Caminos del Espíritu en Europa .1

Una Lectura Actual del Carisma Claretiano mirando a Europa

(Trabajo de los estudiantes de Colmenar Viejo)

I. Una visión panorámica. Acercamiento al suelo que pisamos

camino-europa ¿Cuál es el perfil espiritual del hombre europeo actual? ¿Cuáles sus necesidades y sus aspiraciones en el terreno religioso? ¿Cómo siente y vive Europa en este tiempo? ¿Qué valores privilegia y cuáles olvida en la construcción de su futuro? ¿Dónde está Dios entre nosotros? ¿Qué imagen tenemos de Él? ¿Por qué vías se nos puede hacer presente? ¿Nos aventuramos a buscarle? ¿A través de qué sendas? ¿Por qué tipo de espiritualidad claman nuestros contemporáneos en este viejo continente? Más que una respuesta rotunda o cerrada, las páginas que siguen constituyen una pequeña glosa de este ramillete de interrogantes. Son fruto de la lectura de documentos eclesiales, sociológicos, teológicos y congregacionales recientes, del juicio crítico personal sobre la sociedad en que vivimos y, sobre todo, del diálogo comunitario, en el que hemos tratado de buscar una mirada misionera hacia las necesidades espirituales del continente europeo. La perspectiva es, como se advierte, a la vez amplia y concreta. Serían necesarias aproximaciones complementarias a la nuestra para trazar un perfil verdaderamente completo del panorama espiritual del hombre europeo de nuestros días, pues obviamos aquí las evidentes diferencias sociológicas que caracterizan cualquier cultura y sociedad (diferencias entre los distintos países, entre franjas de edades, entre estratos culturales, entre clases socio-económicas, entre trayectorias históricas y políticas, etc.), así como otro tipo de datos relevantes que podrían aportar los análisis filosóficos, económicos y políticos actuales. Una visión que incluyera todos estos aspectos de forma detallada supera ampliamente nuestra pretensión y nuestras posibilidades. En todo caso, esta reflexión, en su precariedad, puede servir de punto de partida para un primer ejercicio de acercamiento, contraste con la realidad espiritual de Europa y para un ulterior diálogo sobre la misma. Esperamos, pues, que este punto de arranque resulte suficientemente lúcido y evocativo.

Comenzamos tomándonos una licencia. La de incluir aquí un testimonio. La razón es simple: todo lo que viene a continuación constituye un conjunto de afirmaciones genéricas para caracterizar una situación también muy general. Sin embargo, la experiencia religiosa —en su dimensión espiritual en este caso— y su transmisión son siempre profundamente personales. Aunque la fe, cuando se vive de forma madura, se comparte en comunidad, todo comienza con un encuentro singularísimo en la intimidad del corazón. Por eso se vuelve urgente escuchar relatos de nuestros contemporáneos en los que ellos mismos tomen la temperatura a sus necesidades espirituales. Por razón de extensión, no nos es posible recoger aquí un elenco de testimonios representativos de los distintos «estados espirituales» por los que se transita en la actualidad en nuestro contexto. Éste que traemos a colación es sólo un testimonio entre tantos (de un religioso sacerdote español de mediana edad). Aunque no sirva para describir la realidad en que nos movemos en todos sus detalles, sí nos sirve al menos para no perder de vista la necesidad de corregir y matizar a cada paso todos nuestros análisis, así como para llamar la atención sobre la importancia del encuentro de tú a tú, de la acogida sincera de «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo» (GS 1). También los nuestros. El reto de la nueva evangelización no solo nos invita a desechar ideas preconcebidas sobre lo que debe ser la transmisión de la fe a las nuevas generaciones y nos sitúa ante nuevas exigencias respecto a métodos y lenguajes con que proponer la vivencia cristiana. También, y de forma probablemente muchísimo más urgente, nos emplaza a habitar y compartir los lugares donde las personas viven, sueñan, sufren, se alegran, se apasionan, se pierden… Ser partícipes y no espectadores de las alegrías y los dramas, compartiendo esperanzas y sufrimientos se convierte así en el presupuesto ineludible para descubrir las necesidades espirituales de nuestros contemporáneos. Sólo así podremos leer e interpretar los nuevos escenarios donde dónde se desarrolla la vida, para después poder enriquecerlos y transformarlos con la experiencia del Dios de Jesucristo.

«Tengo 35 años cuando empiezo a escribir estas páginas. Esta mañana, mientras corría por las ruinas del Circo Máximo en Roma, escuchando música estridente y pensando en alguna lectura sobre la posmodernidad que he estado haciendo estos días, me he sentido urgido a escribir sobre esta cuestión:

¿Cómo se puede compaginar vivir en una cultura como la nuestra y conservar la fe? Más precisamente, ¿se puede mantener una fe que incluya lo eclesial, con todas sus tensiones y contradicciones, en esta época?

No sé si será un arrebato que mañana dejaré “aparcado” o si continuaré hasta el final. Sé de qué quiero hablar. Miembro de una generación poco acostumbrada a esperar, empiezo. Nací en 1970, cuando los ecos del 68 reverberaban (aunque yo nunca los pillé). Bajo un franquismo del que no me siento hijo ni víctima, pues mis memorias primeras son de familia y de parque, de la casa de mis abuelos y de los Reyes Magos. Viví la transición sin enterarme, de modo que siento que siempre he vivido en democracia. Y creo en Dios, aunque esto es ya una opción, y muchos de mis mejores amigos no creen o no practican, pese a que, en su momento, todos pasamos por una formación semejante. Dudo, siento, amo, creo, razono, busco, rezo, me desespero a ratos, espero en otros…, me importan mis gentes (mi familia, mis amigos, rostros y nombres que se van cruzando en mi vida)…

Se habla de nosotros como de una generación postmoderna, anclada en una adolescencia perpetua, hedonista y fragmentada. Se dice que nuestros valores son materialistas y nuestra lógica consumista. Se multiplican los análisis sobre si creemos o no en los grandes discursos, en las visiones utópicas, en el compromiso estable, en la razón… Se nos acusa de no creer más que en nosotros mismos (falso), en la comodidad (falso), en lo relativo (falso también). Parece que, en nombre de una supuesta estabilidad y un orden en el que cada cosa debería tener su lugar, es fácil demonizar la situación de quienes buscan un horizonte sin tener todas las respuestas preparadas.

Me duelen los discursos excesivamente acusativos y dramáticos (“¡ah, esta juventud sin valores ni horizontes…!”; “¡egoístas y sensuales, incapaces de mirar más allá de su propio yo…!”). ¿Y no será, digo yo, que los que tendrían que ofrecer un horizonte de sentido no lo hacen? ¿No será que quienes caen en estos diagnósticos sombríos, nostálgicos de otras luchas y otras batallas, no son capaces de apreciar las tormentas y la sed que nos sacude a nosotros?»[1]

¿Seremos nosotros —claretianos del siglo XXI, viviendo y formándonos en Europa— capaces de no defraudar a tantos hombres con sed que caminan a nuestro lado? ¿Sabremos mostrarles el venero de donde brota el agua viva? ¿Sabremos vivir enraizados donde esta eterna Fuente está escondida?

Realidad, sociedad, ambiente y cultura son términos complejos y ambiguos que, como quiera que se entiendan, tratan de describir lo que en un lenguaje metafórico y coloquial llamamos el suelo que pisamos o el aire que se respira. Como ocurre con el suelo y con el aire, en la cultura nos vivimos y, por tanto, no se nos vuelve problemática si no nos paramos expresamente a pensar en ella. Sin embargo, configura nuestro ámbito de límites y posibilidades y, si bien es cierto que no nos determina fatalmente (no nos moldea), sin duda sí condiciona nuestra forma de ser, de relacionarnos y de entender el mundo (a nosotros mismos, al otro, a Dios). De ahí que la descripción del hombre europeo actual y de sus urgencias espirituales haya de comenzar por mirar hacia la cultura, al lugar donde el hombre define sus relaciones, al espacio de mediación entre el ámbito personal y las estructuras cada vez más globales de nuestro mundo, y por tanto, más inabarcables y difíciles de cambiar. En la Declaración de México sobre las políticas culturales, la UNESCO define la cultura como«el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias, y que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden». Cabe preguntarse ¿es la cultura actual del hombre y para el hombre? Está claro que el hombre está siempre en búsqueda, siempre superándose… ¿Dónde busca o encuentra el hombre los valores y criterios para tomar decisiones? ¿En torno a qué configura sus proyectos y construye su existencia?

Aunque es ya un lugar común y una palabra camino del desgaste, creemos que el concepto que mejor define el contexto general europeo es el de secularización. Entendida de forma amplia, la secularización nombra el proceso de desacralización en la forma de comprender al hombre y la sociedad. Es una especie de agnosticismo práctico o ateísmo anónimo que se manifiesta casi siempre como indiferencia o extrañeza ante lo religioso. A nuestro juicio, el mayor reto que ha de enfrentar una propuesta espiritual para Europa no es el de revertir la situación de autonomía que el hombre reclama con respecto a Dios, sino el de mostrar que esa autonomía es querida por Dios y sólo se vive en su profundidad cuando se vive en respuesta agradecida hacia Él. Por tanto, no podemos pretender una vuelta a épocas pasadas, pues esta «justa autonomía» es una conquista que, vista en sus implicaciones profundas, pone en valor la religión y la espiritualidad por sí mismas. Pero tampoco podemos ser ingenuos, pues al hablar de secularización también nombramos una deriva no siempre positiva de la sociedad: si Dios ha quedado fuera del horizonte de la vida cotidiana del hombre puede ser mucho más difícil encontrarse con Él. Aun cuando no haya una oposición beligerante a lo religioso ni a Dios (laicismo agresivo o anticlericalismo), el silencioso desinterés por lo trascendente parece imponerse poco a poco. Ante este panorama, podemos quedarnos agazapados aguardando un nuevo escenario en que Dios vuelva a ser pan cotidiano o, adoptando una actitud más audaz, podemos preguntarnos cómo llega la Palabra de Dios a la vida de las personas en esta situación concreta. Quizá ésta sea entonces la pregunta más importante y más eficaz en estos momentos: ¿cuáles son los caminos por los que Dios llega hoy a los seres humanos? ¿Cómo hacer que se vuelva a escuchar y comprender el mensaje evangélico como mensaje vivo y actual? ¿Cómo ayudar al hombre europeo de hoy a descubrir e interpretar subjetivamente su existencia como don de Dios y, desde ahí, poder orientarla como camino de plenitud y de esperanza?

Si la cultura europea actual tiene un nombre —secularización—, ambigüedad es su apellido. De por sí, toda cultura se presenta a la vez como un campo de posibilidades y de límites. En el caso de la Europa actual, esto se ha vuelto más patente si cabe, pues nos hallamos ante un tiempo de crisis y transformaciones. Los analistas coinciden en que estamos asistiendo a un cambio de era: los paradigmas culturales están cambiando. Parece que ya hemos dejado atrás una época —en la cuestión religiosa y espiritual esto es evidente— pero aún no conocemos por completo el perfil de la siguiente, pues se está gestando ante nuestros propios ojos. Desconocemos cómo será el rostro social, cultural y espiritual de Europa, pero no podemos obviar que somos agentes del cambio, protagonistas de lo que vendrá. La ambigüedad es, pues, una marca que colorea cada uno de los rasgos de la sociedad europea de nuestros días. Hay ambigüedad en la consideración del hecho religioso, en la manera de orientar las relaciones de diversa índole, en la definición de la identidad personal y social, en la comprensión de las estructuras y los grandes proyectos, en la toma de decisiones, en la vivencia del mundo afectivo, en el mundo laboral, etc. En algunas ocasiones, dicha ambigüedad será la puerta que nos abra a una vivencia renovada de la espiritualidad cristiana; en otros, se convertía en muro infranqueable para la misma. Si esto es así, a nadie extrañará que la vivencia de la cultura de nuestros días genere en nuestros contemporáneos tensiones y frustraciones difíciles de eliminar[2]. ¿A qué agarrarse cuando abundan por igual las posibilidades y los límites? ¿Cómo salir de la encrucijada? A este respecto, hay dos puntos que pueden servir de puntales para nuestra esperanza: por un lado, con una mirada lúcida, profunda y misionera podemos descubrir y potenciar aquellos aspectos de la cultura secularizada que pueden convertirse en puerta para un renacer espiritual en Europa. Por otro lado, la posibilidad de abrirse a una vivencia espiritual de la existencia sigue en pie, pues, en último término, quien está en la encrucijada siempre puede optar. Esto no elimina los miedos, las incertidumbres, las caídas y las equivocaciones, pero tampoco nos hace inevitablemente presas de sus garras. En esta cultura secularizada europea en construcción, está en manos de cada hombre el discernir y elegir si quiere vivir para sí, o para los demás, si da cabida a Dios en su vida o lo ignora:

«No es en las estructuras donde en primer lugar se juega el futuro de la vida humana en su decisión ante Dios. Lo decisivo se encuentra en la decisión personal. Cuando hay un hombre que en el fondo de su conciencia se decide enteramente a vivir desde Dios por los hombres, ahí acontece entero el milagro de la Iglesia y del Cristianismo como Evangelio para el mundo. Ahí irrumpe la presencia de Dios y de su gracia. Es cierto que esta decisión está condicionada culturalmente; y que esa decisión deberá ser vehiculada a través de mediaciones institucionales y de “estructuras de gracia”. Pero la presencia o ausencia de Dios acontece en ese sagrario interno del ser humano que es la conciencia (GS 16). Este incide en la cultura y finalmente cristaliza en las estructuras humanas»[3].

Bajo estos presupuestos generales, exponemos a continuación cuatro distintivos de la cultura europea actual y su vinculación con el mundo de la espiritualidad[4].Son cuatro acentos que intentan describir la situación y la forma en que vive el hombre actual. Aceptar y entender estos acentos que hacen tan compleja nuestra realidad puede cuestionarnos, descolocarnos e incluso atemorizarnos, pero toda propuesta de fe ha de arrostrar las dificultades y afrontar los desafíos reales del momento. Resulta evidente que ni todos nuestros contemporáneos responden a dicha caracterización ni debemos tomar cada uno de los rasgos propuestos de forma aislada. Pretendemos sencillamente rescatar las notas que nos parecen más dominantes en la situación social, cultural, política y existencial sobre la que el hombre de hoy ha de construir su proyecto vital. Son algo así como los adoquines básicos del suelo europeo por el que transitamos. O, si se prefiere, los vientos que con más intensidad soplan en nuestra espalda mientras caminamos. Hay quien vive muy a merced de los vientos, muy pegado al suelo que le ha sido dado. Pero conocemos también hombres que aprovechan el suelo para despegar, las corrientes para abrir las alas y alzar el vuelo. Como ya hemos sugerido, lo que para algunos pueden resultar amarras, para otros se convertirá trampolín. En este sentido, lo determinante del presente análisis no es tanto si ofrece un perfil detallado y certero sobre lo que nos pasa a los europeos del siglo XXI cuanto si acierta al señalar las necesidades espirituales que subyacen en todo esto que marca nuestro rumbo. Detectarlas es sin duda el paso decisivo para una ulterior respuesta espiritual de nuestra parte. Precisamente esta convicción es la que guía y estructura el desarrollo que ofrecemos, las cuatro calas en los múltiples rasgos que definen al hombre moderno de nuestras sociedades. En cada una de dichas calas subrayamos 1) una característica del hombre actual (en general, una carencia o un anhelo) y 2) qué necesidad espiritual revela, qué vivencia espiritual reclama y qué aspecto del rostro cristiano de Dios debemos poner en valor para iluminarla.

    II. Una nueva herida. Heridos en el deseo

 1) Entre la necesidad de sentido y la sed de horizontes

Si echáramos un vistazo rápido y general a las distintas épocas de la historia europea, quizá ningún espectador diría que la nuestra es una época de intensa búsqueda de sentido, de profundo deseo de plenitud. Una mirada superficial revela más bien que hemos rebajado las expectativas, que hemos vaciado de contenido la felicidad y que hemos reducido el mundo a la medida de nuestras necesidades menos elevadas. Sin duda, algo de esto flota en el ambiente. Sin embargo, pocas cosas caracterizan las existencias concretas de los hombres que viven en la sociedad europea actual como la necesidad de encontrar un sentido y la sed de vislumbrar un horizonte que dé peso y consistencia al caminar cotidiano:

«Esta necesidad o hambre se experimenta de diferentes formas. Algunos la experimentan como la necesidad de algo que les dé fuerza interior para afrontar la vida, o paz de espíritu y libertad frente a los sentimientos de miedo y angustia. Otros la experimentan al verse a sí mismos desintegrándose y sentir la necesidad de algo mayor que ellos que les dé unidad. Otros se sienten heridos, maltratados, rotos y necesitados de sanación. Parece que muchas personas se sienten separadas y aisladas de los demás y de la naturaleza. Anhelan contacto y armonía. Son cada vez más las personas, especialmente jóvenes, que sienten la necesidad de entrar en contacto con el misterio que está más allá de lo que podemos ver, oír, oler, gustar, tocar o pensar, más allá de las limitaciones del materialismo mecanicista. Algunos experimentan el hambre de espiritualidad, simplemente, como ansia de Dios»[5].

Los criterios de decisión, los deseos profundos, las inquietudes, las perspectivas de futuro, las formas de vivir y entender las relaciones… Todo va cambiando. Estos cambios cada vez son más profundos y acelerados. A veces llegan a ser tan radicales que los criterios con que se educa al hombre de hoy para la toma de decisiones luego no le valen para enfrentar la vida con su crudeza y problemas reales. A la celeridad de los cambios y la insuficiencia de los criterios le sigue inevitablemente una sensación de inestabilidad y de labilidad que todo lo permea en el presente y en el futuro. Lejos de las certezas de épocas pasadas, un signo clave de nuestro tiempo es la inseguridad, que muchas veces deviene en desesperanza. De tal suerte que, como alguien ha dicho, el hombre europeo necesita hoy una tabla sobre la que surfear las olas que le vienen y un horizonte que le devuelva la ilusión por la vida. Pero, ¿puede haber un horizonte unificador hacia el que caminar ante realidades cada vez más diversas y menos densas? Las estadísticas de suicidios —y fracasos de otro tipo— ponen de manifiesto que la ausencia de sentido campa por sus fueros y que se añoran por doquier proyectos sólidos de vida. Si a este mal generalizado se le une el dato ineludible del envejecimiento progresivo de la población europea, las expectativas de plenitud se ven aún más estrechadas. Los sueños, las perspectivas, los dinamismos, las prioridades y los estados de ánimo se venden a la baja… Y en muchos hombres redundan en una falta de audacia, arrojo, espontaneidad e ilusión para recorrer nuevos caminos donde sean posibles encuentros en el Amor.

Alguien podría pensar que en estas breves pinceladas hemos trazado un panorama demasiado desolador. No pretendemos cargar las tintas ni parecer catastrofistas. Sin embargo, tampoco podemos renunciar a presentar las cosas en su crudeza porque, de lo contrario, no estaríamos tomándonos en serio la verdadera tragedia que es la vida para muchos de nuestros contemporáneos. En todo caso, lo más relevante no es tanto lo que nos pasa sino lo que se nos revela en lo que nos pasa: en este caso, un hambre auténtica de plenitud, una sed sincera de experiencia espiritual.

 2) Fe, esperanza y plenitud. Dios es Amor que viene al hombre

Si el somero análisis que acabamos de proponer se ajusta a la realidad, habremos de admitir, cuando menos, que contemplar la sociedad europea bajo el signo genérico de la secularización requiere de matices importantes. A nuestro juicio, la tesis de una cultura europea secularizada sigue siendo válida en tanto que, ciertamente, Dios o lo sagrado han dejado de ser categorías vehiculares de la experiencia humana en primera instancia. Por decirlo con una imagen, Dios habría dejado de constituir la urdimbre sobre la que el hombre teje su existencia y su vivencia en sociedad. Ahora bien, que haya desaparecido la urdimbre no implica que esté ausente el deseo de la misma —a veces muy escondidamente— ni tampoco que todos los hilos que nos enlazan con la divinidad hayan desaparecido del telar. En este sentido, algunos autores hablan de «des-secularización»[6], de un renacimiento de lo religioso, de una nostalgia de absoluto[7], de un rumor de ángeles[8], de un desvelamiento de Dios[9] o de una crisis de Dios con tintes religiosos[10]. Bajo estas expresiones late el intento de nombrar la proliferación de sentimientos espirituales, deseos de trascendencia y expresiones religiosas o pararreligiosas[11]. Si estos pensadores están en lo cierto, habremos de constatar con alegría que Dios siempre está ahí y que su encuentro con el hombre es posible. Ahora bien, a renglón seguido debemos preguntarnos ¿de qué Dios estamos hablando? ¿Un Dios relativo o la medida? ¿Un Dios sin rostro, sin Palabra (presente en el silencio)? ¿Un Dios particular que no entiende de límites, elección, renuncia, misión? ¿Un Dios que exige una vivencia fundamentalista de su misterio? Y más radicalmente aún: ¿estamos realmente seguros de que hablamos de Dios? Él no se ha ido de nuestro lado pero, ¿verdaderamente nuestra sociedad europea ha vuelto a Él?

En nuestra opinión, pensar sin más que se está dando un retorno a una vivencia religiosa que se había perdido o que el hombre europeo está explorando nuevas formas de vivir a Dios es simplificar mucho las cosas, es elevar por la vía rápida los signos a categoría de realidades. La cuestión nos parece mucho más compleja por varios motivos. Primeramente porque se aplica la etiqueta de espiritualidad a experiencias tremendamente heterogéneas y no siempre auténticamente religiosas[12]; en segundo lugar, porque probablemente los hombres que exploran este tipo de vivencias no suelen vincularlas a Dios (o no al Dios en que nosotros pensamos)[13] y, en tercer lugar y más importante, porque estos nuevos caminos no se suelen emprender pacíficamente (entiéndase, integrados en el conjunto de procesos de crecimiento y maduración del individuo), sino que suelen ser repuestas a una herida. Y aquí está, a nuestro entender, el quicio del problema —y, en buena medida, la puerta de la oportunidad—.

Sin duda, una vuelta de Diosal horizonte de expectativas del hombre europeo actual —por deficiente o parcial que ésta sea— es un motivo de gozo y una ocasión para lanzarse a ofrecer respuestas misioneras. Pero no debemos precipitarnos: para que la respuesta sea eficaz hay que detectar no sólo el problema o el deseo, sino también la matriz existencial en que estos se hacen presentes. Por tanto, lo decisivo en este punto es comprender desde dónde busca el hombre actual horizontes de sentidos. Y ese desde dónde se parece bastante a una herida. No necesariamente en el sentido de la angustia con que buscaba a Dios Unamuno, aunque en no pocas ocasiones las situaciones desde las que nuestros contemporáneos sueñan con una vida plena tienen tintes dramáticos. Que el lugar de la pregunta es una herida lo declaran, por ejemplo, el elevadísimo número de fenómenos depresivos o la problemática vivencia de la muerte y de las situaciones límite. Y, sin llegar a estos extremos, también en otros momentos de la existencia nos hallamos a nosotros mismos heridos en el deseo, pues la cotidianidad de la vida se nos ha vuelto problemática y paradójica y somos hoy más que nunca conscientes de nuestra fragilidad y nuestra impotencia:

«Otro de los rasgos de la condición postmoderna es la fuerte experiencia de contingencia, la percepción de la finitud, la vivencia de la fragilidad y la vulnerabilidad. La experiencia de ser criatura, mortal, frágil y vulnerable es una nota característica de nuestra sociedad»[14].

Si esto es así, se verá claramente que la pregunta por Dios surge desde la herida y casi siempre con sus aristas. Para una gran mayoría de los europeos, no se presenta como una pregunta más de las muchas que nos hacemos en el camino de la vida, sino como la pregunta clave que surge cuando palpamos que todo se ha derrumbado o está próximo a derrumbarse. En esos instantes, la inquietud que nos aflige no es tanto si creer en Dios es o no plausible sino si en medio de nuestra debilidad podemos experimentar a Dios y si esta experiencia puede ser la luz que llene toda nuestra vida. O dicho de otros modos: ¿Hay algo más allá de nosotros mismos que se alce como un horizonte por el que merezca la pena caminar? ¿Es la fe fuente de sentido, también cuando no hay dónde agarrarse? ¿Qué aporta la fe a la vida concreta y cotidiana? ¿Dónde está el plus frente a otras propuestas de sentido?[15]

Los hombres buscan en medio de la herida. Por tanto, si el cristianismo desea ofrecerles algo ha de entrar en la herida y asumir la vulnerabilidad en sus límites y sus posibilidades, pero no para pactar con ellas sino para hacer visibles en medio de ellas la esperanza inconmovible, la fe luminosa, el exceso de amor que Dios ofrece.

«Toda esta situación, a veces vivida de forma trágica, nos ha devuelto una conciencia y actitud más humilde ante la realidad, siendo más sensibles a la fragilidad y vulnerabilidad. Esto no es malo. Es un buen punto de partida, pues puede darnos una buena dosis de realismo desde dónde empezar un nuevo proyecto de humanidad menos endiosado y más humano. Es necesario que la debilidad no caiga en el derrotismo ni que la humildad sea falsa; que el fragmento no impida la búsqueda de la totalidad, sin que ese fragmento tenga que diluirse y perderse en el todo; que los pequeños relatos no se dispersen en el sinsentido, sino que encuentren su lugar propio en la entera historia humana como historia universal de salvación (…). La fragilidad del hombre y su conciencia de vulnerabilidad nos abre la puerta para presentar a Cristo como la revelación del Dios humilde y vulnerable, que no se impone al hombre, sino que desde esa solidaridad con él llevada hasta el extremo, asume su fragilidad y vulnerabilidad para convertirse en fortaleza y confianza»[16].

Mostrar a Dios como la entraña de la esperanza es, probablemente, el gran reto de nuestros tiempos. A este respecto, debemos preguntarnos en qué medida las Iglesias de Jesucristo somos «un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando» (plegaria eucarística V/b)[17]. Pero, con mucha más urgencia, debemos recuperar la hondura de lo que significa que el Dios en quien creemos sea un Dios-con-nosotros, un Dios Amor que viene al hombre, un Dios dispuesto a sufrir las heridas de la Cruz para preñarlas de resurrección. Y que justamente aquí reside nuestra alegría y la certidumbre de nuestra esperanza. Si hay razones para confiar es porque antes de que el hombre sea consciente de su sed, Dios ya ha venido a él como torrente, porque a nuestra ida le precede su llegada. En este sentido, Dios no sólo puede dar sentido o plenitud a la vida, sino que, por la gratuidad y precedencia de su actuar, supera toda expectativa humana y nos lanza más allá de la mera satisfacción de nuestras necesidades (por sublimes que éstas sean):

«Dios está a la búsqueda del hombre y nuestra búsqueda es ya respuesta. Él es quien ha recorrido el camino infranqueable e infinito que nos separaba. El hombre puede tener la percepción de que la historia de su encuentro con Dios está precedida por una búsqueda afanosa y prolongada en el claroscuro y en la penumbra: una búsqueda a tientas. Pero, en realidad, hemos de ser conscientes de que toda búsqueda del hombre en su camino hacia Dios está precedida por la búsqueda de Dios al hombre. Con el gran maestro de Hipona hemos repetido una y otra vez que cada hombre es un corazón inquieto que busca descanso y plenitud en Dios. Es cierto. Pero la inquietud más radical y más fuerte pertenece al corazón de Dios que ha salido al camino de la vida de los hombres para hablarnos como amigos e invitarnos a su compañía. Nuestra búsqueda, por lo tanto, es siempre una respuesta a una inquietud que Dios ha puesto en el corazón de todo hombre»[18].

III. Un nuevo hogar. Viviendo en las brechas

 1) Entre la celda individual y el mercado de lo diverso

A decir de González de Cardedal, hay dos caminos fundamentales por los que Dios llega al hombre (y viceversa), a saber: «su presencia en nuestra interioridad y la palabra del prójimo en la exterioridad; el absoluto de nuestra entraña personal y el absoluto que son nuestros hermanos los hombres»[19]. Rescatando esta intuición del teólogo español, podemos decir que si la herida en el deseo caracteriza al hombre europeo actual en su dimensión más interior, la tensión entre lo propio y lo plural constituye el hogar que habita en su dimensión más exterior. Ésta tensión es, a nuestro juicio, la segunda nota que puede describir el estado y las necesidades espirituales de nuestros contemporáneos.

¿Cuál es nuestra casa? ¿Desde dónde nos vivimos? ¿Dónde nos refugiamos? ¿Desde dónde proyectamos nuestros planes y nos relacionamos con otros? La respuesta a estas preguntas también cae bajo el signo de la contradicción y la indefinición, pues a la hora de abordarlas se descubren dos tendencias aparentemente opuestas: por un lado, sólo nos sentimos cómodos habitando la celda de nuestra individualidad, a la que no estamos dispuestos a renunciar bajo ningún concepto; por otro, nos vemos impulsados a verternos continuamente en el mercado de lo diverso. La primera tendencia, llevada a su extremo, deviene en un feroz individualismo; la segunda, en una aparente tolerancia acrítica a todo cuanto se presenta como plural. De tal suerte que nuestro hogar es justamente la brecha que se abre entre lo nuestro (lo uno) y todo lo demás (lo múltiple): una brecha que, por una parte, nos fragmenta por dentro y, por otra, condena a la exclusión a amplios sectores de la sociedad mundial. Veámoslo paso por paso.

Una de las acusaciones más recurrentes que se hacen a la sociedad europea de los últimos decenios es la del creciente individualismo. Dicha acusación debería ser matizada, al menos por dos razones: en primer lugar, porque el anhelo de compartir nuestra existencia con otros está muy presente y muy vivo entre nosotros; en segundo lugar, porque la tendencia no es exclusiva de nuestra sociedad: el egoísmo ha existido —y existirá— en todas las épocas y culturas. Sin embargo, al menos un hecho sí parece innegable: el egocentrismo y el narcisismo, que en otro tiempo se reprobaban como indeseables, hoy se viven —se confiese o no— como ideales de vida. Estas actitudes impregnan nuestro pensar, nuestro decidir, nuestro hacer. Y son probablemente los postulados más presentes y más determinantes en el juego social. A. Nolan presenta a este respecto el siguiente diagnóstico, quizá un tanto pesimista pero no del todo desencaminado:

«El ideal cultural del mundo industrializado occidental es el individuo autodidacta, autosuficiente y autónomo que se basta a sí mismo, no necesita a nadie (excepto para el sexo)[20] y no debe nada a nadie. Puede acudir a un médico, a un terapeuta o a un abogado; pero, dado que estos servicios se compran, uno puede seguir considerándose autónomo. Tener dinero propio es, claro está, crucial para mantener esta clase de independencia. De ahí la ambición profesional y el ajetreo febril que caracterizan el estilo de vida autónomo.

Éste es el ideal por el que las personas viven y trabajan. Es su meta en la vida. Y están dispuestas a sacrificarlo todo por conseguirla. Así es como tiene uno que “labrarse la vida”. De este modo descubre uno su identidad. (…) Libertad y felicidad se identifican con independencia y autosuficiencia»[21].

Cuando la intimidad y los espacios propios se sacralizan y los intereses y criterios personales se exaltan, la sociedad se empobrece, tanto en los aspectos más espirituales y culturales como en los más puramente materiales. En este sentido, nótese que la relación entre individualismo, pobreza y exclusión no es sólo una consecuencia de la autosuficiencia narcisista del ser humano, sino también del valor que tiene el dinero para construir y mantener una celda donde poder ser uno mismo sin necesidad de depender de nadie más. El individualismo —y ésta es quizá su lado más destructor— siempre se construye sobre una derrota —la de la sociedad— y sobre una brecha —la que se abre entre uno y su prójimo, sobre todo cuando éste es incapaz de acceder a los recursos económicos, culturales y sociales más elementales. La brecha sobre la que vive instalado el hombre europeo es especialmente sangrante en relación con los pueblos empobrecidos de otras latitudes, pero también se hace presente al interior de nuestra propia sociedad. El número de parados y las cifras que maneja Cáritas son hijos de una cultura individualista y auto-centrada, como también lo es la muerte que alcanza a aquellos que arriesgan su vida tratando de superar las vallas de nuestras fronteras.

Junto a este egocentrismo tan dañino que va cubriendo las ciudades de celdas incomunicadas, la sociedad europea ha visto proliferar también los mercados del pluralismo. Es difícil negar que habitamos a la vez lo propio inaccesible y el reino de la pluralidad, donde todo queda a la mano. Curiosamente, este fenómeno también es ambiguo en sí mismo. Por un lado, asistimos a una creciente homogeneización de la vida que se ha dado en llamar globalización: caen las fronteras a la hora de vestir, de pensar, de gustar, de acceder al mismo tiempo a todo tipo de contenidos, cultura e información desde cualquier parte. Por otro, alabamos lo diverso como único criterio de verdad. En opinión de Á. Cordovilla, «esta conciencia de la diversidad y del pluralismo ha sido una reacción legítima frente a los proyectos ilustrados y modernos que buscaban la unidad sacrificando la legítima diversidad»[22]. De tal suerte que «el pluralismo se ha convertido en sinónimo de libertad y tolerancia, mientras que el monoteísmo se ha convertido en expresión de la dictadura y la violencia»[23]. Cuando el mercado de lo plural es expresión de una humanidad verdaderamente abierta al diálogo y la tolerancia, entonces se convierte en un terreno abonado para proponer una espiritualidad de la acogida y la solidaridad. Pero en no pocas ocasiones el pluralismo provoca separación, extrañeza y fragmentación interna.

Uno y otro, individualismo y pluralismo, sitúan nuestro hogar en una brecha. En ella abundan la incomprensión y la violencia, puestanto el relativismo pluralista globalizado como el celo cada vez mayor de intimidad y de autonomía a cualquier precio nos han llevado a buscar antes la seguridad personal que el vivir en verdadera comunión, unificados por dentro y abiertos a lo que pueda necesitar el otro. Con frecuencia preferimos encerrarnos en jaulas de oro, cuando la búsqueda de libertad pasa por estar abiertos al compartir y al diálogo. La cultura del bienestar puede conducirnos a vivir anestesiados e indiferentes frente a otros. De tal manera que muchas veces, a pesar de los muchos y diversos valores que tenemos y fomentamos a priori, a la hora de tomar decisiones importantesparece que los demás no existieran, parece que estuviéramos solos en el mundo. Probablemente es más cómodo vivir poseyendo una verdad subjetiva con pretensiones de verdad absoluta. Pero sólo hallaremos una salida espiritual a esta situación si tratamos de integrar la pluralidad en la unidad, la diversidad en la comunión, y vivimos dispuestos a poner en duda las propias convicciones y a aceptar que nuestros prójimos tienen algo que aportarnos que nos puede ayudar a crecer:

«Hoy, gracias a los recursos ofrecidos por la técnica moderna y los medios de comunicación, los hombres están exteriormente más próximos que en cualquier otro momento del pasado. Sin embargo, tal vez nunca hayan sido tan grandes como hoy, en nuestra moderna sociedad de masas, el riesgo del aislamiento y el desamparo de la soledad. Nuestra sociedad es una gigantesca acumulación de individuos, no un todo orgánicamente desarrollado. Es indudable que el colectivismo no resuelve los problemas del individualismo moderno. Individualismo y colectivismo son dos extremos contrapuestos que coinciden en dejar al individuo en la soledad. Ninguno de los dos llega hasta el ser de la persona humana, la cual puede encontrar felicidad y paz solo en la unión personal, en valores y fines comunes, en el mutuo intercambio de valores personales»[24].

2) Comunión, integración, diálogo. Dios es Amor que crea fraternidad

Este estado de cosas nos abre a un mundo de posibilidades. A quien tiene una brecha por casa le falta el suelo desde el que echar a volar y añora un hogar auténtico que, siendo propio y personalísimo, acoja también a otros en lo que tienen de igual y de diferente. Por tanto, tal y como acabamos de señalar unas líneas atrás, la situación descrita revela una enorme necesidad espiritual en el hombre europeo actual: el deseo de unidad en lo diverso y de comunión en lo plural.

Ahora bien, en este punto tampoco conviene pecar de ingenuos. Ciertamente, individualismo y pluralismo, siendo espacios de posibilidad para una nueva vivencia espiritual, tienensus peligros. Cuando el individualismo no entra en crisisni se cuestiona, sino que la persona continua habitándolo, entonces cualquier camino o propuesta espiritual y/o social pueden quedardesvirtuados. De nuevo lo advierte Nolan:

«Con demasiada frecuencia, la búsqueda de espiritualidad, especialmente entre los jóvenes occidentales, se emprende de un modo que es igualmente egocéntrico. Se ha demostrado que una espiritualidad totalmente individualista es contraproducente. Un número cada vez mayor de personas que han reflexionado sobre su propia experiencia de espiritualidad están descubriendo lo que los místicos han dicho siempre: que tenemos que emprender la penosa tarea de ir más allá de nuestro egocentrismo, nuestro individualismo y nuestro ego. Los programas que ignoran esta verdad y ofrecen una espiritualidad de autorrealización, del tipo “sigue-el-camino-de-tu-corazón” están totalmente equivocados (…)

Hay un problema parecido en muchas de las luchas por la justicia. Lo que están descubriendo cada vez más personas es que sin liberación personal o libertad interior nuestras libertades sociales, conseguidas con mucho esfuerzo, quedan socavadas y pervertidas por el individualismo egoísta. Si las personas que han sido socialmente liberadas no se liberan también de su propio ego, de su egoísmo personal, corren el riesgo de repetir —de otra forma— la opresión y crueldad contra las que han luchado»[25].

De modo paralelo, cuando el pluralismo no se reorienta hacia vías de convergencia y de comunicación puede provocar no sólo disgregación y desorientación, sino también una relativización de toda propuesta que aspire a alcanzar el Bien y la Verdad:

«Esta relativización de la vida humana y de la comprensión del mundo y de Dios se ha visto agudizada por la conciencia pluralista en la que vivimos. Hoy nos hacemos este tipo de preguntas u otras parecidas: ¿Puede haber una verdad? ¿Puede haber una verdad absoluta en la historia? ¿Puede el hombre alcanzarla definitivamente y conocerla realmente? Si la verdad es hija del tiempo, ¿no pierde necesariamente su carácter único y absoluto? ¿Esta pretensión del cristianismo de presentar a Cristo como verdad absoluta no supone una agresión frente a otras comprensiones de la realidad (pluralismo) y frente a la legítima autonomía y libertad del ser humano (modernidad)?»[26].

Con todo, ser conscientes de dichos peligros no puede ensombrecer ni ocultar la sed espiritual de una verdadera comunión que late en nuestra sociedad. Todo apunta a que la comunión, la integración y el diálogo son caminos ineludibles para el encuentro con Dios en nuestros días y nuestro contexto.De tal suerte que otro de los grandes retos que se nos presentan a las Iglesias de Jesucristo es el de vivir una fraternidad evangélica, nacida de la llamada común que a todos nos ha hecho Jesucristo. ¿Podrán encontrar nuestros coetáneos comunidades vivas y alegres construidas desde la fe y el perdón? ¿Sabremos mostrar al Dios que es Amor que crea fraternidad? Jesucristo pasó por este mundo disipando soledades, unificando corazones, creando lazos de fraternidad y llamando a la unidad. Y más aún, abriéndonos gratuitamente un camino al seno de la Trinidad, donde se vive una comunión de naturaleza y de amor que, integrando la diversidad, supera toda otra comunión imaginable.

 IV. Un nuevo culto. Rendidos al dios de lo tangible

             Si el análisis que venimos haciendo es acertado, la espiritualidad que Europa estaría reclamando en nuestro tiempo sería una espiritualidad enraizada en los deseos de plenitud de la existencia (frente a la ausencia de sentido y horizontes) y orientada hacia la comunión (frene al individualismo y el pluralismo). A nuestro juicio, estos dos son los puntos capitales para afrontar la situación europea actual en lo que tiene que ver con la vivencia espiritual. A continuación presentaremos dos grupos de rasgos más que también resultan dignos de tener en cuenta a la hora de trazar el perfil del hombre europeo y sus necesidades espirituales. Sin embargo, no insistiremos demasiado en ellos. No porque nos parezcan menos importantes o menos configuradores del estado de cosas actual sino porque, con sus matices, convergen con los dos primeros: como se verá si se aplica una mirada profunda, ambos grupos de características apuntan también hacia la urgencia de revitalizar una espiritualidad de plenitud y comunión. Las actitudes de fondo, los procesos, las carencias y las posibilidades presentes en una determinada cultura y sociedad están en realidad íntimamente relacionados. Repasemos sucintamente estos rasgos para hacernos conscientes de los matices que aportan y las conexiones que establecen con respecto a todo lo dicho con anterioridad.

 1) Entre el altar del dinero y el incienso del pragmatismo

Una tercera nota que caracteriza la sociedad europea actual —y que quizá necesita menos explicación que las precedentes—es el culto de lo material, en todos sus órdenes. Caben bajo este paraguas la idolatría del dinero, la de la ciencia, la de la técnica, la del trabajo, la del cuerpo, etc. Todas estas idolatrías revelan que en nuestras sociedades lo que no pertenece al ámbito de la experiencia —entiéndase por experiencia todo aquello comprobable empíricamente, lo que se puede medir y lo que resulta útil— ha de ponerse, cuanto menos, bajo sospecha. De tal suerte que estamos asistiendo a una absolutización de lo que se puede ver y tocar (lo tangible), de lo tiene una aplicación pragmática, de lo que puede mejorar las condiciones materiales de la existencia. Un término típico para describir esta situación, enarbolado como bandera y como ideal por nuestros coetáneos, es el de sociedad de bienestar. A la base del mismo se descubre una sociedad que está cambiando sus valores, renunciando a algunos dioses y rindiéndose a otros.

Sin necesidad de demonizar a la sociedad por alentar este tipo de actitudes, no podemos dejar de constatar que tienen consecuencias negativas —algunas inaceptables humanamente hablando— tanto para los individuos que se rigen por estos criterios como por quienes padecen sus estragos. El papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudiumafirma que hoy día la gran mayoría de la humanidad tiene que luchar para vivir y a menudo para vivir con poca dignidad. Y ciertamente vemos a nuestro alrededor cómo se está produciendo un empobrecimiento cada vez mayor de la sociedad. Van desapareciendo progresivamente las clases medias y la dificultad para acceder a un trabajo es cada vez mayor. Los mercados se han convertido en verdaderos dictadores sin rostro, cuyo afán de tener y de poder no tiene límites. Como se ha puesto de manifiesto trágicamente en la presente crisis, dichos mercados que han alcanzado tamaño mundial no tienen ningún organismo internacional que los controle y evite la especulación. A escala más doméstica, una gran mayoría de ciudadanos europeos mantenemos un nivel de vida marcado por la tendencia al consumismo, que sólo se puede mantener, como hemos apuntado arriba, pagando el precio de la exclusión y el olvido de otros. Esta otra cara de la moneda no suele aparecer entre las preocupaciones reales del europeo medio: rara vez pensamos que tenemos parte de responsabilidad en esta situación de desigualdad e injusticia manifiesta, sino que, con mucha más frecuencia, seguimos viviendo indiferentes al sufrimiento de otros. Sea como fuere, resulta innegable que la economía se ha convertido en uno de los factores claves en la construcción y orientación de la propia vida (cf. EG 53).

Este nuevo culto que estamos describiendo incide de forma muy negativa en una de las instituciones matrices de toda cultura, portadora y transmisora privilegiada de valores: la familia. Las estructuras económicas los mercados buscan personas libres de compromisos, sin cargas que distraigan del trabajo la productividad, de forma que en general no se favorece la estabilidad de los vínculos y relaciones entre las personas, y en particular en muchas ocasiones el matrimonio se reduce a emotividad y necesidades circunstanciales de la pareja según momento y situación. En muchos casos, se está perdiendo el sentido de profundo compromiso y entrega y la familia está dejando de representar el lugar básico de pertenencia y confianza donde emprendemos procesos de educación y crecimiento, aprendemos a convivir en la diferencia y a amar más allá de las limitaciones dificultades. Sin duda, el panorama familiar europeo es mucho más complejo de lo que aquí podemos reflejar, pero baste la constatación de que, por muchos y diversos motivos, la manera de entender la familia y de vivir en ella está sufriendo una gran transformación[27] (en la cual, por cierto, también se pueden encontrar aspectos positivos). Aunque a veces suspiramos por que la situación de las familias en Europa fuera muy otra, lo cierto es que de momento éste es el camino que ha emprendido como institución. Y sería ingenuo pensar que se puede revertir sin más esta deriva.Ciertamente, todos desearíamos que la familia no perdiese el potencial educativo y evangelizador, que no dejase de ser mistagoga. Y estamos llamados a trabajar en esta dirección. Pero hemos de tener presente que los cambios, cuando desean alcanzar a los valores en torno a los cuales se construye una sociedad, son siempre lentos y requieren paciencia y humildad. Mientras van llegando, no podemos dejar de proponer, en este contexto concreto, vías de encuentro con Jesucristo.

 2) Servicio, sensibilidad y atención a los pequeños. Dios es Amor que se entrega

Resulta muy significativo comprobar como este tipo de actitudes que venimos señalando sirven de cauce a aspiraciones y deseos legítimos de todo ser humano. En este sentido, más que condenar el consumismo habría que poner de relieve que se trata de una respuesta atrofiada al anhelo que todos tenemos de ser significativos; más que reprobar la dictadura de la técnica habría que reconocer que en ella se revela la necesidad de progresar y crecer presente en todo corazón humano; más que despreciar la cultura hipertrofiada del trabajo y del ocio habría que poner en valor la capacidad de la acción y del descanso para construir a la persona; más que ridiculizar el culto al cuerpo y a la salud habría que entender que representa una forma desviada de saciar la sed de belleza y de armonía. Esta mirada amable, sin ocultar la realidad ni desterrar el grito profético contra la injusticia, permite abrir puertas, en el mismo seno de la cultura imperante, hacia una nueva espiritualidad.

Si estas aspiraciones son reales y legítimas, el camino cristiano puede presentarse como la respuesta humana más radical a todas ellas, como fuente de plenitud y de esperanza. No sólo porque colma al hombre que hambrea el sentido de la vida, sino porque lo hace abriéndole al rostro del hermano y, sobre todo, del hermano pequeño en su sufrimiento. En este sentido, el Dios en quien ponemos nuestra confianza no es sólo Amor que viene al hombre, sino Amor que se entrega, que sirve… Y que invita a entregarse y a servir. La espiritualidad que nace de esta experiencia de Dios es profundamente plenificadora y revolucionaria porque introduce al hombre en un cambio de valores radical: desde el corazón de la vida de fe el hombre es invitado a inaugurar en su propia existencia un camino vivencial y ético de altas miras, con el prójimo como instancia ineludible del amor. Si el Amor se recibe para darse, nadie como el Dios de Jesucristo para despertar en nuestras sociedades una espiritualidad amante: sensible a las necesidades del otro —del cercano y del lejano—, defensora de los pobres, generadora de justicia, comprometida con la realidad presente, propulsora de los mejores carismas y los valores más elevados. Sin duda, la nueva espiritualidad que Europa reclama y necesita pasa también por esta via caritatis de la que los cristianos podemos ser el mejor recuerdo y el mejor testimonio:

«La alegría (belleza) y la razón (verdad) de la fe, conduce necesariamente al testimonio de la fe vivida desde el amor como misericordia y solidaridad con el prójimo (bondad). Todos sabemos que esto es al final la mejor forma del testimonio cristiano. La alegría y la belleza de la fe, expresada de forma comunitaria en su verdad razonable, finalmente se concreta necesariamente en una fe informada por la caridad, la misericordia y la justicia. No es casual que tanto Caritas como Manos Unidas, por poner un ejemplo, sean dos de las instituciones más prestigiosas de nuestra Iglesia. Esto no significa que acaparen lo que significa este testimonio de caridad institucional de la Iglesia. Pero es evidente que no necesitan explicarse mucho. Todo el mundo entiende qué es lo que hacen. Lo importante, en este orden, es que no olvidemos la razón que nos sostiene para hacer lo que hacemos, es decir, en nombre de quien lo hacemos; y la necesaria justicia que ha de nacer de esa forma de caridad y misericordia. La caridad y la misericordia nunca pueden ser un sucedáneo o un sustituto de la justicia necesaria que ha de darse en las relaciones sociales. Los cristianos tenemos que buscar junto con otros hombres y mujeres ésta; y aportar como algo específico y único la otra»[28].

Nótese que en este punto la espiritualidad conecta muy especialmente con la evangelización y la misión, en clave tanto de conversión personal como de conversión social. El Amor de Dios nos llega se vive en conexión inevitable con el amor al prójimo o no se vive. En el fondo, este es un criterio básico de autenticidad de cualquier experiencia religiosa y, por tanto, no puede estar ausente a la hora de ofrecer a esta vieja Europa nuevos caminos de encuentro con Dios. Ahora bien, en este aspecto la propuesta cristiana ha de ser particularmente cuidadosa: no sirve de nada reprochar a nuestros contemporáneos que olvidan a sus hermanos (denuncia) si a la vez no les mostramos que es posible acceder a una experiencia de Dios en la que, con su ayuda, podemos inaugurar un nuevo orden axiológico más humano (anuncio). Para ser creíble y atractivo al ofertar una espiritualidad de la entrega, el cristianismo debe, primero, asumir cómo viven de hecho el amor los hombres de nuestro tiempo; en segundo lugar, corregir las carencias y los defectos de dicha vivencia y, por último, hacer visible que nuestro ejercicio del amor proviene de un Amor mayor y se encamina hacia su consumación en él. Al fin y al cabo, esta ha sido la mistagogía que Dios ha seguido con la humanidad en la lógica de la encarnación, la pasión y muerte y la resurrección:

«El amor es afirmación y confianza radical en la vida humana. Cuando Benedicto XVI no ha tenido reparo en unir, sin confundir, el eros humano con el ágape divino ha hecho un enorme favor a la Iglesia. El deseo de felicidad del hombre en ascenso hacia arriba no está en contra del amor condescendiente de Dios que en un gesto supremo de entrega se despojó de su rango y descendió hasta los últimos rincones de la tierra. (…) Aun dentro de la ambigüedad que caracteriza toda obra humana, el evangelio ha de ser anunciado y ofrecido en medio de la vida de los hombres, no solo como una realidad fascinante, pero lejana e inalcanzable, sino como una palabra real, concreta, donde aquí y ahora se ofrece ya de alguna forma la salvación (…).

El amor supone, muchas veces, tener que decir un no a tantas tendencias negativas del ser humano y a tantas situaciones injustamente creadas. Por eso el amor también es juicio, crisis y pro-vocación a una vida instalada en el egoísmo, que se ha cerrado sobre sí. El amor es cruz, como invitación a hacia un camino de despojo, de descenso y de abajamiento que termina en la entrega generosa de la vida. (…)

[El mundo] está llamado a ser transfigurado. El amor es luz, quizá la única, desde la que podemos contemplar el sentido más profundo de la realidad que tenemos a nuestro alrededor, porque ésta es contemplada ya de forma anticipada por el destino al que está dirigida toda la creación. (…) El amor es desde aquí un ejercicio de ministerio profético que sabe mostrar el horizonte último de la vida humana y abrir al hombre a su esperanza definitiva»[29].

 V. Nuevos relojes, nuevos espejos. Acompasados con el «ya»

 1) Entre el compás del presente y la clave de la imagen

El último de los rasgos que destacamos en nuestro recorrido representa más bien el ambiente en el que se dan todos los demás. El hombre europeo actual sufre una nueva herida, habita un nuevo hogar, se rinde a un nuevo culto… Y todo lo vive llevando consigo nuevos relojes y nuevos espejos, es decir, configurando su existencia conforme a un ritmo y a unos referentes novedosos. La melodía que interpretamos tiene su propio compás —el presente—y su propia clave —la imagen.

Si el hombre europeo de hoy pudiera, pararía todos los relojes en el ahora. O, visto de otro modo, les haría correr a toda velocidad hasta que llegaran a apresar el instante: «Si hay algo que caracteriza a nuestra cultura postmoderna es su deseo de inmediatez y su instalación en el presente»[30]. El hombre lo quiere todo y lo quiere ya. Lo que le valió ayer no le vale hoy: lo que ensalza hoy, lo humillará mañana.Ni recuerda ni pospone. Ni añora ni planifica. En esta sociedad del ya, lo que no forma parte del paisaje en el presente (porque ya pasó o porque no ha llegado) parece carecer de toda relevancia. «Algunos han pensado, por ejemplo, que ésta es la primera generación que se ha instalado en un presente que no quiere hacerse cargo de su pasado, pues es un fardo demasiado pesado para transportar y porque en el fondo ya no se siente responsable del futuro, que además está lleno de incertidumbre»[31]. Las consecuencias de acomodar la vida a este ritmo son múltiples y van desde las más personales (el estrés, la desmemoria, la absolutización del sentimiento presente, la despreocupación por el mañana, el olvido de la muerte, la incapacidad para la espera, etc.) a las más estructurales (el colapso informativo, la generalización de la dinámica consumista a todos los ámbitos de la vida, la tiranía de la moda, la obsolescencia tecnológica, el poner en entredicho la tradición y la figura paterna, etc.). Nos movemos al compás del presente y exigimos las cosas en su inmediatez, poniendo en ello una carga de verdad que no tienen: en realidad, si nos paramos un momento a pensar, el presente no-es, lo inmediato es efímero, no podemos atraparlo, no nos permite saborear la existencia en su hondura. Sin responsabilidad, sin asumir el pasado, sin ventanas al futuro, sin mediaciones, sin mensajeros…Vivimos a tientas.

Además del consumismo y la publicidad, también la dependencia cultural de los medios de comunicación coadyuva a mantenernos bajo la tiranía del presente y lo inmediato. Asimismo, los medios, cuyo soporte básico e irrenunciable es la imagen, contribuyen a convertir la exterioridad y la apariencia en la clave de interpretación de la partitura de nuestra vida. Lo que no tiene una imagen no existe. Y más aún: la imagen que no se adapta a los cánones no se acepta; la que no se renueva deja de tenerse en cuenta. ¿Quién quiere mirarse en otras realidades habiendo espejos que nos devuelven nuestra propia imagen? Somos como aparecemos, lo que aparentamos, lo que mostramos en el perfil de una red social. Pero en gran cantidad de ocasiones vemos cómo esos perfiles son máscaras superficiales que solo sirven para dar a entender que uno es lo que no es, pura superficialidad, puro engaño, oquedad.¿Qué puede haber más presente, más inmediato, más tangible y más sugerente que una imagen? Pero, al tiempo, ¿qué puede haber más volátil, más engañoso, más perecedero y más inconsistente que una imagen? Si construimos sobre imágenes, ¿qué quedará de nosotros cuando éstas desaparezcan?

Nadie negará que hoy el aspecto, las maneras y los gestos con los que nos presentamos ante los demás son importantes, pues gran parte de la vida y las relaciones se juegan en la exterioridad del cuerpo y de la imagen. Pero tampoco se negará que someter todo a lo exterior por un lado nos tiraniza y, por otro, se convierte en fuente de exclusión para todos aquellos que no tienen una imagen «bella» que ofrecer al mundo. Y, en un nivel más profundo, poner tanta carne en el asador de la imagen desvirtúa las leyes de la vida y su dimensión de profundidad:

«Lo natural toda la vida ha sido irse gastando, envejecer y ensanchar, que el cuerpo vaya hablando de tus heridas, de tu historia. Que tus ojeras hablen de tus desvelos y de las preocupaciones que muchas veces nacen de lo que te importa. Lo natural es que el paso sea más lento cuando ya pesen los años, que la frescura juvenil se vaya marchitando y que la tersura dé paso a la arruga.

Lo más humano es aprender a relacionarnos desde lo profundo y no desde la fachada, si nos damos la oportunidad de compartir los sueños y los desvelos, las alegrías y los temores, los aciertos y los fracasos. Lo natural es amar la imperfección y no lo imposible. Si quedamos presos de las fachadas y los espejos, perdemos la ocasión de asomarnos a la hondura de las vidas, a los anhelos, a las historias de aquellos con quienes compartimos algunos tramos del camino»[32].

 2) Hondura, creatividad, gratitud. Dios es Amor que se entraña

La cultura europea actual aparece ante nuestros ojos como aferrada al presente y a la imagen, pero, ¿qué revela esto de sus necesidades espirituales? A nuestro juicio, la respuesta a este interrogante es sencilla: la sed de biografía y el hambre de fondo. Expliquémoslo brevemente.

Por un lado, el hombre europeo de nuestros días, que se vuelca en el instante y busca experiencias inmediatas experimenta el hastío y la insatisfacción y desearía, aunque no siempre sepa verlo, construir para sí una auténtica biografía. Aunque nos empeñemos en afirmar lo contrario, la vida humana no está hecha de fotogramas que pasan sin dejar huella, sino de páginas que se van escribiendo y permanecen. La vida no pasa, se escribe. Y se escribe poco a poco, con el mismo paso del tiempo y con los pasos que nosotros mismos vamos dando a través del tiempo. Por eso es urgente ofrecer una espiritualidad en la que los hombres descubran la posibilidad de hacer de su existencia un relato con sentido. Al perder la perspectiva de camino,de progreso y maduración corremos el riesgo de perder el suelo de la vida en el Espíritu. Es verdad, el peso que concedemos a lo que ya pasó y a lo que vendrá siempre ha de equilibrase con el peso del instante, que es decisivo porque en él se ponen en juego las elecciones concretas. Pero ignorar su influencia sobre nosotros, con el tiempo, nos lleva a desfondarnos. La lucha por la inmediatez esconde reivindicaciones espirituales legítimas: si existe un Dios, ha de poder hacerse presente, hemos de poder establecer con Él una relación de intimidad y cercanía en el ahora. Dios tiene que poder aparecer en cada momento en nuestra entraña y en la entraña del mundo. Pero no bajo el signo del consumismo. Las verdaderas relaciones sólo se viven en plenitud si no se instrumentalizan, si pasan por el crisol del tiempo, por el aprendizaje de la espera paciente del otro:

«El consumo exacerbado no es sino la expresión del instante y el presente objetivado en una forma de relacionarse con las cosas y de comprenderse en el mundo. En realidad nada hay instantáneo en la vida humana. La vida es proceso, camino, peregrinación. En la educación de la vida humana y en la formación cristiana tenemos que recuperar la virtud de la paciencia, la paciencia de la maduración, para así poder alcanzar ese deseo legítimo de inmediatez de relación y comunión con la realidad que nos colma y nos plenifique (sic) en el presente pleno, que no es otro que la eternidad de Dios (Tu hoy es eternidad)»[33].

Ciertamente nosotros no podemos cambiar ni el ritmo ni los tiempos del engranaje social por nuestras solas fuerzas y nuestro empeño, por más denodado que sea. Pero sí podemos mostrar que existe un reloj interior distinto al que marca las horas del mundo y que el verdadero compás que da plenitud a la vida se halla en él. En esto habremos de ser creativos, porque no es nada fácil. No es fácil controlar la presión que ejercen sobre nosotros los medios de comunicación, la publicidad, el trabajo, las relaciones, las urgencias, las prisas, los transportes, los compromisos. No es fácil tampoco discernir lo que es superficial y cambia de lo que es importante y permanece. Y menos aún librarse de los dinamismos que este ambiente presentista y acelerado despierta en nosotros casi mecánicamente. No es fácil, pero es posible. La soledad serena del que se retira para gustar la vida en su belleza puede vivirse también entre la masa; el silencio elocuente del que desea escuchar palabras de Vida también puede encontrarse en medio del ruido. Hacen falta audacia, lucidez, entrenamiento y creatividad. Y confiar de verdad en que por esta vía estamos abriendo puertas al encuentro con Dios. Hacer plausible y posible este camino a nuestros contemporáneos es, en el fondo, un reto apasionante para quien cree.

Además de memoria y futuro, el relato biográfico de cada hombre ha de tener fondo. Rodeados de imágenes vacías, ¿quién no anhela un espacio de hondura donde todo, hasta lo más cotidiano e insignificante, cobre densidad y relevancia? Todo a nuestro alrededor clama por un retorno al corazón, a la interioridad, al fondo donde, según la tradición de la Iglesia, el Padre mora y nos habla, el Hijo se nos revela y nos convoca, el Espíritu sopla y nos enciende. Dios es Amor que se entraña, que se traba en lo más íntimo de la existencia y allí, instante tras instante, se nos da. ¿Cómo despertar este conciencia? Quizá si encontramos el modo de mostrar que lo bueno y bello de la vida lo recibimos siempre en el corazón —en lo profundo– podamos acercar al hombre a su misterio. Allí, más adentro en la espesura, experimentará que antes que nada somos receptores de un Amor que nos llega desde siempre, a raudales, gratuitamente. Y la existencia se le volverá gozosa y agradecida:

«Tenemos que hacer lo posible para ganar y profundizar en la conciencia de que el amor es recibido. No nace de nuestro yo (individual o comunitario), sino que viene de otro. Por lo tanto, lo primero en la pastoral de la caridad es buscar los lugares, los tiempos y las formas de esta recepción del amor. (…) Los seres humanos, la Iglesia, los cristianos, somos en primer lugar y ante todo capacidad de recibir; experiencia de pasividad; existencia en recepción (…)»[34].

 VI. Conclusión. Mi corazón y las fronteras

 Como hemos indiciado en la introducción, las páginas de este escrito son fruto de lecturas personales y diálogos comunitarios y en esto residen juntamente su riqueza y sus límites. Son ya, en sí mismas, un intento de conclusión. Pero también un posible comienzo para ulteriores reflexiones. Con todo, hay algo que aún no hemos dicho y que no carece de importancia: cualquier intento de trazar un perfil del hombre europeo actual y de sus necesidades espirituales debería empezar por una introspección. La que cada uno puede hacer en su propia historia, en sus carencias, en sus deseos, en sus esperanzas, en sus tensiones, en sus dificultades, en sus sueños y en su ardor misionero. Como casi todo, la pregunta por la espiritualidad que hemos de suscitar o proponer en Europa comienza por uno mismo. Y termina, necesariamente, por los que más sufren. A la introspección, la reflexión, la oración y el diálogo habrá de seguirle un acercamiento vivencial a aquellos que viven, padecen y nos esperan en las fronteras. Si la experiencia espiritual que ofrezcamos en Europa les es ajena o inaccesible, el intento habrá sido en vano. Al fin y al cabo las puertas del Reino están hechas a la medida de su corazón, del corazón traspasado de Cristo.

   Bibliografía

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&Steiner, G., Nostalgia de absoluto, Siruela, Madrid 2008.



[1] J.Mª Rodríguez Olaizola, En tierra de nadie, Sal Terrae, Santander 2006, 9-11.

[2] «El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada» (Francisco, «Exhortación apostólica postsinodal Evangelii Gaudium» 64).

[3]Á. Cordovilla, Crisis de Dios y crisis de fe, Sal Terrae, Santander 2012, 24.

[4]Para un acercamiento más completo a toda esta problemática es de gran utilidad:Juan Pablo II, «Exhortación apostólica Ecclesia in Europa», 2003.

[5] A. Nolan, Jesús, hoy, Sal Terrae, Santander 2007, 33.

[6] Cf. P.L. Berger (ed.), The Desecularization of the World. Resurgent Religion and World Politics, Michigan 1999.

[7] Cf. G. Steiner, Nostalgia de absoluto, Siruela, Madrid 2008.

[8] P. L. Berger, Rumor de ángeles, Herder, Barcelona 1975.

[9] J. Moingt, Dios que viene al hombre. Del luto al desvelamiento, Sígueme, Salamanca 2007.

[10] Cf. J. B. Metz, Memoria passionis. Una evocación provocadora en una sociedad pluralista, Sal Terrae, Santander 2007, 78-86.

[11] Cf. R. Díaz-Salazar (ed.), Formas modernas de religión, Alianza, Madrid 1996.

[12] «Sobre esto de la espiritualidad existe hoy un tanto de confusión. Hay una amalgama de posibilidades, un sincretismo entre técnicas de relajación y quietud, místicas zen, estilos new age, un renacer de la interioridad y un revival de prácticas tradicionales y nuevas ocurrencias donde se hace necesario buscar un poco de claridad» (J. Mª Rodríguez Olaizola, o. c., 52).

«La fe católica de muchos pueblos se enfrenta hoy con el desafío de la proliferación de nuevos movimientos religiosos, algunos tendientes al fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin Dios. (…) Estos movimientos religiosos, que se caracterizan por su sutil penetración, vienen a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista» (EG 63).

[13] Cf. Á. Cordovilla, o. c., 47-84.

[14] Á. Cordovilla, o. c., 99.

[15] Quizá ninguna reflexión teológica reciente es tan sugerente a la hora de orientar la cuestión de Dios y en relación al sentido de la existencia como la del teólogo belga A. Gesché en su obra El sentido, Sígueme, Salamanca 2004. Remitimos a ella para un análisis más radical del tema.

[16] Á. Cordovilla, o. c., 99.

[17] «Un observador atento del cristianismo contemporáneo, ¿tiene motivos para el entusiasmo o para la perplejidad? Surgen el desencanto de quienes creen quedarse sin suelo bajo los pies y la ira de quienes creen estar asistiendo a una inmensa traición de los clérigos, que incapaces de pensar, vivir y transmitir la carga de verdad y de esperanza, que les han sido confiadas, las arrojan por la borda y cantan en el coro común el himno de la levedad del ser, de la temporalidad del hombre y de la futilidad de todo. (…) Por otro lado, en cambio, están las voces radicales que reclaman un cristianismo sin Dios, sin Iglesia, sin vida eterna, sin pecado original; un cristianismo sinécdoque de cultura, de mucha estética y de retórica adormecedora, con un poco, muy poco, de ética. Un tercer grupo se entusiasma con el libro de Luc Ferry, quien recoge la expresión cristiana “encarnación de Dios”, para decir que la fórmula Dios-hombre no dice otra cosa que el sentido de la vida. ¿Queda entonces sólo la trascendencia, lo sagrado, el rumor que no se sabe de dónde ni de quién viene?… Queda la soledad del hombre, soportable mientras aún perdura el recuerdo de Dios, en invocación o en blasfemia, pero insoportable el día que ni siquiera se perciba su sombra en el mundo» (O. González de Cardedal, «Cristianismo sin…», El País, 06/11/1999).

[18] Á. Cordovilla, o. c., 113.

[19] O. González de Cardedal, El hombre ante Dios, Sígueme, Salamanca 2013, 104.

[20] Cada vez más, ni siquiera para el sexo.

[21] A. Nolan, o. c., 41.

[22] Á. Cordovilla, o. c., 103.

[23]Ibíd., 103.

[24]W. Kasper, La Iglesia de Jesucristo, Sal Terrae, Santander 2013, 405.

[25] A. Nolan, o. c., 43-45.

[26]Á. Cordovilla, o. c., 30-31.

[27] «La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad» (EG 67).

[28] Á. Cordovilla, o. c., 44.

[29]Ibíd., 143-144.

[30]Ibíd., 104.

[31]Ibíd., 104.

[32] J.Mª Rodríguez Olaizola, La alegría, también de noche, Sal Terrae, Santander 2008, 25.

[33]Á. Cordovilla, o. c., 106.

[34]Ibíd., 138-139.

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