20 – Vocaciones y Formación según el Fundador

VOCACIONES Y FORMACIÓN PARA LA CONGREGACIÓN

SEGÚN EL P. FUNDADOR

  Jesús María Palacios, cmf.

             A lo largo de su vida, el P. Fundador, además de sus obras y escritos sobre los seminarios, expuso su pensamiento sobre la formación en la Congregación en cartas, apuntes y notas, dando orientacio­nes vocaciona­les y formativas a la misma según las circuns­tancias[1]. En este trabajo presentamos una síntesis breve pero completa del pensamiento escrito y explícito del P. Fundador con respecto a la Congregación[2].

No obstante, para entender adecuadamente el pensamiento del P. Fundador, es necesario hacer una referencia formativa a la Autobiografía. Además de lo que escribió explícitamente sobre el tema, para nosotros es fuente de información y orientación formativa su Autobiografía. Claret, como Fundador nuestro, es un ejemplo a imitar no sólo desde el exterior, sino desde la interioridad del carisma común. La interpretación del carisma y sus consecuencias formativas, hecha por Claret, es para la Congregación un ejemplo, una llamada a la imitación y una seguridad de fidelidad.

Por eso, la lectura vocacional y formativa de la Autobiografía es también para nosotros una clave a ser tenida en cuenta en nuestros procesos vocacionales y formativos. La Autobiogra­fía ha de ser para nosotros una fuente de inspiración de cómo formar y de cómo orientar la formación del misionero claretiano. Aunque en este trabajo no nos centremos en ella de una manera directa (hablaremos sólo de sus escritos específicos, como hemos apuntado), no obstante, hemos de acudir en algunos momentos a la Autobiografía para poder entender el pensamiento formativo de Claret para la Congregación[3].

 I. LAS VOCACIONES

1º. Nada más fundar la Congregación, Claret andaba con mucha atención antes de aceptar nuevas incorpora­cio­nes a la comunidad cuidando al máximo que no se integrasen personas no adecuadas. Había que cuidar muy bien la selección de los candidatos:

“Algunos han pedido vivir con nosotros, pero nosotros vamos con mucho tino y vamos examinando sus físicos y morales, pues que en estas materias es preciso andar con tiento, porque una oveja sarnosa inficionaría a las demás”[4].

“y en esto (aceptar jóvenes) deben andar con cuidado, no les suceda lo que a los Paúles de Madrid, que muchísimos jóvenes, después de haberse instruido en la casa y ordenado, se han salido (…)”[5].

Ante la escasez de misioneros y las abundantes peticio­nes que le hacen, insiste constantemente en la necesidad de orar y de pedir al Señor que envíe operarios a su mies:

“Roguemos al Padre celestial a fin de que envíe opera­rios, porque, a la verdad, los operarios son pocos y la mies es muy grande en España y fuera de ella (…)”[6].

En su Autobiografía recomendó el rezo del Oficio Parvo de la Virgen en el noviciado porque así “Ella nos proveería de sujetos que aumenta­rían, dilatarían y conservarían la Congregación”[7].

2º. Escribiendo al P. Xifré, el cual estaba preocupado por la expansión de la Congrega­ción y le preguntaba sobre la oportunidad de admitir estudiantes en la misma[8], el P.[9]. Las dificultades económicas de la Congregación, que preocu­paban al P. Xifré, condicionaban, a la vez, la posibilidad de aceptar a jóvenes sin haber terminado los estudios.

En otra carta, llena de espiritualidad evangélica y de confianza en la providencia del Señor, animaba al P. Xifré de esta manera:

“Y así no repare en admitir sujetos que considere idóneos por su saber y virtud y den esperanzas de utilidad, aunque sean jóvenes y no estén del todo ordenados”[10].

En esa época, el P. Fundador solamente hablaba de personas adelantadas en los estudios y con buenas disposiciones y voluntad para pertenecer a la Congregación y perseverar en ella. De todos modos, fue un paso trascendental que cambiaría en el futuro la fisonomía de la Congregación[11]. Más adelante, el II Capítulo General (1862) dio un paso importantísimo en orden a la promoción vocacional y a la formación en la Congregación, al aceptar oficialmente en las Constituciones la categoría de estudian­tes y promulgó las primeras directrices para su formación y el ingreso en la Congregación[12].

De cara a las dificultades que la Congregación estaba encon­trando en su desarrollo, expansión y crecimiento, dice al P. Xifré que se empeñe todo lo que pueda para promover vocacio­nes, que no hay que dormirse, que sin pérdida de tiempo trabaje en “reunir y formar jóvenes”, y, que, si para ello es necesario edificar, que lo haga con toda libertad sin respeto humano y sin preocuparse de los gastos:

“créame, amigo, trabaje lo que pueda para aumentar el personal de la Congrega­ción, y, si para esto es menester levantar otro edificio. hágalo en hora buena y no se pare en gastos ni en qué dirá el mundo”[13].

“Conviene no dormirse (…) Sólo en Dios y en ustedes de la Congregación del Inmaculado Corazón de María confío, y así le repito que, sin pérdida de tiempo, trabaje usted en reunir y formar jóvenes”[14].

Más en concre­to:

En 1867, ayudando al P. Xifré a resolver algunas dificul­ta­des sobre la admisión de estudiantes, Claret le contestó dándole varias soluciones. Y añade un pensa­miento que -dice el santo- “Vd. con los Srs. Consultores lo rumiarán”. El pensa­miento del F. Fundador era sobre la posibilidad de admitir estudiantes, “de buena disposición, vocación y que prometan fundadas esperan­zas”, que completasen su formación humanística en la Congrega­ción. Estos estudiantes podrían estar distribuidos por nuestras casas, hacer los estudios de Filosofía y Teología en los seminarios de las ciudades adonde fueran destina­dos y realizar algunas prácticas apostólicas u otras cosas compatibles con los estu­dios[15].

  • Y estando en Roma para el Concilio Vaticano I escribió en 1869 una Nota Vocacional muy interesante[16]. Se trataba de suscitar vocacio­nes fomentan­do la formación de acólitos en las iglesias y parroquias. A éstos se les enseñará latín, rúbricas, canto llano, etc., debiendo permanecer en sus propios pueblos. Todos los misioneros se han de responsa­bi­lizar de esta tarea tanto cuando van de misión como en nuestras propias casas (donde debe haber un encargado para ello). La experiencia en algunas diócesis, dice el P. Fundador, ha sido positiva, pues estos acólitos “son en el día buenos seminaristas”[17].

II. INSPIRACIÓN DEL REGLAMENTO FORMATIVO (1862)

El II Capítulo General (1862), presidido por el P. Fundador, aceptó oficialmente en las Constituciones la categoría de estudian­tes y promulgó las primeras directrices para su formación y el ingreso en la Congregación. Terminado el Capítulo, el P. Fundador se puso enseguida a elaborar un documento formativo para la Congregación. Según una carta al P. Xifré del 2 de agosto de 1862[18], el P. Fundador había entregado el 28 de julio en Segovia al P. Clemente Serrat el reglamento para los Estudian­tes y el reglamento para el Pedagogo o Prefecto.

Los capítu­los sobre los aspiran­tes, novicios, maestro y coadjutor fueron redactados unos meses más tarde, entre agosto y diciembre del l862. De hecho, el P. Funda­dor remitió al P. Xifré todos los documentos de una manera definitiva el 20 de diciembre del 1862 con el nombre de Reglamen­to. Todos ellos formaban un conjunto titulado Regla­men­to para los Aspiran­tes, Proban­dos y Estudiantes de nuestra Congregación y sus respectivos Maes­tros[19]. Le decía al P. Xifré:

“Sirve la presente para decir a usted que, considerando cuánto conviene formar bien en la ciencia y virtud a los jóvenes que Dios llame a la Congregación, he pensado escribir este Reglamento que tengo el gusto de acompañarle con la presente, a fin de que se ponga en práctica en todas sus partes, por ser ésta la voluntad de Dios y de María Santísima, nuestra querida Madre”[20].

Las últimas palabras del santo han sido interpretadas en la Congregación como que los reglamentos fueron especialmente inspirados por el Señor y la Virgen. He aquí algunos testimonios:

1º. En la Historia de la Congregación el P. Mariano Aguilar dice:

“Parece que la escribirlo (el Reglamento), la Sma. Virgen le inspiró de una manera especial, como lo hacen sospechar las siguientes palabras que dirigía al P. Xifré en la carta: […] por ser esta la voluntad de Dios y de María Sma. Nuestra querida Madre”[21].

2º. El P. Clemente Serrat en el Proceso Apostólico de Vic afirmó:

“Siendo yo superior de la Casa Misión de Segovia […]. En 1862 acompañé al V. de Madrid a Gracia (Barcelona) donde presidió la Junta general, a la cual también asistí. A instancia de los Padres de la Congregación el V. se encargó de corregir las Constituciones de la Congregación a tenor de las instrucciones de la S. Congregación de Obispos y Regulares. Posteriormente añadió un capítulo para los aspirantes y estudiantes, movido de inspiración especial de la Ssma. Virgen, según oí del P. Lorenzo Font, sobre el cual no hizo la S. Congregación observación alguna. Según oí referir al P. Xifré, el mismo Papa interesaba al encargado de examinar las Constituciones para su pronta aprobación”[22].

3º. Y el P. Lorenzo Font, por su parte, atestiguó lo siguiente:

“Por relación de algunos Padres que asistieron a los varios capítulos que se celebraron en Vich y Gracia, me consta que el Venerable presidía personalmente aquellas sesiones encaminadas principalmente a tratar de la formación de las primitivas Constituciones del Instituto. El mismo Venerable redactó el Reglamento del noviciado y escolasticado de Nuestro Instituto, habiendo él mismo consignado al principio que la Virgen Sma. le había inspirado que quería que se observase tal como literalmente estaba escrito. Este extremo me consta por haberlo leído en el cuaderno impreso que nos daban a los novicios. Es muy de advertir que este Reglamento al haber sido presentado junto con las Constituciones del Instituto a Roma, mientras éstas sufrieron muchísimas modificaciones, el Reglamento fue aprobado sin reparo ni enmienda alguna”[23].

Lo verdaderamente cierto es el pensamiento del P. Fundador respecto al Reglamente y su incidencia en la Congregación. Él lo expresa con mucha claridad en la carta al P. Xifré. Sin distorsionar la verdad, lo podemos interpretar de la siguiente manera:

Hay que formar bien en la ciencia y virtud a los jóvenes que Dios llame a la Congregación. No nos hemos de contentar con cualquier tipo de formación. Debemos dar a los formandos la mejor formación posible tanto en la ciencia como en la virtud. Son los dos pies del misionero, como repetirá Claret en muchas ocasiones. Hoy diríamos que hay que ofrecer y exigir una formación de calidad, es decir, que sea claretiana, personalizada, actualizada y exigente.

  • Para ello, para alcanzar esta meta de calidad, Claret ha escrito un Reglamento que entrega al P. Xifré para la Congregación. Es el primer documento formativo de la Congregación en sentido global y completo. Es también un documento carismático salido de la inspiración del P. Fundador. Tiene por lo tanto un gran valor espiritual y tradicional para la Congregación. No podemos prescindir de él[24].
  • La voluntad del P. Fundador es que “se ponga en práctica en todas sus partes” en toda la Congregación. No es un documento simplemente orientativo o unas simples indicaciones formativas para caminar. Es un verdadero camino a seguir con buenas y adecuadas señalizaciones formativas. Habrá que hacer, como se ha hecho, la adaptación a los tiempos y a las circunstancias, pero el fondo formativo del reglamento formativo ha de permanecer.
  • La voluntad de Claret es tal porque, como él dice, “ésta la voluntad de Dios y de María Santísima, nuestra querida Madre”. Prescindiendo del carácter de la inspiración del Reglamento –sobre el que no nos interesa discutir pues no tenemos datos de cómo fue-, la verdad es que para el P. Fundador este Reglamento expresa la voluntad de Dios y de María Santísima, nuestra Madre y Formadora. Y esto supone que el Señor y la Virgen se lo debieron comunicar a través de cualquier cauce, desconocido para nosotros, pero no para Claret (y esto es lo importante). Sobre esta convicción Claret es contundente, no duda; está firmemente convencido, y así lo expresa de que Dios y la Virgen desean que en la formación sigamos los pasos señalados en el Reglamento. Siendo María nuestra Madre y Formadora, es muy congruente tener, a través del P. Fundador, su voluntad de cómo se deben formar sus hijos, los Hijos de su Corazón.

 III. ETAPAS FORMATIVAS

 1. Acogida vocacional

La acogida de las nuevas vocaciones fue organizada desde el principio, desde el tiempo del P. Fundador, una vez admitidos oficialmente los estudiantes en la Congregación[25].

El II Capítulo General, además de aceptar estudian­tes pidió, para todos los que deseaban ingresar en la misma, un tiempo de Aspirantado, previo al año de prueba y a la admisión definiti­va. El día nueve, en la sesión de la tarde, se acordó promulgar varios decretos, entre los cuales el siguiente:

“2º para que todos los pretendientes así sacerdotes como estudiantes y hermanos estén por el espacio de 15 días en clase de aspirantes y que pasados éstos hagan los ejercicios y luego sean admitidos para el año de prueba con alguna formalidad, lo que se repetirá mutatis mutandis al fin del año para su admisión definitiva”[26].

De esta manera se establecía un tiempo de Aspirantado para todos los candidatos, previo al año de proba­ción.

Según el “Reglamento”, los aspirantes (sacerdotes, estudiantes y hermanos) han de ser acogidos en una comunidad de la Congrega­ción, atendidos con cariño por los responsables y ayudados en el discerni­miento vocacional. Para ello han de permane­cer en la casa durante 15 días y ser muy obedien­tes al Maestro en las tareas que se les señale. Entre ellas se indican:

“1º. Leer y enterar­se bien de las Constituciones y prácticas del Instituto. 2º. Formar según ellas el espíritu, haciendo ejerci­cios espirituales, y en ellos confesión general desde que entraron en el uso de razón. 3º. Redactar y escribir los propósitos conforme a la perfección que requiere el nuevo estado. 4º. Ocupar el tiempo que les resta en lo que el Maestro dispusie­re”[27]

Por último, si durante este tiempo, dan esperanzas de ser personas llamadas a la Congregación, iniciarán el año de prueba.

 2. Noviciado.

1º. Objetivo del noviciado

El misionero, llamado por Dios al ministe­rio apostólico, un ministerio “sublime e importante”, ha de conseguir todas las virtudes que le capaciten para el mismo. Por eso, el noviciado, como año de prueba, ha de tener como objetivo el poner los fundamentos de las mismas[28].

“Nada importa tanto a los Misioneros, nada es para ellos tan esencial, como el adorno de todas las virtudes: sin ellas es inútil su talento, estéril su voz, y vano su trabajo: por eso sus deseos, su primera atención ha de dirigirse a obtenerlas: y como el año de prueba es el destinado a poner los fundamentos de las mismas, todos, ora sean Sacerdotes, ora estudiantes o hermanos ayudantes, practicarán para esto con esmero los medios más eficaces”[29].

2º. Los novicios

El principal empeño de los novicios ha de ir orientado a alcanzar el fin del noviciado. Por lo mismo, “su primera atención ha de dirigirse” a obtener las virtudes, poniendo firmemente los fundamentos de las mismas y practicando para ello con esmero los medios más eficaces[30]. Las virtudes que señala el P. Fundador son: la fe, la confianza, la humildad, la obediencia, la rectitud de intención, la oración y la fidelidad a la vocación[31]. Asimismo, como hemos dicho antes, indicó a los novicios la tarea de rogar por las vocaciones.

3º. Características del Noviciado

  • El tiempo de prueba o de Noviciado, desde el principio, tuvo la duración de un año completo[32]. El candidato entraba en la Congregación sin ningún rito especial; sólo se le pedía que hiciera los Ejercicios Espirituales y la confesión general. Debería, asimismo, expresar su inclinación al Superior para ser debidamente orientado y, bajo la dirección de un sacerdote (de los más antiguos y ejemplares), se instruía en las prácticas de la casa y del ministerio[33]. El II Capítulo General de julio de 1862 acordó que el tiempo de prueba se iniciase con los Ejercicios espirituales y “con alguna formalidad” que se repetirá mutatis mutandis al fin del año para su admisión definitiva[34].
  • Respecto a las actividades, en la Congregación, en un primer momento, se estableció que al candidato se le instruyese en las prácticas de la casa y del ministerio con el acompañamiento de un sacerdote experimentado y ejemplar[35]. Sin embargo, esta orientación debió durar poco tiempo. A medida que el primer Noviciado de Vich se iba estabilizando, su organización evolucionaba, se tendía hacia la separación de otras secciones y su objetivo se centraba en la formación de las dimensiones más religiosas y espirituales. El P. Clotet, en unos apuntes personales, se mostró preocupado por los muchos trabajos que realizaban los novicios, algunos de ellos absorbentes como el estudio de materias eclesiásticas[36].

4º. Discernimiento vocacional

Así decía el P. Fundador que

“Durante este año, el Superior y demás encargados observarán bien al aspirante, y si ven en él las cualidades que son de desear, y el aspirante continúa con el deseo de perseverar en la Congregación, será definitivamente admitido”[37].

En esta misma clave se sitúan las Constituciones de la Congregación. Las de 1857 afirman:

“Si entrado que sea (el novicio), no le acomoda el género de vida que se observa en la Congregación, se podrá ir libremente, pero también podrá ser despedido por los mismos que le han admitido, si no tuviera las cualidades indispensables para ser un buen misionero, y para poder desempeñar los ministerios de este estado; lo que deberá efectuarse antes de cumplir el año de permanencia en la Congregación”[38].

La aprobación para ser admitido a la Congregación, en los primeros momentos, correspondía al Superior General con sus Consultores. Las Constituciones de 1857, con el añadido del II Capítulo General de 1862 (en subrayado), decían:

“La admisión definitiva de individuos, tanto sacerdotes como no sacerdotes, se hará siempre con la aprobación del Director general y los Consultores”[39].

5º. Conclusión del Noviciado

Terminado el año de noviciado, si los novicios han adquirido la formación adecuada para ser buenos misioneros y “están decididos y resueltos a permanecer en la Congregación”, se prepararán con diez días de ejercicios para la admisión definiti­va mediante su Consagra­ción a Dios y al Inmaculado Corazón de María:

“Por último: Si finido el año de prueba, están decididos y resueltos a permanecer en la Congregación, y en ellos se observan las cualidades convenientes a un buen Misionero, harán con fervor diez días de ejercicios, que servirán de preparación inmediata a su admisión definitiva; la cual se efectuará con el acto solemne de Consagración a Dios y al Inmaculado Corazón de María. Esta consagración entrañará los juramentos de permanencia en la Congregación hasta la muerte y de no admitir dignidad alguna eclesiástica, sin el mandato expreso del Superior General o del Sumo Pontífice; y estos serán los únicos que podrán dispensar dichos juramentos. Y a fin de que ninguno quede privado del doble mérito de sus actos, el Superior podrá autorizar los votos simples temporales o perpetuos a los que tengan voluntad de hacerlos”[40].

3. Los Estudian­tes

El P. Fundador[41] parte de un principio de pedagogía diferen­cial al establecer que los estudiantes se regirán en su forma­ción: primero, por las normas prescritas para los sacerdotes que sean compatibles con su condición de estudiantes; y, segundo, por las orientaciones formativas específicas que se establecen para ellos en el reglamento[42].

1º. El objetivo de la formación es llegar a ser minis­tros idóneos para promover siempre, con la pa­labra, el testimo­nio de vida y la acción apostólica, la mayor gloria de Dios y el bien de las almas[43].

Este texto pasó a las Constituciones. Así las Constituciones han conservado siempre y con sumo cuidado el pensamiento del P. Fundador sobre la formación de los misioneros:

“todo lo dirigirán a la gloria de Dios, a quien pedirán incesantemente que les haga ministros idóneos de la divina palabra para dar a conocer más su nombre y propagar por todo el mundo el reino de los cielos”[44].

2º. Para conseguir el objetivo de la formación, los estudiantes harán con “cuidado y fervor” su oración perso­nal[45], y cumplirán el ritmo de oración comuni­ta­ria[46] y de lectura espiri­tual, en particular de la Palabra de Dios, que se ha establecido[47].

En un marco de formación integral y armónica, los estudian­tes cul­tivarán el entendimiento y el corazón con la cien­cia y la virtud[48]:

En orden a la virtud, aunque han de aspirar a estar adornados de todas las virtudes[49], no obstante, buscarán aque­llas que tienen una relación directa con el estudio a fin de que el trinomio ciencia-virtud-devoción conserve la justa proporción y armonía en su vida[50]. Así tendrán en cuenta los siguientes criterios:

  • la primera virtud que han de procurar es la humildad de entendi­miento y voluntad[51].
  • la segunda, la rectitud de la intención en los estu­dios[52], para no perder nunca de vista el objeti­vo de la forma­ción.
  • y la tercera la aplicación, intensa y equilibra­da, al estudio[53], acompañada de obediencia y mortificación[54].

Además, serán respetuosos con los profesores[55] y ejemplares en su conducta; darán testimonio de vida a sus compañeros; y brillarán por su prudencia y modestia[56].

3º. Durante los días libres y festivos, y en tiempo de vacacio­nes, los estudian­tes se dedicarán a actividades apostólicas, a prepararse en la predicación y oratoria[57], a estudiar las lenguas naciona­les y extranjeras[58] y a repasar las materias estudiadas[59].

Las primeras Constituciones, recogiendo las orientaciones del P. Fundador, pedían, ya desde el principio, que los estudiantes:

“Cultivarán y regarán su corazón y su inteligencia con mucho cuidado, sembrando en ellos la ciencia y la virtud; pues así como la tierra no da frutos si no se la cultiva y riega, así los Hijos del Inmaculado Corazón de la Sma. María, no darán fruto, si no cultivan y riegan su espíritu con el agua de la devoción y piedad”[60].

  IV. ESTUDIO

 1. El Plan de Estudios (1859)

La Congregación, como hemos dicho, al ser fundada no contemplaba la categoría de estudiantes. No obstante, de hecho y mirando al futuro, se fueron aceptando personas adelantadas en los estudios y con buenas disposiciones y voluntad para pertenecer a la Congregación y perseverar en ella[61].

En orden a la carrera eclesiástica, el P. Fundador obtuvo del Sr. Nuncio la facultad[62] de que nuestros estudiantes hicieran los estudios en las casas de la Congregación. Con este motivo, el P. Fundador, a la vez que comunicaba al P. Xifré la noticia[63], le enviaba unas notas sobre los estudios que se deberían hacer en la Congregación, intitulados “Plan de estudios de la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María” (1859)[64].

Son unos sencillos apuntes con algunas ideas sobre los estudios que se deberían hacer en la Congrega­ción, en nuestras casas[65]. Entre las propuestas cabe destacar.

1º. En cuanto al tiempo y materias se estudiarán tres años de Filosofía y cuatro de teología.

2º. En cuanto al método: habrá dedicación completa al estudio todos los días, menos los festivos; los sacerdotes o los que están para ordenarse, además de estudiar, prepararán sermones y pláticas y podrán ayudar en alguna misión; por último, dice el P. Fundador, “se hace en el día una necesidad el estudiar y saber la lengua francesa”[66].

 2. El Reglamento formativo (1862)

Como hemos dicho, los estudian­tes cul­tivarán, en un marco de formación integral y armónica, el entendimiento y el corazón con la cien­cia y la virtud[67]. En orden al estudio, los estudian­tes:

podrán hacer la carrera sacerdotal en la propia casa, en el Seminario o en la Uni­versidad, según decida el Superior[68].

  • seguirán algunas orientaciones didácticas para aprender más y mejor, como pensar en la lección, tomar apuntes y notas, repetir las explicacione­s, etc.[69].
  • podrán realizar estudios particulares y complementarios, según las cualida­des personales[70].
  • deberán evitar, ejercitando la mortificación, lecturas de otro tipo que puedan llevar a la disipación o puedan descen­trar de los estudios que se hacen[71].

“ durante los días libres y festivos, entre otras cosas, repasarán las materias estudiadas[72].

3. Estudio de lenguas

Claret, que como Misionero Apostólico buscaba todos los medios posibles para evangelizar, comprendió que las lenguas eran instrumentos eficacísi­mos de evangelización[73]. Eran instrumentos necesarios para conocer la cultura de los pueblos­; para disponerse en la práctica a la universalidad misionera; para relacionarse personalmente con las gentes y para predicar y anunciar el reino de Dios en su propio lenguaje. Con el conoci­miento de las lenguas el misionero puede multiplicar su presencia y su actuación apostólica.

Como no podía ser menos, Claret insistió también reiterada­mente a sus misioneros, formados y en formación, a que estudiasen y cultivasen las lenguas extranjeras[74].

A los misioneros en formación, en el Plan de estudios (1859), les dice que “se hace en el día una necesidad estudiar y saber la lengua francesa”[75]. Comentando el P. Clotet el contenido de este Plan de estudios dado por el P. Fundador, decía:

“Era en su ánimo que algunos de los nuestros se dedicasen al estudio del Derecho canónico y civil; otros al de la Retórica de Granada, y todos los que pudiésemos a la lengua francesa”[76].

En el Regla­men­to afirma que durante los días libres y festivos, y en tiempo de vacacio­nes, los estudian­tes se debían dedicar a estudiar las lenguas naciona­les y extranjeras. Respecto a éstas, indicaba:

“En los meses de vacaciones y en el tiempo libre de entre año repasarán los principios de la lengua castellana, y los catalanes los de la lengua catalana, a fin de expresarse con toda propiedad en el púlpito. Y además todos aprende­rán la lengua francesa, que en el día es una necesidad para poder confesar a los extranjeros”[77].

Estas orientaciones pasaron fielmente, de manos del P. Fundador, a las Constitu­ciones de las Congre­gación, en todas sus ediciones y adaptacio­nes, quedando el texto de la siguiente mane­ra:

“En los días festivos y de vacaciones, después que hubieren repasado las ciencias explicadas entre año, se dedicarán al estudio de lenguas, o bien al ejercicio del Catecismo o a otra cosas conveniente a su estado, que determinare el Superior”[78].

V. LA PALABRA DE DIOS

Si la lectura de la Palabra de Dios fue siempre objeto de sus recomenda­ciones a todos, clé­rigos y seglares, no podía dejar de hacerlo también expresa y preceptivamente a sus Misioneros[79].

En el Reglamento para los Estudiantes y el Prefecto, antes citado, da unas orientaciones pedagógicas precisas sobre el lugar que debe ocupar la Palabra de Dios en la formación de los jóvenes Misioneros.

Los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, movidos en todo por la gloria de Dios (motivación vocacional esencial y fundamental en Claret), han de tener como objetivo de su forma­ción, llegar a ser “ministros idóneos de su (de Dios) Pala­bra”.[80]

Expresando su propia experiencia (importancia de la oración y de la Biblia para discernir la vocación y descubrir su misión)[81] indica para conse­guir el objetivo de la formación, entre otros, dos medios en particu­lar: la oración (pedirlo “incesante­men­te” a Dios) y la Biblia. A este respecto dirá:

“Todos tendrán la Santa Biblia y en ella leerán cada día dos capítulos por la mañana y otros dos por la tarde…; y … el Viernes…un capítulo de la Pasión de Jesús”.[82]

En la segunda redacción esta orientación queda redacta­da de la siguiente manera:

“A la lectura espiritual de cada día añadirán los capítulos de la santa Biblia que dispondrá el Supe­rior”.[83]

VI. LOS AGENTES FORMATIVOS

El agente formativo es la persona (o conjunto de personas) que interviene en el proceso formativo acompañando al formando, y ofreciendo y poniendo en práctica los dinamismos y medios que ayudan a conseguir los fines de la formación. Señalamos el Espíritu Santo, el Corazón de María (y formando) y los formadores. Cada agente actúa de manera específica, según su propia naturaleza[84].

 1. El Espíritu Santo, que nos unge para evangelizar

La formación para los claretianos se realiza bajo la acción del Espíritu, primer agente, que nos unge para evangeli­zar a los pobres.

La acción del Espíritu Santo es siempre carismática, se da como don, como carisma. El carisma es una experiencia del Espíritu que da un modo peculiar de ser vocacio­nalmente en la Iglesia y en el mundo. El carisma es la fuente de la espiritualidad, del estilo de vida y de la misión de la persona que lo ha recibido, es una forma peculiar de ser y de actuar en clave carismática. Lo mismo ocurre en el P. Fundador. Nos dice en la Autobio­grafía:

“De un modo muy particular me hizo Dios nuestro Señor entender aquellas palabras: Spiritus Domini super me et evangeli­zare pauperibus missit me Dominus et sanare contri­tos corde”[85].

El Espíritu que actúa en él “de un modo muy particular”, o sea, de un modo carismático, es un espíritu profético, evangeli­za­dor de los pobres y arrepentidos. Es un Espíritu para anunciar la Buena Noticia[86].

Es bajo esta misma acción peculiar y carismática del Espíritu cómo cada claretiano ha de formarse y vivir su experiencia vocacional:

“El Señor me dijo a mí y a todos los Misioneros compañeros míos: Non vos estis qui loquimini, sed Spiritus Patris vestris, et Matris vestris quid loquitur in vobis (Mat. 10, 20). Por manera que cada uno de nosotros podrá decir: Spiritus Domini super me, propter quod unxit me, evangeli­zare pauperibus misit me, sanare contritos corde (Luc. 4, 18)”[87].

Claret al fundar la Congregación eligió, como nos dice en la Autobiografía, “a quienes Dios nuestro Señor había dado el mismo espíritu de que yo me sentía animado”[88]. Es decir, separó, entre los muchos sacerdotes que conocía y trataba, a aquellos a los que él vio que el Señor les había dado el mismo carisma. Este, en efecto, es una gracia para ser compartida por los confundadores y por todos los llamados a la misma Congrega­ción.

El don del carisma implica un modo y peculiar de actuar el Espíritu del Señor sobre las personas a quienes se les concede el don carismático. Y en este contexto, como consecuen­cia, un modo peculiar de ser y actuar en la Iglesia en el Fundador, en los confundadores y en todos los llamados a compartirlo. Por lo tanto, el modo de acción del Espíritu que actuó en Claret, actuó también en los confundadores y sigue actuando hoy en día en la Congregación. Tienen sentido pleno las palabras de Claret al aplicar a todos los misioneros el texto de Luc. 4, 18.

2. El Corazón de María, Madre y Formadora

La dimensión cordimariana, esencial a nuestra vocación misione­ra, se debe plasmar en la formación claretiana[89]. La presencia de María en el Fundador y en la Congrega­ción es una experiencia carismática peculiar[90]. Dentro del misterio de la Iglesia, de la que Ella es Madre, María es para el P. Fundador y la Congregación:

  • La Fundadora de la Congregación[91]. María funda una Congrega­ción misionera y apostólica al servicio de la Iglesia.
  • Nuestra Madre. Nos llamamos y somos hijos de su Corazón Inmaculado. En nuestra espiritualidad, María actúa como madre y nosotros nos relacionamos con ella como hijos[92].
  • Nuestra formadora. Con su acción maternal forma en nosotros verdaderos y auténti­cos misioneros y apóstoles, tal como Ella engendró a Jesús y lo formó como misionero del Padre y tal como formó a Claret, misionero apostólico[93].

Estos rasgos carismáticos, heredados de nuestro P. Fundador y vividos por la Congregación, se han ido trasmitiendo fielmente a las nuevas genera­cio­nes, particularmente a través del proceso formativo[94]. Los formandos han de amar y reveren­ciar a María, según los rasgos de nuestro carisma y han de establecer con Ella unas relaciones de filial confianza. En esta línea se mueve de una manera constante el magisterio de la Congregación desde el principio.

1. Claret dirá que “María Santísima es mi madre, ni madrina, mi maestra, mi directora y mi todo después de Jesús”[95]. María Santísima fue para el P. Fundador todo después de Jesús; es decir, María fue para Claret lo más que se podía ser.

Él siempre se sintió hijo de María. Estableció con Ella unas relaciones personales intensas y profundas. Y buscó identificarse con Ella, su madre, imitándola y siguiendo sus ejemplos. Con el tiempo descubrió en María el sentido de su Corazón. El Corazón de María era, para Claret, la persona de María, el símbolo real de la persona de María. A través de su Corazón, Claret contemplaba todo el misterio de María.

2. El Corazón de María ayudó a Claret en su interioridad contemplativa. En su Corazón encontró la fuente de amor misericordioso. Del Corazón de María, madre de la caridad, aprendió su amor a Dios y a los hombres. Del Corazón de María aprendió la caridad apostólica, la primera y principal virtud del misionero y del apóstol que le impulsó al celo por la salvación de los hombres.

3. El misterio de María lo entendió y vivió desde una perspectiva misionera y apostólica. El Corazón “Inmaculado” de María es la fuerza y la potencia para luchar contra el mal y todas sus manifestaciones. María, la vencedora del pecado, adiestra a Claret y a todos los hijos de su Corazón Inmaculado para que luchen y venzan el mal y el pecado con la Palabra de Dios y el anuncio de Evangelio. Por eso, para Claret un hijo del Inmaculado Corazón de María es y será siempre ante todo y sobre todo un apóstol.

4. María fue su formadora. Claret adquirió su formación sacerdotal y misionera en el Corazón de su madre, María. Su Corazón fue la fragua donde Claret se formó[96]. En la oración que solía rezar al comienzo de las misiones le recordaba a María:

“Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por Vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor”[97].

Y así describía su proceso formativo en su Autobiografía:

“En un principio que estaba en Vich pasaba en mí lo que en un taller de cerrajero, que el Director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado lo saca y lo pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo, y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el Director”[98].

Todos los elementos tienen su simbolismo. Así:

  • el taller del cerrajero es el ambiente formativo de Vic;
  • el director es el Padre, Cristo, María y los diversos responsables formativos;
  • la barra de hierro es Claret mismo en cuanto sujeto pasivo, en cuanto discípulo que se deja moldear;
  • la fragua es, sobre todo, el Espíritu Santo, pero también el Corazón de María y diversos medios ascéticos como la oración y los ejercicios espirituales;
  • el yunque representa las situaciones y pruebas de la vida;
  • el ayudante es, de nuevo, Claret en cuanto sujeto activo;
  • los martillazos equivalen a las diversas acciones formativas;
  • la forma que se ha propuesto el director no es otra que Cristo mismo.
  • Se tiene, así, preparada la saeta que debe ser lanzada contra los enemigos del Evangelio.

Para nosotros esta alegoría puede adquirir una dimensión formativa si le damos una adecuada interpretación y aplicación. Si la interpretamos en el conjunto de la vida de nuestro Fundador, podemos encontrar sintetizados en ella los núcleos fundamentales del carisma. Más aún, ella incluso nos puede orientar el proceso pedagógico para aplicarlo a nuestro itinerario formativo. Es una expresión breve y simbólica que puede favorecer la transmisión y profundización del carisma en nuestra formación actual. Así entendida, se convierte para nosotros en símbolo del taller en el que nos forjamos como misioneros a lo largo de nuestra vida[99].

 3. Los formadores en la Congregación[100]

1º. El acompañante en el Aspirantado

Según el Reglamento, los aspirantes (sacerdotes, estudiantes y hermanos) han de ser acogidos en una comunidad de la Congrega­ción, atendidos con cariño por los responsables y ayudados al discerni­miento vocacional. Para ello han de permane­cer en la casa durante 15 días y serán muy obedien­tes al Maestro. Éste, personalmente o por medio del Ayudante, les enseñará “con amabilidad” todo lo conveniente en el orden moral, educativo y material. Se les señala, asimismo, varias ocupacio­nes y tareas para que conozcan la Congregación, conformen su espíritu al espíritu de la misma y consoliden su voluntad con propósitos especiales propios del camino de perfección que van a iniciar.

21. El Maestro de novicios

En orden a la formación de los novicios y para poder cumplir su función de guiar, enseñar y regular[101] la vida del noviciado, el Maestro ha de ser para todos “luz, camino, padre, maestro y ejemplar”[102].

La persona llamada a desempeñar “este importantísimo cargo” ha de ser un miembro de la Congregación, que reúna y posea “las cualidades de madurez, amabilidad, discreción y conocimientos que para esta función se requieren”[103].

En el ejercicio de sus funciones el Maestro ha de tener en cuenta, sobre todo, las siguientes obligaciones:

ha de ser hombre “devotísimo” de Dios y de la Virgen[104],

  • ha se ser “fidelísimo” al Superior[105],
  • y, en relación a los novicios, será Padre, Maestro y Médico (y psicólogo), y cuidará de su salud espiritual y corporal[106].

Respecto a la salud espiritual, el Maestro ayudará al novicio a formar su personalidad misionera y le acompañará en su crecimiento vocacional. Le ofrecerá orientaciones formati­vas, le iniciará en la oración y en la vida espiritual, le inculca­rá las actitudes propiamente misioneras y le ayudará a superar las tentaciones[107]. Con el novicio tendrá un contacto personal para conocerle más íntimamente y ayudarle en su vocación[108].

En cuanto a la salud corporal, el Maestro se interesará de un modo particular por todo aquello que le pueda afectar, como la comida, el vestido, el trabajo, el modo de estudiar, la pereza o la ociosidad, el tipo de mortificación y la participación en los recreos[109]. En los casos de enfermedad, se informará debida­mente y prescribirá los remedios convenientes a las “enfermedades y temperamentos de cada uno”[110].

21. El ayudante del Maestro

Para ayudar al Maestro se le asignará un ayudante[111]. Dotado del mismo espíritu y cualidades que el Maestro, trabajará en íntima relación con él y le sustituirá cuando fuere necesa­rio[112].

3º. El Pedagogo de los estudiantes

a) Cualidades

El pedagogo, elegido entre los más “observantes y virtuosos” de la Congregación, será un hombre “manso, amable,.. modesto y grave”, maduro y con dominio de sí mismo[113].

b) Funciones

Las funciones del pedagogo están en consonancia con las exigen­cias formativas señaladas para los estudiantes por el P. Fundador. Así, el formador:

  • Promoverá una formación armónica en la piedad y en la adquisición de la ciencia y la virtud (humil­dad, modestia, mortificación de las pasiones y de la volun­tad)[114].
  • Estimulará el estudio, común y personal, y el aprovecha­miento del tiempo[115].
  • Dará las oportunas orientaciones metodológicas para mejor aprovechar en el estudio[116].
  • y cuidará, con muchísimo interés, de la salud de sus encomendados[117].

c) Actitudes y comportamientos

Para cumplir su función será consciente de la altísima misión que se le ha confiado[118], dará las lecturas y conferencias necesa­rias[119], hará con amabilidad las correcciones oportunas[120] y trabajará en íntima unión y colaboración con el Superior de la comunidad[121].

  VII. FORMACIÓN PERMANENTE

Claret sintió y estimuló siempre la formación permanente de sus misioneros[122]. Deseó que se renovasen y reciclasen continuamente a través de una formación permanente que fuese prioritaria, sistemática y bien programada. Todo ello en función de la misión apostólica, para mejor servir al Señor y a la Iglesia. Decía a sus misioneros en los ejercicios de Vic y Segovia del año 1865: “el estudio lo dirigiréis al de misionar”[123].

1º. En los Reglamentos de las distintas Asociaciones que constituyeron los antecedentes de la Congregación, la formación permanente figura en primer término de varios modos: a veces, indica los libros que han de leer los misioneros; otras establece un programa detallado, aconsejando que

“cada día se leyera un capítulo del Nuevo Testamente y si está en casa añadirá un capítulo de Rodríguez y en los sábados y vigilias de nuestra Señora las Glorias de María. Reunidos se ocuparán en el tiempo que les dejarán libres las misiones y ejercicios. Por la mañana sermones y pláticas doctrinales. Por la tarde y noche moral y mística. Teniendo cada día conferencia” [124].

Sobre la Palabra de Dios, además de lo indicado en los Reglamentos, en las Primeras Constituciones de 1857 la orientación de su lectura se amplía a toda la Biblia y en otra situación: A las doce comerán, leyendo un capítulo de la Bi­blia…”[125]. Las Constituciones de 1871 prescribirán: “Todas las semanas tendrán además algunas lecciones de Sagrada Escritura…”[126].

2º. En el Plan de Estudios para la Congregación, del que hemos hablado anteriormente, se decía (n. 5) que;

“Irán estudiando y trabajando, aprovechando todo el tiempo libre del año y aun durante los primeros días de la misión, en que hay menos que confesar, podrán estudiar, y por esto llevarán siempre el libro consigo” (…).

Claret, siempre interesado por la Congregación y la mejor formación de los misioneros, veía con alegría que los superiores también se preocupasen de lo mismo. Le decía al P. Xifré:

“Mucho me alegro que hayáis puesto clases de cánones y que el señor Sors los explique; pero procure que todos los sacerdotes tengan tres cosas: 1- Escritos los sermones, doctrinas y ejercicios; […] 3- El repaso o conferencias de moral” (…)[127].

En cuanto al estudio de las lenguas, Claret en esta carta a Xifré le decía que todos los sacerdotes:

“sepan francés para confesar a los extranjeros siempre que se presenten al confesionario o enfermos lo pidan, en el día es una necesidad atendida la mucha gente que viaja”.

En esta misma línea se expresa el P. Clotet cuando dice:

“Nos aconsejaba en particular el estudio de la lengua francesa, la formación de manuscritos para sermones, doctrinales y ejerci­cios, y el constante y no interrumpido repaso de la Teología moral”[128].

3º. A esta época deben pertenecer unos consejos dados por el P. Fundador a los misioneros de Segovia en 1864 para adelantar en la ciencia y virtud, que fueron copiados por el P. Miguel Aineto. Respecto a la ciencia, dicen así:

“1º. Cada uno procurará tener las armas para pelear: estas armas son las Pláticas, sermones, etc. para misiones y ejercicios.

2º. El Superior dará a los principiantes una plática para copiar, la leerá o hará leer por un inteligente, y si la halla bien la hará aprender y recitar. Lo mismo hará con los sermones hasta que cada uno tenga la provisión necesaria.

3º. Hasta que tengan mucha experiencia y estén muy versados en las misiones, no se los dejen componer, sino copiar las Pláticas, sermones y demás.

4º. Estas pláticas y sermones las recitarán y dirán con toda la formalidad en las conferencias destinadas al efecto, a que tan solamente tendrán que asistir el que las haya de presidir o dirigir y los que no tienen aún todas las pláticas y sermones escritos y recitados.

5º. Todos asistirán a las demás conferencias de moral, ascética, rúbrica, etc.

6º. Cuando los misioneros tengan ya un caudal de pláticas y sermones para misiones y ejercicios escritos, se ocuparán en las cosas a que tengan más inclinación, verbi gratia, teología dogmática, o moral, mística y ascética, cánones, historia, rúbricas, escritura, etc.

7º. Para el estudio de todas estas cosas se valdrán del libro llamado Colegial Instruido, ed 4ª, tomo 1º, pg. 205 hasta la pág. 225.

8º. Todos los misioneros se ocuparán de copiar, estudiar y escribir siempre, no sólo en tiempo que no tienen misiones, sino también durante las misiones en los primeros días en que no hay que confesar, y por esto se llevarán el libro al efecto.

9º. El Superior de vez en cuando pasará por los cuartos, y se enterará de los trabajos que cada uno haya hecho en copiar, estudiar y apuntar.

10. Con una plática o dos ya se podrá salir a misión con tal que los compañeros puedan suplir, hasta que el principiante haga todo su caudal.

11º. Cada plática o sermón llevará su esqueleto, para facilitar su memoria” (…).

VIII. CULTIVAR LA PROPIA VOCACIÓN

El Padre Fundador insiste y estimula a la fidelidad vocacional en sus cartas y demás escritos[129]. Para Claret, Satanás hará todo lo posible para hacer fracasar cualquier vocación transfigurándose incluso en ángel de luz.

No obstante, a pesar de las tentaciones y dificultades del Maligno, hay que luchar para ser fieles a la vocación. Para ello, se debe valorar la vocación misionera; ser dóciles, humildes, obedientes y fervorosos; vivir con alegría; estar siempre ocupados y rezar a María Santísima[130]. En otras ocasiones, insiste en la necesidad de la vigilancia y de la oración. Como Jesús a sus discípulos, Claret dice a sus misioneros: “Velad y orad para que no faltéis a la vocación”[131]. Vigilancia para no verse sorprendidos por los asedios de Satanás; hay que estar atentos a sus asechanzas.

Para evitar las deserciones y vencer en las tentaciones aconseja a los misioneros que se lea con mucha frecuencia el tratado 71 de la 30 parte de Rodríguez y que se cumpla lo que allí se dice[132]. Y oración para agradecer la vocación y recibir la gracia de la fidelidad. En este último sentido, el Padre Fundador nos ha dejado una preciosa oración, el “magnificat claretiano”, en la que se alaba a Dios por haber sido llamados a ser Hijos del Inmaculado Corazón de María y en la que se pide a nuestra Madre benditísima que nos ayude a corresponder a la gracia vocacional y a crecer en ella siendo más humildes, más fervorosos y más celosos de la salvación de los hombres[133].

Además de los consejos que Claret da en sus cartas sobre el cuidado de la vocación, propone orientaciones concretas para cultivar la propia vocación a los seminaristas y a todo misionero.

Y a todo aquel que quisiera ser misionero le ofrece un programa de vida apostólica, sacado de su experiencia personal, que le servirá “de grande provecho”. El misionero ha de ser “muy amigo de la oración”; mortificado y austero en comer y beber; desinteresado y “amiguísimo de la pobreza”; ha de combatir “el amor a los placeres, el amor a las riquezas y el amor a los honores”; y ha de imitar “la humildad y mansedumbre de Jesús; la humildad es el fundamento de todas las virtudes […]; la mansedumbre es el escudo que siempre debe tener embrazado el soldado de Jesucristo, quiero decir el misionero”[134].

Roma, 29 de junio de 2003

    Notas

    [1] Ahora nos estamos refiriendo solamente a lo que escribió en relación a la Congrega­ción. Sobre la vocación y la formación sacerdotal, el P. Fundador escribió abundantemente; así, además de la obra en dos tomos antes citada de El colegial o seminarista teórica y prácticamente instruido, cabe recordar, entre otros, Modificaciones de los Estatutos del Seminario tridentino de Cuba, Barcelona 1854, pp. 30; Reglamento para el gobierno y régimen de El Escorial, Madrid 1861, pp. 8; La Vocación de los niños. Cómo se han de educar e instruir, Barcelona 1864, pp. 134.

[2]Muchos de los aspectos que se recogen de una manera unitaria y sintética en este trabajo se encuentran dispersos en otras publicaciones. Entre ellas J. BERMEJO, Textos espiritua­les y formativos de San Antonio Mª Claret: Cuadernos de Formación Claretiana, Prefectura General de Formación, nn. 4A y 4B, Roma 1989, 50 y 35 pp. respectivamen­te. J. Mª PALACIOS, Notas Históricas sobre la Formación en la Congregación, Roma 1997, pp. 17, 21, 34-36. Otras se irán indicando en los apartados correspondientes.

Falta por hacer una exposición más amplia del pensamiento del P. Fundador sobre las vocaciones y la formación en la Congregación.

[3]Son los casos de María, la Palabra de Dios, la formación permanente. El caso de María, como Madre y Formadora nuestra, es muy claro; su influencia materna y formativa en la Congregación no se puede explicar sin una referencia a su experiencia vocacional consignada en la Autobiografía.

     [4] Carta a D. José Caixal, Vic, 5 septiembre 1849: Epistolario Claretiano (EC). I, pp. 316-317; en J. BERMEJO, o.c., 4A, n. 59.

    [5] Carta del 4 de agosto de 1858: EC. I, pp. 1624, 1625-1625; cf. J. BERMEJO, ib., n. 68; cf. también, n. 114.

    [6] Carta a D. José Xifré, Madrid, 30 noviembre 1858: EC. I, pp. 1678-1680; cf. en J. BERMEJO, o.c., 4A, nn. 72, 82, 88, 93.

    [7] Aut. 794. Sobre el tema habla ampliamente en un capítulo que él intitula “Capítulo importante a la Congregación” (cf. cap. X de la continuación, 793-795).

    [8] Cf. J. ÁLVAREZ GÓMEZ, CMF, Misioneros Claretianos: I, Retorno a los orígenes, Madrid 1993, pp. 415-416.

    [9] “Yo soy de parecer que, cuando vean a un joven con disposición, etc, etc., lo admitan, aunque no sea sacerdote, ni ordenado siquiera, con tal de que esté adelantado en la carrera y ofrezca esperanza de perseverar en la Congregación, (…)” (Carta del 4 de agosto de 1858: EC. I, p. 1624).

    [10] Carta del 30 noviembre 1858: EC. I, pp. 1678-1680; cf., también, carta al P. Xifré del 6 marzo 1863: EC. II, pp. 636-637.

    [11] El primer estudiante que ingresó en la Congregación fue Hilario Brossosa. Recién ordenado diácono, fue admitido el 1 de julio de 1858 (cf. Mariano AGUILAR, Historia de la Congregación de Misioneros Hijos del I. Corazón de María, tomo I, Barcelona 1901, p. 100).

    [12] El número 5 de las Constituciones de 1857 decía: Y además (la Congregación) constará de sacerdotes misioneros y hermanos ayudantes.

    [13] Carta a D. José Xifré, Madrid, 6 marzo 1863: EC. II, pp. 636-637; cf. en J. BERMEJO, o.c., 4A, n. 90, 99.

    [14] Carta a D. José Xifré, Aranjuez, 1 mayo 1863: EC. II, pp. 650-651; cf. en J. BERMEJO, Ib., 4A, n. 90.

    [15] Cf. carta del 17 de septiembre de 1867: EC. II, pp. 1198-1200.

    [16] Cf. J. M. LOZANO, Constituciones y textos sobre la Congrega­ción de Misioneros, Barcelona 1972, (CCTT), pp. 633-634. Según el P. Lozano, la escribió en torno al 24 de junio de 1869. En las notas que preparó para el Concilio Vaticano I y en las que tomó durante el mismo hay abundante material sobre las vocaciones, la formación sacerdotal y los seminarios (cf. SAN ANTONIO MARIA CLARET, Escritos autobiográficos, edición preparada por los PP. J. Mª VIÑAS y J. Mª BERMEJO, BAC, 1981, pp. 453-454, 456-461, 478, 480, 482-484, 486, 493-496).

    [17] Ib. p. 633. Sobre la propaganda vocacional: cf. carta a D. José Xifré, Madrid, 8 noviembre 1864: EC. II, p. 828; cf. en J. Mª BERMEJO, o.c., 4A, n. 99.

     [18] Cf. EC. II, p. 509.

     [19] Cf. Arcadio LARRAONA, Los Capítulos de las Constitu­ciones relativos a los estudiantes y al Prefecto: Studia Claretiana, 1 (1963), pp. 8-41 J. M. LOZANO, CCTT, pp. 271-298; J. Mª. VIÑAS, La Formación del Misionero en la Congregación según el Padre Fundador San Antonio M Claret: Cuadernos de Formación Claretiana, 1, Prefectura General de Formación, Roma 1987, 24 pp; J. Mª. VIÑAS, La formación de los novicios misioneros según el Padre Fundador, San Antonio Mª Claret: Cuadernos de Formación Claretiana, 2, Prefectura General de Formación, Roma 1988, 20 pp.

     [20] Carta al P. José Xifré, Madrid, 20 diciembre 1862: EC. II, pp. 576-577).

     [21]Cf. Mariano AGUILAR, Historia de la Congregación de Misioneros Hijos del I. Corazón de María, tomo I, Barcelona 1901, p. 109.

     [22]Proceso Apostólico de Vic, Sesión 55, art. 90.

     [23]Proceso Apostólico de Vic, Sesión 95, art. 90.

    [24] Este Reglamento tuvo tal importancia en la ordenación formativa futura de la Congregación que:

1º. Pasó a formar parte del texto constitu­cional con algunas variantes. De hecho se incluyó como Apéndice en las Constitu­ciones de 1862 (las mismas de 1857 con las variantes introducidas por el Capítulo General de 1862) y así fue enviado a Roma para su aprobación en los primeros meses de 1863. Más tarde, el Apéndice pasó a formar parte del texto constitucio­nal aprobado por un decenio el 25 de diciembre de 1865. Por último, quedó establemente integrado en el texto de las Constitucio­nes cuando fueron aprobadas definitiva­mente el 11 de febrero de 1870 y luego modificadas en 1924.

2º. Con él, a través de su inclusión en las Constituciones, se pusieron las bases para la organización de la formación académica y la realización de los estudios que se desarrollaron posteriormen­te en la Congregación (cf. P. SCHWEIGER, circular De studiis in Congregatione impense fovendis, Annales, 45 (1959-1960), pp. 155-156; también, Ordo Studiorum Generalis (O.S.G), Romae 1959, Proemium, pp. X-XII).

    [25] Cf. J. Mª PALACIOS cmf, Notas históricas…, pp. 22-23.

    [26] Cf. Archivo General CMF, AD, 1, 11.

    [27] Cf. Reglamento…, CCTT, nn. 12-14, pp. 281-282.

    [28] Cf. n. 1.

    [29] cf. n. 15.

    [30] Cf. Ib.

    [31] Cf. nn. 16-22.

    [32] En las CC. de 1857 se habla de “año de permanencia” antes de la admisión (n. 44); “concluido el año nadie puede ser despedido sino…” (46). Cf. P. Fundador, Reglamento…, n. 7, 24; y en la nota 4 de este capítulo; CC. 1864, 81-82, 92; 1870, 81-82, 92.

    [33] CC. 1857, 43, 47.

    [34] Cf. ses. de la tarde del 9 de julio: AD, 1, 11.

    [35] CC. 1857, 43.

    [36] “Junta General. Noviciado. Parece que convendría que se hiciese como el de los otros Institutos Religiosos, dedicándose sólo a cosas espirituales”(26, 5, 1868) en Cristóbal FERNÁNDEZ, La Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Noticia e historia general documen­tada de sus primeros sesenta y tres años (1849‑1912), Madrid 1967, vol. I, 780 pp.; cita en p. 242.

    [37] CLARET, Acto de Consagración, advertencia 3, en Lozano: CCTT, p. 308; cf. también CC. 1865, 92; 1870, 92.

    [38] CC. 1857, 44. Cf. también, CC. 1865, 92; 1870, 92.

    [39] CC. 1857, 39; II CAPITULO GENERAL, l862, Acuerdo 31, ses. de la mañana del día 9: AG. CMF, AD, 1, 11).

    [40] Cf. n. 24.

    [41] El texto del P. Fundador sobre los Estudiantes y el Pedagogo tuvo varias versiones (Textos A, B, C, D). Nos referiremos normalmente al texto A (en algunos casos también al B) por ser el que redactó en primer lugar el P. Fundador y, por lo mismo, el más espontáneo y carismático. Lo citaremos por los números de los párrafos. Al formar parte de las Constitu­ciones de 1862 como Apéndice según ya hemos dicho anteriormente, la numeración (entre 166-185) sigue a la del texto constitucio­nal. Los reglamentos de los estudian­tes y del prefecto (pedagogo) forman un sólo cuerpo distribuidos en los capítulos XV y XVI (cf. J. M. Viñas, o.c., 1, pp. 10-11).

    [42] Cf. n. 166.

    [43] “(…) que a la verdad no debe ser otra mira que el hacerse cada día más y más idóneo para promover siempre la mayor glo­ria de Dios y el bien de las almas; por lo mismo en sus oraciones pe­dirán al Señor que les haga idóneos ministros suyos y poderosos en pa­labras, obras y ejemplos” (n. 171).

“El Pedagogo pensará en la excelencia del destino que se le ha confiado, que es no menos que formar virtuosos, sabios e idóneos mi­sioneros (…)” (n. 181).

“Sea todo su móvil la gloria de Dios, a quien han de pedir in­cesantemen­te les haga ministros idó­neos de su palabra, para extender su nombre y propagar su Reino por todo el mundo” (n. 28b, texto B).

    [44] CC. 1865, I, 95; 1870, I, 96.

    [45] “(…) Harán con cuidado y fervor sus oraciones, tendrán gran devoción al Santísimo Sacramento, a María Santísima, a San Miguel, a San Luis Gonzaga, etc.” (n. 169).

    [46] “Harán el ofrecimiento de obras. Tendrán media hora de ora­ción mental: en el principio y fin estarán hincados, pero el interme­dio se pondrán de pie, oirán o servirán la Santa Misa y comulgarán en los días que les permita el Director, que a lo menos será una vez cada se­mana” (n. 167).

    [47] “Todos tendrán la Santa Bi­blia, y en ella leerán cada día dos capítulos por la mañana y otros dos por la tarde; y un capítulo de Ro­dríguez cada día, menos el Viernes, que en lugar de Rodríguez leerán de la Pasión de Jesús; y el Sábado, que leerán de María Santísima” (n. 168).

    [48] “Los Estudiantes han de cul­tivar a la vez el entendimien­to y el corazón, en que sembrarán la cien­cia y la virtud: y así como la tierra, por más bien cultivada que esté, si no tiene agua no produce, así sucede con los estudiantes; por lo mismo se han de procurar el agua o riego de la piedad” (n. 169).

    [49] Cf. n. 170.

    [50] Cf. n. 182.

    [51] “(…) la humildad es la primera virtud que han de procurar adquirir los estudiantes,(…)” (n. 171)

“(…) han de empezar por la humildad de en­tendimiento y voluntad; por lo mis­mo desecharán todo pensamiento de vanagloria, soberbia y orgullo; no se complacerán en las funciones que hagan y salgan bien, ni gustarán que los alaben; al momento lo referirán todo a Dios; pensando que de Dios han recibido el talento y cuanto tie­nen, y a El se le ha de volver todo: de otra manera serían unos ladrones de la gloria de Dios; y merecedores de que el Señor les retirara su gra­cia. Jamás despreciarán ni se preferirán a nadie, por más corto que sea; por lo común los más cortos son más humildes y no pocas veces Dios se sirve de ellos para cosas grandes en su Iglesia. Acuérdense siempre de las palabras de Jesús que les dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así hallaréis descanso para vuestras almas” (n. 170).

    [52] “(…) la segunda ha de ser la rectitud de la intención que han de tener en los estudios, que a la verdad no debe ser otra mira que el hacerse cada día más y más idóneo para promover siempre la mayor glo­ria de Dios y el bien de las almas; por lo mismo en sus oraciones pe­dirán al Señor que les haga idóneos ministros suyos y poderosos en pa­labras, obras y ejemplos” (n. 171).

    [53] “(…) la tercera virtud de los estudiantes ha de ser la aplicación al estudio, y así se aplicarán con tesón, constancia y per­severan­cia, pero de tal manera ha de ser su aplicación a las ciencias que no les haga olvidar las demás vir­tudes, ni les ha de sofocar ni debilitar la piedad y la devoción” (n. 171; cf. también, n. 182).

    [54] “La aplicación ha de ir acompañada de la obediencia y de la mortifica­ción. Se ejercita la obediencia estudiando bien lo que señale el Preceptor, aunque se sienta alguna repugnancia, y subirá de punto la obediencia y se aumentará su mérito si en el tiempo libre y en las vacaciones se repasan aquellas materias que una vez se aprendieron, para no olvidarlas y entenderlas mejor” (n. 172; cf. también, 173).

    [55] Cf. n. 173.

    [56] Cf. nn. 175b, 173.

    [57] “El Superior cuidará que los estudiantes en los domingos, fiestas y tiempos e vacaciones se ejerciten en enseñar la doctrina cristiana, en escribir o copiar algunas pláticas o sermones, y aun en decirlas, aprendiéndo­las bien antes, ensayándose en las acciones, voz y demás, según las reglas de la oratoria, que han de procurar saber” (Texto A, n. 177).

    [58] “En los meses de vacaciones y en el tiempo libre de entre año repasarán los principios de la lengua castellana, y los catalanes lo de la lengua catalana, a fin de expresarse con toda propiedad en el púlpito. Y además todos aprenderán la lengua francesa, que en el día es una necesidad para poder confesar a los extranjeros” (Texto A, n. 178).

    [59] Cf. n. 172.

    [60] CC. 1865, I, 94; 1870, I, 94.

    [61] Cf. cartas del P. Fundador al P. Xifré del 4 de agosto de 1858 (EC I, p. 1623); y del 30 noviembre 1858 (EC I, p. 1678). Una ampliación de este proceso se puede ver en J. Mª Palacios, Notas Históricas…, pp. 17-33; y PGF Formación, pp. 17-23.

    [62] Cf. 11 de agosto de 1859, AG CMF: CF 11, 22, 9.

    [63] Cf carta del 12 de agosto de 1859: EC II, p 16.

    [64] Cf J. M. LOZANO, CCTT, pp. 609-610. Este documento tiene sobre todo un valor histórico porque es el primer documento formativo que escribió el P. Fundador para la Congrega­ción.

    [65] “Yo me entretenía en escribir unos apuntes relativos a los estudios y no he tenido tiempo. Aquí van cual los tenía al escribir la presente” (cf. carta del 12 de agosto de 1859: EC. II, p. 16).

    [66] Cf. J. M. LOZANO, CCTT, p. 610.

    [67] “Los Estudiantes han de cul­tivar a la vez el entendimien­to y el corazón, en que sembrarán la cien­cia y la virtud: y así como la tierra, por más bien cultivada que esté, si no tiene agua no produce, así sucede con los estudiantes; por lo mismo se han de procurar el agua o riego de la piedad” (n. 169).

    [68] Cf. n. 175a.

    [69] Cf. nn. 173, 175b.

    [70] “Sin embargo, si algún estudiante tie­ne más talento y memoria que le sobre tiempo después de sabidas y entendidas bien sus respectivas lecciones, que lo diga a quien corresponda y se darán las oportunas disposiciones” (n. 172b).

“(…) Y si alguno es de precoz talento y feliz memoria que sabe y entiende la lección antes que los otros, se le proporcionarán libros y otras clases a fin de apro­vecharle y así se le tendrá útilmente entretenido, (…)” (n. 184).

    [71] “Ejercitarán la mortificación absteniéndose de leer periódicos, no­velas y otros libros que los seña­lados por el Preceptor o Director, aunque traten de las mismas mate­rias que se cursen, acordándose de aquel principio que dice Pluribus intentus minor est ad singula sensus” (172b).

    [72] Cf. n. 172.

[73]Para el P. Fundador el estudio de las lenguas tuvo gran importancia en orden a la misión universal. El mismo las cultivó (cf. J. Mª. PALACIOS, El estudio personal de las lenguas en San Antonio Mª. Claret: Studia Claretiana, IX (1991), pp. 81-107) y las recomendó con frecuencia a los semina­ristas (cf. El colegial o seminarista teórica y prácticamente instruido).

[74]Cf. J. Mª. PALACIOS, El estudio de las lenguas al servicio de la misión, Prefectura General de Formación, Roma 1998, 92 pp.

[75] Cf. J. M. LOZANO, CCTT, p. 610.

    [76] CLOTET, J., Vida edificante…, Madrid, 2000, p. 267.

    [77] Ib., Texto A, n. 178.

    [78] CC. 1865, I, 102; 1870, I, 102; 1925, I, 129.

[79]Una exposición amplia sobre la Palabra de Dios y su incidencia en la formación en clave claretiana, cf. Misioneros Claretianos, Iniciación en el ministerio de la Palabra, Prefectura General de Formación, Roma 1997, 150 pp.; J. Mª. PALACIOS, Lectura claretiana de la Palabra de Dios, Cuadernos de Formación Claretiana nn. 13ª y 13 B, Prefectura General de Formación, Roma 1994, 42 y 28 pp. respectivamente; J. Mª. PALACIOS, La lectura de las Sagradas Escrituras en Claret: en “Studia Claretiana”, vol. XII (1994) pp. 7-56. En estos escritos se encuentras muchos aspectos de formación de Claret y de formación claretiana que por brevedad no podemos incluir aquí.

    [80]Reglamento, n. 28b (texto B).

    [81]Aut. 113, 120.

    [82]Reglamento, n. 168 (texto A).

    [83]Reglamento, n. 27 (texto B). Este texto se incluyó literal­mente en las Constitu­cio­nes de 1865: “Quotidie lectioni spiritua­li illa Sacrae Scripturae capita adiungent quae a Superiore.fue­rint designata” (Parte I, c. 25, De Scholasticis n. 94).

[84]Cf. PGF 90.

    [85] Cf. Is. 61, 1; Luc, 4, 18; Aut. 118.

    [86] Cf. M.C.H. 58.

    [87] Aut. 687.

    [88] Aut. 489.

[89]En este apartado, para descubrir cómo María, nuestra Madre, es también nuestra Formadora, seguiremos el ejemplo de Claret y el testimonio de su vida expresado en la Autobiografía. Aspectos concretos se pueden consultar en: Gonzalo. FERNÁNDEZ, La Fragua, Cuadernos de Formación Claretiana, Prefectura General de Formación Roma, 2002, pp. 38; J. Mª. PALACIOS, La Formación en la dimensión cordimariana de nuestra espiritualidad, Cuadernos de Formación Claretiana n. 8, Prefectura General de Formación, Roma 1991, pp. 23; J. Mª. VIÑAS, Formados en la Fragua del Espíritu y del Corazón de María, Cuadernos de Formación Claretiana n. 7, Prefectura General de Formación, Roma 1990, pp. 47.

    [90] Cf. PGF. 99.

    [91] Cf. J. CLOTET, Boletín Religioso, 1 (1885), p. 179.

    [92] Cf. Aut 1; 5; 154-164; J. XIFRÉ, Espíritu de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, (E.C), Madrid 1892, int. III; CC 8; 36; 61.

    [93] Cf. Aut 270.

    [94] Cf. 1F 35; SP 21.1. Un momento culminante de esta experien­cia lo tenemos en nuestros hermanos Beatos Mártires de Barbastro. En ellos contemplamos, de manera particular, el paradigma de lo que estamos llamados a ser: hijos del Corazón de María, desde el Magnificat hasta el Calvario. El “seminario mártir” de Barbastro se convierte para nosotros en modelo de comunidad formativa por su fe inquebranta­ble y alegre, por su disponibili­dad plena a la voluntad de Dios, por su oración constante y confiada, por su vivencia de la filiación cordimariana y de la eucaristía, por su ayuda fraterna, por su amor a la Congregación y por su celo apostólico (cf. PGF, 137; A. BOCOS, circular sobre el Testamento misionero de nues­tros Márti­res, TM, Annales, 60 (1991-1992), pp. 465-491).

[95]Aut. 5.

[96] Cf. PGF 124-126; también, J. Mª. VIÑAS, Formados en la Fragua del Espíritu y del Corazón de María. Cuadernos de Formación Claretiana, 7. pp. 13-14.

     [97]Aut 270.

     [98]Aut 342.

[99]Cf. PGF 127.

[100]Sobre el tema de los formadores de la Congregación, cf. J. Mª. PALACIOS, El Formador Claretiano, Prefectura General de Formación, Roma 2003, pp. 110.

    [101] Cf. n. 1.

    [102] Ib. n. 9.

    [103] Ib. n. 1.

    [104] “La primera hacia Dios y la Virgen Santísima, de quienes tiene que ser devotísimo a fin de alcanzar aquellas luces, que para cumplir bien sus deberes necesita” (n. 2).

    [105] “La segunda hacia el Superior a quien ha de ser fidelísi­mo, obrando siempre con su dependencia, y no autorizando nunca cosa alguna contraria a sus disposiciones o a su voluntad expresa o presunta” (n. 3).

“Si observare a alguno sin vocación o de malas costumbres, sobre lo cual vigilará muchísimo, hágale las reflexiones oportunas, y manifiéstelo al Superior sin pérdida de tiempo. Así mismo le dará también conocimiento con frecuencia del talento, salud y demás cualidades de cada uno; para lo que tendrá de todos ellos formada una lista” (n. 8).

    [106] “La tercera hacia sus encargados, para los cuales ha de ser Padre, mirando mucho por su salud del alma y cuerpo: Maestro, enseñándoles las virtudes con las palabras y el ejemplo: Médico, in­dagando sus dolencias, y prescribiendo los remedios conformes a las enfermedades y temperamentos de cada uno” (n.4).

    [107] “Para el alma: Les hará con espíritu las conferencias ascéticas dirigidas a su aprovechamiento, y se informará de si hacen todos y con puntualidad la meditación, la lectura espiri­tual, las visitas al Smo. y los exámenes. En las recreaciones estará siempre con ellos, les infundirá el desprendimiento de su patria, de sus padres y parientes, el espíritu de la mortificación y la abnegación de sí mismos: nunca permitirá que vayan solos a la portería; ni que tengan amistades particulares: y así para evitarlas, vi­gi­lará mucho, será muy exacto en el silencio, y no disimulará el que alguno entre en el cuarto de otro; disponiendo además que todos los días cambien de compañero en los recreos” (n. 6; cf. también, n. 7).

    [108] “Los que están en el año de prueba le han de merecer mucha atención por motivo de las especiales tentaciones que padecen: escúchelos por tanto con paciencia, aunque sean pueriles o pesados; anímelos y confórtelos, dándoles consejos saludables y prudentes. Cuando vea alguno triste o ensimismado, llámelo al instante, examine la causa, y aplíquele el remedio conveniente” (n. 7; cf. también, 8).

    [109] “Para el cuerpo: Mirará si tienen lo necesario así en el vestido como en la comida; si alguno trabaja demasiado, si en el estudio está con mala posición física, si lo hace en horas prohibidas: si alguno se da a la ociosidad o se deja llevar de la pereza, en fin si sin permiso del Superior se hacen mortificaciones no autorizadas por las Constituciones. Procu­rarà así mismo que nadie falte a los recreos, que para la salud se ordenaren” (n. 5).

    [110] Cf. n. 5.

    [111] “(…) mas como esta carga es pesada, podrá tener un auxiliar con el nombre de Ayudante” (n. 9).

    [112] “Este será elegido del mismo modo, y deberá tener el mismo espíritu y las mismas cualidades que el Maestro” (n. 10).

“Sus deberes consisten en sustituir a este, y hacer en su ausencia o defecto cuanto para él mismo se ha dicho; dándole después exacta cuenta de todo lo ocurrido y practicando, y teniendo presente, que, así como si se cumple, el mérito de uno de otro será grande así también sería grave la responsabilidad si se faltare” (n. 11).

    [113] “El Pedagogo será elegido por el Superior local, por el tiempo que estime conveniente, que ha de procurar que siempre sea uno de los más observantes y virtuosos de la Congregación” (n. 179).

“El Pedagogo de los estudian­tes del Inmaculado Corazón de Ma­ría ha de ser manso, amable, al paso que modesto y grave; nunca se ha de enfadar con ellos, ni les ha de decir palabras imperio­sas, ni motes (…)” (n. 187).

    [114] “Tres cosas ha de cuidar pro­mover en los estudiantes, a saber: La piedad, las virtudes y las ciencias, y todas a la vez. La piedad, cui­dará el Pedagogo que ninguno de los estudiantes falte a los ejercicios espirituales y prácticos de devoción, procurará que todos lo hagan y lo hagan bien, y por esto les enseñará el modo de hacer la oración mental, como han de oír la santa Misa y cómo han de recibir los santos Sa­cramentos de penitencia y comunión, no por costumbre ni porque se man­da, sino con amor, fervor y devoción, sacando cada vez más gra­cias de dichos Sacramentos. Cuidando siempre que se guarde un santo equilibrio, pues que a veces hay es­tudiantes que por el estudio aban­donan los Sacramentos y oraciones, o lo hacen mal, con disgusto y como por fuerza; y otros que por el que de tal manera se entregan a la fre­cuencia de sacramentos, oraciones y lecturas piadosas, que no cumplen con el estudio, a estos últimos se les ha de hacer entender que deben cercenar algo de sus devociones a fin de que puedan cumplir bien con sus obligaciones, y que con ellas agra­darán a Dios” (n. 182).

“El Pedagogo ha de cuidar que los estudiantes además de la devoción ejerciten las virtudes, singularmente la humildad, la modestia, la mortifi­cación de los sentidos, de las pasio­nes y singularmente de la voluntad (…)” (n. 183).

    [115] “El Pedagogo cuidará que los estudiantes no pierdan misera­ble­mente el tiempo, sino que lo apro­vechen bien (…) La experiencia ha enseñado que los estudiantes, aunque grandes y adelantados en la carrera, aprovechan más si en las horas de estudio se reúnen todos en un cuarto o pieza común, vigilados por el Pedagogo, sin permitir que nadie se mueva has­ta terminado el plazo o tiempo se­ñalado para el estudio (…) ya que no puede salir de la pieza común hasta terminado el tiempo marcado para el estudio” (n. 184).

Cf. también lo dicho más arriba sobre los estudios complementarios.

    [116] “No conviene cargar cada día a los estudiantes de una grande lec­ción en materias difíciles, porque les abruma y cansa mucho; mejor es dar­les una lección regular, dejándoles lugar para tener otra clase de ma­terias fáciles y agradables, como len­guas, ciencias naturales, etc.; así es­tudian con gusto, se cansan menos y aun la misma variación es des­canso, y aprovechan muchísimo” (n. 185).

    [117] “Algunos estudiantes se malo­gran por tres causas: 1) Por leer, estudiar o escribir después inmedia­tamente de haber comido o cenado. 2) Por tener el cuerpo muy inclina­do sobre el pecho mientras estudian o escriben. 3) Por estar mucho tiem­po de rodillas. El Pedagogo debe vi­gilar mucho para que el enemigo común no le coja alguno de los estudiantes, que siempre busca los mejores, y así es como los inutiliza y a veces les quita la vida con estas imprudencias” (n. 186).

    [118] “El Pedagogo pensará en la excelencia del destino que se le ha confiado, que es no menos que formar virtuosos, sabios idóneos mi­sioneros (Oh, qué premio tan grande se le espera en el cielo si cumple bien! Si el enseñar ignorantes es tan meritorio ¿qué tal será el méri­to que contraerá el Pedagogo que enseñará a los estudiantes de la Con­gregación para que sean buenos para sí e idóneos para salvar las almas de los prójimos?” (n. 181).

    [119] “El Pedagogo (…) para adquirir éstas y demás virtudes mucho les servirá la lectura de Ro­dríguez, de Escarameli y otros, y las pláticas que se les han de hacer” (n. 183).

    [120] “(…) Cuando alguno haga una falta o no sepa la lección por falta de aplicación u otra causa culpable, el Pedagogo le amonestará, y si es menester se le aplicará la penitencia que el Superior tenga por conveniente” (n. 187).

    [121] “Entre el Superior y el Peda­gogo ha de haber siempre la mayor armonía posible, de modo que el Su­perior pueda hacer toda confianza del Pedagogo y éste sin reserva alguna dirá al Superior todo lo bueno y lo malo de los estudiantes, y con el mismo Superior consultará sobre los medios que juzga prudentes se de­berían poner por obra para quitar algún defecto, adquirir alguna virtud, o adelantar en la piedad y en las ciencias; pero nada alterará sin con­sultar primero (n. 180).

“El Pedagogo y el Superior juntamente formarán un plan o distribución del tiempo según las clases y ocupaciones de los estudian­tes” (n. 184).

[122]J. Mª BERMEJO, La formación permanente en San Antonio María Claret, Cuardernos de Formación Claretiana, Prefectura General de Formación, Roma 1888, 27 pp.

[123]CCTT, p. 582.

    [124]LOZANO, CCTT, 106-108, n.6.

    [125]CMF: Constituciones, Barcelona 1857, Reglamento para el tiempo de misión, cap. XII, n. 117.

    [126]CMF: Constituciones, Barcelona 1871, n. 51.

    [127]Carta del 3 de mayo de 1861, posdata, EC II, pp. 280-281.

    [128] Jaime CLOTET, Vida edifican­te…, Madrid 2000, p. 267.

[129]Sobre el tema cf. el Cap. VIII del Directorio Vocacional Claretiano, Roma 2000. También la separata de este Cap. VIII, Cultivar la propia vocación, Roma 2002, pp. 31.

     [130] Cf. Cartas al P. Domingo Ramonet (Aranjuez, 20 de abril de 1861): EC II, 270-271; (Madrid, 26 junio 1861): EC II, 316-317; Cf. J. Mª BERMEJO, o.c., 4A, nn. 80 y 82 respectivamente y nn. 90, 97.

     [131] CLARET, Carta al P. Ramón Homs (París, 2 enero 1869): EC II, 1338; en J. Mª. BERMEJO, o.c., 4A, n. 110.

     [132] Cf. Carta al P. José Xifré (Madrid, 6 marzo 1863): EC II, 635-637; en J. Mª. BERMEJO, o.c., 4A, n. 91. La referencia a Rodríguez trata de la apertura de la conciencia al superior o al padre espiritual (director espiritual) como medio eficacísimo de vencer las tentaciones.

[133]Cf. Aut 492-493.

   [134] Cf. CLARET, CMT, en EE, p. 350; en esta misma línea, cf. también la carta al P. Juan Nepomuceno Lobo (Madrid, 4 mayo 1859): EC I, 1759-1760.