Primera Parte: capítulo 1- objetivo y marco de referencia

Primera Parte: Aspectors Generales

La formación claretiana:objetivo y marco de referencia

 

Introducción

 

 

11.   Este capítulo ofrece una presentación sumaria de los principios que orientan la formación claretiana. Constituye como el fundamento de todo lo que se desarrolla con más amplitud en los capítulos siguientes. En el primer apartado se presenta el enunciado del objetivo fundamental de la formación y un breve comentario de cada una de las cuatro afirmaciones contenidas en el mismo. En el apartado segundo, el objetivo fundamental se coloca en un marco carismático, pedagógico y situacional, que pretende ayudar a comprender mejor su significado. Todo el capítulo trata, pues, de las mismas cuestiones básicas en tres niveles progresivos de desarrollo.

 

 1. Objetivo fundamental

 

12.   El objetivo de la formación es promover nuestro crecimiento en la unión y configuración con Cristo, según el carisma claretiano en la Iglesia, mediante un proceso personalizador, en cada situación concreta y abiertos a la universalidad[1].

 

 

1.1. La configuración con Cristo misionero

 

 

13.     El objetivo fundamental consiste en seguir a Jesucristo misionero hasta configurarnos con Él. En nuestra formación el seguimiento de Cristo, tal como se propone en el Evangelio, es para nosotros la regla suprema[2]. Las demás orienta­ciones y normas adquieren sentido si nos ayudan y preparan para seguir a Cristo en comunión de vida y proclamar el Evangelio a toda criatura[3]. Nuestra misión y, por consi­guiente, todo el itinerario formativo que a ella nos prepara, ha de brotar siempre de una real configuración con Cristo evangelizador y de una íntima comunión y amistad con Él[4], hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Cristo quien realmente viva en nosotros[5]. En este proceso, María, Madre de Jesús y de la Iglesia, formadora de los apóstoles, desempeña una misión esencial. Por eso nos entregamos a Ella para ser configurados con el misterio de Cristo, imitar su respuesta fiel como seguidora y cooperar con su oficio maternal en la misión apostólica[6]. Sólo así podremos ser verdaderamen­te misioneros que ardamos en caridad y abrasemos por donde pasemos[7].

 

 

­   1.2. Según el carisma claretiano en la Iglesia

 

 

14.     Dentro de la gran variedad de carismas que el Espíritu suscita en la Iglesia, y en comunión con ellos, nosotros prolongamos el don de gracia concedido a nuestro Fundador. Seguimos a Cristo a semejanza de los apóstoles[8], como servidores de la Palabra. Forma­mos así, en la Iglesia, un instituto verdadera y plenamente apostóli­co[9]. En el Reglamento que nuestro Fundador escribió para los estudiantes señalaba que la formación del misionero se orienta a la gloria de Dios, a quien han de pedir que los haga ministros idóneos de la palabra para extender su nombre y propagar su Reino por todo el mundo[10]. En él aparecía ya la impronta misionera que ha caracterizado la forma­ción claretiana desde sus orígenes hasta hoy y que las Constituciones recogen con claridad. Nuestra formación es para la misión[11]. De ahí que la misión sea la clave de toda nuestra formación[12] y el núcleo promocio­nal de las nuevas vocaciones claretia­nas, a la vez que un principio de discerni­miento, de animación pedagógica y de experimentación para todo el proceso de incorporación a nuestro instituto[13].

 

 

  1.3. Mediante un proceso personalizador

 

 

15.     En nuestro itinerario formativo tratamos de recrear, con ayuda del Espíritu y como personas responsables y creativas, el carisma de Claret, persuadidos de que así podemos conseguir en la comunidad misionera la plenitud personal a la que hemos sido llamados[14]. Nuestra formación se inspira en una concep­ción del hombre como ser abierto a Dios, a los demás y al mundo.

 

 

1.4. En cada situación concreta y abiertos a la universalidad

 

 

16.     En cuanto misioneros, vivimos insertos en las diversas realidades de los pueblos y culturas en los que estamos, conservando, al mismo tiempo, nuestra disponibilidad para la misión universal de la Congregación. La comunidad misionera constituye el ambiente privilegiado de nuestro proceso formativo. Esta comunidad, al mismo tiempo que se encarna verdade­ra­mente en la situación y en las necesidades de la iglesia particular y del mundo que la rodea, tanto en el modo de vivir como en el modo de ejercer el ministe­rio[15], se ha de mantener en relación con el resto de la Congregación, inserta en la Iglesia y en contacto con el mundo[16].

 

 2. Marco de referencia

 

17.     Para poder realizar el objetivo fundamental de la formación necesita­mos tener en cuenta nuestra identidad claretiana (referencia carismática), las caracterís­ticas esenciales del proceso formativo (referencia pedagógica) y la situación en la que nos encontramos (referencia situacional). Estas tres dimensiones, contenidas ya en la misma formulación del objetivo, se hallan entreveradas y constituyen instancias formativas indispensables.

 

    2.1. Nuestra identidad claretiana (referencia carismática)

 

18.     Nuestra identidad, descrita de una manera global en los documentos congregacionales, se expresa claramente en las Constituciones. Estas condensan y transmiten una experien­cia de gracia que el Espíritu nos concede y que genera un peculiar estilo de vida y de misión dentro de la Iglesia. Las Constituciones son la referencia inmediata de nuestro proceso formativo y la fuente de la que brota la siguiente síntesis pedagógica de nuestro carisma.

 

2.1.1. Somos seguidores de Jesucristo al estilo de los apóstoles

 

19.     Somos seguidores de Jesucristo, consagrados al Padre por el don del Espíritu. Jesucristo es para nosotros el Cristo[17] y el Señor[18] al que entregamos nuestra vida. Es el Hijo y el Enviado del Padre, hecho hombre de la Virgen María[19], el Ungido por el Espíritu para evangelizar a los pobres, el Profeta poderoso en obras y palabras[20], el obediente hasta la muerte y el Resucitado que sigue vivo en el mundo. A nosotros se nos ha concedido representar en la Iglesia su vida profética, su vocación de mensajero de la Buena Nueva para todos los hombres, especialmente para los pobres, destinatarios y sujetos privilegiados del Reino vivido y anunciado por Él.

 

20.     Seguimos a Jesucristo a la manera de los apóstoles[21]. Como éstos, hemos sido agraciados para vivir y anunciar la Palabra[22], representando en la Iglesia la virginidad, la pobreza y la obediencia de Cristo[23] y compartiendo las esperanzas y las tristezas de los hombres, principalmente de los pobres[24].

 

21.     De entre los acentos del Evangelio, prestamos una atención particular a la llamada a ser perfectos como el Padre, al mandamiento del amor, a la oración, a las reglas de la vida apostólica y a las bienaventuranzas[25]. Estos acentos implican como fundamento la aceptación incondi­cional de la persona de Jesús y del orden nuevo de valores que Él propone como el Reino[26]. La centralidad del Reino se convierte para nosotros en el criterio fundamental de discerni­miento para nuestra vida y misión[27]. Supone una fe inquebrantable en el Dios que nos llama[28], la experiencia de la relación filial con el Padre, la configuración con Cristo evangelizador y la vivencia de nuestra filiación cordimariana[29].

 

2.1.2. Formados por el Espíritu en la fragua del Corazón de María

 

22.     Nuestra experiencia de vida apostólica sólo es posible por la acción del Espíritu. Él es el que unge a Jesús[30], el que impulsa a los apóstoles a testimoniar su resurrección por todo el mundo[31] y anima a algunos a llevar su mismo género de vida[32]. Este Espíritu nos hace hijos de Dios y grita en nosotros Abbá[33]. Es Él quien ha suscitado nuestra Congregación como don para la Iglesia[34], otorga a cada uno de nosotros el don del seguimiento de Cristo en comunidad apostólica[35], nos unge para evangelizar[36] dándonos el gozo y el celo misionero[37], nos reúne en comunidad fraterna[38] y nos concede diversidad de dones para una misión común[39].

 

23.     Como nuestro Fundador, somos conscientes de que nuestra vocación de seguidores se forja también en la fragua del Corazón de María. Todos nosotros podemos dirigirnos a Ella con las mismas palabras usadas por Claret: Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por Vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor. Soy como una saeta puesta en vuestra mano podero­sa[40]. Así, nos sentimos fortalecidos para proclamar el Evangelio y enfrentarnos al mal que afecta a las personas y a las estructuras en las que viven. La dimensión cordimariana es esencial en nuestra vocación misionera. Por eso debemos subrayarla especialmente en la formación[41].

 

2.1.3. En comunidad misionera

 

24.     Vivimos la vocación de discípulos, seguidores y apóstoles en una comunidad misionera[42]. Nuestra comunidad está enrique­ci­da con diversidad de carismas y ministe­rios: Formamos la Congregación presbíteros, diáconos, hermanos y estudiantes, compartiendo todos la misma vocación. Y todos nos congregamos en la misma comunidad, realizamos la misma misión y, según el don del propio orden y la función de cada uno en la Congrega­ción, participamos de los mismos derechos y obligaciones que dimanan de la profesión religiosa[43].

 

2.1.4. Llamados a evangelizar desde el ministerio de la Palabra

 

25.     En estrecha comunión con los diversos ministerios y carismas, nuestra vocación especial en el Pueblo de Dios es el ministerio de la palabra, con el que comunicamos a los hombres el misterio íntegro de Cristo[44]. La colaboración en este ministerio pertenece al origen mismo de nuestra vida comunita­ria[45]. Somos comunidad convocada en el Espíritu para el anuncio del Evangelio. Para nosotros, es tan esencial la Palabra de Dios a la comunidad como la comunidad a la Palabra de Dios[46]. Por eso, uno de los aspectos nucleares de nuestra formación es la iniciación y crecimiento en el ministerio de la palabra, entendido como un auténtico modo de ser, de actuar y de significar[47].

 

26.     María ha vivido en plenitud este misterio. Bajo su acción materna aprendemos a acoger la Palabra, a darle cuerpo de compromiso en la vida y a comunicarla con la misma presteza y generosidad con que ella lo hiciera[48]. La escucha, el cumplimiento, la comunicación fraterna y el anuncio, tanto personales como comunitarios, son momentos básicos de la dinámica de la Palabra que tienen que estar presentes en todas las etapas de la formación.

 

2.1.5. En la misión universal de la Iglesia

 

27.     Nuestra misión adquiere su sentido en la misión universal de la Iglesia[49]. A lo largo de los siglos, la Iglesia, impulsada por el Espíritu, ha intentado cumplir el encargo de Jesús: Id por todo el mundo y anunciad la Buena Nueva a toda criatura[50]. Su misión consiste en prolongar la misión salvífica de Cristo evangelizando a todos los pueblos[51] a través del testimonio y de la palabra. Nosotros, por nuestro carisma misionero, hacemos nuestra esta misión universal. Hemos sido llamados a comunicar a los hombres el misterio íntegro de Cristo. Cumplimos este encargo suscitando y consolidando comunidades de creyentes[52] allí donde es más urgente, oportuno y eficaz, sin anclarnos en la propia patria, dóciles al Espíritu y obedientes a la misión[53].

 

2.1.6. Según nuestras exigencias, opciones y sujetos preferenciales

 

28.     Respondiendo a las exigencias de nuestra misión y a los retos de nuestro tiempo, hemos optado por una evangelización misionera, inculturada, profética y liberadora, desde la perspectiva de los pobres y necesitados, multiplica­dora de líderes evangelizadores[54]. Estas opciones cualifican nuestro servicio de la Palabra y, lógicamente, nuestro estilo de formación. Desde ellas privilegiamos el anuncio misionero al mundo no cristiano y a los grupos descristianizados, a los pobres, a los nuevos evangelizadores, a los jóvenes y a la familia[55], según las diversas situaciones de los lugares en que evangelizamos. Todas estas exigen­cias, opciones y preferencias han de dinamizar el proceso formativo[56].

 

    2.2. La formación como proceso (referencia pedagógica)

 

29.     Nuestra formación se inspira en la pedagogía que Dios usa con su pueblo, en el itinerario que Jesús recorre con sus discípulos y en la acción del Espíritu en la Iglesia y en el mundo. Se basa en una visión cristiana del hombre, entendido como ser creado a imagen y semejanza de Dios, herido por el pecado y renovado por la gracia, llamado a la comunión y a la fraternidad universal, inserto en la historia y en la sociedad, agraciado con una vocación particular, que va desplegando progresiva­mente en respuesta consciente y libre a las inspiraciones del Espíritu. Jesucristo es para nosotros el Hombre Nuevo, el único que ilumina completamente la comprensión y realización del ser humano, el origen, la vía y la meta de todo camino auténtico de humanización.

 

30.     Desde estas bases entendemos la formación como un proceso a través del cual vamos integrando, consciente y armónicamente, el ideal evangélico, tal como lo vivió nuestro Fundador, en la realidad cotidiana de nuestra vida y misión. En este sentido, la formación tiene por objeto actualizar lo que ya existe en cada uno de nosotros como don vocacional dado por Dios. El descubrimiento y el desarrollo del propio carisma vocacional, de las posibilidades y capacidades recibidas de Dios, genera en nosotros una sintonía y una aceptación progresiva del carisma y del proyecto de vida claretiano. Este proceso tiene las siguientes característi­cas fundamentales:

 

2.2.1. Personalizado

 

3)1.   Todos nosotros somos personas libres y responsables, capacitadas para dar una respuesta personal a la llamada de Dios. Cuando contemplamos nuestra realidad personal y comunita­ria desde la fe, descubrimos en ella la imagen de Dios, una novedad insospechada del Espíritu y una vocación misionera que es gracia para el mundo[57]. Desde esta constatación, es preciso que en nuestro itinerario formativo atendamos a cada persona en su singulari­dad[58], la valoremos en todo lo que ella es, respetemos y estimulemos su ritmo de crecimiento, conscientes de que la persona crece y se plenifica abriéndose a la comunión, insertándose en la historia[59].

 

32.     En el proceso formativo la persona ha de ir tomando conciencia de su propia realidad, del don recibido de Dios, en orden a desarrollar todas sus posibilidades humanas y espirituales. Por lo mismo, es necesario que apelemos a la conciencia y responsabi­lidad personales, así como a la interiorización personalizada de los valores de la comunidad claretia­na[60] y promovamos el protagonismo de cada claretiano, al mismo tiempo que nos preocupamos por asegurarle el debido acompañamiento personal y comunitario[61]. Este acompañamiento debe ayudar a cada uno a descubrir y desarrollar el don recibido de Dios, de manera que todos lleguemos a vivir la plenitud personal a la que hemos sido llamados[62].

 

2.2.2. Integral e integrador

 

33.     La formación integral del misionero claretiano comprende el desarrollo armónico y equilibrado de todas las facetas de la personalidad[63] desde el don recibido. Ser claretianos es para nosotros el modo concreto de ser hombres, cristianos, religiosos, sacerdotes y apóstoles[64]. La armonización de todas estas facetas nos permitirá lograr aquella unidad de la vida misionera en virtud de la cual quedan perfectamente integrados el espíritu de unión con Dios y la acción apostólica[65], evitando toda dicotomía o extremismo[66]. Esta integración, tarea y fruto de la madurez de la persona, es, sobre todo, obra del Espíritu[67]. Se logra cuando el amor personal a Cristo se convierte en el centro[68]. Desde él podemos integrar todas las dimensiones, incluso aquellas que se presentan como contradictorias. Por otra parte, el reconocimiento humilde de los propios dones y límites nos abrirá a la complementariedad que nos viene de los demás.

 

2.2.3. Gradual, progresivo y articulado

 

34.     La persona se realiza a lo largo de un proceso evolutivo en íntima interrelación con el mundo y las situaciones circundantes. La madurez es una conquista cotidiana. Por eso, el seguimiento de Cristo es gradual y progresivo. Esto no supone que renunciamos a la utopía del Reino, sino que procuramos encarnarla en la realidad de la persona. Debemos, por tanto, prestar una atención particular a las diversas etapas del itinerario formativo así como al ritmo y madurez de cada uno[69]. La atención a la gradualidad y progresividad nos exige saber distinguir lo esencial de lo accidental, lo que permanece de lo que cambia, y no confundir los dos niveles. Sólo así podremos afrontar las diversas situaciones de nuestra vida personal y misionera sin caer en el rigorismo o en el relativismo. Para nosotros, agraciados con un carisma que nos abre al mundo entero, es imprescin­dible crecer en un sentido creativo y mantenerse firmes en la fidelidad.

 

35.     La gradualidad del proceso y la necesidad de armonizar sus diferentes dimensiones hacen necesarias la planificación y la evaluación de los objetivos y acciones de nuestro itinerario formativo. En este esfuerzo de articulación aspiramos a un justo equilibrio. Por tanto, debemos evitar tanto la improvisa­ción y el descuido de los instrumentos convenientes como la confianza vana en que la programación constituye el centro de la tarea formativa y garantiza automáti­camente sus resultados.

 

2.2.4. Diferenciado

 

36.     Los rasgos de personalidad, la condición laical, diaconal o presbiteral, la edad y las consecuencias que dimanan del contexto sociocultural de cada uno de nosotros son las razones principales por las que nuestra formación, aun conservando su carácter unitario básico, debe ser diferenciada. Esta distinción, particularmente la derivada de la condición ministerial, enriquece la índole pluriforme de nuestra comunidad y la capacita para su servicio misionero[70].

 

2.2.5. Liberador y profético

 

37.     Para ser libres nos liberó Cristo[71]. Nuestra formación debe ser en y para la libertad, de manera que nos ayude a ser cada vez más libres y nos prepare para la misión liberadora y profética propia de nuestro carisma. Esto exige que, a lo largo del itinerario formativo, aprendamos a conocernos mejor a nosotros mismos, a liberarnos de motivaciones inconscientes negativas, de miedos y de todos aquellos condicionamientos que nos impiden asumir responsa­blemente los compromisos de nuestra vida misionera. Exige, sobre todo, que desarrollemos la capacidad de hacer opciones libres, referidas a los valores del Reino y estimuladas por motivaciones auténticas.

 

38.     Una libertad así vivida nos dispone a ser signo y fuerza liberadora de todo tipo de egoísmo, de esclavitud y de servidumbre que impiden el crecimiento de la persona y su comunión con Dios y con los demás hombres[72]. Asimismo, la formación en libertad es una formación atenta a los signos de los tiempos, que promueve una constante relación con el Señor y que desarrolla en nosotros la audacia propia de los profetas.

 

39.     Dadas las condiciones conflictivas en las que vivimos esta vocación profética, debemos prepararnos para vivirla con el atrevimiento y la confianza de los mártires. Somos conscientes de que transmitir un mensaje de anuncio y de denuncia en situaciones conflictivas de increencia, de injusticia, de alienación o de muerte, es siempre peligroso y arriesgado. Por eso, los que seguimos a Jesús, mártir de una Palabra que nadie ha logrado callar, debemos amar apasionadamente a Dios, a María y a los hermanos, como lo hicieron el Fundador y nuestros mártires. De este modo venceremos los miedos y las tentaciones que pueden paralizarnos[73].

 

2.2.6. Inculturado y universal

 

40.     Nuestro proceso formativo misionero es un proceso interpersonal, histórico y cultural, en el que la persona del claretiano crece y se perfecciona abriéndose a la comunión e insertándose en la historia[74]. Esto significa que nuestro estilo de formación debe ser fuertemente sensible a las necesidades y características del hombre de hoy[75], hasta el punto de que compartiendo las esperanzas y los gozos, las tristezas y las angustias de los hombres, especialmente de los pobres[76], podamos ofrecer una estrecha colabora­ción a todos los que buscan la transforma­ción del mundo según el designio de Dios[77]. Acuciados por el panorama de las mayorías empobrecidas y oprimidas, debemos formarnos desde la opción congregacional por los pobres, apoyando los signos indicadores de un nuevo estilo de vida que refleje mejor la utopía del Reino[78].

 

4)1.   En una Congregación como la nuestra, extendida por todos los continen­tes y llamada a una misión universal, es preciso mantener unidas la necesidad de insertarnos en la cultura de cada pueblo y la disponibilidad y apertura para ser enviados a cualquier lugar. Esto exige que nuestra formación, al mismo tiempo que se realiza y prepara para vivir en una cultura y pueblo determina­dos, asumiendo su manera de ser y sus valores, cuide todos aquellos aspectos que se derivan de la apertura a la universalidad.

 

   2.3. La situación actual (referencia situacional)

 

42.     Si toda forma de vida religiosa y de proceso formativo tiene que ser fiel a la situación del hombre y del tiempo presente[79], en nuestro caso la atención a los desafíos sociales, eclesiales y congregaciona­les es una exigencia de nuestro carisma misionero: Por medio de ellos el Espíritu nos habla e interpela, llamándo­nos de nuevo a la conversión personal, comunitaria e institucional y a una mayor fidelidad a nuestra vocación misionera[80].

 

43.     La formación es un proceso que se desarrolla en situaciones concretas, en el hoy de la sociedad y de la Iglesia[81]. El mundo actual nos ofrece esperan­zas nuevas y lanza a la vez retos inéditos que afectan a nuestra formación[82]. El actual contexto sociocultu­ral, eclesial y congregacional suscita estímulos positivos y nuevas posibilidades, pero también presenta obstáculos que pueden entorpecer o retrasar el proceso formativo. Por eso es necesario habituarse a un continuo discernimiento.

 

2.3.1. La situación sociocultural

 

44.     Cuando contemplamos al hombre de hoy, descubrimos en él una conciencia muy extendida de la dignidad de la persona[83], pero también formas diversas de individualismo[84] y de subjetivis­mo[85]; una valoración del sentido y de la defensa de la vida[86], y, al mismo tiempo, expresiones de agresión contra ella (aborto, violación de los derechos humanos), que generan incluso una verdadera cultura de la muerte[87]; el hambre de valores auténticos y de una espirituali­dad profunda[88] junto a un gran auge de caminos falsos (droga y otros); la lucha por la libertad y la democracia en contraste con nuevos modos de opresión, explotación y dependencia (manipulación desde los medios de comunicación social, venta de armamentos, deuda externa); una evidente sensibilidad hacia el pluralismo cultural y religioso y un divorcio no menos evidente entre fe y cultura; un aumento notable de las ayudas humanitarias en favor del progreso de los pueblos unido a una tendencia generalizada al hedonismo; una preocupación creciente por la solidaridad y una pérdida paralela del sentido de la gratuidad y de las responsa­bilidades[89]; una valoración nueva de la igualdad entre los sexos junto a un oscureci­miento, tergiversación e incluso explotación del verdadero significado de la sexualidad humana[90]; una revalorización de la familia como matriz de la persona y, al propio tiempo, ataques tan duros contra ella que, en no pocos casos, la destruyen (divorcios, infidelidad conyugal, amor libre).

 

45.     Respecto de las estructuras políticas, sociales y económicas constatamos la mutua relación e interdependencia entre todos los pueblos; una mayor conciencia de la dignidad de las minorías étnicas como agentes de su propio destino[91], pero también nacionalismos cerrados sobre sí mismos que desgarran el tejido social y no favorecen la universalidad del género humano; un nuevo mapa político y social del mundo caracterizado más que nunca por un enorme abismo entre el Norte y el Sur, entre ricos y pobres,[92] con las consecuen­cias humanas que de éste se derivan; un sentido creciente de la solidari­dad interna­cional[93] y, al mismo tiempo, las consecuencias de su falta, especial­mente en los enormes fenómenos migratorios hacia los países ricos; una nueva relación e interdependencia de las naciones y el empobreci­miento no detenido de los países económicamente subdesarrollados y de gran parte de los poscomunistas; una gran sed de justicia y de paz[94] y simultáneamente muchas situacio­nes de opresión, marginación y explotación generadas por estructuras económicas injustas[95].

 

46.     Respecto de la cultura en general, percibimos el enorme desarrollo de la ciencia y de la técnica[96], sus logros humanizadores, pero también sus excesos y el racionalismo[97] a que con frecuencia conduce; intentos diversos de expresar lo nuevo y formas débiles de pensamiento y de arte tras la caída de las grandes ideologías; la preocupación por la ecología del planeta, junto con nuevas formas de contamina­ción y deterioro; la difusión de la información y de la cultura a través de las grandes redes de comunicación social[98] y la manipulación que con frecuencia se ejerce desde ellas[99]; la tergiversación y hasta el secuestro del lenguaje, que dificulta la comunica­ción entre los hombres; el anhelo de valores religiosos y formas muy variadas de búsqueda de Dios en las diferentes culturas; el divorcio entre la fe y la vida, la dificultad de asumir compromisos estables, el consumismo y el materialismo práctico que caracteriza a creyentes de todas las religiones; la descris­tianización impresionante de muchos países de arraigada tradición cristiana; la invasión de las sectas, el sincretismo y diversas reacciones fundamentalis­tas.

 

2.3.2. La situación eclesial

 

47.     La Iglesia de la que formamos parte está viviendo, al final del segundo milenio, una situación que nos interpela en cuanto misione­ros. El camino abierto por el Concilio Vaticano II es irrefrenable y, poco a poco, va dando sus frutos. Abundan, por una parte, los signos de vitalidad: El Espíritu está suscitando … nuevas comunidades y movimien­tos cristia­nos, nuevos estilos de vida y espirituali­dad, teologías incultura­das, formas nuevas de presencia y de acompañamiento[100]. Por otra parte, percibimos signos de preocupación. La tendencia de la Iglesia a hacerse católica y pluricéntrica, el camino hacia el ecumenismo, la encarnación en la realidad y en las culturas de los pueblos, se ven frenados, a veces, por el afán de uniformidad y de centralis­mo, por la tentación de replegarse sobre sí misma y aislarse del mundo y por las tensiones internas[101]. Sigue viva la crisis de identidad y relevancia de muchos bautizados que viven en algunos países tradicionalmente católicos donde nuestra Congregación está más instaurada. La disminución de cristianos en los países económicamente desarrollados y el aumento en muchos del hemisferio sur están originando un desplazamiento de la Iglesia hacia los países económicamente subdesarrollados, lo cual tendrá notables repercusiones en las próximas décadas. En esta situación de luces y de sombras, la Iglesia quiere acercarse al tercer milenio empeñándose en un proyecto de evangeli­zación, que nos concierne especialmente en cuanto misioneros.

 

2.3.3. La situación congregacional

 

48.     También la realidad de nuestra Congregación influye en los procesos formativos. Los claretianos hemos ido renovando durante los años del posconcilio nuestra conciencia misionera[102]. Las Constituciones, aprobadas definitivamente en 1986, son fuente permanente de inspiración y punto obligado de referen­cia[103]. Estamos haciendo un gran esfuerzo por seguir profundizando con realismo en nuestra identidad, en nuestra espiritua­li­dad misionera, en la vida comunita­ria y en las exigencias y opciones evangelizadoras. Constatamos, sin embargo, que no estamos todavía llenos del fuego que ardía en el corazón de Claret[104]. Percibimos tensiones entre las necesidades universales de la Congregación y las prioridades locales. No avanzamos lo suficiente en la revisión de posiciones[105]. Nos inquieta especialmente el hecho de que dos terceras partes de la humanidad no hayan oído hablar todavía de Jesús y de su mensaje[106]. Seguimos buscando caminos para una inculturación más profunda.

 

49.     Vivimos también con preocupación y esperanza la situación de los jóvenes llamados a nuestra Congregación y la de aquellos que han iniciado ya su proceso formativo. En la última década han sido abundantes las vocaciones en Asia y Africa, pero hemos vivido una gran escasez en las naciones tradicional­mente católicas. La falta de formadores suficientes y capacitados, el número considerable de salidas en los primeros años de profesión o ministerio son problemas que nos preocupan y para los cuales buscamos respuestas adecuadas. La escasez de misioneros hermanos y la necesidad de cuidar la formación permanente son también retos que nos siguen urgiendo. Por otra parte, estamos muy interesados en cualificar más carismáticamente nuestros procesos formativos y en lograr que sean más inculturados.



     [1]cf Dir 156.

     [2]CC 4.

     [3]CC 4.

     [4]SP 6.

     [5]CC 39.

     [6]CC 8.

     [7]cf Aut 494; CC 9.

     [8]CC 4; SP 3, 5.

     [9]CC 5.

     [10]RE (B) 28b.

     [11]cf CC 72.

     [12]cf 1F 2.

     [13]MCH 135.

     [14]CC 12.

     [15]CC 14.

    [16]Dir 159; cf SP 21.4.

     [17]cf CC 3, 4, 5.

     [18]cf CC 15, 16, 23.

     [19]cf DC 19.

     [20] cf Lc 24,19; SP 13.

     [21]cf CC 4.

     [22] cf SP 6.

     [23] cf CC 5.

     [24]cf CC 46.

     [25]cf CC 4.

     [26]cf MCH 143.

     [27]SP 7.

     [28]cf CC 62.

     [29]cf MCH 145; SP 21.1.

     [30]cf CC 3.

     [31]cf CC 40.

     [32]cf CC 3.

     [33]cf CC 34.

     [34]cf CC 68, 135.

     [35]cf CC 4.

     [36]cf CC 39.

     [37]cf CC 40.

     [38]cf CC 10, 17.

     [39]cf CC 72.

     [40]Aut 270.

     [41]cf 1F 35; SP 21.1.

     [42]cf MCH 147-151.

     [43]CC 7.

     [44]CC 46; cf CC 4; SP 3 y 5.

     [45]cf CC 13.

     [46]cf SP 7; 21.4.

     [47]SP 21.

     [48]MCH 151; cf SP 7; 15.

     [49] cf MCH 138-141.

     [50] Mt 16,15.

     [51] cf EN 14.

     [52] cf CC 47.

     [53] cf CC 48.

     [54]cf MCH 161-179.

     [55]cf MCH 181-191.

     [56]cf MCH 228; CPR 68.

     [57]CPR 49.

     [58] cf CIC 660, 1.

     [59]CPR 49.

     [60]Dir 157.

     [61]cf SP 13.3.

     [62]cf CC 12.

     [63]cf PI 34; 1 F 3.

     [64] MCH 132.

     [65]CC 68.

     [66]cf Dir 157.

     [67]cf PI 17.

     [68]cf PI 18.

     [69]Dir 157.

     [70]Dir 250.

     [71]Gal 5,1.

     [72]MCH 170.

     [73]cf SP 17;TM 22.

     [74]CPR 49.

     [75]Dir 157.

     [76] cf GS 1.

     [77]CC 46.

     [78] cf SP 20.

     [79]cf RPH 21; PI 18.

     [80]SP, introducción.

     [81]cf PDV 5.

     [82]cf SP 1.

     [83]cf PDV 6; SP 1.1.

     [84]cf SP 1.1.

     [85]cf PDV 7.

     [86]cf SP 1.1

     [87]cf SP 1.2.

     [88]cf SP 1.1.

     [89]cf PDV 7.

     [90]cf PDV 7.

     [91]cf SP 1.1.

     [92]cf SP 1.2.

     [93]cf PDV 6.

     [94]cf PDV 6.

     [95]cf SP 1.2.

     [96]cf PDV 6.

     [97]cf PDV 7.

   [98]cf PDV 6.

     [99]cf SP 1.1.

     [100]SP 2.

     [101]cf SP 2.

     [102]cf SP 3.1.

     [103]SP 3.1.

     [104]cf CPR 11; SP 13.

     [105]cf SP 3.2.

     [106]cf SP 3.3.