Capítulo 16 Las Constituciones, instrumento de formación

 

Capítulo 16

 

Las Constituciones,

instrumento de formación

            Nuestra identidad, descrita de una manera global en los documentos congregacionales, se expresa con claridad en las Constituciones. Estas condensan y transmiten una experiencia de gracia que el Espíritu nos concede y que genera un peculiar estilo de vida y de misión dentro de la Iglesia. Las Constituciones son una referencia inmediata de nuestro proceso formativo como guía e instrumento de formación[1].

El presente capítulo aborda este tema en los siguientes puntos:

I. LAS CONSTITUCIONES: QUÉ SON, CÓMO SE HAN FORMADO Y RENOVADO.

II. LAS LÍNEAS-FUERZA DE LAS CONSTITUCIONES.

III. LAS CONSTITUCIONES, REFERENCIA OBLIGADA DURANTE EL PERIODO FORMATIVO.

IV. ACTITUDES ANTE LAS CONSTITUCIONES.

V. MEDIOS PARA HACER DE LAS CONSTITUCIONES UN INSTRUMENTO FORMATIVO

I. LAS CONSTITUCIONES: QUÉ SON, CÓMO SE HAN FORMADO Y RENOVADO

1. ¿Qué son las Constituciones?

            El Directorio define acertadamente la identidad de las Constituciones al afirmar que en ellas

            “se presentan la naturaleza, características y exigencias más esenciales y permanentes de nuestra misión en la Iglesia y se define nuestro espíritu de vida y el tipo de gobierno propio de una Congregación misionera”[2].

            Las Constituciones son la expresión objetiva del mismo seguimiento de Jesucristo propuesto en el Evangelio[3], según el carisma o forma peculiar inspirada por el Espíritu Santo a un fundador y al instituto por él fundado. No son un libro alternativo al Evangelio. Las Constituciones son para los religiosos un auténtico camino de Evangelio y de santificación, garantizado por la aprobación oficial de la Iglesia.

            La significación de las Constituciones se puede poner de manifiesto en una serie de enunciados. Ellas son:

• la expresión estable de un carisma, la forma original de seguir e imitar a Jesucristo, destacando una dimensión de su misterio;

• la carta de identidad de un instituto en la Iglesia;

el proyecto evangélico de vida de un instituto, la traducción del Evangelio en clave de Congregación;

• la expresión de un credo, de una fe vocacional común;

el libro básico de la espiritualidad congregacional (rasgos y actitudes que crean un “estilo de vida” o un modo peculiar de ser y de hacer, de santificación y de apostolado);

• la conciencia que la Congregación tiene de sí misma como comunidad “congregada” por el Espíritu del Señor;

• el libro fundamental de oración y de discernimiento personal y comunitario, en clave claretiana;

• el instrumento y la guía de formación y de animación misionera.

2. Proceso de formación y de renovación de las Constituciones

            En la elaboración de las primitivas Constituciones intervinieron el Fundador y otros miembros del instituto. Después, con el paso del tiempo, las Constituciones fueron experimentando modificaciones, siempre a instancias de las orientaciones de la Iglesia en cada tiempo. Es algo normal, puesto que su literalidad -e, incluso, la mentalidad subyacente a la misma- es siempre susceptible de revisión, de acomodación o de puesta al día. Así los claretianos podemos mantener en cada época la fidelidad a nuestro carisma original.

            El proceso de formación y de renovación de nuestras Constituciones ha seguido la siguiente trayectoria[4]:

1849: Las primeras Constituciones –que no llegaron a imprimirse- rigieron la vida misma del grupo de los primeros misioneros. Fueron escritas a mano por nuestro Fundador. De ellas no queda ninguna copia.

1857: Se rehicieron las Constituciones anteriores o primeras. Esta vez ya se imprimieron, con la aprobación del obispo de Vic.

1862: Se reeditaron las Constituciones (de 1857) y se añadió un “Apéndice” relativo a los aspirantes, probandos y estudiantes (cuya admisión había determinado el II Capítulo General) y a sus formadores. Comenzó a tramitarse la aprobación ante la Santa Sede.

1865: Con algunas modificaciones, en 1865 quedó aprobado el texto de las Constituciones de manera temporal (ad decennium).

1870: Pero a los cinco años, en 1870, recibieron la aprobación definitiva, al ser aprobada la Congregación como instituto religioso (con votos públicos simples). En los años sucesivos se mantuvo íntegramente el mismo texto constitucional, si bien se fueron añadiendo algunas modificaciones en forma de apéndice (Constituciones de 1913).

1924: Siguiendo las orientaciones de la Iglesia, el Capítulo de 1922 impulsó la acomodación de las Constituciones a la nueva legislación eclesial (CIC de 1917), quedando plasmada en el texto publicado en el año 1924.

1971: El Capítulo especial de 1967 inició la renovación y acomodación de las Constituciones al espíritu del concilio Vaticano II. En 1971 se publicó un nuevo texto de Constituciones renovadas, con carácter experimental.

1973: A raíz del siguiente Capítulo de renovación (año 1973) apareció otro nuevo texto de Constituciones, también con carácter experimental, prosiguiendo en ese empeño de puesta al día.

1982-1986: El Capítulo de 1979 concluyó el proceso de renovación de las Constituciones elaborando un nuevo y definitivo texto, que sería aprobado por la Sede Apostólica en 1982 y que, con pequeñas correcciones, sería adaptado en 1986 al nuevo CIC (de 1983) vigente en la Iglesia. Es el texto que está actualmente en vigor.

II. LAS LÍNEAS-FUERZA DE LAS CONSTITUCIONES

            Vamos a indicar cuáles son las grandes líneas que articulan o están presentes en el texto de las Constituciones, y que son las que han de guiar la formación claretiana.

1. Afirmación de nuestro carisma

            El texto constitucional contiene de manera inequívoca la esencia de nuestro carisma en la Iglesia. La constitución fundamental, en concreto, lo expresa de forma sintética y clara[5]: parte del hecho mismo de la fundación de la Congregación, señala sus fines, destaca el fundamento evangélico y eclesial y subraya nuestra condición de consagrados en comunidad al servicio del Evangelio como hijos del Inmaculado Corazón de María, siendo cooperadores de su función materna en la misión apostólica. El último número de la constitución fundamental recoge la definición del misionero, que representa la quintaesencia y utopía del carisma claretiano.

            Sin entrar en el análisis pormenorizado de cada número de la constitución fundamental[6], subrayemos ahora sólo la primera frase con que comienzan las Constituciones y que sintetiza admirablemente la esencia de nuestro carisma: “Nuestra Congregación de Misioneros fue fundada por el Arzobispo San Antonio María Claret”[7]. Tres palabras de este primer enunciado dan la clave de la conciencia carismática que de sí misma tiene la Congregación: Nuestra, Misioneros y Antonio María Claret. Veamos:

            a. Nuestra: esta palabra hace referencia al sentido de pertenencia a una comunidad que tiene un mismo origen, una misma historia y un mismo fin. Es exponente de la vinculación de las sucesivas generaciones de claretianos a la primitiva comunidad que nació en la celda del seminario de Vic y que han mantenido viva la conciencia de ser la misma Congregación a través del tiempo.

            b. Misioneros: el título genérico de misioneros, que da el P. Fundador a la Congregación, responde a una realidad histórica, porque él mismo y sus compañeros así se llamaban y, de hecho, se dedicaban a tareas de evangelización. Pero corresponde, asimismo, a nuestro más profundo modo de ser en la Iglesia.

            c. La alusión al arzobispo san Antonio María Claret no pretende dejar mera constancia de un dato histórico. Pretende subrayar que es el Fundador: Claret es el hombre elegido por Dios para dar inicio a una comunidad de misioneros. Es nuestro padre en el camino de santificación y de apostolado por él inaugurado. Es el modelo o forma ejemplar de misionero que se nos propone para nuestra consideración e imitación. Por eso nos llamamos claretianos y formamos en la Iglesia una comunidad de vida misionera.

            En el número 2 de las Constituciones, donde se habla del objeto de la Congregación, esta conciencia carismática aparece también de forma muy concisa. Se dice que ese objeto -o triple objeto- que se busca, se lleva a cabo según nuestro carisma misionero en la Iglesia. En esta sucinta declaración queda condensada la riqueza de la experiencia de vida que tuvo el Fundador, la Congregación del pasado y la que pretende tener la Congregación actual.

            Pero la afirmación de nuestro carisma aparece no sólo en la constitución fundamental. Recorre de arriba abajo, de uno u otro modo, todo el texto de las Constituciones renovadas. Este carisma misionero, descrito sumariamente en los primeros nueve números, se explicita luego en los capítulos de la primera parte. Y en todos los capítulos restantes late o se evidencia con mayor o menor intensidad ese mismo espíritu característico de nuestra familia claretiana.

2. Seguimiento de Cristo Evangelizador

            Los claretianos hemos encontrado un cercano modelo de cristocentrismo en la figura de nuestro Fundador y en su doctrina. Su forma peculiar de seguir a Cristo anunciando el Evangelio[8] es para nosotros el paradigma adecuado. Las Constituciones presentan en los números 3, 4 y 5 esa faceta del Cristo Evangelizador, que intuyó y vivenció nuestro Fundador. Estos números marcan, además, la pauta de interpretación del inicio de todos los capítulos de la primera parte de las Constituciones[9], en los que el primer principio que se asienta es el de la imitación de Jesucristo. Seguirle, imitarle, configurarse con él, son expresiones que se emplean indistintamente y que aluden sin lugar a dudas a un estilo de vida caracterizado por ese cristocentrismo.

            El itinerario espiritual de san Antonio María Claret conoce muy bien esos matices terminológicos y vivenciales (el seguimiento, la imitación, la configuración, etc.): él procuraba la imitación externa de las virtudes apostólicas de Cristo, intentaba después la reproducción de sus actitudes íntimas (interiorización) y alcanzaba la transformación en Cristo (configuración con él)[10].

            Nuestra vida misionera cobra sentido desde el seguimiento de Cristo Evangelizador. Por eso, hemos de iniciarnos progresivamente en este seguimiento. Las Constituciones[11] y los escritos de nuestro Fundador, principalmente sus escritos espirituales y la Autobiografía, serán una ayuda inestimable para progresar en ese camino espiritual.

3. Sensibilidad y disponibilidad en la Iglesia y para la Iglesia

            Una forma muy generalizada de concebir a la Iglesia en tiempos pasados consistía en identificarla casi exclusivamente con la jerarquía. El concilio Vaticano II, desde un nuevo planteamiento eclesiológico, contribuyó a hacer comprender que todos -no sólo los pastores- somos la Iglesia, los religiosos también. Los institutos religiosos surgen en la Iglesia y para la Iglesia. Ese fue, sin duda, uno de los principios más fecundos de renovación. Vista la Iglesia como misterio de salvación, Pueblo de Dios, Comunidad de fe, Comunidad de culto…, la vida religiosa se inserta con pleno derecho en la Iglesia y participa en su vida[12]. Desaparece de esta suerte aquella vieja tentación que tuvieron algunos religiosos de sentirse una parte al margen de la Iglesia o de ser considerados así por otras personas.

            Los claretianos somos una Congregación dentro de la comunidad eclesial: somos una Congregación dentro de la gran comunidad del Pueblo de Dios[13]. Nuestra Congregación refleja esta conciencia y disponibilidad en sus Constituciones renovadas. En los números 3-6 de la constitución fundamental se percibe una concepción de nuestra vocación misionera con un alcance y con un dinamismo plenamente eclesiales. Expresamente se formula esta visión eclesial cuando se recuerda que somos “esforzados auxiliares de los Pastores”[14], o cuando se insta a cada una de nuestras comunidades a desarrollar y a poner al servicio de la Iglesia y del mundo su carisma originario y a encarnarse verdaderamente en la situación y en las necesidades de la Iglesia particular y del mundo que la rodea[15].

            Pero es el capítulo VII (sobre nuestra misión) en donde las resonancias eclesiales se hacen más patentes por la sensibilidad y disponibilidad que rezuma. Esta conciencia de ser en la Iglesia, de la Iglesia y para la Iglesia ha de fomentarse, lógicamente, no sólo desde las actividades realizadas hacia fuera, sino también desde las que se realizan hacia dentro, como son: la vida escondida en Dios, la oración, la vida fraterna, el trabajo cotidiano, el sufrimiento, la vivencia de los votos, el empeño por el progreso en la vida espiritual y la misma formación.

4. Con énfasis en lo misionero         

No estamos ante una cuestión meramente terminológica, sino de contenido[16]. Estamos ante una verdadera línea-fuerza que afecta esencialmente a la vida de los claretianos y que, por ello mismo, se refleja de manera incisiva en el texto de las Constituciones. La Congregación ha querido resaltar y revalorizar aún más en la redacción del texto constitucional renovado la índole misionera de nuestra vocación, como signo de fidelidad al espíritu primigenio heredado de su Fundador.

            Salta a la vista el énfasis que las Constituciones ponen en lo misionero: ya en la constitución fundamental se equipara el título de Misioneros Claretianos al de Hijos del Inmaculado Corazón de María[17]; se afirma que nuestro carisma en la Iglesia es misionero[18]; y se presenta a nuestro instituto como tal empleando el sinónimo de apostólico[19]. Desde esta óptica misionera es como hay que comprender el resto de las Constituciones. De hecho aparece frecuentemente el término misionero o misioneros (o sus formas equivalentes en femenino, como vida misionera, vocación misionera, comunidad misionera etc.), y de manera preeminente, en el frontispicio de la primera parte y en el título de muchos capítulos, además de contenerse en muchos números. Curiosamente, el capítulo relativo a los novicios no tiene en el título la palabra misionero, pero en compensación aparece la palabra (o los términos equivalentes, incluido el sustantivo misión) en casi todos los números[20].

            En resumen, el vocablo misionero reviste para los claretianos un valor sustantivo porque matiza y califica de manera decisiva todos y cada uno de los elementos constitutivos de nuestra vida (vida de unión con Dios, vivencia de los consejos evangélicos, comunidad de vida con los hermanos, apostolado etc.).

            Lógicamente, el énfasis con que las Constituciones presentan todo lo que tiene relación directa con lo misionero ha ido teniendo su resonancia o expresión también en los documentos capitulares, en los que se han ido subrayando aspectos importantes de nuestro carisma misionero: la misión en sí misma[21], la Palabra acogida y servida[22] y el ministerio profético[23].

5. En fidelidad a nuestra filiación cordimariana

            Otra línea-fuerza que atraviesa las Constituciones es la filiación cordimariana. Las referencias a la Virgen María pueden parecer escasas; pero no es el número de veces en las que se hace mención explícita de la Madre del Señor lo que ha de poner en tela de juicio la importancia de esta línea-fuerza. Hay que considerar, más bien, el contenido en sí de esta línea-fuerza, así como los lugares en los que aparece, para valorar que nos encontramos ante una línea verdaderamente significativa, que toca las fibras más íntimas de nuestra espiritualidad claretiana.

            Se alude a María nada menos que en el título de la Congregación y, después, en varios números de la constitución fundamental[24]. Aparece su nombre, asimismo, en los capítulos dedicados a la castidad, la pobreza y la obediencia, en donde se la recuerda como valor o referencia ejemplar[25], y también en el capítulo de la oración, cuando se habla del culto y del amor filial a Ella[26]. Es altamente significativo que se la mencione, sobre todo, en los capítulos relativos a la formación inicial: a los novicios se les dice que “acojan como Madre y como Maestra a la Bienaventurada Virgen María, que fue la primera discípula de Cristo”[27]; luego se recuerda cómo por la profesión religiosa nos consagramos a Dios y “nos entregamos al Inmaculado Corazón de María para el ministerio de la salvación”[28]; y, ya en el capítulo relativo a los misioneros en formación y su prefecto, se insta a amar y reverenciar “con filial confianza a la Bienaventurada Virgen María, formadora de apóstoles”[29].

            Ahora bien, la clave de interpretación de esta línea-fuerza cordimariana está ya en el número 8 de la constitución fundamental. Allí se subraya -de forma directa o indirecta- que María es nuestra Fundadora, Patrona, Titular y Madre. Y se precisa el sentido de esta presencia eminente de María (porque no se trata de acumular títulos marianos): en orden a ser configurados con el misterio de Cristo y para cooperar con su oficio maternal en la misión apostólica.

            María no es primordialmente para nosotros la excelsa Señora, cuyas glorias hemos de propagar; ni es sólo nuestra abogada en los momentos difíciles; ni siquiera es sólo el modelo que imitar… María, por ser Madre de Jesús Evangelizador y por habernos acogido como hijos de su Corazón, es ante todo la que nos forma, nos configura con Cristo y nos incorpora a su oficio maternal en la misión de su Hijo. Con razón, pues, puede ser considerada como nuestra Madre y Formadora en el ministerio apostólico[30]. Éste es el sentido de la verdadera filiación cordimariana, que traspasa todas las fibras de nuestro ser misionero.

            La Congregación quiere ver prolongado en sus hijos lo que san Antonio María Claret deseó al fundarla: “que fuesen y se llamasen Hijos del Inmaculado Corazón de María”[31], entendido siempre en el sentido anteriormente indicado. En el Fundador, María y el apostolado están profundamente implicados[32]. En nosotros, sucede lo mismo. Nuestra piedad filial consistirá en estar siempre dispuestos para la misión apostólica. La consagración al Inmaculado Corazón de María que hacemos al profesar es para el apostolado, esto es, en orden a la misión[33]. Se trata, entonces, de algo más profundo que de una simple práctica ascética. La filiación cordimariana, desde las Constituciones, se revela, pues, como una forma concreta de ser y de obrar de los claretianos, consistente en vivir la consagración religiosa con María -desde su Corazón- al servicio del Reino. Así, un hijo del Corazón de María será siempre un apóstol[34].

6. Espíritu profético y sensibilidad social

            El Concilio Vaticano II afirma:

            “los institutos tienen que promover entre sus miembros el conveniente conocimiento de la situación de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando sabiamente a la luz de la fe las circunstancias del mundo presente e inflamados del celo apostólico, puedan ayudar más eficazmente a los hombres”[35].

            Esta recomendación del Concilio Vaticano II está asumida e integrada en nuestras Constituciones. En ellas se refleja una sana inquietud por todo lo que afecta al ser humano, especialmente a los más pobres. Nuestras Constituciones explicitan claramente esa sensibilidad social animada y guiada, eso sí, por un espíritu profético. En la raíz de esta sensibilidad y de este profetismo hay una coincidencia absoluta con el espíritu del Fundador:

            “El Señor me dijo a mí y a todos estos misioneros compañeros míos: Non vos estis qui loquimini, sed Spiritus Patris vester, et Matris vestrae qui loquitur in vobis. Por manera que cada uno de nosotros podrá decir. Spiritus Domini super me, propter quod unxit me, evangelizare pauperibus missit me, sanare contritos corde[36].

            La Congregación es y se siente heredera de ese ministerio profético de Claret. El Espíritu la impulsa a continuar creativamente la grande obra iniciada por el Fundador y los primeros claretianos[37]. Y en las Constituciones se reflejan, como en un espejo, tanto esa impronta profética como esa sensibilidad social:

            a. La misión profética de Jesús, que es el núcleo de la experiencia apostólica de Claret[38], es una línea-fuerza que atraviesa el texto constitucional y que se expresa en locuciones como las siguientes: anunciar la Buena Nueva, predicar el Evangelio, dar testimonio, servir a la edificación de la Iglesia, despertar esperanza, recordar los bienes del mundo futuro, conseguir que Dios sea conocido, amado y servido por todos, comunicar a los hombres el misterio íntegro de Cristo[39] etc.

            b. Además del talante profético, una preocupación y sensibilidad social y humana se percibe, sin duda, en bastantes números de nuestras Constituciones[40]. Se trata de referencias y llamadas a la sensibilidad social que demuestran innegablemente cómo las Constituciones contienen un trasfondo de urgencia social, desde una perspectiva profética.

            En las Constituciones encontramos, por tanto, una línea-fuerza de profetismo y de sensibilidad social que nos recuerda constantemente cómo nuestra entera vida de consagración religiosa, nuestra vida comunitaria y nuestro ministerio de la Palabra, ya desde los comienzos de la formación, no pueden ser asépticos en el mundo que nos rodea.

III. LAS CONSTITUCIONES, REFERENCIA OBLIGADA DURANTE EL PERIODO FORMATIVO

            En la actualidad contamos en nuestra Congregación con un texto de Constituciones renovado en conformidad con las orientaciones del concilio Vaticano II y en fidelidad al carisma originario de san Antonio María Claret. Es un texto que conserva el más genuino espíritu claretiano y es, probablemente, el más rico desde el punto de vista doctrinal y el mejor elaborado desde la fundación de nuestro instituto.

Ahora bien, de nada sirve que los claretianos contemos con un magnífico texto constitucional si éste no llega a ser suficientemente conocido, interiorizado y vivido. De ahí la apremiante necesidad de que las Constituciones sean eje central de la renovación[41], y, particularmente, un instrumento esencial e imprescindible durante la formación, como lo fueron en otro tiempo para tantos claretianos[42]. En palabras de nuestro Plan General de Formación, ellas son “la referencia inmediata de nuestro proceso formativo”[43].

            Las Constituciones desempeñan, en efecto, una función de primera magnitud como instrumento-guía en la formación de los claretianos porque en ellas se contienen los principios teológicos fundamentales de la vida religiosa y los elementos carismáticos básicos y necesarios para conducir el proceso formativo a su fin: llegar a ser misioneros. Con ocasión de su aprobación por la Sede Apostólica (año 1982), el P. General recalcaba este papel importante de las Constituciones durante la formación con las siguientes palabras:

            “Una función relevante han de tener las Constituciones durante el período formativo de los jóvenes claretianos. Su discernimiento vocacional, su crecimiento y su progresiva identificación como claretianos no serían posibles si no contaran con esta fuente, frecuentada de acuerdo a un programa intensivo y bajo la guía de los responsables”[44].

            Las Constituciones han de servir de guía en el itinerario formativo. En ellas se encuentra la orientación fundamental de la formación claretiana y se contienen los dinamismos principales que pueden estimular en ese caminar hacia la meta, lo que las convierte en instrumento valiosísimo de formación y autoformación.

1. Las Constituciones clarifican el fin y los principios de la formación

            Las Constituciones nos dicen qué tipo de misioneros se han de formar. Describen la vocación, el estilo de vida y la misión que hemos de llevar a cabo en la Iglesia, con lo cual queda suficientemente esclarecida la finalidad de la formación. El Plan General de Formación viene después a señalar cuál es el objetivo fundamental, y lo hace de manera más explícita:

            “El objetivo de la formación es promover nuestro crecimiento en la unión y configuración con Cristo, según el carisma claretiano en la Iglesia, mediante un proceso personalizador, en cada situación concreta y abiertos a la universalidad”[45].

            Esto es posible merced a la aportación clarificadora de las Constituciones, que dejan bien asentado cuál es el fin y cuáles son los principios sobre los que ha de basarse la formación de todo claretiano. Contamos, afortunadamente, con un horizonte claro de finalidades, objetivos y principios orientadores para llevar a buen puerto nuestra formación misionera.

2. Las Constituciones nos introducen en un credo vocacional común

            Las Constituciones son expresión de una fe común. Se han redactado desde la fe o credo que da sentido a nuestra comunidad misionera y, por consiguiente, deben servir como instrumento-guía de formación en esa misma fe vocacional.

            Cuando un joven pide compartir la vida misionera claretiana recibe en el noviciado el libro de las Constituciones. Pero este libro en cuanto tal -en su literalidad- no resulta inteligible. Se hace inteligible merced a la comunión y a la confrontación con el espíritu o vida que subyace en él y hacia la que orienta. El joven candidato que cree tener vocación para nuestro instituto y llama a sus puertas, debe confrontarse existencialmente con los elementos configurativos de la vocación claretiana, que se contienen en las Constituciones. Ellas han de guiar esa experiencia de comunión y de confrontación. Ellas son el instrumento-guía de penetración en esa fe vocacional.

            Las Constituciones son instrumento valioso en ese itinerario de comprobación, de discernimiento y de preparación para poder responder a la llamada de Dios. Ofrecen un programa de vida, unos valores carismáticos y un camino evangélico autenticado por la Iglesia, cuyas líneas maestras son:

• el seguimiento de Cristo Evangelizador,

• vivido en comunidad misionera,

• en pobreza, castidad y obediencia,

• en asidua oración,

• en continuo progreso de santificación,

• orientado plenamente a la proclamación de la Buena Nueva.

3. Las Constituciones promueven el crecimiento vocacional

            En las Constituciones hallamos también la estimulación hacia el crecimiento personal en todas sus dimensiones, dentro y desde la comunidad: es la comunidad misionera el seno en el que tiene lugar el desarrollo humano, espiritual y apostólico de los claretianos, a partir del principio establecido en la constitución fundamental que afirma:

            “Todos nos congregamos en la misma comunidad, realizamos la misma misión y según del don del propio orden y la función de cada uno en la Congregación, participamos de los mismos derechos y obligaciones que dimanan de la profesión religiosa”[46].

            Desde esa comunidad misionera se fomenta el crecimiento de sus miembros a todos los niveles. Así:

• las Constituciones hablan de la necesidad de vivir con gozo el don de la vocación divina; instan a los que ingresan a que realicen un proceso de discernimiento y a que desarrollen la madurez de juicio y la firmeza de carácter (equilibrio psicológico)[47];

• estimulan a alcanzar aquella madurez personal suficiente que permita realizar la profesión perpetua[48];

las alusiones recurrentes al uso de la libertad, al sentido de la responsabilidad, a la plenitud personal, a la servicialidad, a la colaboración, etc., demuestran que las Constituciones promueven el crecimiento humano;

• y son más frecuentes, lógicamente, en las Constituciones los textos que alientan el crecimiento espiritual y apostólico, y se pueden encontrar de continuo.

4. Las Constituciones capacitan para la acción misionera

            Toda vocación implica una misión: Dios llama para algo. Formarse es hacer posible la respuesta a la llamada de Dios para realizar la misión. Nuestras Constituciones son un magnífico instrumento-guía de formación para el servicio misionero en la Iglesia, según el carisma claretiano. Por eso:

• a los que se sienten llamados por Dios les invitan a conocer profundamente y a experimentar de alguna manera la vida y la misión de la Congregación[49];

• a los novicios les urgen a poner los fundamentos de la vida misionera, conociendo sus elementos esenciales y ejercitándose en la práctica de los consejos evangélicos[50];

• a los misioneros en formación les recuerdan cuál es la finalidad del período institucional, es a saber, formarse para poder cumplir la misión, y les encarecen pedir a Dios que los haga ministros idóneos de la divina palabra[51];

• y a todos los restantes miembros de la Congregación, sean Hermanos, Diáconos o Presbíteros, les hacen un llamamiento a compartir la misma vida y misión de la Congregación, desde su vocación diferencial específica[52].

IV. ACTITUDES ANTE LAS CONSTITUCIONES

            Las Constituciones claretianas podrán ser para nosotros un valioso instrumento de formación si, en relación con las mismas, adoptamos las actitudes que se indican a continuación.

1. Leerlas bajo la inspiración del Espíritu que nos ha ungido

            Sin la presencia del Espíritu nada se explica en la Iglesia. Aunque nuestro origen histórico parte de la persona de san Antonio María Claret, nuestro origen más genuino y fundamental es el Espíritu Santo, bajo cuya inspiración fue posible la fundación de nuestro instituto. La profunda e íntima vinculación entre Claret y la Congregación sólo puede comprenderse desde el Espíritu Santo. Fue el Espíritu Santo quien llevó a Claret a reunir a los primeros misioneros, a dar nombre a la primitiva comunidad, a escribir para ella las Constituciones[53].

            El Espíritu ha estado muy presente, asimismo, en todo el proceso de renovación de las Constituciones llevado a cabo en los años postconciliares[54].   También ahora es preciso leerlas y proseguir avanzando bajo ese impulso del Espíritu. Por eso, no podemos limitarnos a la admiración y la contemplación pasiva de este documento congregacional. Ni siquiera basta con reconocer que ahí está el fruto del Espíritu. Se requiere que todos nosotros nos dejemos impulsar por la fuerza del mismo Espíritu hacia la renovación interior, sin resignarnos a realizar una mera conformación externa y superficial con las Constituciones.

            Quien se inicia en la vida religiosa necesita igualmente recorrer un proceso de conformación interior, lo cual es imposible si no se realiza bajo el aliento del Espíritu. Se precisa actitud discipular, es decir, apertura y docilidad a la acción del Espíritu Santo, puesto que él es el principio inspirador y propulsor de la vida de la Congregación y el que alienta y guía toda genuina formación en el carisma claretiano.

2. Considerarlas como expresión de una fe vocacional común

            Las Constituciones nacen como expresión de una fe vocacional común. Sólo cuando las Constituciones son contempladas desde esta perspectiva -no como si fueran una imposición que viene de fuera- pueden ser asumidas también como un concreto y ascético camino de Evangelio.

            Pueden ser entendidas como genuina expresión de fe y norma de vida para cuantos quieren profesar comunitariamente el seguimiento de Jesús. Lo humano, lo cristiano y lo religioso-claretiano quedan condensados en ese credo congregacional, que es el texto de las Constituciones, como cuadro de referencia objetivo desde el que adquieren significado y valor la identidad y la misión de la Congregación en la Iglesia, su estilo de vida misionera, sus estructuras y su organización. Desde él se justifica la oración compartida, la comunión de bienes espirituales y materiales, el entramado de las relaciones propias de nuestra vida comunitaria, la disponibilidad necesaria para la misión evangelizadora, la búsqueda conjunta de la voluntad de Dios, el testimonio de vida y la formación -tanto inicial como permanente- para el sagrado ministerio.

 

3. Asumirlas en continuidad de vida

            Las Constituciones son expresión objetiva del carisma fundacional; y en ellas se condensa también la tradición de nuestra familia religiosa. De ahí que hayan de ser asumidas en continuidad de vida con ese don del Espíritu otorgado a san Antonio María Claret, a los primeros compañeros del Fundador, que tenían idéntico espíritu al suyo[55], y a los que sucesivamente continuaron adhiriéndose a la comunidad claretiana a lo largo de los años.

            Los novicios, cuando tomen en sus manos las Constituciones, deben tener conciencia de que están ante un libro de familia. Las Constituciones son el libro de familia que recoge y ofrece la experiencia de una vida misionera ya realizada y realizable todavía en la Iglesia. Por eso, deben abrir con sumo respeto y amor este libro concienciándose de que también ellos han sido llamados por Dios para ser continuadores de una vida ya iniciada, no para inventarla como si no hubiera existido hasta el presente. Es decir, han de asumir las Constituciones -libro de vida, libro de familia- en sintonía y en continuidad con el espíritu de nuestro Fundador y de la Congregación.

V. MEDIOS PARA HACER DE LAS CONSTITUCIONES UN INSTRUMENTO FORMATIVO

            Hemos indicado en qué condiciones o con qué actitudes las Constituciones pueden convertirse en válido instrumento formativo. Ahora vamos a sugerir con qué medios podrán desempeñar ese papel de guía-instrumento de la formación. Se trata solamente de indicar algunos medios (actividades, estrategias, costumbres, medidas, ejercicios etc) entre otros muchos que podrían adoptarse.

1. Sugerencias para ayudar a la interiorización de las Constituciones    

1.1. Lectura

• Leer las Constituciones con frecuencia, comunitaria y personalmente.

• Intentar hacer una lectura transversal de las Constituciones: averiguar, por ejemplo, cuál es la imagen de Dios que presentan las Constituciones a lo largo de todo el libro (o la imagen del Señor Jesús, o la de María…).

1.2. Estudio

• Aprender de memoria algunas frases de las Constituciones: la memorización de ciertos párrafos ayuda a la retención de preciosos contenidos, que pueden evocarse oportunamente.

• Profundizar en la comprensión de las Constituciones, ahondando en su contenido mediante el recurso complementario a otras lecturas, subsidios o comentarios ya existentes[56].

• Consultar las fuentes del Fundador (de la Congregación, de la Iglesia) en donde se ha inspirado cada número de las Constituciones y que vienen indicadas en el Apéndice del texto constitucional. Se trata de una actividad laboriosa pero muy fructuosa.

1.3. Oración

• Hacer frecuentemente o, al menos, una vez a la semana la meditación sirviéndose del texto de las Constituciones.

• Orar con las Constituciones: tomar un texto e ir repitiéndolo en forma de plegaria, haciendo variaciones, aplicándolo a la propia vida, alabando al Señor, dándole gracias, intercediendo por los demás…

1.4. Celebración

• Tener en alguna ocasión una celebración comunitaria en la que el libro de las Constituciones sea el centro de atención o el motivo principal de la comunidad reunida en oración y que hace memoria del don histórico concedido a la Congregación por el Espíritu. Podrían incluirse algunos gestos simbólicos como, por ejemplo: llevarlo procesionalmente, colocarlo en un lugar destacado, acogerlo con palabras de agradecimiento a Dios, recibirlo individualmente…

1.5. Examen

• En orden a intentar observarlas con todo el cuidado posible, tomar como examen particular de conciencia o de revisión algún capítulo de las Constituciones durante una temporada.

• Discernir la propia vida, la propia vocación, al hilo de lo que se propone como ideal en las Constituciones.

1.6. Creatividad

• Redactar una composición literaria, reelaborando algún capítulo de las Constituciones, con palabras propias, respetando el contenido del texto pero reinventando la forma de expresión.

• A partir de la definición del misionero (número 9), componer otra definición personal, incluyendo elementos contenidos en las Constituciones, explicitando lo que en aquella definición aparece de manera muy sintética.

• Elaborar por escrito cada día una breve oración, a partir de cada número de las Constituciones.

2. Observar las Constituciones “con todo el cuidado posible”

            Podemos recoger, para finalizar, la recomendación que hiciera nuestro Fundador a los misioneros en carta dirigida al P. Jaime Clotet en el año 1861:

”Dígales que lean con frecuencia las Reglas y Constituciones de la Congregación y que las observen con fidelidad”[57].

            Cada claretiano ha de leer frecuentemente las Constituciones y empeñarse en su cumplimiento o fiel observancia. Ahora bien:

• Leer las Constituciones, en primer lugar, quiere decir algo más que darse por enterado de sus contenidos. Supone llegar a acogerlas de manera sapiencial. Del mero conocimiento de los contenidos hay que pasar a sintonizar existencialmente con las Constituciones, esto es, hay que llegar a lograr una cierta connaturalidad con ellas, a sentir hacia ellas un verdadero amor y una simpatía cordial, como consecuencia de una identificación con el proyecto de vida y de misión en él descrito[58].

• Y, después, esa acogida cordial deberá traducirse, lógicamente, en un fiel cumplimiento de sus exigencias. Obras son amores.

            El ritual de la profesión temporal prevé el gesto elocuente de la entrega del libro de las Constituciones a los neoprofesos, expresando verbalmente el valor que estas representan para quienes se consagran[59].

            Según el ritual, hay que recibirlas, leerlas y aprenderlas, comprenderlas con la mente, guardarlas en el corazón, observarlas con las obras y encontrar en ellas el vigor de la vida misionera así como el progreso en el camino del Señor, que es la santificación propia. Ése es el reto al que nos enfrentamos todos los claretianos al emitir la profesión. Nos comprometemos públicamente a vivir en la Congregación “según sus Constituciones” y a intentar observarlas “con todo el cuidado posible”[60].

            Esto podrá llegar a ser realidad sólo si las convertimos en “la referencia inmediata de nuestro proceso formativo”[61] y si, ya desde los inicios de la formación, nos acostumbramos a familiarizarnos con este libro, que es nuestra principal carta de identidad en la Iglesia, lo acogemos con el corazón, como palabra de vida que es, y lo llevamos a la práctica. Se requiere todo un programa intensivo de conocimiento, de aprendizaje y de ejercitación continuada de esa acogida sapiencial de las Constituciones y de su traducción en la vida.



[1] Cf. PGF 18.

[2] Dir 4; cf. SP 3.1.

[3] “Los religiosos tengan como norma suprema de vida el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio y tal como se expresa en las Constituciones del propio Instituto” (CIC 662; cf. PC 2 a.).

 

[4] Estudios sobre las Constituciones claretianas pueden consultarse en NPVM I, pp. 39-121 (aspectos históricos) y pp. 367-469 (aspectos jurídicos y de gobierno). Cf. asimismo PGF 139-144.

[5] Cf. CC 1-9.

[6] Eso puede verse en NPVM II, pp. 35-162.

[7] CC 1.

[8] Cf. PC 2a; LG 46.

[9] Cf. CC 10, 20, 23, 28, 39, 46 y 51.

[10] Basta consultar la Autobiografía para comprobar su afán en el seguimiento de Cristo Evangelizador, compartiendo en todo su vida y su misión.

[11] “En las Constituciones se contiene un itinerario de seguimiento caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia” (VC 37).

[12] Cf. PC 2.

[13] Cf. HRCM 34.

[14] CC 6.

[15] Cf. CC 14.

[16] “La palabra ‘misionero’, entendida desde la experiencia misionera de san Antonio María Claret, define nuestra identidad carismática” (Dir 26).

[17] CC 1. Sobre el título de Misioneros Claretianos cf. NPVM II, pp.46-48.

[18] Cf. CC 2. En CC 9 se ofrece la definición del Misionero o Hijo del Inmaculado Corazón de María.

[19] En CC 5 se dice que formamos “en la Iglesia un Instituto verdadera y plenamente apostólico”. El adjetivo apostólico es usado también con frecuencia a lo largo del texto constitucional. Cf. CC 7, 8, 17, 21, 25, 40, 43 etc.

[20] Cf. CC 61, 62, 63, 64, 65, 67, 68 y 71.

[21] XIX Capítulo General, en 1979: La Misión del Claretiano Hoy (MCH).

[22] XXI Capítulo General, en 1991: Servidores de la Palabra (SP).

[23] XXII Capítulo General, en 1997: En Misión Profética (EMP).

[24] Cf. CC 3, 5, 8 y 9.

[25] Cf. CC 20, 23 y 28.

[26] Cf. CC 35 y 36.

[27] CC 61.

[28] CC 71.

[29] CC 73.

[30] “Como a Claret, María, por obra del Espíritu Santo, nos configura con el Hijo, Evangelio de Dios. Ella es nuestra formadora y directora en la obra de evangelización” (MCH 150; cf. números 1, 151 y 223). Lo subrayaba el P. General, G. ALONSO: “Para el Claretiano no basta ser ‘devoto’ de María: tiene que desarrollar una espiritualidad mariana […] Con María recorre el propio itinerario de crecimiento y de identificación con Cristo” (CF 3.4).

[31] Aut 488.

[32] Para nuestro Fundador, María es su “Madre”, su “Madrina”, su “Maestra”, su “Directora” y “su todo después de Jesús” (cf. Aut 5), y él es su “hijo y ministro” formado por Ella en la fragua de su misericordia y amor (cf. Aut 270); formado -se entiende- para la misión.

[33] La consagración, en la fórmula actual, es similar a la legada por el Fundador, y dice: “me consagro en el Espíritu Santo a Dios Padre por su Hijo Jesucristo y me entrego en especial servicio al Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María en orden a conseguir el objeto para el que esta Congregación ha sido constituida en la Iglesia” (CC 159). El objeto al que se refiere está bien señalado en las Constituciones: “buscar en todo la gloria de Dios, la santificación de sus miembros y la salvación de los hombres de todo el mundo” (CC 2).

[34] Cf. CC 9.

[35] PC 2.

[36] Aut 687.

[37] Cf. EMP 41.

[38] Cf. MCH 58.

[39] Cf. CC 4, 5, 5 y 45, 6, 20, 23, 40 y 46.

[40] Cf. CC 3, 4, 14, 20, 24, 26, 29, 34, 44, 46, 48 y 49.

[41] Tal como lo recordó en 1991 el XXI Capítulo General: cf. SP 13.2.

[42] Las Constituciones, en la historia de la Congregación, fueron el molde donde se formaron los Hijos del Corazón de María, misioneros que se entregaron radicalmente a Dios, le dieron mucha gloria ante los pueblos y prestaron servicios valiosísimos a la Iglesia. Cf. A. BOCOS, Carta Circular con motivo del 125 aniversario de la aprobación de las Constituciones, Roma, 1995, 1.

[43] PGF 18.

[44] CCR 3.1.

[45] PGF 12. VC 65 decía: “El objetivo central del proceso de formación es la preparación de la persona para la consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento de Cristo, al servicio de la misión”.

[46] CC 7.

[47] Cf. CC 58, 59, 68.

[48] Cf. CC 71.

[49] Cf. CC 59.

[50] Cf. CC 61.

[51] Cf. CC 72 y 73.

[52] Cf. CC 78-85.

[53] Cf. HP 14.

[54] “Vivimos en la Iglesia en un momento privilegiado del Espíritu” (EN 75).

[55] Cf. Aut 489.

[56] Cf. NPVM I, II y III.

[57] San Antonio María Claret. Cartas selectas (ed. preparada por J. BERMEJO), Madrid, BAC, 1996, pp. 348-350. Era una carta escrita el 1 de julio de 1861 y en ella el Fundador se refería a las Constituciones editadas en Barcelona unos años antes, en 1857.

[58] Cf. NPVM I , p. 36.

[59] “Recibid las Constituciones de nuestra Congregación, procurad leerlas y aprenderlas de modo que las comprendáis con la mente, las guardéis en el corazón, las observéis con las obras y encontréis en ellas el vigor de vuestra vida misionera para que, observándolas fielmente, progreséis en el camino del Señor y en el servicio del Reino” (Misal y ritual de la profesión de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, Barcelona, Ed. Regina, 1998, p. 111).

[60] “Omni cum cura possibili servabo”: CC 159 (fórmula de la profesión).

[61] PGF 18.

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