Capítulo 1 Qué es el noviciado

Capítulo 1

 Qué es el noviciado

            El Plan General de Formación define lo que es el noviciado:

            “El noviciado es un tiempo de iniciación integral en el seguimiento de Cristo evangelizador, según el carisma claretiano, en orden a la incorporación a la Congregación, mediante la profesión religiosa”[1].

            Para ayudar a comprender el sentido del noviciado y su trascendencia en la vida religiosa, afrontaremos en este capítulo inicial los siguientes puntos:

            I. EL NOVICIADO EN LA HISTORIA DE LA VIDA RELIGIOSA.

            II. NATURALEZA, FINALIDAD Y OBJETIVOS DEL NOVICIADO.

            III. ORIENTACIONES FORMATIVAS.

I. EL NOVICIADO EN LA HISTORIA DE LA VIDA RELIGIOSA

1. Antecedentes históricos del noviciado

            La vida religiosa contó ya desde antiguo con esta institución, o con otras similares, con el objeto de iniciar a los candidatos en la vida monacal. Una vez que la vida religiosa se organizó de forma asociativa, la institución del noviciado fue un elemento inherente a toda nueva familia religiosa surgida en la Iglesia.

            Es comprensible que, desde la antigüedad, el ingreso en la vida religiosa comenzara con una experiencia introductoria, de alguna forma institucionalizada, mediante la cual se pudiera probar y preparar a quienes se sintieran llamados a consagrarse a este tipo de vida. Hay, en efecto, testimonios de la existencia de esta institución en las reglas más antiguas y en otros documentos, tanto de Oriente como de Occidente. Pero referencias un poco más amplias y sistemáticas acerca del noviciado sólo podemos encontrarlas a partir del siglo XII. Lo que parece cierto es que durante este tiempo no existía una regulación uniforme. Cada monasterio determinaba sus normas en relación con dicha etapa formativa. La organización del noviciado era diversa y flexible. Todavía no existía una legislación común dimanada de la autoridad eclesial.

2. La institucionalización del noviciado

            Fue el Concilio de Trento (1545-1563) el que estableció una normativa reguladora de la obligatoriedad y de la organización del noviciado. A partir del mismo, el noviciado adquirió carta de naturaleza en la Iglesia y quedó reconocido de manera oficial. En adelante, quienes pretendieran ingresar en la vida religiosa deberían hacer obligatoriamente el noviciado. El Concilio estableció, en concreto, que no se accediera a la vida religiosa sin una previa y esmerada preparación, que habría de prolongarse por un año. Sólo al cabo de un año, y siempre que se hubieran cumplido al menos los 16 años de edad, podrían los candidatos convertirse en religiosos mediante la profesión de los consejos evangélicos[2].

            Conviene caer en la cuenta del paso decisivo que supuso la adopción de estas medidas. Con anterioridad al Concilio de Trento, la profesión o emisión de votos o del votum (que, ciertamente, ya se venía realizando en algunos ámbitos) no era obligatoria; los aspirantes o novicios podían pasar a formar parte del monasterio o de la orden por simple inscripción, sin que mediara necesariamente la profesión religiosa. Desde Trento, en cambio, la incorporación a la vida religiosa iría asociada obligatoriamente a la profesión de los consejos evangélicos, y ésta a la realización de un año de preparación previo. El noviciado quedaba de esta suerte institucionalizado oficialmente con un alcance universal.

            El Concilio de Trento significó para la institución del noviciado la línea divisoria entre una primera etapa, carente de una legislación uniforme, si bien enormemente rica en tradiciones y ensayos metodológicos de iniciación en la vida religiosa, y una segunda etapa, caracterizada por el progresivo perfeccionamiento de su estructura jurídica, a partir de su institucionalización. Ambas etapas, pretridentina y postridentina, contribuyeron a configurarlo en sus aspectos formativos.

3. La codificación de la doctrina sobre el noviciado

            En los siglos posteriores a Trento fueron arbitrándose diversas medidas, encaminadas a regular y perfeccionar la organización y el funcionamiento del noviciado, que culminaron con la publicación del Código de Derecho Canónico en el año 1917. Este Código recogió la doctrina tradicional acerca del noviciado, reelaborándola de forma sistemática[3].

            Dicho Código, en relación con la formación de los novicios, pedía que:

• se forjara bien su espíritu mediante el estudio de la regla y de las Constituciones;

• se lograra el debido aprendizaje del contenido de los votos y de la vida espiritual;

• se consiguiera la extirpación radical de los vicios;

• se alcanzara el dominio de los impulsos interiores;

• se adquirieran las virtudes;

• y se introdujera a los novicios en las prácticas piadosas de la meditación y de la oración asidua[4].

            Estos eran los objetivos principales en los que los novicios deberían emplear sus energías con ahínco. No podrían dedicarse a otros, como realizar estudios y efectuar actividades apostólicas. No se excluían de forma absoluta algunos trabajos, siempre que no impidieran la consecución de los objetivos formativos propios del noviciado[5].

4. El noviciado a partir de los años de la renovación conciliar

           En la segunda mitad del siglo XX se produjeron en la Iglesia algunos acontecimientos que no dejaron indiferente a la vida religiosa, afectando incluso a la institución del noviciado. La celebración del Concilio Vaticano II (1962-1965) abrió nuevos horizontes en la vida de la Iglesia. El Concilio, con su impulso renovador, reinterpretó los valores de la vida religiosa y preparó el camino de su puesta al día propiciando aquellos cambios que la sensibilidad de los nuevos tiempos venía exigiendo[6]. En los últimos decenios toda la vida eclesial y la misma vida religiosa se han visto involucradas en este proceso de renovación.

4.1. La puesta al día del noviciado según Renovationis Causam

            Respondiendo a esa sensibilidad detectada en gran parte de las familias religiosas, se publicó una instrucción en la etapa inmediatamente postconciliar bajo el título Renovationis Causam, concerniente a la formación de los religiosos[7]. El Código de Derecho Canónico del año 1917 venía resultando ya anticuado en algunos de sus cánones. Se precisaban unas orientaciones más acordes con la situación del mundo que pudieran guiar las necesarias experiencias que habrían de realizarse durante esa etapa postconciliar[8]. Renovationis Causam cumplió cabalmente esta función hasta la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico(1983).

            Con esta instrucción, la configuración del noviciado se transformaba y adoptaba un nuevo rostro: el de una institución que pretendía servir mejor y de manera más realista a la formación de los novicios, bien avanzada la segunda mitad del siglo XX. Renovationis Causam introdujo en la etapa del noviciado unas cuantas innovaciones en orden a impulsar una verdadera renovación formativa[9]. De esta suerte, la instrucción pretendía promover una adaptación de la formación que fuera más conforme con la mentalidad moderna y que tuviera en cuenta las circunstancias, la complejidad de las situaciones, la diversidad de los institutos y de sus obras, la variedad de lugares y la rapidez constante en los cambios del mundo moderno, así como las exigencias derivadas del apostolado. E instaba a conservar siempre la fidelidad al espíritu y al fin propios de cada instituto[10].

            Nuestra Congregación se apresuró con diligencia a poner en práctica estas orientaciones eclesiales. Concretamente, y tras las oportunas consultas a todo el instituto, se implantó obligatoriamente un tiempo de postulantado o de preparación conveniente para el ingreso en el noviciado; se dio la posibilidad de que los novicios se ejercitaran en actividades formativas fuera de la casa del noviciado y que pudieran concluir el mismo con la emisión de unos vínculos (o promesas) distintos propiamente de los votos temporales[11]. Posteriormente, la Asamblea General de la Congregación que tuvo lugar en Costa Rica (año 1976) afrontó, entre otras cosas, la etapa formativa del noviciado, acordando una serie de líneas doctrinales o contenidos que deberían desarrollarse durante el noviciado, en sintonía con el impulso renovador del postconcilio y con nuestro carisma claretiano[12].

            Renovationis Causam había puesto en marcha en la Iglesia –y también en nuestra Congregación- la renovación en el campo formativo. Ahora bien, como esta instrucción tenía sólo un carácter provisional (ad experimentum), la promulgación de un nuevo Código de Derecho Canónico en 1983 vendría a poner punto final a ese periodo de experimentación formativa. El nuevo Código asumió en sus cánones muchas de las innovaciones, derogó algunas otras y modificó varios detalles de la legislación precedente. La doctrina eclesial actualmente vigente acerca del noviciado se encuentra en el nuevo Código de Derecho Canónico[13].

4.2. Posteriores orientaciones eclesiales

            El noviciado, como organismo eclesial vivo que es, ha seguido siendo objeto de atención especial por parte de la Iglesia también en los últimos años. La Seda Apostólica ha perfilado algunos detalles relativos a esta etapa de la formación de los religiosos en varias intervenciones: bajo el título Potissimum Institutioni[14], se publicó en el año 1990 una instrucción sobre la formación en los institutos de vida consagrada, en general, y sobre la formación en el noviciado, en particular. Esta instrucción formula lo que puede denominarse una ley general de iniciación integral para la etapa del noviciado, señalando las líneas de acción características de esta iniciación.

            En 1998 salió a la luz pública otra instrucción de la Sede Apostólica titulada La colaboración entre institutos para la formación[15]. Allí se hace referencia también al noviciado. Esta instrucción presenta una serie de observaciones en torno a la posible organización de algunos servicios comunes para los noviciados de diversos institutos. Se subraya el carácter complementario de dichos servicios y se desecha por completo la idea de un hipotético noviciado intercongregacional en sentido estricto.

            En resumen, la doctrina del vigente Código de Derecho Canónico y las orientaciones de las dos últimas instrucciones configuran el perfil que tiene el noviciado en la actualidad en todos los institutos religiosos. La configuración distinta y característica depende de los diversos carismas de las Congregaciones.

II. NATURALEZA, FINALIDAD Y OBJETIVOS DEL NOVICIADO

1. Aclaraciones terminológicas

            Antes de proseguir nuestra exposición, aclaremos el significado de estas palabras: naturaleza, finalidad y objetivos del noviciado.

            1º. Con el término naturaleza del noviciado nos referimos a aquello que lo define en sus elementos constitutivos o fundamentales.

            2º. La distinción entre finalidad y objetivos del noviciado, en cambio, no siempre aparece con toda claridad. Las finalidades (objetivos-fines) son orientaciones de nivel general que se formulan con un sentido más amplio. Constituyen el marco de referencia en que ha de moverse toda la formación, o la meta a la que ha de tender de un modo global. Suelen venir indicadas ya, como es el caso del noviciado, por la legislación eclesial y congregacional. Nuestro Plan General de Formación señala ese marco general tanto al definir la naturaleza y finalidad del noviciado como al indicar sus objetivos generales[16], que son unas metas muy amplias.

            3º. Los objetivos, sin embargo, apuntan siempre a metas bien concretas: se persiguen en un plazo de tiempo determinado, con unos resultados más precisos y próximos, y admiten evaluación a lo largo del proceso formativo y, sobre todo, al final de cada etapa. Por esa razón se dice que tales objetivos son operativos.

            Pertenece a cada noviciado de la Congregación definir los objetivos específicos concretos de esta etapa formativa identificándolos, seleccionándolos, organizándolos y formulándolos adecuadamente. Eso sí, deberán establecerse siempre en conformidad con las directrices eclesiales y congregacionales, además de atender a otras circunstancias de cada lugar y de cada grupo de novicios.

2. Naturaleza y finalidad del noviciado

            Nuestra Congregación tuvo claro desde sus comienzos cuál tenía que ser la naturaleza y la finalidad del noviciado: formar básicamente al futuro misionero en la adquisición de todas las virtudes, particularmente de aquellas más necesarias para el desempeño de su ministerio apostólico. En el Apéndice de las Constituciones de 1862 se decía expresamente que el año de prueba o noviciado era el destinado a poner los fundamentos de las virtudes[17]. Esta afirmación reviste para nosotros una singular importancia, porque refleja el pensamiento de nuestro Fundador acerca de esta etapa formativa, dado que él mismo intervino personalmente en la elaboración de dicho Apéndice[18]. Nuestro Fundador estaba convencido, pues, de que durante el noviciado era cuando debían ponerse los cimientos de la vida misionera. Esa era su finalidad y su razón de ser.

            Una formulación más elaborada acerca de la naturaleza y la finalidad del noviciado la encontramos en los documentos más actuales de la Iglesia y de nuestra Congregación:

            El Código de Derecho Canónico dice que con el noviciado “comienza la vida en un instituto”[19]. La instrucción Potissimum Institutioni expone de manera más explícita y descriptiva la naturaleza y fin del noviciado:

            “se podría definir el fin del noviciado como un tiempo de iniciación integral al género de vida que el Hijo de Dios asumió y que él nos propone en el Evangelio, en uno u otro aspecto de su servicio o de sus ministerios”[20].

            Nuestro Plan General de Formación, apoyado en esta misma doctrina, define así la naturaleza del noviciado:

            “El noviciado es un tiempo de iniciación integral en el seguimiento de Cristo evangelizador, según el carisma claretiano, en orden a la incorporación a la Congregación, mediante la profesión religiosa”[21].

            El PGF indica, a continuación, cuál es su finalidad. Además del objetivo de incorporarse a la Congregación mediante la profesión religiosa,

            “[el noviciado] se ordena a que los novicios puedan tener un mejor conocimiento de la vocación divina tal como se propone en la Congregación, experimenten su modo de vida, conformen la mente y el corazón con su espíritu evangelizador; y, al mismo tiempo, puedan ser comprobadas su intención e idoneidad”[22].

3. Los núcleos de objetivos propios del noviciado

            Los objetivos del noviciado pueden ser contemplados globalmente y en detalle. Haremos ahora una exposición de los objetivos del noviciado globalmente considerados. Presentaremos los principales núcleos de objetivos, tal como se describen en los documentos de la Iglesia y de la Congregación[23]. Haremos un comentario a cada uno de los núcleos con el propósito de ayudar a la comprensión de los mismos y para facilitar así también la realización del proyecto formativo de esta etapa.

3.1. Iniciación integral a una nueva vida

            1º. El Código de Derecho Canónico reconoce un dato que es evidente: que con el noviciado comienza la vida en un instituto[24]. Se trata de comenzar a vivir y a establecer las bases fundamentales sobre las que la persona podrá ir desarrollando posteriormente su vida religiosa. Por eso precisamente nuestras Constituciones exhortan a los novicios a que procuren “poner los fundamentos de la vida misionera” y a que conozcan “los elementos esenciales de la misma”[25].

            El noviciado es una verdadera experiencia de iniciación en la vida religiosa claretiana. Ello requiere que los novicios se sumerjan de lleno en esa corriente vital y carismática, que es la tradición y el presente -personas y obras- de la Congregación. Así podrán comprobar si se sienten, de hecho, o si no se sienten como en su propio ambiente. Esta experiencia comporta, además, una ruptura con la vida anterior. Como ocurre en todo nacimiento, también aquí debe producirse un abandono del entorno vital previo, para insertarse en el nuevo, con el consiguiente desgarro que puede experimentar la persona.

            2º. El noviciado, como verdadera iniciación integral que es a esa nueva vida, debe posibilitar que se pongan, en concreto, los fundamentos de:

• “una vida de unión con Jesucristo, el Hijo y enviado del Padre, hecho hombre de la Virgen María por obra del Espíritu Santo;

 

un conocimiento y una práctica de las exigencias esenciales de la vida religiosa claretiana, como seguimiento de Jesucristo pobre, virgen y obediente en el anuncio del Evangelio;

 

• un estilo de vida comunitaria verdaderamente claretiana;

 

• un espíritu misionero y una preparación para el apostolado según el carisma de la Congregación (can. 652)”[26].

            3º. Para que la iniciación integral del novicio sea fructuosa debe haber una preparación previa. Ésta se hace normalmente en la etapa del postulantado. Con todo, la iniciación choca, a veces, con una escasa preparación por parte de los novicios y con otras deficiencias, provenientes de la inmadurez humana[27]. Paso previo a toda fundamentación sólida será abordar estas deficiencias. Pasarlas por alto, como si no existieran, no contribuye en absoluto a resolverlas ni garantiza la realización de este proceso. El substrato humano necesita ser atendido en estas carencias elementales. Hay que asegurar la consecución progresiva de una madurez de juicio y de una firmeza de carácter[28], entre otras cosas. Esto forma parte de la iniciación. Precisamente en la falta de atención a esta carencia de madurez humana puede encontrarse la raíz de muchos fracasos no sólo en esta etapa del noviciado sino, lo que es peor, en las sucesivas etapas formativas y en el futuro.

            La Congregación sólo podrá llevar a cabo esta iniciación, a través del maestro y de sus colaboradores, si cuenta con la buena disposición y con la participación activa de los novicios. Ellos han de ser los primeros interesados en que dicha iniciación se realice de la mejor manera posible. Por eso, las Constituciones les recomiendan que “cooperen responsablemente con el Maestro y los Superiores y acojan sus decisiones en fe y amor”[29].

3.2. Referencia cristológica y carismática

            El género de vida en el que se inicia el novicio es el que asumió el mismo Jesucristo tal como aparece en el Evangelio[30]. Esta referencia cristológica es pieza clave para entender la originalidad que caracteriza a la vida religiosa, en la que se introduce quien ingresa en un instituto. La persona de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, deberá centrar toda la formación y, muy especialmente, esta etapa del noviciado. Su persona divina y el género de vida que él asumió, y que propone en el Evangelio, han de constituir el eje en torno al cual gire la vida de los novicios. Las actividades, los proyectos, las interpretaciones de la vida religiosa… no pueden ensombrecer la luz que irradia directamente de la persona y de la vida del Salvador, con quien se han de configurar los novicios. De ahí la recomendación que les hacen las Constituciones:

            “únanse de todo corazón […] a Cristo Señor cuya vida y ministerio van a compartir un día”[31].

            La configuración con Jesucristo pasa por la conformación e identificación con él en algunos de los aspectos de su vida y de su misión. Ahí aparece el aspecto diferencial y carismático de cada una de las familias religiosas. Es Jesucristo, vivo e interpelante en un misterio concreto, quien subyuga, atrae y arrastra con una fuerza especial: orando en el huerto, retirado al desierto, predicando la Buena Nueva, sanando a los enfermos, enseñando, buscando a los pecadores, acogiendo a los niños, etc. Por eso mismo, el noviciado es el tiempo de iniciación integral al misterio de Cristo que caracteriza al propio instituto y que luego puede encarnarse en rasgos espirituales y en tareas, servicios y ministerios diversos.

            El Plan General de Formación se hace eco de esta clave cristológica y carismática, diferencial, al afirmar que

            “somos seguidores de Jesucristo y que a nosotros se nos ha concedido representar en la Iglesia su vida profética, su vocación de mensajero de la Buena Nueva para todos los hombres, especialmente para los pobres, destinatarios y sujetos privilegiados del Reino vivido y anunciado por él”[32].

            En nuestro instituto, esta referencia cristológica y carismática está indudablemente marcada por la misma experiencia de nuestro Fundador, san Antonio María Claret, configurado plenamente con Jesucristo Evangelizador, esto es, identificado con la persona de Jesús en el misterio de la predicación de la Buena Noticia de salvación para todos.

            Los novicios claretianos tendrán que ser iniciados y deberán iniciarse ellos mismos en la vida de la Congregación desde esta clave cristológica y carismática peculiar, evitando el fomento de una espiritualidad indiferenciada o no concorde con nuestra identidad.

3.3. Conocimiento más claro de la propia vocación

            Es evidente que este objetivo caracteriza singularmente a la etapa del noviciado[33]. Aunque es cierto que durante el postulantado, y aún antes, se inicia ya el discernimiento de la propia vocación[34], durante el noviciado este discernimiento debe continuarse hasta alcanzar aquel grado razonable de conocimiento o convencimiento de que, efectivamente, Dios llama a la vida religiosa y, en concreto, a la vida religiosa específica de nuestro instituto.

            Las Constituciones instan a los novicios a que “continúen el proceso de discernimiento para ver si son llamados verdaderamente a la Congregación”[35]. Invitan a proseguir un proceso de discernimiento supuestamente iniciado con anterioridad al ingreso en el noviciado. El objeto de tal discernimiento es ver si son llamados verdaderamente a la Congregación. Los novicios no pueden ingresar en el noviciado sólo para ver si, por casualidad, tienen vocación. Ingresan para verificar y comprobar si es auténtica la vocación que creen tener. Este conocimiento es fruto de todo un proceso de discernimiento que se prolonga y se contrasta con la vida misma ya dentro del ambiente congregacional del noviciado.

3.4. Experiencia de la vida de la Congregación y conformación de la mente y el corazón con su espíritu

            1º. Los novicios han de tener una experiencia intensa y directa de la vida de la Congregación. No pueden limitarse a ser espectadores de la misma con una visión panorámica y teórica. Deben experimentar en vivo y en directo la vocación a la que se han sentido llamados. Ello supone involucrarse realmente en la dinámica de la vida de la comunidad misionera, aunque eso se realice básicamente desde la casa formativa. Los novicios deberán mantener contactos con las personas y comunidades y conocer las obras apostólicas propias de nuestra Congregación, en orden a adquirir esa fundamental experiencia de la vida real de nuestra familia religiosa.

            La casa del noviciado, aun cuando por razones pedagógicas se haya ubicado en un lugar separado, nunca podrá asemejarse a un invernadero, o a un laboratorio. Todo lo que sea artificial, como lo sería apartar de la verdadera vida de nuestro instituto a unos jóvenes que van a formar parte del mismo, resultará, a la postre, nocivo para la formación.

            Es positivo para los novicios mantenerse en contacto con la corriente vital del instituto, personas y obras, quedando a salvo cuanto de peculiar tratamiento exija esta etapa formativa (y que está ya previsto por la legislación y por la sana tradición de la Iglesia y de nuestra Congregación). El Directorio señala, a este respecto, lo siguiente:

            “La índole peculiar y el fin del noviciado piden conjugar, en las relaciones de los novicios con los miembros profesos, la necesaria cercanía que lleve al conocimiento y amor a la Congregación con la oportuna separación que salvaguarde su condición de novicios. El Gobierno del Organismo Mayor determinará las líneas generales de estas relaciones”[36].

            Las relaciones de los novicios con los miembros profesos permitirán sintonizar con la Congregación, respirando el característico aire de familia, congregacional. Cuando hablamos de aire de familia o de estilo familiar, modo de vida, etc. de la Congregación nos referimos a ese conjunto de rasgos, actitudes, elementos doctrinales y vivenciales que constituyen el modo de ser o índole de nuestro instituto en la Iglesia; un modo de ser que deriva de nuestro carisma congregacional.

            2º. Como no se trata de asimilar un estilo externo, se habla de “conformar la mente y el corazón con el espíritu del instituto”[37]. El espíritu de un instituto es el carisma fundacional, enriquecido por la tradición a través de las variadas circunstancias de cada tiempo y lugar y siempre en fidelidad al don primero. La conformación con el espíritu del instituto se realiza, de hecho, como por ósmosis, al contacto con la vida congregacional. En la práctica, el carisma se transmite suscitando su reconocimiento, su consolidación y su desarrollo en las personas de los formandos a través de diversos cauces y medios de transmisión. Pero cuando la comunidad congregacional vive su espiritualidad, su estilo de vida y su misión en clave carismática, la transmisión se efectúa de forma natural y espontánea. La oración peculiar, la forma de gobierno propio, el estilo de vida tradicional, las opciones apostólicas congregacionales, etc., son cauces y medios de transmisión de la experiencia carismática. Cuando, en concreto, la comunidad religiosa del noviciado vive con intensidad su proyecto comunitario, elaborado en clave carismática, se convierte en un ámbito ideal para vivir, animar y transmitir la vivencia del carisma a los novicios.

            Los novicios deberán conformar su mente y su corazón -la totalidad de su persona- con el espíritu de la Congregación. La verdadera conformación con este espíritu no consiste en el mero aprendizaje de unos cuantos datos sobre la historia y misión de nuestra familia religiosa. Se trata de la asimilación cordial de los contenidos nucleares del carisma. Sin ésta, los novicios se quedan en la corteza; no llegan a entender a fondo ni a vivir el espíritu del Fundador, heredado por la Congregación. Puede que conozcan algunas cosas de nuestro instituto, pero no podrán afirmar que han experimentado su vida.

3.5. Comprobación de la intención e idoneidad de los novicios

            El discernimiento vocacional, del que hemos hablado antes, no compromete solamente a los novicios a discernir si verdaderamente han sido llamados por Dios a seguir esta vocación. Compromete también al mismo instituto, que tiene la responsabilidad grave de comprobar la intención e idoneidad de los candidatos. Al instituto corresponde comprobar la autenticidad o inautenticidad de sus motivaciones, así como su capacidad real para abrazar este género de vida en la Iglesia. Es más, en último término queda reservada a los legítimos representantes del instituto la admisión al noviciado y la aprobación para emitir la profesión religiosa con la incorporación a la Congregación.

            1º. Comprobación de la rectitud de intención. Es ésta una tarea insoslayable. El magisterio eclesial ha privilegiado generalmente la expresión rectitud de intención al hablar de los requisitos exigibles a los candidatos a la vida religiosa y sacerdotal. El propósito o intención de los novicios -que ha de ser comprobado- equivale al conjunto de motivaciones que dan sentido a su opción y que les impulsan a abrazar la vida religiosa. La comprobación de la intención supone algo más que la explicitación verbal de los deseos conscientes de los candidatos[38]. Comporta, por una parte, la adopción de los medios habituales que ofrece la convivencia cotidiana, en orden al discernimiento vocacional; y, por otra, la adopción, si fuera necesario, de otros medios, tales como el de servirse de la ayuda de expertos, sea como práctica generalizada sea, sobre todo, como práctica excepcional en caso de duda vocacional.

            La comprobación de la intención o de las motivaciones se convierte en una seria tarea formativa. Es necesario que los mismos novicios se impliquen en ello personalmente. Los novicios son los primeros interesados en que se lleve a cabo una evaluación a fondo de sus motivaciones, con la ayuda del maestro y de otras personas cuya colaboración, acaso, se considere oportuno solicitar. Es preciso actuar con talante diáfano e inequívoco al abordar este asunto.

            Tanto por parte de los inmediatos representantes del instituto, que son el maestro y su equipo, como por parte de los novicios esta comprobación de las intenciones vocacionales va a requerir un tenaz y paciente esfuerzo de clarificación, porque sucede con frecuencia que las motivaciones que animan inicialmente a los jóvenes -aun en el caso de que sean válidas- no siempre se presentan con claridad. Se requerirá un laborioso análisis de las motivaciones, un trabajo de purificación y de refuerzo de aquellas que se consideren aceptables y válidas desde la perspectiva de la vocación claretiana; y un trabajo de detección y erradicación de aquellas que se estimen inaceptables o menos válidas; o de su control consciente cuando no puedan ser totalmente eliminadas. En definitiva, este discernimiento deberá convertirse en un talante espiritual y en una tarea formativa permanentes, dada la complejidad que presenta el mundo de las motivaciones vocacionales[39].

            2º. La idoneidad de los novicios ha de ser igualmente comprobada. Idoneidad significa capacidad real -aquí y ahora, y como previsión de futuro- para asumir los compromisos propios de la vida religiosa claretiana. Esta idoneidad ha de estar fundamentada en argumentos positivos, no en la mera ausencia de contraindicaciones. Ha de sustentarse en signos positivos que, sin ser necesariamente extraordinarios, presenten una cierta relevancia desde la perspectiva de la vocación[40]. Supone, a la vez, la ausencia de aquellos impedimentos que tanto el Derecho común como nuestro Derecho particular hayan señalado[41].

            Hay una idoneidad básica, que es la que otorga la misma naturaleza. Y hay una idoneidad adquirida con el esfuerzo personal, con la gracia de Dios y con la correspondencia a las ayudas educativas que ofrece el instituto. En ambos casos, para hacer una valoración de la idoneidad, es necesario guiarse por un criterio equilibrado, sabiendo que los signos vocacionales están normalmente en la persona de una manera germinal[42]. Por eso, hay que saber juzgar el grado de madurez real adquirido por los novicios en el noviciado y predecir, asimismo, su capacidad para llegar a alcanzar mayores metas de madurez en el futuro.

4. Objetivos específicos y programación concreta

            Vistos los principales núcleos de objetivos del noviciado, correspondería ahora formular en detalle los objetivos específicos. Nos remitimos para ello a nuestro Plan General de Formación[43], en donde pueden encontrarse formulaciones pormenorizadas de tales objetivos así como la recomendación de ciertos dinamismos y medios que se consideran adecuados para la consecución de los mismos.

            La última concreción de los objetivos y demás elementos de la programación debe realizarse en cada comunidad formativa, atendidas las circunstancias de lugar y tiempo, de las personas y de otros condicionamientos locales. En esta tarea de planificación deberán tenerse en cuenta las directrices emanadas de los diversos órganos de la Iglesia y de nuestro instituto y que se encuentran expresadas en el Código de Derecho Canónico y en algunas Instrucciones, en las Constituciones, en el Directorio, en el Plan General de Formación y en el correspondiente Plan de cada Provincia o Delegación. Así podrá confeccionarse la programación formativa del noviciado[44]. Es una responsabilidad que debe asumir cada noviciado. Supone, lógicamente, la implicación en esa tarea de todos y de cada uno de los miembros de la comunidad formativa: novicios, maestro y colaboradores.

III. ORIENTACIONES FORMATIVAS

1. San Antonio Claret como novicio: un modelo a imitar

            Hablando del noviciado, es oportuno preguntarnos si nuestro Fundador tiene algo que decir al respecto. Ya hemos mencionado antes su pensamiento en relación con esta etapa inicial de la formación del misionero[45]. Pero ahora podemos también contemplarle en cuanto novicio que fue algún tiempo en la Compañía de Jesús, porque durante cuatro meses fue novicio jesuita en Roma, cuando era joven sacerdote.

            Para nosotros es interesante, formativamente, que nuestro Fundador tuviera experiencia personal de lo que es un noviciado. Su ingreso y su estancia en el noviciado de la Compañía de Jesús fueron providenciales, como se desprende del relato que él mismo nos ha dejado en su Autobiografía; y, si bien esta experiencia fue breve y no concluyó con una profesión que le hiciera miembro de la Compañía, sí que se realizó en las condiciones ideales que convierten al novicio Antonio Claret en modelo hacia el que los novicios de la Congregación pueden dirigir la mirada para imitar su talante en una etapa de la formación en la que ciertos detalles y algunas virtudes son especialmente recomendables. Así, del novicio Antonio Claret pueden admirarse e imitarse las siguientes actitudes[46]:

• su apertura a las personas y a las mediaciones en el discernimiento de la llamada en el momento inicial o del ingreso;

• su espíritu humilde y agradecido ante la grandeza de la vocación;

• su fervor y sus anhelos de perfección;

• su actitud receptiva y discipular para dejarse formar con la ejemplaridad ascética que observaba a su alrededor;

• su aplicación en el aprendizaje de los métodos apostólicos y prácticas espirituales propias de la Compañía;

• su puesta en práctica de una obediencia modélica, probada y ejercitada hasta el extremo de renunciar a la posesión y uso de su Biblia personal;

• su capacidad para orientar sus enormes ansias apostólicas desde la oración durante ese tiempo en que no podía dedicarse por entero al apostolado activo;

el ánimo contento y la entrega con que realizaba las ejercitaciones catequísticas y del ministerio a las que le era permitido ocuparse semanalmente;

• y su docilidad y prontitud para servirse de la mediación de los superiores en el discernimiento vocacional también más adelante, especialmente con ocasión de la enfermedad que le llevó a dejar la Compañía y a volver a su patria.

2. Las adecuadas actitudes en el noviciado

            Después de todo lo expuesto acerca de la naturaleza, finalidad y objetivos del noviciado, y teniendo delante el ejemplo luminoso de nuestro Fundador, ofreceremos a continuación unas cuantas orientaciones prácticas y útiles para quienes van a iniciar esta etapa formativa. Sugerimos las siguientes actitudes:

1ª. Entrega sin reservas a la formación: la Congregación ofrece con generosidad las mejores condiciones para que los novicios puedan dedicarse exclusivamente a su formación misionera. Se espera que ellos sepan corresponder con la equivalente entrega.

2ª. Aprovechamiento del tiempo: la falta de preocupaciones y de empeño en otras tareas no es un lujo ni una pérdida de tiempo. Es facilitar un momento esencial para la formación. Por lo tanto, es preciso que el novicio aproveche al máximo y con responsabilidad el tiempo de que dispone en el noviciado para su formación.

3ª. Franqueza y claridad para afrontar las deficiencias y problemas de vocación o de maduración personal: la problemática vocacional y la proveniente de la inmadurez necesitan ser abordadas en el diálogo con el maestro. Ocultarlas no sirve para nada; sólo retrasa su solución.

Valentía para realizar las rupturas necesarias: el noviciado requiere la creación de un clima de ruptura con el estilo de vida anterior[47], lo que comporta el desprendimiento de cosas, personas, relaciones… Es ley evangélica: dejarlo todo para seguir a Cristo. Quien no se decide a romper no puede hallar la libertad necesaria para sumergirse de lleno en la experiencia del noviciado.

5ª. Disponibilidad para continuar el discernimiento vocacional: discernir no significa poner en duda la propia vocación sino verificar su autenticidad, verla con más claridad, analizarla en el nuevo contexto de la comunidad claretiana, en diálogo abierto con los responsables de la formación; y responder luego a ella con espíritu alegre y generoso[48].

6ª. Cultivo de una vida espiritual profunda, que no quede en la superficie de unas prácticas ni en los fervores momentáneos, que se lleva el viento; y que se extienda a la vida entera. Todo debe vivirse desde la unión con Dios y con los demás.

7ª. Realización de los compromisos de la vida ordinaria (cargos, tareas domésticas, etc.) así como de las ejercitaciones apostólicas con un espíritu verdaderamente misionero, nunca como una rutina sin sentido o como una evasión.

8ª. Lucha contra el cansancio y la impaciencia: la etapa del noviciado atraviesa también momentos de prueba, desencanto, dificultades, tentaciones… Hay que estar precavidos para soportar con entereza esos malos momentos, contando con la ayuda de Dios y con la intercesión de María, Madre y Maestra[49].

3. Conclusión

            La importancia de la formación en la vida consagrada ha sido recordada en un documento reciente de la Iglesia con estas palabras:

            “Debemos ser sumamente generosos en dedicar tiempo y las mejores energías a la formación. Las personas de los consagrados son, en efecto, uno de los bienes más preciados de la Iglesia. Sin ellas, todos los planes formativos y apostólicos se quedan en teoría, en deseos inútiles. Sin olvidar que, en una época acelerada como la nuestra, lo que hace falta más que otra cosa es tiempo, perseverancia y espera paciente para alcanzar los objetivos formativos. En unas circunstancias en las que prevalece la rapidez y la superficialidad, necesitamos serenidad y profundidad porque en realidad la persona se va forjando muy lentamente”[50].

            La etapa del noviciado, que figura como una más entre las restantes etapas del ciclo formativo, tiene sin duda un valor decisivo para el futuro. Todas las etapas formativas -situada cada una en su respectivo momento de la formación claretiana- poseen su propia identidad. Pero existe unanimidad en reconocer a esta etapa del noviciado una relevancia especial. Renovationis Causam lo explicaba con estas palabras:

            “En el ciclo formativo, el noviciado debe absolutamente conservar su importancia, ya que no puede ser sustituido con nada y afecta de un modo singular al comienzo de la vida religiosa”[51].

            Esta misma conciencia ha sido la que ha impulsado a todas las órdenes y congregaciones religiosas, desde muy antiguo, a considerar el noviciado como un tiempo y un espacio privilegiado en el que cimentar la vida espiritual, asegurando así la perseverancia y la fidelidad de los futuros religiosos.

            Nuestro instituto ha valorado y cuidado siempre con esmero esta etapa formativa[52], muy consciente de que no podría contar con unos miembros bien preparados para el apostolado si no se hubieran templado antes en la fragua y en el yunque de una seria formación. En el noviciado, en efecto, es en donde iniciaron su forja los mejores claretianos y allí es en donde también hoy día se ponen los fundamentos de la vida misionera, se conocen los elementos esenciales de la misma y se ejercitan y ponen en práctica los consejos evangélicos[53] según el espíritu de nuestro santo padre Fundador y de la Congregación.



[1] PGF 348; cf. también PI 45.

[2] CONCILIO DE TRENTO, Decreto De regularibus et monialibus, ss. XXV, cap. XV.

[3] Sobre el noviciado cf. CIC de 1917, cc. 542-571.

[4] Cf. CIC de 1917, c. 565, 1.

[5] Cf. CIC de 1917, c. 565, 3.

[6] Cf. PC, 3.

[7] RC, AAS 61 (1969), pp. 103-120.

[8] Cf. RC introducción.

[9] Entre las innovaciones que presentaba la instrucción Renovationis Causam cabe citar, entre otras, la posibilidad de realizar la consagración al final del noviciado a través de otros vínculos sagrados distintos de los votos temporales y la posibilidad de realizar alguna actividad formativa fuera de la casa del noviciado.

[10] Cf. RC introducción.

[11] Cf. A. LEGHISA, Circular A los Superiores Mayores de la Congregación sobre la “Renovationis Causam”, en Annales, 50 (1970), pp. 293-296; ID., Decreto del Gobierno General La aplicación de la Instrucción “Renovationis Causam” a nuestra Congregación, en Annales, 50 (1970), pp. 296-319; también J. Mª PALACIOS, Notas históricas sobre la formación en la Congregación, Prefectura General de Formación, Roma, 1997, pp. 98-99.

[12] Cf. ASAMBLEA GENERAL DE COSTA RICA, Annales, 52 (1976), pp. 466-467.

[13] Cf. CIC 641-653.

[14] PI, Roma, 2.02.1990: AAS, 82 (1990), pp. 470-532. Sobre el noviciado cf. números 45-57.

[15] La colaboración entre Institutos para la formación, Roma, 8.12.1998. Sobre el noviciado cf. números 14-16.

[16] Cf. PGF 348, 352-354.

[17] Cf. CC 1862, Apéndice, número 15. El texto aparecía en esas Constituciones bajo el siguiente título: Apéndice a las Constituciones antecedentes o sea Reglamento para los Aspirantes, Probandos y Estudiantes y sus respectivos Maestros. Puede consultarse la parte referente a los novicios en el Apéndice 1º de este Manual.

[18] San Antonio María Claret, una vez que regresó de Cuba a España, intervino en el proceso de la elaboración de las Constituciones de la Congregación y en su tramitación para que fueran aprobadas por la Santa Sede. Particularmente trabajó en los capítulos sobre los novicios (o probandos) y sus formadores (o maestros), que se incluyeron en un Apéndice en las Constituciones de 1862. En dicho apéndice encontramos el pensamiento de nuestro Fundador acerca de esta etapa importantísima del noviciado y, concretamente, su apremiante recomendación dirigida a los misioneros que se hallan en este año de prueba para que pongan los fundamentos de las virtudes de la fe, la confianza, la humildad, la obediencia, la rectitud de intención, la oración y la fidelidad a la vocación.

[19] CIC 646.

[20] PI 45.

[21] PGF 348.

[22] Ibid.; cf. CC 61 y Dir 195.

[23] Cf. PGF 348, CIC 646 y PI 45. Sobre el objetivo o finalidad del noviciado cf. NPVM III, pp. 178 ss., 188 ss. y 200 ss.

[24] CIC 646.

[25] CC 61.

[26] Dir 196.

[27] Dificultad en la que reparaba ya la instrucción RC 4.

[28] Cf. CC 68.

[29] CC 65. Acerca de la aceptación de las mediaciones formativas y de la cooperación responsable de los novicios, cf. el comentario a este número 65 de las Constituciones en NPVM III, pp. 178 ss. y 281-283.

[30] “La persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en si misma, en cuanto es posible, aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo” (VC 16; cf. LG 44).

[31] CC 61.

[32] PGF 19.

[33] Cf. CIC 646.

[34] Cf. DVC 169-175.

[35] CC 67.

[36] Dir 207.

[37] CIC 646.

[38] Las motivaciones vocacionales pueden presentar formas variadas, lo que da lugar a la distinción de motivaciones: se habla, en efecto, de motivaciones conscientes e inconscientes, adecuadas e inadecuadas, suficientes e insuficientes, auténticas e inauténticas, válidas y no válidas… Cf. DVC 259-260.

[39] Cf. NPVM III, pp. 300-301 y 317 ss.

[40] Cf. DVC 234.

[41] Cf. los criterios de discernimiento vocacional (requisitos y contraindicaciones) del Derecho común y del nuestro particular recogidos en DVC 240-257 y 263 y ss.

[42] Cf. DVC 235.

[43] En lo que se refiere a la formulación de objetivos específicos cf. PGF 355-363. En lo concerniente a los medios cf. PGF 355-363 y Dir 197.

[44] Cf. Dir 168 y PGF 368.

[45] Cf. la nota 18 de este capítulo.

[46] Cf. Aut 139-152.

[47] Cf. PGF 357.

[48] Cf. CC 67.

[49] Cf. CC 61.

[50] CDC 18.

[51] RC 4.

[52] Cf. NPVM III, p. 184; asimismo DVC 360 ss; también, en este mismo manual, la introducción sobre el noviciado en la Congregación (notas históricas), en donde se habla del cuidado que pusieron los superiores de nuestro Instituto de que se realizara el noviciado en las mejores condiciones, dejando aparte otras tareas apostólicas o de estudio.

[53] Cf. CC 61.

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