llevaba un año en el seminario de Vic, comenzó a sentir la llamada divina a través de la Escritura. Ya antes el texto del “quid prodest?”[1], que había sido determinante en la conversión de San Francisco Javier, consiguió arrancarle del estado de frialdad espiritual en el que se encontraba en Barcelona: “Esta sentencia me causó una profunda impre­sión…, fue para mí una saeta que me hirió en el corazón”[2].

La Palabra de Dios, que le arrancó violentamente del mundo, le va impulsando a la misión profética-evangelizadora, cada vez con mayor insistencia y claridad, de 1831 a 1839. Diversas experiencias provocaron el nacimiento de la vocación apostólica y su ulterior desarrollo y confirmación, entre ellas la oración, la lectura de las vidas de tos santos y otras lecturas espirituales; pero la lectura carismática de la Biblia fue decisiva: “Lo que más me movía y excitaba era la lectura de la Biblia, a la que siempre he sido muy aficionado. Había pasajes que me hacían tan fuerte impresión, que me parecía oír una voz que me decía a mí mismo que leía. Muchos eran estos pasajes”[3]. En muchas partes de la Biblia sentía la voz del Señor que me llamaba a predicar”[4]. Se trató, sin duda, de un fenómeno extraordinario, producido bajo una moción especial del Espíritu. Así lo evidencian la fuerza, la insistencia y persistencia de aquellas mociones y su carácter marcadamente profético. La Palabra de Dios fue haciendo de Claret un gran testigo y un mensajero incansable de esa misma Palabra:

– le impulsó a consagrarse totalmente al apostolado;

– le hizo ver proféticamente su ministerio y sus padecimientos que le había de ocasionar;

– le hizo ver, además, la fuerza y la eficacia que Dios mismo, con su presencia indefectible, iba a conferir a su misión evangelizadora.

De estos textos vocacionales Claret nos ha dejado tres listas, en parte coincidentes y en parte divergentes. La primera la encontramos en el documento autobiográfico número IV: “Esto lo entendí siendo estudiantito”, que parece remontarse a los años entre 1831 y 1835[5]. La segunda está en la “reseña de su vida”, escrita en 1856[6], La tercera aparece en la Autobiografía, escrita en 1861[7]. Los textos que le excitaban y conmovían eran muchos; pero él ha seleccionado los que para él fueron más importantes e incisivos: “Muchos eran esos pasajes, pero singularmente los siguientes…”[8].

Si tomamos esos textos globalmente, podemos dividirlos fácilmente en dos categorías: proféticos y evangélicos. Y aquí nos encontramos ya con una doble sorpresa: los textos del Antiguo Testamento abundan más que los del Nuevo; y en la Autobiografía, que es una reflexión realizada en plena madurez sobre su vocación y vida misionera, excluye por completo los textos evangélicos, con lo que parece darnos a entender que fueron sobre todo los textos proféticos los que suscitaron su vocación. No obstante, conviene advertir que el Padre Claret no contempla esos textos bajo una óptica puramente velero-testamentaria o picada de jansenismo, sino bajo una luz fuertemente neotestamentaria y cristológica. En realidad, el pasaje principal, que Dios le hizo entender “de un modo muy particular” es el conocido “Spiritus Domini super me, et evangelizare pauperibus misit me Dominus, et sanare contritos cordis”[9]. Al citarlo de memoria, cuando escribe la Autobiografía, quiso, sin duda, reproducir el texto de. Isaías 61,1, pensando en Lucas 4,18, aunque no cita ni el uno ni el otro textualmente. Pero, por otra parte, como se sabe, Jesús se aplicó a sí mismo el texto de Isaías para justificar su misión.

San Antonio María Claret, en la contemplación de Cristo misionero se sintió invadido y ungido por el Espíritu y enviado a predicar el Evangelio. Se vio, por voluntad del Padre, personalmente implicado y comprometido en la misión de Jesús. Ese pasaje, como el del “quid prodest?”, fue para Claret palabra sustancial, que tocó las fibras más íntimas de su ser, marcándole un destino definitivo. Los demás textos proféticos lo que hacen es precisar algunas modalidades de esta vocación misionera: la gratuidad de la vocación[10]; la providencia de Dios sobre su enviado[11]; enemigos, persecuciones y confirma­ción de la asistencia divina[12]; efectos de la misión[13]; destinatarios: los menesterosos y los pobres[14]; la vigilancia, como el centinela[15]; y la obliga­ción de anunciar el mensaje[16].

Produce cierta sorpresa el hecho de que no haya consignado en la Autobiografía dos textos evangélicos importantes, que figuran, tanto en el documento autobiográfico IV como en la “reseña de su vida”. El primero, del Evangelio de la infancia, dice: “¿No sabíais que yo debía emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?”[17]. El segundo se refiere a la pobreza: “Las raposas tienen guaridas y las aves del cielo nidos; mas entiende que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza”[18]. Podemos aventurar una hipóte­sis de explicación, que tal vez no se aleje mucho de la realidad. La Autobiografía, escrita, como se sabe, por obediencia al Superior General, P. José Xifré, tiene una indudable intención pedagógica. Claret no pretendió decirlo todo, sino aquello que pudiera ser útil a los misioneros en orden al afianzamiento vocacional y a la vivencia de la espiritualidad y de los contenidos de la misión. Y él sabía que sus misioneros, arraigados en la propia vocación, se preocupaban de las cosas del Padre y vivían el espíritu de pobreza que él les había inculcado a través de las Constituciones y en los contactos personales que mantenían con él. Tal vez por eso no sintió la necesidad de repetir esos textos, ya bien trillados y conocidos. En cambio, sí que le interesaba insistir en esas líneas de los profetas, que tanto habían influido en su propia vocación y misión.

La constatación anterior nos lleva a otra que puede parecer aún más sorprendente. Claret, al ofrecernos la visión de su vocación y misión, se identificó más con los profetas del Antiguo Testamento que con los mismos Apóstoles, si exceptuamos a San Pablo, que era quien más le entusiasmaba[19]. Parece, pues, legítimo concluir que el P. Claret tenía conciencia del carácter profético extraordinario de su vocación, como profeta elegido por Dios en un momento crucial de la Iglesia y del mundo, para responder a determinados desafíos de renovación en las complicadas circunstancias históricas de su tiempo. No sería aventurado afirmar que él se sentía como un profeta del Antiguo Testamento, situado en el Nuevo. Los profetas del Antiguo Testamento anticipan la realidad de la salvación, mientras que los del Nuevo la descubren y la realizan. Pero coinciden con algunos rasgos fundamentales, entre los que destacan los siguientes:

1) El carácter extraordinario de su vocación.

2) La conciencia de hablar en nombre de Dios.

3) Un fuerte deseo de pureza interior.

4) La clarividencia en juzgar la situación del pueblo y en señalar remedios a los problemas que le afectan.

5) La vuelta a las fuentes: a la sencillez y a la pobreza.

6) La insistencia en recordar el primado del amor sobre cualquier otro valor.

7) La invitación a los consagrados para que vivan con coherencia su propia consagración.

Todos estos rasgos convergen con extraordinario relieve en la vocación-misión de San Antonio María Claret.

1 – El carácter extraordinario de su vocación se manifiesta no sólo en el modo de ser llamado, a través de mociones e iluminaciones singulares, sino también en el hecho de que Dios le confió una misión extraordinaria: la de ser principio de regeneración de la Iglesia de su tiempo y padre espiritual de una amplia familia de evangelizadores.

2 – Su conciencia de ser auténtico profeta, que tenía que hablar en nombre de Dios y con su asistencia indefectible, se revela en la conciencia de haber sido elegido como instrumento de salvación, sintiéndose saeta en las manos de Dios o de la Virgen[20], bocina soplada por otro[21], ministro o quijada de asno en las manos del Señor[22]. También el otro aspecto, menos importante, de visión anticipada o profunda, aparece con claridad en las numerosas profecías que se le escapaban hablando, predicando o escribiendo: los terremotos o la peste en Cuba, la facilidad para leer en la conciencia de los demás, etc.

3 – Su deseo incoercible de pureza interior aparece bien claro, en primer lugar para sí mismo, en el esfuerzo ascético sostenido a lo largo de toda la vida; y luego, respecto de los demás, en su ardiente deseo de salvar a los pecadores, excogitando y poniendo en práctica múltiples medios para ello, y en su actividad incansable por elevar a muchas personas a las cumbres de la santidad, sobre todo por medio de una dirección espiritual comprensiva y flexible, pero también exigente.

4 – Su clarividencia en juzgar, a la luz de la fe, la situación del pueblo y en señalar y aplicar los remedios oportunos, es patente en su” atención vigilante a la realidad que lo circunda, en el estudio profundo de la misma y en la oportuna aplicación de tas medios pastorales más modernos y eficaces, tanto en Cataluña y Canarias como en Cuba, en España entera e incluso a nivel de Iglesia universal. Esta misma clarividencia aparece también en su comprensión de lo que Dios le iba a pedir a la Iglesia del futuro: el apoliticismo total del clero; el apostolado de los seglares, no como privilegio sino como deber intrínseco del bautismo; la necesidad de los concilios como fuerza regeneradora de la misma Iglesia; la creación de institutos seculares como fermento evangélico en el corazón del mundo; un influjo más eficaz de la Virgen, como Madre y medianera, en el pueblo de Dios; la vuelta del clero y de los religiosos -por medio de una reforma eficaz, sobre todo espiritual- a un tenor de vida más decididamente evangélica.

5 – Su deseo de realizar una vuelta a las fuentes de la vida cristiana, sobre todo a la sencillez y a la pobreza, fue siempre una de sus preocupaciones fundamentales. En este punto, como en tantos otros, comenzó a ser profeta de sí mismo. Este es tal vez el aspecto que con mayor insistencia ponen de relieve los que le conocieron y le trataron de cerca: el hecho reconocido de que un hombre, que pudo llevar una vida rica y ostentosa, prefiriera en todo momento una vida sencilla y pobre, hasta extremos increíbles, tanto en la vivienda como en el modo de vestir, de comer, de viajar, etc. Y lo que él eligió como propósito inquebrantable, lo propuso también a la Iglesia de su tiempo: obispos, sacer­dotes, religiosos y misioneros, porque en estos tiempos -decía a la Madre París-“Dios quiere que se dé un público testimonio a favor de la pobreza”[23].

6 – Su insistencia en recordar el primado del amor por encima de los demás valores -que quedan relativizados frente a este realidad que no pasará[24], porque es la mayor de todas las virtudes[25]- se manifiesta no soto en su insistencia en hablar de la caridad y exhortar a ella, sino también en su celo misionero arrebatador y eficaz. Su amor a Dios, a la Virgen y al prójimo en ciertas ocasiones cobra acentos de enfervorecida pasión[26].

7 – Su invitación a los consagrados -obispos y sacerdotes, religiosos y misioneros- es constante en sus escritos y demás exhortaciones, sobre todo con ocasión de ejercicios espirituales u otras predicaciones. El mismo, además de fundar las dos congregaciones de misioneros claretianos (1849) y misioneras claretianas (1855), con una fuerte carga de vida evangélica, creó una auténtica comunidad religiosa en Cuba con sus compañeros de misión, dio con frecuencia normas de vida a sus misioneros y no ahorró esfuerzos para establecer la vida común en los conventos de clausura, sobre todo en Andalucía, durante su viaje con la reina, en septiembre y octubre de 1862. También, aunque con poco éxito, trabajó por implantar la vida común entre los sacerdotes seculares, publicando en 1864 las “Reglas de Instituto de clérigos seculares que viven en comunidad y son tos que componen la Orden segunda de Hijos del Inmaculado Corazón de María”, consiguiendo establecerla de forma más duradera en la comunidad de capellanes de El Escorial.

Todas estas inquietudes y preocupaciones afloran en sus apuntes en torno al Concilio Vaticano I, tan intensamente vivido por el P. Claret en el último año de su vida[27].

Un momento particularmente clarificador de esta vocación profética, asumida y vivida con enorme entrega y siempre con incansable espíritu de servicio a Dios y a los hermanos, fue la visión del ángel del Apocalipsis, que tuvo lugar en Cuba el 2 de septiembre de 1855. Esa vocación-misión especial en la Iglesia quedó ratificada por las intuiciones proféticas de la Madre París, y plasmada en gran parte en los “Apuntes de un plan para conservar la hermosura de la Iglesia”, publicados por primera vez en 1857 y luego en 1865. En ellos planteó una profunda reforma del pueblo de Dios, iniciada germinalmente en el Concilio Vaticano I e impulsada y desarrollada por el Vaticano II.

Hay personas que saben vivir el presente y descubrir sus necesidades, sus exigencias y desafíos. Son hombres con la mirada concentrada en el círculo histórico que les ha tocado vivir. Pero hay también otras personas -sobre todo los santos- que rompen ese círculo y se adelantan a los tiempos, los prevén con mirada profética y los anticipan de algún modo con audacia sorprendente. Son aquellas personas que aman y se entregan, aquellas que, invadidas por el Espíritu del Señor, miran a través de los ojos de Dios. Entre estas últimas se encuentra, sin duda, el P. CIaret. Su mirada no se ciñe al “aquí” y al “ahora” limitado; quebrando la barrera del espacio y del tiempo, el gran misionero del siglo XIX consiguió ver desde una especie de transfiguración divina, el “luego” y el “más allá” con clarividencia de místico y de profeta.

 B – La fortaleza claretiana

Un rasgo importante del profeta es la fortaleza ante las dificultades y persecuciones que se oponen a su ministerio. En la vida de Claret resulta fácil comprobar, por un lado, el progresivo desencadenamiento de oposiciones, unas veces solapadas y otras abiertas y hostigadoras, y, por otro, la resistencia invencible del misionero y su fortaleza para luchar contra los enemigos de la verdad y de la justicia.

“Entre los más sabios, discretos y santos confesores de monarcas no puede ser pospuesto a ninguno el Padre Claret, cuyo admirable y admirado celo por la salvación de las almas y por la gloria de Dios no era inferior al don de fortaleza de aquella alma santa y, por tanto, heroica: al don de fortaleza con el cual (como escribe la Venerable Madre Agreda) se ejecuta con resolución todo lo que el entendimiento ha conocido por más santo, perfecto y agradable al Señor. Este don de fortaleza del alma heroica del Venerable P. Claret jamás en su santa vida resplandece tanto ni con más ejemplaridad o edificación, ni con más admirables resplandores que en los años en que ejerció el muy difícil, áspero y trabajoso y espinosísimo oficio de confesor de la Reina”[28].

Uno de los superiores provinciales de Castilla, en una circular dirigida a la provincia, a raíz de la beatificación, ponía de relieve este mismo aspecto. He aquí sus mismas palabras: “Espíritu de nuestro Bto. Padre frente a los peligros y persecuciones. El espíritu gigante de nuestro Beato Padre jamás se arredró ante las dificultades múltiples que se oponían a su paso. Con celo infatigable prosiguió siempre trabajando, como buen soldado de Cristo, en pro de la causa de Dios y de las almas. En el Principado Catalán, en Cuba y en Madrid su ardiente celo apostólico fue sometido, como todos saben, a las terribles pruebas de la calumnia, de la persecución del fuego, del acero, de los explosivos, de los narcóticos y de cuantos elementos nocivos puede acumular el odio o crear la naturaleza; todo se empleó y fue dirigido por hombres sin fe y sin conciencia contra la fama y la vida del misionero, del arzobispo y del confesor. El lo sabía, conocía muy bien la oposición sistemática y tenaz de que era objeto su abrasado celo; no ignoraba que por causa de sus actividades apostólicas, su cabeza había sido proscrita, pero nada pudo lograr jamás que desviase su conducta, ni por un soto instante, de la línea que la mano de Dios había trazado a su vida. Su mayor consuelo era estar siempre en los puntos de mayor peligro. No es que él los buscara o se pusiera temerariamente en ellos, no; pero sí gustaba que sus Superiores le enviasen a los lugares más peligrosos, para poder tener la dicha de morir asesinado por amor a Cristo. Sacerdote todavía, hablando con su propio Obispo le decía: “Mándeme vueciencia a cualquier punto de su diócesis, porque yo gustoso iré, aunque sepa que en el camino hay dos filas de hombres asesinos, con el puñal en la mano, esperándome”. Y todos sabemos que como lo dijo así lo cumplió. Cuida tú de mí y yo cuidaré de ti. Esto que dijo Dios a Santa Catalina, fue la norma a que siempre ajustó su vida nuestro Beato Padre”[29].

Veamos algunos rasgos de esta fortaleza invencible.

 1. En Cataluña

– En Sallent adopta una postura valiente ante la escandalosa irreverencia pública de algunos feligreses[30].

– Se defiende contra la imputación de ser faccioso, que ha tenido repercusiones desagradables en su propio padre[31],

– Exige lo que en derecho se le debe[32].

– Más tarde, cuando va a predicar la Cuaresma en Vich, en 1841, el alcalde le comunica una orden del gobernador, en la que se le prohíbe dicha predicación. Entonces se ve obligado a retirarse a Pruit, y allí dice a don Miguel Alibés y a don Pedro Roquer, refiriéndose a aquella prohibición: “Aunque hubiera sabido que me esperaban puñal en mano, cuando iba a subir al pulpito, no habría desistido. A mi superior, el señor vicario general, es a quien he obedecido”[33].

Hablando de la época de misionero en Cataluña, escribe en la Auto­biografía: “En la provincia de Tarragona, la generalidad, todos me querían muchísimo; pero había unos cuantos que querían asesinarme. El señor arzobispo lo sabía, y un día hablábamos los dos de este peligro, y le dije: Excelentísimo señor, yo por eso no me arredro ni me detengo. Mándeme vuestra excelencia a cualquier punto de su diócesis, que gustoso iré, y, aunque sepa que en el camino hay dos filas de asesinos con el puñal en la mano esperándome, yo pasaré gustoso delante. Lucrum mori. Mi ganancia sería morir asesinado en odio a Jesucristo”[34].

 2. En Cuba

“Grande es la idea que todos sus hijos tenemos de su inmensa caridad y de su apostólica entereza; mas cuando le vemos enfrentado con las autori­dades omnipotentes y arbitrarias, luchar denodadamente y sin temor contra la falsa aplicación de las leyes, se agiganta extraordinariamente esta figura”[35].

Repasando el epistolario, nos encontramos efectivamente, con una personalidad rica, equilibrada y valiente, sin miedo alguno en la defensa heroica de los intereses de la Iglesia. He aquí algunos párrafos de una carta dirigida al capitán general el 28 de marzo de 1851: “No me es lícito sacrificar con mi silencio o negligencia la causa de Dios y de la Iglesia ante las caras del respeto humano”[36]. “Ningún interés mundano me ha traído de España. Me resistí de pronto [a la elección como arzobispo]; insistí en mi repulsa y la tercera vez acepté por obediencia. Nunca he poseído nada. Hoy, que me veo investido de una dignidad que a mérito repugna y cuyo peso es muy superior a mis fuerzas, sigo entregado en manos de la providencia. Debajo del oropel de mi dignidad no veo más que mi miseria. Pobre fui, pobre viví y pobre permanezco. Sólo la obediencia ha podido reducirme, lo repito, pero en el supuesto de que pudiera dar así más pábulo a la caridad, al amor de Dios y a mis prójimos, en que quiero abrasarme. El día en que vea que pone el menor tropiezo a mi misión; el día en que vea que se me atan las manos para hacer el bien, o en que no se escuche mi voz, cuando mis pretensiones se funden en la justicia y en la misma caridad, que son los únicos estímulos que para obrar reconozco; ese día dejaré mi puesto y nada perderé por cierto en cuanto a mi persona, porque el carácter de misionero me basta para ser pobre, para amar a Dios, para amar a mis prójimos y ganar sus almas al mismo tiempo que la mía”[37].

La fortaleza claretiana se hizo patente sobre todo en Puerto Príncipe ante un tentativo fallido de revolución.

Cuando el P. Claret fue por primera vez a Puerto Príncipe “los ánimos estaban conmovidos y el espíritu público perturbado por las revueltas ocasiona­das por el célebre Narciso López, con cuyo motivo llamaron mucho más la atención pública el viaje y la predicación del prelado. Unos le presentaban como un emisario autorizado del gobierno español, que iba solamente a amenazar con el infierno a los que pensaban en hacerse independientes, valiéndose de la religión para sostener los intereses terrenos de la metrópoli; y no puede negarse que el haber llegado recientemente de la península podía dar cierta apariencia de vedad a la calumnia ante aquellos que la escuchaban con ánimo preocupado. Otros creían que, siendo como era, tan virtuoso y caritativo, no podría menos de condolerse de la suerte de los infelices esclavos y de horrorizarse al ver los excesos cometidos por algunos peninsulares, y temían que, impulsado por estas dolorosas impresiones, se dejaría llevar del celo a predicaciones indiscretas que empeorarían la situación de las cosas, favoreciendo indirectamente, y sin quererlo, la causa de la revolución”[38].

Las cartas dirigidas en aquella ocasión al general Concha son una demostración nítida de caridad y entereza. La primera, cuya minuta conserva­mos, está fechada el 26 de julio de 1851 y está redactada en los siguientes términos:

“Excelentísimo señor:

Nos dice Jesucristo en su santo Evangelio que el buen Pastor da su vida por sus ovejas y, en efecto, lo que enseñó de palabra lo evidenció con las obras, pues que para salvarnos y redimirnos se entregó a las penas y aun a la misma muerte. Ahora, pues, ¿cómo me tendré por buen pastor de este rebaño que el Señor me ha confiado si no procuro por todos los medios posibles salvar la vida a esos infelices que, aunque rebeldes e inobedientes a las autoridades, son súbditos y ovejas mías? Estos son don Joaquín Agüero.etc.

Vuestra excelencia me dirá que, según toda ley, deben morir; to conozco Señor; pero también diré que a veces median tales circunstancias que aquellas penas que deberían ser capitales, se conmutan en destierro o en presidio.

El fin de aplicar las penas a los reos no sólo es castigar el delito en el que lo cometió, sino advertir a los demás para que escarmienten en cabeza ajena. En cuanto a lo primero ya se llevarán buena parte de castigo si en pena de su independencia encuentran la cadena y el presidio que por un espíritu soberbio y alteroso quizá le será más sensible que la misma muerte. Esta sentencia hará más eco que 700 muertos en batalla. En cuanto a lo segundo, le puedo asegurar, mi general, que no se sacará ningún bien sino mucho mal y grande perjuicio a la causa pública, pues que si éstos han de sufrir la pena de muerte, serán tenidos y reputados por ellos como héroes y víctimas y…la libertad de la patria; no pensarán ni hablarán de ellos sino con entusiasmo; siempre les estará hirviendo la sangre en las venas y de continuo maquinarán medios para sacudir el yugo y tiranía (como dicen) de tos españoles.

Y ¿qué dirán los enemigos de otros países?…Lo dejo a la consideración de vuestra excelencia…A más de que ahora ya no se necesita este escarmiento, porque el país está en suma paz y los motores y movidos se hallan bien desengañados y si ven la benignidad del gobierno, se acabarán de persuadir que el gobierno español es paternal y no tirano, como algunos charlatanes han querido darles a entender.

Ya sabe vuestra excelencia que nunca jamás me he metido en asuntos políticos, pero en esta isla se halla tan hermanada la religión con la política, que apenas se pueda hablar de la una que no se tope con la otra, aunque no se quiera. Es verdad que hasta aquí no me he movido, ni me moveré, de las santas y saludables máximas del Evangelio en las exhortaciones que he hecho al pueblo; pero, sin advertirlo ni pensarlo, he desarmado a los revolucionarios y desbara­tado todos los planes de los magnates, de modo que algunos dijeron que ninguno les hacía más daño ni causaba más miedo que el arzobispo, porque con su predicación y limosnas se hace dueño de todo el pueblo; y nosotros sin pueblo nada podemos; y no sólo desbarata respecto [a] los del país, sino también con los de afuera; pues si el día en que vengan los de afuera dig[er]a el arzobispo: esos son protestantes, son herejes, no os podéis comunicar con ellos, no los podéis favorecer; antes bien los debéis perseguir, van a acabar con ellos. De aquí es que, no sabiendo cómo descartarse de mí, trataron de envenenarme y lo habrían conseguido a no haberse arrepentido los que habían de ejecutar la maldad, [a] los que perdoné con todo el afecto de mi corazón. Esto se lo digo para que vuestra excelencia sepa cómo se halla el país; y le puedo asegurar que el pueblo lo tengo en mi mano, que mientras Dios me conserve la vida en esta isla no habrá revolución y si algún magnate levanta bandera de insurrección, lo dejarán solo allá a los cuernos del toro, como ha sucedido ahora, que apenas han tenido séquito.

Y por tanto, mi general, le pido no sólo como prelado, la vida de estos siete, sino también como español, y confío que lo concederá porque sé sus santas y laudables intenciones”[39].

Ante la respuesta inflexiblemente negativa del general, el P. Claret volvió a la carga con la siguiente carta, aún más apremiante y dramática, fechada en Puerto Príncipe el 6 de agosto del mismo año:

“Muy señor mío y de todo mi respeto y veneración:

Recibí la de vuestra excelencia con aquel sentimiento que se puede conocer, al ver que nada conseguía de su noble, humano y generoso corazón, no obstante de hallarse animado de los mismos sentimientos que a mí me animan. Y con la mayor pena y dolor hemos estado esperando el cumplimiento de las instrucciones que tenía dadas a este excelentísimo señor comandante y general de lo que ha resultado que han salido condenados a muerte tal, tal, tal y tal.

Por lo que, excelentísimo señor, me han dicho que yo, como prelado de este país, primado de las Indias y consejero de Su Majestad (que Dios guarde), tenía facultades para decir a este señor general gobernador que suspendiera la ejecución de la sentencia hasta haber acudido a vuestra excelencia y hacerle presente mis sentimientos; lo que hago con todos aquellos afectos de caridad y celo que pueden caber en el corazón de un prelado español.

Excelentísimo señor: Aunque indigno, soy arzobispo y sin merecerlo me hallo consejero de Su Majestad, y por tanto dígnese vuestra excelencia atender a lo que digo: Acato y venero todos los motivos y fines que vuestra excelencia me indica [que] tiene para mandar se dé la pena de muerte a estos infelices; y a la verdad, veo que son justísimo y los más equitativos; no obstante, séame lícito decir lo que siento: yo quizás más que otro sé cómo está el país, porque, además de ver con mis propios ojos las cosas que los otros ven, muchísimos me han abierto y confiado sus corazones; sé las quejas, planes y motivos que allá en sus adentros abrigan. Dios sabe el bien que con sus auxilios he hecho en la ciudad de Santiago de Cuba sobre este particular, y confío que todavía lo haré mayor en ésta; porque a la verdad hay más materia; y portante digo: que no conviene que se dé sentencia de muerte a esos reos. En primer lugar, ya está concluida la facción, y ahora una pena así tendría más visos de venganza que de justicia. En segundo lugar, si se ejecuta esta sentencia, los ánimos siempre más quedarán rencorosos, y nunca jamás sus corazones quedarán españoles; y únicamente lo serán por fuerza y en el exterior, maquinando de continuo en sus interiores, y aprovechando las ocasiones exteriores, reclamando y preparando el país a los ambiciosos de los Estados Unidos. Más [aún]; como esta insu­rrección (no sé si lo sabe vuestra excelencia) ha sido más obra de las mujeres que de los hombres, éstas siempre más quedarán rabiando criando con la leche de la insurrección a su familia desde sus más tiernos años; y me atrevo a decir que si pasa adelante la ejecución de esta sentencia, día vendrá que la nación española perderá esta rica isla. Pero, al contrario, si se tos perdona la pena de muerte, aplicándoles otra, se me ha prometido, y así lo creo, que quedarán tan agradecidas que siempre más serán fieles vasallos de la Nación española, y que si saben que los de afuera intentan alguna invasión serán las primeras en estorbarla e impedirla. Además de que todo el pueblo está pendiente de mí, de modo que, después de Dios y de María Santísima, colocan en mí toda su confianza; y si yo les puedo alcanzar esta gracia, aunque es grande, será mucho mayor el prestigio que yo tendré entre ellos a favor de la causa pública; porque, además de ser prelado, soy prelado español; y me atrevo a decir, que si yo no diera este paso, me parece que no correspondería a la confianza que me merecí del gobierno de Su Majestad, ni llenaría la misión que me encargó.

Por lo que, habiendo visto, desde la última que le escribí, lo mucho que afecta a la causa pública la sentencia dada, no puedo menos de escribirle de nuevo, como prelado, a favor de estas mis pobres ovejas; y como consejero de Su Majestad decirle que no conviene que mueran; pero si vuestra excelencia teme comprometerse o faltar a su justo deber, tenga la bondad de mandar suspender la sentencia y darme permiso de acudir a la reina, nuestra señora, pues que, obrando con esta convicción y sentimientos de caridad, y para bien de la nación, no temo compromiso ninguno y estoy pronto a sacrificar la misma vida a favor de mis ovejas y de la nación española.

Con esta ocasión, me ofrezco de nuevo por el más atento y seguro servidor de vuestra excelencia, que su mano besa.- Antonio María Claret”[40].

Desgraciadamente, la reiterada petición del arzobispo no tuvo éxito, y los rebeldes fueron pasados por las armas pocos días después, el 12 de agosto de 1851, en la sabana de Arroyo Méndez.

“Se opone fuertemente a los esclavistas que reclamaban la anexión de la isla al sur de los Estados Unidos para preservar la esclavitud; y a los reaccio­narios que optaban por mantener el estado social de la isla “[41].

Con extraordinaria valentía y denuedo defendió a sus misioneros de acusaciones injustas por parte de los agentes secundarios del poder civil, que los acusaban de violar el sigilo sacramental en los casos de amancebamiento. Fueron objeto de esas denigraciones sobre todo el capuchino P. Esteban de Adoain y don Francisco Mirosa. El P.CIaret, defendiendo a este último, habla del “tesón y carácter de un Prelado español que antes pierde la vida que no retrocede un ápice de lo que juzga un deber de conciencia sostener, como el caso presente”[42]. El asunto llegó a Madrid, adonde, por otra parte, llegó también una extraordinaria apología de Claret y de sus misioneros, escrita por «eI capitán general, marqués de la Pezuela, el 7 de febrero de 1854.

Un rasgo importante de entereza evangélica fue la excomunión fulminada contra el amancebado Agustín Villarrodona, en el pueblo de Yara, en agosto de 1852. Ante la posición de las autoridades, favorable al culpable, el P. Claret adoptó la postura de un verdadero profeta. La real audiencia había hecho dos afirmaciones que levantaron ampollas en el corazón del arzobispo: primero, que ese individuo era mercader con tienda pública y arrendatario de una finca del Estado; y segundo que los casos de amancebamiento no pueden reputarse graves[43]. La reacción del santo arzobispo fue firme y decidida. La expresó con estas palabras: “No puedo menos que confesar y hacer saber mi carácter: que estoy presto a dar mil veces la vida antes que retroceder un ápice de lo que conozco que es mi deber de conciencia”[44].

Su carta al capitán general, fechada el 15 de octubre de aquel mismo año, es sumamente significativa[45].

 3. En Madrid

En la época madrileña, en que la persecución fue tan violenta y deni­grante, llegará a tal punto de saturación, que se verá obligado a suplicar al ministro de la gobernación que diga y mande al fiscal de imprenta que no permita que los periódicos se ocupen de su persona y escritos para atacarle y calum­niarle, porque -escribe el mismo santo- “ya que no hallan cosa por que atacarme, inventan lo que les da la gana”[46].

Su postura ante el reconocimiento del reino de Italia es bien conocida. Se enfrentó decididamente con la reina y, a pesar de sus súplicas insistentes, la dejó y se marchó de Madrid. Poco después, cuando algunos periódicos inventaron la especie de que el P. Claret había adoptado una actitud favorable al reconoci­miento, en contra de todo el episcopado español, saltó en defensa propia con un breve escrito, que fue publicado por muchos periódicos, en el que no concedía el más mínimo espacio a posibles tergiversaciones[47].

Dos años antes, el 6 de marzo de 1863, cuando ya presentía la llegada de la revolución, había escrito al P. José Xifré: “Respecto de la revolución no hay por qué espantarse; si nos persiguen en un punto, iremos a otro; los primeros cristianos eran aún más perseguidos que nosotros; en ese punto no conviene ser demasiado prudentes; nos hemos de poner completamente en la manos de Dios y de María Santísima; yo no temo la revolución, ni el infierno entero; no temo sino a Dios”[48].

Su último grito profético, tal vez imperceptible, pero no por ello menos valiente, lo dio el 31 de mayo de 1870 con su discurso en el Concilio Vaticano I. Allí confesó su fe en la Iglesia como culminación de su misión evangelizadora.

El misionero claretiano está llamado a seguir las huellas del P. Claret en la misión que le ha sido confiada.

“El talante de nuestra misión profética y liberadora lo tenemos en nuestro mismo Padre Fundador: un hombre que percibió y anunció el designio de salvación en las concretas circunstancias de su tiempo. Su denuncia no era la del embaucador, la del demagogo o la del sembrador de discordias. Porque había experimentado el acoso divino, se expresaba con libertad evangélica y denun­ciaba las situaciones de pecado y de injusticia. Y así, persiguiendo un propósito de transformación cristiana, al margen de todo interés o reivindicación personal, se constituía en artífice de comunidad y fraternidad”[49].

 C – Evangelización en la línea de la auténtica liberación cristiana

El profeta Isaías había vaticinado al futuro Mesías como liberador de cautivos; pero ya sabemos que la mayor esclavitud es la del pecado, porque “el que comete el pecado se hace esclavo del pecado”[50]. La acción liberadora claretiana, aun siendo extensa tiende, en definitiva, a realizar esa liberación en el hombre. Sintéticamente, podemos decir que la acción evangelizadora claretiana se orienta a la liberación:

– del pecado y de sus consecuencias;

– del miedo a Dios, considerado más como juez inflexible que como Padre amoroso;

– del terrorismo de los predicadores de aquel tiempo, que espantaban a la gente con su predicación apocalíptica;

– de la ignorancia de la Palabra de Dios, de la fe cristiana, de los deberes del propio estado: matrimonio, vida religiosa, sacerdotal, etc.; para ello privilegió la enseñanza, sobre todo en Cuba; con este fin fundó con la Madre María Antonia París las Misioneras Claretianas, en 1855, y luego orientó también la Congrega­ción de Misioneros en este mismo sentido, dando cabida a la enseñanza en el ámbito de su misión;

– de la miseria (no de la pobreza), tanto en el clero cubano como en el pueblo; para ello influye en el cultivo agropecuario y funda las cajas de ahorros;

– de la esclavitud, en cuanto se lo permitieron entonces las circunstancias adversas de la isla;

– de la opresión de las autoridades, principalmente en la cuestión de los amancebamientos, con la aplicación abusiva de las leyes establecidas ofi­cialmente, pero no aplicadas debidamente;

– de la inmoralidad, tanto en el clero como en el pueblo;

– de las ideologías materialistas y ateas, que empiezan a surgir y a invadir todas las capas de la sociedad.

Veamos más pormenorizadamente la acción liberadora claretiana.

 1. En la etapa catalana

El P. Claret intenta liberar al pueblo de la guerra, predicando la paz y la concordia, y del terrorismo de los predicadores, predicando la bondad de Dios y su amor misericordioso. Su acción profética no es nunca algo exacerbado. Su virtud preferida es la mansedumbre, que es “la virtud que más necesita un misionero apostólico, después de la humildad y pobreza”[51], y es también importante para el sacerdote[52]. De su conducta tenemos el precioso texto de Balmes: “Poco terror, suavidad en todo…No quiere exasperar ni volver lo-cos”[53]. Para convertir a los pecadores procuró usar siempre la dulce estrategia de quien coge caracoles[54].

2. En la época cubana

La acción liberadora del arzobispo fue mucho más amplia. Constituido pastor de una Iglesia local, vio las consecuencias sociales de los pecados personales, y ello le movió a trabajar en varios frentes: no sólo en la liberación del pecado, sino también de la esclavitud, de la mentira, de la ignorancia, etc. De ahí su amplia y profunda labor social, en una línea muy moderna, sagaz e incisiva, adelantándose casi un siglo a su tiempo, cultivando algunas de las inquietudes sociales más acuciantes en nuestra época, para preparar los caminos del Evangelio.

Debió, sin duda, resultar revolucionario su deseo dé que las tierras de la jurisdicción de Manzanillo, que habían pertenecido a los regulares, fueran entregadas a los pobres que las trabajaban: “Por lo que hace a la enajenación -decía al capitán general-, debo en conciencia manifestar también el modo que creo más arreglado, no sólo a equidad y justicia, [sino] hasta al carácter de caridad que siempre ha de presidir en asuntos que a la Iglesia afecten o interesen. Más medra la Iglesia aun en sus intereses materiales con la lenidad y misericordia que con el estricto derecho, calculando la utilidad hasta sus últimas consecuencias. Esto supuesto, la parte de estos terrenos, [que] consisten o deben consistir en vegas, deben adjudicarse con preferencia, si no con exclu­sión, a los pobres que los hayan cultivado o puedan cultivarlos, como colonos, excluyendo a los ricos, o a lo menos posponiéndolos, de las cortas propiedades que se enajenen”[55].

Con razón pudo decir Torras y Bages que en la isla de Cuba “Claret se constituyó defensor de la moralidad y protector de los derechos de la humanidad oprimida y de las clases débiles y despreciadas”[56].

 3. En los años de Madrid

“En la última época de Cuba y en los años de Madrid, Claret se dio cuenta de que había aparecido un nuevo signo de destrucción: las ideologías ateas. El idealismo alemán con el panteísmo de Hegel, el positivismo inglés, el enciclope­dismo, el racionalismo de Renán, el materialismo marxista: éstas eran de verdad las tinieblas que vagaban por los aires, y que iban a influir en el mundo más que el liberalismo. Era la lucha definitiva del hombre contra Dios, y era la existencia misma de la fe la que estaba en juego. San Antonio María Claret tuvo conoci­miento de esta realidad no sólo por la lectura y el estudio, sino a nivel de oración y comunicación sobrenatural. Por otra parte el protestantismo, por la eficacia proselitista de algunas de sus sectas, seguía turbando al pueblo sencillo no preparado para defenderse, y resistía más por un instinto interior que por una doctrina iluminada”[57].

En esta lucha liberadora empleará el Padre Claret sus energías durante los últimos años de su vida, tanto en la predicación incansable como en la difusión de la verdad por medio de libros y opúsculos, a través de la Academia de San Miguel y de otras muchas iniciativas, entre ellas las bibliotecas populares y parroquiales, la asociación de madres católicas, las conferencias de la Sagrada Familia, para los emigrantes, y su trabajo en el campo de la enseñanza, sobre todo en El Escorial, insistiendo, además, para que la Congregación de Misio­neros asumiera con cierta amplitud este apostolado[58].

Tal como acabamos de ver, la evangelización claretiana fue eminente­mente profética y liberadora: del hombre, de todo hombre y de todo el hombre. En muchos aspectos se puede calificar al P.CIaret de hombre y apóstol postconciliar. Lo demuestran, entre otras cosas, su arranque decididamente misionero; su apostolado -audacísimo- de la prensa, y su labor -no menos audaz-realizada en el campo social.

En cierto modo el epitafio colocado sobre su tumba, en el monasterio de Fontfroide, resume toda su vida, plenamente enraizada en el Evangelio, y su admirable acción evangelizadora: “Amé la justicia y odié la iniquidad; por eso muero en el destierro”.

Capítulo II

“EVANGELIZARE PAUPERIBUS MISIT ME DOMINUS”

 A – La misión de Claret: evangelizar a los pobres

Siempre se ha subrayado, y con razón, el carácter universal de la misión de San Antonio María Claret; pero también sus preferencias, dentro de la más pura línea evangélica.

Según el P. Xifré, que tan de cerca le conoció y le siguió, a todos quería convertir y evangelizar: a la jerarquía y al pueblo, a pobres y a ricos, a sabios e ignorantes, a sacerdotes y a seglares[59], a religiosos y a militares, a niños y ancianos, a evangelizados y a evangelizadores. Pero no ocultó sino que manifestó siempre su preferencia por los pobres, porque, como Jesús, había sido enviado a evangelizar a los pobres. “El señor Claret -decía su amigo Vicente de la Fuente- no fue enviado por Dios para predicar a los ricos sino a los pobres, y cada uno debe cumplir con la misión que Dios le da”[60]. Y lo confirma con un ejemplo, que fue su norma de conducta durante los años de Madrid: “El señor Claret estaba tan persuadido de que su misión era predicar a los pobres, que jamás predicó en la capilla real, ni en las novenas y funciones religiosas de gran aparato y concurrencia”[61]. Y esta misma predilección por los pobres explica el carácter popular de sus publicaciones: “Si el señor Claret tenía la misión de evangelizar a los pobres con sus palabras, también con sus escritos. El lo comprendía así, y el pueblo, que leía y lee con avidez todos los folletos del señor Claret, lo comprende del mismo modo…Acostumbrado a dirigir la palabra al pueblo desde la cátedra del Espíritu Santo con el comedimiento y fervor que éste inspira y él tenía, cuando escribía para el pueblo escribía como hablaba, y hablaba el lenguaje del pueblo y éste lo entendía”[62].

El P. Claret es un hombre del pueblo. Tiene especial sensibilidad para captar el alma popular y arrastrarla hacia Dios. Su bondad humana y el celo apostólico que le devora le permiten entrar en contacto con las masas populares.

Al ponerse por primera vez en contacto con el pueblo, lo ve creyente y hambriento de Dios, pero desconcertado por los horrores de una guerra fratricida y desgarrado por odios cristalizados, que provocan muertes, incendios y saqueos, y siembran desolación, tristeza y terror en los corazones.

A ello se unen las consecuencias negativas de una industrialización’ galopante, que conduce a la codicia, a la opresión y a la irreligiosidad. Y finalmente el “terrorismo” desconcertante de los predicadores no evangélicos, que infunden angustia en el pueblo sencillo, ciñéndose únicamente a hablar de la ira justiciera de Dios, en lugar de llevarlo suavemente al descubrimiento y admiración de su misericordia. De ahí que nuestro santo, como nos dice Balmes, escoja siempre una actitud diametralmente opuesta: “Poco terror, suavidad en todo…No quiere exasperar ni volver locos”[63].

 B – Claret, misionero popular

Claret fue siempre “apóstol de las masas populares no evangelizadas”[64], auténtico misionero popular, porque había salido del pueblo y supo evangelizar al pueblo, en contacto con él y utilizando su mismo lenguaje. “Hablando del gran apóstol de Cataluña -escribe Montsonis- resaltamos su sensibilidad por todo lo que hace referencia al alma popular (modo de ser, de pensar, de sentir, de ver las cosas: lengua, imágenes, poesía popular). Por esta comunión suya, por esta compenetración con el pueblo, el elemento humano de su obra y de su acción pastoral tenía una eficacia irresistible[65].

Sus mismos enemigos, como el anarquista Jaime Brossa, se veían obligados a afirmar que los sermones del P. CIaret eran “de una extraordinaria calidad popular”[66]. Así lo vio también uno de los pilares de la llamada “genera­ción del 98”, el escritor Azorín, que con gran finura y sensibilidad supo penetrar en el alma de San Antonio María Claret: “Sentía -escribió acerca de él- atracción profunda por la evangelización. Lo que le causaba más simpatías era el pueblo. Con los humildes, artesanos, labradores, pequeños industriales se explayaba su fervor. Ya desde esta primera hora fijó Claret precisamente, con exactitud, la tónica de su vida entera. Era a los humildes, a los pobres, a quienes él se había de dirigir. Las clases ricas eran otra cosa. Su carácter sencillo, modesto, llano, armonizaba perfectamente con los humildes. En catalán escribía Claret con elegancia y finura. No era el castellano su lengua nativa; tenía en castellano que hacer sus predicaciones. Y comprendió que no podía hacerlo sino en un lenguaje sencillo, elemental. Pero además, dirigiéndose al pueblo, ¿para qué hubiera querido los aprestos retóricos, los primores, galas y rimbombancias?”[67].

Su criterio fundamental será seguir siempre el espíritu y la conducta de Jesús, a quien tomó por modelo y guía inseparable a lo largo de toda su vida.

 C – Preferencia por los pobres

Al sacerdote secular nuestro santo le exhortaba a seguir el ejemplo de Cristo en las preferencias de su ministerio: “En la presencia de Dios no hay diferencia de personas…Si en alguna cosa hizo diferencia el divino Maestro fue en amar con afecto especial a los pecadores, a los enfermos, a los pobrecitos, a los párvulos. Sigue, pues, sus pisadas; ama con preferencia a éstos, búscalos, en cuanto buenamente puedas en el confesionario, en la enseñanza de la doctrina cristiana, en los hospitales y en las cárceles”[68].

Todo esto explica por qué, al hablar en la Autobiografía de los medios que empleaba para evangelizar, indica las conversaciones familiares con la gente sencilla, cuando iba a pie de una población a otra. Interesa reproducir este texto por su valor poético y su oportunismo apostólico: “Cuando iba de viaje -dice-, con las gentes que se juntaban conmigo, hablaba según la oportunidad que se presentaba. Si veía flores, les llamaba la atención y les decía que, así como las plantas producían flores tan hermosas y olorosas, nosotros habíamos de producir virtudes; verbigracia, la rosa nos enseña la caridad, la azucena la pureza, la violeta la humildad, y así las demás. Hemos de ser, como dice el Apóstol, bonus odor sumus Christi Dei in omni loco [nosotros somos el buen olor de Cristo en todo lugar][69]. Al ver algún árbol con fruta, les hablaba cómo nosotros hemos de dar frutos de buenas obras, o, si no, seríamos como aquellas dos higueras de que nos habla el Evangelio[70]. Al pasar cerca de un río les hablaba cómo el agua nos enseña a pensar que andamos a la eternidad. Al oír el canto de los pájaros, una música, etc, les hablaba del cántico eterno y nuevo del cielo; y así de lo demás. Con estas conversaciones familiares había observado que se hacía muchísimo bien, porque les pasaba lo que a aquellos dos que iban a Emaús[71]; y, además, se evitan conversaciones inútiles y quizá murmuraciones”[72].

Más adelante, al hablar de sus misiones, volverá a indicar esa costumbre sistemática: “Como iba siempre a pie -nos dice-, me juntaba con arrieros y gente ordinaria, afín de poder hablar con ellos de Dios e instruirles en cosas de religión, con lo que ellos y yo pasábamos insensiblemente el camino, y todos muy consolados”[73].

Desde esta preferencia por la gente sencilla se explica también su comportamiento cuando viajaba en tren, en la época de Madrid. He aquí un precioso testimonio de ello: “Como habían notado algunos que, al ir de viaje, tomaba el excelentísimo señor Claret billete de tercera clase, alguien le preguntó:

– ¿Por qué va vuestra excelencia en coche de tercera clase, pudiendo ir en coche de primera?

– Voy en tercera clase para ponerme en contacto con los obreros y gente del pueblo, a fin de poderles hablar de cosas provechosas y rezar con ellos el santo rosario, cosa más fácil que en los coches de primera, pues, al ver las gentes sencillas del pueblo a un arzobispo entre ellos, se quedan admirados y reciben con agrado cuanto les digo”[74].

A esta preferencia por los pobres, en especial por las masas populares en fase progresiva de descristianización, se une más tarde, en Madrid, su preocupación por el mundo de la cultura: la élite atea y promotora del ateísmo de los intelectuales. La acción evangelizadora la realizará sobre todo a través de la Academia de San Miguel.

En este punto, como en todos los demás, lo importante y decisivo para Claret es seguir fielmente el ejemplo de Jesús. No importa tanto el término ad quem (los destinatarios de la acción evangelizadora) cuanto el término a quo (la conducta del Señor, de quien hay que aprender siempre la lección) y el término in quo, que, como luego diremos, le impulsaba a dar un testimonio plenamente evangélico de pobreza: ser pobre de espíritu y vivir pobremente como el mismo Jesús[75]. Si “Jesús era amigo de los niños, de los pobres, de los enfermos y de los pecadores”[76], también él tendrá que serlo, aunque ello le exija renuncia y sacrificio.

 D – Al lado de los pobres

El sentido divino y la sensibilidad aguda que le va dando el celo apostólico, le hacen consciente de que de un modo misterioso, pero real, el mismo Cristo se encarna en los sencillos, en los niños, en los pobres, en los enfermos, en los que viven en tristeza y soledad. Sabe que en esas personas humildes, muchas veces desgarradas y desgarradoras, se esconde y se revela el mismo Señor. Y esta percepción, renovada desde la fe, le va dictando normas de comportamiento con esas personas según la diversidad de circunstancias en las que se encuentra.

 1 – En su juventud

Una de las preferencias más marcadas fueron siempre los enfermos. Ya en Vic, siendo estudiante, atendió y, al parecer, convirtió a un pobre soldado desatendido[77]. Lo hizo también en Sallent: “Todos los días por la tarde daba una vuelta por las calles principales de la población, y singularmente por las calles [en las] que había enfermos, que siempre visitaba cada día, desde el viático hasta que morían o se ponían sanos”[78]. En su declaración al entrar en la Compañía de Jesús manifestará el gozo que esto le producía: “Me agradan mucho las cosas espirituales, sobre todo visitar a los enfermos…”[79].

Durante el noviciado, con algunos compañeros, se dedicó también a este apostolado y a visitar a los encarcelados: “Todos los viernes íbamos al hospital de San Giácomo a confesar a los enfermos, y los sábados a predicar en la cárcel a los presos”[80].

Donde más tuvo que ejercitar este ministerio, casi de forma absorbente, fue en Viladrau, viéndose obligado a hacer de médico corporal y espiritual[81]. Los que allí le conocieron y trataron aún recordaban, muchos años más tarde, que “era muy amigo de los pobres, y especialmente de los enfermos”[82].

Esta misma predilección la manifestará, en cuanto a las circunstancia se lo permitan, en sus misiones por Cataluña y también por Canarias. Consta que en Las Palmas visitó el hospital de San Martín y el lazareto de leprosos, situado en el ex-convento de Santo Domingo.

En Madrid, cuando fue a recibir el palio de manos del nuncio Brunelli, en octubre de 1850, visitó al menos el hospital general. Otro tanto hará luego en Cuba, sobre todo durante los terremotos y la peste, de nuevo en Madrid y en sus viajes con la reina por toda la geografía española, y finalmente en Roma, donde visitaba asiduamente al menos los hospitales de la isla Tiberina y de la Consolación[83].

 2- En la época de Cuba

En Cuba es, sin duda, donde más nítidamente aparece en el Padre Claret el deseo, nunca desmentido, de evangelizar a los más pobres y necesitados desde su misma perspectiva, siguiendo el ejemplo y las huellas de Jesús.

Ya antes de embarcarse procuró informarse acerca de la situación de la isla[84]. Y en unos ejercicios espirituales que hizo trazó un “plan sinóptico de los deberes de un buen prelado”, que había de servirle de control y estímulo al mismo tiempo. En ese documento de capital importancia, al referirse a los seglares, en cuanto al cuerpo escribe lo siguiente: “El prelado 1°-Hade visitar y socorrer a los pobres, enfermos y encarcelados. 2°-Ha de asistir, aunque estén sanos, a los pobres, a los huérfanos, a las viudas desamparadas y a los pobres ancianos. 3°-Ha de valerse de esta ocasión para instruirles y hacerles recibir los sacramentos. 4°-Ha de procurar que aprendan un arte, tomen oficio o estado, pensando que el Prelado es el padre de los pobres. 5°-Hade hospedar gustoso a tos peregrinos, pensando que en ellos recibe al mismo Jesucristo”[85]. Los pobres -esclavos o gente falta de recursos y no siempre respetada en sus derechos humanosfundamentales- fueron objeto de los desvelos de Claret en aquellas tierras.

En cierta ocasión la Madre Sacramento se atrevió a pedirle una ayuda económica. He aquí su respuesta: “He participado lo que usted me encarga a don Juan Lobo, y los dos estamos en hacer alguna cosa en favor de esa casa; aunque no puedo hacer lo que deseo, porque mis rentas no son para los pobres y necesidades de Madrid, sino para los de Cuba, que son muchos después de los terremotos y epidemia. Y dice Santo Tomás de Villanueva que el Prelado ha de pensar cómo remediará los pobres de su diócesis y no a los de diócesis ajenas, porque no éstos sino aquellos le ha encargado el Señor, y no está bien privar a tos hijos del pan para darlo a otros”[86]. Efectivamente, el mismo P. Lobo confirma esta conducta del arzobispo y habla del escrúpulo que tenía, con estas palabras:

“El empleo que hacía de sus rentas era como convenía a un verdadero apóstol: todo en beneficio de los pobres. Costote gran trabajo resolverse a señalar una mínima pensión vitalicia de diez reales diarios a su padre, pobre obrero, septuagenario e impedido para trabajar por su mucha edad y otros achaques. Llegaba a tal punto su delicadeza en esta parte, que no se creía autorizado para distraer a los pobres de su diócesis ni aun aquella reducida suma que apenas hubo de satisfacer por dos años. Me consta que lo consultó con un sabio y virtuosísimo prelado, el señor Codina, obispo dimisionario de Canarias, y con su prudente consejo se resolvió a hacerlo y atender esta obligación tan natural y debida. Pronto murió su padre y ya pudo consumir todos sus haberes en los pobres de su grey, salvo la pequeña cuota con que atendía a la frugal alimentación propia de sus misioneros pobres y virtuosos sacerdotes que le acompañaban desde la península…La comida era muy frugal; el señor Claret no probaba la carne y así no hacía más que una comida como si ayunase, o tal vez ayunaba todo el año. Eran numerosísimas las familias que socorría”[87].

En 1861, al escribir la Autobiografía con la intención pedagógica que todos conocemos (“para que aprendan los misioneros”)[88], hablará de su amplia acción evangelizadora y reformadora, indicando tos éxitos conseguidos. Ahí se advierte su preferencia indiscutible por los pobres. Su labor se orientó en tres direcciones: ayuda material para remediar las necesidades más acuciantes e inmediatas; promoción formativa y económica, convencido de que, según el conocido proverbio chino de que mejor que dar un pez al necesitado es proporcionarle una caña y enseñarle a pescar; y acción evangelizadora, sobre todo catequesis y predicación, orientada hacia la promoción espiritual del pueblo. En la Autobiografía se advierte todo esto de un modo muy claro y significativo: “Con la ayuda del Señor -nos dice- cuidé de los pobres. Todos los lunes del año, durante el tiempo de mi permanencia en aquella isla, reunía a todos los pobres de la población en que me hallaba, y como a veces son más pobres de alma que de cuerpo, les daba a cada uno una peseta, pero antes yo mismo les enseñaba la doctrina cristiana. Siempre, y después de enseñado el Catecismo, les hacía una plática y les exhortaba a recibir los santos sacramentos de penitencia y comunión, y muchísimos se confesaban conmigo, porque conocían el grande amor que les tenía, y, a la verdad, el Señor me ha dado un amor entrañable a los pobres”[89]. A veces sus familiares advertían al arzobispo que algunos pobres se presentaban dos veces a pedir limosna y luego vendían los libros que el santo les regalaba. A ello respondía el Padre Claret:

-No importa. Si los pobres vuelven es que no tienen bastante con la primera limosna. Y, si venden los libros, ya se aprovecharán de ellos los compradores.

Algunos meses gastaba más para los pobres que para la comida de los suyos en palacio. Por ejemplo, en septiembre de 1856 gastó 111 pesos para sí mismo y sus familiares, y dio 176 a los pobres; en octubre del mismo año, 125 para su cocina y 150 para los necesitados; y en noviembre, 120 para el palacio y 149 para los pobres.

“Para los pobres -dice en la Autobiografía- compré una hacienda en la ciudad de Puerto Príncipe. Cuando salí de la isla llevaba gastados de mis ahorros venticinco mil duros”[90].

Conviene advertir que esta preferencia tan marcada por los pobres, con quienes le gustaba convivir y compartir sus bienes, viviendo él mismo en voluntaria pobreza y austeridad, no supuso nunca aversión, desprecio o rechazo de los demás. En su corazón ancho y sencillo había una preferencia patente: los pobres y los más necesitados; pero tenían cabida todos. El ejemplo de Cristo, que no despreció al joven rico, ni a Mateo, ni a Nicodemo, ni a Simón el leproso, le servía de orientación y norma de conducta. Así lo indica en su testimonio el P. Lobo: “Pobrísimo en su persona y ajuar y en cuanto a su persona se refería, modesto en sumo grado, amante de los obres, asequible a todos, solícito del bien general y particular con entrañas de verdadero padre para todos, siempre amoroso para atraer a Dios a todos, aun a los díscolos, pero enérgico y prudente a la vez; alentaba a los buenos, contenía a los malos, y a todos llevaba en lo íntimo de su corazón, porque por todos se desvivía”[91].

Con ello no hacía más que seguir la conducta que había observado ya en su pueblo natal, cuando fue vicario y ecónomo de aquella parroquia: “A todos amaba y servía igualmente, tanto si eran pobres como ricos, tanto parientes como extraños, tanto si eran del país como forasteros”[92]. Poco después, durante la travesía de Marsella a Roma, pudo darse cuenta de que a veces también los ricos pueden abrirse al Evangelio, realidad salvadora universal. Así le sucedió a aquel pasajero inglés, “que andaba con lujo asiático”: quedó impresionado por el testimonio de pobreza y generosidad de Claret[93], y el santo quedó persuadido de algo que ya había experimentado antes: “Toda esta aventura me confirmó en la persuasión en que yo estaba, que, para edificar y mover a las gentes, el mejor y más eficaz medio es el ejemplo, la pobreza, el desprendimiento, el no comer, la mortificación, la abnegación”[94].

En Cuba -decía confidencialmente a su amigo, don José Caixal- “hay muchísimos pobres y muchos de ellos no se contentan con un real vellón, que es la moneda más baja, ni con una peseta; sino que han de ser pesos, y los saben pedir a centenares”[95]. Algo parecido escribía más tarde a don Fortián Bres: “Hay muchísimos pobres, cada semana necesito muchísimos duros para las limosnas ordinarias; pues que la limosna más pequeña que se puede dar a un pobre es un medio que llaman, que aquí (quiere decir ahí) vosotros llamáis un vinti vuit (ventiocho), pero esto es nada; de modo que hay pobres que, al darles una peseta, dicen que no la quieren; éstos de los que vienen a la puerta. Los de limosnas extraordinarias saben pedir los duros a centenares”[96].

No dudó en saltarse los aranceles con la gente pobre, cuando deseaban contraer matrimonio, con tal que “el cura conozca que son pobres”[97]. Cuando don José Caixal recibió el nombramiento episcopal para la sede de Urgel, el P. CIaret le escribió, más que para felicitarle, preocupado por el futuro de la Librería Religiosa, y se preocupaba sobre todo del dinero: “En caso que la Librería Religiosa se disuelva, piense con la cantidad que le presté para que no se pierda, pues que no es mía sino de Dios y de los pobres”[98]. Las rentas de un prelado -manifestaba a don Paladio Currius- son para las necesidades de su obispado y no para otros lugares”[99].

El destino de la casa de beneficencia proyectada en Puerto Príncipe, era, según el mismo Currius, “para recoger en él todos los viejos y viejas pobres que no tuviesen de qué mantenerse, y además recoger todos los niños y niñas huérfanos de padre y madre, y los que, aunque los tuviesen, no pudiesen darles instrucción y educación por falta de recursos”[100].

3 – Durante los años de Madrid

En la época de Madrid, cuando se encuentre oprimido por el fasto de la corte, seguirá demostrando su preferencia, no exclusividad, por los pobres, que acudían a su casa como las moscas al panal de miel. De ello y de lo que hacía con sus rentas nos habla, como testigo presencial, su primer biógrafo: “Su casa parecía la de los pobres. Rara vez fuimos a ella que no encontrásemos alguno que acudía a exponer necesidades de esas que no se socorren con una limosna común; pero a la hora de audiencia era tanto el concurso de mendigos y necesitados que en algunas ocasiones costaba trabajo el penetrar por en medio de ellos y subir la escalera. ¿Qué hacía de sus rentas? Hemos consignado que para reparación de la iglesia de Montserrat gastó en el primer, año más de 6.000 duros. Tenemos la cuenta de lo que gastó en libros, hojas sueltas y estampas comprados a la Librería Religiosa en el año 1862, la cual asciende a 95.000 reales, habiendo gastado al mismo tiempo y para el mismo objeto en impresiones y compras en la casa de Aguado y en la de Olamendi. También hemos visto alguna nota de las personas necesitadas a quienes favorecía secretamente. Pasaba una modesta pensión a una hermana suya y a su anciana ama de cría. Sabemos que ayudaba con cantidades no pequeñas a los Hijos del Inmaculado Corazón de María, a las monjas de enseñanza que había fundado, y a otros establecimientos de piedad y de beneficencia. He aquí en qué gastaba las rentas, el señor Claret. Nosotros, que lo veíamos, no preguntábamos ¿qué hace de tanto dinero Su Excelencia ilustrísima?, sino ¿cómo puede hacer tantas cosas con la dotación que tiene? Hacíalas quedándose en algunas ocasiones sin un cuarto para sí y para sus familiares, que solamente por participar de su virtud perma­necían a su lado…Sabíamos que un día mandó a vender una prenda de los ornamentos pontificales para satisfacer una necesidad; pero, ignorando qué prenda era y cuál la necesidad socorrida, preguntamos si acaso tenía noticia de esto al señor Pérez, platero de esta corte, que en otros casos había servido a su ; Excelencia ilustrísima. Don Víctor Pérez nos dijo que miraría si constaba algo en sus libros, y al otro día nos mandó una nota sacada del libro de su comercio, concebida en estos términos: “En 5 de julio de 1866. Una cruz arzobispal del Excmo. e limo. Señor Claret: 1.314 reales y 29 maravedís. Para con su importe costear el viaje a un pobre”[101].

 E – Desde un estilo de vida radicalmente pobre.

Para evangelizar a los pobres, dejándose al mismo tiempo evangelizar por ellos, el P. Claret decidió desde el primer momento llevar una vida totalmente pobre, abrazando la pobreza como una exigencia del seguimiento de Cristo en la predicación.

Quería imitar a Jesús, pobre en el vestido, en la comida, en la casa, sin tener una piedra donde reclinar la cabeza[102], en los viajes, que hacía siempre a pie, y en la falta voluntaria de dinero[103]. Dando una mirada al mundo de su tiempo, hacía estas agudas constataciones: “La sed de bienes materiales está secando el corazón y las entrañas de las sociedades modernas”[104]. “Nos hallamos en un siglo en que no sólo se adora el becerro de oro, como hicieron los hebreos, sino que se da culto tan extremado al oro, que se ha derribado de sus sagrados pedestales a las virtudes más generosas”[105].

Y el santo se dio cuenta de que “a este gigante formidable, que los mundanos llaman omnipotente, debía hacerle frente con la santa virtud de la pobreza”[106]. Por otra parte, afirmaba rotundamente: “Dios quiere que se dé un público testimonio de la pobreza, pues que, por desgracia, en el día más confianza se pone en el dinero que en Dios”[107].

Conoció que el desprendimiento radical “les causaba a todos grande impresión”[108], y, siguiendo el ejemplo admirable de Jesús y María, cultivó un estilo de vida radicalmente pobre, afectiva y efectivamente: “Nada tenía, nada quería y todo lo rehusaba. Con el vestido que llevaba y la comida que me daban estaba contento. Con un pañuelo lo llevaba todo”[109]. “Dinero nunca llevaba, ni quería”[110].”Tampoco lo necesitaba”[111]. “Conocía claramente que era la voluntad de Dios que no tuviera dinero ni aceptara cosa alguna, sino la precisa comida para aquel momento, sin recibir jamás provisión para llevar de una a otra parte”[112]. Siempre y en todo ponía su confianza en la Providencia, porque -decía- “cuando uno es pobre y lo quiere ser, y lo es de buena voluntad y no por fuerza, entonces gusta la dulzura de la virtud de la pobreza y, además, Dios la remedia de una de estas dos maneras: o moviendo el corazón de los que tienen para que [le] den a uno, o bien, haciendo vivir sin comer. Yo he experimentado estos dos modos”[113].

A lo largo de su experiencia se fue dando cuenta de que la pobreza evangélica es camino necesario para llegar a la santidad: “Había observado que la santa virtud de la pobreza no sólo servía para edificar a las gentes y derrocar el ídolo de oro, sino que, además, me ayudaba muchísimo para crecer en humildad y para adelantar en la virtud”[114].Y lo corroboraba con el ejemplo del arpa, afirmando “que las virtudes son como las cuerdas de un arpa o instrumento de cuerda: que la pobreza era la cuerda corta y delgada, que cuanto más corta es, da el sonido más agudo. Y así cuanto más cortas son las conveniencias de la vida, tanto es más subido el punto de perfección a que sube”[115].

Estas convicciones llevaron al P. Claret a practicar una pobreza radical. Lo hizo a lo largo de toda su vida. Escoge voluntariamente lo más pobre[116]. Ya en su programa para la misión hizo este propósito: “Pobreza.- No me quejaré, antes me alegraré, si me falta lo necesario; y en cuanto esté en mi mano, escogeré lo más despreciable para m í. Vestiré con decencia y limpieza, pero tan pobremente como me sea posible”[117]. “Vestir y comer con sencillez y pobreza y no quejarse del vestido ni de la comida”[118].

Otro propósito, en relación con este espíritu de pobreza fue el trabajo apostólico intenso, sin remuneración alguna: “Me ocuparé enteramente en confesar, catequizar, predicar pública o privadamente, según la oportunidad (y no quiero ni aceptaré estipendio alguno, porque tendré presente que es una gracia que he recibido de María, et quod gratis accepistis, gratis date)”[119].

Este tenor de vida no fue jamás desmentido. Los testigos lo reconocen unánimemente. El P. Claret quería ser pobre y lo era realmente. Lo demostró en Cataluña y en Canarias, en Cuba yen Madrid, en París y en Roma, y, finalmente, en Fontfroide. “No comía carne, no pescado fino o exquisito, ni bebía vino ni licores. Su habitación y ajuar eran pobrísimos, y daba copiosas limosnas”[120].

Se sabe, por ejemplo, que, de algún modo, el obispo de Tarazona, don Cosme Marrodán, se “convirtió” a la pobreza claretiana. En cierta ocasión visitó al confesor de la reina en Madrid y “salió tan impresionado de esta pobreza del siervo de Dios, que, al llegar a su palacio, dio orden al mayordomo de quitar los muebles que tenía en su habitación, sustituyéndolos por otros más humildes, a semejanza de los que usaba el señor Claret”[121].

Al redactar la Autobiografía, el santo misionero había escrito estas palabras: “Todas mis aspiraciones han sido siempre morir en un hospital como pobre, en un cadalso como mártir, o asesinado por los enemigos de la religión sacrosanta que dichosamente profesamos y predicamos”[122].

Y el Señor cumplió los deseos de su siervo fiel, que, tras haber vivido en Roma con grandes angustias económicas y sirviéndose de la generosa hospitali­dad de los mercedarios en el convento de San Adrián, despojado de todo, y aun de sí mismo, pasó las últimas semanas de su vida en la extrema pobreza de los cistercienses de Fontfroide, y entregó su espíritu al Señor en la mayor pobreza y desamparo interior. Su entierro fue tan pobre y sencillo como él mismo deseaba. Fue el sello de su pobreza radical, semejante al entierro de Jesús.

“Claret. que expresaba su vehemente deseo de “predicar y catequizar en todas partes, a pobres, a ricos, a sabios e ignorantes, a sacerdotes y seglares” (cf. Crónica de la Congregación, en Anales 1915, p. 190), era consciente, por otro lado, de que, como a Jesús, la unción vocacional que había recibido del Espíritu le dedicaba particularmente a la evangelización de los pobres (cf. Aut. 118) y que esta misma había de ser la obra de sus compañeros los misioneros de la Congregación (cf. Aut.687)”[123]. “La conciencia de nuestro Fundador es para nosotros un vivo reclamo en este sentido”[124].

  Capítulo III

CLARET, PROMOTOR DE EVANGELIZADORES[125]

 Introducción

Una de las grandes preocupaciones de San Antonio María Claret, ya desde su juventud, fue la de crear un ejército de evangelizadores en un mundo sometido aun galopante proceso de secularización, por falta de raíces profundas en la Palabra de Dios. Sus intentos de asociar a la obra de la evangelización a numerosas personas -tanto seglares, como sacerdotes y religiosos- fueron múltiples y desembocaron en varios movimientos, asociaciones e institutos orientados decididamente a tareas evangelizadoras. Y no sólo promovió el apostolado asociado sino que ayudó a numerosos institutos religiosos a cola­borar activamente en la obra de la recristianización de la sociedad a través de una acción evangelizadora múltiple y profunda.

 A. Seglares

I. Claret, promotor de la espiritualidad y del apostolado seglar

“San Antonio María Claret, Misionero Apostólico, por su predicación y por sus escritos, despertó en los seglares la conciencia de la capacidad apostólica que les da el bautismo. Podían y debían ser apóstoles en su propio ambiente. Por medio del Catecismo explicado hizo de los padres evangelizadores de sus hijos y facilitó a los maestros y maestras el poder ser verdaderos catequistas. Adelantándose a su tiempo, quiso crear las “diaconisas”, mujeres seglares dedicadas a la evangelización, al culto, a la pacificación de las familias, a la rehabilitación de las mujeres perdidas, y a otras formas de apostolado.

Siendo ya arzobispo de Cuba, adquirió luces interiores sobre la Iglesia, cuerpo místico y sacramento de salvación. A raíz del atentado de Holguín, tuvo nuevas iluminaciones, especialmente de la función del seglar en la evangeli­zación, deber de toda la Iglesia. Fundó la Academia de San Miguel con un doble objetivo: dignificar las artes y las ciencias, iluminándolas con la fe, y también servirse de las artes como medio de evangelización, defendiendo la fe de los ataques de la ciencia. Además, por medio de las Bibliotecas populares, facilitó la divulgación de la cultura y el acceso de los humildes a la Palabra. Intentó poner los progresos de la economía de su tiempo -las cajas de ahorro- al servicio del bienestar de las familias y de la promoción de los trabajadores del campo, facilitándoles así la adquisición de los instrumentos de trabajo.

Claret despertó también en los seglares la conciencia de su vocación a la santidad. De hecho, la santidad era vista en el pueblo cristiano como una obligación y como coto reservado a los estados de perfección. Al pueblo llano le bastaba cumplir las obligaciones comunes y salvar el alma, esto es, la coinciden­cia del estado de gracia con la muerte.

El santo, con sus predicaciones populares, divulgaba la doctrina de que la santidad consiste en la caridad a Dios y al prójimo y que se expresa en el cumplimiento de los deberes del propio estado. Además de las predicaciones de masa, daba ejercicios espirituales a los seglares para afianzarlos en el camino de la santidad. Las casas de los Misioneros deberían ser casas de ejercicios abiertas a los seglares, sacerdotes o laicos.

Divulgó, además, la idea de la vocación universal a la santidad y ofreció los medios para alcanzarla a través de la palabra escrita. El célebre Camino Recto no era sólo un devocionario popular, sino un camino de santidad para todos, en todas las situaciones de la vida y en todos los oficios. Por medio de sus no menos célebres Avisos a toda clase de personas, facilitó a todos la vida cristiana perfecta. Escribió especialmente para los soldados y también para los campesinos.

A todos recomendaba el seguimiento de Cristo según el Evangelio. Ante la secularización liberal, que había suprimido las órdenes religiosas, opuso la consagración en el mundo, propagando a millares el librito de las Religiosas en sus casas, que era un intento de hacer revivir el movimiento de las vírgenes cristianas de los primeros tiempos; consagradas en el mundo, como fermento evangélico en medio de la masa.

Entre las personas a las que alcanzó el apostolado y el testimonio de vida de San Antonio María Claret, algunas fueron sólo beneficiarías de su mensaje; otras, en cambio, se sintieron englobadas en su persona, animadas de su espíritu, lo mismo entre los sacerdotes que entre los seglares. Se sintieron unidos a él y entre sí en un mismo don del Espíritu, en un mismo carisma”[126].

Claret vive en una época de secularización liberal y masónica. Se están desmoronando los cimientos mismos de la fe. La sociedad está poniendo bases anticristianas. El santo misionero, urgido por la caridad de Cristo, está quemado por un ansia acuciante de recristianización.

Ante el naufragio de los valores religiosos y morales del siglo XIX, para recristianizar la sociedad el Padre Claret soñaba con una generación de sacerdotes santos y de seglares comprometidos en las tareas evangelizadoras.

En Cataluña advierte la falta de agentes de evangelización y se queja y se duele de ello. De Tarragona, por ejemplo, dice: “Este es uno de los males predominantes del clero del arzobispado: poco clero y no aficionado a confesar; y es lástima, porque hay almas que tienen muy buen corazón, que si fueran cultivadas, darían un fruto centuplicado”[127]. “Le aseguro que es un martirio ver 200 o 300 personas que necesitan y quieren hacer confesión general, ignoran­tes, rudos, complicados en mil enredos de muchos años; cada conciencia como una madeja muy enmarañada. Confesamos de cuatro o cinco de la mañana hasta por la noche, pero no se puede despachar a todos; lloran hasta los hombres compungidos, que aguantan todo el día en ayunas con el frío riguroso que hace. Ellos sufren y yo sufro al verlos sufrir. ¡Ay, cómo desearía que Dios me llevara al cielo![128].

Algo parecido sucede en Canarias. En carta del obispo Codina al encargado de negocios de la Santa Sede, monseñor Brunelli, el 15 de marzo de 1848 le decía: “Hay en estas islas una mies copiosa y al parecer ya sazonada para la siega; pero faltan operarios”[129]. Allí, además, se añadía el problema del jansenismo, que hacía verdaderos estragos en el clero y, a través de él, en la gente sencilla.

En Cuba, dada la falta de evangelización, podía haber promovido el apostolado seglar, implantando, por ejemplo, la Hermandad del Corazón de María, una vez que ya no tenía impedimento alguno. ¿Por qué no lo hizo? ¿Y por qué no creó otra Librería Religiosa para la difusión de la buena prensa?

No tenemos datos suficientes para responder a estas preguntas. Es casi seguro que pensó en ello. Pero las circunstancias no eran favorables para llevar a cabo iniciativas de vanguardia. Allí era dramáticamente urgente la reforma del clero, y Claret era consciente de que sin un clero sabio y santo era difícil, por no decir imposible un auténtico apostolado seglar.

Por otro lado, la formación de seglares comprometidos en la obra evangelizadora requería tiempo. De haber seguido en aquella diócesis, tal vez después del atentado de Holguín hubiera hecho algún intento. De hecho, fue a raíz de aquel atentado cuando el Señor le inspiró la idea de crear la Academia de San Miguel. Tal vez la granja agrícola de Puerto Príncipe, de haber cuajado, hubiera dado origen a una asociación apostólica. Ciertamente sabemos que quiso establecer las religiosas en sus casas.

En cambio, en Madrid pudo llevar a cabo y consolidar la gran obra de la Academia de San Miguel. Y tanto interés tuvo en que no desapareciera que, al presentar un escrito a Pío IX, en 1865, con los pros y los contras para continuar en el cargo de confesor de la reina, aducía el siguiente motivo: “Si me retiro de Madrid desaparecerá la Academia de San Miguel, que tantos frutos está dando, igualmente se acabarán las bibliotecas parroquiales”[130].

 II. Formas organizadas de apostolado seglar

“San Antonio María Claret apreciaba las ventajas del apostolado aso­ciado, tanto para la eficacia de la acción como para la práctica de la caridad fraterna. Es muy difícil encuadrar en una síntesis lógica todas las agrupaciones que creó, porque no obedecían a planes teóricos, sino que respondían a las necesidades, conforme se iban presentando, Para simplificar de algún modo, las podemos distribuir en tres apartados: 1-Asociaciones en las que predomina la oración apostólica: 2-Asociaciones en la que predomina la acción apostólica; 3-Asociaciones a las que a la acción va unida la vida de consagración evangélica en algún grado.

 1 – Asociaciones de oración apostólica

Claret, Misionero Apostólico, estaba muy convencido que la conversión es don de gracia, que se obtiene por la oración. Por eso usaba la oración como el primer medio y el máximo[131]. Pedía oraciones a todas las gentes ‘Virtuosas y celosas”[132].

“En cierto modo puede decirse -escribe el primer biógrafo- que todos sus oyentes formaban una grande asociación de mutuas oraciones, pues encargaba en cada lugar que orasen según su intención, encargo que el auditorio aceptaba y cumplía de buena gana, pasando a costumbre el hacer esta oración”[133].

La primera forma verdaderamente organizada es la Pía y apostólica unión de oraciones y otras obras buenas para alcanzar la con versión y santificación de España y de todo el mundo bajo la especial protección del Santísimo e Inmaculado Corazón de María, Reina de los Apóstoles. Los socios estaban organizados en coros de doce, distribuyendo entre los socios de cada coro las provincias de España y el resto de la población mundial, con el número de habitantes que a cada distribución correspondía. Comenzó a funcionar en 1845.

-Sociedad espiritual de María Santísima contra la blasfemia (abril 1845). Su fin era rogar por la conversión de los blasfemos.

-Congregación de Madres Católicas (1863). Colocada bajo la protección de Santa Mónica, la formaban las madres o hermanas de los descreídos y revolucionarios, para obtener la conversión.

-La Cofradía del Santísimo e Inmaculado Corazón de María para la conversión de los pecadores (1847). Fue la más difundida, la más popular y la que agrupó mayor número de socios. Era como una organización de base, a la que se unían o de la que salían grupos más especializados. Después se convirtió también en organización de perseverancia”[134].

 2. Asociaciones de acción apostólica

Se pueden distinguir dos grupos bien diferenciados: unos de evangelización oral y otros de evangelización escrita y gráfica.

 Primer grupo:

Hermandad de la Doctrina Cristiana.

El P. Claret creó esta asociación, que fue alabada y patrocinada por el obispo, don Luciano Casadevall, en Vic en 1849. Los catequistas entraban en fábricas y talleres, se distribuían los barrios y tenían catequesis al aire libre. Más tarde, en 1851, siendo ya arzobispo de Santiago de Cuba, la instaló en su diócesis, el 9 de julio de 1851. En el reglamento decía: “El objeto es promover por todos los medios posibles la instrucción moral y religiosa de todos los fieles de uno y otro sexo, bajo unas mismas bases y un mismo catecismo; procurando que todos vivan cristianamente, apartándose de lo malo y practicando la virtud y cumpliendo todas las obligaciones de su estado respectivo. Serán miembros de esta obra y hermanos de la doctrina cristiana todos los curas párrocos, ecóno­mos, tenientes de cura, todos los demás sacerdotes y clérigos y los pretendientes de órdenes y los seglares de uno y otro sexo que se inscribieren en la misma”[135].

Algunos años después escribía: “En esta enseñanza no sólo se han de ocupar los sacerdotes y clérigos, sino también los maestros y maestras de niñas. La misma obligación, y aún más estrecha, tienen los padres y madres, tutores, amos y señores de enseñar la doctrina cristiana a sus hijos, criados y depen­dientes. Si los padres no quieren o no pueden cumplir perfectamente con este encargo, les mandamos que se repartan el peso y lo descarguen sobre los individuos de esta santa Hermandad”[136]. Los catequistas, organizados en parejas, salían a las poblaciones tocando la campanilla, y daban catequesis a los niños agrupados en coros.

 Segundo grupo:

 -Hermandad espiritual de buenos libros (1846).

San Antonio María Claret fundó esta asociación con el fin de recaudar fondos para la publicación y difusión de la buena prensa. Algunos años más tarde, cuando comience a funcionar la Librería Religiosa, fundada por él, con la colaboración de don José Caixal y don Antonio Palau, será un apoyo eficaz para sostener la editorial y potenciarla lo más posible en toda España y en Cuba.

-Academia de San Miguel

a) Origen y aprobación

La idea de la fundación de la Academia de San Miguel le vino a San Antonio María Claret durante su convalecencia del atentado de Holguín. La inspiración la considera como un prodigio, tras la curación de las heridas y la imagen en relieve de la Virgen de los Dolores en la cicatriz del brazo derecho: “El tercer [prodigio] fue el pensamiento [inspiración, sin duda] de la Academia de San Miguel, pensamiento que tuve en los primeros días de hallarme en cama, [de modo] que tan pronto como me levanté empecé a dibujar la estampa y a escribir el Reglamento, que en el día está aprobado por el gobierno con real cédula y celebrado y recomendado por el sumo pontífice Pío IX”[137].

Ya en Madrid hizo la redacción definitiva del opúsculo y lo publicó en la librería Aguado, de Madrid, en 1858. Escribe su amigo y colaborador Vicente de la Fuente: “Lo trazó y escribió en borrador en el mes de mayo de 1858 y lo entregó al señor don Fermín de la Cruz para que, durante su ausencia de Madrid [viaje con la reina por Castilla, León, Asturias y Galicia] lo consultase con algunos literatos católicos, como lo hizo. Con las observaciones hechas se procedió a imprimirlo en la imprenta de Aguado en un cuaderno en cuarto, y para no herir; la susceptibilidad del gobierno, en esta parte se imprimió solamente como proyecto con el título de plan de la Academia de San Miguel, y así se presentó al ministro de gracia y justicia para su aprobación”[138].

La Academia fue alabada por el Papa Pío IX el 28 de febrero de 1859. El proyecto fue aprobado por real orden de 16 de marzo de 1859, consiguiéndose el 6 de mayo del mismo año una real cédula, registrada en la cancillería de gracia y justicia, a cuyo pie, después de insertar los estatutos, se lee: “Vuestra Majestad concede su real permiso y licencia para que pueda establecerse en España una asociación literaria y artística con el título de Academia Católica de San Miguel, con el fin de contrarrestar el mal que produce a la religión católica la propagación de malos libros”[139].

 b) Objetivos

Los objetivos de la asociación los indica el mismo P. CIaret en su opúsculo:

– “Asociar a los hombres sabios y honrados para alabar a Dios en esta vida, y caminar a El por medio de la virtud”[140]. Viendo la multitud de asocia­ciones surgidas “con el fin meramente terrenal de fomentar las artes, la industria y el comercio”, las asociaciones de literatos, “con el laudable propósito de hacer adelantos en las letras y ciencias humanas”, y de protestantes “con el fin de publicar y extender por todas partes sus biblias adulteradas[141] y demás libros con que tratan de propagar sus errores e infestar tos países católicos”, “preciso es que los hombres aficionados al estudio de las ciencias eclesiásticas, amantes de la religión católica y deseosos del bien espiritual de sus hermanos, procuren también, como hijos de la luz, asociarse para fomentar las ciencias y las artes bajo el aspecto religioso”[142].

– De este modo “reunidos en una sociedad literaria y artística, podrán aunar sus esfuerzos para combatir los errores, propagar los buenos libros y con ellos las buenas doctrinas, haciendo de paso guerra al vicio, defendiendo y practicando la sana moral, y valiéndose para el logro de tan santas miras de todos aquellos medios que les dicten su celo, prudencia y caridad”[143].

– La asociación tenía como criterio indeclinable la plena sumisión a la jerarquía y la ausencia de toda mira política y de partido: “La Academia de San Miguel se pone bajo los auspicios del jefe supremo de la Iglesia, a cuyas decisiones se sujeta y sujetará en todo, defendiendo su autoridad y la de la Iglesia. Ajena enteramente a la política, se abstendrá completamente de tomar parte, ni directa ni indirectamente, en las contiendas de los partidos, ni consti­tuirse en instrumento de ninguno de ellos. No fomentarán tampoco la edición ni circulación de libros que por cualquier concepto puedan conducirá la subversión del orden social, al menosprecio de las autoridades civiles, ni a la preconización de una forma de gobierno sobre otra cualquiera, aun cuando por otra parte los libros sean buenos y piadosos. La Academia de San Miguel solamente busca el reino de Dios y su justicia”[144].

 c) Estructura

La estructura de la Academia de San Miguel era sencilla y funcional. Estaba dividida en tres jerarquías:

1. La primera estaba formada por literatos, a quienes corresponde luchar con sus escritos contra el menosprecio de la palabra de Dios y de la revelación, el orgulloso espíritu de independencia, el menosprecio de la voluntad de Dios y de los mandatos emanados de las autoridades constituidas legítimamente[145].

2. La segunda jerarquía está formada por los artistas: pintores, escultores y músicos. Los artistas paganos o faltos de auténtico espíritu cristiano se pusieron al servicio de las malas costumbres “y aun de la más abyecta obscenidad”. “Contra este abuso de las bellas artes tienen que trabajar los artistas católicos, procurando con sus obras, y con su ejemplo, hacer el bien-y combatir el mal, excitar a la piedad y enseñar al pueblo rudo por los ojos lo que no comprendiera bien por el oído”. Por su parte los músicos y cantores, “absteniéndose de composiciones, cánticos y tocatas impías o inmorales”, se ocuparán únicamente de las de buen gusto, piedad y religión”[146].

3. La tercera jerarquía la forman los colaboradores y propagandistas “católicos de reconocida piedad y celo”, que, “animados de un santo celo y llenos de caridad cristiana, no sólo procurarán su mutuo bien, sino que harán por difundirlo entre todos sus semejantes, ya sea con buenas palabras y saludables consejos, ya con libros espirituales, prestándolos o dándolos, según fueren sus facultades o la proporción que para ello tengan”[147].

 d) Estilo de vida de los asociados

El estilo de vida se inspiraba en el Evangelio[148]. Todos los miembros debían vivir una vida cristiana en consonancia con el ideal apostólico propio de la Academia: “Aunados entre sí los académicos procurarán vivir con !a sencillez y fervor de los primeros cristianos, sin que haya entre ellos más que un solo ; corazón y un alma sola, procurando atraer en su seno a las personas honradas, celosas y prudentes para la propagación y duración de la Academia”[149]. A los miembros de la primera jerarquía los exhorta a recibir con frecuencia la Eucaristía[150], a “dedicarse con esmero al estudio de la sagrada Escritura”, a leer “las obras de los santos Padres en sus propios idiomas, si les fuere posible, o por lo menos en versiones y ediciones de buena nota”[151], a “adquirir conocimientos de teología…desentendiéndose de todas las cuestiones que fueren meramente de escuela. Harán también por leer lagunas de las obras de controversistas católicos…; dedicarse al estudio de la disciplina eclesiástica y de la historia tanto sagrada como profana; y finalmente imbuirse en los sistemas y teorías de la filosofía, tanto antigua como moderna, y en los adelantos de las ciencias naturales y exactas, según la respectiva inclinación, a fin de combatir los errores que al abrigo de estas ciencias ha vertido la impiedad”[152].

Los miembros de la segunda jerarquía, además de tener “religiosidad y pericia en su arte”[153], deberán purificar su alma y realzarla con los santos sacramentos[154]. Como compromiso concreto de piedad “rezarán diariamente un Padre nuestro y diez Ave Marías, esto es, una decena del rosario viviente”[155].

Los de la tercera jerarquía deben sobresalir “por su piedad, celo y prudencia”[156]. A diferencia de las otras dos jerarquías, los miembros de la tercera tendrán una reunión en el primer domingo de cada mes. En ella, además de las oraciones prescritas (tres avemarias y un padrenuestro), “se leerá pausadamente y con sentido un capítulo de la Imitación de Cristo por Kempis”. “Se sacarán por suerte los quince misterios del santísimo Rosario, para que cada individuo rece todos los días durante el mes un padrenuestro y diez avemarias en obsequio del misterio que le hubiere cabido en suerte”[157]. “Cada miembro leerá cada día o por lo menos semanalmente un capítulo del Evangelio según San Mateo”[158]. “Comulgarán por lo menos una vez al mes, o cuando más tarde cada tres meses”[159]. Los miembros de cada quincena se ayudarán mu­tuamente con espíritu de caridad en sus necesidades espirituales y temporales, recomendándose recíprocamente en sus respectivos oficios o profesiones, siempre que no sea para cargos o destinos públicos”[160].

En el “resumen de las principales obligaciones” -que figuran al final del opúsculo- insiste en el testimonio de vida evangélica y en el necesario celo apostólico que debe reinar en el corazón de todos los miembros de la tercera jerarquía, lo mismo que en los demás: “En todo tiempo debe vivir bien y santamente, guardando los preceptos de la santa ley de Dios, de la Iglesia, y cumpliendo con perfección las obligaciones de su estado, edificando con su buen ejemplo, sin jamás escandalizar a nadie. Continuamente debe vivir devorado del santo celo de la mayor gloria de Dios y del bien de las almas, que Dios ha creado a su imagen y para sí, que Jesucristo ha redimido con su preciosa sangre”[161]. Como se advierte fácilmente, el P. CIaret ofrece unas líneas generales de espiritualidad seglar, que, a petición de alguno o algunos de los miembros de la Academia de San Miguel, desarrolló en la Carta ascética[162]. Es posible también que la invitación a escribir la Carta a un devoto del Corazón de María[163] proviniera de otro miembro de la misma Academia.

 e) Miembros y resultados

En la institución entraron miembros muy destacados: “La reina y el rey son los primeros que se alistaron”[164]. Por el diploma que se conserva el museo claretiano de Roma, nos consta que también perteneció a ella el Duque de Monpansier, cuñado de Isabel II. Entre los afiliados más eminentes podemos señalar a don Rosendo Salvado (obispo de Puerto Victoria), a los sacerdotes José María Tenorio, don Tomás Iglesias Barcones, al arzobispo de Santiago y a los obispos de Plasencia, Urgel, Astorga, Segorbe, así como a los seglares Vicente de la Fuente (gran amigo de Claret), León Carbonero y Sol, Enrique y Cándido Ojera de la Cruz, Juan Manuel Ortí y Lara, Gabino Tejado, Domingo Martínez (que grabó el diploma, dibujado por Claret), el duque de Bailen, el marqués de Viluma, los canónigos Matías García y José Güell, y otras muchas personas tanto del clero como seglares.

“Las primeras reuniones -dice Vicente de la Fuente- se celebraron en la modesta habitación que ocupaba Su Excelencia en el hospital de italianos. Después se tuvieron hasta el verano de 1868 en su habitación en el Hospital de Monserrat, donde vivió hasta que salió para la corte para no volver jamás. Veinte coros de a quince personas se llegaron a formar en Madrid y otros tantos en provincias; pero, habiendo decaído algunos de ellos, fue preciso refundirlos, quedando reducidos a venticuatro, doce en Madrid y otros tantos en provincias, que eran los que existían en el verano de 1868, y varios de los “cuales han seguido trabajando, aun en medio de la revolución”[165].

He aquí el resumen de lo que la Academia publicó y repartió hasta el año 1868, en que sufrió las duras consecuencias de la revolución: 24 libros y opúsculos, unas 15 estampas y hojas volanderas; distribuyó gratuitamente un millón 71 mil libros, un millón 734 mil estampas, 25 mil medallas, 2.112 crucifijos y 10.101 rosarios; prestó, además, 20.396 libros y repartió infinidad de opúsculos y hojas sueltas[166].

 f) Extensión

Su extensión quedó también definida en el opúsculo claretiano. Tendencialmente, en la mente del fundador, la Academia no se limitaba a España: “La Academia de San Miguel será universal, admitiendo en su seno a sujetos de todos los idiomas y países, siempre que sean verdaderos católicos…Tendrá en cada país una imprenta con su correspondiente librería”[167]. Vicente de la Fuente afirma que “en efecto, llegó a extenderse en algún país extranjero”[168], sin que sea posible precisar más. Un tímido resurgir tuvo en Brasil hacia 1910; pero no arraigó demasiado[169].

“Mucho más hubiera fructificado aún con su prestigio y poderosos recursos esta institución atrevidísima si, al estallar la revolución del 68, que tantas fundaciones claretianas maltrató, hubiera alguna personalidad de relieve y de valer sostenido las orientaciones y los intentos del arzobispo; pero a raíz de la catástrofe, obra tan hermosa y prometedora comenzó visiblemente a languide­cer, y sólo como un recuerdo de más venturosas realidades quedaban vestigios de algún coro, el primero, por ejemplo, que seguía presidiendo en 1880 don Vicente de la Fuente, por respeto a la buena memoria del Padre Claret, que lo había presidido en vida. De todos modos, la Academia de San Miguel, oportuna en todo tiempo, y cuya restauración sería acaso una de las más decisivas victorias de la acción católica moderna, quedará como un movimiento del genio propagandista y constructivo del Padre Claret, todavía no superado ni igualado en este portentoso conjunto de actividades”[170].

Escribía el P. José Dueso en 1935, refiriéndose a la actividad organi­zadora del santo arzobispo: “El gran Padre Claret, con su Academia de San Miguel, con su Librería Religiosa y con su intensísima propaganda personal, hizo en este terreno una obra tan colosal, que ella por sí sola bastará para inmortalizar su nombre y hacerle acreedor a la admiración y gratitud de la posteridad. Yo no sé si desde los tiempos de Gutemberg habrá registrado la historia eclesiástica un obispo más obispo, un apóstol más apóstol, un hombre más santamente apasionado y enamorado de la imprenta que nuestro glorioso Fundador y Padre. Es verdad que obispo lo fue a la fuerza; pero apóstol y misionero lo fue por afición, por inclinación, por convicción, por divina obsesión, si se me permite la palabra”[171].

-Bibliotecas populares y parroquiales (1864). Los encargados tenían que ser seglares y eran un medio de divulgación de los esfuerzos de las organi­zaciones anteriores.

3. Asociaciones seglares en que la acción apostólica va unida a la consagración evangélica en diverso grado

a) Las Religiosas en sus casas o las Hijas del Inmaculado Corazón de María (1847).

“Para doncellas que quieren vivir religiosamente en el siglo”. El vivir religiosamente implicaba la virginidad consagrada con la obediencia y pobreza evangélicas—Además, se dedicaban al apostolado litúrgico, catequesis e ins­trucción cristiana y caridad. Es una lástima que no consten datos concretos acerca del número de las doncellas que se comprometieron a este género de vida; se puede vislumbrar por las indicaciones del libro. Claret pedía una vez mil ejemplares y otra quinientos. Se conocen trece ediciones del mismo, y en cinco de ellas la tirada subía a cinco mil ejemplares.

b) Los sacerdotes seculares que viven en comunidad.

Era una sociedad de vida común sin votos, inspirada en el redentorista Venerable Bartolomé Holzhauser. “El fin de este Instituto -se dice en el capítulo primero de las Reglas fundamentales- no es instituir una religión, ni una congregación, ni tampoco introducir una forma de vida eclesiástica nueva; solamente se intenta poner nuevamente en práctica el estado clerical y sacerdo­tal instituido por Nuestro Señor Jesucristo, practicado por los Apóstoles y discípulos del Señor, y mandado continuamente por los sagrados cánones, a fin de vivir con aquella pureza de su primitivo espíritu, en medio del mundo, ocupados en el desempeño de sus sagradas funciones”.

Estos sacerdotes vivían en medio del mundo y al servicio de la Iglesia local, en cargos de régimen, administración y conservación de la fe y la vida cristiana. San Antonio María Claret los veía como un complemento de la acción animadora y evangelizadora de los Misioneros.

Faltan datos sobre el número de sacerdotes que aceptaron este género de vida.

c) Integración del apostolado seglar con el apostolado sacerdotal

San Antonio María Claret intentó la integración de los diversos apostola­dos, no sólo a nivel de actividades, sino de personas en una Hermandad en 1847, y no tuvo éxito por la oposición del Arzobispo de Tarragona, a causa de la parte activa que debían tener las mujeres. Más tarde, en 1864, intentó coordinar en el Corazón de María una especie de superasociación, compuesta por la Congrega­ción de Misioneros, los Sacerdotes en comunidad y los seglares.

d) Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María y amantes de la Humanidad (1847).

El objeto de esta Hermandad era la mayor gloria de Dios, la santificación propia y el bien espiritual y corporal de sus prójimos. Lo característico es que los componentes eran sacerdotes y seglares y la junta directiva estaba formada, además del Director, por dos sacerdotes y dos seglares. Entre los seglares destacaban las “diaconisas”, mujeres que, “además de cumplir con las obliga­ciones de su estado”, se dedicaban especialmente al apostolado de la catequesis, enseñanza y caridad, junto con el testimonio de una vida cristiana irreprensible. Los sacerdotes se dedicaban principalmente a la predicación y ejercicios. Los seglares, a escribir y difundir libros, a exhortar a la virtud y a la pacificación de las familias, unión de matrimonios, rehabilitación de las mujeres perdidas, caridad con los enfermos, encarcelados, pobres, ancianos, huérfanos, viudas.

La asociación comenzó en Vic y se extendió a otras ciudades, pero el Arzobispo de Tarragona la suprimió por dar a las mujeres parte activa en el apostolado”[172].

Como esta asociación “se componía de sacerdotes, seglares y diaaconisas, el abanico de sus acciones apostólicas podía ser muy amplio y oportuno, desde el ministerio sacerdotal estrictamente dicho hasta las obras de promoción social”[173].

e) La Cofradía del Corazón de María ampliada (El ejército del Corazón de María-1864).

En el título de las Reglas del Instituto de los Clérigos Seglares que viven en comunidad, San Antonio María Claret precisa que “componen el orden segundo de los Hijos del Inmaculado Corazón de María”. En la Introducción explica su intención: “María es para los enemigos de nuestras almas como un ejército bien ordenado, puesto en batalla…El ejército de María, Reina de cielos y tierra, se compone de ángeles y de los devotos de su Inmaculado Corazón, alistados en la Archicofradía”. El Santo ve en la Archicofradía un don de Dios a la Iglesia, que trasciende, por su fuerza interior, los límites canónicos de una pía asociación. Por esto añade: “En la Archicofradía hay tres órdenes distintos y cada cual tiene su especial reglamento, que cumple exactamente, y, reunidos en el Inmaculado Corazón de María, forman un conjunto admirable y un todo perfecto y formidable a los enemigos, mundo, demonio y carne”.

Los tres órdenes se distinguen por la intensidad de la vida consagrada según el Evangelio y por la libertad para dedicarse a la evangelización. “En el orden primero están los que forman la Congregación que se llama de los Hijos del Inmaculado Corazón de María, y son sacerdotes y hermanos enteramente consagrados a Dios y a María Santísima, y ocupados continuamente en las misiones, en dar Ejercicios Espirituales, etc. etc.”. “Tienen casas fijas en que vivir y residir; pero ellos no permanecen sino por el tiempo que su superior dispone o los manda a otra población, a otra diócesis, a otra nación, según lo exige la mayor gloria de Dios y el bien de las almas. Por esto sus individuos no poseen beneficios, ni dignidades ni otra cosa alguna; por manera que están enteramente entregados en brazos de la Divina Providencia, como los Santos Apóstoles, y hasta aquí nada les ha faltado, ni les faltará en adelante”.

“En el orden segundo están los que forman el Instituto de clérigos seglares que viven en comunidad”. “Están fijos en sus diócesis, y son los que poseen los oficios, beneficios, curatos, canonicatos, dignidades, profesorados, etc., etc.”.

“En el orden tercero se hallan todos los demás fieles devotos de María alistados en su Archicofradía”. A estos fieles San Antonio María Claret propone una vida de santidad según los deberes del propio estado y el rogar por la conversión de los pecadores. Por otra parte, daba a los dotados de especiales carismas la oportunidad de hacer el bien en otras obras apostólicas organizadas por él, especialmente para el apostolado de la palabra escrita y difundida.

Entre estos tres órdenes había una complementariedad de funciones: sacerdocio profetice, sacerdocio sacramentalizador y apostolado seglar. Había una unión de gracia interior, pero no había una superorganización que coordi­nara los esfuerzos de todos. Quizá la revolución del 68 impidió un desarrollo armónico que podía haber llevado a una coordinación o programación común”[174].

B. Claret, promotor de sacerdotes evangelizadores[175]

1- Discípulos y compañeros

Precisamente los ejercicios espirituales eran parte fundamental para él, como antes para el capitán Iñigo de Loyola, de la formación de sus colabora­dores. Su entrega incansable a las misiones populares no era simple desahogo de una vocación personal ala evangelización, aunque fuera también el cauce por donde se fue desarrollando ésta, sino, a su juicio y al de los mejores eclesiásticos de su tiempo, la respuesta más adecuada y eficaz a unas medidas agudas de la sociedad de entonces. Y es que, por una parte, el pueblo en general tenía aún bastante fe como para acudir a escuchar los largos sermones de los misioneros. Ya hemos dicho que toda la población entraba prácticamente en una especie de retiro. Las misiones y ejercieras se habían convertido en el ministerio de renovación más común. A él se habían venido entregando, en su mayor parte los sacerdotes de las órdenes religiosas que se dedicaban a la predicación. Cerca de Antonio, un futuro colaborador suyo, el canónigo Josep Caixal, en 1840, durante su exilio en Francia, había planeado la formación de un equipo de misioneros que se dedicasen a la reconquista espiritual de Cataluña. Los planes no llegaron a realizarse.

La supresión de las órdenes religiosas en 1835 había despoblado los conventos de donde salían los misioneros. Buena parte de éstos se habían ido a la América de lengua hispánica. Lo hizo el que luego sería célebre misionero y colaborador del Santo en Cuba, el Siervo de Dios Esteban de Adoain, capuchino. En Cataluña había quedado cerrado entre otros, un centro tradicional de predicación misionera, el convento franciscano de Escornalbou. San Antonio María Claret se había lanzado a la predicación misionera en años política y militarmente muy turbados, en los que tal ministerio era muy difícil y peligroso (1841-1843), pero muy pronto se tranquilizó algo la situación y la resaca conservadora que motivaron en toda Europa las revoluciones de 1848 haría luego lo demás.

San Antonio María Claret que, con no poca valentía, había comenzado a salir solo por los pueblos catalanes, se vio forzado a interrumpir pronto su peregrinación apostólica, en mayo de 1842. Su amigo Soler, el vicerrector del seminario, acudió con un grupito de sacerdotes a la primera tanda de ejercicios espirituales, seguidos de conferencias de pastoral, que dio el Santo en julio de 1843, en Campdevánol, villa importante, situada ya casi a los pies del Pirineo, en el Ripollés. No sabemos si alguno de los oyentes se ofreció a trabajar con él. Pero en la tanda que dio poco después, en agosto, a otro grupito de sacerdotes reunidos en Gombrén (también a los pies de los Pirineos), ganó ya a un colaborador valioso, el joven Mossén Esteban Sala, su futuro sucesor en el gobierno de la Congregación de Misioneros, cuando a él lo consagren obispo. A fines de 1844 tenía ya un grupo de discípulos y compañeros. Se lo decía el mismo Soler al siervo de Dios Joaquín Masmitjá en carta de 17 de diciembre de este año: El [Claret] sigue con sus sermones y aprendices en Calella[176].

En 1845 había enviado a la Curia Romana, por medio de su amigo el Hermano Francisco Bosch, jesuita (1799-1847), una petición del título de Misionero Apostólico para diez sacerdotes. Algunos de éstos, oficiales y pro­fesores del seminario de Vic (Jaime Soler, desde hacía un año su rector, Jaime Passarell, Mariano Puigllat y Mariano Aguilar) no podían ciertamente acom­pañarlo en sus ministerios, aunque el doctor Soler se encargara de reclutarle candidatos y todos lo apoyaran de un modo u otro. Tampoco se iba a dedicar a él su querido confesor, el P. Pedro Bach, que acababa de restaurar el Oratorio de Vic, del que era prepósito, y que vivía entregado a numerosas iniciativas y apostolados en la ciudad. Los otros cinco sacerdote sí que pudieron contarse entre los compañeros de Claret: Francisco Gonfaus, párroco; Esteban Sala, el manresano Manuel Subirana, que luego lo acompañaría a Cuba; Manuel Battle, y el sacerdote de Solsona, Ramón Vicens. Sabemos con certeza que salieron con el santo a predicar Sala, Subirana y Batlle. La petición del título de Misionero Apostólico no tuvo éxito, porque el Hermano Bosch juzgó que se iba a negar la concesión de un título tan apreciado a todo un grupo de diez y cambió la petición reduciéndola a una solicitud de ciertas facultades, que fueron concedidas. El comienzo de la solicitud, escrita por el santo, nos revela cómo éste se veía a sí mismo y a su obra de 1845:

“Antonio Claret, sacerdote y Misionero Apostólico de la diócesis de Vic en España y residente en la misma, postrado a los pies de Vuestra Santidad, expone humildemente: cómo, considerando los daños que sufría la Religión Católica en España, decidió oponerse eficazmente y hace ya cinco años que vive entregado al sagrado ministerio de las misiones, ejercicios al clero y al pueblo y asi­duamente al confesionario, incluso a menudo de noche, por no ser suficiente el día, recorriendo al modo apostólico las diócesis de Cataluña.

Sus tentativas han sido bendecidas por Dios y así pudo ver muy pronto un gran número de ovejas descarriadas volver al seno del Padre celeste, quien por su misericordia ahora se ha dignado llamar a otros obreros evangélicos, animados de celo, dispuestos y resueltos a seguir el mismo tenor de vida y fatigas apostólicas que el que suplica y así podría difundirse por otras regiones de España para sembrar en ellas la Palabra de Dios”(53)[177].

Esos planes de Mosén Claret eran sin duda amplios como el celo apostólico que le encendía la sangre. Apenas había comenzado a afianzar su ministerio apostólico por el Principado catalán y ya pensaba en enviar colabora­dores por el resto del reino.

En los años sucesivos aparecen al lado del santo otros compañeros. Una lista de hermanos de fines de 1846 o principios de 1847, menciona además de Sala, Bach, Francisco Gonfaus, Subirana y del Beato Coll, el franciscano Miguel Febrer, el agustino José Benet y a los sacerdotes Ramón Gonfaus, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas, Pedro Abel, Pío Puigrefagut, Antón Danti, Sebastián Obradors y a un Mosén Vilas[178]. En la lista de compañeros nuevos, de 1848, se hablade Coll, Benet, Ramón Gonfaus, Vilaró y se añade el carmelita Francisco Solá[179]. Algunos, como se ve, sobre todo el beato Francisco Coll, dominico, eran adictísimos y constantes.

La asociación sacerdotal funciona ya en 1846. EI13 de junio de este año escribía desde Barcelona el corresponsal del periódico madrileño “La Espe­ranza”, diciendo que en Santa María del Mar durante el mes de mayo había predicado el P.Esteban Sala, “presbítero, individuo de la sociedad que tiene establecida en Vich el reverendo Padre y predicador apostólico D. Antonio Claret, cuyos socios se obligan a ir a predicar donde el señor Vicario general de Vich disponga, sin recibir estipendio alguno”[180].

Reflejo de sus inquietudes en este campo sacerdotal son algunas indicaciones en el epistolario. El 19 de junio de 1847 escribía desde Vic a su amigo Caixal: “En ésta, además de dedicarme a mis tareas apostólicas, me ocupo en preparar algunos sacerdotes jovencitos, que todavía no han salido del nido, pero que prometen ser algún día muy buenos voladores y cantores”[181]. Y menos de un mes más tarde decía al mismo Caixal: “Ahora estoy, entre otras cosas, ocupado con algunos sacerdotes jóvenes que se están preparando para predicar y confesar, y aumentarán el número del año pasado”[182].

2- Las comunidades sacerdotales

Aún no ha sido advertida la importancia que el año 1864 tiene en la evolución de la concepción claretiana del apostolado. Recojamos algunos datos que ya han ido apareciendo. Fue este año cuando, al volver a escribir el capítulo primero y la regla espiritual y apostólica en las segundas Constituciones de sus Hijos, el santo pasó decididamente de una concepción de la misma en cuanto Instituto consagrado a las misiones y ejercicios espirituales a otra en que lo veía entregado a la proclamación del Evangelio en todas sus formas, a los ministerios de la reconciliación y de la dirección espiritual y la formación espiritual y pastoral de los seminaristas. Fue también en 1864 cuando luchaba por la unidad del catecismo en toda la Iglesia de España, cuando lanzó a los vientos su propuesta de las Bibliotecas populares y anunció el papel importante que iban a tener los seglares en el apostolado.

En 1864 publicó además un librito que, desgraciadamente no parece haber tenido incidencia alguna, pero que revela la riqueza de la visión que de la Iglesia tenía su autor. El librito, de 96 páginas, del que la Librería Religiosa, en la única edición conocida, imprimió 5.000 ejemplares, llevaba por título Reglas del Instituto de Clérigos Regulares que viven en comunidad y son los que componen el orden segundos de los Hijos del Inmaculado Corazón de María. Contenía un extracto de las Reglas que para los sacerdotes que deseen vivir en comunidad fraterna había compuesto Bartolomé Hozhauser y aprobado Inocen­cio XI, tomándolas de la Biografía del mismo escrita en francés por J. P. L. Gaduel[183].

En este extracto el Santo insertó numerosas adiciones propias y una larga introducción. Lo publicaba con la intención de propagar la vida de comunidad en el clero diocesano.

San Antonio María Claret había fundado su Congregación de Misioneros a partir de los equipos y asociaciones ya existentes, añadiendo precisamente la vida de comunidad fraterna a la simple colaboración anterior. La sierva de Dios Antonia París se lo había dicho a Caixal decididamente de parte de Dios: “era voluntad de Dios que Mosén Claret se reuniera con otros compañeros y viviesen en comunidad llana y simplemente”[184].

Nació, pues, una comunidad de sacerdotes y hermanos entregados a la evangelización itinerante. En Santiago de Cuba, el arzobispo y sus colabora­dores habían vivido también en comunidad y comunión de bienes, con tal espíritu que llamaba la atención de los visitantes”[185]. Pero también ésta era una comunidad misionera, para la dispersión. Ahora, en 1864, aparecía un elemento nuevo: la vida de comunidad entre sacerdotes vinculados a un lugar por la cura de almas.

La propuesta claretiana venía a insertarse en una larga y rica tradición, cuyo ejemplo más preclaro en la Iglesia de los Padres lo había dado San Agustín con sus varias iniciativas hasta culminar en la comunidad formada por él como obispo con algunos de sus presbíteros. La iniciativa agustiniana se había eclipsado durante siglos, a lo largo del arto medioevo, cuando comunidad y monacato vinieron a confundirse, pero su recuerdo volvió a surgir en la Iglesia de los siglos XI y XII dando lugar a los canónigos regulares, es decir, a comunidades sacerdotales con cura de almas que vivían según la regla apostólica, en la caridad fraterna y comunión de bienes. Esto era lo que habían resucitado en el siglo XVI algunos clérigos regulares, lo que Hozhausery luego Claret pretendían restablecer en la Iglesia: un tipo de vida sacerdotal en el que apareciera visible el elemento cristiano típico de la comunión. Durante el Concilio Vaticano I fue anotando con cierta satisfacción las intervenciones de los Padres en favor de las comunidades sacerdotales, la del obispo de Imola el 8 de febrero de 1870[186], y ya antes la información dada por el arzobispo Melchers de Colonia sobre una asociación sacerdotal con promesas de pobreza y castidad[187].

Pero nuestro apóstol quería algo más que simples comunidades sacer­dotales espontáneas. Entendía esas futuras comunidades como células inte­grantes de un Instituto unido por una regla común. Como no les daba organi­zación centralizada, ni otro compromiso que el de la vida fraterna, estos sacerdotes, en el aspecto canónico, eran plenamente diocesanos, sin otra vinculación. Aunque, si hubiera realizado el proyecto, la comunidad de espíritu y regla hubiera llevado naturalmente algunos instrumentos de diálogo y encuen­tro. Es prueba del espíritu profetice que animaba al Santo el hecho de que proyectos similares hayan venido a realizarse en nuestros días.

C. Claret, promotor del apostolado de los religiosos

San Antonio María Claret tuvo siempre una aguda sensibilidad respecto de la vida religiosa. En su juventud intentó dos veces formar parte de una Instituto religioso, primero de vida rigurosamente contemplativa (los Cartujos) y más tarde, ya sacerdote, de vida apostólica (los Jesuitas). Los planes de Dios eran distintos y -siempre por motivos de salud- se vio obligado a desistir. No obstante, vivió siempre el radicalismo de la vida consagrada con un entusiasmo y un ardor admirables. Y, al fin, movido por el Espíritu, dio origen a dos congregaciones religiosas misioneras: los Misioneros Hijos del Corazón de María y, en colaboración con la Madre María Antonia París, a las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas. Cuando le faltaban pocos días -apenas dos semanas- ” para entregar definitivamente su vida al Señor, el 8 de octubre de 1870, quiso profesar en la Congregación por él fundada y en manos del Superior General. P. José Xifré.

Su estima por la vida religiosa, como fuerza evangélica de renovación t interior de la Iglesia, no fue nunca desmentida. Para darse cuenta de ello basta1 leer algunos de sus escritos sobre este tema[188]. Era plenamente consciente del valor testimoniante y de la fuerza de irradiación evangelizadora que es en sí misma y que comporta la vida consagrada. Por eso con enorme generosidad prestó su valiosa ayuda a numerosas congregaciones religiosas, entre las que destacan las Carmelitas de la Caridad, las Adoratrices y las Siervas de Jesús. El estilo de vida que quiso para sus Misioneros y que dejó plasmado en las dos redacciones de sus Constituciones, es rigurosamente evangélico. A la austeridad de vida, a la unión con Dios, a la comunión fraterna y al afán de renovación y actualización, mediante una formación continua sólida y bien programada, estaba vinculada tanto la transparencia evangélica de los misio­neros como su fecundidad apostólica en la proclamación del Reino. Todo ello, sin duda inspirado por el mismo Espíritu le llevaría en los últimos años de su vida a idear una “acies ordinata”, una especie de ejército evangelizador teniendo en el Corazón de María su centro de comunión y el eje de su irradiación misionera.

 D – Una amplia organización apostólica

Por los meses en que preparaba el opúsculo sobre los sacerdotes, estaba su autor reflexionando mucho sobre la naturaleza de la Congregación de Hijos del Corazón de María, cuyas segundas Constituciones iba a escribir entonces. Esto lo llevó a relacionar la Congregación, ya en el prólogo, no sólo con las comunidades sacerdotales con cura de almas, que él proponía, sino también con un movimiento seglar más amplio. Esbozó así una idea de asociación más abierta entre los tres sectores. Para entonces, aún no se habían organizado propiamente los movimientos internacionales, a excepción de la masonería, ni habían aparecido las grandes compañías multinacionales de nuestros días. Contaba con un solo modelo: el ejército. Con él cuadraba la interpretación de guerra de Dios que el Santo había dado siempre a su apostolado. Imaginó, pues, un ejército puesto bajo la protección del Corazón Inmaculado de la Madre de Dios y compuesto por tres órdenes: los miembros de la Congregación, las comunidades sacerdotales diocesanas y los seglares reunidos en la Archicofradía del Corazón de María. La diferencia entre el primero y el segundo no consistía entonces en el carácter religioso de la Congregación (sus miembros aún no lo eran), sino en una plena consagración a la evangelización, por la cual dejaban su incardinación a su iglesia local de origen para ponerse al servicio de todas las Iglesias, mientras que los del segundo orden estaban dedicados al ministerio pastoral en sus iglesias. Es evidente que, dadas las iniciativas claretianas en favor del aposto­lado seglar, los del tercer orden, aunque él los viera más ampliamente encuad­rados en la Archicofradía, iban a suscitar asimismo numerosas iniciativas y organizaciones apostólicas.

Todo esto tenía consecuencias importantes para la Congregación fun­dada en 1849. Esta dejaba de ser organización apostólica separada para constituirse en parte integrante de un conjunto mucho más amplio. La comunión entre los órdenes no era organizativa y el Santo no supeditaba los órdenes segundo y tercero al primero. La unión se daba en los fines y en ciertos rasgos de espíritu comunes. El autor del proyecto no previo canales de diálogo, aunque podemos prever que éstos nacerían espontáneamente. Está sucediendo ahora entre los miembros de la Familia Claretiana: religiosos, religiosas, instituto secular y seglares[189].

 4. Resumen y conclusión

En resumen, nadie podrá negar la enorme capacidad de convocatoria que tuvo el Padre Claret a lo largo de toda su vida:

– En Gombreny se ganó al P. Esteban Sala y a otros.

– En la época de Cataluña consigue varios grupos organizados, o tal vez uno solo que se fue desarrollando. Entre ellos figuran los Hermanos de Jesús y María.

– En 1849 crea y forma un grupo de sacerdotes dedicados a las misiones. Así se lo dice el nuncio el 12 de agosto: “Viendo la grande falta que hay de predicadores evangélicos y apostólicos en nuestro territorio español, los deseos tan grandes que tiene el pueblo de oír la divina palabra y las muchas instancias que de todas partes de España hacen para que vaya a sus ciudades y pueblos a predicar el Evangelio, determiné reunir y adiestrar a unos cuantos compañeros celosos y poder hacer con otros lo que solo no puedo; y gracias a Dios ha tenido tan buen principio mi pensamiento que actualmente me hallo con cincuenta y nueve discípulos eclesiásticos, y algunos saldrán predicadores y muy aven­tajados”[190].

– El 16 de julio surge la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María.

– En Cuba establece una auténtica comunidad misionera.

– En 1855 funda, con la sierva de Dios María Antonia París de San Pedro, las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas.

– A partir de 1860 estableció en El Escorial una comunidad de capellanes. Su intención, reiteradamente manifestada al P. José Xifré, era crear en aquel punto céntrico y estratégico una comunidad de Misioneros dedicados a dar ejercicios y misiones por toda la península.

– Creó varias asociaciones de seglares: Pía y Apostólica Unión, Hermandad Apostólica, Academia de San Miguel, Bibliotecas populares y parroquiales, Asociación de Madres Católicas, Asociación de la Sagrada Familia (para emigrantes hispano-americanos),y el denominado “gran ejército del Corazón de María”, formado por la Congregación de Misioneros Claretianos, una asociación de sacerdotes y otra de seglares.

¿Qué pretendía Claret al suscitar evangelizadores, sobre todo seglares? ¿Qué pretendió principalmente al fundar la Academia de San Miguel? Ya desde Cuba se lo decía con toda claridad al abate Gaume, que le había pedido su opinión -lo mismo que a otros muchos personajes- sobre el origen y propagación del mal en Europa: “Aseguro a usted sin vacilar -le respondía el Padre Claret- que abundo en su idea de despaganizar la educación, las letras, las ciencias, la política y todas las tendencias de la época actual; porque allí esta el cáncer que corroe la sociedad”[191].

Para lanzar una amplia ofensiva de recristianización, como hemos visto, el Padre Claret dedicó muchas de sus energías a buscar y agrupar evangeli­zadores. Pero no los dejó solos, a su aire. A lo largo de su vida misionera procuró ofrecerles una mística, una espiritualidad evangélica y apostólica. Además de los distintos reglamentos o constituciones, escribió para los seglares la Carta ascética y otros muchos opúsculos; para las religiosas en sus casas, el libro Las hijas del Corazón de Maris, para el clero, Los avisos a un sacerdote, El colegial instruido y las Reglas del Instituto de clérigos seglares que viven en comunidad, tomándolas en gran parte de Holzhauser; para los sacerdotes con inquietudes misioneras, la Carta al misionero Teófilo; y para los Misioneros del Corazón de María, la Autobiografía.

“La urgencia de la evangelización en el momento actual, la orientación de la Iglesia de hoy, nuestra vocación evangelizadora para la edificación del Reino de Dios nos exigen reactualizar la sensibilidad que tuvo Claret en su tiempo y que hoy nos hace optar por la tarea de suscitar y promover evangelizadores: sacerdotes, religiosos y seglares. Lo entendemos como un objetivo inherente a nuestra misión”[192].

Actualmente los Misioneros Claretianos, que de algún modo somos el primer analogado de ese gran movimiento evangelizador, estamos llamados a secundar y promover todas estas iniciativas claretianas. Falta aún por realizar el “segundo orden” de sacerdotes que viven en comunidad. Y, respecto de los seglares, se nos exhorta a suscitarlos y a colaborar activamente en su formación claretiana:

 

“La sensibilidad heredada del Fundador, sostenida por una correcta concepción de la Iglesia, deberá inducirnos a reconocer, asumir y promover la participación de los laicos en el dinamismo de la misión. Y habríamos de brindarles, conforme a la lección del mismo Fundador, formación, sentido asociativo y mística de servicio apostólico”[193].

 CONCLUSIÓN GENERAL

La evangelización fue en San Antonio María Claret una realidad obsesiva y totalizante. Consciente de su misión profética, al estilo de Jesús, de los Apóstoles y de los misioneros apostólicos que le precedieron, dedicó todas sus energías, alma y vida, a la edificación de la Iglesia con la fuerza del Evangelio de la salvación.

Ungido y enviado por el Espíritu, realizó maravillas en el pueblo de Dios y ha dejado una huella profunda en la Iglesia como uno de los grandes evangelizadores de todos los tiempos.

Su experiencia y su testimonio siguen siendo plenamente válidos en el mundo de hoy. Su sensibilidad, su ardor apostólico, sus estrategias y el contenido de su acción evangelizadora iluminan los caminos de la formación y de la misión que los claretianos estamos llamados a hacer realidad en nuestro tiempo.

Seguir las huellas del P. Claret es indispensable para todos los que, en él y desde él, nos sentimos llamados a continuar la obra de la salvación en el corazón del mundo. Su carisma misionero nos acucia, nos impulsa y nos lanza hacia la “nueva evangelización” pretendida hoy por la lglesia. Y hoy más que nunca,”la Congregación está necesitando personas seriamente capacitadas para comu­nicar con competencia el Evangelio al hombre de hoy, y para dar seguridad, al mismo tiempo, a nuestra búsqueda de respuestas nuevas” (CPR 30).

La encarnación del P. Claret en la historia, su visión de la realidad y su ardiente celo apostólico constituyen para nosotros una continua interpelación.

A través de la escucha fiel de su palabra y siguiendo su ejemplo, también nosotros podemos y debemos ser palabra de vida, luz de verdad y fuerza de salvación para nuestros hermanos, creyentes y no creyentes, más necesitados de verdad y de amor (*).

(*) Queremos expresar nuestra sincera gratitud al P. Pablo Lacheta, CMF, por su colaboración en la transcripción de los textos que figuran en este cuaderno.

Notas

[1] Mt. 16,26.

[2] Aut. n. 68.

[3] Aut. n. 113.

[4]Aut. n. 120.

[5]EA, pp. 416-418.

[6]Ib., pp. 427-429.

[7]Nn. 114-119.

[8]Ib. n. 114

[9]Ib. n. 118

[10]ls. 41, 9;Aut. n. 114.

[11]ls. 41, 10; Aut. n. 115.

[12]ls. 41, 11.13; Aut. n. 116.

[13]ls. 41,16; Aut. n. 117.

[14]Is. 41, 17-18; Aut. n. 118.

[15]Ez. 3,17;Aut. n. 119.

[16]Ez. 3,18-19.

[17] Lc 2,49.

[18] Lc. 9,58; EA, p. 418.429; MCH 57-59.

[19]cf. Aut. n. 224.

[20]Áut. nn. 156,270.

[21]PIT, ses 3.

[22]PIV, ses. 82.

[23] Carta del 30 enero 1862: EC, II, p.440.

[24]Cf.1Cor. 13,8.

[25]Ib. 13,13.

[26]Cf. Aut. n.444 – 448.

[27]Cf. EE, p. 450-504.

[28]DEL CAMPO, J. M., El acto del Padre Claret:”EI Siglo Futuro”, 1919, n. 3.765. Citado por el P. Tomás Echevarría en Estudios claretistas, LXXXII: Paréntesis: “Iris de Paz” 36 (1919,11)92.

[29]El P. Mariano Usero: “Cron. Prov. Castilla CMF” 1 (1936) 2-3.

[30]Oficio al alcalde de Sallent, 2 mayo 1836: EC, I, pp. 76-77.

[31]Cf. Carta a don Francisco Riera, 16 octubre 1837: EC, I, pp. 80-82.

[32]Cf. Carta a la junta diocesana de Vich, 17 febrero 1839: EC, I, p. 87-88.

[33]AGUILAR. F. Vida del Excmo. e limo. Sr. D. Antonio María Claret (Madrid 1871) pp.416; PIV, ses.74; HD, I, p.148.

[34]N.466.

[35]ZAPATERO, F., Recuerdos de nuestro V.P. Fundador en Cuba: “Anales CMF’ 24 (1928)694.

[36]EC, I, p.480.

[37]EC, I, pp. 484-485.

[38]AGUILAR, F., o. c., pp. 158-159.

[39]EC, I, pp.573-581; esta carta está fechada el 26 de julio 1851.

[40]EC, I, pp.585-588.

[41]DE LA ClERVA, R., Un santo en la corte de los milagros: YA, 10 de diciembre de 1892, p.44.

[42]Al gobernador de Cuba, 28 diciembre 1853: EC, I, p.924.

[43]Cf. EC, I, p.692.

[44]Al regente de la real audiencia: 22 septiembre 1852: EC, I, p.693.

[45] Cf. EC, I, pp.697-699.

[46]13 enero 1864: EC, II, pp.742-745.

[47]Cf. Carta abierta del 25 julio 1865: EC, II, pp.913-914.

[48]EC, II, p.637.

[49]MCH. 171.

[50] Jn. 8, 34.

[51] Aut. n. 372.

[52]Cf. EE, pp. 302-304.

[53]EA, p. 423.

[54]Aut. n. 471.

[55]Carta del 27 abril 1854: EC, I, p.987.

[56]Carta a los fieles de Sallent, 9 enero 1900: SOLA.F. Historia de Sallent (Vich 1920) p.418.

[57]VIÑAS. J.M., La misión de San Antonio María Claret, en EA, p. 31.

[58]Cf. Carta a Xifré: 16 julio 1869: EC, II, pp.1406-1408.

[59]”Anales CMF” 15 (1915-1916) 190.

[60]AGUILAR, F.: Vida del Excmo. e llmo. Sr. Don Antonio María Claret (Madrid 1871) p.309.

[61] lb., pp. 311-312.

[62] Ib., p. 314.

[63]EA, p. 423.

[64]LEGHISA, A.,E/ Corazón de María y la Congregación en el momento actual (circular) (Roma 1979) p.47.

[65]MONTSONIS, S. de, Un segle de vida catalana 1814-1930 (Barcelona 1961) p.786.

[66]BRUNET. M., Actualidad del Padre Claret (Vich 1953) p.39.

[67]GUTIÉRREZ, F. Azorín y San Antonio María Claret (Roma 1979) p.86.

[68]CLARET, Avisos a un sacerdote (Vich 1844) p.11: EE, p. 244.

[69]2 Cor. 2,15.

[70]Mt. 21,19.

[71]Lc. 24.32.

[72]Aut. n. 336

[73]Ib. 461.

[74]”El Iris de Paz” 35 (1918,I) 248.

[75]Aut. nn. 429-435.

[76]Aut. n. 435.

[77]Cf. HD, I, 74.

[78]Aut. n. 110.

[79]EA, p. 422.

[80]Aut. n. 165.

[81]Aut. n. 171.

[82]CLOTET. J., Resumen de la admirable vida del Excmo. e lImo. Sr. D. Antonio María Claret y Clará (Barcelona 1882) p.255.

[83] Cf. EA., p. 672.

[84]Cf. EC, I, pp. 517,529.

[85]CLOTET, J., Vida edificante y admirable del Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio María Claret, inédita, p.264 (Studium Claretianum-Roma).

[86]Carta del 13 mayo 1853: EC, I, pp. 815-816.

[87]Carta del P. Juan Nepomuceno Lobo al P. José Xifré, 22 enero 1880: Cartas edificantes de la Provincia de Aragón [jesuitas], año 1912, n.2 (Manresa 1913) p.347.

[88]Aut. n. 483.

[89]Aut. n. 562.

[90]Aut. n. 563.

[91]Carta al P. José Xifré, 22 enero 1880: CLOTET .J., Resumen de la admirable vida del Excmo. e limo. Sr. Don Antonio María Claret y Clará (Barcelona 1882) p.214.

[92]Aut. n. 111.

[93]Cf. Aut. nn. 133-134.

[94]Aut. n. 135

[95]Carta del 25 marzo 1851: EC, I, p.469

[96]Carta del 5 enero 1852: EC, I, p.620.

[97]Carta a sus fieles diocesanos: 21 julio 1851: EC, I, p.544.

[98]Carta del 23 enero 1853: EC, I, p.746.

[99]Carta del 15junio 1853: EC, I, p.861.

[100]AH CMF.I, pp.188-189; HD, I, p.736.

[101]AGUILAR, F., o. c., pp.292-293

[102]Aut. n. Mt. 8, 20)

[103]Cf. Aut. nn. 429-433.

[104]Aut. n. 358.

[105]Aut. n. 358.

[106]Aut. n. 359.

[107]Carta a la M. María Antonia París: 30 de enero de 1862: EC, II, pp. 440-441.

[108]Aut. n. 362.

[109]Aut. n. 359.

[110]Aut. n. 360.

[111]Aut. n. 361

[112]Aut. n. 361.

[113]Aut. n. 363.

[114] Aut. n. 370.

[115]Aut. n. 370.

[116]Aut. n. 649, 699: “Me siento llamado a escoger, entre dos cosas, de igual gloria de Dios, lo más pobre, lo más humillante y lo más abyecto y lo más humillante”.

[117]Propósitos de 1843: EA, p. 524.

[118]Examen particular de la virtud de la humildad: EA, p. 525.

[119]EA, p. 523-524.

[120]CLOTET, J., Resumen de la admirable vida del Excmo. e limo. Sr. D. Antonio María Claret y Clará (Barcelona 1882) p. 61).

[121]PAT, ses. 6: HD, II, p. 712).

[122]Aut. n. 467.

[123]MCH 174.

[124]MCH 175.

[125]Lo referente a este tema está bien estudiado en la introducción del P. José María Viñas, CMF, al libro El apóstol claretiano seglar (Barcelona 1979), del que se reproducen a continuación las páginas principales, intercalando más exten­samente lo que se refiere a la Academia de San Miguel.

[126]Ib., pp. 17-19.

[127]Carta a don José Caixal, 26 de diciembre de 1846: EC, I, p. 187. I

[128]Posdata del 28 diciembre de 1846: ib.

[129]ASV-AN Madrid, 332, tit. XVIII, A-L.

[130] EA, p.448.

[131]”El primer medio del que me he valido siempre y me valgo es la oración. Este es el medio máximo que he considerado se debía usar para obtener la conversión de los pecadores, la perseverancia de los justos y el alivio de las almas del purgatorio”: Aut. n. 264.

[132]Aut. n. 265.

[133]AGUILAR, F.: Vida del Excmo., e llmo. Sr. Don Antonio María Claret (Madrid 1871) p. 87.

[134]VIÑAS, J. M., Imagen del apóstol claretiano seglar, en El apóstol claretiano seglar (Barcelona 1979) pp. 38-39.

[135]CLARET, Circular a todos sus diocesanos: EC, I, p. 562.

[136]CLARET, Carta pastoral al clero, reimpresa y aumentada, apéndice sexto (Barcelona 1955) p. 197; cf. BERMEJO, J., El apóstol claretiano seglar (Bar­celona 1979) p.120.

[137] Aut. n. 581.

[138] AGUILAR, F., o.c.,p.233.

[139]Ib., p.234.

[140]Plan de la Academia de San Miguel, LR (Barcelona 1859) p.4.

[141]En esta época la propaganda bíblica en España era muy intensa, sobre todo con el cuákero Jorge Borrow, “personaje estrafalario y de pocas letras”: MENÉNDEZ PELAYO, M. Historia de los heterodoxos españoles, libro VIII, cap.2°.

[142]Plan de la Academia de San Miguel (Madrid 1858) p.3.

[143]Ib., p.4.

[144]Ib., p.14.

[145]Cf. ib., p.6.

[146]Ib., pp.10-11.

[147]lb.,p.12.

[148]Sobre este punto cf.VIÑAS, J. M., Vocación y misión del laico según San Antonio María Claret: “Studia Claretiana” 7 (1989) 193-200.

[149]Plan de la Academia de San Miguel (Madrid 1858), p.15.

[150]Cf. ib., p.7.

[151]Ib., p.21.

[152]Ib., p.24.

[153]Ib., p.25.

[154]Ib., p.9.

[155]lb., p.26.

[156]Ib.

[157]Ib., p.27.

[158]Ib., p.28.

[159]Ib., p.29.

[160]Ib., pp.29-30.

[161]Ib., p.39.

[162]EE, pp. 113-114.

[163]EE, pp.496-506.

[164]Aut. n. 582.

[165]AGUILAR, F.,o. c., p.235.

[166]lb., pp. 236-238; HD, II, p.509.

[167]Plan de la Academia de San Miguel   (Barcelona 1858) p.16.

[168]AGUILAR, F., o. c., p.234.

[169]”La Academia fue una sociedad literaria y artística de propaganda católica, creada al objeto exclusivo de combatir los errores y los vicios por medio de la verdad, de la virtud y de la belleza, por el arte, las letras y las buenas obras. Fue una sociedad universal de ataque y defensa en favor de la Iglesia católica, algo más vasto que la Sociedad que para el progreso de las ciencias entre bs católicos acaban de fundar los cardenales Rampolla, Mercier y Maffi. La revolución de septiembre acabó con ella, pero hay un conato de resurrección, llevándose la palma en este camino el reverendo P. Francisco Ozamis, que este mismo año la ha implantado en el Brasil” (POSTIUS, J.: Diploma de la Academia de San Miguel: “El Iris de Paz” 24 [1907] 249).

[170]HD, II. p.509.

[171]”El Iris de Paz”, 1935.

[172]VIÑAS, J. M., Imagen del apóstol claretiano seglar, en BERMEJO, J., El apóstol claretiano seglar (Barcelona 1979) p.41-43.

[173]VIÑAS, J. M. Vocación y misión del laico según San Antonio María Claret: “Studia Claretiana” 7 (1989) 212.

[174]VIÑAS, J. M., Imagen…, o. c., p. 43-44.

[175]Lo relativo a la promoción claretiana de evangelizadores entre el clero lo tomamos de LOZANO, J. M.: Una vida al servicio del Evangelio, Ed. Claret (Barcelona 1985) pp.115-118,447-450. Lo completamos con otros datos.

[176]Carta de J. Soler a J. Masmitjá, 17 diciembre 1844: NOGUER Y MUSQUERAS. T., Biografía del siervo de Dios…D. Joaquín Masmitjá y De Puig (Gerona 1952) p.428.

[177]CCTT, pp.79-83: Hermandad apostólica.

[178]lb., pp. 89-91.

[179]Ib., p.101.

[180]GUTIÉRREZ, F., El Padre Claret en el periódico La Esperanza (1844-1874) (Madrid 1987) p.50.

[181]EC, I, p.224.

[182]EC, I, p.227.

[183]Vie du Venerable Serviteurde Dieu Berthélemy Holzhauser (Orleans-Paris 1861) p. 99-130, 401-408.

[184]ANTONIA PARÍS, Autobiografía, n.241: Escritos espirituales (Barcelona 1985) p. 158.

[185]Aut. nn. 608-612.

[186] EA, p.486.

[187]EA. p.447.

[188]Véanse los dos hermosos capítulos (el Vil y el VIII) que dedica a la vida religiosa en “El egoísmo vencido”; el primero titulado:”De la Providencia especiadísima bajo la cual Dios tiene a la Iglesia militante”, y el segundo:”De la Providencia especiadísima que Dios tiene sobre las almas buenas”: EE, pp. 412-416.

[189]LOZANO, J. M.: Una vida al servicio del Evangelio, Ed. Claret (Barcelona1985) pp. 447-450.

[190]EC, I, p. 305.

[191]Carta del 14 marzo 1852; EC, I, p. 625.

[192]MCH 177.

[193]ALONSO, G., La misión claretiana en África hoy: “Annales CMF” 58 (1987-1988)39.