Capítulo 8 Los consejos evangélicos

Capítulo 8

Los consejos evangélicos

La vida de los claretianos quiere ser una prolongación en la historia de la forma de vida de Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre, según el carisma de san Antonio María Claret, y a semejanza de los apóstoles[1]. Se proponen representar en la Iglesia la virginidad, la pobreza y la obediencia de Cristo, dedicados a la predicación del Evangelio. Así, pues, la vivencia de los consejos evangélicos es parte esencial del carisma claretiano, y configura la vida de la comunidad congregacional, ya desde el noviciado[2].

            Para presentar este tema, vamos a desarrollar los siguientes puntos:

I. ASPECTOS COMUNES.

II. CASTIDAD.

III. POBREZA.

IV. OBEDIENCIA.

 

I. ASPECTOS COMUNES

            Introducimos el tema de los consejos evangélicos, y de los votos con que se profesan, presentando algunos aspectos comunes a los tres compromisos:

1. Comprensión de los consejos evangélicos

            En un sentido amplio y general, superando planteamientos inadecuados, los consejos, han de entenderse no como pareceres u opciones libres que se pueden seguir o no[3]. Aunque este sea uno de los significados de la palabra consejo, en teología los consejos se entienden como las exigencias evangélicas que configuran la forma de vida de Cristo. En este sentido:

1.1. Los consejos son muchos

            El Magisterio de la Iglesia lo recuerda[4]. La misma Exhortación Apostólica Vita Consecrata mientras en el número 1 habla de Jesús virgen, pobre y obediente[5], en el 77 hace referencia a Cristo casto, pobre, obediente, orante y misionero.

1.2. La teología los ha sistematizado en tres

            La Iglesia a lo largo de su vida y en su tradición ha encontrado en los consejos de pobreza, castidad y obediencia, que destaca con el título de evangélicos, una síntesis singularmente densa del estilo de vida del Señor y de su predicación. La tríada clásica es, pues, una sistematización eclesial de los consejos que expresa la entrega a Dios de todos los ámbitos de la persona: la libertad, la afectividad, los bienes[6].

1.3. Están propuestos para todos

            Los consejos evangélicos conformaron la vida de Cristo. Practicándolos, vivió su entrega total al Padre. Formaron parte integral de su vida y constituyeron el núcleo esencial del modo y estilo de su redención. Así es como Cristo consiguió la plenitud de gracia que entregó a la Iglesia.

            La Iglesia tiene como tarea vivir a Cristo. Pero enteramente y, por tanto, viviendo los consejos evangélicos. Se comprende así fácilmente que los consejos evangélicos se traspasen a la Iglesia como un tesoro de vida inalienable, que la Iglesia recibió del Señor, y que con su gracia conserva siempre[7]. Al mismo tiempo, se comprende también que sean, de alguna manera, una exigencia de vida para todos los fieles cristianos, a la que no sea posible renunciar.

 

1.4. Según la propia vocación en la Iglesia

            Ahora bien, aunque todos los cristianos hayan de vivir los consejos evangélicos, no todos han de hacerlo de la misma manera, sino según el propio don y vocación[8]:

• El fiel cristiano los vive a través de las virtudes[9].

• El religioso los vive de una manera efectiva a través de los votos, representando en la Iglesia la forma de vida de Cristo y entregándose exclusivamente a Dios y a su designio salvífico[10].La profesión efectiva de los consejos evangélicos es la característica del estado religioso[11].

            En conclusión, el consejo evangélico se entiende hoy de forma más precisa y teológica como carisma, es decir, como llamada a ciertas opciones de vida cristiana, efectuadas por Dios a través de sus dones. Sin embargo, ni entendidos así, los consejos evangélicos son opciones libres para los llamados carismáticamente por Dios a vivirlos de modo efectivo.

2. La profesión expresa la total entrega de sí mismo

            Para entrar a formar parte de la vida consagrada o, en nuestro caso, para formar parte oficialmente de la Congregación se han de asumir los tres consejos y se han de profesar en la Iglesia con votos[12].

2.1. La profesión

            La palabra profesión, tomada de la tradición más antigua y de los textos del magisterio, tiene un significado complejo, relacionado con la profesión de la fe bautismal:

• Designa el acto interior de libertad con el que el bautizado se compromete y se obliga irrevocablemente a practicar de modo efectivo los consejos con continuidad y fidelidad.

• Indica, además, el acto público oficial de este compromiso ante testigos y ante el pueblo de Dios, en el día de la profesión[13].

• Comporta también la practica efectiva y visible de los consejos que se deriva de las dos realidades precedentes.

• Finalmente, el consagrado hace de la práctica de los consejos, en algún modo, su profesión (oficio), porque le permiten encarnar un nuevo modo de existencia cristiana. Practicarlos se convierte en su profesión en la Iglesia.

2.2. Los votos públicos

            En nuestra Congregación esta profesión se lleva a cabo bajo la forma de votos[14], es decir, por la promesa deliberada y libre de vivir los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, hecha directamente a Dios, como acto de adoración y ofrecimiento. Así el profeso se une a Dios por un triple vínculo sagrado. Nuestros votos son públicos. A través del superior que los recibe en nombre de la Iglesia, ésta ratifica la profesión en nombre de Dios[15].

2.3. La total entrega de sí mismo

            Los tres votos sellan la total entrega de sí mismo. Por eso, constituyen el acto mediante el cual el religioso «se da totalmente a Dios con un nuevo y especial título (LG 44) »[16]. Son tres modos de comprometerse a vivir como Cristo los ámbitos que abarcan la vida entera: la posesión de bienes, los afectos, la autonomía[17]. Expresan la entrega total de sí mismos a Dios y a los hermanos y ayudan, en definitiva, a vivirla concretamente.

 

3. Se profesan en conformidad con el propio carisma

            Ahora bien, en la vida religiosa, “no existe un modo uniforme de vivir los consejos evangélicos, sino que cada Instituto tiene que establecer su propio modo, habida cuenta de su índole y finalidad específicas (MR 11)…”[18]. No existe una Vida Religiosa en sí a la cual se le añadiría, como algo subsidiario, el fin específico y el carisma particular de cada Instituto, sino que cada Instituto tiene su modo de comprender y vivir el misterio de Cristo y de tender a la perfección en virtud del propio carisma[19]. En cuanto claretianos, nuestro modo de vivir los consejos evangélicos queda especificado por el carisma con que san Antonio María Claret sintió y vivió el misterio de Cristo evangelizador. Este modo, por don del Espíritu, se transmitió a nuestra Congregación[20].

 

4. Los consejos evangélicos son acogida del misterio de Cristo

            Estas tres formas de vida, antes que renuncia, son una específica acogida del misterio de Cristo[21]. Los consejos evangélicos no han de ser considerados como una negación de los valores inherentes a la sexualidad, al legítimo deseo de disponer de los bienes materiales y de decidir autónomamente de sí mismo. Estas inclinaciones, en cuanto fundadas en la naturaleza, son buenas en sí mismas[22]. Ciertamente van a suponer, como toda vocación cristiana, una ascesis y una continua conversión[23]; pero, no significan ante todo una renuncia a algo, sino una llamada a constituirse libres y disponibles para Dios y para los hermanos, como Cristo. En este contexto, “la obediencia es fuente de verdadera libertad, la castidad manifiesta la tensión de un corazón insatisfecho de cualquier amor finito, la pobreza alimenta el hambre y la sed de justicia que Dios prometió saciar (cf. Mt 5, 6)”[24].

 

5. Son vivencia y expresión de las virtudes teologales

            Finalmente, en los tres consejos evangélicos se expresa la vivencia del corazón del cristiano: las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad (cf. 1Co 13). En cada uno de ellos vivimos las tres; pero, podemos decir que, con particular evidencia, la caridad en el celibato, la esperanza en la pobreza, la fe en la obediencia. Y, yendo hasta lo más profundo de nuestra vivencia cristiana, también podemos afirmar que así vivimos nuestra participación en la misma naturaleza de Dios (cf. 2P 1, 4), que es amor (cf. 1Jn 4, 8.16), derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (cf. Rm 5, 5).

 

II. CASTIDAD

 

            Cristo llama a todos los cristianos a una castidad perfecta, según el propio estado (cf. Mt 5, 27-30.48; 18, 8-9; 1Co 7).

            En nuestro carisma claretiano, esta llamada supone vivir la castidad en celibato, hechos eunucos por el Reino (cf. Mt 19, 10-12; 1Co 7, 7; 9, 5-6), para una mejor identificación con la forma de vida del Cristo histórico, una mayor disponibilidad apostólica y una más clara significación escatológico-profética.

1. Sentido teológico de la castidad

            El significado fundamental del celibato por el Reino se encuentra en Cristo; y, a través de él, en la misma Trinidad Santísima. El celibato expresa la totalidad de la entrega amorosa a Dios; manifiesta el primado de Dios sobre todo y sobre todos, incluidos los lazos más fuertes de este mundo, la familia y constituye el reflejo del amor infinito que une a las tres Personas divinas en la profundidad misteriosa de la vida trinitaria. De este modo, el consagrado, abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11)[25]. La condición corporal del consagrado se convierte así en signo profético.

            Los consagrados permanecemos célibes, además, en orden a un efectivo amor universal. Nuestro celibato pone de relieve especialmente la caridad teologal y nos hace hermanos universales; sin familia propia para poder amar más a todos. Los hermanos de carisma y el pueblo son nuestra familia, y Dios el Padre de todos (cf. Mt 6, 9; 23, 9).

            La castidad tiene un significado apostólico porque, ante una cultura que reduce frecuentemente la sexualidad a mero juego y objeto de consumo[26], la castidad especialmente consagrada se presenta como un carisma de fidelidad en el amor. Además, es “una castidad vivida por hombres y mujeres que demuestran equilibrio, dominio de sí mismos, iniciativa, madurez psicológica y afectiva (cf. PC 12) […]. La castidad consagrada aparece de este modo como una experiencia de alegría y de libertad”[27].

2. Experiencia personal de Claret

            Claret vivió su vida afectivo-sexual en castidad[28]. Recordemos cuanto nos dice de su infancia[29], de la tentación sufrida en la juventud[30] y la tentación siendo seminarista[31]. El celibato sacerdotal era para él expresión de la dedicación total a la evangelización, una liberación plena a este fin, como Cristo, y un testimonio del Evangelio[32]. Su modo de relacionarse con el mundo femenino respondía al radicalismo evangélico, al deseo de no dar ocasión a que otros pensaran mal y también a la cultura religiosa de su tiempo[33]. En sus propósitos no hallamos ninguno referente a la castidad; la razón hay que buscarla en la gracia especial recibida de joven[34].

3. Vivencia carismática de la castidad

            Los misioneros claretianos, siguiendo el ejemplo de Cristo evangelizador del Padre[35] y de Claret, nos sentimos llamados a tender a la castidad perfecta por el Reino de los Cielos, según las características expresadas en nuestras Constituciones[36]. De este modo vivimos la castidad carismáticamente. Vamos a verlo en detalle:

3.1. El fundamento bíblico-teológico

            En el número 22 de las Constituciones encontramos las tres dimensiones o significados teológicos del celibato:

            a. La dimensión cristológica: El punto de partida para comprender y vivir nuestra experiencia misionera según nuestro espíritu es Cristo. Con sus palabras y, sobre todo, con su existencia nos dejó el testimonio de su celibato y el sentido del mismo. Nosotros nos sentimos llamados a imitarle viviendo, a su estilo, nuestra vida afectivo-sexual. La castidad no es para nosotros simple realidad virtuosa sino en cuanto imitación de Cristo. Él da sentido a nuestras renuncias, que no son una especie de desprecio de las cosas de este mundo. Imitamos también a María, la Virgen por excelencia. Acogemos, así, como Madre y Maestra a la primera discípula de Cristo[37]. Nuestro celibato es, pues, una situación existencial con la que expresamos, testimoniamos y profundizamos nuestra configuración con Cristo.

            b. La dimensión apostólica: Vivimos la castidad con la finalidad con que Cristo la aceptó, es decir, vivimos una castidad al servicio del Reino de los Cielos. Nuestro celibato nos permite entregarnos de todo corazón al servicio de los designios del Padre (cf. Lc 2, 49). Se trata, por lo tanto, de una castidad al servicio de la misión. Es un don del Espíritu (cf. 1Co 7, 7) al servicio de la misión.

            c. La dimensión escatológica: La castidad consagrada, motivada por Dios y coherentemente vivida, manifiesta precisamente la fuerza transformadora de la gracia de Dios presente en nosotros, frágiles criaturas. Siendo testimonio de la presencia de Dios en nuestra vida, se convierte en signo que despierta en los demás hombres la fe y la esperanza de la comunión eterna con Dios. Es un signo de la vida futura.

3.2. Incidencia de la castidad en la comunidad y en la misión

            El número 21 de las Constituciones nos muestra el influjo del celibato en nuestra vida misionera.

            Ante todo, la castidad hace posible nuestra vida comunitaria; o sea, el nacimiento de una comunión fraterna y la construcción de una comunidad que no se funda en motivos terrenos sino en la común vocación sobrenatural.

            En segundo lugar, el celibato incide en la misión apostólica. Posibilita una gran fecundidad (paternidad), no física, sino espiritual; poder engendrar -como san Pablo- muchos hermanos en Cristo y, por último, una mayor disponibilidad apostólica. La cita del apóstol (cf. 1Co 4, 15; cf. Ga 4, 19; 2Co 6, 13; 1Ts 2, 8. 11) aclara el sentido de la fecundidad espiritual del celibato.

3.3. Aspectos jurídicos

            Referencia a estos aspectos se encuentran en el Capítulo 18 de este manual[38].

3.4. Aspectos pedagógicos

            El número 23 de las Constituciones[39] indica, en primer lugar, que tenemos que acoger el celibato como un carisma. Y, siendo don de Dios, nuestra acogida debe ser gozosa. En consecuencia, debemos esforzarnos con toda diligencia para permanecer fieles a tal don.

            Esta conciencia del don recibido no tiene que hacernos olvidar las dificultades y riesgos que puede llevar consigo una vida celibataria coherentemente vivida. La razón está en que afecta a las más profundas inclinaciones de nuestra naturaleza y nos impone renuncias concretas e importantes (la realidad conyugal con toda su riqueza física, psicológica y espiritual). La conciencia de ello nos tiene que ayudar a ser prudentes y humildes ante Dios, desconfiando de nuestras fuerzas y confiando en él mediante la oración. El texto constitucional nos recuerda que una vida de comunidad en la que se viva un verdadero amor fraterno entre todos es un medio excelente para favorecer la castidad[40].

            Esta humildad y prudencia tienen que empujarnos a no ser ingenuos ni temerarios, y a evitar, como por instinto, los peligros y las situaciones ambiguas. Para ello, tenemos que emplear medios oportunos, como:

El trabajo asiduo; o sea, ni el activismo frenético, que vacía, entristece y agota a la persona, exponiéndole a nuevos peligros, ni el ocio[41].

La prudencia pastoral. Sin bajar a detalles, el texto se refiere evidentemente a la necesidad de evitar lugares, espectáculos, lecturas, personas y circunstancias que puedan ser un peligro innecesario para nuestra castidad[42].

El cuidado por la salud física y psíquica. La persona sana está aventajada. Como elementos sanos podemos citar el deporte, el trabajo, el descanso, la serenidad, el equilibrio y madurez humanos.

 

III. POBREZA

 

            La virtud de la pobreza, según el Evangelio, requiere de todos los discípulos de Cristo que pongan a Dios y a su Reino como única verdadera riqueza del corazón del hombre (cf. Mt 20, 28). Esto lleva consigo la disponibilidad a dejarlo todo, incluso la propia vida, aceptando incluso el martirio, si fuere necesario (cf. Mt 6, 19-21.24-34; 10, 37-39; 16, 24-26; 19, 29).

            En nuestro caso, impulsados por el carisma claretiano, abrazamos la pobreza evangélica voluntariamente. El voto de pobreza supone, además, vivir no sólo la virtud, sino renunciar efectivamente al uso y usufructo de los bienes, viviendo una vida personal y comunitaria austera, como los apóstoles (cf. Mt 4, 18-22; 19, 27-28), en favor de la misión apostólica.

1. Sentido teológico de la pobreza

            La pobreza evangélica es un modo claro y concreto de manifestar que “Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo que siendo rico, se hizo pobre (2Co 8, 9), es expresión de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente”[43]. El consagrado, imitando la pobreza de Cristo, lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10)[44].

            Somos pobres para ser, como Cristo, plenamente libres, disponibles y solidarios. Nuestra pobreza pone de relieve especialmente la esperanza teologal. Dios es nuestra parte de heredad (cf. Sal 15), los hermanos de carisma y el pueblo nuestra propiedad: cien veces más en casas, hermanos, hermanas, padres, madres, hijos y campos, y la vida eterna (cf. Mt 19, 29).

            La pobreza evangélica tiene un sentido apostólico porque, ante una sociedad marcada por un materialismo ávido de poseer, que se olvida de las exigencias y los sufrimientos de los más débiles y que carece de cualquier consideración por el mismo equilibrio de los recursos de la naturaleza[45], aparece como un carisma de sencillez, austeridad y solidaridad. Proclama a “Dios como la verdadera riqueza del corazón humano”[46]; acoge preferencialmente a los pobres, los primeros después de aquél que es Único, y promueve la justicia[47]; ama, con “sobreabundancia de gratuidad y de amor, en un mundo que corre el riesgo de verse asfixiado en la confusión de lo efímero”[48]; practica la humildad, la austeridad y la hospitalidad y supera todo tipo de explotación, aburguesamiento y consumismo.

2. Experiencia personal de Claret

            Claret, ya en su infancia (12 años) empezó a trabajar y sentía compasión por los pobres y marginados y por los trabajadores que eran corregidos[49]. De joven, se daba totalmente al trabajo para pagarse la pensión en Barcelona[50]. El robo de un amigo le defraudó[51]. En el primer viaje a Roma dio testimonio ejemplar de pobreza[52]. Ya en los propósitos de 1843 opta por una pobreza total; y así vivía durante sus campañas misioneras, a ejemplo de Cristo[53]. Llevó en Vic vida de comunidad pobre y apostólica[54]. Siendo arzobispo, vivió pobremente, sin otro vehículo que un caballo de poco valor que vendía al concluirse la misión para no quitar a los pobres el importe de su mantenimiento[55]. Por otro lado, se dedicó a la promoción agrícola, estableció Cajas de Ahorros para facilitar los medios de trabajo; se opuso, según sus posibilidades, a la esclavitud[56].

            Siendo Confesor Real, no quiso vivir en palacio sino en comunidad misionera y al final de su vida reconoce que ha observado la santa pobreza[57]. Acompañó a la Reina al destierro y la Revolución política de 1868 le redujo a la pobreza más completa: “[…] Ahora no tengo casa en que vivir, ni iglesia en que celebrar la santa Misa, ni confesonario para oír las confesiones de los fieles que me llamen […] Ahora me hallo sin diócesis, sin beneficio y sin congrua sustentación”[58]. Murió desterrado de su patria y lejos de la casa de sus queridos misioneros (Prades, Francia), en Fontfroide (Francia), huésped de un monasterio[59]. La descripción de su entierro, que nos hace el P. Clotet[60], es de lo más conmovedor y refleja la situación de despojo a la que llegó al final de su vida.

3. Vivencia carismática de la pobreza

            Los misioneros claretianos, nos sentimos llamados a vivir carismáticamente la pobreza evangélica siguiendo el ejemplo de Cristo, al estilo de Claret, según las características expresadas en nuestras Constituciones[61]. Veámoslo en detalle:

3.1. El fundamento bíblico-teológico

            Las Constituciones comienzan presentando en el número 23 el fundamento de la pobreza. Distinguen tres dimensiones:

            a. La dimensión cristológica: Nuestra pobreza no es efecto del desprecio de los bienes de este mundo, sino de nuestro deseo de configuración con Cristo, de imitarlo, y del ejemplo de María, la pobre de Yahvé. Con relación a Cristo se pone de relieve:

Su pobreza interior, de espíritu, origen de toda pobreza externa: su anonadamiento, la Encarnación; de rico que era se hizo pobre (cf. 2Co 8, 9); el Verbo se hizo carne (cf. Jn 1, 14)y tomó la condición de siervo (cf. Flp 2, 6-7).

La pobreza exterior, no tenía donde reclinar su cabeza (cf. Lc 9, 58), texto muy querido por Claret[62].

            b. La dimensión apostólica: Nuestra pobreza tiene un fin preciso: lo dejamos todo para poder seguir mejor a Cristo el cual predicaba la Buena Nueva y exigió a los suyos que se desprendieran de todo para poder llevar a cabo la misión. Lo importante no es dejar, sino seguir; si bien, para poder seguir, es necesario dejar. Por eso, si nos desapegamos de personas (celibato), cosas y lugares (pobreza) e incluso de nuestra independencia poniendo a disposición nuestra autonomía (obediencia), es para ser libres y estar disponibles para la misión. Nuestra pobreza es esencialmente apostólica[63].

            c. La dimensión escatológica: Con la actitud de desapego afectivo y efectivo de este mundo y con la entrega incondicional a la obra del Reino, estamos dando a los demás hermanos un testimonio de nuestra fe y esperanza en Cristo, de lo que la gracia de Dios es capaz de realizar en el hombre; recordamos a los demás su destino eterno y que las cosas de este mundo son pasajeras, penúltimas, frente a la realidad última que es la comunión definitiva con Dios.

3.2. Incidencia de la pobreza en la comunidad y en la misión

            Las Constituciones ponen de relieve en el número 24 el aspecto comunitario-misionero de nuestra pobreza.

            En primer lugar, manifestamos nuestra pobreza poniendo toda nuestra esperanza y confianza en Dios, y no en algún tipo de poder o de dinero.

            En segundo lugar, el centro de interés de nuestra vida no es el poseer o el influir, sino la preocupación apostólica por el Reino y en favor de la Iglesia, como Pablo (cf. 2Co 11, 28), que deseaba entregarse a todos, hacerse todo para todos (cf. 1Co 9, 19-23). Este sentido apostólico es el que mejor ayuda a entender la pobreza evangélica. Dios es nuestra riqueza. En este sentido, la Virgen se convierte para nosotros en modelo de pobreza: “He ahí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Aquí tenemos la mejor síntesis de un pobre de espíritu del que brota el Magnificat como canto típico de los pobres de Yahvé (cf. Lc l, 46-55).

            El anuncio del Reino no se hace creíble si no se practican sus valores de fraternidad y solidaridad con los pobres. Cristo ha venido al mundo para responder al grito de los pobres, llegando incluso a identificarse con ellos. La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del evangelio. Nuestra opción por los pobres y por la evangelización desde esa perspectiva tiene que llevarnos a un testimonio personal y colectivo de pobreza, a participar de una forma creíble en la condición de los pobres, a convivir con ellos y compartir su vida, a ayudarlos en sus justas aspiraciones[64].

            La pobreza, además, contribuye a construir la comunidad fraterna. La unión de corazones y de espíritus, según el modelo de la comunidad de Jerusalén (cf. Hch 4, 32)[65], es posible en la medida en que cada uno de los miembros toma una actitud material y espiritual de pobreza, de superación de todo afán de poder sobre los demás o de posesión.

            Finalmente, esta comunidad fraterna, basada en la pobreza de espíritu y de cuerpo, se expresa mediante la comunión de bienes, tanto materiales como espirituales, con los demás hermanos y con los pobres a los que hace objeto de su opción[66]. La pobreza expresa, en síntesis, una comunicación hacia dentro y hacia fuera de la comunidad, es decir, hacia los demás claretianos (la vida fraterna) y hacia los demás (la misión). La comunión exterior se convierte en signo, icono (sacramento), de nuestra comunión carismático-misionera.

3.3. Aspectos pedagógicos

 

            a. Comunitarios. Se tratan en el número 25 de las Constituciones. La pobreza externa no es un fin o un valor en sí misma, sino prueba y defensa de la veracidad de nuestra pobreza interior.

            La pobreza está en función de nuestra vida apostólica. Precisamente por eso tiene que informar toda la vida y acción. No existen ámbitos ajenos a la pobreza. Nuestra evangelización será testimonio y signo creíble por el desprendimiento y desapego material con que anunciamos la Buena Nueva. Así la entendía y la vivía Claret, que consideraba la pobreza como la segunda virtud que mayormente procuraba[67].

            De ahí la necesidad también de una pobreza colectiva o comunitaria[68]. No basta la personal. El aspecto externo de pobreza es relativo, hasta cierto punto, en cuanto depende de las circunstancias de los lugares y tiempos. Lo que en un sitio puede ser signo de riqueza, en otro tal vez no. Sin embargo, la Congregación y todas las comunidades, estén donde estén, han de dar un testimonio colectivo de pobreza. A continuación se baja a algunos detalles, tomados del PC 13. Las Constituciones piden:

• Que se evite toda clase de lujo; lo que es en sí mismo una manifestación de lujo (cosas lujosas), y lo que puede dar la sensación de lujo aunque tal vez en sí mismo o por las circunstancias no lo sea (cosas solo aparentemente lujosas, o cosas lujosas obtenidas como regalo o a bajo precio).

• Que se rehúse a todo lucro inmoderado. En línea con el Vaticano II, no se niega que la comunidad misionera pueda tener ingresos económicos; pero no tiene que correr detrás de las ganancias; excluye el espíritu de negocio. Tiene que bastarnos lo suficiente para vivir austeramente como comunidad y Congregación y para la realización de la misión.

• Que no se haga una acumulación excesiva de bienes. Con esta expresión no se quita que las comunidades puedan hacer una justa capitalización[69].

• Que el mobiliario de la casa, la comida y el vestido sea al estilo de los pobres. El estilo de vida pobre nos lleva a compartir con los pobres[70]. Sin embargo, pobreza no quiere decir descuido o suciedad…: “Vestiré con decencia y limpieza, pero tan pobremente como me sea posible”[71].

• Que la comunidad misionera esté siempre dispuesta a condividir sus bienes con los demás, cuando lo urjan las necesidades de la Congregación y del Pueblo de Dios. Sería una contradicción que una comunidad abundara en una Provincia necesitada, o que una Provincia fuera rica cuando otras pasaran estrecheces o que una comunidad tuviera abundantes bienes en un ambiente eclesial o social pobre. Compartir no es algo de supererogación, sino un deber[72].

            b. Personales. Algo ya se ha dicho en el apartado anterior; pero en el número 26 de las Constituciones se determina todavía más[73]. De nuevo se parte de una afirmación general: es necesario procurar ser pobres, de espíritu y de hecho, verdaderamente. No basta, pues, la pobreza interior; debe traducirse en comportamientos externos.

            Esta pobreza personal se manifiesta no dejándose llevar por el espíritu de propiedad, es decir, no reteniendo ni adquiriendo nada para nosotros que sea contrario a nuestro estilo de pobreza. Más aún, hay que evitar el afán de poseer incluso en las cosas que usamos legítimamente.

            También se manifiesta sintiéndose obligado a la ley común del trabajo para ganarse el pan. Nuestro trabajo es el cumplimiento de la misión que se nos ha confiado. El ocio, la pereza, no darse totalmente…, son faltas contra la pobreza. A este propósito, es significativo notar que no hay una sola frase en la que el Señor o la Virgen hayan tenido que estimular a Claret al trabajo apostólico. Por el contrario, varias veces, tienen que frenarle. Él mismo tuvo que hacer el propósito de moderarse: “Haré como el criado, que hace únicamente lo que su amo quiere[…] No del criado entrometido y porfiado, que trabaja mucho y su trabajo no es aprobado y le están regañando siempre. ¡Qué lástima!”[74]. “Ya trabajarás”[75].

            Sin embargo, la conciencia del deber de trabajar no ha de llevarnos a la aceptación de los ministerios por razones económicas. Aunque tengamos derecho a vivir del altar, tenemos que mostrarnos generosos, desprendidos y no sedientos de ganancia. Desechar un ministerio en favor de otro, simplemente porque en uno se gana menos, iría contra el espíritu de pobreza claretiana.

            De todo ello se deduce que, cuando experimentemos los efectos de la pobreza, debemos incluso alegrarnos. En una sociedad que juzga a las personas por lo que tienen y no por lo que son, el Evangelio nos pide que ante todo pongamos nuestra confianza en la Providencia del Señor[76].

3.4. Aspectos jurídicos

            Referencia a estos aspectos se hace en el capítulo 18 de este manual[77].

IV. OBEDIENCIA

            A todos sus discípulos, Cristo exige la obediencia a Dios y a sus representantes en la Iglesia. Les exige, así mismo, que se sometan los unos a los otros (cf. Ef 5, 21) y se sirvan mutuamente (cf. Mt 20, 26; 23, 11), se ayuden a llevar las cargas (cf. Ga 6, 2), porque todos son hermanos (cf. Mt 23, 8), miembros los unos de los otros (cf. Rm 12, 5; 1Co 12, 25; Ef 4, 25); les manda lavarse los pies mutuamente (cf. Jn 13, 2-15) y dar la vida por los hermanos, como Cristo (cf. Jn 15, 12-14).

            En virtud del carisma claretiano, la obediencia obliga a someter la propia voluntad a los superiores legítimos cuando mandan algo según las Constituciones[78]. Ellos presiden la comunidad y la misión. También la obediencia o aceptación mutua se manifiesta a través de nuestra vida fraterna (cf. Mt 20, 20-28; Hch 2, 42-44; 4, 32-35; Ef 5, 21; 1P 3, 8-9; 5, 1-5).

1. Sentido teológico de la obediencia

            La obediencia, practicada a imitación de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), manifiesta una dependencia filial y no servil. El consagrado, adhiriéndose con el sacrificio de la propia libertad al misterio de la obediencia filial, confiesa a Cristo infinitamente amado y amante, como aquel que se complace sólo en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está perfectamente unido y del que depende en todo[79].

            Somos obedientes a Dios, a la comunidad y a los superiores en virtud de la fe. La obediencia pone de relieve en particular la fe teologal. Nos fiamos de Dios y de los hermanos que él nos da; él es nuestra confianza fundamental y decisiva, y sabemos en quien hemos puesto nuestra fe (cf. 2Tm 1, 12). La obediencia nos hace hermanos preocupados de servirse los unos a los otros, porque nos hemos puesto libremente al servicio de los demás.

            La obediencia tiene un sentido apostólico porque la misión supone el envío y porque la obediencia testimonia la libre adhesión a la voluntad del Padre. Ante “concepciones de libertad que, en esta fundamental prerrogativa humana, prescinden de su relación constitutiva con la verdad y con la norma moral (cf. VS 31-35)”[80], la obediencia se manifiesta como un carisma de servicio, testimoniando que no hay contradicción entre obediencia y libertad, ya que en la voluntad del Padre hallamos el verdadero significado de la vida humana y, por lo tanto, su meta, su verdadera libertad y el amor que le es debido[81]. Experimentamos que somos todos hijos de un mismo Padre y, en consecuencia, somos todos hermanos (cf. Mt 23, 8-9). Esta es la razón de nuestra mutua acogida, respeto y sumisión (cf. Ef 5, 21), procurando llevar los unos las cargas de los otros (cf. Ga 6, 2), superando toda forma de individualismo y viendo con espíritu de fe la acción de Dios a través de nuestros hermanos, en particular de quienes presiden la comunidad religiosa[82], porque nos fiamos de Dios a pesar de los límites humanos de los que lo representan[83].

2. Experiencia personal de Claret

            Claret, de niño, procedía siempre en conformidad con lo que le mandaban, incluso cuando, todavía adolescente, su padre le mandaba trabajar en el telar o ir a Barcelona a especializarse en su oficio[84]. La primera vez que no hizo la voluntad de su padre fue cuando creyó que Dios le llamaba a la vida sacerdotal[85]; con dolor, pero con fe, su padre no se opuso a su vocación[86]. Se entregó totalmente a buscar lo que Dios quería de él, consultando, orando y leyendo la Palabra de Dios[87]. Dejó la parroquia, cuando creyó que Dios le llamaba a una misión más universal[88].

            En Roma experimentó en qué consistía la obediencia jesuita[89]. Vuelto a España, descubrió finalmente su vocación de misionero apostólico, pero la vivió en una obediencia-misión, cuidando que el Prelado le enviara a predicar, convencido de que el misionero debe ser enviado para hacer fruto[90]. Cuando, contra sus planes, la Iglesia le pidió que fuera Arzobispo de Cuba, presentó con claridad y lealtad sus reticencias, pero dispuesto al final a obedecer[91]. En vista de las fuertes campañas contra él, y del atentado de Holguín (1 de febrero 1856), presentó a Pío IX su renuncia; sin embargo, se manifestaba dispuesto a continuar hasta la muerte si el Papa lo juzgaba así[92]. La respuesta del Papa no fue favorable. Más adelante, el 18 de Marzo 1857, recibió una carta de Isabel II en que le pedía que se trasladara a Madrid para ser su confesor. Llegado a Madrid, no se impuso a la Congregación de Misioneros; al contrario, se mostró siempre reticente a que el P. Xifré le pidiera su parecer con frecuencia[93]. Para Claret la esencia de la vida religiosa es la obediencia[94]. Por eso, exclamará: “No busco, Señor, ni quiero saber otra cosa que vuestra santísima voluntad para cumplirla, y cumplirla, Señor, con toda perfección”[95].

3. Vivencia carismática de la obediencia

            Los misioneros claretianos nos sentimos llamados a vivir carismáticamente la obediencia a Dios, la sumisión mutua entre los hermanos y la obediencia a los superiores, siguiendo el ejemplo de Cristo, como Claret, según las características que encontramos en nuestras Constituciones[96]. Veámoslo en detalle:

3.1. El fundamento bíblico-teológico

            El número 28 de las Constituciones está dedicado a la fundamentación bíblico-teológica de nuestra obediencia.

            Este número comienza exponiendo la dimensión cristológica o, mejor todavía, trinitaria de nuestra obediencia. La configuración con Cristo nos pide que nos pongamos como él, movidos por el Espíritu, en una actitud de obediencia radical a la voluntad del Padre, dentro del ámbito de la Congregación. También es para nosotros un ejemplo de obediencia la Virgen, la cual se consagró totalmente al servicio del Misterio de su Hijo.

            En la profesión religiosa, movidos por el Espíritu Santo, ofrecemos nuestras vidas a Dios y no simplemente al Instituto o a los superiores. La Congregación es el ámbito y el lugar en el que expresamos y vivimos nuestra obediencia a Dios. Sólo él es la meta final de nuestra obediencia[97]. Nos configuramos con Cristo para ofrecernos con él confiadamente al Padre, dispuestos a serle fieles, si fuere necesario, hasta la muerte y muerte de cruz. Queremos identificar nuestra voluntad con la del Padre: he ahí el significado último y profundo de nuestra obediencia.

            En síntesis, la visión trinitaria y mariana de nuestra obediencia supone tener la voluntad del Padre como meta. Para tender a ella nos configuramos con Cristo, por la acción del Espíritu en nosotros, y el ejemplo sublime de la actitud obediencial de María.

3.2. Dimensión comunitaria y apostólica

            La expone el número 29 de las Constituciones. Ante todo, se afirma una idea típicamente claretiana: al verdadero Misionero se le reconoce en la obediencia. Así vivió siempre Claret[98].

            Todos, superiores y súbditos, hemos de obedecer. Lo que se ha dicho en el número 28 de las Constituciones se aplica por igual a la Congregación o a sus enteras comunidades. Ahora bien, precisamente porque todos compartimos la misma vocación y debemos obedecerla, todos hemos de participar en la búsqueda de la voluntad de Dios. En este sentido, todos estamos obligados a ofrecer nuestra ayuda a los demás hermanos. Esta ayuda la debemos ofrecer mediante la oración, el consejo y el diálogo fraterno. El Superior ofrece su específica ayuda a los hermanos dando por terminado el diálogo cuando no se llegue a acuerdo y determinando lo que se haya de hacer, como se dirá más adelante.

            La obediencia tiene también una dimensión apostólica: obedecemos para mejor llevar a cabo la común misión en la Iglesia. La obediencia, como la castidad[99] y la pobreza[100], crea la comunidad apostólica. Nuestra obediencia no es menosprecio de la libertad, autonomía e independencia de la persona, sino libre y amorosa entrega de nuestra vida en favor de los hermanos y de la misión.

                        El último número sobre la obediencia en las Constituciones, el 32, trata de la disponibilidad misionera universal del claretiano[101]. Debe manifestarse en la aceptación del envío a cualquier parte del mundo y en estar preparado o disponible para aceptar cualquier ministerio que le fuere encomendado por la Congregación a través de los superiores[102].

3.3. La figura del superior en la comunidad

            El estilo renovado de gobierno en la Congregación responde a su naturaleza misionera y está basado también en criterios de vida fraterna, siendo un gobierno de comunión. Por eso se ejercita ordenada y subordinadamente[103]. Desde este marco, el número 30 de las Constituciones explica cuál es el papel y la misión específica del superior en la comunidad.

            El superior es, ante todo, expresión visible de la unidad de amor y de misión de la comunidad. Papel, por lo tanto, no simplemente jurídico o de control, sino espiritual, carismático: es signo visible de la unión, del amor y de la misión de todos los miembros de la comunidad.

            Por otra parte, el superior es el primer obediente en la comunidad, ya que su función no es la de hacer que los demás hagan su voluntad, sino la de ayudarles a conocer y a cumplir la de Dios. Él no es un fin, sino un medio; está al servicio de los hermanos en la búsqueda personal y comunitaria de la voluntad del Padre. Su misión es la de ser servidor, siervo de los siervos de Dios.

            Como los superiores no tienen un conocimiento automático de la voluntad de Dios, han de buscarla. El modo de hacer esto y de ayudar a los hermanos es el de escucharles de buen grado. El superior, usando los medios que la Iglesia reconoce como legítimos[104], representa a Dios en el ejercicio de su cargo, a pesar de sus límites humanos[105]. Por eso, después de esta búsqueda, queda en firme su autoridad para decidir y ordenar lo que se debe hacer[106], cuando no hay acuerdo o la urgencia lo pida. No es, pues, una figura a merced de la pura democracia comunitaria. Le corresponde en esas ocasiones tener la última palabra.

            La autoridad de los superiores se mueve y ejercita en el marco, límite y estilo señalado en las Constituciones. El modo de ejercer su autoridad debe caracterizarse por el espíritu de amor y de servicio a los demás.

3.4. Práctica de la obediencia por parte de los demás hermanos

            Ante todo, el texto del número 31 de las Constituciones nos recuerda, una vez más, que el término de nuestra obediencia es siempre Dios. Él se nos manifiesta a través de distintas mediaciones humanas. La del superior no es la única, pero sí particularmente cualificada. Dios viene a nosotros, nos interroga, espera nuestra respuesta de amor, a través de los acontecimientos y de las personas con las que nos encontramos en la vida. El superior no se identifica sin más con Dios (sólo Dios es Dios); pero es un mediador válido, legítimo y cualificado del mismo. Por eso, nuestra actitud de acogida de Dios a través de sus mediaciones debe ser pronta y perfecta.

            De ello se deriva que no debemos impugnar sino defender cuanto los superiores determinen y propongan a la comunidad. Sin embargo, puede surgir el conflicto y estar convencidos de que debemos proponer una solución diversa a la decidida por los superiores. En estos casos, debemos exponer nuestro parecer con libertad, después de haberlo consultado con Dios en la oración y permaneciendo dispuestos a aceptar lo que finalmente se decida.

            Nuestra actitud personal frente a lo mandado y en el cumplimiento de los cargos encomendados debe ser de entrega total. Con creatividad; con una obediencia voluntaria, activa y responsable[107]. Nuestra obediencia debe ser sincera, leal, responsable, abierta y dialogante. Implica una actitud de disponibilidad hecha de madurez humana y espiritual.

3.5. Aspectos jurídicos

            Referencia a estos aspectos se hace en el capítulo 18 de este manual[108].

3.6. Aspectos pedagógicos

            La formación para la obediencia implica: aceptar plenamente el proyecto de vida de las Constituciones y ser dóciles a las orientaciones del Magisterio de la Iglesia y de la Congregación; asumir un concepto adecuado de lo que supone en nuestra vida misionera la obediencia religiosa; fomentar un sano espíritu crítico, el desarrollo de la capacidad de creatividad y la confianza en los superiores; suscitar actitudes espirituales de discernimiento, de diálogo y de búsqueda personal y comunitaria de la voluntad de Dios; cumplir con exactitud los compromisos apostólicos y los cargos comunitarios; practicar el diálogo y la responsabilidad en el apostolado y discernir los dones recibidos y emplearlos con rectitud[109].



[1] Cf. CC 3; CC 4; cf. VC 22; cf. 9, 72.

[2] Cf. CC 61; cf. también CC 7, 10-19; Dir 36-54, 195; NPVM II, pp.167-259.

[3] En la Edad Media el termino consejo opuesto a precepto dio lugar a la falsa y desafortunada teoría de la doble vía de santificación.

[4] Cf. LG 42; cf. también LG 39; PDV 27.

[5] Cf. VC 19, 31.

[6] La tríada clásica nació en los ambientes canonicales del s. XII, como sustituto de la trilogía benedictina (estabilidad, conversión, obediencia) y se conformó posteriormente en las órdenes mendicantes: Regla de los Tinitarios 1198, Regla de san Francisco 1221, Carmelo 1226. Santo Tomás presenta los tres consejos como los goznes en torno a los cuales gira toda la vida religiosa (cf. I, II, 108, 4).

[7] Cf. LG 43.

[8] Cf. LG 39.

[9] VC 30.

[10] Ibid.

[11] Cf. LG 44; PC 1.

[12] Cf. Dir 311.

[13] Cf. LG 45.

[14] Sobre el concepto de voto en general y sus clases cf. CIC 1191-92.

[15] Cf. LG 45c; CIC 607,2; 654; 1192,1. Algunos institutos han añadido un cuarto o quinto voto, relativo al propio carisma.

[16] EEVR II, 14.

[17] Cf. EEVR II, 15.

[18] Cf. PI 16.

[19] Cf. PI 16-17; ET 11; CIC 598.

[20] Cf. CC 1-3; Aut 488-494.

[21] Cf. VC 16.

[22] Cf. VC 87.

[23] Cf. VC 35, 38.

[24] VC 36.

[25] Cf. VC 16.

[26] Cf. VC 88.

[27] Ibid.

[28] Cf. NPVM II, pp. 265-273.

[29] Cf. Aut 53.

[30] Cf. Aut 72.

[31] Cf. Aut 95-98.

[32] Cf. Aut 101.

[33] Cf. Aut 393-397.

[34] Cf. Aut 95-98, EA 518.

[35] Cf. CC 2-5, 20.

[36] Cf. CC 20-22; cf. también Dir 55-62; NPVM II, pp.261-310; PGF 61-65.

[37] Cf. CC 8, 61; Dir 35; EEVR 431-506.

 

[38] Cf. “Aspectos jurídicos del noviciado”, IV, 1.3, 1º.

[39] Cf. también PGF 65.

[40] Cf. PC 12. No habla de la amistad, como posible ayuda; pero tampoco la niega. Y de hecho en CC 16 la supone como algo positivo. Cf. Dir 151; 1VR 29, 36.

[41] Cf. VFC 28.

[42] Cf. Dir 60.

[43] VC 21; cf. 22.

[44] Cf. VC 16.

[45] Cf. VC 89.

[46] Cf. VC 90.

[47] Cf. VC 82, 90.

[48] Cf. VC 105.

[49] Cf. Aut 31; cf. también Aut 9, 10, 20, 32; en general sobre la pobreza de Claret cf. NPVM II, pp. 317-323.

[50] Cf. Aut 56, 59.

[51] Cf. Aut 73-75.

[52] Cf. Aut 130-135.

[53] Cf. EA, pp. 523-524; Aut 357-371; Aut 429-433.

[54] Cf. Carta a D. José Caixal EC, I, p. 316.

[55] Testimonio del Marqués de la Pezuela (cf. NPVM II, p. 322).

[56] Cf. Aut 562-572.

[57] Cf. Carta a D. Paladio Curríus EC II, 1423; EAE, p. 916.

[58] Cf. EAE, pp. 462-46; EA, p. 445. Pobre de todo menos del testimonio de la buena conciencia (cf. EC II, p. 1410; EAE, pp. 912-914).

[59] Cf. PIC ses. 4; sobre sus deseos de martirio, en 1868, cf. EA, pp. 662, 683, 687; sobre Claret y su imitación de la pobreza de Cristo y de los apóstoles, cf. EE, pp. 298-299; NPVM I, pp. 237-242. El Señor le concedió la muerte que deseaba (cf. Aut 467).

[60] Cf. Vida admirable…, 350; cf. también EA, pp. 692-694.

[61] Cf. CC 5, 23-27; PGF 66-71.

[62] Cf. CC 1870 y 1924.

[63] Cf. CC 49.

[64] Cf. ET 17-18; CC 26; MCH 25, 100, 175-176, 184; CPR 87-88; SP 20; EMP 25.

[65] Cf. CC 10.

[66] Cf. MCH 173-176.

[67] Aut 357-371.

[68] Cf. CPR 87-90.

[69] Cf. Dir 531-532.

[70] Cf. ET 17.

[71] EA, p. 524.

[72] Los Capítulos Generales del postconcilio han insistido en la vivencia de las exigencias de nuestra pobreza y de nuestra misión desde la perspectiva de los pobres y necesitados: opción evangelizadora (cf. MCH 173), estilo de vida (cf. MCH 225; CPR 87-90 y EMP 25-26)e inserción comunitaria y formativa (cf. CPR 80; SP 27.5 y PGF 71, 177-178).

[73] Cfr. también PGF 69.

[74] EA, p. 551, prop. 7; cf. también EA, pp. 518-519.

[75] EA, pp. 640, 654.

[76] Cf. Aut 363.

[77] Cf. “Aspectos jurídicos del noviciado”, IV, 1.3, 2º.

[78] “En aquellas cosas que pertenecen directa o indirectamente a la vida del instituto” CC 28; cf. también CC 30.

[79] Cf. VC 16.

[80] VC 91.

[81] Cf. Ibid.

[82] Cf. VC 43, 46, 47.

[83] Cf. VC 92.

[84] Cf. Aut 29; Aut 36; Aut 56. En general, sobre la obediencia de Claret, cf. NPVM II, pp.388-398.

[85] Cf. Aut 63-64.

[86] Cf. Aut 77-78.

[87] Cf. Aut 85; cf. también Aut 113-120.

[88] Cf. Aut 121.

[89] Cf. Aut 149-151.

[90] Cf. Aut 192-198.

[91] Cf. Carta al Nuncio Brunelli: EC I, p. 306; EAE, pp. 822-823.

[92] Cf. Carta a Pio IX: EC I, pp. 1172-1176; EAE, pp. 838-840.

[93] Cf. Carta al P. Xifré: EC II, pp. 1171-1173.

[94] Cf. Carta a la M. Antonia París: EC II, pp. 1201-1204.

[95] Aut 445, 755; cf. 671: la comparación del perro; NPVM I, pp. 242-245.

[96] Cf. CC 5, 28-32, 65; cf. también Dir 74-83; PGF 72-76; NPVM II, pp. 383-435, III, pp. 264-283.

[97] Cf. PC 14.

[98] Cf. Aut 192, 194, 195, 198, 454.

[99] Cf. CC 21.

[100] Cf. CC 24.

[101] Cf. CC 49; NPVM II, pp. 695-712.

[102] Véanse los números de las Constituciones comentados en otros capítulos: CC 6 sobre la obediencia al Papa; CC 65 sobre la obediencia de los novicios; CC 93-96 sobre el modo de ejercer la autoridad; y CC 110 sobre la reunión plenaria de la comunidad local.

[103] Cf. CC 93-97.

[104] Entre ellos, la Palabra de Dios, las Constituciones, el Directorio y demás directivas de la Congregación, el bien de la Iglesia y de los hermanos, el diálogo sincero, los signos de los tiempos…

[105] Cf. VC 92; cf. MR 12.

[106] Cf. CC 30; PC 14.

[107] Cf. PC 14.

[108] Cf. “Aspectos jurídicos del noviciado”, IV, 1.3, 3º.

[109] Cf. PGF 76.

Related posts: