Cuaderno 23: María, Madre y Formadora

Cuadernos de la formación-23

 

MARÍA, MADRE Y FORMADORA

 Presencia y acción del Corazón de María en la formación claretiana

 

          La dimensión cordimariana es esencial a nuestra vocación misione­ra. La presencia de María en el Fundador y en la Congrega­ción es una experiencia carismática peculiar[1]. Dentro del misterio de la Iglesia, de la que Ella es Madre, María es para los claretianos:

 

          * La Fundadora de la Congregación[2]. María funda una Congrega­ción misionera y apostólica al servicio de la Iglesia.

          * Nuestra Madre. Nos llamamos y somos hijos de su Corazón Inmaculado. En nuestra espiritualidad, María actúa como madre y nosotros nos relacionamos con ella como hijos[3].

          * Nuestra formadora. Con su acción maternal forma en nosotros verdaderos y auténti­cos misioneros y apóstoles, tal como Ella engendró a Jesús y lo formó como misionero del Padre y tal como formó a Claret, misionero apostólico.

 

          Estos rasgos carismáticos, heredados de nuestro P. Fundador y vividos por la Congregación, se han ido trasmitiendo fielmente a las nuevas genera­cio­nes, particularmente a través del proceso formativo[4]. Los formandos han de amar y reveren­ciar a María, según los rasgos de nuestro carisma y han de establecer con Ella unas relaciones de filial confianza. En esta línea se mueve de una manera constante el magisterio de la Congregación desde el principio.

 

 

                      I. EN LA TRADICIÓN CONGREGACIONAL

                             HASTA EL CONCILIO VATICANO II

 

 

          1. María en la formación de los postulantes

 

          1.1. Como punto de partida hay que hacer notar que los Reglamento para los Colegios de Postulan­tes son siempre instru­mentos pedagógicos para formar futuros miembros del Instituto de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. A este fin van todos dirigidas todas las orientaciones pedagógica. Por lo mismo, el Corazón de María está siempre presente de una manera directa o indirecta en el proceso formativos.

 

          1.2. En el Reglamento para los Colegios de Postulan­tes, que redactó el P. Xifré en 1894[5], se pide a los formadores que concentren sus esfuerzos para que los postulantes alcancen el objetivo formativo de esta etapa; o sea que:

 

“éstos consigan el conveniente desarrollo corporal, y se instruyan en todos los conocimientos que la Congregación para aquella edad tiene establecido, y sobre todo para que se les eduque y forme su corazón en el espíritu de piedad, de celo y abnegación que corresponde a la carrera de Misionero, a la cual han sido llamados[6].

 

          En esta línea, además de la formación física, moral e intelectual, los postulantes han de adquirir el espíritu de piedad y recogimiento a través de unos medios comunes de oración (señalados en el “Directorio” claretiano) y de otros particulares (las tradicio­nales “devociones particulares”). La piedad, en línea con la tradición de la Congregación, cultivará especialmen­te el amor a la eucaristía, al Corazón de María (a la que se le llama “nuestra Madre”) y a los Santos con medios típicamente claretianos (Misa, visitas al Santísimo, Rosario, novenas, etc…). Los postulantes, en su oración, deberán rogar por los superiores de la Congregación, por los compañeros de Colegio y por el aumento de las vocaciones.

 

          El mismo Prefecto para desempeñar adecuadamente sus funciones, si quiere “formar bien” el corazón de los postulan­tes[7], además de cumplir con fidelidad el reglamento, debe orar mucho, particularmente al Corazón de María[8].

 

          1.3. Los postulantes, según el Espejo del Postulante[9], han de ser conscien­tes desde el principio que se forman para ser misioneros en la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Por lo mismo, ha de formarse conforme el espíritu y las prácticas de la Congrega­ción[10].

 

          En consecuencia han de ser, ante todo y sobre todo, “verdade­ra y sólidamente piadosos”, con una piedad cimentada “en el santo amor y temor de Dios” y con una especial referencia al Corazón de María a la que se dirigirán como Madre. Han de ser devotos preferentemente con los santos cuya devoción ha cultivado tradicionalmente la Congregación y se han de iniciar en la devoción al Ven. P. Fundador[11].

 

          1.4. El Postulantado, dice el P. Nicolás García, es una etapa de discerni­mien­to vocacional con varios momentos sucesi­vos[12]. Des­de el punto de vista del discernimiento vocacional, en el Postulantado se ha de continuar el proceso iniciado al momento del ingreso. Se han de ir clarifican­do más y más los signos vocaciona­les de origen personal y familiar en orden a la continuidad o abandono del postulan­te[13].

 

          Sin embargo, lo más importante es ir fundamentado sólidamen­te a los futuros misioneros para que puedan afrontar las dificulta­des del futuro. Entre los fundamentos vocacionales, señala el amor a la Virgen María:

 

“En el Postulantado deben ponerse las bases o fundamentos generales, que son el temor de Dios, la piedad, sobre todo hacia la Virgen María, la disciplina o respeto y la labo­rio­sidad[14].

 

          La formación espiritual ha de estar basada en el santo temor de Dios, el cual ha de ser filial y no servil. El temor de Dios, unido al amor y a la devoción a María, es un punto de partida para que el postulante se convierta totalmente a la nueva vida, rompa con el pecado y busque la perfección y la fidelidad en todo[15].

 

          La piedad ha de ser cultivada como condición necesaria al postulan­tes para perseverar en la virtud, particularmente en la virtud de la castidad. Ha de ir formándose en una sólida piedad para con Dios, el Corazón de María, el P. Fundador y los santos compatro­nos de la Congrega­ción; una piedad que se manifieste en la vida sacramental y, también, en el respeto a todos los Superiores[16].

 

          2. María en la formación de los novicios

 

          2.1. En las Prácticas Espirituales, el objetivo del Noviciado es que el novicio llegue a encarnar la definición del Misionero Claretiano, como Hijo del Inmaculado Corazón de María. Por eso se pone la definición al principio de la obra para que el novicio, fijando sus ojos en ella, vea el término a que camina y el fin que en su año de prueba se ha proponer. Por lo mismo la ha de leer y meditar para asimilarla y tenerla siempre presente cuando ejecute todas las demás prácticas del Noviciado[17]. De esta manera, la definición del Misionero, Hijo del Inmaculado Corazón de María, debe como “informar” todo el proceso formativo de los novicios.

 

          2.2. Las orientaciones pedagógicas del Novicio Instruido intentan ayudar a conseguir el objetivo del Noviciado, de tal manera que cuantos hagan uso de ellas,

 

“se formen en el verdadero espíritu de la Congregación como Hijos legítimos del Corazón de María y sean después infatigables Apóstoles y gloriosos heraldos de la divina gloria”[18].

 

          El amor y la caridad apostólica, virtud esencial que ha motivar el desarrollo de la vocación claretiana ya desde el comienzo de la formación, se ha extender, también, al Corazón de María. El novicio ha de vivir un amor filial con relación a María y ha de cultivarlo con intensidad[19]. Este tipo de relación con María se funda en que Ella es, de un modo especial, nuestra Madre[20] y quien no lo posea puede ser signo de no tener vocación para la Congregación[21].

 

          2.3. )Cómo formarse en este amor filial?[22]. Son varias los aspectos que se han de considerar.

 

          11. En primer lugar, hay que tener en cuenta un punto de referencia obligado: el ejemplo del P. Fundador, el cual ha de ser guía y maestro para todos los misioneros, también en esta dimensión de nuestra espiritualidad apostólica[23].

 

          21. En segundo lugar, se han de fomentar algunas actitudes y comportamientos como los siguientes: suscitar un amor tierno hacia Ella, evitando ofenderla y ofreciéndole en todo momento el hacer y el sufrir de la vida cotidiana; instruirse sobre la devoción a María; tenerla presente, como estímulo, motivación y modelo, en el ejercicio de las virtudes; hablar y conversar con Ella, de Ella y sobre Ella; visitarla en las iglesias, capillas y santuarios; tener actos de culto y piedad mariana, etc…[24]. Por último, la perspectiva del amor a María y de nuestra relación con Ella, además de ser profundamente filial, ha de orientarse hacia al objeto de su Corazón Inmaculado[25].

 

          31. Y, en tercer lugar, como prácticas concretas que distin­guen este especialí­simo amor filial al Corazón de María y la particular devoción a Ella, se subrayan las siguientes:

 

          * Una práctica globalizante la constituyen las referencias constantes a María en todas las cosas y situaciones que vive el novicio[26].

          * La ejercicio del examen particular sobre la devoción a María recorriendo siete textos marianos de los evangelios de S. Lucas y de S. Juan[27].

          * El rezo del Oficio Parvo para identificarse más con los misterios María y para rogar por las vocaciones[28].

          * El rezo diario del santo Rosario como una consolidada tradición congregacional[29] y el cultivo de otras devociones propias de la Congregación (oraciones, jaculatorias, novenas y triduos, etc…)[30].

          * El Escapulario del Corazón de María, llevado con filial afecto[31].

          * Y, por último, la consagración a su Corazón Inmaculado en el acto de la profesión religiosa como culminación del Novicia­do[32].

 

          3. María en la formación de los Misioneros profesos

 

          3.1. Todas las enseñanzas y orientaciones formativas del magisterio de los superiores resaltan sin cesar la condición filial de los formandos respecto al Corazón María[33]:

 

          * el sujeto de la formación es verdaderamente un Hijo del Inmaculado Corazón de María,

          * el perfil y la impronta que han de plasmar en el proceso de formación son los propios de un Hijos del Inmaculado Corazón de María,

          * la comunidad formativa en la que han de vivir y formarse es la comunidad de los Hijos del Inmaculado Corazón de María,

          * y la misión a la que han sido llamados y para la que se han de formar es la propia de Hijo del Inmaculado Corazón de María.

 

          3.2. Los que formamos la Congregación, dice el P. Xifré, somos “hijos predilectos de María” y somos dichosos “si con nuestro proceder nos hacemos dignos de tanta honra”. Por eso, en las vicisitudes de la vida misionera, hemos de acudir constante­mente al “Corazón de quien somos hijos” para encontrar refugio, ayuda y consuelo. Hemos de acudir:

 

“[…] a aquel Corazón Purísimo, Santísimo, Amabilísimo, Generosísimo y siempre pronto a compadecer y socorrer a los que, portándose como verdaderos hijos, le invocan con fervor y confianza”[34].

 

          Su móvil al escribir el Espíritu de la Congregación, con orientaciones de vida, apostolado y formación para los Padres, Hermanos, Estudiantes y Postulantes, fue infundir y trasmitir el “espíritu de un Hijo del Corazón de María” para que los misione­ros fuesen “dignos de vuestro honroso título y ministros idóneos de la Divina Palabra”[35]. Todo lo que dice está en función de nuestra espiritualidad misionera de Hijos del Corazón de María ya desde el tiempo de la formación.

 

          3.3. María, como Madre y Formadora, tiene un puesto decisivo en la formación de los nuestros, nos recuerda el P. Alsina. La formación es una manifestación de su acción maternal.

 

          Con su presencia y ayuda, acompaña a los responsables de la formación (superiores, prefectos, profesores y confesores) y bendice todos los esfuerzos de la Congregación en el orden formativo[36].

 

          Ella es, también, una referencia obligada para formar a Cristo en los formandos. La formación sólida, que ha de estar fundamen­tada en Cristo y en la imitación de su vida y de sus obras, se ha conseguir a través de María, nuestra Madre. El Misionero tomará a María como “base y ejemplar de su formación espiritual”, para plasmar en sí con “más suavidad y eficacia” la imagen y la vida misma de Jesús, hasta llegar a una identifica­ción plena con El[37].

 

          El don de la vocación lo han de agradecer a través de María y a Ella hay que pedirle diariamente la perseverancia[38]. Si tienen sus ojos y sus corazones puestos en Ella, María no permitirá que los misioneros, “buenos, fervoroso y edificantes, mientras estuvieron en los Noviciados y Colegios”, pierdan la vocación al contacto con el mundo[39]. Antes las crisis y descon­tentos que puedan brotar en la vida misionera y congregacional, María será siempre el remedio para superarlas[40].

 

          3.4. Al pedir en nuestra oración una formación de calidad, nos sugiere el P. Nicolás, hemos de poner a María, Madre del sacerdote, del religioso y del misionero, como mediadora para que forme a sus hijos en su corazón:

 

“Ella, que formó en su seno y nutrió hasta hacerle varón perfecto a su Hijo benditísimo, forme en su seno al Misionero, en su Corazón Inmaculado, y les nutra con las gracias divinas hasta su completo desarrollo, según la plenitud de la edad de Jesucristo, y le conserve bajo su maternal protección. Ella que es la Madre de la perseveran­cia”[41].

 

          De esta formación se deriva tal unidad entre el misionero y María que, por ser su hijo, es imagen del Corazón de María, su Madre. Ella invade toda la personalidad del misionero[42]. Sin Jesús y María no se puede realizar el ideal del Hijo del Corazón de María, la definición del misionero, propuesto por el P. Fundador. Y para ello es necesario que el misionero establezca una relaciones por las que los Corazones de Jesús y de María vivan en cada uno de los hijos del Corazón de María por una comunicación constante y efusiva de afectos, obsequios, de gracias y favores[43].

 

          De esta manera todos los misioneros, como comunidad, se han de sentir hijos de la misma Madre y hermanos en María. Es tal la identificación de la Congregación con María, su Madre, que el corazón de la Congregación es el Corazón de María. La comunidad congregacional, movida por el Corazón de la Madre, vivirá la fraternidad con “espíritu corporativo” y solidaridad, superando los egoísmos e individualismo, y se lanzará a la misión universal “con un sólo corazón, un sólo pensamiento y una sola alma[44]. Orará “con un mismo corazón, con un mismo espíritu” a Dios, por medio de María, por el fruto de la misión apostólica[45], para adquirir el espíritu apostólico[46] y para sentirse segura bajo su manto maternal[47].

 

 

                      II. EN LA TRADICIÓN CONGREGACIONAL

                        DESPUÉS DEL CONCILIO VATICANO II

 

 

          1. La Congregación, desde el momento de su fundación, fue viviendo la devoción al Corazón de María, como espiritualidad filial y como medio de apostolado, de una manera creciente[48]. Acabamos de ver sus aspectos formativos.

 

          Como ocurrió en la Iglesia durante el Concilio y después de él, también en la Congregación entró la crisis general sobre la devoción a la Virgen María[49]. Crisis que afectó grande­mente al campo de la formación[50]. Sin embargo, fue una crisis, no de muerte, sino de renova­ción[51].

 

          2. Los Capítulos Generales del posconcilio, llamados de renovación, han esclarecido, enriquecido y profundizado a la luz del Concilio nuestro patrimonio cordimariano y con ello la formación en esta dimensión.

 

          El ser Hijos del Corazón de María pertenece al carisma de la Congregación. La dimensión cordimariana es una nota propia de nuestra espiritualidad apostólica. La vivencia intensa de la filiación cordimariana fue característica del P. Fundador que se reconocía Hijo de la Virgen, “formado por Ella en la fragua de su amor”. Y bendecía al Señor, en nombre de la Congregación, por haberse dignado “escoger a vuestros humildes siervos” para Hijos del Inmaculado Corazón de María. Como para Claret, también para la Congrega­ción María es nuestra madre, formadora y directora para la obra de evangeli­zación[52].

 

          Los jóvenes misioneros se han de formar en la dimensión cordimariana según las líneas de renovación propuestas por la Congregación. De una manera global, en María han de inspirar la síntesis vital de la propia vocación. Para ello han de conocer y vivir en profundidad nuestra filiación cordimariana viviendo en comunión con María. Han de poner bajo su acción maternal el proceso de su conformación y configu­ración con Cristo, Evangelio de Dios. Bajo su acción maternal aprenderán a acoger la Palabra de Dios, a hacerla compromi­so de vida y a comunicarla con presteza y generosidad; en el Corazón de María, como fragua ardiente, se forjarán para ser heraldos de su Palabra. Bajo su amparo crecerán en fraternidad y fortale­za de espíritu para superar las dificultades del ministerio. Mirando a María entenderán al hombre, a sus anhelos y necesida­des. Tanto los superiores como los formadores han de favorecer un ambiente cordima­riano en el que se desarrolle nuestra espiritua­lidad misionera y el verdadero celo apostólico. Todo ello, y como fin último, para prepararse mejor a ser apóstoles, instrumentos de su acción maternal, difusores del Reino y testigos de la Resurrec­ción[53].

 

          3. Una paso muy importante en la renovación de nuestra espiri­tualidad cordimariana fue la circular sobre el Corazón de María del P. Leghisa. Fue escrita para ayudar a la Congregación a salir de la crisis general e impulsar a la Congregación a una mayor fidelidad a la dimensión cordimariana de nuestra voca­ción[54].

 

          Siguiendo la línea marcada por Capítulo General del 67 reafirma que nuestra espiritualidad cordimariana hay que entenderla como una dimensión totalizante del carisma claretiano. El Corazón de María hay que comprenderlo más como dinamismo de interiori­dad y caridad apostólica, que como símbolo externo. Y en consonancia con el P. Fundador, el Corazón de María aparece sobre todo como Madre y Formadora[55].

 

          El misterio de María, no es un fin extrínseco de culto ni un elemento paralelo entre tantos elementos vocacio­nales, es una dimensión de nuestro carisma que ha de estar integrada de una manera personal en la vivencia del don vocacio­nal. El misterio de María ha de fundirse en la unidad vital de la vocación como lo experimentó Claret y lo vivieron mucho hermanos nues­tros[56]. Esta unidad la expresa­mos en la consagra­ción que hacemos en la profesión religiosa. En ella aceptamos la materni­dad espiritual de María, a través de la cual el Espíritu nos configura a imagen del Hijo Misionero del Padre[57].

 

          Desde esta visión y comprensión, y a nivel de formación, en cuanto Hijos de María, Ella nos conforma interiormente con su persona y con su vida -conformación que nos lleva a configurarnos con Jesús, su Hijo- estableciendo una relación real y auténtica de filiación; y en cuanto misioneros evangelizadores, María actúa en nuestra formación apostólica de una manera directa y eficaz. La presencia materna de María, en esta perspectiva, hay que destacarla ya desde la pastoral vocacio­nal[58]. La vivencia de la “filia­ción apostólica” respecto a María, Madre de la divina gracia y Virgen fiel, debe ser más profunda y explícita; ello sería una ayuda para perseve­rar en la voca­ción[59]. Los jóvenes misioneros se han de preparar adecuada­men­te en los modos de formar al pueblo en la verdadera piedad mariana y de organizar el apostola­do[60].

 

          4. El P. Gustavo Alonso, siguiendo las orientaciones del Capítulo General de 1985, invitó a toda la Congrega­ción a una comunicación de fe sobre la experiencia de nuestra espiritua­lidad mariana. Para ello encomendó al Secreta­riado del Corazón de María el modo de realizarla. El instru­mento utilizado para esta comunicación ‑que se quería fuera preparada en momentos de oración y reflexión comunitaria‑ fue un simple sondeo, muy abierto, en que pregunta­ba que cada uno narrase la propia experiencia de espiritualidad mariana y sugiriese vías para renovamos nosotros mismos y nuestra acción misionera en el sentido de esta espiritualidad[61].

 

          A la invitación del P. Gustavo respondieron aproximada­mente un 30% de miembros de la Congregación. Una comisión interdisci­plinar analizó las respuestas. Además de los datos estadísticos, se analiza­ron los contenidos, se hicieron algunos estudios y se sacaron algunas conclusio­nes[62].

 

          Del sondeo se deducen varias convergencias muy claras, algunas de la cuales hacen referencia a la formación. Entre ellas que la espiri­tualidad mariana es en la Congregación una experien­cia de vida, que se vive en conexión con la experien­cia carismá­tica del Fundador y que, para muchos claretianos, María ha tenido una presencia eficaz en su itinerario vocacional[63].

 

          En su circular, Claretianos en Formación, el P. Gustavo, después de referirse a Jesús, recuerda que al hablar de nuestra formación

 

“es imposible dejar de registrar una componente relacional que marca íntimamente la personalidad del misionero de la Congrega­ción. Me refiero a nuestra relación con María, que queda caracterizada en nuestro título de Hijos de su Corazón Inmacula­do”[64].

 

          Citando al P. Fundador, “formado por Vos misma en la fragua de vuestra miseri­cor­dia y amor”[65], recuerda al misione­ro que no sólo tiene que aprender de María en general, sino que ha de conside­rarla como “formado­ra de apósto­les” y ha de aprender de Ella las actitudes típicamente misioneras[66]. Desde Jesús, Hijo enviado, toda forma­ción de misioneros está confiada a María. Al Claretiano no le basta con ser “devoto” de María; tiene que desarrollar una espiritualidad mariana, que es profundamente apostólica. Con María recorre el propio itinerario de creci­miento y de identifi­cación con Cristo[67].

 

          5. El P. Aquilino Bocos, en la circular -que ya hemos citado- sobre los Mártires de Barbastro, Testamento misionero de nues­tros Márti­res, puso de relieve la acción formativa de María en la vida y martirio de nuestros hermanos. Ellos son para nosotros el modelo de lo que debe ser un hijos del Corazón de María, desde el Magnificat (descubrimiento y reconoci­miento del don de la vocación) hasta el Calvario (oblación total y definiti­va hasta la muerte)[68].

 

          Ellos pusieron de manifiesto que el martirio pertenece a la espiritualidad de un Hijo del Corazón de María como herencia carismática. Es la espiritualidad martirial que nuestro Padre Fundador plasmó en *definición del Misionero+ o *memorial del Hijo del Corazón de María+ y que ha configurado a los grandes hombres de la Congregación comenzando con el Padre Crusats, nuestro protomártir, – el cual hacía examen particular sobre él y lo convirtió en su proyecto de vida personal – y siguiendo con los formadores de la Congrega­ción, ya desde el Padre Pablo Vallier, que lo propusieron como imagen paradig­má­tica a los misioneros formandos[69].

 

          Nuestros Mártires, modelados en la fragua del Corazón de María por la acción del Espíritu para el anuncio del Evange­lio[70], sintieron la presencia de María en su marti­rio. Presente, como Madre y Maestra de misioneros, a lo largo de su itinerario formativo, estuvo omnipresente en el momento crucial de su vocación, el martirio[71]. María, la nueva Eva y la Mujer victo­rio­sa sobre el Maligno, les sostuvo en la prueba, alentó su fidelidad hasta el final y les introdujo en el misterio de la muerte de Jesús[72].

 

 

              III. MARÍA EN EL PLAN GENERAL DE FORMACIÓN

 

 

          En el PGF se recogen las enseñanzas del P. Fundador y de la tradición congregacional, y se ofrecen a la Congregación en clave formativa[73].

 

          1. Principios formativos

 

          1.1. El objetivo fundamental del proceso formativo consiste en seguir a Jesucristo misionero hasta configurarnos con Él según el carisma claretiano[74]. En este proceso, María, Madre de Jesús y de la Iglesia, formadora de los apóstoles, desempeña una misión esencial. Por eso nos entregamos a Ella para ser configurados con el misterio de Cristo, imitar su respuesta fiel como seguidora y cooperar con su oficio maternal en la misión apostólico.

 

          1.2. Nuestra experiencia de vida apostólica sólo es posible por la acción del Espíritu[75]. Él es el que unge a Jesús, el que impulsa a los apóstoles a testimoniar su resu­rrección por todo el mundo y anima a algunos a llevar su mismo género de vida. Es Él quien ha suscitado nuestra Congrega­ción como don para la Iglesia, otorga a cada uno de nosotros el don del seguimiento de Cristo en comunidad apostólica, nos unge para evangelizar dándonos el gozo y el celo misionero, nos reúne en comunidad fraterna y nos conce­de diversidad de dones para una misión común.

 

          A la obra del Espíritu está asociada la Virgen María, la primera consagrada a la causa de su Hijo. Su presen­cia en la formación de los llamados al seguimiento de Cristo es determinan­te[76]. Para nosotros, que nos llamamos y somos Hijos de su Corazón Inmaculado, la acción de María cobra un relieve particu­lar. Esta filiación no es solamente un título, sino una dimensión existencial de nuestra vida misionera. Es un don del Espíritu Santo para ser vivido y experimentado, que configura nuestro ser interior y lo dinamiza en orden a la misión apostóli­ca.

 

          1.3. Hemos sido llamados a evangelizar desde el ministerio de la Palabra. María ha vivido en plenitud este misterio[77]. Bajo su acción materna aprendemos a acoger la Palabra, a darle cuerpo de compromiso en la vida y a comunicarla con la misma presteza y generosidad con que ella lo hiciera. La escucha, el cumpli­mien­to, la comunicación fraterna y el anuncio, tanto personales como comunitarios, son momentos básicos de la dinámica de la Palabra que tienen que estar presentes en todas las etapas de la formación.

 

          1.4. Nuestro servicio misionero de la Palabra es una vocación profética[78]. Dadas las condiciones conflic­ti­vas en las que vivimos esta vocación profética, debemos preparar­nos para vivirla con el atrevimiento y la confianza de los mártires. Somos conscientes de que transmitir un mensaje de anuncio y de denuncia en situaciones conflictivas de increencia, de injusticia, de alienación o de muerte, es siempre peligroso y arriesgado. Por eso, los que seguimos a Jesús, mártir de una Palabra que nadie ha logrado callar, debemos amar apasionadamente a Dios, a María y a los hermanos, como lo hicieron el Fundador y nuestros mártires. De este modo venceremos los miedos y las tentaciones que pueden paralizarnos.

 

          2. Criterios formativos

 

          2.1. María, además de Madre y Fundadora, es nuestra Maestra y Formadora[79]. Con su acción materna nos forma para ser misioneros y apóstoles lo hizo con Jesús, misionero del Padre, con Claret, misionero apostólico.

 

          2.2. El formando ha de ser protagonista de su proceso formativo. La responsabi­lidad del formando abarca todo lo que, directa o indirectamente, puede afectar a su propia formación[80]. De­be, con todo, prestar una atención especial, entre otras cosas, a dejarse formar por María y a disponerse a ser forjado en la fragua del Corazón de María. Sin esta actitud, la acción maternal y formadora de María no sería posible.

 

          2.3. La formación claretiana ha de buscar en María los rasgos identifica­dores del verdadero misionero[81]. En una perspectiva amplia, estos rasgos serían los siguientes: capacidad contemplativa, adhesión profunda a Jesús, caridad pastoral y misericordia frente al hombre que sufre, disponibi­lidad, identifica­ción con los pobres de este mundo, fortaleza ante la cruz y la muerte, inquebrantable esperanza, transparente comunicación de la Palabra.

 

          3. María, formadora de misioneros claretianos

 

          3.1. Con su presencia y su acción formadoras[82], María nos configura en su corazón haciendo crecer en nosotros los rasgos del perfecto discípulo de Jesús, a quien concibió antes en su corazón que en su seno. Más en concreto, María con su acción maternal nos forma, a través de un proceso interior, como ministros de la Palabra, como evangeliza­dores para extender el Reino de Jesús por todo el mundo. Más en concreto:

 

          11. Nos forma para acoger en nuestros corazones, como Ella lo hizo, la Palabra de Dios, de la cual somos ministros. Nos enseña a escucharla, a meditarla, a hacerla vida y a anunciarla por todo el mundo[83]. Las Constitucio­nes, que definen nuestra vocación específica en el pueblo de Dios como servicio de la Palabra, nos piden que, a ejemplo de María, la escuchemos asiduamente y que la comparta­mos con los hermanos. Aspira­mos a que el claretiano llegue a ser un habitual oyente de la Palabra (en la oración, en la historia, en la cultura de los pueblos, en sus silencios y clamores), un estudioso apasiona­do, que se deja interpe­lar por ella, la acoge desde una óptica vocacio­nal y la com­par­te con los hermanos y los segla­res. Bajo la acción materna de María aprendemos a hacer de la Palabra compromiso de vida y anuncio misionero[84].

 

          Nuestra oración se inspira en la actitud y recomenda­ción de Cristo que oraba asiduamente y en la actitud de María que guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón. Nuestro Fundador se formó en esta actitud de acogida y meditación de la Palabra, plenamente convencido de que en el fuego que arde en la medita­ción se derriten y funden los hombres y se amoldan a la imagen de Jesús. Toda nuestra vida litúrgica y nuestros actos de piedad han de expresar, entre otros elementos característicos heredados de nuestro Fundador el modo de vivir la filiación cordimaria­na en estrecha relación con su vocación misionera.

 

          21. Nos forma aquella caridad apostólica que nos impulsa a trabajar sin descanso hasta desgastarnos por el Reino; que anuncia a un Dios que es amor y misericordia y que ha dado su vida por nosotros; que nos hace anunciar el Evangelio con un sello de humildad, mansedumbre y cordialidad o amor materno y que nos mueve a amar a los predi­lectos del Señor, a los más pobres y necesitados, a los que más necesitan de salvación y liberación. La caridad apostólica es la fuerza que origina y sostiene nuestra vocación misionera, sobre todo en momentos de prueba[85]. María es modelo de caridad apostólica, la virtud más necesaria al misionero. Desde el punto de vista pedagógico, siguen siendo válidos los medios de los que se valía el Fundador para conse­guirla entre ellos la vivencia de ser hijos del Corazón de María y el recurso a su eficaz intercesión como madre de la caridad.

 

          31. Nos asocia en la misión apostólica a su oficio maternal en la Iglesia. El Fundador se sintió colaborador de María, la madre victoriosa, en la lucha contra el maligno y su descenden­cia. Se sintió instrumento de María, como una saeta en sus manos para ser arrojada contra Satanás y sus secua­ces. Desde esta vivencia, transmitida a sus misioneros, a quienes veía como los brazos de María, pudo decirnos, glosando el Evangelio: No sois vosotros quienes habláis entonces sino el Espíritu de vuestro Padre y de vuestra Madre, el cual habla por vosotros.

 

          3.2. María nos forma también siendo nuestro modelo a imitar. Es un modelo inspirador de la formación claretiana[86]. En concreto:

 

          11. Respecto a la castidad[87]. El ejemplo de María en la vivencia del don de la castidad es unos de los fundamentos de nuestra castidad. La castidad del clare­tiano es testimoniante porque expresa un modo intensamente evangéli­co de amar, como Cristo y como María, al Padre y a los hermanos. La madurez espiritual necesaria para la vivencia de la castidad se apoya en una fe profun­da y en un amor ardiente y apasionado, como Claret, a Cristo, a la Virgen y a la Iglesia, y es garantía de victoria en las tentaciones. Desde el punto de vista formati­vo, la pedagogía de la castidad implica, entre otras cosas, la devoción filial a María.

 

          21. Respecto a la pobreza[88], entre los varios motivos por los que profesamos de por vida la pobreza evangélica está el ejemplo de María, la primera entre los pobres del Señor.

 

          31. Respecto a la obediencia[89], unos de los fundamentos de nuestra obediencia misionera se encuentra en el ejemplo de la Virgen María.

 

          41. Respecto a actitudes evangélicas y comportamientos misioneros. Es modelo a imitar en aquellas actitudes evangéli­cas en las que se muestra como la primera evangelizada y evangeliza­dora: su fe, su sentido de alabanza y de acción de gracias, su actitud de escucha y de disponibilidad, su interiori­dad, su sensibilidad ante las necesidades del pueblo, especial­mente de los más pobres, su solidaridad en el dolor y la esperanza; en aquellos comporta­mientos más típicamente misione­ros: el modo de vivir como Jesús, abrazando en fe los consejos evangé­li­cos, la acogi­da, la meditación, el anuncio de la Palabra de Dios, el sentido de la cruz y la formación de la comunidad cristiana como familia del Reino.

 

 

          4. María nos forma en la fragua de su corazón, en la fragua de su amor y misericordia

 

          4.1. En el campo formativo, como nuestro Fundador, somos conscientes de que nuestra vocación de seguidores se forja por la acción del Espíritu Santo en la fragua del Corazón de María[90]. Todos nosotros podemos dirigirnos a Ella con las mismas palabras usadas por Claret: Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por Vos misma en la fragua de vuestra misericor­dia y amor. Soy como una saeta puesta en vuestra mano podero­sa.

 

          Fecundada por el Espíritu, María engendró la Palabra. A través del Espíritu y de María, la Palabra sigue encarnándose y se convierte en presencia viva del Resucitado en medio de la Iglesia, en verdadero lugar de encuentro con Dios. Es esta la realidad gozosa que Claret experimentó cuando reconocía que se había forjado como heraldo de la Palabra en la fragua del Corazón de María. Y es esta la misma realidad que experimentamos nosotros cuando acogemos y veneramos a María como Madre y Formadora nuestra. Por eso es necesario ayudar al formando a reconocer, agradecer y secundar con gozo la acción generadora de María en su proceso de acogida y asimilación de la Palabra.

 

          4.2. La Fragua se presenta en el PGF como propuesta pedagógica[91]. Para nosotros esta alegoría cobra un especial relieve formativo cuando la interpre­tamos no aisladamente sino en el conjunto de la vida de nuestro Fundador[92]. Sólo así podemos encontrar sintetizados en ella los núcleos fundamen­tales del carisma e incluso el proceso pedagógico para vivirlo. No se trata de reproducir sin más una experiencia que es, de suyo, intransfe­rible sino de servirnos de una expresión breve y simbólica que puede favorecer la transmisión y profundización del carisma en nuestra formación actual. Así entendida, se convierte para nosotros en símbolo del taller en el que nos forjamos como misioneros a lo largo de nuestra vida.

 

          5. El formando con relación a María

 

          La entrega filial y apostólica al Inmaculado Corazón de María, que realizamos en nuestra profesión, se plasma y se desarrolla mediante algunas actitudes respecto a María, que van configurando nuestra vida, como son[93]:

 

          11. Encontrar en Ella a la persona que inspira la síntesis vital que ha de elaborar cada formando a lo largo del proceso formativo hasta llegar a la plena unidad interior.

 

          21. Acogerla como madre, maestra y formadora y amarla como hijos, discípulos y apóstoles.

 

          31. Descubrirla como mujer consagrada que se transparenta en las mujeres comprometidas de nuestro pueblo y en la vida y fe de la gente.

 

          41. Imitarla en sus actitudes y comportamientos[94].

 

          51. Venerarla a través del culto litúrgico, de las devocio­nes marianas, especialmente las de tradición congregacional y de las manifestaciones de la religiosidad popular.

 

          61. Proclamarla bienaventurada, anunciando en nuestro apostola­do la misión de María dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia.

 

          6. María en las etapas formativas

 

          6.1. En la pastoral y la acogida vocacional claretiana[95], en cualquie­ra de sus expresiones, los responsables deben acentuar los rasgos esencia­les de nuestro carisma, entre ellos, la dimensión mariana. Junto a la figura de Cristo misionero, el formador ha de presentar la figura de María como madre y modelo de respuesta fiel a la llamada gratuita de Dios. Los jóvenes encuen­tran en María una fuente interior de genero­sidad y de fuerza para responder a la llamada de Dios. Entre los medios para promover la pastoral vocacional no pueden faltar los que hacer referencia a María[96], como son: as marchas vocacionales y las peregrinaciones a lugares marianos (santuarios marianos) y la celebra­ción de las fecha de María (fiesta del Corazón de María,..).

 

          6.2. En la etapa de preparación o postulantado, uno de los objetivos a conseguir será descubrir y aceptar a María como madre que acom­paña en el camino vocacional y protege en las dificulta­des[97]. Y entre las experiencias a vivir estarán la cele­bración cuidada de las fiestas marianas resaltadas en la liturgia y en la vida de la Congregación; el rezo de las oraciones marianas más tradiciona­les entre nosotros; y creación de un ambiente que facilite la vivencia y la expresión de la filiación cordimaria­na[98].

 

          6.3. Durante la etapa de iniciación o noviciado[99], el novicio ha de fundamentar su vida de unión con Cristo considerándolo como el Hijo y Enviado del Padre y hecho hombre de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Ha de persona­lizar e interiori­zar el espíritu de las bienaventuran­zas, a ejemplo de María, modelo de escucha y de respuesta a la Palabra de Dios. Y ha de descubrir el sentido de la filiación cordimaria­na, procurando fomentar su vivencia.

 

          En el noviciado[100], el Maestro ha de presentar de la figura de María tal como aparece dentro de la historia de salvación, acentuando la elección libre y gratuita Dios hace de Ella, y la respuesta de fe obediente que Ella da, como sierva y discípula de su Hijo. Se ha de fundamentar la espiritualidad cordimaria­na con un estudio serio y adaptado a las capacidades de los novicios. Se han de celebrar con fervor las fiestas marianas de la Congregación (Corazón de María,…). Y se ha de ambientar la casa de Noviciado utili­zando los símbolos de nuestra tradición espiritual, como la iconografía del Corazón de María.

 

          Por último, el novicio[101], al hacer su primera profesión será consciente de consagrarse a Dios, mediante la emisión de los votos de pobreza, castidad y obedien­cia, se entrega por un acto público al Corazón de María en orden a realizar el fin de la Congregación según las Constitucio­nes.

 

          6.4. En la etapa de desarrollo y consolidación, los misioneros en formación han de amar filialmente a María, Madre de la Iglesia, formadora de apósto­les, haciendo con Ella y como Ella el camino de pere­gri­nación de la fe[102].

 

          En esta etapa la integración personal se hace más necesaria[103]. La integración se logrará refiriéndolo todo a Jesucristo como centro de la propia vida y teniendo a María como inspiradora.

 

          Desde el punto de vista pedagógico[104], los jóvenes misioneros, a ejemplo de María a cuyo Corazón se han dedicado especialmente en la profesión, deberán integrar la escucha y contemplación de la Palabra de Dios con la atención a la realidad histórica y con la sensibili­dad a los problemas del hombre de hoy, especial­men­te de los más pobres y necesitados.

La formación específica para el misionero diácono[105], le exigirá que preste una particular atención, entre otras actitudes y comporta­mientos, al servicio a la caridad; como María, que atendió con diligencia las necesidades de los hombres, los formandos han de acostumbrase a servir gratuitamente, compartir y ser solidario con los demás. Por último, en la preparación

inmediata al presbite­rado trabajará por acentuar la dimensión

mariana en la perspec­tiva sacerdotal.

 

 

 

 

                                                                              Jesús M0 Palacios, cmf.

                                                  Conferencia a los Formadores de ACLA.

                                                          Abidjan (Costa de Marfil), 1, 8, 1996.

 



    [1] Cf. PGF, 99. Durante los días anteriores hemos escuchado y dialogado sobre María en el P. Fundador y en las Constituciones de la Congregación, orientados por los PP. Jesús Bermejo y José Cristo Rey. Ahora entramos en el campo de la formación. Y vamos a hablar de María, Madre y Formadora, en el Plan General de Formación (PGF). No obstante, antes de llegar a él, conviene hacer un recorrido sobre la presencia y la acción de María en la formación según la tradición Congregacional;en concreto, según los Superiores Generales y los Capítulos de la Congregación. Ella nos hará comprender mejor el PGF, último fruto de la rica tradición espiritual y formativa de la Congregción.

    [2] Cf. J. CLOTET, Boletín Religioso, vol. 1 (1885), p. 179.

    [3] Cf. Aut 1; 5; 154-164; J. XIFRÉ, Espíritu de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, (E.C), Madrid 1892, int. III; CC 8; 36; 61.

    [4] Cf. 1F 35; SP 21.1. Un momento culminante de esta experien­cia lo tenemos en nuestros hermanos Beatos Mártires de Barbastro. En ellos contemplamos, de manera particular, el paradigma de lo que estamos llamados a ser: hijos del Corazón de María, desde el Magnificat hasta el Calvario. El *seminario mártir+ de Barbastro se convierte para nosotros en modelo de comunidad formativa por su fe inquebranta­ble y alegre, por su disponibili­dad plena a la voluntad de Dios, por su oración constante y confiada, por su vivencia de la filiación cordimariana y de la eucaristía, por su ayuda fraterna, por su amor a la Congregación y por su celo apostólico (Cf. PGF, 137; A. BOCOS, circular sobre el Testamento misionero de nues­tros Márti­res, TM, 31-5-1992), Annales, vol. 60 (1991-1992), pp. 465-491).

    [5] J. XIFRÉ, Reglamento para los Colegios de Postulantes del Instituto de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, Madrid 1894, AG. CMF. 11, 4, 22, op. 100, pp. 29.

    [6] J. XIFRÉ, Reglamento para los Colegios de Postulantes…, 1894, cap. 31, p. 9.

    [7] “El tercero y ciertamente el más importante de los deberes del Rdo. P. Prefecto para con los Postulantes, es formar bien su corazón. De nada serviría un Postulante, por más dotes naturales que tuviera, si careciese de la virtud necesaria al minis­terio apostólico a que ha sido llamado” (J. XIFRÉ, Reglamento para los Colegios de Postulantes…, 1894, cap. 31, art. 31, p. 16).

    [8] “Ore, pues, mucho el Prefecto a fin de conseguir del cielo, y particu­larmente del Corazón Inmaculado de nuestra Madre, el don especialísimo de formar aquellos tiernos corazones para Dios y para nuestra Congrega­ción” (J. XIFRÉ, Reglamento para los Colegios de Postulantes…, 1894, cap. 31, art. 31, p. 16).

    [9] CMF, Espejo del Postulante o sea Directorio para los Postulantes del Colegio de Vich, pp. 32. No tiene nombre de autor ni lugar ni fecha de publicación. Por otras fuentes se sabe que fue escrito por el P. Ribera estando en Vich para los postulantes de aquel centro (Cf. J. M0 BERENGUERAS, Vida del P. Ribera, Barcelona 1950, p. 109.). De la correspondencia del P. Ribera se deduce que lo escribió en los primeros meses de 1907 (AG CMF, GR, 03, 02, 40; GR, 03, 02, 31). Se hicieron varias ediciones (1917, 1937) y traducciones a diferentes lenguas. En 1962 se publicó una adaptación actualizada con el nombre de Manual del Seminarista Claretia­no (CMF, Prefectura General de Formación, Roma 1962, pp. 183).

    [10] “procurarán con mucho empeño en los años del Postulantado iniciarse en la vida religiosa, conforme el espíritu y prácticas de la Congrega­ción” (CMF, Espejo del Postulante…, p. 1).

    [11] Cf. CMF, Ib., cap. 11, nn. 2,7, pp. 2-3.

    [12] “El Postulantado es una especie de tanteo o prueba prelimi­nar para juzgar si el postulante tiene vocación. Tres operaciones constituyen la función del Postulan­tado: la selección, la eliminación, la formación espiritual, inte­lec­tual y social” (N. GARCÍA, circular sobre La formación Religiosa, Misionera y Claretiana (FRMC), 5-6-1947: Anales, 39 (1947), p. 110).

    [13] Cf. N. GARCÍA, FRMC, pp. 110-111.

    [14] N. GARCÍA, circular sobre La formación de nuestros estudiantes, 16-4-1932: en Anales, vol. 28 (1932), pp. 225-224; también se encuentra en Colección de Circulares, Madrid 1941, pp. 513-533. En adelante, citaremos esta colección con la sigla ColCC. El texto citado corresponde a ColCC, p. 525.

    [15] “Los Prefectos han de trabajar con tesón en fomentar el santo temor en los Postulantes, no sólo en las conferen­cias, o en las conversaciones privadas, infundiéndo­les un santo temor de toda culpa y haciéndoles ejercer actos de presencia de Dios. Este temor ha de ser filial y no servil, mirando más al amor de Dios que la pena, y por eso fomenten la piedad en esos jóvenes, más particularmente la devoción a María, que es lo que les mantendrá alejados del pecado y unidos a Dios.” (N. GARCÍA, circular sobre La formación de los…, ColCC, p. 525). Cf. también, N. GARCÍA, FRMC, p. 111).

    [16] Cf. N. GARCÍA, FRMC, p. 111.

      “El joven necesita de una gran piedad para perseverar en la virtud, sobre todo para guardar la castidad, y más particularmente, en la Congregación necesitan de una devoción sincera, entusiasta y práctica al Corazón de María. Los Prefectos han de ejercitar mucho a los jóvenes en estas prácticas, cuidando de que frecuenten los obsequios a María y visitas a Jesús Sacramenta­do; de este modo mantendrán la pureza y virtud en sus Postulantados,..”(N. GARCÍA, circular sobre La formación de los…, ColCC, p. 526).

    [17] Cf. [P. VALLIER], Prácticas Espirituales para uso de los novicios de la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María, editado por disposición del Rmo. P. José Xifré, Superior general de la Congregación, Madrid 1888, Introducción, p. 10.

    [18] R. RIBERA, El Novicio Instruido, Madrid 1931, Prólogo, p. XII.

    [19] Cf. R. RIBERA, El Novicio…, pp. 230-23.

    [20](Amar a la santísima Virgen María ! (Ser devoto de su Corazón Purísimo! )Será necesario aducir aquí razones para encendernos en este amor, para movernos a esta devoción? )Las necesita por ventura el hijo para convencerse de que debe amar a su madre?” (R. RIBERA, El Novicio…, p. 230).

      “El Misionero que aspira a consagrarse, o se ha consagrado pública y oficialmente al servicio especial del Inmaculado Corazón de María; el que se gloría de ser hijo y heredero del espíritu del apostólico varón Antonio María Claret, que merece con sobrados títulos ser contado en primera fila entre los santos que más se han honrado y amado a la celestial Señora, )necesitará ser apremiado con razones para que venere, honre, ame con especialísimo afecto a María y sea devotísimo de su Corazón, que le distingue con su filiación generosa” (Ib. pp. 230-231).

      Citando al P. Xifré (E.C., trat. I, cap.II, art.II), se afirma: “Nosotros, hermanos carísimos, que somos Hijos de su Corazón, que por razón del estado nos asemejamos tanto a ella; nosotros que tenemos la misión de darla a conocer a los hombres; nosotros que tantos beneficios y favores hemos recibido de Ella, que cada día nos alimentamos con la carne y sangre de su Santísimo Hijo, que debemos enseñar el camino de la salvación y que tanto la necesitamos, amémosla de corazón… Todos los Misioneros que han dado fruto en la viña del Señor han sido devotos de María, ni es capaz de predicar con espíritu y con resultados felices quien no le sea devoto” (Ib. pp. 232-233).

    [21] Cf. R. RIBERA, El Novicio…, p. 231.

    [22])Cómo conseguirá, cómo fomentará, cómo manifestará el buen Hijo del Corazón de María, ya desde el Noviciado, el amor a su celestial Madre?” (R. RIBERA, El Novicio…, p. 233).

    [23] “Hijos del gran Apóstol Mariano Antonio María Claret no hemos de hacer al efecto otra cosas que seguir los luminosos ejemplos de nuestro santo Padre”(R. RIBERA, El Novicio…, p. 233).

    [24] R. RIBERA, El Novicio…, pp. 234-237.

    [25] “Como nuestro excelso Patriarca…, de semejante manera sus Hijos y Misioneros,… hemos de concentrar todo nuestro afecto en un objeto preferente, de altísimo relieve y excelencia imponderable, a saber, en el Corazón de nuestra Madre, de cuya filiación hemos de alegrarnos y gloriar­nos… A este Corazón inmaculado hemos de hacer converger todo nuestro entusiasmo mariano, toda nuestra devoción a María…” (R. RIBERA, El Novicio…, p. 238).

    [26] Desde el momento de levantarse, en que dirá “semper Deo gratias et María”, hasta la hora de dormir, el novicio mirará siempre a María como Madre, Maestra y Modelo (Cf. [P. VALLIER], Prácticas Espirituales…, p. 12); R. RIBERA, El Novicio…, p. 81).

    [27] Cf. [P. VALLIER], Prácticas Espirituales…, pp. 204-210.

    [28] Cf. [P. VALLIER], Prácticas Espirituales…, pp. 61-64. Nuestro P. Fundador escribió al P. Xifré recomendándole el rezo del Oficio Parvo para suscitar vocaciones para la Congregación; se estableció que se rezara en el Noviciado. Por eso:

      “Nuestros novicios, pues, deben tomar el rezo del Oficio Parvo no sólo como un obsequio muy agradable a la divina Madre, sino también como un medio para conquistar en favor de la Congregación abundantes vocaciones que contribuyan después al engrandecimiento y mayor prestigio de ella. El amor a su Madre del cielo, María, y a su madre de la tierra, la congregación, debe estimularlos a rezar el Oficio con toda la piedad posible” (Cf. R. RIBERA, El Novicio…, pp. 116-117).

    [29] Cf. [P. VALLIER], Prácticas Espirituales…, pp. 87-88.

      “En la Congregación, ya desde sus principios, la devoción al Rosario de María estuvo como identificada con su espíritu; los primeros individuos de ella, siguiendo el ejemplo del santo Fundador, fervorosísimo devoto y apóstol incansable de esta devoción, escogido por la misma Virgen para ser como el Domingo de Guzmán de estos tiempos, la practicaban con un fervor digno de todo encomio, llegando algunos de ellos a rezar cada día un número de partes de Rosario que casi nos parecería increíble, si no lo abonasen testigos de todo fidedignos; lo predicaban indefectiblemente en todas las campañas apostólicas, que por esto sin duda eran tan bendecidas de Dios y de la Santísima Madre. Continúa todavía la Congregación, como herencia recibida de los mayores, este entusiasmo y amor al Rosario de María, que junto con la devoción al Corazón Inmaculado, debe formar como fondo de nuestro amor a la celestial Señora. No desdigamos nosotros de esta veneranda tradición de familia: amemos el Rosario, recémoslo con profunda piedad y dispongámonos a ser un día apóstoles de una devoción tan agradable a María y tan amada de nuestro excelso Patriarca” (R. RIBERA, El Novicio…, pp. 128-129; Cf., también, p. 209).

    [30] Cf. [P. VALLIER], Prácticas Espirituales…, pp. 123-127; R. RIBERA, El Novicio…, pp. 202-213).

    [31] Cf. [P. VALLIER], Prácticas Espirituales…, p. 126; R. RIBERA, El Novicio…, pp. 238-239.

    [32] Cf. R. RIBERA, El Novicio…, pp. 15-16, 38.

    [33] “Por amor de Jesucristo y por el cariño de muestra Madre, seamos aplicados al estudio y a la virtud, para no llegar a tan tristísimo y lamentable caso” (J. XIFRÉ, E.C., p. 193; Cf., también, p. 209).

      “En el Colegio se forma o, mejor, se completa y afianza la formación propia del Hijo del Corazón de María” (N. GARCÍA, circular sobre La nota más característica del Hijo del Corazón de María, 25-12-1945: Annales, vol. 38 (1945-1946), p. 246.

      “Esta definición debiera estar grabada en todos los libros, en todos los lugares, en todas las Casas, Colegios, Clases, Reglamentos; pero sobre todo en la memoria, en el entendimiento, en el corazón y en las obras de todo Hijo del Corazón de María” (N. GARCÍA, ib., p. 247)

     “Ese estudio lleva gran parte de la vida del Hijo del Corazón de María” (N. GARCÍA, ib., p. 244).

    [34] E.C., p. 16.

    [35] Cf. E.C., pp. 5-7, 9, 12.

    [36] “Podemos esperar de nuestra dulce Madre que bendecirá nuestros esfuerzos y los individuos de la congregación saldrán bien formados” (M. ALSINA, circular sobre La formación del carácter, Madrid, 1-6-1919: Anales, vol. 17 (1919-1920) pp. 161-166; ColCC, p. 513).

    [37] “Y bien hará el Misionero que tome a María, nuestra dulce Madre, como base y ejemplar de su formación espiritual, para con más suavidad y eficacia copiar en sí la imagen de Jesús y vivir la vida misma de Jesús, hasta poder decir como el Apóstol: Vivo, ya no yo, sino Cristo vive en mí” (M. ALSINA, circular sobre La formación del carácter, ColCC, p. 508).

    [38] Cf. M. ALSINA. circular sobre La formación de los nuestros, 22-12-1911: Anales, vol. 13 (1911-1912), pp. 333-336; ­ColCC, p. 504. En esta circular comunicó a la Congregación que en Roma ha sido aprobada e indulgen­ciada la oración tradicional “Gracias te doy, oh Madre, por la vocación recibida. Dadnos la gracia de ser fiel a ella toda la vida”.

    [39] Cf. M. ALSINA, circular sobre La formación sólida de los nuestros en la virtud, 5-3-1919, vol. 17 (1919-1920), pp. 65-68­; ColCC, p. 506.

    [40] Cf. M. ALSINA, circular sobre Los remedios del descontento en la Religión, 8-8-1906: Anales, 10 (1906), pp. 529-538; ColCC, pp. 244-245.

    [41] N. GARCÍA, FRMC, p. 106.

    [42] “La figura, la imagen del Corazón de María está en el Hijo Misionero; esa idea está en el fondo de su alma, en su mente, en su imaginación, en su corazón, en sus afectos, en sus palabras, en su actividad misionera” (N. GARCÍA, circular sobre La notas más…, p. 254).

    [43] N. GARCÍA, circular sobre La piedad, 3-4-1925: Anales, vol 21 (1925), pp. 225-240; ColCC, p. 658.

    [44] N. GARCÍA, circular sobre El espíritu corporativo, 10-3-1924: Anales, vol. 20 (1924), pp. 193-205; ColCC, pp. 262-263.

    [45] N. GARCÍA, circular sobre El espíritu…, ColCC, pp. 250-251.

    [46] N. GARCÍA, circular sobre El celo, abril-1931: Anales, vol. 27 (1931), pp. 209-221; ColCC, p. 692.

    [47] N. GARCÍA, circular sobre La piedad, ColCC, p. 662.

    [48] El P. Leghisa hace un recorrido histórico de esta vivencia en su circular sobre El Corazón de María y la Congregación en el momento actual, (3, 4, 1978), Annales, vol 53 (1977-1978), pp. 197-205, 210-214. Cf. también, J. M1 HERNÁNDEZ, Ex abundantia Cordis, Estudio de la espiritualidad cordimariana de los Misioneros Claretianos. Roma 1991, pp. 93-155.

    [49] Cf. A. LEGHISA, circular sobre El Corazón de María.., p. 211.

      Sin hablar directamente de una crisis al respecto, pero dentro de unas recomendaciones para superar la crisis vocacional que nos estaba afectando (crisis de abandonos, sobre todo), el Capítulo General de 1961 insistió en la necesidad de formar en la “vivencia de la filiación cordima­riana como nota destacada de la espiritualidad claretiana” (Cf. Annales, vol 46 (1961-1962), pp. 101, 103). Cf., también, Capítulo General de 1973, CA. 32.

    [50] Los efectos de esta crisis en la formación se detectaron con toda claridad en los análisis de los resultados de la encuesta que realizó el P. Gustavo Alonso a la Congregación y de la que se habla más adelante. Una exposición sintética de estos resultados se puede ver el J.M. PALACIOS, Formación en la dimensión cordimariana de nuestra espiritualidad, Subsidio de la Prefectura General de Formación, n. 8, Roma 1991, pp. 7-13. Efectos negativos en la formación cordimariana fueron causados por el frío o deficiente ambiente mariano del centro de forma­ción, la poca formación y las crisis personales en la devoción mariana de los formadores, el abandonismo mariano, etc..

    [51] Cf. A. LEGHISA, circular sobre El Corazón de María.., pp. 214.; CPR, 12.

    [52] Cf. PE, 17-20; 2VR, 7f; MCH, 150; CPR, 59; Alocución de Papa Juan Pablo II al Capítulo de 1985: CPR, Apéndice.

    [53] Cf. PE, 20; IF. 35; 2A, 91; MCH, 150-151; SP, 7, 13, 15, 17.

    [54] “con el fin de orientar a la Congregación en una dimen­sión tan amplia y profunda de nuestro carisma misionero en la Iglesia de Dios […] señalar unas orientaciones y trazar unas líneas concretas de acción en orden a superar la crisis imperan­tes y llevar así a la Congregación hacia una mayor fidelidad al don especial que ha recibido en la Iglesia” (Cf. A. LEGHISA, circular sobre El Corazón de María.., p. 186).

    [55] Ib. p. 209.

    [56] “Unidad vital entre Palabra y espíritu apostólico, fe y caridad, misión y urgencia de caridad, contemplación y acción, vida interior y acción apostólica, filiación y misión, conversión al evangelio y evangelización” (Ib. p. 224).

    [57] Cf. Ib. p. 225.

    [58] “De ahí la importancia de la presencia materna de María en la pastoral vocacional, tanto en los promotores como en la presentación adecuada del aspecto mariano de nuestro carisma, para ayudar, a los que han recibido inicialmente el mismo, tomar conciencia de él y a descubrir la Congregación como lugar adecuado de la vivencia” (Ib. pp. 229-230).

    [59] Ib. p. 230.

    [60] Ib. p. 230.

    [61] Cf. Circular sobre La comunicación de nuestra experiencia mariana, 19-4-1987: Annales, vol. 58 (1987-1988), pp. 98‑100. Cf. también, G. ALONSO, La Espiritualidad mariana que vivimos, Comunicación en el XXXV Encuentro Semestral de la Unión de Superiores Generales. Villa Cavalletti, 25‑28 de mayo de 1988, en Al servicio de una comunidad misionera, Roma-Curia 1991, pp. 178-182.

    [62] Cf. G. ALONSO, La Espiritualidad mariana… p. 179.

    [63] “En primer lugar y sobre todo, se habla de una espiritua­li­dad que se quiere vivir, y no sólo de una devoción que se expresa en gestos y en momentos típicamente cultuales. Una espiritualidad que tiende a apoyarse en la imagen netamente bíblica de María y, a la vez, quiere beneficiarse de la experien­cia carismática del Fundador. De hecho, muchos hermanos hablan de una presencia del misterio de María que les ha inspirado y guiado en los momentos fundamentales de su vida: nacimiento de la vocación, crecimiento espiritual en los años de formación, superación de crisis, etc. En resumen, una presencia definida maternal” (Cf. G. ALONSO, La Espiritualidad mariana…, pp.180-181); sobre el aspecto vocacional y formativo, cf. también, T. CABESTRERO, Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es…, 72 experiencias de nuestra espirituali­dad Mariana, Roma 1989, pp. 152; J.M. PALACIOS, Formación en la dimensión cordima­riana…, pp. 7-13.

    [64] G. ALONSO, circular sobre Claretianos en Formación, 25-12-1990, Annales, vol 60 (1991-1992), p. 35.

    [65] Aut. 270.

    [66] “Esto indica, no sólo que el misionero de la Congregación tiene que aprender de María, sino también qué es lo que ha de aprender de Ella, llamada por las Constituciones (n. 73) “formadora de apóstoles”: capacidad contempla­tiva, adhesión profunda a Jesús, caridad pastoral y misericordia frente al hombre en miseria, disponibilidad, identificación con los pobres de este mundo, fortaleza ante la cruz y la muerte, inquebrantable esperanza, transparente comunicación de la Palabra” (Ib. pp. 35-36).

    [67] “Una vez más hay que decir que para el Claretiano no basta ser “devoto” de María; tiene que desarrollar una espiritualidad mariana. Significa que en María encuentra inspiración para la propia vida y las propias opciones; lee y aprende en ella el Evangelio; por Ella se aproxima más íntimamente a Jesús; guiándose por Ella sabe traducir y anunciar en lenguaje más humano el misterio de Jesús; con Ella practica sin complicaciones y con esperanza el peregrinar de los humildes de corazón…” (Ib. p. 36).

    [68] “En nuestros hermanos Mártires contemplamos el paradigma de lo que estamos llamados a ser, es decir, hijos del Corazón de María, desde el Magnificat hasta el Calvario. Ellos nos dieron su testamento, su testimonio. Nosotros estamos dispuestos no sólo a acogerlo, sino -en la medida de la gracia que hemos recibido- a hacer realidad sus sueños” (A. BOCOS, TM,

pp. 465-496).

    [69] “Ellos pusieron de manifiesto La espada del martirio nos pertenece como herencia carismática. Es la espiritualidad que nuestro Padre Fundador plasmó en aquel papelito que contenía la *definición del Misionero+ o *memorial del Hijo del Corazón de María+ y que cada uno de nosotros debería llevar siempre consigo -según su voluntad-: *Un hijo del Inmacula­do Corazón de María es un hombre que arde en caridad… nada le arredra, se goza en las privacio­nes, abraza los tor­men­tos… no piensa sino en cómo seguirá a Jesucris­to en orar, su­frir…+. Este *memorial+ ha configurado a los grandes hombres de la Congregación” (A. BOCOS, TM, pp. 469-470). También el PGF ofrece a los formandos el “memorial del Hijo del Corazón de María” en las primeras páginas (p. 5) como paradigma que han de plasmar en sus vidas.

    [70] “Nuestros hermanos Mártires, que habían sido modelados en el Corazón de María por la acción del Espíritu para el anuncio del Evangelio, en el momento cumbre de su vida proyectaron sobre la Con­gregación futura su anhelo misionero universal y sus más hondas preocupaciones sobre el futuro de la Iglesia y de la sociedad” (A. BOCOS, TM, pp. 483-484).

      “Agradezcamos a María estos hijos suyos, los Mártires de Barbastro, formados en la fragua de su Corazón, y que jamás dejarán de cantar el Magnificat (Ib. p. 490).

    [71] “María, Madre y Maestra de misioneros, se hizo impresionantemente presente en el martirio de nuestros hermanos. Ya lo estuvo en su itinerario formativo. Pero en el momento crucial estuvo omnipresente: en los cantos, los escritos, la Carta de despedida, en el fervor que respiraban… Se sentían hijos de su Corazón y le lanzaban “vivas” enardecidos. Ella les enseñó a ser discípulos de Jesús y apóstoles de su Reino; de Ella aprendieron a hacer lo que El les decía” (A. BOCOS, TM, p. 470).

    [72] “Mantu­vie­ron en muy alto aprecio su ideal vocacional. María, la nueva Eva y la Mujer victoriosa sobre el Maligno, les sostuvo en la prueba y alentó su fidelidad hasta el final. Hicieron lo que Ella les pedía y con María subieron al Calvario y fueron introducidos en el misterio de la muerte de Jesús: murieron con Jesús y como Jesús” (A. BOCOS, TM, p. 471).

    [73] Cf. nn. 13, 21-23, 26, 39, 58, 62-65, 67, 73, 79-80, 98-101, 105, 117, 124-127, 137, 200-201, 213-214, 287, 292, 314, 337-338, 353, 358, 360-363, 378, 387, 396-397, 447, 457.

    [74] Cf. PGF, 13.

    [75] Cf. PGF, 22.

    [76] Cf. 98.

    [77] Cf. PGF, 26.

    [78] Cf. PGF, 39.

    [79] Cf. PGF, 99.

    [80] Cf. PGF, 105.

    [81] Cf. PGF, 58.

    [82] Cf. PGF, 100.

    [83] Cf. PGF, 200-201, 213-214.

    [84] El Proyecto formativo Iniciación al Ministerio de la Palabra “IMP”, que está elaborando la Prefectura general de Formación, desarrolla ampliamente este aspecto formativo.

    [85] Cf. PGF, 79-80.

    [86] Cf. PGF, 101, 117.

    [87] Cf. PGF, 62-65.

    [88] Cf. PGF, 67.

    [89] Cf. PGF, 73.

    [90] Cf. PGF, 23, 100.

    [91] Cf. descripción de la Fragua en PGF, 124-126.

    [92] Cf. PGF, 127.

    [93] Cf. PGF, 101.

    [94] Cf. sopra, 3.2.

    [95] Cf. PGF, 287, 314.

    [96] Cf. PGF, 292.

    [97] Cf. PGF, 337.

    [98] Cf. PGF, 338.

    [99] Cf. PGF, 353, 358, 361.

    [100] Cf. PGF, 360, 362, 363.

    [101] Cf. PGF, 378.

    [102] Cf. PGF, 387.

    [103] Cf. PGF, 396.

    [104] Cf. PGF, 397.

    [105] Cf. PGF, 447, 457.

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