Capítulo IV: El Prefecto de los Estudiantes

            El prefecto es la persona destinada “al cuidado inmediato de los Estudiantes”[1]. Es una figura de gran tradición en la Congregación. Su importancia, cualidades y funciones fueron delineadas por el mismo P. Fundador en el Reglamento para los Estudiantes y el Prefecto, e incluidas posteriormente con algunas variantes en las Constituciones de la Congregación.

            El cargo y las funciones del formador han sido ejercidos por el prefecto para el grupo de estudiantes, normalmente residentes en un colegio[2]; y por el ministro para los hermanos coadjuto­res tanto durante los años de votos temporales como perpe­tuos[3]. Esta práctica comenzó muy pronto en la Congregación.

1. Importancia del cargo

            Al cargo de prefecto siempre se la ha dado máximo relieve en la Congregación. Se le ha considerado como un cargo difícil y muy elevado y de grande importancia tanto por su fin y objeto, la formación de ministros idóneos de la palabra, como por las consecuencias que se derivan del ejercicio de su función, formar “instrumentos de la salvación de muchos”[4].

            La labor formativa es una labor divinísima, “un trabajo ciertamente gloriosísimo”[5] del que depende no sólo la santidad y la perfección personal de los formandos sino también la eficacia de la misión apostólica:

            “Ese es el objetivo de todos los formadores de la Congregación; un trabajo ciertamente gloriosísim. De él depende no sólo la santidad, ilustración, capacidad, aptitud ministerial y de oficios, sino la eficacia del ministerio, la obra de la salvación de las almas y la mayor gloria de Dios, como lo dice claramente y con palabras precisas y ponderadas nuestro Beato Padre Fundador al hablar del Prefecto de Estudiantes”[6].

            Es divinísimo porque es una colaboración con el Espíritu Santo, que como primer agente “forma en la esencia del alma la imagen de Jesucristo”[7], y, también, porque es un trabajo semejante al que hizo Jesús con sus apóstoles. Como Él no los abandonó sino que los acompañó en todo tiempo y circunstancias:

            “Así todos los formadores de almas misioneras no deben dejar a los suyos, sino asistirlos siempre con el ejemplo, con la oración, con la palabra, con el aviso, con la corrección, para que Cristo sea formado en la conciencia de todos, hasta que lleguen a la plenitud de la edad de Cristo (Ephes., 4, 13)”[8].

            De aquí se deriva la enorme responsabilidad que los prefectos contraen ante Dios, ante la Iglesia, ante la Congrega­ción, ante los formandos y ante el mundo al que éstos han de evangelizar.

            “Grandes responsabilidades, repetimos, contraen los encargados de formar si descuidan esa obligación. Serán causa de que los Misioneros no rindan en la viña del Señor en fruto que es de esperar; exponen a esos religiosos y a esas Comunidades a los males más graves de la tibieza, de las imperfecciones, de la pérdida de las gracias de Dios, a los peligros de la vida imperfecta, con grave daño para los mismos religiosos, para las Comunidades y para la Iglesia”[9].

2. Carácter propio del prefecto claretiano

            El prefecto claretiano es un formador total en sentido pleno. A él se le encomienda la animación, personal y comunita­ria, de la formación integral y armónica de los misioneros. Acompaña a los estudiantes para que se formen en la vida religiosa y en el espíritu de la Congregación mediante diálogos personales, exhortaciones, conferencias, instrucciones y avisos. Por lo mismo, cuida la formación global de la persona en sus dimensiones física, intelectual, religiosa y claretiana; es el responsable de la organización formativa y disciplinar de los centros de formación y es la persona que ofrece la Congregación para la dirección espiritual[10].

3. Trabajo en comunión con los demás formadores

            Aunque sus funciones y responsabilidades sean tan amplias, no es una figura que actúa en solitario y sin confrontación con otros agentes del proceso formativo, como son el Superior, el auxiliar y los profesores.

            11. En primer lugar, además de la natural relación y dependencia de Superior Mayor como último responsable de la formación en la Provincia o Delegación, el prefecto ha de estar en completa unión con el Superior de la comunidad formativa y en absoluta dependencia de él. Será fidelísimo a sus orientaciones y preceptos, compartirá con él las preocupaciones y la marcha de la formación y le pedirá consejo acerca de los medios formativos que son necesarios actuar para promover la ciencia y la virtud y erradicar los fallos y defectos[11]. Particularmente, mantendrá esta relación respecto a la salud de los formandos, las instruc­ciones que se han de dar, los estudios particulares, y las correcciones y penitencias oportunas[12].

            21. En segundo lugar, ha de trabajar en equipo con el auxiliar que le designen. El prefecto puede ser ayudado por un Padre Auxiliar en el campo disciplinar; más aún, si éste no fuera necesario, podría ser substituido por un estudiante a quien el prefecto le podría delegar algunas funciones organizativas o disciplinares[13].

            31. Y, por último, ha de promover una buena relación con los profesores, particularmente con el prefecto de estudios. Tanto a los prefectos como a los profesores se les pide que conserven una perfecta inteligencia y una completa armonía, que se respalden mutuamente antes los estudiantes y que se consulten entre ellos cuando surjan algunas dificultades escolares en los alumnos[14].

4. Obligaciones

            1ª. Una de las primeras obligaciones de los prefectos es cuidar de la salud de los formandos. Deben interesarse por ella en sus diálogos personales con los estudiantes; deben vigilar para que las actividades espirituales y académicas no les perjudiquen físicamente; y han de poner, junto con el Superior, los remedios necesarios para recuperarla[15].

            Los Capítulos Generales y nuestra legislación han insistido constantemente sobre el cuidado de la salud física de nuestros estudiantes. Por eso, han recomendado eficazmente a los superio­res y prefectos de los colegios que pusiesen todos los medios para mejorarla[16].

            2ª. Otra obligación de los prefectos, muy importante, es la de instruir a los formandos. Han de dar a los estudiantes las instrucciones o conferencias de piedad, educación y ciencia que sean necesarias de acuerdo con el Superior[17].

            Según el P. Nicolás, han de dar ideas claras, precisas y bien fundamentadas en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los maestros de espíritu, de la vida espiritual; sin esa base sólida los formandos no tendrán ideas firmes y nunca marcharán con seguridad por el camino de la perfección. Han de iluminar teóricamente y ajercitar prácticamente en la vida religiosa y sus exigencias (votos, vida común, disciplina, etc…), prestando una atención especial a la formación de la castidad[18] y a la educación social del misionero[19].

            Los prefectos han de inculcar en los formandos la dimen­sión misionera de la vocación y grabarla con hierro y fuego en el alma del misionero; la ausencia de esa idea hace que muchos no acaben de entregarse resueltamente a la vida misionera por falta de desprendimiento y de preparación profesional[20]. Los han de instruir sobre los peligros que presentan los ministerios y su futura actuación en el mundo[21]. Les han de ofrecer una formación claretiana de tal manera que el hijo del Corazón de María refleje la mentalidad, las virtudes, las condiciones, la forma de vida del Fundador. La idea, la forma claretiana, contenida en las Constituciones y tradiciones de la Congregación

            “debe grabarse por los formadores en la mente, en el corazón, en los afectos, en el modo de proceder, de presentarse, de actuar, de escribir, de predicar, de confesar, de enseñar, de tratar socialmente dentro y fuera de la Congregación”[22].

            3ª. Respecto a la formación académica, el prefecto tendrá en cuenta como criterio general que “la santidad y la inteligencia son como los dos pies del Misionero, ambas, por lo tanto, esenciales”[23]. Así, a nivel personal, cuidará de que los formandos estudien suficientemente, de que aprendan lo que se les enseña en los centros académi­cos[24] y de que no se menoscabe la salud estudiando inadecuada­mente. Les ayudará a completar, sin agobios, los conocimientos científicos y promoverá a los más dotados para que desarrollen sus cualidades personales con estudios especiales[25]. A nivel institucional, colaborará activamente en unión con los profeso­res, como se ha dicho más arriba, procurando, sobre todo, que se observe en el colegio lo prescrito por la Santa Sede y la Congregación en el orden académico[26].

            4ª. Aunque son muy importantes las conferencias y la formación académica para adquirir las ciencias, que, por ser necesarias, nunca se pueden descuidar, no obstante, el prefecto ha de procurar siempre “que las virtudes sean preferidas a las ciencias”[27]. De una manera general, ha de poner máximo cuidado, día y noche, para que se cumplan fielmente tanto las Constitu­ciones como las prácticas prescritas[28]. En particular, inculca­rá algunas virtudes claretianas como son la obediencia, la humildad, la modestia y la mortificación de los sentidos, de las pasiones y principalmente de la voluntad[29].

            Los prefectos han de cuidar muy especialmente de formar el corazón de los Estudiantes con el cultivo de las virtudes propias del Misionero, sobre los fundamentos que sentaron el año de probación. Pero no basta inculcar las virtudes claretianas indicadas en las Constituciones; se han de ejercitar en ellas sea por propia voluntad e iniciativa sea por la acción del formador[30]. En esta misma línea, el P. Nicolás nos recuerda que las muchas y buenas ideas, sin el convencimiento y la práctica, no son suficiente:

            “Es necesario realizar los grandes principios de la espiritualidad, obrar por la fe para vivir de la fe; hacer actos de humildad externos e internos para llegar a la humildad; hacer actos de vencimiento de sí mismo cada día, cada hora, en toda ocasión, con la convicción de que ello es indispensable, y así un día y otro día, un año y otro y siempre[31].

            Los formadores han de fomentar una formación personalizada llevando al ánimo del misionero una convicción honda de sus obligaciones más perentorias. Para lo cual, además de la instrucción comunitaria, han de tener con ellos una relación y un acompañamiento personal íntimo y frecuente basados en la confianza mutua; les han de abrir grandes perspectivas de futuro, les han de informar sobre el carácter de su vida para que se formen con ideas serias, sólidas y bien arraigadas; y les han de motivar para que actúen siempre movidos por el amor a Dios y elijan lo más comprometido, exigente y trabajoso[32]. Asimismo, han de ejercitar a los formandos en la práctica de la virtud, pues las ideas, si no se realizan, no son eficaces; los prefec­tos que, llevados por un desenfocado amor paternal, son compla­cientes, que no exigen a los estudiantes y les evitan todo sacrificio, no conocen su misión[33]. Y han llevar una pedagogía que, por ser personalizada, ha de ser gradual; como la acción de la gracia, la actuación del formador ha de tener en cuenta la naturaleza de la persona, su momento evolutivo; la progresión que se aplica a los estudios hay que aplicarla a la adquisición de la virtud[34].

5. Cualidades y virtudes

            La persona destinada para el cargo de prefecto, además de las cualidades personales requeridas, ha de dar testimonio de vida, se ha de “instruir bien en su oficio” y lo desempeñará con toda perfección y solicitud.

            a) Entre las cualidades y virtudes, el prefecto debe estar dotado de mansedumbre, amabilidad y modestia. Su porte ha de ser grave y su talante adornado de autoridad. Ha de inspirar, con sus virtudes y su talante, confianza y veneración en los formandos, actitudes que favorecen positivamente la relación formativa. Dentro del clima de confianza que debe reinar en la comunidad formativa, tendrá siempre mucho respeto a las formandos, los atenderá con gusto, interés y sin tedio, y no los ofenderá ni humillará con apodos ni palabras injuriosas. En las mismas correcciones que tenga que hacer, ha de mostrar mucha caridad en el modo de hacerlas, discreción y prudencia si no consigue la enmienda, pidiendo en este caso el consejo del superior[35].

            Los prefectos, dice el P. Nicolás, han de tener cualidades y condiciones selectas para que ejerzan satisfactoriamente la misión formativa. Por lo mismo, han de ser muy bien seleccionados por los superiores respectivos. Si ellos, los formadores, han de seleccionar a los candidatos, es necesario que también ellos sean bien “seleccionados, elegidos y formados”[36]. Para que haya una formación de calidad y pocos abandonos, entre otros remedios, hay que escoger buenos formadores y cuidar de que éstos atiendan con interés y empeño a los formandos sobre todo en la parte espiritual[37].

            b) El prefecto ha de ser testimonio de vida claretiana y ha de dar ejemplo a los formandos con su estilo de vida. Este es su mejor aval como educador, lo que le da autoridad formativa y lo que le hace creíble como formador. Especialmente ha de ser testimonio de amor a la Congregación, de observancia de las Constituciones y de fidelidad al superior[38].

            Ha de ser un reflejo viviente del proyecto claretiano que quiere inculcar a los jóvenes misioneros. Si han de formar e imprimir la forma de Cristo en los formando, “debe llevar en sí grabada viva, resplandeciente, activa, vital, la forma de Cristo para poderla comunicar”[39].

6. Formación y entrega del prefecto

            1º. Al ser considerado como un cargo de mucha responsabili­dad, una misión difícil y de grande importancia, el prefecto, se instruirá bien en su oficio para desempeñarlo de la mejor manera posible. Para promover una formación personal, se requiere en los prefectos:

            “preparación, estudio constante, observación y cuidado solícito y paternal de los alumnos a ellos confiados”[40].

            Además de los consejos y orientaciones que ha de pedir al superior, personalmente ha de procurar conocer bien las implicaciones pedagógicas de su misión, ha de prepararse para dar instrucciones de alta calidad a los estudiantes y han de actualizarse para promover una formación según las exigencias de los tiempos[41]. En particular, debe adquirir una buena formación pedagógica, suficientes conocimientos de la vida espiritual y ha de conocer muy bien “la forma claretiana” de vida misionera:

“Los formadores deben tener un concepto claro, preciso, vivo, de la forma claretiana, de la ascética claretiana, del apostolado claretiano, del ser y del vivir claretiano”[42].

            2º. El prefecto, además de instruirse personalmente, desempeñará el cargo con toda perfección y solicitud, es decir, poniendo alma, vida y corazón en la misión que se le ha encomen­dado. Por lo mismo, el formador, como condición indispensable, debe amar de corazón su tarea y aceptarla con una actitud positiva, sin quejas ni rechazos conscientes o inconscientes; sólo así será capaz de amar a los formandos sin distinción, de escucharlos sin tedio y de conocer y atender las “afecciones y necesidades” de cada uno[43].

            En consecuencia, como la formación ha de ser la prioridad de sus preocupaciones, debe dedicar todo su tiempo a la misión formativa que se le ha encomendado. No le deben encomendar ni se debe personalmente dedicar a otros trabajos apostólicos que vayan en detrimento de su tarea[44].

7. Formador especial: el prefecto de los hermanos

            El formador de los hermanos, ya lo indicamos al comienzo del capítulo, es el ministro o ecónomo de la comunidad. Él es la persona destinada a cuidar de la vida espiritual y de la instrucción de los mismos mediante la atención personal y comunitaria[45]. Dada la importancia de su misión se han de seleccio­nar bien a las personas, poniendo al frente de los hermanos buenos ministros, y se les ha de estimular a que se preparen adecuada­mente[46].

            1º. El P. Xifré en el Reglamento para algunos Padres de nuestra Congregación describe muy concretamente su figura y función[47]. De los ministros depende la salud corporal, la vivencia alegre de la vocación, la espiritualidad y la buena imagen de los hermanos. Por lo mismo, deben estar adornados de gran celo, educación y conocimiento de su función. Convivirá con ellos en los recreos y estará dispuesto a escucharles con caridad. Les ofrecerá orientaciones y consejos, meditaciones, conferencias y pláticas. Y repartirá el trabajo y las tareas domésticas que corresponda realizar.

            2º. Deberá ser para los hermanos un verdadero padre; los tratará con caridad y educación; vigilará su persona, su desarrollo humano y espiritual, y les atenderá en sus necesidades físicas y morales[48]. Particularmente, ha de cuidar esmeradamente de completar la formación que los hermanos han recibido en el Noviciado. Les ha de prestar, personal y comunitariamente, la atención debida, principalmente en el aprovechamiento espiritual (actos de piedad, ejercicios espirituales) y de instrucción (conferencias espirituales y doctrinales[49].

            3º. Como en el caso del prefecto de estudiantes, el ministro, para cumplir mejor su misión, se abstendrán de otros ministerios y para confesar en público contará con el permiso del superior y de acuerdo con el P. Provincial[50].



    [1] Cf. CC 1865, I, 104; 1870, I, 104; 1924, I, 131. Nos referimos en el presente comentario al prefecto local de formación. Respecto al prefecto de formación general y provincial (cf. CIA, 1953, n. 158; OSG, 1959, nn. 33-34; 39).

    [2]CC 1865, I, n. 104; 1870, I, n. 104; 1924, I, nn. 131‑133.

    [3] Cf. CC. 1857, nn. 152-153 (se habla de un administrador); 1865, III, nn. 2, 3, 35-37; 1870, III, nn. 2, 3, 35-37; 1923, III, nn. 2, 3, 35-37; XIFRÉ, circular sobre La Vigilancia, Anales, 5 (1895-1896), pp. 373-385. ColCC., pp. 834-843 y referencia en ColCC, p. 836; VI Capítulo General, Apéndice, p. 13; XIV Capítulo General, p. 53.

    [4] Cf. CC 1865, I, 104; 1870, I, 104; 1924, I, 131.

    [5] Cf. N. GARCIA, FRMC, p. 96.

    [6] N. GARCIA, FRMC. p. 96.

    [7] Ib. p. 117-117; cf., también, N. GARCÍA, circular Sobre algunos acuerdos capitula­res, Annales, 34 (1938), pp. 3-9; ColCC., pp. 858-866; referencia en p. 860.

    [8] Ib., pp. 116-117.

    [9]N. GARCIA, FRMC, p. 101; cf. también, pp. 34-36. 117.

    [10] Cf. CC 1865, I, 104; 1870, I, 104; 1924, I, 131‑133; CIA, 1924, n. 454, 456; 1940, n. 366.2, 367, 371; 1953, 367.2, 368, 372; Epítome, nn. 367-368, 373; OSG., 1929, nn. 40-43; 1959, nn. 48-52.

    [11] Cf. CC 1865, I, 104, 21; 1870, I, 104, 21; 1924, I, 132, 21.

    [12] Cf. CC 1865, I, 104, 41, 81, 91; 1870, I, 104, 41, 81, 91; 1924, I, 132, 41, 81, 91; 133; cf. también, Disposiciones, 1900, n. 97; 1905, n. 139; 1912, n.131; CIA, 1925, nn. 453, 459.

    [13] Cf. Disp. 1900, nn. 98, 100; 1905, nn. 142, 145; 1912, n. 132; CIA, 1924, n. 454; 1940, n. 369; 1953, n. 369.

    [14] Cf. J. XIFRÉ, Reglamento para algunos Padres de la Congregación, Anales, 3 (1892), p. 277, y en E.C. circulares, p. 45; Disposiciones, 1900, 99; 1905, 141; 1912, n. 130; CIA, 1924, n. 457, II; 1940, n. 372. 3; 1953, 373.3; OSG 1929, nn. 49; 1953, n. 56.

    [15] Cf. CC 1865, I, 104, 81, 101; 1870, I, 104, 81, 101; 1924, I, 132, 81, 101.

    [16] Algunos Capítulos Generales estuvieron muy preocupados por la falta de salud de los estudiantes, que causó la muerte en algunos casos. De ahí la insistencia en que se cuidase la limpieza y la ventilación, y se evitasen los excesos en los ejercicios físicos, en el estudio y en el modo de estudiar (Cf. VI Capítulo General, ses. 14 y 16, Apéndice, pp. 32-34, 36; VII Capítulo General EXTR., ses. 7, Apéndice; IX Capítulo General, (Selva del Campo, 1904) ses. 3, 4 y 5: Anales, 9 (1803-1804), Apéndice, pp. 28-3o; Resumen alfabético de las Disposiciones Vigentes contenidas en los Capítulos Generales y en las Circulares, RDV, Madrid 1897, pp. 216., nn. 366-368, 370, 423.; Disposicio­nes, 1900, n. 98: 1905, n. 142: 1912, n. 132; CIA, 1924, n. 458; 1940, n. 373; 1953, n. 375).

    [17] Cf. CC 1865, I, 104, 41; 1870, I, 104, 41; 1924, I, 132, 41; CIA, 1924, n. 456; 1940, nn. 367.1; 371; nn. 368.1, 372.

    [18] Cf. N. GARCÍA, circular sobre Formación de nuestros estudian­tes, Anales, 28 (1932), pp. 225-224; ColCC, pp. 513-533 y referencia en pp. 520-522; también, la circular reservada, de 5 de junio de 1938, sobre La conducta de los superiores, confesores y encargados de la formación en nuestros Colegios que trata de problemas de la castidad (AGCMF, 9, 8, 54); en ella se hace referencia a la que escribió el P. Alsina sobre el mismo tema (M. ALSINA, circular reservada sobre La educación y formación de nuestros jóvenes misioneros (15 de agosto 1919). AGCMF: BC, 1, 6, 6).

    [19] Cf. N. GARCIA, circular a Los Rdos. Padres Prefectos de Estudiantes Profesos, Anales, 38 (1945-1946), pp. 106-107; cf. también, Formación de…, ColCC, pp. 530-531.

    [20] Cf. N. GARCIA, FRMC, pp. 72-75; cf. también, Formación de…, ColCC, pp. 532-533; Acuerdos…, ColCC, p. 860.

    [21] Cf. N. GARCIA, Formación de…, ColCC, p. 529.

    [22] N. GARCIA, FRMC, p. 70; cf. también pp. 76, 79.

[23] CC 1865, I, 104, 41; 1870, I, 104, 41; 1924, I, 132, 41.

    [24] Con el tiempo se fue organizando en los centros de la Congregación el régimen de los estudios. El responsable inmediato de la formación académica de la carrera sacerdotal era el prefecto de estudios (cf. CIA, 1940, 366.1; 1953, 367.1; OSG, 1929, nn. 44-50; 1959, nn. 53-57). También se creó la figura del prefecto de estudios a nivel general y provincial (cf. CIA, 1925, 178.I, 179, 291.II; 1940, n. 153; OSG, 1929, nn. 24-26, 31); más tarde, sus funciones serían asumidas por el prefecto de formación tanto general como provincial (cf. CIA, 1953, n. 158; OSG, 1959, nn. 33-34; 39).

    [25] Cf. CC 1865, I, 104, 61. 91. 101; 1870, I, 104, 61. 91. 101; 1924, I, 132, 61. 91. 101; CIA, 1924, n. 457, I y II; 1940, n. 372, 1 y 2; 1953, n. 373, 1 y 2; Epítome, n. 373. Sobre la intensidad del estudio y la amplitud de las lecciones, los Capítulos Generales han ido dando interpretaciones adecuadas a los tiempos a base de entendimiento y diálogo entre los prefectos y profesores y acompaña­miento de los alumnos (cf. VI Capítulo General, ses. 3, Apéndice, p. 9; XVI Capítulo General, (Roma, 1949) Annales, 46 (1961-1962), p. 75; RDV, n. 662).

    [26] Cf. J. XIFRÉ, circular, 3 de enero de 1892, Anales, 3 (1892), p. 277 y circulares, E.C., p. 44; también, RDV, n. 663; Disposicio­nes, 1905, n. 136; 1912, n. 128; OSG 1929, n. 42; 1959, n. 51.      Al prefecto se le asignan además algunas colaboraciones concretas como son: asistir y participar en reuniones de estudios, etc. (Cf. Disposiciones, 1905, n. 137: 1912, n. 129).

    [27] Cf. CC 1865, I, 104, 41; 1870, I, 104, 41; 1924, I, 132, 41.

    [28] Cf. CC 1865, I, 104, 3; 1870, I, 104, 31; 1924, I, 132. 31.

    [29] Cf. CC 1865, I, 104, 51; 1870, I, 104, 51; 1924, I, 132, 51.

    [30] Cf. Disposiciones, 1905, n. 138.

    [31] N. GARCIA, Formación de…, ColCC, p. 524.

    [32] Cf. N. GARCIA, Formación de…, ColCC, pp. 524, 529-530; circular sobre el Decreto declarando la heroici­dad de las virtudes del nuestro Padre Fundador, Anales, 22 (1926), pp. 97-108; ColCC., pp. 194-205; referencia en p. 200.

    [33] Ib., p. 524.

    [34] Ib., p. 525.

    [35] Cf. CC 1865, I, 104, 111; 1870, I, 104, 111; 1924, I, 133; cf. también, Disposiciones 1900, nn. 96-97; 1905, nn. 139-140; 1912, n. 131; CIA, 1924, n. 453.

    [36] Cf. N. GARCIA, FRMC, p. 104.

    [37] Cf. XII Capítulo General, p. 930.

    [38] Cf. CC 1865, I, 104, 11 y 21; 1870, I, 104, 11 y 21; 1924, I, 132, 11 y 21.

    [39] N. GARCIA, FRMC, p. 105.

[40] P. SCHWEIGER, De Vocationibus…, p. 201

    [41] Cf. CC 1865, I, 104, 21, 41; 1870, I, 104, 21, 41; 1924, I, 132, 21, 41.

      Todos han de tomar “con mucho empeño la formación necesaria al Misionero de la Congregación en nuestros días” (M. ALSINA, circular sobre La formación de los nuestros, Anales, 13 (1911-1912), ­pp. 333-336; ColCC, pp. 501-504; cita en p. 503)

      “Oren, pues, los Directores (de la formación), estudien y reflexionen sobre los métodos de buena formación” (M. ALSINA, circular sobre La formación sólida de los nuestros en la virtud, Anales, 17 (1919-1920), pp. 65-68;, ColCC, p. 504-507; cita en p. 504; cf., también, circular sobre La formación del carácter, Anales, 17 (1919-1920) pp. 161-166; ColCC, pp. 507-513; cita en p. 513).

    [42]N. GARCIA, FRMC, p. 75; cf. XIII Capítulo General, (Roma, 1934) Anales, 30 (1934), p. 529. El Capítulo de Albano trata ampliamente el tema de la selección y formación de los formadores, dando algunas orientaciones prácticas para ello (cf. XIV Capítulo General p. 54).

    [43] Cf. CC 1865, I, 104-81, 111; 1870, I, 104-81, 111; 1924, I, 131, 132-81, 133.

    [44] Cf. J. XIFRÉ, E.C., p. 174; circular sobre Solución a varias dificultades, Boletín Religioso, 4 (julio de 1887-diciembre de 1888), pp. 345-366; ColCC., pp. 795-821. referencia en p. 819; Disposiciones, 1905, n. 143; 1912, n. 133: CIA, 1924, n. 455; 1940, n. 370; 1953, n. 371; Epítome, n. 371.

    [45] Cf. CC. 1857, nn. 152-153 (se habla de un administrador); 1865, III, nn. 2, 3, 35-37; 1870, III, nn. 2,3, 35-37; 1923, III, nn. 2, 3, 35-37. Para algunas actividades formativas concretas (conferencias, dirección espiritual, etc…), se prevé en nuestra legislación la ayuda de algún otro sacerdote (cf. Ib. III, n. 2; cf., también, Epítome, nn. 574-575).

    [46] Cf. VII Capítulo General, ses. 6; VIII Capítulo General, (Vich, 1899), ses. 8; RDV, n. 483.

    [47] Cf. J. XIFRÉ. Circular de 3 de enero de 1892, Anales, 3 (1892), p. 277 y circulares en E.C., p. 44; cf. también, circular de 3 de julio de 1887, Boletín Religioso, 4, (julio de 1887-diciembre de 1888) p. 361 y ciculares en E.C., p. 171; circular, 26 de febrero de 1889, Anales, 1, p. 277 y circulares en E.C., p. 176; RDV, nn. 418, 491, 492.

    [48] Cf. VIII Capítulo General, (Vich, 1899), Anales, 7 (1899-1900), ses. 8; Disposiciones, 1900, n. 50; 1905, nn. 66, 338; 1912, n. 61.

    [49] Cf. XII Capítulo General, pp. 931-932; XIV CAP. General, p. 54; XV CAPITULO GENERAL, (Castelgandolfo, 1949), Annales, 40 (1949-1950), p. 130; CIA 1925, n. 625.II; 1940, n. 576; 1953, nn. 574, 575; Epítome, nn. 574, 575.

    [50] Cf. P. XIFRE, circular del 3 de julio de 1887 sobre Solución a varias dificultades, Boletín Religioso, 4 (julio de 1887-diciembre de 1888), pp. 345-366, referencia en p. 364; en E.C., p. 174; en ColCC., pp. 795-821; referencia en p. 819; VI CAP. General, Apéndice, ses. 19, p. 41; RDV, nn. 485, 494; Disposicio­nes, 1900, n. 127; 1905, n. 168; 1912, n. 154.

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