Capítulo 13 Las virtudes propias del novicio

Capítulo 13: Las virtudes propias del novicio

Las Constituciones dicen que el novicio ha de ejercitarse en la práctica de una serie de virtudes “ante todo para poder responder a la propia vocación”[1]. Esta es la razón por la que encarecen a los novicios la vida de unión con Dios a través de las virtudes de la fe, la confianza, la humildad, la búsqueda de la voluntad de Dios, la rectitud de intención, la oración incesante y la fidelidad a la propia vocación[2]; y les instan a conseguir la unidad de la vida misionera y a poner por obra aquellas virtudes que son más apreciadas entre los hombres y que dan más credibilidad al discípulo de Cristo[3].

            Abordamos el tema de las virtudes en dos capítulos. En éste que estamos comenzando vamos a contemplar las virtudes propias del novicio en su específica situación formativa. En el siguiente, en cambio, estudiaremos las virtudes propias de todo misionero claretiano, también recomendadas al novicio para vivir su vocación misionera. La división en dos capítulos responde estrictamente a razones de orden pedagógico. Desarrollamos el presente capítulo en estos apartados:

I. LAS VIRTUDES DE LA FE, LA CONFIANZA Y LA HUMILDAD.

II. LA BÚSQUEDA DE LA VOLUNTAD DE DIOS Y LA FIDELIDAD A LA VOCACIÓN.

III. LA RECTITUD DE INTENCIÓN, LA ORACIÓN INCESANTE Y OTRAS VIRTUDES.

 I. LAS VIRTUDES DE LA FE, LA CONFIANZA Y LA HUMILDAD 

1. Fe viva

            La primera virtud que señalan las Constituciones a los novicios es la fe: los novicios “deben tener una fe viva”[4].

            La fe ayuda a entregarse entera y libremente a Dios. Es una adhesión personal a Dios en Cristo, por la fuerza del Espíritu. Todo comienza por el encuentro personal con Cristo viviente, que llama a su seguimiento. Este encuentro es real, aunque se realiza desde el plano sobrenatural o de la fe. Ahora bien, el seguimiento que Jesús propone no consiste sólo en guardar la fe y en vivir de ella, sino que implica también testimoniarla y difundirla. Es una vocación a estar con él y a asumir su obra de extensión del Evangelio en el mundo.

1.1. Modelos de fe viva para los novicios

            ¿Quiénes son para los novicios modelos de ese nuevo modo de vivir con Cristo y de seguirle, continuando su obra?: los profetas, los apóstoles y los mártires[5], a los que podemos añadir la figura ideal del misionero apostólico, en particular el P. Fundador.

            a. Los profetas. El misionero tiene que anunciar, como ellos, al mundo el designio de Dios y estimular a la conversión. Pero los profetas son, ante todo, hombres de fe, hombres que viven en estrecha comunión con Dios, que los llama y los envía. El misionero deberá ser también profeta por su fe, por el testimonio de su vida y por el anuncio fiel del mensaje de salvación.

            b. Los apóstoles. Nuestra respuesta en fe a la vocación lo es también al modo de los apóstoles. Seguimos a Jesús como ellos, en su compañía, en comunión de vida con él y con los otros llamados, comprometidos en una misión que es universal y que dura toda la vida.

            c. Los mártires. Con ellos compartimos una misma vocación a ser testigos de la fe en toda circunstancia, entregando la propia vida, incluso hasta el derramamiento de la sangre. El Martirologio está repleto de nombres preclaros, pero modelos particularmente queridos y cercanos para nosotros, en la Congregación, son nuestros hermanos mártires, especialmente los de Barbastro, ya beatificados[6].

            d. Los misioneros apostólicos. Otras muchas figuras han destacado por su celo apostólico. Todos estos modelos quedan concentrados en la figura ideal del misionero apostólico -el predicador de la divina palabra[7]-, al que su fe le mueve a abrazar con ánimo alegre la pobreza, la abnegación y todos los sacrificios con tal de poder dilatar el Reino de Cristo.

            Para nosotros, por supuesto, el modelo por antonomasia del misionero apostólico es nuestro mismo Fundador.

1.2. Vivencia de la fe durante el noviciado

            Durante el noviciado se hace perentorio pedir al Espíritu Santo el don de una fe viva para poder alcanzar la configuración plena con Jesús, el Misionero del Padre. Es preciso aprovechar el tiempo de oración y permanecer en silencio, escuchando como María la Palabra de Dios, que resuena en el corazón.

            El noviciado es, en cierto modo, un laboratorio de la fe vocacional[8], un lugar y una ocasión excepcionales para iniciarse, desde la fe, en la correspondencia a la llamada de Dios, cobrando sentido ya desde los comienzos la futura vida misionera.

            La fe ilumina los pensamientos para pensar al modo de Cristo; orienta los afectos para amar en la caridad de Cristo; se manifiesta en las palabras, ya sea cuando se ora, ya cuando se entra en relación con los demás; y da significación y calidad a todas las obras.

            Pero la fe inicial tiene que afianzarse. El novicio, que está comenzando a seguir a Jesús, experimenta las dudas y las dificultades, como el apóstol Pedro en el mar de Galilea (cf. Mt 14, 28-31); pero, si se afianza en la fe, con la ayuda poderosa de Jesús, saldrá a flote.

            La fe es aquella armadura de Dios de la que, según san Pablo, hemos de revestirnos para poder resistir al diablo y superar sus asechanzas (cf. Ef 6, 11). Con esta armadura de la fe quiere nuestro Padre Fundador que se cubran los novicios.

Las Constituciones les instan también a afianzarse profundamente en la fe, más aún, a vivir de la fe, especialmente cuando experimenten dudas en la fidelidad a su vocación[9]. A los novicios se les pide que, cuando sientan estas dudas, aprendan a vivir de la fe. Podrán superar sus dudas si saben alimentarse de la Palabra que sostiene la fe (cf. Rm 1, 17). Las verdades evangélicas, bien meditadas, serán para ellos como un escudo fortísimo que los hará invulnerables.

2. Confianza

            La vida de fe desemboca en una confianza evangélica que capacita para llegar a ser misioneros según Jesús[10]. De una fe viva nace una gran confianza, porque la fe nos descubre los fundamentos en los que la confianza se apoya, a saber, el poder infinito de Dios, su bondad de Padre, su sabiduría, su fidelidad[11].

            La vida de consagración que abrazamos al profesar y la misión que recibimos conllevan una grave responsabilidad que supera nuestra limitada capacidad humana. No bastan las cualidades humanas, por muchas que se tengan, ni es suficiente contar con un natural optimismo psicológico. Se requiere una fuerza superior, que hay que pedir incesantemente a Dios. Por eso antes se ha hablado de la fe.

            Por otra parte, el descubrimiento de las propias limitaciones no debe constituir un obstáculo infranqueable ni asustar demasiado a nadie; su reconocimiento, incluso, puede ser ya una gracia, que ayuda a confiar en Dios y a apoyarse en él.

2.1. Las tentaciones contra la confianza

            Las Constituciones salen al paso de los sentimientos de desconfianza que pueden abrumar a los que se inician en la vida religiosa, animando a los novicios a que tengan “gran confianza en Dios, esperando de él la aptitud para cumplir bien la misión (cf. Flp 1, 6)”[12].

            En la historia de nuestra Congregación son numerosos los casos que confirman plenamente esta verdad.

            El novicio puede experimentar concretamente tentaciones de desconfianza en relación con la falta de[13]:

• salud, o el temor de que no se tendrán las fuerzas suficientes para realizar el apostolado;

• ciencia y de otras cualidades, cuya ausencia desprestigia al evangelizador,

• la virtud requerida, o el desaliento por la propia fragilidad humana y su difícil superación.

            Se sentirá tentado a abandonar la vocación quien se deje llevar de sentimientos negativos, de pesimismo o de frustración, ante tamaña empresa apostólica y a la vista de sus débiles fuerzas. Se sentirá triste[14], angustiado, preocupado…, olvidando que su fuerza y su poder es el Señor.

2.2. Medios para combatir las tentaciones contra la confianza[15]

            a. La oración. En el asiduo e íntimo trato con el Señor crecerá en los novicios la confianza y se sentirán más seguros para abrazar la vocación y para responder a ella.

            b. La renovación de la conciencia vocacional. Dios nos ha llamado por pura bondad suya. En los momentos de desconfianza, pues, hay que recordar que él está en el origen de nuestra vocación y que él nos dará, por consiguiente, su gracia para llevar a cabo la misión que nos confía.

            c. La interiorización de los motivos de confianza. Meditar especialmente la Palabra de Dios sobre su modo de actuar con los escogidos.

            d. La colaboración personal. Los novicios deben comprometerse con su propio esfuerzo en la correspondencia a la gracia vocacional para poder superar los obstáculos. Deben, pues, estar dispuestos a contribuir con su trabajo y con todas sus energías al don de la vocación recibida.

            e. Por último -además de lo dicho anteriormente-, conviene acudir al P. maestro o al confesor, según los casos, en los apuros, en las tentaciones, en las angustias y en los momentos de tristeza. 

3. Humildad evangélica

            Las Constituciones piden a los novicios que “guarden la vocación misionera con humildad evangélica”[16]. Después de la fe y de la confianza, la humildad. Pero, según como se considere, es la primera, pues es el fundamento de todas las demás virtudes.

3.1. La humildad, fundamento de todas las virtudes

            El P. Fundador, en la Autobiografía, nos narra su propia experiencia espiritual en la adquisición de la virtud de la humildad. Resulta interesante ver allí la explicación que él ofrece -a través de la alegoría de la fragua- de cómo el Señor le hizo entrar y crecer en la humildad[17].

            Nuestro Fundador cayó pronto en la cuenta, en efecto, de la importancia de esta virtud de la humildad:

            “Para adquirir las virtudes necesarias que había de tener para ser un verdadero Misionero apostólico conocí que había de empezar por la humildad, que consideraba como el fundamento de todas las virtudes”[18].

            La vocación misionera, por su proyección testimonial, requiere el revestimiento de muchas virtudes. Fundamento de las mismas o punto de partida es la humildad: lo primero que tenemos que hacer es reconocer que nos faltan; y, luego, trabajar con empeño en conseguirlas, contando siempre con la ayuda del Señor.

3.2. Consistencia de la verdadera humildad

            En nuestro mismo Fundador encontramos las palabras adecuadas acerca de la naturaleza de la humildad:

            “Conocí que en esto consiste la virtud de la humildad, esto es, en conocer que soy nada, que nada puedo sino pecar, que estoy pendiente de Dios en todo, ser conservación, movimiento, gracia, y estoy contentísimo de esta dependencia de Dios, y prefiero estar en Dios que en mí mismo.

            Ya desde un principio conocí que […] de nada me he de gloriar ni envanecer, porque de mí nada soy, nada tengo, nada valgo, nada puedo ni nada hago. Soy como la sierra en manos del aserrador”[19].

            Ahora bien, la verdadera humildad, que consiste en saberse dependientes de Dios y en ser reconocedores de la propia inconsistencia, no impide, sin embargo, el reconocimiento y la valoración de los propios dones, que han de ponerse al servicio de la comunidad y de la misión. Ambas razones aparecían en el texto constitucional de 1924, en las recomendaciones que se hacían a los probandos[20].

3.3. Motivos para el cultivo de la humildad

            La humildad tiene su más honda motivación en relación con Dios mismo, esto es, en la persuasión personal de que de él procede todo lo que tenemos y hemos recibido. Pero hay, además, otra motivación en relación con el prójimo, que se manifiesta en la convivencia fraterna[21].

            Y existe todavía una tercera motivación importante para vivir la humildad evangélica: el ejemplo y la voluntad de Jesús. Él se nos muestra con talante humilde y quiere que los misioneros seamos también humildes. Esta convicción es la que animaba a nuestro Padre Fundador a imitar a Jesucristo en la práctica de la humildad[22].

3.4. Medios para conseguir la humildad

• El primer medio es la oración de súplica: pedir la humildad en nombre de Jesús.

• El segundo es la oración de contemplación: Claret contemplaba continuamente a Jesús (en el pesebre, en el taller, en la predicación del Evangelio, en el Calvario…)[23].

• El tercero es la meditación: meditar principalmente las palabras de Jesús sobre la humildad; meditar el sentido de la humildad en sus acciones, en su manera de comportarse con los Doce y en su manera de cumplir la misión.

• El cuarto es realizar prácticas de humildad: no basta el convencimiento teórico. Se precisa pasar a las obras.

            En el pasado, solían darse sugerencias prácticas para el fomento de la humildad[24]. En la actualidad, las Constituciones siguen manteniendo la invitación a realizar algunas prácticas de humildad, virtud “muy necesaria a los ministros del evangelio”[25]. En el capítulo consagrado a los novicios y su maestro, las Constituciones, al hablar de la humildad, no mencionan los pormenores de las prácticas de antaño. Desde una visión más positiva de esta virtud, instan a los novicios a reconocer el origen divino de todos los dones que poseen y a hacerlos fructificar para que sirvan a todos los hombres[26].

            Se puede apelar al buen sentido de los novicios para que aprovechen aquellas ocasiones ordinarias de la vida en que la humildad puede ejercitarse, y también a su creatividad para adoptar los medios que puedan contribuir al cultivo de este espíritu de humildad. Cuenten, obviamente, con el parecer del maestro. Indicamos, como ejemplo, los siguientes medios:

• Fomento de una sana y equilibrada autoestima, reconociendo con sencillez los propios talentos y rechazando, por el contrario, lo que signifique sobrestimación o valoración exagerada de sí mismo.

• Sereno reconocimiento de las propias limitaciones y una actitud positiva de autocrítica.

• Cultivo de la confianza en Dios en medio de las tentaciones, caídas, desconsuelos, sequedades y oscuridades de espíritu que se atraviesen.

• Aceptación de la corrección fraterna.

• Disponibilidad para echar una mano a los demás, especialmente a los enfermos, a los pobres y a los necesitados.

• Adelantarse para realizar algunos servicios domésticos, sea de limpieza, sea de organización.
 

II. LA BÚSQUEDA DE LA VOLUNTAD DE DIOS Y LA FIDELIDAD A LA VOCACIÓN

1. La búsqueda de la voluntad de Dios

            El misionero es un enviado. Actúa en subordinación a la misión. Vive bajo obediencia. Para el claretiano, además, la obediencia es un consejo evangélico por el que se consagra públicamente con voto religioso.

            El novicio claretiano se inicia, por tanto, en la vivencia de este consejo evangélico, la obediencia, que en nuestra Congregación reviste un marcado carácter misionero, y que le afecta especialmente en su actual situación de discernimiento vocacional[27].

1.1. El discernimiento de la voluntad de Dios acerca de la vocación

            Durante el noviciado la obediencia consiste, ante todo, en una búsqueda de la voluntad de Dios, esto es, en un discernir la llamada divina a vivir la propia vocación cristiana.

            El proceso de discernimiento, iniciado con anterioridad al ingreso en el noviciado, se continúa ahora en orden a comprobar con mayor seguridad si uno ha sido verdaderamente llamado por Dios a la Congregación. Una vez realizado el discernimiento y alcanzado el convencimiento de esta llamada, hay que esforzarse por corresponder a ella: comienza entonces a vivirse la obediencia evangélica –de igual manera que los otros valores específicos de la vida religiosa- con las características propias de esta forma de vida en la Iglesia.

1.2. Una obediencia evangélica perfecta (en fe y amor)

            La obediencia evangélica no es una mera resignación a los imperativos de quien ejerce el mando. No es un sometimiento ciego a la autoridad, ni carente de diálogo. Es, más bien, una aceptación madura, consciente y realizada por amor (en fe y amor).

            Las Constituciones son concisas cuando hablan a los novicios acerca de la obediencia. Su lenguaje es muy claro, recomendando la docilidad al Espíritu y apelando a una cooperación sin reservas, en referencia a las mediaciones humanas. En efecto, hablan de:

• Docilidad al Espíritu Santo: los novicios en la búsqueda de la voluntad de Dios tienen que ser “dóciles al Espíritu Santo”[28], porque sólo el Espíritu les permitirá interpretar adecuadamente los signos misteriosos de Dios, a su modo y no al de los hombres.

• Cooperación responsable con las mediaciones humanas: en la búsqueda de la voluntad de Dios, los novicios deben aprender a someterse a las concretas mediaciones humanas en la vida comunitaria. Las Constituciones, que instan a todos los claretianos a una colaboración en la búsqueda y en el cumplimiento de la voluntad divina mediante la oración, el consejo y el dialogo fraterno[29], invitan también a los novicios a la aceptación de las mediaciones en esa búsqueda de la voluntad de Dios. Les exhortan a que cooperen responsablemente con el maestro y con los superiores y a que acojan sus decisiones en fe y amor[30].

 2. Fidelidad a la vocación

            Dicen las Constituciones:

            “Estimen grandemente los novicios la vocación misionera y continúen el proceso de discernimiento para ver si son llamados verdaderamente a la Congregación. Una vez convencidos de este llamamiento, esfuércense por responder con su propia fidelidad a la fidelidad de Dios con espíritu alegre y generoso”[31]

            La fidelidad a la vocación comporta[32]:

• la valoración de su grandeza, prosiguiendo el discernimiento de la misma;

• el agradecimiento por el don recibido de Dios y el esfuerzo por corresponder al mismo;

• y el combate de las tentaciones que surjan contra la vocación.

2.1. Valoración de la grandeza de la vocación

            Es objetivo imprescindible del noviciado proseguir el proceso de discernimiento vocacional, iniciado con anterioridad. A través del mismo se llega a reconocer la grandeza de la vocación misionera y, con espíritu agradecido, se responde fielmente a ella.

            Nuestra vocación religiosa y apostólica, ¿merece, realmente, tal estima? El Padre Fundador estaba convencido de ello. Consideraba la vocación y el ministerio apostólicos como una participación en el ministerio salvador de Jesucristo[33]. El aprecio que san Antonio María Claret sentía por su propia vocación y por la de los miembros de la Congregación que consagraban su vida al apostolado misionero, queda patente en una entrañable carta enviada al P. Xifré, en la que se expresaba en los siguientes términos:

            “Yo tengo tanto cariño a los Sacerdotes que se dedican a las Misiones que les daría mi sangre y mi vida, yo les levaría [sic] y besaría mil veces los pies, yo les haría la cama, les guisaría la comida, y me quitaría el bocado, para que ellos comiesen, les quiero tanto, que de amor me vuelvo loco por ellos, ni sé lo que haría por ellos: cuando considero que ellos trabajan para que Dios sea más y más conocido y amado; y para que las almas se salven y no se condenen, yo no sé lo que siento… ahora mismo que esto escrivo [sic], he tenido que dejar la pluma para acudir a mis ojos… ¡Oh Hijos del Ynmaculado [sic] Corazón de mi queridísima Madre Madre! [sic] …, quiero escriviros [sic] y no puedo por tener los ojos rasados en lágrimas. Predicad y rogad por mí”[34].

2.2. Actitud agradecida y correspondencia continua

            A la toma de conciencia del don recibido debe seguirse, lógicamente, un sentimiento agradecido por parte del llamado y una actitud de esfuerzo sin regateo. Esta gratitud es una disposición en la que florece la perseverancia hasta la muerte[35].

            La respuesta a la vocación debe ser continua, esto es, debe darse cada día. Dios es fiel en su llamada y espera una fidelidad también constante, prolongada a lo largo de toda la existencia, con generosidad y con gozo.

2.3. La lucha contra las tentaciones

            Recordemos algunas circunstancias que pueden darse durante el noviciado, representando un serio peligro o escollo para la vocación:

• El mantenimiento injustificado de ciertas relaciones con el mundo exterior al noviciado: se hace necesaria la ruptura –o, al menos, el contacto comedido- con determinados ambientes, situaciones, personas, etc. del mundo exterior. La nueva situación en la que el novicio se encuentra requiere el adecuado distanciamiento que le salvaguarde de distracciones innecesarias y le garantice poder centrarse en lo único necesario en este momento de su formación[36].

• El amor desordenado de sí mismos: condición en el seguimiento del Señor Jesús es la renuncia a uno mismo. El amor desordenado de sí mismo es causa de continuas tentaciones a un proyecto vocacional basado en el olvido e inmolación del propio yo.

• Fuente, asimismo, de tentaciones contra la vocación puede ser el trato y amistad con algunas personas que no se hallan centradas y felices en su propia vocación. En cualquier caso, los jóvenes deberán aprender a hacer uso de su propio juicio crítico y a evaluar abiertamente en conversación con su maestro la influencia que pueda ejercer sobre ellos este contacto.

III. LA RECTITUD DE INTENCIÓN, LA ORACIÓN INCESANTE Y OTRAS VIRTUDES

1. Rectitud de intención

            Obrar con rectitud de intención[37] quiere decir actuar de manera recta, con buen deseo, en conformidad con la voluntad de Dios, con una motivación adecuada…

1.1. Tres tipos de intención en el obrar

            La intención que una persona se proponga en sus actos puede ser de tres clases: recta, mala e imperfecta[38].

• Será recta, cuando uno se propone en sus actos la sola gloria de Dios, agradarle, obrar por su amor.

• Será mala, cuando se propone un fin desordenado, como la vanidad personal, la vana estimación de los hombres, el respeto humano…; en una palabra, la satisfacción del amor propio en cualquiera de sus manifestaciones.

• Será imperfecta, cuando con el fin principal de la gloria de Dios se mezcla también el amor propio.

1.2. El motivo de nuestro obrar como claretianos

            La vocación claretiana se vive congregacionalmente, esto es, en comunión de vida y de misión con otros que han sido también llamados por Dios y que están animados del mismo espíritu. Ahora bien, una congregación es una sociedad y, en cuanto tal, define cuál es su objeto, cuáles son sus fines. Así, nuestras Constituciones recogen claramente cuál es la finalidad –o triple objeto- de nuestro instituto:

            “El objeto de nuestra Congregación es buscar en todo la gloria de Dios, la santificación de sus miembros y la salvación de los hombres de todo el mundo, según nuestro carisma misionero en la Iglesia”[39].

            Este triple objeto de la Congregación deberá presidir la actuación de todo claretiano y también el de los novicios. Éstos tendrán rectitud de intención, en concreto, cuando la razón o motivo de su actuar sea justamente el indicado por ese triple objeto. Las Constituciones aluden explícitamente al primer objeto cuando exhortan a los novicios a que “procuren en todo la gloria de Dios como su razón de obrar, ya se dediquen al estudio, coman o se recreen, ya hagan otra cosa cualquiera”[40].

            A los otros dos objetos (la santificación propia y la salvación de los hombres), hacen referencia implícita pero igualmente inequívoca a lo largo de ese capítulo X, dedicado expresamente a ellos y su maestro[41].

1.3. Dificultades para vivir la recta intención. Maneras de practicarla

            Las intenciones desordenadas (inadecuadas, imperfectas, etc., muchas veces inconscientes) que acechan a los novicios son, en general: la vana estimación de sí mismos, la propia complacencia y los respetos humanos.

            El novicio puede sentirse tentado inconscientemente por el fariseísmo, que consiste en pretender aparecer como perfecto sin serlo. El Señor nos previene y nos advierte:

            “Guardaos de hacer vuestras buenas obras delante de los hombres con el fin de ser vistos por ellos; si así lo hacéis, no esperéis recompensa alguna de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6, 1). 

            Para formarse de una manera práctica en la rectitud de intención, se aconseja:

• ofrecer, ya desde la mañana, todas nuestra acciones a Dios, renovando “cada día el propósito de adelantar en el camino del Señor”[42];

• renovar este ofrecimiento en todas y cada una de las obras que se practican: “Hagan todas las cosas con recta intención y con verdadero fervor de espíritu”[43];

• y remover las motivaciones que la falsean, mediante una vigilancia y revisión personal continua; 

2. Oración incesante

2.1. La vida de oración

            Las Constituciones exhortan a los novicios a que “cultiven la oración incesantemente y sin tibieza. De este modo –dicen-, saldrán con provecho del año de noviciado”[44].

            En el noviciado, además de la oración personal, existen diversos actos comunitarios de piedad. Lo que verdaderamente interesa es que los novicios no los realicen por rutina, cumpliendo sólo una normativa establecida. Lo que se requiere es que esos actos de piedad sean realizados con espíritu. Es preciso que sean expresión de una vida espiritual profunda y medio al mismo tiempo para fomentarla.

            Pero no bastan los rezos y los actos piadosos, sean estos comunitarios o individuales. Por eso se les anima a que cultiven una oración incesante. Una oración incesante es sinónimo de una oración a través de la vida entera (vida de oración, oración continuada, etc.), que podría cifrarse en los siguientes rasgos:

• afianzamiento en la práctica de la oración entendida como trato amistoso con Dios;

• adquisición del hábito de la oración en todo momento y en todas partes, conforme a la advertencia de Jesucristo de que es menester orar siempre y sin desfallecer (cf. Lc 18,1);

• ejercicio de la presencia de Dios;

• oración que llegue a ser en los novicios como la respiración del alma: una necesidad vital[45];

• oración que se asemeje a la deMaría, que guardaba y meditaba todo en su corazón (cf. Lc 2, 19).

2.2. Orientaciones sobre la oración del novicio

            En coherencia con lo que acabamos de decir acerca de la vida de oración incesante, podríamos recomendar los siguientes tipos, formas y métodos de oración[46]:

• aquellos que tienden a fomentar el encuentro personal con el Señor y la aceptación personal de María como Madre;

• los que favorecen, en ambiente de silencio, la toma de conciencia de uno mismo y la escucha de la Palabra del Señor, para que penetre en el corazón;

• la meditación, para que se vaya modificando la propia mentalidad según los pensamientos de Dios; para ir entendiendo y planteando la propia existencia en clave de consagración religiosa;

• los que fortalecen la voluntad;

• los que encienden el celo apostólico, como los del Padre Fundador en el noviciado[47]. La oración del novicio y del formando, en general, debe ser una oración con neta impronta misionera[48];

•y, por último, los que inician en la oración litúrgica, animada por una viva conciencia eclesial.

2.3. El silencio como condición para la vida de oración y para la consecución de ciertos valores en el noviciado

            “El silencio tiene una importancia especial en nuestra vida misionera”, afirma nuestro Directorio[49]. En la vida religiosa, el silencio no es simplemente una medida disciplinar, o una forma de mortificación, o un ejercicio de voluntarismo, o la mera ausencia de palabras y de contactos humanos…, sino el ambiente que permite el desarrollo de las actitudes fundamentales de la persona: el amor, la justicia, la paz, la sabiduría, el encuentro interpersonal y también el ejercicio de la oración. Por eso su apremiante recomendación:

            “Los maestros espirituales insisten sobre la necesidad de preparar la oración con una vida ordenada, un corazón puro y un esfuerzo por alejarnos del ruido y de las distracciones que nos rodean. Sólo así podremos crear en nuestro corazón el espacio de silencio necesario para acoger la Palabra de Dios y dejarnos transformar por ella”[50].

No extraña, por tanto, que el silencio haya sido recomendado y cultivado con empeño en nuestra tradición congregacional, principalmente en los noviciados[51].

            Actualmente, el silencio continúa teniendo valor y sigue respondiendo a la motivación arriba apuntada. Pero su observancia no viene siendo requerida con el mismo apremio que antes. Hoy día el acento recae sobre otros valores asimismo importantes, como son la familiaridad y espontaneidad en el trato cotidiano, la comunicación interpersonal, etc. Por eso se fomenta más bien el diálogo en la mesa común y el intercambio o las relaciones fraternas en otros ámbitos de la comunidad. Por tanto, cuando se recomienda el silencio, se hace desde un planteamiento nuevo, distinto de aquel de antaño, que era preponderantemente ascético. Así, dicen las Constituciones:

            “Tengan los Misioneros algún tiempo para sí mismos y puedan también disfrutar de la conveniente recreación, de silencio y de descanso”[52].

3. La práctica de otras virtudes

            Los novicios intentarán conseguir la vida de unión con Dios también a través de la práctica de otras virtudes[53].

            Las Constituciones dicen que el maestro inculque en los novicios aquellas virtudes que son más apreciadas entre los hombres y que dan más credibilidad al discípulo de Cristo[54]. No es el caso de bajar a la pormenorización detallada de cada una de esas virtudes. Es claro que no son pocas y repercuten siempre en la calidad del testimonio que ofrece el verdadero discípulo de Cristo tanto a los de casa como a las personas con quienes se relaciona. El Concilio Vaticano II en su decreto sobre la formación sacerdotal[55] presentaba un elenco de virtudes que son recomendables también a los novicios: ecuanimidad, prudencia, capacidad de decisión, rectitud de juicio, dominio del propio carácter, reciedumbre de espíritu, sinceridad, preocupación constante por la justicia, fidelidad a la palabra dada, buena educación, moderación en el hablar y vida formativa disciplinada.

            Nuestros documentos congregacionales se han venido haciendo eco de esta doctrina conciliar, subrayando el valor de dichas virtudes humanas, especialmente en el ámbito comunitario y en el ejercicio del apostolado[56]. Las Constituciones aluden sólo, y de manera muy sintética, a la madurez de juicio y a la firmeza de carácter, que han ir desarrollándose en la vida de los novicios conforme a la peculiaridad de cada uno[57].

4. Conclusión. La unidad de la vida misionera

            El capítulo sobre las virtudes del novicio claretiano no puede concluir sin que hablemos de lo que el texto constitucional denomina la unidad de la vida misionera[58]. Ésta no se reduce a la simple práctica de una virtud específica. No es una sola virtud, sino más bien la vivencia armoniosa del conjunto de las virtudes; la equilibrada vivencia de la unión con Dios en medio de las actividades ordinarias y del mismo apostolado que se realice.

            Se le apremia al maestro a que “procure que los novicios lleguen a conseguir aquella unidad de la vida misionera en virtud de la cual quedan perfectamente integrados el espíritu de unión con Dios y la acción apostólica”[59].

            Esta integración o unidad personal, llamada unidad de la vida misionera, es una realidad densa y compleja, y hoy día se hace más necesaria que nunca[60]. Dada su importancia, se abordará expresamente su estudio en el capítulo 15 de este manual. A él nos remitimos.



[1] CC 62.

[2] Cf. CC 62-66.

[3] Cf. CC 68. Ya el mismo P. Fundador en su Reglamento…, afirmaba que “nada importa tanto a los Misioneros, nada les es tan esencial, como el adorno de todas las virtudes” (n. 15).

[4] CC 62. Caracteriza la viveza de la fe que ésta sea firme, vigorosa, ardiente, robusta, no lánguida y mortecina: cf. NI, p. 274; cf. también NPVM III, pp. 214 ss.

[5] Cf. CC 62. Pueden encontrarse modelos de fe viva en las figuras de los profetas y de los apóstoles cuya vocación se relata en este mismo Manual, en el capítulo referente a la experiencia vocacional en la Biblia.

[6] De ellos hablaba con particular encomio el P. A. Bocos, General de la Congregación, en su Carta Circular: VMTM 13; también el PGF 137.

[7] En la Autobiografía, nuestro Fundador nos relata la ejemplaridad de predicadores apostólicos de gran talla: Juan de Ávila, Luis de Granada, Diego J. de Cádiz (cf. Aut 228-232).

[8] El Padre Fundador decía: “El Divino Maestro predicó muchas veces de ella [de la fe] a los que había elegido para este cargo, y los reprendió fuertemente cuando los vio vacilar en ella; por eso los probandos de nuestra Congregación deben fijar con frecuencia su entendimiento en la fe, pedirla a Dios con instancia y acogerse a ella cuando se vieren combatidos por el demonio, por el mundo o por la carne” (CC 1870 I, 83).

[9] Cf. CC 62.

[10] Cf. NPVM III, pp. 233 ss.

[11] “Preveía el santo Fundador las dificultades de que […] el novicio había de encontrar erizado su camino […]. Contra todas ellas quiere que se prevenga con una gran confianza en Dios que hace brillar su omnipotencia, valiéndose de instrumentos inútiles, y aun malos, para obrar cosas grandes de su divina gloria” (NI, p. 279).

[12] CC 63; cf. CC 1924 I, 106.

[13] Cf. CC 1924, ibid; cf. NI, pp. 281-282.

[14] Una especial fuente de tentaciones contra la vocación es la tristeza, de la que dice el P. Xifré que es el mayor enemigo del misionero. Cf. EsC 71-72; cf. J. M.ª PALACIOS, Notas históricas sobre la formación en la Congregación, Prefectura General de Formación, Roma 1997, pp. 46 ss.

[15] El 1º, 2º y 4º medios aquí señalados son recomendados por el P. Xifré: cf. J. M.ª PALACIOS, o. c., p. 51.

[16] CC 64. Cf. NPVM III, pp. 247 ss.

[17] Cf. Aut 342.

[18] Aut 341.

[19] Aut 347-348.

[20] Cf. CC 1924, I, 107.

[21] Ambas motivaciones aparecían en el texto constitucional de 1924, en las recomendaciones que se hacían a los probandos: cf. CC 1924, I, 107.

[22] “Procuraba imitar a Jesús, que a mí y a todos nos dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Aut 356).

[23] Cf. ibid.

[24] Cf. NI, pp. 290-294 y CC 1924, II, 13.

[25] CC 41. En el capítulo siguiente se comentará el contenido de este número de las Constituciones. Cf. asimismo PGF 81-83.

[26] Cf. CC 64.

[27] Cf. NPVM III, pp. 264 ss.

[28] CC 65.

[29] Cf. CC 29.

[30] Cf. CC 65.

[31] CC 67.

[32] Cf. NPVM III, pp. 306 ss. y NI, pp. 322-331.

[33] Cf. CMT 1, 2: EE, p. 343.

[34] Carta al P. Xifré, desde La Granja, el 20 de agosto [de 1861]: EC II, p. 352.

[35] Exponente de ese espíritu agradecido a Dios, origen último de toda vocación, es la jaculatoria dirigida a María, Madre y mediadora de nuestra vocación misionera, que comenzaba así: Gracias os doy, oh Madre…

[36] El PGF recomienda el siguiente medio para facilitar un clima de desierto y de ruptura, propio del noviciado: “Aprovechamiento de las condiciones que se derivan de la ubicación del noviciado; uso crítico y moderado de los medios de comunicación social (radio, TV, prensa); moderación en la relación externa con familiares y amigos; acciones que favorezcan el desprendimiento y la disponibilidad” (PGF 357).

[37] Cf. NPVM III, pp. 284 ss.

[38] Cf. NI, pp. 305-306.

[39] CC 2.

[40] CC 66, que hace referencia a 1Co 10, 31.

[41] Cf. CC 61-71.

[42] CC 52.

[43] CC ibid. En las Constituciones antiguas se aconsejaba renovar la rectitud de intención a cada hora al saludar a la Virgen y al hacer la comunión espiritual (cf. CC 1924 II, 32).

[44] CC 66. “Lo que nunca han de olvidar los Misioneros probandos, lo que ante todo ha de llamar su atención, y lo que deben practicar incesantemente sin flojedad ni tibieza, es la oración” (CC 1924, II, 110; cf. NPVM III, pp. 291 ss. y PGF 213-220).

[45] Por lo que se refiere a la necesidad de la oración en el noviciado son muy adecuadas estas palabras de nuestro santo Fundador: “Si quieres adelantar en el camino del espíritu y no dejarte arrastrar de la corriente de las pasiones, seas hombre de oración […]. Si quieres que tu entendimiento quede lleno de santos pensamientos y tu corazón de grandes y eficaces deseos de perfección y de fervorosos afectos de devoción, seas hombre de oración […]. Si quieres extirpar todos los vicios y adquirir todas las virtudes, seas hombre de oración. Finalmente, si quieres subir a la contemplación y a la mayor unión con Dios, seas hombre de oración” (CLARET, Diálogos sobre la oración, EE, p. 96).

[46] Cf. Apéndice 6 sobre los tipos, formas y métodos de oración.

[47] “Yo me ofrecía todo a Dios sin reserva, yo pensaba y discurría qué haría para el bien de mis prójimos, y ya que no llegaba el tiempo de trabajar me empleaba en orar” (Aut 153; cf. 154-164).

[48] Cf. PGF 215.

[49] Dir 151.

[50] PGF 217; cf. SP 21.3.

[51] Cf. CC 1924, II, 36 y NI, pp. 363-365.

[52] CC 57.

[53] Cf. NPVM III, p. 340.

[54] Cf. CC 68.

[55] Cf. OT 11.

[56] Cf. 1F 30 y PGF 356.

[57] Cf. CC 68.

[58] Cf. CC ibid.

[59] CC ibid.; cf. RC 5. 31.

[60] “Esta unidad de vida se hace más necesaria en un mundo caracterizado por la fragmentación. No es, en primer lugar, el resultado de una ascesis cuanto el fruto de una experiencia de Dios que se revela en la Escritura, en la oración, en los sacramentos y también en los avatares de la historia, particularmente en las situaciones de los más pobres” (NPVM III, p. 341).

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