Capítulo 12 La oración en la vida del claretiano

 

Capítulo 12

 La oración en la vida del claretiano

                                                                                                    

            El tema de la oración es en uno de los puntos más queridos, vividos y urgidos por nuestro P. Fundador. En las Constituciones primitivas, dirigiéndose a los novicios, les encarecía con peculiar intensidad:

            “Lo que nunca han de olvidar los Misioneros probandos, lo que ante todo ha de llamar su atención, y lo que deben practicar incesantemente sin flojedad ni tibieza, es la oración que se hará fielmente y en comunidad…”[1].

            En la perspectiva de Claret, que ha de ser la nuestra al haber sido agraciados con el carisma claretiano, la oración se hace precisa para configurarnos con Cristo, crecer en nuestra vida misionera y ser inflamados por su caridad que nos ha de apremiar en la misión[2]. Sólo inflamados en él podremos abrasar por donde pasemos y encender a todos los hombres en el fuego del divino amor[3].

            En este capítulo abordamos los aspectos bíblicos y teológicos de la oración -válidos para todo cristiano-; los elementos más propios, dentro de aquellos, que vivió nuestro Fundador y que debemos vivir nosotros y, por último, haremos algunas consideraciones pedagógicas. Seguiremos el siguiente esquema:

I. ASPECTOS BÍBLICOS.

II. ASPECTOS TEOLÓGICOS

III. ASPECTOS CLARETIANOS.

IV. ASPECTOS PEDAGÓGICOS.

I. ASPECTOS BÍBLICOS

            Nos centramos en dos modelos de oración que proponen las Constituciones: la oración de Jesús y la de la Virgen. Ambos ofrecen la esencia y los rasgos de la oración cristiana e inspiran también la claretiana.

1. La oración de Jesús

            En el Nuevo Testamento el modelo perfecto de oración se encuentra en la oración filial de Jesús. En su propio orar y en sus enseñanzas aprenden a orar sus discípulos de todos los tiempos. Y él mismo acoge las plegarias de éstos.

1.1. Jesús ora

            A Jesús le corresponde la cualidad de orante por ser Hijo de Dios. Vive la oración como realización constante y espontánea de su condición filial. Por ser el Hijo, encuentra la expansión de su ser en las relaciones con el Padre. A él acude con una confianza radical y absoluta, sabedor de que siempre le escucha (cf. Jn 11, 41-42) y deseando oír su voluntad para cumplirla.

            El encuentro con el Padre le aclara su misión (cf. Lc 4, 18-19), le hace aceptar la cruz (cf. Mc 14, 36) y confiar en él hasta el final (cf. Lc 23, 46). En sus últimas palabras en la cruz nos manifiesta que orar y entregarse son una sola cosa.

            Por otro lado, la oración anima su vivir diario y está profundamente arraigada en su ministerio. Jesús busca momentos de soledad y de silencio (cf. Mc 1, 35; 6, 46; Mt 14, 23; 26, 36; Lc 5, 16; 6, 12; 9, 18), ora antes de los momentos decisivos de su misión (bautismo, cf. Lc 3, 21; transfiguración, cf. Lc 9, 28; pasión, cf. Lc 22, 41-44)y ora también antes de los momentos decisivos y comprometidos para la misión de sus apóstoles (elección y llamada, cf. Lc 6, 12; confesión de Pedro, cf. Lc 9, 18-20; tentaciones de Pedro (cf. Lc 22, 32).

            En su condición gloriosa, Jesús, el Señor, ora hoy por nosotros. Ya en la oración sacerdotal (cf. Jn 17) rezó por sus futuros discípulos (cf. vv. 20-26); pero ahora, constituido como el único mediador ante el Padre (cf. Hb 8, 6) intercede continuamente por nosotros. Esta súplica de Cristo en favor nuestro es más valiosa que todas nuestras voces.

1.2. Jesús enseña a orar

            Jesús nos enseña a orar no sólo con su ejemplo sino también con su doctrina. La oración ha de ser humilde, sin pretensiones ante Dios (cf. Lc 18, 10-14) ni vanagloria ante los hombres (cf. Mt 6, 5-6; Mc 12, 40), del corazón más que de los labios (cf. Mt 6, 7), confiada en la bondad del Padre (cf. Mt 6, 8; 7, 7-11) e insistente hasta la importunidad (cf. Lc 11, 5-8; 18, 1-8). Será ciertamente oída si se hace con fe (cf. Mt 21, 22), en nombre de Jesús (cf. Jn 14, 13-14), y si se piden cosas buenas (Mt 7, 11), como por ejemplo el Espíritu Santo (cf. Lc 11, 13). Se ha de pedir a Dios el perdón (cf. Mc 11, 25), el bien de los perseguidores (cf. Mt 5, 44; cf. Lc 23, 24), sobre todo la llegada del Reino de Dios y la preservación en la prueba escatológica (cf. Mt 24, 20; 26, 41; Lc 21, 36). Esta es toda la sustancia de la oración modelo, el Padre nuestro, enseñada por el mismo Jesús (cf. Mt 6, 9-15). Orientada hacia la venida del Señor, la oración deberá ser vigilante (cf. Mt 26, 41; Lc 21, 36). Hecha en común en torno al Señor presente (cf. Mt 18, 19-20), alcanza su perfección en la oración litúrgica de la tierra (Hch 2, 42-46; 20, 7-11; 1Co 14, 14s; Col 3, 16; Ef 5, 19) y del cielo (Ap 4, 8-11; 5, 8-14; 7, 9-12).

1.3. Jesús escucha la oración

            La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección. Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras del leproso (cf. Mc 1, 40-41), Jairo (cf. Mc 5, 36), la cananea (cf. Mc 7, 29), el centurión (cf. Jn 4, 46-53), el buen ladrón (cf. Lc 23, 39-43), los ciegos (cf. Mt 9, 27). Escucha también el silencio de los portadores del paralítico (cf. Mc 2, 5), la hemorroisa (cf. Mc 5, 28), las lágrimas y el perfume de la pecadora (cf. Lc 7, 37-38). Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!.

2. La oración de la Virgen María

            María es la Virgen orante(cf. MC 18). Antes de la encarnación del Hijo de Dios su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre para la concepción de Cristo (cf. Lc 1, 38). El don de Dios, Cristo, encuentra en María la acogida que esperaba al responderle con la ofrenda de todo su ser: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Fiat: ésta es la oración cristiana.

            Varias de las palabras que los evangelios atribuyen a María pueden ser interpretadas como plegarias. Pero, sin duda, donde mejor aparece para nosotros como Virgen orante es en la visita a su prima Isabel. María abre su espíritu en expresiones de glorificación a Dios, de humildad, de fe, de esperanza: tal es el Magníficat (cf. Lc 1, 47-55), la oración por excelencia de María.

            Virgen orante aparece María en Caná, donde manifestando al Hijo con delicada súplica una necesidad temporal, obtiene además un efecto de la gracia: que Jesús, realizando el primero de sus signos, confirme a sus discípulos en la fe en él (cf. Lc 2, 1-12). También, antes de la efusión del Espíritu Santo, en Pentecostés, se nos presenta a María en oración, cooperando a la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo (cf. Hch 1, 14). Esta presencia orante de María continúa en la Iglesia de todo tiempo, porque ella, asunta al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación[4].

II. ASPECTOS TEOLÓGICOS

            La oración, desde un punto de vista teológico, es un don de Dios. A nosotros, sus hijos, Dios nos ha hablado y nos ha dado el poder de escucharle y responderle como a Padre (cf. Jn 1, 12). Acentuado este carácter de don, la oración es también un empeño humano, un compromiso de la persona que se abre enteramente a Dios y se deja invadir por él.

1. La oración es don de Dios

            Ante todo, la oración es una gracia, un ofrecimiento de Dios. Él es quien tiene la iniciativa, quien primero llama al hombre. Dios muestra al hombre su iniciativa de varios modos:

1.1. En las manifestaciones de la creación

            Todas las cosas llevan la marca de la iniciativa divina e invitan a la alabanza, a la gratitud, a la adoración. La presencia de Dios se manifiesta también en el hombre creado a su imagen. Todo hombre ha de convertirse en signo visible, en sacramento de la presencia de Dios. Pero Dios nos habla especialmente en el pobre. La acogida humilde, agradecida y generosa del pobre es un signo del progreso en el reconocimiento de Dios y en el sentido de la verdadera oración.

1.2. En su Palabra revelada

            La Sagrada Escritura es Palabra de Dios de forma privilegiada. Es la fuente misma de nuestra oración. Con todo, lo que mejor expresa la iniciativa amorosa del Padre es la encarnación de su Palabra eterna en Cristo Jesús. Cristo es la palabra definitiva del Padre a nosotros y la respuesta perfecta. En su humanidad, unida al Verbo eterno, Cristo responde en nombre de toda la creación y también en nuestro nombre. Y así se convierte en gracia para nosotros y en invitación a unirnos a él y a transformar nuestra vida para darle una respuesta auténtica y total.

1.3. En los signos de los tiempos

            Una forma de presencia activa de Dios la constituyen los signos de los tiempos[5], que, para el creyente, se convierten en una palabra poderosa de Dios que demanda una respuesta solidaria. Esto hace evidente que la oración del cristiano jamás pueda disociarse de la historia de la salvación y de los acontecimientos y que no pueda reducirse a una simple recitación de fórmulas[6].

1.4. En la entrega de Cristo, del Espíritu y de la Iglesia

            El don de Dios se nos entrega en la presencia de:

Cristo, que es, como mediador, el centro de nuestra oración, pues por él el Padre se dirige a nosotros y, por su medio, le llegan nuestras plegarias;

• el Espíritu, que nos hace conscientes de nuestra condición filial y pide él mismo en nosotros con gemidos inefables lo conveniente (cf. Rm 8);

• la Iglesia, que da una dimensión de comunión a todo culto y oración ya oremos en comunidad o en privado. Nuestra oración tiene siempre dimensiones de Iglesia.

2. La oración es respuesta del hombre

            A la iniciativa de Dios no puede corresponder una actitud de indolencia por parte del hombre. Ésta no cabe en la oración cristiana, que consiste esencialmente en un encuentro entre la libertad de Dios y la libertad del hombre, creada e interpelada por él. La estructura de la oración cristiana es, así, profundamente personal y dialogal. En este encuentro el hombre libre tiene también una parte activa.

2.1. El orante

            Quien ora es la persona del orante. Esto, que puede decirse de todo orante en general, se profundiza mucho más en el orante cristiano. Por su bautismo, es y vive en Cristo. La oración cristiana se sitúa verdaderamente en este ser y vivir en Cristo. Se trata de la oración de los hijos en el Hijo. Ora por medio de él, con él y en él.

2.2. Las actitudes del orante

            Orar es gracia, pero es también un proceso que requiere esfuerzo, disciplina, trabajo para unificar las energías dispersas. Dentro de ese proceso adquiere un valor especial el estilo evangélico de nuestra vida, la lucha contra el mal, la abnegación y la ascética, la superación de las tentaciones y la solidaridad con los pobres. Igualmente influye una vida afectiva sana, la capacidad para hacer silencio e interiorizar, el dominio sobre nosotros mismos y sobre nuestra propia acción, la apertura a los demás…[7] Vamos a resaltar brevemente algunas actitudes que preparan y acompañan la verdadera oración:

            a. Actitud de fe, de esperanza y de amor. La oración es una experiencia típica de la fe; es de las pocas actividades que se realizan puramente por fe, a causa de Dios. El verdadero orante se presenta, además, ante Dios como ante aquél en quien tiene puesta su esperanza. Sabe que todo regalo de Dios, incluido el de la oración, aunque nos sea dado sin el concurso de nuestros méritos, lo atrae el ímpetu de nuestra apasionada espera. La oración presupone, igualmente, el amor del orante. Busca la comunicación con Dios, su Padre, porque se siente amado y ama, porque quiere acoger el amor con el que es amado y responderle con idéntico amor.

            b. Actitud de humildad, recogimiento y silencio. La humildad es la puerta que nos abre al encuentro con Dios. El verdadero orante siempre es un pobre pecador ante Dios que recibe gracia, misericordia, salvación (cf. Lc 18, 9-14). El recogimiento es una actitud recomendada por el mismo Jesús (cf. Mt 6, 6). Encontrar a Dios requiere muchas veces que unifiquemos en nuestro interior todas nuestras energías y nos concentremos, sustrayéndonos al exterior. El silencio, entendido como pura capacidad de atención a Dios, facilita al orante la escucha de su Palabra, al tiempo que le pone frente a la verdad de sí mismo.

            c. Actitud de abandono en Dios, de cumplir su voluntad y de entrega. En la oración importa mucho la actitud de abandono absoluto en las manos del Padre. Es la actitud que caracterizaba la oración de Jesús (cf. Lc 26, 43; Mt 11, 26). El Padre sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y lo que se ajusta mejor al cumplimiento de sus planes sobre nosotros. Este abandono se concretiza, ante todo, en desear ardientemente hacer su voluntad y tiene su última palabra en la entrega. La oración es una entrega mutua en libertad. Dios, más que dar cosas, se da a sí mismo y lo mismo debe hacer el orante, a imitación de Cristo en el huerto (cf. Lc 22, 42).

2.3. La situación del orante

            Es indudable que la situación personal y ambiental del orante afecta a su oración. El mismo Jesús unas veces prorrumpió en acción de gracias (cf. Mt 11, 25) y otras pidió a gritos y con lágrimas el auxilio de Dios (cf. Hb 5, 7). Lo decisivo es que el orante emplee todo su caudal de posibilidades según su propia manera de ser, la cultura a la que pertenece y en ambiente en que vive, su nivel intelectual, su educación, y según el momento que atraviesa y el estado anímico en que se encuentra. Unas veces pasará por momentos de luz, de paz y de serenidad y otras por circunstancias de noche oscura. Los místicos nos enseñan que en la noche y en el desierto Dios trabaja más hondamente a las personas. En la oración oscura se prepara la luz.

III. ASPECTOS CLARETIANOS

1. La oración de Claret

            Antes que una teoría de la oración apostólica, Claret pone delante de los misioneros, sobre todo en la Autobiografía, su propia experiencia de vida. Claret evangelizador ora porque Cristo evangelizador lo hace[8].

1.1. La oración, una constante en su vida

            La vocación misionera de Claret es la que mejor nos descubre la esencia de su oración. Para él, ser apóstol es, ante todo, orar y trabajar intensamente. Para demostrarlo proponía el ejemplo de Cristo, que de día trabajaba y de noche oraba[9]. Se apoyaba también en el ejemplo de los apóstoles que, según recoge el libro de los Hechos, estaban consagrados “a la oración y al ministerio de la palabra” (Hch 6,4).

            No es de extrañar, pues, que la oración y el apostolado se encuentren tan bien trabados en su propia vida. Sabe estar a solas con Dios cuando está en el bullicio de las multitudes; y, cuando está solo, llena su oración de personas vivas o difuntas[10].

            Dos son las principales finalidades de su oración: ora para mantenerse en la gracia del Señor, y ora, sobre todo, para hacer fecundo su apostolado. Es uno de los grandes convencimientos a los que llegó en su vida: “El primer medio de que me he valido siempre, y me valgo, es la oración. Éste es el medio máximo que he considerado se debía usar para obtener la conversión de los pecadores […] No sólo oraba yo, sino que, además, pedía a otros que orasen […]”[11]. Tales convicciones y la experiencia de los grandes favores que de Dios recibía en la oración, le llevó a dedicarle tres o cuatro horas cada día, según se desprende de sus escritos y de varios hechos de su vida.

            Hasta llegar aquí, Claret ha tenido que recorrer un largo camino, no siempre exento de dificultades. Ya desde su infancia su oración es precozmente misionera. Lo demuestra su gran preocupación por la salvación de los hombres[12] y la contemplación que hace de los misterios de la vida de Jesucristo, rezando el Rosario[13]. También en esa edad descubre la oración de amistad personal con el Señor presente y vivo en la Eucaristía, la cual le lleva a entregarse a su servicio[14].

            En su juventud, tras pasar por diversos peligros y por el delirio que le suponía la fabricación, experimenta un aumento de su piedad y devoción[15] que le permite descubrir la vanidad del mundo y de los triunfos humanos[16]; en su época de seminarista comienza a aplicarse a la lectura y meditación de la Palabra de Dios, sintiéndose vivamente impresionado por determinados pasajes que le empujaban a ofrecerse al servicio del Evangelio[17].

            Más tarde, siendo ya sacerdote y novicio, su oración alcanza su plena expresión misionera. Comparte con la Virgen su visión de las necesidades del mundo, su reacción inflamada de celo apostólico, su intercesión, y se entrega generosa y dócilmente a la misión apostólica[18]. La oración de Claret se volverá eminentemente apostólica durante sus campañas de misionero apostólico, cuando se propone imitar a Jesús misionero, que trabajaba de día y oraba de noche. Entiende que es la fragua donde se enciende el fuego de Pentecostés para anunciar sin descanso el Evangelio[19]. Esta misma oración predomina en su etapa de Obispo en Cuba. Piensa que al Prelado que se ocupa en meditar lo que Jesús hizo y sufrió para salvar a los hombres, se le enciende en su corazón un fuego que no le permite sosiego ni descanso[20].

            En Madrid, como confesor real, la necesidad de la oración se le hace más imperiosa. Por influjo de una locución con la que el Señor le había pedido que dedicara más tiempo a la oración, resolvió pasar las noches en ella[21]. A partir de entonces dedica tres horas de la madrugada a orar, sin contar el tiempo dedicado a la lectura de la Biblia y al Breviario. Se afianza entonces, debido a las persecuciones y a la imposibilidad de salir a predicar, el aspecto de intercesión misionera en su oración[22]. Es también una época en la que recibe iluminaciones y gracias extraordinarias[23].

            Por último, en la soledad del monasterio de Fontfroide, anciano, enfermo y en situación de configuración con Cristo paciente, le queda sólo la oración como cauce de apostolado[24].

1.2. Las formas y expresiones de su oración

            Aunque toda la acción apostólica de Claret se desarrollaba en presencia de Dios, vemos que en sus planes de vida figura un tiempo dedicado exclusivamente a la oración, sea litúrgica o privada[25].

            a. La Eucaristía. Claret es uno de los grandes santos eucarísticos, un verdadero enamorado de la Eucaristía[26]. Ya de pequeño, la Santa Misa es para él un momento de una gran intensidad espiritual[27]. Desde su llegada a Vic para cursar la carrera sacerdotal empieza a ir diariamente a ella[28] manteniéndose desde entonces fiel a esta práctica[29]. Pero más que su práctica, interesa señalar que la Eucaristía aparece en Claret como la acción más cuidada de su día: tiempo preparado atentamente y seguido de acción de gracias[30]; espacio intenso de comunicación y unión con Cristo, el Hijo Enviado que se inmola para la salvación de los hombres y del mundo.

            Puede decirse, por ello, que la Eucaristía es una dimensión totalizante de la vida de Claret integrada, al mismo tiempo, en esa otra dimensión totalizante que es su ser misionero. Su unión eucarística con Cristo se traduce en energía apostólica. El fuego hace fuego[31]. Así vivencia, por ejemplo, la gracia de la conservación de las especies sacramentales de una comunión a otra. Entiende que le ha sido concedida para andar recogido y devoto, pero añade un además en la línea de su vocación misionera: para “hacer frente a todos los males de España”[32]. El Señor, al convertirle en hombre-sagrario, le transforma y fortalece para la misión.

            b. El Oficio Divino. Claret habla repetidamente en la Autobiografía de su dedicación al rezo del Oficio Divino[33]. Para garantizar el cumplimiento de esta oración emplea, en ocasiones, los siguientes medios: la incluye entre los propósitos que hace cada año[34], a veces concretando incluso el modo de hacerla[35] y planifica su mejor distribución a lo largo de la jornada. Evidentemente esta distribución es distinta según las etapas de su vida y la misión que tenga por entonces encomendada[36].

            c. La oración vocal. El P. Claret fue siempre muy rezador. Sorprende, por ejemplo, la cantidad de oraciones que rezaba mientras estuvo en la Corte[37]. Es debido, en buena medida, a su temperamento, muy activo y más intuitivo y sintético que deductivo. Él mismo confiesa que la oración vocal le iba mejor que la mental[38]. Esta confesión hay que ponerla en su lugar preciso. No significa que, en la práctica, le diese más importancia que a la oración mental. Basta una mirada a sus horarios para darse cuenta del predominio de ésta última: meditación, lectura en privado y exámenes. Este mismo plan de piedad es el que establece para los misioneros en las Constituciones: una hora de meditación, un cuarto de hora de examen a mediodía, y otro por la noche, lectura espiritual. La única oración vocal que se señala es el Rosario, que ha de hacerse en común[39].

            d. La oración mental. Para Claret, la oración mental no es el primer grado de oración. Por el contrario, es la forma superior de oración en cualquiera de sus grados[40]. Todos los grados de la oración mental, indistintamente, son una forma superior de oración. En las enumeraciones que hace de los grados de oración o en sus recomendaciones, la oración mental ocupa siempre el primer puesto[41]. En ella traduce una exigencia vital de su condición de ministro de la Palabra. Sobresalen principalmente tres formas, sobre las cuales vuelve de continuo en sus enseñanzas y en los propósitos con que cada año concluye sus ejercicios espirituales: la meditación, la lectura espiritual y el examen de conciencia. Recomienda las tres, de forma conjunta, con una insistencia particular:

La meditación. El P. Fundador consideraba que la meditación, centrada en la vida y doctrina de Cristo[42], era absolutamente necesaria para el apostolado, y en primer lugar, para la salvación del misionero[43]. La realiza según el método ignaciano de las tres potencias, aunque sin una gran fidelidad material. Así lo indica, por ejemplo, el hecho de que esté más interesado en los gestos de Cristo, en su persona, que en las verdades a secas. Los términos repetidos insistentemente por el P. Fundador son muy significativos a este respecto: “Observa y nota […], míralo, escucha, contempla […]”[44]. Lo que a él más le mueve es contemplar a Cristo como apóstol, cabeza y modelo de misioneros. No es de extrañar, pues, que Claret se propusiera, una y otra vez, contemplar e imitar al Señor tanto en sus actos exteriores como en sus actitudes interiores[45].

            El fin que Claret pretendía con la meditación era inflamar la caridad y llenarse del Espíritu Santo. Va, pues, a la meditación a buscar lo que es más necesario a un misionero: el fuego del divino amor. Este fuego le empujará al anuncio del Evangelio, como a los apóstoles cuando salieron del cenáculo[46].

La lectura espiritual. Claret dio mucha importancia a la lectura espiritual, de la que obtuvo siempre muy buenos resultados. Por eso -y porque veía el bien que hacía en otros-, recomendaba hacerla, en privado o en común[47]. Naturalmente, la lectura espiritual es sobre todo de la Biblia, a la que Claret ha reconocido una centralidad que no es fácil encontrar en su tiempo[48]. Desde el núcleo de esa Palabra, mensaje de salvación y regla de vida, derivan por connaturalidad tanto su meditación discursiva como sus exámenes de revisión de vida. Él mismo constata cómo le impresionaban determinados pasajes en los que le parecía oír la voz del Señor que le decía lo mismo que leía[49]. Constata también su influjo decisivo en los hechos más importantes de su vida. En efecto, en la lectura de la Biblia y de la vida de los santos, descubrió su vocación apostólica[50]. La eficacia de la lectura espiritual está para Claret en el contacto personal con el Maestro, en hacerse cuenta que por ella nos mira y habla[51].

Los exámenes. La afición de Claret al examen particular fue siempre muy grande, y su fidelidad, inquebrantable desde los años de seminario hasta el final de su vida[52]. Examina su conciencia dos veces al día, a mediodía y por la noche. El primero lo dedica al examen particular sobre un punto determinado, que fue cambiando con el tiempo. Versó sobre la humildad hasta 1861[53]; sobre la mansedumbre hasta 1864[54]; y sobre el amor de Dios hasta 1870, año de su muerte[55]. El segundo, por espacio de un cuarto de hora, empezaba por el examen particular y continuaba por el general de todo el día. El método de hacer los exámenes es literalmente ignaciano[56].

            e. Las devociones. Claret mantuvo un buen número de devociones a lo largo de toda su vida[57] como medio para adelantar en la perfección: la visita al Santísimo, el Rosario, el Vía Crucis, el Trisagio, el ejercicio de la presencia de Dios, las jaculatorias, la devoción a los santos… Tuvo una concepción ordenada y justa de las mismas y supo vivirlas en referencia a Cristo y a los sacramentos. Así, por ejemplo, el rezo del Vía-Crucis es más una contemplación e interiorización personal de la Eucaristía, memorial del Sacrificio de la Cruz, que un recuerdo o contemplación sentimental de los dolores de Cristo[58].

2. La oración del claretiano

            Toda la vida de oración de Claret constituye para nosotros un patrimonio de experiencia y una fuente de inspiración, aunque hay aspectos puramente personales que, como es lógico, no pasan a la Congregación. Ésta, basándose en la experiencia del P. Fundador, y recogiendo al mismo tiempo lo mejor de nuestra propia tradición, ha plasmado fundamentalmente en el capítulo V de las Constituciones y ha concretado en los números 84-93 del Directorio los aspectos que han de vivirse en ella y la clave personal o comunitaria con que debe hacerse[59]. La estructura que presenta el capítulo V de las Constituciones es la siguiente: Fundamento evangélico (n. 33); espíritu de la oración misionera y contenidos (n. 34); la oración eclesial y litúrgica (n. 35); la piedad mariana (n. 36); la oración personal (n. 37); la reconciliación sacramental (n. 38).

2.1. Fundamento cristológico (n. 33)

            En este número se resalta la perspectiva cristológica de la oración. El fundamento de la oración del claretiano no es una teoría, sino una persona concreta: Jesús Misionero que, como tal, enseña, recomienda y da ejemplo de oración. Si Jesús misionero ora, los claretianos, implicados en la misma misión de Jesús entre los hombres, debemos imitarle en su oración asidua[60]. La misión de Jesús va precedida, acompañada y seguida de la oración y el misionero claretiano, al igual que sus discípulos y que Claret, debe seguir esos mismos pasos. Por otra parte, Jesús a nadie enseñó tan explícitamente a orar como a los apóstoles. Con el Padre Nuestro les enseñó a orar en su calidad de hijos y enviados. El misionero, igualmente hijo y enviado, debe escuchar y seguir dócilmente sus enseñanzas.

2.2. Espíritu de la oración misionera y sus contenidos (n. 34)

            Se nos ofrecen en este número indicaciones sobre el espíritu de oración[61], distinto de las prácticas de la misma, si bien, ambas realidades son alimento insustituible de la vida apostólica[62]. En su composición se tuvo muy presente el espíritu de oración del P. Claret, destacándose las características con las que él oraba: su oración era filial, profética, evangélica y apostólica. Esta última en su doble vertiente de fuego y de intercesión.

            Ante todo, se nos pide que llenemos de espíritu filial todo cuanto hacemos y cuanto nos sobreviene. Estaremos así en una especie de oración difusa permanente que facilitará, en los momentos concretos de oración, el grito del Espíritu –Abbá, Padre– dentro de nosotros. Y, con el grito, la intimidad filial, el deseo ardiente de hacer su voluntad, la ofrenda de todo nuestro ser para realizar la misión que nos encomienda. Del Padre se recibe el amor a sus hijos y los deseos de que éstos le conozcan, amen, alaben y sirvan.

            A continuación se pide que busquemos en todos los acontecimientos los signos de la voluntad divina. Es la oración profética. Se indica así el lugar más propio en el que ha de inspirar la oración del claretiano, que es el mismo de Claret: los acontecimientos, los hechos concretos, la praxis misionera -con toda su carga de dicha y de conflictividad- en que se ve envuelto. A través de esos hechos de vida, el misionero puede rastrear y discernir la voluntad de Dios y su providencia[63], puede hacer una interiorización del designio misericordioso de Dios -que dará densidad profética a su predicación y a su vida[64], puede rehacer la propia disponibilidad para los nuevos desafíos[65].

            Después el texto constitucional se fija en la fuente evangélica donde debemos beber los misioneros orantes: La Palabra de Dios, fuerza unificante de su oración y de su actividad apostólica[66]. De ella recibimos luz para discernir los acontecimientos, fuerza para convertirnos al Evangelio y configurarnos[67] con Cristo –oración de discípulo-, y fuego para llevar a cabo la misión –oración apostólica de celo-. Todo ello llega mejor a nosotros cuando podemos contar, mediante la oración compartida, con la experiencia de los hermanos de comunidad. Es la oración del discípulo y del apóstol, de quien aprende en la escuela del Maestro –y junto con los demás oyentes- la misma Palabra que, tras contemplarla, ha de proclamar encendido en celo misionero.

            Por último, el texto expresa una característica muy propia de la oración de Claret que debemos hacer nuestra: la oración apostólica de intercesión. Como Claret, también nosotros debemos tener necesidad de orar para alcanzar fruto y convencernos de que la oración es el primer medio para conseguir la salvación de los hombres[68]. El claretiano ha de considerar, pues, que su oración es una manera privilegiada de comulgar con los gozos y los sufrimientos de los hombres y de mostrar su amor por la Iglesia.

2.3. La oración eclesial y litúrgica (n. 35)

            El número prescribe varias cosas: a) el culto eucarístico como celebración y adoración; b) la obligación del Oficio de las Horas en nombre de la Iglesia; c) vivir la oración al ritmo del año litúrgico, y d) asociarnos al culto de la Iglesia celeste.

            Si antes se ha dicho que la oración se cultiva en la fuente de la Palabra de Dios, ahora se habla de otra fuente: la Eucaristía[69]. Es más: la Misa une maravillosamente Palabra y Eucaristía en sus dos partes complementarias de una única celebración: Liturgia de la Palabra y Liturgia Eucarística[70]. El texto constitucional pide al claretiano que en la celebración se una a Cristo Señor, considerado desde cuatro perspectivas: el Señor que proclama palabras de vida, que se ofrece, que honra al Padre y que edifica la unidad. Son perspectivas muy queridas y vividas por el P. Claret que encontraba en ella la fuente de su energía apostólica y la consideraba como “el lugar privilegiado de encuentro con Cristo, primero como presencia real y luego como sacrificio y comunión”[71]. También se recogen dos indicaciones: la Eucaristía ha de ser diaria para todos los miembros de la Congregación y celebrada con plenitud de espíritu. Es lo que hacía el P. Claret y lo que recomendaba[72].

            A continuación -y en armonía con la experiencia de Claret[73] y de la tradición congregacional[74]– las Constituciones se fijan en la visita y adoración al Santísimo. Piden a los misioneros que tengan en alta estima el diálogo con Cristo en esos momentos.

            Al acto central del culto que es la Eucaristía le acompaña la Liturgia de las Horas, oración pública de la Iglesia a través de la meditación y proclamación de la misma palabra inspirada. Las Constituciones hacen dos anotaciones: que se haga fielmente y cada día. Son anotaciones que recogen el sentir de la Iglesia[75], el del Fundador[76] y el de nuestra propia tradición congregacional[77].

            Eucaristía y Liturgia de las Horas diarias aseguran la vivencia de la oración al ritmo del año litúrgico. Durante el mismo la Iglesia celebra todo el misterio de Cristo, abriéndonos las riquezas del poder santificador y de los méritos del mismo Señor[78]. Dentro del año litúrgico la Iglesia ha introducido el recuerdo de los santos que cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros[79]. Las Constituciones piden ahora que nos asociemos, con nuestra oración litúrgica, a ese culto celeste, unidos a ellos en la comunión y venerando su memoria. Se destacan la Virgen María, san José, san Miguel y todos los ángeles, los apóstoles y los patronos de la Congregación[80].

2.4. La piedad mariana (n. 36)

            Este número está estructurado en torno a la veneración amorosa que, como hijos, debemos a María y que debemos expresar con el culto litúrgico y con los ejercicios de piedad. La veneración se fundamenta en su maternidad divina. Se resalta expresamente, por tratarse de la oración, que ella vivió asociada a Cristo Salvador de todo corazón, esto es, con fe viva y amor consciente y oblativo. Y se afirma que esa veneración, en correspondencia a su amor materno y en sintonía con el P. Claret[81], tiene que estar informada de amor filial. Tal veneración se lleva a cabo, ante todo, en el culto litúrgico. Con ella, participando en su experiencia espiritual materna, podemos, en efecto, asimilar y vivir en profundidad el misterio de Cristo a lo largo del año litúrgico y descubrir el lugar que en él ocupa su Madre[82]. La veneración también se expresa en las devociones que son tradicionales, como el rosario[83] y otras semejantes[84]. En el rosario se asimila el Misterio de Cristo en la vivencia del Corazón de su Madre y Madre nuestra.

2.5. La oración mental (n. 37)

            En este número se trata de la oración mental personal en las tres formas que antes veíamos en el P. Claret: la meditación, la lectura espiritual y el examen. En las tres formas destaca la importancia dada a la Palabra, algo normal puesto que los claretianos somos servidores de una Palabra que debe transformarnos ante todo a nosotros.

            La meditación ha de tomar pie en la Palabra de Dios, que ha de ser rumiada en el corazón, en lo más profundo de la persona. Ha de hacerse a diario y, en cuanto sea posible, por una hora[85].

            También la lectura espiritual ha de hacerse principalmente de los Libros Sagrados[86], a ejemplo del P. Fundador. Con el libro de la Escritura no sólo nos ponemos ante el proyecto de Dios sino que leemos, como Claret, el libro de nuestra propia vida misionera como obra de Dios. Ahí se nos dice quién es Dios y quiénes somos nosotros, por qué y para qué nos llama, qué sentido tienen los acontecimientos personales y los históricos, qué significado tiene cuanto convulsiona hoy a los seres humanos.

            Por último, es muy significativo el modo como viene formulado el examen: examinémonos de nuestra fidelidad al Evangelio. También aquí es fundamental la Palabra de Dios si se tiene presente que el examen está para que la gracia no sea vana en nosotros. El misionero tiene que confrontar su vida, como era el deseo del P. Fundador[87] con el Evangelio que vive y anuncia. El Directorio concreta los tiempos fundamentales en que ha de hacerse: hacia la mitad de la jornada, con carácter predominante de oración mental, y, por la noche, con carácter de revisión general del día[88].

            El número concluye recordando el puesto prioritario que ha de tener la oración diaria, como necesidad primaria para la comunidad y para cada misionero.

2.6. La reconciliación sacramental (n. 38)

            Se propone ahora un tipo de oración peculiar que encuentra en el sacramento de la reconciliación su momento culminante. Es la oración en que se le expresa a Dios el deseo de una permanente conversión y se le suplica el perdón de los pecados.

            Este último número condensa la doctrina conciliar[89] sobre el sacramento de la reconciliación; pero en su trasfondo está también la doctrina y práctica del P. Fundador[90] y las recomendaciones de la Congregación[91]. La recepción del sacramento viene presentada como una celebración de la conversión y de la reconciliación. Se trata por tanto, de algo gozoso. En virtud de este sacramento se muere al pecado con Cristo y se opera la reconciliación con la Iglesia. Se indica que se reciba frecuentemente.

IV. ASPECTOS PEDAGÓGICOS

            Toda pedagogía pretende conseguir que un valor sea asumido por la persona, que se traduzca en criterios y en realizaciones concretas. La pedagogía de la oración mira también a esta meta: que la relación del orante con Dios sea tan real, plena y permanente, que se constituya como parte de sí mismo. Alcanzar esa meta presupone unos criterios previos de actuación y requiere unos pasos progresivos.

1. Criterios de actuación

            Enunciamos esos criterios de manera sintética:

• Un conocimiento progresivo y renovado de lo que es la oración cristiana, a fin de evitar el subjetivismo del orante. La oración ha de programarse en los estudios académicos y debe formar parte de las instrucciones concretas de los formadores, ya desde el año de noviciado[92].

• Un estilo de oración que considere a cada orante en el contexto real de su propia vida. La diversidad de éstos nos viene dada por la edad, por el estado de vida, por el contexto socio-cultural en que se mueven, por los compromisos cristianos asumidos, y por la experiencia religiosa cristiana que viven. En la relación ecuménica y en el diálogo interreligioso es conveniente -según aconsejen las circunstancias- el acercamiento a formas de oración inspiradas en otras tradiciones religiosas[93].

• Una conciencia clara de la dimensión comunitaria-eclesial de toda oración –incluida la personal- y de la interrelación entre la oración y el compromiso por los demás, especialmente por los pobres. La oración crea comunidad.

• Una oración comunitaria en la que estén presentes normalmente todos los miembros de la comunidad; una oración comunitaria en la que participen de manera activa, responsable y creativa los hermanos; y una oración realizada en unión con la Iglesia y la Congregación.

• Una decisión firme de comenzar el camino de la oración y de proseguirlo. Conlleva unos propósitos concretos: por ejemplo, la elección y entrevistas con un acompañante espiritual, la fijación de horarios…

• Una buena conciencia. La pureza de corazón ayuda a recoger los pensamientos y suscita los deseos de Dios. Esto no significa que quienes no la tengan no puedan ni deban hacer oración, pues, a menudo la oración es causa de conversión. Pero es evidente que no se pueden compaginar los deseos de Dios con el apego al pecado. Los maestros espirituales insisten sobre la necesidad de preparar la oración con una vida ordenada, un corazón puro y un esfuerzo por alejarnos del ruido y de las distracciones que nos rodean[94].

• El acompañamiento personal es aquí particularmente necesario. A través de él debe analizarse, con asiduidad y continuidad, la marcha de la vida de oración, sus dificultades concretas, sus avances, los medios para afianzar la constancia y el cuidado en su práctica continuada[95]

• Una gran libertad de espíritu –cuando la oración es privada- en cuanto al tiempo, postura y lugar.

2. Pasos progresivos

            Antes de pasar a hablar de los pasos concretos, es imprescindible decir que, por lo general, quien se adentra en el camino de la oración, tiene necesidad de un guía.

            Aunque la oración no sea un ejercicio mecánico, sino una realidad vital que exige un corazón rebosante, no puede olvidarse ingenuamente que es también arte y tarea y, por lo mismo, algo que, al menos en parte, se enseña y aprende. Olvidar esto es un peligroso error. El mismo Jesús enseñó a orar a sus discípulos.

            La enseñanza, también la de la oración, es cosa de maestros. Y los maestros no se improvisan. El primero, como hemos visto, es el Maestro Jesús. Después de él, su Espíritu. Y después, muchos otros maestros de todas las épocas que, sin suplantarlos, prolongan el magisterio divino. Un maestro de oración propone a los orantes –atendiendo a la peculiaridad de cada uno y dando margen a la flexibilidad, ya que el Espíritu sopla por donde quiere- un plan, unos métodos[96]; cuida que haya un cierto orden y disciplina, y se presta como ayuda para discernir e iluminar. Sentado este presupuesto, explicitamos ahora los pasos a dar:

2.1. Saber estar con Dios

            Es un paso fundamental. Saber estar con Dios en la oración es saber perseverar en ella ratos prolongados, sin prisas, sin violencias, con natural espontaneidad. La oración prolongada es madre de la oración elevada.

2.2. Saber volcar el corazón en Dios

            Si se sabe estar con Dios, lo normal es volcar espontáneamente en él el corazón, pero advirtiendo que a la oración nunca se llega solo, que se está ahí en nombre de muchos hermanos, de sus deseos y de sus clamores. Se trata de suscitar, ordinariamente después de haber leído o reflexionado algún texto, afectos y sentimientos personales de agradecimiento, humildad, súplica, confianza, contrición, entrega… Y también de saber perseverar en un mismo afecto todo el tiempo que ese afecto lo pida, sin cambiar a otro distinto.

2.3. Saber oír a Dios

            Este tercer paso supone un claro avance en el camino y ayuda a afianzar los pasos anteriores. Es clave por cuanto la oración es trato recíproco, diálogo en el que nos volcamos en Dios y él vuelca su corazón en el nuestro[97]. Oír a Dios, escuchar de veras su palabra, es caer en la cuenta de que él nos habla con múltiples manifestaciones y matices… Y, si él habla, hay que pararse para que esa palabra actúe a fondo en el orante.

2.4. Abandonarse a la acción de Dios

            Este cuarto paso es la consecuencia inmediata del anterior. Oímos a Dios para poder después dejar obrar en nosotros a esa palabra (cf. Hb 4, 12). Es la actitud de María (cf. Lc 1, 30), la de Samuel (cf. 1S 3 ,9), la de san Pablo (cf. Hch 22, 10). Este saberse dejar en Dios ha de hacerse, en primer lugar, en la oración misma. Hay que dejarle obrar para que sea su Espíritu quien ore en nosotros. Es ese Espíritu el que está deseando alabar, dar gracias y suplicar debidamente –ya que nosotros no sabemos pedir como conviene (cf. Rm 8, 26)-. En segundo lugar hay que dejar obrar a Dios en nosotros y en todo lo nuestro, sin ponerle obstáculos. Es dejar obrar a Dios según sus caminos, tan distintos de los nuestros (cf. Is 55, 8). Es abandonarse a él y a sus designios sobre el mundo y sobre la Iglesia.



[1]Cf. CC 1857 I, 110.

[2] Cf. CC 34; PGF 213.

[3] Cf. Aut 494.

[4] Cf. LG 62.

[5] Cf. SC 43; GS 4; UR 4.

[6] Sobre la oración de solidaridad misionera y sobre la oración apostólica cf. Apéndice 6, Tipos, Formas y Métodos de oración, I, 5 y III, 3-4.

[7] Cf. PGF 217.

[8] Cf. Aut 434.

[9] Cf. Ibid.

[10] Cf. Aut 264.

[11] Aut 264 ss.

[12] Cf. Aut 8-9.

[13] Cf. Aut 44-49.

[14] Cf. Aut 40.

[15] Cf. Aut 70.

[16] Cf. Aut 68-40.

[17] Cf. Aut 113-114.

[18] Cf. Aut 153-164.

[19] Cf. Aut 233.

[20] Cf. CPP, p. 5.

[21] Cf. Aut 678; EAE, p. 554, prop. 3.

[22] Cf. Aut 662-663.

[23] Cf. EAE, pp. 641-662.

[24] Cf. EAE, p. 666.

[25] Cf. Aut 86, 108, 610, 645; EAE, pp. 529, 538, 556.

[26] Cf. PGF 204. En su escudo episcopal, dibujado por él mismo, puso como símbolo la Eucaristía “por la fe y devoción que deseo tener al Santísimo Sacramento” (cf. Carta a una religiosa de Manresa: EC I, p. 413).

[27] Cf. Aut 36.

[28] Cf. Aut 86.

[29] Cf. Aut 110; Propósitos 1843, 4; 1850,10.

[30] Cf., por ejemplo, EAE, p. 538, prop. 10. A la Eucaristía le antecede una hora de oración mental y le sigue media de acción de gracias. Cf. también Aut 645; 754-756.

[31] Así lo dice en una ocasión: “Si queréis tener actividad para las obras de caridad, aumentad en vuestros corazones el fuego del amor divino por medio de la recepción del sacramento de la Eucaristía; el fuego hace fuego. Haced que este fuego prenda en vuestro corazón y se propague desde él a todas vuestras cosas, como se extiende el incendio en medio de un cañaveral” (Boletín de la Sociedad de San Vicente de Paúl en España, Madrid, tomo 4, 1859. pp. 20-24).

[32]Cf. Aut 694.

[33] Cf. Aut 129, 133, 359.

[34] Cf. los Propósitos de los años 1843, 1851, 1858, 1861-1869 (cf. EAE, pp. 528, 540, 553, 561-582).

[35] Se propone evitar las prisas y distracciones y hacerla meditando en los Misterios de la Pasión y del Rosario (cf. Propósitos de los años 1861-1869: EAE, pp. 561-582). En el Colegial detalla cómo hacer esta meditación(cf. Cl II, p. 185).

[36] Cf. EAE, pp. 529, prop. 4; 540, 553-554; Aut 637.

[37] Cf. Aut 765.

[38] Cf. Aut 766.

[39] Cf. CC 1865 II, 31, 33.

[40] Cl I, p. 136 ss.

[41]Diálogos y talentos, Madrid 1919, p. 21 ss; Cl I, pp. 133-141.

[42] Cf. Aut 356, 362.

[43] Por su confidente, el P. Clotet, sabemos que consideró de mayor necesidad la meditación, que la emprendió desde muy joven y que la conservó hasta la muerte. Alguna vez le oyó decir que Dios le librara de dejar la oración mental pues, si por desgracia ocurriese eso, se tendría por perdido (cf. J. CLOTET, Resumen de la admirable vida del Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio María Claret y Clará. Barcelona 1882, n. 297).

[44] Cl I, p. 59.

[45] En esta contemplación e imitación de Cristo, Claret realizó un proceso, pasando del encuentro personal a la imitación exterior; de la imitación exterior, a la vivencia de las actitudes interiores (cf. EAE, 568, Propósito n. 8), y de esta vivencia, a la transformación plena: vive en mí Cristo (cf. EAE, p. 651, Luces y gracias de 1869; p. 617 Notas espirituales de 1869-1870).

[46] Cf. Aut 227, 438 y 442. Que en la meditación se inflama el fuego del amor es un pensamiento repetido del P. Claret cuando habla de la oración: cf. PCle, p. 29; API, p. 30; Cl I, 97); Remedios contra los males de la época presente, Barcelona 1870, p. 18.

[47] Cf. Aut 42; 333; 538; Cl I, p. 259 ss.

[48] Cf. Aut 113, 132, 151, 637.

[49] Cf. Aut 114-119 y EAE, pp. 434-435, Doc III y VII. Cf. también PGF 198.

[50] Cf. Aut. 113-120, 226.

[51] Cf. Cl I, p. 240.

[52] Cf. Aut 351, 637, 646, 801.

[53] Cf. Aut 351; EAE, p. 529, prop. 4.

[54] Cf. Aut 742,746,782; EAE, pp. 562, prop. 6; 565, prop. 6; 567, prop. 7.

[55] Cf. Aut 801; EAE, pp. 569, prop. 7; 572, prop. 7; 574, prop. 7; 577, prop. 7; 582, prop. 8; 584, examen particular 1.

[56] Cf. Ejercicios, Barcelona, 1864, p. 460.

[57] Cf. Aut 610; 646; 654-663; 765; 801.

[58] Cf. CPP, p. 41.

[59] Lo que se dice de la oración del claretiano hay que entenderlo en clave personal o comunitaria, según la naturaleza de las cosas, y según lo expresamente indicado en los números de las Constituciones y el Directorio que se citan.

[60] Cf. PGF 213.

[61] El espíritu de oración es como una tonalidad interior del alma que facilita la misma oración y que acompaña a todas las demás actividades del apóstol.

[62] Cf. PC 6.8.

[63] Cf. Aut 136, 152, 169.

[64] Cf. Aut 354, 371, 487, 535 ss.

[65] Cf. Aut 427, 708.

[66] Cf. Aut 439; PGF 199-203.

[67] La configuración con Cristo para el Padre Fundador es más que su imitación; es llegar a tener sus mismos sentimientos y sus disposiciones interiores.

[68] Cf. Aut 264; CC 110; PGF 215.

[69] Cf. PC 6; PE 14; NEM, pp. 48-49.

[70] Cf. Dir 85; SC 56.

[71] MCH 60; cf. PGF 205.

[72]“[…] no se dejen llevar de la inquietud y contemplen, pidan y se entreguen del todo al que se les ha entregado del todo” (Cl II, p. 377).

[73] Cf. Aut 40; 767.

[74] Cf. CC 1857, 102; 104; CC 1865 II, 33; CC 1924 II, 33; 1VR 125; Dir 87.

[75] Cf. SC 84.86.

[76] Cf. Cl II, p. 187, 189.

[77] Cf. CC 1866, 24; Dir 85.

[78] Cf. SC 102; NEM, p. 47.

[79] Cf. SC 104.

[80] Para ver las razones de la inclusión de todos estos nombres puede verse: NPVM II, pp. 501-507. Sobre algunas prácticas de piedad tradicionales cf. Dir 88.

[81] Cf. Aut 270; EAE, pp. 413, 432; EE, p. 313.

[82] Cf. CMC, p. 9; NEM, pp. 51-52.

[83] Cf. Dir 87.

[84] El Directorio señala el mes de María y la novena al Corazón de María (cf. n. 88).

[85] Cf. Dir 89. El P. Claret también llegó a indicar este tiempo en alguna ocasión (cf. para los Misioneros CC 1865 II, 46; para los seglares EE, p. 82.

[86] Cf. PE 52; PGF 197-203.

[87] Cf. CC 1857 101, 106; Dir 90.

[88] Cf. Dir 90; cf. también Apéndice 8 de este manual.

[89] Cf. LG 11.

[90] Cf. Aut 86, 107, 644, 740, 780; EAE, p. 522, 532-533, 556, 560, 563, 566, 568, 571. 573, 576, 580, 583.

[91] Cf. CC 1857, 51; 1865, 39; 1971, 50; 1973, 59; VR 127; CPR 55; PGF 2208-209; NEM, pp. 52-53.

[92] Cf. PGF 216, 218.

[93] Cf. PGF 219.

[94] Cf. PGF 217.

[95] Cf. PGF 220.

[96] Cf. Apéndice 6.

[97] Santa Teresa decía que Dios no deja de llamar al hombre, sea con palabras que se oyen a gente buena, sea por medio de libros o de enfermedades, o sea por verdades que enseña en aquellos ratos en que estamos en oración (cf. Moradas, c.1 nn. 2-3).

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