Capítulo 15 La unidad de la vida misionera

Capítulo 15

 

La unidad de la vida misionera

 

 

 

 

            Uno de los objetivos de la formación del que se viene hablando ampliamente después del Concilio Vaticano II, se refiere a la preparación del formando para vivir y experimentar la unidad personal en la vivencia de la propia vocación.

            La experiencia de la unidad personal consiste en que la persona se siente siempre la misma en toda su historia y en las diversas situaciones y circunstancias en que ha vivido. Es la experiencia que el yo personal tiene de si mismo, como único y evolucionado a la vez, a través de cambios profundos. Es la experiencia de ser consciente de si mismo al sentir, al percibir, al aprender y al pensar; es ser capaz de ejercer un control sobre la propia personalidad en toda circunstancia. También cuando la persona vive en ambientes distintos y pluriformes. Desde el punto de vista de la vida religiosa, la unidad personal se da cuando la persona conserva la propia identidad en la oración, en el apostolado, en la vida comunitaria y en los cambios institucionales y congregacionales. En cada uno de estos aspectos el religioso encuentra implicada su personalidad de una manera total sin divisiones ni rupturas internas. En orden a ayudar a lograr la unidad personal, ofrecemos las siguientes orientaciones divididas en cuatro partes:

            I. ORIENTACIONES ECLESIALES Y CONGREGACIONALES

            II. EL CONFLICTO EXISTENCIAL DEL RELIGIOSO

            III. FORMACIÓN PARA CONSEGUIR LA UNIDAD PERSONAL

            IV. UN COMPROMISO COMUNITARIO

I. ORIENTACIONES ECLESIALES Y CONGREGACIONALES

1. El Concilio Vaticano II

            El Concilio Vaticano II, al hablar de la formación de los religiosos, subraya que la instrucción que se proporcione a los formandos en las distintas fases educativas sea armónica y debe contribuir a la unidad de vida de los mismos[1].

            La instrucción será armónica si los contenidos que se comunican en el aprendizaje tienen unidad interna y evitan la dispersión y la desorganización de las ideas, materias, especialidades, etc. Asimismo, será armónica si está en consonancia con la vida y misión de los propios institutos religiosos. Y, por último, la armonía exigirá también sintonía con el ritmo y grado de evolución personal de los formandos.

            Con estas características, la instrucción formativa, aludida por el Concilio se convertirá en un factor integrador de la personalidad y ayudará a los formandos a conseguir la unidad de vida ¿De qué manera? Proporcionando al joven religioso un cuadro coherente de los valores, que debe descubrir en su formación, sin el cual es imposible realizar la opción por la vida religiosa. El cuadro de valores ha de estar en consonancia con la vida y misión del Instituto para que pueda ayudar a optar por la propia Congregación, sintiéndose identificado con ella y perteneciente afectiva y efectivamente a la misma. La coherencia y armonía de los valores, proporcionados en los momentos decisivos de la formación, en que el joven se abre generosamente a una nueva visión del mundo y de la propia personalidad, incide favorablemente en la personalización de los mismos. Para que el mundo de valores que descubre el formando no quede en mera instrucción han de ser valores vitales de forma que estimulen la dinámica personal y que su vivencia sea experimentada como realización de su vida y de su proyecto vocacional.

 

2. Otros documentos eclesiales

            Un paso adelante, y a la vez más profundo desde la perspectiva formativa, nos lo ofrece Renovationis Causam.

            La instrucción de la que habla el Concilio Vaticano II es, ciertamente, necesaria para los formandos en orden a conseguir la unidad de vida. Pero no es del todo suficiente. Limitándose a la instrucción, quedan todavía fuera de la integración personal otros dinamismos de la personalidad que es necesario orientar hacia la unidad de la persona. Así, por ejemplo, podemos recordar el mundo dinámico de las tendencias y motivaciones, y el proceso de adaptación de la persona a los distintos ambientes en los que se encuentra situada; todo este mundo va más allá de la simple instrucción.

            RC señala como uno de los objetivos fundamentales de la formación el siguiente:

            “realizar progresivamente en la vida (del formando) aquella coherente y armoniosa unidad que debe existir entre la contemplación y la acción apostólica, unidad que es uno de los valores fundamentales y primarios de estos Institutos”[2].

            Todos los medios pedagógicos, programados de una manera evolutiva y progresiva, deben llevar siempre la intencionalidad de estimular y suscitar la experiencia de la propia unidad interna y externa. El formando deberá vivir una vida sin dualismo operacional y sin rupturas ni divisiones internas, cuando ora y cuando trabaja, cuando vive en comunidad y cuando se relaciona directamente con Dios y con los hombres.

            En esta misma línea se han expresado otros documentos eclesiales, entre ellos Potissimum Institutioni[3] y Vita Consecrata[4].

 

3. Claret, testimonio de un proceso de unidad personal

            La vida y la experiencia espiritual de Claret nos permiten conocer el proceso que él realizó para conseguir la vivencia de la unidad personal. Unidad interior que le era esencial para vivir en y con Cristo y necesaria para llevar a cabo su misión apostólica.

            Claret, aunque de un natural bondadoso[5], era muy activo y tenía un carácter fuerte. Decía Clotet que tenía un genio vivísimo y con inclinación para enfadarse algunas veces[6]. Por otra parte sabemos que tuvo que aceptar funciones que no le agradaban en absoluto y que fue perseguido y calumniado hasta la saciedad. Claret necesitaba controlarse y dominar las situaciones difíciles que tuvo que sufrir. Todo ello será objeto de su atención espiritual en los planes de vida y en los propósitos de los ejercicios espirituales.

            Para conseguir la unidad interior necesitaba inexorablemente la virtud de la mansedumbre. A esta virtud, clave en el proceso interior, dedicó la atención personal durante varios años[7].

            Los motivos iniciales para vivir la mansedumbre son los siguientes: el ser persona, el ser cristiano y su vocación (sacerdotal y episcopal)[8]. En el contexto cristiano y vocacional apelaba al cumplimiento de la voluntad de Dios[9]. Se acordaba de la mansedumbre de Jesús, “manso y humilde de corazón” (cf. Mt 11, 19) por antonomasia. Y acudía a María Santísima, su Madre y Formadora. De ella decía que nunca le movió la ira y que siempre estuvo con una inmutable igualdad interior y exterior[10].

            Por sentido apostólico también le motivaban las gentes. Por el bien de ellos, Claret se esforzó siempre en hacer todo con paciencia, mansedumbre y amabilidad evitando actuar con precipitación, ira o enfado[11].

            En el plan de vida que consignó en la Autobiografía[12], escribe un texto que puede ser una síntesis de todo el proceso:

            “Propongo conservarme siempre en un mismo humor y equilibrio, sin dejarme dominar jamás de la ira, impaciencia, tristeza, ni de la alegría demasiada, acordándome siempre de Jesús, de María y de José, que también tuvieron sus penas, y más grandes que las mías. Pensaré que Dios así lo ha dispuesto, y para bien mío; y por lo mismo, no me quejaré, sino que diré: Hágase la voluntad de Dios. Acordándome de lo que dice San Agustín: Aut facies quod Deus vult, aut patieris quod tu non vis. También me acordaré de lo que Dios encargó a Santa Magdalena de Pazzis: Que siempre se mantuviese en un mismo humor inalterable, un grande agrado con toda suerte de personas y que jamás se le escapase una palabra de lisonja. De San Martín se lee que jamás se le vio enfadado, ni triste, ni que riese, sino que siempre se le vio igual, con una celestial alegría; era tan grande su paciencia, que, no obstante de ser Prelado, si los ínfimos clérigos le ofendían, podían estar seguros de que no los castigaría”[13].

            Claret, consiguió con la gracia de Dios y con su esfuerzo personal, dominar su carácter agresivo, controlar sus sentidos y pasiones, mantener un extraordinario equilibrio interno e igualdad de ánimo, tener una gran fortaleza ante las dificultades y persecuciones, y manifestar un gran amor a los enemigos[14].

 

4. La Congregación

4.1. Las Constituciones

            Las Constituciones encomiendan al maestro de novicios que “procure que los novicios lleguen a conseguir aquella unidad de la vida misionera en virtud de la cual quedan perfectamente integrados el espíritu de unión con Dios y la acción apostólica”[15]. Procurar la unidad personal de los novicios es una de sus funciones como formador y uno de los objetivos del noviciado. En consecuencia ha de prestar gran atención a conseguirlo a través de una sabia y prudente pedagogía.

4.2. El Plan General de Formación

            Nuestro PGF recoge estas orientaciones en varios momentos y con distintos matices[16]:

            “La formación integral del misionero claretiano comprende el desarrollo armónico y equilibrado de todas las facetas de la personalidad desde el don recibido. Ser claretianos es para nosotros el modo concreto de ser hombres, cristianos, religiosos, sacerdotes y apóstoles. La armonización de todas estas facetas nos permitirá lograr aquella unidad de la vida misionera en virtud de la cual quedan perfectamente integrados el espíritu de unión con Dios y la acción apostólica, evitando toda dicotomía o extremismo. Esta integración, tarea y fruto de la madurez de la persona, es, sobre todo, obra del Espíritu. Se logra cuando el amor personal a Cristo se convierte en el centro. Desde él podemos integrar todas las dimensiones, incluso aquellas que se presentan como contradictorias. Por otra parte, el reconocimiento humilde de los propios dones y límites nos abrirá a la complementariedad que nos viene de los demás”[17].

 

            “Hemos de esforzarnos por lograr la unidad de vida entre consagración y misión, oblación a Dios y entrega a los hermanos, alabanza y servicio”[18].

 

            “Encontrar en Ella (María) a la persona que inspira la síntesis vital que ha de elaborar cada formando a lo largo del proceso formativo hasta llegar a la plena unidad interior”[19].

 

II. EL CONFLICTO EXISTENCIAL DEL RELIGIOSO

            La personalidad del religioso, como hombre, creyente y consagrado, y, a la vez, inserto en una situación ambiental está sometida a la influencia dinámica de factores que le crean tensiones existenciales y vitales. Aunque la persona es básica y estructuralmente una, sin embargo la unidad existencial, desde el punto de vista dinámico, no se posee desde el primer momento. Es una conquista.

            ¿Cuáles son los factores que inciden dinámicamente en la persona del religioso? Son los derivados de su personalidad, de su opción religiosa y de los estímulos ambientales (físicos, sociales, culturales) en que vive. Son factores normales y necesarios para el crecimiento y la evolución de la personalidad, que impulsan a la persona a la superación, a la maduración y a la experiencia de la propia unidad interna.

1. El religioso como persona

            El religioso, como persona humana que es, posee toda la riqueza de la personalidad, así como los límites que su misma condición humana le impone. La primera estructura que va a condicionar la vida del religioso es su propia estructura personal, su constitución, su temperamento y su carácter. Estos factores son tan determinantes de su futuro y de su dinámica interna, que el estilo de vida de la persona se deriva, en gran parte, de los mismos.

            a. Desde el punto de vista estructural, la personalidad está constituida por distintos niveles, desde la sensación hasta la conducta inteligente. Estos niveles no son estáticos. Tienen sus funciones propias y específicas, que afectan dinámicamente a la totalidad de la persona, de una manera positiva o negativa según los casos. Así, un defecto sensorial visual origina inseguridad personal; una percepción de las personas, condicionada por los estereotipos y por los prejuicios sociales, condiciona las relaciones humanas y la vida de comunidad. Una buena inteligencia ayuda considerablemente a superar los problemas de adaptación a la vida.

            b. Desde el punto de vista dinámico, la personalidad está impulsada a la acción y a realizar comportamientos concretos por diversos tipos de tendencias (necesidades, impulsos, pulsiones, motivaciones..). Las tendencias, aunque unidas en la persona, son autónomas, tienen su función propia y, con frecuencia, se presentan relacionadas entre sí de manera contradictoria. Las tendencias constituyen una fuente inagotable de conflictos, sobre todo mediante las frustraciones de las mismas, que influyen en la vida afectiva de la persona. Esta afectividad es de tal naturaleza que condicionan la visión que se tiene de si mismo y del mundo circundante. Son factores que cuando no están debidamente orientados y canalizados originan la conciencia de la propia desintegración personal, pues son sumamente variables y cambiables.

            c. Desde el punto de vista evolutivo, el desarrollo de la personalidad se verifica según unos estadios progresivos que están íntimamente unidos entre sí y que se condicionan progresivamente. El crecimiento de la personalidad irrumpe significativamente en momentos decisivos e influyen en la corporeidad y en la psicología de la persona, experimentándose cambios muy profundos en sí misma. Cuando el proceso evolutivo de crecimiento y expansión no se ha realizado de una manera satisfactoria pueden darse algunos defectos (fijaciones y regresiones) que marcan el futuro dinámico de la personalidad. No es de extrañar que muchas actitudes y comportamientos de la personalidad tengan sus raíces en fases evolutivas anteriores y que después de un cierto tiempo sigan actuando a nivel subconsciente .

            d. El religioso posee constitutivamente estos factores desde el primer momento de su nacimiento. La interacción que se establece entre ellos puede crear la conciencia de encontrarse dividido y roto interiormente. El proceso de maduración personal ayuda a superar la propia realidad y los límites de la misma; a aceptar los límites insuperables y necesarios; y a canalizar e integrar las tendencias de una manera armónica a fin de que cada una esté al servicio de las otras y todas al servicio de la personalidad global.

2. El religioso como creyente y especialmente consagrado

            El religioso como creyente acepta por la fe a Jesús y el mundo de valores del Evangelio; y como especialmente consagrado quiere vivir el seguimiento radical de Cristo y las exigencias de los discípulos del Señor.

            El mundo de valores implicado en la persona de Jesús y en su Evangelio no es para el religioso un mundo de valores indiferente. No es una simple concepción intelectual ni un conocimiento cultural. La Palabra vocacional de Jesús es incisiva, profunda y definitiva. Interpela continuamente al religioso en su vida y en su quehacer y le condiciona en su psicología y estilo de vida. Jesús es, o al menos debe ser, su Camino, su Verdad y su Vida(cf. Jn 16, 6).

            El religioso para comprender su vocación y sus consecuencias ha de tener la mente de Dios y ha de despojarse de algunos esquemas simplemente humanos. La opción por Jesús es radical y anula otras posibles opciones no compatibles con él. La vivencia sincera del carisma de la virginidad supone el esfuerzo constructivo de la sublimación, para integrar la tendencia sexual y sus exigencias. La caridad radical a la que se compromete de por vida no es compatible con las tendencias egoístas y narcisistas de la persona; al contrario, le llevará a amar no sólo al amigo, sino también al enemigo, a devolver bien por mal, a soportar todo por el Evangelio, a morir a Sí mismo a fin de vivir para Dios y a dar la propia vida de una manera real y concreta si fuera necesario.

            Así la fe y la radicalidad del Evangelio se convierten para el religioso en fuente de profundos conflictos interiores, que se sienten y experimentan en lo mas profundo de la persona (cf. Lc 12, 49-53). Su opción por el seguimiento de Jesús no es en manera alguna cómoda ni está ausente de tensiones existenciales. Ya San Pablo experimentó en sí mismo las consecuencias existenciales de su fe. La experiencia nos enseña que muchos jóvenes que buscan su realización en la vida religiosa sienten en sí mismos, antes de optar, el desgarrón de las tensiones entre el yo y Cristo. La maduración vocacional en el proceso formativo para que sea auténtica y dé garantía en el futuro, debe implicar momentos de conflictos existenciales en los que pueda volver a optar personalmente por los valores que se aceptaron en la profesión. La fidelidad vocacional es un camino a recorrer durante toda la vida que esta sembrado de frecuentes tensiones entre las exigencias del propio yo y el Evangelio (cf. Rm 7, 14-15)[20].

 

3. El religioso, inserto en el ambiente circundante

            El religioso, como toda persona, nace, vive y desarrolla su personalidad en contacto con el ambiente circundante tanto físico como humano y social. Con una opción vocacional que es signo de valores evangélicos, ha de estar en medio de los pueblos y culturas y ha de participar de los gozos, esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo. Como apóstol ha de encarnarse en el ambiente humano si quiere hacer inteligible el mensaje de Jesús que él experimenta en su vida y ha de comunicar a los hombres.

            Ahora bien, el ambiente circundante no es neutro ni pasivo; al contrario, es activo y dinámico. Por su profunda incidencia en la personalidad del individuo, es un factor determinante del desarrollo de la misma. A través del proceso de socialización el individuo y el ambiente se condicionan mutuamente; ambos se influyen entre sí, y por esta mutua influencia la personalidad irá creciendo y desarrollándose. Desde su nacimiento el sujeto va adquiriendo y asimilando las pautas culturales y los modelos de comportamientos que le irán configurando.

            El ambiente físico y social influyen activamente en la estructura de la personalidad y en los distintos niveles de la misma. Los estímulos físicos, sociales y culturales suscitan y potencian las funciones de la personalidad; el sujeto siente, percibe, experimenta, aprende y piensa las informaciones activas que le vienen del exterior, impulsando desarrollo personal. De este modo, los factores sociales y ambientales crean campos de fuerza de atracciones y repulsiones, que se experimentan en formas de conflicto personales más o menos intensos.

4. Valor positivo del conflicto existencial

            El conflicto existencial es una situación normal en la vida de la persona; más aún, es una situación que debe ser positiva para la persona.

            A través del conflicto, la personalidad crece, madura y se hace creativa. Una persona profundamente motivada y de fuertes tendencias será siempre dinámica, activa e incansable en su autorrealización. Un nivel de aspiraciones alto, no utópico, coherente con las propias posibilidades, será siempre un aliciente para la creatividad personal y fuente de satisfacciones profundas. La persona comprometida e implicada en las situaciones de la vida, muchas veces contradictorias, puede desarrollar sus potencialidades hasta el máximo. Un ambiente estimulante y rico en incentivos, aceptado y asimilado personalmente, potencia las posibilidades de la persona, aunque el proceso de asimilación implique frustraciones a otro nivel personal.

5. Modos de afrontar el conflicto existencial

            En la vida lo importante no es el conflicto que experimenta la persona, sino la actitud personal ante el mismo y el modo concreto de afrontarlo y superarlo. Ante la situación conflictiva, la persona puede tomar dos soluciones: una, integradora y enriquecedora de la personalidad; y otra, desintegradora de la misma.

            a. En la solución integradora la persona intenta asumir en sus justas proporciones, según su mundo de valores, los factores que influyen en el desarrollo de su personalidad, dándoles unidad interna y dinámica. La persona es la dueña de la situación y controla las tendencias y las influencias externas. Aunque experimente en ciertos momentos el choque de los factores que influyen en su personalidad, sin embargo, nunca pierde el control de los mismos.

            Ante posibles frustraciones y fracasos, la persona es tolerante a las mismas, no se desmorona ni se deja dominar por la angustia y la ansiedad. Al contrario, buscará nuevas soluciones, replanteará de nuevo el problema, intensificará los mecanismos de compensación y potenciará las energías volitivas. Intentará cualquier otra solución antes de verse desintegrada e incapacitada para realizar su proyecto de vida. Este proceso es el camino hacia la conciencia de la unidad personal.

            b. La solución desintegradora es totalmente negativa para la personalidad. En este caso, la persona es sumamente débil y se siente incapaz de unificar las tendencias y motivaciones. Son las tendencias las que imponen a la persona su ritmo y sus satisfacciones. A veces se imponen de tal manera que en los casos límites las tendencias suplantan a la persona en su función de orientación. La personalidad queda a merced de los impulsos y tendencias.

            En otras ocasiones, la persona débil se ve sometida a la presión social con una negativa dependencia del ambiente, sin autonomía y sin libertad interior. Se encuentra desamparada y sujeta al vaivén de las circunstancias; sus posibilidades son pobres, no es dueña de sí misma, ni de sus actos, ni de sus decisiones, ni de sus opciones. En esta situación la persona no tiene un presente ni un futuro, todo depende de la influencia del momento.

            Ante los conflictos y frustraciones, la persona no afronta la realidad y es incapaz de tomar decisiones personales positivas. Sus reacciones son la huida de la situación, el refugio en sí misma, la agresividad y el ataque a los demás etc. Se siente desbordada y dividida y esta experiencia le causa angustia y ansiedad, que al no poder dominarla ni encauzarla, es origen de nuevas angustias y ansiedades.

            En la vida religiosa, cuando se llega a una situación semejante los problemas se multiplican. El religioso en esta situación experimenta una falta de identidad personal y una falta de adecuación a los valores que han proyectado su vida. No le satisfacen ni la oración, ni la vida de comunidad, ni la vivencia de los votos, ni la acción apostólica. Si, además, a la persona le faltan los recursos de la fe y de la conciencia vocacional, la situación se agrava pues el proyecto de vida que ha abrazado no tiene sentido si no es desde el Evangelio. En estas circunstancias o se lleva una vida mediocre o se vive una doble personalidad con satisfacciones al margen de las exigencias de la vocación o se acaba por abandonar el proyecto de vida religiosa.

III. FORMACIÓN PARA CONSEGUIR LA UNIDAD PERSONAL

            Teniendo en cuenta la situación existencial del religioso, el planteamiento formativo adecuado consistirá en ayudar a los formandos a integrar de una manera positiva todas las fuerzas internas y externas que confluyen en la personalidad, a fin de conseguir la experiencia de la unidad personal. Las orientaciones pedagógicas que se presentan van encaminadas en esta dirección.

1. Aceptación positiva del conflicto existencial

            Como punto de partida, el conflicto existencial es una realidad que el religioso debe aceptar para su realización. Como se ha indicado antes, los factores que causan la tensión existencial son factores normales y necesarios a la persona humana, sin los cuales no podría crecer ni autorrealizarse. Algunos de ellos son factores derivados de su condición personal y social (personalidad, carácter, cualidades, aspiraciones, ambiente familiar, social, cultural, eclesial…), y otros han sido asumidos por el religioso libre y voluntariamente por fe y amor al aceptar el seguimiento de Cristo como el mejor modo de realizar su vocación cristiana.

            La aceptación del conflicto ha de ser positiva. Es decir, no se trata de un conformismo pasivo y providencialista, apático y negativo. Al contrario, el desarrollo vocacional y personal, el proceso de interacción que culmina en la unidad personal y en la experiencia vital de la misma es un proceso continuo, activo y dinámico. A la vocación se responde cada día con creatividad y originalidad, en constante crecimiento y fidelidad, superando obstáculos y dificultades.

            Muchos problemas y conflictos que padecen en el futuro los religiosos, y que con frecuencia no pueden superar, se debe a que no conocen los dinamismos psicológicos de la propia personalidad. Existen religiosos que ante cualquier conflicto se desorientan, se exasperan y se destruyen a si mismos lamentablemente. Más aún, no faltan religiosos que ante cualquier conflicto normal, originado por el choque y la antítesis de los factores internos y externos, ponen en crisis su vocación y su opción fundamental por la vida religiosa. Llaman crisis de vocación lo que es una simple crisis afectiva, un sencillo problema de adaptación a una comunidad o un normal proceso de integración apostólica. De esta manera, la vocación está frecuentemente en crisis, ya que la dinámica personal en su crecimiento marcha al compás de fuerzas encontradas.

2. La unidad personal desde el Espíritu

            El Espíritu que nos unge para la misión da sentido y unidad a nuestra vida[21]. Todos nosotros lo hemos recibido en el Bautismo y hemos sido confirmados en el don de la vocación al llamarnos a la Congregación claretiana. Más aún, para nosotros el Espíritu del Padre y del Hijo es también Espíritu de nuestra Madre[22].

            Es el primero y principal agente en la formación. La acción del Espíritu en nuestro itinerario formativo es una acción especial[23]. Es principio de vida interior, de creatividad y de comunión, y unifica la vida del formando. Su acción creadora y renovadora afecta a nuestro centro personal y a lo más profundo de nuestra personalidad. Transforma nuestra visión de la realidad y nos ofrece la clave y la fuerza imprescindibles para vivirla desde Dios en referencia permanente a Jesucristo y al mundo.

            El Espíritu que nos configura con Cristo es el que viene en ayuda de nuestra debilidad cuando experimentamos las dificultades del camino (cf. Rm 8, 26). Es, en definitiva, el maestro interior que, en nuestro seguimiento de Cristo, nos va guiando hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13), nos otorga la fuerza que nos permite entregar la vida para que sea anunciada la Buena Nueva del Reino a los pobres y afrontar las dificultades de la evangelización.

 

3. María, inspiradora de la unidad personal del formando

            El ser hijo del Corazón de María nos impulsa a una positiva integración vocacional. La relación con María, nuestra Madre y Formadora, debe favorecer, como en el P. Fundador y en los claretianos más representativos de nuestra tradición, la unidad interior entre palabra y espíritu apostólico, fe y caridad, contemplación y acción, oración y misión. Esta unidad la expresamos, además de en la consagración a Dios, Uno y Trino, en el ofrecimiento filial al Corazón de María. María, como Madre, va formando en nosotros la imagen de su Hijo Jesús, nos estimula a insertarnos en él y a crecer más y más en sabiduría y gracia[24].

            Para el formando María ha de ser la persona que le inspire la síntesis vital a lo largo del proceso formativo hasta llegar a la plena unidad interior[25]. María, como Madre y Formadora, nos ayuda en el proceso de integración de la personalidad y en la búsqueda de la unidad personal.

            Ella, acogiéndonos en la fragua de su Corazón, nos forma en la caridad apostólica, motivación esencial que impulsa y unifica la vida del misionero[26]. Nuestra Madre nos enseña a acoger con un corazón alegre la Palabra de Dios y a ser coherentes con ella, poniéndola en práctica y haciéndola efectiva.

 

4. Formar personas libres y bien integradas

            Los formandos han de llegar a ser personas bien integradas humana y vocacionalmente; personas libres y auténticas que vivan con plena libertad y gozo la propia vocación. La experiencia demuestra que es posible cultivar los valores de la vida misionera y mantener nuestro estilo de vida dentro de un desarrollo armónico y unitario de nuestra personalidad. Nuestra vida no tiene sentido si no somos auténticos, es decir si no vivimos con libertad y coherencia los valores que anunciamos; cuando hay coherencia entre el anuncio y la vida estamos experimentando la unidad interior. Para llegar a esta integración es necesario vivir conscientemente la acción del Espíritu, como ya hemos dicho antes.

            Además el formando ha de llegar a ser libre mediante un proceso formativo en libertad y para la libertad. Esto exige que el formando, a lo largo del itinerario formativo, se conozca mejor a sí mismo y adquiera una imagen real de su propia personalidad; consiga liberarse de motivaciones inauténticas, inconscientes y negativas, de miedos y angustias, y de todos aquellos condicionamientos que le impiden asumir libre y responsablemente los compromisos de la vida misionera. Exige, sobre todo, una perspectiva positiva y satisfactoria de sí mismo que le permita desarrollar la capacidad de hacer opciones libres, referidas a los valores del Reino y estimuladas por motivaciones conscientes, válidas y auténticas[27].

 

5. Revitalización de la conciencia vocacional[28]

            La vocación es una experiencia de fe por la que el religioso se siente llamado e interpelado personalmente por Jesús para que le siga a semejanza de los apóstoles. Sin conciencia de la llamada personal del Señor es imposible que el religioso inicie la andadura vocacional. Por eso es una condición indispensable para ingresar en el noviciado e iniciar el proceso de formación congregacional.

            La experiencia nos demuestra que algunos religiosos o no han llegado a explicitar esta conciencia o la han perdido a los pocos años de su profesión. En estos casos, el religioso, al no sentirse llamado, no se siente integrado ni en la oración, ni en la comunidad, ni en el apostolado. Ha perdido la ilusión por aquello por lo que se comprometió tan seriamente en años pasados. Al no sentir en sí la llamada del Señor, se considera fuera de lugar e incapacitado para unificar su personalidad en el cumplimiento de la misión vocacional.

            En estas circunstancias es urgente recuperar y revitalizar la conciencia de la llamada vocacional. Dios sigue llamando constantemente. La vocación no es sólo el momento de entrada en el noviciado o el momento de la profesión religiosa. La vocación es toda la vida y Dios sigue hablando y llamando a lo largo de toda la historia vocacional del religioso[29].

            En esta coyuntura adquiere máxima importancia la oración, que para el religioso ha de ser siempre oración vocacional. A través de ella, el religioso siente y experimenta la urgencia de comprometerse vocacionalmente. La oración vocacional es una concienciación de la continua llamada del Señor, que sigue invitando al religioso dinámicamente a profundizar en su vida las exigencias evangélicas. Cuando se rompe el contacto con el Señor, que llama, se pierde la percepción de la llamada. Y si la percepción de la llamada desaparece, el compromiso vocacional no tiene sentido.

 

6. Revisar y potenciar las motivaciones vocacionales[30]

            Las motivaciones vocacionales constituyen la fuerza y la energía por las que un religioso inicia su proyecto vocacional, se mantiene con coherencia en la unidad interior y se orienta creativamente en los compromisos vocacionales. Junto a la conciencia de la llamada, las motivaciones vocacionales impulsan al religioso a una vida responsable y dinámica, en constante superación.

            A la base de la integración de la personalidad, además de otros medios psicológicos y pedagógicos, está especialmente la motivación del amor, la caridad apostólica, el fuego que hace de los hijos del Inmaculado Corazón de María hombres que arden en caridad, que abrasan por donde pasan y vivir en Cristo Jesús contemplándolo e imitándolo, hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea él quien realmente viva en nosotros[31]. Para tener la madurez que nos prepare al martirio y para vencer los miedos y las tentaciones que pueden paralizarnos, debemos amar apasionadamente a Dios, a María y a los hermanos, como lo hicieron el Fundador y nuestros mártires[32].

            Cuando faltan las motivaciones, el religioso no sólo no encuentra sentido a su vida, sino que es incapaz de mantener un ritmo de exigencia evangélica. Si el religioso no posee un alto nivel motivacional a nivel consciente, su vida estará impulsada de hecho por motivaciones inconscientes que frecuentemente no serán compatibles con el proyecto de vida religiosa. El religioso estará de esta forma dividido: tendrá una aspiración a nivel consciente de acuerdo con los valores de la vida religiosa y actuará en sus comportamientos movido por motivaciones inconscientes al margen de sus compromisos religiosos. Implícitamente vivirá una doble personalidad y se sentirá desajustado.

            Las motivaciones, que al principio de la vida religiosa fueron auténticas y válidas, pueden ir perdiendo vitalidad y fuerza con el consiguiente proceso de mistificación a nivel inconsciente. Por eso se impone una continua revisión y clarificación de las mismas para potenciarlas y depurarlas con honestidad y transparencia. Es una tarea difícil por la tendencia que tenemos a racionalizar y justificar nuestras actitudes y comportamientos y a proyectar en los demás nuestros problemas y deficiencias psicológicas. El discernimiento a la luz de la fe, la revisión de vida personal y comunitaria, la reflexión frecuente sobre nosotros mismos, sobre nuestras actitudes y comportamientos, la corrección fraterna, el consejo pastoral y la dirección espiritual, etc., son medios eficientes que ayudan a descubrir los «porqués» de nuestra conducta.

 

7. Vivencia de la propia identidad

            El sentido de la propia identidad favorece y mantiene la unidad y la continuidad interiores de la persona. La imagen de sí mismo y de la propia identidad incluye «lo que soy», «lo que quiero ser» y «lo que debo ser», siempre en relación con los demás y las circunstancias en las que se desenvuelve la persona. Cuando estas preguntas han sido respondidas satisfactoriamente, se ha alcanzado la unidad y la madurez de la personalidad.

            La falta de identidad personal es una de las causas más determinantes de las enfermedades mentales. Esta carencia es un factor que determina las conductas desintegradas de las personas dominadas por la angustia y la inseguridad. Hay religiosos que viven su vocación con inseguridad existencial o la abandonan definitivamente, porque no saben lo que son ni lo que significan en la Iglesia y en el mundo ni hacia dónde caminan ni cuál es su misión concreta. Al no conocer o al no vivir la propia identidad religiosa y congregacional, no sienten ninguna satisfacción existencial por mantener la fidelidad a algo desconocido o que no existe de hecho para ellos.

            Los religiosos no deben tener solamente la conciencia de que han sido llamados por el Señor, ni han de estar motivados genéricamente hacia el seguimiento de Jesús. El seguimiento de Jesús al que el religioso se siente llamado y al que se compromete de por vida tiene una identidad específica, unos valores determinados y un modo existencial de vivir la fe característicos. Así como el ser humano va adquiriendo desde pequeño la conciencia progresiva de su identidad personal, deberá también el religioso ir descubriendo, asimilando y viviendo progresivamente a lo largo del proceso formativo su propia identidad religiosa. De esta manera sabrá quién es, adónde camina y cuáles son las expectativas de los demás respecto a su identidad. Se sentirá configurado internamente y será capaz de mantener la unidad y continuidad interiores.

8. Consistencia de la opción fundamental[33]

            El novicio cuando profesa hace una opción fundamental por los valores de la vida religiosa y congregacional. La opción fundamental, con todas sus implicaciones psicológicas y de fe, es la decisión que da sentido y unidad a toda la vida del religioso, por muy variadas que sean las circunstancias en las que se desarrolle su historia personal. Ante la multiplicidad de situaciones, conflictos, circunstancias, estados afectivos, limitaciones, estimulaciones e incentivos de todo tipo, etc., la opción fundamental servirá como de hilo conductor y de unidad interna del religioso. El debilitamiento de la opción fundamental termina siempre en la desintegración del religioso, que cae en el juego de sus tendencias insatisfechas y del ambiente plurivalente y contradictorio. Cuando la opción fundamental se rompe, todo el proceso vocacional se derrumba y el religioso acaba por abandonar su proyecto vocacional.

            Por su fuerza y energía la opción fundamental estructura la dinámica de la personalidad y da unidad interior a todos sus comportamientos. Estructura la dinámica de la personalidad estableciendo entre las tendencias una jerarquía concorde con el mundo de valores de la vida religiosa. Esta jerarquía da unidad a la personalidad y a todos sus comportamientos, de manera que cada uno de ellos está integrado en la persona y todos ellos se encuentran entrelazados a través de la opción, evitando las satisfacciones autónomas de las tendencias al margen de la opción fundamental. Para que se pueda dar lo que venimos diciendo, el religioso, al optar, debe tener clarificada la llamada y las motivaciones vocacionales; debe conocer el mundo de valores de la vida religiosa y congregacional; debe haber descubierto la identidad vocacional; debe saber cuáles son las consecuencias de la opción que va a hacer; y debe haber experimentado el alcance de sus compromisos.

            Para que la opción fundamental sea eficiente y produzca los efectos deseados se requiere una disciplina sobre todo interna. La disciplina interior, que se reflejará en la disciplina exterior, es el control de las tendencias personales, que, debidamente jerarquizadas y unificadas, son orientadas en la dirección del mundo de valores de la opción fundamental. Es de tal importancia que la personalidad solamente puede conseguir su unidad armónica y los objetivos de la opción en la medida en que se somete a sí misma a un control libre y voluntario de los factores que le afectan tanto internos como externos. Más aún, sin ella es imposible que la persona madure ni en su vida afectiva, intelectual y social ni en su madurez global. Ahora bien, la disciplina para que sea eficaz y positiva ha de estar motivada e integrada en el desarrollo de la personalidad global como un elemento más de maduración y de liberación de la persona. La disciplina que el religioso se imponga para vivir sus compromisos religiosos será neurotizante si no la asimila personalmente después de haberla motivado intencionalmente.

9. La eficiencia personal

            Una persona bien integrada en su vida personal necesita sentirse y experimentarse eficiente y útil, lo cual requiere una auténtica participación de la persona en algunas esferas significativas de la actividad humana. El hombre tiene necesidad imperiosa de romper los moldes estrechos de su individualidad personal a través de la comunicación, de las relaciones humanas y de la actividad. El trabajo y la eficiencia ayudan a la persona a estimarse y a sentirse estimada por los demás, a reforzar la propia identidad, a canalizar sus tendencias e intereses y a encontrar el equilibrio interno en la adaptación a la realidad.

            Desde una perspectiva negativa, hay religiosos que van perdiendo paulatinamente su ilusión vocacional al constatar que su trabajo comunitario y apostólico no les proporciona la más mínima satisfacción existencial. El desajuste interno de muchos religiosos proviene de la conciencia que tienen de sí mismos como personas inútiles, ineficaces, que trabajan sin esperanza, realizando esfuerzos que frecuentemente no son reconocidos por los demás.

            Esta situación puede ciertamente provenir de la falta de preparación del religioso, de la falta de trabajo estable o de la ausencia de planificación congregacional[34]. Sin embargo, el problema es mucho más amplio. La crisis de desintegración personal por falta de eficiencia afecta también a religiosos muy bien preparados o que ejercen un rol conforme a sus cualidades y dotes personales. En estos casos la raíz de la situación es más profunda. Proviene de la falta de valoración de la actividad apostólica de la vida religiosa en su justa medida. El apóstol trabaja y no siempre ve y palpa el fruto de su trabajo apostólico. Trabaja en una tarea íntima, escondida, sin posibilidad de control estadístico ni valoraciones matemáticas. En su actividad apostólica, el religioso sabe que él no es el agente principal, sino que son Jesús y su Espíritu los que animan su trabajo. Más aún, es frecuente el fracaso apostólico, pero en una perspectiva de fe sabemos que este fracaso puede ser fuente de fecundidad apostólica.

            Toda esta realidad mistérica y trascendente hay que tenerla en cuenta a la hora de valorar la eficiencia de la acción apostólica y, en consecuencia, el origen de las insatisfacciones humanas. Posiblemente, lo que se busca muchas veces es el propio éxito y no la obra de Dios. El compromiso apostólico es creer lo que se anuncia, vivir lo que se cree y predicar lo que se vive. El incremento, la eficacia y la utilidad hay que medirlos no con módulos humanos, sino con módulos de Dios, según su mente y sus propios caminos.

IV. UN COMPROMISO COMUNITARIO

            En el proceso de búsqueda de la unidad personal, desempeña un papel decisivo la comunidad. El proceso del ajuste interior y exterior es un proceso de interacción y en el mismo desempeñan un papel decisivo las personas que integran la comunidad en la que vive el religioso. Una manera concreta de caridad en la vida de comunidad es ofrecerse con oblatividad para ayudar a los hermanos necesitados.

            Una vida comunitaria satisfactoria, actitudes de comprensión y diálogo, profundización de las relaciones interpersonales, etc., son factores de una eficiencia positiva para superar las dificultades de integración personal. La comunidad puede ofrecer al religioso la satisfacción de la necesidad de vínculos afectivos, de la necesidad de aceptación y apoyo, de la necesidad de reconocimiento y prestigio, y de la necesidad de expresión y creatividad. Para ello, la comunidad debe vivir su propia identidad religioso-congregacional, debe estar orientada a una misión apostólica concreta bien definida y debe establecer unas metas a conseguir en plazos previstos. Al contrario, una comunidad anárquica, sin motivaciones ni proyectos, sin exigencias evangélicas y sin un alto nivel de aspiración religioso y apostólico, será un factor más de desintegración de los miembros que la constituyen.



     [1] Cf. PC 18.

     [2] RC 5.

[3] PI 17-18, 47.

[4] VC 67.

[5] Cf. Aut. 18-20.

[6] Cf. J. CLOTET, Vida edificante del Padre Claret, Misionero y Fundador, transcripción, revisión y notas de J. BERMEJO, Madrid 2000, cita p. 760

[7] Cf. Aut 782.

[8] EA, propósitos de 1854,

[9] Cf. “Nunca me quejaré, me resignaré a la voluntad de Dios, que así lo ha dispuesto para mi bien” (Aut 785, 9).

[10] Cf. Aut 782-783.

[11] Cf. Aut 784-786. “Nunca me enfadaré, callaré y ofreceré a Dios todo lo que me dé pena” (785, 8); “seré siempre amable para con todos, singularmente con los que me son más molestos” (786).

[12]Aut III, cap. XV.

[13] Aut 650.

[14] Cf. J. CLOTET, o.c., pp. 770-772, 777-779, 792.

[15] CC 68.

[16] Además de las citas que se indican a continuación, cf. también PGF. 211, 370, 404, 407, 425.

     [17] PGF 33; cf. también MCH 132.

     [18] PGF 60.

     [19] PGF 101; cf. también MCH 150.

[20] Cf. DVC, cap. VIII.

[21] Cf. PGF 93-97.

[22] Cf Aut 687

[23] Cf PI 19.

[24] Cf. A. LEGHISA, CMC, p. 50.

[25] Cf. MCH 150; PGF 101; cf. también SP 13; Aut 687.

[26] Cf. PGF 100.

[27] Cf. PGF 37.

[28] Cf. DVC 373-378.

[29] Cf. EMP 37.2.

[30] Cf. DVC 258-262.

[31] Cf. EMP 16, 19, 21.

[32] Cf. SP 17; PGF 39; TM 22.

[33] Cf. DVC 380-383.

     [34] El Concilio Vaticano II y otros documentos eclesiales han insistido, al hablar de la formación, en que se proporcione a los formandos después de la profesión una preparación específica no sólo espiritual, sino también técnica y apostólica acomodada a sus cualidades y a las urgencias apostólicas de la Iglesia (Cf. PC 16).

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