Capítulo 11 La Palabra de Dios

Capítulo 11

 La Palabra de Dios

Llamados por vocación a ser servidores de la Palabra en el Pueblo de Dios[1], los últimos Capítulos Generales nos han recordado que acoger la Palabra de Dios, anunciarla y ser testigos de ella, debe ser uno de los núcleos de nuestra espiritualidad misionera y apostólica. Desde el punto de vista de la formación, la iniciación en el ministerio de la Palabra, entendido como un modo de ser, de actuar y de significar[2], ha de ser uno de los ejes del proceso formativo de los jóvenes misioneros. Por lo mismo, la lectura, el estudio, la meditación y la contemplación de la Palabra, en clave carismática y a la luz de los desafíos que reclaman nuestro servicio misionero, han de ocupar un lugar fundamental en nuestra vida y en nuestra formación[3]. El presente capítulo[4], que trata de la formación en estas dimensiones respecto a la Palabra de Dios, se divide en los siguientes apartados:

            I. LA PALABRA DE DIOS EN CLARET.

            II. CLARET REFERENCIA PARA LA CONGREGACIÓN.

III. EL MISIONERO CLARETIANO, OYENTE Y SERVIDOR DE LA PALABRA.

IV. ORIENTACIONES PARA UNA LECTURA ORANTE DE LA PALABRA EN CLAVE CLARETIANA.

            V. LA LECTIO DIVINA.

            VI. EL NOVICIO, OYENTE Y SERVIDOR DE LA PALABRA.

I. LA PALABRA DE DIOS EN CLARET

1. Su experiencia personal

            La Escritura constituyó uno de los ejes de la espiritualidad de san Antonio Mª Claret. En ella encontró estímulos para descubrir su vocación y para desarrollarla, siguiendo los modelos de Jesús, de los apóstoles y de los profetas.

            Él fue siempre muy aficionado a la Biblia y a su lectura diaria [5]. Familiarizado con ella ya desde pequeño, intensificó su amor a las Sagradas Escrituras en el Seminario de Vic de tal modo que la Biblia llegó a ocupar un lugar preferente a lo largo de toda su vida. Bajo la acción del Espíritu, que le unge para evangelizar a los pobres (cf. Is 61,1; Lc 4,18)[6], y a ejemplo de María, su Madre y Formadora[7], Claret tuvo una conciencia clarísima de la inspiración bíblica de su vocación[8]. Su estilo de vida, su espíritu y su actuación misionera, vistas a la luz del profetismo bíblico, aparecen como rasgos de una clara vocación profética.

            La Palabra de Dios configuró la personalidad de Claret, al estilo de Jesús y de los apóstoles, para actuar como Misionero Apostólico. La asimilación que hace de la Palabra de Dios es en orden a cumplir el mandato de Jesús de anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos de todo el mundo[9]. La propagación de la Biblia, la recomendación de la lectura diaria de las Sagradas Escrituras y la predicación de la Palabra de Dios expresan su empeño por realizar este anuncio.

2. Orientaciones pedagógicas de Claret para asimilar la Palabra de Dios

            Claret, a través del testimonio de su vida y de su modo de actuar, y a través de recomendaciones, nos ofrece orientaciones pedagógicas concretas y precisas para asimilar la Palabra de Dios fructuosamente[10]. Él mismo usa, en ocasiones, la palabra método o la deja entrever al referirse a la manera de leer, estudiar y meditar la Biblia.

            El libro de la    Biblia deberá ser el libro más apreciado, y el que tenga prioridad absoluta entre todos, aun entre los más devotos y piadosos. Esto supuesto, para leer y meditar la Palabra de Dios, de una manera asidua y atenta, con la mayor fidelidad y esmero, y sin descanso, es necesaria la motivación y la afición.

            Se ha de leer con devoción. Esta disposición general, que Claret recomienda con frecuencia, implica varias actitudes y disposiciones como son: fe sencilla; humildad y pobreza interior, como María y los pobres de espíritu; recogimiento y silencio interior; en la tradición de la Iglesia; y sobre todo con amor de Dios.

            Se ha de leer con ánimo de aprovecharse de su lectura. Se ha de buscar una mayor identificación con Cristo y una disponibilidad misionera para anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos del mundo entero.

            Por último, Claret ofreció algunas reglas prácticas para la lectura, el estudio y la meditación de la Palabra de Dios: conviene que cada persona tenga su Biblia personal; que la lea diariamente de una manera sistemática y que procure aprender algunas partes de memoria.

II. CLARET, REFERENCIA PARA LA CONGREGACIÓN

            Aunque la figura de Claret tiene siempre alguna referencia a la Congregación, ya que es su Fundador, Padre y Modelo, no obstante, hay algunas ocasiones en que esta referencia se hace patente. Respecto a la Palabra de Dios existen algunas claves de su lectura que Claret trasmitió explícita e implícitamente a la Congregación y que nos interpelan directamente[11]. Son las siguientes:

1. Su ejemplo contenido en la Autobiografía

            Una primera referencia que trasmitió a la Congregación fue su propia vida. Como Fundador es ejemplo a imitar no sólo desde el exterior, sino desde la interioridad del carisma común. La interpretación experiencial del carisma hecha por Claret es para la Congregación un ejemplo, una llamada vinculante a la imitación y una seguridad de fidelidad. Por eso, la clave vocacional de lectura de la Palabra de Dios de Claret es también para nosotros una clave a ser tenida en cuenta. Y la Autobiografía ha de ser una fuente de inspiración de cómo realizó esa lectura.

2. Textos bíblicos congregacionales

            En Claret la perspectiva vocacional para leer la Palabra de Dios tiene dos aspectos. El primero es su conciencia de que la vocación recibida tuvo su origen y desarrollo sobre todo desde la Palabra de Dios. Y el segundo lo constituye el conjunto de textos bíblicos concretos que dieron origen y desarrollaron de hecho su vocación. De este conjunto, algunos textos son estrictamente personales; otros, en cambio, tienen una proyección comunitaria y congregacional. Entre los textos bíblicos que el P. Fundador aplicó explícita y directamente a la Congregación, se pueden destacar: El salmo 22 (Fundación de la Congregación); Jn 20,21 (Ejercicios en Vic, 1850); Ap 14, 6; 8, 13 y 10, 1-3; y los textos que fundamentan las Constituciones primitivas.

3. Recomendaciones a los Misioneros

            La lectura de la Palabra de Dios fue siempre objeto de sus recomendaciones a todos: clérigos, seminaristas y seglares. Con mayor razón la recomendó también a sus misioneros; en las varias Constituciones les pide que lean diariamente la Biblia y que todas las semanas tengan además algunas lecciones de Sagrada Escritura[12]. También a los misioneros en formación inicial. En el Reglamento para los Estudiantes y su Prefecto da unas orientaciones pedagógicas sobre el lugar que debe ocupar la Palabra de Dios en la formación de los jóvenes Misioneros. Los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, movidos en todo por la gloria de Dios, han de tener como objetivo de su formación llegar a ser ministros idóneos de su Palabra[13]. Para conseguirlo, indica, expresando su propia experiencia[14], algunos medios como la oración y la lectura de la Biblia, que ha de hacerse diariamente según las disposiciones de los superiores[15].

 

 

III. EL MISIONERO CLARETIANO, OYENTE Y SERVIDOR DE LA PALABRA

1. El amor a la Palabra de Dios, un rasgo de familia

           La experiencia, las enseñanzas y recomendaciones de Claret han pasado a nuestra Congregación, la cual ha heredado un rico legado de formación y espiritualidad bíblica[16]. La tradición congregacional la tenemos últimamente recogida y expresada especialmente en las Constituciones renovadas, en los Capítulos Generales del posconcilio y en el PGF. En las Constituciones se nos muestra el lugar que ocupa la Palabra de Dios en nuestra vida misionera; en ellas se señala que la Biblia ha de ser nuestro principal libro de lectura espiritual[17]. Los Capítulos han desarrollado los núcleos principales y han discernido las aplicaciones metodológicas; ha sido, sobre todo, el Capítulo del 1991 el que ha tratado el servicio misionero de la Palabra como un dinamismo integrador de nuestro ser y de nuestro actuar. Y el PGF propone a todo Claretiano que, para llegar a ser ministro idóneo de la Palabra, se ha de convertir en un habitual oyente de la misma, en un estudioso apasionado que se deja interpelar por ella, la acoge desde una óptica vocacional y la comparte con los hermanos y los seglares[18]. En definitiva, la reflexión congregacional del posconcilio[19], consciente de que el amor y la devoción a la Palabra de Dios constituye un rasgo de familia[20] exhorta a todos los miembros de la Congregación a conservar este rasgo y a leer la Palabra de Dios en clave carismática[21].

 

2. Centralidad de la Palabra de Dios

            Los últimos Capítulos Generales nos han recordado que la Palabra de Dios debe ser el núcleo de nuestra espiritualidad misionera y apostólica. Así, como misioneros que somos, contemplamos y asumimos la Palabra para comunicarla y anunciarla. Por eso la Congregación nos exhorta a esforzarnos por buscar la manera de enseñar a los otros lo que hemos contemplado[22].

            El estudio, la meditación y la contemplación de la Palabra han de ocupar un lugar fundamental en nuestra vida. La hemos de leer en clave carismática a la luz de los desafíos que reclaman nuestro servicio misionero, tenemos que dejarnos interpelar por ella y la hemos de escuchar como invitación a una vida nueva[23].

3. La iniciación formativa en la lectura y la meditación de la Palabra

            A través de la Palabra accedemos a Cristo, le conocemos, le contemplamos asiduamente y cultivamos su amistad[24]. Su Palabra lo hace presente en los espacios de nuestra existencia con unas resonancias claramente personales[25].

            A ejemplo de Jesús y de nuestro P. Fundador, todo en nosotros ha de convertirse en signo y expresión de la Palabra de Dios[26]. Por eso para nosotros, la iniciación en el ministerio de la Palabra no es una simple acción pastoral o un apéndice de nuestra misión apostólica, sino un núcleo esencial de nuestro carisma apostólico[27], un dinamismo integrador de todo nuestro ser, de nuestro actuar y de nuestro significar[28], uno de los ejes del proceso formativo de los jóvenes misioneros.

            Esto implica en el formando un aprecio creciente por la Palabra de Dios que le lleve al conocimiento sapiencial y exegético de la Biblia sea mediante la formación académica, sea a través de la Lectio Divina y otros métodos de lectura[29].

            Durante el proceso de formación, la Palabra de Dios ha de modelar y estructurar la personalidad del formando (sus valores, sus intereses, sus motivaciones), llevarlo a la plena configuración con Cristo Misionero y moverlo a vivir según su estilo de vida, sus actitudes y opciones.

            Se trata, en definitiva, de ir fraguando una espiritualidad misionera centrada en la Palabra[30] de tal manera que ella sea uno de los ejes de todo el proceso formativo[31]. Por lo mismo, la Sagrada Escritura será el principal libro de lectura espiritual; constituirá alimento para nuestra hambre de estudio, meditación y contemplación; será una instancia necesaria de discernimiento vocacional y de renovación de la experiencia vocacional primera; animará el fuego interior que dinamiza nuestro seguimiento de Jesús y se convertirá, por último, en un tesoro para compartir en el mismo ejercicio del apostolado[32].

IV. ORIENTACIONES PARA UNA LECTURA ORANTE DE LA PALABRA EN CLAVE CLARETIANA

            Teniendo en cuenta la experiencia y las enseñanzas del P. Fundador, y la reflexión congregacional, se puede ofrecer una síntesis de orientaciones formativas para realizar una lectura orante de la Palabra de Dios en clave claretiana[33].

1. Desde la luz del Espíritu, que nos unge para la misión

            Claret fundó la Congregación con aquellas personas a quienes Dios había dado el mismo espíritu del que él se sentía animado[34]. Y así tienen sentido pleno sus palabras: “Por manera que cada uno de nosotros podrá decir: Spiritus Domini super me, propter quod unxit me, evangelizare pauperibus misit me, sanare contritos corde (Lc 4, 18)”[35]. El mismo Espíritu que actuó en Claret actuó en los confundadores y sigue actuando hoy en la Congregación. Los claretianos debemos leer la Palabra bajo su acción carismática.

            Nuestra vocación de oyentes-servidores de la Palabra es un don del Espíritu. El Espíritu, que nos unge para la misión y es el principal protagonista en el proceso de identificación y de configuración con Cristo, es también quien nos hace comprender la Palabra de Dios[36]. Él actúa realmente en nosotros, nos lleva a la verdad completa (Jn 16, 13), cambia nuestra visión de la realidad, nos hace gustar, apreciar, juzgar y elegir todo lo que guarda relación con Jesús y con su Reino y nos da la fuerza para entregar la vida a la misión. El Espíritu, como inspirador de la Palabra de Dios y maestro interior, es quien nos abre el acceso a la misma y nos habilita para la misión de ser ministros idóneos de la Palabra[37]. Por eso es necesario orar y pedir insistentemente la luz interior del Espíritu y el amor que nos hace comprender el sentido de la Palabra y su dimensión vocacional; y es preciso invocarlo antes de leer la Escritura, como indica toda la tradición espiritual y nos aconseja el P. Fundador.

2. Con María y como María, nuestra Madre y Formadora

            Fecundada por el Espíritu, María engendró la Palabra. Por su mediación maternal la Palabra se hizo carne. Lo que sucedió al llegar la plenitud de los tiempos sigue sucediendo en el proceso de fe por el que Cristo nace en el creyente cuando acoge la Palabra anunciada. Sin la fuerza del Espíritu y sin la mediación de María, la Palabra queda reducida a una creación humana que puede llegar a ser, a lo sumo, fuente de inspiración intelectual y moral. A través del Espíritu y de María, la Palabra sigue encarnándose y se convierte en presencia viva del Resucitado en medio de la Iglesia, en verdadero lugar de encuentro con Dios. Es ésta la realidad gozosa que Claret experimentó cuando reconocía que se había forjado como heraldo de la Palabra en la fragua del Corazón de María. Y es ésta la misma realidad que experimentamos nosotros cuando acogemos y veneramos a María como Madre y Formadora nuestra[38]. Por eso es necesario ayudar al formando a reconocer, agradecer y secundar con gozo la acción maternal de María en su proceso de acogida y asimilación de la Palabra.

            Reconocemos también en María un modelo de fiel discípula de Jesucristo. Ella, que encarnó la Palabra por gracia de Dios y por su actitud obediente, es también proclamada dichosa por ser la primera de los sencillos que la escuchan, la cumplen, la conservan en su corazón y la proclaman con prontitud y alegría. Por eso en María se inspira la síntesis vital que todo formando debe ir haciendo a lo largo de su proceso formativo[39].

3. La Palabra vivida y celebrada en comunidad

            El novicio se ha incorporado a una familia que ha sido convocada por el Espíritu para el anuncio del Evangelio. Es una comunidad a la vez evangelizada y evangelizadora. Para poder transmitir el Evangelio debe dejarse convertir por la Palabra y, desde ella, por los hechos que afectan a los hombres, sobre todo a los más pobres y necesitados, a los que es enviada[40]. Para que la Palabra del Reino sea creíble y atrayente, debe ser proclamada por una comunidad de hermanos que viven unidos por Jesús y en Jesús[41]. En definitiva, para nosotros es tan esencial la Palabra de Dios a la comunidad como la comunidad a la Palabra[42].

            Formarse, pues, para ser ministros idóneos de la palabra es un proceso que no puede realizarse sino en el seno de una comunidad misionera[43]. En la comunidad, como ámbito de crecimiento, es donde los novicios desarrollan su capacidad de escucha y diálogo, aprenden a acoger juntos la Palabra, a recibirla y comunicarla[44], a discernir la voluntad de Dios y a trabajar en equipo con los hermanos[45].

            La comunidad formativa, para que pueda crecer a la luz de la Palabra de Dios y ser ámbito de formación del misionero, celebrará la Palabra de Dios. En ella, los formadores y formandos compartirán fraternalmente la escucha, la vivencia y el anuncio de la Palabra[46]. En la celebración comunitaria de la Eucaristía y de la liturgia de las horas, en la reflexión hecha en común sobre la Palabra de Dios, y en la oración que analiza los hechos de vida y los contrasta con el Evangelio, es donde la comunidad expresa su fe y donde se encuentra y dialoga con el Señor[47]. Todo ello será posible si la comunidad vive en clave de fe, crea ámbitos y momentos de silencio, realiza la celebración con tiempo y sosiego, y se sirve creativamente de las metodologías más adecuadas[48].

4. La Eucaristía y la liturgia, momentos privilegiados

            La Palabra de Dios tiene una íntima relación con la Eucaristía. Ambas constituyen las dos mesas complementarias de las que habla el Concilio[49] y que nos recuerdan que tanto la Palabra como la Eucaristía son signos de la presencia de Cristo vivo, la Palabra del Padre que nos invita al encuentro con él. Lo mismo que la Palabra, la presencia de Jesús en la Eucaristía convoca en torno a una mesa, crea una comunidad, un tejido de relaciones personales y enciende en el celo apostólico[50]. En toda celebración litúrgica sacramental, pero de forma especial en la Eucaristía, se realiza la actualización más perfecta de los textos bíblicos, ya que en ella se proclaman en medio de la comunidad reunida alrededor de Cristo para aproximarse a Dios[51].

            Siendo en la liturgia, y de forma especial en la Eucaristía y en la oración de las horas, donde habitualmente recibimos y compartimos en comunidad la Palabra de Dios, debemos tenerla en gran estima, prepararla cuidadosamente y celebrarla sin prisas[52]. Por otra parte, el relieve que tiene la Palabra de Dios en la liturgia exige una preparación específica en el servicio litúrgico de la Palabra, especialmente la homilía y la administración pastoral de los Sacramentos[53].

5. Síntesis entre el estudio de la Palabra y la oración

            La síntesis entre el estudio de la Palabra y la oración es básica en el proceso de iniciación en el ministerio de la Palabra. El formando ha de habituarse a una lectura orante de la Palabra y a escucharla con toda docilidad[54]. La oración es el momento privilegiado de acoger y meditar la Palabra de Dios, fuego en que se derrite el corazón y se amolda a la imagen de Cristo[55]; de mirar y estudiar a Jesús para comprometerse con él y hacer como él[56]; de rogar para que nos haga ministros idóneos de la Palabra[57]. Pero esta lectura orada necesita aprovecharse de los progresos realizados en los estudios bíblicos. Claret también insiste en el estudio serio de la Escritura para no hacer decir a la Palabra lo que nosotros queremos. De ahí la importancia de leerla en sus lenguas originales[58] e interpretarla desde la tradición eclesial. También la Congregación nos pide que alcancemos un conocimiento profundo exegético-sapiencial[59].

            Por tanto hay que trabajar para favorecer la integración entre oración y estudio, de modo que se ayuden y estimulen mutuamente. La oración ha de orientar la dirección apostólica del estudio y éste ha de dar contenidos, expresión y fuerza a la penetración de la Palabra que hemos de anunciar[60].

6. La Palabra de Dios en las experiencias apostólicas

            Hay que orientar toda la formación para el servicio misionero de la Palabra. Una Palabra que escuchada, contemplada, interiorizada y compartida con el Pueblo de Dios[61], estimule la dedicación a la misión, inspire formas de anuncio, y ayude a constatar su capacidad transformadora en las personas, la Iglesia y el mundo[62]. Formar en una lectura de la Escritura, actualizada e inculturada, en y desde la realidad concreta, especialmente desde una identificación con los pobres y desde una inserción entre ellos, sin la cual es difícil entender y anunciar la Palabra de Jesús[63].

            Teniendo en cuenta la centralidad de la misión en nuestra vida y, por lo mismo, en la formación, las experiencias apostólicas se convierten, a lo largo del itinerario formativo, en escuela en la que, al mismo tiempo que anunciamos la Palabra, somos formados como misioneros[64]. En efecto, discernidas y vividas según las exigencias, opciones y destinatarios preferenciales de nuestra misión[65], deben ayudar a leer la realidad como palabra de Dios y escucharla con actitud evangélica[66], desarrollando la sensibilidad e intuición para captar los retos y urgencias del Reino y darles las respuestas misioneras adecuadas[67]. Así los formandos se ejercitarán en una lectura inculturada y actualizada de la Palabra, que realmente impulse e ilumine las realidades concretas de la misión[68].

            Por otro lado, el vivir las experiencias apostólicas desde la meditación y escucha de la Palabra, les ayudará también a realizarlas desde la unión con Cristo, el Hijo enviado por el Padre[69], urgidos por la caridad de Cristo para trabajar con dedicación y generosidad[70] y asumir con fortaleza y alegría los sacrificios, dificultades, pruebas y fracasos del apostolado, como quienes saben que la cruz es la divisa del apóstol[71]. En el envío apostólico, el trabajo en equipo[72] y el compartir las experiencias, también desde la Palabra, podrán captar lo esencial que es la comunidad a la Palabra y la Palabra a la comunidad[73].

7. Disposiciones y actitudes prácticas

            No debemos acercarnos a la Palabra de Dios por simple curiosidad, para saber más cosas sobre ella, o para ampliar nuestros conocimientos culturales (historia, arte, literatura, etc… de los pueblos que se citan) o por simple curiosidad. Tampoco nos hemos de acercar a ella con una actitud apologética, como si fuera una fuente de argumentos para probar lo que queremos decir; ni con una simple visión moralizante, como un catálogo de normas, mandamientos y obligaciones[74].

            Hemos de entrar en contacto con la Biblia para conocer más a Dios, sus planes, su pensamiento y su voluntad; para entender el sentido divino de nuestra vida y de nuestra vocación; y para interpretar, a la luz de Dios, la realidad que nos circunda y en la que estamos insertos.

            Toda la formación ha de ser orientada para el servicio misionero de la Palabra. Una Palabra que escuchada, contemplada, interiorizada y compartida con el Pueblo de Dios[75], estimule la dedicación a la misión, inspire formas de anuncio, y ayude a constatar su capacidad transformadora en las personas, la Iglesia y el mundo[76]. Formar en una lectura de la Escritura, actualizada e inculturada, en y desde la realidad concreta, especialmente desde una identificación con los pobres y desde una inserción entre ellos, sin la cual es difícil entender y anunciar la Palabra de Jesús[77].

            Por lo mismo hemos de suscitar en nosotros algunas actitudes básicas que nos acerquen a la Palabra de Dios como nos enseña nuestro P. Fundador. En particular:

            1ª. Como punto de partida, es necesario creer, tener espíritu de fe. Sin la fe es imposible conocer el auténtico y verdadero valor de la Palabra de Dios y, por lo tanto, es imposible penetrar el pensamiento del Señor y conocer su voluntad. Una fe obediencial que se inclina a cumplir la Palabra. Una fe que ha de ser eclesial, vivida y alimentada en la tradición de la Iglesia. Como decía Claret, la Palabra de Dios, que es la verdad y el pan del entendimiento, ha de ser buscada en un ámbito de verdad y autenticidad garantizada por la Iglesia.

            2ª. Con humildad y pobreza interior, como María y los pobres de espíritu. A los sabios y prudentes de este mundo, a los orgullosos y soberbios, Dios se oculta. En cambio, se manifiesta a los sencillos y humildes. Por eso, sin humildad Dios no se revelará ni se manifestará al hombre en su Palabra.

            3ª. Con silencio interior. El silencio interior permite oír la voz de Dios que nos habla a través de su Palabra. En el silencio y en la paz interior es como se puede penetrar en los misterios escondidos en los libros sagrados y se puede adquirir la ciencia del corazón tan necesaria al misionero. Claret pedirá a los llamados al ministerio de la divina palabra que, a ejemplo de Jesús, se retiren antes a orar en soledad, para adquirir, meditando en las penas de Jesús crucificado, aquella ciencia del corazón sin la cual la palabra sería como el sonido de la campana.

            4ª. Con amor de Dios y fidelidad a su Palabra. Sin amor no es posible entender la Palabra de Dios. Es la caridad, que nos hace hijos de Dios y semejantes a él, la que nos da la capacidad para oírle, escucharle y comprenderle. Este amor se manifiesta y significa siendo fieles a la voluntad de Dios expresada en su Palabra.

            5ª. Con espíritu abierto y ánimo de aprovecharse de la Palabra. Es necesario dejarse interpelar personal y vocacionalmente por ella, como misionero claretiano:

• Para buscar una mayor identificación con Cristo. Una identificación que ha de ser absoluta y radical, y en perspectiva apostólica. A través de la Palabra el misionero ha de imitar a Jesús y ha de adquirir una mentalidad evangélica mediante la aceptación de los valores del Evangelio y la conformación de la propia conducta a las propuestas evangélicas de Jesús.

• Para adquirir una formación idónea en orden a ser buenos discípulos (de Jesús) y fervorosos predicadores. La Palabra de Dios es fuente del Espíritu que anima y guía la formación del misionero. En la Palabra de Dios, el formando, además, encontrará los mejores modelos para su vida y para su misión.

• Para sentirse llamado, enviado e identificado con el mandato de Jesús de anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos del mundo entero. La Palabra de Dios le encenderá en la caridad apostólica y le motivará e impulsará para anunciarla como lo hizo Jesús. El Señor le iluminará y el Espíritu le inspirará las palabras que ha de hablar y anunciar en cada momento. Las Sagradas Escrituras enseñarán, también, al misionero el modo de anunciar la Palabra para que ésta sea eficaz. Y, por último, de la lectura de la Palabra de Dios, el misionero obtendrá todas las demás gracias y auxilios necesarios para el desempeño del sagrado ministerio de la predicación.

V. LA LECTIO DIVINA

1. Breve historia

            A lo largo de su camino, la Iglesia, siguiendo las huellas del pueblo de Israel, ha escuchado la Palabra de Dios y ha aprendido a leerla en los distintos contextos para acertar a descubrir la voluntad de Dios para cada momento histórico. Este largo proceso de aprendizaje ha cristalizado en una forma de lectura de la Palabra que se denomina desde muy pronto (Orígenes, en el siglo III) Lectio Divina.

            La Lectio Divina se convirtió con el nacimiento del monacato en el camino privilegiado de la espiritualidad. Entre los monjes fue donde adquirió su sistematización. Un cartujo del siglo XII nos ha legado las etapas de este itinerario de lectura de la Palabra que alimentó la fe de generaciones enteras de cristianos hasta el siglo XIV, en que las disputas de la escolástica tardía abrieron el camino a otros tipos de oración más introspectivos (oración mental, meditación ignaciana…). El Vaticano II propuso la Lectio Divina como una forma privilegiada de contacto continuo y orante con la Sagrada Escritura[78] no sólo para los sacerdotes[79] o los religiosos[80], sino para todos los laicos[81]. El XXI Capítulo General[82] también nos ha recomendado su práctica.

2. Los pasos más importantes de la Lectio Divina

            La Lectio Divina no es un simple método de lectura de la Sagrada Escritura, sino una forma de encuentro con Dios de la mano de la Biblia misma. Parte de la convicción de que a través de la Escritura Dios mismo nos sale al encuentro y de que las palabras escritas allí se dirigen precisamente a nosotros en medio de los gozos, anhelos, esperanzas o desilusiones del momento personal o social en que nos encontremos. Presentamos ahora sintéticamente sus pasos más importantes siguiendo la descripción de Guigo, el cartujo[83]:

1º. INVOCACIÓN DEL ESPÍRITU: antes de nada, hay que invocar al Espíritu Santo (epíclesis) para que nos haga conocer la voluntad de Dios expresada en la Escritura. Cuando la fuerza del Espíritu desciende sobre nosotros, descubrimos la vida que late en la Palabra superando la letra sola que mata. Por eso, sin invocación al Espíritu no puede haber Lectio Divina, pues la lectura de la Escritura se convierte en un mero ejercicio de esfuerzo intelectual.

2º. LECTURA: consiste en leer y releer el texto con atención y respeto. Hay que hacerlo varias veces evitando la lectura rápida. Se trata de superar la lectura de los ojos para alcanzar la lectura del corazón y la escucha. Dios habla y la Lectio Divina es sólo un medio para llegar a escucharlo (audire) y a obedecerle (ob-audire). Para ello es bueno dejar que la Escritura nos guíe en la comprensión del texto mediante la lectura de pasajes paralelos, de textos marginales, porque la Escritura se interpreta a sí misma, como recuerdan los Padres de la Iglesia.

3º. MEDITACIÓN: se trata de rumiar el texto (por eso algunos monjes llaman a este momento ruminatio. Ir y volver una y otra vez por él, hasta descubrir el mensaje que encierra. Para ello es menester una reflexión atenta y profunda que llegue a alcanzar el sentido más profundo del texto desde la realidad personal y situacional del creyente. En la meditación se entabla un diálogo entre lo que el texto encierra y nuestra vida. No siempre se entiende el texto ni siempre se obtiene la palabra precisa que se busca. La obediencia al Dios que nos habla nos exigirá a veces esperar y reconocer que no hemos entendido nada.

4º. ORACIÓN: lectura y meditación nos llevan a la oración, a hablar a Dios. Hasta ahora se trataba de escucharle, de llegar a entender su mensaje para nosotros. Ahora es el momento de poner en juego el corazón y los sentimientos que se expresan de la manera más variada: súplica, alabanza, acción de gracias, lamentación, reproche…

5º. CONTEMPLACIÓN: es la culminación del proceso. La atención se concentra en el misterio de Jesús, más allá de la multiplicidad de los sentimientos. Se trata de ir adquiriendo poco a poco, por el contacto personal con la Palabra, la mirada que Dios tiene sobre el mundo, la historia, la humanidad…; llegar a adquirir, como dice Pablo, los sentimientos de Cristo (cf. Flp 2, 5) hasta poder decir es Cristo quien vive en mí (cf. Ga 2, 20). El final del proceso de la Lectio Divina no es evadirse de la realidad, sino habitarla en el más profundo centro desde una nueva óptica que la Palabra nos ha ofrecido y que nos lleva al compromiso y a la acción para hacer presente en este mundo el designio salvador de Dios.

            A primera vista la Lectio Divina puede dar la impresión de ser un camino excesivamente personal y poco apostólico. Por eso, algunos autores actuales han añadido nuevos pasos como la collatio, o momento de compartir la Palabra con los hermanos, y la actio u operatio, o compromiso que brota de la Palabra. Puede que no sea necesario añadir esos momentos, que de suyo no pertenecen al diseño original, si caemos en la cuenta de que el lugar más idóneo de aprendizaje de la Lectio Divina es una comunidad o grupo cristiano. El esfuerzo personal que la Lectio Divina entraña no implica que se trate de un camino individual o privado. Todos los expertos coinciden en señalar que el verdadero lugar de iniciación a la lectura orante de la Palabra es la comunidad y que la Lectio Divina produce más fruto cuando la escucha y meditación de la Palabra se hace en clima comunitario.

 

 

VI. EL NOVICIO, OYENTE Y SERVIDOR DE LA PALABRA[84]

            El noviciado es un tiempo en que se pretende sobre todo iniciar en el proceso de unión y configuración con Cristo evangelizador como centro unificador de toda la experiencia espiritual[85], con la ayuda de una lectura de la Palabra de Dios en clave vocacional claretiana[86].

            El novicio debe avanzar en un proceso de maduración humano-cristiana que le permita, a partir de la lectura asidua de la Palabra, fundamentar la vida de unión con Cristo, asimilar los fundamentos de la vida religiosa y optar consciente y libremente por la vida claretiana, asumiendo desde el principio las exigencias que se derivan de ella[87]. La Palabra, pues, debe ser acogida e interiorizada de forma que llegue a ser fundamento y dinamismo de la vida misionera.

            Por tanto, la Palabra de Dios en el noviciado es el elemento que debe ayudar a articular todos los contenidos de esta etapa y a facilitar la integración de todas las dimensiones de la vida misionera.

            Como en todas las dimensiones del proceso educativo también en ésta es preciso partir del protagonismo de la persona del formando[88]. Este ha de ser, como oyente y servidor de la Palabra, el primer responsable de este proceso de crecimiento.

            Como punto de partida, conviene que el novicio atienda a aquella base humana de su personalidad que facilita todo el proceso de iniciación en el ministerio de la Palabra. La base humana, formada para el silencio y la escucha, posibilita y garantiza la acogida, la interiorización y la comunicación de la Palabra. Por tanto es preciso educarse y educar en las actitudes propias de aquellos que, como María, los apóstoles y los profetas, han acogido la Palabra, la han hecho vida y se han dejado transformar por ella.

            Es propio del novicio, como discípulo del Señor, que le llama a la perfección del Padre[89], estar siempre a la escucha y abierto a las sorpresas de la Palabra y del Espíritu[90]. Para ello, cultivará la docilidad al Espíritu, abriéndole su mente y su corazón, y se dejará forjar en la fragua del Corazón de María[91]. Aunque se sienta débil y pequeño, ha de confiar en la Palabra la cual, cuando se apodera de nosotros y somos dóciles a ella, actúa eficazmente en quienes la escuchan y la cumplen (cf. Mt 7,24; Lc 11,28)[92].

            El novicio deberá vivir y cultivar una espiritualidad verdaderamente apostólica. Para ello, además de otros dinamismos formativos, desarrollará un amor intenso a la Palabra de Dios, en cuya lectura y meditación, como nuestro Padre Fundador, conseguirá la sublime ciencia de Cristo y una creciente configuración con él (cf. Flp 3, 8)[93]. A través del contacto diario con la Sagrada Escritura experimentará personalmente la atracción de la persona del Señor, su amor y su amistad, y adquirirá una conciencia clara de su vocación a seguirle fielmente[94]. Confrontará su vida con la Palabra para crecer en fidelidad al Evangelio[95]. Por último, pedirá incesantemente a Dios que le haga ministro idóneo de la divina Palabra[96].

            Es bueno, al inicio del noviciado, formular algún tipo de compromiso de lectura de la Escritura e incluirlo en el proyecto personal.

            Y durante esta etapa formativa es importante crear el hábito de la lectura diaria de la Sagrada Escritura, realizada en clave carismática y con métodos apropiados, especialmente la Lectio Divina[97].



                [1] Cf. CC 6, 46.

                [2] Cf. SP 21.

                [3] Cf. CPR 54; SP 13; 14; 14.1.

                [4] Este capítulo es una síntesis del libro Iniciación en el Ministerio de la Palabra (IMP) elaborado por la Prefectura General de Formación (Roma, 1997). En el IMP se hallan referencias más detalladas a las fuentes bibliográficas.

     [5] Cf. Aut 68, 113, 132 , 151

     [6] Cf. Aut 118.

     [7] Cf. Aut 687.

     [8] Cf. Aut 68-69, 113, 120, 224, 114-118, 685-687.

     [9] Cf. Aut 297, 298-299, 470.

     [10] Cf. IMP, pp. 27-28.

[11] Cf. IMP, pp. 29-31.

     [12] Cf. CC 1857, cap. XII, 117; CC 18, 51.

     [13] Cf. RFCMF 28b (texto B).

     [14] Cf. Aut 113, 120.

     [15] Cf. RFCMF 168 (texto A); 27 (texto B); cf. también CC 1865, Parte I, c. 25, 94.

     [16] Cf. NPVM I, 214.

     [17] Cf. CC 37.

     [18] Cf. PGF 201; SP 16.1; 14.1; 13.1.

     [19] Cf. PE 6, 15, 135; 1F 52; MCH 52, 53; SP 14,1.

     [20] Cf. SP 14.

     [21] Cf. PE 15; CPR 54.

     [22] Cf. 1AP 30; PO 13.

     [23] Cf. CPR 54; SP 13; 14; 14.1.

     [24] Cf. PE 15; 1VR 10; PGF 13; 50.

     [25] Cf. CF 17.

     [26] Cf. SP 6.

     [27] Cf. CC 6, 46.

     [28] Cf. SP 21.

     [29] Cf. SP 21; 21.2.

     [30] Cf. VC 94; SP 13.

     [31] Cf. SP 21.2.

     [32] Cf. CF, p. 17; PGF 201-203.

     [33] Cf. IMP, pp. 34-45.

     [34] Cf. Aut 489.

     [35] Aut 687.

     [36] Cf. CF, p. 17; cf. también PGF 25, 95.

     [37] Cf. PGF 95.

     [38] Cf. PGF 98-101.

     [39] Cf. CC 68; MCH 150.

     [40] Cf. MCH 148.

     [41] Cf. SP 7.

     [42] Cf. SP 7; 21.4; PGF 25.

     [43] Cf. PGF 24 y 55.

     [44] Cf. CC 34.

     [45] Cf. MCH 21.3; 21.4.

     [46] Cf. CC 34-35; 2VR 15.1.

     [47] Cf. 2VR 32.

     [48] Cf. CPR 57.

     [49] Cf. DV 21.

     [50] Cf. CF 17; Aut 694.

     [51] Cf. IBI IV, C, 1.

     [52] Cf. 2VR 33, 2.

     [53] Cf. SC 52 y 59; 1AP 41.

     [54] Cf. CC 4; 34.

     [55] Cf. 1AP 49; PGF 213.

     [56] Cf. CF 19.

     [57] Cf. CC 73.

     [58] Cf. Claret, Miscelánea… 164; 171.

     [59] Cf. SP 21.2.

     [60] Cf. PGF 211.

     [61] Cf. CC 34.

     [62] Cf. DV 21; PE 15; PGF 202.

     [63] SP 16.4; 20; 21.5; PGF 166, 178.

     [64] Cf. PGF 234.

     [65] Cf. PGF 239.

     [66] Cf. SP 21.5.

     [67] Cf. CC 48; 74; Dir 105-106; MCH 163; PGF 240.

     [68] Cf. PGF 241.

     [69] Cf. CC 39, 61, 73; Dir 94; PGF 240.

     [70] Cf. CC 34, 40; MCH 158; PGF 240.

     [71] Cf. CC 9; 44; 46; MCH 159; 172; PGF 240.

     [72] Cf. CC 13; MCH 138; 139; PGF 240, 242.

     [73] Cf. SP 7; 21.4.

     [74] Cf. IMP, pp. 27-28.

     [75] Cf. CC 34.

     [76] Cf. DV 21; PE 15; PGF 202.

     [77] SP 16.4; 20; 21.5; PGF 166, 178.

[78] Cf. DV 25.

[79] Cf. PO 18.

[80] Cf. PC 6.

[81] Cf. AA 4.

[82] Cf. SP 21.2

[83] Un modo pedagógico de hacer la Lectio Divina cf. Apéndice 7.

     [84] Cf. IMP, pp. 59-61.

     [85] Cf. PGF 352, 355.

     [86] Cf. PGF 357.

     [87] Cf. PGF 352-353.

     [88] Cf. PGF 102-106.

     [89] Cf. CC 4.

     [90] Cf. SP 22.

     [91] Cf. PGF 105.

     [92] Cf. SP 10.

     [93] Cf. CC 34; PE 133.

     [94] Cf. 1VR 10; 1HH 8.

     [95] Cf. CC 34, 37.

     [96] Cf. CC 73.

     [97] Cf. CPR 55; SP 21.2; Apéndice 7.          

Related posts: