9 – La Realidad en la Formación de los Misioneros

Prefectura General de Formación, Roma, 1989

LA REALIDAD EN LA FORMACIÓN DE LOS MISIONEROS

Jesús Álvarez Gómez, cmf.

 

Introducción

No pretendemos escribir en este opúsculo los rasgos que hoy caracterizan la realidad del mundo, de la Iglesia o de la Congregación, con la que los formandos deberán encontrarse y en la que deberán insertarse, previa una confrontación dialéctica. Esta descripción de la realidad se halla brevemente diseñada en el Documento del Capítulo General de 1979 en el epígrafe Nuestra visión de la realidad actual (MCH 4-48). Por eso, nuestra intención será más bien señalar el método y la actitud que frente a la realidad tendríamos que adoptar hoy.

El principio general que ha de presidir nuestro encuentro con la realidad es que ésta tiene que ser leída, comprendida y usada bajo el discernimiento y el impulso del Espíritu que hace nuevas todas las cosas; sin olvidar tampoco que toda realidad dialéctica, discernida desde el Espíritu y leída en cristiano, tiene un matiz escatológico. Y precisamente en y desde esa perspectiva escatológica se sitúa la responsabilidad profética de la acción evangelizadora del claretiano:

“Frente al mundo de nuestro tiempo, escéptico, caren­te de sentido de la trascendencia y ansioso de seguri­dad, a la comunidad claretiana se le plantea la exigen­cia de aquella misma opción radical por Dios que estuvo presente a lo largo de la vida de nuestro Fundador: enseñados por Jesús, estar como El en las cosas del Padre, ser realizadores en las cosas de Dios Padre, ser realizadores de su voluntad de salvación, procurar que su Reino venga a este mundo” (MCH 144).

 1 – La realidad como desafío

La renovación llevada a cabo en la Congregación en los años del posconcilio nos ha demostrado que se han verificado algunas transformaciones en el mundo y en la Iglesia que ne­cesariamente habrán de significar un cambio profundo en nuestra vida de misioneros. Lo cual no puede menos de obligarnos a “hacer un análisis crítico de la realidad concreta (humana, social, cultural, económica y religiosa) en la que se desarrolla la vida del pueblo que evangelicemos” (MCH 202).

Nuestro proyecto de vida misionera descrito en las Consti­tuciones refleja ya esta nueva situación del mundo y de la Iglesia; y adopta la actitud que frente a la realidad se habrá de inculcar a todos los Claretianos desde el comienzo mismo de su formación. Es lo que se dispone en el número 74 de las Constituciones:

“Los misioneros en formación deben ‘adquirir un justo conocimiento de las condiciones sociales y políticas de los hombres y de los tiempo, de tal modo que juzgando sabiamente a la luz de la fe la situación del mundo y ardiendo en celo apostólico puedan responder con mayor eficacia a las necesidades de los hombres”.

Esto nos plantea unos interrogantes: ¿Quiénes somos ver­daderamente en este nuevo contexto social, eclesial y Congregacional? ¿En qué relación están nuestra vida y nuestra relación apostólica con esta realidad que está experimentando unas transformaciones tan rápidas y profundas? ¿Cómo escuchar el grito de la gente, sobre todo, el grito cada día más lacerante de los pobres, de los oprimidos?

La evaluación llevada a cabo en nuestros últimos Capítulos Generales ha constatado un cierto contraste entre nuestro estilo de vida y de misión y la realidad circundante que es preciso subsanar, porque los Claretianos estamos llamados a “desarrollar el carisma de la Iglesia y del mundo, de tal forma que se encarne verdaderamente en la situación y en las necesi­dades de la Iglesia particular y del mundo que la rodea, tanto en el modo de vivir como en el modo de ejercer la misión” (Const. 14).

Por eso mismo, nuestra formación no puede menos de partir de una doble perspectiva que se ha de salvaguardar a toda costa: por una parte la identidad congregacional, es decir el “carisma originario”; y, por otra, la realidad circundante. Porque desde la primera habrá que evangelizar la segunda, que también tiene su propia identidad y sus propias características.

De ahí que la realidad se presenta al Claretiano como un verdadero desafío tanto para su estilo de vida como para el modo de realizar su misión. Será preciso, por tanto, que los Claretianos nos abramos a esta realidad, a fin de conocer sus desafíos y darles la respuesta adecuada, tal como lo señala el Capítulo General de 1985:

“Se impulsarán todas aquellas iniciativas tanto de dentro como de fuera de la Congregación, que pueden favorecer la apertura de cada claretiano a la realidad circundante y universal, y el estudio crítico de esa misma realidad en orden a responder a sus desafíos desde nuestro carisma misionero” (CPR 70).

Por consiguiente, la formación de los misioneros habrá de estar orientada a revitalizar nuestra identidad claretiana y a encarnar ésta en la realidad de la Iglesia y del mundo, a fin de que puedan ofrecer en todo tiempo y en todo lugar una respuesta profética a las interpelaciones de los hombres y a la manera como fue profética la respuesta evangelizadora de San Antonio María Claret.

Nuestra Congregación, en efecto, tiene su origen en un carisma que inicialmente fue otorgado a San Antonio María Claret. En cuanto gracia, el carisma fundacional es un don personal, propio del P. Fundador; pero en cuanto que de esa gracia ha surgido nuestra Congregación, ese don personal tiene necesariamente una resonancia en todos aquellos que, primero por don personal y, después, también por don comu­nitario, del Señor, nos hemos propuesto vivir y trabajar al estilo de Claret.

De este modo, la gracia que empezó siendo un don per­sonal, se convierte en don comunitario, es decir, se convierte en la visión peculiar, en la manera de entender y de actuar, de todo un colectivo, de todos los Claretianos en su conjunto.

Se trata de una actitud cargada de fe y de amor, porque ese don personal y ese don comunitario permitirán a los Misio­neros Claretianos ver cosas en las que nadie ha caído en la cuenta y oír llamadas de las que nadie se ha percatado. No se trata de una visión y de una audición proyectada sobre una realidad que está ahí, sino de una iluminación y de una sensibilidad que se han apoderado del Claretiano y lo impul­san a vivir y actuar de un modo determinado. La fe le ofrece al Claretiano, como al Santo Fundador, una visión de la realidad y del mundo; y el amor lo compromete a darle una respuesta a través de una acción evangelizadora concreta.

Esta respuesta habrá de darla el Claretiano desde tres perspectivas, no separadas, sino complementarias entre sí:

– Desde una perspectiva de conocimiento.

– Desde una perspectiva de interpretación.

– Desde una perspectiva de experiencia.

El conocimiento y la interpretación son importantes e inclusivo imprescindibles; pero lo más importante y decisivo es la experiencia, porque la Congregación y cada Claretiano habrá de confrontar su propia realidad actual con la realidad del Padre Fundador; puesto que puede haber aspectos de éste que hayan sido trascendidos o sobrepasados por la situación actual por la originalidad personal de cada Claretiano. Este reencuentro con el Padre Fundador tienen que hacerlo todas las generaciones de Claretianos. Porque, no sólo cada genera­ción en su conjunto, sino cada Claretiano en particular, tendrán que afrontar su identificación con su espíritu y con su carisma, es decir, con una manera peculiar de situarse frente a Dios, frente a los hombres y frente a las cosas; con aquella manera con que fue precisamente la propia de San Antonio María Claret.

2. El rostro pluriforme de la realidad

La primera y fundamental vocación del hombre en el mundo es ser hombre. Y el hombre será plenamente tal si es capaz de desplegar todas las voces que lo llaman desde su misma profundidad de hombre. El hombre será plenamente hombre si es capaz de conseguir una relación sincera con todo lo que es en sí mismo y con todo lo que le circunda. Tiene aquí plena vigencia el dicho orteguiano: “Yo soy yo y mi circuns­tancia”. La existencia del hombre en cuanto tal depende también de su circunstancia. El hombre conseguirá su pleni­tud si es capaz de explicitar de un modo adecuado aquella triple relación ínsita en su ser profundo:

– Relación del hombre con el mundo.

– Relación con sus semejantes.

– Relación con Dios.

Pero, como algo previo a la plasmación concreta de esa triple relación, el hombre deberá mantener también una re­lación adecuada consigo mismo. No se podrá estar en buenas relaciones con la realidad si previamente el hombre no es plenamente dueño de sí mismo.

2.1. Relación del hombre consigo mismo.

Esta relación no se ha de entender en un sentido psico-individual, sino en un sentido cultural. Es la “auto-conciencia” que tiene todo hombre como experiencia de la compren­sión de sí mismo como ser humano. Es lógico que, aunque se trata de la “auto-conciencia”, ésta solamente es posible dentro de un contexto social, nunca al margen del mismo. Porque el hombre es un ser sociable; y solamente se podrá comprender a sí mismo desde esta su irrenunciable condición de ser abierto a los demás. Solamente en cuanto sale de sí mismo para ir al encuentro de los demás, el hombre se posee a sí mismo como persona (Cfr. LIBANIO, J.B., Formacao da Consciencia crítica, I, Petrópolis, 1978, p. 26-27).

Se trata, en definitiva, de que el hombre alcance su madurez de tal. Lo cual implica algunas condiciones. En la relación o, mejor, en la percepción del propio yo, tiene una peculiar importancia el concepto de sí, es decir, aquello que la persona piensa de sí misma. Él concepto de sí experimenta diversidad de formas: Yo soy: consciencia de la propia naturaleza; yo puedo: consciencia de las propias capacidades; yo debo o yo no debo, es decir, consciencia de lo que constituye un valor o de lo que carece de valor; yo valgo: hay que ser conscientes de los propios valores personales, los cuales es preciso que sean reconocidos también por los demás; yo quiero ser: conscien­cia de las propias aspiraciones.

Este adecuado concepto de sí mismo ha de ser realista; lo cual implica luchar contra todos los mecanismos que puedan impedir la propia libertad experiencial y la comprensión y tolerancia de los valores personales y culturales de los demás.

2.2. Relación con los demás.

El hombre dice una relación consigo mismo, pero también para con los otros que tienen y viven su propia experiencia de la realidad. De ahí surge la relación interpersonal: yo-tú. Así se hace posible el diálogo con la realidad del otro que es lo que crea el nosotros.

La persona, en efecto, no es para sí, sino tensión y relación hacia el otro, hacia los demás. “El hombre se comprende como ser humano en relación con sus hermanos, constituyendo sociedad, haciendo historia. Naturalmente, el tipo de cons­ciencia que él se hace de esas relaciones variará a lo largo de la historia ” (LIBANIO, J.B., o.c., p. 27).

De esa donación de la propia persona al otro, y de la aceptación de la persona del otro, brota la comunión interper­sonal, por la que el otro vive, de alguna manera, en mí y yo en él. El diálogo es el sacramento, el signo eficaz, de la comunión interpersonal.

La relación con los demás se fundamenta simultáneamente en la plenitud y en el vacío, en la riqueza y en la indigencia. Porque yo tengo necesidad de la visión que el otro tiene de sí mismo y de las demás realidades: Dios, los otros, las cosas. La realidad es experimentada, es vivida, por los demás de un modo diferente, según su propia e intransferible originalidad. La experiencia de cada uno de los hombres es pobre, incom­pleta. Por eso, cuando se interrelacionan, cuando se abren unos a otros para recibir la experiencia de los demás, la experiencia de todos se enriquece hasta la universalidad. De alguna manera se condensa en cada uno de los hombres, así abiertos, receptivos, toda la experiencia vivida por la hu­manidad a través de su historia.

Esta realidad: plenitud-vacío, riqueza-pobreza, nos revela complementarios los unos de los otros; y nos exige mantener­nos en una actitud constante de dar y recibir. Pero esta actitud no siempre resulta gratificante, porque el diálogo relacional en el que entrego mi plenitud y mi riqueza, se hace en gran parte en el desierto. Y, por otra parte, también cuesta recibir la verdad del otro, sobre todo cuando esa verdad ajena con­tradice mi verdad y mi visión de la realidad.

Cuesta, en efecto, admitir y reconocer el propio vacío y la propia indigencia, cuando pensábamos estar en posesión de la verdad plena. Y no es menos doloroso entregar la propia intimidad; rasgar el velo de nuestro misterio para hacernos patentes a los demás.

Ser hombre es una vocación, un proyecto dinámico, que se va construyendo en relación con los demás. La madurez de la persona es correlativa a su apertura a los demás, a la entrega y aceptación mutua.

Ahora bien, los Claretianos, como evangelizadores en seguimiento de Jesús, hemos de relacionarnos con todos los hombres, pero hemos de primar nuestras relaciones con los pobres y los marginados, “poniendo especial interés en el conocimiento de las situaciones de injusticia, pobreza, marginación, apoyando los esfuerzos de organización nacidos en el pueblo en vistas a la liberación de estas situaciones” (MCH 202).

 2.3. Relación las cosas.

La relación del hombre con las cosas materiales tiene que ser de señorío, de dominio: “Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza, y domine en los peces del mar, en las aves del cielo, en los ganados, en todas las alimañas y en toda sierpe que serpea sobre la tierra” (Gen. 1.26).

Por ser imagen y semejanza de Dios, el hombre es represen­tante, lugarteniente de Dios, en el mundo; y está llamado a con­crear, a organizar y a poner orden en el mundo que habita. El hombre sirve a Dios, se asemeja a Dios, si realmente es señor y dominador del mundo. Entre Dios, a quien tiene que servir, y el mundo, al que tiene que conquistar cada día un poco más, el hombre se realiza a sí mismo y llega a plenitud. Ser imagen de Dios no es algo estático sino algo dinámico. No significa tanto quién es el hombre cuanto para qué existe el hombre.

Parece una contradicción, pero es una realidad: El hombre, destinado a ser señor y dominador del mundo, es “el animal que viene al mundo menos preparado para afrontarlo, en total dependencia de los seres que le dieron la vida; pero, por otro lado, dotado de inteligencia, supera su indeterminación a través del esfuerzo creativo; el hombre vive en continua lucha con la naturaleza. Esta le surge como un desafío, incluso como un enemigo; necesita ser domada, trabajada, transformada. En ese proceso de lucha y de transformación, el hombre humaniza la naturaleza, transformándose también a sí mismo. Su re­lación con la naturaleza sufrirá modificaciones a lo largo de la historia, en la medida en que él consigue dominarla, enseñore­arse de ella. El hombre expresa su dominio sobre la naturaleza a través del trabajo, de las investigaciones científicas y de las técnicas cada vez más perfectas” (LIBANIO, J.B., o.c., p. 27-28).

 2.4. Relación con Dios realidad trascendente

El hombre, por ser imagen de Dios, está vocacionado a ser hijo de Dios. El Génesis dice que Adán, después de la muerte de Abel, engendró un hijo, “a su imagen y semejanza” (Gen. 5,3). Del mismo modo que el hijo es imagen y semejanza del padre que lo ha engendrado, también quien es “imagen y semejanza de Dios”, tendrá que ser hijo de Dios.

Todo hombre se sitúa necesariamente ante la cuestión de la cognoscibilidad de una renovación que lo supera y lo tras­ciende a él mismo y a todo lo que se le presenta como historia o como naturaleza. Aceptará o rechazará esa relación; pero la pregunta acerca de esa relación con una Realidad trascendente, es necesaria y expresa uno de los elementos fundamentales del esquema mental del hombre (LIBANIO, J.B., o.c., p. 28).

Ahora bien, para un cristiano, en cuanto que acepta la Revelación, y en cuanto que en su vida de cada día se sitúa en una experiencia de fe, esta relación con una Realidad Tras­cendente, con Dios, no puede ser sino una relación filial. Sencillamente porque lleva en su carnet de identidad este rasgo de “imagen y semejanza de Dios”, su Padre.

2.5. Éxito o fracaso en la multiforme relación del hombre con la realidad.

Si la vocación, si la palabra profunda, proclamada desde dentro de su propio ser, define al hombre como un ser abierto al mundo en torno, como señor de las cosas, como hermano de los demás hombres y como hijo de Dios, el hombre no podrá llegar jamás a su plenitud si se encierra sobre sí mismo, si se deja dominar por las cosas, si odia al hermano y si quiere levantar su propia naturaleza a la categoría de Dios.

Si falla una de estas relaciones, fallarán necesariamente todas las demás, porque el hombre es una unidad global, y no un ser dividido en compartimentos estancos:

– El hombre no debe centrarse tanto sobre sí mismo, que olvide que es un ser-en-el-mundo, que dice múltiples relaciones.

– Pero el mundo tampoco debe ocupar de tal modo el ser y el quehacer del hombre, que olvide su relación con los hermanos, porque entonces ya no sería señor de las cosas, sino esclavo de las cosas. – Tampoco el centrarse en Dios debe hacer olvidar al hombre sus obligaciones con el mundo creado y para con los hermanos, porque entonces dejaría de ser señor de las cosas y olvidaría que los hombres son para el hombre lugar de encuentro con Dios.

El Concilio Vaticano II puso a los católicos en guardia contra esta despreocupación acerca de las cosas temporales por pensar que solamente entonces se entrega a la verdadera contemplación de los misterios de Dios:

“Se apartan de la verdad quienes, sabiendo que no tenemos aquí ciudad permanente pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno” (GS 43).

El Concilio pone así claramente la imbricación mutua de las múltiples relaciones a que está sometido el hombre sobre la tierra:

“El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su salvación eterna” (GS 43).

Pero tampoco las relaciones con los hermanos deberán ocupar y preocupar tanto al hombre, que le hagan olvidar sus relaciones con Dios y con las cosas temporales.

La vocación fundamental del hombre, su ser plenamente hombre, se apoya en un difícil equilibrio entre las relaciones consigo mismo, con las cosas materiales, con los hermano y con Dios mismo, porque cada una de ellas le exige un compro­miso y una dedicación total sin descuidar ninguna de las otras.

2.6. Jesús, la relación perfecta en la realidad.

En Jesús de Nazaret puede el contemplar la utopía humana hecha realidad plena. En Jesús, el hombre viejo se transforma en el hombre nuevo. En Jesús, el proyecto-hombre no quedó reducido a una nostálgica aspiración, como en el caso del primer Adán, sino que se ha hecho realidad palpitante. Jesús de Nazaret es el hombre plenamente relacionado consigo mismo, con las cosas, con los hermanos, con Dios.

Desde Jesús de Nazaret podemos entender cuál y cómo debe ser la relación del hombre con la realidad. La afirmación de Pilato fue la proclamación más solemne de todas las aspiraciones de la humanidad: “Ecce Homo”. He ahí al HOMBRE. El hombre perfecto, el hombre plenamente recon­ciliado consigo mismo, con las cosas, con los hombres, con Dios.

En efecto, si ser hombre consiste en el despliegue, hasta su plenitud, de un mundo de relaciones con toda la realidad, Jesús de Nazaret desplegó en todo su esplendor el ser hombre, porque frente a sí mismo, Jesús es el hombre perfectamente uno, sin rupturas ni fisuras ni divisiones internas. Jesús tiene un dominio perfecto de sí mismo, incluso en los momentos más difíciles. La relación de Jesús con las cosas es de señorío absoluto; admira la creación de Dios; Jesús no convoca al hombre para la fuga del mundo, sino para ser señor del mundo, dominador del mundo. Frente a los demás, Jesús es hermano que no discrimina ni humilla a nadie; se hizo prójimo, cercano a todos sin excepción. Frente a Dios, Jesús es el Hijo que vive una extremada intimidad con el Padre, una plena identifica­ción con el Padre; para El no hay espacios sagrados ni profanos, sino que todo lugar y todo tiempo son aptos para el encuentro con Dios.

 3. Lectura de la realidad.

 3.1. Atención a los signos de los tiempos.

La realidad tiene un valor sacramental en tanto que signo de la presencia de Dios: La Iglesia toda es hoy más consciente de ello que nunca. Para los Claretianos hay allí una llamada de Dios: “La Iglesia está sintiendo la presencia del Espíritu a través de hechos significativos” (MCH 47).

La misión que los Claretianos tienen que cumplir en el mundo y en la Iglesia exige una atención vigilante sobre la realidad; en una disponibilidad hacia todo cuanto de bueno haya en cada época para asumirlo; y una atención vigilante a todo cuanto de malo pueda haber a fin de evitarlo, y a cuanto haya también de ambivalente, para retener lo bueno y desechar lo malo.

El Concilio Vaticano II ha puesto nuevamente de actuali­dad la categoría de los signos de los tiempos (GS 4,11,44; DH 15; AA 14). El Papa Juan XXIII la empleó en la Pacem in terris; y el Papa Pablo VI en la Ecclesiam suam. Pero esta expresión ya la había empleado Jesús para invitar al pueblo a reconocer los signos mesiánicos: “Sois capaces de leer los signos de los tiempos metereológicos y no sois capaces de discernir los signos del tiempo mesiánico” (Lc 12,56; cfr. Mt 16,2-3).

El Vaticano II hizo suya la categoría de signos de los tiempos, especialmente en la Gaudium et Spes que trata de las relaciones de la Iglesia con el mundo. El mundo no es solamente destinatario del mensaje de la salvación, sino que es también lugar teológico en el cual todos los que tienen una misión de evangelización deberán buscar los signos premonitores de la presencia de Dios.

De este modo la realidad constituye una llamada de Dios para que el Claretiano se renueve en su dimensión profética. La realidad es así el lugar teológico en el que se realiza plenamente la relación del Claretiano con Dios, con los hombres y con las cosas.

Ahora bien, ¿cómo advertir la presencia de Dios en la realidad circundante? El número 44 de la Gaudium et Spes ofrece algunas pautas:

– Es preciso, ante todo, identificar la realidad y los desafíos que ella provoca. Para ello hay que res­ponder a estas preguntas: ¿Qué está acaeciendo en el mundo, en la nación, en el propio entorno? ¿Qué está ocurriendo en la Iglesia universal y en la Iglesia local? ¿Qué está sucediendo en la Congregación, en la Provincia, en la propia Comunidad?

– Hay que analizar, a la luz de los planes salvíficos de Dios, cuáles son los aspectos de la realidad que coinciden, y cuáles los que no coinciden con esos planes salvíficos de Dios.

A lo largo de la Historia de la Iglesia y de la misma Historia de la Congregación se ha producido siempre esa lectura; especialmente en los Concilios Ecuménicos y en los Capítulos Generales, respectivamente. Y, siguiendo las pautas de la Iglesia y de la Congregación, cada Claretiano tendrá que hacer esa misma lectura de la realidad.

3.2. Una lectura contemplativa de la realidad.

En efecto, la realidad como portadora de los signos premonitores de la presencia de Dios, exige una lectura contempla­tiva, porque la lectura de la realidad la hacen también los marxistas, los liberales y todos los no creyentes en la presencia de Dios en el mundo. En cambio, la lectura de la REALIDAD, en tanto que ella encierra los signos de los tiempos, pide una actitud cargada de fe y de amor, es decir, una creciente experiencia de Dios.

Precisamente, uno de los rasgos más característicos que deben definir el estilo evangelizador de los Claretianos, en seguimiento del Padre Fundador, ha de ser la contemplación. Cada Claretiano, en efecto, enfrentado con la dimensión profética de la propia vocación apostólica, se ha de sentir necesariamente urgido por la contemplación. De modo que, solamente contemplando y viviendo en intimidad con Dios, será capaz de descubrir en todo hombre la imagen del Hijo de Dios hecho Hombre; y, como consecuencia lógica, se conver­tirá en apóstol de Cristo que evangeliza al hombre concreto en su concreta realidad circundante.

Esto significa que la contemplación del Claretiano no se hace en abstracto, sino que cada nueva época, cada nueva realidad, constituye un nuevo contexto para su contemplación.

4. Cómo leer la realidad a fin de que se convierta en signo espléndido del Reino.

En primer lugar es necesario conocer la realidad circun­dante. Hay que informarse. Tantas veces, nuestras reuniones o asambleas comunitarias de reflexión o de discernimiento se tornan rutinarias y anodinas porque no caemos en la cuenta de lo que está acaeciendo en nuestro entorno, nacional o local, eclesial o congregacional. Ciertamente, hay que tener de un modo permanente la Palabra de Dios en nuestras manos, pero también hay que leer los periódicos de cada día en los que ha­brá siempre alguna interpelación de Dios para nuestra vida.

Ahora bien, el resultado de la lectura de las palabras de Dios que sin duda el periódico nos trae cada mañana, tendrá que desembocar en un conocimiento no solamente informativo sino también formativo. Es decir, un conocimiento que nos lleve a implicarnos, desde nuestra identidad misionero-apostólica, en esa realidad, en ese desafío, en esa impaciencia del Reino de Dios, que la lectura de los Medios de comunica­ción social habrán, sin duda, creado entre nosotros.

Ese conocimiento implicativo tiene que llevar, por fuerza, al Claretiano a una actitud de encarnación dentro de esa misma realidad para evangelizarla desde dentro:

“El estudio de las situaciones humanas de las per­sonas que evangelizar no será profundo ni motivante si no vivimos encarnados en la realidad del pueblo, compartiendo, en un constante diálogo de vida, sus angustias y sus esperanzas” (MCH 211). 14

Ese conocimiento implicativo de la realidad hay que refer­irlo de un modo constante a nuestra concreta manera de vivir la fe, a nuestra concreta manera de ser apóstoles. Hemos de convertir esa realidad, como ya se ha dicho anteriormente, en cauce para nuestra contemplación que, si es tal, nos habrá de llevar necesariamente a un compromiso apostólico desbor­dante.

Por otra parte, esa contemplación, cimentada en la realidad, cuestionará tanto nuestro testimonio de vida como nuestras acciones apostólicas concretas. Tanto el estilo de vida como las actividades apostólicas tienen que ser confrontadas con la identidad congregacional; es decir, no se trata de renovar nuestra identidad porque esta es el punto permanente de referencia, sino de renovar, de hacer nuevas todas las acciones concretas, tanto por lo que se refiere al estilo de vida como a las acciones apostólicas concretas.

Una vez conocida y releída la realidad circundante, el Claretiano se sentirá impulsado a responder a sus urgencias a través de un servicio pastoral constante. Y decimos constante en cuanto se opone al “mariposear” de flor en flor; es decir, al ir de actividad en actividad sin dedicarse seriamente a nada. Lo cual no significa renunciar a la creatividad pastoral. Todo lo contrario. La creatividad se impone a quien se experimenta a sí mismo urgido -“la caridad de Cristo nos urge”- por el celo de la salvación de las almas. Aunque esta urgencia no debe olvidar tampoco la necesaria paciencia del sembrador que sabe esperar el tiempo de la recolección.

No es suficiente, sin embargo, con haber llegado a la decisión de responder a las urgencias evangélicas descubiertas en la realidad circundante. Hay que darle, además, una intencionalidad bien definida a nuestra acción apostólica desbordante. No sería suficiente, por ejemplo, con la decisión de aceptar o crear una nueva actividad pastoral, de cualquier tipo que sea, sino que hay que tener muy claro el sentido evangelizador que esa nueva actividad tiene.

Finalmente, a la hora de hacer nuestra personal relectura de la realidad, se ha de tener en cuenta que posiblemente otros hermanos nuestros en la Congregación, en la Provincia e incluso en el ámbito de la propia Comunidad local, harán su propia relectura desde una perspectiva diferente. Cada Claretiano deberá estar imbuido de la suficiente humildad como para pensar que puede no interpretar correctamente, sino refractar las iluminaciones que el Espíritu le envía a través de la realidad.

Existe, sin embargo, un criterio objetivo infalible. Y no puede ser otro que aquel que Jesús mismo dio en confirmación de que El era el Mesías prometido. Se trata del amor y de la entrega incondicional al servicio de todos los hombres y, de un modo muy especial, de los más necesitados. Es el signo dado por Jesús al Bautista que le había enviado unos discípulos suyos para discernir la autenticidad de aquella realidad nueva que era el mismo Jesús.

En esa misma actitud liberadora de Jesús frente a los pobres y los oprimidos, se ha de situar nuestra propia acción evangelizadora de Claretiano en la Iglesia:

“Tenemos que desarrollar la sensibilidad respecto al papel de la Iglesia como liberadora de los oprimidos, evangelizadora de los pobres, defensora de la justicia y de los que no tienen voz” (MCH 202).

 5. La ascesis en nuestro compromiso con la realidad.

En un mundo como el nuestro fuertemente secularizado, en el que el hedonismo y el confort están invadiendo todos los ámbitos de la vida del hombre; y que incluso han penetrado profundamente en los ámbitos de la vida de los cristianos y religiosos, la ascesis no puede menos de ocupar un lugar relevante en la mentalidad y en la práctica de la vida cotidiana.

En efecto, la ascesis, en lo que tiene de renuncia en favor del primado de la vida, es un factor imprescindible de la existencia humana, cristiana y religiosa. La ascética cristiana no es un puro faquirismo, sino que desde el fundamental presupuesto cristiano de la Encarnación del Verbo de Dios, la ascética no se explica ni justifica en función de la mortificación, sino en función de la vida en su dimensión más amplia.

A pesar de la alergia hacia la ascesis, hacia todo lo que suponga un freno a los instintos naturales, estamos asistiendo a un nuevo despertar de la austeridad fomentada por numero­sos grupos sociales que se han percatado de que, sin una cierta austeridad, no se puede lograr una calidad de vida verdadera­mente humana. Ahí están los movimientos ecologistas; ahí está la permanente llamada de atención de los dirigentes del Club de Roma y de otras Sociedades semejantes preocupados por el despilfarro de las materias energéticas; ahí está, sobre todo, el temor al poder destructivo de la bomba atómica.

Las sociedades modernas se están empezando a convencer de que el mundo no podrá sobrevivir, a no ser que los hombres en tanto que individuos y en tanto que colectividades, entien­dan de una vez por todas que el precio de la libertad es la auto­disciplina y la austeridad, que son las formas laicas o seculari­zadas de que se reviste hoy la ascética cristiana de siempre.

Ahora cabe preguntarse: esta actitud ascética, tanto si se trata de decisiones del individuo para consigo mismo como de su relación para con la realidad general, ¿no deberá tener algunas repercusiones en la vida del Claretiano que pretende adoptar un estilo de vida en consonancia con el mensaje de Jesús que tiene que presentar a los hombres?

No se trata, por supuesto, de repetir las viejas fórmulas del ascetismo monástico antiguo. Cada época ha tenido sus propios modelos ascéticos; y los de hoy tendrán que revestirse de unos caracteres específicos que se habrán de descubrir mirando a las dificultades concretas que nos presenta la realidad con la que nos tenemos que enfrentar cotidianamente. Pero la ascesis sigue siendo hoy tan necesaria como en el pasado.

La finalidad de la ascética, hoy como ayer, será eliminar los obstáculos que nos impiden conducir una vida plenamente humana, cristiana y religiosa, tal como nos viene exigido por la participación en la misma vida de Dios en el seguimiento misionero de Jesús. Pero en la actualidad, la ascética tiene que militar en favor de todo el hombre, mientras que en el pasado algunos aspectos humanos fueron dejados en muy segundo plano cuando no preteridos del todo.

Nuestro ascetismo ha de venir enmarcado por la realidad misma en que nos estamos moviendo y que muy frecuente­mente nos impone duras renuncias y también ciertas situa­ciones de penuria inevitable.

Las formas que el ascetismo ha de revestir para cada Claretiano en concreto, dependerán de las concretas situa­ciones que se le vayan presentando en sus relaciones cotidi­anas con la realidad circundante. Las Constituciones piden esta adaptación ascética: “En la comida y bebida y en el uso de aquellas cosas que favorecen el deleite, elijan las formas de templanza más conformes a las circunstancias de tiempo y de lugar y que mejor corresponden a hombres apostólicos” (Const. 43).

No obstante, hay ciertas actitudes que es preciso cultivar siempre; y exigen una buena dosis de ascetismo. Señalo solamente algunas.

– Poner un orden en la propia vida: Es fruto de una experiencia de la realidad externa e interna. Este orden es el que le permitirá al Claretiano disponer de sus propias fuerzas y de todas sus posibilidades. Solamente así podrá afirmarse frente a los conflictos, las exigencias y defecciones que inevitablemente le sobrevendrán en las relaciones consigo mismo, con los demás y con las cosas materiales. Y esto, tanto respecto al propio estilo de vida personal y comuni­taria como respecto al estilo de misión en que habrá de estar comprometido. Solamente a través de este esfuerzo por poner orden en la propia vida con­seguirá el Claretiano alcanzar poco a poco la propia libertad interior y exterior.

–       La tolerancia fraterna; Al Claretiano, llamado a convivir con otros hermanos-misioneros; y llamado también a ser portador del mensaje de Jesús a todos los hombres de cualquier tiempo y lugar, de toda condición social y cultural, no les es suficiente con haber puesto un orden en su vida. Porque un hombre “ordenado”, sin más, puede ser un hombre muy peli­groso que caerá inevitablemente en la intolerancia y en la rigidez en sus relaciones con quienes no estén “ordenados” del mismo modo que él.

Un Claretiano así, “unilateralmente ordenado”, en su estilo de vida y en su estilo de misión, podrá convivir y trabajar si, en el mejor de los casos, hace suya aquella máxima de San Juan Berchmans: “Vita communis, mea máxima poenitentia”. Máxima que, a poco que uno se descuide, puede convertirse en garantía del individualismo más atroz.

Ahora bien, el ascetismo cristiano y religioso bien en­tendido implica necesariamente la fraternidad más sincera y solidaria. Aquí es donde juega un papel de máxima importan­cia la ascética de la tolerancia, que se caracteriza por la aper­tura libre, incondicional, que posibilita el encuentro entre los hombres y muy especialmente entre hermanos-misioneros que comparten una misma vida y una misma misión.

Es una nueva versión de lo que anteriormente se dijo respecto a la relación con la realidad del otro. Hace falta una buena dosis de ascesis para aceptarse uno a sí mismo, como fundamento para aceptar sin envidias y recelos los valores y cualidades de los hermanos, sin dejar, por ello, de ser uno mismo. Ser tolerantes significa, en una palabra, estar abiertos para oír las llamadas de Dios y de los hombres, a cuyo servicio salvífico hemos sido enviados. Y especialmente de los más necesitados: “Solidarios de los hombres que padecen enfer­medad, dolor, injusticia y opresión, soportémoslo todo por ellos, para que también ellos consigan la salvación” (Const. 44).

– Ascesis que es lucha y esfuerzo: La ascética del “orden” y de la “tolerancia” también implican lucha y esfuerzo. Pero ahora nos referimos a la “lucha” y al “esfuerzo” necesarios para “crecerse” ante las dificultades, ante las exigencias y renuncias que impone la propia realidad personal ante las amenazas y halagos que nunca faltan en la vida del misionero.

Es preciso que el Misionero Claretiano aprenda a permane­cer firme, en pie, tanto frente a los impulsos que provienen de su propio interior, como frente a las presiones que le vendrán sin duda de fuera. Lucha que se ha de situar ante todo en el pro­pio corazón, que es el lugar donde hay que buscar y conseguir la verdadera conversión, el verdadero cambio de mentalidad. Cuánta razón tenía Einstein cuando afirmaba que temía menos a la bomba atómica que al corazón humano. En efecto, resulta mucho más fácil luchar contra todas las bombas atómicas del mundo, que contra el propio corazón y contra el corazón de aquellos a quienes se va en misión apostólica. Ahí es donde se entablan las grandes batallas en las que merece verdaderamente la pena comprometerse en cuerpo y alma.

6. Cómo releyó el Padre Fundador la realidad.

Elegido por Dios para evangelizar a las gentes, San Antonio María Claret se experimentó a sí mismo formando parte de las filas de los Profetas, de los Apóstoles, de los grandes santos misioneros y de todos aquellos que han sido llamados por Dios para ser continuadores de la misión salvadora de Jesús.

Claret se sintió ungido por el Espíritu para anunciar la Buena Nueva. Y desde esa su condición de enviado de misionero, se explica todo lo que él fue y todo lo que él hizo (cfr. Aut. 113-120; Doc. Aut, BAC, 2» ed., p. 416-418).

La unción del Espíritu, la gracia carismática, capacitó a Claret para ver cosas que otros no fueron capaces de ver; y le hizo descubrir unos concretos retos o desafíos existentes en el Pueblo de Dios que otros no fueron capaces de detectar. El supo analizar como nadie la raíz última de los males que en su tiempo trabajaban a la Iglesia y a la sociedad española.

El análisis de la realidad o el discernimiento de los signos de los tiempos, aunque por entonces no se emplease ninguna de estas expresiones, era algo habitual en San Antonio María Claret, como consecuencia de sentirse llamado a evangelizar:

“Al ver que Dios N.S., sin ningún mérito mío, sino y únicamente por su beneplácito, me llamaba para hacer frente al torrente de corrupción y me escogía para curar de sus dolencias al cuerpo medio muerto y corrompido de la sociedad, pensé que me debía dedicar a estudiar y conocer bien las enfermedades de (este) cuerpo social. Y en efecto lo hice…” (Aut. 357; cfr. n. 685).

De los escritos del Padre Fundador se podrá sacar una lúcida y detallada descripción de la realidad de mi tiempo; especialmente de sus Opúsculos.

Es de sobra conocido cómo el Padre Claret, en su afán evangelizador, iba con los ojos muy abiertos por la vida, oteando permanentemente el horizonte, de modo que para cada problema que detectaba en el Pueblo de Dios, inventaba alguna acción apostólica puntual o, por lo menos, escribía un opúsculo específico. Se puede afirmar que cada opúsculo refleja un aspecto muy concreto de la realidad eclesial o social de su tiempo. Entre todos sus Opúsculos merecen destacarse La época presente, Antídoto contra el contagio protestante y los Viajeros del ferrocarril, en los cuales hace una descripción muy atinada de la realidad religiosa y social de su tiempo.

También en su correspondencia abundan los reflejos con­cretos de su análisis de la realidad. Quiero mencionar de un modo especial el análisis tan certero que hace de la realidad sociopolítica española en una carta dirigida a D. Antonio Barjau, a los pocos meses de su llegada a Madrid para ocupar el cargo de Confesor de Isabel II (EpistClar. I,p. 1507-1508).

En esta portentosa clarividencia no estuvo ausente una peculiar iluminación de Dios, tal como el mismo Padre Claret dice en su Autobiografía. El 23 de septiembre de 1859, leyendo el Apocalipsis, el Señor le dio a conocer los males que amenazaban a la Humanidad (Aut. 685). También recibió iluminaciones especiales sobre la realidad de la Iglesia en España cuando experimentó la presencia sacramental de Cristo de una comunión a otra (Aut. 694-695). Hizo partícipes de esa iluminación recibida de lo alto, a su confesor y capellán, D. Carmelo Sala (Proceso informativo de Tarragona, sesión 8a), y al P. Xifré en carta del 27 de agosto de 1861.

Ahora bien, el Padre Fundador no se queda en la contem­plación estática ni en la simple lamentación de los males que amenazan a España y a la Humanidad entera, sino que se siente llamado a hacerles frente. Es más, se considera a sí mismo como la respuesta providencial de Dios a esos males de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo.

En una plática de los Ejercicios que predicó prácticamente a toda la Congregación reunida en Barcelona en 1865, el Padre Claret se eleva a un auténtico teólogo de la historia en una reflexión acerca de la acción de Dios que vela siempre por su Iglesia. El santo Fundador se sitúa a sí mismo en la cadena de las intervenciones de Dios en favor de la Iglesia a lo largo de la historia, aunque por modestia, no menciona su nombre, pero en lógica consecuencia con lo que está exponiendo, tendría que haberse citado a si mismo. Se trata de un párrafo que yo considero de capital importancia para conocer la especificidad apostólica de la Congregación:

“En todos los tiempos (ha tenido Dios especial cui­dado de su Iglesia), pero singularmente en algunos:

– Cuando Pelagio en Inglaterra, nació San Agustín en Sagas te.

– Cuando se presentaron los albigenses, Dios envió a Santo Domingo y a San Francisco. Con el Rosario.

– Cuando empezó Lulero a publicar sus errores en el año 1521, en este año fue herido San Ignacio en Pamplona.

– A mediados del siglo XIX que en Alemania Strauss, Hegel, Scheling, han publicado el Panteísmo; en Francia M. Renán ha escrito contra la Divinidad de Jesucristo; en España la Santísima Virgen ha fun­dado su sagrada Congregación, para que su Corazón sea el Arca de Noé, la torre de David, ciudad de refugio y el sagrado Propiciatorio.

– Y nosotros que somos presbíteros de esa Congrega­ción tenemos obligación de celar…” (Constituciones y textos sobre la Congregación de Misioneros, ed. J.M. Lozano, Barcelona 1972, p. 602).

El Padre Fundador ha hecho un profundo análisis de la realidad de su tiempo y, aunque en última instancia, por no situarse a sí mismo en la sucesión de santos tan relevantes como San Agustín, Santo Domingo, San Francisco y San Ignacio de Loyola, le atribuya la fundación a la Santísima Virgen, de la que él no era nada más que un instrumento, contempla la Congregación de Misioneros como un momento dentro de la Historia de la Iglesia. No hay que olvidar que 1865 fue un año de especial reflexión del Padre Fundador sobre el sentido apostólico de la Congregación. Fue entonces cuando él, analizando a fondo la realidad socioeclesial de su tiempo, se percató de que el motivo último de la fundación de la Congregación no fue simplemente suplir la carencia de predi­cadores de la Palabra, porque esto no sobrepasaba en último término la categoría de un episodio más dentro de una Iglesia local, sino que, bajo la guía del Espíritu, se elevó entonces a la consideración de un fenómeno de orden cultural, de reto y de respuesta y, por lo mismo, destinado a ejercer un influjo más prolongado en toda la Iglesia. No se ha de olvidar que esta plática a los Misioneros es posterior a la Autobiografía.

Después de esta visión panorámica sobre el análisis de la realidad llevado a cabo por el Padre Fundador, no debe extrañarnos que él fuese un apóstol verdaderamente certero, tanto en la detección de los problemas (Aut. 357-358), como en la respuesta a los mismos (Aut. 359).

La Congregación ha sintonizado perfectamente con esta gran intuición del Padre Fundador cuando prescribe en la MCH:

“A ejemplo del P. Claret y en sintonía con la Iglesia de nuestro tiempo, la Congregación se ve urgida a reflexionar en torno al hombre de hoy, dejándose cuestionar por él para mejor capacitarse a su misión. Nuestra lectura de la realidad contemporánea, hecha en perspectiva de evangelización…, no puede menos de poner en el centro de su atención al hombre y ser consciente de las “situaciones” que él pasa en la actualidad” (MCH 4).

Y en esta misma actitud se situó la Congregación en el Capítulo General de 1985, “favoreciendo la apertura de cada claretiano a la realidad circundante y universal, y el estudio crítico de esa misma realidad en orden a responder a sus desafíos desde nuestro carisma misionero” (CPR 70).