Capítulo 14 Las virtudes del misionero claretiano

 

Capítulo 14

 

Las virtudes del misionero claretiano

Además de las virtudes pedidas expresamente a los novicios para que puedan responder a la propia vocación, que se han presentado en el capítulo precedente, el proyecto de vida de los claretianos, recogido fundamentalmente en su texto constitucional, propone también una serie de virtudes[1] en las que el novicio deberá iniciarse y ejercitarse, de suerte que pueda un día abrazar ese proyecto mediante la profesión religiosa y vivir así con mayor plenitud su propia vocación.

            En este capítulo vamos a ver cuáles son esas virtudes propias de todo claretiano. Lo desarrollamos en dos partes:

I. LAS VIRTUDES QUE IDENTIFICAN AL MISIONERO CON CRISTO EVANGELIZADOR.

II. EL PROGRESO HACIA LA PLENA MADUREZ EN CRISTO.

I. LAS VIRTUDES QUE IDENTIFICAN AL MISIONERO CON CRISTO EVANGELIZADOR

            El Padre Fundador dice que “el misionero apostólico debe ser el dechado de todas las virtudes; ha de ser la misma virtud personificada”[2]. Y expone en sendos capítulos de su Autobiografía las virtudes que están vinculadas de una u otra manera a la vocación y a la misión: la humildad, la pobreza[3], la mansedumbre, la modestia, la mortificación (a la que dedica dos capítulos) y el amor a Dios y al prójimo[4].

            El misionero claretiano ha de estar revestido de un conjunto de virtudes, a imitación del primer misionero, Jesucristo. Alcanza su identificación o configuración con Cristo no solamente por medio de los consejos evangélicos -los votos- sino también por medio de otras virtudes[5].

            Exponemos seguidamente esas virtudes, según el texto constitucional.

1. La caridad apostólica

            Es un hecho significativo que san Antonio María Claret tomara como lema de su escudo arzobispal la frase paulina La caridad de Cristo nos urge. Esta caridad le urgía en forma de celo apostólico. Se identificaba con el evangelizador lleno de ese celo y se retrataba a sí mismo cuando definía al misionero como “un hombre que arde en caridad y abrasa por donde pasa”[6]. Este fuego-amor nacía de la unción profética del Espíritu[7]. Y él lo conservaba y aumentaba con la meditación-contemplación y con el mismo ejercicio de la predicación.

            Para nosotros, la caridad apostólica es la primera y más necesaria virtud[8].

1. 1. Primacía de la caridad para el misionero

            Hablando a sus misioneros, dice el Fundador:

            “La virtud más necesaria es el amor. Sí, lo digo, y lo diré mil veces: la virtud que más necesita un misionero apostólico es el amor. Debe amar a Dios, a Jesucristo, a María Santísima y a los prójimos. Si no tiene este amor, todas sus bellas dotes serán inútiles; pero si tiene grande amor con las dotes naturales, lo tiene todo”[9].

 

            Las Constituciones, inspiradas en el pensamiento del Fundador, no han dudado en afirmar que “la caridad apostólica es la virtud más necesaria al misionero. De tal modo que, si carece de ella, será como una campana que suena o un címbalo que retiñe”[10], según la conocida comparación del apóstol san Pablo (1Co 13, 1).

1.2. Medios para adquirir la caridad apostólica

            El Padre Fundador señala varios medios para adquirir el amor apostólico[11]. De entre todos ellos merecen destacarse los siguientes:

            a. La meditación: la meditación, realizada con fe, estimula la caridad, la hace arder más y abrasar, y la convierte en llama de celo apostólico[12].

            b. La Eucaristía: si la meditación es un medio para encenderse en celo apostólico, la Eucaristía es el horno mismo de fuego. De la Eucaristía arranca el mayor impulso misionero, como fuego arrollador. Claret notó esa fuerza cuando, a raíz de la gracia mística de la conservación de las especies sacramentales, experimentó en sí mismo un gran dinamismo apostólico[13].

            c. La intercesión de María, Madre de caridad: los Hechos de los Apóstoles nos presentan a María, la Madre de Jesús, orando con los Doce para obtener el bautismo de fuego para evangelizar a todo el mundo. En cuanto misioneros, podemos implorar la intercesión de María para alcanzar el don del verdadero amor de caridad y del celo apostólico, como lo hacía nuestro Fundador[14]. Convencidos de que su presencia en nuestra vida reviste la categoría de una experiencia carismática peculiar[15], podemos y debemos contar con ella –Corazón y fragua ardiente de amor-, para llegar a convertirnos en hombres de fuego apostólico, que arden en caridad y que abrasan por donde pasan…, en conformidad con la definición del misionero[16].

2. La humildad apostólica

            De la humildad hemos hablado en el capítulo anterior. Hemos dicho que, según nuestro Fundador[17], ella es el fundamento de todas las virtudes; nos hemos preguntado en qué consiste, cuáles son sus motivaciones y cuáles los medios para conseguirla. Volvemos a mencionarla en este capítulo porque figura entre las virtudes recomendadas también a todos los misioneros claretianos[18]. Añadimos ahora un dato interesante: nuestro Padre Fundador tenía en tan gran estima esta virtud que llevó examen particular sobre ella durante 15 años, examinándose dos veces cada día[19].

            Las Constituciones nos proponen algunos modos de ejercitar la humildad:

• reconocer los dones de Dios y hacerlos fructificar;

• recordar los pecados y defectos;

• reconocer íntimamente la propia dependencia de Dios;

• expresar este conocimiento en el modo de actuar y en las relaciones con los demás;

• confesar los propios errores y defectos, pedir perdón a los hermanos y prestarles los servicios de caridad[20].

            El Plan General de Formación[21], inspirado en las mismas Constituciones[22], hace una propuesta pedagógica actualizada para la adquisición y ejercicio de esta virtud:

• dar toda la gloria a Dios;

• hacer fructificar los dones recibidos de él;

• reconocer la verdad de los propios pecados y defectos;

• aceptar y practicar la corrección fraterna;

• actuar con sencillez, pedir perdón, servir a los hermanos, tener con ellos un trato abierto y sincero.

3. La mansedumbre apostólica

            La mansedumbre, para los claretianos, es una virtud eminentemente apostólica[23]. No es una cuestión de mera estética o de marketing, de cara al público.

            El Reino de Dios no se impone por la fuerza sino que se difunde mediante el amor y la misericordia. El Padre Fundador estaba persuadido de que la evangelización debía hacerse con benevolencia de corazón, como lo hacía Jesucristo[24]. Había meditado en el Evangelio el ejemplo y las palabras de Jesús sobre la mansedumbre y estaba convencido de que esta virtud debe acompañar siempre al celo apostólico. Celo y mal genio o malas maneras no pueden ir juntos en el ejercicio del ministerio apostólico[25].

            En el apostolado misionero comprobó nuestro Fundador los frutos de la mansedumbre y conoció, por el contrario, por experiencia ajena, las malas consecuencias que se siguen de un talante agresivo[26]. Por eso, se entiende la siguiente afirmación, que alcanza el rango de criterio de discernimiento vocacional para quien desea dedicarse al apostolado: “La mansedumbre es una señal de vocación al ministerio de misionero apostólico”[27].

            A los claretianos, la imitación de Jesucristo, manso y humilde de corazón (Mt 11, 29), y el anhelo de ganar a los más posibles para él, deberán ser las motivaciones principales que nos muevan a adoptar aquellas formas de mansedumbre que sean las más convenientes, tanto en nuestra vida comunitaria como en el ejercicio del sagrado ministerio[28]. El Plan General de Formación[29]sugiere las siguientes maneras de vivir la mansedumbre:

• Evitar cualquier tipo de predominio o de actitud violenta.

• Ser comprensivos ante el ritmo de cada uno, y saber esperar el tiempo de Dios en las personas; detenerse ante el otro y escuchar.

• Mostrar paciencia ante la lentitud con la que crece el Reino.

• Expresar cordialidad y misericordia en la misión.

4. La modestia como talante de sencillez

            La modestia es “una virtud moral que regula y modera las acciones exteriores del hombre”[30].

            El misionero está al servicio de la Palabra, no de sí mismo. Es un testigo, no un actor, ni un burócrata. Es trasparencia, icono de Cristo y no quien se exhibe ante los demás. Debe, por tanto, ser consciente de su papel y representar debidamente al Señor. Debe, en consecuencia, obrar a su modo, imitarle, y en su nombre, pero en manera alguna suplantarle.

            El Padre Fundador destacaba por su talante modesto. Era muy circunspecto en todas sus palabras, obras y maneras[31]. Su forma sencilla de comportarse comenzaba por una exquisita educación e iba hacia una edificación cristiana.

            Para nosotros, hoy en día, la virtud de la modestia representa un conjunto de actitudes muy variadas que podrían recibir los siguientes nombres: mesura, compostura, talante humilde y sencillo, porte cercano a la gente, estilo franco y transparente, buena educación, discreción, finura y elegancia en las maneras, en las palabras, en los comportamientos, en las relaciones, etc. En resumen, es un porte externo que refleja una plenitud interiormente vivida, a imitación de Jesús:

            “Como el Señor Jesús mostró siempre en su exterior la interna plenitud de gracia con que el Padre le había colmado, así nosotros por la afabilidad, alegría espiritual y modestia, hemos de poner de manifiesto la presencia de Dios en el mundo”[32].

            Todos los misioneros tenemos que esforzarnos por conseguir en nuestra vida la nota de la sencillez, como algo realmente característico[33]. También los novicios tendrán que ir apreciando el valor de esta virtud para la vida religiosa y apostólica y, por lo tanto, se esmerarán en alcanzarla. En relación con esta virtud tendrán en cuenta, concretamente, las siguientes orientaciones:

• La modestia debe nacer del corazón; no debe ser postiza, fingida. La modestia debe ser flexible, natural, tranquila; no debe ser afectada, ni rígida y violenta[34].

• La modestia es más un talante espiritual que una mera forma externa de comportamiento; pero implica la adopción de unos modales que sean conformes con los valores evangélicos y que sean, a la vez, adecuados a la sensibilidad y a las sanas costumbres de la sociedad en que se vive.

5. La mortificación

 

5.1. Sentido de la mortificación[35]

            En nuestro tiempo, sigue teniendo valor la ascesis, esto es, el esfuerzo humano en la búsqueda de la propia santificación o configuración con Cristo -contando siempre con la gracia- y en el mismo ejercicio del apostolado.

            Las formas aflictivas o de mortificación, tanto las que vienen impuestas por la fuerza misma de la vida, de las circunstancias, etc., como las que se buscan voluntariamente, tienen diverso valor según la clave de lectura que de ellas se haga. La mortificación, en concreto, puede responder a:

• Un sentido ascético, disciplinar, de autocontrol o de entrenamiento en orden a estar en forma espiritual y con ánimo pronto para asumir las exigencias que nuestra misma condición humana y cristiana nos impone.

• Un sentido más hondo de oblatividad, de actitud disponible y permanente para la entrega a Dios y al prójimo.

• Un sentido cristológico, cual es el de la identificación con Cristo paciente. Significa ese empeño, consciente y voluntario, por llegar a una mayor configuración con Cristo sufriente, que carga con la cruz sobre los hombros y nos invita a imitarle y a seguirle cada día.

• Un sentido apostólico-testimonial, que avala la autenticidad de la misión.

5.2. El ejemplo de nuestro Fundador

            Su vida entera estuvo marcada por la configuración con Cristo paciente: experimentó todo tipo de contrariedades, tribulaciones y hasta persecuciones. Llevó una vida caracterizada por un ascetismo heroico, motivado por la búsqueda incesante de la gloria de Dios y alentado por el deseo de convertir y edificar a sus prójimos mediante el testimonio de su propia vida. En la Autobiografía dedica dos capítulos completos a hablar de la mortificación[36]. En ellos describe su esfuerzo por llegar a configurarse con Cristo desde la mortificación de los sentidos hasta la aceptación de las tribulaciones, tanto interiores como exteriores. Su ascesis llevó siempre, ineludiblemente, el sello de un ardiente celo apostólico. Y su apostolado estuvo marcado, a su vez, por la presencia de la cruz. Por eso pudo decir: “Conozco, sé y me consta que las penas, dolores y trabajos son la divisa del apostolado”[37].

            El Padre Fundador nos invita a aceptar también como nuestra la cruz y las dificultades que acompañan al apóstol en su ministerio. Por eso, al definir el ideal del misionero, dice: “Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas”[38].

5.3. La configuración con Cristo paciente

            Las Constituciones hablan de la mortificación, asentando el cimiento de la misma: recuerdan la motivación teológica fundamental de la configuración con Cristo en el misterio de la cruz y hacen también algunas recomendaciones prácticas sobre la mortificación de los sentidos.

• Hablan del sentido o fundamento de la mortificación, es decir, el estar “asociados a la obra de la Redención”[39]. Somos discípulos de Jesús, le seguimos renunciando a nosotros mismos y tomando a cuestas su cruz (cf. Mt 16, 24). A partir de esta clave cobran sentido las recomendaciones que el texto constitucional hace acerca de la abstención de los deseos de la carne, la diligente y cuidadosa guarda de los sentidos[40], la alusión a la templanza en las comidas y bebidas[41], etc.

• La invitación a la identificación con Cristo paciente alcanza un grado llamativo[42]: llegar a alegrarse en toda adversidad, incluso en las persecuciones y en toda tribulación. En nuestra Congregación este ideal ha llegado a realizarse. Un ejemplo luminoso -reconocido públicamente por la Iglesia- lo tenemos en el sacrificio heroico de nuestros Mártires de Barbastro, durante la contienda española de 1936.

• Otra forma de mortificación importante que se apunta, desde la clave de la solidaridad y de la lucha por la justicia en este mundo, es el reconocimiento de Cristo paciente en los que sufren y el compromiso a favor de su causa para que también ellos consigan la salvación.

• Y se recuerda una situación de crucifixión con Cristo que, antes o después, nos llegará a todos: la enfermedad, con la que podremos completar lo que falta a la pasión de Cristo (cf. Col 1, 24)[43].

5.4. Práctica de la mortificación

            El Plan General de Formación hace algunas propuestas ascéticas, como las siguientes[44]:

• Mortificación de los deseos y tendencias del propio cuerpo.

• Aceptación alegre de ciertas adversidades: hambre, sed, desnudez, trabajos y otras contrariedades que ofrezca la vida o el apostolado.

• Aguante y resignación en las propias enfermedades y dolores.

Solidaridad y entrega por los demás.

• Renuncia a las comodidades, a la instalación y a ciertos apegos.

• Asunción serena de los errores, fracasos y frustraciones.

• Aceptación realista de las personas, situaciones, ritmo cotidiano, etc.

• Revisión continua de las actitudes personales, comunitarias y en relación con el apostolado.

II. EL PROGRESO HACIA LA PLENA MADUREZ EN CRISTO

            Para que podamos comunicar con mayor eficacia a los demás la gracia del Evangelio, debemos esforzarnos por llegar a la plena madurez de Cristo (cf. Ef 4, 13)[45]. Pero no estamos solos en el empeño de progresar en nuestra vida misionera, ni podemos lograrlo por nuestras solas fuerzas. Contamos con la eficaz e indefectible ayuda de Dios:

            “Puesto que Dios nos ha llamado, no por nuestras obras, sino según su determinación (cf. 2Tm 1, 9), y nos ha justificado en Jesucristo (cf. Rm 3, 24), estamos firmemente convencidos de que el mismo que inició en nosotros la buena obra la irá consumando hasta el día de Cristo Jesús (cf. Flp 1, 6)”[46].

1. Llamados a progresar en la vida espiritual

            Nuestro Padre Fundador era muy consciente de que en este asunto del progreso en la vida espiritual -y también en el del apostolado- todo es gracia y, a la vez, todo tiene que ser correspondencia:

            “Siempre me acordaba de aquel proverbio que dice A Dios rogando y con el mazo dando. Así es que ponía tal cuidado y trabajaba con tal afán como si todo dependiera de mi industria, y al mismo tiempo ponía toda mi confianza en Dios, porque de Él todo depende, y singularmente la conversión del pecador, que es obra de la gracia y la obra máxima de Dios”[47].

            La obra de nuestra santificación no puede estancarse en una medianía o detenerse en una tibieza espiritual. Por eso, el progreso en la vida misionera, como creciente maduración en Cristo, puede entenderse y expresarse en términos de itinerancia: al misionero nos lo imaginamos siempre en camino. Ahora bien, la itinerancia de la misión tiene sentido de itinerancia interior a la filiación. Jesús sabía que venía del Padre, que lo había enviado; pero sabía también que volvía al Padre, por el cual vivía. Este volver no era un simple regresar. Era llegar a la plenitud del crecimiento en gracia y sabiduría. Era consumar o llevar a término la obra que el Padre le había encomendado.

            Lo mismo sucede en nosotros: el Padre será glorificado, si volvemos a él por una plenitud de vida, por la maduración de nuestro ser de hijos en el Hijo, dando así el fruto deseado. El Hijo nos ha llamado para que demos mucho fruto: un fruto que permanezca. El Espíritu, Señor y dador de vida, quiere que tengamos en abundancia la vida misionera -la del Hijo enviado- para que el mundo viva.

            María, la Madre del Maestro, no se sentirá verdaderamente Madre hasta que el discípulo amado no esté en verdad configurado con el Hijo; hasta que los discípulos amados no hayamos conseguido la configuración con el Hijo Jesucristo.

            En esto, nuestro Fundador nos dio preclaro ejemplo. Fue fiel a lo largo de los años al plan de vida y a los propósitos -renovados periódicamente y adaptados a las necesidades de cada momento- con los que expresaba su voluntad de corresponder a la gracia y a llamada a la santidad. Vale la pena hacer notar que al final de su vida, desterrado en Francia, cuando comprendía que ya todo estaba consumado, trazó todavía un plan para perseverar y adelantar en el camino de la perfección. Siguió recorriendo de forma incansable ese camino hasta el final de su existencia terrena, y exclamaba confiadamente: “Dios mío, Vos sois omnipotente; hacedme santo”[48]. Sabía que sólo Dios puede llevar a perfección la obra que ha comenzado.

2. Dinamismos y medios para alcanzar la madurez en Cristo

            El crecimiento requiere -además de la gracia del Señor- nuestro esfuerzo personal. Las Constituciones describen los dinamismos y medios para conseguirlo[49]:

• Renovar cada día el propósito de adelantar en el camino del Señor.

• Dedicarse cada mes con empeño al retiro espiritual y practicar cada año, de modo especial y con el debido esmero, los Ejercicios Espirituales.

• Recordar que, del mismo modo que nuestro Señor Jesucristo fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo, nosotros, discípulos suyos, seremos también tentados muchas veces. Durante las mismas tentaciones hemos de permanecer unidos a Cristo y pedir al Padre celestial que no nos deje caer en la tentación.

• Desear vivamente ser ayudados por nuestros hermanos ya por la dirección espiritual, ya por el discernimiento comunitario o por otros medios.

• Ser solícitos los unos por los otros, ayudando a los demás por medio de la corrección fraterna, con caridad llena de mansedumbre y humildad.

• Progresar al mismo tiempo en la virtud y en la ciencia para estar a la altura de los tiempos y para ser idóneos ministros del Evangelio.

• Organizar nuestra vida comunitaria de acuerdo con las exigencias de la misión y cuidar también otros elementos que contribuyan a salvaguardar la vida espiritual y el testimonio apostólico.

            Vamos a comentar seguidamente sólo el primero de los medios elencados.

3. “Renueven cada día el propósito de adelantar en el camino del Señor”[50]

            Nuestra itinerancia o peregrinación hacía el Padre se realiza en la cotidianidad, es decir, en el transcurso de cada jornada. Dada nuestra condición de viadores o caminantes hacia la vida eterna, hemos de renovar con frecuencia nuestra decisión de caminar en una vida nueva, en la orientación de nuestro corazón hacia Dios. Esto significa que nuestra vida entera deberá estar jalonada por actos concretos que expresen y fomenten esa orientación de nuestra vida ordinaria hacia él[51].

            Ha sido tradición orientar hacia Dios todas las cosas a lo largo del día, desde la primera jaculatoria –Deo gratias et Mariae– del despertar[52], hasta el examen de conciencia y las preces, al concluir la jornada, con la preparación de la meditación para el día siguiente[53]; además, a cada hora del día se hacía un breve examen y se saludaba a la Madre de Dios, añadiendo también una comunión espiritual[54]; etc.

            Estas prácticas ayudaron a los claretianos a llenar de sentido la vida de cada día. Los novicios de la Congregación podrán fijarse en estos ejemplos, no para realizar literalmente lo que se hacía en otro tiempo, sino para sentirse estimulados a despertar hoy, de forma creativa, su propia fidelidad en el camino de santificación en el que Dios los ha puesto.

4. Progresar a través de la “formación continua”

            Los misioneros, para corresponder como es debido al don de la vocación, han de cultivarse constantemente, cuidando su formación en todos los aspectos y de manera continuada[55]. “La formación continua es un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona del claretiano y de la Congregación en su conjunto”[56]. Mantenerse en actitud de constante crecimiento es una exigencia para ser fieles a la vocación recibida y para poder responder a los retos que plantea la misión en cada tiempo y en cada lugar[57]. A fin de lograrlo y alcanzar, así, la plena madurez en Cristo, hay que servirse de todos los medios posibles de formación continua que la comunidad ofrece, no dando por concluido nunca el ciclo de la formación.

            Los novicios se encuentran en los comienzos de su itinerario formativo. Han de mentalizarse ya desde ahora acerca de la necesidad de considerarse siempre en estado de formación, de suerte que adquieran hábitos de trabajo y de estudio para el futuro[58]. Deben persuadirse de que el día de mañana tendrán que continuar formándose, para que puedan alcanzar la meta de su madurez en Cristo.



[1] Las Constituciones hablan, concretamente, de: la caridad apostólica, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y la paciencia, en identificación con Cristo crucificado (cf. CC 40-45).

[2] Aut 340.

[3] La virtud de la pobreza se trata en el capítulo 8 de este manual sobre “Los consejos evangélicos”.

[4] Cf. Aut 340-453 (caps. 23-30).

[5] Cf. CC 39.

[6] Aut 494; cf. también CC 9.

[7] Experimentó la unción del Espíritu, como el Siervo y como Jesús, sintiendo vivamente el envío del Señor a evangelizar a los pobres y a sanar a los contritos de corazón: cf. Aut 118.

[8] Cf. NPVM II, pp. 569 ss. y PGF 78-80.

[9] Aut 438.

[10] CC 40.

[11] Cf. Aut 442-444. El Fundador hizo examen particular sobre el amor de Dios, probablemente, a partir de 1863 (cf. EA, p. 568, nota 175).

[12] El Fundador expresa así su propia experiencia personal a partir de la meditación que él practicaba: “En la meditación se encendía en mí un fuego tan ardiente que no me dejaba estar quieto. Tenía que andar y correr de una a otra parte, predicando continuamente” (Aut 227).

[13] “Debo orar y hacer frente a todos los males de España” (Aut 694).

[14] Cf. Aut 447.

[15] PGF 99; cf. 98-101.

[16] Cf. CC 9.

[17] Cf. Aut 341.

[18] Cf. NPVM II, pp. 582 ss.; PGF 81-83.

[19] De 1847 a 1862 (cf. Aut 351).

[20] Cf. CC 41. En la tradición de la Congregación había unos actos de humildad característicos, que aconsejaban las Constituciones: cf. CC 1924 II, 13.

[21] Cf. PGF 83.

[22] Cf. CC 41 y 64.

[23] Cf. NPVM II, pp. 603 ss y PGF 84-86.

[24] Nuestro Fundador hizo examen particular de conciencia sobre la mansedumbre de 1862 a 1864 (cf. Aut 372).

[25] “Como no pocas veces el mal genio y la ira o falta de mansedumbre se encubre con la máscara de celo, estudié muy detenidamente en qué consistía una y otra cosa, a fin de no padecer equivocación en una cosa en que va tanto” (Aut 378).

“Dios manda al misionero que haga la guerra a los vicios, culpas y pecados; pero le encarga con el mayor encarecimiento que le perdone al pecador, que presente vivo a ese hijo rebelde para que se convierta, viva en gracia y alcance la eterna gloria” (Aut 382).

[26] Cf. Aut 376-377.

[27] Aut 374; cf. CC 42.

[28] Cf. CC ibid.

[29] Cf. PGF 86.

[30] NI, p. 357.

[31] Cf. Aut 389 y 384.

[32] Dir 95.

[33] En tiempos pasados se exhortaba a practicar la modestia de la siguiente manera: “Sea notoria a todos los hombres (Flp 4, 5) la modestia de los Hijos del Inmaculado Corazón de la Virgen María” (CC 1924 II, 6).

[34] Cf. NI, pp. 358-359.

[35] Cf. NPVM II, pp. 618 ss, 629 ss., 636 ss.; PGF 87-89.

[36] Cf. Aut 414-437.

[37] Aut 427. Sufrió lo indecible en el ejercicio de su ministerio: cf. EC II, pp. 746-747.

[38] Aut 494; cf. CC 9.

[39] CC 43.

[40] El Directorio en el número 95 añade: “Hemos de usar con moderación de nuestros sentidos, de manera que no sólo evitemos la ocasión del pecado, sino también ofrezcamos un sacrificio agradable a Dios y demos testimonio apostólico al prójimo”.

[41] La alusión expresa a la moderación en las comidas y bebidas responde, tal vez, a la experimentada necesidad de testimonio por parte de los misioneros que, durante las Misiones populares, comían en las parroquias o en las casas particulares y que eran muy observados en este aspecto.

[42] Cf. CC 44.

[43] Cf. CC 45.

[44] Cf. PGF 88-89.

[45] Cf. CC 51; también NPVM II, pp. 729 ss. y Dir 138 ss.

[46] CC ibid.

[47] Aut 274.

[48] EA, p. 582.

[49] Cf. CC 52-57; también NPVM II, pp. 738 ss, 752 ss., 760 ss., 766 ss., 770 ss. y 778 ss.

[50] CC 52. Cf. NPVM II, pp. 738 ss.

[51] El Capítulo General de 1997 habló del sentido profético de la vida ordinaria (cf. EMP 24).

[52] Cf. CC 1924 II, 28, 29 y 30.

[53] Cf. CC 1924 II, 34.

[54] Cf. CC 1924 II, 32. Cf. Apéndice 2 de este manual.

[55] Cf. PGF, cap. 12 (“El misionero en proceso continuo de formación”), pp. 267-289; también DVC, cap. 8 (“Cultivar la propia vocación”), pp. 193-211.

[56] PGF 460.

57 Cf. CC 56; EMP 34-35.

58 Cf. EMP 34.3.

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