Capítulo V: El Prefecto en la Renovación Conciliar

        La Congregación ha manifestado siempre una evidente preocupación por los formadores tanto por su número como por su dedicación y preparación[1]. Dentro de la renovación conciliar de la Congregación, el interés y la preocupación por los formadores ocupó un lugar privilegiado[2].

I. LA FIGURA TRADICIONAL DEL PREFECTO CLARETIANO

         Una primera afirmación del capítulo general de 1967, el primer capítulo que afrontó con intensidad y profundidad la renovación conciliar de la Congregación, es que se mantenga la figura tradicional de nuestro Prefecto como formador de los seminaristas[3]. No obstante, la figura tradicional del prefecto, manteniendo los rasgos pedagógicos fundamentales, se ha de adaptar, según las circunstancias y los grados de la formación[4].

1. Descripción

        En nuestra tradición claretiana el prefecto es la persona que, en nombre de la Congregación, acompaña a los formandos en el desarrollo integral de su vocación misionera. Su misión no se reduce, pues, a los aspectos organiza­tivos, discipli­na­res y de acompaña­miento espiritual. Abarca todas las dimensiones formativas con objeto de promover una formación armónica[5].

        El prefecto lleva la dirección formativa del Seminario, según los criterios supremos de la Iglesia y de la Congregación, y de acuerdo siempre con las orientaciones de los Superiores competentes[6]. Se trata de una función personal que se ha de entender en relación con el conjunto de la comunidad formativa y con cada uno de los formandos que la componen. Su competencia se refiere a la totalidad del proyecto formativo, aunque haya otras personas que colaboren en la realización de determinadas acciones formativas, como en lo académico, pastoral, disciplinar, etc. A él le toca la responsabilidad de ser guía espiritual del grupo formativo en su conjunto. De ahí la exigencia de la presencia educativa de prefecto entre los formandos y su dedicación para ofrecerles oportunidades de encuentro, de exhortación, de instrucción, de orar y celebrar juntos, etc.[7].

2. Dotes y cualidades

       1º. El capítulo general de 1967 indica[8] que los formadores han de poseer la madurez afectiva que les capacite para llevar a cabo, bajo la moción del Espíritu Santo, su misión in aedificationem Corporis Christi+ en lo que éste tiene de más selecto.

        Se requiere en ellos, además, un equilibrio interior, que se manifieste en la autenticidad y en la sinceridad de su vida y en el control de sí mismos; en la objetividad de sus juicios sobre la realidad; en la capacidad de comprender el mundo subjetivo de los educandos y de crear un clima educativo y familiar de cooperación mutua que los haga aparecer como testimonio del ideal claretiano.

        Los formadores claretianos han de tener un profundo sentido eclesial, una destacada sensibilidad misionera, un amor acendrado a la Congregación, una probada fidelidad a los Superiores, una intensa vida de oración y una ejemplaridad sin tacha. Su testimonio de vida, su modo de pensar, y de su manera de obrar inciden profundamente y en gran medida en el resultado de la formación de los candidatos.

        Nuestras Constituciones (n. 77) acentúan principalmente la caridad pastoral unida a capacidad de relación y acogida, la sólida doctrina y un testimonio de ejemplaridad conforme a la índole misionera de nuestra vocación. Por último, los formadores respecto a los formandos, han de ser verdaderos líderes que comuniquen su entusiasmo religioso y apostólico[9].

          3º. Según el PGF[10], los formadores, para ejercer eficazmente su ministerio, han de poseer algunas cualidades específicas. Entre ellas:

  • Capacidad humana de intuición y de acogida.
  • Experiencia madura de Dios y de la oración.
  • Apertura para formar equipo con otros formadores.
  • Amor a la Iglesia, a su tradición apostólica y a su liturgia.
  • Amor a la Congregación y conocimiento de su historia.
  • Sensibilidad y experiencia pastoral, identificándose con las opciones y sujetos preferenciales de nuestra misión[11].
  • Necesaria competencia cultural y pedagógica.
  • Disponibilidad de tiempo y buena voluntad para acompañar a cada formando y no sólo al grupo, y recta comprensión de su responsabilidad en el acompaña­miento espiritual.

3. Función profética de los formadores

Para fomentar una formación profética[12], los prefectos han de poseer un talante profético. Han de estar identificados con nuestra misión profética y han de promover una metodología con sabor profético. Todos ellos han de adquirir capacidad de adaptación con una mentalidad abierta y dispuesta a buscar siempre a Dios en todas las cosas, modernas y antiguas. Son ellos los que, con creatividad y audacia, han de tomar la iniciativa en los cambios previsibles y se han de adelantar cuando lo reclamen las circunstancias y los signos de los tiempos en diálogo con los superiores y formandos[13].

En contacto asiduo con la Palabra de Dios y viviendo conscientemente el espíritu profético[14], los formadores han de conseguir, sobre todo, la sabiduría espiritual, el instinto sobrenatural, y llegar a ser expertos en los caminos que llevan a Dios[15]. Desde esta perspectiva sapiencial podrán afrontar con verdadero talante profético la misión y la tarea formativa que se les ha encomendado. Ello conlleva algunas capacidades y actitudes:

  • Capacidad de escucha y sensibilidad al Espíritu Santo, verdadero agente formativo e inspirador del formador, el cual realiza su tarea como auténtico mediador de su acción formativa[16].
  • Capacidad de saber auscultar los signos vocacionales de los formandos para ayudarles en su discernimiento; el reconocimiento de los dones personales de los formandos para estimularles en su libertad, crecimiento y madurez y capacidad para saber orientarles en el futuro congregacional y eclesial[17].
  • Capacidad de relacionarse con los formandos con la impronta peculiar de nuestro estilo profético de vida que recibimos de María; una impronta que se expresará también en la relación formativa, caracterizada por el amor, la ternura, la comprensión y cercanía, la alegría vocacional y la fidelidad a la Palabra[18].
  • La sensibilidad a los signos de los tiempos y lugares, particularmente hacia aquellos valores para los cuales se han de formar los misioneros; a los desafíos de la Iglesia; y a las necesidades y urgencias de la Congregación[19].
  • Capacidad de dar testimonio de una vida santa y llena de entusiasmo por la propia vocación. Nada como el testimonio del formador ayudará al formando a dar una respuesta generosa a la acción del Espíritu Santo[20].

II. EL PREFECTO Y LOS EQUIPOS FORMATIVOS

El Capítulo General de 1973, siguiendo la línea de la renovación conciliar, reflexionó y adaptó a las exigencias de los tiempos la figura del prefecto. Su intención no fue quitar la última responsabilidad formativa del Prefecto o Maestro[21]. El sentido realista de la dirección formativa[22], por una parte, y la evolución del concepto de responsabilidad hacia la corresponsabilidad más y mejor participada, por otra, exigieron que en la medida de lo posible los centros de formación de la Congregación estuviesen llevados por equipos formativos[23].

          Por eso, para que la tarea formativa fuera más completa, se vio conveniente que existiese, a ser posible, en nuestros centros, un equipo de formadores con capacidades complementarias, cuyos miembros, conscientes de su responsa­bilidad común, obren concordemente[24]. Este equipo de formadores actuaría siempre bajo la responsabilidad principal de uno de ellos[25].

            De esta manera, y dejando siempre a salvo la centralidad del formador (prefecto o maestro) en la comunidad formativa, los miembros del equipo, bajo la dirección del superior, deberán vivir en estrecha comunión de espíritu, formando entre sí y con aquellos que han de educar, una familia unida[26]. El formador no es un agente solitario; aun dentro de su papel especial, es un miembro de una comunidad claretiana con un punto concreto de referencia, comunicación y confrontación comunitaria. El actuar en solitario es un riesgo que, en la práctica, podría vaciar de contenido el principio de que la formación ha de ser un hecho comunitario[27].

1. Condiciones del equipo formativo

El equipo formativo deberá reunir un conjunto de requisitos para que sea eficaz en su tarea formativa[28]. Por eso:

  • Será concorde en lo que respecta a criterios y orientaciones psicopedagógicos.
  • Reunirá a aquellos formadores que en su conjunto tengan una positiva experiencia pastoral, una sólida formación teológica, una notable capacidad y prontitud para renovarse y adaptarse a las circunstancias de los lugares y tiempos, una profunda formación en la vida religiosa y sacerdotal y una sensibilidad para la vida espiritual.
  • Mantendrá, en su actuación concreta, una perfecta unidad de acción, aun dentro del propio estilo personal de cada miembro del equipo.

        2. Funciones del formador y del equipo formativo

          Las funciones del prefecto y del equipo, con respecto a cada formando en particular y al grupo en su conjunto, son[29]:

  • Discernir con los formandos la obra que Dios va realizando en ellos y los caminos por los cuales los quiere hacer avanzar.
  • Acompañarlos en sus distintas etapas de crecimiento, respetando su ritmo y ofreciéndoles en cada momento la ayuda necesaria para su desarrollo.
  • Proporcionarles en cada fase un alimento sólido, doctrinal y práctico, que responda a sus necesidades personales, a las exigencias del momento presente, y a sus responsabilidades futuras.
  • Evaluar los resultados obtenidos y juzgar si poseen las capacidades exigidas por la Iglesia y la Congregación[30].

III. EL PREFECTO EN LAS ETAPAS FORMATIVAS

          Después de haber descrito de un modo general la figura del prefecto claretiano y del equipo formativo, el PGF acentúa en cada etapa algunos aspectos que el prefecto ha de desarrollar de un modo especial.

1. Acogida vocacional

          El formador de esta fase de acogida vocacional[31] cumple una función muy importante y delicada[32]. Por eso, debe poseer, además de una suficiente preparación pedagógica, apostólica y religiosa, un carisma educativo que le permita llevar a cabo su tarea. Ha de ser entusiasta de la propia vocación y coherente en el testimonio de vida[33].

          El equipo de formadores, cuando lo hubiere, debe ser un verdadero modelo de identificación para los candidatos por la autenticidad, la alegría, la fraternidad y entrega con que cumple su función formadora[34].

2. Postulantado

        En esta etapa de preparación para el noviciado debe haber un prefecto en sentido pleno; se trata ya de una etapa formativa propiamente tal. El responsable debe ser un misionero experimentado, con suficiente experiencia pastoral[35] y con una preparación psicopedagógi­ca y espiritual adecuada. Dadas las características de la etapa deberá poseer aptitudes para entrar en sintonía con los jóvenes[36].

        Las funciones del prefecto de esta etapa serán:

  • Recoger, en colabora­ción con el candidato, cuantos datos e informa­ciones sean útiles para discernir los signos de vocación claretiana y sus eventuales contraindicacio­nes.
  • Ayudar al postulante a conseguir los objetivos propios de la etapa y a lograr la madurez necesaria para tomar sus decisiones con las debidas garantías de libertad y responsabilidad.
  • Ofrecerle, independientemente de la forma de realizar el postulantado, una experiencia de grupo o de vida comunitaria claretiana en un ambiente favorable para el discernimiento[37].
  • Asegurar la preparación suficiente (especialmente lingüística) si el postulante tuviese que realizar el noviciado en un país de lengua y cultura diferentes a las suyas.

        Para ofrecer una formación más completa, a ser posible, contará con la colaboración de otros misioneros. Y para asegurar la continuidad en la formación, el responsable de esta etapa deberá estar en asiduo contacto con el maestro de novicios, con el responsa­ble de la pastoral vocacional y con los formadores del seminario menor, si los hubiere.

3. Noviciado

          La dirección de los novicios, como se afirma en el CIC, queda reservada sólo al maestro, bajo la autoridad de los Superiores Mayores[38]. Sin menoscabar el papel del maestro, éste puede contar con colaboradores, que trabajen en equipo y compartan responsabilidades y funciones. Éstos dependen de él en lo que se refiere a la dirección del noviciado y a la aplicación del plan de forma­ción[39].

          El maestro de novicios[40] ha de ser profeso perpetuo y estar dotado de las cualidades humanas, religiosas y apostóli­cas que le permitan cumplir plenamente su misión[41]. Además de una conveniente experiencia apostóli­ca, debe poseer un gran amor a la Congrega­ción, aptitudes pedagógicas, y las dotes necesarias de madurez, amabilidad, prudencia y sólida doctrina respecto a la naturaleza y misión de la Congregación en la Iglesia[42].

          El maestro desempeña la función de ayudar a los novicios, con su palabra y ejemplo, a formarse en la vida misionera de la Congrega­ción[43]. A tal fin, ha de:

  • Acompañar personal­men­te a cada novicio, orientándolo de manera persona­li­zada e inculcándole las virtudes humanas y cristianas[44].
  • Poner empeño en crear y animar una verdadera comunidad de fe y amor entre los novicios.
  • Procurar que éstos consigan la unidad de vida misionera que les permita integrar de manera armoniosa el espíritu de unión con Dios y la acción apostólica.
  • Discernir y comprobar la vocación de los novicios[45].

4. Misioneros en formación

          El prefecto es el formador propio de los misioneros que se preparan para la profesión perpetua y la ordenación diaconal o presbiteral[46]. Se trata de un servicio muy importante por su fin y por sus consecuencias, ya que su misión es acompañar y formar, con su testimonio de vida y sus orientacio­nes, a aquellos que, a través del ministerio de la Palabra, serán como instrumentos de la salvación de muchos[47]. Es preciso, pues, que aquel que sea nombra­do por el Superior Mayor con el consentimiento de su Consejo[48], se prepare conve­nien­temente y procure desempeñar con toda solicitud el servicio que la Congrega­ción le encomienda.

          1º. Las funciones principales del prefecto son:

  • Amar igualmente a todos y conocer las necesidades de cada uno[49].
  • Inspirar a los estudiantes, con su vida y con su palabra, el amor a la vocación, a la Iglesia y a nuestra Congregación, y exponerles su vida y misión en el mundo.
  • Ayudarles personalmente a afianzarse en su vocación y a vivirla con gozo, de manera que todos asuman este modo de vida por íntimo convenci­miento de fe[50].
  • Animar la formación, procurando que la virtud sea preferida al saber, pero no descuidando tampoco éste, porque la santidad y la inteligencia son los dos pies del misionero: ambas esen­ciales[51].
  • Fomentar la responsabilidad y disciplina interior de cada formando.
  • Alentar la comunión de vida entre todos y ma­n­te­ne­rse en comu­nión con los superiores, informándoles sobre la marcha de la comunidad formativa, discerniendo con ellos lo más conveniente y ejecutando sus orientacio­nes[52].

          2º. El prefecto puede ser ayudado en su tarea por uno o varios colaboradores, con capacidades complementarias[53]. A él le corresponde la coordinación de todos los aspectos formativos y del equipo de colaboradores[54]. Entre éstos ha de existir un fuerte sentido de unidad, tanto de criterio como de acción, dentro del estilo personal de cada miembro[55]. Su primera acción formativa es el testimonio alegre de vida misionera, que estimule a los formandos a un mayor compromiso en el seguimiento de Cristo según nuestro carisma.

          De entre las cualidades de madurez humana y espiritual que se exigen a los formadores, el prefecto y sus colaboradores deben acentuar:

  • La ejemplaridad, de modo que resplandezca su amor a la Congregación y a la observancia de las Constituciones[56].
  • El sentido eclesial y la sensibilidad misionera[57].
  • Una adecuada experiencia pastoral.
  • La capacidad de adaptación y sintonía con los formandos.

          Las funciones principales del equipo son:

  • Animar la formación de esta etapa buscando la corresponsabilidad de todos los miembros de la comunidad formativa y, al mismo tiempo, las líneas y los medios formativos más en consonancia con el sentir de la Iglesia y de la Congregación.
  • Crear un buen clima comunitario y ayudar a vivir los compromisos de la programación formativa elaborada conjuntamente por todos los miembros de la comunidad.
  • Desempeñar las tareas concretas que a cada uno le hayan sido asignadas.
  • Ayudar a que los formandos crezcan como ministros idóneos de la Palabra y se mantengan disponibles para las necesidades de la Congrega­ción.
  • Abordar con realismo y serenidad las cuestiones y los problemas formativos que surjan.
  • Juzgar si los formandos ofrecen las garantías debidas, señaladas por la Iglesia y la Congregación, para la profesión y, según los casos, los ministerios y la ordenación.
  • Discernir las aptitudes apostólicas de cada formando para sugerir al gobierno provincial las posibles especializaciones y destinos.
  • Evaluar periódicamente la marcha de la comunidad formativa y de cada formando.

IV. OTROS ASPECTOS FORMATIVOS

1. Selección de los formadores

        Puesto que la formación, además de depender de las orientaciones formativas, depende sobre todo, de los educadores idóneos, los Superiores, Prefectos y Profesores de nuestros Seminarios han de elegirse de entre los mejores. No se ha de dudar en *retirarlos de otros cargos que en apariencia son de más importancia, pero que en realidad no pueden compararse con este ministerio esencial, al que ningún otro supera+[58]. 

2. Presencia educativa y dedicación plena

          Tanto en nuestra Congregación como en general en la Iglesia una comunidad formativa no se comprende sin un formador que, actuando en nombre del Instituto, es allí el testigo e intérprete del proyecto congregacional que con el grupo tiene que traducir en realidad. Su pertenencia a esta comunidad formativa implica una presencia física en la misma y un compartir cotidiano de sus momentos de vida[59].

          Por eso, para que los formadores, prefectos y maestros de novicios, puedan desempeñar con dedicación y fruto sus funciones deben estar libres de las obligaciones y cargos que se lo impidan[60].

3. Formación de formadores

        Los prefectos necesitan una preparación específica, que sea verdaderamente técnica, pedagógica, espiritual, humana, teológica y pastoral, para realizar eficazmente sus tareas[61]. De un modo especial, se ve la necesidad de que, para este conjunto de funciones, el formador cultive la propia preparación en psicología, espiritualidad y carisma claretiano, que sin duda hará más humana y densa su comunicación con cada uno y con el grupo.

        1º. De poco valdría que la Congregación hiciera notables inversiones de recursos, instrumentos y edificios para la formación si no invirtiera ante todo en personas de calidad, dedicadas a esta fase del propio desarrollo aun con desmedro de otras posibles actividades. Por eso, es deber de los Superiores el promover que nuestros formadores sean cuidadosamente formados, especialmente en la Teología de la Vida Religiosa con doctrina sólida, conveniente experiencia pastoral y una formación espiritual y pedagógica singular[62]. Los Organismo Mayores deberán preocuparse con mayor atención en fomentar dentro de sus posibilidades la vocación de formador y proporcionar de una manera efectiva aquella preparación que necesitan para el recto desempeño de su cargo.

          2º. Además de la preparación previa al comienzo de su cargo[63], precisan una formación permanente que les ayude a superar la rutina y, sobre todo, que les permita una renovación continua teniendo en cuenta la experiencia vivida[64]. Esta experiencia se convierte en fuente formativa, con tal que sea sometida a constante y fraterna evaluación. El intercambio con otros formadores, el análisis de situaciones y problemas formativos concretos, la consulta a expertos, el conocimiento actualizado del mundo juvenil, los encuentros breves o los programas sistemáticos dedicados a la actualización teológica y pedagógica, las experiencias apostólicas y a la renovación espiritual permitirán a los formadores evaluar su tarea y disponerse para seguir realizándola más fructuosamente[65].



[1] En este capítulo tratamos el tema del prefecto haciendo referencia a todos los documentos posconciliares: Constituciones y Directorio, Capítulos Generales, Carta sobre la formación del P. Gustavo Alonso y el PGF Prácticamente transcribimos los textos casi en su totalidad sin hacer comentarios especiales de tipo psicológico o pedagógico; en algunos casos, se presenta más bien una síntesis de los textos congregacionales en torno a algún aspecto de la figura del prefecto. Por último, como es habitual entre nosotros, el formador del que hablamos ahora lo llamamos prefecto o, en el caso de los novicios, maestro. Con la renovación conciliar desapareció la figura del ecónomo con prefecto de los hermanos auxiliares.

[2] Cf. 2F 14.

[3]Cf. 1F 81.

[4] Además de las etapas formativas, entre las circunstancias que hay que considerar hoy en día en la Congregación están el nuevo estilo de relación comunitaria, la diversidad cultural, la escasez de vocaciones en algunas comunidades formativas, etc. (cf. Ib.; también apartado III del presente capítulo).

[5] Cf. PGF 414.

[6] Por eso, consultará con el Rector sobre la aplicación de estos criterios educativos y secundará la función del mismo en orden a lograr una eficaz coordinación de todos los formadores en la tarea común (cf. número 72) (cf. 1F 81; también 1F 72).

[7] Es, además, la persona que la Congregación ofrece a cada formando para un aspecto tan fundamental de la formación como es la dirección espiritual, dejando a salvo, en todo caso, la libertad del mismo formando a optar y hacer reconocer por los superiores otra persona idónea para este acompañamiento. Aun en este caso, como se señala en el Directorio (n. 237), el coloquio personal y frecuente con el prefecto es imprescindible. De este tema hablaremos en el capítulo siguiente (cf… G. ALONSO, circular Claretianos en Formación, CF, Roma 1990, p. 28).

[8] Cf. 1F 77-78.

[9] Cf. CF, p. 28; también, 1F 77.

[10] Cf. PGF 108. El PGF, teniendo en cuenta nuestras orientaciones congregacionales, las enriquece con otras emanadas de los Iglesia en los documentos PI, PFS y PDV adaptándolas a las nuevas situaciones de tiempo y lugar.

     [11]Cf. MCH 228.

[12] Sobre la formación profética, cf. PREFECTURA GENERAL DE FORMACIÓN, Formación profética claretiana, Roma 2003, 117 pp.

[13] Cf. 1F 71.

[14] El tema del formador, cf. Formación profética claretiana, pp. 75-76.

[15] Cf. VC 66, 84, 94.

[16]Como dice el PGF, “a través de los formadores actúa el Espíritu de Jesús. Por eso, vivir a la escucha del Espíritu y estar atentos a sus mociones e inspiraciones ha de ser una actitud permanente tanto por su parte como por parte de los formandos” (107).

[17]Durante los estudios teológicos, el Prefecto de estudiantes, en íntima colaboración con todo el equipo de Formadores, y con los Estudiantes mismos, esfuércese por descubrir las particulares inclinaciones y cualidades de cada uno de los mismos, informando de ello al Prefecto Provincial de Estudios (cf. 1F 197).

[18] Cf. EMP 20.

[19] Cf. PGF 108-109, 307, 415-418.

[20] Cf. 1F 14.

[21] Cf. 2F 14 a).

[22] Se ve en la práctica que aquellos elementos que nuestros Documentos, Directorio y Constituciones exigen del Prefecto y Maestro (1F 76-83, 121; Dir 240-243; CC 108-116) difícilmente se pueden concretar en una persona; más aún, cuando en las circunstancias actuales los problemas formativos han adquirido mayor volumen y complejidad (cf. 2F 14). La comisión de formación del Capítulo del 73. de la que formé parte como secretario, bautizó la figura del prefecto claretiano como de superstar, persona casi imposible o difícil de encontrar.

[23] Por eso se ve la necesidad de ampliar el concepto de Prefecto y Maestro enriqueciéndolo con elementos de la pedagogía comunitaria y haciéndolo derivar hacia un grupo o equipo que reúna en sí la mayoría de los elementos que la Iglesia y la Congregación postulan para los encargados directamente de la formación de los candidatos (2F 14). Ya el Capítulo General de 1967, consciente de esta necesidad, pedía que “en lo referente a la disciplina y régimen externo el prefecto pueda ser ayudado por uno o varios socios, que le estarán sometidos inmediatamente en estas materias (de formación)” (1F 81, 8º). “Los auxiliares, bajo la dependencia del prefecto, responsabilícense sobre la disciplina externa de nuestros seminarios (CC I, 99; CIA 333, 1-2). Dígase lo mismo respecto a los profesores por lo que atañe al orden y a la disciplina de sus clases” (1F 83).

[24] El formador, sobre todo cuando no está integrado en un equipo formativo, necesitará mucha comunicación e intercambio con otros centros formativos y personas de confianza que le ayuden a desempeñar su compleja tarea (cf. 2F 14 c).

[25]Cf. Dir 162; PGF 111.

[26] En el Directorio (n. 164) se explica el concepto de comunidad formativa, que nos transmite una experiencia eclesial y con­gregacional según la cual la formación es siempre un hecho comunitario.

[27] Cf. CF, p. 29. A su modo, también otros agentes de formación (v. gr. los profesores) se exponen a esto mismo cuando entienden su quehacer como algo autónomo tanto respecto del proceso formativo como respecto de la Comunidad (cf. Ib…; Cf. también 1F 71)

[28] Cf. 2F 14 b).

[29] Cf. PGF 109.

[30]Cf. Dir 163.

[31] Se incluye aquí el caso especial de los aspirantes en sus casas. Son jóvenes con interés vocacional que residiendo con sus familias, llevan un programa de seguimiento y acompaña­miento persona­lizado y se reúnen periódicamente bajo la dirección de un forma­dor para compartir y desarrollar la experiencia vocacional (cf. PGF 324.4).

[32] Cf. PGF 317-318.

[33]Cf. 2F 14.

[34]Cf. Dir 184.

[35]Cf. Dir 194.

[36] Cf. PGF 345-347.

[37]Cf. Dir 191.

[38]Cf. CIC 650.

[39]Cf. CIC 651, 2.

[40] Cf. PGF 369-373.

[41]Cf. CIC 651; Dir 210.

[42]Cf. CC 68.

[43]Cf. CC 68.

[44]Cf. Dir 211.

[45]cf CIC 652, 1.

[46] Cf. PGF 413-418.

[47]Cf. RE (B) 37; CC 77.

[48]Cf. Dir 248.

[49]Cf. RE (B) 37, 8; CC 77.

[50]CC 77.

[51]RE (B) 37, 4.

     [52]Cf. RE (B) 37, 2; Dir 251.

     [53]Cf. 2F 14.

     [54]Cf. Dir 162; OT 5; 1F 75.

     [55]Cf. 2F 14b.

     [56]RE (B) 37, 1.

     [57]Cf. Dir 249.

[58] 1F 76. Cf. también, CC (1924) I, 90, 131, 146.

[59] Cf. CF, pp. 27-28.

[60] Cf. CIC 651.3: PGF 113, 371.

[61] Cf. PDV 66; OT 5.

[62] Cf. 1F 79; 2F 14 d; CF, p. 29; PGF 112. En consecuencia, se creará en la Congregación un Instituto o Centro para preparar individuos naturalmente dotados para este ministerio. Podrán asistir a otros centros extraños a la Congregación, pero se habrá de completar esta formación general con otras materias más directamente relacionadas con nuestra espiritualidad y con nuestros fines. Deberán tener la Licencia en Teología o Sagrada Escritura o títulos equivalentes. Desea también el Capítulo que una comisión especializada prepare un programa orgánico para este centro de formadores. Además conviene organizar cursos oportunos y asambleas de educadores de nuestros seminarios en tiempos preestablecidos (cf. OT 5). Estas reuniones deben ser a nivel general o provincial, abarcando los formadores de todas las etapas de la formación para lograr una coordinación mejor entre todos ellos. No se descuide asimismo el tomar parte en congresos y reuniones con otros formadores de sacerdotes y religiosos (Cf. Ib.).

[63]Cf. PFS 49-64.

[64]Cf. PFS 65.

     [65] Cf. PFS 66-71.

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