Capítulo VII: Orientaciones Formativas

            Como he indicado en la presentación, en varias ocasiones me han solicitado que clarificase más la figura, el papel y las funciones del formador claretiano. Entre las iniciativas concretas que me han pedido estaba la elaboración de un reglamento que regulase las relaciones entre el prefecto y otras personas de la comunidad formativa, especialmente el superior y el ecónomo, y que evitase malentendidos y conflictos en el desempeño de la misión formativa[1].

             Siempre me he negado a elaborar dicho reglamento por varias razones. Creo que su elaboración y posterior imposición traería más problemas que soluciones. Un reglamento no puede contemplar las múltiples circunstancias en las que se puede desenvolver la marcha de una comunidad formativa. El reglamento encorsetaría la vitalidad de unas relaciones entre el prefecto y otros miembros de comunidad que de por sí han de ser fraternas, libres y cordiales. Reglamentar mucho la vida es aniquilarla, matarla, hacerla estéril, sería quitarle creatividad.

            Para salir al frente de estas y otras dificultades me ha parecido mejor dar unas orientaciones formativas, basadas en el perfil de la figura del prefecto, que sirviesen de ayuda para vivir la espiritualidad misionera desde la misión formativa y de pauta para el diálogo entre los superiores, prefectos y formadores, y formandos. Estas orientaciones serán eficaces si se integran en la propia espiritualidad apostólica y si se hacen posteriormente normas prácticas, no desde un reglamente congregacional, sino desde el diálogo, el acuerdo y el consenso entre todos los implicados en el proceso formativo. Entre las orientaciones para los formadores destacaría:

  1. 1.Misión apostólica. Ser prefecto es una misión apostólica. No es un simple cargo o una carga, o una mera tarea burocrática. Es la misión donde se ha de realizar el prefecto como persona y como claretiano (de la misma manera que los demás misioneros de la Congregación en sus respectivas misiones). Por eso ha de amar su misión sabiendo el gran servicio que está prestando a la Iglesia y a la Congregación.
  1. 2.Integración espiritual. El prefecto ha de vivir su misión formativa integrándola en su espiritualidad apostólica claretiana. Debe orar constantemente por los formandos. Debe sufrir por ellos; las cruces las ha de ofrecer por su formación; ha de morir cada día para que los formandos resuciten (I Cor, 4, 10-12). Viviendo identificado con Cristo, maestro de los apóstoles; iluminado y fortalecido por la acción del Espíritu Santo, primer agente de la formación, ha de ser un fidelísimo hijo del Corazón de María, nuestra Madre y Formadora. Con ella ha de mantener una relación filial y profesional (de formador a formadora) profunda, intensa y duradera. El prefecto ha de comprender que está formando hijos para su Madre, María.
  1. 3.Testimonio de vida. El testimonio de vida claretiana del prefecto es fundamental en la formación. El testimonio del formador, tanto positivo como negativo, tiene una influencia decisiva en ambos sentidos. Las palabras formativas del prefecto han de estar respaldadas por su testimonio de vida claretiana; de lo contrario serán inútiles, vanas y vacuas, e incluso contraproducentes. Sin el testimonio personal de vida, el formador no tiene nada que hacer, no tiene eco en la comunidad formativa. La experiencia demuestra que el testimonio del formador refuerza de tal manera la acción formativa que, a veces, no hacen falta las palabras. Un formador que hable y estimule a la oración personal, por ejemplo, si no da testimonio de que es un hombre de oración, hará su acción formativa inútil. En este sentido, ser formador es un estímulo a la fidelidad personal.
  1. 4.Formador integral. El prefecto claretiano es un formador total en sentido pleno. A él se le encomienda la animación, personal y comunita­ria, de la formación integral y armónica de los misioneros. No es formador de una faceta de la personalidad del formando (educación física, formación académica, etc.). Cuida la formación global de la persona en sus dimensiones física, psicológica, intelectual, social, cultural, religiosa y claretiana. No obstante su responsabilidad global, el prefecto ejecuta su responsabilidad formativa ayudado por otras personas (auxiliares, profesores, miembros del equipo formativo, etc.).
  1. 5.Responsabilidad global. Es el responsable de la organización formativa y disciplinar del centro de formación. Bajo su responsabilidad cae, teniendo en cuenta las consultas y diálogos pertinentes con los superiores, equipo formativo y formandos, todo lo referente a la organización de la formación (vida espiritual y sus dinamismos, vida comunitaria, acción pastoral, instrucción, etc.), y de la disciplina (organización externa de la comunidad, horarios, concesión de permiso, distribución de tareas, etc.) de la comunidad formativa. No son el superior, ni el ecónomo, ni el encargado de la formación académica, los responsables de la organización y de la marcha de la comunidad formativa. Aunque ellos tengan su propia función, la organización de la comunidad formativa no les corresponde; el responsable es el prefecto en comunión con los demás.
  1. 6.Cuidado de la salud física. El prefecto se ha de interesar cuidadosamente de la salud física de los formandos. Una salud deficiente y mal cuidada puede impedir en el futuro el desarrollo una adecuada misión apostólica. Procurará que haya buena y suficiente alimentación, deportes, educación física, higiene; son aspectos que han de formar parte de la formación. Ha de vigilar para evitar los excesos físicos y corporales (en el beber y comer, en el cuidado de la vista, en el estudio, etc.) y enfermedades.
  1. 7.Atención a la normalidad y madurez psicológica. El prefecto procurará, en primer lugar, que se hagan las pruebas establecidas en el derecho y en el PGF para detectar la normalidad psicológica de los formandos. Si alguno necesita asistencia psicológica personal adecuada se la proporcionará. Estará pendiente de la maduración psicológica de los candidatos. A la hora de poner en práctica el plan formativo ha de ser exigente, buscando siempre lo mejor y lo más enriquecedor para los formandos. Una formación débil, light, crea personas flojas y poco consistentes, con poca madurez para afrontar las dificultades de la vida misionera. Si el formando necesita una experiencia de maduración, como la de interrumpir la carrera o un año de trabajo, se la debe proporcionar contando siempre con un plan apropiado. Ha de evitar las prisas en los formandos a la hora de hacer la profesión perpetua y para acceder a las órdenes sagradas.
  1. 8.Formación académica. Actualmente la mayoría de nuestros formandos va a centros académicos no claretianos. El prefecto se ha de interesar el seguir de cerca los estudios de los formandos. Lo ideal sería que fuera también profesor en el centro académico; por lo menos, ha de procurar estar presente en las estructuras de gobierno (consejo de rectores, por ejemplo, u otro semejante). Además de ser un aspecto de revisión periódica con el formando, es necesario que dialogue de vez en cuando con los profesores del centro.
  1. 9.Estudios particulares. Siguiendo nuestra tradición, debe orientar los así llamados estudios particulares de los formandos durante la carrera y las futuras especializaciones teniendo en cuenta sus cualidades e inclinaciones y las necesidades de la Congregación. Facilitará todo lo que sea necesario para que los formandos desarrollen sus cualidades especiales o dotes particulares (literatura, pintura, música, lenguas, etc.). Esta dimensión formativa personalizada es de suma importancia y no se debe descuidar. Dentro de la unidad de los estudios hay que diversificar la formación según las distintas personalidades en orden a la misión apostólica.
  1. 10.Instrucción formativa. El Prefecto proporcionará a los formandos en cada fase formativa un alimento sólido, doctrinal y práctico, que responda a sus necesidades personales, a las exigencias del momento presente y a sus responsabilidades futuras. Esta es una de las funciones más importantes que tiene el prefecto y que siempre ha estado presente en la tradición congregacional. El prefecto ha de ofrecer de una manera sistemática y a través de las más variadas metodologías (conferencias, meditaciones, talleres, etc…) aquellos elementos de formación complementaria que no se dan en otros ámbitos[2]. De un modo especial ha de trasmitir y actualizar todo lo referente a los procesos vocacionales; al carisma claretiano y al espíritu congregacional; y a la historia propia en la situación pasada y presente. Por otra parte, aunque se puede valer de otras personas que le ayuden, es imprescindible que el mismo prefecto se empeñe personalmente en esta función. Son momentos de una clara incidencia formativa para trasmitir experiencias, clarificar criterios, impulsar actitudes misioneros, etc… Son momentos que forman parte de lo que he llamado en otras ocasiones (cursos de formadores) pedagogía del gota a gota formativo; es una pedagogía muy actual y muy eficaz si se practica con coherencia e insistencia.
  1. 11.Acompañamiento personal.El acompañamiento vocacional es un dinamismo fundamental de gran importancia formativa. Además de las acciones de grupo, hay que llegar a la persona a través de una formación personalizada[3]. El prefecto ha de tomar muy en serio esta responsabilidad y no la puede abandonar, por muchas ocupaciones que tenga[4].

     

El prefecto deberá acompañar personalmente a los formandos a lo largo de todo el proceso formativo para promover su crecimiento y su fidelidad vocacional, para que se formen en la vida religiosa y en el espíritu de la Congregación mediante diálogos personales con ellos. Dos tipos de acompañamiento y de diálogos[5]:

  • La dirección espiritual. El prefecto (o el maestro) es la persona que ofrece la Congregación para la dirección espiritual de los formandos como se venido afirmando repetidas veces a lo largo de la tradición congregacional. Este criterio tiene su aplicación práctica salvando siempre la libertad del formando.
  • Los diálogos formativos. Son diálogos personales entre el prefecto y el formando sobre la marcha del proceso formativo del formando[6]. Son diálogos imprescindibles que siempre se han de tener. Sin entrar en temas de conciencia, estos diálogos formativos abarcan todo el contenido de la formación integral[7].
  1. 12.Relaciones del prefecto con otros miembros de la comunidad (superior, ecónomo, prefecto de estudio, profesores, etc.). Para regular estas relaciones conviene tener en cuenta algunos criterios:
  • Es fundamental que cada uno sepa su propia misión y el alcance de la misma[8]. La ignorancia es madre de muchos errores y de malos entendimientos. Esto es lo primero.
  • Es necesario dialogar lo más posible entre todos los que están implicados en la formación. El diálogo es fundamental para resolver problemas, conflictos y malentendidos, y favorecer la unidad formativa.
  • Hay que elaborar buenos proyectos formativos donde aparezcan las competencias de los implicados en el proceso formativo.
  • Por último, además de los criterios que se apuntan, es muy importante el tipo de personas que intervienen en la acción formativa. Está comprobado que muchos de los problemas que se suscitan en este tipo de relaciones depende de las personas, de su temperamento y carácter, de su apertura mental, capacidad de compresión, etc.
  1. 13.Formación apostólica. La formación claretiana es una formación para la misión. La formación apostólica es, por lo mismo, una dimensión esencial y fundamental de nuestra formación. Es una dimensión que ha de estar presente en todo el proceso formativo y que se debe plasmar en todos los proyectos de formación.

      Mi experiencia personal desde que ingresé en la Congregación (como estudiante, formador, prefecto general de formación) es que nuestros centros siempre han vibrado apostólicamente y los formandos han sido muy celosos apostólicamente; el apostolado ha sido y sigue siendo una de las grandes aspiraciones de realización de nuestros formandos ya desde el mismo período formativo. Todo esto es, sin duda, fruto de nuestro carisma misionero y signo de fidelidad al espíritu de nuestro Fundador. Es una buena señal. No obstante, hay que canalizar, integrar y formar esa fuerza apostólica de nuestro formandos con algunos criterios formativos:

  • No se debe ser reducionista a la hora de hablar de formación para la misión. No se trata sólo de realizar acciones y actividades apostólicas. La formación para la misión implica actividades apostólicas, teología y planificación pastoral, y una buena dosis de ciencias teológicas (teología, escritura, moral, etc.). De éstas no se puede prescindir en absoluto. Más aún, una buena formación apostólica no se entiende sin una buena formación teológica. Quien piense que la teoría es inútil y que estudiarla es tiempo perdido comete una gran torpeza.
  • Las actividades deben estar organizadas. También la experiencia me ha hecho ver que las actividades apostólicas es lo peor organizado en nuestros centros[9]. Se hace mucho pero sin orden y sin plan. Como pide el PGF, hay que elaborar Plan Sistemático de Iniciación Apostólica. En este plan, que ha de abarcar todo el proceso formativo y ha de tener presente las circunstancias concretas del Organismo Mayor, se han de contemplar experiencias concretas de pobreza.
  • Las experiencias han de tener un claro sentido formativo. Esto significa dos cosas: en primer lugar, que las actividades que se planifiquen han de estar en función, no tanto de valor apostólico de las mismas cuanto de la ayuda formativa para el formando[10]; y, en segundo lugar, que las actividades han de quedar integradas en la vida espiritual del formando; ha de integrarlas en perfecta unidad de vida misionera, evitando el activismo y la dicotomía personal[11].
  • Presencia del formador en la formación apostólica. No puede faltar su presencia formativa tanto en la elaboración del plan apostólico como en su realización y evaluación. Lo ideal es que el formador pudiera, también, compartir con algún grupo de formandos una de las actividades programadas. Asimismo, el formador ha de dar una dimensión personalizada a la actividad apostólica de los formandos; esto es posible en el momento de la planificación y, sobre todo, en la evaluación personal con el formando, sea en la dirección espiritual, sea en los diálogos formativos.
  1. 14.Formación permanente. El Prefecto debe cuidarla, no sólo por razones personales, sino para adquirir siempre una mayor preparación formativa y mejorar el servicio a la formación. Los formandos aprecian que el formador sea una persona de calidad, bien preparada en su campo, actualizada y con autoridad personal y moral. Para ello ha de utilizar todos los medios posibles a su alcance. De un modo especial ha de estudiar personalmente cada día todo lo referente a su misión (carisma claretiano, espiritualidad, psicología y pedagogía). Para la preparación en la dimensión claretiana deberá participar en los cursos que se organizan periódicamente en la Escuela del Corazón de María.


[1] Hay que decir que este problema no es nuevo en la Congregación. La historia congregacional nos recuerda que estos conflictos han existido siempre y han sido producido por la dinámica de la vida y las exigencias de la misión formativa.

[2] Cf. PGF 224-226, 228, 400 y Apéndice 3.

[3] El acompañamiento es esencial para estimular a los candidatos a crecer en la vida cristiana (ámbito donde se manifiesta la vocación), para ayudarlos al discernimiento vocacional, para acompañarlos en las dificultades ante las decisiones que ha de tomar y para evitar futuras frustraciones por la falta de discernimiento adecuado.

[4] Esta responsabilidad se ha descuidado en algunas partes de la Congregación con gran perjuicio de la formación. A algunos formadores les cuesta realizarla, especialmente por falta de preparación o capacidad y, sobre todo, por falta de tiempo y por estar empeñados en otras actividades. El prefecto no puede aceptar actividades apostólicas incompatibles con su función de formador.

[5] Los criterios y las orientaciones concretas actuales para realizar ambos tipos los tenemos en el PGF 187-193. En cuanto a la periodicidad de los diálogos con el formador, depende de las circunstancias y de los momentos formativos. Un encuentro personal con el formador cada mes puede ser suficiente como norma general.

[6]Los formandos no tienen necesariamente que hablar en persona y de una manera sistemática con los superiores y ecónomos de las comunidades formativas. Es un error y una práctica antipedagógica que a veces se comete en algunos de nuestros centros; con ella se está sometiendo los formandos a una excesiva pérdida de la propia privacidad y libertad.

 

[7] Un punto de referencia para dialogar en los encuentros puede ser el proyecto personal. También pueden servir los aspectos que se indican en los distintos formularios del PGF, especialmente los Apéndices 4, formularios 1, 6, 8, 13. Para otros tipos de encuentros personales, cf. IVM (Manual del Novicio Claretiano), Apéndice 3.

[8] Normalmente en nuestros documentos congregacionales constan las competencias y funciones de los distintos cargos de la comunidad. Otras veces, son las tradiciones las que suelen determinar y fijar ciertas normas y estilos de actuar. Todo ello es fuente de información válida.

[9] Así como la vida espiritual, la comunitaria y la académica están normalmente bien organizadas, la vida apostólica se deja a veces al azar y a la improvisación.

[10] Este principio trae consecuencias prácticas, no siempre muy agradables para los formandos. Por ejemplo: a veces hay que sacrificar la continuidad de la obra o de la acción apostólica por el bien formativo del formando; otras veces, es necesario cambiar una acción apostólica para experimentar otras nuevas, etc.

[11] Para este tema cf. IVM, (Manual del Novicio Claretiano), La unidad en la vida misionera, cap. 15.

Related posts: