Capítulo 6 El carisma de la Congregación

Capítulo 6

 

El carisma de la Congregación

            La Iglesia ha impulsado el reconocimiento de los carismas como una realidad, perteneciente al ámbito de la gracia, que permite conocer, desde los dones que Dios entrega por su Espíritu, la identidad y especificidad de las distintas vocaciones cristianas, la complementariedad de todas ellas y la aportación con que participan activamente en la vida de la Iglesia.

            Estando tan relacionado el carisma con la identidad vocacional y con la misión asignada por Dios a cada uno en la Iglesia, interesa grandemente a los novicios de la Congregación conocer el carisma claretiano, asimilarlo en profundidad y vivirlo desde el período de su iniciación en la vida misionera.

            La comprensión del carisma claretiano, tal como se vive en la Congregación, supone tener claras algunas nociones generales sobre el carisma y conocer los rasgos con que se manifiesta en Claret y en la Congregación fundada por él[1]. Desde estos supuestos, vamos a dividir el estudio del tema en cuatro apartados:

I. NOCIONES GENERALES SOBRE EL CARISMA.

II. EL CARISMA DE CLARET COMO FUNDADOR.

III. EL CARISMA DE LA CONGREGACIÓN.

IV. TRANSMISIÓN DE LA EXPERIENCIA DEL CARISMA.

I. NOCIONES GENERALES SOBRE EL CARISMA

            La Iglesia tiene su origen en la gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es, por tanto, una realidad espiritual a la vez que institucional[2]. El Señor le prometió, además, la asistencia perpetua del Espíritu Santo. Fruto de esta asistencia del Espíritu a la Iglesia son los diversos carismas.

1. Concepto de carisma

            Carisma () es una palabra tomada por san Pablo del griego profano y utilizada en su teología para explicar el dinamismo y la organización de la Iglesia. Prácticamente sólo la utiliza él, por lo que es imprescindible la referencia a sus cartas para determinar el significado. Simplificando mucho las cosas, podemos decir de una manera sintética que san Pablo usa la palabra carisma:

• Con un significado fundamental. Así entendido, carisma equivale a la gracia en general o  (2Co 1, 11; Rm 5, 15-16), a la vida eterna (Rm 6, 23), al Espíritu (Rm 5, 5; 8, 15-16)…

• Con un significado más concreto y preciso. En este caso, la palabra carisma expresa un don especial, una gracia especial o  que:

– configura un estado o forma de vida y habilita para vivirlo (cf 1Co 7, 7. 17. 20. 24).

                        – comunica funciones, virtudes, ministerios, etc. y capacita para desempeñarlos (1Co 12, 4 ss.).

            En el presente capítulo vamos a utilizar el término carisma entendiéndolo en el segundo sentido bíblico, más concreto y preciso. En ese sentido, el Concilio Vaticano II lo define como un don o gracia especial de origen divino, otorgado por el Espíritu Santo a los fieles cristianos para la renovación y edificación de la Iglesia (cf. 1Co 12, 7)[3]. Conviene subrayar que los carismas:

• Son dones sobrenaturales. Desde una perspectiva de gracia no se consideran carismas los dones naturales que adornan a la persona, como las habilidades, cualidades, inteligencia, etc.

• Son regalados por Dios libre y gratuitamente, mediante su Espíritu.

• Son dados en primer término a la Iglesia para su utilidad y edificación, aunque se concedan a una persona o a un grupo. No se conceden principalmente para la santificación de la persona que los recibe, pero ésta se santifica viviéndolos.

• Se convierten para las personas agraciadas con ellos en vocación particular para vivir en un estado de vida y desarrollar un servicio en la comunidad eclesial. Capacita, además, para ello.

• Han de ser discernidos y aprobados por la Jerarquía de la Iglesia. El carisma jerárquico lleva consigo esa responsabilidad.

2. El carisma de la vida religiosa

            En el dinamismo carismático de la Iglesia es necesario situar, como un carisma especial, a la vida religiosa. Nos interesa decir una palabra sobre él porque nuestra Congregación es un instituto de vida religiosa.

            Según el Concilio Vaticano II, la vida religiosa procede de un carisma dado a la Iglesia para que algunos fieles vivan su existencia cristiana en un estado de vida que imite y represente la forma de vida que Jesús escogió para sí y propuso a sus seguidores[4]. La forma de vida de Jesús está configurada por la práctica de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, por la vida de comunidad y por la misión. De esta manera, se realiza y expresa la entrega total y exclusiva a Dios y a su designio de salvación sobre los hombres (consagración-misión)[5]. Con la gracia del Señor, este carisma permanece siempre en la Iglesia[6]. Conviene subrayar que:

• La vida religiosa, por tener su origen en un carisma, es parte constitutiva de la dimensión carismática de la Iglesia. Los institutos que la integran tienen su origen en diversos carismas. Dios llama tanto a laicos como a clérigos a ser depositarios de esos carismas particulares[7].

• El carisma de la vida religiosa lleva consigo una especial consagración. Por la profesión de los consejos evangélicos, el religioso es consagrado por Dios y se entrega solamente a él[8], dando pleno desarrollo a su persona humana y a su consagración bautismal[9]. La vida religiosa forma parte, por tanto, de la vida consagrada.

• Otro elemento integrante y distintivo del carisma de la vida religiosa es la dimensión comunitaria[10]. Es un elemento esencial que representa la vida de los apóstoles con Jesús.

• El carisma de la vida religiosa, y la vocación que lleva consigo, tiene una dimensión misionera apostólico-profética y escatológica: testimonia la vida de Jesús y el Evangelio y, además, manifiesta los bienes celestiales; propone la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo y prefigura la futura resurrección y la gloria del reino celestial[11].

3. Carisma del fundador y del instituto

            Pero el carisma de la vida religiosa ha sido dado a la Iglesia a través de personas concretas que han fundado institutos religiosos o congregaciones en las distintas épocas de la historia. Por tanto, el carisma de la vida religiosa se encarna de hecho en los institutos religiosos. Esto ha llevado a hablar del carisma del fundador y del carisma del instituto. En orden a entender mejor el carisma de Claret como fundador y de nuestra Congregación nos interesa presentar algunas ideas generales sobre estos temas.

3.1 El carisma del fundador

            Por carisma del fundador se entiende una especial comunicación de gracia, concedida directamente por el Espíritu a una persona, a fin de capacitarla para fundar un instituto religioso y configurar su fisonomía e identidad[12]. Esta especial comunicación objetiva de gracia habilita al fundador para vivir los elementos comunes de la vocación cristiana, la vida religiosa y los elementos propios y diferenciados de su carisma[13], es decir:

            a. El patrimonio común a todos los cristianos. Todo carisma tiene su punto de partida en la consagración bautismal, a través de la cual participamos de la consagración de Cristo. La consagración bautismal nos injerta en el Cuerpo de Cristo y nos sumerge en el misterio de su muerte y resurrección, para configurarnos plenamente con él.

            b. El patrimonio común a todos los religiosos. El carisma incorpora, además, la consagración religiosa, considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal en cuanto que la desarrolla como una configuración con Cristo expresada y realizada mediante la profesión efectiva de los consejos evangélicos[14].

            c. Los elementos propios y diferenciados. Especifican la vivencia de los dos elementos que se acaban de proponer:

• Una especial vocación personal. El carisma implica siempre una vocación especial. El tipo de vida y misión al que Dios llama y para el que le capacita mediante su don de gracia; la llamada a fundar…

• Una espiritualidad propia. Todo carisma origina una espiritualidad[15]. El núcleo de esa espiritualidad es una peculiar vivencia del misterio de Cristo. Desde ella, el fundador vive la consagración bautismal y la religiosa.

• Una visión profética en orden a una misión singular. La peculiar vivencia del misterio de Cristo ilumina los ojos del corazón (cf. Ef 1,18) del fundador para mirar las necesidades de la Iglesia y de los hombres. En la realidad circundante, lugar teológico donde aparecen los signos de la voluntad salvífica de Dios, el fundador descubre unas necesidades de la Iglesia, es decir, la misión que él y la congregación o instituto que va a fundar han de cumplir dentro del plan divino de salvación (cf. Ef 4, 12)[16]. La visión profética otorga a la misión una nueva respuesta a las circunstancias históricas y supone para ellas una respuesta positiva, eficaz y fecunda. La visión profética inspira los medios aptos para cumplir la misión.

• Un estilo de vida particular. El carisma se manifiesta con unas características y rasgos. Su puesta en práctica configura la vida del fundador y le va dando un estilo, un carácter propio que contribuirá grandemente a configurar también la vida particular de la institución que él funde.

3.2. El carisma del instituto o congregación

            El carisma del fundador, como don de gracia destinado a iniciar una forma de vida apta para ser vivida por muchos y, por lo mismo, como don colectivo, es un carisma transmisible, perdurable y con capacidad de ser desarrollado y actualizado.

            Es necesario notar ante todo que el carisma del fundador, en cuanto don objetivo de gracia que ha de recibir una colectividad, sólo puede ser dado o transmitido por el Espíritu. El fundador, en la perspectiva que consideramos, no puede dar o transmitir su carisma a otras personas, ni éstas adquirirlo por sí mismas. Es el Espíritu el que da y transmite el carisma colectivo del fundador al grupo fundacional y a todos los que son agraciados con él a lo largo del tiempo[17]. Esta comunicación se convierte para ellos en vocación personal para vivir, desde su propia circunstancia, el carisma recibido y, al mismo tiempo, para vivirlo en vocación comunitaria con los otros depositarios del mismo.

            Por otro lado, el carisma del fundador es transmisible como experiencia espiritual. En esta perspectiva de vivencia subjetiva del don, la experiencia del carisma colectivo realizada por el fundador, su espíritu, está destinada a ser transmitida por él a los “propios discípulos para ser por estos vivida, custodiada, profundizada y constantemente desarrollada en sintonía con el cuerpo de Cristo en continuo crecimiento”[18]. Cuando se habla de transmitir el carisma hay que entender que se habla en esta perspectiva subjetiva.

            La experiencia del carisma realizada por el fundador se transmite, en primer lugar, al grupo fundacional. La época fundacional configura el nacimiento de la comunidad del instituto y su desarrollo futuro, pues en ella, al ser asumida y vivida comunitariamente la experiencia carismática del fundador, esa experiencia se convierte en el código genético que delinea y configura la nueva comunidad en sus notas específicas y propias: su vida, naturaleza, fin, espíritu, índole, y misión.

            El carisma del instituto abarca también el carisma del fundador en cuanto permanece, de forma explicitada y actualizada, en la historia, hecho vida en los discípulos que continúan la originaria experiencia fundante. El carisma del Instituto es vivido por los miembros del mismo como una vocación análoga a la del fundador y a la del grupo fundacional.

            El carisma del instituto perdura y es explicitado, actualizado y desarrollado en el tiempo, conservando su originaria y fundamental identidad, mediante una doble tensión de fidelidad al origen y de continua adaptación, dinámica y creativa, a los signos de los tiempos. Este doble movimiento de fidelidad y de progreso es inseparable. De esta manera, el carisma del instituto expresa la continuidad histórica del carisma recibido. La explicitación, actualización y desarrollo del carisma sólo la lleva a cabo el instituto, no el individuo. La actualización personal, aunque necesaria, no expresa toda la riqueza del carisma.

4. Tradición, tradiciones y patrimonio espiritual

4.1. Tradición congregacional

            Por tradición congregacional se entiende la vivencia del carisma acumulada por todo el instituto a lo largo de su historia: la mentalidad del instituto o congregación, el estilo de vida familiar, los modelos de identificación, los santos… Es el peculiar caudal de vida, espiritualidad y misión de un instituto a lo largo de su historia, tomada en su conjunto.

4.2. Sanas tradiciones

            En el instituto brotan también ciertas tradiciones particularmente relacionadas con el carisma, es decir, formas de entender, valorar y poner en práctica aspectos del mismo; son costumbres, usos, ideas, valores relacionados con la vivencia del carisma que se van expresando en los diversos campos de la vida de un instituto (espiritualidad, misión, estilo de vida, etc.), y que se transmiten de generación en generación. Su valor depende de la mayor o menor conexión con el carisma. Para que estas tradiciones formen parte del patrimonio carismático de una Congregación, deben cumplir tres condiciones:

• Que sean sanas, esto es, que generen y expresen un aspecto esencial del carisma, sin el cual éste sufriría un deterioro. Han de conservar vigor para mantener vivo el carisma. Han de ser, pues, saludables, vivificantes, generadoras de vida[19].

• Que sean universales, es decir, que se vivan en toda la congregación.

• Que sean permanentes, que perduren a lo largo de la historia congregacional.

4.3. Patrimonio espiritual

            El patrimonio espiritual de un instituto está integrado por la experiencia carismática (el espíritu y el propósito del fundador), la tradición y las sanas tradiciones. El Vaticano II pide que cada instituto reconozca y conserve su patrimonio espiritual[20].

5. Institucionalización y expresión histórica del carisma

5.1. Institucionalización

            La institucionalización es un proceso de visibilización mediante la expresión, normalización y reconocimiento eclesial del carisma. Se realiza sobre todo mediante la redacción de las reglas y constituciones y mediante la aprobación de la Iglesia, que discierne la autenticidad del carisma y la idoneidad de la institucionalización[21]. La aprobación por parte de la jerarquía confirma el carácter público, social y universal del carisma, de modo que es declarado oficialmente pertenencia no sólo del instituto, sino de toda la Iglesia.

5.2. Expresión histórica

            Una circunstancia que acompaña a cualquier carisma es su expresión histórica. El fundador expresa el carisma vitalmente y en sus escritos. También el instituto lo expresa doctrinal, experiencial e institucionalmente. En todos los casos, la expresión del carisma está necesariamente encarnada y marcada por la cultura de un tiempo y de un espacio geográfico determinados.

            La expresión exterior del carisma, de los distintos elementos que lo integran, constituye la índole del instituto, su aire de familia[22].

II. EL CARISMA DE CLARET COMO FUNDADOR

            Después de haber expuesto unas nociones sobre el carisma en general, estamos preparados para entender con mayor claridad el carisma de san Antonio Mª Claret, nuestro Fundador y Padre.

            El carisma del P. Fundador lleva consigo, además de los elementos de su consagración fundamental como cristiano y de los que corresponden a la vida religiosa, unos elementos característicos y propios que han sido descritos en otra parte de este manual[23]. Para no repetir, ahora solamente enumeramos esos elementos constitutivos del carisma claretiano, subrayando muy brevemente algún aspecto:

1. Especial vocación personal

            Para Claret, el carisma se convierte, ante todo, en llamada particular. Su itinerario vocacional aparece como una manifestación del carisma con que Dios lo agració y permite deducir de ahí la naturaleza del mismo[24].

            Su itinerario vocacional manifiesta claramente que el carisma de san Antonio Mª Claret como Fundador es un carisma misionero y tiene una expresión fundamental: el servicio o ministerio universal de la Palabra al estilo de los apóstoles[25].

2. Misión singular

            La iluminación interior (inspiración profética) que produjo en Claret su carisma, sobre todo mediante la peculiar vivencia del misterio de Cristo, le aportó una sensibilidad aguda para captar las necesidades de la Iglesia y alcanzó un particular conocimiento de la misión que Dios le confiaba, transmisible a todos los que por vocación del mismo Dios fueran llamados a la Congregación[26].

            Es interesante tener en cuenta las actitudes con que nuestro Fundador llevó a cabo su misión:

            “San Antonio María Claret llevó a cabo su misión peculiar en la Iglesia animado por un vivo sentido eclesial y jerárquico y por un espíritu católico y universalista; impulsado por una aguda sensibilidad ante lo más urgente, oportuno y eficaz; dando una cierta preferencia a los pobres y humildes, y dedicando un cuidado especial a los consagrados.

            En el ejercicio de su vocación -personal y paterna- el Santo vivió una vida evangélica en el seguimiento perfecto de Cristo, con un profundo sentido de misión y con un fuerte espíritu de oración y mortificación, sintiéndose vinculado directamente a la función magisterial de los obispos en el anuncio del Evangelio”[27].

3. Peculiar espiritualidad

            Nuestro P. Fundador maduró su experiencia cristiana a través de un proceso especificado por su carisma, que imprimió rasgos característicos a su fisonomía espiritual[28]. Como su vocación, la espiritualidad de Claret fue decididamente apostólica[29].

            Conviene destacar que la espiritualidad apostólica de Claret tuvo su centro en una manera especial de conocer, entender y vivir el misterio de Cristo, su enseñanza y su pensamiento. Tratando de traducir en pocas palabras la dimensión peculiar de su experiencia cristológica se puede decir que Claret entendió y vivió a Cristo como el Hijo enviado por el Padre, mediante María, para predicar la Buena Nueva del Reino[30].

4. Estilo de vida particular

            El carisma claretiano configura un estilo de vida. El modo peculiar de experimentar todos los elementos carismáticos señalados hizo que el carisma de Claret cristalizara en un estilo de vida propio[31].

            Es poco creíble la misión apostólica que no brota de una espiritualidad y está respaldada por el testimonio de un tenor de vida. La espiritualidad, la misión y el estilo de vida están íntimamente relacionados.

III. EL CARISMA DE LA CONGREGACIÓN

            Nuestra Congregación ha mantenido viva la conciencia de que su fundación no fue sólo un hecho social, sino un acontecimiento del Espíritu Santo, como en Pentecostés, a través de la mediación de san Antonio Mª Claret[32].

            En esta perspectiva de gracia, el carisma de la Congregación no es otra cosa que aquellos rasgos del carisma de Claret que se comunican por el Espíritu a la colectividad de los llamados por Dios a formar la Congregación y, por lo tanto, a vivirlo comunitariamente. El carisma de la Congregación esta constituido por esos rasgos del carisma de Claret vividos comunitariamente.

            El carisma de la Congregación se ha expresado fundamentalmente, como hemos visto, en la vida de san Antonio Mª Claret y puede ser reconocido en ella. Sin embargo, es necesario descubrir el desarrollo comunitario que ha hecho del mismo la comunidad fundacional y la Congregación en su historia (Constituciones, Directorio, Capítulos Generales, circulares de los PP. Generales, tradición…). La historia de la Congregación es la encarnación y realización existencial del carisma de Claret como fundador[33].

            Exponemos brevemente la conciencia que la Congregación ha alcanzado de su carisma, distinguiendo entre lo que podemos llamar la identidad fundamental del carisma de la Congregación y su manifestación en la experiencia vital de la misma. Sin duda, esto delinea, a grandes rasgos, el carisma de la Congregación.

1. Identidad fundamental del carisma congregacional

1.1. Congregación de misioneros al estilo de los apóstoles

            En virtud del carisma congregacional somos una Congregación de misioneros apostólicos, como lo fue nuestro Fundador, como lo fueron los apóstoles, llamados por Cristo “para estar con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). La conciencia de ser misioneros la tuvo muy clara el grupo fundacional, se ha mantenido a lo largo de toda la historia de la Congregación y se ha expresado con nitidez a partir de los Capítulos Generales de renovación[34].

            Las Constituciones hacen una afirmación importante con relación al carisma de la Congregación, que manifiesta la conciencia que ésta tiene sobre la identidad del mismo: el fin de la Congregación debe realizarse “según nuestro carisma misionero en la Iglesia”[35]. No es de extrañar que el Capítulo General de 1967 afirme que el nombre de misioneros es para nosotros sustantivo y esencial[36], como afirma el Directorio:

            “La palabra misionero, entendida desde la experiencia espiritual de San Antonio Mª Claret, define nuestra identidad carismática. El título de Misionero Apostólico, que él recibió, sintetiza su ideal de vivir al estilo de los Apóstoles. Este modo de vida implica ser discípulo y seguir al Maestro, vivir los consejos evangélicos en comunidad de vida con Jesús y con el grupo de los llamados, ser enviado y anunciar a todo el mundo la Buena Nueva del Reino”[37].

1.2. Congregación de servidores de la Palabra

            Desde su fundación hasta el momento presente, el carisma de la Congregación se ha entendido, además, como un carisma de misioneros servidores de la Palabra. Esa es la experiencia y la conciencia que ha tenido la Congregación a lo largo de su historia:

• Ya las Constituciones de 1865 afirman: “[…] serán eficaces auxiliares de los Prelados de la Iglesia en el ministerio de la Palabra”[38];

• el P. Fundador propone a nuestros Estudiantes que pidan como meta de su formación ser hechos “ministros idóneos de la Palabra de Dios”[39];

• nuestra misión específica de servidores de la Palabra fue tratada con profundidad en el Capítulo General de 1967[40];

• está muy clara en las Constituciones actuales[41];

• el tema del Capítulo General de 1991 se centró en nuestra condición de servidores de la Palabra y el Capítulo General de 1997 acentuó la dimensión profética de ese servicio.

            Se puede afirmar, en conclusión, que el servicio profético de la Palabra expresa la identidad y naturaleza del carisma y de la Congregación en la Iglesia.

1.3. La identidad carismática, principio configurador y dinamizador

            La conciencia de ser comunidad de misioneros apostólicos para el servicio de la Palabra es el principio configurador y dinamizador de toda la experiencia que la Congregación realiza de su carisma.

2. Manifestación del carisma en la experiencia vital de la Congregación

            En el plano de la experiencia religiosa, la vivencia comunitaria del carisma claretiano lleva consigo acogerlo y desarrollarlo colectivamente en las propias circunstancias históricas de tiempo y lugar para bien de la Iglesia[42]. Así el carisma congregacional es vivido por la Congregación y se expresa comunitariamente en su vida. De forma particular, en la misión, la espiritualidad y el estilo de vida, como ámbitos significativos de esa vida y en los que se sintetiza más concretamente. Presentamos las características carismáticas y rasgos más importantes de estos ámbitos:

2.1. Misión congregacional

            Nuestra misión recibe del carisma su identidad y naturaleza fundamental: es misionera al estilo de los apóstoles y está polarizada por el servicio de la Palabra[43].

            En este ámbito, el carisma se expresa también en las características de nuestra misión congregacional y en los ministerios:

            a. Características carismáticas de la misión:

            Conviene subrayar tres notas carismáticas de la misión Congregacional: la eclesialidad, la universalidad y el profetismo[44].

            b. Los ministerios de la Congregación. Los claretianos nos hemos considerado siempre como ministros de la Palabra, pero los ministerios en que se ha hecho realidad el carisma han ido variando según las necesidades de los tiempos y culturas. A grandes rasgos, el carisma de la Congregación se ha hecho realidad en los siguientes ministerios[45]:

• En el primer momento, las tareas de la Congregación fueron las misiones populares, el catecismo y los ejercicios al clero y a los religiosos.

• Con el crecimiento numérico y la aparición de nuevas urgencias apostólicas, la Congregación se abrió a una expansión misional. De la simple catequesis a los niños y adultos, por recomendación del Fundador, la Congregación extendió su acción a la educación cristiana, comprometiéndose fuertemente en la escuela[46]. Después vinieron las parroquias que se asumieron en razón de sus posibilidades misioneras.

• Fruto de la inspiración de Claret, y como prosecución de su espíritu, ha sido la atención prestada a la formación del clero, a los religiosos y a las publicaciones. El desvelo por la nueva evangelización del pueblo llevó a la Congregación a la formación de evangelizadores, dirección o docencia en seminarios y universidades, publicaciones especializadas y de divulgación.

            Al final de este rápido recorrido por los ministerios en que se ha expresado la misión carismática de la Congregación, está claro que la universalidad de medios para la evangelización, recogida en las Constituciones[47], hay que comprenderla como universalidad en la línea del ministerio de la Palabra y de la misión profética. El claretiano ha de ser misionero servidor de la Palabra en la parroquia, en la escuela, en todo trabajo o puesto misional[48].

            Pero, ¿qué principios y criterios seguir a fin de escoger los medios adecuados para cumplir nuestra misión evangelizadora? Los principios se encuentran en los números 46-49 de las Constituciones. Las mismas Constituciones proponen lo más urgente, oportuno y eficaz, como criterio válido para escoger los medios[49].

2.2. Espiritualidad congregacional

            La espiritualidad es la interiorización y vivencia subjetiva del carisma.

            a. Característica fundamental. La interiorización y la vivencia de la vocación cristiana y religiosa, desde el núcleo específicamente claretiano y congregacional, genera una espiritualidad misionera propia.

            b. Principales características. La espiritualidad de la Congregación, por ser la vivencia comunitaria del carisma claretiano, tiene rasgos similares a los descubiertos en la del Fundador, aunque en la Congregación se viven enriquecidos y desarrollados por la experiencia comunitaria de la comunidad fundacional y el patrimonio espiritual de la Congregación. En concreto, atendiendo a los rasgos que la configuran y caracterizan, nuestra espiritualidad es:

Una espiritualidad de oyentes y servidores de la Palabra de Dios, porque “acoger la Palabra que nos hace discípulos, anunciarla y ser testigos de ella, es nuestro modo de seguir a Jesús (cf. SP 13). Contemplamos al Maestro y escuchamos su palabra para anunciar el Reino, abriéndole nuestro corazón y compartiendo las angustias y esperanzas de nuestros hermanos (cf. SP 15)”[50]. Además, bajo la acción materna de María, aprendemos a escuchar y a acoger la Palabra, a darle cuerpo de compromiso en la vida, a compartirla con los hermanos y a comunicarla con la misma presteza y generosidad con que ella lo hiciera[51].

• Una espiritualidad cristocéntrica, porque el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio es para nosotros la regla suprema[52]. Nuestra existencia misionera representa en la Iglesia la virginidad, la pobreza y la obediencia de Cristo, dedicados a la predicación del Evangelio[53]. La real configuración exterior e interior con Cristo Evangelizador, en la forma en que lo realizó nuestro P. Fundador, y la íntima comunión y amistad con él son la raíz de nuestra identidad misionera, de todo lo que somos y hacemos[54].

• Una espiritualidad eucarística que es centro generador de nuestra vida misionera y comunitaria. Es también una llamada poderosa a realizar la definición del misionero y a transformar el mundo según el designio de Dios. La celebración de la Eucaristía y el culto de la Presencia del Señor son el eje de nuestra espiritualidad y la fuerza de nuestro camino[55].

• Una espiritualidad de total entrega al Padre que, como consecuencia del rasgo cristológico, destaca con claridad que sólo Dios es suficiente. El misionero claretiano está dedicado total y exclusivamente al Padre, a imitación del Señor Jesús que vivió en actitud de total dedicación filial al Padre[56].

Una espiritualidad de filiación cordimariana, en relación también con el rasgo cristocéntrico. En el Fundador y en nosotros se da una espiritualidad cordimariana.

             “Claret nos presentó al Corazón de María como la fragua ardiente donde nos forjamos para el ministerio. La comunidad descubre y aprende en el Corazón de María el camino de la escucha. Habitada por la Palabra, no vivirá dividida, ni será insensible a los clamores de Dios en los hombres (cf. SP 7). Nuestro estilo profético de vida recibe del Corazón Inmaculado de María, madre de la Congregación, una impronta peculiar. Ella nos enseña que, sin corazón, sin ternura, sin amor, no hay profecía creíble (EMP 20)”[57].

• Una espiritualidad de servicio sacrificado y abnegado, a imitación del Señor, que ha lavado los pies a sus discípulos, y que se deriva de nuestra identificación con Cristo y de la misión apostólica específica[58].

2.3. Estilo de vida congregacional

            El estilo de vida de la Congregación constituye su carácter propio en la Iglesia, su índole, su aire de familia[59]. El carisma claretiano se vive desde la propia vocación personal de ministro ordenado o de laico[60]. Pero la Congregación, dentro de la diversidad, es esencialmente una, como la Iglesia. Por esto también el estilo de vida de sus miembros ha de ser fundamentalmente uno y de naturaleza misionera.

            El estilo de vida misionero de la Congregación se configuró en la comunidad fundacional y está recogido en las Constituciones y en el Directorio. Recordamos a continuación algunos rasgos y actitudes en la comunidad fundacional y en la Congregación posterior:

            a. Estilo de vida inicial. El estilo de vida de la primera comunidad claretiana lo expresó sintéticamente el P. Fundador: “…y vivimos en comunidad en este Colegio vida verdaderamente pobre y apostólica”[61]. Por otra parte, el P. Fundador deseaba que el estilo de vida de la Congregación estuviera marcado por:

• Las Constituciones y las directrices de los Capítulos[62].

• La definición del misionero[63].

• La misión. La vida de la primera comunidad no era conventual, sino apostólica. Estaba polarizada por los trabajos apostólicos. En las Constituciones primeras había un reglamento para el tiempo de misiones[64].

• Las virtudes apostólicas, tal como se proponen en la Autobiografía[65].

• Algunos consejos dejados por el mismo Fundador, especialmente sobre la mortificación, la austeridad en el comer y beber, y sobre la formación permanente para el apostolado[66].

• La imagen de colmena que debían tener nuestras casas y comunidades, como casas abiertas, apostólicas, con movilidad…[67]; la imagen también de hogar para orar, estudiar, dar o recibir conferencias de formación en los tiempos en que no se dedicaban a misionar[68].

• Los ejemplos que Claret nos dio durante su vida y que dejó consignados para sus misioneros en la Autobiografía.

            b. El estilo de vida en la historia. Después de algún tiempo, el estilo de vida de la comunidad original fue cambiando en algunos aspectos externos. El Capítulo General de renovación celebrado en 1967 trató de devolverlo a su espíritu inicial[69].

            El Capítulo General de 1979 señala unas actitudes y rasgos que han de estar presentes en todo servicio del claretiano a la Iglesia y que sintetizan el estilo de vida que respalda su misión[70]. En efecto, el claretiano:

• anuncia al Padre para que sea conocido y amado. Aquí estriba el significado que tiene para Claret la «gloria de Dios»[71];

• se siente ungido y enviado a los pobres (el amor le urge a comprometerse con el hombre)[72];

• se siente hijo y ministro de María, formado en la fragua de su amor;

• desde su pobreza anuncia a los hombres los bienes del Reino;

• desde su virginidad se hace disponible, expresa su ardiente caridad;

• desde su obediencia a la Iglesia, al Papa, al Obispo, anuncia el misterio de Cristo obediente, atento a la gloria del Padre y siempre itinerante;

• desde su vida en comunidad evoca la comunidad apostólica, comunidad evangelizada y evangelizadora;

• vive la fe y el amor a la Palabra que escucha y asimila, para cumplir mejor su función profética y ser apóstol, testigo y mártir;

• vive atento a las necesidades del mundo y de la Iglesia, ensaya una gran variedad de medios para lograr la salvación de los hombres y se mantiene siempre atento a lo más urgente, oportuno y eficaz.

            Se trata de unas actitudes y rasgos que definen un proyecto de vida para la misión y que proponen, además, un nivel de calidad que ha sido ya plasmado en la santidad modélica de san Antonio María Claret y al que muchos hermanos nuestros han tratado generosamente de aproximarse. Este estilo de vida encuentra su espejo más perfecto en la Definición de un hijo del Inmaculado Corazón de María.

3. Institucionalización del carisma claretiano

            La institucionalización ha hecho al carisma claretiano histórico y eclesialmente identificable. Se ha institucionalizado en la vida de Claret, en la vida de la comunidad fundacional y de todos y cada uno de los claretianos, en la propuesta que de él hacen nuestras Constituciones… Toda la estructura apostólica, organizativa, jurídica de la Congregación lo propone e institucionaliza, dándole visibilidad.

            Pero la institucionalización más significativa le viene del reconocimiento que le ha otorgado la Iglesia al aprobar la Congregación y sus Constituciones. La Iglesia lo ha institucionalizado, reconociendo y aprobando su existencia, al reconocer y aprobar las realidades que ha generado.

            El carisma claretiano no sólo se ha institucionalizado en la Congregación. También lo ha hecho en otras instituciones fundadas igualmente por Claret y reconocidas por la Iglesia, como las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas, el instituto secular Filiación Cordimariana y el movimiento de los Seglares Claretianos y, de alguna manera, en las restantes instituciones y personas vinculadas más indirectamente al carisma de Claret.

            La institucionalización es una tarea abierta. No podemos visibilizar o institucionalizar nuestro carisma en la Iglesia de una vez por todas, ni de un modo uniforme, sino que tenemos que renovar, en evolución homogénea, día a día, nuestra respuesta a la llamada de Dios. La institucionalización aunque es tarea de todos no se realiza de manera indiscriminada. Por eso cristaliza oficialmente en el Capítulo General, que es servidor del carisma para los hermanos, representa a la Congregación y expresa colegialmente la participación de todos[73].

 

4. Desarrollo histórico en fidelidad creativa

            El carisma claretiano es una palabra que Dios dirige al mundo y a la Iglesia en un tiempo concreto y se encarna en unas proyecciones socio-culturales concretas. Gracias a ellas, se hace visible y manifiesta su eficacia y su utilidad en el mundo y en la Iglesia de ese tiempo. Y, como tal palabra de Dios, ha de ser desarrollado y adaptado a los distintos lugares, culturas y tiempos por la Congregación.

            Es necesario, por tanto, vivir los elementos del carisma claretiano, la tradición congregacional y las sanas tradiciones en fidelidad creativa[74]. La fidelidad a nuestro carisma no consiste en repetir servilmente las expresiones ni las obras apostólicas ligadas a un momento histórico congregacional por espléndido que haya podido ser. La fidelidad consiste en inspirarse siempre en el modo de proceder del P. Fundador para expresar, de la manera más adecuada a las nuevas circunstancias, su experiencia espiritual, a fin de responder como él a la misión que el Espíritu quiso suscitar en la Iglesia. En esta línea de fidelidad creativa nuestros Capítulos Generales han hablado de revisión de posiciones apostólicas.

IV. TRANSMISIÓN DE LA EXPERIENCIA DEL CARISMA

            El P. Fundador expresó su voluntad de transmitir su profunda vivencia del carisma, es decir, su espíritu, a la Congregación aceptando escribir la Autobiografía, redactando una y otra vez las Constituciones, dejando numerosos escritos, como los Ejercicios predicados por él mismo a las comunidades de Vic y de Gracia en 1865[75],la carta que dirigió al P. Xifré sobre la educación cristiana[76] y otros muchos escritos autobiográficos y espirituales.

            A la hora de fundar la Congregación, Claret invitó, convocó, animó, y orientó a otros. De esta manera, la forma claretiana de vivir el carisma, su espíritu, se transmitió a sus primeros misioneros. Esa transmisión continuó tras la muerte del P. Fundador y persiste hasta el día de hoy. Lo que se transmite es su estilo, su enfoque, su modo de vivir y orientar el destino común. Esto supera la necesaria concreción histórica que se pueda dar en la institucionalización del grupo, en las Constituciones, en la espiritualidad emergente, en la misión peculiar, en el estilo de servicio eclesial…

            Incumbe a los superiores, como signos de comunión y vínculos de unidad, la responsabilidad de mantener y animar en la comunidad de misioneros la vivencia del carisma congregacional[77]. El medio esencial y clave de animación y desarrollo de esta vivencia es el proceso formativo que abarca toda la vida del misionero claretiano. Su objetivo es “promover nuestro crecimiento en la unión y configuración con Cristo, según el carisma claretiano en la Iglesia”[78]. Nuestra formación, por tanto, es de calidad cuando es verdaderamente claretiana. Desde esa perspectiva educativa, la dinámica concreta de crecimiento carismático afecta a los puntos de los que hablaremos a continuación.

1. Formación en la identidad carismática

            Implica, ante todo, asimilar los valores claretianos; diferenciar e identificarse con el carisma común, enriquecido con aquellos carismas personales que no lo contradicen; conservarlo y hacerlo crecer en hondura y en extensión. Para esto es necesario cuidar que los valores carismáticos, bien diferenciados, se expresen lo más frecuente y claramente posible en los momentos ordinarios de nuestra vida y también en los extraordinarios (ejercicios espirituales, retiros, fragua, actividades de formación inicial y continua…).

2. Formación en la dimensión comunitaria del carisma claretiano

            Supone conocer en profundidad la historia de la Congregación y su patrimonio espiritual, tal como ha sido recogido en nuestros documentos más representativos (Constituciones, Directorio, Capítulos Generales, Circulares…). De esta manera, más allá de la observancia de reglas y normas, seremos una comunidad reunida en virtud del carisma común, acogido del Espíritu con María y, secundado en sus impulsos de crecimiento.

            Un talante de ese tipo impregna de forma espontánea y connatural los dinamismos comunitarios y se expresa de forma particular en un Proyecto Comunitario que subraya lo claretiano en la práctica de la oración comunitaria. En ella no deben faltar ciertas acentuaciones carismáticas (la centralidad de la Palabra de Dios, la configuración con Cristo Misionero, la mediación del Corazón Inmaculado de María o la acogida de la tradición litúrgica y orante congregacional).

            Particular importancia tiene el uso de símbolos claretianos. Son signos de identidad del nosotros congregacional y traducen nuestro carisma en gestos, ritos, cuadros, imágenes, cantos, esculturas, poemas, libros, liturgias, costumbres, estilos de vida, ritmos temporales de fiesta y conmemoración, etc.

3. Formación para la dimensión apostólica del carisma claretiano

            Lleva consigo asumir el servicio de la Palabra como principio configurador y organizador de nuestra vida y acción apostólicas manteniendo la originalidad y la imaginación[79] peculiar que ese servicio tuvo en los orígenes. Ello exige salvar siempre la impregnación carismática que deben exhibir nuestras posiciones y obras apostólicas, nuestras opciones misioneras, los destinatarios preferenciales y las correspondientes exigencias que se derivan, de manera que el carisma de nuestro P. Fundador, sin perder su singularidad, siga siendo útil para la vida y misión de la Iglesia.

4. Irradiar y transmitir la vivencia del carisma

 

            La irradiación del carisma claretiano se realiza fundamentalmente mediante la vida. Y esto se lleva a cabo:

• Fomentando un ambiente general de conocimiento de nuestro Fundador como don del Espíritu a la Iglesia y en particular a la Iglesia donde vivimos. Y creando un ambiente de simpatía hacia nuestro carisma, de manera que por contagio y como gota a gota la claretianidad impregne nuestros ambientes y avive la espiritualidad misionera de las personas agraciadas con el mismo don.

• Procurando que por medio de la acogida y expresión normal de nuestra espiritualidad y vida misionera lleguemos a que otros alcancen los mismos ojos del P. Fundador, esto es, su sensibilidad, su corazón, sus ideales, su percepción, su lógica misionera.



                [1] En este manual se presenta una síntesis de los rasgos que describen el carisma claretiano. El desarrollo de algunos de sus rasgos se realiza en otros capítulos.

                [2] “Una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4; cf. LG 2-4, 7).

                [3] Cf. LG 12; en relación con las ideas de este apartado, cf DC 1-9.

                [4] Cf. LG 44; cf. también VC 14, 16, 18, 22, 29.

                [5] Cf. LG 43-44; PC 1; cf. también VC 16, 18-22.

                [6] Cf. LG 43.

                [7] Cf. LG 43.

                [8] “para que se consagren a solo Dios”(LG 42); “sumamente amado”, “Es consagrado más íntimamente al servicio de Dios” (LG 44); “buscando ante todo y únicamente a Dios” (PC 5) .

                [9] Cf. LG 46; PC 5.

                [10] Cf. CIC c. 607, 2; cf. también VC 42, 47, 54, 72.

                [11] Cf. LG 44; VC 26, 84.

                [12] La expresión carisma del fundador no se refiere al carisma personal. En esa expresión se ha sintetizado lo que algunos teólogos llaman carisma de fundador (gracia para fundar)y carisma del fundador (configurar la fisonomía y espiritualidad del instituto).

                [13] Además de estos elementos que constituyen el carisma del fundador, éste puede recibir gracias personales para ser vividas y experimentadas únicamente por él, como por ejemplo, la gracia de la conservación de las especies sacramentales concedida a Claret.

                [14] Cf. VC 30; CC 39; PE 20-23

                [15] Conviene distinguir entre carisma y espiritualidad o espíritu. El carisma es el don de Dios. Es algo objetivo. En cambio, la espiritualidad o el espíritu es algo subjetivo, el modo de poseer y vivir en el tiempo y en el espacio los elementos objetivos que implica el carisma.

                [16] Se trata, más que de una obra apostólica concreta, de la orientación misionera, el compromiso apostólico originante, que, después, ha de visibilizarse en unas obras apostólicas concretas; pero el carisma en cuanto tal no se identifica con ninguna de ellas (cf. CC 13; PE 30; MCH 72).

                [17] El carisma del fundador se manifiesta como carisma colectivo justamente en el hecho de que desde los orígenes es participado por otros, que en la experiencia originaria del grupo lo enriquecen y lo clarifican.

                [18] MR 11. Como es lógico no se transmiten al instituto los elementos de su carisma orientados a fundar (carisma de fundador), ni las experiencias derivadas de elementos estrictamente personales de su carisma.

                [19] Cf. PC 2b.

                [20] Cf. Ibid.

                [21] Cf. LG 12, 45.

                [22] Cf. PC 2b; DC 25.

                [23] Cf. el capítulo 4, “Claret, Fundador y Modelo de Vida Apostólica”.

                [24] La experiencia vocacional de Claret se expone en el apartado I del capítulo 4.

                [25] En torno a esta nota definitoria del carisma de nuestro Fundador existe un consenso congregacional pleno(cf. MCH 56; cf. también 52).        

                [26] Cf DC 5. Para la descripción de la misión carismática de Claret, cf. capítulo 4, II. 3.

                [27] DC 12.

                [28] Esta experiencia se halla expresada en el Plan General de Formación como propuesta pedagógica a partir de la alegoría de la fragua (cf. PGF 123-127; cf. también NEM, pp. 26-28).

                [29] Se encuentra descrita en el apartado II, 1 del capítulo 4.

                [30] Cf CC 3.4.5.

                [31] La descripción de los rasgos más destacados del mismo se encuentran en el apartado II, 2 del capítulo 4.

                [32] Cf. MCH 70; CC 1, 86.

                [33] Cf. MCH 73.

                [34] Cf. El título de la Congregación ha sido desde el primer momento el de Misioneros (cfr. CC de 1857 en CCTT, p. 142 y CC sucesivas). La definición del Hijo del Inmaculado Corazón de María es la definición del misionero apostólico (Cf. CC 9). Claret llama al P. Xifré General de los Misioneros y escribe su autobiografía para los misioneros (Aut 1)… El uso del término misionero es habitual en los últimos Capítulos Generales (cf. por ejemplo MCH 70-71; CPR 2,3,6; SP 3,4,6,7; EMP 1,2).

                [35] CC 2; cf. también Ibid. 153

                [36] Cf. 1AP 5; PE 47.

                [37] Dir 26; cf. NEM, p. 28.

                [38] CC 1865, n. 2.

                [39] Ibd. 95.

                [40] Cf. DC. 20-23, 27-30; PE. 10, 27, 41; AP. 5; F. 32.

                [41] Cf. CC 6, 13, 46, 73.

                [42] Cf. MCH 71-72.

                [43] La identidad y naturaleza de nuestra misión en la Iglesia se presenta en el capítulo 10, II, 1 de este manual (“La Misión Claretiana”).

                [44] Estas notas se presentan en el capítulo 10, II, 2 de este manual.

                [45] El resumen que se ofrece está tomado de MCH 73-76.

                [46] Cf. Carta a Xifré, 16 de julio de 1869, EC II, p. 1406 ss.

                [47] “por todos los medios posibles” (CC 6,48).

                [48] Una de las funciones que han tenido los Capítulos Generales ha sido la de actualizar los ministerios.

                [49] Cf. CC 48. Otros criterios se exponen en capítulo 10, II, 5.

                [50] NEM, p. 29.

                [51] Cf. MCH 151.

                [52] Cf. CC 4.

                [53] Cf. CC 5.

                [54] Cf. NEM, pp. 29-30; Dir 94.

                [55] Cf. NEM, pp. 48-49.

                [56] Cf. CC 3; PE 8, 4.

                [57] NEM, p. 30.

                [58] Cf. PE 47. otras características de la espiritualidad congregacional desarrolladas en fidelidad creativa por los últimos Capítulos Generales cf. NEM, pp. 32-34.

                [59] Cf. PC 2b; DC 25.

                [60] Cf. DC 21.

                [61] Cf. Carta a Caixal, 5 de septiembre de 1849, EC I, p. 316.

                [62] Cf. Carta a Xifré, 16 de julio de 1869, EC II, p. 1406.

                [63] Cf. CC 9.

                [64] Cf. CCTT, pp. 245 ss.

                [65] Cf. Aut 340-453.

                [66] Cf. Cf. Aut 406, 684.

                [67] Cf. Aut 608.

                [68] Cf. Carta a Caixal, 5 de septiembre de 1849, EC I, p. 316; cf. Aut 491.

                [69] Se introdujeron cambios en el horario y reglamentación interna de la comunidad (cf. 1VR 93, 131; cf. también PE 30); se rescató la intuición de comunidad al servicio del mundo (cf. 2VR 36); se comenzó a hablar de comunidad para la misión (cf. MCH 126-141) y, al mismo tiempo, se la consideró como el ambiente donde el Claretiano crece y se desarrolla (cf. CPR 60-65); se presentó como una comunidad profética para que el mundo crea (cf. EMP 27-34).

                [70] Cf. MCH 85-86.

                [71] Cf. Aut 42, 153.

                [72] Cf. Aut 313,448.

                [73] Cf. CC 153.

                [74] Cf. VC 36-37.

                [75] Cf. CCTT, pp. 581-606.

                [76] Cf. Carta a Xifré, 16 de julio de 1869, EC II, p. 1406 ss. En ella afirmaba, de modo apremiante, su intención de clarificar un rasgo de la misión de la Congregación.

                [77] Cf. CC 104; Dir 22.

                [78] Cf. PGF 12.

                [79] Cf. EN 69.

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