Capítulo 10 La misión claretiana

Capítulo 10

 La misión claretiana

            Todo ser humano está llamado a realizar una misión. Cada persona es consciente de que debe realizar una tarea en este mundo durante su existencia. También las colectividades humanas, las etnias, los pueblos, experimentan en sí mismos esa llamada a realizar una misión, una tarea histórica colectiva que redunde en un futuro mejor.

            Los cristianos, tenemos una honda conciencia misionera y la explicamos diciendo que Jesús, nuestro Señor resucitado, nos envió a proclamar el Evangelio a todo el mundo y hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28, 19; Mc 16, 15). Cada vez constatamos con más fuerza que la misión es la razón de ser de la existencia cristiana. Sin ella, no somos auténticos seguidores de Jesús.

            Desde nuestros orígenes hasta hoy, hemos tenido una fuerte conciencia de ser enviados por Jesús. Pero en nuestro tiempo esta conciencia es muy intensa. Hoy decimos que la misión pertenece al ser mismo de la Iglesia: seglares, religiosos y ministros ordenados colaboramos en la única misión fundamental desde nuestras peculiaridades carismáticas y ministeriales.

            La Iglesia despliega una actividad impresinante, tanto a nivel universal, como local, que llamamos misión. La Iglesia realiza su misión a través de múltiples actividades. Con todo, la misión no se confunde con las actividades que la Iglesia realiza. La misión es mucho más.

            A los claretianos nos interesa profundizar en el sentido de la misión en la Iglesia. Esa misión nos identifica, ya que nos llamamos misioneros y realizamos una específica aportación a la misión eclesial. El presente capítulo se divide en dos partes:

I. EL MISTERIO DE LA MISIÓN A LA LUZ DE LA REVELACIÓN.

II. LOS CLARETIANOS UNA CONGREGACIÓN MISIONERA.

I. EL MISTERIO DE LA MISIÓN A LA LUZ DE LA REVELACIÓN

            No es fácil captar todos los aspectos de la misión cristiana de una sola mirada. Puede ser contemplada desde distintos ángulos. Todos ellos ofrecen la riqueza misteriosa de este acontecimiento, que Dios ha puesto en medio de nosotros.

1. Aclaraciones etimológicas

            Misión viene del término latino mittere (enviar) y sus derivados missum (enviado), missam (enviada). Estos términos latinos corresponden a los términos griegos apostellein (enviar), apóstolos (enviado). Es decir, que los términos referidos a la misión o al apostolado hablan de lo mismo. El misionero, el apóstol, por lo tanto, es un enviado, un embajador, un representante, un servidor de otro. Jesús lo expresó muy bien cuando decía: “Quien a vosotros oye, a mi me oye” (Lc 10, 16).

2. La misión que viene de Jesús, una oferta de salvación

            Jesús resucitado no envió a sus discípulos para que le conquistaran el mundo, sino para ofrecer la salvación y ponerla a disposición de todos. Por medio de la Iglesia, queda a disposición de todos[1]. El mandato de evangelizar y bautizar no es una orden de conquista. El mandato de predicar y bautizar no conlleva amenazas a quienes lo rehusen, sino que es la oferta de una bendición ya dada, de una salvación ya presente.

3. La misión del Espíritu Santo

            No se explica la misión cristiana únicamente desde el mandato del Señor Jesús y su promesa de ayuda. La exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi de Pablo VI nos estimula a profundizar y desarrollar más la misión desde la perspectiva del Espíritu Santo[2].

3.1. El Espíritu que unge a Jesús para evangelizar. Evangelizar es transmitir la buena noticia del reinado de Dios. Esa transmisión se realiza a través de la palabra profética eficaz – dabar -; por medio de ella irrumpe el misterio del Reino. Evangelización es anuncio de la buena noticia de un acontecimiento transformador, el advenimiento del reino de Dios. Ahora bien, esto no es posible sin el Espíritu.

   Entre los diferentes tipos de profetas veterotestamentarios, Jesús se identificó con el profeta de la gracia, de la buena noticia: “Hoy en vuestra presencia, se acaba de cumplir esta escritura” (Lc 4,21). Jesús es Profeta porque ha sido ungido por el Espíritu.

            La humanidad de Jesús estuvo plenamente santificada y conducida por el Espíritu. Toda la actuación del Espíritu estuvo centrada en Jesús, en consagrarlo y capacitarlo para su misión. Antes de Jesús, nunca el Espíritu había hablado tanto en un hombre, como en Jesús. Nunca había hablado tanto a Dios y a los hombres, como en Jesús. Nunca había exclamado ¡Abbá! con tanta intensidad. El Espíritu está en Jesús con muchísima más intensidad que en cualquiera de los profetas.

3.2. El Espíritu que unge a la Iglesia para evangelizar

            A la acción profética de Jesús sigue la evangelización de la Iglesia. Nos preguntamos, entonces: ¿qué lugar tiene el Espíritu en esta acción profética? Evoquemos el acontecimiento de Pentecostés, donde la comunidad cristiana queda ungida por el Espíritu para la misión. Con la venida del Espíritu, queda rota la visión nacionalista de los discípulos al ser conferida la misión universal: Jerusalén, Judea, Samaría y hasta los confines del mundo. La fuerza del Espíritu impulsará a los discípulos a la misión en todo el mundo. La tierra prometida, es ahora toda la tierra. El Espíritu los acreditará como testigos de Jesús, de sus palabras, acciones y de su resurrección. Ese testimonio será el gran medio para hacer que llegue el reinado de Dios y no el predominio de Israel sobre las demás naciones.

            La efusión del Espíritu en Pentecostés capacitó a los discípulos para proclamar las maravillas del Padre en todas las naciones.

4. Misión como vocación de la Iglesia

            La misión es una dimensión esencial de la Iglesia. La misión es su verdadera vocación. Como tal la Iglesia ha de dirigirse a todos los pueblos y hasta el fin de los tiempos para hacer que todos los hombres reconozcan a Jesucristo como Señor. La Iglesia no será el centro hacia el que deberán confluir todos los pueblos para contemplar la Gloria de Dios, tal como se preveía en las antiguas profecías del Antiguo Testamento (cf. Is 2, 2-4; Sal 46), sino una comunidad enviada a las naciones para hacer que nazca en ellas la gloria del Resucitado. La comunidad eclesial no se constituye en cento del mundo.

            La comunidad cristiana, en este sentido, no vive para sí misma; ella es el lugar a donde somos llamados y desde donde somos enviados al mundo[3]. La misión no es, pues, algo que se yuxtapone a la vocación de la Iglesia. Todos los creyentes estamos responsabilizados de la misión total de la Iglesia. Sin embargo, cada creyente lo hace desde sus peculiares carismas y ministerios.

5. Misión compartida

            Una misión de estas dimensiones, de esta complejidad, no puede ser realizada por un grupo de creyentes. Es una responsabilidad que recae sobre la Iglesia entera. La misión es una sola, pero requiere la colaboración responsable de todos los creyentes. Cada uno según sus propios carismas ha de convertirse en ministro de la misión de la Iglesia.

            En la Iglesia hay pluralidad de ministerios, pero unidad de misión[4]. Cada forma de vida, cada grupo comunitario y cada persona ha recibido peculiares carismas, que se ejercen en la Iglesia, en la humanidad, como ministerios o servicios a favor del reino de Dios. Por lo tanto, los misioneros claretianos no podemos ni debemos hablar de “nuestra” misión; lo más correcto es hablar de nuestra aportación carismática a la única misión. Por eso, entendemos la misión como una forma de compartir la misión con otros, con otras formas de vida cristiana y humana, con otros servicios.

            Los misioneros claretianos somos conscientes de que, si tenemos alguna misión concreta en la Iglesia, ésta consiste en ser “esforzados auxiliares de los Pastores en el ministerio de la palabra”[5] y de que esa misión no la realizamos solos, sino en colaboración estrecha con otros cristianos, que han recibido también el don apostólico de modos diversos[6]. Únicamente en colaboración y en misión compartida con los laicos y los ministros ordenados, con los llamados a la vida matrimonial y a la vida consagrada en sus múltiples formas podremos llevar a cabo la única misión que el Señor nos ha confiado[7]. Eso sí, los claretianos sólo podremos realizarlo desde nuestro propio don o carisma. Esa es nuestra peculiar aportación a la misión de la Iglesia, como vamos a señalar a continuación.

 

 

II. LOS CLARETIANOS, UNA CONGREGACIÓN MISIONERA

            Los claretianos somos una Congregación misionera y apostólica. El P. Fundador nos quiso como los apóstoles, para estar con Jesús y ser enviados a predicar por todo el mundo (cf. Mc 3,14). Claret, misionero apostólico, eligió como confundadores a sacerdotes a los que el Señor les había dado el mismo espíritu misionero que él tenía[8]. Los confundadores, como Claret, se vieron siempre y desde el primer momento como misioneros apostólicos.

            El título de la Congregación que aparece en las Constituciones, nos señala claramente como una Congregación de Misioneros y la definición del misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María, escrita por el P. Fundador e inserta en las Constituciones (n. 9), nos describe como misioneros.

            Desde entonces todos nuestros documentos (Constituciones, Directorios, Capítulos Generales, Circulares de los PP. Generales, PGF, DVC,…) hablan de nuestra condición en la Iglesia como misioneros y apóstoles al estilo de Claret, nuestro Fundador.

1. Nuestra misión en la Iglesia

1.1. El servicio misionero de la Palabra

            Las Constituciones nos dicen que “nuestra vocación especial en el Pueblo de Dios es el ministerio de la Palabra, con el que comunicamos a los hombres el misterio íntegro de Cristo”[9]. Explicitado de otro modo, hemos sido enviados a anunciar, a través de la Palabra, la vida, muerte y resurrección del Señor, hasta que vuelva, a fin de que todos los hombres se salven por la fe en él[10]. Ésta es nuestra razón de ser en la Iglesia: anunciar a Jesucristo por medio de la Palabra, como sucesores de los apóstoles y profetas según el carisma claretiano.

            Todos nosotros -hermanos, estudiantes, o ministros ordenados- hemos recibido una vocación específica, carismática, que nos pone al servicio incondicional de la Palabra de Dios. Es decir, formamos parte del grupo de los profetas que recibieron el encargo de transmitir al Pueblo la Palabra de Dios; participamos de la vocación de los apóstoles y de sus sucesores, que fueron enviados a proclamar la Palabra, es decir el Evangelio que es Cristo Jesús. Este carisma de evangelización a través de la palabra puede desplegarse en el ministerio ordenado o en los ministerios laicales.

            La Congregación ha profundizado en estos últimos años en la dimensión profética y misionera de nuestro servicio de la Palabra. En los documentos capitulares La Misión del Claretiano, Hoy; Servidores de la Palabra y En Misión Profética, tenemos los mejores comentarios al capítulo de las Constituciones sobre la misión de la Congregación.

1.2. El anuncio de Jesucristo

            Hemos recibido el ministerio de anunciar a Jesucristo por medio de la Palabra. Anunciar es re-velar, des-velar la presencia del Señor y de todo su misterio en la historia, ante un grupo humano, o una persona; es proclamar que con la vida, muerte y resurrección de Jesús el Reino ha comenzado a venir, a amanecer.

            El anuncio se realiza a través de signos, de símbolos, capaces de transmitir esa noticia en su integralidad. Los signos o símbolos que anuncian la presencia del Reino de Dios Padre en Cristo y en el Espíritu pueden ser palabras o acciones simbólicas que re-presentan el Reino. Jesús anunció el Reino a través de sus discursos y palabras, las parábolas, a través de los signos prácticos del Reino que eran los milagros y, como trasfondo, a través de su propia existencia que era, ya en sí misma, predicación, parábola y milagro del Reino[11].

1.3. El contenido del anuncio

            Las Constituciones insisten en la comunicación del misterio íntegro de Cristo[12]. Y lo explicitan diciendo que hemos sido enviados a anunciar la vida, la muerte y resurrección del Señor hasta que vuelva. La exigencia constitucional del anuncio del misterio total de Cristo sale al paso de reduccionismos que se han dado en la historia de la Iglesia y aun hoy se siguen dando.

            Nosotros no estamos autorizados para reducir el mensaje o adaptarlo a nuestros intereses y a nuestra peculiar sensibilidad, gusto o ideología. Hemos sido llamados a ser mensajeros fidedignos de la fe de la Iglesia en su Señor. Estamos llamados a predicar a Jesús Resucitado a anunciar su presencia sacramental en la Iglesia y en la historia, a mantener la tensión de la espera escatológica convencidos de su plena manifestación al final de la historia.

            El misionero claretiano se caracteriza por el intento apasionado de ofrecer a sus hermanos, hombres y mujeres, toda la riqueza del Misterio de Cristo Jesús. El claretiano ofrecerá un mensaje evangélico más rico y transformador en la medida en que alimente su anuncio en todas las fuentes de la Revelación.

1.4. Anuncio al hombre de hoy

            Nuestro ministerio profético de la Palabra hace referencia no a una Palabra que fue pronunciada una vez por todas y ha quedado como petrificada en el tiempo, sino a una Palabra que tiene mucho que decir al hombre de hoy, a este momento de la historia que estamos viviendo[13]. Para ello es necesario traducirla de nuevo, para transmitirla adecuadamente.

            La traducción de la Palabra al momento presente y la comunicación del Mensaje -de forma adecuada- al hombre de hoy, no se realiza únicamente actualizando conceptos o imágenes. Traduce adecuadamente la Palabra de Dios para el hombre de hoy aquel ministro de la Palabra que -como dice el texto constitucional- “comparte las esperanzas y los gozos, las tristezas y las angustias de los hombres, principalmente de los pobres”[14]. Es preciso insertarse en las situaciones de salvación y condenación de los hombres para experimentar ahí, en ese lugar, lo que Dios siente por el hombre y lo que la Palabra de Dios contiene de mensaje para esa situación. Hay textos de la Palabra de Dios que adquieren una extraordinaria efervescencia cuando son situados, meditados y vividos en determinadas situaciones humanas de éxito o de conflicto.

            Para nosotros, misioneros claretianos, no es sólo importante el qué de nuestro anuncio, sino también el desde dónde lo realizamos. El contexto situacional le da hondura y actualidad al texto. La inserción cultural, la inserción en medio de nuestros pueblos, no es algo optativo para nosotros[15]. Es la atmósfera necesaria para poder realizar adecuadamente nuestra misión de mensajeros de la Palabra. Sólo a través de la inserción en nuestros pueblos y culturas aprenderemos su lenguaje, compartiremos en sus experiencias más hondas y encontraremos la inspiración del Espíritu que nos capacite para servirles el pan de la Palabra.

1.5. La transformación del mundo

            El objetivo del ministerio carismático de la Palabra, que nos caracteriza, es “la transformación del mundo según el designio de Dios”[16]. Hacer que el mundo asuma la “forma” del Reino de Dios proclamado e inaugurado por Jesús, es nuestra finalidad. Sabemos que a nosotros nos corresponde un pequeño lugar dentro de tantos y tantas que están comprometidos con ello. Es cierto que el gran agente del Reino sigue siendo el Señor Resucitado que actúa por medio del Espíritu Santo. Pero, también a nosotros, los hombres, nos ha sido concedido el participar en esa acción transformadora del Espíritu a través de la activación de los carismas que hemos recibido. Como claretianos, ejercemos en ese proyecto de transformación la función de heraldos, profetas de la Palabra que explica y da el sentido de la historia. Somos agentes de transformación a través del servicio de la Palabra[17].

            Nosotros no podemos hacerlo todo: lo nuestro no es poner acciones liberadoras inmediatas, no es ser eficaces en la solución de los problemas que se van planteando. Esa función instrumental y eficaz corresponde a otros carismas. Ello no quiere decir que podamos ejercer nuestro servicio a la Palabra desconectados y aislados de los carismas de instrumentalidad directamente transformadora. Las Constituciones lo expresan atinadamente: “Pretendemos ofrecer una estrecha colaboración a todos los que buscan la transformación del mundo según el designio de Dios”[18].

2. Rasgos de la misión claretiana

2.1. Misión universal

     Como la misión de nuestro Fundador, nuestra misión es universal. Nosotros hemos sido llamado para anunciar el Evangelio a todo el mundo y a todas las criaturas sin límites. Esta característica ha estado siempre presente en todos nuestros documentos bajo distintas frases: “para la salvación de todos los habitantes del mundo”[19]; “para la salvación de la almas de todo el mundo”[20]; “la salvación de las gentes de todo el mundo según nuestro carisma en la Iglesia”[21], etc.

2.2. Misión eclesial

            Nosotros somos servidores de la Palabra al servicio de la Iglesia. El Padre Fundador nos quería “esforzados auxiliares de los Pastores en el ministerio de la Palabra”[22].

            En primer lugar, al servicio de la Iglesia universal y del mundo entero para responder a sus necesidades[23]. En segundo lugar, ayudando a los obispos y colaborando con los sacerdotes y seglares para edificar y consolidar las Iglesias particulares[24]. Y, por último, como comunidad formamos una pequeña iglesia que viven en la Iglesia y en comunión con ella, y da testimonio de caridad eclesial y de toda aquella riqueza espiritual que se vive en la Iglesia. Nuestra vida es un testimonio de la vida de la Iglesia[25].

2.3. Misión profética

            Como la misión del Padre Fundador, nuestra misión es también profética[26]. Así lo predijo él para sus misioneros: hemos sido llamados para responder a los desafíos de nuestro tiempo desde el servicio profético de la Palabra[27]. Para esta misión profética los misioneros claretianos hemos sido ungidos de un modo especial por el Espíritu del Señor[28].

            El Capítulo de 1979 afirmó que nuestra misión es profética y que debemos y que debemos hacer una “opción por una evangelización profética y liberadora”[29]. El Capítulo General de 1997 ha desarrollado y actualizado la dimensión profética de nuestra misión en el documento EMP.

3. Exigencias de nuestra misión

            Nuestra misión evangelizadora propone hoy una serie de exigencias que vienen marcadas por el encargo que se nos confía y por los desafíos que nos plantea el mundo al que somos enviados. Sólo quisiéramos acentuar aquí aquellas exigencias que, en consonancia con nuestro carisma, nos urgen hoy a dar mayor autenticidad a nuestra misión[30].

3.1. Seguir a Cristo Evangelizador

     Nuestra misión de evangelizadores no puede ser entendida ni vivida más que como un seguimiento de Jesús, enviado por el Padre para anunciar la Buena Nueva. Seguir a Jesús significa aceptar y hacer propio el orden nuevo de valores que El propone como el Reino.

            Frente a las más variadas situaciones de la vida y requerimientos de la acción apostólica, el claretiano ha de ser signo y testimonio de radicalismo evangélico, de fiel seguimiento de Cristo evangelizador.

3.2. En una comunidad evangelizada y evangelizadora

            Una comunidad es evangelizada en la medida en que se mantiene en conversión permanente: tiene siempre como punto de referencia la Palabra de Dios; a partir de ella cultiva el diálogo que pone en actitud de servicio respecto de los hermanos, para ofrecerles nuestra confianza, lo mismo que para ayudarles en la fidelidad a los compromisos adquiridos; desde ella discierne cuanto acontece y se deja evangelizar por los hechos que afectan a los hombres, sobre todo a los más pobres y necesitados, a los que es enviada.

            La Congregación, desde su fundación, siempre ha cuidado de que sus misioneros, antes de salir a predicar, hubieran cultivado la vida de oración, la meditación de la Palabra de Dios y el estudio de las ciencias sagradas. Su descanso era preparación para el trabajo misionero. Era una forma de dejarse evangelizar para poder después transmitir el Evangelio.

            La comunidad claretiana está llamada a ser en la Iglesia una verdadera comunidad de testigos y profetas que, clara e inequívocamente, testifique con su vida acerca del “nombre, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios”[31]. Nuestra proclamación será profética tanto cuanto nuestra vida deje transparentar la gloria de Jesús sobre la muerte de nosotros mismos. Todo seguidor de Jesucristo sabe la relación que pasa entre la cruz y el testimonio cristiano.

3.3. Con el testimonio de vida

            “¿Creéis verdaderamente lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís?”[32]. Juan Pablo II ha pedido a los religiosos tres clases de testimonio: coherencia sincera con los valores evangélicos y con el carisma del propio Instituto; personalidad humanamente realizada y alegría[33]. El testimonio de vida es un medio privilegiado de evangelización. El nuestro no es separable del anuncio profético del Evangelio y debe asumir, en profunda unidad y coherencia, todos los elementos que configuran nuestro carisma-misión. Por nuestra consagración total a Dios en una comunidad misionera y por la profesión pública de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las Bienaventuranzas, nos convertimos en signos y testigos excepcionales de las maravillas que el Señor obra en su Iglesia y entre los hombres.

            Nuestra consagración se convierte para nosotros en nuestra primera y primigenia forma de evangelizar. Por eso, si queremos ejercer una función crítica y profética en la evangelización, como nuestra misión claretiana exige, hemos de vivirla en profundidad y con todas sus consecuencias en la vida de comunidad, consejos evangélicos, etc.

            El evangelizador claretiano debe inspirar su síntesis vital en María, que escucha atentamente la Palabra, la medita en su Corazón y se compromete activamente en los intereses del Reino. Como a Claret, María, por obra del Espíritu, nos configura con el Hijo, Evangelio de Dios. Bajo la acción materna de María aprendemos a acoger la Palabra, a darle un cuerpo de compromiso en la vida y a comunicarla con la misma presteza y generosidad con que ella lo hiciera. Ella es nuestra formadora y directora para la obra de la evangelización. Ella es la estrella de la evangelización.

 

3.4. En creatividad, amor y alegría

            No seríamos verdaderamente claretianos si no nos hiciéramos sensibles a tantos y tan diversos desafíos como se nos presentan hoy en el mundo y en la Iglesia. Ellos nos incitan a fomentar, en todas las circunstancias en que nos encontramos:

• la sagacidad y laboriosidad para inventar nuevos métodos, más adaptados y eficaces para anunciar a los hombres de nuestra época la Buena Nueva del Reino.

• el espíritu de iniciativa que cualificó el ministerio el Padre Fundador. Ello nos obliga a ponernos bajo el impulso del Espíritu Santo y a trabajar con generosidad y audacia en la búsqueda de nuevos caminos en conformidad con la naturaleza carismática y profética de nuestra vida.

• la alegría de comunicar el amor incondicional del Padre. La Buena Nueva no puede llegar al hombre de hoy por medio de hombres desalentados, tristes, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo.

4. Opciones de nuestra misión

            La renovada conciencia de nuestra misión nos lleva a formular, a través de unas opciones[34] de principio, el compromiso con que queremos responder, en verdad y fidelidad, a la llamada del Señor, que hemos sentido plenamente vigente y actual. Estas opciones de principio han de ser luego inspiradoras de aquellas líneas de acción que deben quedar plasmadas en la programación que la Congregación ha de hacer en su conjunto y en sus diversos organismos. Habrán de inspirar también los momentos de revisión comunitaria de nuestra fidelidad misionera.

4.1. Opción por una evangelización misionera

            La evangelización es nuestro servicio al hombre, al mundo, a la Iglesia, a la construcción del Reino de Dios. Y hemos optado por una evangelización misionera; es decir al estilo de los apóstoles, encaminada a la conversión de los hombres y a la renovación de la vida cristiana, para edificar y animar las diversas iglesias locales, en diálogo con la cultura y valores religiosos de los pueblos.

            Ser misionero al estilo de Claret es estar directa y principalmente orientado a tareas de evangelización. Ello pide, por una parte, comprometer a fondo nuestra presencia en aquellas formas y acciones cuyo alcance evangelizador hemos discernido comunitariamente y, por otra, estar disponibles para los nuevos campos y las nuevas formas que la sensibilidad y creatividad apostólicas sugieran.

4.2. Opción por una evangelización más inculturada

            La encarnación de Dios entre los hombres nos exige un diálogo respetuoso y activo con las diversas culturas (inculturación) y, a la vez, un serio esfuerzo por descubrir y acoger dinámicamente aquellos valores que son como semillas del Verbo[35] o que existen con mayor o menor vitalidad en la memoria cristiana de los pueblos.

            Esto requiere un conocimiento adecuado de las diferentes situaciones, una nueva aceptación de los nuevos valores y un compromiso para revivirlos y expresarlos con el idioma, los signos, los símbolos y las sensibilidad de cada cultura. Los claretianos hemos de asumir responsablemente estas actitudes respecto de aquellos pueblos y grupos humanos a los que somos enviados como evangelizadores.

4.3. Opción por una evangelización profética y liberadora

            Ante los desequilibrios e injusticias que destruyen las diversas formas de dignidad del hombre, los claretianos queremos, con nuestra vida y con nuestra palabra, llevar la luz del Evangelio con todo su contenido de denuncia y de anuncio salvador. Queremos ser signo y fuerza liberadora de todo tipo de egoísmo, de esclavitud, y de servidumbre que impiden el crecimiento de la persona y su comunión con Dios y con los demás hombres.

            El talante de nuestra misión profética y liberadora lo tenemos en nuestro mismo Padre Fundador: un hombre que percibió y anunció el designio de salvación en las concretas circunstancias de su tiempo, que se expresó con libertad evangélica y denunciaba las situaciones de pecado y de injusticia. Animados como Claret, por la fuerza de Jesús, y alentados por el ejemplo de tantos claretianos que han dado su vida o la están dando por la causa del Reino, aceptamos los riesgos de la denuncia y compromiso profético, que comporta nuestra misión evangelizadora.

4.4. Opción por una evangelización desde la perspectiva de los pobres y necesitados

            Con la Iglesia de nuestro tiempo, interpelada por la situación actual, hemos tomado nueva conciencia de que los pobres son los primeros destinatarios de la misión de Jesús (cf. Lc 4, 18-21) y de que evangelizarlos en una prueba de su mesianismo (cf. Lc 7, 20-23). En fidelidad a Jesús y a la Iglesia todos los claretianos hemos de prestar una preferente atención a los más pobres y necesitados y a orientar desde la perspectiva de la gran realidad de los pobres nuestra obra de evangelización universal.

            Claret fue consciente de que, como Jesús, la unción vocacional que había recibido del Espíritu le dedicaba particularmente a la evangelización de la gente sencilla y de los pobres[36] y que esta misma había de ser la obra de sus compañeros, los misioneros de la Congregación. La conciencia clara de nuestro Fundador es para nosotros un vivo reclamo en este sentido. A nosotros se nos pide hoy prestar atención “al grito de los hombres, desde el fondo de su indigencia y de su miseria colectiva. ¿No es quizá para responder al reclamo de estas criaturas privilegiadas de Dios, por lo que ha venido Cristo (Lc 4,18: 6,20), llegando incluso a identificarse con ellos?”[37].

4.5. Opción por una evangelización multiplicadora de líderes evangelizadores

            La urgencia de evangelización en el momento actual, la orientación de la Iglesia de hoy, nuestra vocación evangelizadora para la edificación del reino de Dios nos exigen reactualizar la sensibilidad que tuvo Claret en su tiempo y que hoy nos hace optar por la tarea de suscitar y promover evangelizadores: sacerdotes, religiosos y seglares. Nos sentimos urgidos a promover un modelo participativo de Iglesia donde se efectúe la completa incorporación de los seglares a las tareas eclesiales, especialmente a las obras de evangelización, brindándoles nuestra comprensión y el aporte que podamos dar a su formación. Nos sentimos particularmente urgidos a trabajar entre los jóvenes, que han de sentirse y ser protagonistas de la Iglesia y del mundo futuro. Por último el momento presente de la Iglesia ofrece condiciones óptimas para potenciar el proyecto de Claret de la “Familia claretiana”.

5. Medios apostólicos y criterios para discernirlos[38]

5.1. Principio general

            El ministerio de la Palabra, que nos caracteriza en la Iglesia, ha de ser realizado a través de diferentes medios. A imitación de nuestro Fundador e impulsados por su misma pasión evangelizadora, hemos de emplear “todos los medios posibles”[39]. Las Constituciones, no obstante, sitúan estos medios en el marco de nuestro carisma misionero en la Iglesia.

            Los misioneros hemos de emplear todos los medios que hagan viable nuestra misión “al estilo de los apóstoles” y en el contexto de nuestra vocación dentro del Pueblo de Dios, que es el servicio de la Palabra. Los medios han de responder, por tanto, a la inspiración evangélica que dio origen a nuestro Instituto. Pero han de adecuarse, así mismo, a los signos de los tiempos.

            Los medios apostólicos, los ministerios que realice en la práctica la Congregación, han de ser ministerios adecuados a nuestro carisma misionero, es decir, ministerios para el servicio de la Palabra. Las concretas formas de ministerios han de estar discernidas a la luz de nuestro carisma y según los criterios congregacionales dados anteriormente.

     El tema de los medios adecuados ha sido objeto de reflexión y evolución en los Capítulos Generales y ha quedado plasmado en las varias Constituciones y en la experiencia congregacional.

5.2. Criterios de discernimiento

     a. El sentido de intuición. Las Constituciones nos piden que fomentemos en nosotros “el sentido de intuición para captar lo más urgente, oportuno y eficaz, atendidas las circunstancias de tiempos, lugares y personas, sin anclarnos en métodos o instrumentos de apostolado inadecuados”[40]. El XIX Capítulo General entendió que en orden a discernir qué tipo de evangelización es adecuado para nuestra vocación misionera, la comunidad claretiana tiene un criterio válido en la fórmula acuñada por el Capítulo General de 1967, de la sensibilidad ante lo más urgente, oportuno y eficaz atendidas las circunstancias de tiempos, lugares y personas, sin anclarse en métodos o instrumentos de apostolado inadecuados[41].

• Lo más urgente es, mejor que otras expresiones, una característica del sentido misionero de nuestras opciones. Supone disponibilidad para marchar allá donde más apremiante sea la necesidad de nuestra presencia para construir el Reino. Implica un espíritu de desinstalación, movilidad y desapego frente a toda costumbre o interés distinto del Reino[42].

• Lo más oportuno alude, ante todo, a la posibilidad, psicológica y espiritual, que capacita para leer y juzgar los signos de los tiempos. Significa, además, que el hábito de iluminar los diversos acontecimientos desde la Palabra de Dios da al misionero la intuición de lo que, en cada tiempo y lugar, es conveniente para la obra de la salvación y de lo que, por el contrario, puede haber perdido vigencia o ser obstáculo para la misma[43]. El criterio para discernir qué es lo más oportuno es ser sensibles a los signos de los tiempos y la capacidad para interpretarlos.

• Lo más eficaz hace referencia a los medios y formas que se han de elegir y emplear para la obra de la evangelización, sea en razón de su universalidad, sea en relación con su fuerza de transformación. En la raíz de esta búsqueda de lo eficaz está una sobredosis de amor e impaciencia por el Reino. Es una forma de celo apostólico, no una pretensión eficacista al estilo de nuestra sociedad moderna[44]. Se trata, pues, de buscar los medios de misión y las formas o estilos de misión que tengan un mayor alcance, que sirvan para llevar la evangelización a más personas, a más pueblos, que tengan un mayor radio de acción.

            b. El sentido de disponibilidad. El sentido de disponibilidad implica que los misioneros debemos entregarnos plenamente a la obra del Evangelio y que hemos de estar libres para poder ser enviados a cualquier parte del mundo y preparados para cualquier ministerio que nos sea encomendado por la Congregación a través de los superiores.

            Hemos de estar dispuestos a renunciar a todo lo que sea necesario con el fin de realizar la misión de propagar la fe, tanto dentro como fuera de las fronteras de la patria, dóciles al Espíritu y obedientes a la misión. Los miembros de la Congregación han de dejar la propia familia y han de evitar un amor desordenado a la patria o a la propia cultura que impida la adaptación a las gentes que van a evangelizar[45].

            Esta actitud es obra del Espíritu que nos ha ungido, como a Jesús y a Claret, para evangelizar. El Espíritu quien crea en los discípulos y seguidores de Jesús aquella docilidad que da su fruto en la permanente disponibilidad para la misión. No somos espontáneamente disponibles. Se requiere libertad interior. La disponibilidad es fruto de la presencia benevolente del Espíritu en nosotros y de nuestra generosidad. Es él quien nos hace salir de nosotros mismos y nos incita a asumir las diversas mediaciones humanas, eclesiales, congregacionales, y a hacer propio el gran proyecto salvífico de Jesús.

            c. El sentido de catolicidad. El sentido de catolicidad supone estar preparados para ir a todas las partes del mundo sin exclusión. Implica desarrollar un espíritu abierto para estimar grandemente las costumbres de los pueblos y sus valores culturales y religiosos. La acción misionera debe dirigirse, ante todo, a aquellos que más necesitados están de evangelización o a quienes ya son agentes de la misma evangelización o pueden serlo. De buen grado asociamos en el Señor a nuestras obras apostólicas a todos y cada uno de los que, impulsados por espíritu misionero, desean colaborar con nosotros[46].

     El Capítulo de 1979, a pesar de las prioridades que presenta, reconoce claramente la misión universal de la Congregación[47]. Y los Capítulos de 1991 y 1997 profundizan, analizan y aplican nuestra misión específica en los cincos continentes[48].

6. Formación para la misión

6.1. Espíritu apostólico de los candidatos a la Congregación.

            El DVC da precisas orientaciones en orden al discernimiento vocacional para ingresar en la Congregación. Un criterio fundamental de promoción y selección vocacional ha de ser la capacidad del candidato para la misión apostólica y sus exigencias. Desde los comienzos, la Congregación pedía a los superiores y examinadores que indagasen diligentemente el espíritu, la intención y la voluntad de los candidatos. Para la admisión de cualquier candidato exigía a todos -sacerdotes, estudiantes o hermanos- que tuviesen espíritu apostólico. Este criterio habría de ser también determinante para el discernimiento vocacional durante los años de postulantado; de suerte que para la buena marcha de los centros formativos se prescindía de los postulantes que, por diversas causas, no sirviesen para el ministerio apostólico[49].

6.2. Ministros idóneos de la Palabra.

 

            Ya el Padre Fundador, al escribir el Reglamento para los Estudiantes de la Congregación (1862), subrayó que la intención al hacer los estudios no debe ser otra que “el hacerse cada día más idóneo para promover siempre la mayor gloria de Dios y el bien de las almas; por lo mismo, en sus oraciones pedirán al Señor que les haga ministros idóneos suyos y poderosos en palabras, obras y ejemplos”. Y en la segunda redacción, más sintética y retocada, del mismo Reglamento, condensaba así la razón de ser de todo el tiempo formativo: “Sea todo su móvil la gloria de Dios, a quien han de pedir les haga ministros idóneos de su palabra para extender su nombre y propagar el Reino por todo el mundo”[50].

6.3. Formación para la misión

            Las Constituciones nos dicen que el período institucional es un tiempo destinado a la formación para poder cumplir la misión[51]. Siendo esencialmente misioneros, la formación apostólica, decía el Capítulo General de 1967, deberá polarizar en cierto modo todos los aspectos formativos[52]. En esta misma línea están nuestros documentos congregacionales, de un modo particular el PGF que habla de la “misión como clave formativa”[53]. En última instancia, el objetivo de la formación es lograr personalizar los rasgos de un Hijo del Imdo. Corazón de María que nos dejó el P. Fundador, es decir, la definición del Misionero claretiano[54].

6.4. Otras orientaciones pedagógicas

            a. Sentido sobrenatural de la misión apostólica: la misión apostólica es sobrenatural. Adquiere pleno sentido desde la fe. La acción principal es de Cristo Resucitado y de su Espíritu, que actúa a través de nosotros, instrumentos suyos. Pero somos unos instrumentos de tal categoría que podemos condicionar positiva o negativamente la acción salvadora del Señor.

     Desde el punto de vista formativo, este hecho adquiere una importancia trascendental. Ser ministros idóneos y formarse para serlo implica una transparencia y una transformación interior que posibiliten la acción de Jesús y de su Espíritu a través de nuestras personas. El apóstol es un testigo de la Resurrección del Señor, en tanto en cuanto vive la condición de resucitado con Cristo. El apóstol es un enviado del Señor para anunciar su mensaje a todo el mundo y en todas las partes de la tierra.

            b. Presencia de la misión en el proceso formativo: la misión ha de estar presente desde el inicio de la formación en todos sus sectores y niveles. La presencia de la misión no se ha de circunscribir solamente a la realización de acciones y actividades apostólicas por parte de los formandos, aunque éstas son necesarias e imprescindibles.

            El formando, desde su primera profesión, es ya un misionero y un apóstol y debe vivir con esa conciencia todo el período formativo, evitando un posible dualismo que afectaría a la integración existencial de su vivencia vocacional. Por eso, la misión ha de impregnar toda su personalidad y la ha de vivir desde todas sus dimensiones personales: desarrollo de las cualidades personales, vida afectiva, espiritualidad (fe, oración…), vida de comunidad, compromisos evangélicos, estudios, preparación pastoral, etc. Todas estas dimensiones han de tener una perspectiva misionera y han de ser formadas con una proyección misionera y apostólica, en unidad de vida.

            c. La formación para la misión ha de ser teórica y práctica: de la formación teórica nos hablan muy claramente las Constituciones: “Los Misioneros que se encuentren en formación, cultiven con gran esmero y abran a la acción del Espíritu su corazón y su inteligencia, según nuestra propia programación formativa. Los Estudiantes deben cultivar con toda diligencia las ciencias sagradas”[55]. Proponen, por tanto, tres elementos: las ciencias sagradas, el conocimiento del mundo y de los hombres y las técnicas de apostolado. Desde el punto de vista práctico, el formando claretiano, a través del proceso formativo vivido en comunidad misionera, ha de ir adquiriendo aquellos dinamismos personales, bien asimilados e interiorizados, que le capaciten para ser auténticos misioneros al estilo de Claret. No solamente los dinamismos y las experiencias que le capaciten para la acción apostólica directa[56] sino también los dinamismos de su personalidad que han de alcanzar la madurez necesaria para el desempeño de la misión.

            d. Dimensión comunitaria de la formación para la misión: somos una comunidad para la misión[57]. Con este estilo de vida nos quiso el P. Fundador, quien dice en la Autobiografía: “Así empezamos y así seguíamos estrictamente una vida perfectamente común. Todos íbamos trabajando en el sagrado ministerio”[58].

            Desde el punto de vista formativo, la MCH nos dice: “Ante todo, la propuesta de un proyecto compartido de misión debe ser el único núcleo promocional de las nuevas vocaciones misioneras, a la vez que de un principio de discernimiento, de animación pedagógica y de experimentación para todo el proceso de incorporación a nuestro Instituto”[59]. Y en otro lugar afirma: “Las nuevas generaciones que ingresan en la Congregación han de formarse para la evangelización en comunidad misionera, asumiendo desde el principio un estilo de vida comunitario, pobre e inculturado”[60].

            En este contexto comunitario adquiere una relevancia especial la necesidad de formar a los jóvenes misioneros para trabajar en equipo, para programar de una manera sistemática y comunitaria la acción pastoral, para el ejercicio de la revisión y evaluación comunitaria del apostolado y para estar abiertos a la comunidad claretiana universal.



                [1] Cf. RM 9-11.

                [2] Afirma el Papa Pablo VI en EN 72, que, así como el Espíritu estuvo siempre presente en la acción evangelizadora de Jesús y de sus primeros discípulos, así nunca habrá evangelización sin la acción del Espíritu Santo: su presencia y acción es absolutamente necesarias porque es él su agente principal y su término. Lo es –añade- desde su acción discreta.

                [3] El Concilio Vaticano II ratifica esta perspectiva cuando dice: “La Iglesia es misionera y la obra evangelizadora es deber fundamental del pueblo de Dios” (AG 35). “El pueblo de Dios es asumido por Cristo para ser instrumento de la redención de todos y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra” (LG 9).

                [4] Cf. LG 4, 7.

                [5] CC 6

                [6] Cf. CC 7.

                [7] “La Congregación se siente en la Iglesia como colaboradora. Vive del Misterio que la nutre, la hace participar y la corresponsabiliza en la misión evangelizadora. Se siente llamada a interpretar, a una con otros y desde su papel, la sinfonía de las vocaciones al ministerio ordenado, a la vida consagrada y a la vida laical” (A. BOCOS, VMTM 10).

                [8] Cf. Aut 489.

                [9] CC 46.

                [10] Cf. CC 46.

                [11] Este ministerio no se reduce al mero ejercicio de la predicación, aunque la predicación tiene un puesto muy importante dentro de tal anuncio.

                [12] Cf. CC 46.

                [13] Cf. 2AP 80-82; MCH 232

                [14] CC 46.

                [15] Cf. MCH 167-168.

                [16] CC 46.

                [17] Así como los periodistas pueden ser agentes de transformación social por medio del servicio de la palabra escrita, así como los artistas y los actores de cine o de teatro pueden ser agentes de cambio por medio de la representación simbólica, así como los pensadores y filósofos pueden ser agentes de convulsión social y de emergencia de una nueva sociedad, así a nosotros, como misioneros y religiosos, nos compete ser agentes de transformación a través de ese ministerio simbólico que es el ministerio de la Palabra.

                [18] CC 46.

                [19] Cf. CC 1857, 2.

                [20] Cf. CC 1967, 2.

                [21] Cf. CC 2; también 6, 49.

                [22] Cf. CC 6.

                [23] Cf. CC 6; DC 24, 28-30; PE 10, 39, 45

                [24] Cf. CC 14; PE 42; MCH 120, 130, 212-220; EMP 33.

                [25] Cf. CC 14.

                [26] Cf. EMP 17-19.

                [27] Cf. CLARET, El Egoismo vencido: EE, p. 410.

                [28] Cf. Aut 687.

                [29] MCH 169, 172.

                [30] Cf. MCH 142-159.

                [31] EN 22.

                [32] EN 76.

                [33] Cf. JUAN PABLO II, Discurso 10-11-1978.

                [34] Cf. MCH 160-179.

                [35] Cf. EN 53.

                [36] Cf. Aut 118.

                [37] ET 17.

                [38] CC 48.

                [39] CC 6.

                [40] Cf. CC 48.

                [41] Cf. MCH 163; cf. también CC 48; PE 50.

[42] [42] De aquí de deriva otro criterio de discernimiento muy actual en la Congregación llamado Revisión de posiciones apostólicas (cf. MCH 229-238; CPR 76-86; SP 18-20; EMP 51-53).

[43] Cf. MCH 165.

[44] Cf. MCH 166.

[45] Cf. CC 32, 48-49.

[46] Cf. CC 48. 3.

[47] Cf. MCH 180.

[48] Cf. SP 23-33; EMP 57-62.

[49] Cf. DVC 261, 301.

[50] RFCMF, nn. 17 y 28. Ambas redacciones comentadas están publicados en la Colección de Cuadernos de Formación Claretiana (J. Mª. VIÑAS, La formacion del misionero en la Congregacion segun San Antonio Maria Claret, n. 1, Roma 1987).

[51] Cf. CC 72.

[52] Cf. 1F 2.

[53] PGF 56-58.

[54] Cf. CC 9.

[55] CC 72; en esta misma línea hablan los nn.74 y 75.

[56] Cf. CC 75. El PGF insiste en las realización de experiencias apostólicas formativas debidamente planificadas en un Programa Sistemático de Iniciación Apostólica (cf. 234-242, 408-409; cf. también CPR 68).

[57] Cf. MCH 126 ss.

[58] Aut 491.

[59] MCH 135-136.

[60] MCH 228.

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