3 – La Formación Permanente en Claret

Cuadernos de Formación Claretiana

LA FORMACIÓN PERMANENTEEN SAN ANTONIO MARÍA CLARET

Jesús Bermejo, CMF.

Prefectura General de Formación Roma 1988

 

“Lo que importa es que cumpláis bien con los sagrados deberes a que estáis obligado: para eso es indispensable que tengáis los conocimientos necesarios al efecto, y, si ya los tenéis, conservadlos y aumentadlos con el estudio, pues así como el estudio es el medio de aprender, el no estudiar es de la manera que se pierde lo que ya se sabe” (CLARET, El colegial instruido, II, p. 391).

SIGLAS

Aut.       Autobiografía de San Antonio María Claret

CPR        El claretiano en el proceso de renovación congregacional: XX Capítulo General (Roma 1985).

EA          Escritos autobiográficos de San Antonio María Claret, edic. preparada por José María Viñas y Jesús Bermejo CMF (Madrid 1981) 3 vols.

EC           Epistolario claretiano, preparado por José María Gil CMF (Madrid 1970 y 1987) 3 vols.

EE           Escritos espirituales de San Antonio María Claret, edic. preparada por Jesús Bermejo CMF (Madrid)

LR           Librería Religiosa (editorial fundada por San Antonio María Claret).

Mss. Claret.   Manuscritos de San Antonio María Claret (18 vols.).

Introducción

El último Capítulo General (1985) colocó su centro de interés en la persona del claretiano: “La mayor riqueza de la Congregación son las personas. Cada una de ellas es valiosa por lo que tiene de autobiográfico e intransferible” (1).

Queriendo ser consecuente con este principio general, el Capítulo insistió en la necesidad de conseguir un triple objetivo: “potenciar en el próximo sexenio la espiritualidad personal, la dimensión comunitaria de la persona y la formación de cada claretiano como proceso perma­nente” (2).

Respecto de la formación permanente, la asamblea constató “que existe en la Congregación preocupación por ella” (3). Por otra parte, quedó dilucidado el contenido de la misma: “La formación permanente -se dice en el documento- no debe reducirse a una renovación de ideas y de doctrinas, sino que debe tender a la renovación de nuestra identidad misionera y de nuestra acción apostólica frente a los desafíos de nuestro mundo y al momento histórico que vive la Iglesia” (4). “La Congregación está necesitando personas seriamente capacitadas para comunicar con competencia el Evangelio al hombre de hoy, y dar seguridad, al mismo tiempo, a nuestra búsqueda de respuestas nuevas”‘.

  1. I.La formación permanente de Claret: su experiencia personal

Las constataciones del Capítulo, y su proyección hacia el futuro inmediato de la Congregación, responden plenamente a las inquietudes del P. Fundador, nacidas de una experiencia personal consolidada a lo largo de toda su existencia, volcada por completo a la evangelización misionera.

Se puede decir que en San Antonio María Claret no hay solución de continuidad entre la formación inicial y la formación permanente.

Para él la formación inicial no concluyó con la ordenación sacerdotal, como suele suceder actualmente. Se ordenó el 13 de junio de 1835 y no terminó los estudios oficiales hasta 1839. Debido a algunas circun­stancias anómalas, fue destinado como ecónomo a su pueblo natal, Sallent, donde estudiaba por su cuenta los cursos de teología y moral que aún le faltaban, yendo periódicamente a Vic, donde se sometía a los exámenes correspondientes:

“Como por razón de la guerra civil no podían los estudiantes reunirse en el seminario y tenían que estudiar en conferencias particulares, y además como el señor gobernador eclesiástico y vicario capitular no tuviese sujeto para mandar de teniente cura a mi población, quiso que fuese yo de todos modos y que allí estudiase en conferencia, como haría en Vich, los años que me faltaban de la carrera. Lo hice así por obediencia hasta terminar mi carrera” (6).

En Roma y Cataluña

La conclusión de los estudios le permitía seguir en plenitud su vocación misionera, que se había ido manifestando a lo largo de aquellos años con intensidad cada vez más apremiante, urgido sobre todo por la fuerza de la Palabra de Dios (7).

Entonces pidió al vicario capitular de Vic la licencia necesaria para dedicarse por completo a las misiones en países no cristianizados. Consiguió el permiso, no sin dificultades, y en seguida, sin prestar oído a la carne ni a la sangre, emprendió viaje a Roma para presentarse a Propaganda Fide con el fin de que le enviasen a cualquier parte del mundo. Pero Dios puso en su camino nuevos obstáculos, que por el momento le impidieron realizar su sueño apostólico.

Diversas circunstancias de signo providencial le indujeron a entrar como novicio en la Compañía de Jesús. Y aquí, mientras va recibiendo nociones sobre la vida religiosa y el espíritu ignaciano, podemos decir que comenzó su formación permanente. En el noviciado de los jesuitas, situado junto al palacio del Quirinal, aprendió métodos y estrategias eficaces de apostolado misionero:

“Allí -nos dice él mismo- aprendí el modo de dar los ejercicios de San Ignacio, el método de predicar, catequizar y confesar con grande utilidad y provecho” (8).

Ya por aquellos años inició la creación de una excelente biblioteca personal, en la que figurarían, además de la Biblia y los ejercicios de San Ignacio, con varios comentarios, obras de moral y de predicación, sobre todo de San Alfonso María de Ligorio, San Francisco de Sales y numerosos Padres de la Iglesia.

En sus correrías misioneras por Cataluña y más tarde por Canarias, el P. Claret estudiaba con detención y examinaba a fondo la realidad que iba evangelizando, tanto en el aspecto religioso como en el social(9), y en esa línea fue orientando su conducta y su formación permanente, con el deseo de ofrecer respuestas adecuadas: “Como iba misionando -escribió en la Autobiografía-, tocaba las necesidades, y según lo que veía y oía escribía el librito o la hoja suelta” (10).

Debido a su itinerancia continua, no podía transportar muchos libros. Sólo llevaba lo imprescindible: la Biblia, el breviario y un vademécum con los sermones (11). Los tiempos que le quedaban libres, entre una campaña misionera y otra, los empleaba para sumergirse en su biblioteca y devorar con avidez todos los libros que podían servirle para el objetivo que le absorbía por completo: la evangelización al pueblo.

Este objetivo lo realizaba de forma directa, a través de la predicación, y de forma indirecta, con la publicación de opúsculos y hojas volantes, que silenciosamente prolongaran su acción evangelizadora. Mientras misionaba en los pueblos y aldeas, se servía también de los escasos libros que los sacerdotes poseían en las bibliotecas de sus casas parroquiales. En la biblioteca claretiana, que se conserva en Roma, encontramos algunos libros que el P. Claret debió ir adquiriendo durante las misiones y en los que aún figuran las firmas de sus antiguos propietarios.

En Cuba y Madrid

Durante los seis años que permaneció en Cuba, dedicado a una desbordante actividad misionera, se preocupó en gran medida de incrementar su biblioteca personal, que utilizaban también sus familia­res en los tiempos libres de misiones, y seguramente también otros sacerdotes. De ello son testimonio fehaciente las numerosas cartas de don Paladio Currius a los hermanos Lavallée, de París, y a su correspon­sal en Roma, pidiendo remesas de libros, que periódicamente iban llegando, por vía marítima, a la isla. También de la península llegaban numerosos volúmenes y en particular los que publicaban la Librería Religiosa de Barcelona.

A pesar de sus múltiples ocupaciones en tareas de misión, visitas pastorales y asuntos de gobierno, tuvo tiempo para dedicar muchas horas al estudio. Se lo proporcionaba el hecho de dormir poco, de no permanecer nunca ocioso y de tener un interés extraordinario por estar al día en las ciencias eclesiásticas y profanas. Nos consta que dedicaba a la lectura y al estudio de la Sagrada Escritura dos horas por la mañana y otras dos por la tarde, y se aplicaba a los estudios de ascética, moral, rúbricas, ciencias naturales, agricultura, etc.

La extensión y la intensidad de su formación permanente podemos deducirla fácilmente a través de una rápida lectura de sus cartas pastorales, llenas de numerosas citas, tanto de filosofía como de teología y sobre todo de la Biblia. La misma constatación podemos hacer leyendo su epistolario, donde demuestra una erudición notable, incluso en materias que a primera vista no debían ser de su competen­cia, como el derecho civil, la historia, la agricultura, etc.

En la época de Madrid, con los breves períodos transcurridos en París y Roma, tuvo más tiempo para dedicarse a la formación perma­nente, incluso de una forma más sistemática. Su plan de estudio exigía la adquisición de nuevos libros, y no escatimó esfuerzos económicos para conseguirlos. Su biblioteca, que al morir dejó en herencia a sus misioneros, debió superar la cifra de dos mil volúmenes, sin contar los 750 volúmenes que se conservan en El Escorial, con su ex-libris. No sabemos si esos libros los compró con dinero de aquella entidad para aquel establecimiento o no. En el Studium Claretianum de Roma poseemos actualmente 1868 volúmenes con su ex-libris o su firma autógrafa u otras indicaciones que demuestran que pertenecieron a él. Respecto de la biblioteca de Claret podemos hacer dos observaciones importantes:

1. Su contenido es muy variado. En ella figuran los Santos Padres, comentarios bíblicos de diversos autores, obras de teología, filosofía, moral, mariología, espiritualidad, oratoria, derecho canónico y civil, historia, artes aplicadas, agricultura, lenguas clásicas y modernas, etc.

2. Casi todos los libros, con rarísimas excepciones, están muy bien encuadernados, llevan su ex-libris (un papelito impreso que dice: +Ex lib. Excmi. et I. Dom. Antonii María Claret), y demuestran que han sido bastante usados. En muchos de ellos aparecen pequeñas rayas marginales, a lápiz, a veces dobles, con las que el santo indicaba los pasajes que más le habían llamado la atención y que podían ser objeto de relectura a la hora de prepararse para la predicación o de escribir un opúsculo o una hoja suelta.

Resumiendo, podemos decir que la formación permanente del P. Claret estuvo siempre en función de su misión evangelizadora o en estrecha relación con ella.

En Viladrau las circunstancias le obligaron a dedicarse al estudio de la medicina. En Cuba, movido por sus inquietudes en el campo de la promoción humana, se vio obligado a manejar bibliografía sobre temas agrícolas. Y en la última etapa de su vida, sintiéndose llamado a hacer frente a las ideologías, y en particular “a todos los males de España” (12), se dedicó intensamente, no directamente, sino a través de otros autores, a estudiar a los grandes filósofos alemanes: Hegel, Schelling, Strauss, etc.

Conviene advertir, sin embargo, que la sección más nutrida de su biblioteca la constituyen los libros de predicación, de pastoral y de espiritualidad.

II. La formación permanente en los planes de vida claretianos

Planes personales

A lo largo de toda su vida San Antonio María Claret dio una importancia capital a los propósitos y planes personales de vida, por la eficacia formativa y santificadora que tienen para el progreso científico, espiritual y apostólico. “Tales serán los adelantos en nuestra vida espiritual -decía- según las resoluciones que hagamos y como las hagamos” (13). En esos planes de vida figura casi siempre un espacio para la autoformación intelectual.

Su primer plan de vida lo encontramos en sus años de seminarista en Vic (14). Es de tipo general, pero abarca el estudio y la piedad.

El plan de vida de sus años de misionero apostólico en Cataluña y Canarias se concreta en los propósitos-tipo de 1843, mantenidos sustancialmente hasta su nombramiento para el arzobispado de Cuba (15). Antes de embarcarse rumbo a la perla del Caribe, tal como afirma en la Autobiografía, escribió un plan de vida para su gobierno (16). Aquel plan, que no se encuentra entre los manuscritos claretianos, lo reprodujo el P. Clotet en su biografía inédita sobre el santo, que se conserva en Roma (17).

Al regresar a Madrid, elaboró un nuevo plan, que le sirviera de ayuda eficaz en su nueva situación como confesor de la reina: “Determiné -dice a finales de 1864- guardar un plan de vida que he observado con toda fidelidad en los siete años y medio que estoy en Madrid” (18). El plan concreto aparece en la Autobiografía (19). Todos los años a raíz de los ejercicios que practicaba con fidelidad, escribía sus propósitos o corregía o completaba los anteriores (20).

Planes para los demás

A lo largo de su ministerio apostólico el P. Claret fue ofreciendo diversos planes de vida a toda clase de personas. Escribió algunos, muy concretos y llenos de sabiduría y prudencia, para los seglares (21); otros, con gran sentido práctico, para los seminaristas (22).

Pero su mayor esfuerzo lo desplegó entre los sacerdotes. Para ellos escribió varios planes de vida, que, de un modo o de otro, reproducen su experiencia personal (23). El colegial instruido, que, como se sabe, fue un excelente manual de perfección sacerdotal en su tiempo, resulta sumamente interesante a este respecto. La sección tercera del tomo segundo de esta obra está dedicada a hablar “de la ilustración del sacerdote”, y contiene los siguientes capítulos:

– De la ciencia que debe tener el sacerdote.

– El sacerdote debe saber lo que está dispuesto por los sagrados cánones para ordenar bien su vida.

– De lo que debe saber el sacerdote para promover la gloria de Dios.

– De lo que debe saber el sacerdote para la salvación de lasalmas.

– Del estudio y librería o biblioteca que debe tener un sacerdote.

– Catálogo de los libros que ha de procurar tener un sacerdote.

– De la clase o aula de teología pastoral.

– De las conferencias eclesiásticas.

Todo lo que el P. Claret sugería al clero secular de su tiempo, lo quería con mayor razón aún para sus misioneros, deseoso de que todos fueran ministros idóneos del Evangelio. Para los misioneros, que de un modo más o menos intenso estaban llamados a participar en sus inquietudes evangelizadoras, escribió varios reglamentos, que figuran en los primeros proyectos de organización de la Congregación de Misioneros (24).

Características de los planes de vida claretianos

Los planes de vida hechos por Claret para sí mismo o para los demás poseen algunas características peculiares, que conviene indicar. Estas son las principales:

1. Nacen -o deben nacer- en un contexto de fuerte experiencia de fe, en situaciones particularmente favorables para una nueva cualificación de la propia existencia.

2. En general, esos planes suelen ser muy concretos, al menos los que están desarrollados, como sucede con los suyos y con los que propone a los sacerdotes y a los misioneros. No se trata de principios generales, sino de programas detallados, incluso minuciosos, que con frecuencia conllevan un horario diario y exponen lo que se debe realizar cada año, cada mes, cada semana y cada día.

3. Están -o deben estar- en perfecta consonancia con la psicología, el estado y la situación concreta del que los hace o los sigue, tratando de encarnarlos en la propia vida.

4. Deben adaptarse periódicamente a las nuevas situaciones que vayan surgiendo. En general, el momento favorable para hacer esa adaptación será el tiempo de los ejercicios espirituales anuales.

5. En cuanto a los contenidos, varían según las categorías de las personas y las demás circunstancias de edad, condición física, grado de madurez, etc.; pero, al menos cuando se dirige al clero y a los misioneros, nunca faltan dos puntos claves, que son como los pilares de toda formación permanente: la programación de la vida espiritual, con carácter intensivo, y la programación del estudio, puesto que -como nuestro santo decía a los miembros de la Congregación- “la santidad y la inteligencia son como los dos pies del Misionero, ambas, por lo tanto, esenciales” (25).

6. Revisión periódica. Aunque no siempre habla de ella, su necesi­dad se deduce fácilmente, dado que no es posible adaptar el plan anterior sin evaluarlo previamente, al menos en líneas generales, para confeccionar el siguiente.

III. El estudio personal en la formación permanente

San Antonio María Claret dio siempre gran importancia al estudio personal. Bastaría para confirmarlo la avidez con la que se proveyó de libros, leídos y casi devorados en largas vigilias.

En Cataluña y Cuba

De su época de seminarista en Vic nos dice que se dedicaba con ahínco a la vida espiritual, pero “sin aflojar en el estudio, al que me aplicaba cuanto podía” (26).

En uno de los propósitos de 1843 -que, como se sabe, son los propósitos base de la época de misionero apostólico en Cataluña y Canarias -leemos: “Eficazmente propongo no perder nunca un instante de tiempo, sino que lo emplearé en la oración, en el estudio y en obras de caridad con los prójimos” (27).

Lo mismo sucede en los propósitos de 1850, que le servirán de pauta para sus años de arzobispo de Cuba: “Propongo nunca perder un instante de tiempo; y así siempre estaré ocupado en el estudio, oración, administración de sacramentos, predicación, etc., etc.” (28). Entre sus notas espirituales de ese tiempo figura la siguiente: “Todo el tiempo posible dedicarlo al estudio de la Sagrada Escritura, cánones y leyes, moral y teología, autores predicables, mística y ascética. Leer a menudo las vidas de los santos que más se han señalado por su buen gobierno y santidad” (29).

En la distribución del tiempo señala dos horas diarias al estudio de la Sagrada Escritura, una a la teología dogmática, una a la disciplina, cánones y leyes, y otra a las lenguas. Por la noche, sin límite de tiempo, estudio de mística.

“Distribución del tiempo:

1.- A las 4 me levantaré; oraciones particulares y preparación para la misa.

2.- A las cuatro y cuarto oración mental.

3.- A las 5 misa y acción de gracias.

4.- A las seis Sagrada Escritura.

5.- A las 8 desayuno, horas…

6.- A las 9 teología dogmática y moral.

7.- A las diez, disciplina, cánones y leyes.

8.- A las 11, a la audiencia y lenguas.

9.- De la 1 a las 3, comida y descanso.

10.- A las 3 rezo y ciencias naturales.

11.- Por la noche, oración y mística.

12.- En los sábados y vigilias por la tarde, preparación para el sermón” (30)

Este minucioso plan diario, que evidentemente no siempre pudo seguir con plena fidelidad, debido a sus continuos viajes, a las misiones, visitas pastorales y otras ocupaciones urgentes, revela sin duda alguna el deseo de San Antonio María Claret de someterse a una disciplina formativa rigurosa, tanto en su vida espiritual como en el estudio.

En Madrid

Algunos años más tarde, ya en Madrid, renovará el propósito de no perder un instante de tiempo (31). Al cambiar las circunstancias, se vio obligado a modificar su programa. En 1861, por ejemplo, hizo el siguiente propósito: “Me dedicaré hasta las once en el confesionario. Por las tardes en predicaren los conventos, establecimientos, etc., etc., y demás tiempo, estudiar, escribir y orar” (32). Como norma general, por la tarde y por la noche, cuando queda libre de prácticas de piedad, confesiones y audiencias, se ocupa “en estudiar y escribir libritos y hojas sueltas” (33). “Por la tarde me ocupo en predicar, estudiar, escribir o en alguna otra cosa; lo mismo que por la noche, procuro no estar jamás un momento ocioso” (34). Después de la comida “hasta las ocho y media… me ocupo en el rezo, estudio, predicación…” (35).

Esta preocupación por el estudio era una necesidad vital para un hombre consagrado al anuncio del Evangelio. Lo indica con una comparación reveladora: “El gallo antes de cantar mueve las alas. Yo antes de predicar debo mover y batir las alas del estudio y oración” (36).

En Roma, a donde llegó desde París el 2 de abril de 1869, tras las inquietudes de la revolución, tuvo más serenidad para dedicarse al estudio, en espera del comienzo del concilio Vaticano I. Escribiendo desde la ciudad eterna al P. José Xifré, residente en Prades, le decía: “Mi ocupación es el estudio y la oración, conforme enteramente a lo que Dios nuestro Señor disponga” (37).

Características de la formación permanente claretiana

Si queremos ahora resumir las características fundamentales de la formación claretiana, podemos decir que fue, a lo largo de toda su vida, continua y persistente, organizada y programada, concreta e inculturada, polarizada por la misión y sustancialmente orientada hacia ella.

La continuidad aparece a lo largo de sus propósitos y decisiones. Nunca se olvida de indicar opciones concretas en orden a intensificar su formación personal. Sorprende, además, la persistencia con que se propone no perder tiempo y dedicarse afanosamente a enriquecer su vida espiritual e intelectual por todos los medios a su alcance.

En todos los textos que figuran anteriormente se ha podido compro­bar el grado de organización y de programación que siempre tuvo, llegando hasta los detalles más insignificantes.

Por otra parte, se advierte el carácter práctico y concreto de sus programaciones, debido tal vez, al menos en parte, al “seny” catalán, tan característico en nuestro santo. Al mismo tiempo se manifiesta su afán de inculturación y adaptación a los distintos ambientes culturales por los que fue pasando y en los que fue viviendo y encarnando su acción evangelizadora. Y éste es otro de los puntos característicos de su formación.

El P. Claret, en sus esfuerzos formativos, pretende dos cosas fundamentales: por un lado, crecer en el conocimiento de Dios para acercarse cada vez más a Él y vivir en comunión con su Señor y su Dios; y, por otro, convertirse en instrumento cada vez más eficaz de salvación para sus hermanos, consciente de que su misión específica, querida por el mismo Dios, era la evangelización universal.

IV. Efectos de la formación permanente

Casi de forma unánime, todos los que se acercaron al P. Claret y conversaron con él u oyeron sus predicaciones, reconocen la grandeza moral, la sabiduría y la santidad de aquel hombre todo de Dios. Lo vieron como una persona “de grandes virtudes, de mucha erudición y hombre verdaderamente apostólico” (38).

En Cataluña “siempre, de todos y en todas partes… le alababan por su ciencia, virtudes y santidad” (39). Todos tuvieron la oportunidad de conocer y admirar “su piedad, celo ardiente, unción evangélica, labori­osidad incansable y su vida mortificada y hasta penitente, como la ilustración que revelan todos sus escritos (40). “Poseía -declara otro testigo- una sabiduría toda celestial, un celo abrasador y una santidad nada común” (41). Hay quien afirma que ni en la época de Cataluña “ni posteriormente ha tenido España un sacerdote más laborioso, un misionero más digno y un prelado más ejemplar, que con la unción de su palabra, la sencillez y pureza de su doctrina, con sus escritos, en el pulpito y en el confesionario, haya sido de más provecho para la gloria de Dios y la salvación de las almas” (42).

La gente, que acudía a sus misiones con corazón sencillo y esperanzado, reconocía que su evangelización estaba llena de unción y era muy erudita. “Sus sermones, sin ser piezas oratorias perfectas, salían no obstante nutridos de doctrina sana, llenos de textos bíblicos y de santos Padres, y embellecidos con multitud de comparaciones y símiles, tan sencillos como oportunos y variados, sin dejar de ser nunca delicados e ingeniosos” (43). De ahí que algunos de sus contemporáneos calificaran al P. Claret como hombre eminente en todas las ciencias y hombre de conocimientos “Vastísimos y profundos”, siendo voz corri­ente en los sectores eclesiásticos que la ciencia del misionero era infusa y un milagro viviente de Dios (44). El párroco de Aguilar de Segarra, don José Pujolar, afirmó rotundamente: “Yo creo que su ciencia era infusa” (45). El P. Domingo Coma, dominico, contaba lo siguiente: “Admirado de la excelencia y copia de su doctrina, y deseando participar de ella, le pregunté un día de dónde sacaba sus pláticas doctrinales y sermones, y, abriendo un libro, me presentó a un lado la imagen de nuestro Señor Jesucristo, y al otro de la santísima Virgen María, y me dijo: He aquí mi libro; de él saco mi doctrina. Nuestro Señor me hace una gracia tan grande, que me concede el retener todo cuanto he leído” (46).

Esa fama de ciencia infusa en algún caso pudo ser verdadera, pero el mismo Claret, refiriéndose a sí mismo, aducía una razón menos elevada y más creíble, y decía: “A mí me consta que lo poco que sabe ese sujeto lo debe a muchos años y noches pasadas en el estudio” (47). A ello pudo contribuir también el hecho de que, como reconocen algunos, Dios le dotó “de entendimiento clarísimo, de mucho ingenio, de gran perspicacia y penetración” (48).

Prescindiendo de ese posible don de ciencia infusa, lo cierto es que a Claret se le tuvo como un hombre extraordinario en ciencias sagradas. Lo reconocieron públicamente incluso sus adversarios. Valga, entre otros, el siguiente testimonio de Santiago López de San Román, cuando escribió en su denigrante opúsculo “Observaciones al folleto del señor Claret titulado Apuntes de un plan para conservar la hermosura de la Iglesia” (Nueva York 1859): “Contra lo que me habían hecho creer, cuando no le conocía, me encontré que tiene una memoria feliz y no común a su edad; no le falta inteligencia y está muy versado en ascética, y en las santas escrituras, y muy regularmente en el dogma, y quizá más en la moral; le considero muy laborioso y con grandes deseos de saber, y creo ha leído mucho y bueno” (49).

Algo que todos advirtieron en su doctrina fue su total limpidez y fidelidad a la Iglesia, algo que hoy, desgraciadamente, se echa de menos en algunos evangelizadores: “Su doctrina -declara un testigo- era del todo ortodoxa y de completa sumisión a nuestra santa Madre la Iglesia católica, apostólica, romana, y al Sumo Pontífice” (50).

V. Doctrina y orientaciones de Claret sobre la formación permamente

Como ya indicamos antes, al leer las obras del P. Claret, aun las de simple divulgación, advertimos su insistencia en proponer planes de vida para toda clase de personas, en las que casi nunca suele faltar una indicación sobre la necesidad o conveniencia de dedicar un tiempo al estudio o a la lectura, que propicien un enriquecimiento personal. Aún mayor es su insistencia cuando se dirige a seminaristas, sacerdotes o religiosos.

Ante la angustiosa situación de galopante descristianización que se iba produciendo en toda Europa y también en España en la segunda mitad del siglo XIX, el P. Claret se dio cuenta de que la piedra de toque para una regeneración en profundidad era el clero: “Veo que el mundo está perdido -escribía a la Madre María Antonia París-, y no sé hallar otro medio que la formación de un buen clero, que con su ejemplo y predicación dirija a las ovejas del Padre celestial” (51).

Intentando hacer frente a la acusación de los impíos de que los sacerdotes, que “deberían ser la luz del mundo…, lo llenan de tinieblas con su ignorancia e inmoralidad” (52), escribía: Algunas veces, mejor diré, continuamente, pienso qué remedio se puede aplicar a tan gran mal, y, después de haber discurrido mucho, veo que el remedio es la formación de buen clero, sabio, virtuoso, celoso y de oración…” (53).

En la etapa de misionero apostólico

Extraordinarios fueron los esfuerzos que el P. Claret realizó en esta línea, ya durante sus años de misionero itinerante por Cataluña y Canarias. Su dedicación primordial se centró en los numerosos ejercicios al clero y en la creación de varias asociaciones, más o menos duraderas, en las que siempre ponía de relieve algunos aspectos fundamentales de la vida sacerdotal: formación intelectual y espiritual, celo apostólico y oración. Los sacerdotes de su tiempo generalmente tenían ocupaciones pastorales casi exclusivamente por la mañana. De ahí que nuestro santo sugiera para cada uno de ellos el siguiente propósito: “Por la tarde y noche me ocuparé en el estudio” (54).

En la época de arzobispo

En Cuba, donde su responsabilidad era directa e inmediata, hizo frente, con audacia e inventiva, a los tres graves problemas del clero diocesano: escasa retribución económica, inmoralidad e ignorancia.

Limitándonos al último punto, será suficiente indicar la iniciativa tomada con una circular fechada el 27 de mayo de 1851 y dirigida a todos los párrocos de la diócesis. En ella escribía:

“También ha llamado nuestra atención que, siendo tan vasto vuestro respectivo territorio, el ejercicio de la cura de almas no os dejará tiempo muchos días para abrir un libro de teología moral. Pues para remediar este mal hemos dispuesto las cosas de modo que cada año podáis trasladaros por un mes a esta ciudad; enviándoos un sustituto. Durante este tiempo, recogidos en el Seminario de San Basilio, os ocuparéis exclusivamente en encomendaros a Dios, y en conferencias diarias de liturgia y de teología moral. Y para que sea realizable este proyecto, vendréis a esta ciudad por turno, según lo establezcamos, de modo que los sustitutos pasen de unas a otras parroquias, y al cabo del año todos hayan gozado de este beneficio” (55).

No sólo creó este sistema de reciclaje, sino que instaló las conferen­cias semanales (tres días a la semana), comenzando por el clero de Puerto Príncipe (56).

“Además de estos cursillos generales de formación para todo el clero de la diócesis, estableció el arzobispo la celebración de conferencias periódicas, que debían tenerse en donde fuera posible reunir tres o cuatro sacerdotes; solían ser trisemanales o bisemanales cuando menos (debe ser al revés); se distinguían por su orientación práctica, minuciosamente reglamentada, y su objeto era principalmente la traducción de los textos sagrados y litúrgicos, el ensayo de las rúbricas y de la administración de sacramentos, y doctrina y casos concretos de moral. Cada núcleo de conferenciantes solía tener reglamento propio, hecho por el arzobispo en atención a las circunstancias de las parro­quias” (57).

En la carta pastoral al clero, publicada en 1852, y en varios apéndices posteriores, exponía las obligaciones de los sacerdotes y los medios para vivir santamente la vocación y ejercer la misión que la Iglesia les había confiado. Entre esos medios figuran la oración mental diaria, el retiro mensual, los ejercicios anuales, la lectura de la Biblia, el estudio de la moral y las conferencias establecidas en cada parroquia. Todo esto tendía, como es natural, a la promoción espiritual e intelectual exigida por el ministerio sacerdotal. Para facilitar las conferencias publicó dos obras importantes: la Teología moral, del P. Lárraga, y el Prontuario para la celebración de los sacramentos.

En la capital de España

La misma finalidad le movió a establecer en Madrid algo similar. Para el clero madrileño escribió un opúsculo, en el que fijaba todos los pormenores de las reuniones periódicas que se habían de tener (58).

Tal como ya indicamos, reviste interés particular El colegial instruido, escrito no sólo para los seminaristas, sino también para los sacerdotes más jóvenes, sobre todo la sección tercera del tomo segundo, que trata “de la ilustración del sacerdote” y tiene los capítulos que indicamos al hablar de los planes de vida.

Aquí nos limitamos a señalar las motivaciones que figuran al principio del tomo segundo y al comienzo de la mencionada sección:

“A la manera que la brasa de fuego con el tiempo se cubre de cenizas y queda sepultada debajo de ellas, y en cuyo caso es necesario apartar dichas cenizas, soplar el fuego, arrimar el pábulo, y con esas diligencias se resucita aquel fuego que parecía ya muerto, y no sólo resucita, sino que además se aumenta y se levanta una gran llama, con esta comparación el santo Apóstol avisa a su amado discípulo Timoteo y a nosotros, y nos advierte que el fuego de la gracia sacramental que recibimos en la ordenación sacerdotal con el tiempo se ha cubierto de cenizas, que las han causado la frialdad de la atmósfera del mundo que nos rodea, la tibieza de nuestra parte, la flojedad en el obrar, el miedo de las persecuciones y la inconstancia en nuestros propósitos: todas estas cosas han producido tales cenizas, que tienen el fuego encubierto y como muerto; se debe, pues, escarbar, soplar y poner pábulo, y hacerlo revivir y aumentar. Para esto nos hemos de valer del fuelle y pábulo de la oración, meditación, lectura espiritual, alegría y vigilancia de ánimo, estudio y mayor esfuerzo para las virtudes, singularmente trabajar y celar, y procurar con la mayor diligencia y fervor la salvación de las almas que el Señor nos ha confiado” (59).

“Lo que importa -dice al introducir la sección tercera- es que cumpláis bien con los sagrados deberes a que estáis obligado: para eso es indispensable que tengáis los conocimientos necesarios al efecto, y, si ya los tenéis, conservadlos y aumentadlos con el estudio, pues que así como el estudio es el medio para aprender, el no estudiar es de la manera que se pierde lo que ya se sabe. Observad lo que pasa en los destinos de las diferentes clases de la sociedad: el abogado, por ejemplo, el médico, el piloto, estudian toda la vida para cumplir bien con su obligación; y el sacerdote ¿no estudiará? ¿No son de mayor trascendencia las ocupaciones del sacerdote que (las) del abogado? Este defiende los bienes terrenos, aquel los celestiales y eternos. El médico trata de curar el cuerpo, y el sacerdote ha de curar el alma, que eternamente ha de ser feliz o desgraciada. El piloto ha de tener conocimiento para dirigir el buque al puerto, y el sacerdote ha de dirigir por el mar tempestuoso de este mundo las almas al puerto de la salud eterna. ¡Ay del sacerdote que no procura tener los conocimientos necesarios para cumplir con su sagrado ministerio! Esta ciencia ha de ser según los estados u oficios en que el sacerdote se debe considerar; y, como sus oficios principales son tres, tres deben ser también las clases de ciencia que ha de tener. El sacerdote debe saber cómo ha de vivir bien y santamente. El sacerdote debe saber cómo ha de dirigir el culto que debe dar a Dios, como ministro que es del culto exterior. El sacerdote, finalmente, ha de dirigir por el camino de la salvación las almas que Jesucristo ha redimido con su preciosa sangre; y la mayor prueba de amor que le puede dar es que las apaciente con celestial doctrina” (60).

San Antonio María Claret habla reiteradamente de la imperiosa necesidad que tiene el sacerdote de cultivar la ciencia y sobre todo la ciencia sagrada. “El sacerdote sin ciencia sería como un ciego que conduce a otro ciego” (61). “La virtud y la santidad no bastan; es menester la ciencia en un clérigo; la razón es porque él ha de iluminar y guiar a las gentes” (62). “El sacerdote es o debe ser como la fuente o manantial de agua para el riego de la huerta o jardín, o gasto de una población. ¡Ay si la fuente está seca! Quid?” (63). “Nuestro trabajo, después del cumplim­iento de nuestro ministerio, es el estudio… La ciencia es la inmortal aureola de la Iglesia. Se ha de estudiar para adquirir la ciencia y para conservar lo que ya se sabe” (64).

En otra ocasión dice lapidariamente: “El estudio y el silencio hacen el predicador. La oración y el altar hacen el convertidor” (65). Finalmente, iluminado por la experiencia, hace la siguiente observación: “El mundo se pierde por falta de luces y de virtudes” (66).

Según un testigo cualificado, el P. Claret afirmaba que el predicador debe prepararse “con el estudio”. “Él no era amigo de que se predicasen sermones aprendidos a la letra, pero sí decía que… debía haberse hecho un estudio detenido antes de subir al pulpito, por lo que reprobaba en gran manera a los improvisadores y decía de ellos que tentaban a Dios y profanaban la divina palabra” (67).

Posiblemente éste era el motivo por el que, según declaró otro testigo, “encargaba el estudio de la teología, en particular la de Santo Tomás, al que estaba muy aficionado, repitiendo o recitando grandes trozos de la Suma, tomados a la letra, y lamentaba las herejías que había oído a ciertos renombrados predicadores, por falta de conocimientos teológicos” (68).

Al final de esta parte conviene al menos aludir al “catálogo de los libros que ha de procurar tener un sacerdote”, en el que figuran las materias siguientes: Sagrada Escritura, filosofía, teología, moral, cánones, leyes, controversia, concilios, Santos Padres, historia, vidas de santos, mística, ascética, oratoria sagrada, catecismo, sermones, ejercicios espirituales, liturgia, libros para oír confesiones y para la primera comunión, meditaciones, lectura espiritual, idiomas o lenguas, ciencias naturales, matemáticas y todas las obras publicadas por la Librería Religiosa, suscribiéndose a las que vayan saliendo (69).

Iniciativas claretianas para la formación permanente del clero

En resumen, se puede afirmar que San Antonio María Claret adoptó fundamentalmente tres tipos de iniciativas en orden a promover la formación permanente del clero de su tiempo:

1. Los ejercicios espirituales, dando él mismo multitud de tandas a lo largo de toda su vida, y la instalación y dirección de conferencias sacerdotales, muchas veces presididas por él mismo, tanto en Cuba como en Madrid.

2. La publicación de una obra clave para la formación de los seminaristas y de los sacerdotes jóvenes: los dos voluminosos tomos de “El colegial instruido”, que fueron aprobados por el Señor en la fiesta del Corpus Christi de 1860 y 1861.

3. La creación de varias asociaciones sacerdotales y, sobre todo, en 1864, la publicación de las “Reglas de los clérigos seglares que viven en comunidad”, con la intención de que constituyeran una especie de segunda orden de la Congregación de Misioneros, a las que se había de añadir una tercera formada por misioneros seglares.

VI. La formación permanente de los misioneros claretianos

A nadie podrá producirle extrañeza el hecho de que San Antonio María Claret, como fundador de una Congregación de evangelizadores, se preocupara de la formación, tanto inicial como permanente, de sus miembros.

La formación de los jóvenes misioneros

Desde que el Instituto comenzó a tener estudiantes, se vio la necesidad de formarlos adecuadamente para que pudieran ser instru­mentos válidos en la obra de la salvación de todo el mundo.

En una carta al superior general, P. José Xifré, le hablaba de la necesidad “de formar bien en la ciencia y virtud a los jóvenes que Dios llame a la Congregación” (70).

Para los novicios escribió un capítulo especial, que luego entró a formar parte de las segundas Constituciones. Y, al parecer inspirado por la Virgen, redactó otro capítulo para los estudiantes, que también había de formar parte de las mismas Constituciones. Se lo envió al superior general “a fin de que se ponga en práctica en todas partes -decía-, por ser ésta la voluntad de Dios y de María Santísima, nuestra querida Madre” (71).

La formación permanente de los claretianos

El fundador sintió con mayor intensidad, si cabe, la necesidad de que sus misioneros, dedicados de lleno a tareas de evangelización, se sometieran a un continuo reciclaje, a través de una formación perma­nente sistemática y bien programada.

Ya en los distintos reglamentos para las sucesivas asociaciones apostólicas, que constituyen como la prehistoria de la Congregación de Misioneros, la formación permanente figura siempre en primer término.

A veces el santo indica los libros de los que los misioneros se han de servir (72). Otras veces establece un reglamento pormenorizado, señalando lo relativo a la formación permanente. Así, por ejemplo, en las “Reglas que debe observar el que quiere salir un misionero perfecto” escribe: “Cada día se leerá un capítulo del Nuevo Testamento y si está en casa añadirá un capítulo de Rodríguez y en los sábados y vigilias de nuestra Señora a Las glorias de María. Reunidos se ocuparán en el tiempo que les dejarán libres las misiones y ejercicios. Por la mañana sermones y pláticas doctrinales. Por la tarde y noche moral y mística. Teniendo cada día conferencia” (73).

“Para los primeros misioneros San Antonio María Claret prescribía un tiempo anual de formación permanente, que de hecho duraba cuatro meses, además de un ritmo continuo de renovación a través de los tiempos diarios de evaluación, del retiro mensual y de los ejercicios anuales” (74).

En las primeras Constituciones, publicadas en 1857, figura un reglamento para el tiempo de reciclaje y otro para el tiempo de misiones. En el primero se determina lo siguiente: “A las doce tendrán conferencia de moral, a la cual deben asistir todos, a no estar legítimamente impedidos a juicio del superior” (75). “A la hora señalada por el Superior habrá conferencia de predicatura, que durará una hora” (76). “A las ocho habrá conferencia de mística” (77). “Las mencionadas conferencias se tendrán todos los días, exceptuando uno cada semana, que se concede para desahogar el espíritu, y los días festivos en los cuales se suprimirá la de la tarde, en vez de la cual habrá media hora de meditación en común, y una plática que sobre los deberes del estado y las virtudes más necesarias hará uno de los sacerdotes más antiguos” (78).

En el reglamento para el tiempo de misión se prescribe sólo lectura espiritual durante la comida: “A las doce comerán, leyendo un capítulo de la Biblia y otro de Kempis” (79). Pero también se prevén otras acciones de tipo formativo, al decir: “Cuando por falta de tiempo no hayan de emplear todo el tiempo prescrito en el confesionario, lo distribuirán, en cuanto sea posible, como está dispuesto para cuando están en casa” (80).

El 12 de agosto de 1859 el fundador enviaba al P. Xifré un “Plan de estudios de la Congregación de los hijos del Inmaculado Corazón de María”. En el número 5 de ese reglamento se lee: “Así irán estudiando y trabajando, aprovechando todo el tiempo libre del año y aun durante los primeros días de la misión, en que hay menos que confesar, podrán estudiar, y por esto llevarán siempre el libro consigo” (81).

La preocupación de Claret por sus misioneros fue siempre grande en aquellos años en los que, desde Madrid, seguía tan de cerca los avatares de la Congregación concentrada en Cataluña, con una sola casa en el interior de la península, en Segovia. Y era grande también su alegría cuando veía que los superiores del Instituto se preocupaban, como él, de este aspecto vital para la misión. En la posdata de una carta al superior general, fechada en Aranjuez el 3 de mayo de 1861, le decía: “Mucho me alegro que hayáis puesto clase de cánones y que el señor Sors los explique; pero procure que todos los sacerdotes tengan tres cosas:

1. Escritos los sermones, doctrinas y ejercicios.

2. Que sepan el francés para confesar a los extranjeros siempre que se presenten al confesionario, o enfermos lo pidan; en el día es una necesidad, atendida la gente que viaja.

3. El repaso o conferencias de moral” (82).

A esta época deben pertenecer unos “consejos dados por nuestro venerable Padre Fundador para adelantar en la virtud y el saber los hijos del Inmaculado Corazón de María”, dados a los misioneros de Segovia hacia el año 1864 y copiados por el P. Miguel Aineto. Son los siguientes:

1°. Irán a la presencia de Dios.

2°. Recogimiento interior y exterior.

3°. Silencio que guardarán con mucho cuidado.

4°. No entrarán los unos en los cuartos de los otros; sólo en el del Superior cuando sea menester. En los otros cuando les convenga tocarán a la puerta, y sin entrar dirán lo que convenga.

5°. Harán con mucho cuidado los exámenes, particular y general; para éste se podrán valer del libro “El colegial Instruido”, ed. 4a., pág. 233 y 291.

6°. Cuidado en hacer bien las obras ordinarias.

7°. Harán la oración con todo el cuidado posible.

8°. Tendrán lectura espiritual por Rodríguez.

9°. Todos guardarán con la mayor perfección las santas Reglas.

Para las Ciencias:

1 °. Cada uno procurará tener las armas para pelear: estas armas son las Pláticas, sermones, etc., para misiones y ejercicios.

2°. El Superior dará a los principiantes una plática para copiar, la leerá o hará leer por un inteligente, y si la halla bien la hará aprender y recitar. Lo mismo hará con los sermones hasta que cada uno tenga la provisión necesaria.

3°. Hasta que tengan mucha experiencia y estén muy versados en las misiones, no se los dejen componer, sino copiar las Pláticas, sermones y demás.

4°. Estas pláticas y sermones las recitarán y dirán con toda formalidad en las conferencias destinadas al efecto, a que tan solamente tendrán que asistir el que las haya de presidir o dirigir y los que no tienen aún todas las pláticas y sermones escritos y recitados.

5°. Todos asistirán a las demás conferencias de moral, ascética, rúbricas, etc.

6°. Cuando los misioneros tengan ya un caudal de pláticas y sermo­nes para misiones y ejercicios escritos, se ocuparán en las cosas a que tengan más inclinación, verbi gratia, teología dogmática, o moral, mística y ascética, cánones, historia, rúbricas, escritura, etc.

7°. Para el estudio de estas cosas se valdrán del libro llamado “Colegial Instruido”, ed. 4a., tomo 1°, pág. 205 hasta la pág. 225.

8°. Todos los misioneros se ocuparán en copiar, estudiar y escribir siempre, no sólo en tiempo que no tienen misiones, sino también durante las misiones en los primeros días en que no hay que confesar, y por esto se llevarán el libro al efecto.

9°. El Superior de vez en cuando pasará por los cuartos, y se enterará de los trabajos que cada uno haya hecho en copiar, estudiar y apuntar.

10°. Con una plática o dos ya se podrá salir a misión con tal que los compañeros puedan suplir, hasta que el principiante haga todo su caudal.

11°. Cada plática o sermón llevará su esqueleto, para facilitar la memoria” (83).

En las segundas Constituciones, publicadas en castellano en 1871, las normas son parecidas a las primeras, de 1857: “Todos los días, a excepción de uno cada semana, tengan una o más conferencias sobre las materias que han de saber” (84). “En los días festivos de precepto tendrán media hora más de oración mental que los otros días, y alguno de los sacerdotes hará una plática sobre la disciplina religiosa y observancia regular” (85). “Estudien las materias que señalare el Superior, y en las horas determinadas, tengan alguna o algunas conferencias sobre las materias más necesarias, principalmente de Teología moral y mística” (86). “Todas las semanas tendrán además algunas lecciones de Sagrada Escritura y de casos de conciencia en los días designados, conforme al decreto de Clemente VIII, como también de liturgia, y del modo de predicar con perfección y provecho de las almas” (87). “Cada año serán diligentemente examinados acerca del modo de celebrar la santa Misa, de predicar la palabra de Dios y de administrar los sacramentos, pero principalmente el de la Penitencia” (88). En las misiones “el tiempo que les sobrare de las funciones y confesiones, lo han de emplear en el estudio y en la oración, conforme está ordenado para cuando están en casa” (89).

Las mismas Constituciones prevén la formación permanente de los Hermanos: “Tengan también alguna conferencia, en la que se trate de la Doctrina Cristiana, lectura, escritura, aritmética y ortografía: mas en algunos días determinados trátese del modo de hacer bien los ejercicios espirituales, como la oración, el examen y demás, del modo de recibir devota y fructuosamente los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía y de desempeñar con perfección sus cargos domésticos” (90).

Conclusión

La formación permanente, necesaria al sacerdote y aún más al misionero apostólico, no es ni puede ser nunca, según San Antonio María Claret, una realidad cerrada en sí misma, de tipo narcisista, sino algo abierto a la misión y en función de la misma.

Así se lo indicaba a sus misioneros en los ejercicios del verano de 1865 en Vic y en Gracia: “El estudio lo dirigiréis al de misionar” (91). El misionero, en expresión del mismo fundador, tiene que ser como una nodriza, y por ello debe alimentar a los demás con “sabiduría y amor” (92).

Es cierto que la santidad en el misionero puede hacer milagros; pero también es verdad que, si falta la debida preparación doctrinal, sobre todo bíblica y teológica, la eficacia de la acción misionera será de ordinario menos incisiva y duradera.

En resumen, San Antonio María Claret cultivó siempre con ahínco su propia formación, la inculcó “oportune et importune” y trabajó denoda­damente para que los sacerdotes de su tiempo, y sobre todo los miembros de su Congregación, estuvieran a la altura exigida por su vocación y misión al servicio del Pueblo de Dios. En la medida en que estén bien formados y se entreguen después a una formación continua, tan intensa como la suya, los hijos del Corazón de María, tal como dicen las primeras Constituciones, podrán “procurar en todo la gloria de Dios, la santificación de sí mismos y la salvación de todos los habitantes del mundo” (93).

Roma, 24 de octubre de 1988 Solemnidad de San Antonio María Claret.

 Notas

1.CPR, 49.

2. Ib. 50.

3. Ib. 27.

4. Ib. 28.

5. Ib. 30.

6. Aut. 104.

7. Aut. 113-120.

8. Aut. 152.

9. Aut. 315, 357.

10. Aut. 315.

11. Cf. Aut 359.

12. Cf. Aut. 694; EA, p. 654…

13. Mss. Claret II, 156.

14. Cf. Aut. n. 86-87; EA, p. 412.

15. Cf. EA, p. 522-525…

16. Cf. n. 498.

17. Vida edificante y admirable…, p. 261-269.

18. Testimonio de la verdad: EA, p. 439.

19. Cf. Aut. n. 637, 764-765, 801.

20. Cf. EA, p. 509-588.

21. Camidret (1843) p. 2-3; La verdadera sabiduría (1847) p. 337-338, 340-342, 350-357.

22. Cf. El colegial instruido (LR, Barcelona 1860) t.l, p. 37-39.

23. Cf. Avisos a un sacerdote (1844): EE, p. 250-253; El colegial, I, p. 357-361.

24. Cf. LOZANO, J. M., Constituciones y textos sobre la Congregación de Misioneros (Barcelona 1972) p. 107 109, 237-245, 501-509, 245-247, 523-527.

25. “Santitatis et intelligentia sunt veluti dúo missionarii pedes,   utrique proinde essentiales” (Constitutiones 1865, pars prima, n. 104, 4°).

26. Aut. n. 87.

27. EA, p. 525.

28. EA, p. 533.

29. EA, p. 593-594.

30. Propósitos 1851: EA, p. 535-536.

31. Cf. Aut. n. 647.

32. EA, p. 561.

33. Aut. n. 637.

34. Aut. n. 764.

35. Aut. n. 801.

36. Aut. n. 665, 7°.

37. Carta del 2 de mayo de 1869: EC II, 1383.

38. CLOTET, J., Resumen de la admirable vida… (Barcelona 1882) p. 209.

39. Ib. p. 207.

40. Ib. p. 227.

41. Ib. p. 177.

42. Ib. p. 197.

43. Ib. p. 243.

44. Cf. Proceso informativo de Barcelona, ses. 46.

45. CLOTET. “…Resumen de la admirable vida…” p. 206

46. Ib. p. 268-269.

47. Archivo Claretíano de Vic, n. 2164

48. CLOTET. J., o.c., p. 283.

49. En la obra citada en el texto, p. 15

50. CLOTET. J., o.c., p. 204.

51. Carta del 31 de agosto de 1860: EC II, p. 174.

52. Aut. n. 733.

53. Aut. n. 735.

54. CLARET, Avisos a un sacerdote: en EE., p. 251.

55. EC I, p. 513-514.

56. Cf. EC I, p. 596-597 y carta a Caixal, 29 de diciembre de 1851: EC I, p. 617-618.

57. FERNANDEZ, C.. El Beato…. I, p. 841-842.

58. Conferencias de San Vicente de Paúl para los señores edesláOalcos (Barcelona 1857).

59. CLARET, El colegial Instruido   (Barcelona 1861) T. II, p. 6-8.

60. Ib. p. 391-392.

61. Mss. ClaretXII, 105.

62. Ib. 106.

63. Ib.

64. Ib. p. 108.

65. Mss. ClaretXII, p. 369.

66. Ib.

67. CLOTET, J., Resumen de la admirable vida…, p. 264.

68. Ib.

69. CLARET, El colegial instruido (Barcelona 1861) t. II, p. 398-402.

70. Carta del 20 de diciembre de 1862: EC II, p. 576.

71. Ib. p. 577.

72. Cf. LOZANO, J.M., Constituciones y textos…, p. 47-48, 73-74, 91.

73. Ib. p. 108-109: Mss Claret X, 37.

74. VIÑAS, J.M., en el libro El apóstol claretiano seglar (Barcelona 1979) p. 61.

75. Constituciones para los Misioneros de la Congregación (Barcelona 1857) n. 100.

76. Ib. n. 104.

77. Ib. n. 106.

78. Ib. n. 107.

79. Ib. n. 117.

80. Ib. n. 122.

81. LOZANO, J.M., o.c., p. 610: Mss. Claret IX, 97.

82. ECII, p. 280-281.

83. Archivo General CMF: CF 11,21 (8): ECII, p. 811-812, nota.

84. Parsll. n. 35.

85. Ib. n. 40.

86. Ib. n. 50.

87. Ib. n. 51.

88. Ib. n. 52.

89. Ib. n. 67.

90. Pare III, n. 1.

91. LOZANO, J.M., Constituciones y textos…, p. 582.

92. EA, p. 665.

93. Cap. I, n. 1.