13 – Los Claretianos en la Dinamica de la Inculturacion

 LOS CLARETIANOS EN LA DINAMICA DE LA INCULTURACION1.           

ACLARACION DE LOS TERMINOS.
Para que podamos hablar con propiedad desde el principio, es preciso determinar con exactitud el sentido concreto en que emplearemos el término cultura y sus derivados a-culturación, en-culturación, in-culturación.

1. 1 Cultura: No resulta fácil encontrar a dos autores, entre los muchos que hoy día se ocupan de la cultura, que coincidan en su definición porque este concepto se puede tomar tanto en un sentido muy amplio como en un sentido muy restringi­do. Aquí hacemos nuestra la definición en sentido amplio que de la cultura dio el Concilio Vaticano II:

“Todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos e incluso a todo el género humano”[1].

En esta definición se pueden considerar diversos aspectos:

-Personal: en cuanto que, “es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura”[2]. En este sentido, el hombre es un animal cultural, en cuanto que es creador de cultura, y en cuanto que, por la cultura alcanza su plenitud humana: “valer más, ser más”, como dice Juan Pablo II[3].

-Cósmico: dice relación a todas los bienes y valores naturales con los que el hombre procura someter el mismo orbe terrestre por su conocimiento y por su trabajo.

-Social: todo aquello con lo que el hombre hace más humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres y de las institu­ciones.

-Histórico: hace referencia al hecho de que el hombre expresa, comunica y conserva, a través del tiempo y del espacio sus grandes experiencias espirituales y sus aspiraciones a fin de que redunden en provecho de todo el género humano.

-Sociológico: se refiere a la pluralidad de las culturas y a su capacidad socializadora en cuanto que la cultura en cada grupo humano hace que la persona se amolde a la sociedad concreta de la que forma parte.

1. 2 En-culturación: Es el proceso por el que un individuo se integra en la cultura del grupo dentro del cual ha nacido.

1. 3 A-culturación: En un sentido estricto es “la acción por la que se intenta imponer a un grupo social la cultura y civilización de otro grupo, económica y políticamente más fuerte, con quien forzosamen­te ha de convivir”[4]. En nuestro caso concreto, se trataría de la confrontación de la cultura superior, o pretendidamente superior, del claretiano extranjero con la cultura del pueblo en el que ese claretiano quiere evangelizar o quiere formar a otros claretia­nos. La razón de esto radica en que la claretianidad, al no existir en el vacío sino en claretia­nos concretos que han sido iniciadas en la cultura de su pueblo de origen, puesto que la claretianidad no es una idea abstracta sino un proyecto de existencia, habrá de actuar, consciente o inconscientemente, sobre la cultura del grupo que intenta evangelizar; o más concretamente aún, sobre la cultura de aquellos que en ese pueblo que evangeli­zan, aspiran a ingresar en el grupo de los claretia­nos evangeliza­dores. Si estos no están atentos, pueden pretender imponer su cultura y su manera de ser claretianos en detrimento de la cultura y de la manera de ser claretianos que tendría que surgir de una manera autóctona desde la cultura del pueblo que se evangeliza o en que se forma a los nuevos claretianos.

1. 4 In-culturación: Este concepto no se toma aquí desde una consideración méramente sociológica, sino desde la doble vertiente de opción y de acción. Como opción, la incultura­ción es una actitud permanente que compromete a asumir todo el proceso de inculturación, pagando el precio que sea necesario a fin de conseguir esa meta. Este precio puede llegar hasta el despoja­miento de las propias categorías culturales, como Jesús que renunció a su categoría divina para hacerse un hombre cualquiera (Fil. 2, 6-8). Como acción, la inculturación exige concretizar la opción tomada; lo cual implica un serio estudio de la cultura del pueblo de adopción, a fin compartir todos sus valores. La inculturación, tal como aquí se entiende, no agota sus posibilidades en la relación entre dos culturas, la del pueblo de origen del claretiano, y la del pueblo de adopción, sino que tiene que llegar hasta la relación entre el carisma claretiano y la cultura del pueblo en que el claretia­no evangeli­za o forma a otros claretianos.

En este sentido, inculturación es el proceso por el cual el carisma claretiano se integra en una cultura diferente de la del portador del mismo; y se enraíza de tal modo en esa nueva cultura que los claretianos autóctonos pueden vivir, sin distorsión de ninguna clase, sus propios valores culturales a la par que los valores específicos del carisma claretiano; de modo que el resultado final es una nueva riqueza, tanto por lo que se refiere a las formas de entender, de vivir y de celebrar el carisma claretiano.

2. DE LA COLONIZACION A LA INCULTURACION. La palabra in-culturación es un neologismo inventado por Herskovits, historiador de las Religiones. Aplicada después al Cristianismo, fue reclamada como valiosa para significar las relaciones del Evangelio con las culturas por la Federación e Conferencias Episcopales de Asia en 1973 y por los Obispos africanos en el Sínodo de 1974. En el ámbito de la Vida Religiosa, esta palabra se popularizó desde que un grupo de jesuitas africanos y asiáticos la adoptaron en la Congregación General de la Compañía celebrada en Roma en 1974-1975. Los Claretianos la hemos empleado por primera vez de un modo oficial en la MCH del Capítulo General de 1979.

Cuando se aplica al Cristianismo, inculturación significa el florecimiento de un cristianismo autóctono, partiendo de la semilla sembrada y cultivada por evangelizadores extranjeros. El Papa Pablo VI había anticipado este concepto cuando dijo en Kampala en 1969: “(Africanos, vosotros podéis y debéis tener desde ahora un Cristianismo africano!”.

En el mismo sentido podemos y debemos aplicar el concepto de inculturación a la Congregación, para significar el florecimiento de una Congregación autóctona en cualquier país del mundo, partiendo de la semilla del propio carisma claretiano, sembrada y cultivada por claretianos extranjeros en un determina­do lugar; de modo que parodiando a Pablo IV, podamos excla­mar: “(Claretianos africanos, vosotros podéis y debéis tener desde ahora una Congregación africana!”. Y quien dice africana, puede decir asiática, norteamericana, latinoamericana o europea…

Según nuestro Directorio[5], la inculturación ha de ser una constante de nuestro apostolado porque, “fieles al principio de la encarnación, hemos de realizar una evangelización incultu­rada, procurando adaptar nuestra vida y nuestro mensaje a las condiciones culturales de los pueblos y grupos humanos que deseamos evangelizar”. Y, aplicando a la inculturación del carisma claretiano lo que en este mismo número se dice del Evangelio, hay que concluir que los claretianos autóctonos han de expresar, vivir y celebrar el propio carisma según sus propias categorías culturales; pero en total fidelidad al contenido específico del carisma, y en total comunión con toda la Congrega­ción.

Ahora bien, para una auténtica inculturación de la Congregación en una determinada etnia o pueblo, no es suficiente con que haya claretianos de esa etnia o de ese pueblo, si al ingresar en la Congregación han quedado culturalmente alienados a causa de una colonización intelectual y espiritual, o de una formación ajena a su cultura. Es necesario pasar de un carisma claretiano pensado y vivido desde unas categorías culturales ajenas a un carisma claretiano pensado y vivido en las formas culturales autóctonas.

Pablo IV decía a los Obispos del Zaire: “la africaniza­ción es vuestra tarea”. También a los claretianos de cualquier encuadre del mundo se le podrá y deberá decir otro tanto respecto a la Congregación, de modo que como ha dicho también el Papa Juan Pablo II a los Obispos zaireños: la inculturación

“recubre los dominios todavía no bastante explorados como el lenguaje para presentar el mensaje cristiano de una manera que alcance al espíritu y al corazón de los zaireño, la catequesis, la reflexión teológica, la liturgia, el arte sagrado, las formas comunitarias de vida cristiana”.

Este proceso de inculturación debe llegar hasta el punto, como ha dicho el propio Juan Pablo II, de hacer “del mismo Cristo un africano en los miembros de su Cuerpo”.

En una carta del tres de Junio de 1979, dirigida a los religiosos de Africa, los Cardenales Pironio y Rossi, Prefectos, respectivamente, de las Congregaciones para los Religiosos y para la Evangelización de los Pueblos, señalaban las directrices fundamentales que los religiosos habrán de tener en cuenta para la africanización de la Vida Religiosa. Directrices que, sin duda, se pueden aplicar los claretianos de cualquier otra parte del mundo, cuando se trate de encarnar o inculturar los elementos fundamentales de su carisma en cualquier otra cultura autóctona.

Particularizando para con los claretianos lo que en la mencionada carta se dice sobre la inculturación de la Vida Religiosa, se podrían estable­cer los siguientes principios:

-La inculturación requiere que la consagración a Dios en la Congregación sea vivida en el contexto socio-cultural de cada país y de cada etnia, a fin de que el carisma claretiano sea percibido por las personas que circundan a los claretianos, como un signo espléndido del verdadero amor a Dios y al prójimo.

-La inculturación del carisma claretiano significa también integrar en ese amor a Dios y a los hermanos los valores de la propia cultura en armonía con el Evangelio, porque la Congregación, como la Iglesia misma, tiene un gran respeto por los valores morales y religiosos de todas las culturas[6].

-Los claretianos autóctonos no tienen por qué renegar de sus valores culturales, sino que deben estudiarlos cuidadosa­mente para discernir lo que en ellos hay de bueno y de verdadero, y darles una nueva dimensión en su vida consagrada. Algunos de esos valores pueden ser asimilados de inmediato; aunque también puedan ser purificados. Todo lo cual exige búsqueda y esfuerzo[7].

-Por encima de todo, los claretianos autóctonos han de tener en cuenta que toda cultura, como todo hombre, necesita convertirse en espíritu y en verdad (Jn 4, 24) y que el paso de los valores del carisma claretiano a cualquier cultura siempre exigirá un salto cualitativo y deberá trascender los valores reales asumidos, porque el carisma claretiano, como el mismo Evangelio, no se identifica con ninguna cultura[8].

-Del mismo modo que es preciso esforzarse para una auténtica evangelización de las culturas[9], igualmente tendrán que esforzarse los claretianos a fin de introducir su carisma en el contexto cultural en que viven. Es esta una de las urgencias que el Papa planteó a la Congregación en su discurso al XXI Capítulo General (1991)[10].

-La inculturación es imprescindible si se quiere que el carisma claretiano sea percibido como un testimonio espléndi­do del Reino[11].

-Pero ningún claretiano debería olvidar nunca que el carisma de la Congregación se cimenta en unos valores evangéli­cos universales comunes a todos los claretianos por más diversas que puedan ser los espacios culturales en que cada uno de ellos vive y evangeliza. Lo recuerda la MCH:

“Por su parte, también nuestra Congregación tiene una cierta experiencia de la pluralidad cultural de nuestro tiempo, que sin duda puede enriquecerla en su capacidad de misión… Tal vez no hayamos prestado suficiente atención a este tema, pero en todas partes se va haciendo hoy más explícita la urgencia de una genuina inculturación del Evangelio y de los evangelizado­res”[12].

El carisma claretiano, que pertenece inseparablemente a la Iglesia (LG, 44), tiene que buscar la manera de testimoniar la fidelidad a Cristo y a la Iglesia sin desfallecimiento, respondiendo cuidadosamente a las múltiples necesidades materia­les y espirituales de los pueblos y culturas en que se halla esparcida la Congregación. Lo deseable será siempre la perfecta armonización, cada día más efectiva, entre los valores fundamen­tales universales del carisma claretiano y los valores de las culturas autóctonas.

No cabe duda de que si los claretianos viven en profundi­dad su proyecto de vida y de misión, la cultura en la que se hallan integrados se verá alcanzada en su núcleo más íntimo, tanto por su modo de existencia como por la acción evangelizadora que desarrollan. El carisma claretiano, en lo que posee de más evangélico, tiene que penetrar los valores esenciales de la vida de todo hombre: sus criterios, sus líneas de pensamiento, sus intereses personales, hasta tocar el corazón mismo de la cultura.

Los claretianos de cualquier pueblo, de cualquier raza y cultura, por su peculiar estilo de existencia, impulsarán a sus hermanos los hombres todos hacia una conversión profunda, a fin de que lleguen a sintonizar sus valores y sus criterios con los valores y los criterios que dimanan del Evangelio. Los mismos valores evangélicos, vividos sinceramente por los claretianos, llevarán a una constante renovación e incluso transformación de las culturas, sobre todo en aquellos momentos en los que se intenta, de una manera directa y expresa, un cambio socio-cultural en que se expresan los valores fundamentales del ser humano.

En este sentido, la inculturación, en su acepción más propia y genuina, es una interacción entre la cultura y el carisma claretiano. Esta interacción desembocará necesariamente en una respuesta creadora, porque los claretianos tendrán que traducir sus valores específicos en un nuevo lenguaje, ya sea que se trate de dialogar con una cultura de adopción por parte de los claretianos extranjeros, ya sea que se trate de vivir en la propia cultura por parte de los claretianos autóctonos. Es decir, los claretianos de todos los tiempos y de cualquier espacio cultural tienen que trasvasar los valores esenciales de la claretianidad, es decir, su relación con Dios, con los hermanos y con las cosas materiales, al lenguaje de la cultura en que viven, ya sea cultura de adopción o cultura autóctona, o a un lenguaje renovado en el caso de que se verifique una transforma­ción de su cultura de origen.

El proyecto de vida claretiana, llevado hasta sus últimas exigencias, habrá de tener necesariamente una repercusión sobre la cultura; porque el claretiano se hace libre, cuando se hace señor del mundo, humanizándolo por el trabajo y la sabidu­ría; se hace libre, haciéndose hermano de los hombres, a través del amor fraterno que se traduce en servicio y en promoción de los demás, especialmente de los más pobres[13]; se hace libre, al vivir su condición de hijo de Dios, abriéndose al misterio de Alguien quie, como Padre, lo invita a una plena comunión con El[14].

No planteamos aquí la cuestión de si pudiera existir una cultura específicamente claretiana, del mismo modo como se ha planteado la existencia de una cultura monástica[15]. Nos basta con la certeza de la repercusión que el proyecto claretiano de vida tiene sin duda sobre cada una de esas tres dimensiones de la relación del hombre en cuanto tal, sobre las que se apoya cada una de los tres elementos fundamentales de la consagra­ción religiosa, como son la pobreza (relación a las cosas materiales), la obediencia (relación al nosotros de la Comunidad claretiana en particular y de la Sociedad en general) y la castidad por el Reino (elación al yo-tú masculino-femenino). Un estilo de vida caracterizado por esa triple relación, es imposible que no se exprese en un lenguaje, en unos signos, que lo visibilicen. No hay por qué evocar aquí cómo en los monasterios y en los conventos de las Ordenes Mendicantes nacieron la música religio­sa, la poesía religiosa, el arte religioso, la dialéctica[16].

 3.-DE LA ENCARNACION DE CRISTO A LA INCULTURACION DEL CLARETIANO

La inculturación no debe ser considerada como una concesión arrancada a los claretianos de una determinada cultura por otros claretianos provenientes de otra cultura distinta. La inculturación es tanto un derecho como un deber de unos y otros, perfectamente cimentado en la misma revelación cristiana y en la consiguiente reflexión teológica. En último término, no se trata de otra cosa que de la continuación de la realidad salvífica del misterio de la Encarnación de Cristo, que se hace visible en la cultura de cada pueblo. Esta fue la actitud seguida por la Iglesia desde sus orígenes, aunque, por desgracia, llegó un momento en que la Iglesia Latina casi identificó el mensaje evangélico con la cultura europea u occidental; pero incluso en las épocas de la colonización más rígida no han faltado grandes misioneros que, a pesar de las dificultades eclesiales y civiles, intentaron la inculturación del Evangelio en medio de los pueblos que evangelizaban; es más, la misma Iglesia oficial llegó a dar algunas directrices en ese sentido. En 1659, por ejemplo, una Instrucción de Propaganda Fide advertía a los misioneros que era necesario guardarse de transformar los pueblos evangelizados en pueblos españoles, portugueses, franceses o italianos, con el bello pretexto de convertirlos a Cristo.

No se trata, por otra parte, de africanizar u orienta­lizar a la Congregación, sino más bien se trata de que todos los claretia­nos, sean de este o de aquel ámbito cultural, reciban desde sí mismos y vivan en sí mismos el carisma claretiano. Es cuestión de continuar la Encarnación de Cristo; es decir, que Cristo se encarne, desde la peculiaridad del carisma claretiano, en unos hombres concretos, aunque sean unos pobres-hombres porque pobre-hombre se hizo el Verbo de Dios en el misterio de la Encarnación (cfr. Fil 2, 6-11).

El misterio de la Encarnación, no solamente puede ser vivido desde el destino histórico del Judaísmo, como ocurrió con el Cristianismo primitivo, sino también desde el destino histórico del mundo greccorromano o de cualquier otro pueblo, el cual puede aceptar sin dificultad el mensaje de Jesús, porque este mensaje no se identifica de un modo excluyente con ninguna cultura sino que puede encarnarse en todas.

Inculturación es, pues, sinónimo de encarnación. Y ahí entramos en el corazón mismo del Evangelio, y desde el Evangelio en el corazón mismo del carisma claretiano. El Carisma claretia­no, como el Evangelio, no pone barreras ni a culturas ni a pueblos, sino que rompe las barreras que le impidan encarnarse en cualquier pueblo o en cualquier cultura. Y desde ese pueblo y desde esa cultura produce nuevas riquezas, nuevas formas de pensamiento, de acción y de celebración.

La inculturación pues, para los claretianos, no es simplemente una estrategia pastoral, sino algo esencial que apunta al corazón mismo de la identidad de la misión claretiana, como dicen las Constituciones: “El sentido de catolicidad para ir a todas las partes del mundo y con espíritu abierto estimar grandemente las costumbres de los pueblos y sus valores cultura­les y religiosos”[17].

Jesús no se encarnó en una naturaleza humana “descul­turiza­da”, para, de eso modo, entrar en todas las culturas. Todo lo contrario. La universalidad de Cristo, su validez permanente para todos los pueblos y para todas las culturas, no fue el resultado de un proceso personal, sino que, por voluntad del Padre, renunció a ese proceso personal, vaciándose de sí mismo, de su condición divina, para aparecer como un hombre cualquiera; es decir, como un hombre perteneciente a un pueblo, a una cultura, no como un hombre volatilizado en un universalismo cultural que no existe en ninguna parte, porque no existen nada más que culturas concretas.

Aplicando esto al carisma claretiano, resulta que su universalidad tampoco es el resultado de un proyecto humano, sino consecuencia de una donación de gracia del Espíritu que se encarnó inicialmente en un hombre concreto, San Antonio María Claret, que fue hijo de su tiempo y de una concreta cultura. Por eso, del mismo modo que Jesús, el misionero claretiano no podrá ser universal, no podrá tener “el sentido de catolicidad”[18] si no es aceptando el ser muy particular; es decir, el encarnarse en una cultura concreta. La Congregación no podrá surgir en un pueblo determinado si, previamente, como el mismo Verbo eterno de Dios, no sabe perderse, no sabe desaparecer, como Congrega­ción. Solamente así surgirá la Congregación como algo propio de un determinado pueblo o de una determinada cultura de adopción, como Jesús se encarnó, adoptando una naturaleza humana surgida del pueblo judío y de la cultura judaica.

El Jesús histórico nació judío y permaneció judío hasta su muerte. Solamente Jesús resucitado rompió las barreras judías primero, y las barreras occidentales después, para ser pura transparencia para todos los hombres de todas las razas y de todos los tiempos. Con Jesús resucitado aparece el Hombre nuevo (el hombre renacido en Cristo por el Bautismo) y el nuevo Pueblo (la Iglesia) en los cuales son nuevos todos los hombres bautiza­dos y ya no hay más Pueblo que la Iglesia universal y las Iglesias locales en las cuales pueden y deben entrar para convertirse en nuevo Pueblo de Dios, todos los pueblos de la tierra.

En este contexto, Jesús resucitado se constituye en el criterio último para la inculturación de la Iglesia y del carisma claretiano en la Iglesia, al margen de cualquier contingencia. Lo cual significa que, por más importancia que haya podido tener históricamente la manera española, por ejemplo, de entender y de vivir el carisma claretiano, no es la única ni la exclusiva. La trascendencia del Evangelio es el argumento decisivo que destruye cualquier dependencia histórica como modalidad única de la salvación traída por Cristo, o la modalidad única de la donación carismática concedida por el Espíritu a San Antonio María Claret. Cristo llama a todos los hombres y a todos los pueblos. A los pequeños y a los grandes, a los sabios y a los ignorantes, a los ricos y a los pobres. También el carisma claretiano puede ser concedido por el Espíritu a hombres de toda clase y condición, en cuanto que forman parte de la única Iglesia y brota de su vida y santidad (cfr. LG 44).

4.-DESPLAZAMIENTOS GEOGRAFICOS DE LA CONCGREGACION QUE EXIGEN DESPLAZAMIENTOS CULTURALES.

La Congregación, hasta no hace aún mucho tiempo, como la Iglesia en general, vivía presa de la cultura occidental. La Congregación tenía algunos enclaves en diferentes ámbitos culturales en los que evangelizaba; pero en los que no se empeñaba excesivamente en suscitar claretianos autóctonos, como tampoco la Iglesia se preocupó excesivamente de suscitar un clero y una jerarquía autóctonos; y cuando lo hacían, tanto la Congregación como la Iglesia, les inculcaban a los claretianos nativos todas las características culturales de Occidente, al mismo tiempo que se procuraba despojarlos de cualquier vestigio de su propia idiosincrasia cultural.

Ahora en cambio, la Congregación, como la Iglesia misma, se está afianzando cada vez más en los pueblos coloniza­dos, al mismo tiempo que evangelizados, anteriormente por la Iglesia en general o por la Congregación en particular; y ello, tanto desde la perspectiva de dar origen a una Iglesia o a una Congregación autóctonas, como dese la perspectiva de las vocaciones que ingresaban en la Congrega­ción. Este incremento numérico de claretianos provenientes de culturas muy distintas de la occidental se advierte hoy día en aquellos países del Tercer Mundo que, hasta no hace mucho tiempo, no se consideraban aptos para asumir en todo su radicalismo los valores o las exigencias inherentes a la clericatura o a la vida consagrada en general o del carisma claretiano en particular.

Este desajuste o desequilibrio de la Congregación en Europa, en favor del incremento numérico de la Congregación en el Tercer Mundo y en otros ámbitos culturales muy distintos del occidental, no radica solamente en la crisis vocacional, en ese “duro invierno vocacio­nal” , -vocaciones que no entran y vocaciones ya formadas que se van- de que ha hablado el último Capítulo General[19], sino también en el progresivo envejecimien­to, no cultural sino demográfico, del llamado Mundo occidental. Esto obliga a la Congregación a pensar que un relanzamiento numérico de sus miembros en el Mundo occidental no será posible a corto plazo. En cambio el fuerte incremento demográfico puede ser una, aunque no la principal, de las causas del crecimiento numérico de las vocaciones a la Congrega­ción en los paísesdel Tercer Mundo. Y decimos que no puede ser la causa principal, porque la vocación claretiana, en definitiva, ahonda sus raíces últimas en la esfera de lo sobrenatural, porque siempre será una gozosa respuesta a una insinuante llamada de Dios (Mt 19, 12).

Esta inversión numérica de los efectivos de la Congregación en el Mundo occidental en relación al Tercer Mundo, no se reduce tampoco a una simple cuestión de estadística, sino que afecta a otros aspectos más importantes, como pueden ser las distintas maneras de entender y encarnar el carisma claretiano; las distintas sensibilidades frente a unos mismos valores evangélicos profundos; todo lo cual contrasta notablemente con la situación anterior en la que todo se enfocaba desde la sensibili­dad, desde la cultura y desde la teología e incluso desde la organización provenientes del Mundo occidental.

La inculturación de la Congregación no consiste solamente en aceptar un sano pluralismo ni, mucho menos aún, en implantar en sus Provincias y Viceprovincias una simple descen­tralización. Es algo mucho más enriquecedor para la Congregación autóctona en cualquier país. Se trata de hacer propia la misma dinámica de la Iglesia. Allí donde se implanta la Iglesia con las características propias de los pueblos que acceden por primera vez ala fe o se renuevan desde las perspectivas de la incultura­ción eclesial, también surgirá necesariamente la Congregación con esas mismas características a poco que los claretianos extranje­ros que la implanten en esos países sean sensibles a sus peculiaridades culturales. Invirtiendo los términos, dice el Vaticano II a cerca de las Iglesias en formación: No puede existir una Iglesia en plenitud, allí donde no exista alguna forma de Vida Religiosa, y de una manera especial la Vida Religiosa contemplativa[20]. La inculturación de la Congregación no se conseguirá por instinto sino que será preciso que los claretianos estén atentos y se esfuercen, porque, de lo contrario podrá sobrevenir un serio peligro para la misma unidad congrega­cional, dando lugar al policentrismo y a la atomización de la Congrega­ción. Peligro contra el que las mismas Constituciones ponen en guardia[21].

Esta problemática resultará acuciante para la Congrega­ción a medida que vaya adquiriendo una expansión geográfica más universal. La pregunta que se le planteará con urgencia es esta:

El carisma claretiano está vinculado exclusivamente a la modalidad cultural en que surgió por primera vez en la Iglesia?

Y, por consiguiente:

Podrá otra cualquier cultura asimilar el carisma claretia­no que no nació dentro de ella, sin un diálogo previo del mismo carisma claretiano con las demás culturas?.

Evidentemente, la respuesta tendrá que ser negativa en ambos casos. Ni el carisma claretiano está vinculado en exclusiva a la cultura en que nació, ni podrá encarnarse en ninguna otra cultura sin un diálogo previo. El último Capítulo General dejó la cuestión bien clara, tanto cuando afirmó de un modo general, que, desde nuestra espiritualidad de oyentes y servidores de la Palabra, hemos de integrar

“en nuestro carisma las riquezas espirituales y los valores culturales de los diversos pueblos donde vivimos”[22],

como cuando dijo que nuestro compromiso con la Nueva Evangeliza­ción nos

“impulsa a renovar la dimensión misionera “ad gentes” de nuestro carisma, educando para el diálogo con las culturas y tradiciones religiosas de los pueblos de otras creencias, la mayor parte de las cuales son pobres”[23],

lo mismo que cuando dijo, refiriéndo­se concretamente a nuestra condición de Servidores de la Palabra en Asia y Oceanía, donde hemos de poner de relieve

“nuestro continuo compromiso en la exploración de nuevas áreas y modos concretos de nuestra Misión “ad gentes”, en diálogo de fe y vida con las otras religiones, las culturas y los pobres”[24], y respecto de la cultura africana

“presentaremos el mensaje íntegro de Jesucristo, con respeto a las culturas africanas, para que purifiquen y armonicen sus valores con la luz del Evangelio”[25].

En la historia de la Congregación, como ocurrió en la misma historia de la Iglesia, se ha corrido el peligro de sacrali­zar una cultura determinada, la cultura occidental en concreto, confundiendo así el núcleo evangélico del carisma o del Evangelio con las proyecciones socio-culturales en que hubo de ser envuelto en sus orígenes. Esta actitud no tiene en cuenta el hecho de que cualquier cultura no pasa de ser una más entre muchas otras. Cada cultura tiene, ciertamente, sus propias limitaciones; y, por lo mismo, si se sacraliza, en realidad se empobrece; y se empobre­cerá también el carisma claretiano que nació en ella. Esto se torna hoy día más peligroso, al existir una poderosa corriente de relaciones transculturales.

Por otra parte, no es menos cierto que en toda cultura existen aspectos positivos que, por ser tales, pueden ser asimilados por hombres de culturas diferentes; pero junto con los elementos positivos existen también aspectos negativos o contra-valores que habrán de ser purificados. Aquí entra la delicada labor del discernimiento, tanto para los claretianos autóctonos como para los claretianos ajenos a esa cultura.

Este discernimiento exige una delicadeza peculiar en aquellos ámbitos culturales en los que existen formas de Vida monástica o religiosa no cristiana, tanto por la posibilidad de asumir de ellas determinados aspectos culturales y religiosos, a través de los cuales visibilizar los valores fundmentales del carisma claretiano, como por la necesidad de testimoniar la fe cristiana y el mensaje claretiano desde lo que constituye lo específico del Evangelio en unas formas que, por ser meramente antropológicas o culturales, pueden ser aceptadas por los claretianos desde su propia identidad.

De esto se deduce la importancia decisiva que tiene la formación específica de los claretianos dentro del propio ámbi­to cultural; sin menospreciar, desde luego, el gran valor que tiene también el intercambio cultural. Pero esto reviste especial cuidado para los claretianos extranjeros que han de formar a los candidatos a la Congregación en un país distinto del suyo. El formador extranjero no puede formar a los claretianos nativos en el sentido tradicional que consideraba la formación como una implantatio Instituti, del mismo modo que la evangeliza­ción tradicional pretendía una implantatio Ecclesiae. Pero de este modo, los formadores extranjeros, en vez de interpelar a los claretianos nativos con unos valores que ellos podrían admitir desde sus presupuestos culturales, les impondrían una cultura extraña. Y, en consecuencia, les impondrían una respuesta ya dada, en vez de suscitar en ellos una respuesta personal surgida de su propia idiosincrasia. En este sentido, la Congregación no constituye ni el sujeto ni el objeto. Lo importante es que el estilo de vida claretiana sea el fruto del diálogo y del encuentro de los valores o actitudes fundamentales del carisma claretiano con unas personas concretas que, de ese modo, se convertirán en una respuesta culturalmente original a la insinuante llamada de Dios a ingresar en la Congregación.

 

Una formación, atenta a los valores de la claretianidad y a los valores de las distintas culturas no impondrá jamás elementos exóticos provenientes de otras culturas, ni exigirá la renuncia a los verdaderos valores de las culturas autóctonas, porque estos constituyen una riqueza y un vehículo capaz de transportar los valores evangélicos del carisma claretiano. La inculturación del carisma claretiano hay que hacerla siempre desde la más absoluta fidelidad a sus valores específicos, y, al mismo tiempo, desde la adecuada atención a la historia; es decir, a las coordenadas de tiempo y de lugar.

5.-PROCESO QUE HAN DE SEGUIR LOS CLARETIANOS EN LA DINAMICA DE LA INCULTURACION

Todo claretiano tendrá que vivir y expresar su propia identidad desde una cultura determinada. Cuando un claretiano llega a un pueblo de cultura diferente, tiene que aprenderlo todo. Y ese claretiano, frente a la totalidad de ese pueblo es la totalidad de la Congrega­ción. Lógicamente ese claretiano está previamente marcado por su cultura de origen. Lo cual significa que, después de un aprendi­zaje más o menos costoso, deberá traducir su propio proyecto de vida y de misión en un lenguaje que sea asequible a los candidatos a la Congregación; pero habrá de partir necesariamente de la cultura con la que él se ha sentido identificado, porque desde ella ha vivido el carisma de la Congregación.

Para poder traducir adecuadamente su proyecto de vida claretiana en un lenguaje nuevo, diferente del propio de su cultura de origen, el claretiano extranjero habrá de iniciar un proceso que implica serias dificultades, y que tendrá que pasar por estos diferentes estadios:

5. 1 Conocer y amar la nueva cultura

El Claretiano ha de amar la cultura de adopción. Pero para amarla, será preciso que perciba previamente “los valores de las diversas cultu­ras”[26]. Pero este amor no será eficaz si, como dicen las Constituciones, si los claretianos no tienen cuidado de que “un amor desborda­do a la patria o a la propia cultura no impida la adaptación a las gentes que van a evangeli­zar”[27].

Si los valores fundamentales del carisma claretiano han de transformar el corazón mismo de la cultura de adopción en la que el claretiano se habrá de encarnar, será preciso conocer en profundidad el corazón mismo de esa cultura. No puede haber amor sin conocimiento previo. Pero de poco le servirá a un claretiano el conocimiento meramente teórico de un pueblo y de su cultura, si no va acompañado de una actitud amorosa y benevolente. Es necesaria una comprensión afectiva de sus valores, de sus realidades, hasta que se produzca una aceptación por connaturali­dad.

5. 2 Atender a la dinámica de la cultura.

El claretiano tiene que sumergirse en el proceso dinámico de todas las culturas. No es suficiente con asumir unos valores que, en el fondo, se reducen a un mero folclore. El claretiano tiene que situarse en el centro mismo del proceso histórico de formación, trasnformación y transmisión de la cultura, mirando más hacia la meta a la que se dirige, que a sus modos y maneras anclados en el pasado; porque, en definitiva, es el futuro de los pueblos lo que hay que construir. El claretiano debe situarse con una mirada avizora, oteando todos los horizon­tes, pero sin perder jamás su propia identidad.

La inculturación verdadera excluye, por sí misma, todo lo que sea manipulación de las culturas, porque no se trata de una estrategia, de una táctica, ni de una simple adaptación provisional, sino de que la identidad claretiana se exprese en y desde los elementos propios de la cultura de adopción, y que se convierta en un principio inspirador en el seno mismo de esa cultura.

 5. 3 Fermento en la masa.

El carisma claretiano debe actuar en las culturas a modo de fermento en la masa. Esto comporta algunas exigencias para el claretiano: consolidar y fortalecer los valores cultura­les propios del pueblo[28], contribuir al crecimiento de los “gérmenes del Verbo” existentes en todas las culturas, como dijo expresamente el último Capítulo General:

“Cultivar y apoyar la dimensión “ad gentes” de nuestro carisma, buscando las semillas del Verbo y del Reino en el diálogo con las otras religiones y las diversas culturas”[29];asumir los valores específicamente cristianos, vividos por los pueblos según sus propias modalidades culturales[30].

De este modo, se realizará una estrecha vinculación entre la identidad claretiana y la cultura, sin que se llegue jamás, ni por parte del claretiano extranjero ni por parte del claretia­no autóctono, a una perjudicial identificación entre ambas realida­des. La identidad claretiana, como la misma fe cristiana, se ha de vivir desde las raíces de cada cultura, pero sin mixtificacio­nes de ningún género entre ambas. En este sentido, la verdadera inculturación consiste en presentar el mensaje y los valores esenciales del proyecto de vida claretiana en las formas y en los términos propios de cada cultura, a fin de que la misma Congrega­ción se inserte de la manera más íntima posible en un cuadro cultural determinado.

La imagen que mejor cuadra a la inculturación es la de una semilla sembrada en la tierra. La semilla se alimenta de esa tierra, pero no se identifica con la tierra, sino que germina y se desarrolla, en árbol, en fruto, desde la identidad y el dinamismo de la misma semilla; aunque sin la tierra le sería imposible su germinación y su desarrollo. Es la misma imagen, tan querida por algunos Santos Padres, que veían “semillas del Verbo” esparcidas en todas las culturas; las cuales, sin embargo, solamente se podrían desarrollar al contacto del Evangelio con esas culturas.

Es imposible que el fermento del carisma claretiano diversifique o diferencie a una cultura; pero esa cultura tampoco podrá identificar consigo misma al carisma claretiano. La inculturación de la Congregación ayudará a los hombres que viven en ese ámbito cultural, y en primer lugar a los mismos claretia­nos, a universalizarse, a asimilar los valores universa­les que ninguna cultura particular podrá agotar dentro de sí misma. Por lo mismo, la Congregación hará fermentar, crecer, expandirse a una cultura, como el fermento introducido en la masa hace crecer a esta desde dentro de sí misma.

 5. 4 Un nuevo lenguaje.

Los claretianos tendrán que realizar un serio esfuerzo a fin de encontrar un nuevo lenguaje antropológico y simbólico que les permita trasvasar el mensaje fundamental del carisma claretiano a la cultura de adopción[31]. Cuando un claretiano, formado en una cultura llega a un nuevo ámbito cultural, tendrá que ser iniciado, tendrá que ser en-culturado. Ese claretiano, en primer lugar tendrá que vivir y reafirmar su personal proyecto de vida claretiana; y, después, tendrá que vivirlo, anunciarlo, y presentarlo al pueblo de adopción de un modo que éste lo entienda. Es decir, el claretiano tiene que traducir, no tanto unos textos -aunque también- cuanto unas realidades existenciales a un lenguaje que le es extraño. Para llevar adelante ese cometido, ningún claretiano estará nunca suficientemente preparado. De ahí que con frecuencia se hagan “traducciones” apresuradas, trasvasando, no pocas veces de un modo meramente material, a la cultura de adopción, no sólo conceptos sino también palabras, que resultan incomprensibles y que desfiguran la realidad ante ese pueblo. Es el caso tan frecuente de palabras como pobreza, virginidad, obediencia, comunidad, a las cuales, si no siempre se les ha encontrado una conceptualización exacta en la misma cultura occidental en que surgieron, cuanto menos se les podrá encontrar, sin un cuidadoso estudio, una conceptualiza­ción fácilmente comprensible, en las culturas en las que la Vida Religiosa o la identidad claretiana se implantan por primera vez.

 5. 5 Purificar los elementos negativos de las culturas

La inculturación tiene que ser crítica. El claretiano tiene que denunciar y purificar todo lo que de negativo haya en las culturas en que se encarna. Es esta una labor que la Iglesia ha realizado siempre, a medida que se ha ido expandiendo por los distintos pueblos, a través de los siglos. También la Congrega­ción, como proyecto humano y cristiano de existencia, tiene que luchar por eliminar de las culturas que va encontrando en su caminar por la historia, todo aquello que, lejos de hacerla crecer en humanidad, la disminuye y la rebaja. Los Documentos de la Conferencia de Puebla se refieren a esta necesidad de purificación de las culturas:

“No puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales, y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre”[32].

El claretiano tiene que identificar y acotar aquello que en una cultura es incompatible con los elementos de la identidad claretiana. Para esto se necesita una gran libertad interior, tanto por parte de los claretianos extranjeros en relación a su cultura de origen, como por parte de los claretia­nos autóctonos respecto a la suya. Pero es un deber especialmente delicado para los claretianos extranjeros, los cuales tendrán que realizar un cuidadoso discernimiento del contexto cultural de adopción, a fin de no considerar contrarios al carisma claretiano algunos elementos que en sí mismos son neutros e incluso puede que encierren verdaderos valores evangélicos; es decir, las “semillas del Verbo” esparcidas por Dios desde siempre en esa cultura.

Tanto los claretianos extranjeros como los claretianos autóctonos tendrán que verificar ese discernimiento, partiendo de una transformación de la mente y del corazón; lo cual les permitirá a los primeros descubrir lo verdaderamente evangélico y claretiano en la cultura de adopción, que no deberá ser preterido, aunque resulte difícil expresarlo en un nuevo lenguaje; y permitirá también a los segundos aceptar la renuncia a determinados elementos de su propia cultura que son incompati­bles con la forma de vida claretiana. Y esto no constituye una mutilación, sino más bien un servicio a la misma cultura, dando así lugar a una transformación de la misma, no por imposición exterior, sino por evolución y crecimiento interior.

De este modo la Congregación se dará a conocer tal como ella es; con su unidad y con su diversidad, desde una experiencia profunda de pobreza, de aquella pobreza de Jesús, que renunció a su categoría de Dios para hacerse un hombre cualquiera, un pobre hombre. El Hijo aceptó el ser Hijo de otra manera, haciéndo­se hombre despojado (Fil 2, 6-8). Aquí la pregunta no gira en torno a si esa otra manera era digna o indigna del Hijo de Dios, sino más bien en torna a esta otra: )Por qué el Hijo de Dios quiso hacerse hombre de esa manera despojada?. Aquí está la raíz última de la inculturación del claretiano en las culturas diferentes y, tantas veces, consideradas indignas; es decir, como no-culturas. La Congregación, el claretiano concreto, acepta ser de otra manera, hasta llegar a ser claretiano de verdad desde el reverso de lo que está habituado a considerar o a llamar identidad claretiana; como el Hijo de Dios que renunció a su categoría de tal, para ser Dios verdadero desde el reverso de la humanidad. El Capítulo General nos exhorta a asumir esto como el precio normal de nuestra inculturación: “Seguir desplazando nuestras posiciones hacia los pobres y las etnias marginadas con procesos serios de inserción e inculturación”[33].

La inculturación, desde estos presupuestos, resultará siempre incómoda, porque cuestionará las maneras habituales de situarse el claretiano; es decir, cuestionará las formas históricas con que se hacían presentes los claretianos. Pero, al comportarse así, los claretianos alcanzarán su verdadera razón de ser en la Iglesia y en el mundo. Porque, como la Iglesia misma[34], los claretianos, tienen toda su razón de ser en el envío al servicio de los hombres insertos en pueblos y culturas concretos. Así, cuando un claretiano se encarna en una nueva cultura, al servicio de un nuevo pueblo, retorna a su verdaderos orígenes; es decir, a aquella unidad originaria entre lo carismático, como memoria profética dentro de la comunidad eclesial, y lo misionero, como servicio o utilidad para la Iglesia y para el mundo, a través de acciones concretas, como manifestación esencial de lo carismáti­co.

Este redescubrimiento de la unidad originaria entre experiencia de Dios y servicio a los hermanos, ayudará a los claretianos, en cualquier cultura en que se encarnen, a descodi­fi­car los elementos esenciales, es decir, a prescindir de las proyecciones socio-culturales en que su carisma se ha ido encarnando a través del tiempo, para buscar nuevas configuracio­nes o nuevas proyecciones socio-culturales, ya sea porque las antiguas se han tornado obsoletas, ya sea porque se ha encarnado en una cultura diferente. Una inculturación así no podrá menos de ayudar a los claretianos a purificarse de muchos elementos que han considerado esenciales de su propia identidad carismática, cuando en realidad eran meramente coyunturales.

6.DIVERSIDAD DE CULTURAS Y CONVIVENCIA EN LAS COMUNIDADES CLARETIANAS.

Si algunas culturas han conseguido una cierta universa­lización, se ha debido en gran medida a la violencia, a la colonización ejercida sobre otras culturas más débiles. Los claretianos esparcidos por las más diversas culturas tendrán la obligación de trabajar por la superación de esas relaciones de violencia. El Capítulo General de 1979 ya salía al paso del abuso de las “culturas dominantes” a causa de su mayor poderío económico e informativo que imponían una uniformidad y una homogenei­zaión de las culturas más pobres en favor de esas culturas dominantes:

“Tal expansión y uniformidad no aseguran sin embargo, un intercambio equilibrado de valores interculturales, debido a la colonización ejercida sobre los pueblos subdesarrollados por parte de los países poderosos en ciencia y tecnología, factores de una nueva cultura secular.

Por otro lado, la homogeneización cultural apoya un modelo de hombre hedonista, vacío de contenido espiritual, que pone en crisis los valores de muchos pueblos con tradición plurisecular”[35].

Los claretianos pueden y deben trabajar en favor de la universalización de la cultura, pero no desde la violen­cia de unas culturas sobre otras, sino desde la comunión de las culturas, salvaguardando la identidad cultural de cada pueblo dentro de la máxima apertura y aceptación de los valores específicos de las demás culturas; dando y recibiendo desde la más plena libertad.

La comunión no es en ningún ámbito el fruto de la nivelación a la baja; es decir, de la eliminación de lo que cada cultura tiene de original y de propio, a fin de que todo se uniforme, sino más bien es el fruto de la convergencia de las diversas originalidades que renuncian al aislamiento y a la contraposi­ción, para converger en la unidad comunional. Y, por lo mismo, la comunión no se impone sino que surge de la libertad y acrecienta la libertad.

Esta comunión puede constituir un buen punto de reflexión y de examen para todos y cada uno de los claretianos en un tiempo como el actual en el que la permanencia de Provin­cias y Viceprovincias puede depender, a veces, no de motivos apostólicos o estructurales internos a la propia Congregación, sino más bien de dificultades de convivencia ocasionadas por la diversidad de etnias, de culturas e incluso de políticas.

De esta manera, lejos de testimoniar la comunión cristiana y claretiana, se testimoniará más bien la desesperanza de alcanzar la comunión y la fraternidad por encima de todo, porque el claretiano, como el cristiano en general, podrá ser o dejar de ser muchas cosas, podrá incluso renunciar a su etnia, a su cultura y a su sensibilidad; pero jamás podrá renunciar a ser hermano, porque el claretiano en cuanto tal, como el cristiano, es hermano por definición. Y, por lo mismo, ni la etnia, ni la cultura, ni otra cosa cualquiera, por importante que sea, deberá jamás ser preferida a la fraternidad y a la comunión.

Posiblemente, los claretianos inmersos en la cultura occidental, hayan cometido muchos abusos respecto a los claretia­nos de otros ámbitos culturales, especialmente del Tercer Mundo, por considerar que las características culturales de estos pueblos no se avenían fácilmente con los elementos específicos de la identidad claretiana. Se consideraban depositarios del carisma claretiano frente a sus hermanos claretianos de otras latitudes, identificando, equivocadamente, las proyecciones de su cultura occidental con el carisma claretiano en sí mismo. Y, en consecuencia, les imponían a los claretianos de otros contextos culturales unas modalidades de existencia que contrade­cían la idiosincrasia de esos pueblos.

En la actualidad, puede que se estén invirtiendo las posiciones. Dado que los claretianos de cultura occidental se hallan en progresiva disminución numérica, se puede pretender imponerles a ellos las proyecciones socio-culturales autóctonas, ciertamente no por un revanchismo absurdo, sino porque se piensa que estas nuevas proyecciones socio-culturales dominantes son la única manera cómo se debe vivir y expresar el carisma claretiano. Se ha pasado así de un extremo al otro.

Una vez más, la comunión fraterna ha de ser el elemento prioritario de todos los claretianos. De lo contrario, se le prestará atención a todo, menos a lo esencial que es la fraterni­dad y la comunión, sin las cuales no podrá haber después evangelización. La comunión fraterna ha de ser siempre el verdadero puente que una las diferentes maneras de vivir una misma realidad, aunque desde orillas distintas, la extranjera y la autóctona.

El futuro de la Congregación y de su obra misionera, tanto en la vieja cultura occidental como en las nuevas culturas emergentes, dependerá de la capacidad de comunión y de fraterni­dad de que hagan gala los claretianos. Lo cual no significa que haya que cerrar los ojos ante los problemas y conflictos que sin duda surgirán en las comunidades claretianas a causa de la diversidad de etnias, de culturas y de sensibilidades. Pero solamente cuando surja la tensión y el conflicto, existirá también la posibilidad de superarlos y de esforzarse por labrar la verdadera comunidad claretiana que brotará, no de la uniforma­ción de todos sus miembros, sino de la conver­gencia de las distintas originalidades.

Nadie puede ni debe olvidar sus propios orígenes culturales si no quiere vivir en una permanente esquizofrenia cultural. Para ser puente, es preciso que existan las orillas

contrapuestas. El claretiano que va a un país distinto del suyo es portador -quiéralo o no- de una tradición o, mejor aún, de una TRADICION, con mayúsculas, que ha de transmitir al pueblo de adopción; pero que no debe confundir con las tradiciones, con minúsculas, propias del pueblo de origen. La TRADICION de la Congregación, de la que ese claretiano es portador, tendrá que irse revistiendo de las tradiciones propias del pueblo de adopción, a fin de que la TRADICION de haga connatural y florezca en ese pueblo con autonomía propia.

La TRADICION es la memoria viviente de las diversas inculturaciones del carisma claretiano. Y solamente cuando las nuevas inculturaciones estén en comunión y en continuidad con las inculturaciones del pasado, podrá la Congregación florecer como un árbol de sólidas raíces en los nuevos espacios culturales.

Se trata, en el fondo, de una cuestión de delicadeza que, por no ser tenida en cuenta, tantas veces se ha dado lugar, no solamente a sufrimientos innecesarios, sino incluso a verdaderas injusticias con quienes han llevado el carisma claretiano a nuevas latitudes. Podría ser elevada a paradigma de equilibrio la actitud reflejada por el ex-presidente de la República de Tanzania, Julius Nyerere, en su reflexión sobre la acción evangelizadora de los misioneros europeos en Africa. Actitud que podría aplicarse a la inculturación del carisma claretiano en los países de cultura no occidental, por parte de los claretianos occidentales y, si se quiere, concretamente españoles:

“Ellos creían que la cultura africana era primitiva y la cultura europea civilizada. Ellos esperaban, para servir a Dios, “civilizar” a Africa, lo que para ellos equivalía a cambiar la cultura africana.

Para realizar esto, ellos traían lo que ellos sabían: La Iglesia tal como ellos la conocían y su estilo de vida, en la medida en que ellos podían mantenerlo en un contexto tan diferente.

Es absurdo criticar a los primeros misioneros a causa de sus actitudes o de las actividades que de ellas se derivaban; porque nosotros somos criaturas suyas ligadas a nuestro tiempo y a nuestro lugar…

Ahora la situación de la Iglesia depende ante todo de nuestra capacidad para abandonar las formas y prácticas que tienen su origen en la historia europea, pero reteniendo y reforzando lo esencial de su mensaje cristiano y de su misión.

No se trata de pintar una Virgen negra; históricamente ella no era negra, y Jesús nació Judío. No se trata de abandonar todas las melodías de origen europeo; algunas son muy bellas. Es mucho más complejo que todo eso…”[36].

La inculturación implica un movimiento centrífugo que impulsa a la Congregación claretiana, a los claretianos concre­tos, a salir de sí mismos, partiendo de la certeza de que su estructura y organización habrán de experimentar algunas modificaciones. La Congregación busca hoy un nuevo equilibrio entre unidad y pluralidad, entre universalidad y particularidad. No será posible prestar una verdadera atención a la pluralidad de las culturas sin que esto tenga una repercusión en la manera de entender y de organizar internamente la vida de la Congrega­ción, porque toda su razón de ser radica en el envío, en la misión salvífica que ha de cumplir en favor de todos los hombres de cualquier condición y de cualquier cultura. Cada nueva situación requerirá una nueva inculturación.

Notas

    [1] GS, 53.

    [2] GS, 53.

    [3]Populorum Progressio,15.

    [4] FRIEDE, J., Vida y luchas de D. Juan del Valle, primer obispo de Popayán y protector de indios, Popayán 1961, nota 2, p. 31.

    [5]Directorio, 112.

    [6] Cfr. MCH, 31.

    [7] Cfr. SP, 25, 4.

    [8] Cfr. MCH, 31.

    [9] Cfr. EN, 20.

    [10] JUAN PABLO II, Discurso a los miembros del Capítulo General, en Servidores de la Palabra, p. 78.

    [11] Cfr. AG, 20; EN, 69.

    [12] MCH, 32.

    [13] Cfr. SP, 27, 3.

    [14] Cfr. Documentos de Puebla, n. 325.

    [15] ALVAREZ GOMEZ, J., Vida Religiosa y cultura en el Medioevo, en CONFER, n. 81 (1983), p. 26.

    [16] ALVAREZ GOMEZ, J., a. c., p. 21-31.

    [17]Constituciones, 48.

    [18]Constituciones, n. 48.

    [19] SP, 31.

     [20] Cfr. AG, 18.

     [21] Constituciones, n. 17.

     [22] SP 13, 2.

     [23] SP,4. 8.

     [24] SP, 29, 2.

     [25] SP, 25, 4.

     [26] SP, 28.

     [27] Constituciones, 49.

     [28] Documentos de Puebla, 401.

     [29] SP, 10, 3; cfr. MCH, 167; EN, 53; Documentos de Puebla, 402.

     [30] Documentos de Puebla, 403.

     [31] Cfr. Documentos de Puebla, 404.

     [32] Documentos de Puebla, 406.

     [33] SP, 27, 3.

     [34] LG, 1.

     [35] MCH, 26, 4. 1.1.

     [36] NYERERE, J., Cristianismo y socialismo, en “TELEMA”, n. 4 (1981), p. 27.