Caminos del Espíritu en Europa-2

 Una lectura actual del carisma Claretiana mirando a Europa

(Trabajo de los estudiantes de Colmenar Vieje)

I. Introducción. Un deseo y una imagen.

colmenar14 «Si algo puede una exhortación en nombre del Mesías, o un consuelo afectuoso, o un espíritu solidario, o la ternura del cariño, colmad mi alegría sintiendo lo mismo, con amor mutuo, concordia y buscando lo mismo. Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús.»

[Flp 2, 1 – 2 .5]

 Abrimos este apartado con la exhortación que Pablo hace a la Comunidad de Filipo: tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Tomamos como referencia este fragmento de la Palabra, como ya se hiciera eco en la exhortación apostólica Vita Consecrata al hablar a la vida religiosa apostólica [VC 9]. Desde la perspectiva de la riqueza de dones que el Espíritu ha derramado para la Iglesia, sitúa a los fundadores cómo intérpretes de los signos de los tiempos y sabedores de las respuestas a las exigencias que les planteaba el mundo. A partir de ellos, muchos somos los que tratamos de encarnar la Palabra y la acción del Evangelio en nuestra vida, a fin de ser configurados en Cristo. Así se nos invita a vivir nuestra vocación religiosa: «los religiosos y religiosas deben continuar en cada época tomando ejemplo de Cristo el Señor, alimentando en la oración una profunda comunión de sentimientos con Él (cf. Flp 2, 5-11), de modo que toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y toda su acción apostólica esté sostenida por la contemplación.» [VC 9]

San Antonio María Claret, por ser el fundador de nuestra Congregación, se sitúa como principal modelo carismático para identificar e inspirar nuestra vida misionera. El Padre Fundador nos ofrece una especial comprensión de la vivencia del Misterio de Cristo y, como tal, ejerce su paternidad sobre nuestra familia misionera. Es parte de nuestro Plan General de Formación y de nuestro proceso formativo reconocerle como tal. La tarea de los que hemos recibido la vocación a la vida misionera claretiana es, entre muchas, la de conservar en la Iglesia de manera viva y eficaz el carisma que encarnó el Padre Claret.[1]

Ahora bien, es cierto que los claretianos de “hoy” nos hallamos insertos en un contexto cultural diferente al que viviera nuestro Fundador. Su vida, sus escritos y la huella de su carisma pueden ser fuentes inagotables de espiritualidad y de creatividad misionera. No podemos ser copias exactas de lo que él fue e hizo, pero sí recibirlo como estímulo que provoque en nosotros la creatividad, la originalidad y la espontaneidad de quien vive con el deseo de ser «un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa.» [CC 9]

La espiritualidad, entendida como la vivencia consciente y libre de la acción con que el Espíritu de Dios nos re-crea y nos da una vida nueva, es una experiencia de la que participa todo lo que somos, como interioridad y relación con Aquel nos ha llamado a entregar la vida. La relación con el mundo que nos rodea, con la sociedad en la que cada uno de nosotros vive y las llamadas de la humanidad actual que percibimos deben generar en nosotros una sensibilidad especial que a Dios nos lleve. Así como la relación personal con Dios y el conjunto de actitudes, reacciones y acciones que nos provoque la contemplación de la Palabra de Dios nos debe llevar a un compromiso cada vez más misionero, más entregado y más evangélico con el mundo.

El XXIII Capítulo General, «Para que tengan vida.», expresa que “aunque la mayoría de los claretianos estamos bien integrados vocacionalmente, sabemos que en algunos existe una falta de integración como consecuencia de la separación entre fe y vida, acción y contemplación; la vida de oración y el sentido de pertenencia son muy débiles; hay comunidades cuya oración parece rutinaria y desconectada de la vida (situación del mundo, relaciones comunitarias, actividades pastorales, compromiso con la realidad social y eclesial).” [PTV 46] De ahí que el Capítulo adquiera como prioridad en aquel sexenio el cultivo de la propia vocación, fundamentado en las raíces evangélicas y carismáticas. Espiritualidad y vida, vida y espiritualidad van de la mano. No podemos avanzar si hacemos una división entre ellas.

Por estos motivos, el conocimiento profundo de la realidad de Europa nos lleva a plantearnos seriamente qué espiritualidad necesita alentar un Hijo del Inmaculado Corazón de María en medio de la realidad actual europea. Con la mirada siempre fija en Cristo Señor, horizonte de nuestra vida, pero desde la óptica misionera de San Antonio María Claret, trataremos de abrir nuevas lecturas del carisma para nuestra espiritualidad.

En el Congreso de Espiritualidad Claretiana celebrado en Roma en el año 2002, se recogen las claves existenciales del fundador. La madurez de su experiencia cristiana revela los rasgos característicos de su espiritualidad. Son aquellos que han venido a condensarse simbólicamente en un pasaje de la Autobiografía, la alegoría de la fragua.[2] En esta imagen queda articulado el itinerario carismático vivido por Claret, al que está llamado y para el que está habilitado por el Espíritu todo claretiano. A partir de aquí, tomaremos algunas ideas que señaló el P. Gonzalo Fernández, cmf[3] en Foro Claret, celebrado en Vic en 2006:

Esta alegoría, que aparentemente no parece tan crucial en la Autobiografía, ha sido la imagen que mejor define su experiencia por dos razones fundamentales:

  • Conecta con el gran símbolo usado por Claret en el Memorial del misionero[4] y para referirse a la virtud más necesaria para el mismo: el amor[5]. Podemos considerar a San Antonio María Claret como hombre de fuego.
  • Presenta no sólo lo esencial de la espiritualidad misionera (experiencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu que capacita para el anuncio del Evangelio) sino que diseña el proceso de crecimiento en tanto que alude a etapas, agentes y factores que intervienen en él.

Para nosotros cobra un especial relieve formativo cuando la interpretamos en el conjunto de la vida de nuestro Fundador y cuando extraemos de ella las experiencias básicas a las que alude y el proceso pedagógico que describe.

La fragua, entendida en esta perspectiva, se convierte para nosotros en símbolo del «taller» en el que nos forjamos como misioneros a lo largo de nuestra vida. A través de las experiencias que se contienen en ella vamos adquiriendo la «forma» de Jesucristo según los rasgos de nuestro carisma misionero.

Por estos motivos tomamos como referencia los cuatros núcleos que alude esta alegoría en el proceso de reconocimiento de nuestra espiritualidad en el ambiente europeo de hoy. Atendemos a los núcleos de la experiencia carismática básica en tanto que tienen la capacidad de generar e iluminar todas las dimensiones de la existencia y todos los elementos del carisma. El primero, introductorio, que se presenta como preparación de los siguientes; y los tres centrales que, guardando una íntima relación con los verbos del memorial del misionero, “orar, trabajar y sufrir”, como bien sabemos.

Conocer bien lleva inevitablemente al amor. Conociendo a Claret, amamos el carisma que hemos recibido en la Iglesia. Dejándonos interpelar por su vida y obra, se nos abrirán matices nuevos en nuestro proceso de configuración con Cristo.

Tratar de simplificar este tema a una mañana se vuelve imposible, por lo que nos hemos decantado por presentar 4 imágenes que, en relación a los núcleos de nuestra espiritualidad, sean fuente de vida del Espíritu para el misionero claretiano hoy en Europa.

 II. Una nueva mirada. Cuatro iconos para contemplar.

 «[…] pasaba en mí lo que en (un) taller de cerrajero, que el Director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado lo saca y le pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo, y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el director.» [Aut. 342]

1) Claret orante

 El XIX Capítulo General, «La Misión del Claretiano Hoy», nos recuerda cómo Claret vive su vocación misionera en tanto que es el motivo que marca su vida y su actividad apostólica. Así lo recoge la carta programática: “Su vocación al apostolado le abrió los ojos y el corazón para contemplar y discernir los males que padecían la Iglesia y la sociedad… pero al mismo tiempo le proporcionó recursos y le sugirió medios para remediarlos” [MCH 63].

Para nuestro fundador, ser misionero apostólico era la base de toda su vivencia vital y evangelizadora. La llamada que Dios le dirige es su verdadera y única identidad vocacional. Es el hilo conductor de todo lo que emprende y hace: los años de ministerio por los pueblos de Cataluña, la fundación de la Congregación, su episcopado, su concepción sobre la vida religiosa, el servicio a la Reina… y todo lo que derivaron estos ámbitos de su vida remiten, en última instancia, a una clara y ardiente vocación a la evangelización.

Nosotros, hijos suyos, estamos llamados a vivir como misioneros apostólicos. No obstante, la fuente de la que bebe el dinamismo misionero de Claret reside en la especial relación de amistad que alimentaba con Dios. La lectura asidua de la Palabra es la que le descubre el valor de la oración, y donde se siente fascinando por el Cristo orante. Su corazón contemplativo le movió a pensar que, si Jesús se retiraba de la para pasar las noches en oración, no cabe duda de que él debe asumir esta dimensión como ámbito esencial de la vida cristiana.

En la autobiografía se encuentra su concepción de la oración pensando en sus misioneros. Antes que cualquier otra dinámica es el primer medio de apostolado[6]. Para Claret, ser apóstol es, ante todo, orar y trabajar intensamente, como lo hiciera Jesús, que “de día predicaba y curaba enfermos, y de noche oraba” [Aut. 434]. La oración en la vida del Santo se hace precisa para configurarse con Jesucristo, crecer en la vida misionera y alcanzar el ideal de encender a todo el mundo en el fuego del divino amor [Aut. 494].

Claret oraba para perseverar en la gracia del Señor y para hacer fecundo su apostolado. La oración, en la vida del Padre Fundador es una constante: sabemos que su infancia está marcada por los recuerdos de su vivencia espiritual[7]. Su vida de oración es para nosotros patrimonio de experiencia y fuente de inspiración, salvando aquellos aspectos personales del mismo que no forman parte del carisma heredado.

El núcleo 0, llamado QUID PRODEST, tomado del versículo del evangelio de Mateo [16,26]: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?». Es la experiencia que prepara para el ingreso en la fragua, pero que permanece a lo largo de toda la vida y que se hace más visible en los momentos críticos[8] en que es preciso romper con una situación dada y abrirse en entera disponibilidad a la voluntad de Dios. Aunque es una constante a lo largo de su vida, se agudiza en determinados momentos y viene a ser la prueba de la fidelidad vocacional. En Claret se manifiesta, sobre todo, en las grandes encrucijadas que tuvo que vivir a lo largo de su vida.

Si rescatamos su historia vocacional, recordamos cómo es en Barcelona, en medio del delirio por la fabricación, cómo siendo fiel al rosario y a la misa dominical su oración se convierte en la llamada a vencer la vanidad del mundo. Una serie de acontecimientos son providenciales para su despertar vocacional, o como él mismo dice «todos estos golpes me daba Dios para despertarme y hacerme salir de los peligros del mundo”[9]. Si bien llega a sentirse tan “desengañado, fastidiado y aburrido del mundo»[10] que busca la soledad de un monasterio cartujo, Dios se valía de todos los medios para ir comunicándole que, desprendido de las cosas del mundo, su vocación fuese en él.

¿No es acaso una realidad rabiosamente actual esta experiencia de Antonio Claret? Donde hallamos la frustración, el desconsuelo, la ambigüedad en nuestra sociedad, Antonio nos ofrece una llamada a la conversión.

Cristo contemplado por Claret hoy

«Haced que os conozca y que [os] haga conocer; que os ame y os haga amar.» [Aut. 233]

 Las Constituciones prescriben la configuración con Cristo en el Capítulo VI. Esta es herencia carismática, continuamente presente en la vida del Padre Fundador. Recordamos que para Claret la configuración es mucho más que la imitación:

  •  Es llegar a tener los mismos sentimientos de Cristo, a ser «amantes como el Hijo».[11]
  • Es actuar en unión con Cristo, ya sea por sentimiento, por disposición o, sencillamente, por fe.
  • Es vivir los misterios de Cristo en las situaciones de nuestra vida.

Al comienzo de este capítulo, la primera invitación que recibimos es la de «contemplar asiduamente a Cristo». San Antonio María Claret expresa su firme convencimiento en la fuerza transformadora de la contemplación con el símbolo de la placa fotográfica: estando delante del Señor con el corazón abierto, el Espíritu nos lo revela. Revelar en un corazón vivo es configurar.

Tal es la fuerza de este símil: Cristo contemplado e imitado delante de nosotros, se «revela» dentro de nuestro corazón (como en la placa fotográfica) por obra del Espíritu. El corazón, queda transformado por amor en el Corazón de Cristo. Desde el interior, la caridad de Cristo empuja, urge, inflama. Cristo vive en él sus sentimientos, actitudes, su amor. Recuerda a la esposa enamorada del Cantar de los Cantares que pide a su amado ser grabada en su corazón y en su mano: «Grábame como un sello en tu mano, como un sello en tu corazón.» [Cant 8, 6]. Así Claret simboliza su deseo de llegar a identificarse con el Hijo amado en una unidad inseparable. Desea configurarse como una imagen viviente en el que Quien es «su todo» [Aut. 5] sea reconocido.

Buceando en la experiencia del Santo, la experiencia de Cristo en el corazón lleva a que todo se unifica e interioriza:

 «El amor empieza por unirlo y concentrarlo todo en el interior, desde donde se comunica al exterior y acaba por poseer a todo el hombre. Es un fuego que del centro se ex­tiende a todos los lados, lo gana todo y transforma en sí mismo todo cuanto toca, después de haber consumido lo que se opone.»[12]

 Con esta gracia toda la vida de Claret es portadora de Cristo, se convierte en Eucaristía. Aquellos martillazos que expresa la alegoría de la fragua son todas aquellas virtudes y acciones que contribuyen a lograr la “la forma Christi”. Jesucristo es el centro de su vida en torno al cual gira todo, la forma que debe ir adoptando el hierro.

Desde esta relación con el Hijo que Claret dejó expresado en sus escritos, pasamos a recorrer tres rostros de Cristo oportunos al momento histórico al que nos enfrentamos. Tal es el camino del verdadero discipulado[13]: la dedicación constante a lo que el Maestro quiere ir revelándonos, estando cara a cara con Él.

 2) Jesucristo, rostro del Amor del Padre

Cuando se habla del amor, pocas veces nos percatamos de todas las dimensiones que quedan afectadas por él. Una relación de amor implica diferentes ópticas y ángulos, más cuando se es rostro del Amor en sí. En la experiencia de Amor de Dios conviene apuntar un orden que se sigue necesariamente de tal experiencia:

  • Ser amado.
  •  Saberse amado.
  •  Dejarse amar.
  • Amar.

Este orden se realiza, con absoluta perfección, en Jesucristo. Él es “el Amado del Padre”, su “Predilecto”, en quien encuentra todas sus complacencias. Y él es plenamente consciente de ello, pues lo sabe con total certidumbre y así lo expresa. Se deja amar, acogiendo activamente ese amor y consintiendo en él, y ama con el mismo amor infinito con que es amado. Es la forma en que Él nos revela que es rostro del Amor del Padre.

Claret se siente conmovido por el Cristo que se entrega a las cosas del Padre, predicando la Buena Nueva, en comunión de vida y misión con los Doce. El Cristo que recibe tal Amor que no puede dejar de recibirlo, transformarlo, ofrecerlo y comunicarlo. En el Hijo queda expresado el Amor de Dios Padre para con la humanidad. Su amor se manifiesta en la entrega a la muerte de su Hijo y en el derramamiento de su Espíritu. Así nos informa Pablo en su carta a los Romanos de que nada nos apartará del amor de Dios manifestado en Cristo Señor [cf. Rm 8, 39].

El Hijo es el camino, la verdad y la vida que lleva al Padre [cf. Jn 14, 6], cuyo ser profundo es el Amor[14]. Aquel cuyo corazón está lleno y pendiente de las cosas del Padre [cf. Lc 2, 49].

Dice Karl Rahner que «toda elevación del corazón que apunta directamente a Dios es oración.»[15] Y es que el hombre, al orar, está pronunciándose a sí mismo en una entrega total a Dios. Como lo hiciera el Hijo. Como nos lo enseña contemplándole. Como lo quiso entender San Antonio María Claret. Por tanto, podemos decir que la experiencia del Amor es también experiencia que lleva a la oración. Al orar, amamos al que nos amó primero, al que nos dio ser y vida, en el que vivimos, nos movemos y existimos. La experiencia del amor de Dios está ligada íntimamente a la oración.

La oración en tanto que es experiencia de amor, contemplación del rostro del Amor, es una dimensión esencial en la vida de nuestro fundador y herencia del carisma. Aquella que dispone para recibir la forma del Hijo amado. Aquella que, como fundamento de la vida misionera, produce el proceso de configuración.

 3) Jesucristo, rostro del Amor fraterno y samaritano

Pero este acceso al amor de Dios Padre, el poderle contemplar como Amor, es posible no por nuestro movimiento hacia Él, sino porque Él ha venido antes a nosotros. Dios bajó a nosotros a través de la encarnación de Jesucristo. Ese sabernos amados que antes se apuntaba es justo toda la historia de salvación en la que Dios ha ido revelando su amor a la humanidad. Este “esfuerzo” porque nos enteremos culmina en la máxima prueba y demostración de su amor hacia nosotros, que es Jesús: en su Encarnación-Vida-Pasión-Muerte-Resurrección. Y Jesús mismo, para convencernos de su infinito amor, que es la expresión suprema del amor del Padre, da la vida por nosotros.

Este movimiento de abajamiento, de muestra constante de amar hasta el extremo, es lo que centra la vida de Claret. Su existencia ya no se entiende sin Jesucristo, y su vida queda urgida por su caridad. Una caridad que, contemplada, le mueve hacia el amor fraterno y samaritano.

Cuando Claret habla de los estímulos que le movieron a misionar y llega al de Jesucristo, expresa la profunda reverencia con que recibe tal ejemplo para su vida:

«Quien más y más me ha movido siempre es el contemplar a Jesucristo cómo va de una población a otra, predicando en todas partes; no sólo en las poblaciones grandes, son también en las aldeas; hasta una sola mujer, como hizo a la Samaritana…» [Aut. 221]

Jesús, siendo sacramento del amor de Dios al mundo, pasa por amar con un corazón de hombre. Si contemplamos a Jesús en su vida misionera, cercano a la humanidad, podemos aprender de su interior.

Miramos a Jesús como rostro del amor fraterno cuando le contemplamos como generador de fraternidad y de amistad. En el evangelio de Juan se profundiza en esta perspectiva: Jesús elabora vínculos de amistad con sus discípulos y con aquellos seguidores que no son parte de los Doce. Jesús se muestra abiertamente amigo de los hombres [Jn 11, 36; 15, 15]. Jesús no se muestra como un solitario apasionado por el Reino, sino que su presencia genera fraternidad y comunión de discípulos, amigos para el evangelio de Juan. El motivo de este dinamismo es que:

«La razón de esta amistad está en que Jesús comparte con sus discípulos lo más propio y personal: el conocimiento del Padre y el amor común que es el Espíritu Santo. […] Esta es la forma como nos pide a nosotros que amemos desde nuestro propio corazón: con deseo verdadero, creando amistad fraterna y entregando nuestra propia vida.»[16]

Contemplamos a Jesús como rostro del amor samaritano cuando Él se conmueve. Cristo abraza con sus entrañas realidades de alegría y de dolor. Jesús se abaja a los pequeños, a los enfermos [Mt 14, 4], a los errantes y perdidos [Mc 6, 34], a los hambrientos [Mc 8, 2], a los vejados y a los abatidos [Mt 9, 35], a los indefensos [Lc 7, 12]. Antes de sanar con su presencia o su Palabra, Jesús interioriza la realidad que observa: la abraza dentro de sí, presentándoselo a Dios Padre. Y en su corazón queda transformado el dolor humano en dolor de Dios. De su acción nace su pasión y compasión por la humanidad: su rostro del amor samaritano. Y el movimiento resultante de este amor samaritano es la llamada a la integridad, a la restauración de la dignidad de aquellos que ha sido devaluada.

¿Acaso el Padre Claret no es un hombre capaz de crear comunidad y de vivir una vida desde la misericordia? Si recordamos sus años de ministerio por los pueblos de Cataluña, vive en él el deseo de crear una comunidad fraterna de hombres que desean vivir como Jesucristo vivió. Si nos detenemos en su ministerio pastoral, el icono del samaritano que se acerca al que sufre lo recorre por entero. Así queda expresado en su autobiografía, para sus misioneros:

«¡Oh prójimo mío!, yo te amo, yo te quiero por mil razones. Te amo porque Dios quiere que te ame. Te amo porque Dios me lo manda. Te amo porque Dios te ama. Te amo porque eres criado por Dios a su imagen y para el cielo. Te amo porque eres redimido por la sangre de Jesucristo. Te amo por lo mucho que Jesucristo ha hecho y sufrido por ti; y en prueba del amor que te tengo haré y sufriré por ti todas las penas y trabajos, hasta la muerte si es menester.» [Aut. 448]

Una espiritualidad que contempla a Cristo amigo y samaritano es una invitación constante y desde lo profundo, a vivir una espiritualidad eucarística: porque es acto de donación y de entrega, es samaritana. Porque es un acto de comunión que nos lleva a sentarnos a su mesa, llamados a compartir la suerte de los otros:

«Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.»[17]

He aquí el rasgo más característico de la espiritualidad del Padre Fundador al final de su vida: la identificación más intensa con Jesús Eucaristía, que le lleva a orar, trabajar y sufrir con mayor hondura, como don.

Dejarnos doler por la contemplación de la vida de Cristo, reconociéndole en la Eucaristía, será el centro generador de nuestra vida misionera y comunitaria. Desde la Eucaristía se nos llama a la entrega de la vida, en perfecta comunión de vida y oración con Cristo.

 4) Jesucristo, rostro del Amor derramado en el Espíritu

El resultado final del proceso configurador con Cristo de Claret es que el Espíritu es quien le unge para realizar la misión del Hijo, la voluntad del Padre. Como Cristo, es enviado por el Espíritu para anunciar.

«Si fuese ese Espíritu quien condujo a Jesús en el camino de su misión de anunciar el evangelio a los pobres, de sanar a los corazones desgarrados, de liberar a los oprimidos (cf. Lc 4, 18), la vida en nosotros del Espíritu convierte el amor en nuestra ley interior (cf. Rm 8; 13) que nos llevará a realizar también las obras de justicia y los milagros mesiánicos.»[18]

El Espíritu Santo es quien saca a la luz la voluntad de Dios y revela la historia de salvación. El Espíritu que habita en nosotros y que ora en nosotros es nuestro ayudador. Permanece en nuestra vida a pesar de nuestras ansias y decepciones, de nuestros miedos e inseguridades. Cristo ha soplado en nosotros su Espíritu, invitándonos a recibirlo como principio de la misión. Contemplar a Jesucristo como rostro del amor derramado en el Espíritu es saberse ayudantes de la misión. Cristo no nos dejó todas las respuestas a nuestras preguntas contestadas y formuladas. Lo que nos dejó fue el Espíritu que nos guía y que nos lo enseñará todo (cf. Jn 14, 26). Es saber que Cristo, en el Espíritu, sigue viviendo. Hasta poder decir que no somos nosotros los que vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros (cf. Ga 2, 20).  

El Espíritu, ayudador y defensor nuestro, riega nuestra tierra en sequía y nos hablará de cómo es amor derramado en el Hijo. Claret también lo supo. Para él fue deseo y sed de toda su vida: ungido por el Espíritu para el anuncio del evangelio. Es, por tanto, la puerta por la que entramos desde la espiritualidad a la misión; de la misión a la espiritualidad.

El Espíritu que nos unge es un viento fresco que introduce la libertad y la creatividad que el hombre contemporáneo va buscando en medio del peso de la cultura y de las inercias y cansancios que acumula. Para nosotros, misioneros claretianos en formación, es como el estatuto de nuestra condición misionera. De la profundidad que da el Amor del Padre, pasando por la entrega fraterna y misericordiosa del Hijo, hasta la creatividad que infunde el derramamiento del Amor del Espíritu.

  Bibliografía

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&J. M. Lozano cmf, Un místico de la acción. San Antonio María Claret, Barcelona, 1983.

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&VV. AA., Nuestro proyecto de vida misionera. Comentario a las Constituciones. Tres Volúmenes, Roma 1989-1997.


[1]CMF, Formación de Misioneros. Plan General de Formación. Roma 1994, cap. 3, 2.1.1.

[2] Autobiografía, 342.

[3] Gonzalo Fernández CMF, El itinerario espiritual de Claret, un modelo vital y apostólico para los misioneros claretianos. En Cesc Vic, Claret hoy. Foro Claret (2006), Publicaciones Claretianas, Madrid 2007, 267 – 270.

[4] CC. 9.

[5] Cf. Aut. 438 – 453.

[6]Aut. 264 – 243.

[7] Aut. 8.

[8] Aut. 68.

[9] Aut. 73.

[10] Aut. 77.

[11] EA, p. 575, 605.

[12]EE, p.168.

[13] CC. 10.

[14] Á. Cordovilla, Crisis de Dios y crisis de fe, Sal Terrae, Santander 2012, 137 – 140.

[15] K. Rahner, De la necesidad y don de la oración, Mensajero, Bilbao 2004, 44.

[16] Á. Cordovilla, o. c., 171 – 172.

[17] Gaudium et spes, 1.

[18] Ibíd., 150.

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