Capítulo 9 La comunidad claretiana

Capítulo 9

 

La comunidad claretiana

La dimensión comunitaria de nuestra vida misionera experimentó una profunda renovación en la etapa posterior al Concilio Vaticano II. Este Concilio no consideró la comunidad especialmente consagrada sólo desde una perspectiva ascética, moral o jurídica. Tampoco le dio un tratamiento meramente disciplinar, centrado en la observancia de normas bajo una fuerte autoridad jerárquica, como se venía haciendo con anterioridad. El Vaticano II hizo de la comunidad una valoración teológica y la presentó como misterio de comunión. A la luz de estas orientaciones conciliares, nuestra Congregación renovó profundamente su vida comunitaria[1].

            Para desarrollar el tema de la comunidad claretiana, vamos a dividir la presente reflexión en tres apartados:

I. FUNDAMENTOS BÍBLICO-TEOLÓGICOS.

II. CARACTERÍSTICAS CARISMÁTICAS.

III. DINAMISMO INTERNO.

I. FUNDAMENTOS BÍBLICO-TEOLÓGICOS

            La comunidad claretiana no es un grupo meramente humano. Es una comunidad suscitada por el Espíritu en la Iglesia a través de san Antonio Mª Claret. Por esto, el P. Fundador la cimentó en el don especial del Espíritu que es la caridad. En las Constituciones de 1857 presentaba la caridad como unión fraterna. En las de 1865, este capítulo pasó a titularse De la caridad fraterna, pero dichas Constituciones y las sucesivas no tenían un capítulo específico sobre la comunidad[2]. Se introdujo a partir del Capítulo General especial de renovación de 1967. El texto definitivo sobre la comunidad misionera señala como fundamento de la misma los modelos bíblicos que Claret pone a la base de la comunidad en sus escritos. Son modelos vinculados a la persona de Jesús: la comunión trinitaria revelada por el Hijo enviado (misionero), en continua comunión con el Padre y con el Espíritu[3]; la comunidad apostólica que estableció con los Doce[4] y la primitiva comunidad de Jerusalén, edificada como comunión en Cristo por la fuerza del Espíritu[5]. Junto a estos modelos inspiradores de la comunidad claretiana, las Constituciones resaltan en concreto la caridad como fundamento que edifica nuestra comunión. Se subraya, de esta manera, que la caridad es el ceñidor de la unidad en los tres modelos señalados y el don primero y más necesario para regir e informar toda la vida misionera, y sobre todo la comunitaria, como indicó el mismo P. Fundador en la Autobiografía y en las Constituciones de 1857 y de 1865[6].

1. La comunión trinitaria

            Origen, fuente y modelo de nuestra vida comunitaria, como decía Claret[7], es la comunión trinitaria. El modelo teológico de comunión parte del dato de que Dios ha intervenido en la historia y se ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los Tres se nos revelan viviendo tal grado de comunión que son desde siempre Uno. La Trinidad se entrega a nuestro conocimiento en la vida y en la práctica de Jesús. En él hemos llegado, además, a comprender lo que significamos para Dios, hasta qué límites se han comprometido las tres Divinas Personas por nosotros y la comunión a que nos llama (cf. Ef 2, 4-9).

 

1.1. Perijóresis

            La comunión trinitaria es fundamento de la comunidad claretiana, pero ¿cómo entender esa comunión? Los rasgos más específicos de la comunión trinitaria los ha expresado la tradición cristiana con un término griego difícil de traducir: perijóresis. La teología entiende la perijóresis como la recíproca entrega y acogida que se hacen entre sí las tres divinas personas. Esto hace existir a cada una en las otras sin confusión ni separación. En la comunión trinitaria, las personas divinas existen como pleno don de sí y se reciben a sí mismas en la reciprocidad de las otras[8]. En la Trinidad ser y darse coinciden. La perijóresis es un término que expresa una unión impensable entre seres humanos. Por eso, en parte, nos resultará siempre imposible comprender esa intercompenetración plena de amor y de vida de la comunión trinitaria. Pero sí podemos vislumbrar por dónde se ha de entender la Unidad de la Trinidad.

1.2. Comunión abierta

            La comunión de las tres divinas personas está abierta a toda la humanidad y a toda la creación. La intervención salvífica de la Trinidad en la historia origina dos nuevos ámbitos de comunión más amplia: la comunión entre Dios y los hombres y la comunión de los hombres entre sí. Obviamente, en ambos casos, se trata de una comunión de rango distinto al trinitario (cf. Jn 17,21).

1.3. Dinamismo de la comunión intratrinitaria

            La intimidad de Dios nos la ha revelado Jesucristo (cf. Jn 1,18). En este sentido, si el amor que Cristo manifiesta desde el momento de su encarnación hasta el de su muerte tiene como rasgo característico el anonadamiento (kénosis, cf. Flp 2,7-8), esto quiere decir que el anonadamiento es el dinamismo intratrinitario del amor. Si el amor de Cristo tiene ese dinamismo, es porque lo tiene el de la Trinidad. Cristo revela la intimidad de Dios.

            En conclusión, la comunión del Dios Trinidad y su compromiso de hacer posible en la historia un Reino de comunión, es fundamento, modelo y misión de la comunidad claretiana[9]. Ésta tiene en la comunión trinitaria y en su dinamismo de comunión el referente más creativo y dinamizador. Por eso, la comunión de la comunidad claretiana “… es un espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia del Señor resucitado” y “un ámbito humano habitado por la Trinidad”[10].

2. Comunidad apostólica

            La comunidad claretiana tiene, además, como fundamento la comunidad de Jesús con sus seguidores. Presentamos brevemente los valores y actitudes que se viven en esta comunidad, por ser prototipo para la claretiana.

2.1. Jesús constituye una comunidad

            Jesús vino a realizar el designio de comunión del Dios-Trinidad. Por eso se nos presenta durante su vida pública formando comunidad con los apóstoles, como realización paradigmática del misterio de la unidad: “instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13; cf. Mc 1, 16-20). Se trata, pues, de compartir un proyecto de vida y de misión y ser signo viviente de la llegada del Reino escatológico de Dios[11].

2.2. Valores y dinamismo de la comunidad de Jesús

            La comunidad de Jesús con sus seguidores estaba internamente cohesionada por unos principios, valores y actitudes pedidos por el mismo Jesús para hacerla posible y animada:

a) En general, podemos decir que el aglutinante primero de esta comunidad era el seguimiento de Cristo y la acogida del Evangelio del Reino, centrado en el amor reconciliador de Dios Padre, que revela la actividad misionera de Jesús (cf. Jn 13, 34-35).

b) Más en concreto, Mateo en el capítulo 18 recoge una serie de enseñanzas de Jesús a los Doce sobre los valores y actitudes necesarios para llevar a buen puerto la comunidad de vida que les proponía. Lógicamente los apóstoles recomendaron estas enseñanzas a las primeras comunidades cristianas (cf. 1P 1, 22; 3, 8-9) y, de esta forma, como palabras de Jesús dichas originariamente a sus discípulos, pero entregadas por estos a todos los cristianos, se han conservado en el Evangelio. Desde esta perspectiva más concreta, la comunidad se construye mediante una caridad fraterna hecha realidad en una serie de actitudes que consisten en:

Humillarse, ser sencillo (cf. Mt 18, 4; Flp 2, 7-8). Esta actitud fundamental lleva consigo acoger a los pequeños, como Jesús (cf. Mt 18, 10; cf. también Mc 9, 36 + 38-40) y la igualdad fraterna ante Dios, el único Padre y Maestro (cf. Mt 23, 8-9).

• Hacerse servidor, como el mismo Jesús que se ha hecho servidor de todos (cf. Mc 9, 33-35). Se trata de un servicio exigente, hasta dar la vida (cf. Mt 18, 8-10); en espíritu de sacrificio hasta entregarla (cf. Mc 10, 42-45; Mc 10, 43-45; Lc 22, 24-27; Jn 13, 1.3-17)[12].

Interesarse por los hermanos que lo necesiten, sobre todo, mediante la corrección fraterna (cf. Mt 18, 15-18; cf. también Lc 17, 3).

• Y perdonar sin límite las ofensas (cf. Mt 18, 21 ss.).

c) Particular relieve da Jesús en la construcción de su comunidad a la oración en común (cf. Mt 18, 19-20; cf. también Lc 11, 1-4; 10, 2; Jn 18, 2) y se puede añadir el descanso (cf. Mc 6, 31), aunque no se encuentre entre los principios y actitudes que contiene Mt 18. Descansar juntos es un medio para favorecer la fraternidad apostólica.

d) Por otro lado, la unión de Jesús con los Doce y la unión de éstos entre sí es para enviarlos a predicar. La fraternidad es para la misión. De hecho, la comunidad apostólica es una comunidad misionera (cf. Mc 6,7 ). La misión construye la comunidad y ha de ser realizada desde la comunidad, es decir, desde la unidad para que el mundo crea (cf. Jn 17, 20-21).

            Como conclusión, la comunidad de Jesús con los apóstoles es modelo inspirador de la comunidad claretiana. Los valores y actitudes señalados son los que el P. Fundador deseaba que se vivieran en la Congregación e inspiraran el modo concreto de vivir nuestra caridad fraterna.

 

3. La primera comunidad de creyentes

            Otro modelo comunitario que recogen las Constituciones es la primera comunidad de creyentes.

3.1. El resurgir de la comunidad

            La comunidad apostólica se dispersa tras la muerte de Jesús (cf. Mt 26, 31). Después de la resurrección, Cristo recompone la comunidad y la sigue convocando a través del Espíritu (cf. Hch 2, 47; 5, 14). Los apóstoles transmiten la experiencia comunitaria que habían vivido con el Jesús histórico (cf. 1P 1, 22; 3, 8-9). En línea con esta experiencia y, como su prolongación, nace y vive la comunidad de Jerusalén. El ideal de vida fraterna, apostólica y litúrgica que late en esta pequeña pentecostés de Jerusalén, se expresa en una serie de hechos. Este ideal ha llegado hasta nosotros en los llamados sumarios o resúmenes de los Hechos de los apóstoles (cf. Hch 1, 4; 2, 42-47; 4, 32-35; 5, 12-16).

3.2. El ideal de la comunidad de Jerusalén

            La primitiva comunidad de Jerusalén tenía como meta vivir en comunidad (cf. Hch 2, 44.47), es decir, formar un grupo humano convocado por la iniciativa y la fuerza del Señor, interrelacionado y unido por lazos fraternos. A este grupo preexistente, siempre por la iniciativa y la fuerza del Señor, se agregaban otras personas que se integraban plenamente en él. Para vivir en comunidad tuvieron como ideal:

a) Poseer un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4, 32; Flp 2, 2). Lucas describe a los miembros de la comunidad cristiana de Jerusalén como amigos que compartían el alma. Tenían también un sólo corazón. El corazón es sede de la fe, la esperanza y el amor (cf. Rm 5, 2-5). Así, la comunidad cristiana de Jerusalén no sólo compartía la amistad, sino la misma fe, esperanza y amor, en una donación personal recíproca. San Pablo dice, de una manera sintética, que los miembros de la comunidad estaban animados del “mismo espíritu” y tenían “los mismos sentimientos” (Flp 2, 2; cf. también 2Co 13, 11 y Rm 12, 16; 15, 5).

b) Expresar y acrecentar la concordia en la oración. La unanimidad y concordia, a que se acaba de aludir, guarda una relación con la oración y la eucaristía (cf. Hch 1, 14; 2, 46; 4, 24; 5, 12). La comunión de corazones se pone particularmente de manifiesto y se expresa, se crea y se acrecienta mediante la escucha de la Palabra de Dios y la acogida de la enseñanza de los apóstoles. La unanimidad y concordia tiene mucho que ver también con la fracción del pan. La eucaristía ocupa un puesto decisivo en la primera comunidad cristiana y constituye la máxima realización y expresión de la comunión de todos en Cristo.

c) Traducir la comunión en la puesta en común de los bienes. En el retrato idealizado que Lucas va haciendo de la comunidad, presenta a los cristianos compartiendo los bienes como expresión material de la concordia y unanimidad en la fe, la oración y el espíritu (cf. Hch 2, 42). El punto de vista bajo el que se mira la puesta en común de los bienes, no es el del derecho, ni el de la educación social, ni el de la amistad. En última instancia, la motivación de la puesta en común de los bienes es la moción libre del Espíritu (cf. Hch 5, 3.9).

d) Ser una comunidad testimoniante y misionera. Finalmente, el ideal de vida de la comunidad de Jerusalén incluye la misión. Es una comunidad orientada a la actividad apostólica: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15; cf. Mt 28, 19; Jn 20, 21). El P. Fundador la compararía con una colmena[13]. La comunidad debe ser testigo de unidad para crear comunión, con aquellos que aceptan por la fe la Palabra (cf. 1Jn 1,1-3). Sólo así experimentará cómo, a través de ella, el Espíritu realiza los signos del Reino.

            Como conclusión, el ideal comunitario de la comunidad de Jerusalén fundamenta e inspira la comunidad claretiana, indicándole las metas a que ha de tender. Su ideal se convierte en el nuestro. El P. Fundador quería que la Congregación lo tuviera muy presente. Las comunidades que él presidió, en Vic y Cuba sobre todo, estuvieron animadas de este espíritu. Entrar en la comunidad de la Congregación es integrarse en una gran tradición espiritual y comprometerse en fidelidad creativa con ella[14].

4. La caridad, el don primero y más necesario

            “Dios es amor” (1Jn 4, 8). El amor que viene de Dios, ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5). Es indispensable en nuestra comunidad porque sobre la caridad se edifica la comunión[15]. El amor de Dios derramado en nuestros corazones se convierte en amor a él, en celo apostólico y en caridad fraterna. La caridad fraterna es la conclusión y el elemento determinante de los modelos comunitarios que se acaban de presentar. Cristo la puso como mandato nuevo. Fue el fundamento de su comunidad con los Doce y el alma de la Iglesia de Jerusalén.

II. CARACTERÍSTICAS CARISMÁTICAS

            La configuración de la comunidad claretiana queda definida por una serie de características carismáticas y por el conjunto dinamismos en que se expresa y se realiza la vida fraterna. En este apartado nos ocupamos de las características que se derivan del carisma. El conjunto de dinamismos, o lo que es lo mismo, el dinamismo interno de la comunidad, será estudiado en el apartado siguiente. Nos fijamos, pues, en las características derivadas del carisma:

1. Comunidad de gracia

            La comunidad claretiana tiene su origen en un don del Espíritu, en la gracia. No es una comunidad suscitada por la iniciativa meramente humana (amor, amistad, objetivos humanos…). En las Constituciones, la Congregación profesa la fe en la gracia que ha recibido del Espíritu en la Iglesia[16]. Este origen sitúa la comunidad claretiana en una perspectiva de historia de salvación y suscita una actitud agradecida ante la generosidad de Dios.

            Es Dios mismo el que, a través de los dones carismáticos de su Espíritu y la mediación de san Antonio Mª Claret, ha suscitado la comunidad congregacional en la Iglesia para su utilidad y edificación. La comunidad claretiana, por tanto, hay que entenderla primordialmente en el plano de las comunidades de gracia suscitadas por el Espíritu. Esta es una clave de comprensión que conviene percibir con claridad.

2. Naturaleza misionera

            El origen carismático ofrece además una segunda clave de comprensión de la comunidad claretiana. La comunidad congregacional tiene su origen en un carisma específicamente misionero universal de servicio de la palabra, como es el de Claret[17]. De ahí recibe su impronta y desde ese carisma se configura como una comunidad de naturaleza misionera universal.

            La colaboración en el ministerio de la palabra pertenece al origen mismo de nuestra vida comunitaria[18]. Ese ministerio y sus urgencias apremiantes llevaron a san Antonio Mª Claret a hacer con otros lo que no podía llevar a cabo solo[19]. En torno al ministerio de la palabra se constituye nuestra comunidad. Así sucedió en el momento de la fundación y así sucede en el decurso del tiempo:

2.1. En la fundación de la Congregación

            El don de gracia recibido por Claret le fue haciendo descubrir progresivamente la necesidad de la comunidad para poder realizar la misión evangelizadora universal a la que él se sentía llamado:

• Comenzó a misionar solo y a pie ante la imposibilidad de evangelizar Cataluña con un equipo de sacerdotes, supliendo lo que no podían hacer los religiosos suprimidos[20];

• su ingreso en el noviciado de la Compañía de Jesús fue un período de formación comunitaria para la misión[21];

• más tarde, creó un grupo de discípulos y colaboradores que trabajaron en equipo con un determinado estilo común de vida apostólica mientras daban, de forma compartida, misiones en Cataluña[22];

• la imposibilidad de misionar en Cataluña por la guerra civil, hizo aflorar en él el deseo de extender su trabajo y el de sus colaboradores a otras regiones españolas[23], recomendando, a este fin la vida de comunidad y, cuando ésta no fuera posible, la unión en el espíritu (comunión), aunque visiblemente estuvieran separados[24];

• un año más tarde, para predicar misiones por España, tenía previsto fundar la “Hermandad de Jesús y María” con una cierta organización que incluía la vida de comunidad[25], pero no pudo realizar esta idea porque fue invitado por el obispo Codina a evangelizar las Islas Canarias y todo quedó aplazado hasta su vuelta;

• finalmente, después de experimentar de manera acuciante la necesidad de evangelizadores universales[26], y de recibir en los ejercicios de abril de 1849 una iluminación espiritual, atribuida a la Virgen[27], acabó de perfilar su idea de fundar la Congregación de los Hijos de Inmaculado Corazón de María con vida de comunidad estable, y diversa de la Hermandad de Jesús y María, ya que con el tiempo habría de extender su apostolado a diversos países[28]. El espíritu de Claret es para todo el mundo[29].

2.2. En el decurso del tiempo

            Compartir un proyecto carismático de misión será lo que cree la comunidad claretiana de todos los tiempos y la mantenga animada por el Espíritu. Una comunidad claretiana no lo es sólo por el mero nombramiento o elección de sus miembros, ni porque se reúnan en un lugar. Lo es sobre todo desde el servicio eclesial, entendido y realizado comunitariamente.

            La naturaleza misionera es, en conclusión, la clave más importante de comprensión de la comunidad claretiana. La actividad apostólica pertenece a su naturaleza[30]. La comunidad claretiana es, por tanto, una comunidad para la misión y en misión permanente. Evangeliza con su ser y con su hacer[31].

3. Verdadera fraternidad

            El carisma claretiano origina también una comunidad que es una verdadera fraternidad. La comunión de vida es esencial a nuestro ser de evangelizadores.

            La configuración de la fisonomía de la comunidad claretiana no se debe solamente al Fundador. Interviene también, de forma decisiva, la comunidad fundacional. Esa fue la comunidad carismática originaria. En ella se dibujó de manera paradigmática el rostro espiritual de la Congregación. Según esto, la exposición de la clave que nos ocupa requiere que volvamos ahora rápidamente la mirada a la comunidad fundacional de Vic.

            El 16 de julio de 1849, cinco sacerdotes, a quienes el Señor había dado el mismo espíritu que a Claret[32], abandonaron sus parroquias y beneficios para entregarse con él, libre y plenamente, al ministerio de la predicación universal. La vida de aquella comunidad tenía un sentido y una modalidad bien precisa. El mismo Fundador ofrece en la Autobiografía y en sus cartas las características fundamentales del grupo:

            “Estamos ocupadísimos desde las 4 de la mañana a las 10 de la noche. Estamos de tal manera ocupados, que, como una continua cadena, una ocupación está eslabonada con la otra. Nuestras ocupaciones son oración mental, vocal, oficio divino, conferencias de catequizar, predicar, de oír confesiones, de moral, de mística, de ascética… y nos ejercitamos en todas las virtudes, especialmente en la humildad y caridad y vivimos en este colegio, vida verdaderamente pobre y apostólica”[33].

 

Se trataba de una comunidad misionera y, al mismo tiempo, de una comunidad fraterna.   Lo que se dice de la comunidad de Vic vale igualmente para la casa del Arzobispo en Cuba, Madrid, París o Roma. En Cuba Claret y sus compañeros hacían el mismo modo de vida que en la Merced[34]. Era una comunidad misionera, organizada como una colmena[35]. Pero también aparece como una comunidad fraterna en la que todos se amaban y reinaba la fe, la caridad y la presencia del Espíritu[36].

            Por consiguiente, la Congregación llega a constituirse como comunidad desde la colaboración en el ministerio de la palabra y desde la fraternidad. Para entender adecuadamente la integración de ambos aspectos en la comunidad es necesario mantener un sabio equilibrio: ni poner el énfasis en la comunidad fraterna con detrimento de la comunidad misionera, ni minusvalorar la comunidad fraterna hasta hacerla irrelevante. Nuestra fraternidad es apostólica. Es cuestión de prioridades. Y no es esto irrelevante, sino de gran importancia porque determina una fisonomía, una identidad[37] y tiene sus consecuencias prácticas: la comunidad de vida habrá de estar siempre polarizada por la misión y la comunión habrá de ser construida en una tensión creativa e integradora entre los valores prioritarios de la misión y los acentuados de la fraternidad.

4. Pertenencia congregacional

            Es necesario tomar conciencia de que, mediante el carisma claretiano, que confiere una misión universal, el Señor nos ha llamado a formar parte de la Congregación en cuanto tal. La Congregación, extendida por todo el mundo, es nuestra primera comunidad de pertenencia[38].

            Ahora bien, la vida misionera se realiza de modo peculiar en la comunidad local[39]. Por eso, desde la pertenencia a ella se vive y expresa cualquier otra pertenencia congregacional:

 

• en comunidad y desde la comunidad, compartiendo con los hermanos que integran la comunidad local la comunión de carisma, vocación y misión congregacional; la vida fraterna y la misión de la comunidad local, y gozando de las estructuras y medios para crear y animar todo eso. La pertenencia congregacional se realiza y expresa plenamente a nivel local;

en comunión y desde la comunión, compartiendo con los hermanos de Congregación, Provincia o de cualquier organismo intermedio, aunque no se conviva con ellos, el mismo don del Espíritu, la misma vocación y misión congregacional.

5. Comunidad viva y encarnada

            Finalmente, un rasgo fundamental de la comunidad claretiana, como fraternidad apostólica, y una clave de lectura de la misma, lo constituye el deber que tiene de actualizar el carisma claretiano y desplegar las virtualidades del mismo, adaptándolo a las diversas situaciones culturales e históricas[40].

                        Ya el P. Fundador fue desarrollando, a lo largo de su vida, el don recibido, desplegando sus virtualidades, según las necesidades de la Iglesia y del mundo. Se convirtió, así, en un ejemplo orientador para la Congregación. “Nuestros últimos Capítulos Generales, ‘a ejemplo de Claret y en sintonía con la Iglesia de nuestro tiempo’ (MCH 4), buscaron en la vida y en el caminar de la humanidad los signos y la voz del Dios del Reino”[41]. Como ellos, cada comunidad ha de intentar ser continuadora de Claret en el hoy del pueblo en que está inserta y configurar desde ahí su estilo de vida, su espiritualidad, su fraternidad, su ministerio de la palabra…[42].

III. DINAMISMO INTERNO

            La comunidad claretiana, queda configurada por las características carismáticas que acabamos de señalar, y además por el conjunto de dinamismos en que la vida fraterna se expresa y realiza. Este dinamismo interno, que se presenta ahora en clave claretiana, da a nuestra comunidad una fisonomía propia, un “aire” o estilo singular.

            Ahora bien, los dinamismos pueden ser considerados, desde otra perspectiva, como medios. Por tanto, las realidades que vamos a tratar se denominan dinamismos por la energía que encierran para desencadenar procesos dinámicos en los que se expresa y realiza la comunión y comunidad. Se denominan medios en cuanto son acciones útiles para realizar, animar y acrecentar la misma fraternidad transmitiendo determinados valores[43].

            Los dinamismos-medios más importantes se encuentran propuestos en las Constituciones[44]. Unos están relacionados con el amor a Dios y a Jesucristo, otros con la caridad fraterna y un tercer grupo con la caridad apostólica:

1. La Eucaristía

            La comunidad claretiana ha vivido siempre de la Eucaristía y se ha construido en torno a ella. Desde su comienzo la tuvo en gran aprecio. Los primeros actos de comunidad fueron las visitas al Santísimo[45]. No podía ser de otra manera sabiendo la importancia que tuvo para el Fundador, que llegó a recibir el don de conservar en su pecho las especies sacramentales[46]. Es característico de la comunidad claretiana tener una fuerte impronta eucarística.

            La Eucaristía expresa y realiza nuestra comunidad y urge su entrega a la misión. Mediante la celebración de la Eucaristía y el culto a ella, el Espíritu irrumpe en la comunidad y, haciendo presente el Misterio Pascual de Cristo, reúne a sus miembros en virtud de la reconciliación lograda por la Pascua. La Eucaristía es el sacramento de la unidad, de la comunión en Cristo, de la filiación divina y de la fraternidad, del misterio de su cuerpo entregado en el tiempo. La Eucaristía además nutre, alimenta y fortifica la comunidad creada.

            Por su naturaleza la Eucaristía está ligada a una comunidad celebrante concreta, a un lugar y a un tiempo bien delimitados. Nuestra fraternidad apostólica local ha de celebrar diariamente la Eucaristía[47] y redescubrir la cotidianidad, siguiendo el ejemplo del P. Fundador, y haciendo vida cada día las grandes realidades que están en el centro de su celebración: el memorial, el sacrificio y el banquete[48]. En las comunidades formativas, la participación diaria en la celebración de la Eucaristía debe ser el acto de comunidad fundamental[49]. La concelebración, como forma de vivir comunitariamente la Eucaristía y de construir la comunidad desde ella[50], goza entre nosotros de una singular estima.

            No obstante, la dimensión eucarística de la comunidad local también ha de girar en torno a la reserva del Santísimo en el sagrario. Las Constituciones y el Directorio siguen recomendando esta adoración y culto[51].

2. La oración

            La oración, ya sea personal[52], litúrgica o comunitaria es un dinamismo-medio que ocupa un puesto prioritario en nuestra comunidad misionera.

            La oración de la comunidad claretiana es, por un lado, ejercicio y expresión de la perfecta fraternidad en Cristo[53]. Supone la concordia y la unanimidad y tiene la garantía de la presencia de Cristo (cf. Mt 18, 19-20). Por otro lado, nuestra oración comunitaria construye, además, la comunidad. La oración alcanza del Espíritu el don que nos une en comunión[54]. La oración, basada en la Palabra, es diálogo y encuentro con Cristo que está en medio de nosotros. Y todo encuentro es, en menor o mayor medida, comunicación mutua (cf. Jn 14, 21). Así la oración nos transforma en Cristo y nos configura con él.

            En la Congregación, la oración comunitaria -a la que la comunidad ha de dedicar todos los días al menos media hora- toma forma, como encuentro y diálogo comunitario con el Señor, especialmente en la escucha de la Palabra, en la oración litúrgica, en la oración compartida y en la oración apostólica[55]. En la conformación de nuestra oración comunitaria juega un papel importante María, siempre presente en la comunidad inspirando su vida como la que escucha la palabra de Dios, es fiel a sus designios y está atenta a las necesidades de los pobres y necesitados para anunciarles la misericordia de Dios[56].

3. Estilo de vida familiar

            Es uno de los dinamismos-medios más característicos de la comunidad claretiana. Ya hablamos del peso que el P. Fundador concedía a la fraternidad, aunque la prioridad la tuviera la misión[57].

            El estilo de vida familiar de nuestra comunidad se configura con una fuerte impronta teologal. La comunidad claretiana es una “familia reunida en el nombre del Señor y goza de su presencia (Mt 18, 20)”[58]. Esta fuerte impronta teologal no impide que nuestra comunidad se configure también con referencia a la familia natural. En la comunidad claretiana se viven valores del grupo humano que ayudan ciertamente a una comunión cada vez más concreta y profunda. El estilo de vida familiar queda también marcado por la impronta cordimariana y abierto a otras personas y grupos. El modo peculiar de vivir todos estos rasgos confiere a nuestra fraternidad un estilo de vida familiar propio.

3.1. Relaciones fraternas

            Por su impronta teologal, nuestro estilo de vida familiar se expresa y realiza sobre todo mediante la vivencia de la caridad fraterna. El modo como se concreta este dinamismo-medio está ofrecido en los números 15-19 de las Constituciones. Lleva consigo la vivencia de una serie de rasgos: acoger el mandato del Señor y el ejercicio de todas las virtudes (n. 15); hablar con humildad y amor, no murmurar, no juzgar y practicar el perdón (n. 16)[59]; mantener la unidad en la diversidad de origen, cultura e ideas, así como en la diversidad de dones y practicar la hospitalidad (n. 17)[60]; cuidar de forma privilegiada a los ancianos y enfermos (n. 18)[61] y vivir en comunión con los hermanos que nos precedieron (n. 19)[62]. Una forma privilegiada de edificar la comunidad desde la caridad es la corrección fraterna[63].

            Para que nuestro amor fraterno fundamente la comunidad, siendo testimonio del amor de Dios y de Cristo, ha de tener las características con que ellos lo viven y ha de ser eficaz, traduciéndose en sentimientos, comportamientos, iniciativas, actitudes, creatividad; reconciliador, concretándose en un proceso de cruz, en un profundo olvido de sí mismo, llevado a la práctica en la concesión del perdón, la aceptación de los fracasos, la ascesis personal hasta destruir toda frontera de enemistad, odio y cualquier red de oposiciones y barreras (cf. Ga 3, 28); gratuito, amando como Dios, sencillamente porque el dinamismo del amor exige darse a todos, amarlos porque Dios los ama, buscar su bien, su promoción, su salvación y universal, extendiéndose a buenos, malos y enemigos (cf. Mt 5, 43-47). Estas cualidades del amor no suponen aceptar la injusticia y permanecer impasibles ante situaciones de pecado porque una forma de amor es la corrección fraterna, que puede llegar hasta a la separación de la comunidad (cf. Mt 18, 15 ss.).

3.2. Cultivo de los valores humanos

            El estilo de vida familiar se expresa también y se realiza poniendo en práctica los valores de la familia humana que ayudan a reafirmar la comunión. Entre estos valores, en la Congregación se resaltan la puesta en común de los bienes[64]; la mesa común, donde nos alimentamos con los manjares que el Padre proporciona a sus hijos, oímos la lectura espiritual, o nos comunicamos con los hermanos en una fraterna conversación[65]; la unidad entre generaciones para la transmisión de valores[66] y últimamente se ha formulado con claridad el compromiso de poner y cultivar las bases humanas de la convivencia[67]. Este cultivo lleva consigo la realización de hondos valores humanos.

3.3. Impronta cordimariana

            La vivencia de la caridad fraterna y de los valores de la familia humana se hace, en la comunidad claretiana, con una impronta cordimariana. María, con su corazón de madre, inspira nuestra síntesis vital en la fraternidad misionera[68]. Lo cordimariano tiene como nota destacada la cordialidad. Es un rasgo heredado de nuestra Madre. Ese es el ambiente tenue y suave que penetra y colorea todo el ámbito comunitario. Añade el afecto, el calor, la ternura, la mansedumbre , la delicadeza en el amor y en el servicio mutuo, propias de la misericordia bíblica. Es lo contrario a la indiferencia y a la distancia hacia Dios y los hombres. Cordialidad es sensibilidad e intensa vibración humana[69].

3.4. Comunidad abierta

            Finalmente, el talante familiar nos lleva a abrir nuestra comunidad de forma connatural, en primer lugar, a nuestros hermanos claretianos de otras comunidades y de otros Organismos Mayores, y en segundo lugar, en fuerza del carisma de Claret que compartimos, a otras personas o grupos, particularmente a los miembros de la Familia Claretiana[70].

4. La participación en el gobierno y en la ordenación comunitaria

            La participación en el gobierno y corresponsabilidad comunitaria se realiza a nivel general, provincial y local. Nos interesa ahora resaltar el nivel local, que es donde se viven de un modo peculiar los dinamismos de la vida fraterna[71] y, más en concreto, el de la participación y corresponsabilidad en el gobierno y en la ordenación de la comunidad.

            La participación contribuye a la construcción de la comunidad y al logro de la plenitud personal. Es uno de los elementos que avivan el sentido de pertenencia y el compromiso con las opciones realizadas por la comunidad con la colaboración de todos. De esta manera se cohesiona la comunidad. Por otra parte, cada miembro de la comunidad encuentra en la participación la posibilidad de realizarse plenamente, recibiendo el enriquecimiento de sus hermanos[72].

            La participación y la corresponsabilidad suponen que existe en la comunidad una autoridad y un gobierno de comunión. Esta forma de autoridad y de gobierno fue institucionalizada por el Capítulo General de 1973[73] y ha quedado recogida en las Constituciones, ya que “la unidad de amor y de misión se expresa en nuestros superiores”[74]. Un gobierno de comunión es participativo, corresponsable y ordenado[75], motivante[76], subsidiario[77] y ha de ejercerse en la comunidad y para la comunidad[78].

            Según esto, el superior comparte la vida y la misión de la comunidad, prestando, al mismo tiempo, el servicio de gobierno de comunión y animación que se le ha encomendado. Se le reconoce como medio imprescindible para crear la comunión fraterna y misionera[79]. El sentido de su autoridad está establecida por la comunidad a la que sirve y también las funciones que ha de prestar con ese estilo de gobierno[80]. Esto incluye que, en determinadas ocasiones, la participación del superior en el diálogo comunitario consista en que él mismo tome la decisión oportuna cuando no se llegue a acuerdo o se trate de asuntos urgentes[81].

            Por lo demás, la participación y la corresponsabilidad en el gobierno y ordenación comunitarias se expresa, como cualquier otra participación, a través de una actitud permanente de apertura y comunicación en verdaderas relaciones interpersonales, es decir, mediante una actitud permanente de diálogo fraterno[82]. Esa actitud ha cristalizado en dos dinamismos-medios significativos que han emergido con fuerza durante el período de renovación congregacional: la reunión plenaria de la comunidad y el proyecto comunitario[83].

4.1. Las reuniones plenarias de la comunidad

            De ordinario, con el nombre de reunión de comunidad se designa un medio muy amplio de animación que tiene como objetivo posibilitar y acrecentar el encuentro de la comunidad con todas sus diferencias, divergencias, tendencias mediante la comunicación y el diálogo. Sin embargo, en la Congregación, a partir del Capítulo General de 1973, la reunión plenaria de la comunidad se ha institucionalizado, no sólo como medio de animación comunitaria y medio de crecimiento espiritual y apostólico[84], sino también como órgano de participación en el gobierno local[85]. Son un auténtico órgano de gobierno que sustituye, en muchos aspectos, al antiguo consejo local. En realidad, éste no desaparece, pero queda reducido en sus funciones[86]. Lo ordinario es que los asuntos relativos a la vida de la comunidad se traten corresponsablemente en las reuniones que nos ocupan.

            La reunión plenaria de comunidad, dada su nueva naturaleza, está integrada por todos los hermanos profesos de la comunidad local. La misma comunidad determina el modo de realizarla y su frecuencia, que ha de ser, al menos, mensual[87].

4.2. El proyecto comunitario

            Es un medio relacionado principalmente con la participación en la ordenación de la comunidad y en la harmonización de las exigencias de la fraternidad y la misión. El proyecto comunitario[88] se entiende como un conjunto de objetivos que la comunidad local establece y programa para sí misma. Se realiza a la luz del carisma y espíritu claretiano, a fin de vivir su comunión fraterna en un proceso dinámico de crecimiento. Este le permitirá llegar a ser una verdadera comunidad de la Congregación, inserta en su entorno, como signo profético y cuerpo apostólico[89].

            El proyecto comunitario lo realizan todos los miembros de la comunidad congregados en reunión plenaria[90]. También se evalúa en reunión plenaria. El proyecto comunitario no es algo que se realiza y se guarda. Pretende poner a la comunidad en un proceso dinámico de crecimiento, cosa que sólo llega a conseguirse, si la comunidad le hace un seguimiento y las necesarias evaluaciones. La elaboración del proyecto comunitario se ajusta a un proceso que comprende varios pasos: una sensibilización ante la realidad; la programación de las exigencias constitucionales[91]; la designación de prioridades; la determinación de las evaluaciones y reorientaciones y la aprobación por el Gobierno Provincial[92].

            El proyecto comunitario, unido al seguimiento que de él se hace en las reuniones de comunidad y a la animación realizada por el superior, tomándolo como punto de referencia de su gobierno de comunión, es un instrumento eficacísimo para el crecimiento de la comunidad en su fraternidad misionera.

5. La colaboración en la misión

            La comunidad ha de vivir en una permanente y sabia relación misionera con el mundo. Así todo el dinamismo interno de la comunidad queda polarizado por la misión comunitaria[93]. Al presentar las coordenadas generales ya se dijo que la colaboración en el ministerio de la palabra pertenece al origen mismo de nuestra vida comunitaria. También quedó resaltado cómo la colaboración en un proyecto carismático de misión construye la comunidad[94]. Todo esto explica que nuestra comunidad sea constitutivamente misionera y que esta cualidad la defina y sea prioritaria.

            La misión se lleva a cabo en la Congregación mediante la colaboración en una comunidad de trabajo y la elaboración de un proyecto pastoral. Así es como este dinamismo se actúa y, al hacerlo, construye la comunidad. Comunidad de trabajo significa compartir, participar y expresar, desde la peculiar diferenciación personal y comunitaria, pero convergentemente, la misión propia de la comunidad[95]. La claretiana, no es una comunidad dedicada al mantenimiento del grupo, mientras hacia el exterior cada uno se organiza como puede. El apostolado no queda al talante y capricho de cada uno. Con todo, la colaboración en la misión de la comunidad se da de diversos modos[96]. Pero la vivencia comunitaria del apostolado postula hacerlo desde la comunidad y, en cuanto sea posible, en equipo[97], integrando las cualidades personales para el servicio apostólico y superando cualquier diferencia de origen, cultura, raza u opinión[98]. Y siempre desde la caridad apostólica[99]. De esta manera, la colaboración en la misión de la comunidad se convierte en un dinamismo que favorece la mutua relación y comunión.



[1] Cf. CPR 13-14, 18; cf. también NPVM II, p. 179.

[2] Las Constituciones de 1865 contenían solamente un capítulo sobre la caridad fraterna y otro sobre el reglamento doméstico (cf. CCTT, pp. 493-495 y 501-509).

[3] Cf. CC 10. En las Reglas del Instituto de los clérigos seglares escribe: “No hay ni puede haber más que un Dios verdadero; pero este Dios es trino, tiene en sí tres personas. Este Dios es la Santísima Trinidad, es la caridad increada, la sociedad indivisible, origen, fuente y modelo de toda amistad y concordia. A este buen Dios, uno y trino, es a quien se proponen honrar los clérigos que, reunidos en vida común, teniendo todos un solo corazón y una sola alma a imitación de los primitivos cristianos, desean servir al Señor con toda perfección y honrar también a Jesucristo, siguiendo sus ejemplos y practicando sus consejos evangélicos” (RCS II, 7,1).

[4] “Nuestra vida de comunión responde al deseo del P. Fundador de imitar la vida apostólica, es decir de seguir a Cristo que reúne en torno a sí en fraterna caridad a sus Apóstoles” (PE 108; cf. CC 3).

[5] “Teniendo todos un solo corazón y una sola alma a imitación de los primitivos cristianos”(RCS II, 7,1).

[6] Cf. Aut 438; CC 1857, cap. IX, 81-83 sobre la Unión fraterna; CC 1865, II, cap. IX “De charitate fraterna”.

[7] Cf. nota 3.

[8] En el NT, sobre todo en Juan, encontramos frecuentes referencias a esta comunión o perijóresis (cf. Jn 10,30; 14,11; 17,21; 14,20). Tanto Jn 10,30, como Jn 17,21 están citados en nuestras Constituciones.

[9] “…Así también nosotros misioneros debemos ser uno en ellos, para que el mundo crea en Cristo” (CC 10; cf. PGF 54).

[10] VC 41; 42.

[11] Cf. CC 3; PGF 54.

[12] Sigue el lavatorio de los pies, como signo de entrega hasta la muerte. “Si yo el Maestro y el Señor… también vosotros” (Jn 15, 12-14).

[13] Cf. Aut 608.

[14] Cf. NEM, pp. 53-54.

[15] Cf. Aut 438.

[16] Cf. CC 4; Dir 36; PGF 54-55; NEM, p. 28.

[17] Cf. el Capítulo 6, II de este manual sobre “El carisma claretiano”. Para el sentido de la palabra “misionero” cf. Dir 26.

[18] Cf. CC 13. En la comunidad es constitutiva la presencia de Cristo y su palabra: cf. Mt 28, 20; Mc 16, 15.

[19] Cf. Carta al Sr. Nuncio Apostólico D. Giovanni Brunelli: EC III, p. 41; cf. también PE 108.

[20] Cf. Aut 460; cf. también CCTT, pp. 14-15. A raíz de su ordenación de diácono, momento de consolidación de su vocación apostólica y evangelizadora, hubo de surgir en él la necesidad de asociarse a otros para misionar Cataluña y quiso fundar un centro para la formación de misioneros.

[21] Fue invitado a ingresar para ser enviado y acompañado (cf. Aut 139). Allí tuvo una experiencia de vida comunitaria en función de la misión .

[22] A partir de 1842, reunió sacerdotes en una asociación puramente apostólica y espiritual llamada “Germandat de María del Roser”. Era un grupo de trabajo, no una comunidad. Estos sacerdotes conservaban su instalación personal (cf. CCTT Doc III, 79; cf. también 17-18).

[23] Claret se fue sintiendo llamado por Dios a ser guía de un grupo de misioneros. Por ello, con algunos sacerdotes organizó en 1846 la “Hermandad Apostólica”. A sus miembros les recomendó la vida de comunidad (cf. CCTT 17-18).

[24] Cf. CCTT, Doc IV, 15, p. 87.

[25] Cf. CCTT, p. 25

[26] Sin duda a esto colaboró su período de evangelización en Canarias y el hecho de que los canarios le robaran el corazón (cf. CCTT, p. 27; carta al Sr. Obispo de Vic: EC I, p. 280).

[27] Cf. CCTT, p. 602,3; EsC, pp. 16-17; Notas para Anales: Mss Clotet, J: Variedades, 179; cf. también AGCMF: GA, 01, 06, 192; CPR 73: PGF 99.

[28] Cf. CCTT, p. 27

[29] Cf. Carta al Sr. Nuncio Apostólico D. Giovanni Brunelli: EC III, p. 41.

[30] Cf. PE 119; PC 8; NEM, p. 28. Esta naturaleza misionera la distingue de la comunidad monacal y de la mendicante.

[31] Cf. EMP 28; cf. también 27, 30; Dir 36; NEM, p. 55.

[32] Cf. Aut 489; cf. además 488-494.

[33] Carta a D. José Caixal: EC I, p. 316; cf. Aut 491. Para una descripción más extensa de la comunidad de Vic cf. NPVM I, pp. 163-164.

[34] Cf. Carta a D. Luciano Casadevall, obispo de Vic: EC I, p. 608.

[35] Cf. Aut 608.

[36] Cf. Aut 612; cf. también 606-609.

[37] Otras formas de vida consagrada se reúnen para vivir la fraternidad e incorporan el ministerio a la vida fraterna. La comunidad claretiana se reúne para el servicio misionero de la palabra y lo realiza desde la comunidad. Incorpora la fraternidad a la misión. La prioridad la tiene la misión.

[38] Consecuencia de esto es la disponibilidad universal (cf. CC 11; sobre la disponibilidad de la comunidad provincial y local, cf. Dir 39).

[39] Cf. CC 102.

[40] Cf. CC 14.

[41] EMP 4.

[42] Cf. Dir 47; SP 16,1; NEM, pp. 33-34. 45-46. Para ello, en la Congregación nos valemos de la oración , del estudio de la realidad (cf. MCH 211; CC 1973, 18) y de la fidelidad creativa (cf. NPVM II, pp. 225-226), actuados, como veremos, desde el proyecto comunitario.

[43] Cf. PGF 181; DVC 142-143. El Plan General de Formación en los números 232-233 (cf. también 405-407) aporta un resumen de los rasgos que han de ser subrayados en la formación para la comunidad.

[44] Cf. CC 12 y CC 13 sobre la colaboración en la misión.

[45] Cf. NPVM II, p. 205.

[46] Cf. Aut 694; cf. además PE 14; MCH 60; PGF 204; NEM, pp. 48-50.

[47] Cf. CC 35; NEM, pp. 48-50.

[48] Cf. PGF 205; cf. Eucharisticum Mysteryum n. 3.

[49] Cf. PGF 207.

[50] Cf. 2VR 32-33; Dir 37.

[51] Cf. CC 35 y Dir 87. La reserva eucarística en el sagrario es un memorial que nos recuerda la Eucaristía celebrada anteriormente por la comunidad. Este pan eucarístico está pidiendo una acogida de su acción transformadora, una actitud de adoración y acción de gracias, un deseo profundo de comunión con Cristo.

[52] Cf. CC 37; 2VR 33.

[53] Cf. PE 111.

[54] Cf. PE 110.

[55] Cf. CC 34-37; Dir 85; 2VR 32; MCH 99, 223.

[56] Cf. CC 36; MCH 223b; NEM, p. 51e.

[57] Cf. apartado II, 3.

[58] PC 15.

[59] Cf. Dir 49.

[60] Cf. Dir 36, 50; EMP 30.

[61] Cf. Dir 52-53.

[62] Cf. Dir 54.

[63] Cf. CC 54.

[64] Cf. PE 79. Puede ser una sacramentalización de la concordia y la unanimidad, pero es también un valor profundamente familiar y contribuyó en gran medida a consolidar la pertenencia a nuestra comunidad fundacional (cf. NPVM II, p. 324ss.; cf. también carta a D. Luciano Casadevall, obispo de Vic: EC I, p. 608).

[65] Cf. Dir 41.

[66] Cf. 1F 31.

[67] Cf. 1VR 29; SP 7.1.

[68] Cf. MCH 150.

[69] Cf. Dir 48; NEM, p. 30, nota 28.

[70] Cf. CC 7; Dir 31, 42-45; MCH 224.

[71] Cf. CC 102.

[72] Cf. 2RG 14.

[73] Cf. CA 28; CPR 17.

[74] CC 30; cf. CC 103; CC 94.

[75] Cf. CC 93.

[76] Cf. CC 94.

[77] Cf. CC 95.

[78] Cf. CPR 17-18.

[79] Cf. CPR 17.

[80] “Ejerzan la autoridad según las Constituciones” (CC 30; cf. CC 104).

[81] Cf. CC 104, 2.

[82] Cf. 2RG 47-48.

[83] Cf. CPR 63.

[84] Cf. Dir 139.

[85] Cf. CC 110.

[86] Cf. Dir 428.

[87] Cf. CC 110. Temas: cf. Dir 431-433. 530; elecciones: cf. Dir 383, 424-425; funciones: cf. Dir 434; actas: cf. Dir 355.

[88] La ordenación de la comunidad es llamada también entre nosotros “Reglamentación interna” (CC 57) y “Planificación anual de la vida misionera de la comunidad” (Dir 431; cf. CPR 15). Los últimos Capítulos Generales hablan de “proyecto comunitario” (CPR 63; SP 7,1).

[89] Este planteamiento significa que, en ningún caso, el proyecto comunitario puede ser algo paralelo al proyecto de vida de la Congregación, presentado precisamente en las Constituciones y, mucho menos, algo opuesto.

[90] Cf. Dir 431.

[91] Cf. CC 57; Dir 431.

[92] Cf. Dir 431.

[93] Cf. CPR 4, 14.

[94] Cf. apartado II, 2; cf. también CC 13; Dir 38;.

[95] Cf. 2VR 36,2.

[96] Cf. CC 13.

[97] Cf. PE 122;1VR 32; 1AP 20; 2VR 36, 2.

[98] Cf. CC 17.

[99] Cf. NEM, p. 35 b).

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