Capítulo 4 – Los factores formativos (personales y ambientales)

Introducción

145.        Por factores formativos entendemos aquellas realidades (personas y ambientes) que inciden en la estructuración y maduración personal y en el proceso formativo. Pueden ser internos o externos a la persona, y están relacionados entre sí. En principio, no son pedagógicamente intencionales, ni por parte del formador ni del formando. Algunos son heredados y otros son espacios naturales o sociales recibidos sin ningún proyecto o propuesta pedagógica especial.

146.        La falta de intencionalidad pedagógica no significa que los factores no tengan incidencia en el proceso de formación; al contrario, suelen tener una amplia e intensa influencia, tanto positiva como negativa. Más aún, cuando es posible, se les puede dar la intencionalidad formativa de un modo explícito; de esta manera, los factores se convierten en dinamismos y medios formativos. Por eso, los factores formativos se han tenido en cuenta en el PGF y deben considerarse en la elaboración de los proyectos formativos, sea como marco de referencia, sea como dinamismos y medios de formación.

 1. Factores personales

 1.1. Factores físicos

147.     Los factores físicos son, en su mayoría, hereditarios. Algunos, sin embargo, pueden ser adquiridos, como ciertas enfermedades o limitacione­s. Factores físicos son la salud, la edad, el sexo, las condiciones somáticas. Influyen en el desarrollo de la persona y en la dotación de cualidades, aptitudes y posibilidades futuras. Por eso, tanto la Iglesia[1] como la Congregación[2] se refieren a ellos en el proceso de discernimiento voca­cio­nal. Se señala, por ejemplo, una edad mínima para el comienzo del Novicia­do, para la profesión primera y perpetua y para la ordenación. Entre los diversos requisitos de ingreso, se habla también de salud adecuada. Aunque no se describe en qué consiste, esta indicación genérica se refiere, al menos, a aquella salud que puede permitir al candidato vivir y realizar las exigencias de la vida misione­ra[3].

148.        Dada la importancia que la salud tiene para el equilibrio personal y para el desarrollo de la vida misionera, procuraremos cuidarla mediante el ejercicio físico regular, la práctica del deporte, una dieta equilibrada y la adquisi­ción de hábitos de higiene, limpieza, esparcimiento y descanso[4].

   1.2. Factores psicológicos

149.        Los factores psicológicos son los que describen la personalidad del sujeto y las dimensiones de la misma (sensación, percepción, inteligencia, intereses, actitudes, aptitudes, necesidades y motivaciones). La influencia de los rasgos psicológicos de la personalidad es decisiva en el comporta­miento de la persona. Por otro lado, la personalidad se va realizando evolutiva­mente; aun siendo siempre la misma, cambia en la medida en que se madura. De ahí la importancia pedagógica que tiene el desarrollo de una personalidad consistente.

150.     Un criterio de discernimiento vocacional es el referido a la «índole» del sujeto. En este concepto se incluye el temperamento, el carácter y la personalidad. Especial atención merece en el proceso de discernimiento el estudio de las motivaciones vocacionales, de la capacidad para vivir en comunidad y de la madurez afectiva. Esta, particularmente, incide en la estabilidad de la opción, en la vida comunitaria y en la vivencia integradora de los consejos evangélicos. Es preciso, pues, verificar siempre la ausencia de contraindicaciones en este campo (enfermedades psicológicas como tales y defectos incompatibles con la vida claretiana), incluso con la ayuda de especialistas.

1.3. Factores de la condición juvenil

151.     Los candidatos a nuestra vida misionera son, por lo general, jóvenes que viven las virtudes y defectos de las nuevas generaciones. Aunque se dan notables diferencias entre ellos, según los diversos contextos geográficos y culturales, existen, sin embargo, algunos rasgos que tienden a universa­lizarse y que influyen significativamente en el proceso de discernimiento y de desarrollo vocacional[5].

152.      Entre los valores más universales destacan la sensibilidad por la justicia, la no violencia y la paz; la apertura a la amistad, a la fraternidad y a la solidaridad; un nuevo concepto y estilo en las relaciones entre hombre y mujer; la actitud de apertura y de diálogo[6]; la movilización por causas como los derechos humanos, la conservación de la naturaleza y la calidad de vida[7]; la sed de libertad y de autenticidad y la aspiración a un mundo mejor[8].

153.        Se dan también rasgos negativos como, por ejemplo, la atracción y dependen­cia de la sociedad de consumo, la actitud individualista y hedonista en la vida y el rechazo de todo lo que suponga sacrificio y renuncia en la vivencia de los valores espirituales y religio­sos[9].

154.        En conjunto, hay en las nuevas generaciones muchos valores emergentes que debemos tener en cuenta en los procesos de pastoral vocacional y en la formación. Estos valores, discernidos y potenciados por el Evangelio, señalan los perfiles que la vida religiosa y el ministerio irán adquiriendo en los próximos años. Dada la diversidad derivada de nuestra presencia en áreas geográficas y culturales distintas, el PGF no puede descender a un análisis pormenorizado, pero recomienda que se haga en los planes provinciales y locales.

 2. Factores ambientales

   2.1. La familia

155.        La familia es el lugar normal del crecimiento de los hijos y el primer agente de socialización de la persona. Esta socialización se realiza a través de un proceso de interiorización de los valores culturales que se viven en ella. La familia, como escuela del más rico humanismo[10], no es sólo transmisora directa de valores a través de la educación de los hijos; también su situación social, el nivel económico que posee, el tipo de relaciones intrafamiliares y el ambiente religioso que vive, ejercen una influencia especial en la persona.

156.        La misión educativa de la familia, comunidad de fe, de vida y de amor, abarca todas las dimensiones de la persona; por lo mismo, los padres, mediante la educación cristiana de sus hijos, deben cultivar y proteger en ellos lo que favorece el descubrimiento y la respuesta a la vocación religiosa[11]. De esta manera, cuando la familia vive su misión de iglesia doméstica, se convierte en el primer seminario[12].

157.        Por eso, la familia y el entorno familiar que ha vivido el canditato constitu­yen un factor decisivo y condicionante del futuro vocacional y formativo de la persona que ingresa en la Congregación. Una sana educación familiar, humana y cristiana, es siempre una base sólida y una garantía para la futura formación claretiana del candidato. Por el contrario, las situaciones familiares anómalas, los problemas y conflictos intrafamiliares y los valores que se viven en el seno de la familia, sobre todo cuando son poco cristianos y evangélicos, pueden ser dificultades, más o menos consistentes, para el desarrollo normal de su formación.

158.        Todo ello hace que la familia sea un elemento clave de discernimiento vocacional que hay que tener muy en cuenta durante todo el proceso formativo, pero de una manera particular en su comienzo. A lo largo de él habrá que prestar atención al influjo familiar en las motivaciones y comporta­mientos del candidato para ayudarle a integrarse en la nueva familia a la que ha sido llamado. Cuando el candidato provenga de una familia perteneciente a otras tradiciones religiosas, habrá que conocer el ambiente religioso familiar y ayudar al mismo a asumir toda su experiencia religiosa en el seguimiento de Jesús dentro de la comunidad claretiana.

159.        Una adecuada y equilibrada formación deberá ser, por una parte, sensible al influjo positivo que puede ejercer la familia en la vida de los forman­dos[13] y, por otra, consecuente con la exigencia evangélica de la renuncia a la familia[14], que pide tanto el proceso de madurez personal como nuestro peculiar estilo de vida y misión.

    2.2. El espacio físico

160.        El espacio físico natural está constituido por las condiciones físicas del entorno: el paisaje, el clima, la orografía, la situación física en el territorio. El espacio creado es lo que el hombre ha construido para dominar la naturaleza. Supone un conjunto ambivalente de fenómenos: la ciudad, los ruidos, las condiciones higiénicas.

161.     La relación con ambos puede ser de armonía o de desequilibrio. Existe una relación ecológica y una relación explotadora. Por eso, teniendo en cuenta el influjo que los ámbitos ejercen y la sensibilidad actual por el respeto a la creación, es preciso cuidar las actitudes que más favorecen una formación armónica y respetuosa de la naturaleza.

162.        Todo ello influye en el tipo de personas y de culturas. La historia humana registra también modalidades diversas de culturas, muy ligadas, con frecuencia, al entorno natural en el que han surgido. Todas ellas han de ser respetadas y valoradas en la formación. Cuando se ponen al servicio de un proyecto común, lo enriquecen y lo hacen más universal.

  2.3. La sociedad y la cultura

163.     La compleja realidad social circundante, descrita ya en el marco de referen­cia[15], ejerce, con sus rasgos positivos y negativos, una influencia cada vez más considerable en el proceso de maduración de la persona. Hay valores, como la conciencia de la dignidad e inviolabilidad de la persona, la afirmación del sentido inalienable de la vida, el hambre de justicia y de verdad, el respeto del pluralis­mo, el interés y la preocupación por la defensa de la creación y el acercamiento entre los pueblos, que abren nuevos horizontes de esperanza y ofrecen un marco positivo para el crecimiento personal y comunitario y para suscitar la sensibilidad misionera; facilitan la personaliza­ción que nosotros buscamos y favorecen la adquisi­ción de valores y de hábitos que están muy en línea con una misión profética y liberadora.

164.        Otros, en cambio, como la cultura de la destrucción y de la muerte (violencia, guerra, marginación, explotación), el individualismo y el consumismo, reflejan la insolidaridad y el ansia desenfrenada de poder y de bienestar que conforman el horizonte existencial en el que nos situamos e interpelan el proceso formativo. Marcan a las personas y dificultan la disponibilidad, la itinerancia misionera y la asimilación de otros aspectos del Evangelio que son también imprescindibles para el misionero: aceptación de mediaciones objetivas, entrega desinteresada, predilección por los más pobres.

165.     En este contexto sociocultural estamos llamados a lograr una sensibili­dad por la cultura de la vida, la justicia, la paz y la integridad de la creación. Nuestra formación tiene que ser inculturada y garantizar una preparación adecuada que nos permita dar con responsabilidad, como Claret, respues­tas misioneras y proféticas a los múltiples desafíos que se nos presentan. Debemos prestar especial atención al análisis crítico de la realidad y a la práctica del discerni­miento, de modo que todos aprendamos a interpretar la realidad desde la fe.

166.     La sociedad asume rostros concretos en los diversos pueblos en los que vivimos. De ellos recibimos una forma particular de entender la vida y la historia. El conocimiento y aprecio de los símbolos y valores de la cultura del pueblo nos irá formando como personas y nos dará la sintonía necesaria para entender mejor las esperanzas y problemas de los hombres con los que compartimos la existencia. Jesucristo, ungido por el Espíritu, acogía la voluntad del Padre y compartía el dolor del pueblo. Nosotros contemplamos al Maestro y acogemos su palabra abriéndole nuestro corazón y compartien­do las angustias y esperanzas de nuestros hermanos.El pueblo nos interpela constantemente con su testimonio de vida, su capacidad de lucha y transformación y su esperanza en el advenimiento de una nueva sociedad. Percibimos todos estos valores cuando nos mantemos en relación constante con él. Por eso, debemos esforzarnos por escuchar la Palabra de Dios en la oración personal, en los acontecimientos de la historia y también en las culturas y vida de los pueblos, en sus silencios y clamores. Sólo podemos evangelizar cuando nos abrimos a los demás ofreciéndoles lo mejor de nosotros mismos y compartiendo con ellos nuestra esperanza.

    2.4. La comunidad eclesial

167.        Nuestra vocación claretiana hay que situarla dentro del contexto del Pueblo de Dios. La Iglesia, en cuanto madre y educadora de las vocaciones, las acompaña desde su nacimiento hasta su plena madurez a lo largo del proceso formativo[16]. La Iglesia es el ámbito en el que la comunidad vive su carisma y realiza su misión formativa.

168.     El período especial de gracia y renovación abierto en la Iglesia con el Concilio Vaticano II, con la proliferación de frutos de vida evangélica, constituye el contexto al que la formación debe hacer siempre referencia. La llamada a una nueva evangelización se convierte en un contexto actualizado que imprime al proceso formativo una especial novedad en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones[17]. El magisterio pontificio, que ha iluminado la nueva situación de la Iglesia y del mundo con importan­tes documentos sobre Jesucristo[18], el Padre[19], el Espíri­tu[20], Ma­ría[21], la mujer[22], la vocación y misión de los laicos[23], la situación social[24], la misión de la Iglesia[25] y el problema de la verdad[26], ha de reflejarse en la formación de los misioneros claretia­nos. También es preciso tener en cuenta las orientaciones de los obispos y de las conferen­cias episcopales de cada región. El Nuevo Catecismo de la Iglesia debe constituir igualmente un punto de referencia para crecer en el sentido de comunión eclesial.

169.        La adecuada mediación de la Iglesia en la formación implica un esfuerzo por vivir en sintonía y comunión con la misma, dejándose interpelar y educar por el Pueblo de Dios, intercambiando experiencias de evangelización y de fe, fomentando concordemente todas las vocaciones y ofreciendo, para su provecho y para la edificación del Cuerpo de Cristo, la propia peculiaridad carismática. En este sentido, un conocimiento y participación adecuados en diversas experiencias carismáticas eclesiales puede enriquecernos.

170.     El sentir con la Iglesia y el amor a la misma serán también un estímulo formativo para trabajar por superar las sombras que la afectan y promover la comunión orgánica entre las diversas vocaciones y entre carismas y ministerios; la unidad en el pluralismo; la misión evangelizadora entre los que no han oído la Buena Nueva del Reino; la inculturación y la apertura al mundo[27]. El aprecio de su universalidad, manifestado en actitudes ecumé­ni­cas de interés por todas las iglesias y en apertura a sus peculiarida­des y necesidades, está muy en sintonía con nuestra vocación misionera. La colaboración con otros institutos de vida consagrada favorece la tarea común de construir el Reino entre todos.

    2.5. La comunidad congregacional

171.     La responsabilidad de la pastoral vocacional y de la formación misionera corresponde a toda la Congregación[28]. Es ella la que acoge al llamado y lo acompaña en su proceso formativo, ofreciéndole un proyecto de vida y de misión y asegurándole los medios para llevarlo a cabo.

172.     El testimonio de fidelidad vocacional y de coherencia carismática será un estímulo de atracción vocacional y una invitación al crecimiento y a la maduración. La renovación constante de las comunidades, la experiencia de Dios, la fraternidad alegre y sencilla, se convierten en un medio óptimo para que la formación se desarrolle de manera armoniosa. La dimensión universal de la Congregación, especialmente en aquellas áreas donde el pluralismo cultural y la interacción entre las diversas etnias se hace más palpable, es una constante llamada a formar en la apertura y respeto hacia todos los pueblos y culturas así como en la itinerancia y la disponibili­dad misionera.

173.     Las sombras de la Congregación, analizadas en los últimos Capítulos Generales[29], influyen también en el proceso formativo. Nuestros límites y carencias constituyen una llamada a fin de promover una auténtica formación que garantice la calidad humana y cristiana, que sea profunda­mente claretiana y que se renueve constantemente.

  2.6. La comunidad provincial

174.     Aunque nuestra pertenencia primera y más radical es a la Congregación, realizamos nuestra vida misionera y nuestros procesos formativos en el ámbito de las Provincias. Cada una de ellas posee su historia, está ubicada en un país o en una región determinada, se compone de personas con rostro conocido, realiza obras en las que colaboran quienes se van incorporando a ella. A través de sus miembros se responsabiliza de la formación mediante el testimonio, la oración, la vida fraterna, los compromisos apostólicos y la solicitud por los formandos. Por eso, la Provincia es un ámbito particular que influye muy de cerca en la formación. El conocimiento cercano de las personas y obras, la participación en acontecimientos señalados y la colaboración en tareas misioneras son expresiones que pueden favorecer el sentido de pertenencia en los formandos, imprescindible para crecer simultáneamente en apertura universal.

 3. Los lugares

    3.1. El lugar social y cultural

175.        El lugar social, en cuanto ámbito vital, es un factor de considerable importancia en el proceso formativo. Aun cuando dicho lugar pueda variar según las diversas etapas, los criterios que deben regir su elección han de combinar las exigencias de una formación en el contexto y la praxis de la misión con la adecuada preparación académi­ca.

176.        La formación ha de ser siempre contextuada, pero abierta a la vez al horizonte de universalidad propio de nuestro carisma. A la hora de elegir el lugar social más apropiado, han de ser tenidos en cuenta todos los elementos que garantizan la formación integral de la persona recogidos en este Plan.

177.        Entre los diversos modos de realización se encuentran las comunidades insertas en medios populares, cuya finalidad es formar misioneros identifica­dos con los pobres y su causa, para anunciar a todos, en las diversas situaciones de la vida, la Buena Nueva del Reino, desde la opción por los pobres, como hizo Jesús[30].

178.        En las comunidades insertas, la cercanía del pueblo incide de una manera especial en el proceso formativo. Sus valores y experiencias de vida son interpelantes tanto para los formadores como para los formandos. La relación con el pueblo puede:

-Estimular la confrontación con uno mismo, favorecer la clarificación dinámica de las motivaciones y de las actitudes vocacionales y ayudar a asumir el proyecto de vida misionera.

-Hacer crecer la experiencia de Dios y cualificar la oración.

-Iluminar el estudio desde la perspectiva de los desfavorecidos y excluidos y orientarlo al servicio del pueblo.

-Ayudar a leer y a anunciar la Palabra de Dios en sus claves más interpe­lantes cuando se la escucha con actitud evangélica[31].

-Enriquecer y estimular la radicalidad de nuestra vida misionera cuando acogemos sus valores de solidaridad y de servicialidad, su estilo de vida, su capacidad de lucha y de superación ante las injusticias y desigualda­des y, sobre todo, su paciencia y su esperanza.

179.        Es recomendable que la formación inicial, sobre todo en las primeras etapas, se realice en el área geográfica y cultural del formando para que asuma con criterios evangélicos los valores de la propia cultura. Por otra parte, el pluralismo cultural de la Iglesia y de la Congregación y el carácter universal de nuestro carisma pueden aconsejar, en algún período, completar la formación en otros lugares distintos al de origen.

   3.2. La casa de formación

180.        La casa que acoge a una comunidad formativa es el espacio físico y simbólico en el que se realiza una buena parte de la tarea formativa. Por lo mismo, es imprescindible concederle la debida importancia. Para que pueda servir a los objetivos de la formación ha de cumplir algunos requisitos básicos:

-Debe favorecer, ante todo, la vida de comunidad y el ambiente de familia, evitando la masificación, la dispersión y el individualismo.

-Ha de tener un carácter testimoniante y ha de reflejar austeridad, sencillez y decoro.

-Junto a los espacios destinados a los servicios comunes, que pueden ser compartidos con otras personas externas, debe haber también zonas y tiempos reservados para la vida comunitaria, el estudio, la oración y el descanso.

-La casa formativa, situada en culturas y ambientes diferenciados, reflejará siempre la predilección por los pobres y procurará ser expresión del radicalismo evangélico.

-La presencia de símbolos claretianos en su decoración contribuye pedagógicamente a crear un espíritu de familia y a visibilizar el aprecio por nuestro carisma. Asimismo, las comunidades formativas asumirán la simbología de los pueblos en orden a asimilar los valores de las culturas y a promover una mayor identificación con ellas.


     [1] cf PI 33, 39-41, 43.

     [2]cf Dir 198.

     [3] cf CIC 689, 2.

     [4] cf 1F 6.

     [5] cf PI 87-89; DPV 71-78.

     [6] cf PDV 9.

     [7] cf ChL 46.

     [8] cf PI 87.

     [9] cf PDV 8.

     [10] cf GS 52.

     [11] cf PC 24.

     [12] cf OT 2; LG 11; AA 11; PDV 41.

     [13] cf 1F 115.

     [14] cf Lc 5,11.

     [15] cf PGF 44-46.

     [16]cf PI 21-23.

     [17] cf AAS 65 (1983) 777-779.

    [18]cf RH.

     [19]cf DiM.

     [20] cf D et V.

     [21] cf RM.

     [22] cf MD.

     [23] cf ChL.

     [24]cf SRS y CA.

     [25] cf RMi.

     [26]cf VS.

     [27]cf CIC 652, 2; 659, 2; 659, 3 con 257, 1 y 245, 2.

     [28] cf CC 58, 76.

     [29]cf CPR 11,13-19,21-31,32-38,39-40; SP 3.2.

     [30] cf Lc 4,18.

     [31] cf SP 20; 21.5.