24 – Líneas del formación en la declaración “Para que tengan vida”

Cuaderno De Formación Claretiana. 24

 

 LÍNEAS DEL FORMACIÓN EN LA DECLARACIÓN

“Para que tengan vida”

Jesús Mª Palacios, cmf.

 

LÍNEAS DEL FORMACIÓN EN LA DECLARACIÓN

“Para que tengan vida”

 

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

“Dios creó todas las cosas para el hombre… y envía Profetas hasta el día señalado, en que se digna venir y él mismo hizo y enseñó para que todos tengan vida y la tengan en abundancia, por este mismo motivo envía y enviará siempre Apóstoles y discípulos” (S. Antonio María Claret).

 Desde el punto de vista formativo en el PTV hay que distinguir dos aspectos:

1º.- Toda la Declaración en cuanto tal es formativa y tiene una incidencia en la formación. Toda ella afecta al proceso formativo y, en consecuencia, debe influir en él. El proceso formativo claretiano ha de incluir y acentuar, en un contexto de formación integral, aquellos elementos del PTV para los cuales se ha formar todo misionero claretiano. En este sentido, todo el PTV es formativo de una manera directa o indirecta, contiene una clara dimensión formativa y debe tener implicaciones formativas concretas.

2.- Existen en el PTV unas referencias explícitas al tema vocacional y formativo. De ellas ofrezco al principio una síntesis general. De esta síntesis desarrollo tres cuestiones con las correspondientes líneas formativas que me parecen de gran importancia en el momento presente. En concreto son: Cultivar la vivencia del Espíritu Santo, fuente de vida, buscar siempre y en todo la gloria de Dios y la consistencia vocacional.

 

En mi exposición sobre algunas líneas formativas del PTV no me voy a circunscribir exclusivamente a la declaración capitular PTV. Pienso hacer también las referencias necesarias al APlan General de Formación@ (PGF) y a otros documentos congregacionales que puedan tratar algunos aspectos del tema.

I. SÍNTESIS DE ORIENTACIONES FORMATIVAS:

1. Vocaciones y formación

1º. Situación vocacional y formativa. El Capítulo ha evaluado positivamente la formación impartida en nuestros Centros pues, dentro de la variedad de estilos (debida a distintos contextos culturales), los aspectos fundamentales del Plan General de Formación se plasman fielmente en todos ellos (53).

No obstante, hay algunas preocupaciones. Algunas de las preocupaciones más graves que hoy padecemos en la Congregación son la promoción y el discernimiento vocacional y la adecuada formación de los llamados. Afectan a nuestra supervivencia y a la credibilidad de nuestra vida y misión. Debemos mejorar el trabajo en pastoral vocacional, sobre todo para promoción de misioneros hermanos (54).

Nos preocupan las deficiencias y descuidos en el acompañamiento espiritual de los formandos, la poca atención prestada a la madurez humana y afectiva y la consiguiente falta de consistencia vocacional (55).

2º. Prioridad. Por eso, asumimos como prioridad la cualificación de la pastoral vocacional y de la formación: la consolidación del proceso formativo, la formación de los formadores y el acompañamiento espiritual para asegurar mejor la consistencia vocacional en todas las etapas de la vida (56).

            3º. Orientaciones formativas. El anuncio del Evangelio y la pastoral vocacional exigen hoy vivir en constante proceso de formación. Para responder a estos desafíos contamos con referencias suficientes y actualizadas, sobre todo en el Directorio Vocacional y en el Plan General de Formación (73). El Capítulo propone que:

  • Los Organismos dediquen personas suficientes a la Pastoral Vocacional en aquellos lugares en los que no está suficientemente atendida, de manera que, siguiendo las orientaciones del Directorio Vocacional, inviten explícitamente a quienes muestran signos de vocación claretiana a entrar en la Congregación, y hagan una buena selección de los mismos (73.1).
  • Se realice un serio estudio que conduzca a nuevos caminos y posibilidades de pastoral vocacional en los países occidentales (73.2).
  • Los formadores potencien el acompañamiento y la formación personalizada de los formandos prestando especial atención a la experiencia de fe, la integración afectivo-sexual y las relaciones humanas (73.3).
  • os superiores aseguren el cuidado formativo de los jóvenes durante los primeros años de incorporación a las comunidades tras la formación inicial (73.3).
  • Los Organismos Mayores pongan en marcha un plan para la promoción vocacional de misioneros hermanos, especificando las etapas de su formación y su papel propio en la Congregación (73.4).

2. Diversidad cultural y religiosa

1º. Situación. El crecimiento vocacional en algunos lugares ha enriquecido la Congregación con la presencia de muchas culturas y nos está planteando la necesidad de inculturar en ellas el carisma claretiano. Los procesos formativos, junto a otras dimensiones, se tornan, en consecuencia, más complejos e interpeladotes (27).

La presencia de un buen número de misiones claretianas en contextos no cristianos y descristianizados nos urge a entrar en un diálogo creativo con la gente. Este diálogo nos hace comprender mejor nuestra fe, purifica nuestros valores, y nos lleva a plantear de una manera nueva la evangelización (43).

2º. Prioridad. Por eso, asumimos como prioridades:

  • en la Congregación –en sus estructuras, instituciones y estilo de vida– la necesaria vía del diálogo intercultural (29).
  • la inculturación del Evangelio por medio del diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural en todas nuestras obras misioneras (45).

3º. Orientaciones formativas. Para avanzar por el camino del diálogo intercultural, por una parte, y del diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural por otra proponemos:

  1. A)A nivel Congregacional (72)

 

  • Fomentar una actitud de apertura a la naturaleza multicultural de la Congregación a partir de la formación inicial (72.1).
  • Consolidar y organizar nuevas comunidades formativas multiculturales en la Congregación (72.2).
  • Incluir el tema de la interculturalidad en los encuentros de renovación y ofrecer algunas aportaciones sobre teología del pluralismo (73.4).
  1. B)A nivel de misión apostólica (68)
  • Mantener o incluir en nuestro curriculum formativo el tema de la inculturación y el diálogo con las culturas y religiones, realizar experiencias en esos campos, y       especializar a algunos claretianos (68.4).

3. En misión compartida

1º. La situación. El reto de la “misión compartida” supone un cambio de mentalidad (36).

2º. Prioridad. Por eso, asumimos como prioridad que la misión compartida sea nuestro modo normal de misión y que todos los claretianos aceptemos las consecuencias que esto tiene en las diversas dimensiones de nuestra vida claretiana y, en particular, en la pastoral vocacional y en los procesos formativos (37).

3º. Orientaciones formativas. Para avanzar en la línea de la misión compartida proponemos:

 

  • Que el Gobierno General y los responsables del apostolado de los Organismos Mayores promuevan y apoyen estructuras (centros de formación, grupos de voluntariado, etc.) e itinerarios formativos que plasmen nuestro compromiso con la misión compartida (66.2).

4. La fidelidad a la vocación

1º. Situación. El Capítulo ha apreciado que (46, 47):

  • aunque la mayoría de los claretianos estamos bien integrados vocacionalmente, sabemos que en algunos existe una falta de integración como consecuencia de la separación entre fe y vida, acción y contemplación; la vida de oración y el sentido de pertenencia son muy débiles;
  • se dan fenómenos de insatisfacción personal que llevan al fácil abandono de la vocación. Como indicador del escaso grado de identificación vocacional, nos preocupan: la cantidad de permisos de ausencia o exclaustración y la facilidad con que algunos pasan al clero secular; la gravedad e imprevisibilidad de ciertas crisis vocacionales (no obstante su número total haya disminuido) que, por lo general, tienen su origen en el propio individuo y a veces en la descuidada vida fraterna de la comunidad.

2º. Prioridad. Por eso, asumimos como prioridad el cultivo de la propia vocación en fidelidad a nuestras raíces evangélicas y carismáticas, expresadas en las Constituciones (48).

3º. Orientaciones formativas. Para seguir creciendo en nuestra espiritualidad misionera, proponemos (70):

  • Practicar la lechito divina, continuando el esfuerzo desarrollado en el Proyecto Palabra-Misión, y haciendo una lectura más situacional y existencial de la Palabra (70.1).
  • Potenciar el acompañamiento espiritual y el proyecto misionero de vida como dinamismos de crecimiento personal (70.3).
  • Profundizar en los contenidos de nuestro reciente Congreso de Espiritualidad y ponerlos en práctica. (70.4).
  • Organizar programas continentales o interprovinciales de formación permanente en los que se proponga, de manera sistemática y regular, una experiencia intensa, integral e inculturada de renovación claretiana (70.4).

II. ANÁLISIS DE ALGUNOS ASPECTOS FORMATIVOS

 

1. Cultivar de un modo especial la acción del Espíritu Santo, fuente de vida

Jesús declaró que “el espíritu es el que da la vida” (Jn 6, 63; cf 2 Cor 3,6). El Espíritu es una ley de libertad que nos da la vida en Cristo Jesús (cf Rom 8,2). La fuente de la vida es el Espíritu Santo. Sin el Espíritu Santo no hay vida, todo está muerto. El soplo del Espíritu es origen de la vida y alma para todo ser viviente. Cultivar la presencia y la acción del Espíritu es para la formación fuente de “animación vocacional”.

1.1. El primero y principal agente, sin el cual no hay posibilidad auténtica de seguimien­to de Jesús, es el Espíritu. El mismo Espíritu que ungió y envió a Jesús para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4,18 ss; Mt 3,1 ss.), que llamó y consagró a los profetas (cf. Is 30,2) para la misión profética, está sobre todos y cada uno de nosotros.

Él es el Paráclito que Jesús dona a su comuni­dad para que la acompañe siempre (Cf. Jn 14,16). Los apóstoles, reunidos con María, la madre de Jesús, fueron los primeros destinatarios de este don.

1º. El Espíritu Santo que recibió Jesucristo es el mismo espíritu que recibe cada cristiano para desarrollar su vida y misión en el mundo y en la Iglesia. Todos los religiosos lo hemos recibido en el Bautismo y se nos ha confirmado en el don de la vocación al llamarnos al seguimiento de Jesús en la propia congregación o instituto. Es quien nos hacer entender la llamada y dar respuesta positiva a la misma. Más aún, es el primero y principal agente en la formación, el cual nos impulsa a reconocer en Jesús al Señor (cf. 1 Cor 12,3) y a seguirle hasta configurarnos con Él (cf. PI 19).

El Espíritu es el que suscita el deseo de una respuesta plena a la llamada vocacional (cf. VC 19). Su acción es principio de creatividad que recrea la comunidad formativa como comunidad de profetas y apóstoles. Su acción creadora y renovadora afecta a nuestro centro personal, cambia nuestra visión de la realidad y nos ofrece la clave y la fuerza imprescindibles para vivirla desde Dios en referencia permanen­te a Jesucristo y al mundo (cf. PI 19).

 

       2º. El Espíritu es también el protagonista de la misión (Cf. RMi 30) y, por ello, el principal agente de la formación de los formandos. Sólo en él adquirimos nuestra identidad como religiosos. La acción del Espíritu en itinerario formativo es de un orden diferente a los datos de la psicología o de la historia visible, aunque se manifiesta también a través de ellos (Cf. PI 19). Es principio de vida interior, de creatividad y de comunión. Unifica la vida del formando y recrea la comunidad formativa como comunidad de profetas y apóstoles.

 

       3º. El Espíritu que nos configura con Cristo es el que nos llama a seguirlo y nos unge para la misión que el Padre nos encomienda, nos hace gustar, apreciar, juzgar y elegir todo lo que guarda relación con Jesús y su Reino. Es el que viene en ayuda de nuestra debilidad cuando experimentamos las dificultades del camino (Cf. Rm 8,26). Es, en definitiva, el *maestro interior+[1] que, en nuestro seguimiento de Cristo, nos va guiando hasta la verdad completa (Cf. Jn 16,13), nos otorga la fuerza que nos permite entregar la vida para que sea anunciada la Buena Nueva del Reino a los pobres y afrontar las dificultades de la misión. Aunque no podemos conocerla con precisión, percibimos sus frutos.

 

1.2. Este Espíritu es activo y afecta a nuestra personalidad y a sus funciones vitales de tal manera que podemos decir que nos movemos orientados e impulsados por el Aespíritu profético@. El Aespíritu profético@ es una sensibilidad global, proveniente del Espíritu del Señor, que nos permite percibir rectamente las Acosas@ de Dios y una fuerza que nos mueve a cumplir su voluntad. Estas cosas son: sus pensamientos, sus sentimientos, sus intereses, su voluntad sobre el mundo y sobre cada uno de nosotros. Es como un Aolfato espiritual@ que nos permite conocer donde Dios está y donde Dios no está, como actúa, sus intenciones, su voluntad, su querer (cf. VC 73; 94). Como la presencia y la actuación de Dios no es siempre clara y patente, el Aespíritu profético@ a través del proceso de discernimiento llega a descubrirlo en la seguridad de la fe.

 

       1.3. El Aespíritu profético@ hemos de vivirlo, experimentarlo y cultivarlo conscientemente. Para acoger y secundar la actuación del Espíritu en nosotros y los designios de la Providencia (cf. VC 73) es necesario estar abiertos a la acción del Espíritu con humildad, docilidad y con el talante de discípulos que se dejan enseñar; escuchar asiduamente la Palabra de Dios; y ejercitar la práctica del discernimiento sobrenatural para distinguir lo que viene del Espíritu (cf. VC 74), clarificar la vocación, ajustar el propio camino formativo, y reconocer su presencia en todos los aspectos de la vida y de la historia, y a través de las media­ciones humanas (Cf. PI 19; PGF 97).

 

1.2. Claret explica el sentido de este Espíritu a los sacerdotes y seminaristas cuando habla del Aespíritu eclesiástico o sacerdotal@. El espíritu eclesiástico “no es otra cosa, – les dirá -, que una participación del Espíritu de Dios”[2]. El Espíritu Santo que recibió Jesucristo es el mismo espíritu que recibe cada sacerdote para desarrollar su vida y misión. Es el espíritu sacerdotal de los Apóstoles, de san Pablo y de tantos otros que vivieron una vida sacerdotal santa y apostólica[3].

2. Buscar siempre y en todo la gloria de Dios

          La gloria de Dios fue siempre un objetivo explícitamente buscado por el P. Fundador en su proyecto personal y en su misión apostólica. Todas las asociaciones que fundó tenían como fin la gloria de Dios. La gloria de Dios figura en el objeto fundamental de nuestra Congregación (cf. CC 2). Y ¿qué es la gloria de Dios? Es que el hombre viva (Ireneo de Lyon), que el pobre viva (Oscar Romero), que la naturaleza viva (Pablo de Tarso). Damos gloria a Dios anunciando que “el Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio” (EV 2) (8).

          Esto nos lleva a formarnos para luchar contra los signos de la violencia y de la muerte (6). La formación para la lucha contra la violencia y la muerte ha de estar fundamentada en Jesús el cual nos revela el sentido de la vida. Después de haber hecho de su existencia un servicio a la vida, pudo decir con toda verdad “Yo soy la vida” (cf. Jn 14,6). La comunión con él, muerto y resucitado, nos hace luchar por la vida, y da sentido a todas las situaciones humanas, en especial a las más dolorosas: las tragedias provocadas por la naturaleza, las consecuencias inhumanas de la injusticia y de la ambición, la enfermedad y la misma muerte. Nos dice que “quien ama su vida la pierde” (Jn 12,25), y que quien entrega su cuerpo y su vida para la salvación del mundo -como Él mismo en la Eucaristía- “la gana para siempre” (9).

3. Consistencia

 

3.1. Situación del problema

 

            1º. En primer lu­gar, el significativo número de reli­giosos que, todavía rompe la opción fun­damental de su vida o que han des­cubierto que no han optado ade­cuadamente al abrazar el carisma de la vida religiosa. Es un hecho que, hoy en día, sigue siendo preocupante. Y no se trata sólo de re­ligiosos que tienen com­promisos temporales sino, sobre todo, de aquéllos que han vivido varios años la opción perpetua y definitiva[4].

 

            2º. También ha cambiado la concepción y la valoración del sentido de perpetuidad y de fidelidad en las nuevas generaciones. El cambio que hemos experimentado y realizado en la sociedad, en la iglesia y en la vida religiosa se ha debido a una fuerte mentalización con el discernimiento entre los esencial y lo pasajero. Hoy podemos decir que el cambio es una actitud normal; más aún, a veces se ha convertido es una actitud casi patológica. Se busca cambiar por cambiar, cambiar sin sentido ni perspectiva; no se soporta la más mínima estabilidad; se quiere y ansía nuevas experiencias, nuevas realidades, nuevas perspectivas. En este contexto el lógico que el concepto de fidelidad hasta la muerte no tiene sentido mi tiene valoración alguna positiva. La ruptura de la opción fundamental afecta no sólo a los consagrados, sino también a los matrimonios.

 

3º. La consistencia vocacional un reto para el siglo XXI. Antes las situación actual (abandonos frecuentes y profundos cambios), la formación debe ayudar a una formación para vivir en fidelidad dinámica.

 

“Los retos más comprometidos que la formación tiene que afrontar provienen de los valores que dominan la cultura globalizada de nuestros días […]. En un tiempo de profundas transformaciones, la formación deberá estar atenta a arraigar en el corazón de los jóvenes consagrados los valores humanos, espirituales y carismáticos necesarios, que los hagan aptos para vivir una fidelidad dinámica, en la estela de la tradición espiritual y apostólica del Instituto”[5].

 

3.2. Presupuesto. Mundo de valores de la vida claretiana.

 

            Las exigencias de totalidad y de per­petuidad de la consagración religiosa ha de ser un presupuesto que hay que reafirmar con valentía. Tanto la tradición de la Iglesia como las enseñanzas más actuales y los análisis teológicos de la misma han insistido en que la Consagración peculiar que rea­liza el religioso al emitir sus vo­tos es “un don total a Dios”, “una entrega radical y definitiva a El”, en la que queda involucrada toda la persona, todo lo que es y tiene, todo su presente y todo su futuro[6]. Es una inmolación hasta la muer­te comparable con el martirio[7].

 

La propuesta de los valores claretianos que hacemos a los formandos ha de ser clara y radical, sin ambigüedades ni suavidades en sus exigencias; por ejemplo, la propuesta de nuestros valores ha de incluir necesariamente la disponibilidad misionera, la entrega de toda la persona al proyecto de Dios sobre ella, la perspectiva martirial (en la tradición congregacional, desde el P. Fundador, el martirio ha sido siempre contemplado como un rasgo de nuestra espiritualidad apostólica), etc.

El proceso formativo debe ayudar al formando a convencerse de que Dios tiene sobre él un designio vocacional que abarca toda su existencia. Toda su vida debe ser una respuesta generosa a este llamamiento divino, que le señala un puesto y una misión en el mundo y en la Iglesia. Esta respuesta no ha de ser un sometimiento forzado, sino la respuesta, psicológicamente libre y llena de amor, a un plan providencial de gracia y salvación[8].

3.3. Una formación de calidad

Hemos de insistir una vez más en la necesidad de ofrecer a los formandos una formación de alta calidad, una óptima formación integral, aspirando siempre a lo mejor, y a lo más comprometido y empeñativo, superando la vulgaridad y mediocridad. Es verdad que hemos de preocuparnos y trabajar con interés por aumentar el número de candidatos que ingresen en la Congregación. Sin embargo, hay que afirmar que es mucho más importante impartir una formación de calidad a los candidatos ya presentes, es decir, una formación que sea personalizada, actualizada, profundamente claretiana y exigente. Una formación que lleve al formando a una madurez en su personalidad, a una consistencia y estabilidad en sus opciones y decisiones, y que se funde en una sólida espiritualidad apostólica.

Sin una formación de calidad, el formando no será un testigo de Jesús Resucitado, ni podrá responder a los desafíos actuales de nuestra misión ni dará garantías de perseverancia y fidelidad. Más aún, sin ella no estará preparado para aceptar con alegría y espíritu misionero el martirio, como nuestros formandos Beatos Mártires de Barbastro[9]. Como nos recuerda el PGF, dadas las condiciones conflictivas en las que vivimos nuestra vocación y los riesgos del mensaje que hemos de transmitir (un mensaje de anuncio y de denuncia en situaciones conflictivas de increencia, de injusticia, de alienación o de muerte), debemos prepararnos para vivirla con el atrevimiento y la confianza de los mártires (cf. n. 39).

3.4. Formar personas humanamente libres y bien integradas

 

            El religioso es una persona humana, tiene una fe cristiana y debe asumir unos compromisos vocacionales de gran exigencia personal. Por ello, necesita un Yo fuerte, exigente, por una parte, pero también flexible e integrador, por otra, de tal modo que dé unidad y armo­nía a todas las aspiraciones que brotan de su ser religioso y hu­mano.

 

Los formandos, para garantizar su propia consistencia en la vocación, han de llegar a ser personas libres, bien integradas humana y vocacionalmente; personas auténticas que viven con plena libertad y gozo la propia vocación. La experiencia demuestra que es posible cultivar los valores de la vida misionera y mantener nuestro estilo de vida dentro de un desarrollo armónico de nuestra personalidad. Nuestra vida no tiene sentido si no somos auténticos, es decir si no vivimos con libertad y coherencia con los valores que anunciamos.

            La opción por la vida re­ligiosa debe brotar de un Yo li­bre y autónomo. Solamente un Yo libre puede optar con madurez y en fe. Sería su­mamente peligroso que la fuerza de la opción por la vida claretiana proveniese de la ener­gía impulsiva de la persona. Por el contrario, la energía psi­cológica que debe impulsar al re­ligioso al hacer su opción ha de ser la energía direccional y proyectiva. Sobre ella se puede asentar la fe. Ella da originalidad y creatividad a la vocación; y es a la vez garantía de estabilidad y consistencia.

Para realizar la opción fundamental en la profesión, el misionero ha de estar ­psicológica y espiritualmente maduro. Como la op­ción afecta a la totalidad de la per­sona, ésta debe poseer gran madurez intelectual, tendencial y espiritual, con capacidad para saber orienta­r universalmente la vida y para percibir correctamente la realidad. Solamente quien haya alcanzado tal nivel de madurez puede plan­tearse el sentido de su propia vida y confrontarse a sí mismo con el mundo de valores que quiere abrazar. La mejor garantía de la firmeza y estabilidad de la opción es que ésta se haya tomado con la debida seriedad y responsabili­dad, después de un proceso de ma­duración humana y sobrenatural.

Las garantías de un compromiso definitivo con Dios, con la Iglesia y la Congregación requieren, también, que el formando haya conseguido equilibrio en sus afectos, claridad de criterios religiosos y uso maduro de la libertad[10].

1º. Un primer paso para llegar a esta madurez e integración base y fundamento de la consistencia vocacional es vivir concientemente la realidad de Espíritu, fuente de vida, del que ya hemos hablado anteriormente. El Espíritu Santo como primer agente de la formación subraya su acción en el itinerario formativo como Acentro integrador de todas las dimensiones de nuestra vida y misión@ (PGF 93); es el Amaestro interior@ (n. 96) y Aprincipio de vida interior@ que Aunifica la vida del formando@(n. 95); su acción creadora y renovadora Aafecta a nuestro centros personal@; y Aen El adquirimos nuestra identidad como servidores de la Palabra@ (n. 94).

El Espíritu hace comprender que el amor y el aprecio a la vocación, y la fidelidad a ella pasan por la identificación con Cristo en la cruz y, consiguientemente, por la propia abnegación y la entrega total de sí mismo a la causa de Jesús. El formando ha de asimilar personalmente estos valores y se ha de educar en la práctica para sacrificarse generosamente y de una manera radical por amor a Cristo en las condiciones ordinarias de su vida. De lo contrario no ofrecerá garantías de perseverar y desarrollar su primera decisión de seguir la vida apostólica de Jesús[11].

2º. Un segundo paso es actuar un estilo de formación liberadora que ayude al formando a llegar a ser libre mediante un proceso formativo en libertad y para la libertad. Esto exige que el formando, a lo largo del itinerario formativo, se conozca mejor a sí mismo y adquiera una imagen real de su propia personalidad; consiga liberarse de motivaciones inauténticas,   inconscientes y negativas, de miedos y angustias, y de todos aquellos condicionamientos que le impiden asumir libre y responsa­blemente los compromisos de la vida misionera. Exige, sobre todo, una perspectiva positiva y satisfactoria de sí mismo que le permita desarrollar la capacidad de hacer opciones libres y estables, referidas a los valores del Reino y estimuladas por motivaciones conscientes, válidas y auténticas (cf. PGF 37).

3º. Y, un tercer paso, es la motivación de la caridad apostólica. A la base de la integración de la personalidad, además de otros medios psicológicos y pedagógicos, está la motivación del amor, Ael fuego que hace de los hijos del Inmaculado Corazón de María hombres que arden en caridad, que abrasan por donde pasan@ y vivir Aen Cristo Jesús@ contemplándolo e imitándolo, hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Él quien realmente viva en nosotros (cf. EMP 16, 19, 21). Para tener la madurez que nos prepare al martirio y para vencer los miedos y las tentaciones que pueden paralizarnos, los que seguimos a Jesús debemos amar apasionadamente a Dios, a María y a los hermanos, como lo hicieron el Fundador y nuestros mártires (cf. SP 17; PGF, 39; TM 22).

3.5. Formación Personalizada

 

Una formación personalizada implica varias dimensiones que se han de tener en cuenta (cf. PI 29; PGF…; PTV….):

            1º. Contacto personal. El primer paso para una formación personalizada es que se ha de realizar a través de un contacto personal entre el formando y el formador. Aunque la actuación pedagógica grupal sea importante en algunos momentos, no obstante debe existir el contacto personalizado formando-formador. Este se puede realizar mediante la dirección espiritual, el consejo pastoral, el diálogo pedagógico. Lo importante del diálogo entre formador y formando, que ha de ser claro, transparente y basado en la sinceridad y la verdad, es que se llegue a tocas los verdaderos problemas y asuntos que afectan al formando.

Los capítulos generales piden insistentemente (citar..) que se cuide específicamente el acompañamiento vocacional. Es un tema fundamental del que se habla constantemente en todos los foros nacionales e internacionales; sobre el mismo hay una bibliografía inmensa. Es un dato sintomático por dos razones:

  • primero, porque es un medio de gran importancia formativa. Su importancia es patente. Además de las acciones de grupo, hay que llegar a la persona. La vocación es siempre un proceso personal: llamada personal y respuesta personal; y no siempre es una experiencia clara y nítida. Dios llama a través de Asignos vocacionales@ que hay que discernir. Por otra parte, el acompañamiento es esencial para estimular a los candidatos a crecer en la vida cristiana (ámbito donde se manifiesta la vocación), para ayudarlos al discernimiento vocacional, para acompañarlos en las dificultades ante las decisiones que ha de tomar y para evitar futuras frustraciones por la falta de discernimiento adecuado.
  • y, segundo, porque se ha descuidado o no se ha cuidado suficientemente. Es un problema real que he contrastado en muchos ambientes, una cuestión que nos interpela y una pregunta a la que hemos de responder con sinceridad y verdad )Dispongo de poco tiempo? )Estoy muy ocupado en otras tareas? )Tengo dificultades personales )Me encuentro poco preparado?

2º. Respeto de los rasgos personales y de los ritmos evolutivos del formando.

No basta con tener un contacto personal. La formación personalizada implica, además del acompañamiento personal, la atención y el tratamiento pedagógico de la situación personal del formando, de un modo especial sus rasgos personales y su ritmo evolutivo. No es formación personalizada la que hace pasar a todos los formando por el mismo rasero y la que peca de adultismo. Además de las exigencias comunes normales, hay que atender a las demandas personales.

Desde esta constatación, es preciso que en el itinerario formativo atendamos a cada persona en su singulari­dad (Cf. CIC 660, 1), la valoremos en todo lo que ella es, respetemos y estimulemos su ritmo de crecimiento, conscientes de que la persona crece y se plenifica abriéndose a la comunión, insertándose en la historia. En la Congregación un caso típico en la formación ha sido la aprobación y estímulo de los estudios particulares. En esta misma línea hay que personalizar la forma y el ritmo de la oración personal, las aficiones particulares, el desarrollo de las cualidades personales, etc.

3º. El formando, protagonista de su formación.

La formación concierne, directamente y en primer término, a la persona, al formando. El primer responsable de su formación es el propio formando (cf. PI 29; PGF,..). Esto supone en el formando, no sólo la observancia exterior de las normas y la adaptación a las situaciones, sino, sobre todo, la capacidad de discernimiento y de asunción consciente de los valores y la motivación interior que enriquece las actitudes y comportamientos. La aceptación de la comunidad verifica y expresa la verdad del crecimiento personal (Cf. PI 29).

La formación personalizada debe conseguir que las convicciones y la vivencia práctica de las mismas nazcan de una respuesta consciente, libre y generosa de toda la persona del formando. Éste no se ha de dejar llevar por una actitud pasiva ni por la influencia meramente receptiva del formador y del ambiente; ha formar una actitud activa y personal antes ellas a fin de que más tarde, cuando falte el formador y el ambiente sea adverso, no sólo no desaparezcan, sino que se desarrollen hasta llegar a la auténtica santidad religiosa y apostólica[12].

El reconocimiento del formando como protagonista de su formación reclama una pedagogía de la confianza en la que el formando tenga garantizado un amplio y adecuado margen de libertad responsable. Requiere, en la práctica, un justo equilibrio entre la formación del grupo y la de cada persona, entre el respeto a los tiempos previstos para cada fase de la formación y su adaptación al ritmo formativo de cada uno (PI 29), entre la personalidad de cada uno, la solidaridad comunitaria y el cumplimiento de la misión recibida con y en la comunidad.

            4º. Asimilación e internalización de los valores formativos.

Este aspecto es fundamental para garantizar una formación personalizada. El formando ha de llevar a cabo su proceso de crecimiento personal interiorizando los valores que sustentan su vida, personalizando las relaciones y asumiendo positivamente los acontecimientos. Se tratará de apelar vigorosa­mente a su conciencia y a su responsa­bilidad personal para que interiorice los valores de la vida religiosa y al mismo tiempo la regla de vida propuesta por sus maestros y maestras de forma­ción (cf. PI 29).

El formando ha de asimilar los valores de tal manera que los interiorice convirtiéndolos en dimensiones de su propia personalidad. De esta manera los valores y las exigencias de la vida claretiana estarán personalizados y actuarán dinámicamente con normalidad y fluidez. El formando actuará normalmente con capacidad habitual en la línea de su vocación claretiana.

5º. Personalizar es llegar a ser plenamente personas.

Formar es “ayudar a personali­zar”. La formación personalizada es un proceso formativo que hace a los formandos “ser personas”. Pero, ¿qué significa ser persona?

Para entender este planteamiento hay que llegar a la autenticidad de la persona ¿Qué significa ser auténticos?

  • En el habla cotidiana, “auté­ntico” equivale a genuino, sin trampas, a ser lo que parece. Lo aplicamos con mucha frecuencia a las cosas y a las personas.
  • También entendemos por auténtico­, en referencia a las personas, al que es coherente desde un punto de vista moral; es decir, aquel en el que se da concor­dancia entre lo que cree, dice y hace. Este es, a menudo, el significado más usual en los ámbitos religiosos.
  • Más interesante resulta el recurso al sustantivo griego “authént­es” (que significa el que obra por sí mismo, autor, ejecutor) y al verbo “authentéo” (que equivale a dominar o a gobernar). Auténtico -desde el punto de vista etimológico- es, pues, el que actúa por sí mismo, el que sabe dominar la situa­ción, el que se arriesga hasta el punto de acabar incluso con su vida. La autenticidad es una actitud de lucidez psicológica y de talante existencial. Implica aprender a:
    • Ser nosotros mismos sin depender de instancias externas.
    • Asumir el riesgo de las propias decisiones sin refugiarnos en el rol social que desempeñamos.
    • Vivir nuestra condición de seres libres y autónomos sin evadirnos en los sistemas de seguridad.

 

            Para nosotros, los creyentes, los religiosos, ser persona madura se realiza “a la medida de Cristo, el Hombre por excelencia”. Esto signifi­ca que personaliza­ción/humani­zación y seguimiento/cris­tifica­ción son la misma cosa. No podemos ser hombres sino mediante la identificación y la configu­ración con Jesucristo en un itinerario de seguimiento y objetivo de la formación.

 

3.6. Defensa de la opción fundamental

 

            Una vez que se ha tomado la opción por la vida claretiana hay que defenderla de su posible ruptura. La mejor garantía de su firmeza es que se haya tomado con la debida seriedad y responsabili­dad, después de un proceso de ma­duración humana y sobrenatural.

 

            Sin embargo, por muy firme que sea la decisión vocacional es en definitiva una decisión humana, tomada por una persona libre, que puede cambiar cuando quiera, y a la vez condicionada, que puede cambiar cuando no quiera. No se puede ser ingenuo y confiar tanto en las propias fuer­zas que no se vea la posibilidad de romper lo que solemnemente se había prometido. La experiencia de la vida nos enseña diariamente cuántos fallos y abandonos de la vida consagrada no nos los explica­mos, pues proceden de personas que aparentemente, a lo menos, se comportaban con firme coherencia y decisión.

 

            La opción fundamental hay que defenderla de posibles opciones parciales y superficiales que poco a poco la van minando hasta des­hacerla totalmente. Hay que evitar opciones parciales contrarias a la opción fundamental que la pueden desmoronar irremediablemente. El Yo, libre y autónomo, que ha to­mado la decisión fundamental, si­gue estando sometido a las presiones internas de los impulsos y a las presiones sociales desde fuera que buscan satisfacciones inmediatas, y cuyos comportamientos se oponen a la opción fundamental. Ser con­descendiente con estas presiones internas y externas es sumamente peligroso para su estabilidad y fir­meza. Por eso, el religioso debe tener una buena capacidad de re­nuncia a lo inmediato, de control emocional y afectivo y debe llevar una vida disciplinada interna y ex­ternamente. Es peligroso vivir experiencias ambivalentes, pues aunque parciales, son siempre di­námicas de alguna manera y per­foran sistemáticamente la opción fundamental hasta cascarla y pu­drirla.

 

Es necesario que el claretiano compren­da que los conflictos que la vida misionera le plantea en su quehacer cotidiano no deben debilitar su opción. Los conflictos no deben, en principio, poner en crisis la propia opción. Al contrario, la han de reforzar, fortalecién­dola y dándole más consistencia. La opción fun­damental debe servir de clarificación y de ayuda para iluminar desde la fe y su­perar desde el amor los conflictos de la vida.

El claretiano debe tener una buena capacidad de re­nuncia a toda experiencia que se opone a su opción. Más aún, ha de evitar las experiencias de vida ambivalentes que, por ser siempre di­námicas, de alguna manera per­foran sistemáticamente la opción fundamental hasta debilitarla o destruirla­. Por último, ha de controlar de una manera positiva su vida emocional y afectiva.

La opción fundamental, para que sea eficiente y duradera, ha de estar sostenida con una vida disciplinada interna y externamente, y una capacidad de renuncia y sacrificio. La dis­ciplina no solamente madura la personalidad, sino que permite ele­gir en la vida lo más conveniente para la opción fundamental. El control interior unifica y orienta las tendencias en la di­rección de la opción fundamental. La renuncia y el sacrificio, que han de estar suficientemente motivados, son comportamientos esenciales y básicos para defender la opción fundamental. En la vida se presentan opciones a las que hay que renunciar, a veces con gran sacrificio, para poder sostener y sustentar la opción fundamental que ha tomado la persona.

3.7. Cultivar la vocación (PTV)[13]

La insistencia sobre el cuidado de la propia vocación ha sido una constante y una tradición en nuestra Congregación iniciada por el P. Fundador e impulsada por el magisterio de nuestros Superiores Generales. Toda la animación que ellos realizaron para fomentar las vocaciones a la Congregación pasó por una llamada a la fidelidad vocacional de cada uno.

1º. Oración. La vocación es, en primer lugar, un don inmerecido e inmarchi­table. Por eso, debemos pedirlo insistentemente todos los días y estar convencidos de que el Padre concede siempre su Espíritu a los que se lo piden[14].

2º. Reflexión sobre los propios signos vocacionales.

La vocación claretiana es una experiencia de fe en la que el misionero se siente llamado e interpelado personalmente por Jesús para que le siga según el estilo de los Apóstoles y de Claret. Sin conciencia de la llamada personal del Señor es imposible que el religioso inicie la andadura vocacional y se mantenga firme en ella hasta la muerte.

La conciencia de la llamada vocacional se descubre por la fe a través de los signos vocacionales, momentos de la historia personal del religioso en los que el Señor se hizo presente invitándole a seguirle[15]. Esos momentos de fuerte experiencia vocacional son reales, no se pueden olvidar, hay que renovarlos y hay que hacerlos presentes en los momentos de dificultades vocacionales.

Cuando se ha perdido el sentido de la llamada vocacional personal, la vida del claretiano se caracteriza por una notable mediocridad, o por una falta de sentido en lo que hace en comunidad y en el apostolado, o por una ruptura defi­nitiva de la opción por la vida religiosa. Al no sentir en sí la llamada del Señor, se considera fuera de lugar y se incapacita para uni­ficar su personalidad en el cumplimiento de la misión vocacional[16].

3º. Fidelidad a los dinamismos que animan nuestra vida misionera

Para garantizar la fidelidad vocacional a largo plazo, es necesario promover y garantizar la fidelidad a los dinamismos personales y comunitarios que definen nuestro proyecto de vida misionera. Citaría: oración personal y comunitaria diaria, lectura de la Palabra de Dios, eucaristía cotidiana, confesión frecuente, retiro mensual, ejercicios espirituales, proyecto personal y dirección espiritual. Son dinamismos que también nos recuerdan los capítulos generales. Su abandono es frecuentemente el comienzo del desmoronamiento de la propia vocación. A noso­tros, las Constituciones nos ofrecen los dinamismos necesarios y su­ficientes para incrementar la calidad de nuestra vida comunitaria. No se trata de buscar medios extraordinarios, sino de llevar a cabo extraordinariamente bien los medios ordinarios que ya tenemos[17].

4º. El Quinquenio

En esta fase de la vida misionera[18], el claretiano debe descubrir una nueva manera de ser fiel a Dios[19], de modo que pueda dar una respuesta adecuada a los desafíos que se le presentan en su nueva situa­ción[20]. Muchos fallos en la fidelidad a la vida misionera se han dado durante este periodo a causa de su negativa orientación y vivencia. El claretiano durante estos años debe dar una importan­cia especial:

  • A la vida espiritual vivida en armonía con la acción[21].
  • Al acompañamiento espiritual y pastoral para ir integrando su prepara­ción ministerial con la experiencia de la vida.
  • A la renovación doctrinal, actualizando y llevando a la práctica lo aprendido durante la formación inicial[22].
  • Al proceso psicológico de adaptación a la comunidad y al servicio misione­ro.

Los últimos Capítulos Generales han recomendado de un modo especial que la Congrega­ción ayude, con algunas iniciativas de formación, a los presbíteros durante los cinco primeros años de su ministerio y a los hermanos durante los cinco años siguientes a la profesión perpetua[23]. Esta ayuda se puede concretar en:

  • Destinarlos a comunidades que vivan con empeño el proyecto misionero de vida claretiana en todas sus dimensiones.
  • Encomendarles responsabilidades que no excedan su capacidad y que se ajusten lo más posible a su situación personal.
  • Asegurarles un acompañamiento continuado.
  • Ofrecerles encuentros anuales de formación y revisión.

La comunidad local, el Superior y todos sus miembros, han de desempeñar, también, un papel primordial en el acompañamiento de los jóvenes misioneros durante el Quinquenio. La fidelidad de la comunidad al proyecto comunitario, a la oración personal y comunitaria, a las reuniones mensuales, a los proyectos pastorales y a otros compromisos será, sin duda, uno de los medios más adecuados para acompañar y apoyar en la fidelidad a los jóvenes claretianos. Éstos no pueden ser defraudados con experiencias opuestas a las que han vivido durante el tiempo de formación.

4. Conclusión miremos a nuestros modelos.

1º. En primer lugar a María nuestra Madre y Formadora. Ella es la madre de la Vida. Isabel la llamó bendita a causa del fruto de su vientre y de su fe. Como pueblo de Dios la aclamamos “vida, dulzura y esperanza nuestra” (Salve Regina). También le suplicamos que ruegue por nosotros, “ahora y en la hora de nuestra muerte” (Avemaría). A ella nos entregamos en nuestra Profesión (cf. CC 159). A través de ella recibimos vida abundante. Es la Mujer del Apocalipsis que da a luz entre las amenazas del dragón y que se refleja en la Iglesia también madre, en medio de las amenazas a la vida (cf. Ap 12,1-2). El Magnificat proclama su compromiso por un mundo donde reine la vida (cf. Lc 1,46-55). La definición del hijo del Inmaculado Corazón de María manifiesta cómo podemos asemejarnos a ella, proclamar la vida y luchar contra todo lo que la amenace (cf. CC 9).

En nuestra espiritualidad, también María, como Madre y Formadora, nos ayuda en proceso de integración de la personalidad y no enseña a ser coherentes y consistentes[24]. Nuestra Madre nos enseña a acoger Acon un corazón alegre@ la Palabra de Dios y a ser coherentes con ella, poniéndola en práctica y haciéndola efectiva. Para el formando María ha de ser la persona que le debe inspirar la síntesis vital a los largo del proceso formativo hasta llegar a la plena unidad interior y a la fidelidad perpetua[25].

          2º. Por último, miraremos a nuestro Padre Fundador. Él fue el buen pastor que entrega la vida. Recibió el don de una permanente comunión con Jesús eucaristía, que le impulsó a luchar contra los males de su tiempo y a entregarse como oblación[26]. También nuestros Mártires de Barbastro fueron transformados en comunidad eucarística, capaz de entregar la vida y de vivificar.



[1] Cf. PGF nn. 95-96.

[2] CLARET, Reglamento interior para los estudiantes del Escorial: “Epistolario Claretiano” (EC), 1 enero 1867, 1101-1102.

[3]“El mismo Jesucristo recibió el Espíritu Santo, el espíritu sacerdotal, el espíritu de que ha de vivir y obrar todo sacerdote. He aquí las palabras de las santas Escrituras: Spiritus Domini super me… propter quod unxit me. Por lo que me ha ungido como doctor, profeta, salvador y legislador… No me detendré en referir uno por uno los prodigios que obraron los apóstoles, que tan pronto como quedaron llenos del espíritu del Señor empezaron a hablar. Solo diré alguna cosa del Apóstol San Pablo, lleno de este espíritu eclesiástico… Tan pronto como fue llamado de Jesucristo en el camino y después animado del espíritu que recibió en Damasco, ya no se para en carne y sangre, sino lleno del fuego de la caridad, corre por todas partes como vaso de elección, llevando el nombre de Jesús, no buscando más que la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas… Este mismo espíritu es el que animaba a los Domingos de Guzmán, a los Vicentes, a los Javieres y a tantos otros sacerdotes.” (CLARET, El espíritu sacerdotal: “San Antonio M Claret. Escritos Espirituales” (EE). Ed. preparada por J. BERMEJO, Madrid 1985, 284-286).

[4] Cf. G. PASTOR, Razones de abandono de la Congregación durante el último decenio 1981-1990, Roma, XXI Capítulo General, 11991.

[5] Cf. Caminar desde Cristo. 18..

    [6] Cf. LG., 44; RC., 2; ET., 4,7; PI., 7-9; VC. 22, 65.

    [7] De hecho la tradición de la Iglesia siempre ha comparado la profe­sión religiosa a un martirio, a un sacrificio total y un holocausto perfecto.

[8] Cf 1F, 10.

[9]AEn nuestros 51 hermanos beatos mártires de Barbastro contemplamos, de manera particular, el paradigma de lo que estamos llamados a ser: hijos del Corazón de María, desde el Magnificat hasta el Calvario. Este *seminario mártir+ se convierte también para nosotros en modelo de comunidad formativa por su fe inquebrantable y alegre, por su disponibilidad plena a la voluntad de Dios, por su oración constante y confiada, por su vivencia de la filiación cordimariana y de la eucaristía, por su ayuda fraterna, por su amor a la Congregación y por su celo apostólico@ (PGF 137).

     [10] Cf. 1F 123.

     [11]cf 1F, 28; EMP, 24.

     [12]cf 1F, 14.

[13] En este apartado me remito al folleto Cultivar la Vocación publicado por la Prefectura General de Formación (2002 ¿) y que recoge el capítulo octavo del Directorio Vocacional Claretiano. Ahora presento una síntesis.

     [14]cf Lc 11,13; Aut 443; PGF, 52.

   [15] cf PO, 11.

     [16] cf CPR, 46.

     [17] cf Aut 86-87; EA, p. 412; CC 54; Dir. 140; CPR, 55-56, 67; SP, 13.3; EMP, 21.2, 28.1, 24, 29.1, 34.3; PI, 63, 71.

     [18] cf PGF, 506-511.

     [19] cf PDV, 76.

     [20] cf SP, 22.1; 22.2; EMP, 25.

     [21] cf CPR, 56.

     [22] cf OSG, 1959, nn. 262 ss.

    [23] cf Dir 148; SP, 22.2; EMP, 25.

[24] Cf. PGF 100.

[25] Cf. PGF 101; cf. también, SP 13; Aut 687.

[26] Cf. Aut 694