Capítulo 7 El seguimiento de Cristo

Capítulo 7

 

El seguimiento de Cristo

Las Constituciones dicen que a los Hijos del Inmaculado Corazón de María se nos ha concedido el “don de seguir a Cristo en comunión de vida y de proclamar el Evangelio a toda creatura, yendo por el mundo entero”[1]. Lo primero que se destaca es que seguir a Jesucristo o secundar su llamada es un don, una gracia, un regalo.

            Los novicios han de ser conscientes de que el seguimiento de Jesucristo, en el que se inician ahora y al que se comprometerán un día con una entrega más plena por la profesión[2], es un don, un regalo por el que deben sentirse profundamente agradecidos. Entre todos los dones que los novicios puedan poseer, el de la llamada especial a seguir a Jesucristo es el fundamental. Por eso, han de vivir “gozosamente el don de la propia vocación”[3] y corresponder al mismo con fidelidad. Como nuestro Fundador, y empleando sus mismas palabras[4], han de dar gracias a Dios frecuentemente por haberlos escogido para formar parte de esta Congregación de Misioneros.

            Para ayudar a los novicios a interiorizar gozosamente su seguimiento de Jesucristo, vamos a desarrollar la temática de este capítulo de la siguiente manera:

I. LA REGLA SUPREMA DE NUESTRA VIDA.

II. SEGUIR A JESUCRISTO COMO CLARETIANOS.

III. CONSECUENCIAS FORMATIVAS.

I. LA REGLA SUPREMA DE NUESTRA VIDA

1. Seguir a Jesucristo, regla suprema de la vida religiosa

            Como dice el Concilio Vaticano II, “siendo la norma última de la vida religiosa el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio, ese seguimiento ha de ser tenido por todos los institutos como regla suprema”[5].

            La llamada a seguir a Jesucristo mediante la consagración religiosa es, en el fondo, idéntica a la que sintieron los primeros discípulos a quienes invitó a ir en pos de él, a compartir su vida y su misión y a prolongarla después en el mundo. Los religiosos se sienten impelidos a secundar la llamada de Dios de manera especial y a convertir el seguimiento en su norma última, en su regla suprema, en su máxima regla y en la más segura norma de vida[6].

            Desde el seguimiento de Cristo cobran significado todos los elementos que configuran la vida religiosa. Los religiosos, con su particular modo de vivir los valores evangélicos o de seguir a Cristo, encarnan las mismas actitudes y el mismo estilo de vida que vivió el Señor. Representan -o hacen presente[7]– la vida de Cristo: su virginidad, su pobreza, su actitud de absoluta entrega a los planes del Padre. De este modo, se convierte su vida en un signo eminente que invita a todos los hombres a ser discípulos desde su propio don recibido en el bautismo.

            El seguimiento de Jesucristo es la clave de interpretación de toda la vida y modo de actuar de los religiosos. El seguimiento representa el valor fundamental a partir del cual cobran sentido todas las demás realidades de la vida religiosa. Y, así, puede afirmarse que los religiosos son lo que son (castos, pobres, obedientes, etc.) y llevan a cabo lo que realizan (el anuncio del Evangelio o cualquier otra misión) porque siguen a Jesucristo.

2. El seguimiento de Jesús tal como se propone en el Evangelio

            El seguimiento de Jesucristo que procuramos realizar los religiosos, y en particular los claretianos según nuestro espíritu misionero, no puede realizarse de manera arbitraria. Se realiza en conformidad con el modelo propuesto en el Evangelio[8]. Las Constituciones, haciendo suya esta consigna conciliar, precisan claramente que se trata del seguimiento que allí se propone[9].

            Vamos a presentar, por consiguiente, los rasgos propios del seguimiento de Jesús, tal como aparece en el Evangelio. Pero introduciremos una distinción importante: ese seguimiento reviste matices peculiares según se considere en su realización prepascual (el que experimentaron históricamente los discípulos con Jesús) o bien en la posterior a la Pascua (el que se realiza en la vida cristiana a partir de la muerte y resurrección del Señor).

2.1. Los rasgos del seguimiento de Jesús, antes de la Pascua[10]

• Ante todo, los seguidores de Jesús, como aparece en los Evangelios, no eran los simpatizantes o quienes le escuchaban esporádicamente sino aquellos que convivían con él y le acompañaban en sus desplazamientos (en sentido más restringido, el grupo de los Doce).

• En el origen del seguimiento está la llamada personal de Jesús. No surge por iniciativa de los discípulos sino por iniciativa del Señor, aunque requiere una respuesta personal (adhesión a la persona de Jesús y cambio radical de vida o conversión).

            Significaba una novedad (cambio de vida, abandono, rupturas con lo anterior…) y exigía una actitud de radicalismo -no de rigorismo- en el enfoque de toda la existencia.

• Seguir a Jesús, históricamente, consistía en convivir con él y acompañarle de manera itinerante en sus correrías; esto implicaba dejar el propio estilo de vida (abandonar las redes…) o, al menos, una disposición para el desprendimiento de todas las cosas.

• Los seguidores de Jesús, que vivían como él, también compartían su destino: experimentaban las dificultades inherentes al seguimiento o sequela (el rechazo, la exclusión, la acusación, los riesgos).

• La cara positiva de ese cambio radical de vida, con las renuncias consiguientes, lo constituía la fe como adhesión total a Jesús, a quien se seguía, en comunión de vida con él.

• El grupo de los seguidores compartía la praxis misionera del Jesús caminante y peregrino hacia Jerusalén, en un estilo de vida itinerante. Los amigos-seguidores de Jesús tomaban parte en su misión mesiánica de una manera peculiar: eran enviados; eran partícipes y colaboradores en la misma misión de Jesús, con su expreso envío y autoridad. El grupo de los Doce que seguía a Jesús se sentía portador de una misión escatológica, que abría fronteras, que rompía límites, ejerciendo una mediación salvadora para todo el pueblo.

• Ese seguimiento no era algo meramente transitorio sino permanente: no era una etapa preparatoria para algo…, sino que tenía carácter estable: se trataba de ser discípulo y seguidor de Jesús.

• Surgía una nueva conciencia: la de pertenecer al grupo de los seguidores, la de estar formando una nueva fraternidad en torno a Jesús.

2.2. Los rasgos del seguimiento de Jesús, después de la Pascua[11]

            Esa relación con Jesús que, a nivel histórico, se expresó como seguimiento y discipulado, después de la Pascua comenzó a expresarse de nuevas maneras y con diferente hondura:

• Con la pascua, el Jesús histórico se convierte para la Iglesia primitiva en el Cristo de la fe; y este acontecimiento es el que centra a continuación la vida de los seguidores.

• Ahora ya no se puede seguir física y materialmente al Jesús de los caminos de Galilea, Jerusalén… Es el Cristo resucitado y viviente al que se sigue, pero desde la luz del Espíritu, que ayuda a actualizar e interiorizar el proyecto de vida de Jesús.

• El seguimiento pasa a realizarse no de una manera física sino de una forma espiritual, pero real y auténtica. Seguir a Jesús quiere decir adherirse a la fe de la comunidad cristiana, es creer en él; significa también proseguir la misión histórica y mesiánica de Jesús en la espera escatológica de la realización plena del Reino de Dios.

• El reducido grupo de los seguidores de Jesús se amplía. La comunidad cristiana se extiende a otras culturas, fuera de los confines de Israel, con lo que el seguimiento adquiere matices diversos: se universaliza.

• La experiencia de Jesús resucitado y aparecido a sus discípulos y, después, la venida del Espíritu en Pentecostés, aportan nueva luz para la comprensión de Jesús. Los seguidores se convierten en apóstoles, testigos que han visto y oído.

• Se profundiza en la comprensión del seguimiento, desde la experiencia de la vida apostólica: se va entendiendo cómo seguir a Jesús es un carisma, un don para toda la comunidad, pero que se realiza por diferentes caminos (tipos de vocaciones, formas de vida…).

• Y, en la medida en que la comunidad cristiana va madurando y expresando su fe en Jesús a través del tiempo, se van introduciendo nuevas categorías o claves de lectura del seguimiento cristiano, que se entiende como imitación de Jesús, en cuanto modelo de vida, como identificación, como conformación o configuración con Cristo, como unión o comunión de vida con él, etc.

3. Seguimiento, imitación, configuración

            La experiencia cristiana del discípulo del Señor Jesús, llamado a compartir su vida y misión, se expresa con formulaciones diversas: relación de conocimiento-amor personal con Jesús, seguimiento de Jesucristo, imitación de Jesucristo, conformación o configuración con Cristo, identificación con Cristo, comunión de vida con Jesucristo, unión con Cristo, cristificación, etc.

            Todas estas expresiones apuntan fundamentalmente hacia la misma experiencia. Pero tres de ellas –las de seguimiento, imitación y configuración– se encuentran usadas con más frecuencia en la literatura espiritual y hallan eco en nuestras fuentes claretianas[12]. Nuestro Plan General de Formación utiliza, lógicamente, muchas veces algunos de estos conceptos afines[13], y es significativo que los emplee al formular el objetivo fundamental de la formación. Afirma que éste consiste en seguir a Jesucristo misionero hasta llegar a la configuración con él[14]. Aclaremos el significado de estas expresiones.

3.1. El seguimiento de Jesucristo

            Seguir a Jesucristo es una fórmula que condensa la totalidad de la vida cristiana y que remite a la vivencia y praxis del Jesús histórico y del grupo de los apóstoles. Pero hace referencia, asimismo, a la tradición multisecular de los que, después de la muerte y resurrección del Señor, han orientado su vida en conformidad con los valores evangélicos, siendo seguidores-discípulos de Jesús en la diversidad de formas de vida cristiana y en las más variadas circunstancias.

            Nosotros, en cuanto claretianos, somos seguidores de Jesucristo, a semejanza de los apóstoles, y tenemos por norma suprema ese seguimiento del Señor, tal como se propone en el Evangelio[15]. En la definición del misionero hallamos el modelo en donde fijarnos para contemplar el ejemplar del seguidor de Jesucristo, aquel que “no piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo”[16] en todo, y que es reflejo de la vivencia de nuestro mismo Fundador.

            Por eso, el seguimiento del Señor Jesús es objetivo fundamental de la formación, que intenta alcanzarse según nuestra propia identidad claretiana, mediante un proceso pedagógico de características bien señaladas y habida consideración de todas las situaciones socioculturales, eclesiales y congregacionales posibles[17].

3.2. La imitación de Jesucristo

            Esta otra expresión ha sido usada con mucha frecuencia en la literatura espiritual del pasado. Alude a una reproducción aparentemente externa (aunque no exclusivamente) del modelo, Jesucristo. En su acepción exagerada, podría identificarse con una copia o conformación literal y excesivamente dependiente del modelo externo. Pero no es ése el sentido que tiene la imitación de Jesucristo si se comprende bien, tal como la han entendido muchos santos. Nuestro Fundador confiesa abiertamente su propósito de imitar a Jesús:

            “Propongo andar siempre en la presencia de Dios, y dirigir a él todas las cosas […] a imitación de Jesús, a quien procuraré siempre imitar, pensando cómo se portaría en tales ocasiones”[18].

            Y sabemos que intentaba imitar a Jesús incluso al pie de la letra[19]. Anhelo del misionero claretiano es también esta imitación de Jesucristo en toda su vida y, en particular, en la vivencia de los votos religiosos, en la oración asidua, en la práctica de las virtudes apostólicas y en el empeño por conseguir que sea Cristo quien realmente viva en él, a fuerza de contemplarlo y de imitarlo con asiduidad[20].

3.3. La configuración con Cristo

            Esta expresión es la que emplean preferentemente las Constituciones en todo el capítulo VI[21]. Alude a un proceso de conformación e identificación con Jesucristo, pero considerado desde dentro, en sus motivaciones y en sus actitudes vitales (y no ya meramente desde una copia de sus gestos o comportamientos externos). Supone la transformación de nuestra vida en la vida del Señor, como participación en la plenitud de Cristo y en orden a ser válidos instrumentos en el anuncio del Reino de los cielos[22]. Las Constituciones nos recuerdan cómo esta configuración comporta un espíritu de abnegación para abrazar la cruz de Jesucristo[23], sin la cual todo intento de conformación con Cristo es impensable.

            A los novicios, en concreto, les instan las Constituciones a conseguir esa configuración, identificación o unión con Cristo: únanse de todo corazón, principalmente en el Misterio Eucarístico, a Cristo Señor, cuya vida y ministerio van a compartir un día[24].

            Nuestro Plan General de Formación -lo hemos dicho antes- señala como objetivo fundamental de la formación el seguimiento de Cristo misionero. Da a entender que dicho seguimiento admite un progreso: desde un comienzo más externo e imitativo de Jesucristo hasta conseguir la interna configuración con él. Y añade:

            “Nuestra misión y, por consiguiente, todo el itinerario formativo que a ella nos prepara, ha de brotar siempre de una real configuración con Cristo evangelizador y de una íntima comunión y amistad con él, hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Cristo quien realmente viva en nosotros”[25].

II. SEGUIR A JESUCRISTO COMO CLARETIANOS

 

1. Seguir a Jesús según la vocación religiosa

            La vida religiosa –y nuestro proyecto claretiano, en concreto- pretende ser una forma peculiar y significativa de realización del único seguimiento de Jesucristo propuesto a todos en el Evangelio. No presume de poseer la exclusiva del camino de la santificación[26]. Pretende ser únicamente la reactualización o representación del mismo estilo de vida que llevó Jesús en la tierra, ofrecido como don hoy a la Iglesia. La vida religiosa, en efecto, “tiene el cometido de hacer de algún modo presente la forma de vida que él eligió, señalándola como valor absoluto y escatológico”[27].

            Para los consagrados, su vocación es un caminar desde Cristo que significa esto:

            “proclamar que la vida consagrada es especial seguimiento de Cristo, ‘memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos’ (VC 22)”[28].

            Por eso, el seguimiento de Cristo que realizan los religiosos y que, por divina vocación, intentamos llevar a cabo también los claretianos, tiene unos rasgos peculiares que podemos describir en los siguientes términos:

•Arranca de la vocación: del sentirse llamados por el propio nombre. Como a los apóstoles, Jesús llama personalmente a cada uno. El don de la llamada está en la base de toda la vida religiosa. Es totalmente gratuita y parte exclusivamente de la iniciativa de Dios, que no tiene acepción de personas ni repara en ninguna condición o mérito personal. Requiere por parte del llamado, eso sí, una respuesta que sea libre, en fe y amor, y que no exija compensaciones.

•Seguir hoy a Jesús en la vida religiosa consiste esencialmente en configurarse con él, según el propio carisma, adoptando sus mismas actitudes interiores, asimilando su mentalidad o escala de valores -que son los evangélicos-, revistiéndose de sus entrañas o estados espirituales e íntimos, esto es, conformándose o identificándose progresivamente con su mismo estilo de vida en virginidad, pobreza y obediencia[29], que son las tres dimensiones esenciales de su misterio pascual (especial consagración).

• Implica compartir la existencia con Jesús y con otros seguidores suyos (en comunión de vida). La vida comunitaria (o común unión con Cristo y con los hermanos) constituye para los religiosos el ámbito vital que posibilita la vivencia de todos los demás valores evangélicos. Pero no representa un valor meramente funcional o utilitario (como sería, por ejemplo, juntarse con el simple propósito de trabajar mejor o de rendir más frutos, aunque sea en la extensión del Reino…) sino que es en sí un valor sustantivo que expresa de forma intensiva la comunión de toda la Iglesia. La vida comunitaria consiste en un estar unidos con Cristo y entre sí, compartiéndolo todo, tanto los bienes materiales como los espirituales.

• Supone compartir, asimismo, la misión de Jesucristo. Los religiosos cumplen, prolongan y perpetúan en el mundo, mediante un estilo original de vida y por medio de múltiples servicios (de carácter apostólico o social) la misma misión evangelizadora de Jesucristo. La vida religiosa entera, en su ser y en su quehacer, es anuncio y presencia anticipada del reino consumado y, por eso, constituye en sí una manera específica de llevar la Buena Nueva a los hombres de este mundo (evangelización), anunciando ya la resurrección futura y la gloria del reino de los cielos (dimensión escatológica de la vida consagrada)[30].

• Comporta una entrega en totalidad, sin fisuras, a Jesús y a su causa. Seguir a Jesús en la vida religiosa implica hacerlo con propósito de perpetuidad (ser discípulo para siempre, no sólo para un tiempo limitado), con plena disponibilidad (actitud de consagrar todas las energías a su causa, de manera permanente), en exclusividad (sólo por él y por su causa y a tiempo pleno) y con sentido de gratuidad (sin motivación interesada de ningún tipo). Estas características del seguimiento del religioso lo convierte en signo testimonial y profético de los valores del Reino para los demás cristianos.

• Se realiza de hecho carismáticamente, esto es, bajo la gracia o moción del Espíritu, que inspira un modo peculiar de seguimiento de Jesús, y que lleva a encarnarlo en la Iglesia de manera determinada, en sintonía con el carisma del fundador, en continuidad con la tradición del propio instituto y conforme a una evolución homogénea en relación con el carisma original. No se sigue a Jesucristo en general, sino de forma concreta, según la propia vocación o llamada a representar en la Iglesia el estilo de vida de Jesús, condensado y testimoniado en alguno de sus misterios (sea orando, sea sanando, sea enseñando, sea predicando etc.)[31]. Las diversas obras de apostolado de los religiosos son formas carismáticas diferentes de realizar y compartir esa misión evangelizadora de Jesús en alguno de sus ministerios parciales. Esa es la peculiar o carismática configuración con Cristo.

2. El seguimiento de Jesús según la vocación claretiana

            Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho y lo propio de nuestro carisma[32], los claretianos acentuamos los siguientes aspectos:

2.1. La escuela y el taller del seguimiento

            El Plan General de Formación afirma que “ser formando es ser discípulo en la escuela del seguimiento, aprendiz en el taller en el que se forja el misionero”[33].

Aprendiz es la persona que aprende algún arte u oficio, quien se inicia, quien aún no ha adquirido el dominio de una profesión manual…; y discípulo es la persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro.

            El novicio es aprendiz en cuanto se inicia en la vida religiosa claretiana; no posee aún el título acreditativo u oficial –que le otorgará en su día la profesión religiosa- de ser claretiano de pleno derecho. Y, aun después de emitir la profesión, seguirá siendo formando, es decir, claretiano en periodo de formación inicial.

            El novicio es, además, discípulo, porque no se inicia en la vida religiosa claretiana por libre y de forma autodidacta. Lo hace bajo la dirección del divino Maestro, Jesucristo, y bajo la autoridad de sus superiores, con actitud dócil, activa y responsable. Acepta las mediaciones que intervienen, sin menoscabo de su directa y personal responsabilidad, que también le concierne en cuanto protagonista de su propia formación[34].

            Ser aprendiz y discípulo en el seguimiento del Señor es fruto de la común vocación cristiana. Seguir a Jesucristo en la Congregación es un don especial e inestimable. Además, el seguimiento es un proyecto: el proyecto de vida evangélico, que se inicia en el bautismo y que se continúa, por la nueva gracia de la vocación religiosa claretiana, a lo largo de toda la existencia. Seguir a Jesús, responder a su llamada, es nuestra identidad más profunda. Desarrollarla, es nuestro proyecto.

            En esta escuela del seguimiento, en la que todos somos discípulos y aprendices bajo la guía del divino Maestro, los novicios deberán aplicarse especialmente para llegar a identificarse con Cristo, a unirse de todo corazón a él, a imitarle y a conformarse o configurarse con él de suerte que puedan ser así enviados –misioneros- como Jesucristo Evangelizador. Señalamos a continuación los diversos ámbitos en los que se puede ser discípulos y aprendices en el seguimiento de Jesús y los medios a través de los cuales conseguirlo mejor.

2.2. Los ámbitos de la escuela y el taller del seguimiento

            Los novicios han de ser aprendices y discípulos especialmente en los siguientes ámbitos[35]:

            1º. En la escuela de la Palabra[36]: han de frecuentarla. En la lectura, meditación, oración y contemplación de la Palabra cultivarán su relación con Cristo Misionero. Los textos que están a la base de la reflexión que la Congregación ha venido haciendo sobre la experiencia de Cristo que tuvo el P. Claret, y que configuran el núcleo del carisma claretiano, serán su alimento seguro[37].

            2º. En la escuela de la Eucaristía[38]: no se entiende la jornada de un misionero claretiano sin la Eucaristía. Celebrada diariamente en la comunidad formativa o compartida con el Pueblo de Dios se irá convirtiendo en escuela de asimilación progresiva del estilo de vida de Cristo, pues ella es la síntesis vital como memorial del Señor.

            Desde su dinámica interna somos invitados a activar en nuestra vida de seguimiento actitudes de: éxodo (rito de entrada), escucha (liturgia de la Palabra), intercesión (oración universal), ofrecimiento y entrega (preparación de los dones), agradecimiento y autoimplicación (plegaria eucarística), comunión (comunión) y envío (rito de despedida).

            Se irá convirtiendo en ámbito privilegiado para acrecentar esa relación personal con Jesús, la identificación con su entrega hasta hacer toda nuestra vida eucarística. Iremos percibiendo cómo nuestra vida va siendo transformada cada vez que entra en contacto con la Eucaristía (en esta línea podemos comprender el significado de la gracia extraordinaria de la conservación de las especies en san Antonio María Claret).

            3º. En la escuela de los pobres: Dios tiene predilecciones. Porque quiere ser el Abbá de todos, se vuelca en aquellos que en la vida no pueden contar ni con padre ni con madre. Eso se ve claramente reflejado en los gestos y palabras de Jesús. El Señor quiso identificarse de un modo especial con los últimos y los pequeños, con los excluidos y marginados, con los pobres (cf. Mt 25). Su presencia entre los pobres nos interpela para reconocerle, acogerle y servirle en ellos[39].

            La autenticidad de la relación personal con el Señor pasa por la verdad de la relación con aquellos que son su imagen viva: los pobres. Quien quiere seguirle a él y ser como él está invitado permanentemente a ir y hacer lo mismo (cf. Lc 10, 37; Jn 13, 1-16).

            A lo largo del noviciado se presentarán múltiples ocasiones que harán posible crecer en esta sensibilidad que asemeja al Maestro. En la puesta en práctica de los dinamismos formativos se podrán descubrir oportunidades para estimularse y crecer en esta dimensión, siempre que se vivan con aquella motivación interior que enriquece las actitudes y comportamientos.

2.3. Los medios para contemplar e imitar a Cristo

            En la escuela del seguimiento es preciso, además, adoptar unos medios que hagan efectivo el proceso de contemplación y de imitación o de configuración con Cristo[40]:

            1º. En orden a la contemplación asidua de Cristo: la configuración con Cristo en la vida del misionero se produce, ante todo, previa una actitud contemplativa que consiste en saber mirar fijamente al Modelo o contemplarlo para luego imitarle. Medios relevantes en la contemplación de Cristo son los siguientes[41]:

• la meditación,

• la lectura espiritual

• y el examen de conciencia.

            2º. En orden a la imitación de Cristo (hacer lo mismo): de la contemplación se pasa a la adopción de aquellas actitudes y comportamientos que nos asemejan cada vez más al Modelo, Jesucristo Evangelizador. Aquí entra en juego la pedagogía de los medios ascéticos porque no son suficientes sólo los valores que inspiran y orientan la formación para que ésta se realice… Son necesarios también los medios, la organización y potenciación de los propios recursos (inteligencia, capacidad volitiva, sentimientos) y del propio tiempo[42]. Se requiere, pues, el empleo de los medios adecuados, el esfuerzo por revestirse de aquellas virtudes necesarias a la vida del misionero, incluida la mortificación[43] y evitando, ciertamente, los riesgos de una ascesis represiva o autofinalizada, esto es, aquella que tendría como finalidad a uno mismo y no al Modelo, Jesucristo.

            El novicio no cejará en su intento de acercarse cada vez más al ideal, mediante la adquisición de las virtudes, y dirá como el apóstol Pablo:

            “No quiero decir que haya logrado ese ideal o conseguido la plenitud, pero me esfuerzo en conquistar aquello para lo que yo mismo he sido conquistado por Cristo Jesús… Eso sí, olvido lo que he dejado atrás y me lanzo hacia delante en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde lo alto” (Flp 3, 12-14).

            En la definición del misionero (llamada también recuerdo o memorial) encontramos la fisonomía perfecta del claretiano, el ideal del discípulo de Jesucristo según el estilo de san Antonio María Claret. Las Constituciones renovadas han recogido esa definición dentro de su constitución fundamental, recomendando que la tengamos siempre ante nuestros ojos, como el espejo en el que mirarnos, como la utopía a la que hemos de aspirar, como un recuerdo o una fotografía de familia en la que descubrimos nuestros rasgos carismáticos o nuestro ideal en ese camino del seguimiento, imitación y configuración con Cristo al estilo de Claret:

            “Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa. Que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todos los hombres en el fuego del divino amor. Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias; se alegra en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en orar, en trabajar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres” [44].

 

 

III. CONSECUENCIAS FORMATIVAS

 

1. Tener siempre presente el objetivo de la formación

 

            Objetivo fundamental de la formación claretiana y fuente de nuestra acción misionera es la configuración con Cristo evangelizador[45]. Durante todo el ciclo formativo, y de manera particular durante el noviciado, ese objetivo debe tenerse siempre presente, de suerte que los jóvenes misioneros perciban con claridad la meta hacia la que caminan y empleen los medios conducentes a una mayor identificación, imitación y configuración con el Señor Jesús.

 

            La iniciación en el seguimiento de Jesucristo será llevada a buen término sólo si los novicios logran profundizar en el seguimiento de Cristo, convirtiéndolo en centro unificador de toda su experiencia espiritual[46].

 

            Ahora bien, ese objetivo, siendo fundamental y dando origen, después, al despliegue apostólico propio de nuestra vocación misionera en la Iglesia, no se alcanza de manera puntual y de una vez por todas. Requiere, más bien, un empeño continuado. Se realiza de forma progresiva y en correspondencia fiel y permanente a la gracia de Dios.

 

2. Carácter progresivo del proceso de configuración con Cristo

 

            Seguir al Señor, imitarle, identificarse con él, configurarse con él, unirse de todo corazón a él[47], etc., son formulaciones parecidas y en buena medida equivalentes, según hemos explicado anteriormente. Cada una de ellas, sin embargo, connota matices diversos, aporta subrayados especiales que sirven para clarificar mejor, desde un punto de vista pedagógico, ese proceso.

 

            Conviene, en todo caso, caer en la cuenta del carácter progresivo que reviste el proceso de identificación o configuración con Cristo, para que en los años de la formación no se ceje jamás en el anhelo de lograr una mayor perfección en el seguimiento, imitación, identificación, configuración y unión con Jesucristo evangelizador. En realidad se trata de una meta utópica, pero estimulante y digna de ser perseguida siempre, aun siendo, a la vez, absolutamente inalcanzable.

 

            Las consecuencias existenciales que comporta este proceso merecen nuestra consideración y, sobre todo, su ulterior puesta en práctica. La configuración con Cristo nos lleva a tener:

 

• a poseer los mismos sentimientos de Cristo (cf. Flp 2, 5);

• a tener el mismo pensamiento de Cristo (cf. Mt 16, 23);

• a preocuparnos por los mismos intereses de Cristo (cf. 1Co 7, 32);

• a vivir la misma vida de Cristo (cf. Rm 8, 1-39);

• a que sea Cristo quien viva en nosotros (cf. Ga 2, 20);

• a asumir la cruz del Señor hasta poder decir: lejos de mi gloriarme… (cf. Mt 16, 24 y Ga 6, 14).

 

            De hecho, a medida que se va realizando nuestra configuración con Cristo, existencialmente se opera en cada uno de nosotros lo que Pablo afirmaba de sí: No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). En efecto:

 

• es Cristo quien ora en nosotros, nosotros quienes oramos en y con Cristo y él quien nos enseña cómo orar;

• Cristo nos hace sus apóstoles y nos enseña cómo actuar en la misión encomendada (discurso sobre la misión: cf. Mt 10);

• Cristo nos ayuda a llevar nuestra cruz, que es su misma cruz. Incluso llegamos a morir para que los demás resuciten (cf. 2Co 4, 11-12);

• logramos amar en Cristo a nuestros hermanos de comunidad con quienes vivimos, también a todos los hombres a quienes evangelizamos, y dar una preferencia, como él la dio, a los más pobres y necesitados;

• alcanzamos por Cristo la libertad, siendo amantes de la verdad liberadora;

• es Cristo también quien nos hace sensibles a los signos de los tiempos, a los signos que expresan la voluntad de su Padre sobre los hombres;

• Cristo, en última instancia, es el que da sentido a nuestra vida, a nuestros problemas cotidianos, etc.

 

3. Relectura de nuestro texto constitucional desde la clave del seguimiento (afirmaciones para releer, meditar, recordar…)

 

            Finalmente, ofrecemos una selección de textos de nuestras Constituciones invitando a que se realice una relectura de los mismos desde la clave cristológica del seguimiento:

 

 

• “Llamados a semejanza de los Apóstoles, se nos ha concedido también el don de seguir a Cristo en comunión de vida”[48].

 

• “El seguimiento de Cristo, tal como se propone en el Evangelio es, pues, para nosotros la regla suprema”[49].

 

• “Hacemos nuestro el modo de vida de Jesús”[50].

 

• “Nos proponemos representar en la Iglesia la virginidad, la pobreza y la obediencia de Cristo, dedicados a la predicación del Evangelio”[51].

 

• “Nos entregamos a Ella [María] para ser configurados con el misterio de Cristo”[52].

 

• “No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en orar, en trabajar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres”[53].

 

• “Imitamos la comunión de vida de los Apóstoles con Cristo”[54].

 

• “Por él [por el amor] nos configuramos como verdaderos discípulos de Cristo”[55].

 

• “A imitación de Jesucristo […] también nosotros abrazamos esta castidad como un don”[56].

 

• “A imitación de Jesucristo profesamos la pobreza evangélica”[57].

 

• “A imitación de Jesucristo […] nos proponemos cumplir la voluntad del Padre dentro de nuestra Congregación”[58].

 

• “Nos configuramos con Jesucristo […] y en todo nos unimos a la voluntad salvífica de Dios”[59].

 

• “Quienes hemos asumido la obra misionera de Cristo debemos también imitarle en su oración asidua”[60].

 

• “Los que hemos sido llamados a seguir al Señor y a colaborar con El en la obra que el Padre le encomendó, tenemos que contemplar asiduamente a Cristo e imitarlo, penetrados de su Espíritu, hasta que no seamos nosotros los que vivimos, sino que sea Cristo quien realmente viva en nosotros”[61].

 

• “Intentamos conseguir nuestra configuración con Cristo por medio de los votos religiosos en una Comunidad misionera. La alcanzamos también y la expresamos por medio de otras virtudes, según nuestro carisma propio en la Iglesia”[62].

 

• “Para tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo […] procuremos la humildad”[63].

 

• “Esforcémonos por imitar la mansedumbre propuesta por el Señor, que es señal de vocación apostólica”[64].

 

• “Asociados a la obra de la Redención, procuremos configurarnos con Cristo, que dijo: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz”[65].



[1] CC 4.

[2] Cf. CC 159.

[3] CC 58.

[4] Se ha definido como Magnificat de la vocación la oración que nuestro Fundador ha dejado escrita en su Autobiografía, justamente a continuación de detallar la fundación de nuestra Congregación: “¡Oh Dios mío, bendito seáis por haberos dignado escoger [a] vuestros humildes siervos para hijos del Inmaculado Corazón de vuestra Madre! ¡Oh Madre benditísima, mil alabanzas os sean dadas por la fineza de vuestro Inmaculado Corazón y habernos tomado por hijos vuestros! Haced, Madre mía, que correspondamos a tanta bondad, que cada día seamos más humildes, más fervorosos y más celosos de la salvación de las almas” (Aut 492-493).

[5] PC 2.

[6] Cf. PC 2 y ET 12.

[7] La vida religiosa “tiene el cometido de hacer de algún modo presente la forma de vida que él eligió, señalándola como valor absoluto y escatológico” (VC 29).

[8] Cf. PC, ibid.

[9] Cf. CC 4.

[10] Una buena selección de textos vocacionales bíblicos, sobre todo neotestamentarios, inspiradores del seguimiento de Jesús, se puede encontrar en el DVC, Apéndice 2, pp. 223-226; también en IMP, Apéndice 2, pp. 88-91.

[11] Pueden encontrarse muchos textos en los Evangelios y también en otros escritos neotestamentarios, en donde se aprecia cómo el hecho de haber sido escritos después de la pascua ha contribuido a la comprensión de la vida cristiana como seguimiento del Señor.

[12] Cf. NPVM I, pp. 305-312; II, pp. 559 ss; III, pp. 195-197.

[13] Cf. vocablos configuración con Cristo y seguimiento en el Índice de materias del PGF, pp. 355 y 364.

[14] Cf. PGF 13.

[15] Cf. CC 4; cf. NPVM II, p. 89 ss.

[16] CC 9.

[17] Cf. PGF 13-14 y 18-49.

[18] Aut 648.

[19] Cf. Aut 387.

[20] Cf. CC 9, 20 ss., 23 ss., 33, 40-42 y 39.

[21] Cf. NPVM II, pp. 546 ss. y 558 ss.

[22] Cf. CC 39.

[23] Cf. CC 43-45.

[24] Cf. CC 61.

[25] PGF 13; cf. SP 19 y CC 39.

[26] La exhortación postsinodal Vita Consecrata afirma, no obstante, que la forma casta, pobre y obediente de los consagrados “aparece como el modo más radical de vivir el Evangelio en esta tierra”. Por eso, añade: “en la tradición cristiana se ha hablado siempre de la excelencia objetiva de la vida consagrada” (VC 18).

[27] VC 29.

CDC 22.

[29] “Los consejos evangélicos, con los que Cristo invita a algunos a compartir su experiencia de virgen, pobre y obediente, exigen y manifiestan, en quien los acoge, el deseo explícito de una total conformación con él” (VC 18). La misma exhortación indica en otro lugar, como aspecto peculiar -si bien no exclusivo- de los consagrados, “la especial conformación con Cristo virgen, pobre y obediente” (VC 31).

[30] Cf. LG 44 y VC 26.

[31] Cf. MR 51, b.

[32] Cf. el capítulo 6, “El carisma de la Congregación”, en este mismo manual.

[33] PGF 103.

[34] Cf. PGF 102.

[35] Cf. CF, pp. 16-18.

[36] Cf. PGF 197-203.

[37] Cf. NPVM I, pp. 187-268. A ello se está refiriendo IMP 106 e) y 108 b). Esos textos dibujan un rostro de Jesús con estos rasgos: el Hijo preocupado por las cosas del Padre (cf. Lc 2,49); el Hijo ungido para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18ss); el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza (cf. Lc 9,58); signo de contradicción (cf. Lc 2, 34); hijo de María (cf. Lc 1,38; 2,7); enviado por el Padre y ungido por el Espíritu, comparte con los apóstoles su vida y misión (cf. Mc 3, 14-15). Cf MCH 57-62; también PGF 13, 19, 50.

[38] Cf. PGF 204-207.

[39] Cf. PGF 19, 20, 51, 71, 100, 101.

[40] Cf. CF, pp. 18-21.

[41] Cf. ID., p. 19 y PGF 213-220.

[42] Cf. CF, ibid.

[43] El PGF habla de aquellas virtudes que dan más credibilidad a los discípulos de Jesús e invita a los novicios a cultivarlas: la laboriosidad, el respeto a uno mismo y a los demás, la alegría, la oblatividad, la disponibilidad, la cordialidad, la sencillez, la constancia y la firmeza de voluntad, la fidelidad a la palabra dada, la dignidad personal en el porte y en el lenguaje (cf. PGF 356). No son innatas, necesitan cultivo y ello requiere el empleo de algunos medios ascéticos. Y entre las virtudes apostólicas que configuran al misionero se cuenta también, por supuesto, la mortificación: cf. PGF 87-89.

[44] CC 9.

[45] Cf. CC 39, SP 6 y PGF 12-16, 50.

[46] Cf. PGF 358.

[47] Cf. CC 61.

[48] CC 4.

[49] Ibid.

[50] CC 5.

[51] Ibid.

[52] CC 8.

[53] CC 9.

[54] CC 10.

[55] Ibid.

[56] CC 20.

[57] CC 23.

[58] CC 28.

[59] Ibid.

[60] CC 33.

[61] CC 39.

[62] Ibid.

[63] CC 41.

[64] CC 42.

[65] CC 43.

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