Capítulo 1: La formación claretiana: objetivo y marco de referencia

Introducción

9.  Este capítulo ofrece una presentación sumaria de los principios que orientan la formación claretiana. Constituye el fundamento de todo lo que se desarrolla con más amplitud en los capítulos siguientes. En el primer apartado se presenta el enunciado del objetivo fundamental de la formación y un breve comentario de cada una de las cuatro afirmaciones contenidas en el mismo. En el apartado segundo, el objetivo fundamental se coloca en un marco carismático, pedagógico y situacional, que pretende ayudar a comprender mejor su significado. Todo el capítulo trata, pues, de las mismas cuestiones básicas en tres niveles progresivos de desarrollo.

1. Objetivo fundamental

10.  El objetivo de la formación es promover nuestro crecimiento en la unión y configuración con Cristo, según el carisma claretiano en la Iglesia, mediante un proceso personalizador y transformador, en cada realidad concreta y abiertos a la universalidad.[1]

1.1. La configuración con Cristo misionero

11. El objetivo fundamental consiste en seguir a Jesucristo misionero hasta configurarnos con Él. En nuestra formación el seguimiento de Cristo, tal como se propone en el Evangelio, es para nosotros la regla suprema[2]. Las demás orientaciones y normas adquieren sentido si nos ayudan a seguir a Cristo en comunión de vida y proclamar el Evangelio a toda criatura[3]. Nuestra vida y misión y, por consiguiente, todo el itinerario formativo es un proceso continuo que ha de brotar siempre de una real configuración con Cristo evangelizador y de una íntima comunión y amistad con Él[4], hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Cristo quien realmente viva en nosotros[5]. En este proceso, María, Madre de Jesús y de la Iglesia, formadora de los apóstoles, desempeña una misión esencial. Por eso nos entregamos a Ella para ser configurados con el misterio de Cristo, imitar su respuesta fiel como seguidora de Jesús y cooperar con su oficio maternal en la misión apostólica[6]. Sólo así podremos ser verdaderamente misioneros que ardamos en caridad y abrasemos por donde pasemos[7].

1.2. Según el carisma claretiano en la Iglesia        

12.  Dentro de la gran variedad de carismas que el Espíritu suscita en la Iglesia, y en comunión con ellos, nosotros prolongamos el don de gracia concedido a nuestro Fundador. Seguimos a Cristo a semejanza de los apóstoles[8], buscando en todo la gloria de Dios, nuestra santificación y la salvación de todo el mundo[9]. Los últimos Capítulos generales han profundizado nuestra identidad misionera como servidores de la Palabra (1991) enviados en misión profética (1997) para que nuestros pueblos tengan vida (2003). Procuramos ser fieles a nuestra vocación como hombres que arden en caridad (2009) y ser siendo testigos y mensajeros de la alegría del Evangelio (2015).

13. Formamos así, en la Iglesia, un instituto verdadera y plenamente apostólico[10]. En el Reglamento que nuestro Fundador escribió para los estudiantes señalaba que la formación del misionero se orienta a la gloria de Dios, a quien han de pedir que los haga ministros idóneos de la Palabra para extender su nombre y propagar su Reino por todo el mundo[11]. En él aparecía ya la impronta misionera que ha caracterizado la formación claretiana desde sus orígenes hasta hoy y que las Constituciones recogen con claridad. Nuestra formación es para la misión[12]. De ahí que la misión, vivida siempre en espíritu de comunión, sea la clave de toda nuestra formación[13] y el núcleo promocional de las nuevas vocaciones claretianas, a la vez que un principio de discernimiento, de animación pedagógica y de experimentación para todo el proceso de incorporación a nuestro instituto[14].

1.3. Mediante un proceso personalizador                  

        y transformador

14. En nuestro itinerario formativo tratamos de recrear, con ayuda del Espíritu y como personas responsables y creativas, el carisma de Claret, persuadidos de que así podemos conseguir en la comunidad misionera la plenitud personal a la que hemos sido llamados[15]. Nuestra formación – que dura toda la vida y abarca todas sus dimensiones – se inspira en una concepción de la persona como un ser abierto a Dios, a los demás y a toda la creación, que requiere continuos procesos de transformación por las limitaciones propias de la condición humana[16].

1.4. En cada realidad concreta y abiertos a la

        universalidad

15. En cuanto misioneros, vivimos insertos en las diversas realidades de los pueblos y culturas en los que estamos, conservando, al mismo tiempo, nuestra disponibilidad para la misión universal de la Congregación. Somos conscientes del permanente cambio de la realidad local y universal y los desafíos que supone para la formación. La comunidad misionera es el ambiente privilegiado de nuestro proceso formativo. Esta comunidad, al mismo tiempo que se encarne verdaderamente en la situación y en las necesidades de la iglesia particular y del mundo que la rodea, tanto en el modo de vivir como en el modo de ejercer el ministerio[17], se ha de mantener en relación con el resto de la Congregación, inserta en la Iglesia y en contacto con el mundo y particularmente con los pobres, y consciente de ser parte integral de la creación[18].

2. Marco de referencia

16. Para poder realizar el objetivo fundamental de la formación necesitamos tener en cuenta nuestra identidad claretiana (referencia carismática), las características esenciales del proceso formativo (referencia pedagógica) y la situación en la que nos encontramos (referencia situacional). Estas tres dimensiones, contenidas ya en la misma formulación del objetivo, se hallan entreveradas y constituyen instancias formativas indispensables.

2.1. Nuestra identidad claretiana

        (referencia carismática)

17. Nuestra identidad, descrita de una manera global en los documentos congregacionales, se expresa claramente en las Constituciones. Estas condensan y transmiten una experiencia de gracia que el Espíritu nos concede y que genera un peculiar estilo de vida y de misión dentro de la Iglesia, con rasgos específicos de nuestro carisma. El XXV Capítulo General acentúa los siguientes: misioneros con Espíritu, oyentes y servidores de la Palabra de Dios, misioneros en comunidad, enviados a evangelizar y escuchar a los pobres, con toda la Iglesia y quienes buscan la transformación del mundo y abiertos a todo el mundo en diálogo profético[19].   

18. Las Constituciones son la referencia inmediata de nuestro proceso formativo y la fuente de la que brota la siguiente síntesis pedagógica de nuestro carisma.

2.1.1. Somos seguidores de Jesucristo al estilo de los apóstoles

19. Somos seguidores de Jesucristo, consagrados al Padre por el don del Espíritu. Jesucristo es para nosotros el Cristo[20] y el Señor[21] al que entregamos nuestra vida. Es el Hijo y el Enviado del Padre, hecho hombre de la Virgen María[22], el Ungido por el Espíritu para evangelizar a los pobres, el Profeta poderoso en obras y palabras[23], el obediente hasta la muerte y el Resucitado que sigue vivo en el mundo. A nosotros se nos ha concedido representar en la Iglesia su vida profética, su vocación de mensajero de la Buena Nueva para todos los hombres, especialmente para los pobres, destinatarios y sujetos privilegiados del Reino vivido y anunciado por Él. Por eso, somos llamados a configurarnos con Jesús adquiriendo sus actitudes y teniendo sus mismos sentimientos[24] con la gracia del Espíritu.

20. Seguimos a Jesucristo a la manera de los apóstoles[25]. Como éstos, hemos sido agraciados para vivir y anunciar la Palabra[26], representando en la Iglesia la virginidad, la pobreza y la obediencia de Cristo[27] y compartiendo las esperanzas y las tristezas de los hombres, principalmente de los pobres.

21. Del Evangelio, prestamos una atención particular a la llamada a ser perfectos como el Padre, al mandamiento del amor, a la oración, a las reglas de la vida apostólica y a las bienaventuranzas[28]. Estos implican como fundamento la aceptación incondicional de la persona de Jesús y del orden nuevo de valores que Él propone como el Reino[29]. La centralidad del Reino se convierte para nosotros en el criterio fundamental de discernimiento para nuestra vida y misión[30]. Supone una fe inquebrantable en el Dios que nos llama[31], la experiencia de la relación filial con el Padre, la configuración con Cristo evangelizador, la docilidad al Espíritu Santo[32] y la vivencia de nuestra filiación cordimariana[33]. La formación claretiana consiste en caminar en el Espíritu aprendiendo a discernir la voluntad del Padre en todas las situaciones, como vivió Jesús.

2.1.2. Formados por el Espíritu en la fragua del Corazón de María

22. Nuestra experiencia de vida apostólica sólo es posible por la acción del Espíritu. Él es el que unge a Jesús[34], el que impulsa a los apóstoles a testimoniar su resurrección por todo el mundo[35] y anima a algunos a llevar su mismo género de vida[36]. Este Espíritu nos hace hijos de Dios y grita en nosotros Abbá[37]. Es Él quien ha suscitado nuestra Congregación como don para la Iglesia[38], otorga a cada uno de nosotros el don del seguimiento de Cristo en comunidad apostólica[39], nos unge para evangelizar[40] dándonos el gozo y el celo misionero[41], nos reúne en comunidad fraterna[42] y nos concede diversidad de dones para una misión común[43].

23. Nos llamamos y somos hijos del Corazón Inmaculado de María[44]. Ella nos forma en su corazón, allí donde la gracia del Espíritu transforma el corazón de piedra en un corazón de carne[45]. Así como estuvo presente en el proceso de crecimiento de Jesús, lo acompañó en su vida pública, estuvo al pie de la cruz y se reunió con los discípulos en el cenáculo de Pentecostés, también nos acompaña en nuestro camino misionero. Ella es modelo del discipulado, que nos enseña cómo vivir el seguimiento de Cristo. De modo que, por la gracia del Espíritu, somos formados en su corazón materno, y somos enviados a las periferias geográficas y existenciales para impulsar la revolución de la ternura[46] del amor de Dios por la humanidad, especialmente por los pobres.

24. La presencia de María fue fundamental en la vida del Padre Claret, especialmente en el desarrollo de su vocación misionera. Todos nosotros podemos dirigirnos a Ella con las mismas palabras usadas por él: Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por Vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor. Soy como una saeta puesta en vuestra mano poderosa[47]. Así, nos sentimos fortalecidos para proclamar el Evangelio y enfrentarnos al mal que afecta a las personas y a las estructuras en las que viven. La formación claretiana es un proceso de transformación del corazón que se forja en el amor tierno de María y que nos capacita para “discernir y actuar según el corazón de Dios”[48] como discípulos-misioneros.

2.1.3. Para buscar en todo la gloria de Dios

25. Nuestra Congregación existe para buscar en todo la gloria de Dios, la santificación de sus miembros y la salvación de los hombres de todo el mundo[49]. El Fundador concebía al hijo del Inmaculado Corazón de María como un hombre que sigue e imita a Cristo en orar, en trabajar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres[50]. Por eso, todo nuestro proceso formativo está encaminado a hacer de nuestra vida una búsqueda constante de Dios anunciando que el Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio[51]. Dar gloria a Dios significa para nosotros que el hombre viva (Ireneo de Lyon), que el pobre viva (Oscar Romero), que la naturaleza viva (Pablo de Tarso)[52].

26. La búsqueda de la gloria de Dios exige cultivar en nosotros una actitud de adoración en medio de un contexto en el que corremos el riesgo de idolatrar otras realidades como el propio yo, los gustos personales, la patria, el placer, el dinero o el poder. Somos hombres llamados a adorar a nuestro Padre Dios en espíritu y verdad [53], de manera que, como nuestro Fundador, podamos decir: Yo no quiero más que a Vos, y en Vos y únicamente por Vos y para Vos las demás cosas. Vos sois para mí suficientísimo[54]. La adoración nos lleva a descubrir a Dios como lo único que no tiene precio, que no se negocia, que no se cambia (papa Francisco), la gratuidad de la gracia en un mundo que tiende a juzgar todo con criterios de eficiencia, la necesidad de dejarnos mirar compasivamente por Dios para mirar a los demás con compasión y ternura. 

2.1.4. En comunidad misionera

27. Porque somos hijos somos también hermanos, convocados a compartir el mismo proyecto de vida evangélica[55]. Nuestra comunidad está enriquecida con diversidad de carismas y ministerios: Formamos la Congregación presbíteros, diáconos, hermanos y estudiantes, compartiendo toda la misma vocación. Y todos nos congregamos en la misma comunidad, realizamos la misma misión y, según el don del propio orden y la función de cada uno en la Congregación, participamos de los mismos derechos y obligaciones que dimanan de la profesión religiosa[56].

28. No obstante, ser comunidad es un verbo y no solo un nombre. Es acción, es proceso[57]. Un misionero puede gozar la vida en comunidad cuando abre su corazón para recibir el don de la comunión. La formación es el ámbito privilegiado para aprender a cuidar y a hacer crecer este don, desarrollando destrezas necesarias, tales como: escucha, diálogo, comunicación compasiva, solución de conflictos.

2.1.5. Llamados a evangelizar desde el ministerio de la Palabra

29. En estrecha comunión con los diversos ministerios y carismas, nuestra vocación especial en el Pueblo de Dios es el ministerio de la Palabra, con el que comunicamos a los hombres el misterio íntegro de Cristo[58]. La colaboración en este ministerio pertenece al origen mismo de nuestra vida comunitaria[59]. Somos comunidad convocada en el Espíritu para el anuncio del Evangelio. Para nosotros, es tan esencial la Palabra de Dios a la comunidad como la comunidad a la Palabra de Dios[60]. Por eso, uno de los aspectos nucleares de nuestra formación es la iniciación y crecimiento en el ministerio de la Palabra, entendido como un auténtico modo de ser, de actuar y de significar[61].

30. María ha vivido en plenitud este misterio. Bajo su acción materna aprendemos a acoger la Palabra, a darle cuerpo de compromiso en la vida y a comunicarla con la misma presteza y generosidad con que ella lo hiciera[62]. La escucha, el cumplimiento, la comunicación fraterna y el anuncio, tanto personales como comunitarios, son momentos básicos de la dinámica de la Palabra que tienen que estar presentes en todas las etapas de la formación.

2.1.6. En la misión evangelizadora de la Iglesia

31. A lo largo de los siglos, la Iglesia, impulsada por el Espíritu, ha intentado cumplir el encargo de Jesús: Id por todo el mundo y anunciad la Buena Nueva a toda criatura[63]. Su misión consiste en anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino[64], evangelizando a todos los pueblos[65] a través del testimonio, la palabra, la transformación de la realidad y la denuncia profética.  Nosotros, por nuestro carisma misionero, hacemos nuestra esta misión evangelizadora, urgidos por el Espíritu, tal como lo vivió nuestro fundador. Hemos sido llamados a comunicar a los hombres el misterio íntegro de Cristo. Cumplimos este encargo suscitando y consolidando comunidades de creyentes[66] allí donde es más urgente, oportuno y eficaz, sin anclarnos en la propia patria, dóciles al Espíritu y obedientes a la misión[67]. El Espíritu nos llama a vivir una transformación misionera que implica ser, con Jesús, Congregación “en salida” que acoge la llamada de la Iglesia a la conversión pastoral misionera y ecológica[68]. La formación para la misión implica también adquirir la capacidad de dejar las zonas de confort y con el alma, el corazón y la cabeza, caminar, buscar, ir a las fronteras de todo tipo[69] para anunciar la alegría del evangelio[70], a la vez que hacer de la misión un lugar teologal de experiencia de Dios y de formación para el misionero.

2.1.7. Según las llamadas de Dios en nuestro tiempo

32. Vivimos en un mundo donde todo está interconectado. El amor y el cuidado de Dios protege, sostiene y dirige a toda la creación. Nuestro Dios, con su presencia misteriosa, nos habla e interpela a través de su creación, de la humanidad, de los pueblos, de su Iglesia[71].  Como comunidad misionera nos sentimos interpelados por el grito de la madre tierra, el clamor de los pobres y la justicia, el sueño de la paz y la reconciliación, los signos de Dios en el mundo digital, las preocupaciones de la Iglesia para ser creíble y las inquietudes de la Congregación para ser fiel a misión. La formación claretiana tiene que capacitar a los misioneros a escuchar los clamores de Dios y responder con una vida coherente y comprometida en la misión.

33. Dios Padre a quien Jesús reveló es un Dios rico en misericordia. Jesús, en Sí mismo, nos lo manifestó y nos lo dio a conocer[72]. En nuestro mundo, herido por diversas formas de violencia y manipulación, estamos llamados a vivir cada día como el tiempo de misericordia marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar[73].  Este es el tiempo de la misericordia para que los débiles e indefensos, los que están lejos y solos sientan la presencia de hermanos que los sostienen en sus necesidades, para que los pobres sientan la mirada de respeto y atención de aquellos que, venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en la vida, para que cada pecador no deje de pedir perdón y de sentir la mano del Padre que acoge y abraza siempre[74]. La formación claretiana nos prepara para ser misioneros de la misericordia.

2.2. La formación como proceso (referencia pedagógica)

34. Nuestra formación se inspira en la pedagogía que Dios usa con su pueblo, en el itinerario que Jesús recorre con sus discípulos y en la acción del Espíritu en la Iglesia y en el mundo. Se basa en una visión cristiana del ser humano, entendido como ser creado a imagen y semejanza de Dios, herido por el pecado y renovado por la gracia. También, un ser relacional, está llamado a la comunión y a la fraternidad universal, inserto en la historia y en la sociedad y vinculado a toda la creación.  Al mismo tiempo está agraciado con una vocación particular, que va desplegando progresivamente en respuesta consciente y libre a las inspiraciones del Espíritu. Jesucristo es para nosotros el Hombre Nuevo, el único que ilumina completamente la comprensión y realización del ser humano, el origen, la vía y la meta de todo camino auténtico de humanización.

35. Desde estas bases entendemos la formación como un proceso a través del cual vamos integrando, consciente y armónicamente, el ideal evangélico, tal como lo vivió nuestro Fundador, en la realidad de nuestra vida misionera. En este sentido, esta tiene por objeto actualizar a través de un proceso de transformación, lo que ya existe en cada uno de nosotros como don vocacional dado por Dios. El descubrimiento y el desarrollo del propio carisma vocacional, de las posibilidades y capacidades recibidas de Dios, genera en nosotros una sintonía y una aceptación progresiva del carisma y del proyecto de vida claretiano.

36. Este proceso requiere ser vivido en constante actitud de discernimiento. Como afirma el Papa Francisco, el don del discernimiento es fundamental para que la persona consagrada alcance la madurez que necesita para vivir a plenitud el don vocacional recibido[75]. No basta discernir en momentos extraordinarios, necesitamos hacerlo siempre para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer[76]. Si bien el discernimiento es una gracia del Señor, el misionero ha de cultivar una actitud de escucha dócil del Señor, que le descentra de sí mismo y de sus propios intereses para abrirlo al misterio amoroso de la voluntad de Dios y vivir la misión como una entrega generosa de la propia vida en favor de sus hermanos, desde la lógica de la cruz[77]. Solo así encarnaremos lo que afirman nuestras Constituciones: Con la decisión de caminar en una vida nueva, orientando el corazón hacia Dios, hagan todas las cosas con recta intención y con verdadero fervor de espíritu y por Él soporten todas las adversidades [78]. Para alcanzar esta meta, el proceso formativo ha de tener las siguientes características fundamentales:

2.2.1. Personalizado

37. Todos nosotros somos personas libres y responsables, capacitadas para dar una respuesta personal a la llamada de Dios. Cuando contemplamos nuestra realidad personal y comunitaria desde la fe, descubrimos en ella la imagen de Dios, una novedad insospechada del Espíritu y una vocación misionera que es gracia para el mundo[79]. Desde esta constatación, es preciso que en nuestro itinerario formativo atendamos a cada persona en su singularidad[80], la valoremos en todo lo que ella es, respetemos y estimulemos su ritmo de crecimiento, conscientes de que la persona crece y se plenifica abriéndose a la comunión, insertándose en la historia[81].

38. En el proceso formativo la persona ha de ir tomando conciencia de su propia realidad, del don recibido de Dios, y asumiendo su propio pasado, en orden a desarrollar todas sus posibilidades humanas y espirituales. Por lo mismo, es necesario que apelemos a la conciencia y responsabilidad personales, así como a la interiorización personalizada de los valores de la comunidad claretiana[82] y promovamos el protagonismo de cada claretiano, al mismo tiempo que nos preocupamos por asegurarle el debido acompañamiento personal y comunitario[83]. Este acompañamiento, con las apropiadas intervenciones de quienes participan en el proceso formativo, sobre todo por parte de los formadores, debe ayudar a cada uno a descubrir y desarrollar el don recibido de Dios, de manera que todos lleguemos a vivir la plenitud personal a la que hemos sido llamados[84].

2.2.2. Integral e integrador

39. La formación integral del misionero claretiano comprende el desarrollo armónico y equilibrado de todas las facetas de la personalidad[85] desde el don recibido. Ser claretianos es para nosotros el modo concreto de ser hombres, cristianos, religiosos, sacerdotes y apóstoles[86]. La armonización de todas estas facetas nos permitirá lograr aquella unidad de la vida misionera en virtud de la cual quedan perfectamente integrados el espíritu de unión con Dios y la acción apostólica[87], evitando toda dicotomía o extremismo[88]. Esta integración, tarea y fruto de la madurez de la persona, es, sobre todo, obra del Espíritu[89]. Se logra cuando el amor personal a Cristo se convierte en el centro[90]. Desde él podemos integrar todas las dimensiones, incluso aquellas que se presentan como contradictorias. Por otra parte, el reconocimiento humilde de los propios dones y límites nos abrirá a la complementariedad que nos viene de los demás.

40. Se debe prestar atención especial a los nuevos contextos y buscar formas de ayudar a las personas en su camino hacia la madurez humana, integrando especialmente los aspectos éticos, afectivos y sexuales.

41. La formación también debe prestar atención a aspectos prácticos como el liderazgo y la gestión pastoral, la gestión de crisis y la administración económica. Sobre todo, se debe hacer hincapié en el anuncio del Evangelio a través del testimonio de la vida.

42. La formación debe ayudar a los formandos a desarrollar una visión global y un compromiso de por vida. Debe llevarlos a un sentido de pertenencia a la Congregación con todo su ser. Debe ayudarles a dedicarse, participar y crecer en un compromiso misionero a través del testimonio de una vida coherente y equilibrada. 

2.2.3. Gradual, progresivo y articulado

43.  La persona se realiza a lo largo de un proceso evolutivo en íntima interrelación con el mundo y las situaciones circundantes. La madurez es el empeño cotidiano de respuesta a la gracia. Por eso, el seguimiento de Cristo es gradual y progresivo. Esto no supone que renunciamos a la utopía del Reino, sino que procuramos encarnarla en la realidad de la persona. Debemos, por tanto, prestar una atención particular a las diversas etapas del itinerario formativo, así como al ritmo y madurez de cada uno[91] acogiendo los procesos de transformación que el Espíritu nos inspira[92]. La atención a la gradualidad y progresividad nos exige saber distinguir lo esencial de lo accidental, lo que permanece de lo que cambia, y no confundir los dos niveles. Sólo así podremos afrontar las diversas situaciones de nuestra vida personal y misionera sin caer en el rigorismo o en el relativismo[93]. Para nosotros, agraciados con un carisma que nos abre al mundo entero, es imprescindible crecer en un sentido creativo y mantenerse firmes en la fidelidad.

44. La capacidad de hacer opción fundamental por Cristo y sustentarla en medio de pruebas y tentaciones es la dimensión central de la maduración vocacional. Esta madurez exigirá potenciar los comportamientos adecuados a la edad, con respecto a la sinceridad, facilidad de comunicación consigo mismo y con los demás, desarrollo emocional, apertura a la vida en comunidad, capacidad para la amistad fraterna, responsabilidad con sus deberes, creatividad e iniciativa, expresión de la libertad, apertura al camino de la oración y encuentro con Cristo[94].

45. La gradualidad del proceso y la necesidad de armonizar sus diferentes dimensiones hacen necesarias la planificación y la evaluación de los objetivos y acciones de nuestro itinerario formativo. En este esfuerzo de articulación aspiramos a un justo equilibrio. Por tanto, debemos evitar tanto la improvisación y el descuido de los instrumentos convenientes como la confianza vana en que la programación constituye el centro de la tarea formativa y garantiza automáticamente sus resultados.

2.2.4. Atento a la vocación específica

46. Los rasgos de personalidad, la condición laical, diaconal o presbiteral, la edad y las consecuencias que dimanan del contexto sociocultural de cada uno de nosotros son las razones principales por las que nuestra formación, aun conservando su carácter unitario básico, debe atender a lo vocacional específico, teniendo en cuenta las necesidades de la misión y los dones de la persona.  Esta distinción, particularmente la derivada de la condición ministerial enriquece la índole pluriforme de nuestra comunidad y la capacita para su servicio misionero[95].

2.2.5. Liberador

47.  Para ser libres nos liberó Cristo[96]. Nuestra formación debe ser en y para la libertad, de manera que nos ayude a ser cada vez más libres y nos prepare para la misión liberadora propia de nuestro carisma. Esto exige que, a lo largo del itinerario formativo, aprendamos a conocernos mejor a nosotros mismos, a liberarnos de motivaciones inconscientes negativas, de miedos y de todos aquellos condicionamientos que nos impiden asumir responsablemente los compromisos de nuestra vida misionera. Exige, sobre todo, que desarrollemos la capacidad de discernir y de hacer opciones libres, referidas a los valores del Reino y estimuladas por motivaciones auténticas. Una libertad así vivida nos dispone a ser signo y fuerza liberadora de todo tipo de egoísmo, de esclavitud y de servidumbre que impiden el crecimiento de la persona y su comunión con Dios y con los demás hombres y con la creación[97].

2.2.6. Profético

48. La formación ha de ser profética. SS. Juan Pablo II[98] y el Papa Francisco[99] han resaltado el sentido profético de la vida consagrada como una forma de especial participación en la función profética de Cristo, comunicada por el Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios. Es un profetismo inherente a la vida consagrada en cuanto tal, por el radical seguimiento de Jesús y la consiguiente entrega a la misión que la caracteriza… La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en su corazón la pasión por la santidad de Dios y, tras haber acogido la palabra en el diálogo de la oración, la proclama con la vida, con los labios y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el pecado[100].

49. Esto supone vivir con radicalidad el espíritu profético que recibimos desde el Bautismo y cultivar el profetismo de la vida ordinaria[101]. Asimismo, estar atentos a los signos de los tiempos, que promueven una constante relación con el Señor y que desarrollan en nosotros la audacia propia de los hombres de Dios. Dadas las condiciones conflictivas en las que vivimos esta vocación profética, debemos prepararnos para vivirla con el atrevimiento y la confianza de los mártires. Somos conscientes de que encarnar un estilo de vida alternativo / contracultural y de transmitir un mensaje de anuncio y de denuncia en situaciones conflictivas de increencia, de injusticia, de alienación o de muerte, es siempre peligroso y arriesgado[102]. Por eso, los que seguimos a Jesús, mártir de una Palabra que nadie ha logrado callar, debemos amar apasionadamente a Dios, a María y a los hermanos, como lo hicieron el Fundador y nuestros mártires. De este modo venceremos los miedos y las tentaciones que podrían paralizarnos[103].

2.2.7. Inculturado, intercultural y universal

50.  Como misioneros enviados en misión para proclamar la alegría del Evangelio, nos encontramos con las diversas culturas sabiendo que Jesucristo y su Evangelio trascienden todas las culturas, incluso si están completamente penetradas por la presencia de Cristo resucitado y su Espíritu[104]. El Evangelio y, por consiguiente, la evangelización no se identifica ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas[105]. Esta trascendencia del Evangelio en relación con las culturas hace posible que el Evangelio entre en una relación dinámica con todas las culturas a fin de que la luz de Cristo alcance a todos los sectores de la existencia humana, y el fermento de la salvación transforme desde dentro la vida social, favoreciendo una cultura impregnada de los valores evangélicos[106]. Como evangelizadores, nos convertimos en catalizadores de la inculturación en la medida en que somos cómplices del Espíritu Santo y compartimos la vida de las personas a quienes somos enviados. A menos que un misionero permita que este proceso transformador ocurra en sí mismo, trascendiendo sus propios límites culturales y entrando en un diálogo creativo con aquellos diferentes a los suyos, permanecerá solo como un espectador en lugar de ser un colaborador del Espíritu Santo. La formación para la misión debe necesariamente ocuparse de la preparación de nuestros misioneros para un auténtico diálogo con las culturas, para valorar las “semillas de la Palabra” en ellas, y caminar juntos hacia la plenitud del Reino de Dios.

51. Somos conscientes de que la interculturalidad es una realidad compleja que requiere apertura de mente y corazón para ser vivida como un don que enriquece nuestra vida personal, comunitaria y la misión.  En la formación hay que afrontar los elementos culturales de cada formando que le impiden la asimilación de los valores evangélicos. Necesitamos prepararnos para el encuentro con lo diverso como un diálogo de vida, intercultural e interreligioso, aprender a colaborar con personas de otras culturas y a promover el discernimiento de los auténticos valores que construyen el Reino[107]

52. En una Congregación como la nuestra, extendida por todos los continentes y llamada a una misión universal, es preciso mantener unidas la necesidad de insertarnos en la cultura de cada pueblo y la disponibilidad y apertura para ser enviados a cualquier lugar. Esto exige que nuestra formación al mismo tiempo que se realiza y prepara para vivir en una cultura y pueblo determinados, asumiendo su manera de ser y sus valores, cuide todos aquellos aspectos que se derivan de la apertura a la universalidad.

2.3. La situación actual (referencia situacional)

53.   Si toda forma de vida religiosa y de proceso formativo tiene que ser fiel a la situación de las personas y del tiempo presente[108], en nuestro caso la atención a los desafíos sociales, eclesiales y congregacionales es una exigencia de nuestro carisma misionero: nuestro Dios, con su presencia misteriosa, nos habla e interpela a través de su creación, de la humanidad, de los pueblos, de su Iglesia… Su Espíritu, Señor y Dador de Vida, nos interpela con gemidos inenarrables. La Iglesia, pueblo de Dios, siente estas interpelaciones, las discierne y nos las propone. Como comunidad misionera nos sentimos interpelados[109].

54. La formación es un proceso que se desarrolla en situaciones concretas, en el hoy de la sociedad y de la Iglesia[110]. El mundo actual nos ofrece esperanzas nuevas y lanza a la vez retos inéditos que afectan a nuestra formación[111]. El actual contexto sociocultural, eclesial y congregacional suscita estímulos positivos y nuevas posibilidades, pero también presenta obstáculos que pueden entorpecer o retrasar el proceso formativo. Por eso es necesario habituarse a un continuo discernimiento.

2.3.1. La situación sociocultural

55. Cuando contemplamos a la humanidad, descubrimos una realidad compleja y diversificada[112] que se mueve con dramáticas oscilaciones entre una conciencia muy extendida de la dignidad de la persona[113], pero también formas diversas de individualismo[114] y de subjetivismo[115]; una valoración del sentido y de la defensa de la vida[116] y, al mismo tiempo, expresiones de agresión contra ella (aborto, violación de los derechos humanos), que generan incluso una verdadera cultura de la muerte[117]; el hambre de valores auténticos y de una espiritualidad profunda[118], junto a un gran auge de caminos falsos, destacándose el abrumador crecimiento de las adicciones de diversa índole. También constatamos la lucha por la libertad y la democracia en contraste con nuevos modos de opresión, explotación y dependencia (manipulación desde los medios de comunicación social y redes sociales, venta de armamentos, deuda externa); una evidente sensibilidad hacia el pluralismo cultural y religioso y un divorcio no menos evidente entre fe y cultura; un aumento notable de las ayudas humanitarias en favor del progreso de los pueblos, unido a una tendencia generalizada al hedonismo; una preocupación creciente por la solidaridad y una pérdida paralela del sentido de la gratuidad y de las responsabilidades[119]. Finalmente hay un incremento notable de la valoración de la cuestión de género que, si bien ha ayudado en muchos dinamismos de inclusión, al mismo tiempo convive con el oscurecimiento, tergiversación e incluso explotación del verdadero significado de la sexualidad humana[120]; una revalorización de la familia como matriz de la persona y, al propio tiempo, ataques tan duros contra ella que, en no pocos casos, la destruyen, generando un sinnúmero de nuevas configuraciones familiares[121].

56. Respecto de las estructuras políticas, sociales y económicas constatamos la mutua relación e interdependencia entre todos los pueblos y una mayor conciencia de la dignidad de las minorías étnicas como agentes de su propio destino[122]. No obstante, también encontramos nacionalismos cerrados sobre sí mismos que desgarran el tejido social, oprimen a las minorías culturales y religiosas, y no favorecen la universalidad del género humano. El nuevo mapa político y social del mundo está caracterizado más que nunca por un enorme abismo entre el Norte y el Sur, entre ricos y pobres[123], con las consecuencias humanas que de éste se derivan. Al mismo tiempo que se da un sentido creciente de la solidaridad internacional[124], vemos las consecuencias de su ausencia, especialmente en los enormes fenómenos migratorios hacia los países ricos. La gran sed de justicia y de paz que caracteriza el mundo de hoy[125] convive simultáneamente con la opresión, marginación y explotación generadas por estructuras económicas injustas[126] a lo que se suma el desarrollo tremendo de las nuevas formas de esclavitud como es la trata de personas[127]

57. Respecto de la cultura en general, percibimos el enorme desarrollo de la ciencia y de la técnica[128] y sus logros humanizadores, pero también excesos de racionalismo y pragmatismo[129] a los que con frecuencia conduce. También, tras la caída de las grandes ideologías, han surgido nuevas formas de expresar el pensamiento y el arte centrándose en lo visual e inmediato. Notamos la preocupación creciente por la ecología del planeta, y por ello, el Magisterio Pontificio nos invita a todos a una conversión ecológica[130], nos alerta de las nuevas formas de contaminación y la complejidad del abordaje internacional del cambio climático. Valoramos la difusión de la información y de la cultura, así como las nuevas posibilidades de comunicación a través del continente digital[131]. Sin embargo, nos preocupa la contaminación de este continente mediante la proliferación de fake news, pornografía, juegos y aplicaciones adictivas que dañan la salud de la persona[132] así como la invasión de privacidad que atenta contra la dignidad humana. Hay un creciente acercamiento entre religiones que crea un ambiente de convivencia y tolerancia religiosa, permitiendo un mayor aprecio de los valores universales. Desgraciadamente, nuestro mundo está amenazado por movimientos fundamentalistas y violentos, y nuevas formas de persecución religiosa. Finalmente constatamos el divorcio entre la fe y la vida, la dificultad de asumir compromisos estables, el consumismo y el materialismo práctico que caracteriza a creyentes de todas las religiones.

2.3.2. La situación eclesial

58.  La Iglesia de la que formamos parte está viviendo una situación que nos interpela en cuanto misioneros. El camino abierto por el Concilio Vaticano II es irrefrenable y, poco a poco, va dando sus frutos. Abundan, por una parte, los signos de vitalidad: El Espíritu está suscitando… nuevas comunidades y movimientos cristianos, nuevos estilos de vida y espiritualidad, teologías inculturadas, formas nuevas de presencia y de acompañamiento[133]. En el contexto de una cultura egocéntrica de gratificación instantánea, la Iglesia denuncia la idolatría del dinero y hace todo lo posible para promover la inclusión social de los pobres, el diálogo, la paz, la justicia y la defensa de la integridad de la creación. La Iglesia nos invita a ser mensajeros de la alegría y la misericordia del Evangelio, a romper las barreras de la indiferencia y a acompañar y abrir nuestros corazones sin temor a los que viven en las periferias de la sociedad[134]. La Iglesia ha sido la voz del creciente número de personas excluidas y abandonadas: inmigrantes, refugiados, personas sin hogar, pueblos amenazados, mujeres maltratadas, niños, ancianos y personas abandonadas y enfermas. Como discípulos de Jesús, hemos sido marcados para iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar.

59. Por otro lado, percibimos signos que nos preocupan como el clericalismo y la mundanidad espiritual, que frenan la necesaria reforma y conversión pastoral de la Iglesia[135]. El dolor provocado por la corrupción económica, los escándalos sexuales, así como el abuso de menores y adultos vulnerables, por parte de algunos de sus ministros, han provocado una pérdida de credibilidad ante el mundo. También se evidencia un declive de los cristianos en países de larga tradición católica y el alejamiento de algunos de sus fieles, en otros contextos, que buscan refugio en otras iglesias y espiritualidades. En este contexto, nos sentimos llamados a potenciar, en la Iglesia, nuestra “salida misionera” según nuestro carisma evangelizador[136].

2.3.3. La situación congregacional

60. También la realidad de nuestra Congregación influye en los procesos formativos. Los claretianos hemos ido renovando durante los años del posconcilio nuestra conciencia misionera[137]. Las Constituciones renovadas, aprobadas definitivamente en 1986, son fuente permanente de inspiración y punto obligado de referencia[138]. Estamos haciendo un gran esfuerzo por seguir profundizando con realismo en nuestra identidad, en nuestra espiritualidad misionera, en la vida comunitaria y en las exigencias y opciones evangelizadoras. Se nos sigue invitando a estar llenos del fuego que ardía en el corazón de Claret para encender a otros en el entusiasmo misionero[139], pero también percibimos tensiones entre las necesidades universales de la Congregación y las prioridades locales. Seguimos empeñados en la revisión de posiciones y motivados a ser una congregación en salida, sin embargo, no siempre invitamos con convicción a otros a abrazar la vocación para aportar desde nuestro carisma al anuncio del Reino[140].


[1] Cf. Dir 156.

[2] CC 4.

[3] CC 4.

[4] SP 6; cf. Dir 138.

[5] CC 39.

[6] CC 8; cf. MS 39.

[7] Cf. Aut 494; CC 9; HAC 30-31.

[8] CC 4; SP 3, 5.

[9] CC 2.

[10] CC 5.

[11] RE (B) 28b.

[12] Cf. CC 72.

[13] Cf. 1F 2.

[14] MCH 135; cf. MS 75.4.

[15] CC 12.

[16] MS 31.

[17] CC 14.

[18]  Dir 159; cf. SP 21.4; MS 45, 3.4; HAC 12; LS 89.

[19] Cf. MS 34-63.

[20] Cf. CC 3, 4, 5.

[21] Cf. CC 15, 16, 23.

[22] Cf. DC 19.

[23] Cf. Lc 24,19; SP 13.

[24] Cf. Flp 2,5.

[25] Cf. CC 4.

[26] Cf. SP 6.

[27] Cf. CC 5.

[28] Cf. CC 4.

[29] Cf. MCH 143.

[30] SP 7.

[31] Cf. CC 62.

[32] Cf. MS 39.

[33] Cf. MCH 145; SP 15, 21.1.

[34] Cf. CC 3.

[35] Cf. CC 40.

[36] Cf. CC 3.

[37] Cf. CC 34.

[38] Cf. CC 68, 135.

[39] Cf. CC 4.

[40] Cf. CC 39; MS 39.

[41] Cf. CC 40.

[42] Cf. CC 10, 17.

[43] Cf. CC 72.

[44] Cf. CC 8.

[45] Cf. Ez 36,26.

[46] EG 88, 288.

[47] Aut 270.

[48] Cf. MS 72.

[49] CC 2.

[50] CC 9.

[51] EV 2.

[52] PTV 8.

[53] Jn 4,23.

[54] Aut 445.

[55] HAC 37.

[56] CC 7.

[57] MS 69.

[58] Cf. CC 46; SP 3, 5.

[59] Cf. CC 13.

[60] Cf. SP 7; 21.4.

[61] SP 21; cf. MS 44.

[62] MCH 151; Cf. SP 7, 15; MS 42.

[63] Mc 16,15.

[64] LG 5.

[65] Cf. MS 59-60.

[66] Cf. CC 47.

[67] Cf. CC 48.

[68]  MS 65.

[69] Palabras improvisadas del Papa Francisco a los participantes en el XXV Capitulo General, 11 de septiembre 2015.

[70] EG 1.

[71] MS 5.

[72] Cf. DiM 1.

[73] MM 21.

[74] MM 21.

[75] Cf. FRANCISCO, La fuerza de la vocación: La vida consagrada hoy (Publicaciones Claretianas, Madrid, 2018), p.52.

[76] GE 169.

[77] Cf. GE 174-175.

[78] CC 52.

[79] CPR 49.

[80] Cf. CIC 660, § 1.

[81] CPR 49.

[82] Dir 157.

[83] Cf. SP 13.3.

[84] Cf. CC 12.

[85] Cf. PI 34; 1 F 3.

[86] MCH 132.

[87] CC 68.

[88] Dir 157.

[89] Cf. PI 17.

[90] Cf. PI 18.

[91] Dir 157.

[92] MS 65.

[93] Cf. GE 35.

[94] RFIS 20.

[95] Dir 252c.

[96] Gal 5,1.

[97] MCH 170; cf. MS 7.

[98] Cf. VC 84-95.

[99] Cf. FRANCISCO, Carta Apostólica a todos los consagrados (21 de noviembre de 2014).

[100] VC 84.

[101] EMP 24.

[102] Cf. MS 49.

[103] Cf. SP 17; TM 22; EMP 17.

[104] Cf. PI 91.

[105] Cf. EN 20; EG 117.

[106] Cf. VC 98.

[107] Cf. BOCOS Aquilino, La obligada vía de la interculturalidad, p. 23; MS 75.3.

[108] Cf. RPH 21; PI 18.

[109] MS 5.

[110] Cf. PDV 5.

[111] Cf. SP 1.

[112] Cf. EMP 4.

[113] Cf. PDV 6; SP 1.1.

[114] Cf. SP 1.2.

[115] Cf. PDV 7.

[116] Cf. SP 1.1; EG 66.

[117] Cf. SP 1.2.

[118] Cf. SP 1.1.

[119] Cf. PDV 7; MV 15; MS 14.

[120] Cf. PDV 7; AL 280-286.

[121] Cf. HAC 2c.; EG 67; AL 32 -49.

[122] Cf. SP 1.1; EG 62.

[123] Cf. SP 1.2.

[124] Cf. PDV 6; EMP 10.

[125] Cf. PDV 6.

[126] Cf. SP 1.2; HAC 2d.

[127] Cf. EG 211.

[128] Cf. PDV 6.

[129] Cf. PDV 7; PTV 38.

[130] Cf. LS 216-232; MS 6.

[131] Cf. MS 17; LS 47.

[132] Cf. CV 74, 89.

[133] SP 2; HAC 4.

[134] Cf. MS 6-16.

[135] Cf. EG 93-97, 102.

[136] MS 20.

[137] Cf. SP 3.1; HAC 7.

[138] SP 3.1; Cf. MS 29.

[139] Cf. CPR 11; SP 13; HAC 8-11.

[140] Cf. SP 3.2, 3.3; MS 68.4.