Capítulo 2 La vocación y su discernimiento

Capítulo 2

 

La vocación y su discernimiento

            La vocación es un don que hay que discernir en todos los momentos de nuestra vida para ser fieles a ella hasta la muerte.

            El discernimiento vocacional, iniciado previamente, no se interrumpe con la llegada al noviciado. Al contrario, éste es un tiempo fuerte para que el novicio lo intensifique, sobre todo respecto a la Congregación en la que desea ingresar[1]. Existen principios y criterios de discernimiento, nacidos de la realidad y de las exigencias de la vocación, definidos y establecidos por la Iglesia y la Congregación[2], que sirven de orientación y guía en el discernimiento. A continuación presentamos el tema de la vocación y su discernimiento en dos apartados:

I. SIGNIFICADO DE LA VOCACIÓN.

II. EL DISCERNIMIENTO VOCACIONAL.

I. SIGNIFICADO DE LA VOCACIÓN

            La vocación es una inspiración o moción interior por la que Dios llama a una persona para una misión. Supone siempre la absoluta libertad de Dios que llama y la libertad humana que reacciona ante esta llamada. Toda vocación condensa la historia de un inefable diálogo entre Dios, que llama con amor, y la libertad del hombre, que responde en fe y amor. Por tanto, los dos elementos indispensables de toda vocación son el don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre[3].

            La vocación religiosa es una llamada de Dios a vivir la vocación cristiana en un determinado modo de vida caracterizado por representar efectivamente en la Iglesia la forma de vida de Jesús. Dios hace esta llamada mediante un carisma que otorga libremente a quien quiere. La vocación religiosa es una vocación especial, una modalidad carismática de la vocación común cristiana. Afecta a toda la vida de la persona llamada. Al ser acogida y asumida libremente, la persona hace una opción fundamental que compromete toda su vida y condiciona, a la vez, las decisiones importantes futuras[4]. La vocación a la vida religiosa establece una alianza entre Dios que llama y consagra totalmente para él, y la persona llamada, que se entrega, correlativamente, de forma total y exclusiva.

            En este contexto, la vocación a la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Misioneros Claretianos), es una llamada especial a representar en la Iglesia, según el carisma misionero otorgado por Dios a Claret y a cada uno de los claretianos, el mismo género de vida que Jesús eligió para sí y que abrazó también en fe la Virgen María. Claret fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María para procurar la salvación de los hombres mediante la predicación del Evangelio[5]. Ante la falta de predicadores, se asoció con otros sacerdotes movidos por el mismo espíritu que él[6], para dedicarse al ministerio de la Palabra y, juntos, conseguir lo que él solo no podía. La Congregación, heredera de su espíritu misionero, se siente responsable de actualizar sus iniciativas misioneras y de promover aquellas que él personalmente no pudo realizar.

            Nuestro proyecto de vida misionera implica ser discípulo y seguir al Maestro, vivir los consejos evangélicos en comunidad de vida con Jesús y con el grupo de los llamados, ser enviado y anunciar a todo el mundo la Buena Nueva del Reino. La unción del Espíritu para anunciar la Buena Nueva y la comunión con Cristo, el profeta por excelencia, nos hacen partícipes de su función profética[7].

            La presencia de la Virgen María es esencial en la vida misionera claretiana. Nos consagramos especialmente al Padre, en Cristo, y nos entregamos al Corazón de María para vivir la vida evangélica y apostólica[8]. Ser hijo del Corazón de María significa ser misionero y apóstol. El hijo del Corazón de María es un hombre lleno de amor que abrasa por donde pasa y no piensa sino en cómo seguir a Cristo Misionero y en cómo procurar la salvación de los hombres[9].

II. EL DISCERNIMIENTO VOCACIONAL

            El discernimiento vocacional no es sólo un proceso psicológico; es, sobre todo, un proceso de fe por el que se intenta captar la autenticidad de la llamada[10] y se procura promover la fidelidad a la misma. El discernimiento intenta captar la veracidad de los signos vocacionales que manifiestan la autenticidad de la vocación (llamada y respuesta) del candidato a la Congregación. Tanto el candidato como su acompañante espiritual deben discernir la vocación en una acción conjunta a través de la oración, la escucha de la Palabra de Dios y el diálogo fraterno[11].

1. La vocación como proyecto dinámico

            La vocación es una realidad dinámica, tanto en la llamada como en la respuesta. El carácter dinámico de la vocación se manifiesta procesualmente del siguiente modo[12]:

            11. Dios muestra su voluntad progresivamente y, además de la llamada inicial, sigue llamando constantemente a la persona durante toda la vida y la invita a una respuesta constante y sin descanso.

            21. La persona llamada debe estar impulsada por las motivaciones vocacionales, que son fuerzas dinámicas que mueven la personalidad.

            31. La vocación se desarrolla con la fuerza y el ritmo de la misma personalidad (dones, cualidades…) y de la gracia vocacional del llamado (exigencias vocacionales).

            41. La persona se siente más estimulada por el mundo exterior, la realidad y los signos de los tiempos. Cuando el ambiente exterior es rico, la persona es más estimulada.

2. La vocación como llamada y respuesta

            La vocación, en sentido pleno, es, a la vez, llamada y respuesta. Para que la vocación pueda hacerse realidad en la vida personal ha de incluir ambos elementos:

1º. La llamada se manifiesta a través de los signos vocacionales de dos maneras: la primera es la comunicación que Dios hace de su proyecto a la persona elegida mediante acontecimientos vocacionales; y la segunda está constituida por los dones que Dios otorga a la persona para la realización del proyecto vocacional que le ha manifestado. Ambas han de darse simultáneamente.

2º. En correspondencia con la llamada, la respuesta se manifiesta asimismo de dos maneras: la primera es la aceptación de la llamada manifestada en la conciencia vocacional por la que la persona percibe que Dios la llama: es el sí de la persona al proyecto de Dios; la segunda es el desarrollo de los dones, dotes y cualidades que la persona ha recibido del Señor: es la entrega total y permanente a la realización de dicho proyecto.

3. La llamada: los signos vocacionales

 

            La llamada como comunicación de Dios, como voz del Señor que llama, se ha de entender y distinguir a través de los signos vocacionales que manifiestan la voluntad de Dios al llamado[13]. Son de dos tipos: acontecimientos y dones de Dios a la persona.

3.1. Signos vocacionales como acontecimientos

            Los signos vocacionales son acontecimientos de la historia personal del candidato en los que el Señor se hace presente invitándole a seguirle. Normalmente, no hay que pensar que la llamada llegue a la persona de forma extraordinaria. La voz de Dios, como el lenguaje de la gracia, es la inspiración del Espíritu Santo, que se expresa de una manera profunda y atrayente, y que llega a través de muchos signos vocacionales como manifestación de la voluntad de Dios[14]. Los momentos de fuerte experiencia vocacional acontecen en tiempos históricos y situaciones reales a través de los cuales hay que discernir la voluntad de Dios.

            En el diálogo vocacional, Dios se acomoda al hombre. Utiliza una sabia pedagogía usando señales para hacerse entender. En concreto, Dios manifiesta al hombre su voluntad por medio de experiencias concretas que jalonan su propia historia. Se hace así audible sacramentalmente, esto es, a través de mediaciones. Cualquier experiencia humana, cualquier lugar, cualquier acontecimiento, cualquier circunstancia, sin recorte alguno, puede convertirse en vehículo, ocasión y contexto para el encuentro del hombre con Dios.

            A esos acontecimientos existenciales los llamamos también señales de la llamada. Por la densidad que contienen, a quien los experimenta, le resulta fácil localizarlos y diferenciarlos en su historia personal. Proporcionan al sujeto conciencia vocacional. Entre las señales de llamada más frecuentes suelen estar éstas:

            1ª. El proceso de maduración de la propia fe, que contiene una serie de encuentros significativos con el Señor en momentos de la historia personal.

            2ª. La vida de la Iglesia como llamamiento[15]. La vida de la Iglesia ofrece una inestimable ayuda a los llamados en orden a que ellos respondan adecuadamente a la llamada de Dios transformándola en opción fundamental[16].

            3ª. La sensibilidad hacia los problemas de los hombres. Hay necesidades que en sí mismas son un reclamo, que despiertan un apremiante sentido de compasión y disponibilidad.

            4ª. Las llamadas personales. Las que ha recibido directamente el individuo concreto y le han dejado con inquietudes, con dudas, con miedos… Esa herida suele ser uno de los más claros indicios de vocación.

            5ª. Los modelos de identificación, esto es, aquellas personas con nombre y rostro, que han prendado al candidato. Aunque sean idealizadas al comienzo, asumen el papel de una auténtica llamada[17].

            6ª. Las casualidades de la vida: aquellas circunstancias que, sin pretenderlo, han abocado al llamado a enfrentarse con la posibilidad de una llamada.

            7ª. Las cualidades personales especiales y significativas. Para Dios llamar equivale a dar. Dios no llama a nadie para algo sin antes haberle dotado de lo necesario para llevarlo a cabo. Y los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cf. Rm 11,29).

            8ª. La Palabra de Dios y la oración personal. En ellas el Señor va despertando una libertad y una disponibilidad enormes en el orante. A lo largo de los procesos que se suscitan se pueden evidenciar las insistencias de la llamada de Dios.

            9ª. Fantasías en la niñez y en la adolescencia. El modo repetido de imaginarse a sí mismo en el futuro suele nacer de un dinamismo interior preconsciente que puede ser revelador de una vocación.

            Estas señales, y otras muchas, suelen ser ambiguas, al menos al principio. No evidencian de una vez por todas la llamada. Que no aparezcan muy definidas no es razón para no responder. La vocación es siempre un misterio de fe y de amor que se despierta en el hombre poco a poco. Sin amor de amistad, que genere confianza y disponibilidad, no puede haber respuesta positiva ante la llamada, como tampoco la hay sin libertad exterior e interior.

 

3.2. Signos vocacionales como dones de Dios a la persona

            La llamada se expresa, además, en los dones de naturaleza y gracia recibidos por la persona (cf. Rm 12, 3). Estos dones son otorgados por Dios al llamado en orden a la vivencia de las exigencias de la vida misionera y a la realización de la misión. Su existencia, considerada también signo vocacional, garantiza la autenticidad de la llamada. Incluyen las cualidades de la personalidad y el don de la gracia divina, los dones carismáticos personales y las virtudes sobrenaturales. La Iglesia llama a estos dones requisitos[18] que la persona vocacionada ha de poseer y han de ser discernidos cuidadosamente. Los requisitos son las condiciones personales del candidato que permiten deducir su idoneidad[19]. Son los criterios positivos de discernimiento que permiten verificar, tanto al candidato como al Instituto, si existen signos de verdadera vocación. Los requisitos señalados por la Iglesia y la Congregación son los siguientes:

            a. En general[20]:

            11. Recta intención, es decir, existencia de motivaciones e intereses vocacionales auténticos y válidos.

            21. Plena libertad a la hora de optar por la vida religiosa y, en particular, por la Congregación.

            31. Índole, es decir, temperamento, carácter y personalidad apropiados, especialmente para la vida de comunidad y el servicio a los demás.

            41. Cualidades requeridas para vivir el proyecto claretiano y cumplir la misión de la Congregación. Entre ellas, buena salud física y psíquica; suficiente nivel intelectual; madurez y equilibrio psicológico según la edad de la persona; y cualidades morales y espirituales adecuadas.

            b. En concreto[21]:

            11. Edad. La edad mínima para ingresar al noviciado es de 17 años cumplidos[22]. Antes de esa edad se pueden aceptar candidatos para hacer un tiempo de prenoviciado. Como edad máxima no hay nada establecido en el Derecho Universal. Es criterio pedagógico y de experiencia no admitir a candidatos muy jóvenes ni vocaciones de adultos con edad avanzada, a no ser que se den circunstancias extraordinarias.

            21. Salud física. El grado de salud que se pide al llamado no está establecido de una manera categórica. Es un criterio de apreciación. El llamado ha de disfrutar de aquella salud que sirva a la persona de apoyo a un equilibrio psicológico adecuado y le permita vivir y realizar las exigencias vocacionales.

            31. Índole apropiada. La índole es un concepto global de la persona que incluye su temperamento, su carácter y su personalidad. Debe ser apropiada para vivir las exigencias de la vocación. Se cifra en aquellas actitudes y aptitudes que permiten vivir los valores vocacionales. Fundamentalmente son estas capacidades humanas:

• el amor desinteresado a los demás,

• la entrega incondicional y generosa al servicio del Reino,

• una rica sensibilidad y vida afectiva,

• la sociabilidad y la capacidad de establecer relaciones humanas y de amistad,

• la flexibilidad y capacidad de adaptación,

• la renuncia radical a sí mismo por los valores de Reino,

• una visión positiva y optimista de la vida, sinceridad y transparencia,

• la seriedad y responsabilidad de tomar decisiones,

• la constancia y estabilidad para llevar a cabo los     compromisos.

            41. Salud y equilibrio psíquicos. Se exige al llamado ser una persona normal. Esa normalidad supone poseer el grado de madurez psicológica adecuado a la edad y actuar conforme a los comportamientos definidos como normales.

            El equilibrio psicológico manifiesta la madurez de la persona. Se expresa en el comportamiento que refleja capacidad para enjuiciar adecuadamente la realidad, amar auténticamente y estar abierta a los demás, hacer opciones libres y estables, trabajar y ser eficiente, y adaptarse al ambiente circundante[23].

            La madurez psicológica de la personalidad nunca es absoluta, sino relativa; está sometida a un proceso de desarrollo a lo largo de las etapas evolutivas de la persona. Cada edad, en el proceso de crecimiento personal, tiene su propia madurez.

            51. Capacidad intelectual. La capacidad intelectual del llamado debe ser proporcionada y adecuada a las exigencias de su vocación. Se requiere aquel grado de capacidad intelectual que:

• sea suficiente para que el llamado pueda entender y comprender el sentido y la naturaleza de la vocación,

• le permita adquirir la preparación intelectual necesaria para realizar su misión[24],

• incluya, además de la posibilidad de aprendizaje, la capacidad de reflexión y de juicio ponderado sobre los acontecimientos de su vida,

• y exista al menos como una aptitud básica que ha de ser desarrollada, enriquecida y educada después.

            61. Idoneidad moral y religiosa. El llamado ha de ser sano moralmente, con rectos criterios y buenos comportamientos humanos y cristianos. Ello constituye un fundamento y una garantía para la fidelidad vocacional.

            Esta idoneidad no es algo ya conseguido desde el principio. El llamado puede no reunir entonces todas las condiciones de una plena idoneidad por diversos factores. El discernimiento ha de centrarse sobre todo en aquellas capacidades básicas que le permitan superar carencias y alcanzar el grado adecuado de idoneidad.

            Las contraindicaciones en esta área pueden tener diversas manifestaciones:

• criterios y modos de pensar poco apropiados respecto a los derechos humanos y a los valores evangélicos;

• falta de sensibilidad hacia las personas y el mundo             circundante;

• actitudes y comportamientos que reflejan egoísmo,             incapacidad de renuncia y, de un modo particular,        relacionados negativamente con la vivencia de la sexualidad;

• falta de fe, que le impide llevar o adquirir una vida cristiana fundamental.

            71. Motivaciones vocacionales auténticas y válidas. Las motivaciones, que constan de un fin y de un impulso, constituyen la razón y la fuerza que mueven a una persona a conseguir metas. Las motivaciones vocacionales permiten actuar con rectitud de intención y con libertad al abrazar la vocación. Hay que distinguir las siguientes características:

            10. Las motivaciones se pueden presentar de forma consciente o inconsciente. Las conscientes son conocidas y pueden ser fácilmente detectadas, controladas y educadas. Las inconscientes no son conocidas a la persona, pero son activas, dinámicas e influyen eficientemente en sus comportamientos.

            20. Las motivaciones vocacionales aparecen a veces como inadecuadas e insuficientes. Las primeras son aquellas que, aun siendo positivas, no se adecuan a los valores vocacionales. Las segundas, que también pueden ser positivas, no dan razón ni justificación completa para abrazar la vocación. Estas motivaciones, aun siendo buenas, no son válidas vocacionalmente.

            30. Las motivaciones vocacionales pueden ser, también, auténticas y válidas. Las auténticas son las que brotan de una persona libre, no condicionada ni sometida a presiones internas y externas (sin miedo, ni dolo). Las válidas son aquellas cuyo fin y contenidos están en línea con el mundo de valores de la vocación; por lo mismo, son, también, adecuadas y suficientes vocacionalmente.

            Al responder a la llamada del Señor se ha de tener y manifestar plena libertad y recta intención. Esto significa que el llamado ha de estar libre de toda presión interior y exterior que condicione su decisión y ha de estar movido por los valores vocacionales. Es decisivo discernir las motivaciones vocacionales.

3.3. Otras orientaciones para el discernimiento

            a. En cuanto a los signos vocacionales:

            10. Han de ser positivos[25]. Los signos vocacionales manifiestan la llamada vocacional como acontecimientos o como dones de Dios. Sin ser necesariamente extraordinarios, deben presentar una cierta relevancia en la vida de la persona llamada. Éste debe mostrar que posee los requisitos para vivir adecuadamente la vocación, teniendo en cuenta su edad y el momento en que se encuentra en su itinerario vocacional, la idoneidad positiva. No basta la simple suposición. Si el discernimiento repetido da como resultado la duda seria, hay que desaconsejar seguir hacia delante.

            20. Se manifiestan en forma de gérmenes vocacionales. Los signos vocacionales aparecen a veces en la persona de una manera germinal, en forma de indicios más o menos evolucionados. Hay que tener habilidad para detectar esos gérmenes y confianza en la persona que los muestra, pues los indicios, cuando son positivos, se pueden desarrollar posteriormente con el esfuerzo de voluntad y la ayuda del Espíritu del Señor[26] hasta alcanzar su plenitud.

            b. En cuanto a las motivaciones:

            10. Hay que detectar y clarificar permanentemente las motivaciones. Las conscientes se suelen expresar explícitamente. Las inconscientes son más difíciles de descubrir, pues no las conoce ni el mismo sujeto y, sin embargo, actúan con eficiencia.

            20. Las motivaciones conscientes e inconscientes pueden coexistir simultáneamente en la persona. Una persona puede expresar una motivación consciente de acuerdo con los valores vocacionales y, sin embargo, puede estar movido de hecho por motivaciones inconscientes que no tienen nada que ver con aquellos.

            30. Aunque al comienzo del discernimiento vocacional las motivaciones no estén muy clarificadas y su autenticidad y validez no estén definidas, sin embargo, pueden ser clarificadas, reorientadas y educadas. El discernimiento a la luz de la fe, la lectura vocacional de la Palabra de Dios, la revisión de vida personal y comunitaria, el autoconocimiento de las propias actitudes y comportamientos, la corrección fraterna, el consejo pastoral y el acompañamiento personal, son, entre otros, los medios más eficientes, que ayudan a descubrir y purificar las motivaciones.

4. Conciencia de la llamada vocacional

            La vocación sólo se explica por el amor gratuito, personal y único que Dios muestra hacia quien llama[27]. Toda llamada procede en primer término de Dios, que en la fuerza del Espíritu, lleva la iniciativa (cf. Jn 15, 26). Nadie, por tanto, se da a sí mismo la vocación, ni la da a otro[28].

            El hombre percibe la voz de Dios en su propia conciencia. Suele venir preparada por singulares vivencias, hasta percibirla con claridad. La conciencia de la llamada se da en un proceso. Ese proceso comienza propiamente desde el momento en que la persona llamada toma conciencia del llamamiento divino (cf. Lc 1, 26-38). Tiene sus etapas, sus dinámicas y también sus dificultades. Por ello, aunque el llamado es protagonista insustituible y responsable último de su vocación, sin embargo, necesita ser iluminado y acompañado[29].

            No tiene sentido hablar de vocación si no se capta la llamada del Señor. La persona adquiere conciencia vocacional cuando tiene la certeza de sentirse llamada por Dios. Así se desencadena la dinámica vocacional de respuesta, que se traduce en la entrega, el servicio, la ilusión por la misión, la motivación para asumir las renuncias. Sin conciencia vocacional no puede haber garantía, estabilidad ni seguridad vocacionales.

            La fe habilita a la persona para captar la voz de Dios en su historia personal. Ordinariamente no se trata de un acto de fe explícita. Más bien es una actitud de la persona que le hace palpar por connaturalidad la presencia del Señor en los acontecimientos de su vida. Al no ser fruto exclusivo de la propia subjetividad necesita ser discernida e interpretada con la oración y el acompañamiento.

            La conciencia vocacional se adquiere de múltiples maneras. El llamado deberá situarse en aquellas condiciones que le permitan interpretarla adecuadamente. No es verdadera vocación la simple apetencia personal, la mera búsqueda de autorrealización, el resultado de una inercia educativa o una presión externa o interna. Se experimenta como seducción, ya que Asólo se explica por el amor que él tiene a la persona llamada. Este amor es absolutamente gratuito, personal y único@[30].

5. La respuesta: la fidelidad vocacional

 

            El don de la vocación no es un asunto facultativo, a merced de la mera apetencia. Tiene su origen en el amor de Dios. Exige una respuesta radical y progresiva al amor de Dios. La libertad no consiste en negar o rechazar la llamada, ni en desdecirse, en un momento dado de la vida, del compromiso contraído ante Dios. La libertad está en realizar voluntariamente el plan de Dios. Toda falta de fidelidad implica un grado de frustración personal, con la consiguiente e insoslayable repercusión en la Iglesia y en el mundo[31].

5.1. Exigencias de la fidelidad vocacional

            La vocación abarca toda la persona y exige una respuesta en fe y amor[32]. La fidelidad brota de una fe viva y de un amor que se entrega totalmente y sin reservas: Únicamente este amor de carácter nupcial y que abarca toda la afectividad de la persona permitirá motivar y sostener las renuncias y las cruces que necesariamente encuentra quien quiere perder su vida por Cristo y por el Evangelio (cf. PI 9)[33]. La fidelidad vocacional:

            11. Está íntimamente relacionada con el compromiso contraído, humana y libremente aceptado. Ello implica en la persona: capacidad de verdad, por la que la persona actúa “verdaderamente”, sin engaños conscientes o inconscientes ni para consigo ni para con Dios, sabiendo el verdadero alcance de su compromiso; y capacidad de solidez y estabilidad personal, por la que el compromiso asumido no sólo tendrá verdad, sino también posibilidad de realización y eficaz materialización práctica.

            21. Además de asumirla hasta la muerte, la vocación incluye un sentido pleno de vivencia de los compromisos establemente adquiridos. No se es fiel a la vocación sólo por el mero hecho de perseverar hasta el fin de la vida; es necesario vivirla con toda la intensidad y creatividad posibles. Fidelidad no es sólo mantenerla, sino recrearla continuamente ante los desafíos de las nuevas circunstancias. Una restricción egoísta en la entrega y en la generosidad es una infidelidad a la propia vocación.

            3º. Implica la renuncia a muchos valores y realidades humanos que se sacrifican por Cristo, sin razón y sin sentido aparente. Esta renuncia someterá constantemente al llamado a duras pruebas para mantenerse fiel sin condiciones ni recompensa inmediata. Por eso la fidelidad vocacional se debe basar en el amor, en la libertad y en la entrega. Sin amor ni libertad no se puede esperar ni un ápice de fidelidad vocacional. El amor es dar, darse totalmente, sin límites de tiempo, espacio e intensidad. Por lo mismo, las renuncias que lleve consigo la fidelidad nunca serán frustrantes si se hacen por amor y con amor y desde la libertad personal.

5.2. Orientaciones para ser fieles a la vocación

            Para corresponder debidamente a la propia vocación se ha de procurar tener ante todo una conciencia viva de la misma, mediante la reflexión sobre la llamada y la oración. Además, un deseo sincero, ardiente y eficaz, que se traduzca en el propósito cotidiano de renovación espiritual; haciéndolo todo con rectitud de intención. Como medios concretos para ser fieles se dan estas orientaciones:

            1ª. El agradecimiento a Dios y a María por la vocación. Siempre y constantemente hemos de ser agradecidos con el Señor, dador de todo bien, y con María, nuestra Madre y Formadora. Hemos de agradecerles el don de la vida con aquellos dones que adornan y enriquecen nuestra personalidad. Hemos de agradecerles el don de la fe con los dones de gracia y carismas que nos hacen ser hijos de Dios. Y hemos de agradecerles el don de la vocación, el habernos llamado a ser discípulos de Jesús y el habernos dado el mismo espíritu misionero y apostólico de san Antonio M0 Claret, nuestro Fundador.

            La actitud de agradecimiento es una garantía de perseverancia. El agradecimiento atrae la benevolencia de Dios que nos envía en cada momento la ayuda que necesitamos para mantenernos en estado de fidelidad vocacional. Quien es agradecido recibe el don de la perseverancia[34].

            20. Actualizar la conciencia de la llamada vocacional. La vocación es una experiencia de fe en la que la persona se siente llamada e interpelada personalmente por Jesús para que le siga según un carisma. Sin conciencia de la llamada personal del Señor es imposible iniciar esa andadura y mantenerse firme en ella hasta la muerte. Por eso es necesario actualizarla continuamente. Para ello, puede ayudar:

• La relectura frecuente de los signos vocacionales. La conciencia vocacional es despertada por la fe a través de los signos vocacionales[35]. Esos momentos de fuerte experiencia vocacional no se pueden olvidar. Ayudan a releer la propia vida en clave vocacional. Hay que hacer memoria de ellos, renovarlos y actualizarlos a lo largo de toda la vida, particularmente en los momentos de dificultades vocacionales[36].

• La oración vocacional. En la actualización de la conciencia vocacional adquiere máxima importancia la oración, que para el llamado ha de ser siempre oración vocacional. La oración vocacional es una concienciación de la continua llamada del Señor, que sigue invitando al llamado a profundizar en su vida las exigencias evangélicas. Cuando se rompe el contacto con el Señor que llama, se pierde la percepción de la llamada. Y si la percepción de la llamada desaparece, el compromiso vocacional no tiene sentido y se rompe.

• La lectura vocacional y asidua de la Palabra de Dios. Tiene como objetivo el crear la capacidad de interrogar constantemente a Dios, a Cristo, sobre los designios que Él tiene sobre la propia vida. Y tiene que ser realizada en una actitud creyente. En las Sagradas Escrituras, reflexionadas con fe amorosa, la persona encuentra siempre respuestas satisfactorias a los innumerables interrogantes que la vocación plantea[37]. La escucha y meditación de la Palabra de Dios alimenta una actitud de fe vocacional y obediencial hacia la voluntad de Dios. Es una actitud de constante y generosa fidelidad vocacional. De esta manera desaparece el sentido meramente racionalista o moralista en el seguimiento de la vocación. La vocación no es cuestión de evidencia ni de deber, sino un signo de amor aceptado en fe y libertad.

            30. Desarrollar los dones y cualidades de la personalidad. Para la persona llamada todos los dones y cualidades recibidos en su personalidad son dones vocacionales. Dios los da a la persona como parte integrante del don vocacional.

            Las cualidades las da Dios para que la persona las ponga al servicio de la vocación y de la misión apostólica. Todo desarrollo de las cualidades personales es un signo de fidelidad vocacional. Todo el esfuerzo para perfeccionarle es un esfuerzo para ser más fieles a Dios que llama y a su voluntad. Durante el periodo de formación, el formando ha de cultivar al máximo de sus posibilidades todos los dones que posee en el orden físico, psicológico, cultural y espiritual para ponerlos al servicio de la vocación y de la misión. Unos talentos vocacionales ocultos o anquilosados significan una falta de fidelidad a Dios y, en definitiva, una frustración vocacional.

            40. Fidelidad a los dinamismos que animan la vocación. Para garantizar la fidelidad vocacional es necesario promover y garantizar la fidelidad a los dinamismos que nutren y animan nuestra vida misionera como la oración diaria, tanto personal como comunitaria, la lectura de la Palabra de Dios, la Eucaristía cotidiana, la confesión frecuente, la lectura espiritual, el estudio, acompañamiento personal o dirección espiritual, etc. Su abandono marca frecuentemente el comienzo del desmoronamiento de la propia vocación. No son medios extraordinarios; al contrario, son medios ordinarios precisos, que la Congregación nos pone a disposición, para vivir como auténticos claretianos en fidelidad constante.

            50. Profetismo de la vida ordinaria. El Capítulo General de 1997 hace un reconocimiento de la profecía de la vida ordinaria en la Congregación; un tipo de profecía Afrecuente entre nosotros@[38]. Muchas veces nos dejamos llevar de la espectacularidad y de la resonancia social y eclesial de los profetas y nos olvidamos de aquellos que realizan lo extraordinario de la profecía en la fidelidad constante y heroica a lo ordinario. El mismo PGF pone de relieve que la formación es Aun proceso a través del cual vamos integrando, consciente y armónicamente, el ideal evangélico, tal como lo vivió el P. Fundador, en la realidad cotidiana de nuestra vida y misión@[39].

            La profecía de la vida ordinaria es hacer lo ordinario extraordinariamente bien. Es una auténtica profecía de la fidelidad por la extraordinaria coherencia, la radicalidad y la autenticidad de la persona. Y es también profecía porque hace posible la fidelidad total y final, la gran profecía de los momentos extraordinarios, como ocurrió con nuestros Beatos Mártires de Barbastro.

            Esta profecía de la vida ordinaria se manifiesta en varios núcleos globalizantes de nuestra vida misionera:

• En la fidelidad constante a la vida de oración, como expresión de amistad con Dios. Oración llevada a cabo con una determinada determinación, como diría santa Teresa, o como un elemento esencial e imprescindible al misionero, de acuerdo con lo que recomendó durante toda su vida el P. Fundador a la Congregación, y reiteró con fuerza y claridad unos días antes de morir hablando con el P. Xifré[40].

• En la búsqueda continua que la persona, movida por el espíritu profético y en actitud de discernimiento, hace de la voluntad de Dios, en orden a identificarse con él, con su pensamiento, sus intereses y su modo de ver la realidad; y en orden a cumplir fielmente los planes de Dios hasta las últimas consecuencias sin desfallecer ni pararse ante las dificultades.

• En las relaciones con los demás en las que deben resplandecer algunas actitudes evangélicas como son: le fe en el otro (en su persona, sus cualidades y sus posibilidades), la ternura y la compasión con el hermano (fruto del amor fraterno), el servicio generoso y desinteresado (con sentido de oblatividad) y la alegría vital, expansiva y comunicativa (como signo de integración armónica de la propia persona).

            60. Capacidad para conservar la vocación

            A la vocación se puede ser infiel. La respuesta a la vocación no deja de ser una decisión humana que, aunque tomada por una persona libre, está sometida a diversos vaivenes. Por eso hay que defenderla de los conflictos y de las opciones opuestas, que la pueden minar poco a poco hasta quebrarla totalmente.

            Es necesario comprender que los conflictos que la vocación plantea en la vida cotidiana no deben debilitarla ni ponerla en crisis. Al contrario, la han de reforzar, fortaleciéndola y dándole más consistencia desde la fe y desde el amor al Señor[41].

            Pero, por otro lado, se han de evitar aquellas experiencias ambivalentes que de alguna manera desfondan la vocación hasta debilitarla o destruirla. Por eso, la vocación, para que sea duradera, ha de estar sostenida con una vida regulada interna y externamente, eligiendo en la vida lo que le es más conveniente. El control interior unifica y orienta las tendencias en la dirección de la vocación.

            70. El proyecto personal y el acompañamiento espiritual.La elaboración y el fiel cumplimiento del proyecto personal, o de crecimiento, es otro medio muy eficaz para promover la fidelidad vocacional porque ayudan a dar una respuesta personal a la llamada a la santidad incluida en la vocación[42] y a mantener la fidelidad vocacional.

            Para que responda verdaderamente a su objetivo, el proyecto personal debe partir de una experiencia de fe y abarcar las principales dimensiones de la persona y de la vocación (dimensión física, psicológica, intelectual, comunitaria, espiritual y apostólico-ministerial). Conviene elaborarlo con realismo, concreción, sencillez y flexibilidad, de forma que se pueda ir adaptando periódicamente a las nuevas situaciones que surgen. En él se han de tener en cuenta diversos elementos como: el ejercicio físico y el deporte, la dieta, el descanso, la distribución armónica de la jornada, el tipo y frecuencia de lectura y de estudio, la periodicidad del acompañamiento personal, y los medios y dinamismos de la vida espiritual y apostólica[43].

            El proyecto personal debe ser confrontado con el acompañante espiritual[44]. El acompañamiento es un dinamismo sumamente eficaz para buscar la voluntad de Dios, para crecer en santidad de vida y conservar la fidelidad vocacional. Cuando este medio se abandona por cualquier causa, la persona, no sólo se desorienta, sino que excluye una confrontación objetiva que le pueda servir de acicate y estímulo para la fidelidad.



[1] Cf. PGF 348.

[2] Cf. DVC, caps VI y VIII.

[3] Cf. PDV 36; DVC 7.

[4]Cf. DVC 8.

[5] Los rasgos del carisma de la Congregación se exponen más adelante en el capítulo 6 de este manual.

[6] Cf. Aut 489.

[7] Cf. Dir 26.

[8] Cf. CC 5, 159.

[9] Cf. CC 9.

[10] Cf. DVC, cap. IV, 1.8.

[11] Cf. CC 59.

[12] Cf. DVC 233.

[13] Cf. PO 11.

[14] Cf. PABLO VI, Aloc. 5-5-1965.

[15]Cf. DPVIP 13.

[16] Cf. SD 1992, n. 82.

[17] Cf. 1F 98.

[18] Cf. DVC Apéndice 4.

[19] Además de los requisitos, están las contraindicaciones como criterios negativos de discernimiento: son aquellas circunstancias personales que permiten deducir la falta de idoneidad del candidato (Cf. DVC, nn. 240-241; Apéndices 4, 9, 10).

[20] Cf. DVC 240; PGF 304-305.

[21] Cf. DVC 242-286.

[22] Cf. CIC 643; Dir 199.

[23] Cf. DVC, Apéndice 7.

[24] Cf. DVC, Apéndice 6.

[25] Cf. RI 15.

[26] Cf. OT 3; VC 105; N. GARCÍA, Vocación…, ColCC, p. 330.

[27] Cf. PI 8; PGF 52.

[28] Cf. DVC 9.

[29] Cf. DVC 10.

[30] PI 8; cf. PGF 52.

[31]Este apartado es, en gran parte, un resumen del cap. VIII del DVC.

[32] PGF 53; cf. También RD 3.

[33] Ibid.

[34] Es tradicional en la Congregación la breve oración a Maria, nuestra Madre, de agradecimiento vocacional que dice:

Gracias os doy, oh Madre, por la vocación recibida.

Dadme la gracia de ser a ella fiel toda mi vida.

Directorio Espiritual (Roma 2001), Depart. téc. de Ed. Regina, Imp. BIGSA, San Adrià del Besós (Barcelona), p. 39.

[35] Cf. PO 11.

[36] Cf. CC 62.

[37] Cf. CPR 54; SP 13, 14, 14.1.

[38] Cf. EMP 24. Es un homenaje a tantos hermanos nuestros que están viviendo radicalmente su vocación claretiana y están trabajando con absoluta entrega y dedicación a la misión apostólica en el silencio, en el desconocimiento, con amor, humildad y sencillez.

[39] Cf. PGF 30.

[40] El P. Xifré escribió al P. Vallier, superior en Chile, la siguiente carta en la que hace referencia al P. Fundador: “En consecuencia: no pueden ni deben emprender trabajos superiores a sus fuerzas, ni trabajar más horas de las que las fuerzas puedan sostener sea cual fuere la necesidad. Ítem: Jamás dejen el Oficio Divino, ni la meditación que está prescrita, sea cual sea la costumbre, la autorización o la necesidad: esas dos cosas son el alimento del alma, del que jamás se debe ni (se) puede prescindir en nuestra Congregación. Cuando el Fundador fue a Canarias y más tarde a Cuba halló tanta y quizás más necesidad espiritual que Uds. en Chile y, sin embargo, nunca dejó las referidas cosas. Así me lo dijo hace pocos días, encargándome que lo escribiera a Uds.”(Prades, 5 de actubre de 1870: AGCMF BA 2, 10, 1).

[41] Sobre el valor positivo de los conflictos cf. el capítulo 15 de este manual a cerca de La unidad de la vida misionera.

[42] Cf. CPR 55.

[43] Cf. DVC, Apéndice 11.

[44] Cf. CC 54; Dir 140; CPR 56; SP 13.3; EMP 21.2; PI 63, 71.

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