17 – La Fragua

Cuaderno de la formación

La Fragua

P. Gonzálo Fernández cmf

 

INTRODUCCIÓN

 1). En una Iglesia comunión que tiende a articular cada vez más sinfónica­mente sus ministerios y caris­mas y en medio de un mundo extraordina­riamente complejo, la pregunta por la propia identidad se hace imprescindi­ble. También nosotros, misioneros claretia­nos, nos pregunta­mos en qué consiste nuestra identi­dad carismática y cómo podemos expresarla hoy. Al hacerlo, no persegui­mos ansiosamente una fórmula que nos defina, porque com­prendemos que «ya pasó el tiempo de esperar sólo en fórmulas que nos definan y por las que nos identifique­mos» (MCH 131). La identidad claretiana es, ante todo, un don del Espíritu concedi­do a S. Antonio María Claret, en cuanto fundador, y a cada uno de nosotros en cuanto continuadores de su obra.

2). Siguiendo las orientaciones del Concilio Vaticano II (PC 2), nuestra Congregación ha intentado durante las últimas tres décadas «volver a los orígenes». Para ello ha realiza­do un esfuerzo de acerca­miento históri­co, teológico y experien­cial a su propio carisma transmitido por el Espíritu a través de S. Antonio María Claret. Momentos privilegia­dos de esta profundi­zación han sido los Capítu­los Generales y la revisión del texto constitu­cional, cuya última redacción (1986) cuenta ya con la aproba­ción oficial de la Iglesia.

3). Ahora bien, el carisma no es algo fijo, dado de una vez para siempre, sino una gracia que se desarrolla históri­camente. Claret mismo vivió un proceso de descu­bri­miento y consolidación, una historia de fidelidad a la voz del Espíritu percibida con matices diversos según las situaciones. Este proceso se halla expresado en sus numerosos escritos, pero de una manera muy singular en la Autobio­grafía que él escribió con un deliberado sentido pedagó­gico; es decir, como un espejo en el que debe confrontarse todo el que haya recibido su mismo don. En este sentido, el recurso a la Autobiografía no es un medio más entre los muchos que pueden utilizarse en la formación claretia­na, sino un cauce privilegiado para conocer con rigor el despliegue histórico del carisma en aquel que es su primer y más auténtico portador.

4). La descripción alegórica del proceso formativo que Claret mismo vivió hasta convertirse en misionero apostólico se encuentra precisa­mente en la Autobiogra­fía:

«En un principio que estaba en Vich pasaba en mí lo que en un taller de cerrajero, que el Director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado lo saca y lo pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el Director» (Aut 342).

5). Esta alegoría no es una más entre las muchas usadas por Claret. La prueba es que, en la oración que solía rezar al comienzo de las misiones, le recordaba a María: «Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor» (Aut 270). El P. José María Viñas ha realiza­do un estudio sobre la alego­ría en el que concluye que la fragua es, para Claret, el núcleo de la formación y, al mismo tiempo, un método formativo típicamente misione­ro. El origen claretiano es, pues, claro.

6). Como en toda alegoría, también en el caso de la fragua cada uno de los elementos simbólicos se corres­ponde con uno o varios de la realidad. Así, el taller del cerrajero es el ambiente formativo de Vic; el Director es el Padre, Cristo, María y los diversos responsables formativos; la barra de hierro es Claret mismo en cuanto sujeto pasivo, en cuanto discípulo que se deja moldear; la fragua es, sobre todo, el Espíritu Santo, pero también el Corazón de María y diversos medios ascéticos como la oración y los ejercicios espirituales; el yunque repre­senta las situaciones y pruebas de la vida; el ayudante es, de nuevo, Claret en cuanto sujeto activo; los marti­llazos equivalen a las diversas acciones formativas; la forma que se ha propuesto el Director no es otra que Cristo mismo o la saeta que debe ser lanzada contra los enemi­gos del evangelio.

7). Para nosotros esta alegoría cobra un especial relieve formativo cuando la interpretamos en el conjunto de la vida de nuestro Fundador y cuando extraemos de ella las experiencias básicas a las que alude y el proceso peda­gógico que describe. De esta manera logramos una expresión breve y simbólica que puede ser de gran provecho en nuestra formación actual. La fragua, entendida en esta perspectiva, se convierte para noso­tros en símbolo del «taller» en el que nos forjamos como misioneros a lo largo de nuestra vida. A través de las experien­cias que se contienen en ella vamos adquiriendo la «forma» de Jesucristo según los rasgos de nuestro carisma misionero.

8). Diversos formadores de la Congregación, asesorados por el P. Viñas, profundiza­ron y desarrollaron esta intuición en los encuentros de Roma (1989 y 1990). El resultado principal de su trabajo fue la caracterización de los cuatro núcleos o experiencias básicas que se hallan contenidas en la alegoría. En su desarrollo se ha proce­dido siempre a partir de las fuentes primi­genias claretia­nas, de los mejores estudios existentes y del asesora­mien­to de varios especialistas.

9). Se denomina núcleo a una experiencia carismática básica que tiene la virtualidad de generar e iluminar todas las dimensiones de la existen­cia y todos los ele­mentos del carisma. Los núcleos son cuatro, uno intro­ductorio (que actúa como preparación de los demás y como gozne entre los sucesivos desarro­llos) y tres centrales (que guardan estrecha relación con los tres verbos del memorandum a través de los cuales se descri­be la vocación del Hijo del Inmaculado Corazón de María). Los cuatro pueden ser caracterizados con algunas palabras extraídas de los textos bíblicos que jugaron un papel más decisivo en el proceso del Funda­dor. Se conservan en latín para unificar su denominación en las diversas lenguas:

n El núcleo 0, llamado QUID PRODEST, se inspira en Mt 16,26 (Aut 68). Es la expe­riencia que prepara para el ingreso en la fragua, pero que permanece a lo largo de toda la vida y que se hace más visible en los momentos críticos en que es preciso romper con una situación dada y abrirse en entera disponibilidad a la voluntad de Dios.

El núcleo 1, llamado PATRIS MEI, se inspira en Lc 2,49 (EA 418). Es la expe­riencia claretiana del amor de Dios Padre al que Claret procura dar gusto a lo largo de toda su vida. Es como el funda­men­to de la vida misionera, la experien­cia sin la cual no se puede producir ningún proceso de confi­guración.

El núcleo 2, llamado CARITAS CHRISTI, se inspira en 2 Cor 5,14 (EA 534, nota 67; CCTT 581). Es la experiencia clare­tiana de la imitación, seguimiento y configuración con el Hijo enviado por el Padre, ungido por el Espíritu y nacido de María.

El núcleo 3, llamado SPIRITUS DOMINI, se inspira en Lc 4,14 ss (Aut 118). Es la experiencia claretiana de la unción del Espíritu que capacita para la misión en el seno de la Iglesia.

10). La selección, denominación y caracterización de estos núcleos no es el resultado de opciones arbitra­rias, sino, más bien, un esbozo de la experien­cia carismática original. Su articulación trinitaria obedece a un criterio teológico‑carismático y a una lectura del proceso históri­co vivido por Claret. Lo que el Fundador vive, en definitiva, no es otra cosa que una singular experiencia de Dios (Padre, Hijo y Espíritu) que le impulsa a dedi­carse plenamente al anuncio del evangelio. De ahí que los núcleos se concentren en Dios y desde Él se contem­plen todos los demás elementos que constituyen el entrama­do del carisma. Al proceder así no se está omitiendo la imprescindible referencia al hombre, al mundo y a la historia, sino que se los está contemplando desde la luz que mana de una experiencia de gracia; en otras palabras, desde la perspectiva más noble y más carismática.

11). En relación con los núcleos aparecen los ejes. Se denomina eje a un elemento relevante de la experien­cia carismática que recibe su fisonomía de los núcleos y que los atraviesa con acentua­ciones diversas. Núcleos y ejes relacionados constituyen como el tejido básico de la experiencia del Fundador. Los ejes seleccionados son cuatro:

El eje A es la PALABRA. Ella es inspi­radora y guía constante en la vida de Cla­ret. A ella se dedica como su minis­tro.

El eje B es MARÍA. También ella está en el origen de su vocación y lo acompaña en todo su desarrollo, hasta el punto de que Claret se ve a sí mismo como un hijo de su Inmaculado Corazón formado en la fra­gua de su amor.

El eje C es la COMUNIDAD. Claret se siente en comunión con aquellos que han recibido su mismo espíritu.

El eje D es la MISIÓN. Esta es la clave que recorre toda su vida polarizán­dola en la búsqueda de la gloria de Dios y de la salva­ción de los hombres.

12). A diferencia de los núcleos, los ejes podrían ampliar­se a otros elementos relevantes del carisma, pero no es preciso multipli­carlos en exceso. Por otra parte, los más significativamente claretianos (Igle­sia, Eucaris­tía, virtudes apostólicas, etc.) aparecen incluidos en el desarrollo de los núcleos.

13). Conviene subrayar que el Fundador no vivió estos núcleos y ejes de forma separada, como si fuese posible parce­lar la experiencia de Dios, pero sí acentuando unos u otros (y aun diversos aspectos dentro de cada uno) según las diversas etapas de su vida. Se asemeja, más bien, a un proceso en espiral que desarrolla, en niveles cada vez más profundos y armónicos, el germen de la vocación recibida. Otro tanto sucede en los que hemos recibido el mismo don. Así entendidos, los núcleos y ejes pueden vivirse a modo de un itinerario ( es decir, de un camino experiencial). Este no se circuns­cribe a la formación inicial sino que es un camino de formación permanente que va desplegando, profundi­zan­do y armonizando con matices diversos, las experiencias básicas del carisma, tal y como los expresa el Funda­dor en la Autobiografía (presenta­ción pedagógica de su camino) y como la Congregación lo ha recibido, desa­rrollado y actualizado en las Constitucio­nes (expresión normativa de la experiencia carismática).

14). A la luz de estas notas preliminares se pueden com­prender mejor los apartados que siguen. Cada uno de ellos desarrolla un núcleo. El esquema es siempre idéntico:

Nombre del núcleo a partir del texto claretiano más significati­vo, carismáti­ca­mente hablando.

Caracterización a partir de la expe­riencia de la Fragua.

Relación con uno de los verbos que el Fundador usa en el memorandum del misio­nero para sintetizar los rasgos esencia­les del Hijo del Corazón de María.

Presentación de los rasgos esenciales de la vivencia del Fundador y de la Con­grega­ción.

Traducción a nuestra situación presente.

15). Los números que figuran en el texto sin ninguna referencia se refieren siempre a números de la Autobio­grafía. Para las demás citas se emplean las siglas habi­tuales:

EA: SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Escritos Autobiográfi­cos, (Ed. Viñas‑Ber­mejo), Madrid 1981. (A continuación se cita la página según esta edición).

EE: SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Escritos Espirituales, (Ed. Jesús Bermejo), Ma­drid 1985.

CC: Constituciones CMF.

EC: Epistolario Claretiano. (Ed. José María Gil), Madrid 1970. Vol. I‑II.

CCTT: SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Consti­tuciones y textos sobre la Congre­ga­ción de Misioneros, Barcelona, (Ed., intr., notas, índ. J.M. Lozano), Ed. Cla­ret, Barcelona 1972.

QUID PRODEST

Preparación para en­trar en la fragua

Noción

16). El nombre de este núcleo está tomado del versícu­lo de Mt 16,26, que jugó un papel decisivo en la vida de Claret (68). Con él se designa toda experien­cia que cuestiona la propia vida y sitúa ante la necesidad de elegir y, por tanto, de renunciar. Implica siempre un riesgo en cuanto obliga a desinstalar­se y a enfrentarse con lo descono­cido. Aunque es una constan­te, se agudiza en determi­nados momentos y viene a ser la prueba de la fidelidad vocacional. Se trata, pues, de una experiencia antropológica vivida en clave de fe. En Claret presenta un relieve especial por su significación y frecuen­cia.

 Contenido carismático

17). Esta experiencia se manifiesta de manera signifi­cativa en las siguientes situaciones de la vida de Claret:

En la encrucijada tiempo-eternidad, vivida de manera especial durante su infan­cia y juventud. Desde muy niño «pen­saba mucho en la eternidad» (701, 8), y concre­tamen­te en la eternidad del infier­no (11): «Esta idea es el resorte de mi celo» (15, 9‑14). Más adelante, ante los desengaños que vive en Barcelona, recuer­da la senten­cia del evangelio ¿De qué aprovecha..?, leída «desde muy niño», que le causó pro­funda impresión (68). Esto le lleva a impri­mir un nuevo rumbo a su vida (69‑75). Es, pues, un momento fuerte de conversión.

En la encrucijada entre la seguridad familiar y el sacerdocio. En el a­ño 1820 se ofrece, por amor, a ser sacerdote: «Humanamente no veo esperanza ninguna, pero Vos sois tan poderoso que, si que­réis, lo arreglaréis todo» (40).

En la encrucijada entre el prestigio y seguridad del mundo y el anonimato y seguridad de salvación en la Cartuja: «Me hizo ver (mi padre) las esperanzas tan lisonjeras que tenía sobre mí… y creció de punto su pena cuando le dije que que­ría ser fraile cartujo» (77). Eran deseos que «Dios me había dado para arrancarme del mundo» (113).

En la encrucijada entre la seguridad de la vida parro­quial y las misiones extran­jeras: «Sentía el deseo grande de dejarlo (el curato) e irme a las misiones… aunque para ello hubiese de sufrir la muerte» (112). Por medio de la Palabra y de la oración, el Señor le llamaba a predicar (120): «Consulté mi viaje e inten­ción… El buen padre… me animó a que continuara. Como un oráculo le oí, y al instante, em­prendí el viaje» (121).

En la encrucijada entre la seguridad de la vida parro­quial y las misiones popula­res: “Salí … para predicar continuamen­te en donde me enviara el Prelado, sin fijarme en ninguna parte» (193). «Así sabía que hacía la voluntad de Dios y no mi antojo» (194).

En la encrucijada entre una vocación realizada como misionero apostólico o/y la condición de Arzobispo de Cuba. Al recibir el nombramiento para el Arzobis­pado de Cuba, «quedé como muerto» (49). «Espantado del nombra­miento no quise aceptar» (495). Tras un serio discerni­miento, acepta, por fin, a pesar de su repugnancia (496; cf 491, 495‑498; EC 305‑306).

En la encrucijada entre la renuncia a los obstáculos y la permanen­cia. En 1853 deci­de pedir la renuncia, pero se queda indife­rente, aunque, en caso de poder escoger, elige «lo más pobre, lo más bochornoso y doloroso» (EA 538). Un año después ni siquiera piensa en la renuncia (EA 540‑543).

En la encrucijada entre la seguridad de la vida y la aceptación de la muerte. Después del atentado de Holguín escribe al Papa, quien le contestará que se quede a pesar del peligro (Propósitos 1856: EA 546‑547).

En la encrucijada entre ser confesor de la reina y un futuro incierto. En esta coyun­tura vive la tensión entre su espí­ritu uni­versal y la forzada fijación en la Corte; entre la fidelidad a la voca­ción apostólica y el alejamiento de la política; entre su apos­tolado y su vida interior (614: nota 120).

En la encrucijada entre la fidelidad a la reina y la fidelidad al papa. Claret escucha las palabras de Jesús: «Antonio, retírate» (832) y, a través de la ora­ción, la reflexión y la consulta, realiza un discernimiento muy afinado (833‑952; sobre todo EA 447‑449).

En la encrucijada postrera de la muer­te: «La tierra será un destierro para mí. Mis pensamientos, afectos y suspiros se dirigi­rán al Cielo» (Propósitos 1870: EA 588). Arte para saber bien morir (EA 624‑628).

En la encrucijada entre la inseguridad de Fontfroide y la seguridad de Roma. Ya en Fontfroide, se siente «como prófugo» y decide marchar a Roma para bien de todos (EC II p. 1484‑1485).

18). Este proceso personal es intransferible, pero contiene líneas pedagógi­cas de fondo que necesitamos descubrir, ahondar y asumir.

La vida de Claret presenta muchos cam­bios de rumbo. Cada uno de ellos implica para él una ruptura, pero siempre en fun­ción de una continuidad: la fidelidad a la voluntad de Dios.

De aquí nace la itinerancia claretiana, que nada tiene que ver con la inconstan­cia ni con la improvisación y sí, mucho, con la perseverancia y el discernimiento. Esta actitud le hace vivir en trance de revisión y renovación permanentes.

Para descubrir la voluntad de Dios sobre él, Claret acude a la oración (cf supra), se deja iluminar por la vida de los santos (241‑259) y, sobre todo en momentos más significativos, da suma importancia a la consulta y a la direc­ción espiritual (81, 488, 496).

Al mismo tiempo se va haciendo cons­ciente de que todo es obra de la gracia: Dios le da deseos para ayudarle a tomar decisiones difíciles (113, 112) o le hace sentir disgusto para que no ponga su afición en las gran­dezas (622), o le libra de los males para que se preocupe de su mayor gloria y de la salvación de las almas (751).

Su respuesta a la gracia le descubre nuevas exigencias y le lleva a opciones cada vez más radicales: desprendi­miento de los bienes materiales (359‑360), acep­tación de trabajos y tribulacio­nes (EA 540, 576: introducción propósitos 1867), actitud y sentido martirial (577, 620, EA 563), cen­tramiento en lo único necesario (366).

 Traducción actual

19). El mensaje del QUID PRODEST posee unas reso­nancias especiales en las perso­nas que se encuentran instala­das, pero que, al mismo tiempo, experimentan insatis­facción y deseos de búsqueda. Estas reso­nan­cias de­ben formar parte de nuestra espiritualidad personal y comunitaria y de nuestro ministerio de la Palabra.

20). Privilegia, en primer lugar, algunos conteni­dos del mensaje que poseen hoy una gran actualidad.

El mundo es una realidad valiosa querida por Dios. Es preciso amarla como tal, inte­grar todas sus dimensiones y valores. No se puede partir de una actitud de rechazo sistemático o de sospecha, como si la co­rrupción del pecado fuera una palabra más decisiva que la redención de Jesu­cristo. El claretiano no demoniza la cul­tura, no con­templa con ojos fatalistas el devenir huma­no, los esfuerzos por ir logrando un mundo mejor.

Pero el mundo es también una realidad relativa que no tiene la plena con­sisten­cia en sí misma. Más aún: el mundo puede con­ver­tir­se en un ídolo que impide el acceso al Único Absoluto que es Dios. En el seno de una cultura de la increencia autosatis­fecha, es pre­ciso provocar una crisis mediante el anuncio de la palabra inter­peladora del Quid Prodest que de­senmascara las idola­trías del presente y las fal­sas seguri­dades que vienen de una con­cepción ab­solutista de la cien­cia, de la política, de la eco­nomía, de la sexuali­dad y que se vuelven con­tra el mismo hombre en forma de aliena­ción.

El hombre, finalmente, está hecho para salir de sí mismo y res­ponder li­bremente a la llamada que brota de su interior, aunque ésta se halle recubierta de múlti­ples adhe­rencias. Pasar de las segurida­des penúlti­mas sobre las que tendemos a asentar­nos a la seguridad nunca confirma­da del todo que viene de Dios es una con­versión. El hombre contemporáneo necesita escuchar la voz que vie­ne del desierto y que le invita a romper con su ins­talación y au­tosuficiencia para creer en el Dios que siempre está a punto de llegar. Esta voz que anuncia la llegada del Reino e invita a la conversión forma parte del ministerio de la Palabra.

21). Supone, además, exigencias concretas:

n También nosotros, que tendemos a insta­larnos en lo consegui­do, en las segurida­des acumuladas, somos interpe­lados por el men­saje del Quid Prodest. Es una pala­bra que provoca crisis y rup­tura, que nos impulsa a una espirituali­dad de la de­sinstala­ción, del despren­di­miento de nosotros mismos. Nos estimula constante­mente a la revisión de posi­cio­nes, a la itinerancia y a la dispo­nibili­dad. En la capaci­dad para vol­ver a empezar es donde mostramos, como Claret, nuestra fidelidad a la vocación recibida.

El Quid Prodest hace también que nues­tras comu­nida­des no se cierren sobre sí mismas como si fueran autosufi­cientes. Por exi­gencias de su misma naturaleza y por sintonía con la cultura ac­tual han de abrir­se a las demás comunidades, a la Provincia, a la Congre­gación y a la Igle­sia entera. Esta apertura debe llevarnos, siempre que sea conveniente para la mi­sión, a la reorga­nización de nuestros organismos. Ninguna estructu­ra es inamo­vible y todas es­tán al servicio de la tarea misionera.

La formación se ve igualmente cuestio­nada a revisar sus ob­jeti­vos y métodos a la luz del fin que persigue. ¿Cómo lograr una pedagogía de la autoesti­ma, que ayude a los formandos a reconocer su digni­dad perso­nal como base imprescindible para el proce­so de rupturas y nuevas adhesiones que implica la vocación misionera?

 PATRIS MEI

Hierro rusiente: Orar

Noción

22). Este núcleo expresa la rela­ción de Claret con Dios Padre. Condensa la experiencia del amor de Dios que calienta el hierro frío y lo dispone para recibir la forma. Se trata de estar «en las cosas que miran al servi­cio de mi Padre» como Jesús en Lc 2, 49 (ver EA 418, 429) (también CC 3; 20).

 Contenido carismático

23). Para Claret, Dios Padre es quien lo protege y acompaña, es Aquel a quien debe servir y cuya voluntad sobre él es siempre el criterio último de referencia. Se siente llamado en diversos momentos y situaciones a tra­bajar por su gloria. Concebirá su mi­nisterio como un esfuerzo para que sea conocido por todos y para que los peca­dores que se han alejado de la casa del Padre se conviertan y se salven. Tiene especial valor la afirma­ción de la paternidad de Dios en momen­tos de per­secu­ción, atentados o cuando se siente limita­do en sus posibilidades de hacer llegar a muchos su palabra misionera. Esta experiencia fundamental de Claret subraya algunas dimensiones de Dios:

Su providencia. Ya desde pequeño se destaca en él la confianza en la provi­dencia de Dios, su «buen Padre» (Aut 21). En el tras­fondo parecen aflorar vi­vencias muy positivas de relación con su abuelo (Aut 19) y, sobre todo, con su padre carnal (Aut 25, 78). Reconoce las cua­lidades que Dios le ha dado para la fabricación (Aut 58, 63), que tanto le sirvieron luego en su ta­rea apostólica. En las decepcio­nes vividas en Barcelona verá medios pro­viden­ciales de los que Dios se valió para arran­carlo del mundo (Aut 73, 76). En su época de Madrid, reconoce como una gracia de Dios el disgus­to que siente por las cosas de palacio (Aut 622). En definitiva, la dependencia perma­nente del amor de Dios será una constante a lo largo de toda su vida (EA 602).

Su voluntad. Es una vi­vencia semejante a la de la providencia. En Claret parece tener, sin embargo, un sentido más activo. Se refiere a su disposición a hacer o sufrir lo que Dios quiera para salvar almas. Es este un punto central de su vida misionera. Así, en Barce­lo­na, se ve impul­sado a optar por la volun­tad de Dios (formar­se para ser eclesiástico) en vez de acatar la de su padre terreno (que sea fabrican­te) (Aut 64). Esta volun­tad de Dios la descubre, sobre todo, por medio de la Palabra divina (Aut 114 ss). Otras mediaciones importan­tes de la voluntad de Dios son el prelado (Aut 194), otros sacerdo­tes (Aut 85, 496) y los acon­tecimientos (Aut 76). La voluntad de Dios supo­ne, en oca­siones, aceptar cosas difíciles (Aut 420), como cuando lo pone en Palacio como en su purga­torio (Aut 621). No sólo los acontecimientos de relie­ve, sino todas las acciones del día las rea­liza por Dios, para cum­plir su volun­tad (Aut 743­744). Hacia el final de sus días siente que con su actuación en el Vaticano I «se han cumplido los de­signios que el Señor tenía sobre mí» (EA 452). Él, simple­mente, entrega su vida a la santa voluntad de Dios (EA 627; 687).

Trabajar para su gloria y la salvación de las al­mas. Este es el objetivo de toda su misión. Lo re­pite constantemente. Él inten­ta ordenar todo para su gloria y la salva­ción de los hombres (Aut 16, 203‑213). Como misionero apostólico siente que Dios ha puesto la salvación de muchas almas en sus manos (Aut 237). Arde en deseos de salvarlas para Dios. Se siente su instru­mento (Aut 324). Todo lo hace para su gloria (Aut 309, 436). Trabaja para que Dios sea conocido por todos, para que le amen y le sirvan (Aut 202, 641). «… En este mundo -llega a decir- (uno) ama a Dios si se complace en que Dios sea Dios y que sea amado y servido de todo el mundo y tiene pena que sea ofendi­do y agraviado…» (EA 529). La misma idea se encuentra en su conoci­da oración: «Que os conozca y os haga conocer» (Aut 233). Procura, sobre todo, dar siempre gusto a Dios, aunque deba privarse de algo (Aut 391). No quiere nada en este mundo sino la divina gracia de Dios (Aut 636).

Sus sentimientos hacia Dios ex­presan el tipo de relación personal que Cla­ret vivió hacia su Padre. En varias ocasiones le agradece sus dones (Aut 299, 305), se ofrece a Él (EA 588), se siente hijo suyo (EA 608, 610, 611), aunque pecador (Aut 344‑345). Experimen­ta im­pulsos a ser hu­milde ante Dios (Aut 354). Su rela­ción con Él llega a tal intimidad que lo conside­ra no sólo su Padre, sino «mi herma­no, mi espo­so, mi amigo y mi todo» (Aut 755). Hasta pide a Dios -en una oración apasionada y atrevida- que lo tran­sustancie y se alimente con él (Aut 756).

24). En nuestras Constituciones se ofrece también con rasgos específi­cos esta experiencia claretiana de Dios Padre.

Las CC mencionan a Dios en 41 ocasiones, siempre en el sentido de Padre, más allá de los diversos modos como está expresado.

El Padre es el que en­vía a su Hijo al mundo con una misión (CC 3), es el Dios caridad (CC 94). Es el Padre amoroso vivido por Claret. Es el Dios que nos elige (CC 51) y nos consagra (CC 5). Es Aquel a quien siempre debemos agradar (CC 49). Son mu­chas las referencias bí­blicas que en las CC nos hablan del Dios de Jesús. Por­que Dios nos ha amado, debemos corres­ponder a su amor amándolo (CC 10). El clare­tiano debe vivir esta unión con Dios armonizada con la acción apostólica (CC 68). Porque Dios nos ha consagrado por su Espí­ritu nos consagramos pú­blicamente a Él por medio de los votos (CC 69). A Dios lo llamamos -como Jesús- «Abba, Padre» (CC 34).

La expresión «cumplir la voluntad del Padre» apare­ce, de modos diver­sos, 13 veces en las CC. Esta vo­lun­tad es el pro­yecto de salvación. Nues­tra comuni­dad se funda en tal volun­tad (CC 21). De modo es­pecial los supe­riores han de buscarla (CC 30, 34). Está conectada con la bús­queda del Reino de Dios (CC 24) que nosotros debe­mos anunciar a todo el mun­do (CC 4). En esta ta­rea, que exige de nosotros fidelidad y fortaleza (CC 46), somos auxiliares de los Pas­tores (CC 6).

Hemos de hacerlo todo para la gloria de Dios. La Congregación debe hacer que la gloria de Dios sea su objetivo principal (CC 2, 9). Glorifi­camos a Dios si estamos dis­puestos a dar la vida por Él (CC 81). Se trata de lograr que Dios «sea conocido, amado y servido por todos» (CC 40). Son siempre los mismos rasgos que descu­brimos en Claret.

  Traducción actual

25). El mensaje del PATRIS MEI posee otras resonan­cias para el hombre per­dido con frecuencia en la superfi­cialidad, carente de un fundamento so­bre el que asentar su vida, receloso de los «grandes rela­tos», pero, al mismo tiempo, nece­sitado de solidez, de acogida incondi­cional, en búsqueda constante de trascen­dencia.

26). Acentúa algunos contenidos esenciales del mensaje cristiano que responden a desafíos del presente.

Dios ha creado el mundo y a cada perso­na por amor. Dios es, como nos revela Jesús, el Padre al que podemos llamar Abbá (CC 34). El ser humano, pues, no es un ente errático, producto del azar, esclavo de los determinis­mos genéticos o de las manipula­cio­nes cul­tura­les, como aparece con fre­cuencia en una visión superfi­cial de la realidad. El hombre es hijo amado de Dios y, por lo tanto, her­mano de todos los de­más. Existe un origen de amor y un fin de amor.

Dios es, tal como lo vive Claret, el Padre providente que no nos abandona a nuestra suerte sino que cuida de noso­tros. Su vo­luntad es que todos los hom­bres se salven y lleguen al cono­cimien­to de la verdad. Es un Dios que inter­viene en la histo­ria ha­ciendo de ella his­to­ria de salva­ción. No se desentiende de la obra de sus manos y, al mismo tiempo, no constituye un rival de la autonomía del hombre, como lo ha interpre­tado la cultu­ra de los últimos si­glos. Dios ha hecho al ser humano vinculado a El y, simultá­neamen­te, creador.

Lo que no emerge en la su­perficialidad de nues­tras aprecia­cio­nes (porque Dios no es empíricamente verifica­ble) se des­cu­bre como Misterio en la pro­fundidad de nues­tro co­razón. Dios no es Al­guien que esté fuera, allende toda rea­lidad. Es, más bien, como la raíz o el fundamento de todo cuanto existe. El hombre, pues, para rea­lizarse a sí mismo desde cimientos sólidos, no puede perderse en­tre las cosas banales sino que debe com­probar que, «es­tando en las co­sas del Padre», es como se encuentra y se desarro­lla. Entra­mos en relación con El porque El nos ama primero, incluso cuando lo igno­ramos o lo rechazamos. Su amor es incondi­cional y por eso pue­de alentar nues­tra madurez siem­pre amenaza­da.

27). De esta experiencia se derivan también algunas exigen­cias:

El misionero, como Claret, se sabe hijo del Padre, vive la ex­periencia de la filiación y desea cumplir su voluntad. Traba­ja para su gloria, para que El sea conocido y amado (Aut 233), para que los pecadores se con­viertan a su amor. Esto se mani­fiesta en una espiri­tualidad pro­funda que no practi­ca la «fuga mundi», sino que escruta la presencia de Dios en las situacio­nes de los hom­bres, especial­mente de los más necesi­tados de la Pala­bra. De aquí arranca su oración misione­ra. Es la fuente para lograr la unidad de vida que necesita para no perderse en la superficialidad.

También la comunidad misionera se sien­te llamada a favorecer unas relaciones cada vez más profundas. Estas implican la acep­ta­ción incondicional del hermano, la comu­nicación franca, y también el ejerci­cio del ministe­rio de la Palabra para exhor­tar, corregir y ayudar. Todo esto se verá favo­recido por un ambiente impres­cin­di­ble de silencio y por una reducción de los ruidos y estímu­los que favorecen la superficialidad (excesivo consumo televisivo, etc.).

La grandeza del ministerio de la Pala­bra y el nivel cultural de nuestra socie­dad exigen que en la formación se propi­cie un estudio serio, personalizado y comparti­do. Este estudio, según nuestro carisma específico, implica el conoci­miento profundo del mensa­je (discipli­nas bíblicas y teológicas), del hombre y de su situación (disciplinas an­tropológicas) y de los canales de transmi­sión (ciencias de la comunicación y de la educación).

 CARITAS CHRISTI

Saeta forjada: Sufrir

 Noción

28). La vida de Claret es una existencia que sólo se entiende desde Jesucristo, cuyo nombre sin embargo, no se puede invocar sin el auxilio de Dios (345). El es el centro de su vida (EA 574), en torno al cual gira todo. Esta centralidad queda reflejada en el texto paulino que figura como lema de su escudo episcopal y que da nombre simbólico a este núcleo del Itinerario: «La caridad de Cristo me urge» (cf. 2 Cor 5,14). La elección no es arbitraria: «Este mote es nuestro timbre, nuestra divisa y nuestro todo» (EA 534, nota 67). La clave carismática ‑tal como se advierte‑ es esencialmente misionera. Dicha clave irá adoptando modulaciones diversas, pero reco­rrerá toda la vida de Claret.

 Contenido carismático

29). ¿Quién es Jesucristo para Claret? Esta es la primera pregunta que debemos hacernos.

Es el Jesús amigo al que descubre, ya de niño, en los misterios del Rosario (45), en el catecismo, y, de modo muy especial, en la eucaristía (38‑39). El sacramento repre­senta, en cierto sentido, el principio y el final de su encuentro histórico con El. La gracia grande de 1861 (694) confirma místi­camente esta constan­te. Poco antes de morir, Claret afirma que desea unirse a Jesús en el cielo «y en el sacramento» (EA 588). Esto es lo que le lleva a orar pensan­do en Jesús Sacramentado (EA 581), en el mismo que, a lo largo de su vida, lo ha ido alimentando con su cuerpo y con su sangre (EA 559).

Es, y de manera muy preponderante, el Jesús histórico, tal como lo contempla (so­bre todo de niño y de joven) en las repre­sentacio­nes iconográficas y en evangelio (singular­mente en los sinópti­cos). Un Jesús humano que se convierte para él en modelo (642, 782, EA 566, EE 344). Es el hijo de María (155), el maestro que enseña con sus palabras y acciones (342,362,782). Es, finalmen­te, un Jesús signo de contra­dicción (222, EE 351) que sufre la pasión y muere en la cruz (798, EA 541, EA 558, EA 561).

Es, desde una perspectiva dogmática, el Cristo enviado por el Padre (195, EE 344), el Salvador y Redentor (155,358,371), que nos libra del pecado (346), intercede por nosotros ante el Padre (265) y se convierte en esposo de las almas (379).

30). ¿Cómo vivió Claret su relación con Jesucristo?

La clave fundamental, que predomina en su etapa de misionero apostólico pero que está presente a lo largo de toda su vida, es la imitación, clave que está muy en conso­nancia con su visión histórica de Jesús y que no se reduce a una mera copia exterior sino que implica un seguimiento radical. Imitar a Jesús es su objetivo (340), el ideal de su vida (494). La imitación se extiende a todo (387). Quiere imitarlo en su actitud de vivir en la presencia de Dios (648), en su vida oculta (658), en su itinerancia misionera (221,432,817), en sus parábolas y modos de expresión (222), en su trato con los niños (276,435), en su trabajo a favor de los pecadores (214), en su mortifi­cación (658), en su pobreza (363,370,429‑433), en su modestia (389), en su mansedumbre (372,374,782, EA 566, EE 350), en su oración (50,434). En defini­tiva, en trabajar y sufrir (130, EE 344). Estos dos verbos, incorporados al memo­randum claretiano junto con el orar, son el resumen de su imitación de Jesús conside­rada en clave misione­ra.

La imitación se va haciendo progresiva­mente configura­ción (EA 569, EA 575). Las etapas de Cuba, de Madrid y del exilio suponen en este sentido un fuerte desarro­llo con respecto a la etapa de misionero apostólico en Cataluña y Canarias, sin que se pueda hablar de dos estadios perfecta­mente diferenciados. Esta configu­ración (de fuerte sentido martirial), va adoptando las caracte­rís­ticas de la unión con el Cristo pascual y del ofrecimiento como víctima. Claret, asediado por las persecuciones, desea finalmente morirse para estar con El (EA 588), anhela ofrecerse en sacrificio y unirse a Cristo para gloria de la Trinidad (EA 549). En esta última etapa, la voz de Jesús se le hace cercana en las diversas locuciones que recibe (684,690,691,831,832,839).

31). La experiencia de Claret se nos trasmite, desarrolla­da y actualiza­da, en las Constituciones. Estas constitu­yen el otro polo referencial para comprender el presente núcleo.

 

n ¿Quién es Jesucristo para nosotros? Jesucristo es el Cristo (33 veces), es el Señor (26 veces) …, pero es, de manera más específica, el enviado del Padre (3) que está siempre en las cosas del Padre (cf núcleo 1) y es obediente hasta la muerte, el hecho hombre de la Virgen María (3), el Ungido por el Espíritu para evangelizar a los pobres (3; cf núcleo 3), el Crucificado (3,43,44,45), el Resucitado (46).

¿Qué nos dice Jesús? Todo el evangelio es palabra dirigida a nosotros. Las Constitu­ciones, sin embargo, subrayan algunas: el precepto del amor (15), la biena­venturanza de los mansos (42), la necesidad de la vigilancia para no caer en tentación (53), la invitación al seguimiento radical (43,44), la exhortación a orar para que el dueño de la mies envíe obreros a su mies (58).

¿En qué debemos imitarlo? En todo, pero a semejanza de los doce (4). Como ellos, seguimos a Cristo en comuni­dad para pro­clamar la Buena Nueva en el mundo entero (4). Desde esta clave se comprende todo lo demás. Debe­mos imitarlo especialmente: en la castidad (20), en la pobreza (23), en la obediencia (28), en la mansedum­bre (42), en la oración asidua (33), en la comunión de vida con los apóstoles (10), en el servi­cio (los diáconos: 81).

¿Cómo podemos configurarnos con Él? Las CC dedican todo un capítulo a la configura­ción (39‑45). Nos configura­mos con Cristo a través de la unción del Espíritu (39) y de nuestra libre respuesta mediante los votos y algunas virtudes: el celo (40), la humil­dad (41), la mansedumbre (42), la mortifi­cación (43), la solidaridad con los que sufren (44) y el sufrimiento y la enferme­dad (45).

¿Cuáles son los lugares privilegiados de encuentro con Él? Las CC son explícitas: los momentos de tentación (53) o de sufri­miento (45), los cambios que se producen en este mundo (73) y la eucaristía (35).

  Traducción actual

32). El mensaje del CARITAS CHRISTI consti­tuye la respuesta al problema del amor. El hombre intuye que sólo el amor le hace feliz, pero no sabe amar, se encuen­tra siempre amenazado. Sólo cuando acepta el amor como un don se habilita para convertirlo en arte y tarea. Anunciar a Jesucristo y su obra de amor implica unos acentos particulares.

El amor, desde el punto de vista cristia­no, no es un valor abs­tracto. En Cristo se ha hecho visible de forma insuperable el amor sal­vífico y personal de Dios. Cristo, a su vez, urgido por ese mismo amor al Padre y a los hombres, se entregó hasta la muerte en cruz. En la obla­ción de sí mismo nos revela al Dios que lo envía y sana todas las imágenes distorsionadas que el hombre se fabrica. Por eso se convierte en el cami­no de ac­ceso al Padre y, en defini­tiva, en el centro de la vida del hombre. Este, como Claret, no debe pensar otra cosa que imi­tar­le y seguir­le. Al hacerlo, descu­bre que amar significa, en con­tra de todo reduccio­nismo romántico, en­tregar la propia vida, partici­par de su muerte y de su resurrec­ción. Esto no es un pre­cepto moral que recar­ga nuestra conciencia saturada: es un don que se nos ofrece. Quien, mediante la fe y los sacra­mentos, se incorpora a Cristo está capa­citado para vivir oblativamente.

En el momento presente, la visibilización del amor cristiano implica necesariamente una op­ción preferencial por los más po­bres, que constituyen la mayoría sufriente y discriminada de la humani­dad. En los países del primer mundo, responsables en bue­na medida del empobrecimiento del tercero, es imprescindible subrayar esta dimensión del amor y encontrar cauces que la ex­presen. La tarea de humanización, para ser verda­dera­mente tal, debe empezar siem­pre por los que se encuentran más des­humani­zados. La cultura que ha perdido a Dios por la vía de la razón está llamada a encontrarlo por la vía de un compromiso serio por la justi­cia. Este compromi­so, cuando brota de motiva­ciones profundas, ayuda a corregir las distorsio­nes de la mera razón y revela otras dimensiones escondi­das de la reali­dad.

33). Estas son algunas de las exigencias para nosotros:

El misionero, que ha experimentado a Cristo como su centro, debe anunciarlo como Hombre Nuevo, pero tratando de mos­trar, en su vida y en sus palabras, que este anuncio no consiste prima­riamente en un sistema de pensamiento, en un simple código éti­co o en una adhesión sentimental, sino en una experiencia de encuentro que lleva progresivamente a la configuración y que, como en Claret, nos asocia a su sufri­miento. En cuanto misione­ros, la nuestra es una espiritualidad que nos configura con Cristo a través de las virtudes más típica­mente claretianas (pobre­za, humildad, mansedum­bre, mortifica­ción, celo, etc.) y nos urge a llevar la Palabra de salvación a todos los necesita­dos.

La comunidad que ha nacido convocada por la Palabra es nece­sa­riamente una comu­nidad que comparte la fe, la experiencia espiri­tual, el envío apostólico, tanto en el ámbito de la ora­ción como en el de la refle­xión y el del trabajo. Dado que la colabora­ción en el ministerio de la Palabra pertenece al origen de nuestra vida comu­nitaria, debemos seguir favoreciendo los medios que nos ayuden a superar el individualismo (asamblea comunitaria, proyecto de vida, trabajo en equipo, etc.). De esta forma, al mismo tiempo que nos estimula­mos unos a otros, constituimos una alternativa al mo­delo egocén­trico de organiza­ción social.

La formación para la oblatividad misionera se concen­tra en el cuidado de la comunidad formativa y en la formación para la misión. La naturaleza, calidad y dinamismos de la comunidad forma­tiva nos los ofrece el PGF (114, 230-233).

 SPIRITUS DOMINI

Saeta lanzada: Trabajar

 Noción

34). Cuando Claret quiere interpretar su vocación misionera, compren­de «de un modo muy particular» las palabras Spiritus Domini super me et evangelizare pauperibus misit me Dominus (118). En ellas se condensa su experiencia de sentirse ungido y enviado por el Espíritu para anunciar, como Jesús, el evangelio a los pobres. Claret las aplicó también a la vocación‑misión de cada uno de los claretianos (687).

  Contenido carismático

35). Estos son los rasgos que aparecen en la experiencia de Claret.

Ungido. Claret entiende como don parti­cular de Dios, que el mismo Espíritu que consagró y ungió a Jesús para evangelizar a los pobres, estaba sobre él. Se trata del Espíritu que ha impulsado a Profetas, Apóstoles (214) y a los santos más celosos (226). Ellos son para Claret espejo de su propia fidelidad (227).

Enviado. Toda la Autobiografía está tachonada de frases en que Claret se ofrece a Jesús y María para ser enviado adonde ellos quieran (156, 161,113,698,756…) Antonio se siente saeta en manos de María para ser arrojado contra el mal en todas sus formas (270). Su palabra es lanza que quiere partir el corazón de los pecadores y llamarlos a la conversión (EA 559).

Impulsado al trabajo. El Espíritu que ha ungido y enviado a Claret, le da luz y fuerza en la debilidad y lo prepara para el ministerio apostólico (618). Tomando por modelo a los Apóstoles y Profetas, no quie­re «perdonar trabajo, ni molestia ni tribu­la­ción» (618) hasta el punto de no «perder jamás un instante de tiempo» (647, 764) para anunciar el evangelio (200, 221). Se ve impulsado a «andar y correr de una parte a otra predicando continuament» (227). Su vida pobre es testimonio elocuen­te de los valores que anuncia (357‑358).

La mediación eclesial. La misión se hace visible a través del envío del Obispo, que representa toda la Iglesia (195). Claret quiere obedecer a esta voz y no «a su antojo» (194,196). Sufre en carne propia los proble­mas de la Iglesia (734,735). Se ofrece para solucionar­los (ibid.) pagando incluso el precio de la propia vida (EA 357). La reforma de la Iglesia y de la Vida Religio­sa es obra de «los hombres de espí­ritu que Dios envía» (EA 501).

Misión universal. Poco a poco Claret descubre que el Espíritu le llama a una misión que abarca toda la tierra: «Mi espí­ritu es para todo el mundo» (EC I, 305). Tras la oposición que encuentra en Cuba, ve la mano de Dios que lo quiere fuera de la isla para dar inicio «a la grande misión a la que me destinó hace tiempo» (EC II, 257‑258). Claret describe esta misión con rasgos apocalíp­ticos (685‑686). Su aposto­lado, sin embargo, se va circunscribien­do a círculos pequeños. Este contraste le hace sufrir (692,693,762) pero le ayuda a encon­trar nuevos medios de apostola­do. Todo lo que hace, va adquiriendo rasgos de mayor sencillez (784, 742) y de referencias cons­tantes al martirio y la oblación de la propia vida (EA, 619).

Comunidad apostólica. Desde su etapa de misionero apostólico, Claret busca colabo­radores (EC I, 85) a los que comunicar su mismo espíritu (Ibid. 95). Paulatina­mente, entiende su misión en un sentido comunita­rio, formando no solo un grupo de predica­do­res, sino una verdadera comuni­dad misionera («vida perfectamente común») (491). La comunidad está formada por aquellos a quienes Dios «había dado el mismo espíritu» del que Claret se sentía animado (489). En ellos revive la experien­cia claretiana del Espíritu que envía a evange­lizar (689). Por eso Claret les aplica las palabras Spiritus Domini (687). El Espíritu del Padre y de la Madre (689) hablan en ellos. Claret considera la comuni­dad apostólica como una colmena (casa y misión unidas) en la que reinan los frutos del Espíritu (608‑609). Los misio­neros prolongan y sustituyen la misión de Claret (638, EC II, 352). No son sólo saetas, sino brazos y pechos de María (665, EA, 665).

36). Nuestras Constituciones nos ofrecen una pers­pectiva conden­sada:

El Espíritu es el que engendra a Jesús (CC 3) y lo unge y capacita para la misión (CC 39), el que nos hace hijos y grita en noso­tros Abba (CC 34), el que impulsa a los Após­toles a testimoniar la Resurrec­ción de Jesús por todo el mundo (CC 40) y anima a algu­nos a llevar el mismo género de vida de Jesús (CC 3), el que ha suscitado la Congrega­ción como don para la Iglesia (CC 86,135) y otorga a cada uno de noso­tros el don del segui­miento de Cristo en comu­nidad apostó­lica (CC 4).

Los efectos del Espíritu en noso­tros son cla­ros. Nos unge como a Jesús para evan­gelizar y nos confi­gura con Él (CC 39) dándonos el gozo y el celo misionero (CC 40), nos reúne en comunidad fraterna (CC 10, 17) y nos configu­ra carismáti­ca­mente diver­sos para la misión común (CC 65, 72).

La respuesta al Espíritu implica, por nuestra parte, obediencia y docilidad (CC 48) dispo­nién­donos al discer­nimiento de la voluntad de Dios (CC 65), la unidad y conjun­ción armónica de los diversos ca­rismas dentro de la comuni­dad (CC 78), apertura de los formandos (men­te y cora­zón) a las inspiracio­nes del Espíritu (CC 72).

 Traducción actual

37). El mensaje del SPIRITUS DOMINI es un viento fresco que introduce la li­ber­tad y la creatividad que el hombre contem­poráneo va buscando en medio del peso de la cultura y de las inercias y cansan­cios que acumula. Implica algunos contenidos fundamentales:

El Espíritu es unción que capacita para el anuncio del evan­ge­lio de Jesucristo ilumi­nando el entendimien­to, moviendo la vo­lun­tad y, sobre todo, haciendo posible el encuentro personal con el Cristo que se anuncia. En esta tarea no estamos abando­nados a nues­tras solas fuerzas. No re­cae sobre nuestros hombros todo el peso de hacer avanzar la his­toria, de construir un mundo más huma­no, de hacer visible el Reino de Dios. El Espíritu es Dios en no­sotros, es la dilatación de todo lo humano y de todo lo cósmico, es el impulso que pro­voca la creación continua­da, es el Abogado y Consolador que da fortale­za, perseveran­cia y esperanza en las di­ficultades y prue­bas que implica el ministerio de la Palabra.

Este mismo Espíritu actúa en los recepto­res del mensaje abriendo su corazón a la fe, a la Palabra, haciéndoles compren­der lo que han acogido, suscitando frutos de conver­sión. Actúa en el mun­do alentando lo bue­no, lo bello, lo noble, emergiendo a través de los signos de los tiempos, empujando la historia hacia su ple­nitud, mante­niendo la utopía del Reino cuando de­clinan todas las demás.

El Espíritu actúa en la Iglesia suscitando carismas y minis­te­rios para su edificación, dando densidad real a los sacramen­tos, construyendo la unidad en la diversi­dad, extrovertiéndola más allá de sus fronteras, haciéndola misione­ra, católica, uni­versal.

38). Y también algunas exigencias:

El misionero, que se sabe ungido por este Espíritu para evan­gelizar, debe vivir una espiritualidad persona­lizada sirviéndose de los dinamismos que nos proponen las Cons­titucio­nes, con los acentos dados por el CPR. Esta espiri­tualidad nos capacita para anunciar un men­saje de esperan­za, sin el cual la cultura tiende a asfixiarse en sus pro­pias realizaciones, la Igle­sia se anquilo­sa y el hombre se desfon­da.

La comunidad misionera, para superar su pasividad, debe rea­li­zar un serio discerni­miento de su estilo de vida, pues, en la le­gí­tima apertura al mundo durante el pos­conci­lio, quizás se ha pro­du­cido una asimi­lación poco crítica de formas y comporta­mientos vi­gentes en nuestro medio social. El aburguesamiento frena la crea­tividad. A partir de lo logrado, hemos de prose­guir madurando en las actitudes y mejorando los aspectos técni­cos que conlleva el proyecto comunitario para que sea cada vez más un instrumento de creatividad y dinamismo.

Para ofrecer una palabra creativa a los desafíos actuales nece­sitamos ser ministros idóneos de la Palabra. La formación inicial habrá de concluir con la especialización según las ca­pacidades personales y las necesidades de la Provincia y de la Congre­gación.

  CONCLUSIÓN

 39). Después de haber presentado los cuatro núcleos carismáticos contenidos en la alegoría de la fragua se ofrece ahora, a modo de conclusión, una aplica­ción pedagógica concreta.

40). Partimos, como se hizo en la introducción, de la llamada conciliar a la renovación. Si queremos lograr una pro­puesta que re­sulte verda­dera­mente fecunda (tanto para la renovación vocacio­nal de los cla­retianos como para la re­levan­cia de nuestra tarea evangelizadora) es pre­ciso establecer una co­rrela­ción lo más estrecha posible entre los dis­tintos elementos que inter­vienen en el aconteci­miento de la evan­geliza­ción (emisor, receptor, mensaje). Si el emisor comunica algo que íntima­mente no acepta o que no em­palma con las claves del destinatario del mensaje, entonces no se produce una verda­dera comuni­cación. Este riesgo acecha siem­pre al misionero. Cierta­men­te, él debe creer en la eficacia so­bera­na, y a veces paradójica, de la Pa­labra, pero esto no debe jus­tificar en manera alguna el descui­do de las mediaciones ordina­rias.

41). Emisor y receptor se hallan en una situación que los desafía y que repercute en la comunicación que se establece entre ellos. El análi­sis de los desafíos es complejo por­que no basta la mera des­crip­ción de la rea­lidad (tal como la puede hacer un sociólogo o un analista de la cultu­ra), sino que es necesario examinarla en clave misionera y preci­sar sus re­percu­siones en los emisores y en los destinatarios del mensa­je. Noso­tros, en cuanto misio­neros claretianos, nos acercamos a la realidad desde la vocación que hemos recibido. Por eso, nuestro análisis no es neutral o puramente cientí­fico: destacamos lo que favorece o dificulta el anuncio y la acogida de la Pala­bra.

42). En el esfuerzo de con­centra­ción de los diversos indicadores descubri­mos tres raíces fundamen­tales (y, por ello mismo, transcultu­rales) que guar­dan rela­ción con las principales di­mensiones del ser humano (la inte­lecti­va, la afectiva y la práxica) y con las virtudes teo­loga­les que constituyen nues­tra estructura de gracia para vivir de la Pala­bra (la fe, la caridad y la esperan­za). Estas tres raíces, precedidas por otra que ac­túa como cuestionadora y dinamizado­ra de ellas, contienen en sí mis­mas ele­mentos de re­gre­sión y de pro­gre­so, de vida y de muerte, son encruci­jadas donde se ventila el crecimiento humano y cristiano. Por eso las deno­minamos puntos críticos.

43). Estos tres puntos críticos -precedidos por el punto 0 que actúa como punto cuestionador- son:

0) La Instalación y la Búsqueda, que constitu­yen como la in­fra­estructura de la necesidad de salvación personal y colec­tiva.

1) La Superficialidad y la Profundidad, que afectan a la per­cep­ción de lo real, a la necesidad de un fundamen­to y al senti­do de la vida humana.

2) El Egocentrismo y la Oblatividad, que marcan la tensión afec­tiva del hombre y determinan su verdadera realización en cuanto ser esencial­mente abierto.

3) La Pasividad y la Creatividad, que hacen refe­rencia al dina­mismo de cambio y de crecimiento, de progre­siva o de regresiva humanización.

44). Estos puntos críticos afectan de manera concreta en nuestra situa­ción pre­sen­te a todos los emisores y receptores de la Palabra. Poseen ras­gos que es preci­so detectar sin caer en el peligro de hacer un simple elenco de repercu­siones positivas y negativas. Si la respuesta del mensaje logra co­nectar con estas raí­ces, en­tonces tam­bién tendrá vigor para sanar los sín­tomas.

45). La respuesta en la que creemos es el evange­lio de Jesucristo. Esta es la buena noticia de salvación para los hombres de todos los tiempos y luga­res. Ahora bien, este evangelio se modula o se «codifica» diver­samente se­gún las personas que lo anuncian, según los oyentes que lo re­ci­ben y según las situaciones en las que se proclama y vive. Los acentos que descu­brimos en el Funda­dor y que reconocemos también en los que hemos recibido su mismo espíri­tu constituyen la respuesta que, en cuanto misione­ros, pode­mos ofre­cer a los hombres de nuestro tiempo. Entre estos acentos y los pun­tos crí­ticos pre­sentados antes existe una co­rrelación.

46). Nuestra contribución a la nueva evangeliza­ción consiste en el esfuer­zo por co­nectar de la manera más estrecha posible los acentos carismáticos (respuesta) y los puntos críticos (pregunta). Lo que este pro­yecto pastoral persigue es, en efecto, anunciar el evan­gelio a la nueva cultura median­te un diálogo profundo con ella. He aquí, de forma resumida, esta correlación:

0) Al punto crítico de la Instalación / Búsqueda ofrecemos nues­tra ex­pe­rien­cia de QUID PRODEST como ex­periencia que des­bloquea y promueve un proceso de conversión, que lleva a afir­mar y re­la­ti­vi­zar la bondad del mundo y de todo logro o situa­ción al­canzada y que impulsa a buscar en Jesucristo la res­pues­ta a la pregunta por la salvación.

1) Al punto crítico de la Superficialidad / Profundidad presen­ta­mos nues­tra experiencia de PATRIS MEI como experiencia de amor in­condi­cio­nal que fundamenta la vida humana y la redime de su indetermi­na­ción y ambi­güedad.

2) Al punto crítico del Egocentrismo / Oblatividad presentamos nuestra experiencia de CARITAS CHRISTI como experiencia de humaniza­ción en la configuración con el Cristo que se entrega y que li­bera al hombre de todas sus esclavitudes.

3) Al punto crítico de la Pasividad / Creatividad presenta­mos nuestra experiencia de SPIRITUS DOMINI como experiencia de un­ción para el anuncio, para el despliegue del Rei­no, para la cristifica­ción de toda la realidad.

47). Estas respuestas constituyen en sí mismas momen­tos de la Palabra de la cual nos sen­timos servidores. No son un anuncio exterior a nosotros sino experiencias que se nos conceden como don para la construcción de la Igle­sia y servicio del mun­do. Representan, pues, como ya hemos indicado, nues­tra aportación específi­ca a la nueva evangeliza­ción. En la medida en que las revitalicemos estare­mos también habilitándonos para responder mejor a lo que la Iglesia espera de nosotros. Antes que un programa de actuación son una experiencia de Dios mediada por su Palabra ofrecida y acogida.

48). Lo verdade­ramente ur­gen­te es, pues, pro­pi­ciar que todo clare­tiano pueda re­vi­vir la expe­rien­cia ca­ris­mática que cons­tituye el prin­cipio de respuesta evangeliza­dora a los desa­fíos de nues­tra situa­ción his­tórica y pueda capacitarse para ser minis­tro idóneo de la Palabra. O, dicho en clave simbólica: que todo clare­tia­no, de manera di­feren­ciada, pueda revi­vir su expe­riencia de Fra­gua; es de­cir:

Pue­da rom­per con su posible si­tua­ción de ins­talación, de aburguesa­miento, de mediocri­dad espiritual, de falta de estímu­los y de entusiasmo o de autosuficiencia.

Pueda ser caldeado (como la barra de hierro en la fragua) por el amor del Padre que da profundidad a la vi­da, que ablanda las rigideces acumula­das, que desbloquea los mejores resortes acaso contraídos por el paso del tiempo.

Pue­da ser for­jado (como el hierro rusiente en el yunque) se­gún la forma de Cristo hasta hacer de Él verdaderamente el centro de la pro­pia vida y así aprender a amar obla­ti­va­mente.

Pueda ser lan­zado por el Espí­ritu como fle­cha mi­sione­ra para anunciar crea­tiva­mente el evan­gelio, superan­do la pasividad, el desfondamiento, la rutina, etc.



Cf J.M VIÑAS, Formados en la fragua del Espíritu y del Corazón de María (Cuadernos de Formación Cla­retiana, 7), Prefectura General de Formación, Roma 1990.