Capítulo 3 La experiencia vocacional en la Biblia

Capítulo 3

 

La experiencia vocacional en la Biblia

            La experiencia vocacional es siempre un acontecimiento personal y único. Pero en el proceso vocacional de algunos llamados por Dios a desempeñar una misión especial, tal como puede verse en la Biblia, podemos hallar elementos iluminadores para el discernimiento de nuestra propia vocación y para la fiel correspondencia a la misma. Por eso, merece la pena que realicemos una incursión en la Sagrada Escritura, seleccionando algunos relatos vocacionales más significativos para nosotros.

            Deberán leerse y entenderse dichos relatos en clave claretiana, teniendo presente, por una parte, la influencia que esos personajes bíblicos ejercieron sobre la vocación y la misión de nuestro Fundador y, por otra, la sintonía espiritual que nuestro carisma tiene con ellos.

            El presente capítulo se desarrolla en dos partes:

I. LA BIBLIA, INSPIRADORA DE LA VOCACIÓN.

II. LOS LLAMADOS EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN.

I. LA BIBLIA, INSPIRADORA DE LA VOCACIÓN

 

1. La Palabra de Dios, inspiradora de la vocación misionera de Claret

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            San Antonio Mª Claret reconoce cómo se sintió profundamente impresionado, cuando era joven, en Barcelona, un día que estaba asistiendo a la santa misa, al recordar aquella sentencia evangélica, leída en su infancia: “¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si finalmente pierde su alma?” (Mt 16, 26)[1]. Esta sentencia bíblica le obligó a cuestionarse acerca del sentido de su vida, de su futuro, de su vocación.

            Pero Claret encontró también inspiración y aliento para su vocación misionera en la vocación de ciertos personajes, conocidos a través de la lectura de la Biblia[2], principalmente los apóstoles, los profetas y, sobre todo, el mismo Jesucristo[3]. Estos santos modelos suscitaron en él la admiración y le estimularon en el seguimiento de Cristo[4].

2. Vocaciones bíblicas que son modelos para nuestra vocación misionera

            Las Constituciones aluden varias veces a algunas vocaciones bíblicas. En primer lugar, a la de los apóstoles. Afirman que los claretianos hemos sido llamados a seguir a Cristo el Señor a semejanza de ellos[5]; que hemos de imitar su comunión de vida con Cristo[6]; que hemos de compartir su ministerio con un estilo de vida evangélica y profética[7]; y que ellos son, junto con otros santos y santas, nuestros Patronos, cuya memoria veneramos por su espíritu verdaderamente misionero[8]. Asimismo, en el capítulo X, dedicado a los novicios y su maestro, mencionan la fe que inflamó a los profetas, a los apóstoles y a los mártires, como ejemplo de la fe viva que debe animar a los novicios para que puedan responder a su propia vocación[9].

            Parece oportuno, por consiguiente, que los novicios claretianos entren en contacto también con la Sagrada Escritura para conocer esos modelos que tanto animaron a nuestro Fundador, y a los que aluden las Constituciones, y para analizar y animar su propio proceso vocacional a la luz de estas vocaciones bíblicas. A este fin responde la selección de relatos vocacionales que se ofrece en estas páginas.

3. La vocación en la Biblia: los relatos de vocación

            En la Biblia no se expone ninguna doctrina acerca de la vocación. Se habla de la vocación de forma existencial, tal como se presenta encarnada en personas concretas.

            Encontramos en la Biblia unas formas literarias que se llaman relatos de vocación. Los exégetas han descubierto algunas características comunes en dichos relatos:

1ª.        Introducción: los relatos comienzan describiendo la situación: fecha, lugar, personajes y condiciones históricas del episodio vocacional[10].

2ª.        Teofanía: aparición o manifestación de Dios, que llama al hombre. Los relatos bíblicos incluyen dos elementos esenciales: la visión y la audición. Dios se revela, sobre todo, a través de su palabra. Sale al encuentro del hombre y entabla con él un diálogo. La reacción del hombre ante la interpelación divina incluye un cierto temor o miedo sacro. Por eso, Dios insta a quien llama a la confianza, con una expresión típica: “No temas”[11].

3ª.        Misión: El llamado deberá hacer o decir alguna cosa, por encargo del Señor. La reacción corriente o más frecuente es la de la objeción. Pero Dios insiste y promete su asistencia al llamado: Yo estaré contigo. Ahora bien, eso no significa que la realización de la misión vaya a ser fácil. No es infrecuente que se experimente, de hecho, como fracaso desde un punto de vista externo[12].

4ª.        Signo: Íntimamente ligado a la confirmación de la misión, aparece un signo como garantía para el elegido de que es Dios quien le habla y le envía: investidura solemne o consagración que lo capacita para el cumplimiento de la misión[13]. Pero el signo no es por lo general una confirmación inmediata; puede ser sólo una promesa para un futuro indeterminado.

5ª.        Conclusión: Los relatos suelen terminar resumiendo algún tema básico, confirmando una vez más la misión y concluyendo así el relato como unidad literaria.

            Veremos, a continuación, los relatos vocacionales bíblicos que nos interesan desde el punto de vista claretiano.

II. LOS LLAMADOS EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

1. La vocación de Abraham

            La vocación de Abraham es una de las vocaciones más significativas. Abraham, el padre de los creyentes, es un llamado. Un hombre a quien Dios habla y a quien llama por su nombre. Y Abraham responde. Es el “amigo de Dios” (Is 41, 8). La llamada de Dios a Abraham la encontramos en Gn 12, 1. La respuesta de Abraham, en Hb 11, 8. En la vocación de Abraham podemos descubrir los elementos de toda verdadera vocación.

1.1. La llamada a Abraham

            Dios llama a Abraham. Le invita a salir de su tierra para realizar en él y por medio de él la bendición a todas las naciones de la tierra. Éste es el relato de la vocación de Abraham:

            “Yahveh dijo a Abram: «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra». Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot” (Gn 12, 1-4 y ss).

            En los once primeros capítulos del Génesis aparece el proyecto original de Dios, que el hombre trastorna por el pecado. La bendición inicial queda transformada en maldición… Y aquí, en Gn 12, en cambio, surge la solución definitiva que Dios propone, en la persona de Abraham, como alternativa a esa maldición merecida por el hombre.

1.2.      La respuesta de Abraham

            La reacción inmediata de Abraham (partió Abram, como le había dicho el Señor) es ya una respuesta de fe que evidencia que el don prometido se está realizando ya. Como dice la Carta a los Hebreos, “Abraham, obediente a la llamada divina, salió hacia una tierra que iba a recibir en posesión, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe vivió como extranjero en la tierra que se le había prometido, habitando en tiendas…” (Hb 11, 8-9a). Abraham es el padre de los creyentes porque vive por la fe. Su manera de proceder al ponerse en camino es un fiarse de Dios más allá de las apariencias, empeñándose en ver como una bendición lo que aparece simplemente como una maldición. Abraham ha recibido una llamada de lo alto y se fía totalmente, esperando que se cumpla lo que se le promete.

1.3.      El significado de la bendición

            “Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre, que será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra” (Gn 12, 2-3).

            Para entender en qué consiste la bendición que Dios promete a Abraham hay que comprender lo que significa su partida o salida. Abraham es bendecido porque parte, porque se pone en camino. Abraham parte con sus posesiones y con su familia, pero deja su tierra. Su partida reviste un hondo significado: supone para Abraham un total desarraigo, como consecuencia de su asentimiento a la llamada de Dios. De hecho queda a la intemperie. A causa de su partida, Abraham se convierte en Ger (un extranjero): vive en un país que no es el suyo, no tiene derechos, no posee ninguna tierra y lo único que tiene es una promesa de Dios, de quien se fía plenamente. Todo en la historia de Abraham parece llevar el sello de la contradicción y estar envuelto en el misterio.

            ¿Qué hace Abraham al llegar a la tierra prometida?: Abraham levantó allí un altar al Señor, que se le había aparecido. Abraham, fiel siempre al Señor, creyendo en la promesa a pesar de todo, será causa de bendición porque en la maldición no maldijo a Dios, sino que lo bendijo levantando un altar en su honor.

            La Biblia nos muestra el proyecto divino sobre los hombres a través de la figura de Abraham como el intento definitivo de Dios de recuperar una realidad humana que parecía irrecuperable. Con la creación Dios había comenzado su proyecto de bien, su bendición para la humanidad. Pero el pecado del hombre trastornó todo. Con la llamada a Abraham y con su respuesta fiel, las cosas volvieron a enderezarse. De nuevo, la bendición de Dios se hacía posible para todos los hombres.

2. La vocación de Moisés

            Dios llama también a Moisés. Dios lo llama por su nombre y le confía una misión especial (cf. Ex 3, 4 ss).

2.1. El relato de la vocación de Moisés

            En el libro del Éxodo encontramos relatada la vocación de este personaje singular y la de su propio pueblo, al que es llamado a conducir como caudillo en un momento crucial y especialmente determinante de su historia.

            a. Los textos vocacionales.

• La narración más completa ha sido recogida en el capítulo 3 del libro del Éxodo: ahí se consignan la llamada (v. 10); la objeción (v.11), los signos y la promesa de protección (v. 12).

• En Ex 4, 1-7 se traza la vocación según un modelo en que se combinan dos imágenes diferentes, pero complementarias, de Moisés: la de taumaturgo y la de profeta, con dos objeciones y dos signos.

• Finalmente hay una presentación -menos dramática, pero más teológica- de la vocación en Ex 6, 10-12, incluida en un esquema concéntrico: vocación, misión, objeción (que se repite en vv. 28-30).

            b. Análisis de la vocación de Moisés:

• Es Dios quien habla a Moisés: Moisés, perdido en la soledad del desierto, recordando y lamentando la situación de sus hermanos, oye un día la llamada de Dios, que quiere encomendarle una misión liberadora. Dios se revela a Moisés con el propósito de confiarle la promesa de salvación para su pueblo (cf. Ex 3, 6-10; 6, 2-8). Es Dios quien toma la iniciativa, no Moisés. Es Dios quien llama.

• La reacción de Moisés: teme y se siente indigno. Se quita las sandalias (cf. Is 6,5; Lc 5,8). Dios le llama para una difícil tarea a favor de su pueblo, una empresa que entrañará serias dificultades: liberar a su pueblo del Faraón, acaudillarlo a través del desierto, forjarlo como nación a pesar de las rebeldías. Esta es la misión encomendada a Moisés. Moisés tiene miedo y se siente abrumado, débil, indigno, incapaz.

• Objeciones por el sentimiento de indignidad e incapacidad: a Moisés le falta el don de la palabra, desconoce a Dios, teme la incredulidad de los israelitas por su vinculación anterior al palacio del Faraón, etc. Dios insiste y promete su asistencia eficaz y dinámica. Pero no hay confirmación palpable de que la vocación viene de Dios. A Moisés no se le resuelven todas sus dudas.

•Se le da un signo de que la vocación es genuina; pero no se trata de un signo palpable que garantice la presencia de Dios. La vara para obrar milagros, sólo se le dará después (cf. Ex 4, 1-5). El único signo o señal a que se alude (cf. Ex 3,10) se refiere a acontecimientos futuros, que no se han realizado todavía.

 

• La actitud inicial de Moisés ante esta forma de actuar de Dios es ambivalente: se asombra ante lo misterioso, pero también se llena de temor porque es consciente de su propia e indignidad. Sabe que ni el hecho de quitarse las sandalias, ni otra purificación cualquiera, puede capacitarle plenamente para realizar su misión[14].

2.2. Rasgos característicos de la vocación y misión de Moisés

            La vocación de Moisés, vista desde la perspectiva de Dios, significa el comienzo de la liberación de un pueblo –Israel- oprimido en tierra extraña. Es el plan de Dios que se lleva adelante por medio de una persona, a la que Dios se revela y hace depositaria de la promesa hecha anteriormente a los patriarcas, asegurando su asistencia y, a pesar de las reiteradas resistencias del pueblo, llegando a pactar con él una alianza.

            La vocación de Moisés y la realización de la misión a favor del pueblo manifiestan una serie de rasgos, coincidentes con los de otras vocaciones suscitadas también por Dios para salvar a su pueblo. Pero, en el caso de Moisés, pueden observarse las siguientes peculiaridades:

• Moisés afronta una misión que lleva el sello del dolor y del cansancio. La acción de Dios se muestra, con frecuencia, como si estuviera en contradicción con la misión que él mismo le ha confiado. Por lo menos así lo vive el enviado. El relato bíblico presenta con gran realismo esta situación. Moisés es el profeta de las dudas.

• Por otra parte, en relación con el pueblo, Moisés es el profeta del rechazo y de la rebelión. Su papel de mediador se realiza en medio del conflicto, de la lucha concreta, de la incomprensión. Su pueblo no le entiende. Moisés vive bajo la presión constante de la crítica[15].

• Es una misión que obliga al enviado a optar radicalmente por el proyecto de Dios, a fiarse. A partir precisamente de esta situación difícil en que se encuentra, puede valorarse qué grado de confianza tiene en Dios, puesto que no puede apoyarse más que en esa palabra que Dios mismo le ha dado: “Yo estaré contigo”.

• Es una misión que marca un cambio en su actitud personal (cf. Ex 3, 13 ss). A partir de la experiencia de Dios que tiene Moisés, su táctica para liberar al pueblo cambia radicalmente. Su manera de actuar cuando estaba todavía en Egipto se basaba fundamentalmente en su propio esfuerzo para liberarlo, confiando en sus habilidades, en su sabiduría y en su influencia. Ahora, sintiéndose totalmente incapacitado para realizar la misión que se le señala, debe confiar sólo en Dios.

• Moisés no aparece ya como un líder político o como un guerrillero. Tomando las palabras que después usará David, dice: “Yo voy en nombre del Dios de los ejércitos” (1S 17, 45). Ahora ya no cuenta con sus propias fuerzas, ni mira hacia sí mismo, sino que mira en otra dirección: busca únicamente el bien del pueblo y deja que sea Dios quien actúe.

 

3. La vocación de Jeremías

            Es también un elegido, un llamado por Dios para ser profeta. Jeremías se entregó durante más de cuarenta años al cumplimiento de su misión profética desarrollando una incansable actividad a favor de Israel[16]. Su vocación se presenta en dos partes:

3.1. Parte primera (Jr 1, 4-10): relato de la vocación del profeta

            a. El texto. La Biblia presenta la vocación de Jeremías en forma de diálogo entre Dios y el profeta:

            “Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: te constituí profeta de las naciones. Yo dije: «¡Ah, Señor Yahveh! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho». Y me dijo Yahveh: no digas: «Soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte -oráculo de Yahveh-. Entonces alargó Yahveh su mano y tocó mi boca. Y me dijo Yahveh: mira que he puesto mis palabras en tu boca. Desde hoy mismo te doy autoridad sobre las gentes y sobre los reinos para extirpar y destruir, para perder y derrocar, para reconstruir y plantar” (Jr 1, 4-10).

            b. Análisis del texto: Jeremías se salva de la deportación, mientras que el pueblo es destinado al exilio. En un contexto de desolación y de aparente muerte, Jeremías se convierte en signo y promesa de salvación para el pueblo. Analicemos los elementos del episodio de su vocación.

• Te tenía consagrado (predestinación de Jeremías): la expresión dicha por Dios a Jeremías es indicadora de una predestinación. Dios quiso reservarse a Jeremías para convertirlo en profeta.

• Antes de formarte en el seno materno: el plan de Dios sobre el profeta precede a su concepción humana. Esto está indicando que la vocación y la misión no le sobrevienen como algo añadido a su ser. Hay plena coincidencia entre su propio ser y la vocación profética que recibe de Dios.

• Se le llama profeta de las naciones: es decir, se le confía el don o carisma de la profecía para la salvación de todos, no para su beneficio individual.

• Los reparos del profeta: ante la llamada, Jeremías dice: no sé hablar, porque soy un muchacho. Es una objeción que tiene mucho de racionalidad y de lógica humana: el profeta debe hablar, mientras que Jeremías es consciente de que todavía es demasiado joven e inexperto para hacerlo con autoridad. La objeción es razonable. Y lo es no sólo porque Jeremías sea, efectivamente, demasiado joven sino también porque en realidad nadie está suficientemente a la altura del don extraordinario de la vocación profética.

• La insistencia de Dios: “Y me dijo Yahveh: no digas: «Soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás” (Jr 1, 7). Dios no desmantela el argumento del profeta, no dice: ¡qué va, tú sí que puedes!, etc. Dios acepta lo que el profeta le ha dicho: soy un muchacho; pero añade: ve. Esto es lo que permite al llamado saber que lo que va a hacer no es cosa suya, sino de Dios. Toma conciencia del origen divino de su vocación. Desde esta convicción, podrá ya aceptar la misión que se le confía.

•La promesa divina de que estará con el profeta: “No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte -oráculo de Yahveh-” (Jr 1, 8). Dios promete al profeta una protección que no va a consistir en ahorrarle sin más todos los peligros. Consistirá en que el profeta experimentará la cercanía de Dios, a pesar de atravesar duros momentos, saliendo indemne de las pruebas. La presencia de Dios, prometida al profeta, será su fuerza.

• Se trata de una encomienda difícil:

 

            “Entonces alargó Yahveh su mano y tocó mi boca. Y me dijo Yahveh: Mira que he puesto mis palabras en tu boca. Desde hoy mismo te doy autoridad sobre las gentes y sobre los reinos para extirpar y destruir, para perder y derrocar, para reconstruir y plantar” (Jr 1, 9-10).

• El gesto de Dios (tocar la boca) viene a transformar al profeta en su misma corporalidad: la boca de Jeremías pronunciará divinas palabras. Y, a continuación, es investido de la autoridad necesaria para realizar su encargo, que va a consistir en concreto en: extirpar, destruir, perder, derrocar, reconstruir y plantar. Se trata de una tarea bastante difícil.

• La experiencia del sufrimiento: tanto para el profeta como para el pueblo, la salvación tiene que ir precedida o acompañada de la experiencia del dolor y de la contrariedad. Para poder anunciar que Dios viene a salvar, el profeta se ve precisado a llevar al pueblo a probar la experiencia de la muerte: sólo así, ante la experiencia de su destrucción definitiva, podrá sentir el pueblo la necesidad de su salvación. Sólo cuando Israel experimente su condena comprenderá y podrá mostrarse receptivo a la experiencia de la salvación.

3.2. Parte segunda (Jr 1, 17-19): relato de la vocación del profeta

            a. El texto:

            “Pero tú, cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, no sea que yo te haga temblar ante ellos. Yo te constituyo hoy en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce frente a todo el país: frente a los reyes de Judá y sus jefes, frente a los sacerdotes y los poderosos. Ellos lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte. Oráculo del Señor” (Jr 1, 17-19).

            b. Análisis del texto:

• Cíñete la cintura: imagen alusiva a la disposición para realizar con agilidad y presteza alguna tarea, en el caso presente la misión profética[17].

• Levántate: es igual a disposición, coraje, ánimo, valor.

• No les tengas miedo, no sea que yo te haga temblar ante ellos: se le apremia al profeta a no dejarse llevar por el miedo que, lógicamente, pueda sentir y a poner su confianza en Dios. Él transformará su debilidad en fortaleza. El profeta se transformará en otra persona. ¿En qué puede quedar transformado el profeta? En un ser tan fuerte como una ciudad fortificada, como una columna o como una muralla: “Yo te constituyo hoy en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce frente a todo el país”. Reparemos en estas imágenes:

Columna: esta palabra quiere indicar algo que está bien asentado y que resulta difícilmente abatible. Si aquí se dice que la columna es de hierro esto significa que es indestructible.

Muralla: en ambientes egipcios, la expresión muralla de bronce es una metáfora que se aplica al Faraón. Decir que Jeremías es muralla de bronce para Israel equivale a decir que el profeta es para el pueblo de Israel lo que el Faraón es para Egipto, esto es, alguien que circunda al pueblo y lo protege.

Ciudad o plaza fuerte: Jeremías es fuerte como una ciudad inexpugnable. A Jeremías se le ordena que anuncie al pueblo que va a ser destruido, desolado; y él, sin embargo, se presenta como una ciudad fortificada a la que nadie puede destruir. Pronuncia palabras de desventura para el pueblo y es portador, a la vez, de un plan de salvación. En medio de la hecatombe, Jeremías significa que quien escucha la Palabra no puede morir, no morirá para siempre, aunque pase por la experiencia de la muerte[18]. La muerte no tiene la palabra definitiva, porque el plan de Dios, trazado incluso antes de que apareciera la vida sobre la tierra, se va a realizar, a pesar de la destrucción de Jerusalén y de la caída del templo en manos de paganos.

            Pero Jeremías, a la postre, conocerá igualmente en su persona el trance de la pasión. Será condenado a muerte y el profeta se transformará así también en signo de vida para todos.

 

4. La vocación de Isaías

            En el capítulo 6 de Isaías nos encontramos con la descripción de la vocación del profeta.

            Podemos dividir el análisis de este capítulo 6 en tres partes: 1º. La visión (Is 6, 1-4); 2º. La purificación (Is 6, 5-7); y 3º. La misión (Is 6, 8-13).       

4.1. La visión (Vi al Señor…)

            La visión de Dios –en la que está ambientada la vocación de Isaías- pone de relieve la majestad y la soberanía divinas, creando un clima especial en el conjunto del relato.

            Los elementos literarios que utiliza el autor en esta primera parte son los típicos de las teofanías (temblor, voz, humo) para expresar el alcance trascendente que reviste para su vida este encuentro con Dios.

4.2. La purificación (Uno de los serafines voló hacia mi…)

            Soy un hombre de labios impuros, dice el profeta. Saliendo al paso de esta objeción que alega Isaías, un serafín purifica sus labios. Se trata de una acción simbólica alusiva a la purificación de toda su persona. Así, el profeta ya no sólo tiene los labios puros, sino que incluso ha desaparecido su culpa y está perdonado su pecado. Isaías ya no puede escudarse en ningún pretexto para no aceptar la misión que Dios quiere poner en sus manos.

            Por otra parte -de manera semejante-, al pueblo le sucede algo parecido, y eso es lo que le preocupa al profeta: no le inquietan tanto los pecados e impurezas de su pueblo…, cuanto su dureza de corazón, su actitud de rechazo de Dios, su incapacidad para comprender el proyecto de Yahveh. El pueblo quiere continuar viviendo a su aire, sin acatar a Dios como a su verdadero Rey. En eso consiste el pecado radical de “ese pueblo” (Is 6, 9; 8, 12), y eso es lo que Isaías denuncia[19].

            Por eso, ante la pregunta que se formula el mismo Yahveh –a modo de lamento- (¿A quién enviaré?), Isaías no sólo ya no se excusa sino que se da por aludido y se ofrece como voluntario: “Aquí estoy yo, envíame” (Is 6, 8). Dios vuelca su corazón a la vista de tanta generosidad por parte del profeta y le expone la situación con toda crudeza, una situación que el profeta acababa de experimentar ya en su propia carne.

4.3. La misión (Vete a decir a ese pueblo…)

            Isaías escucha la llamada y acepta la misión. Se ofrece sin saber en realidad a qué se ofrece ni a dónde va a ser enviado. Es la disponibilidad absoluta al servicio de Dios. Pero es interesante que Isaías sienta la necesidad de ser enviado. Su respuesta no es voy, sino envíame. Dios acepta de inmediato el ofrecimiento y le indica cuál será su misión, una misión muy extraña, por cierto. Debe proclamar una orden perentoria y realizar una serie de acciones que provoquen –paradójicamente- el endurecimiento del pueblo, para que no se convierta y sea salvo.

            El profeta Isaías lleva a cabo su misión de cegar al pueblo y de anunciar castigo y promesa con su palabra, con su testimonio, con su silencio. Y todo su proceder es considerado como obra salvífica de Yahveh.

            Judá va camino de encontrar lo que busca: su propia destrucción. Toda la frondosidad del reino será talada. Sólo cuando parezca que todo se ha acabado, cuando quede ya solamente el tocón, la santidad de Yahveh volverá a aparecer en carne humana: del tronco nacerá un brote santo[20].

            Esta fe inquebrantable en la salvación de Dios, histórica y trascendente, no sólo alentará a Isaías en su vocación profética y en la realización de su casi absurda misión, sino que dará inspiración a su pluma para dejarnos unas imágenes tan vivas de ella que nunca ya cesarán de resonar en el corazón del pueblo.

 

5. La vocación de María

            La vocación de María se describe en la escena de la anunciación (cf. Lc 1, 26 ss). Se entabla un diálogo: hay una propuesta, un plan por parte de Dios, y se da una respuesta decidida y confiada, por parte de la doncella nazarena. María es el ejemplo máximo de fidelidad a los designios de Dios. Por eso es considerada modelo genuino de correspondencia a la vocación divina.

5.1. María, llamada a ser instrumento de salvación

            En la historia de Israel aparecen varias mujeres (Ester, Judit, etc.) llamadas a ser instrumentos de salvación. Pero la llamada de María es única. Su vocación a ser la madre del Mesías, el Hijo de Dios, representa un paso crucial en la historia de la salvación. Dios le pide colaborar activamente en ese plan de salvación y desempeñar un papel extraordinario en el establecimiento del Reino, tal como aparece, sobre todo, en el relato de la anunciación del ángel (cf. Lc 1,26-38).

            El evangelista Lucas y su comunidad entendieron que el relato de la anunciación encerraba en sí un significado mariológico importante. En él se contenía la narración de la vocación de María. De hecho, en esta narración encontramos los rasgos bíblicos típicos del relato vocacional:

• El saludo del ángel a María como la llena de gracia, que subraya la elección-vocación divina de María en orden a una misión específica; pero se refiere también a una cualidad personal de María. La segunda parte del saludo del ángel (el Señor está contigo) tiene igualmente un tono vocacional: al igual que en los relatos vocacionales del Antiguo Testamento, Dios promete su presencia y su asistencia.

• La reacción de María es también similar a la de los patriarcas y profetas, esto es, de perplejidad. María queda desconcertada. El ángel le habla de una presencia especial del Espíritu.

• Y la respuesta de María (He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra) demuestra su disponibilidad para la misión.

5.2. La vocación de María, como experiencia de Dios Trinidad

            El relato de la anunciación, sin embargo, no es una simple constatación de una llamada y de una respuesta. Es el ejemplo palmario de lo que significa Dios para la persona a quien llama a llevar a cabo una misión; es la narración de su experiencia de Dios. En este relato de la anunciación, en concreto, hay una inclusión trinitaria muy significativa. Se recalca la presencia de las tres divinas personas y de sus relaciones con María:

•La vocación de María supone una relación única con el Padre. Ella es la agraciada por Dios. Es Dios quien habla a través del saludo de Gabriel y se hace particularmente cercano a ella concediéndole la condición de agraciada.

•La vocación de María a ser madre del Mesías, Madre de Dios (Isabel la saluda como madre de mi Señor), conlleva una relación especial con Jesús. El trato familiar –de maternidad, por parte de ella, y de filiación, por parte de él- caracterizaría, sin duda, sus relaciones mutuas. Pero la experiencia de fe de María superó con creces su grandeza en cuanto madre biológica del Señor. Ella fue la primera discípula de su Hijo. Creyó todo lo que se le había dicho sobre su Hijo: feliz la que ha creído (Lc 1,45).

•La experiencia vocacional de María supone, asimismo, una especial relación con el Espíritu Santo. El mensaje del ángel subraya claramente la intervención del Espíritu en la concepción de Jesús. Será a través de la acción del Espíritu como María concebirá y dará a luz al Hijo de Dios.

5.3. La respuesta de María: obediencia a la Palabra

            La repuesta de María (he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra) nos revela más sobre María que todo lo que el ángel dice acerca de ella. María aparece como la verdadera oyente de la Palabra. No sólo escucha y medita la Palabra del Señor, sino que la lleva a realización con generosidad. En eso consiste la verdadera escucha: en responder y en actuar en consecuencia.

            Según Lc 8, 21, para ser un verdadero discípulo, es preciso escuchar la Palabra de Dios y cumplirla. Esto es, ni más ni menos, lo que María hizo, con actitud siempre receptiva, desde la escena gozosa de la anunciación[21] hasta la escena dolorosa del Calvario.

6. La vocación de “los Doce”

            La vocación de los discípulos del Señor Jesús, la llamada del Señor a cada uno de ellos, desde su respectiva situación personal, familiar, laboral, etc. para estar con él y para ser enviados, merece una atención particular. Todos ellos animaron también la vocación misionera de nuestro Fundador[22]. Aquí vamos a considerarlos en su conjunto, salvo en el caso de Pedro y de Pablo.

            Jesús, que contó con un cierto número de hombres y mujeres, fieles adeptos y colaboradores suyos, quiso tener junto a sí un grupo más reducido y cercano de discípulos: los apóstoles, llamados también los Doce. Todos ellos aparecen en los Evangelios como llamados expresamente por su nombre (cf. Mc 3, 13-19; Mt 10, 1-2). La llamada que Jesús hace a algunos de ellos, en concreto, queda situada en el contexto en el que se desarrollaba su vida y su trabajo habitual: Pedro, Andrés, Santiago y Juan, pescadores (cf. Mc 1, 16-20; Mt 4, 18-22; Lc 4, 1-11); Mateo o Leví, recaudador de impuestos (Mt 9, 9; Mc 2, 14;; Lc 5, 27-28).

            Todos ellos vencerían sus lógicas resistencias a abandonarlo todo. Y todos ellos, dejándose arrastrar por la seducción que emanaba de la persona de Jesús, lo siguieron y compartieron con él su vida, su actividad y su destino.

            Ahora bien, el itinerario vocacional de los doce se fue recorriendo a través de una sabia pedagogía impartida por el divino Maestro, pasando por sucesivos estadios hasta convertirse en los apóstoles que el Señor quería:

6.1. Llamados a ser discípulos

            Los apóstoles debían ser, ante todo, discípulos de Jesús, es decir, seguidores suyos, que es la nota determinante del discipulado. Jesús les propuso que adoptaran su forma de vida, lo que comportaba la renuncia y el abandono de sus posesiones y de su anterior forma de vivir[23].

6.2. Llamados a ser apóstoles de Jesús

            Dentro del círculo de discípulos, Jesús constituyó un grupo más reducido: los doce apóstoles: “Llamó a si a los discípulos y escogió a doce de ellos, a quienes dio el nombre de apóstoles” (Lc 6, 13).

            Los llamó para estar con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios, etc. (cf. Mc 3, 13-15). Ahora bien, este envío era todavía, en un principio, provisional, esto es, limitado en cuanto al tiempo y al espacio: se redujo al ámbito judío y era sólo temporal (cf. Mt 10, 5).

6.3. Llamados a ser apóstoles de Jesucristo en todo el mundo

 

            Los discípulos no podían limitar su misión a ese ámbito reducido y realizarla sólo por un breve tiempo. Jesús les descubriría el horizonte del plan universal de salvación del Padre, justo después de la confesión mesiánica que ellos, por boca de Pedro, hicieron en un momento determinado de su proceso formativo como seguidores del Señor[24]. A partir de entonces adquirieron conciencia de poseer una vocación apostólica más dilatada: se convertían en discípulos y apóstoles no sólo de Jesús de Nazaret, a quien admiraban como persona, sino también de Jesucristo en cuanto Mesías.

6.4. Llamados a identificarse con Jesucristo-Siervo sufriente

 

            Jesús fue abriendo poco a poco su corazón a los discípulos. Les confió una dura realidad: iba a realizar su plan a través de padecimientos, llegando a morir ajusticiado en la cruz (cf. Mc 8, 31-32). Sus discípulos tendrían que aceptar este plan, identificándose con él, Siervo sufriente, a pesar de las resistencias que su solo pensamiento provocaría (cf. Mc 8, 32; Mt 16, 22). Ser discípulos y apóstoles de Jesús conllevaba una vocación a negarse a si mismos, a cargar con la cruz y a seguirle (cf. Mc 8, 34; Mt 16, 24; Lc 9, 23). Sólo de esta forma podrían los doce ser discípulos del Señor Jesús. Uno de ellos, Judas Iscariote, se negaría a aceptar la dinámica de sacrificio hasta la muerte, impuesta como condición por Jesús. Los otros once, aún con vacilaciones y reacciones de huida, terminarían aceptándolo.

6.5. Llamados a ser en plenitud apóstoles de Cristo Resucitado

            Después de la muerte de Jesús y de su resurrección, y con la fuerza recibida del Espíritu Santo, los once, junto con Matías, recién agregado al grupo de los apóstoles (cf. Hch 1, 15-26), fueron testigos de la resurrección. Asimilaron con mayor profundidad las enseñanzas de Jesús y se lanzaron con nuevo brío a la misión que él les había confiado. Tomaron conciencia más clara de su vocación apostólica, de enviados a todo el mundo. Llegaron a ratificar con el derramamiento de su propia sangre la fe que proclamaban, comenzando por Santiago, el hermano de Juan (cf. Hch 12, 1-2).

            Nos detenemos a considerar, a continuación, las vocaciones de dos apóstoles en concreto, las de Pedro y Pablo, por su carácter altamente representativo, dignas de ser destacadas en estos relatos vocacionales bíblicos.

7. La vocación de Pedro

            Llamado a desempeñar entre los apóstoles un papel privilegiado de servicio pastoral y a pesar de los avatares de su propia historia (vacilaciones y negaciones incluidas), Pedro representa el prototipo de la vocación de los discípulos. Vamos, pues, a situarnos en los comienzos de la vocación de este pescador de Galilea, llamado por Jesús a convertirse en pescador de hombres y que se entregó con tanto celo y fervor al desempeño de esa misión[25].

7.1. Llamado a ser pescador

            Con la frescura característica de quien nos transmite un acontecimiento que ha oído narrar directamente una y otra vez de la boca del mismo Pedro, el evangelista Marcos nos cuenta cómo un día Jesús, “bordeando el mar de Galilea, vio a Simón” (Mc 1, 16), que estaba remendando las redes. Aquella mirada de Jesús señaló la hora de la vocación de Pedro para ir a pescar a otros mares.

            El evangelista Lucas amplía más la escena y la introduce de otra manera: Pedro había pasado toda la noche intentando pescar. Mas, tristemente, no había conseguido nada. Al amanecer, cansado y frustrado, desistió de su intento y permitió que Jesús entrara en su barca y la transformase en una plataforma desde la que comenzó a predicar a la gente, “que se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios” (Lc 5, 1). La misma barca que no había servido para pescar un solo pez a lo largo de toda la noche, ahora -gracias a las “palabras de vida eterna” (Jn 6, 68) pronunciadas por Jesús-, sirvió para captar la atención de la multitud, que lo escuchaba a la orilla del mar.

            Cuando Jesús terminó de predicar, le dijo a Pedro: “Boga mar adentro” (Lc 5, 4). Después, le dijo nuevamente: “Echad vuestras redes para pescar” (ibid.). Pedro, buen conocedor de su medio laboral, sabía que en esta ocasión nada podía esperar del mar de Galilea. Por eso, expuso un pequeño reparo, si bien secundó inmediatamente los deseos de Jesús: “Nosotros nada hemos conseguido, pero, en tu nombre, echaré las redes” (Lc 5, 5).

            Habiéndolo hecho así, el resultado fue sorprendente: “pescaron una gran cantidad de peces” (Lc 5, 6), de modo que las redes amenazaban con romperse. Tan abundante como inesperada fue la pesca. Entonces gritaron a Santiago y a Juan, que estaban en la otra barca; pero, aún así, “llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían” (Lc 5, 7). Pedro no podía creer lo que veían sus ojos; cuenta el evangelista que se quedó asombrado (cf. Lc 5, 9).

            Y el asombro de Pedro se trocó en sentimiento de indignidad ante la presencia de quien demostraba tener un poder tan extraordinario. Por eso prorrumpió: “Apártate de mi, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). Jesús le repuso: No temas. Y le invitó seguidamente a ir a pescar a otros mares: “Desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 10).

            La llamada de Jesús no podía ser más explícita y directa. Pedro lo comprendió. Jesús trasparentaba en su mirada algo divino que atraía de manera irresistible. Pedro, Santiago y Juan -que estaban con él- “llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron” (Lc 5, 11). Comprendieron los discípulos que seguir a Jesús merecía mucho más la pena que todas las pescas de este mundo.

7.2. La recompensa prometida

            Aquel momento vocacional fue inolvidable. Dejó una profunda huella en la vida de Pedro. Marcos, a través de detalles sencillos pero significativos, nos relata el día en que Pedro lo recordó espontáneamente ante el Señor: “Pedro se puso a decirle: ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc 10, 28) ; “¿qué recibiremos entonces?” -completa el evangelio de Mateo (Mt 19, 27).

            Esa frase (se puso a decirle), sugiere que Pedro pudo ir enumerando, tal vez con lujo de detalles, las cosas que había dejado, puesto que Jesús, al responderle, parece que está repitiendo esas cosas supuestamente mencionadas por Pedro. Pero debemos fijarnos muy bien en la respuesta de Jesús. Según el texto de Mateo, que difiere del que presentan Lucas y Marcos, Jesús responde: “Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido…” (Mt 19, 28). Jesús no dice: Vosotros que lo habéis dejado todo y me habéis seguido. Jesús más bien dice: Vosotros que me habéis seguido.

            Es decir, lo principal no es lo que dejan sino a quien siguen. En el caso de Pedro, como en el de los demás apóstoles y de cuantos responden a la llamada de Jesús, no cuentan tanto las cosas que se abandonan, sino lo que se recibe de forma absolutamente gratuita: el don impagable que es el mismo Jesús, a quien se sigue, compartiendo su vida y su misión.

            Es verdad que el Evangelio enumera, a continuación, una serie de compensaciones al hecho de haberlo abandonado todo (cf. Mt 19, 28-29), pero ninguna de ellas es comparable al inestimable don de sentirse llamado y de poder seguir al Señor Jesús.

            Por otra parte no deja de parecer presuntuosa la frase de Pedro lo hemos dejado todo, sobre todo si reparamos en el hecho de que el pescador no poseía una gran fortuna: poco tenía, poco dejaba. Poco, ciertamente, pero era todo lo que tenía. Por lo tanto, Pedro, para seguir al Señor Jesús, había dejado ¡todo lo poco que tenía![26].

            A quienes otorga Dios el don de la vocación no les pide que dejen mucho o poco. Les pide que dejen todo para seguir a Jesús. Les pide que sean capaces de subordinar todos los bienes de este mundo –sean muchos o pocos, se usen o no, etc.- al bien superior que consiste en ser discípulos suyos.

8. La vocación de Pablo

            San Pablo, el “apóstol de los judíos y de los gentiles”, reviste también una importancia singular en la vida de la Iglesia. Sobre nuestro Fundador, en concreto, ejerció un influjo relevante la figura de Pablo, cuyo celo le entusiasmaba[27]. Pero, además, nuestro Fundador se sintió muy identificado vocacionalmente con él en el episodio del camino de Damasco, como nos cuenta en su Autobiografía[28] al narrar la convulsión que le produjo en su juventud el recuerdo de aquellas palabras del Evangelio: ¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo…? Por todo ello, merece la pena recordar la vocación de Pablo de Tarso.

8.1. La experiencia decisiva del camino de Damasco

            Hubo un acontecimiento extraordinario que marcó la vida de Pablo: fue su experiencia del encuentro con Jesús resucitado en el camino de Damasco. Fue una experiencia profundamente personal y, al mismo tiempo, esencialmente eclesial, como se puso de manifiesto en la acogida exquisita que le dispensó Ananías al imponerle las manos en la comunidad, diciéndole: “¡Pablo, hermano mío!” (Hch 9, 17). Esta experiencia fue determinante para la vocación y misión de Pablo (cf. Ga 1, 15-16).

            La irrupción de Jesús en su vida dividió la historia de Pablo en un antes y en un después en torno a dicha experiencia. Los fenómenos externos que acompañaron al proceso interno de la conversión, y los términos y comparaciones usados para describirla, sugieren que la entrada de Jesús en la vida de Pablo no fue precisamente como una brisa leve y tranquila, sino más bien como una tempestad repentina y violenta. Esa experiencia afectó seriamente a los fundamentos de su existencia. Hizo que todo su mundo anterior se desmoronara, posibilitando que surgiera una nueva realidad.

            Dios irrumpió, dejando a Pablo en el suelo (cf. Hch 9, 4; 22, 7; 26, 14). Cuando Pablo se levantó, estaba ciego, y así quedó durante tres días (cf. Hch 9, 8-9), a continuación de los cuales sus ojos vieron de nuevo la luz. Él mismo dice que su nacimiento para Cristo no fue normal. Dios provocó que naciera de manera forzada y violenta, como si fuera un aborto (cf. 1Co 15, 8). Pablo no lo esperaba. Más bien se sintió atrapado por Cristo Jesús (cf. Flp 3, 12). Aun así, después de que sucedió aquello, tuvo que reconocer que eso era lo que había estado esperando desde siempre. Para esto fue para lo que Dios le separó, le puso aparte, desde el seno materno (cf. Ga 1, 15). Él vivió eso como su destino, su vocación, su misión; consideró aquel suceso como la hora de la misericordia de Dios. Dios lo acogió, cuando él había sido un insolente, un blasfemo y un perseguidor (cf. 1Tm 1, 13). Fue el momento en que sobreabundó en él la gracia de Dios (cf. 1Tm 1, 14). Así Cristo quiso formarlo para su servicio (cf. 1Tm 1, 12).

8.2. La transformación de Pablo en Cristo

            Ahora, para Pablo, el vivir era Cristo (cf. Flp 1, 21). Ya no era él quien vivía, sino que era Cristo el que vivía en él (cf. Ga 2, 20). Pablo se sabía amado de Dios: “El me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20). A partir de entonces él ya no quería saber otra cosa que no fuera Jesús crucificado (cf. 1Co 2, 2) y quería completar en su propia carne lo que faltara a la pasión de Cristo (cf. Col 1, 24). Por amor a Jesús lo dejó todo para poder poseerlo a él y ser encontrado en él (cf. Flp 3, 8-9). Tomó parte también en la pasión de Cristo para poder así experimentar su resurrección (cf. Flp 3, 10-11). Soportó la agonía de Jesús en su cuerpo para que se manifestara en él la vida (cf. 2Co 4, 10-12; Ga 6, 17). Pablo, en fin, vivió una total identificación con Jesús muerto y resucitado.

            En virtud de esta configuración con Cristo, muerto y resucitado, la vida de Pablo cambió totalmente. Por causa de Cristo soportó todo y vivió entregado día y noche (cf. 1Co 13, 4-6). Un nuevo criterio invadió su vida: era la gracia liberadora de Dios, que se había manifestado en la persona del Señor Jesús, que le había amado y se había entregado por él (cf. Ga 2, 20).

            Aquel encuentro con Jesús en el camino hacia Damasco, y su posterior proceso de identificación con él, fue lo más fuerte y perdurable de su vida, que le llevó a aceptar a Jesús y a reconocerle como Mesías sin ninguna reserva. Pablo llegó a la convicción de que Jesús protagonizaba el cumplimiento de las promesas de Dios hechas desde antiguo a su pueblo (cf. 2Co 1, 20).

8.3. La misión universal de Pablo

            Ananías, a raíz del suceso acontecido a Pablo en el camino de Damasco, recibe del Señor la orden de acogerlo porque “es éste para mí vaso de elección, para que lleve mi nombre ante las naciones y los reyes y los hijos de Israel” (Hch 9, 15). Pablo, por tanto, ha sido elegido para ser el apóstol de todos: judíos y gentiles.

            Al aceptar a Jesús como Mesías, Pablo no estaba siendo infiel a su pueblo; no estaba dejando de ser judío. La fidelidad a Cristo, por un lado, y la fidelidad a su pueblo, por otro, eran perfectamente compaginables. Pablo nunca se sintió traidor a su pueblo, por más que lo acusaran de ello. Al contrario, viviendo en Cristo se sentía más judío que antes y poseedor de la esperanza de su pueblo.

            Para Pablo, Jesús encarnaba la realización de la esperanza de su pueblo, largos siglos anhelada. Es más, veía también cómo a través de la vida, muerte y resurrección del Señor, el gran misterio del amor de Dios confiado al pueblo de Israel se abría como una gracia que se regalaba a todos los pueblos, no sólo a su pueblo. Fue ésta la magnífica novedad que Pablo descubrió en Jesús y que comenzó a transmitir al mundo entero[29]. Es justo que a Pablo se le atribuya el apelativo de apóstol de los gentiles, pues confesó abiertamente sus preferencias apostólicas hacia ellos y expresó su voluntad de ser un verdadero pionero de la evangelización, queriendo trabajar entre los que no habían oído hablar de Cristo[30]. Pero Pablo era consciente del destino universal de su ministerio: ni sólo a los judíos, ni sólo a los gentiles. Él se sintió llamado a llevar el Evangelio a todos los hombres[31].

            Pablo, por una gracia especial de Dios –por su vocación a convertirse en apóstol universal-, entendió el alcance de este misterio revelado por Dios en Cristo, esta Buena Nueva para toda la humanidad. Ella se convirtió en la razón de su existir, en la fuente de sus alegrías y de sus padecimientos, y en el motor de su apostolado, como él mismo reconocería:

            “Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido estéril en mí. Al contrario, trabajé más que todos ellos; no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo” (1Co 15, 10).



[1] Cf. Aut 68 ss.

[2] Nuestro Fundador fue un asiduo lector de la Biblia, como él mismo confiesa: cf. Aut 113 y 151; cf. IMP, n. 20-30 y su Apéndice 3.

[3] “Nuestro Padre Fundador, Antonio María Claret, se sintió ungido por el Espíritu de Jesús. Encontró estímulos para su vocación misionera en los profetas (cf. Aut 114-120; 214-220) y, sobre todo, en Jesús, profeta sencillo y encantador, cercano al pueblo, pero también signo de contradicción, perseguido hasta morir en cruz (cf. Aut 221-222)” (EMP 7).

[4] Nuestro Fundador habla expresamente de los estímulos que le movían a misionar y cita el ejemplo de los siguientes profetas: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Elías y los doce Profetas Menores (cf. Aut 215-220). Menciona de manera especial a Jesucristo, a los apóstoles en general y, en concreto, a san Pedro, a san Pablo y a otros santos (cf. Aut 221-232). Todos ellos le estimulaban, sobre todo, por su celo por la salvación de las almas: cf. PGF 128.

[5] Cf. CC 3-4.

[6] Cf. CC 10.

[7] Cf. CC 82.

[8] Cf. CC 35c.

[9] Cf. CC 62.

[10] Por ejemplo, se describe la situación de Moisés y la opresión de sus hermanos; de Jeremías y la amenaza de invasión; de Amós y las injusticias sociales, etc.

[11] Por ejemplo, Moisés (cf. Ex 3-4), Jeremías (cf. Jr 1), Jonás, que quiere fugarse, y Saúl (cf. 1S 13,3-20).

[12] Así, Moisés muere en el monte Nebo antes de entrar en la tierra prometida; podemos citar también el caso de Saúl y el fracaso del monte Gelboé; o el de Jeremías y la destrucción de Jerusalén; o el de Jesús y el Calvario. Pero Dios, a la larga, triunfa siempre.

[13] Acontece a Gedeón (cf. Jc 6,36-38.40), a Saúl (cf. 1S 10,1-9), a Moisés en el Elohista (cf. Ex 3,12).

[14] Moisés experimenta una simple curiosidad, primero, y, luego, se cubre el rostro y teme mirar a Dios. Cuando Isaías vio al Santo de Israel y oyó el canto le ocurrió algo parecido: se llenó de temor (cf. Is 6,5).

[15] Ya antes de liberar al pueblo ha de soportar la crítica y la incomprensión (cf. Ex 5,20-21) y después de la liberación, a los tres días de caminar por el desierto, empiezan a murmurar. Las aguas de Mara son amargas (cf. Ex 15,24; 16,2 ss; 17,3).

[16] De Jeremías afirma nuestro Fundador: “La principal divisa de este gran Profeta es una tiernísima caridad para con sus prójimos; caridad llena de compasión por sus males, no solamente espirituales, sino también temporales; caridad que no le permitía ningún reposo” (Aut 216).

[17] La expresión ceñirse la cintura se refiere directamente a la costumbre que existía entre los hombres de prepararse para realizar ciertas labores, atándose las vestiduras con un cíngulo para conseguir así mayor libertad de acción o movimiento. Pero también es una metáfora alusiva a la actitud obediente, a la disposición para reaccionar con prontitud a aquello que se requiere u ordena.

[18] La figura del profeta viene a decir que la única posibilidad de salvación estriba en escuchar a Dios, pues aunque todo sea destruido, aunque vengan los babilonios, no podrán destruir la ciudad fortificada, la columna de hierro, el muro de bronce que Dios ha construido en medio de su pueblo como refugio indestructible que asegura la salvación.

[19] Comenta nuestro Fundador acerca de la vocación-misión de Isaías: “Su principal objeto era echar en cara a los habitantes de Jerusalén y demás hebreos sus infidelidades, anunciarles el castigo de Dios, que les vendría de los asirios y de los caldeos, como así sucedió” (Aut 215).

[20] Ello posiblemente se realizó al pie de la letra con el Emmanuel; en Is 9,5, tiene el tono del nacimiento y entronización del primogénito.

 

[21] Su respuesta al ángel expresa una aceptación gozosa, no una mera resignación. Se trata de un abandono completo en las manos de Dios, venga lo que venga. Podemos interpretar las palabras de María como una expresión de gozo, en la misma línea o tono del saludo del ángel, que invita a la alegría.

[22] “También me anima mucho el leer lo que hicieron y sufrieron los apóstoles”, dice nuestro Fundador (Aut 223).

[23] Cf. otras citas: Lc 5, 11; Mt 4, 20.22; Mc 1, 18.20; Jn 1, 35-42; Mt 19, 27; Mc 10, 28; Lc 18, 28.

 

[24] Cf. otras citas: Mc 8, 27.29; Mt 16, 13-16; Lc 9, 18-20; Jn 6, 68-69.

[25] “El apóstol san Pedro, en el primer sermón, convirtió a tres mil hombres, y en el segundo a cinco mil (Hch 2, 41; 4, 4). ¡Con qué celo y fervor predicaría” (Aut 223).

[26] Sin embargo, encontramos algo curioso: después de la escena en la que Pedro deja las redes y, con ellas, todos sus haberes, el Evangelio sigue hablando una y otra vez de “la barca” de Pedro, de “la casa” de Pedro, etc. Entonces, ¿qué fue lo que dejó? La respuesta la encontramos en Lucas, el evangelista de la pobreza y del desprendimiento. Él nos da la clave con una palabra griega que rara vez se traduce como es debido. No dice que Pedro dejara las redes o la barca, como cuentan Mateo y Marcos, sino que dejó “lo suyo”, es decir, algo más que sus pertenencias materiales: sus intereses, sus ambiciones, su plan de vida, la seguridad que le daba su profesión, etc. Pedro, antes que cosas materiales y tangibles (que siguió teniendo), cambió la orientación de su vida: este cambio comenzaría a operar en él una nueva y diferente relación con todas las cosas materiales: poseería, sin duda, pero sin depender necesariamente de sus posesiones. Un día llegaría a decir, incluso, lleno de alegría: “oro y plata no tengo…” (Hch 3, 6).

[27] “Pero quien me entusiasma es el celo del apóstol San Pablo…” (Aut 224).

[28] Cf. Aut 68-69.

[29] Se trataba de la proyección universal del plan salvador de Dios, algo ya presagiado en el horizonte en la época del exilio, y posteriormente…, hasta desvelarse del todo con Jesucristo. De esto Pablo no tenía duda.

[30] “A vosotros los gentiles os digo que mientras sea apóstol de los gentiles haré honor a mi ministerio” (Rm 11, 13); “sobre todo, me he impuesto el honor de predicar el Evangelio donde Cristo no había sido nombrado…” (Rm 15, 20).

[31] Hay textos paulinos que evidencian el destino universal de su apostolado: cf. Rm 1, 16; Ef 3, 2; Col 1, 28; 1Tm 2, 1-4. Lucas afirma claramente que Pablo en sus viajes misionales dirigía su acción apostólica tanto a los judíos como a los gentiles (cf. Hch 20, 20-21).

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