Ejercicio sobre la Oración Contemplativa

  1. 1. UNA SUGERENCIA INICIAL

Cada momento que cambie el reloj podemos hacer una invocación del “nombre de Jesús”. El nombre de Jesús es una palabra de poder. Lo sabía el Peregrino Ruso. Y lo sabía muy bien S. Bernardo quien decía:

“Eres miel en mi boca,

melodía en mis oídos,

jubilo en mi corazón”

2. LOS PREVIOS DE LA ORACIÓN

a. Lo previo a la oración

       Hay quienes dan una importación capital a la postura corporal. A mi juicio, hay que aprender a relajarse; pero basta que adoptes una postura ni tensa ni cómoda.

       El cuerpo es expresión y realización del encuentro con Dios. Sentado, disponibilidad… Postrado, adoración…

       La oración necesita cierta disciplina interior, un mínimo de autocontrol de necesidad. (“Oración y regalo no se compadecen”, decía Santa Teresa)

       No reduzcas la oración a un momento del día. Hay tantas formas de oración. Un recuerdo, una mirada, hacer un minuto de silencio…

       La oración exige determinación. O sea la decisión clara de vivir intensamente ese rato, con todas las energías vitales, afectivas y espirituales. Pero sin empeño voluntarista. La voluntad no es crispación, sino actitud y entrega.

b. El tiempo

       A la hora en que vamos a hacer la oración ataca el sueño (siesta del carnero o del canónigo).

       Cada cual tiene sus biorritmos y conviene tenerlos en cuenta, para hacer una “ecología del Espíritu”.

       Busca para la oración no un tiempo de relleno, el hueco que te queda en tus quehaceres, sino el mejor momento del día, el más propicio, el menos tenso.

       Busca un lugar tranquilo, con el menor ruido posible, sin excesiva luz.

       Más vale darle continuidad con 30 minutos al día que hacerla a salto de mata cuando va bien o se sientan ganas.

c. El silencio “sagrado”

       Está lleno de por sí. No hace falta llenarlo.

       No es el silencio de los muertos (Unamuno), ni mucho menos “el silencio de los corderos”. Hay que cuidarlo mucho.

       Obviamente, en la liturgia es muy importante.

       Te sientes lleno de Dios; permanece velando silenciosamente esa presencia que te llena; o siéntete sumergido en El como un pez en el agua, como una esponja sumergida en la profundidad del océano. ¡Estamos ensayando la eternidad, que es: ‘amar y ser amados’.“Enséñanos, Señor, a calmarnos, a permanecer por un momento quietos, a respirar, a escuchar, a despertar en tus brazos” (L. Evely)

d. La postura

       Cuando uno está acostumbrado fácilmente se acomoda a una postura fija que ayude a realizar la oración.

       Conviene con todo simplificar la postura.

       El estar inclinado hacia delante cansa mucho. El tener la espalda en perpendicular es una buena posición.

       Las manos también influyen.

       No hay que sacralizar nada, pero aprender una buena postura para orar me ayuda mucho en mi vida de oración.

       A veces ayuda a la oración el hacerlo en un lugar de penumbra, con una lamparita encendida.

e. La relajación (dos métodos)

       1. DE RESPIRACIÓN: Comienza a respirar pausadamente. Siente el flujo y reflujo del aire por la nariz, pulmones, diafragma… Concéntrate en las sensaciones corporales; mejor, déjate llevar. Haz unas diez respiraciones o bien cuatro más cuatro. Combinar las palabras con la oración. Cuando te sientas tranquilo, comienza la oración poniéndote en la presencia de Dios por la fe.

       2. DE ACEPTACIÓN: Cierra los ojos. Haz presencia de ti. Mira tu realidad actual, preocupaciones, historia, sentimientos… Dios te acoge. Entrégale tu realidad Descansa en tu pobreza y en su aceptación incondicional. Este segundo método tiene la ventaja de relajar indirectamente pero más profundamente.

3. EL CUERPO DE LA ORACIÓN

a. La invocación

      La oración comienza con el acto de fe, al ponerte en presencia del Señor. Di una frase: “Señor Jesús”, o bien, “Creo en Ti”,… O simplemente con una mirada espiritual.

      No pretendas sentir la presencia. Percibes en la fe que estás delante de El. Basta esa inmediatez del Tú. Le conoces, es el viviente. Te ama. Estás a su lado, a sus pies… )Lejano? Eres tu el que le alejas semiinconscientemente, quizás porque te rechazas a ti mismo, o porque huyes de su presencia. )Cercano? Siempre; pero distante, libre, inmanipulable.

      Puedes confiar, comunicarte, ser tú mismo delante de El; pero no lo hagas objeto de tus necesidades inmediatas. Escucha su Palabra.

       Hay que ser conscientes del poder que tiene. Invocar lo puede hacer cualquiera. No requiere nada y va purificando al cabo de muchísimo tiempo.

 b. La escucha de la Palabra

       Lee despacio los textos bíblicos señalados. No es un texto de ideas ni de información. Ni siquiera pretendas sentir lo que lees. Deja que resuene, sin racionalizar, sin pretender utilidad.

       Y según la resonancia, ábrete a la relación personal con el Señor. Deja que alguna frase se te haga oración.

       Subraya en la Biblia lo que te haya impresionado. Que vaya resonándote durante todo el día.

       Si no te ha resonado nada, pregúntate por qué.

c. La terminación de la oración

-Termina siempre la oración con una actitud de entrega a su voluntad. Es el fin propio de la oración: el amor de obediencia.

-Es el momento de empalmar la oración con la vida. Piensa en situaciones y tareas que el Señor quiere, especialmente si tienen que ver con lo orado.

 – Gonzalo Fernandéz

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