Confundadores- Manuel Vilaró

P. Severano Blanco cmf

El dàia 27 Decembre recordamos la muerte del P. Manuel Vilaró, uno de los confundadores de la Congregación. Durante muchos años de nuestra historia se le excluyó del “necrologium” y del recuerdo oficial, pero a partir del Capítulo General de 1922 se ha retomado la memoria de este Misionero, que tiene mucho que decirnos para vivir hoy nuestro carisma misionero. Presentamos la síntesis de su vida misionera, que el P. Claret dejó plasmada en la Autobiografía: “Este sacerdote me vino a acompañar y ayudar en las misiones que hacía en la diócesis de Tarragona. Entró desde un principio en la Congregación de los Hijos del Corazón de María y cuando yo fui a Cuba tuvo la bondad de venir a acompañarme; a éste le hice mi secretario, y desempeñó muy bien su encargo; además de la secretaría, predicaba y confesaba siempre. Era bastante instruido, virtuoso y muy celoso; trabajó muchísimo, enfermó, y viendo los médicos que en Cuba no había esperanzas de curar, le mandaron que se volviera a la Península, y murió en Vich, su patria.” (Autobiografía n. 592).

Los inicios de su vida y vocación

Manuel Vilaró y Serrat nació en Vic el 22 de septiembre de 1816, en el seno de una familia pobre de tejedores. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento con los nombres de Manuel, Mauricio y Joaquín. Fueron cuatro hermanos, dos de ellos sacerdotes y una, religiosa Carmelita Descalza.

En 1826 ingresó al seminario de Vic, donde cursó sus estudios, con tan buen nivel de aprovechamiento, que en sus ratos libres dictaba clases particulares a muchachos interesados en aprender. Toda su formación eclesiástica duró hasta 1842, en que consta oficialmente la finalización de sus estudios. No conocemos la fecha exacta de su ordenación sacerdotal, pero tuvo que ser pasado el final de sus estudios. Tampoco sabemos los destinos ministeriales que recibió durante sus primeros años de sacerdote.

 “Me vino a acompañar y ayudar en la misiones”

Recién tenemos noticias seguras del ejercicio de su ministerio sacerdotal, cuando aparece misionando con el P. Claret en la diócesis de Tarragona. En realidad la campaña misionera en esa diócesis fue iniciada por el P. Claret a fines de 1845, pero tuvo que ser interrumpida algunos meses después por los agudos problemas políticos que surgieron. En septiembre de 1846 fue reanudada esta misión y duró hasta febrero de 1847; siendo “la campaña misionera más brillante acaso de todas las llevadas en Cataluña…” (Fernández, Cristóbal, El Beato P. Antonio María Claret, t. I, p. 226). El mismo P. Claret nos describe algo de su experiencia: “En ésta, gracias a Dios, se hace un fruto extraordinario: lo que faltan son confesores: con el compañero –que era el P. Vilaró- trabajo día y noche, nos damos toda la prisa que podemos y nos es imposible terminar: los demás sacerdotes ya nos ayudan, pero como no están acostumbrados a confesar tanto, y por otra parte, son muy poco aficionados a ello, se cansan pronto…” (Carta del P. Claret a D. Caixal, 26 de diciembre de 1846).

No sabemos cuándo se conocieron ni cuándo empezaron a misionar juntos, pero sí tenemos algunos testimonios del mismo P. Claret, que nos hablan del P. Vilaró como su compañero de misiones. El 4 de febrero de 1847, el P. Claret escribe al Vicario Capitular de Vic, D. Luciano Casadevall, diciéndole: “M. Manuel Vilaró trabaja mucho y se halla muy bueno”. Y en otra carta, fechada el 22 del mismo mes, dice: “Aún me hallo en ésta y el compañero Vilaró esta noche ha predicado en la parroquia de Morera por disposición de su Excelencia; después de unos cuantos sermones se volverá a unir conmigo. Gracias a Dios está bueno y trabaja muchísimo y la gente está muy contenta de él”. Finalmente, citemos a D. José Caixal, canónigo de Tarragona, quien escribió al P. Claret diciéndole: “Anímese Usted y su compañero; baten ustedes completamente al demonio”. (Cf. Villa, Federico. El R.P. Manuel Vilaró y Serrat, Misionero y Confundador de la Congregación. En Annales, t. XVIII, p. 253).

Como vemos, la intensidad del trabajo, el ardor apostólico y la sintonía de vida entre estos dos misioneros eran notorios. Posiblemente, el P. Manuel Vilaró misionó junto al P. Claret hasta que éste marchó a las Islas Canarias. A fines de 1847 el P. Manuel Vilaró pasó de Ecónomo interino a una parroquia rural cercana a Manresa y, a los cinco meses, a la parroquia de San Martín de Sesgayoles, donde estuvo hasta mediados de 1849.

“Entró desde un principio a la Congregación”

El P. Vilaró fue uno de los primeros invitados por el P. Claret para formar parte de la nueva Congregación misionera que pensaba fundar. El joven P. Manuel, a sus 33 años de edad, no lo pensó dos veces: el 29 de junio de 1849 renunció a la parroquia que atendía y partió inmediatamente a Vic. El 16 de julio se encontraba ya en la sencilla celda del seminario diocesano, donde el P. Claret, con a penas cinco compañeros, fundó la Congregación. El P. Vilaró se dio cuenta de que la pobreza de personal no prometía mucho éxito humano en la obra que nacía; después de expresarlo espontáneamente, el P. Fundador le invitó a abrirse a la confianza en Dios y a la audacia misionera. Dejemos que el P. Clotet nos cuente algunos detalles: “A las tres de la tarde nos encontrábamos reunidos… Antes de comenzar los ejercicios de inauguración, dijo el entonces Mn. Antón Claret: “Hoy comienza una grande obra”. Respondió el P. Manuel Vilaró, con aire festivo y sonriéndose: “¿Qué podemos hacer, siendo tan jóvenes y tan pocos?”. “Ya lo verán Vds., repuso el siervo de Dios: si somos jóvenes y pocos, resplandecerá más el poder y la misericordia de Dios.” (Fernández, Cristóbal. Compendio histórico de la Congregación… t. I, p. 60).

“Cuando yo fui a Cuba tuvo la bondad de venir a acompañarme”

Cuando el P. Claret no tenía otra opción que la de aceptar el nombramiento de Arzobispo de Santiago de Cuba, eligió algunas personas que le puedan acompañar. No dudó en pedir a su naciente Congregación un nuevo sacrificio, además de ser separada de su presencia de Fundador, le pedía la compañía del P. Vilaró.

Partieron en barco desde Barcelona, a fines de 1850. El viaje fue una auténtica misión claretiana; lo cuenta así el P. Vilaró en una de sus cartas: “Sí, hermano, ésta ha sido otra de las muchas satisfacciones que hemos tenido todos los individuos de la tripulación: desde el capitán hasta el muchacho de cámara, junto con todos los pasajeros, durante la navegación, han confesado y comulgado con suma devoción y algunos más de una vez. ¡Qué consolador era ver esa gente que ni una palabra mala decía y que hasta algunos lloraban de alegría!…”

Antes de emprender el viaje, el Arzobispo Claret, en un gesto de cariño al P. Vilaró, le concedió el cargo de Secretario de Cámara y Gobierno y le tramitó la dignidad de Racionero, que era un beneficio del Patronato real, para que así el P. Manuel, desde Cuba, pueda ayudar a su padre que pasaba fuertes carencias económicas. Aspecto que, como veremos más adelante, trajo interpretaciones muy severas por parte del P. Xifré.

Recién llegados a Cuba, empezó la secuencia de misiones que emprendió el Arzobispo misionero durante sus siete años de estadía en esas tierras. Convirtió su sede episcopal en una casa misión, desde la que se irradió el Evangelio, la cultura y la promoción humana. El P. Vilaró fue el compañero inseparable y de más confianza del Arzobispo. Lo primero que hicieron al llegar fue capacitar a los evangelizadores, por eso dieron una tanda de ejercicios espirituales al clero. Continuaron visitas pastorales que tenían todas las características de las misiones populares que habían emprendido por tierras catalanas y en las que entregaron la vida entera, pese a las contrariedades del clima, de las oposiciones y de los rechazos. El P. Vilaró no dejaba de asistir a estas misiones, sin descuidar a la vez su trabajo de secretario.

“Trabajó muchísimo, enfermó, y… murió en Vich, su patria.”

En febrero de 1852 emprendieron la misión en Holguín, que según los biógrafos del P. Claret, se trató de una verdadera revolución religiosa. Desde allí se atendieron varias poblaciones aledañas. El 20 de marzo llegaron a Jibaro, pero el P. Vilaró tuvo que regresar a Holguín para recoger algunos documentos que debía enviar a Madrid. En ese viaje le tocó una fuerte lluvia, que durante más de dos horas y media le mojó toda la espalda y le trajo serios problemas de salud. Al día siguiente se unió con fidelidad a la ruta misionera del Arzobispo, pero su salud estaba fuertemente quebrantada. Siguieron más de 10 días de misión, visitaron muchas poblaciones, viajes por tierra y por navegación, rezos, sermones, confesiones, visitas, etc. Recién a fines de marzo regresaron a Santiago y la salud del P. Vilaró estaba ya muy afectada.

En abril ya no pudo acompañar al Arzobispo en la nueva expedición misionera que emprendió y hasta el trabajo de la secretaría le resultaba muy pesado. Los intentos de sanarlo eran muchos, pero todos vanos. En mayo se sometió al cuidado de un médico chino, Don José María Siga, quien no lo sanó en nada, pero encontró en la vida de su paciente el toque amoroso de Dios que le llevó a convertirse al cristianismo y ser bautizado por él mismo.

Su salud empeoraba cada día más, los vómitos no le permitían retener ni los alimentos, ni la medicina. Informado de esto el Arzobispo le escribió desde Manzanilla, pidiéndole que regrese lo más pronto a España para ser mejor atendido. El P. Vilaró prefirió buscar la salud retirándose al campo, a las afueras de Santiago, pero no consiguió nada; hasta que recibió una carta del Arzobispo, en la que le ordenaba que vuelva a España inmediatamente.

Del 21 de junio al 15 de agosto hizo el viaje de Santiago de Cuba hasta Marsella. Las molestias del viaje y los dolores de su enfermedad convirtieron ese viaje en un duro calvario; su salud se deterioraba apresuradamente. Al poco tiempo llegó a Vic, pero ya no podía apoyarse sobre sus pies para caminar y de hecho nunca más pudo levantarse. Llegó a la casa de su familia, para así no incomodar a los pocos misioneros de la Congregación, quienes nunca dejaron de visitarle cada día, tal como lo cuenta el P. Vila: “Acudieron presto los Misioneros de la Merced a consolar al compañero enfermo, y no pasó día alguno sin que visitaran la morada del ilustre Misionero, ora el P. Esteban Sala, ora el P. Xifré, ora el P. Clotet y los demás cofundadores y sacerdotes que a la sazón vivían en nuestra Casa Matriz.” (Vila, Federico, o.c., p. 376).

La tuberculosis pulmonar seguía su ritmo y su vida se iba apagando hasta que murió el día 27 de septiembre de 1852, a los 36 años de edad, en los brazos del P. Jaime Clotet.

“Dos han muerto y se hallan… rogando por sus hermanos”

El P. Claret en su autobiografía nos dijo a cerca de los Confundadores de la Congregación: “Todos han perseverado muy bien: dos han muerto (los PP. Manuel Vilaró y Esteban Sala) y se hallan actualmente en la gloria del Cielo gozando de Dios y del premio de sus trabajos apostólicos y rogando por sus hermanos.” (nº 490). Pese a esta declaración tan clara y contundente, como ya hemos insinuado al inicio, la memoria del P. Vilaró pasó por momentos de exclusión y luego de rehabilitación en nuestra historia congregacional. Para seguir con más detalle todo este largo y complejo proceso se puede consultar la obra del P. Jesús Álvarez Gómez, Misioneros Claretianos: transmisión y recepción del carisma claretiano, en las pp. 186-192. Allí aparecen a pie de páginas las fuentes directas a las que se pueden acudir. En esta breve presentación sólo indicaremos a grandes rasgos los aspectos más importantes.

La exclusión del P. Vilaró de la Congregación tiene su origen en el juicio negativo que sobre él expresó el P. José Xifré, superior general. En el primero dijo: “dejó poco más tarde de pertenecer al Instituto por motivos de salud y atenciones de familia.” (P. Xifré, Espíritu de la Congregación, p.10). Y luego en la Crónica de la Congregación, p. 193, también afirmó: “por motivo de su temperamento, de tisis incipiente e indigencia de su familia, desistió de la empresa, y después de haber ocupado en Cuba una dignidad capitular, falleció en su misma casa paterna.” Por medio de estas afirmaciones el P. Vilaró fue retirado de la Congregación.

Recién en 1921 apareció una voz disonante, fue la del P. Federico Vila, quien publicó en Annales un estudio sobre la vida del P. Vilaró y abrió así las puertas hacia la rehabilitación de su pertenencia congregacional. Trató de demostrar que las razones aducidas por el P. Xifré no tenían el suficiente peso como para merecer una exclusión, sino más bien que respondieron a otras circunstancias. Al final de su trabajo dijo: “Justo será, por tanto, que tomemos los Misioneros por modelo e intercesor al P. Manuel Vilaró, escogido por el bienaventurado P. Fundador como una de las piedras angulares de nuestra Congregación militante, y señalado por él también como una de las primeras piedras de la Congregación triunfante.” (Vila, Federico, o.c., p. 395).

Al año siguiente, el Capítulo General, después de un estudio detallado del tema, decidió rehabilitar la memoria del P. Vilaró. En la sesión vigésima quinta del 28 de julio de 1922, se llegó a la siguiente conclusión: “Aunque no hay datos suficientes para resolver de una manera cierta si dicho Padre perteneció a la Congregación hasta su muerte, con todo, el haber sido Confundador, el haber acompañado al V.P. Fundador durante muchos años en sus misiones, antes y después de fundada la Congregación, el haber vivido unido hasta su muerte con los nuestros con los lazos de la más estrecha amistad, y, sobre todo la autoridad de nuestro V. Padre que, fallecido ya el P. Vilaró, lo considera como hermano de los Misioneros, de la misma manera que al Rmo. P. Sala, mueven al Capítulo a rehabilitar su memoria, dándole la veneración que por tantos títulos se merece, y considerándole unido en espíritu con los demás miembros del Instituto.”

El P. Cristóbal Fernández, historiador de nuestra Congregación, no estuvo de acuerdo con esta rehabilitación realizada por el Capítulo General e intentó, en su obra La Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, refutar los argumentos expuestos por el Capítulo. Pero de todos modos, ahora el P. Manuel Vilaró es recordado oficialmente en la Congregación, con afecto fraterno, como uno de sus confundadores.

“Era bastante instruido, virtuoso y muy celoso”

El P. Vilaró fue un hombre que vivió pocos años, pero lo hizo con intensidad. Tuvo la gracia de cruzar su camino con el P. Claret y descubrir el don de vivir su seguimiento de Jesús como misionero. Encontró en este estilo de vida apostólico su identidad y su razón de vivir y morir por el Reino. El P. Claret, que lo conoció y estimó mucho, le consideró un hombre “bastante instruido, virtuoso y muy celoso”. Que su memoria nos estimule a fortalecer en cada uno de nosotros los dos pies del misionero: la ciencia y la virtud. Que tanto la formación inicial como la permanente sean vividas con tal intensidad, que nos sintamos verdaderamente capacitados para la misión. Que la luz del P. Vilaró llegue a nosotros y avive nuestro celo misionero.

BIBLIOGRAFÍA:

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  3. 3.ÁLVAREZ GÓMEZ, Jesús, cmf. Misioneros Claretianos. Tomo II: Transmisión y recepción del carisma claretiano. Madrid, Publicaciones Claretianas, 1997. pp. 186-192.
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  5. 5.VILLA, Federico. El R.P. Manuel Vilaró y Serrat, Misionero y Confundador de la Congregación”. En: Annales, Tomo XVIII, (1921), pp. 218-220; 236-239; 251-254; 267-269; 297-300; 330-336; 372-378; 394-395.

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