Capítulo 17 María, Madre Y Formadora

Capítulo 17

 

María, Madre Y Formadora

Los Misioneros Claretianos nos llamamos y somos Hijos del Inmaculado Corazón de María. En nuestra profesión religiosa nos entregamos a ella “en orden a conseguir el objeto para el que esta Congregación ha sido constituida en la Iglesia”[1]. María está, pues, muy ligada a nuestro ser misionero.

            Ahora bien, ¿quién es María para nosotros? ¿Cómo debemos vivir nuestra relación con ella a lo largo de nuestro itinerario formativo? El Plan General de Formación nos ofrece una respuesta sintética a estas preguntas. En el número 13 afirma que “el objetivo fundamental de la formación consiste en seguir a Jesucristo misionero hasta configurarnos con Él”. Y añade:

 

            “En este proceso, María, Madre de Jesús y de la Iglesia, formadora de los apóstoles, desempeña una misión esencial. Por eso nos entregamos a Ella para ser configurados con el misterio de Cristo, imitar su respuesta fiel como seguidora y cooperar con su oficio maternal en la misión apostólica. Sólo así podremos ser verdaderamente misioneros que ardamos en caridad y abrasemos por donde pasemos”.

            En esta cita se hace referencia al número 8 de las Constituciones, en donde aparecen esbozadas las líneas que dan cuerpo a nuestra espiritualidad cordimariana.

            En este capítulo seguiremos el siguiente esquema:

I.¿QUIÉN ES MARÍA PARA LOS MISIONEROS CLARETIANOS?

II. SIGNIFICADO DE NUESTRA ENTREGA AL CORAZÓN DE MARÍA.

III. MARÍA ES NUESTRO MODELO EN EL SEGUIMIENTO DE CRISTO.

IV MARÍA EN EL ITINERARIO VOCACIONAL.

I. ¿QUIÉN ES MARÍA PARA LOS MISIONEROS CLARETIANOS?

            En nuestras Constituciones hay quince referencias a María, casi siempre bajo el título de Virgen María[2], aunque también se la llama de otras formas[3].

            Además de esos nombres constitucionales, en nuestra tradición María ha sido vista, ante todo, como madre, fundadora, formadora y protectora. Detrás de cada uno de ellos se dibuja un rasgo peculiar de María y de nuestra relación con ella.

            Todos se concentran en su Corazón. De ahí que el nombre de Corazón de María constituya el símbolo que mejor expresa nuestra espiritualidad mariana.

1. María, Madre del misionero

1.1. En la experiencia del P. Fundador

            Antonio María Claret vivió tan intensamente la relación con María que, en su consagración episcopal, incorporó el nombre de la Virgen al suyo propio[4]. Llamó de muchas formas a María, pero de todos los títulos, que constituyen como una síntesis de la mariología claretiana, el de madre es el que mejor condensa la experiencia de Claret. Él, en efecto, vio desde niño a María como su madre del cielo. Cultivó la relación con ella a través del rezo del Rosario, del Ángelus y de las visitas a la ermita de Fusimaña. Esta relación estuvo caracterizada por la intimidad, la confianza, el amor filial y la devoción[5]. Toda su infancia está iluminada por la sonrisa materna de la Virgen de Fusimaña.

            En la juventud experimentó con fuerza su amor maternal en forma de protección contra los peligros[6].

            La respuesta al amor materno de María fue siempre un amor filial. En las oraciones que escribió estando en el noviciado de la Compañía de Jesús expresa con palabras encendidas este amor que profesa a María como madre suya[7].

1.2. En nuestra vida misionera

            Nosotros, los misioneros claretianos, somos y nos llamamos[8] hijos de su Corazón Inmaculado. En nuestra espiritualidad, María actúa como madre y nosotros nos relacionamos con ella como hijos. Esta filiación no es solamente un título. Es “una dimensión existencial de nuestra vida misionera. Es un don del Espíritu Santo para ser vivido y experimentado, que configura nuestro ser interior y lo dinamiza en orden a la misión apostólica”[9].

            En nuestra historia se ha acentuado mucho la filiación cordimariana[10]. Algunos hermanos nuestros han vivido intensamente esta dimensión de nuestra espiritualidad mariana. Recordamos los nombres del P. Antonio Naval, del H. Manuel Giol, del P. Martín Alsina, del P. Ezequiel Villaroya, del H. Francisco Vilajosana, del estudiante Pedro Mardones, de los mártires de Barbastro y de otros.

            La maternidad espiritual de María es una maternidad que nos engendra en cuanto misioneros. Por esa razón, el memorial del Hijo del Inmaculado Corazón de María es esencialmente misionero. Como Madre, el Corazón de María es el ámbito en el que Dios Padre, por medio del Espíritu, nos configura con Cristo. Por otra parte, esta maternidad se prolonga en nuestra misión. En expresión del Fundador, somos como “los brazos de María”[11].

2. María, fundadora de la Congregación

2.1. En la experiencia del P. Fundador

            En los ejercicios que el P. Fundador predicó a la Congregación en 1865 aludió expresamente a María como Fundadora. Lo sabemos directamente por algunos apuntes suyos e indirectamente por el testimonio del P. Clotet. En el esquema de la plática sobre el celo, Claret escribe:

 

            “La Santísima Virgen ha fundado su sagrada Congregación para que su Corazón sea el Arca de Noé, la torre de David, ciudad de refugio y el sagrado propiciatorio”[12].

            Por su parte, el P. Clotet refiere las siguientes palabras pronunciadas por el Fundador en una de sus pláticas:

 

“Vuestra es la Congregación, Vos la fundasteis: ¿no os acordáis, Señora, no os acordáis? Lo dijo con tal acento y naturalidad que se echaba de ver recordaba muy al vivo en aquel momento el precepto, las palabras y la presencia de la Madre de Dios”[13].

2.2. En nuestra vida misionera

            El Plan General de Formación, recogiendo nuestra herencia, alude a María como Fundadora de la Congregación[14]. ¿Qué se quiere decir con esta expresión? Desde un punto de vista teológico, es claro que quien suscita las distintas formas de vida en la Iglesia es el Espíritu Santo. María, pues, no lo sustituye. Por otra parte, afirmar que ella es nuestra Fundadora no significa que ella haya puesto en marcha jurídicamente nuestro Instituto. La expresión hay que entenderla en el contexto de la experiencia espiritual de Claret. Él, en cuanto misionero, se sentía un instrumento de María dentro de la misteriosa comunión espiritual que se establece entre la Iglesia peregrina y la Iglesia glorificada, a la que pertenece María. No es extraño, pues, que experimentara la fundación de la Congregación como una particular manifestación de la maternidad espiritual de María, de su impulso misionero.

            Podemos decir que, como en Pentecostés, María nos sigue reuniendo para que acojamos al Espíritu que nos lanza a la misión. En este sentido, ella funda nuestra comunidad misionera. Como madre nuestra que es, ella nos congrega y nos dispone a la acogida del Espíritu.

3. María, formadora de apóstoles en la fragua de su misericordia y amor

3.1. En la experiencia del P. Fundador

            Claret experimenta también a María como formadora de su corazón de apóstol. Es un título estrechamente vinculado al anterior. Si “la virtud que más necesita un misionero apostólico es el amor”[15], es lógico que Claret considere que ha sido María quien lo ha formado en esta virtud esencial porque ella es una verdadera fragua de misericordia y amor. Nuestro Fundador se sirvió precisamente de la alegoría de la fragua para explicar su proceso formativo como misionero apostólico[16].

 

            Esta alegoría no es una más entre las muchas usadas por Claret. De hecho, en la oración que solía rezar al comienzo de las misiones, le recordaba a María lo bien que sabía ella que él era su hijo y ministro, formado por ella misma en la fragua de su misericordia y amor[17].

            Dentro de la alegoría, María es representada por el fuego del amor. Claret considera que la experiencia del amor de María ha constituido para él la verdadera escuela en la que se ha forjado su corazón de misionero. Este fuego de amor lo ha purificado, caldeado, encendido. A partir de esta experiencia de la fragua, se entiende a sí mismo como un hijo del Inmaculado Corazón de María “que arde en caridad y que abrasa por donde pasa”[18].

3.2. En nuestra vida misionera

            El Plan General de Formación se refiere en dos ocasiones a María como formadora: en los números 13 y 99. El número 13 enuncia el hecho de que María desempeña una misión esencial como formadora. El número 99 desarrolla las implicaciones formativas que conlleva dicha realidad. Esta tarea formadora de la Virgen es interpretada también, en el número 23 del mismo Plan, con otro lenguaje plástico, esto es, desde la misma alegoría de la fragua que empleó el P. Fundador[19].

 

            ¿Cómo realiza María esta función de fragua? De la siguiente manera:

•configurándonos en su corazón y haciendo crecer en nosotros los rasgos del perfecto discípulo de Jesús;

•formándonos para acoger en nuestros corazones, como Ella lo hizo, la Palabra de Dios, de la cual somos ministros;

•forjando en nosotros aquella caridad apostólica que nos impulsa a trabajar sin descanso hasta desgastarnos por el Reino;

•y asociándonos en la misión apostólica a su oficio maternal en la Iglesia[20].

4. María, protectora en la misión

4.1. En la experiencia del P. Fundador

 

            La imagen de María como protectora es la que domina en la etapa de juventud de Antonio María Claret, una etapa en la que experimenta de cerca los peligros que presenta la vida[21].

 

            Esta protección se extiende a diversos aspectos de su vida: la salud física, la fama, la integridad moral, etc[22].

            La protección de María se manifiesta especialmente en la tarea misionera, que Claret entiende como una lucha del bien contra el mal, o de la Mujer y su descendencia contra el dragón.

            Esta experiencia se acentuó con la visión que tuvo siendo seminarista, cuando estudiaba el segundo año de filosofía. Sucedió en el año 1831. Claret entonces tenía veintitrés años. Estando en la cama a causa de un resfriado, experimentó una fuerte tentación contra la castidad. Todos sus esfuerzos por vencerla resultaban vanos. Pero el auxilio le vino del Señor por mediación de María, que se le apareció, bellísima, librándole de la misma.

            Merece la pena leer el pasaje referente a esta visión en su Autobiografía[23] y detenerse a comprender el significado que tuvo para nuestro Fundador. Claret, de hecho, se remite varias veces a ella a lo largo de su vida[24].

            ¿Cuál es el significado de esta visión tan determinante? En sus primeros años en el seminario de Vic Claret sentía con fuerza la vocación apostólica. Se encontraba reflejado en textos proféticos (por ejemplo Is 41, 9-8), en los que el profeta se siente elegido gratuitamente. Particular luz encontraba en el conocido texto de Is 61, 1: “El Espíritu del Señor está sobre mí, pues me ha enviado el Señor a evangelizar a los pobres y a sanar a los contritos de corazón”. A la luz de esta experiencia hay que interpretar la tentación y la visión como un verdadero signo vocacional. Claret es testigo de una manifestación de María, en la que él mismo, desde su situación de enfermo tentado, simboliza imaginativamente la protección de María. En primer lugar, experimenta la fuerza del mal, representado por los demonios. Se trata de una fuerza formidable a la que no puede vencer con sus propios recursos. En segundo lugar, se le aparece María, la mujer hermosa, la fuerza del bien, la nueva Eva. Claret se dejó llevar por el influjo irresistible de su encanto. Ahora bien, María no aparece aislada sino en compañía de un grupo de santos. Finalmente, Claret se ve a sí mismo como un niño que se asemeja al niño que él mismo había sido[25].

            A partir de esta visión, Claret se considera descendiente de la Mujer. En consecuencia, entenderá su misión apostólica como una lucha contra todo lo que se opone al reino de Dios. María, a la que desde niño había visto como Madre, aparece ahora como luchadora y protectora frente al mal.

4.2. En nuestra vida misionera

            Esta visión de María como protectora se subraya en la etapa del postulantado[26], pero ha sido una constante en nuestra historia, sobre todo en la experiencia de nuestros mártires. Está estrechamente ligada a la tarea misionera y a los riesgos que ésta comporta. La misión, cuando arranca de Jesús, es siempre un riesgo que exige audacia y preparación. Este riesgo sólo puede asumirse en unión con Cristo y con María, como lo hicieron el Fundador y nuestros mártires[27].

5. El Corazón de María, título oficial

            Este último nombre de María es el que figura en el título de nuestra Congregación y el que resume todos los demás. Es el título constitucional. Exige, por tanto, un tratamiento más amplio.

5.1. En la experiencia del P. Fundador

            Cuando Antonio María Claret viaja a Italia por vez primera en 1839, entra en contacto con una advocación mariana muy difundida en aquel tiempo: María como Madre del Amor Hermoso o Madre del Divino Amor. María era representada con un corazón. La teología del tiempo afirmaba que el objeto de la devoción al Corazón de María era su amor a Dios y a los hombres. Eso explica que en las oraciones marianas que compone durante su estancia en el noviciado de la Compañía de Jesús acentúe el tema del “amor apostólico”, don que suplica a María.

            Ya en España, en 1847 Claret fundó en Vic la Archicofradía del Corazón de María con una fuerte impronta apostólica. Claret había oído hablar de las conversiones que se producían en París motivadas por la oración de la Archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias.

            Siguiendo esa línea, y teniendo como base su gran devoción a la Virgen, no es extraño que denomine a nuestra Congregación, fundada dos años más tarde (1849), Congregación de Hijos del Inmaculado Corazón de María.

            ¿Cómo vive y entiende Claret su experiencia cordimariana? En su tiempo se veneraba el corazón físico de María porque se consideraba que el corazón era la sede del amor, la fuente de la sangre y de la vida. Claret comparte esta mentalidad y, en consecuencia, explica desde la misma la vinculación especialísima del Corazón de María con su divino Hijo Jesucristo. Según esta concepción, el cuerpo de Jesús se habría formado, pues, de la sangre purísima del Corazón de María[28].

            Ahora bien, además de esa realidad física o material del corazón –y del Corazón de María-, Claret tiene en cuenta su realidad espiritual, como símbolo de interioridad y de amor-caridad:

 

            “María es toda caridad. Donde está María, allí está la caridad … El mundo es como una gran familia. En toda familia ha de haber un centro de dirección o cabeza y un centro de amor o corazón…En el mundo cristiano la cabeza es Jesucristo y el corazón es la Virgen María. María es, pues, el corazón de la Iglesia. He aquí por qué de él brotan todas las obras de la caridad[29].

            La primera vez que Claret menciona el Corazón de María en su Autobiografía es en el capítulo XXX, al hablar “De la virtud del amor de Dios y del prójimo”. En él incluye una hermosa oración que revela quién es María para él:

 

            “¡Oh Madre mía María! ¡Madre del divino amor, no puedo pedir otra cosa que os sea más grata ni más fácil de conceder que el divino amor, concedédmelo, madre mía! ¡Madre mía, amor! ¡Madre mía, tengo hambre y sed de amor, socorredme, saciadme! ¡Oh corazón de María, fragua e instrumento del amor, enciéndeme en el amor de Dios y del prójimo!”[30].

5.2. En nuestra vida misionera

 

            En nuestra historia se ha acentuado fuertemente el título de Corazón de María aplicado a la Virgen y, en consecuencia, nuestra filiación cordimariana[31].

            Antes de que fuéramos un instituto religioso canónicamente reconocido, el vínculo que ligaba a los primeros misioneros era un acto de entrega a Dios y al Corazón de María: “Me entrego y consagro al servicio especial de Dios, de Jesucristo y de María Santísima”[32].

            Tras el Vaticano II y los primeros Capítulos Generales del período de renovación (1967, 1973), se enriqueció la comprensión de nuestra filiación cordimariana mediante una mejor fundamentación bíblica y carismática. La circular del P. Antonio Leghisa sobre El Corazón de María y la Congregación en el momento actual (1978) representó un punto de llegada de esta nueva comprensión y un punto de partida para posteriores desarrollos.

            Nuestras Constituciones no hablan ya del Corazón de María en términos fisiológicos. Adoptan una perspectiva espiritual y simbólica. Además de los seis números en los que se alude expresamente al (Inmaculado) Corazón de María[33], las Constituciones se sirven de otros giros lingüísticos para expresar diversos aspectos contenidos en el título de Corazón de María[34]. Es una manera nueva de hablar del Corazón de María, poniendo de relieve los aspectos contenidos en el símbolo corazón: interioridad, entrega total, profundidad, cordialidad, ternura, etc.

 

II. SIGNIFICADO DE NUESTRA ENTREGA AL CORAZÓN DE MARÍA

            Ser discípulo de Cristo es más que sentir simpatía por su persona o inspirarse en su doctrina. Supone nacer de nuevo (cf. Jn 3, 7). Este nacimiento no es el resultado del esfuerzo personal sino fruto del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5). Por eso, nuestra formación para el seguimiento de Cristo considera al Espíritu Santo como el primer y principal agente[35].

            Asociada a su obra, está la Virgen María. Reconocemos que “su presencia en la formación de los llamados al seguimiento de Cristo es determinante”[36] y -como se dice en la fórmula de nuestra profesión- nos entregamos “en especial servicio al Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María en orden a conseguir el objeto para el que esta Congregación ha sido constituida en la Iglesia”[37].

 

1. ¿Qué significa nuestra entrega filial y apostólica al Corazón de María?

            Desde los comienzos de nuestra Congregación se ha hablado de nuestra relación con María también en términos de consagración al Inmaculado Corazón de María[38].

            Hoy solemos referirnos a la misma realidad utilizando otros términos. Hablamos de consagración a Dios Padre por el Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo y de entrega al Inmaculado Corazón de María.

            El término consagración, en cuanto referido a la comunión con Dios, en sentido estricto sólo puede referirse a Dios mismo. Por eso, las Constituciones prefieren emplear el término entrega. Con esta palabra expresamos nuestro ofrecimiento a María para que ella, junto con el Espíritu, engendre en nosotros al Cristo que estamos llamados a ser, hasta que podamos hacer nuestras las palabras de Pablo que tanto significaron para nuestro Fundador: “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20).

2. ¿Cuál es el contenido de esta entrega?

            Ahora bien, más allá de las palabras, ¿cuál es el contenido de esta entrega? Nuestra entrega implica, ante todo, reconocer y aceptar la maternidad espiritual de María como un don del Señor a su Iglesia. A cada uno de nosotros el Señor nos dice: “He ahí a tu madre” (Jn 19, 27). Este ofrecimiento exige de nosotros una acogida filial, hasta que verdaderamente experimentemos a María como Madre nuestra. Nuestra espiritualidad adquiere un carácter filial ya que por María el Espíritu nos configura con el Hijo Jesucristo. La filiación cordimariana pertenece, pues, al carisma de la Congregación[39].

            En cuanto hijos de María, podemos consagrar nuestra vida entera a la gloria de Dios, siguiendo a Jesucristo en la obra de salvación de los hombres y cooperando con la acción santificadora del Espíritu. Por eso, en nuestra vocación misionera no hay dos objetivos sino uno sólo. Nos entregamos a María en la medida en que hacemos de nuestra vida lo que hizo ella: una dedicación a la gloria de Dios y a la salvación de todos los hombres.

            Entregados a María, colaboramos con su misión materna en el ejercicio del apostolado. En la medida en que el ministerio de la Palabra engendra hombres nuevos mediante la fe, en esa medida prolongamos la maternidad espiritual de María. Nuestra vocación es mariana no por centrarse en la devoción a María sino porque prolonga en la Iglesia su misión engendradora de la Palabra.

            El Plan General de Formación[40] ofrece unas orientaciones pedagógicas muy interesantes para vivir esta entrega. Se remite a la figura de María en cuanto inspiradora de la síntesis vital de cada formando, como la madre, maestra y formadora a la que hay que acoger y amar, a la que hay que imitar en sus actitudes evangélicas fundamentales y en sus comportamientos más típicamente misioneros y a la que hay que descubrir, venerar y proclamar bienaventurada.

 

            Todos estos aspectos aparecen resumidos en la Oración filial y apostólica al Corazón de María, de tanto arraigo en nuestra tradición congregacional, una de cuyas versiones modernas ofrece el Directorio Espiritual[41]:

            “Oh Virgen y Madre de Dios,

yo me entrego por hijo tuyo.

Me confío a tu amor materno

para que formes en mí a Jesús,

el Hijo y el Enviado del Padre,

el Ungido por el Espíritu Santo

para anunciar la Buena Nueva a los pobres.

 

            Enséñame a guardar, como tú, la Palabra en el corazón,

hasta convertirme en Evangelio vivo.

Pide la fuerza del Espíritu

para que sea testigo de Cristo entre los hombres.

Infúndeme tu amor materno

para que les revele al Padre

y sientan la alegría de ser hijos de Dios

en la comunión fraterna de la Iglesia.

 

            Madre, aquí tienes a tu hijo. Fórmame.

Madre, aquí tienes a tu hijo. Envíame.

Madre, aquí tienes a tu hijo. Habla por mí. Ama por mí.

Guárdame, no sea que anunciando a otros el Evangelio,

quede yo excluido del Reino.

 

            En ti, Madre mía,

he puesto toda mi confianza.

Jamás quedaré confundido.

Amén”.

III. MARÍA ES NUESTRO MODELO EN EL SEGUIMIENTO DE CRISTO

            Después de haber descubierto a María como la que, de diversas maneras, nos engendra en cuanto misioneros, ahora nos fijamos en ella como modelo del seguimiento de Cristo[42]. María es para nosotros modelo de creyente, modelo de mujer consagrada y modelo en la práctica de algunas virtudes típicamente misioneras.

1. María, modelo de creyente

 

1.1. En la escucha y cumplimiento de la Palabra

            Nuestra vocación especial en el pueblo de Dios es el ministerio de la palabra. ¿Cómo no aprender de aquella que ha engendrado la Palabra en su corazón y en su cuerpo y que ha sido ensalzada por escuchar la Palabra y por cumplirla?

 

            “María ha vivido en plenitud este misterio. Bajo su acción materna aprendemos a acoger la Palabra, a darle cuerpo de compromiso en la vida y a comunicarla con la misma presteza y generosidad con que ella lo hiciera[43].

            Este cultivo de la Palabra, a ejemplo de María, se produce, en primer lugar, en el encuentro con la Palabra de Dios. La Biblia ha de ser nuestro principal libro de oración y de lectura espiritual[44]. Y esta lectura de la Palabra debe convertirse en compromiso de vida y de anuncio[45].

 

1.2. En la oración

            María es modelo de oración porque sabía acoger el misterio de Dios en su corazón. “Nuestra oración se inspira en la actitud y recomendación de Cristo que oraba asiduamente y en la actitud de María que guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón[46].

            Se trata, pues, de un tipo de oración que nace de una fe profunda Dios, afecta a la persona en su centro y se traduce en una vida de alabanza y de servicio (cf. Lc 1, 47; 1, 39).

2. María, modelo de vida consagrada

2.1. En la castidad

            Entre las motivaciones de nuestra castidad consagrada cobra particular relieve el ejemplo de María. Ella es para nosotros ejemplo de castidad consagrada[47]. El texto bíblico que las Constituciones presentan es el referido a la vocación de María (cf. Lc 1, 34-37). Ella es ejemplo de amor casto siendo madre y esposa.

            El ejemplo de María se manifiesta, sobre todo, en hacer de nuestra vida, como hizo ella, una existencia de amor. Nuestra castidad es testimoniante en cuanto “expresa un modo intensamente evangélico de amar, como Cristo y como María, al Padre y a los hermanos”[48].

            Y, dado que la observancia de la castidad es una tarea ardua, se hace necesario cultivar la madurez espiritual “que se apoya en una fe profunda y en un amor ardiente y apasionado, como Claret, a Cristo, a la Virgen y a la Iglesia, y es garantía de victoria en las tentaciones”[49].

 

2.2. En la pobreza

            El motivo de nuestra pobreza evangélica está en Cristo, pero “lo encontramos también en María, la primera entre los pobres del Señor”[50]. Así lo vivió nuestro Fundador: “También me acordaba de María Santísima, que siempre quiso ser pobre”[51].

            Las Constituciones nos proponen el ejemplo de María como la primera entre los pobres del Señor[52]. Fundamentan esta actitud en el texto del Magnificat (cf. Lc 1, 48-55). Según Lucas, María perteneció al grupo de los humildes a quienes Dios ensalza: “Ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava” (Lc 1, 48). María vive pobre ante Dios y en solidaridad con todos los pobres de la tierra.

2.3. En la obediencia

            También nuestra obediencia consagrada encuentra en María un modelo. Ella “se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra del Hijo”[53]. Lucas acentúa su total disponibilidad a la Palabra de Dios (cf. Lc 1, 38). Por eso María es dichosa. Pertenece al grupo de los que Jesús dijo: “Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28).

            Al aceptar la Palabra en total obediencia, María se hace servidora de la Palabra. En este sentido, nuestra obediencia, entendida como la de María, es condición para que podamos servir la Palabra con autenticidad y cumplir la voluntad de Dios.

3. María, modelo de virtudes típicamente misioneras

3.1. En el celo apostólico

            Nuestras Constituciones reconocen explícitamente que el celo que brota del amor es la virtud más necesaria al misionero[54]. De este celo, que busca que Dios sea conocido, amado, servido y alabado por todos, “Jesucristo, la Virgen y los apóstoles son modelos”[55].

            La Virgen, además de modelo, es mediación de ese fuego de caridad, tal como lo expresa nuestro Fundador:

 

            “Esta sumisión y el hacer servir a nuestra imaginación para soplar el fuego de la caridad lo conseguiremos por medio de la Santísima Virgen, nuestra especial abogada”[56].

            Entre los medios que nos ayudan a mantener vivo el fuego del amor se destaca “la vivencia de ser hijos del Corazón de María y el recurso a su eficaz intercesión como madre de la caridad”[57].

3.2. En la humildad

            Aunque las Constituciones no hacen una referencia explícita a María al hablar de la virtud de la humildad, puesto que ya se habían referido a ella en el capítulo de la pobreza, Claret, entre las peticiones que hace por el pueblo, sí la señala[58]; y, porque sabe que María ha vivido perfectamente la humildad, le ruega que le conceda ese mismo don:

 

            “Pediré a María Santísima una caridad abrasada y una unión perfecta con Dios, humildad profundísima y deseo de desprecios”[59].

3.3. En la mansedumbre

            Para Claret, la mansedumbre “es una señal de vocación al ministerio apostólico”[60]. Tan importante es para el misionero que llega a afirmar que “no hay virtud que los atraiga tanto a los corazones de los hombres como la mansedumbre”[61]. El gran modelo de mansedumbre es Jesús mismo. Pero también María:

 

            “Me acordaré de la mansedumbre de María Santísima, que ni por suceso alguno se le movió la ira, ni perdió la perfectísima mansedumbre…”[62].

3.4. En la mortificación

            Al hablar de la mortificación, Claret reconoce que “me han animado sobremanera los ejemplos de Jesús y de María y de los Santos”[63]. Aunque no desarrolla en qué sentido María es modelo de esta virtud, sí nos refiere cómo María le dijo que a través de ella es como los misioneros darían fruto:

            “En el día 4 de septiembre de 1859, a las cuatro y veinticinco minutos de la madrugada, me dijo Jesucristo: La mortificación has de enseñar a los Misioneros, Antonio. A los pocos minutos, me dijo la Santísima Virgen: Así harás fruto, Antonio[64].

IV. MARÍA EN EL ITINERARIO VOCACIONAL

            En la segunda parte se ha explicado ya en qué consiste nuestra entrega al Corazón de María para participar en su maternidad espiritual. Ahora queremos ver de qué modo esta cooperación se hace itinerario a lo largo de nuestra vida misionera y, de manera particular, en las etapas de la formación inicial.

1. Etapa de acogida vocacional

            María participa en el nacimiento de la vocación misionera:

 

            “En el origen de cada vocación misionera se da una acción eficaz de la maternidad espiritual de María, a través de la cual el Espíritu nos configura a imagen del Hijo Misionero del Padre”[65].

            No abrazamos la vocación por simple reclutamiento sino como respuesta a la gracia recibida.

            Entre los rasgos que debe acentuar nuestra pastoral vocacional no puede faltar la dimensión mariana[66]. Uno de los objetivos de esta etapa de pastoral y acogida vocacional será “presentar a María como madre y modelo de respuesta fiel a la llamada gratuita de Dios”[67].

1.1. María, fuente interior de generosidad

            La etapa de descubrimiento de la llamada de Dios se suele vivir como una encrucijada. Por una parte, la voz de Dios se hace patente a través de múltiples signos: textos significativos de la Escritura, acontecimientos interpelantes, encuentros con personas que son testigos del evangelio, deseos de contribuir a hacer un mundo mejor, etc. Por otra, suelen aparecer dificultades que retrasan una respuesta decidida: temor ante el futuro, resistencias familiares, aparición de proyectos alternativos, etc. En estos momentos de búsqueda y, en ocasiones, de zozobra, María aparece como una fuente interior de generosidad. Su maternidad espiritual se manifiesta generando en nosotros las actitudes que nos ayudan a entregarnos a la voluntad de Dios. Se podría hablar, pues, de una génesis mariana de la vocación.

1.2. María, madre y modelo de respuesta a la llamada de Dios

            El segundo aspecto que destaca en esta etapa se refiere a la respuesta vocacional. La vocación de María, tal como se relata en Lc 1, 26-38, constituye un modelo en el que el aspirante encuentra luz y estímulo para su propia respuesta.

            La vocación de María comienza con una fuerte experiencia de la gracia de Dios: “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo”. La reacción de María es de turbación y de desconcierto. No sabe interpretar lo que le sucede. El segundo momento combina un mensaje de confianza y de fecundidad por parte del ángel de Dios (“No temas … Vas a dar a luz un hijo”) con una pregunta de incredulidad por parte de María (“¿Cómo será esto?”). El momento definitivo aúna la promesa divina (“El Espíritu Santo vendrá sobre ti”) y la entrega de María sin condiciones (“Hágase en mí según tu palabra”).

            En esta experiencia mariana encuentra el aspirante todos los elementos que necesita para interpretar su propia experiencia. También él se siente alcanzado por la gracia de Dios y no acierta a comprender su significado. Recibe estímulos que lo invitan a no temer y a descubrir la fecundidad de su vocación misionera. Pero, al mismo tiempo, se le hacen patentes muchas objeciones: la propia incapacidad, las dificultades sociales, el temor al futuro, etc. Es necesario abrirse a la promesa de Dios. Una vocación no se sostiene con la fuerza del entusiasmo. Sólo hay verdadera vocación cuando aceptamos al Espíritu Santo. Todos los obstáculos pueden ser vencidos “porque para Dios no hay nada imposible”. Cuando el aspirante descubre esto, está en condiciones de pronunciar su propio Hinnení[68], como María. Ya no será el resultado de una iniciativa propia, sino la respuesta agradecida a la gracia de Dios.

 

2. Etapa de postulantado

            El postulantado es una etapa de preparación para iniciarse en la vida claretiana. Sin ella, se correría el riesgo de sembrar la semilla en un terreno inadecuado. Dentro de esta preparación, uno de los objetivos específicos es “descubrir y aceptar a María como madre que acompaña en el camino vocacional y protege en las dificultades”[69].

2.1. Descubrir a María

            El verbo descubrir tiene aquí una fuerza especial. No se refiere a que antes del postulantado el candidato desconozca absolutamente a María y al comienzo de éste la conozca por vez primera. Descubrir equivale a caer en la cuenta, a valorar de un modo más consciente y agradecido la presencia de María y su significado en la vida cristiana. En cierto sentido, el postulante es invitado a realizar un camino semejante al realizado por la Iglesia primitiva: pasar del silencio casi completo sobre María que se refleja, por ejemplo, en los escritos paulinos hasta las reflexiones maduras de Mateo, Lucas y Juan. A medida que el postulante va viviendo su fe y su vocación como una experiencia de encuentro con la persona de Jesús, va descubriendo también el significado de su Madre. Cuando la fe tiene mucho de ideología o de código moral, María no tiene lugar. Las ideologías y los códigos morales no necesitan una madre. Cuando la fe es la relación con la persona de Jesús, entonces la presencia de María se hace connatural: Jesús tiene una madre que es, al mismo tiempo, nuestra madre. En esto consiste el descubrimiento que se le propone al candidato en esta etapa de su formación.

2.2. Aceptar a María como Madre que acompaña y protege

            La aceptación es la consecuencia del descubrimiento. De los diversos rasgos de María acentuados por nuestra tradición congregacional y examinados en la primera parte, aquí se menciona uno: su condición de madre acompañante y protectora.

            Quien está dando los primeros pasos del itinerario formativo necesita que alguien le vaya mostrando el camino y que le ayude a remover los obstáculos que vayan apareciendo. María es para el postulante la persona, la madre, que lo acompaña desde dentro. Es la presencia materna que no se impone, que no ahorra los riesgos de las propias decisiones, sino que alienta y estimula. Como en el caso de Claret joven, también María ejerce sobre el postulante una tarea de protección (nunca de sobreprotección) frente a los peligros que pueden amenazar su respuesta vocacional y frente a las tentaciones de todo tipo que puede experimentar.

3. Etapa de noviciado

            El noviciado es la etapa de iniciación en la vida claretiana. Uno de los objetivos de la formación de esta etapa en su dimensión cristiana es “personalizar e interiorizar el espíritu de las bienaventuranzas, a ejemplo de María, modelo de escucha y de respuesta a la Palabra de Dios”[70]. Al abordar la dimensión claretiana se señala otro objetivo específicamente mariano: “Descubrir el sentido de la filiación cordimariana y fomentar su vivencia”[71] .

3.1. Acoger a María como modelo de escucha y cumplimiento de la Palabra

            La iniciación en el seguimiento de Cristo comienza por la escucha de su palabra. No hay fe sin proclamación del mensaje. El núcleo del mensaje de Jesús se condensa en las bienaventuranzas. De ahí que se vincule la escucha y cumplimiento de la Palabra con la personalización del espíritu de las bienaventuranzas. Esta es la gracia y la tarea que se le ofrece al novicio en su tiempo de iniciación. Se trata, por lo tanto, de experimentar lo sustancial del evangelio. En este camino, María aparece como modelo. Ella es, en efecto, la que ha sabido escuchar y cumplir la Palabra hasta el punto de que en ella, por la fuerza del Espíritu, la Palabra ha llegado a hacerse carne. Para encarnar esta Palabra, para no reducirla a mero conocimiento, el novicio es invitado a acoger al Espíritu y a María.

3.2. Descubrir y vivir la filiación cordimariana

            De nuevo aparece en esta etapa el verbo descubrir con el sentido de caer en la cuenta, tomar conciencia, valorar. El aspecto que se subraya es la filiación cordimariana. Tratándose de una etapa cuyo objetivo es la iniciación en la vida claretiana, resulta lógico que esta iniciación incluya la experiencia que figura en nuestro mismo nombre congregacional. El novicio es invitado a descubrir que nosotros, los misioneros claretianos, somos y nos llamados hijos del Inmaculado Corazón de María. En la primera parte se ha explicado ya el contenido de este título.

4. Etapa de misioneros en formación

            En esta etapa última de la formación inicial, que es una etapa de desarrollo y consolidación, el misionero es invitado a profundizar en su experiencia mariana. Uno de los objetivos específicos de la etapa es: “Amar filialmente a María, Madre de la Iglesia, formadora de apóstoles, haciendo de Ella y como Ella el camino de peregrinación de la fe”[72].

4.1. Amar filialmente a María, Madre de la Iglesia, formadora de apóstoles

            En la experiencia dinámica que el formando va haciendo de María, se acentúa ahora su dimensión eclesial y apostólica, en consonancia con los objetivos propios de esta etapa, que prepara inmediatamente para la realización de nuestra misión en la Iglesia. No es extraño que, junto al objetivo de amar a María como Madre de la Iglesia, figure este otro: “Aprender a sentir con la Iglesia, entendida como pueblo de Dios en marcha y como misterio de comunión”[73].

            María aparece como la Madre de toda la comunidad de los creyentes en Jesús. Su maternidad no es contemplada sólo en una perspectiva personal sino eclesial. Pensando maternalmente en la Iglesia, María colabora con el Espíritu Santo en la formación de aquellos que han recibido el encargo de edificar la Iglesia mediante el ministerio de la Palabra. En este sentido, ella es formadora de apóstoles. En medio de los múltiples agentes que intervienen en esta etapa formativa, al misionero joven se le propone amar a María como la que forma la raíz de su misión: un corazón creyente dispuesto para amar. Sin formar este corazón, todas las demás capacidades no servirán de nada[74].

4.2. Hacer con María la peregrinación de la fe

 

            Esta etapa, la más larga de la formación inicial, “supone una experiencia de contraste y de realismo, no exenta normalmente de crisis y dificultades”[75]. También la fe puede experimentar pruebas, provenientes de los estudios, de la confrontación con otras visiones de la realidad, del cansancio, etc. Resulta estimulante contemplar a María como la mujer peregrina de la fe, como la que no creyó de una vez por todas sino que vivió un verdadero itinerario en el que también experimentó la duda, la oscuridad, la tentación. Acompañado por esta Madre peregrina, el misionero es invitado a no desfallecer, a seguir caminando, a confiar de una manera más lúcida y más profunda en la promesa de Dios, que nunca retira sus dones.



[1] CC 159.

[2] Cf. CC 1, 3, 4, 5, 8, 9, 20, 23, 28, 35, 36, 61, 71, 73, 159.

[3] “Bienaventurada Virgen María” (CC 1, 8, 24, 35, 36, 61, 73, 159); “Inmaculado Corazón de María” (CC 1, 4, 8, 71, 159); y, en diversos lugares, se la llama “Madre de Dios”, “madre y maestra”, “primera discípula de Cristo”, “formadora de apóstoles”, “esclava del Señor” y “Patrona”. En conjunto, domina una imagen bíblica de María, si bien contemplada desde una perspectiva claretiana.

[4] “Por devoción a María Santísima, añadí el dulcísimo nombre de María, porque María Santísima es mi Madre, mi Madrina, mi Maestra, mi Directora y mi todo después de Jesús” (Aut 5).

[5] “Nunca me cansaba de estar en la iglesia delante de María del Rosario, y hablaba y rezaba con tal confianza, que estaba bien creído que la Santísima Virgen me oía” (Aut 48).

[6] EA, p. 432.

[7] Cf. Aut 154-162. En otro momento de su vida, hablando de sí mismo en tercera persona, escribe: “Como amaba a María Santísima como a su tierna y cariñosa Madre, siempre pensaba qué podría hacer en obsequio suyo…” (EA, p. 411).

[8] La expresión “nos llamamos” (CC 1) recuerda las palabras usadas por el Padre Fundador en la Autobiografía cuando habla del pensamiento que tenía de fundar una Congregación de misioneros “que fuesen y se llamasen Hijos del Inmaculado Corazón de María” (Aut 489); cf. tambien NPVM II, p. 42 y ss.

[9] PGF 99.

[10] Lo recordaba el Papa Juan Pablo II en el mensaje dirigido al Capítulo General de 1985: “Sabéis perfectamente hasta qué punto esta conciencia de filiación mariana está en la base, no solamente de la actividad apostólica del Santo Fundador, sino también y de manera específica, como cimiento de la fundación de vuestro Instituto. A lo largo de vuestra historia, este carácter de filiación mariana ha permanecido siempre como un elemento importante de vuestra espiritualidad y acción evangelizadora. No permitáis que se debilite” (CPR, p. 73).

[11] Cf. EA, p. 665.

[12] CCTT, p. 602.

[13] Mss-Clotet: Notas para Anales, Variedades 1885, 179. Archivo de la Postulación cmf. Inédito; cf. también AGCMF: GA, 01, 06, 192.

[14] Cf. PGF 99.

[15] Aut 438.

[16] A partir de lo que sucede en un taller de cerrajero, el Fundador explica lo que sucedió con él: cf. Aut 342.

[17] Cf. Aut 270.

[18] Aut 494.

[19] Cf. PGF 23.

[20] Cf. PGF 100.

[21] Cf. Aut 76.

[22] Cf. EA, p. 432.

[23] Cf. Aut 95-98.

[24] La evoca en algunas obras escritas: “Un estudiante devoto de María Santísima del Rosario (1865), Método del misionar en las aldeas (1857), Origen del Trisagio (1861). Según el testimonio de don Antonio Barjau, este hecho lo había predicado el siervo de Dios muchísimas veces y yo mismo se lo había oído, y, a pesar de que lo predicaba siempre en tercera persona, sin embargo, comúnmente los oyentes lo atribuían a él” (PIV, sesión 33).

[25] Cf. Aut 43, 38.

[26] Cf. PGF 337.

[27] Cf. PGF 39.

[28] Cf. EE, pp. 500-501.

[29] EE, pp. 493-495.

[30] Aut 447.

[31] En algunos momentos se llegó incluso a decir que éste era el aspecto que definía específicamente nuestra vocación en la Iglesia. Esto explica la enorme difusión que se hizo de su devoción, la construcción del templo votivo en Roma y muchas prácticas piadosas y obras de apostolado en torno al Inmaculado Corazón de María.

[32] CCTT, p. 310.

[33] Cf. CC 1, 4, 8, 9, 71, 159.

[34] Así, por ejemplo, se nos propone que abracemos la castidad “como un don para consagrarnos de todo corazón a las cosas del Padre” (CC 20); se habla de la Santísima Virgen como de la “que se consagró totalmente como esclava del Señor, a la persona y a la obra del Hijo” (CC 28); se nos pide que la veneremos “como Madre de Dios, asociada de todo corazón a la obra salvífica de su Hijo” (CC 36).

[35] Cf. PGF 93-97.

[36] PGF 98.

[37] CC 159.

[38] Cf. Dir 32.

[39] Cf. Dir 33-34.

[40] Cf. PGF 101.

[41] Directorio Espiritual (Roma 2001), número 20. Puede encontrarse la versión clásica en el número 242.

[42] “La formación claretiana ha de buscar en María los rasgos identificadores del verdadero misionero: capacidad contemplativa, adhesión profunda a Jesús, caridad pastoral y misericordia frente al hombre en miseria, disponibilidad, identificación con los pobres de este mundo, fortaleza ante la cruz y la muerte, inquebrantable esperanza, transparente comunicación de la Palabra” (PGF 58).

[43] PGF 26.

[44] Cf. PGF 200.

[45] PGF 201.

[46] PGF 213.

[47] Cf. CC 20; también PG 62.

[48] PGF 63.

[49] PGF 64.

[50] PGF 67.

[51] Aut 363.

[52] Cf. CC 23.

[53] CC 28; cf. PGF 73.

[54] Cf. CC 10, 40.

[55] PGF 79.

[56] EE, pp. 487.

[57] PGF 80.

[58] Cf. Aut 659.

[59] Aut 749.

[60] Aut 374; cf. CC 42.

[61] Aut 373.

[62] Aut 783.

[63] Aut 393.

[64] Aut 684.

[65] DVC 84.

[66] Cf. PGF 287; también DVC 84-85.

[67] PGF 314.

[68] Hinnení es un vocablo hebreo que se traduce por Heme aquí, aquí estoy, etc., indicando una actitud de disponibilidad total para lo que Dios se digne mandar. Es la actitud que expresan, entre otras, las siguientes referencias bíblicas: Sal 40, 8; Gn 22, 1; 1S 3, 4-5; Is 6, 8; Hch 9, 10; etc. Es la actitud de María: He aquí la esclava del Señor.

[69] PGF 337.

[70] PGF 358.

[71] PGF 361.

[72] PGF 387.

[73] Ibid.

[74] Así lo veía también nuestro Fundador: “Si no tiene este amor [un misionero apostólico], todas sus bellas dotes serán inútiles; pero, si tiene grande amor, con las dotes naturales, lo tiene todo” (Aut 438).

[75] PGF 379.

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