7 – Formados en la Fragua del Espíritu y del Corazón de María

FORMADOS EN LA FRAGUA DEL ESPÍRITU Y DEL CORAZÓN DE MARÍA

José María Viñas, cmf.

 

INDICE                                                                      

Introducción

 

I. La experiencia espiritual formativa de San Antonio Marta Claret Visión general


II.
El formando

A. Claret formando

B. El formando claretiano, según Claret

C. El formando claretiano, según las Constituciones


III.
El formador

A. Claret formador

B. El formador claretiano, según Claret C. El formador claretiano, según las Constituciones renovadas


IV.
La forma claretiana

A. Introducción: La forma B. La forma como contenido

1) Cristo, forma del Misionero

2) María, forma del Misionero

3) Los Santos, forma del Misionero

4) Claret, forma para tos Misioneros C. Una expresión sintética de la forma en las Constituciones

V. La formación como proceso de Iniciación A. La experiencia espiritual del Padre Fundador B. El proceso de transformación con Cristo Misionero en las Constituciones

 

ABREVIATURAS   MÁS   USADAS

 

Aut.      -CLARET, Autobiografía, edición BAC, 1981.

EA.       -VIÑAS -BERMEJO, San -Antonio ‘María Claret. Escritos’ Autobiográficos; BAC, Madrid, 1981.

EE        – BERMEJO, San Antonio María Claret. Escritos espirituales, BAC, Madrid, 1985,

EC        – GIL, J. M., Epistolario de San Antonio María Claret,

CCTT    -LOZANO, J.M., San Antonio María Claret. Constituciones de la Congregación de Misio­neros, Barcelona, 1972.

CC        Constituciones de la Congregación de Misio­neros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Misioneros Claretianos. (Se especifica el año de edición).

HD       – FERNANDEZ, C, El Beato P. Antonio María Claret. Historia documentada de su vida y empresas., Madrid, 1946.

INTRODUCCIÓN

 San Antonio María Claret se ve a sí mismo como Misionero a la manera de los Apóstoles. Experimenta que Dios Padre lo ha preparado y habilitado por la consagración del Espíritu hasta convertirle en un hombre que arde en caridad y abrasa por donde pasa como Jesús y los Doce. La caridad apostólica es como el constitutivo de su persona. Cuando contempla el modo cómo el Señor lo ha preparado para hacerlo misionero idóneo no encuentra mejor símbolo que el de la fragua del herrero.

La fragua es para él como el núcleo de la formación, entendiendo por fragua el Espíritu Santo que lo consagra y abrasa en celo -caridad apostólica-, o el Corazón de María, como seno espiritual de la Madre del discípulo y de la formadora de Apóstoles.

 La fragua es al mismo tiempo como un método formativo que parte de la experiencia del amor gratuito y preveniente del Espíritu que abre a la disponibilidad. Sigue con la acción del mismo Espíritu que trabaja, con la colaboración del mismo formando, hasta configurarlo con Cristo el Hijo consagrado y enviado para anunciar la buena nueva a los pobres y curar los corazones contritos.

 

En este Cuaderno vamos a presentar de una manera sucinta la formación claretiana partiendo de la experiencia del Padre Fundador y de la comprensión de la Congregación.

 I. La experiencia espiritual formativa de San   Antonio María Claret

 Visión general.

 San Antonio María Claret sintetiza su experiencia espiritual formativa bajo la alegoría de la «fragua». En la oración que rezaba antes de comenzar las misiones parroquiales le recordaba a la Virgen: «Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor».[1] En la Autobiografía desarrolla esta alegoría a propósito de la formación en la humildad, pero se puede ampliar sin dificultad aplicándola a la formación en general:

 «En un principio que estaba en Vic pasaba en mí lo que en un taller de cerrajero, que el Director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado lo saca y le pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo, y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van mach­acando hasta que toma la forma que se ha propuesto el Director. Vos, Señor mío y Maestro mío, pusisteis mi corazón en la fragua de los santos Ejercicios espirituales y frecuencia de Sacramentos, y así, caldeado mi corazón en el fuego del amor a Vos y a María Sma. Empezasteis a dar golpes de humillaciones, y yo también daba los míos con el examen particular que hacía de esta virtud, para mí tan necesaria»[2]

 La alegoría de la fragua ya es de por sí significativa del espíritu del Padre Claret. San Juan de la Cruz en las Cautelas y Avisos, partiendo de otra experiencia personal se sirve de la alegoría del taller picapedrero y del escultor: «La primera cautela sea atender que no has venido al convento sino a que todos te labren y ejerciten. Y así, para librarte de las imperfecciones y turbaciones que se pueden ofrecer acerca de las condiciones y trato de los religiosos y sacar provecho de todo acaecimiento, conviene que pi­enses que todos son oficiales los que están en el convento para ejercitarte, como de verdad lo son, que unos te han de labrar de palabra, otros de obra, otros de pensamiento contra ti; y en que todo esto has de estar sujeto, como la imagen está al que la labra, y al que la pinta, y al que la dora».[3]

 En los Avisos describe otros matices:

 «Le conviene muy de veras poner su corazón esta verdad, y es que no ha venido a otra cosa al convento sino para que le labren y ejerciten en la virtud, y que es como la piedra, que la han de pulir y labrar antes que la asienten en el edificio»[4].

Nuestro Padre Fundador antes de experimentar la acción de los

hermanos-formadores, ha sentido, ante todo, la acción del Padre que le disponía a aceptar su acción formadora en el amor.

Podemos subrayar en general los diversos elementos que intervi­enen en la formación tal como aparecen en el número 342 de la Autobiografía:

 a. – El taller del cerrajero.

b. – El director.

c. – La barra de hierro.

d. – La fragua.

e. – El yunque.

d. – El ayudante.

e. – Los martillazos.

f. – La forma que se ha propuesto el Director.

 El mismo Santo nos ha explicado explícitamente o implícitamente el significado de los diversos elementos de la alegoría:

 a. – E/ taller del cerrajero

 Es el ambiente formativo de Vic, el momento de gracia que vive la Iglesia local y en particular el Seminario.

 b. – El director.

 Es ante todo el Padre, el Hijo como Señor y Maestro, también María, Maestra en cuanto discípula -la primera y ejemplar-. Son también los colaboradores del Señor en la formación: el obispo Corcuera como pastor, como santo y como experimentado en la formación de semi­naristas en Siguenza; el director espiritual personal de Antonio, el Padre Bach del Oratorio; el sacerdote D. Fortián Bres, en cuya casa se hospedaba; los profesores del Seminario.

 c. – La barra de hierro.

 Antonio, como formando, se representa a sí mismo en tres símbolos: el de la barra de hierro que representa a la vez, la resistencia, la capacidad obediencial, la pasividad dócil; el del aprendiz o ayudante que es el formando como actor de su propia formación pero en colabo­ración con el Señor y sus mediadores; el del corazón o sea la persona en su totalidad y en su dimensión más profunda.

 d. – La fragua.

 La fragua es inmediatamente el fervor de la caridad, pero funda­mentalmente es el mismo Espíritu Santo. Es también el Corazón de María, la Madre de Jesús, en su función de formadora de los apóstoles por su caridad.

 Significa también los medios ascéticos para encender el fervor de la caridad como la oración en sus diversas formas y los Ejercicios espirituales. «El amor, dice el Santo, es como el fuego, que todo lo combustible lo convierte en fuego. El que de veras ama a Jesús, todo lo que hace, dice, piensa y sufre, todo se le convierte en amor». «El que de veras ama a Jesús, más vive en Jesús que en sí mismo, o Jesús es su vida, como decía San Pablo: Vivo yo, pero no yo, sino que vive en mí Cristo»,[5]

 e. – El yunque.

 Son las situaciones concretas de la vida, las pruebas y tentaciones en las cuales se manifiesta realmente lo que uno es y descubre lo que debería ser.

 d. – El ayudante.

 El ayudante podría significar los formadores colaboradores del Maestro, pero significa principalmente el mismo formando en la dimen­sión ascética y de colaboración.

 e. – Los martillazos.

 Los martillazos significan las acciones formativas. Todas las acciones se encaminan a dar la forma, no son golpes de ciego. Además es un trabajo coordenado, alternado y especificado, el del Señor y el del discípulo. El Señor actúa por la Palabra que ilumina y por la moción interior del Espíritu; la del aprendiz es activa según los medios adecua­dos. Antonio se sirvió especialmente del examen particular para alcan­zar la humildad.

 f. – La forma que se ha propuesto el Director.

 El Santo ha simbolizado con la saeta, «la forma propuesta». En efecto en la oración que rezaba al principio de cada misión, después de afirmar: «Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por Vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor», añadía:

 «Yo soy como una saeta puesta en vuestra mano poderosa; arrojadme, Madre mía, con toda la fuerza de vuestro brazo […] contra Satanás, príncipe de este mundo, que tiene hecha alianza con la carne».

 Enseguida vienen a la mente las resonancias bíblicas de la saeta. En Isaías 49, 2:

 «Hízome como saeta aguda, en su carcaj me guardó», donde la persona del siervo-profeta se representa con la saeta. El Padre Fundador se aplica así mismo el texto clave del capítulo 49: Tú eres mi siervo en quien me gloriaré. Recuerda las flechas de guerrero afiladas con brasas de retama del salmo 119,4. Sobre todo «como flechas en manos del héroe, así son los hijos de la juventud» del Salmo 26,4. El Padre Claret se siente hijo de María, y en manos de Ella es como la flecha en manos del héroe: Yo que soy hijo y ministro vuestro, «soy como una saeta puesta en vuestra mano poderosa».

 En las Constituciones de 1857 n. 57 se dice que son verdaderos misioneros apostólicos aquellos que por la completa abnegación de sí mismos y una continua mortificación han alcanzado aquel grado per­fección en el cual «pueda decirse de cada uno de ellos aquello del Profeta: Sicut sagittae in manupotentis acutae».

 En definitiva la forma no es otra que Jesucristo mismo, Cabeza y Modelo de misioneros. Y por El su Madre, los Santos. Para nosotros es forma de un modo particular el Padre Fundador.

 //. El formando

 A. Claret formando

 Claret -en proceso de formación- se ha descrito a sí mismo como corazón, como barra de hierro, y como aprendiz.

 a.- El corazón

 Con el primer símbolo significa su persona y la ve, intencionada­mente para nosotros, como corazón. En el Colegial Instruido contrapone la formación de las Universidades y la de los Seminarios. Las Univer­sidades forman sólo la cabeza, los Seminarios forman (han de formar) la persona entera, -el corazón-.

 He dicho intencionadamente porque para el Padre Fundador el corazón es el centro de la persona de donde sale el bien o el mal. Es especialmente el centro de la persona del misionero que tiene que ser todo corazón – interiodad y celo-.

 El Padre Fundador reconoce que el Señor le agració con un corazón bueno: «Para mayor confusión mía, diré las palabras del autor de la Sabiduría (c. VIII v. 19): Ya de niño era yo de buen ingenio y me cupo en suerte una alma buena. Esto es, recibí de Dios un buen natural o ín­dole, por un puro efecto de su bondad».[6] Dios concedió al Padre Claret el natural que mejor convenía a su misión apostólica: predominio del entendimiento práctico sobre el especulativo; fuerza más que ordinaria de voluntad; optimismo y fe en las propias iniciativas; facilidad para adaptarse a las circunstancias.[7]

 b.- La barra de hierro

 Significa la potencialidad informe y, también, contraria a recibir la forma.

Las disposiciones de Antonio contrarias a recibir la forma eran el modo como había orientado su vida en Barcelona: todo su afán era triunfar. Tenía un proyecto de realización personal y se empeñó en realizarlo con todas sus fuerzas. En cambio ahora tenía que amoldarse al designio del Padre. Por natural le gustaba ser considerado socialmente y le abatía el que pudieran sospechar de él. Cuando su amigo robó las joyas a una señora «era tanta la confusión y vergüenza, escribe, que apenas me atrevía salir por la calle… Me parecía que todos me miraban y que todos se ocupaban de mí».[8] Ahora Dios Padre le quería configurar con Cristo de corazón humilde, y signo de contradicción.

 c.- EI aprendiz

 Antonio -formando- tiene que ser también agente de su formación. Tiene que ir adquiriendo conciencia cada vez más clara de lo que tiene que ser. Esto lo consiguió especialmente meditando la palabra de Dios y confrontándola con las situaciones. Antonio, predestinado a ser fundador, fue descubriendo poco a poco lo que tenía que ser:

 «Dios me quería eclesiástico y no fabricante, aunque yo en este tiempo no lo conocía ni pensaba en ello».[9]

 Podía haber dicho: «Dios me quería Misionero Hijo del Inmacu­lado Corazón de María y yo tampoco lo sabía». Sin embargo a cada grado de iluminación respondía con su generosidad. Es común la frase «me ofrecí, me ofrecía».

 Además iba poniendo eficazmente los medios para llegar a ser.

 Claret colaboró en la propia formación de diferentes maneras. En la infancia su actitud es mas bien pasivo activa. En la juventud es activa, creativa y decidida. Seminarista es de nuevo pasiva activa pero en otro contexto.

 B. El formando claretiano, según Claret

 En un principio la Congregación sólo admitía sacerdotes para el ministerio apostólico o seglares para “Hermanos ayudantes”. El Padre Fundador, vuelto de Cuba en 1857, y viendo la necesidad urgente de evangelizadores que tenía la Iglesia en España, comenzó a recomendar al Padre Xifre que admitiera también seminaristas ya adelantados en la carrera.[10]

 En 1862 del 7 al 14 de julio tuvo lugar el primer Capítulo General del Instituto. Este Capítulo fue decisivo en la vida de la Congregación. Uno de los primeros actos fue la determinación de introducir los Es­tudiantes, entre los Sacerdotes y los Hermanos, como miembros del Instituto.[11] El Capítulo mandaba además que todos los candidatos -Sacerdotes, Estudiantes o Hermanos – pasasen quince días como Aspirantes, terminados los cuales, serían admitidos al año de prueba.

 Acabado el Capítulo, el Santo Fundador volvía a Madrid acom­pañado por los dos Capitulares de Segovia, los PP. Serrat y Fábregas. El 17 de julio llegaba a la Corte y salía el 21 para la Granja, acompañando a los reyes. La tranquilidad de la Granja le daba más tiempo para la ora­ción y el estudio. El 28 de julio iba desde allí a visitar a sus Misioneros de Segovia y en esta ocasión entregaba al P. Serrat las Reglas para los Estudiantes, para que las copiara y las mandara al P. Xifré. De estas Reglas hemos hablado en Cuadernos de Formación Claretiana, 1 ,p. 10.

 El formando aspirante

 El Reglamento prevé un breve período de quince días desde la entrada en la Congregación hasta comenzar el noviciado. Son unos días de orientación ante el nuevo panorama de vida. Sus ocupaciones son leer y enterarse de las Constituciones y prácticas del Instituto; hacer Ejercicios espirituales para formar su espíritu; ponerse en paz con una confesión general desde el uso de razón, y redactar y escribir los propósitos conforme a la perfección que el nuevo estado requiere.

 Son días también de discernimiento. La disposición específica que se requiere para entrar es el espíritu apostólico.

 El formando novicio

 El principio fundamental que orienta la formación de los novicios es transformar en Misioneros a los aspirantes sacerdotes, seminaristas, o seglares. Pero el Padre Fundador había visto que los Misioneros que hacían falta en la Iglesia tenían que ser «evangélicos y apostólicos». El misionero continúa la misión de Jesús, y Jesús vive el Evangelio que anuncia. No puede predicar adecuadamente el Evangelio de Jesús sin vivirlo. Por lo mismo:

 «Es indispensable que el llamado de Dios a un ministerio tan sublime e importante como es el apostólico, esté adornado de las virtudes convenientes al efecto» (n.1). «Nada importa tanto a los Misioneros, nada es tan esencial, como el adorno de todas la virtudes: sin ellas es inútil su talento, estéril su voz y vano todo su trabajo» (n.15). Este principio es para el Fundador una convicción de experiencia personal como consta en la Autobiografía: «Yo digo que el misionero apostólico debe ser un dechado de todas las virtudes. Ha de ser la misma virtud personificada. A imitación de Jesu­cristo, ha de empezar por hacer y practicar, y después enseñar. Coepit faceré et docere (Hech 1,1). Con las obras ha de poder decir lo del Apóstol: Imitadme a mí, así como yo imito a Cristo (1 Cor 11,1)» (Aut. 340). En las mismas Constituciones de 1857, de las cuales el Re­glamento era un apéndice, se decía que el buen misionero debe llevar la vida enteramente apostólica ( cf.n.72).

 El objetivo del noviciado es poner los fundamentos de las virtudes apostólicas (n.15). Las así llamadas ‘Virtudes apostólicas” incluyen ciertamente el núcleo evangélico de la pobreza, castidad y obediencia. Pero para poner este fundamento se requieren ya ahora actitudes o disposiciones para poder acoger el don carismático y desarrollarlo para llegar a ser apóstol: la fe del misionero apostólico, la confianza, la humildad, la oración, la obediencia, que podríamos llamar formativa, la docilidad, la maleabilidad y la colaboración activa.

 El objetivo del noviciado es, además, comprobar si están de­cididos y resueltos a permanecer en la Congregación y si tienen las cualidades convenientes para un buen Misionero (n.24). Si están resueltos a permanecer, el noviciado prepara también al compromiso con Dios y con el Instituto por medio de una Consagración que tiene el mismo contenido de los votos. La razón de hacer los votos es «no privarse del doble mérito»; no es que tengan un campo más amplio o exi­gente.

 El formando profeso

 El formando profeso, si es Hermano se instruye en sus oficios; si es estudiante, reanuda los estudios y tiene que encuadrarlos dentro de su vocación misionera: los estudiantes han de cultivar a la vez el entendimiento, con el estudio, y el corazón, con las virtudes, pero para que produzca fruto necesitan la gracia que se obtiene por la piedad (cf 169).

 El objetivo de la formación es «Hacerse cada día más y más idóneo para promover siempre la mayor gloria de Dios y el bien de las almas; por lo mismo en sus oraciones pedirán al Señor que les haga ministros suyos y poderosos en palabras, obras y ejemplos» (171). En el texto que se imprimió definitivamente se dice: «Ministros idóneos de su palabra, para extender su nombre y propagar su Reino por todo el mundo» (28b). La idoneidad viene de la unción-consagración del Espíritu, del estilo de vida plenamente apostólico y de la doctrina conveniente.

 La piedad del profeso tiene unas características propias. El Padre Fundador quiere que sea más cristológica especialmente en la compren­sión de la celebración eucarística; más bíblica por la asimilación de la Palabra; más mariana -el estudiante es «hijo del Corazón de María» en la línea del discípulo amado; mas personalizada por la meditación.

 Aunque el misionero tiene que ser santo porque santo es el Señor, el Padre Fundador le recomienda algunas virtudes que son más nece­sarias al Estudiante en conformidad con su situación.

 La humildades fundamental en toda la ascética cristiana pero los ‘estudiantes’ están más expuestos al orgullo y por lo mismo tienen que ser conscientes «que de Dios han recibido el talento y cuanto tienen» y van a tener que dar cuenta del modo como lo han hecho fructificar. Por lo mismo jamás despreciaran a nadie ‘por corlo que sea’. En el ambiente académico los «cortos» son los marginados. La segunda virtud «es la rectitud de intención que han de tener en los estu­dios» y no es otra que alcanzar la idoneidad para el ministerio. El Santo considera la aplicación al estudio como una virtud y no solo una exigencia. La aplicación es «el tesón, la constancia y la perseverancia». Esta aplicación, que ya tiene de por si una finalidad misionera, «no le haga olvidar las demás virtudes, ni les ha de sofocar ni debilitar la piedad y la devoción» (n. 171). La aplicación tiene que estar encuadrada en la obediencia y sostenida por la mortificación (cf n. 172). El Santo recomienda además el silencio, la modestia, el respeto, las conversaciones útiles y el aprovechamiento del tiempo.

 El Padre Fundador, teniendo de mira la formación del misionero, es amplio en cuanto a los centros de estudios, según las necesidades, en casa, en algún Seminario o en la Universidad. Insiste en el estudio de las lenguas para la predicación y las confesiones (cf n. 178). Los Estu­diantes han de iniciarse en la catequesis y en la predicación.

 C.- El formando claretiano, según las Constituciones actuales

 Las Constituciones renovadas han conservado los elementos esenciales y característicos del formando claretiano que se encontraban en las Constituciones anteriores. Pero han tenido en cuenta los cambios culturales y la nueva comprensión eclesial. Los periodos formativos son más largos. Se ha valorado la nueva sensibilidad hacia la persona, la corresponsabilidad y la participación. En este sentido es muy carac­terístico el número de la obediencia dedicado al formando novicio: «Los jóvenes misioneros, dóciles al Espíritu Santo en la búsqueda de la voluntad de Dios, cooperen responsablemente con el Maestro y con los Superiores y acojan sus decisiones en fe y amor».[12]

 «Las Constituciones renovadas están escritas en plural, de forma: dialogal, dinámica y abierta, implicativa e integrativa. No obstante hay que observar que los capítulos IX-XI se usa un lenguaje directo, como si la Congregación tomase con­ciencia de su función de Madre y Maestra. Además conviene observar que ya estos rasgos están indicando algunas actitudes que las CC. piden al formando: Capacidad para la vida comunitaria, apertura, capacidad de compromiso.

 También se pide que se considera la formación como proceso y que los valores no se asumen sino personal­izándolos, dándolos sentido en la unidad de vida que exige el proyecto de vida misionera claretiana».[13]

 III. El Formador

 A. Claret formador

 El Padre Claret no ha tenido “cargo” de formador estrictamente hablando. Sin embargo su misión de Fundador incluye la acción formativa. La misión personal al servicio de la Iglesia era más amplia que la de Fundador, pero el fundamento fue siempre su ser de Misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María.

 a) – Formador de los misioneros en la precongregación

 Viendo que el pueblo no era evangelizado por la falta de evangelizadores por la supresión de los Religiosos, intentaba encender los corazones de los numerosos sacerdotes, seculares. Se valía princi­palmente de la predicación intensa en forma de Ejercicios espirituales. Poco a poco logró reunir algunos colaboradores y los formaba para la predicación por medio de una adaptación de las Conferencias de San Vicente de Paul. En 1849 había logrado formar unos sesenta «discípu­los eclesiásticos y algunos saldrán predicadores muy aventajados», aunque confiesa que «todavía están muy tiernos».[14] Algunos de estos discípulos formaban parte de la Hermandad apostólica.

 b) – Formador de los Misioneros CMFF

 El Padre Fundador fue formador de sus Misioneros princi­palmente por su testimonio. Era forma” viviente de la Congregación. Lo fue también por la presencia y la convivencia en Vic, Cuba, Madrid y Roma. Esta presencia no fue tan plena como él deseaba a causa de su servicio a la Iglesia como Arzobispo y después como confesor de la reina. Fue formador por la palabra en los Ejercicios espirituales, en las Conferencias, en las conversaciones y por los escritos.

 El Padre Fundador, aunque estuvo distante de las comunidades más significativas, estaba siempre atento por el amor y seguía todas las vicisitudes déla Congregación. Participó a todas las reuniones importan­tes o capítulos en los que se fueron formulando las Constituciones y concretando la organización del gobierno y de la formación.

 Su magisterio escrito suplió en parte la presencia. Su epistolario a la Congregación es precioso por su doctrina espiritual y por los consejos sobre la expansión de la Congregación, la espiritualidad, la formación y el apostolado. Pero su Autobiografía es la aportación más valiosa a la formación de sus hijos misioneros.

 El magisterio formativo del Padre Fundador se extiende a otros escritos: L ‘Egoísmo vlnto, Carta al Misionero Teófilo, Pastorales, y sobre todo el Colegial Instruido.

 B. El formador claretiano, según Claret

 El Padre Fundador tenía una idea clara de las funciones del Maestro de Novicios y del Prefecto. No las confunde con las del confesor-director, ni con el “prefecto” de disciplina, ni con el Rector del Seminario. Basta leer lo que dice en el Colegial Instruido acerca de estas funciones y compararlas con las del Maestro.[15] El Seminario es ante todo y solamente el lugar de la formación; el seminarista vive en cierto modo en comunidad, pero es una comunidad formativa transitoria; en el Seminario se forma también el corazón del seminarista pero para prepararle a vivir solo en el futuro. La comunidad religiosa, en cambio, es una situación definitiva y es comunión plena de vida para siempre.

 El Prefecto de disciplina del Seminario tiende a salvaguardar la estructura, el director espiritual forma la persona desde su interioridad y la prepara para afrontar la vida en soledad.

 La función del Maestro de Probandos es ser guía que enseñe y regule la iniciación en la vida misionera -que no es sólo la actividad del ministerio apostólico -, sino comunión de personas y de vida al estilo c los Doce con el Señor.

 Las cualidades de que debe estar adornado el Maestro so madurez, amabilidad, discreción y los conocimientos que para s función se requieren. Debe ser: hombre de Dios «y devotísimo de la Virgen Santísima»; hombre del Superior, «fidelísimo, obrando siempre con su dependencia»; hombre de los novicios «para los cuales ha de ser Padre y Médico»; mirará por su salud y por su iniciación en la piedad, desprendimiento, mortificación. Le han de merecer mucha atención le principiantes «por las especiales tentaciones que padecen: escúchele por tanto con paciencia, aunque sean pueriles o pesados; anímelos confórtelos, dándoles consejos saludables y prudentes, especialmente cuando estén tristes». Su función es también discernir si son verdaderamente llamados a la vida misionera en la Congregación. «Por último sea para todos luz, camino, padre, maestro y ejemplar».

 b) El Prefecto de los Estudiantes

 Al principio no había casa destinada exclusivamente a la formación. Eran pocos en número. Los estudiantes vivían en una comunidad misionera. Toda la comunidad era formativa pero había un Padre especialmente dedicado a los formandos. En la primera redacción di Reglamento se le llamó Pedagogo y después Prefecto. Su figura no e ni la del director espiritual del Seminario, ni del prefecto de disciplina, e un hermano de la comunidad que presta el servicio de la iniciación a I vida y a la comunidad misionera.

 Su «destino» es «formar virtuosos, sabios e idóneos misioneros’

 La formación abarca «la piedad, las virtudes y las ciencias» pero de una manera integrada: «todas a la vez».

 En cuanto a la piedad, procurará que todos hagan los ejercicios prácticos de devoción «y lo hagan bien». Por lo mismo les iniciará en I oración mental y en la fructuosa recepción de los sacramentos: «no pe costumbre ni porque se manda, sino con amor, fervor y devoción». L piedad tiene que ser personalizada, aun cuando los ejercicios sean e común. Tiene que ser además equilibrada, «pues que a veces ha estudiantes que por el estudio abandonan los Sacramentos y oraciones; o lo hacen mal, por disgusto y como por fuerza; y otros que por el fervor de tal manera se entregan a la frecuencia de sacramentos y oraciones que no cumplen con el estudio; a estos últimos se les ha de hacer entender que deben cercenar algo de sus devociones a fin de que puedan cumplir bien con sus obligaciones, y que con ellas agradarán a Dios» (n.183). La ascética ha de ser práctica, el pedagogo ha de cuidar que los estudiantes» se ejerciten en las virtudes». La virtudes más re­comendadas son: «la humildad, la modestia, la mortificación de los sentidos y pasiones y singularmente de la voluntad» Pero la práctica ha de estar iluminada por medio de instrucciones y lecturas. El estudio tiene que ser programado y organizado. Además pedagógicamente dis­tribuido alternando las materias difíciles con las fáciles: «así estudian con gusto, se cansan menos y aun la misma variación es descanso, y aprovechan muchísimo».

 El formador tiene que tener cuidado también de la salud, vigilando que no la pierdan por las indiscreciones en el estudio o en las devociones. El formador en su persona tiene que ser tal «que inspire confianza y veneración y por lo mismo tiene que se manso, amable, al paso que modesto y grave». Tiene que amar a todos igualmente y sin excepción, y la relación personal nunca se ha de enfadar ni decir palabras im­periosas, ni motes; sin embargo no por eso ha de dejar de corregir cuando sea necesario.

 El formador tiene que ser transparente «de modo que resplan­dezca su amor a la Congregación y a la observancia de las Consti­tuciones» (Texto B, 37); «el Superior ha de procurar que siempre sea uno de los más observantes y virtuosos de la Congregación» (Texto A, 180).

 El Pedagogo tiene que procurar la unión de los estudiantes entre sí, y también la comunión y armonía con el Superior, de modo que entre los dos haya confianza mutua. El Prefecto tienen que iniciar a los jóvenes misioneros en el apostolado. El Padre Fundador proponía al Padre Xifré distribuir los estudiantes en las casas donde hay Seminarios, bajo el cuidado del formador «aunque los demás estén en misiones; y así en la casa habrá comunidad, éstos podrán dirigir los ejercicios de los Domingos del Corazón de María, rezar el Rosario, enseñar la Doctrina en la Iglesia de la Congregación, y, así, ellos irán haciéndose prácticas, que esto vale mucho, que de jóvenes se acostumbren en esas prácticas; y aun se les pueden encargar algunas cosas compatibles con los estudios».[16]

 C.- El “formador” claretiano, según las Constituciones reno­vadas.

 La responsabilidad de la formación misionera, por su extraordi­naria importancia, corresponde a toda la Congregación, a la Provincia y a la Comunidad (CC 76).

 El formador discernidor de la vocación.

 La primera función del formador es discernir la vocación de los que se sienten llamados a través de la escucha de la palabra de Dios, de la oración y del diálogo fraterno; del conocimiento y de la experiencia de nuestra vida y misión.[17]

 Maestro de novicios

 Las Constituciones renovadas han conservado y resumido los elementos anteriores y han añadido algunos matices para adaptarlos a las nuevas exigencias.

 «Debe ser un hombre verdaderamente espiritual y lleno de amor a la Congregación. Ha de estar dotado de madurez, amabilidad, prudencia y sólida doctrina acerca de la natu­raleza y misión de nuestra Congregación, como también de una conveniente experiencia apostólica».[18]

 El Maestro, de palabra y obra, ha de formar a los novicios en el espíritu de la Congregación.

 «Oriente a los Novicios de tal manera que su madurez de juicio y su firmeza de carácter se vayan desarrollando del modo más conforme a cada uno Incúlqueles aquellas virtudes que son más apreciadas entre los hombres y que dan más credibilidad al discípulo de Cristo. Procure que los Novicios lleguen a conseguir aquella unidad de vida misión -era en virtud de la cual quedan perfectamente integrados el espíritu de unión con Dios y la acción apostólica».[19]

 Prefecto de Estudiantes

 Las Constituciones renovadas han concentrado los rasgos y las funciones de las anteriores respecto al Prefecto de Estudiantes. Los elementos más nuevos son:

 «En sus instrucciones expóngales la doctrina acerca de nuestra vida misionera. Con su ejemplo, más aún que con sus palabras, procure que todos asuman este modo de vida por íntimo convencimiento de fe».[20]

 IV. La forma claretiana

 A.- Introducción: La forma

 Como hemos visto, el Padre Fundador ha simbolizado la forma con la saeta, porque se consideraba enviado a evangelizar e inflamar.

 En términos generales entendemos por forma la «figura o deter­minación exterior de la materia; o la «disposición o expresión de una potencialidad o facultad de las cosas»[21]. En un sentido filosófico «La forma es lo que constituye al ser, al mismo tiempo que le da su Inteligibilidad»[22]

 Para nuestro intento hay dos conceptos que pueden ayudarnos el de figura y el de alma o espíritu.

 La forma no es un ideal como meta.

 No es la identidad del grupo, vista como la uniformidad, con­seguida por manipulación.

 Es el fruto de la experiencia espiritual del Fundador; expresada por él y comunicada por el Espíritu a los discípulos. Así:

 Esta “forma” se transmite, vive y convive en la Congregación.

  • La Congregación tiene conocimiento de su “forma”. Discierne su presencia en el formando y acompaña el proceso de iniciación y de crecimiento.

 B.- La forma como contenido

 En las Constituciones se llama forma a la «definición» del Misionero. Y le va mejor el nombre de forma que el de definición, porque el Fundador no intentó definir sino expresar la conciencia dinámica del don de Dios. El la llamó Recuerdo: «Missionarii forman prae oculis semper habemus oportet».[23]

 Se llama también forma «el modo de vida de Jesús»; «Huic divinae vocationi respondentes, formam vitae lesu, quam Virgo María fide amplexa est nostram facimus»[24].

 Se llama también forma implícitamente algunas virtudes de Cristo: informari debemus mansuetudinem Christi (Const. 42) informetur nostra vita et actio spiritu paupertatis (Const. 25).

 Se llama forma el modo de vivir de la Congregación: huius vitae formam (la de la Congregación), (Const. 77). Forma significa también modos o expresiones de una virtud: Formae paupertatis (Const. 25).

 Implícitamente se llama forma al mismo Cristo, en cuanto que se habla de conformarnos o configurarnos con El.

conformamur: por la obediencia (Const. 28).

Configuremur Christo (oración),(Const. 34).

 DE CONFIGURATIONE CUM CHRISTO (Const. CAPUT VI).

 Configurationem nostram cum Christo (por lo votos religiosos y por las virtudes apostólicas), (Const. 39).

 conformari conemur Chrísto, (asociados a la obra de la reden­ción), (Const. 43).

configurati Christo Sacerdoti sacramento ordinis (Const. 83).

conformemur: por María al misterio de Cristo (Const. 8)

 La bienaventurada Virgen María «apostolorum formatricem» (Const. 73).

 Cuando se dice que Cristo es forma, no hay que entenderlo solamente desde el punto de vista de un modelo exterior, sino de una manera más profunda, como forma formante por el Espíritu.

 En las Constituciones se dice que Cristo tomó la forma de siervo, formam serví accipiens (Const. 41). Se hizo siervo por la encarnación y sirvió -como expresión de amor- hasta dar la vida. Jesucristo tomó nuestra forma de siervo para que nos pudiera dar su forma de Hijo.

 1) Cristo, forma del Misionero

 a) En el Padre Fundador

 Jesús del Evangelio

 San Antonio María Claret, comenzó a conocer a Cristo en su niñez por medio del Catecismo y del rezo del Rosario. La imagen que se presentaba a sus ojos era evangélica.

 Jesús viviente en la Eucaristía

 A los diez años, experimentó a Cristo en la Eucaristía. Este descubrimiento daba un nuevo sentido a su meditación de los misterios del Rosario y a su estudio de la Historia Sagrada. Cristo no era sólo un personaje de la historia pasada, Cristo como resucitado era el inmolado y el viviente; glorificado en el cielo y siempre presente en la tierra. Vio a Cristo como sacerdote, escondido día y noche en la Eucaristía.

 Jesús Redentor

 La conocida prueba de Barcelona hubiera terminado en un fracaso total sin la presencia amorosa y activa del “Amigo” de infancia (Cf Aut.66-76). El joven Antonio cegado de momento por la Luz, como Pablo en el camino de Damasco, fue recobrando poco a poco la vista y su vi­sión se fue acomodando a la nueva claridad (Cf Aut. 69). Se sentía una persona salvada en todos los sentidos, del mar, de los peligros del mundo, de su ambición de triunfo. Cristo era su redentor, el Redentor.

 Jesús el Hijo-Misionero

 El Señor le iba suscitando el celo y le iba llamando por medio de la Biblia (Cf Aut. 113-120). El Jesús de Sallent, sacerdote escondido en la Eucaristía, se le aparece ahora de una forma nueva, a la manera de los profetas pero en una plenitud única. Jesús es el Hijo-Enviado que pone toda su vida en función de los intereses del Padre ( Le 2, 48-49; EA p. 418). Jesús, consecuente con su opción, lo deja todo para anunciar el reino en pobreza itinerante: «el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza» (Le 9,58; EA p. 418). Estos dos rasgos característicos: el Hijo dedicado de todo corazón a los intereses del Padre y el Hijo dedicado efectivamente al anuncio del reino en pobreza itinerante, constan ya en la primera lista autógrafa de los textos bíblicos que influyeron en su vocación y que escribió siendo «estudiantito»[25].

 Estos dos trazos fundamentales, se irán afirmando y enri­queciendo a lo largo de toda la vida. En 1857, antes de salir de Cuba, en el mes de febrero, entregó a su confesor D. Paladio Currius, y a ins­tancias de éste, una segunda lista de textos bíblicos vocacionales, acompañada de los acontecimientos más significativos desde la primera llamada a los doce años hasta el atentado de Holguin (1856). La lista termina con los dos conocidos textos de Lucas: el Hijo dedicado a los intereses del Padre y el Hijo que anuncia el reino en pobreza itinerante. En la Autobiografía el Santo expone más por extenso su experi­encia espiritual acerca del misterio de Cristo y perfecciona la imagen inicial trazada en los apuntes anteriores. Por lo que a la itinerancia se refiere, exclama:

 «Quien más y más me ha movido siempre es el contemplar a Jesucristo cómo va de una población a otra, predicando en todas partes; no sólo en las poblaciones grandes, sino también en las aldeas; hasta a una sola mujer, como hizo con la Samaritana, aunque se hallaba cansado del camino, molestado de la sed, en una hora muy intempestiva para él como para la mujer» (Aut. 221).

 Jesús va por los caminos anunciando el reino no por propia iniciativa sino porque ha sido enviado. Jesús es el Hijo-Enviado.

 «Todos los profetas del Antiguo Testamento fueron envi­ados por Dios. El mismo Jesucristo fue enviado de Dios, y Jesús envió a sus apóstoles. Sicut misit me Pater et ego mitto vos »(Aut. 195).

 El ser enviado como Jesucristo es para el Padre Fundador una experiencia profunda y fundamental y la expresa siempre con peculiar encarecimiento, como por ejemplo en el capítulo diez de la parte se­gunda de la Autobiografía:

 «Del cuidado que tenía que el prelado me enviase a predicar, porque estaba bien convencido de la necesidad que tiene el misionero de ser enviado para hacer fruto» (192). «Esta necesidad de ser enviado y que el Prelado mismo me señalara el lugar, es lo que Dios me dio a conocer desde un principio» (198).

 El Padre Fundador nos ofrece en la Autobiografía una tercera lista de textos bíblicos vocacionales, casi todos coinciden con los anteriores pero aporta un rasgo nuevo y con particular énfasis:

 «Y de un modo muy particular me hizo Dios nuestro Señor entender aquellas palabras: Spiritus Domini super me et evangelizare pauperibus misit me Dominus et sanare con­tritos corde» (Aut. 118).

 El Santo cita de memoria Lucas e Isaías y hace una síntesis, reteniendo las palabras más significativas para él. Seguramente que esta experiencia depende de la iluminación sobre el Ángel de Apocalipsis en 1859, según lo dejan entrever los números 686 y 687 de la Autobi­ografía. Jesucristo ha sido ungido proféticamente para anunciar la Buena Nueva y el Santo atestigua que el Espíritu le ha dado, y nos ha dado, una participación en esta plenitud:

 «El Señor me dijo a mí y a todos estos Misioneros com­pañeros míos: Non vos estis qui loquimini, sed Spiritus Patrís vestri et Matris vestrae qui loquitur in vobis. Por manera que cada uno de nosotros podrá decir: Spiritus Domini super me, propter quod unxit me, evangelizare pauperibus misit me, sanare contritos corde» (Aut. 687).

 Jesús, signo de contradicción

 El Padre Claret ha experimentado que siendo fiel al anuncio del Evangelio, se le ha venido encima la persecución hasta el atentado sangriento. En esta experiencia se le manifestó otra característica de Cristo evangelizador, el ser signo de contradicción.

 « ¡Qué persecuciones!… Fue puesto por signo de contradic­ción, fue perseguido en su doctrina, en sus obras y en su persona, hasta quitarle la vida a fuerza de denuestos y de tormentos e insultos, sufriendo la más bochornosa y dolo-rosa muerte que puede sufrirse sobre la tierra» (Aut. 222). «No pienses, dice el Padre Fundador, que en Jesús termi­naron las persecuciones;…la oposición continúa su choque, y seguirá la contradicción y persecución. Son tan ciertas y seguras las persecuciones y calumnias a los .misioneros, que en esto conocerás si eres enviado o no; porque hasta el presente ninguno ha sido exceptuado»[26].

 Reuniendo estos elementos aparece ante nuestros ojos la imagen -o la forma- de Cristo evangelizador re-presentada por el misionero Padre Claret, tal como el Espíritu Santo se la había dibujado primero en el corazón.

 b) En la Congregación

 La Congregación ha conservado esta imagen de Cristo en su espiritualidad y la ha recogido el código constitucional, especialmente en la Constitución fundamental y en las motivaciones evangélicas de cada capítulo.

 Las Constituciones colocan en su mismo pórtico la efigie – la forma- del Cristo de la Congregación. Jesucristo el Hijo, enviado por la encarnación -hecho hombre de la Virgen María por obra del Espíritu Santo-. Enfatizan el ser misionero del Hijo al presentarlo «ungido por el mismo Espíritu para evangelizar a los pobres».

Jesús cumple su misión «entregado por entero a las cosas del Padre», predicando la Buena Nueva del Reino. Pero no como un profeta solitario sino en comunión de vida:

 «queriendo asociar consigo a los hombres para realizar esta obra de salvación, llamó a Sí a los que el quiso e instituyó Doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar. Al completar en sí mismo la obra de nuestra redención, fundó la Iglesia como instrumento universal de salvación y envió a los Apóstoles y a otros para que dieran testimonio de la resurrección» (Const. 3).

 Las Constituciones en los capítulos sucesivos van profundizando nuestro misterio de Cristo, explicitando estos rasgos esenciales:

 – Cristo ora, trabaja y sufre para procurar siempre y únicamente la gloria del Padre y la salvación de los hombres (Const. 9).

– Cristo [misionero] es uno con el Padre y el Espíritu Santo (Const. 10).

– Jesucristo con sus palabras, y sobre todo con el testimonio de su vida propone la castidad por el Reino de los cielos (Const. 20).

– El siendo rico, se hizo pobre por nosotros a fin de que nosotros nos enriqueciéramos con su pobreza (Const. 23).

– Jesucristo, mientras predicaba la Buena Nueva del Reino, notenía donde reclinar su cabeza (Const. 23).

– Jesucristo fue enviado para hacer la voluntad del Padre…y se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Const. 28).

– Jesucristo [misionero] ora asiduamente y recomienda y enseña la oración incesante (Const. 33).

– Cristo Señor en la Eucaristía proclama palabras de vida, se ofrece a Sí mismo por nosotros, honra al Padre y edifica la Iglesia (Const. 35); es signo de unidad y vínculo de caridad; significa y realiza plenamente la vida fraterna (Const. 12).

– Cristo no conoció el pecado (Const. 38).

– Jesucristo, urgido por un ardiente amor al Padre y a los hombres, se entregó a los trabajos, a la pasión e incluso a la muerte (Const. 40).

– Jesucristo fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo (Const. 53).

– Jesucristo se anonadó a Sí mismo, tomando la forma de siervo (Const. 41); no vino a ser servido sino a servir (Const. 81).

– Jesucristo es manso de corazón (Const. 42).

– El Señor se identifica plenamente con los que sufren, nos invita a reconocerle paciente en ellos (Const. 41).

– Jesucristo padeció por nosotros, dejándonos su ejemplo (Const.45).

– Jesucristo tiene que volver (Const. 46).

– Jesús nos exhorta: «Rogad al Señor de la mies que envié obreros a su mies» (Const. 58).

 Esta “icono” de Jesucristo evangelizador que nos presentan las Constituciones renovadas, corresponde, como hemos visto, fielmente a la experiencia evangélica del Padre Fundador y es la forma con la que el Espíritu Santo nos quiere formar en la Congregación para que a la Iglesia peregrina no le falte este signo de la presencia del Esposo.

 La M.C.H. nn. 54-62 ha recogido también la descripción del Cristo de Claret, forma del Misionero.

 Para profundizar más este tema, ver Comentario a las Consti­tuciones, I. En el Carisma, pp. 168-177. En la Biblia, pp. 248; En la Teología, p. 307.

 2) María, forma del Misionero

 a) En la experiencia del Padre Fundador

 Antonio, niño, ve a María en sus imágenes: la del Rosario de la Parroquia, la de la ermita de Fussimaña, las que tenían en su casa. La conoce poco a poco en el estudio del Catecismo y de la Historia Sagrada. La contempla en el rezo del Rosario, asociada como Madre, a la vida y a la misión del Hijo. Toda la infancia está como iluminada por la sonrisa de Nuestra Señora de Fussimaña.

 Antonio, joven, conforme va entrando en los peligros de la vida, va experimentando la presencia de María como protectora (Aut. 71-72). «Y a Vos, Madre mía, ¿qué gracias os podré dar por haberme preservado de la muerte sacándome del mar. Si en aquel lance me hubiese ahogado, como naturalmente había de suceder, en donde me hallaría ahora. Vos lo sabéis, Madre mía» (Aut. 76).

 Llegado a Vic, triste y desengañado del mundo, se inscribe y profesa en la Tercera Orden Servitas[27] y la imagen de la Dolorosa con el Hijo muerto en el regazo, que preside el retablo del altar mayor de la Iglesia dels Dolors, hubiera podido ser la imagen de su madre, si la del cielo no le hubiera salvado la vida en la Barceloneta.

 Conforme se va explicitando en el seminarista Antonio la vocación apostólica, experimenta la presencia de María como la de la Maestra en el discipulado y seguimiento del Maestro, como formadora del apóstol, no sólo desde la ejemplaridad exterior sino desde una cierta eficacia inte­rior: «formado por vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor» (Aut. 270); como la de la Madre del discípulo amado[28].

 En el segundo año de filosofía tiene una experiencia espiritual mariana extraordinaria. El seminarista Antonio la llama una aparición, en ella ve a María como la Mujer que con su descendencia, -Jesús y la Iglesia-, vence al misterio de la iniquidad. Durante toda la vida irá profundizando el significado de esta gracia para comprender mejor la persona y la misión de María. Irá descubriendo el alcance eclesial del misterio de la Inmaculada y el de la Mujer-Madre vestida del sol en lucha contra el dragón, contra los príncipes de las tinieblas que acechan desde Ios aires (Aut. 95-98. Cf. las notas).

 Antonio, ahora Padre Claret, Misionero Apostólico, se ve, a manera de saeta profética puesta en la poderosa mano de la “Virgen y Madre de Dios” y arrojado “contra Satanás, príncipe de este mundo, que tiene hecha alianza con la carne” (Aut. 270).

 Se siente animado por el espíritu de la Madre, que le inspira en el predicar y le inflama de amor materno para con los pecadores y necesitados. En el ambiente jansenista y barrocamente terrorista en que ejercita el apostolado, ve los maravillosos efectos de las conversiones atraídas por la misericordia de Dios, manifestada en el Corazón de su Madre. Esto le lleva además a descubrir la persona de María como “corazón”, como Madre de Caridad:

 “María es toda caridad (…) María es el corazón de la Iglesia. He aquí por que de él nacen todas las obras de caridad. Sabido es que el corazón tiene dos movimientos que llaman los facultativos sístole y diástole. Con el primero se encoge y absorbe la sangre; con el segundo se dilata y derrama por las arterias. Así también María está continuamente ejerci­tando estos dos movimientos: absorbiendo la gracia de su querido Hijo y derramándola a los pecadores” (EE p. 493,495).

 El Padre Claret, llamaba a María, por su Corazón, su candad eminente, Reina de los Apóstoles (1845). En más de una ocasión nos fue manifestando de qué manera María, como Corazón, iba respondiendo a las nuevas necesidades: las de la pobreza y el dolor en Cuba, o las del ateísmo idealista, racionalista o materialista, naciente en Europa.[29]

 Independientemente de las situaciones históricas, la filiación está en línea con la filiación del Hijo-Enviado y con la del discípulo amado: es filiación-misión o misión que nace de la consagración filial, la del Hijo y la de los consagrados en el Hijo.

 Al final de la vida, el Santo tuvo una iluminación en la que entendió que la Congregación era como un instrumento de la maternidad espiritual de María al engendrarle nuevos hijos de Dios por el Evangelio.[30]

 María la primera discípula por su fe y su generosidad fiel, fue también la primera misionera que dio al mundo la Palabra hecha carne. María es forma ejemplar del Hijo de su Corazón, del Misionero. Por su función materna esta forma es de alguna manera formante según las diferentes explicaciones de los teólogos.

 b) La Congregación recoge la herencia mañana

 La experiencia espiritual del Fundador se comunica como por osmosis a la Congregación. La Congregación va tomando conciencia refleja de esta gracia y la formula en su vida y en sus textos constitu­cionales y formativos.

 La Congregación se siente también formada en la fragua del Corazón de María.

 En el primer apartado de las Constituciones nos definimos como una Congregación de Misioneros. Y somos -y nos llamamos- Hijos del Inmaculado Corazón de María.

 María aparece como colaboradora esencial en el designio del Padre. El Verbo engendrado desde la eternidad es enviado, adquiere un modo de ser temporal, por la encamación: «hecho hombre de María Virgen por obra del Espíritu Santo» (Const. 3).

 Mas adelante aparece María como «asociada de todo corazón a la obra salvífica de su Hijo» (Const. 36). Consagrada «totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra del Hijo» (Const. 37).

 María es nuestra forma como Maestra en cuanto fue la primera discípula de Cristo (Const. 61). María es también nuestra forma como ejemplo de seguimiento e imitación. Así abrazamos la castidad a imitación de Cristo, y a ejemplo de la Virgen María (Const. 20). «Por la profesión compartimos la pobreza de Jesucristo, y el estilo de vida de la Santísima Virgen, que es la primera entre los pobres del Señor» (Const. 23). A imitación de Jesucristo y a ejemplo de la Santísima Virgen nos proponemos cumplir la voluntad del Padre en la Congregación” (Const. 28). Como María, (Le 2,19), meditamos la palabra de Dios en el corazón (Const. 37).

 3) Los Santos, forma del Misionero

 a) En /a experiencia espiritual del Padre Fundador

 El Padre Fundador ha visto en los santos forma de vida en cuanto imitadores ejemplares de la vida misionera. No es un deseo de hacer como los demás sino una llamada personal, dentro de la originalidad irrepetible de su persona, a ser «a la manera» de:

 – Isaías, el siervo

– Ezequiel, el centinela

– el siervo formado en crisol de la pobreza

– el discípulo amado

– los Apóstoles

– el águila del Apocalipsis

– el ángel del Apocalipsis

– de Miguel y los ángeles

– de los santos apostólicos

 En la Autobiografía nos habla de los santos específicamente cómo forma y estímulo de celo misionero (214-263).

 Ha tenido también la experiencia de la “comunión de los santos”. La explica por lo que dice San Pablo que en Jesucristo somos un mismo cuerpo y una sola familia (Cf. Gal 3,28); este cuerpo vive de Dios y por el circula a manera de sangre o savia el espíritu y la caridad de Dios. (Catecismo explicado, Barcelona 1862,p. 159).

 San Antonio María Claret ha colocado los santos como ejem­plares, y protectores, de todas sus obras apostólicas. El Padre Fundador fue colocando sucesivamente la Congregación de Misioneros bajo el patrocinio ejemplar del Corazón de María, de San José, de San Miguel y los Santos Ángeles, de los Apóstoles y de otros cuatro santos que eran también desde diferentes puntos de vista identificadores de su vocación apostólica: san Alfonso de Ligorio, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús y santa Catalina de Siena.[31]

 «Además, dice el Padre Fundador, de este amor que he tenido a los pobrecitos pecadores, me mueve también a trabajar para su salvación el ejemplo de los profetas, de Jesucristo, de los apóstoles, de los santos y santas, cuyas vidas e historias he leído con frecuencia, y los pasajes más interesantes los anotaba para mi utilidad y provecho»(Aut. 214). Es muy característica esta cita de santa Teresa que el Santo copia en el Egoísmo vinto:

 «Me acaece que, cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y ternura, y más envidia que todos los martirios que padecen (por ser ésta la inclinación que nuestro Señor me hadado), pareciéndome que aprecia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer» (EE p 419).

 b) En la Congregación

 El proceso de renovación de las Constituciones ha respetado esta voluntad del Padre Fundador y los ha conservado en el capítulo de la ora­ción, al tratar de la comunión con la Iglesia celeste, con la bienaventurada Virgen María y con los santos (Const.35).

 4) Claret, forma para los Misioneros

 Todo lo que hemos dicho hasta ahora ha sido hablar ya de alguna manera de San Antonio María Claret, porque hemos contemplado a Cristo, a María y a los Santos desde la experiencia espiritual del Padre Fundador. Sin embargo Claret ha hecho en su persona una síntesis vital espiritual de las diferentes dimensiones de la gracia recibida. El mismo se ha visto como lo que deseaba ser e iba siendo y en la Autobiografía ha intentado darnos los trazos de esta imagen.

 Pero parece que quiso componer él mismo como un resumen para tenerlo siempre a la vista y escribió el Recuerdo que ha pasado al número 9 de las Constituciones[32]. El Santo lo transcribió, después, en la Autobiografía.

 a). Forma por la caridad

 El Padre Fundador se ve así mismo como Misionero Hijo del Corazón de María y ser Misionero Hijo del Corazón de María, desde su experiencia carismática, es ser una persona: «Que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todo el mundo en el fuego del divino amor» (Aut. 494).

 El Padre Claret -Misionero- no es un teórico del cristianismo, es un colaborador de Cristo evangelizados Cristo evangeliza para encender a todo el mundo en el amor del Padre. Cristo ha venido a traer fuego a la tierra «Este fuego del celo es el que ardía en el corazón de Jesús; ese fuego es el que ha bajado Jesús del cielo, y todo su deseo es que prenda en vuestro corazón y que arda con grandes llamas».[33]

 El Misionero no puede abrasar si él no está inflamado, incan­descente, si no arde de caridad. Esto supone todo un proceso que parte del Espíritu que consagra para la misión, como consagró a Jesús en el bautismo y consagró a los Apóstoles en Pentecostés. Que continua por nosotros al ser asumida en fe, desarrollada en la oración y encarnada en la vida, hasta convertirnos en configuración viviente con Cristo de modo que el Hijo del Corazón de María «no piensa sino como seguirá e imitará a Jesucristo en orar trabajar y sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas»

 La caridad no sólo nos asemeja a Cristo sino que se convierte en principio de moción interior, en espíritu apostólico.

 «En la meditación, dice el Padre Fundador, se encendía un fuego tan ardiente que no me dejaba estar quieto. Tenía que andar y correr de una parte a otra, predicando contin­uamente. No puedo explicar lo que en mí sentía. No sentía fatiga, ni me arredraban las calumnias más atroces que me levantaban, ni temía las persecuciones más grandes. Todo me era dulce con tal que pudiera ganar almas para Jesu­cristo, para el cielo y preservarlas del infierno» (Aut. 227). El Padre Fundador se sentía identificado con los Apóstoles en Pentecostés, con Pablo y su grito entusiasta: «la caridad de Cristo me urge».

 «El fuego del Espíritu Santo hizo que los santos apóstoles recorrieran el universo entero […] Inflamados por el mismo fuego, los misioneros apostólicos han llegado, llegan y llegarán hasta los confines del mundo para anunciar la Palabra de Dios; de modo que pueden decirse, con razón a sí mismos las palabras del apóstol san Pablo: Charitas Christi urget nos. La caridad o el amor de Cristo nos estimula y apremia a correr y a volar con las alas del santo celo»[34].

 El celo no es un «piadoso» deseo, es eficaz: «Quien tiene celo, desea y procura por todos los medios posibles que Dios sea cada vez más conocido, alado y servido en esta vida y en la otra, puesto que este sagrado amor no tiene límite. Lo mismo practica con su prójimo, dese­ando y procurando que todos estén contentos en este mundo y sean felices en el otro; que todos se salven, que ninguno se pierda eter­namente, que nadie ofenda a Dios y, finalmente, que ninguno se encuentre ni siquiera un momento en pecado»[35]. No hace falta aquí enumerar lo que hizo el Padre Claret estimulado por la caridad de Cristo. Para encender a todo el mundo en el fuego del divino amor se sirvió ante todo de la Palabra de Dios, para que Dios fuera conocido y por lo mismo amado. Y la Palabra de Dios en todas sus formas: predicada, escrita, hecha imagen y canto, pero sobre todo vivida y testificada. El amor de que estaba encendido contagiaba abrasaba a los demás.

 Este amor fue fuerte como la muerte porque tuvo que hacer frente a toda clase de dificultades; debilidad de la propia naturaleza; enfer­medades; inclemencia de las estaciones; incomprensiones y persecu­ciones de todas clases: difamaciones, calumnias y atentados.

 b) Forma por la imitación y seguimiento de Cristo evangelizador

 El Hijo del Inmaculado Corazón de María, precisamente porque arde en caridad, es atraído por el Espíritu al seguimiento, e imitación de Cristo. «No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en orar, en traba­jar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres»

 Esta actitud llevó al Padre Fundador a la ascética:

 1) de la oración asidua para encontrar personalmente Cristo en la fe, hasta llegar a una amistad personal, fomentada principalmente en la Eucaristía. Llevado a la acción por temperamento y por celo la ascítica de la oración, le libró de la disipación y del activismo.

2) de la mortificación activa para negarse y seguir al Señor en la comunión de vida con los Doce, en la castidad, en la pobreza, en la obe­diencia. Para renunciar a los propios sentimientos y revestirse de los sentimientos del corazón Cristo.

 3) de la mortificación pasiva principalmente por la oposición del misterio de la iniquidad al ministerio; por los trabajos, el cansancio, la enfermedad, hasta la configuración en la muerte. También por la compa­sión e identificación con los que sufre la violencia, injusticia de los hom­bres, o a causa de las calamidades naturales.

 c) Forma de los Misioneros desde la misión

 La misión que recibió San Antonio María Claret en la Iglesia fue una gracia muy grande pero también muy exigente en todo el conjunto de relaciones. Las exigencias de la relación con el Padre que envía por medio de la Iglesia. Las exigencias con la Palabra que tenía que proclamar. Las exigencias con la comunidad misionera. Las exigencias de la relación con el pueblo al que era enviado.

 El Padre Fundador tuvo ante todo necesidad de mucha fe y pureza de corazón para ver el designio de salvación del Padre y ver en los ojos de Cristo las necesidades de la humanidad, ejercitaba y aumentaba esta fe en la oración de intercesión; la oración de discernimiento; la acogida de la Palabra en el corazón para poderla anunciar.

 El Padre Fundador abrazó la mortificación en vistas del testimo­nio, o la transparencia del Evangelio. Tuvo que renunciar a cosas, de suyo lícitas para quien no ha recibido esta misión, pero que podrían impedir la transparencia o la disponibilidad. La fidelidad al testimonio le llevó a los umbrales del martirio.

 La dedicación al ministerio, no fue para el Padre Fundador un em­pleo burocrático, ni una carrera, ni un hobby; fue un servicio a corazón y a tiempo completo. Estando de por medio la gloria del Padre y la salva­ción del mundo no podía pensar en sí mismo, ni en su comodidades.

 El Padre Fundador tuvo que negarse a sí mismo para hacerse todo para todos, para inculturarse y encarnarse sin oportunismos, permaneciendo siempre signo de la trascendencia del reino.

 C.- Una expresión sintética de la forma en las Consti­tuciones (CC. 73)

 Las Constituciones nos dan esta formulación sintética:

 “Ministro idóneo de la Palabra para propagar el Nombre y difundir el Reino por todo el mundo»

– Ministro, no un señor

de la Palabra, no del poder o de la autoridad, aun eclesial.

para dar a conocer el Padre

– y extender el Reino

– por todo el mundo

 Idóneo:

consagrado por el Espíritu

– formado en la fragua del Corazón de María

– configurado con Cristo el Hijo-evangelizador

– conviviendo el mismo estilo de vida fraterna y evangélica

– a ejemplo de la «primera discípula»; del discípulo amado; de los Apóstoles; del Padre Fundador.

 

V. La formación como proceso de iniciación

 A. La experiencia espiritual del Padre Fundador

 El Padre Fundador nos ha confiado en diversos escritos la expe­riencia espiritual de su proceso de formación. Tenemos un autorretrato de aquellos años en el escrito: Un estudiante devoto de María Santísima del Rosario.[36]

 En la Autobiografía nos da también muchos elementos y en el Colegial Instruido hay diseminadas algunas referencias autobiográficas. Aquí recogemos principalmente aquellos elementos en los cuales el Santo ha concentrado el campo de la formación en el Reglamento primi­tivo: piedad, virtudes, estudio, apostolado.

 1 – El descubrimiento de la forma

 Cuando Antonio llega al Seminario, había terminado el proceso de discernimiento vocacional por lo que se refiere al sacerdocio. Podríamos decir que había terminado a los doce años, aunque en aquel momento no veía ninguna posibilidad de realizar su vocación. Aclarada la voca­ción, todo el interés se centraba en cómo realizar el ofrecimiento que había hecho al Señor para el servicio eucarístico; cómo formarse y prepararse para responder mejor al llamamiento divino.

 Durante el primer año de filosofía Antonio, resentido todavía del desengaño del mundo, pensaba en un sacerdocio de tipo contemplativo en la Cartuja, pero en las vacaciones de verano esta posibilidad quedó descartada para siempre. Poco a poco fue descubriendo que su sacerdocio tenía que ser misionero, hasta llegar a una convicción plena en la ordenación de diácono, pasando por la visión del segundo año de filosofía y sobre todo por la lectura vocacional y transformante de la Biblia. Quizá no había logrado dar una fórmula a su experiencia pero creo que se hubiera identificado con la que escribió más tarde para los jóvenes misioneros: llegar a ser ministro idóneo de la Palabra de Dios para dar a conocer su Nombre y propagar el Reino de los cielos por toda la tierra. O sea para encender a todo el mundo en el fuego del divino amor.

 2- La iniciación en la piedad

 Antonio revive, intensificada, la piedad de la infancia: la Eucaristía como sacramento de la presencia real, con las visitas llenas de confianza amistosa, y como Santa Misa. Continúan o se despiertan con mayor intensidad los deseos de silencio y recogimiento. Pero según su testimo­nio en El Colegial Instruido se desarrolla en él la experiencia de la presencia inmanente y envolvente de Dios. Así lo escribe él, hablando en tercera persona: «Ese clérigo se acuerda de las palabras del Apóstol, que decía: En Dios vivimos, nos movemos y existimos;[37] y así se considera como pez en el agua o pájaro en el aire; y así está siempre en la presencia de Dios, a quien teme como a Señor que le mira, a quien ama como a Padre que le procura todo bien, a quien invoca continuamente, y le alaba y sirve sin cesar, dirigiéndolo todo a su mayor honor y gloria»[38].

 «Este clérigo es muy amigo de la oración, tiene gran devoción al Santísimo Sacramento, y, cuando ora delante del Señor, que cada día visita, le habla como un hijo a su padre…».[39]

 Dedica a la meditación media hora cada día sobre la vida, pasión y muerte de Jesucristo. Ayuda todos los días la santa Misa y visita diaria y fielmente al Santísimo en la Cuarenta Horas. Todas las semanas recibe el Sacramento de la Reconciliación.

 La piedad de Antonio es también mariana en correspondencia a la presencia de María en su vivencia del misterio de Cristo, pero ahora descubre un nuevo aspecto de la función materna de María, la de formadora del discípulo y del apóstol:

 «María Santísima tuvo de mi una especial providencia y me tenía como hijo mimado; no por mis merecimientos, sino por su especial piedad y clemencia»

 «Amaba a María Santísima como a su tierna y cariñosa Madre, siempre pensaba qué podría hacer en obsequio suyo.

 Se le ocurrió que lo que debía hacer era leer y estudiar la vida de San Juan Evangelista e imitarle. Al efecto, vio que este hijo de María, dado por Jesús desde la Cruz, se había distinguido por sus virtudes, pero singularmente por la humildad, pureza y caridad, y así las iba practicando este joven estudiante»[40].

 Antonio experimentaba como María cumplía en él la misión que el Hijo le había confiado y tenía cuidado del hijo-discípulo:

 «En el día dos de febrero, día en que Ella se presentó al templo con su hijo Jesús en los brazos y le ofreció al Eterno Padre, en este día se puede decir que Ella misma me pre­sentó al templo y me ofreció al eterno Padre por clérigo, pues en este día el señor Obispo me dio la tonsura cleri­cal»[41]

 Manifestaba también su piedad mariana por la visita diaria «a Ma­ría Santísima del Rosario en la Iglesia de Santo Domingo. Estas dos vi­sitas ningún día las omitió ni por las lluvias ni por las nieves. Y los días en que no había clases las aumentaba y prolongaba» (id.).

 3- El proceso de iniciación en las virtudes fundamentales

 El Santo confiesa que cuando el Señor lo tuvo preparado en la fragua del fervor, comenzó la obra de transformación. La primera disposición que produjo en él fue la humildad, una humildad fundamen­tal, la cual le colocó en su verdadero lugar de cara a Dios, de cara los superiores y maestros, de cara a sus condiscípulos. Además le hizo hace aceptar serenamente el lugar que le correspondía. Antonio, reconocido el primero en la fábrica, era ahora considerado mediano en las calificaciones académicas de filosofía. En cambio en matemáticas y física iba a la cabeza de todos, pero estas ciencias eran poco valoradas en el Seminario. Ahora se trataba de invertir la dirección del movimiento: en Barcelona se preocupaba y trabajaba por ser reconocido como el primero; ahora el primero es Dios, tiene que orientarse totalmente hacia El, buscar la gloria de Dios y no la suya. Ahora no puede pertenecerse a sí mismo, se siente llamado a identificarse más y más con el siervo profeta.

 Poco a poco la humildad fundamental da posibilidad a que la caridad se afirme cada vez mejor; y por ella Antonio se va convirtiendo y configurando con Cristo, el Hijo revelador y glorificador del Padre, el Hijo del hombre manso y humilde de corazón.

 La obediencia a Dios se va vislumbrando como disponibilidad para la misión evangelizadora. La obediencia en las mediaciones no era especial problema para él, que se había ejercitado ya en la familia, en la escuela, en la fábrica. Desde pequeño la motivación era el amor, el dar gusto, el no dar pena.

 La relación con los demás seminaristas tampoco le fue demasiado difícil. Antonio era externo, vivía en casa del sacerdote Don Fortián Brés. Por otra parte si había logrado congeniar con los obreros desconocidos de la fábrica barcelonesa, mejor podía congeniar ahora con los que tenían la misma vocación y el mismo ideal.

 Para crecer en la virtud se sirvió de la frecuente dirección espir­itual, de los ejercicios y retiros, facilitados por pertenecer a la Congrega­ción de la Inmaculada.

 4 – El proceso de iniciación en el estudio

 Antonio estaba formado en las ciencias técnicas y también en la gramática castellana, catalana y francesa, pero eran nuevas para él las ciencias del espíritu, la filosofía y la teología. Aunque «era muy aplicado al estudio y asistía con puntualidad a todas las clases» y aunque, para aprovechar el tiempo, «tenía un plan de vida en que estaban consigna­das todas sus obligaciones y devociones», tuvo que hacer un notable esfuerzo para abrirse camino. Además de asistir a las clases y repasar o profundizar solo, se hacía ayudar de una especie de tutor, en compañía de otros condiscípulos.

 Procuraba también ampliar sus conocimientos sirviéndose de la riquísima biblioteca episcopal.

 «Después del seminario solía ir a la biblioteca episcopal, en la que se veía como uno de los lectores más asiduos, sucediendo muchas veces permanecer allí solos, largas horas, el futuro arzobispo y el célebre doctor don Jaime Balmes»[42].

 En el Colegial Instruido y en el Epistolario nos ha dejado su experiencia en el proceso de iniciación en las diferentes materias.

 5- Iniciación en el apostolado

 El Padre Fundador confiesa en la Autobiografía que «desde que me pasaron los deseos de ser cartujo, que Dios me había dado para arrancarme del mundo, pensé no sólo en santificar mi alma, sino también discurría continuamente qué haría y cómo lo haría para salvar las almas de mis prójimos» (n. 113).

 Antonio comenzó a inciarse en el apostolado entre sus con­discípulos. Daba clases de francés a los que lo deseaban y nos cuenta uno de estos alumnos que concluía con una especie de conferencia espiritual, «dándome consejos de virtud y de perfección, e instrucciones muy oportunas sobre los exámenes general y particular, sobre la mortificación y presencia de Dios, y muy especialmente sobre la medi­tación»[43]. Otra forma de apostolado era el intercambio de libros en los que dejaba «descuidadamente» como señala-página alguna máxima o jaculatoria.

«Entre los condiscípulos y compañeros formó una asocia­ción ordenada en nueve coros con los nombres y oficios de los ángeles, en la que según su clasificación, se ejercitaban los asociados en actos de religión, de ascetismo y aposto­lado. Escribió para ello nueve cartas, que cada uno de los coros angélicos enviaban a sus correspondientes coros de estudiantes, llenas de unción afectuosa y de orientaciones prácticas y matizadas ya con esas hermosas compara­ciones y oportunas citas de la Santa Escritura que, en su conjunto, son la principal característica de los escritos de Claret»[44].Se inició en el apostolado de la palabra por el catecismo a los niños, como nos confía él mismo en el Colegial Instruido:

 «Cuando me hallaba ordenado de menores y estudiante en el seminario de Vich fui destinado a enseñar la doctrina a los niños en una iglesia en la misma ciudad. ¡Ojalá se viera practicado esto en todos los obispados! ¡Qué bienes tan grandes se reportarían! Los fieles se instruirían, los orde­nandos se ensayarían en este ministerio, y después serían muy diestros en catequizar y predicar; por manera que decía el señor rector del seminario de Vich, que después fue obispo de Teruel, el Dr.D. Jaime Soler, que así lo había hecho; y aseguraba que había observado que los clérigos que desde jóvenes se ejercitaban en enseñar la doctrina cristiana casi todos salían buenos y celosos sacerdotes; y por lo mismo exhortaba con el mayor encarecimiento a que así lo hicieran; lo mismo te decimos, seminarista amado; ejercítate en cuanto puedas a enseñar la doctrina a los niños; hazlo durante el curso, si te lo permiten tus superio­res, y sin faltar a las obligaciones de estudio y demás; pero singularmente en las vacaciones, en tu población o en donde te halles, ! oh qué bien tan grande harás, y mere­cerás!. Acuérdate de lo que dice Jesucristo: Qui autem fecerit et docuerit, hic magnus vocabitur in regno coelorum (Mt5,19)»[45].

 Amplió su acción apostólica hablando también de Dios con los obreros textiles, entre los cuales tenía un cierto ascendiente porque conocían su capacitación en el oficio, sentándose incluso en el telar y compartiendo con ellos las técnicas que había aprendido en Barcelona[46].Antonio se inició en la caridad con los enfermos del hospital. Los visitaba frecuentemente, y aprovechaba los servicios de limpieza y aseo como ocasión para enseñarles la doctrina cristiana y estimularlos al bien y a la conformidad con la voluntad de Dios.

6- El proceso de ordenación

 El proceso de ordenación del seminarista Antonio siguió cauces especiales. Se le anticipó la tonsura porque «en aquellos días había en la comunidad de Sallent un beneficio vacante que lo pretendía un sacerdote que no era de la población, aunque vivía allá, y desgraciada­mente no era lo que era de desear […] me lo hicieron pretender a mí, que por ser hijo de la población debía ser preferido. Obtuve la gracia, y el día dos de febrero de 1831 el Señor Obispo me dio la tonsura, y después, en el mismo día, el Señor Vicario General me dio la colación, y el día si­guiente fui a Sallent alomar posesión de dicho beneficio. Desde este día vestí siempre más hábitos talares y desde este mismo día tuve que rezar el oficio divino»[47]. Era voz común que el Dr. Corcuera tenía un don sobre­natural de discernimiento respecto de los seminaristas y un día dijo a Don Fortián Bres: «Don Fortián quiero ordenar luego a Antonio porqué allí hay algo extraordinario»[48]. En dos años, del 1833 al 1835, recibió todas las órdenes. Son particularmente significativas la ordenación de diácono, dónde tuvo un particular conocimiento de su vocación misionera[49] y la ordenación sacerdotal.

 «Antes de la ordenación de sacerdote hice los cuarenta días de ejercicios espirituales! Nunca he hecho unos ejer­cicios con más pena ni tentación;[50] pero quizás de ningunos he sacado más y mayores gracias, como lo conocí el día en que canté la primera Misa»[51].

 Nuestro Padre Fundador, precisamente por ser el Fundador, no encontró el camino trazado. Dentro de unas estructuras de formación hechas para el sacerdote diocesano, el Espíritu Santo le inició en un proceso deformación para un servicio misionero y universal del Evangelio en vida apostólica. Más tarde cuando la Congregación se decidió a admitir jóvenes seminaristas para misioneros, él no tuvo mas que mirar al camino que había hecho caminando sin saber a dónde pero guiado por el Espíritu.

 B. El proceso de transformación con Cristo Misionero en las Constituciones

 En las Constituciones se presenta a Cristo Misionero como forma del claretiano, y se habla de la asimilación sujetiva como «imitación» y «configuración». En los primeros cinco capítulos de las Constituciones predomina el concepto de «imitación», desde el quinto en adelante es el de la «configuración» el denominador común bajo el que se prescriben las virtudes de Cristo Misionero y las de Cristo Paciente. Incluso la vivencia de los votos religiosos se considera bajo este aspecto.

 Aunque bíblicamente imitación y configuración pueden intercam­biarse, las Constituciones quieren dar a la configuración un sentido más progresivo, profundo e interior; mientras la imitación concierne más bien a lo exterior, la configuración llegaría a las actitudes interiores y a la plena transformación.

Las virtudes de Cristo misionero «según nuestro carisma propio en la Iglesia» son la caridad-celo, la humildad y la mansedumbre. Además, asociados a la obra de la Redención, los Misioneros se configuran a Cristo por la mortificación exterior y por la mortificación interior, tanto activa como pasiva, con la esperanza de la definitiva y consumada glorificación con Cristo glorioso, nuestra resurrección y nuestra vida.

 El n. 39 nos da una síntesis del proceso de transformación:

 «La unción del Espíritu Santo[52], con la que hemos sido ungidos para evangelizar a los pobres, es una participación de la plenitud de Cristo[53]. Por eso, los que hemos sido llamados a seguir al Señor y a colaborar con El en la obra que el Padre le encomendó, tenemos que contemplar asiduamente a Cristo e imitarlo, penetrados de su Espíritu, hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Cristo quien realmente viva en nosotros[54].Sólo de este modo seremos válidos ¡nstru-mentos del Señor para anunciar el Reino de los cielos. Intentamos conseguir nuestra configuración con Cristo pormedio de los votos religiosos en una Comunidad misionera. La alcanzamos también y la expresamos por medio de otras virtudes, según nuestro carisma misionero en la Iglesia». Como se hecha de ver este número nos habla en primer lugar de nuestra consagración-configuración objetiva, participación de la unción profética de Cristo. Nos describe luego el proceso de transformación sujetiva por la contemplación y la imitación, movidos siempre por el mismo Espíritu. Conseguimos la imitación-configuración por los votos y las virtudes apostólicas.

 a) La configuración-consagración objetiva

 El Padre Fundador, hablando de la necesidad de la consagración del Espíritu, escribe:

 «El mismo Jesucristo recibió el Espíritu Santo[55][…] He aquí las palabras de las santas Escrituras: Spiritus Dominisuper me. El Espíritu del Señor está sobre mí (invisiblemente desde la unión hipostática, y visiblemente desde el bautismo en el Jordán). […] Los demás Santos son ungidos por la gracia y los dones del Espíritu Santo, pero Jesucristo fue ungido por el mismo Espíritu Santo, como fuente y plenitud de todas las gracias, a fin de que de su plenitud todos recibiésemos a manera de fuente abundantísima, der­ramándose sobre los Apóstoles, Mártires, Confesores y Vírgenes»[56].

 El Padre Fundador nos describe en la Autobiografía su experien­cia de la consagración-unción del Espíritu cuando reconsidera de nuevo los textos bíblicos en los que se le desveló la vocación apostólica: «Y de un modo muy particular me hizo Dios nuestro Señor entender aquellas palabras: Spiritus Domini super me etevan-gelizare pauperibus misit me Dominus et sanare contritos corete» (Aut 118).

 El Padre Fundador comienza por experimentar en su vida los efectos de la acción del Espíritu Santo. En la plenitud espiritual tiene más conciencia de la persona misma, según se hecha de ver en esta riquísima confidencia:

 «El Señor me dijo a mí y a todos estos Misioneros com­pañeros míos: Non vos estis qui loquimini, sed Spiritus Patrís vestri et Matrís vestrae, qui loquitur in vobis (Mi 10,20). Por manera que cada uno de nosotros podrá decir: Spiritus Domini super me, propter quod unxit me, evangel­izare pauperibus misit me, sanare contritos corcte»(Autob 687):

 b) La configuración sujetiva

 Esta unción-consagración es, ante todo, la configuración -po­dríamos decir ontológica, objetiva- con Jesucristo evangelizador, pero es también la acción del Espíritu que hace que Antonio llegue a ser sujetivamente «en la vida» lo que ya era por esta gracia.

 El Espíritu, escribe el santo, «dirige, encamina y gobierna por el camino del divino Maestro Jesucristo y de la Virgen Mana» (EA, p.618). El Espíritu, además, le «ilumina y enciende en el divino amor» tanto que hace de esta llama como el «mote» que le identifica. Fuego que arde, inflama, como describe en el Recuerdo, -la impropiamente llamada «definición» del misionero- .que se hacía a sí mismo.-

 El Espíritu le impulsa a hablar «como los que se hallaron en el Cenáculo» (Apuntes de un plan…principales deberes, 6),

 El Espíritu de Cristo, le da fuerza para sufrir la contradicción y perdonar en este mismo amor:

 «El que tiene el Espíritu de Cristo entiende bien este precepto [el amor a los enemigos] y lo cumple. Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no entiende ni practica esto» (EA p.623).

 c) El proceso de transformación

 Las Constituciones nos describen el proceso de colaboración con el Espíritu. Primero, «contemplar asiduamente a Cristo». El Padre Fundador cree en la fuerza transformante de la contemplación y la explica con el ejemplo de la fotografía: estando delante del Señor con el corazón abierto, el Espíritu nos lo revela. Revelar en un corazón vivo es configurar.

 La contemplación lleva a la imitación por connaturalidad; al predominio de la moción y acción del Espíritu en nosotros.

 El n. 39 se funda muy particularmente en la experiencia espiritual del Padre Fundador y la formulación que él le dio por medio de la palabra de Dios y por el estilo de su vida. Distinguiendo la configuración de la imitación, según el matiz que le dan las Constituciones, podríamos decir que del seguimiento-imitación alcanza pasa preponderantemente a la configuración cuando el Arzobispo Claret regresa a la península en 1857 y tiene que establecerse en Madrid como confesor de la reina. El cambio de situación le proporciona la posibilidad de una acción más vasta en favor de la Iglesia pero a la vez más ordenada y sosegada. En este ambiente la experiencia espiritual adquiere una nueva dimensión.

 La primera cosa que se nota al leer los escritos autobiográficos de este momento es el cambio de perspectiva en su relación con la persona de Jesús. Todavía en 1855 considera a Jesucristo como modelo delante de sí: «Tendré siempre la vista fija en Jesucristo, manso y humilde corazón» (EA, p.545). Ahora hay una interiorización de Cristo en el corazón, en términos agustinianos, sería el descubrimiento del Maestro interior:

 «Tendré una capilla fabricada en medio de mi corazón… Mi alma, como María, estará los pies de Jesucristo escuchando sus voces e inspiraciones, y mi carne o cuerpo, como Marta, andará con humildad y solicitud obrando todo lo que conozca ser de la mayor gloria de Dios y bien de mis prójimos: Mi corazón y mi carne se regocijaron en el Dios wVo (Sal 84,3)» (Propósitos 1857, EA, pp. 548-549).

 San Antonio María Claret constata que, cuando se tiene la experiencia de Cristo en el corazón, todo se unifica e interioriza:

 «El amor empieza por unirlo y concentrarlo todo en el interior, desde donde se comunica al exterior y acaba por poseer a todo el hombre. Es un fuego que del centro se ex­tiende a todos los lados, lo gana todo y transforma en sí mismo todo cuanto toca, después de haber consumido lo que se opone» (EE. p.168).

 El Santo, sirviéndose de dos textos de san Pablo, intenta explicar el proceso de presencia-configuración por el amor intenso y activo a Jesucristo:

 «Ruego al Padre eterno que os conceda que Cristo habite en vuestros corazones por una fe viva, por las obras; que perseveréis arraigados y cimentados en la caridad (El 3,17), hasta formar enteramente a Cristo en vosotros (Gal 4,19)-.

Explica este proceso, según su costumbre, por medio de una comparación, insinuada solamente en tos apuntes: el símil de la fotografía. Cristo contemplado e imitado delante de nosotros, se «revela» dentro de nuestro corazón (como en la placa fotográfica) por obra del Espíritu. El corazón, queda transformado por amor en el Corazón de Cristo. Cristo vive en él sus sentimientos, actitudes, su amor. Desde el interior, la caridad de Cristo empuja, urge, inflama. Esta presencia se intensifica en la Eucaristía:

 «Después de la Santa Misa no quiero otra cosa que no sea su santísima voluntad: todo soy aniquilado. Vivo con la vida de Dios» (Propósitos, 1860, EA, p.559).

 Esta vivencia se intensificó con la grande gracia eucarística, que los teólogos se esfuerzan por explicar desde sus respectivas escuelas, pero que transformó real y definitivamente al Padre Fundador.

 Con esta gracia toda la vida de Claret se convierte en Eucaristía.

 La presencia de Claret es portadora de Cristo.

 El amor del Padre Fundador es el amor de Cristo, especialmente a los enemigos (Luces y gracias 1869, EA, p.663).

 El ministerio de Claret es una peculiar continuación del ministerio de Jesús. Nunca su acción por hacer frente a los males de la Iglesia fue tan eficaz como en este momento.

 


[1]Aut. 270

[2]Aut. 342.

[3]Cautelas15: CRISOGONO DE JESÚS, Vida y obras de San Juan de la Cruz, BAC, 1955,3, p. 1255.

[4]O. c. p. 1258.

[5]EA, p. 609.

[6]Aut. 187.

[7]Cf. PUIGDESENS, J., Espíritu del Venerable P. Antonio María Claret: Ensayo psicológico (Barcelona 1928) p. 405.

[8]Aut. 76.

[9]Aut. 64.

[10]A Xifré, 4 de agosto y 30 de noviembre de 1858: EC. I, p. 1624, 1680.

[11]“die 8 lulii mane”, Posítio secunda, p. 124.

[12]Const. 65.

[13]BOCOS, A. El formando en las Constituciones.

[14]EC, l, p. 305.

[15]El Colegial…, I, p, 362-381.

[16]Carta del Padre Xifré, 17.09. 1867; EC II, p. 1199; p. 651.

[17]Const. 59.

[18]Const. 68.

[19]Const. 68

[20]Const. 77.

[21]Diccionario de la Academia española.

[22]BOUYER, L, Diccionario de Teología.

[23]Const. 9.

[24]Const. 5.

[25]Documentos autobiográficos IV: EA, p.350.

[26]Carta al Misionero Teófilo: EE, p. 350.

[27]Aut. 94.

[28]“Por manera que se vio claramente que María Santísima tuvo siempre una especialísima providencia y me tenía como un hijo muy mimado” (Doc. Autob. IX, EA p. 432). “Se le ocurrió que lo que debía hacer era leer y estudiar la vida de San Juan Evangelista e imitarle. Al efecto, vio que este hijo de María, dado por Jesús desde la Cruz, se había distinguido por sus virtudes, pero singularmente por la humildad, pureza y candad, y y así las iba practicando este joven estudiantito” (Doc. Autob. II, EA p. 413).

[29]“A mediados del siglo XIX que en Alemania Straus, Hegel, Shelling han publicado el panteísmo; en Francia M. Renán ha escrito contra la divinidad de Jesucristo; en España la Santísima Virgen ha fundado su sagrada Congrega­ción, para que su Corazón sea el Arca de Noé, la torre de David, ciudad de refugio y sagrado Propiciatorio” (Ejercicios 1865, IX, CC.TT. p. 602)

[30]Luces y gracias 1870, EA p. 665

[31]Constituciones 1857,1; Constituciones 1865,1.

[32]Cf. EC II p. 352. El papelito con la definición se encuentra en Mss. Claret, X 87.

[33]EE. p. 311; cf. Lc 12,49.

[34]L’ Egoismo vinto, Roma 1869, p. 60: EE. p. 417.

[35]I.c.

[36]Doc. Autob. II, p. 411.

[37] Hch. 17, 28.

[38] Col. Inst. t. l. p. 60-61.

[39]Ib.

[40]Un estudiante devoto de María, EA, p. 413.

[41]Gracias concedidas por María Santísima almas indigno e ingrato de sus hijos, EA, p. 432.

[42]HD. t. I, p. 69.

[43]HD. t. I, p. 73.

[44]HD. t. I, p. 73.

[45]Col. Inst. t. II, p. 77.

[46] HD. t. I, p. 74.

[47]Aut. 90.

[48]AGUILAR, F., Vida p. 36.

[49]Aut. 101.

[50]Cf ALONSO, G. cmf, Meditación en Solsona, Sacerdotes misioneros al estilo de Claret, Madrid 1985, p. 343-348.

[51]Aut. 102.

[52] Cf. Hch. 10,38; 1 Jn. 2,20. 27; Is 61, 1.

[53]Cf. Jn. 1,16; Col 1,19.

[54]Cf. Gal. 2, 20.

[55] Is. 61,1; Lc. 4,18.

[56] Col. Inst. II, 269.