Capítulo 4 Claret, Fundador y modelo de vida apostólica

 

Capítulo 4

 

Claret, Fundador y modelo

de vida apostólica

            Claret, por ser el Fundador de nuestra Congregación, es una persona-tipo, un modelo carismático para identificar e inspirar nuestra vida misionera[1]. Pero, sobre todo, Claret es nuestro padre. Él nos ha engendrado con la fuerza del Espíritu, como decía san Pablo a los primeros cristianos: Por medio del Evangelio yo os he engendrado (1Co 4, 15). Nuestro Fundador nos ha introducido en una peculiar comprensión y vivencia del misterio de Cristo, el ungido y enviado por el Padre. Así, Claret ejerce su paternidad sobre nuestra familia misionera[2].

            Uno de los objetivos principales del noviciado claretiano es, como sabemos, la iniciación en la vida religiosa, según el carisma, espíritu y misión de san Antonio María Claret y de la Congregación. Para ello, resulta imprescindible conocer al P. Fundador. Del conocimiento brota el amor.

            Para aproximarnos a Claret vamos a hacer una breve presentación de su figura y de sus rasgos personales. La apretada síntesis de los elementos que la integran incluye necesariamente, de forma general, aspectos que después se tomarán de nuevo y se desarrollarán específicamente en otros capítulos de este manual.

            En el desarrollo de este capítulo, prestaremos particular atención a:

I. La experiencia vocacional de Claret.

II. Rasgos de la figura de Claret.

III. Medios para conocer e imitar la figura de Claret.

I. LA EXPERIENCIA VOCACIONAL DE CLARET

            La experiencia vocacional de Claret se desarrolló de la siguiente manera:

1. Origen de la experiencia vocacional de Claret

            La vocación de Claret nació de una profunda experiencia de Dios, que le llevó a una opción radical por él y por su Reino, y de una peculiar experiencia del mundo, a cuya bondad, relatividad y aun peligrosidad Claret se aproximó en sus años juveniles[3].

1.1. Infancia

            En su primera infancia tuvo una experiencia del absoluto de Dios y de la fragilidad del hombre, de su infidelidad y, por lo mismo, de su infelicidad, tan profunda que le quitaba el sueño y le marcó para toda la vida.

             Su compasión por la suerte de los pecadores no la explica sólo el hecho de tener un corazón «tierno y compasivo»[4]. La experiencia de la eternidad debe atribuirse a una intervención especial del Espíritu, que desde el seno materno le destinaba a una misión especial en la Iglesia, porque aquella idea quedó en él muy grabada, la tuvo siempre muy presente y fue siempre el resorte y aguijón de su celo. Nos encontramos, pues, con una precocidad en la actuación de los dones del Espíritu Santo. El pensamiento de la eternidad, que le hacía estremecerse, provoca en él una reacción doble, según su temperamento activo-emotivo: un intenso sentimiento de compasión por los pecadores y la resolución de trabajar con todas sus fuerzas para impedir que se condenen[5]. También en los años de su infancia comenzó a sentir la vocación sacerdotal en clave rigurosamente apostólica, como medio para colaborar en la salvación de sus hermanos[6].

             Más tarde la vocación sufre una crisis aguda. Tras la muerte del profesor de latín y el tiempo de trabajo en la fábrica de su padre, le sobreviene un período crucial y decisivo: el contacto con el mundo. Su visión del trabajo, de la técnica, de la amistad, del triunfo humano, es positiva y optimista. El mundo le promete riquezas, honores y placeres. Pero pronto se da cuenta de la vanidad, limitación y peligrosidad de estos bienes cuando se ponen al servicio de la ambición o del egoísmo. Experimenta la inseguridad del dinero, al ser traicionado por un falso amigo, y la volubilidad e inseguridad del amor humano que fácilmente traiciona o es traicionado. Descubre también la maldad del corazón humano en sus compañeros de fábrica, que llevan una vida mundana y superficial y blasfeman como demonios. Y, sobre todo, en la playa de la Barceloneta, experimenta la fragilidad y la caducidad de la propia vida y el peligro siempre inminente de perderla[7].

            El contacto con el mundo de la técnica le resultó especialmente peligroso, porque era su vocación natural, para la que estaba muy bien dotado y por la que sentía verdadero delirio. Y entró enseguida en conflicto con su vocación apostólica. Durante algún tiempo las espinas lograron sofocar el buen trigo[8].

            Esta experiencia del mundo fue necesaria y providencial para preparar el corazón del apóstol y propiciar su decisión vocacional. Eran golpes que Dios le daba para despertarle, hacerle salir de los peligros del mundo y arrancarle de él[9].

1.2. Juventud

            A los 21 años recibió la llamada definitiva[10]. Dios irrumpió en su alma con una gran luz que le iluminó, le cegó y le dejó como a san Pablo. Recordó el texto de Mt 16, 26, mientras oía misa:¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si finalmente pierde su alma? Esta sentencia le causó una profunda impresión; fue para él como una saeta que le hirió el corazón. Su única preocupación era buscar la verdad: pensaba y discurría qué haría, pero no acertaba. Se halló, como Pablo, en el camino de Damasco hasta que encontró un Ananías que le dijo lo que debía hacer: el P. Amigó. Le oyó, celebró su resolución, y le aconsejó que estudiase latín, cosa que hizo inmediatamente. Más tarde, el 30 de septiembre del 1829, ingresó en el seminario de Vic.

            El desengaño le llevó a una decisión radical: romper definitivamente con el mundo y morir a el en una cartuja[11]. Aquí aparece su vocación religiosa, pero de un modo tan violento que pone en peligro su vocación sacerdotal y apostólica. También esto fue providencial, porque el Señor le quería evangélicamente muerto al mundo para que pudiera vivir mejor en cercanía apostólica respecto del mundo.

            Es ahora cuando reaparece con fuerza e intensidad su vocación misionera:

            “Desde que me pasaron los deseos de ser cartujo, que Dios me había dado para arrancarme del mundo, pensaba no sólo en santificar mi alma sino también discurría continuamente qué haría y cómo lo haría para salvar las almas de mis prójimos”[12].

1.3. Llamada explícita

            Una vez preparado el terreno, llega la llamada explícita; interviene la acción fecundante de la Palabra de Dios. Leyendo la Biblia, que tanto le mueve y le excita, se siente personalmente implicado e inserto en el misterio de la misión de Jesús. Siente la voz del Señor que le llama a predicar, fuertemente impresionado por algunos pasaje proféticos[13]. Pero «de un modo muy particular su vocación profética se revela en las palabras de Isaías (61, 1) que Jesús se aplica a sí mismo al comenzar la vida pública: “El Espíritu del Señor está sobre mí…, a anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado” (Lc 4, 18-19). Se ve a sí mismo en la línea de Cristo Evangelizador, de los profetas, de los apóstoles, de los grandes misioneros. Al mismo tiempo adquiere conciencia de ser instrumento de salvación[14].

1.4. Tentaciones

            Como la vocación mesiánica de Jesús se vio sometida a la tentación, también la de Claret se vería zarandeada por el demonio que, a toda costa, quería quebrarla en flor. Pero lo impidió una intervención sobrenatural: la visión de la casa Tortadés[15]. Es un momento decisivo de clarificación y reforzamiento vocacional, no sólo por haber sido confirmado en castidad, sino por el significado apostólico que entrañaba. Es en esta visión donde nace su concepción de la filiación mariana en clave apostólica, considerando la evangelización como colaboración en la lucha de la Virgen contra Satanás y su descendencia.

            Pero fue sobre todo en la ordenación de diácono cuando entendió el sentido pleno de aquella intervención sobrenatural:

            “Cuando el prelado, en la ordenación, dijo aquellas palabras del Pontifical, que son tomadas de san Pablo: No es nuestra lucha solamente contra la carne y la sangre, sino también contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas… entonces el Señor me dio un claro conocimiento de lo que significaban aquellos demonios que vi en la tentación”[16].

            Es éste el momento de su investidura apostólica, al recibir el Evangelio como arma de combate. Claret queda ungido por el Espíritu, con la imposición de las manos, y es enviado a la lucha. Queda así incorporado a la descendencia de la Virgen a la que se entrega como hijo y ministro suyo para que le envíe como apóstol y le arroje con toda la fuerza de su brazo cual saeta puesta en su mano poderosa[17].

2. Formación para la misión

            Paralela a la experiencia vocacional de Claret fue su formación general y específica para la misión. Dios había puesto ya el substrato natural. Concedió a Claret padres honrados y temerosos de Dios, buenas cualidades y buen carácter[18], el más apto para la misión apostólica: predominio del entendimiento práctico sobre el especulativo, fuerza más que ordinaria de voluntad, optimismo en las propias iniciativas, facilidad para adaptarse a las circunstancias, memoria tenaz, gran capacidad de trabajo, salud robusta y gran resistencia física y moral.

            Sobre este substrato natural fue construyendo su personalidad ya desde la niñez, guiado por su maestro y por sus padres los cuales, en una acción conjunta, trabajaron en formar su entendimiento en la enseñanza de la verdad y su corazón en la práctica del bien y de todas las virtudes[19].

            También su experiencia como obrero, sobre todo en Barcelona, donde simultaneó la preparación técnica con la formación intelectual y científica, fue muy positiva en orden a su misión futura[20].

            Más tarde, en el seminario de Vic, los estudios oficiales durante siete años y las lecturas preferenciales le marcaron profundamente. Es tiempo de búsqueda y de asimilación de la verdad orientada a la acción misionera. Como él mismo nos dirá:”A esto se dirigían todas mis cotidianas oraciones, estudios y lectura espiritual”[21].

            La lectura de la Biblia no sólo esclareció su vocación y fue impulso apostólico, sino que alimentó su inteligencia y su corazón para poder comunicar el mensaje salvador con fuerza y convicción. Lo mismo cabe decir de la lectura de las vidas de los santos que se distinguieron por su celo por la salvación de las almas, anotando los pasajes más interesantes para su utilidad y provecho[22].

            Pero la experiencia formativa más fuerte fue, sin duda, su viaje a Roma y su permanencia en la Compañía de Jesús. En el viaje se sintió identificado con Jesús misionero y se confirmó en la necesidad de la pobreza y la ejemplaridad[23]. La entrada en la Compañía le hizo experimentar una espiritualidad puesta al servicio de un apostolado universal y le permitió aprender diversos métodos muy eficaces de apostolado. Al mismo tiempo, comprobó el valor de la vida consagrada y la necesidad de la vida común para dar eficacia a la misión[24].

            Una vez completada la etapa formativa, la misma experiencia misionera le fue abriendo horizontes y le fue dando pautas de renovación y de formación permanente. Sus inquietudes formativas se manifestaron sobre todo en la importancia que dio siempre al estudio personal[25] y en la cantidad y calidad de los libros de su biblioteca.

            En su tiempo algunos calificaron a Claret como hombre eminente en todas las ciencias[26] y hombre de conocimientos “vastísimos y profundos”[27], siendo “voz corriente en los sectores eclesiásticos que la ciencia del misionero era infusa y un milagro viviente de Dios”[28]. Pero él decía de sí mismo: “A mí me consta que lo poco que sabe ese sujeto lo debe a muchos años y noches pasadas en el estudio”[29].

            La formación filosófica y teológica de Claret fue densa y cuidada y más aún su formación bíblica, debido a la lectura frecuente de la Escritura y de los mejores comentaristas de la época. Su formación patrística fue también muy notable. Otro tanto cabe decir de su formación espiritual, recibida a través de la lectura continua de los mejores autores españoles clásicos y modernos, así como de otros.

            Todo esto, aun siendo muy importante, no fue definitivo. Claret se formó, sobre todo, en la honda experiencia de Dios y de la Virgen; en la imitación y configuración con Cristo, a quien encontró en la Eucaristía y en la Palabra, en el prójimo y en los acontecimientos, en la evangelización y en su alma donde vivía y actuaba con intensidad. Esa formación humana y espiritual fue la que le llevó a vivir en perfecta unidad en todas las experiencias de su vida[30].

3. Claret, misionero apostólico

3.1. La identidad vocacional de Claret

            Misionero apostólico no fue para Claret un simple título jurídico, que privilegiaba su acción apostólica. Él lo entendió de forma original, dándole densidad evangélica y teológica. El P. Claret vivió todas las situaciones de su existencia como misionero apostólico, tanto por la importancia que dio a la evangelización como por su estilo de vida pobre y fraterna.

            Ésta fue la llamada que Dios dirigió al P. Claret desde lo más profundo de su ser. Y ésta fue su única y verdadera identidad vocacional. Esta constatación reiterada indica la persuasión de cuantos conocieron al P. Claret y de él mismo, que siempre se consideró un misionero apostólico[31]. Ya su primer biógrafo le otorgó este título como calificativo esencial, por encima incluso del título de arzobispo[32]. En la personalidad múltiple y polivalente de Claret el hilo conductor del que todo parte y hacia el que todo converge es su vocación de misionero apostólico. Desde esta definición esencial se explica todo en su ser, en su vida y en su acción: su espiritualidad, su sacerdocio, su episcopado, su concepción de la vida religiosa, su actividad apostólica y sus empresas organizativas.

3.2. Imagen tradicional del misionero apostólico

            A partir del siglo XII los misioneros gozaron siempre de amplias facultades y privilegios, que recibían directamente de la Sede Apostólica.

            Misionero apostólico era un título jurídico, concedido por la Sede Apostólica a determinados predicadores itinerantes de fieles o de infieles, que lo solicitaban. El calificativo apostólico hace referencia precisamente al concesionario: la Sede Apostólica, que garantiza la misión. La Sede Apostólica, además de dar un respaldo oficial al misionero, le concedía algunos privilegios, sobre todo de índole litúrgico-devocional. Por su parte, el misionero se comprometía a dedicarse a la predicación itinerante, llevando una vida pobre y desprendida.

3.3. El misionero apostólico según Claret

            Claret obtuvo para sí mismo el título de misionero apostólico el 9 de julio de 1841. Era un título honorífico que garantizaba y recomendaba su predicación desde la Sede Apostólica. Ignoramos las facultades que le fueron concedidas, pero debieron ser parecidas a las que en 1845 solicitó para sus compañeros[33]. Para Claret este título no fue algo honorífico o meramente jurídico, sino una definición de su ser. Él le dio un sentido teológico y evangélico para indicar un estilo de vida peculiar: a la apostólica, como los apóstoles con Jesús, en rigurosa pobreza evangélica y en fraternidad compartida con los hermanos. El título de Misionero Apostólico, que él recibió, sintetiza su ideal de vivir al estilo de los apóstoles. Este modo de vida implica ser discípulo y seguir al Maestro, vivir los consejos evangélicos en comunidad de vida con Jesús y con el grupo de los llamados, ser enviado y anunciar a todo el mundo la Buena Nueva del Reino[34].

            Con la palabra misionero quería indicar su configuración con Cristo, ungido y enviado para ser cabeza y modelo de los demás misioneros. Claret, ungido y enviado también por el Espíritu, se sintió llamado a imitar a Jesús, a vivir en su intimidad, a testimoniarlo, a proclamar su mensaje de salvación. Al mismo tiempo expresa su función específica: la evangelización, el servicio profético de la Palabra, renunciando, en cuanto estuviera de su parte, a las otras funciones del sacerdocio ministerial: el régimen y la sacramentalización.

            Con la palabra apostólico aludía al estilo de vida de los apóstoles, llamados a compartir la amistad y la intimidad con Jesús y a predicar la Buena Nueva hasta los últimos confines de la tierra. Se refería al estilo de vida centrado en la pobreza, la itinerancia y la fraternidad al servicio de la evangelización entendida como servicio bíblico y profético de la Palabra.

4. Claret, misionero apostólico siempre

            Claret fue apóstol tan intensa y radicalmente que lo apostólico se encuentra en todos los planos de su personalidad y en todas las épocas de su vida. Este es el rasgo que tanto los biógrafos como la tradición de la Congregación han puesto siempre de relieve, porque ese es el rasgo que con mayor fuerza aparece en su fisonomía. El apostolado tiene en su personalidad una función totalizadora:

            “Como párroco, como Misionero, como prelado, como confesor, como Director de almas, como Pedagogo, como Sociólogo, como Escritor como Maestro de espíritu, como Fundador de Ordenes religiosas, todo lo encaminaba al apostolado”[35].

            Claret fue misionero apostólico no sólo en Cataluña y Canarias, sino también en situaciones de gobierno y de estabilidad. En Cuba fue más misionero que arzobispo. Contra la tendencia general de la época, que convertía al obispo casi en puro funcionario burocrático, descargó las funciones ordinarias de gobierno en sus más fieles colaboradores, reservándose la alta dirección de los asuntos. Así pudo dedicar la mayor parte de su tiempo y de sus energías a la predicación misionera. La idea que entonces tenía del misionero apostólico nos revela sus rasgos esenciales: desinstalación y disponibilidad, vida común, predicación misionera, necesidad continua de renovación[36].

            En Madrid, sin faltar a sus deberes de confesor real, dedicó gran parte de su tiempo a evangelizar a toda clase de personas y convirtió sus viajes con la reina en verdaderas misiones populares. Al ser nombrado presidente del monasterio de El Escorial, pensó en convertirlo en centro de evangelización y de formación de evangelizadores, como seminario interdiocesano, colegio universitario y casa misión y de ejercicios de alcance internacional[37].

            En París, desterrado por la revolución, y en Roma, durante el Concilio Vaticano I, siguió siendo misionero apostólico por su estilo de vida pobre y fraterna, por su predicación incansable y por sus ansias de volar a la viña joven de América[38].

            Al final de su vida, como recapitulándola toda, afirma que ha cumplido su misión, porque ha sido fiel a las dos características principales del misionero apostólico: la pobreza y la predicación[39].

            Claret expresó de una manera especial su vocación apostólica al fundar nuestra Congregación, una Congregación de Misioneros Apostólicos[40]. En 1849, tras una larga experiencia misionera, Claret proyecta su espíritu, creando una Congregación de misioneros apostólicos, plenamente consagrada a la evangelización. Así su espíritu, que era “para todo el mundo”[41] podía encarnarse y prolongarse a lo largo del espacio y del tiempo, porque deseaba extender a todo el mundo la luz del Evangelio; anhelaba con vehemencia que hasta el fin de los siglos se predicara y catequizara en todas partes y “quería con ardor salvar a todos, porque todos son imagen de Dios y precio de la sangre de Jesucristo”[42]. A ello le movieron varias razones, todas de índole apostólica: la falta de predicadores evangélicos y apostólicos, los deseos que tenía el pueblo de oír la divina palabra, las muchas instancias que recibía para ir a predicar el Evangelio y el deseo de poder hacer con otros lo que solo no podía[43]. Es evidente que la Congregación no nació sólo del pensamiento del Fundador, sino de inspiración divina[44].

II. RASGOS DE LA FIGURA DE CLARET

            Para describir de una manera global los rasgos de la figura de Claret nos fijaremos en tres dimensiones que hay que entender en profunda interrelacción e interacción: la espiritualidad, el estilo de vida y la misión.

1. Espiritualidad[45]

1.1. Jesús en el centro[46]

            Claret vivió su vocación como una compleja experiencia de profunda amistad con Cristo (sobre todo a partir del sacramento eucarístico), desde cuya intimidad de Hijo va paulatinamente descubriendo a Dios el Padre, que por amor envía a Jesús para salvar al mundo.

            Su ideal era la configuración con Cristo a través de la imitación exterior de las llamadas virtudes apostólicas y de la vivencia de sus actitudes interiores y la plena transformación: Es Cristo quien vive en mi. Los rasgos de Cristo más destacados por el P. Claret son:

• El Hijo preocupado por las cosas del Padre (cf. Lc 2, 49).

• El Hijo ungido para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18).

• El Hijo no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Lc 9, 58).

• Signo de contradicción (cf. Lc 2, 34).

• Hijo de María (cf. Lc 1, 38; 2, 7).

• Enviado por el Padre y ungido por el Espíritu, comparte con los apóstoles su vida y misión.

1.2. Experiencia del mundo[47]

            Claret pasa también por una peculiar experiencia del mundo, cuya bondad, relatividad y aun peligrosidad probó en su juventud. Su vocación, marcada por circunstancias históricas, fue la respuesta de Dios al grito de su pueblo (cf. Ex 3,7-12). Le abrió los ojos y el corazón para contemplar y discernir los males que padecían la Iglesia y la sociedad, al mismo tiempo que le reportó recursos para remediarlos.

1.3. Primado de la Palabra de Dios[48]

            Claret fue siempre muy aficionado a la Biblia y a su lectura diaria. Familiarizado con ella ya desde pequeño, intensificó su amor a las Sagradas Escrituras en el Seminario de Vic de tal modo que la Biblia llegó a ocupar un lugar preferente a lo largo de toda su vida. La leía y meditaba a ejemplo de María, su Madre y Formadora y la asimilaba en clave vocacional.

            Cultivó su vocación con la asidua meditación de la Sagrada Escritura, que mantuvo viva su sensibilidad y le ayudó a captar lo que más urgía para la salvación de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo. Para Claret la Escritura constituyó uno de los ejes de su espiritualidad. En ella encontró estímulos para descubrir su vocación y para desarrollarla, siguiendo los modelos de Jesús, de los apóstoles y de los profetas.

            La Palabra de Dios configuró la personalidad de Claret, al estilo de Jesús y de los apóstoles, para actuar como Misionero Apostólico. La vivía y experimentaba para anunciarla. La propagación de la Biblia, la recomendación de la lectura diaria de las Sagradas Escrituras y la predicación de la Palabra de Dios expresan el empeño de Claret por realizar este anuncio[49].

1.4. La permanente presencia de María

            En su aproximación a Jesús y en su comprensión de los caminos de salvación del mundo contó Claret con la presencia intensísima de María. Con ella se sintió siempre íntimamente vinculado[50]. La comunión amorosa y filial con María adquiere su expresión culminante cuando Claret dice: “María Santísima es mi madre, mi madrina, mi maestra, mi directora y mi todo después de Jesús”[51].

            A ella se entrega del todo como hijo, ministro y sacerdote[52]. Él se siente una flecha en las manos poderosas de María[53], y es ella quien le anima y le conforta y atrae a su ministerio las bendiciones de Dios[54]. Más tarde verá a la Virgen desde la ternura de su Corazón Inmaculado, refugio de pecadores, fuente de salvación y, sobre todo compañera de su Hijo y colaboradora incomparable en su obra de salvación.

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2. Estilo de vida

            El profetismo, la evangelización, condiciona existencialmente el estilo de vida del profeta y del evangelizador. Por su misma vida tiene que ser signo, transparencia del Reino, evangelio de Cristo, como Cristo lo es del Padre. Tiene que vivir una vida verdaderamente evangélica: fraternidad como los Doce, castidad, pobreza, obediencia, o sea vida verdaderamente apostólica. Por eso Claret afirma que “el misionero apostólico debe ser un dechado de todas las virtudes”[55].

2.1. Animado por la caridad apostólica

            El lema apostólico de Claret fue “Caritas Christi urget nos” (2Co 5, 14). El consideró el amor como la primera virtud del misionero, porque el ministerio apostólico es todo ejercicio de amor: “Si no tiene ese amor, todas sus bellas dotes serán inútiles; pero si tiene grande amor con las dotes naturales, lo tiene todo”[56]. Convencido de esta realidad trató de buscar este tesoro escondido a través de algunos medios que puso en práctica[57].

            En el misionero el amor es dinámico, se convierte en celo y es así como alcanza su plenitud y su perfección. El celo, según Claret, es “ardor y vehemencia de amor”[58] que impulsa a la acción. En el misionero la forma concreta de amar a Dios es trabajar y sufrir por la salvación de los hermanos. Y el amor al prójimo, que tan hondos acentos arranca del corazón de Claret[59], es la caridad del Espíritu que invade al evangelizador.

            El celo es don del Espíritu; es comunicación del mismo Espíritu que ungió, guió y movió a Jesús de Nazaret. Lleno de este celo ardiente, Claret podía decir que el Espíritu del Señor estaba sobre él y sobre cada uno de los misioneros, hablando por medio de ellos[60].

2.2. Estilo de pobreza apostólica

            La pobreza reviste una importancia capital en la vida y en la espiritualidad del P. Claret, misionero apostólico. Por sentido evangélico y por experiencia misionera intuyó que pobreza y vocación apostólica se implicaban mutuamente. Así lo veía en Jesús y en los apóstoles y así lo comprobó en los textos proféticos que provocaron su vocación. En Cristo veía sobre todo al Hijo del hombre que no tiene donde reclinar la cabeza (Lc 9, 58), ungido y enviado para evangelizar a los pobres (Lc 4, 18). Queriendo también él evangelizar a los pobres, tenía que imitar a Cristo pobre y vivir en espíritu de pobreza para entrar en el interior de Jesús. Por eso siempre resume la vida del Señor en clave de pobreza: “Me acordaba siempre que Jesús se había hecho pobre, que quiso nacer pobre, vivir pobremente y morir en la mayor pobreza”[61].

            A lo largo de la Autobiografía, Claret va indicando su norma de conducta en fidelidad, incluso literal, al Evangelio: viajes a pie, sin aceptar dinero por el ministerio, ni retribución por sus libros; escasez en el vestido y en las provisiones, desprendimiento total, desinterés, inseguridad. Su testimonio de misionero itinerante queda resumido en esta frase: “Nada tenía, nada quería y todo lo rehusaba”[62].

            Así vivió en Cuba, Madrid, Roma y, salió pobre de Prades para Fontfroide donde murió. Él deseó siempre “morir en un hospital como pobre, o en un cadalso como mártir”[63], y el Señor le concedió morir desterrado y perseguido y en una celda prestada.

             La pobreza de Claret fue fruto de una decisión heroica, porque, pudiendo enriquecerse, prefirió vivir pobre hasta el final de su vida. Y vivió la pobreza con el gozo evangélico de las bienaventuranzas: “Era tanta la alegría que sentía con la pobreza, que no gozan tanto los ricos con sus riquezas como gozaba yo con mi amadísima pobreza”[64]. La pobreza apostólica del P. Fundador, así vivida y testimoniada, fue un elemento fundamental, porque le liberó[65] y le hizo disponible para la misión.

2.3. Itinerancia misionera

             Continuador de la misión de Cristo y de los apóstoles, Claret es un hombre poseído por el Espíritu, desinstalado, itinerante y lanzado al anuncio del Reino de Dios. De 1843 a 1850 no tuvo domicilio fijo. Su afán era siempre correr de una parte para otra, como Jesús, como los apóstoles, como san Pablo, su modelo más sublime[66].

             Y en la línea de los grandes misioneros apostólicos, siguió el ejemplo de san Juan de Ávila y del beato Diego de Cádiz, que se consagró por todo el tiempo de su vida al ejercicio del ministerio apostólico, sin jamás descansar[67]. Su decisión de no aceptar el episcopado la motivó con el deseo de no atarse y concretarse. Y, al ser exonerado de la archidiócesis de Cuba, esto fue lo que le movió a no aceptar ninguna otra sede residencial. También en Madrid expresaba continuamente sus ansias de correr por todas partes predicando el Evangelio, al ver la necesidad y el hambre que la gente tenía de oír la palabra de la salvación[68].

2.4. En comunidad misionera

             Durante los años de Cataluña, Claret vivió la misión casi en solitario, aunque procuró misionar con otros compañeros, especialmente con el beato Francisco Coll y con el P. Manuel Vilaró. Poco a poco la reflexión sobre el Evangelio y la experiencia personal le llevaron a considerar la fraternidad como signo eficaz de testimonio y fuerza evangelizadora.

             Ya en 1846, en uno de sus ensayos de Hermandad Apostólica, dice que los misioneros deben estar unidos en el espíritu; y en 1847 en la Asociación de Hermanos de Jesús y María exige la vida de comunidad reglamentada[69]. La común vocación apostólica lleva necesariamente a la comunión de vida fraterna. La Congregación nació con finalidad apostólica en comunidad fraterna. “Así empezamos -afirma el Fundador- y así seguíamos estrictamente una vida perfectamente común”[70].

             En Cuba, bajo su sabia dirección, los misioneros llevaban vida perfectamente común, que el santo, con profundo sentido pedagógico, se complace en describir. La comunidad de Misiones de Cuba prácticamente equivalía a una casa de la Congregación. Así lo afirmaba el mismo Fundador: “Hago y hacen todos mis compañeros el mismo modo de vivir que en la Merced”[71].

             Obligado a vivir separado de la Congregación en su época madrileña, creó y animó una comunidad fraterna y apostólica semejante en todo a las de sus misioneros. Por otra parte, siempre que pudo compartió el don de la fraternidad entre sus misioneros, en Segovia, en Vic, en Gracia y en Prades, y se mantuvo en continuo contacto con ellos.

2.5. Adornado de otras virtudes misioneras

             1ª. Rectitud de intención. El primer elemento es la rectitud de intención, que como motivación confiere claridad y transparencia a la evangelización. El P. Fundador nos señala que no era el honor ni el dinero ni el placer lo que le movía a evangelizar. Y añadía estas motivaciones fundamentales: que Dios sea conocido, amado y servido de todos; impedir los pecados que se cometen y el deseo de hacer felices a los prójimos[72].

             2ª. Oración asidua. Claret fue un hombre de oración asidua y constante. En todos los propósitos de los Ejercicios siempre expresaba la preocupación por la oración a la que unía el ejercicio de la presencia de Dios. Frases suyas son: “las noches las pasaré en oración” (1859), “dormir poco y orar mucho” (1862)[73], etc.

             Para Claret, la oración es el primer medio y el medio máximo para hacer fruto apostólico[74]. Su oración era una oración apostólica. Oraba[75] y hacía orar[76] a los cristianos para pedir del Señor su presencia y acción en las obras apostólicas que él realizaba. Imitaba a Cristo evangelizador, que “de día predicaba y curaba enfermos y de noche oraba”[77].

             3ª. Humildad profunda. La humildad es el fundamento de las virtudes necesarias para ser un verdadero misionero apostólico[78]. Claret llevó examen particular de la humildad por quince años para combatir, decía, su vanidad. Procuraba imitar sobre todo a Jesús, contemplandolo en el pesebre, en el taller, y en el Calvario. Meditaba sus palabras, sus sermones, sus acciones y se preguntaba cómo se comportaría Jesús en las diversas ocasiones[79].

             4ª. Mansedumbre evangélica. Claret conoció que, después de la humildad y la pobreza, la mansedumbre era la virtud que más necesita el misionero[80]. Más aún, por su experiencia llegó a la conclusión de que la mansedumbre “es una señal de vocación al ministerio apostólico”[81]. También intentó no confundir la falta de mansedumbre (mal genio, ira…) con el celo apostólico tan necesario al misionero y que él cultivada cuidadosamente; era una tentación en la que podía caer fácilmente[82].

             Claret era de carácter fuerte y tuvo que controlar su personalidad. Por eso hizo examen particular de la mansedumbre del 1861 al 1864. Referencias a la mansedumbre aparecen en los propósitos de los Ejercicios[83].

            5ª. Modestia y mortificación. Otras virtudes importantes son la modestia y la mortificación que, como testimonio, confieren eficacia a la palabra proclamada[84]. En comunión con Cristo, Claret trataba de reproducir su mismo estilo de vida de la forma más directa y radical posible, preguntándose en cada cosa cómo lo hacía Jesús[85]. Para la práctica de la mortificación, además de la gracia de Dios, se motivaba considerando la necesidad que tenía de ella para lograr frutos apostólicos y para tener bien la oración[86].

             6ª. Fortaleza invencible. La misión apostólica implicaba en Claret una gran fortaleza, don característico de la santidad apostólica. Tuvo fortaleza para soportar con alegría las privaciones, el trabajo, las persecuciones, las calumnias y los tormentos inherentes a su misión o consecuentes a ella. “Todos los apóstoles fueron perseguidos y murieron en cumplimiento de su ministerio”[87]. Claret tenía un espíritu combativo, como san Pablo, alzando la palabra de Dios como espada de doble filo para herir los corazones, conducirlos a Dios y llevarlos con energía y fortaleza al conocimiento de la verdad.

3. Misión

3.1. Evangelización, como anuncio misionero de la Palabra

       Toda la vida de Claret estuvo en función de la evangelización. Por eso dedicó todas sus energías al anuncio misionero de la Palabra. Siendo este ministerio “al mismo tiempo el más augusto y el más invencible de todos”[88], lo privilegió sobre las otras funciones sacerdotales: la sacramental y la de régimen.

       Ante una sociedad en fase avanzada de descristianización Claret intentaba sembrar la Palabra que convertía y transformaba. Evangelizador universal al estilo de vida de Jesús con los Doce y en fraternidad como ellos, Claret, ya desde los albores de su vocación apostólica, entendió la evangelización como un servicio en el sentido más bíblico y profético de la palabra, especialmente en los cantos del Siervo de Isaías y en san Pablo[89]. Sobre todo miró a Cristo, el prototipo del Siervo, y lo tomó por modelo en el ejercicio de la evangelización.

       Claret fue, ante todo y sobre todo -y se puede decir que casi exclusivamente- un misionero apostólico, un evangelizador. Este es su carisma y el de la Congregación[90].

3.2. Universalidad

            1º. Ante todo, universalidad en cuanto al espacio, en fidelidad al mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las gentes” (Mc 16, 15). Ungido por el Espíritu y urgido por una caridad universal, se le hicieron “demasiado estrechos los límites de una parroquia para su celo”[91]. Motiva la renuncia al episcopado de Cuba por la universalidad de su espíritu misionero: “Así (aceptando) yo me ato y concreto a un solo arzobispado, cuando mi espíritu es para todo el mundo”[92]. Tampoco le bastaban los límites de una nación. Su deseo era “ir a predicar por todo el mundo”[93].

            2º. Universalidad en cuanto a los destinatarios, sin prejuicio alguno, y sin ningún tipo de prevención ni exclusivismo discriminatorio. A todos quería convertir y evangelizar: a la jerarquía y al pueblo, a pobres y a ricos, a sabios e ignorantes, a sacerdotes y a seglares[94], a religiosos y a militares, a niños y a ancianos, a evangelizados y a evangelizadores.

            3º. Universalidad en cuanto a los medios de evangelización y de promoción humana. Claret nunca desperdició medio alguno para el anuncio misionero de la Palabra; en cada circunstancia fue adoptando los medios más eficaces para responder a las urgencias y desafíos que encontraba en su misión evangelizadora[95]. Estos medios estaban siempre en consonancia con el servicio misionero de la Palabra: medios de penetración, de consolidación o de crecimiento. Los medios que usó con mayor frecuencia e intensidad constan en la Autobiografía[96].

3.3. Misión profética

            La misión evangelizadora de Claret fue profética. Recibió del Espíritu santo una especial sensibilidad para captar los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo. Tuvo una visión profética de las necesidades de la Iglesia y del mundo e intuyó como hacer frente a las misma.

            Claret, con mirada profética, se dedicó siempre a estudiar y conocer bien las enfermedades del cuerpo social. Y así se lo aconsejaba a todo el que quisiera dedicarse a la evangelización[97]. Esto le hizo vivir su misión evangelizadora prestando gran atención a los signos de los tiempos.

            Para afrontar toda esta situación (signos de los tiempos y necesidades) dio un testimonio de vida evangélico y luchó con gran variedad de iniciativas apostólicas: la predicación, la fundación de la Congregación, los seglares, la prensa y las obras sociales[98]

3.4. El envío misionero

            Claret estaba bien convencido de la necesidad que tiene el misionero de ser enviado para hacer fruto[99]. A ello llegó desde una visión histórico-teológica de la misión, en la que él mismo se sentía implicado: “Todos los profetas del Antiguo Testamento fueron enviados por Dios. El mismo Jesucristo fue enviado por Dios y Jesús envió a sus apóstoles”[100]. Los misioneros, llamados a colaborar con los obispos en la salvación del mundo, deben ser también enviados. “Esta necesidad de ser enviado y que el Prelado mismo me señalara el lugar, es lo que Dios me dio a conocer desde un principio”[101]. La voz del Prelado la interpretaba como “mandato del mismo Dios”[102], capaz de hacer milagros incluso en circunstancias adversas; por eso obedecía siempre con el mayor rendimiento[103]. Esta norma la mantuvo siempre en Cataluña, en Canarias, y, más tarde en Cuba y Madrid, cuando pidió en varias ocasiones al Papa que le indicase el camino que debía seguir.

            La experiencia confirmaba sus más íntimas convicciones. Tenía clara conciencia de que la apertura universal y la disponibilidad total del misionero debían quedar determinadas en cada momento por el mandato del superior, que es misión eclesial y, en último término, mandato del mismo Dios. Por eso Claret inculcará, también, de un modo especial la obediencia a sus misioneros, porque “en esto se conocerá el verdadero misionero y el fingido”[104].

III. MEDIOS PARA CONOCER E IMITAR LA FIGURA DE CLARET

            Claret es nuestro Fundador y nuestro modelo[105]. Fundó la Congregación con varios sacerdotes a los que Dios había dado el mismo espíritu del que él se sentía animado. Movidos por ese mismo espíritu también nosotros hemos sido llamados a la Congregación. Por eso todo lo que nos acerque a la figura de Claret nos permitirá conocer y vivir mejor nuestra identidad claretiana. Para ello hemos de poner en práctica ya desde el noviciado algunos medios. Entre ellos se sugieren los siguientes[106]:

• Conocer, estudiar y meditar a fondo la Autobiografía.

• Conocer y profundizar el significado y la aplicación de la alegoría de la Fragua.

• Estudiar en profundidad la vida del P. Fundador.

• Leer y estudiar sus escritos especialmente los más autobiográficos y los relacionados con la Congregación.

• Imitar al P. Fundador en los aspectos carismáticos, no personales, que se refieren a la vocación misionera.

• Potenciar y consolidar su obra, especialmente la Familia Claretiana.

• Celebrar con espíritu congregacional las fiestas y fechas claretianas.

• Dar a conocer en la Iglesia su vida, su espíritu y su obra apostólica.



                 [1] Cf. CPR 9; PGF, cap. 3, 2.1.1.

                 [2] Cf. Dir 21.

                 [3] Cf. MCH 53.

                [4] Aut 10.

                [5] Cf. Aut 8, 9, 15.

                [6] “Me ofrecía mil veces a su santo servicio, deseaba ser sacerdote para consagrarme día y noche a su ministerio” (Aut 40).

                [7] Cf. Aut 71-75.

                [8] Cf. Aut 63-66.

                [9] Cf. Aut 73, 76.

                [10] Cf. Aut 67-69, 79-82 ss.

                [11] Cf. Aut 77.

                [12] Aut 113.

                [13] Cf. Aut 113, 114, 120.

                [14] Se llama así mismo: saeta en las manos de Dios o de la Virgen (cf. Aut 156, 270), bocina (cf. PIT, sesión 3), ministro o quijada de asno en las manos del Señor (cf. PIV, sesión 82).

                [15] Cf. Aut 95-98.

                [16] Aut 101.

                [17] Cf. EA, p. 523; cf. también Aut 160-161, 270.

                [18] Cf. Aut 3, 18.

                [19] Cf. Aut 22, 25.

                [20] Cf. Aut 56; carta a D. J. Caixal, 28 mayo 1847, EC I, p. 219.

                [21] EA, p. 427; cf. también Aut 113.

                [22] Cf. Aut 215, 226.

                [23] Cf. Aut 135.

                [24] “Muy grande favor me hizo el Señor en llevarme a Roma,… Allí aprendí el modo de dar los Ejercicios de san Ignacio, el método de predicar, catequizar y confesar con grande utilidad y provecho” (Aut 152).

                [25] Cf. Aut 87-88, 637, 665, 764, 801.

                [26] Cf. Archivo Claretiano de Vic, n. 2.164, VIII, p. 21.

                [27] PIV, sesión 42.

                [28] PIB, sesión 46.

                [29] Archivo Claretiano de Vich, l. c.

                [30] Cf. CMC, p. 50.

                [31] Cf. Aut 341.

                [32] Cf. F. AGUILAR, Vida del Excmo. e Ilmo. Sr. Don Antonio María Claret, Misionero Apostólico, arzobispo de Cuba y después de Trajanópolis, Madrid 1871.

                [33] Cf. EC I, pp. 147-149; C. FERNÁNDEZ, El Beato…, I, p. 525.

                [34] Cf. Dir 26.

                [35] N. GARCÍA, Circular sobre la nota más característica del Hijo del Corazón de María: Navidad de 1945: Annales CMF 38 (1945-1946), p. 248.

                [36] Cf. Archivo Provincial de Toledo SJ., n. 189, fol. 29-30.

                [37] Cf. Aut 638-639, 702-708, 869-872.

                [38] Cf. carta al P. J. Xifré, 16 de noviembre de 1869: EC II, p. 1431.

                [39] Cf. carta a P. Curríus, 2 de octubre de 1869: EC II, p. 1406.

                [40] Cf. Dir 26.

                [41] Carta al nuncio G. Brunelli, 12 de agosto de 1849: EC III, p. 41.

                [42] J. XIFRÉ, Crónica de la Congregación: Studia Claretiana 17 (1999) n. 32, p. 34.

                [43] Cf. carta al nuncio G. Brunelli, 12 de agosto de 1849: EC III, p. 41.

                [44] Cf. Aut. 488-489; CCTT, pp. 27-29; J. XIFRÉ, Crónica de la Congregación: Studia Claretiana 17 (1999) n. 32, p. 34.

                [45] Una síntesis de los rasgos de su espiritualidad en NEM, II, 1, a) y b).

                [46] Cf. MCH 53-62; EA, p. 521.

                [47] Cf. MCH 53, 63.

                [48] Cf. MCH 53.

                [49] Cf. IMP 20-25.

                [50] Cf. MCH 53.

                [51] Aut 5.

                [52] EE, p. 523.

                [53] Cf. Aut 270.

                [54] Cf. Aut 161.

                [55] Aut 340.

                [56] Aut 438; cf. también 440.

                [57] Cf. Aut 442-444.

                [58] Aut 381.

                [59] Cf. Aut 448.

                [60] Cf. Aut 118, 687.

                [61] Aut 363; cf. también Aut 428-437; EE, pp. 298-300, 435.

                [62] Aut 359; cf. también EE, p. 425; propósitos de 1843: EA, pp. 522-523.

                [63] Aut 467.

                [64] Aut 363.

                [65] Cf. Aut 371.

                [66] Cf. Aut 221-224.

                [67] Aut 228.

                [68] Cf. Aut 620-624, 762.

                [69] Cf. CCTT, pp. 87, 103.

                [70] Aut 491. En una carta a su amigo D. J. Caixal le comunicaba: “Nos ejercitamos en todas las virtudes, especialmente en la humildad y caridad y vivimos en comunidad en este colegio vida verdaderamente pobre y apostólica” (carta del 5 de septiembre de 1849: EC I, p. 316).

                [71] Carta al obispo de Vic, 24 de noviembre de 1851: EC I, p. 608. Efectivamente, aquella comunidad correspondía plenamente al ideal que Claret soñaba. Era una comunidad colmena (Cf. Aut 606-613).

                [72] Cf. Aut 199-213.

                [73] Sobre los propósitos de los Ejercicios cf. EA, pp. 520-588.

                [74] Cf. Aut 264-265.

                [75] “Por esto en la meditación, en la Misa, rezo y demás devociones que practicaba y jaculatorias que hacía, siempre pedía a Dios y a la Santísima Virgen María estas tres cosas…” (Aut 264).

                [76] “No sólo oraba yo, sino además pedía a otros que orasen, como las Monjas, Hermanas de la Caridad, Terciarias y a toda clase de gentes virtuosas y celosas” (Aut 265).

                [77] Aut 434.

                [78] Cf. Aut 341, 351.

                [79] Cf. Aut 356.

                [80] Cf. Aut 372.

                [81] Aut 374.

                [82] Cf. Aut 378-383

                [83] Sobre los propósitos de los Ejercicios cf. EA, pp. 520-588.

                [84] Aut 384-427.

                [85] Cf. Aut 387.

                [86] Cf. Aut 392, 406.

                [87] CMT, en EE, p. 352; cf. también Aut 494.

                [88] Aut 452.

                [89] Cf. EA, pp. 427-429.

                [90] Cf. MCH 161-162.

                [91] Carta al nuncio L. Barili, 2 de febrero de 1864: Cartas selectas, BAC, Madrid 1996, p. 399.

                [92] Carta al nuncio G. Brunelli, 12 de agosto de 1849: EC III, p. 41.

                [93] Aut 762.

                [94] Cf. J. XIFRÉ, Crónica de la Congregación: Studia Claretiana 17 (1999) 34.

                [95] Cf. MCH 67-68.

                [96] Cf. Aut II, caps. XVI-XXII.

                [97] Cf. CMT, p. 353.

                [98] Cf. Aut 357, 528, 562ss, 685, 694-695; El egoísmo vencido, en EE, p. 410.

                [99] Cf. Aut 192, 198.

                [100] Aut 195.

                [101] Aut 198.

                [102] Aut 195.

                [103] Cf. Aut 118, 456.

                [104] CC 1857, 65; cf. también 64 y 62.

                [105] Cf. PGF 118-127.

                [106] Cf. PGF 354, 361-363 (123-127; NEM, II, 1, a); cf. también PGF 23, 50, 55-56, 118-122, 165.

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