Capítulo 10 : Formación Especifica

1. La necesidad de la formación para las vocaciones específicas

428. En nuestro Instituto se da unidad de vocación y de misión, así como diversidad y complementariedad de modos de vivirla[1]. Cuanto se expresa en este capítulo se refiere a la preparación específica de los misioneros hermanos y de los misioneros llamados a los ministerios ordenados[2]. Presupone, como preparación común, la progresiva maduración que se va obrando en las diferentes etapas formativas y que constituye la base para cualquier servicio congregacional y eclesial.

429. A largo de la formación, lo específico de las diversas formas de la vocación claretiana debe ser presentado y promovido entre los candidatos desde la primera etapa de la formación inicial. Así, se posibilitará un mejor acompañamiento en el discernimiento a lo largo de las diversas etapas.

430. En el modo de vivir la vocación y realizar la misión hay que tener en cuenta: los dones personales[3]; las cualidades para ejercer un ministerio concreto; las necesidades de la Iglesia, de la Congregación y del mundo; la disponibilidad para el servicio universal; la capacidad para trabajar en colaboración con otros.

2. Aspectos particulares de la formación del misionero hermano

2.1. Criterios generales

431. La formación de los hermanos, tanto inicial como permanente, debe ser una formación integral, dentro de la cual hay que potenciar de una manera especial aquellos aspectos particulares que están más en consonancia con su vocación laical[4]. Desde ahí busca y señala a Dios en las realidades seculares de la cultura, la ciencia, la salud humana, el mundo del trabajo, el cuidado de los débiles y desfavorecidos[5].

432.  Entre los aspectos particulares, cabe destacar los siguientes:

Una formación humanística que posibilite el contacto con la cultura de hoy y la adquisición de una particular sensibilidad hacia el mundo del trabajo, de la educación, de la economía, del arte, de la comunicación social y de las relaciones humanas.

Una formación bíblico-teológica que asegure la fundamentación de su vida claretiana laical y de la misión apostólica que ha de desempeñar.

Una formación pastoral, en línea con nuestro carisma misionero de servidores de la Palabra y de los ministerios propios de su condición laical, que le permita una plena integración en la misión claretiana[6].

Una formación profesional en perspectiva misionera, especializada y, a ser posible, titulada, que le capacite para realizar servicios cualificados en la comunidad y una presencia testimoniante en otras situaciones temporales[7]. Y desde esta formación buscar y señalar a Dios en las realidades seculares de la cultura, la ciencia, la salud humana, el mundo del trabajo, el cuidado de los débiles y desfavorecidos[8].

Una formación sociopolítica para responder a las exigencias y opciones de nuestra misión y a los desafíos que plantea la realidad de cada pueblo.

Una formación que le permita compartir las realidades seculares y de la vida humana, en una búsqueda de la restauración de la dignidad y el valor positivo del trabajo, haciéndose próximo a sus hermanos más sencillos e identificándose con Jesús, hermano y obrero[9].

2.2. Orientaciones formativas

433. Para poder cumplir los objetivos propios de la etapa de misioneros en formación, los misioneros hermanos no serán destinados inmediatamente después del noviciado a aquellas obras apostólicas que les impidan proseguir su formación[10]. Como principio general, el período formativo inicial de los mismos durará hasta la profesión perpetua[11]. Los superiores respectivos cuidarán su conveniente preparación misionera[12] procurando una formación común a todos los miembros del Instituto[13].

434. Ya sea en la casa de formación o en el caso excepcional de residir en otra comunidad, el misionero hermano tendrá un formador que lo acompañe personalmente en el crecimiento y en la maduración de su vocación.

435. La instrucción teológica, pastoral, científica o técnica se cursará en los centros que determine el Gobierno de cada Organismo[14], según las líneas y orientaciones del PGF[15].

436. A lo largo del proceso formativo, los misioneros hermanos, además de las experiencias apostólicas que hayan de realizar conforme a lo establecido en este PGF[16], podrán realizar otras en el campo técnico y profesional, que habrán de ser programadas y evaluadas.

2.3. Ministerios propios de la condición laical

437. Los hermanos pueden ejercer una gran variedad de ministerios no ordenados propios de su condición laical, para los cuales han de conseguir una adecuada preparación. Estos ministerios pueden ser no instituidos e instituidos.

2.3.1. Servicios laicales

438. Entre los servicios laicales se señalan los siguientes:

Servicios relacionados directamente con el ministerio de la Palabra: catequesis, animación litúrgica, educación cristiana, enseñanza de ciencias eclesiásticas, coordinación de comunidades de base, animación de asociaciones de vida cristiana/TIC’s[17].

Servicios que preparan, acompañan o complementan el ministerio de la Palabra: pastoral vocacional; formación inicial y permanente; servicios caritativos o de promoción humana y social (atención a enfermos o marginados); gestión administrativa y trabajos técnicos en las obras apostólicas de la Congregación; actividades y tareas de orden comunitario interno[18]; otras ocupaciones, entre ellas, algunos oficios eclesiásticos previstos por el derecho[19]

Servicios que se desarrollan en lugares de frontera, en las nuevas periferias que interpelan a nuestro carisma (ONG’s, diálogo intercultural, ecuménico e interreligioso, presencia en zonas de no creyentes, JPIC)[20].

2.3.2. Ministerios instituidos: lectorado y acolitado

439. Como los ministerios de lectorado y acolitado gozan de autonomía y estabilidad, los misioneros hermanos pueden ser instituidos en uno de ellos, o en ambos, para un servicio a la comunidad[21]. Quienes reciben estos ministerios realizan, dentro de la Iglesia, las tareas de servidores de la Palabra (lectorado) y de servidores de la liturgia eucarística (acolitado).

440. Las funciones más propias de estos ministerios son las siguientes:

Ministerio del lectorado: leer la Palabra de Dios y proclamar en la asamblea litúrgica las lecturas de la Sagrada Escritura; enunciar las intenciones de la oración universal de los fieles; dirigir el canto y guiar la participación del pueblo; instruir a los fieles para que reciban dignamente los sacramentos, presidir la celebración de la Palabra.

Ministerio del acolitado: cuidar todo lo referente al servicio del altar; ayudar en las acciones litúrgicas, principalmente en la celebración de la eucaristía; como ministro extraordinario[22], distribuir la sagrada comunión, llevarla a los enfermos, exponer y reservar el Santísimo Sacramento.

441. Para acceder a estos ministerios se precisa la edad conveniente y el grado de madurez requerido para el momento de la formación que se está viviendo. Se aconseja su institución previamente a la realización de la experiencia comunitario–apostólica o año pastoral, con el que se interrumpe los estudios académicos[23]. Además de las dotes y actitudes que determinen las Conferencias Episcopales, se requiere lo siguiente:

Para el ministerio del lectorado: amor y conocimiento de las Sagradas Escrituras, escucha y meditación de la Palabra y esfuerzo por testimoniarla con la propia vida; voluntad de servir a Dios y al pueblo cristiano mediante el anuncio fiel de la Palabra.

Para el ministerio del acolitado: conocimiento y vivencia profunda de la eucaristía; conocimiento de cuanto se refiere a la liturgia y a su significado espiritual; ofrecimiento diario a Dios; sincero amor al pueblo de Dios[24].

442. Para la admisión a estos ministerios es necesario:

Que el candidato manifieste por escrito al Superior Mayor que los pide libre y voluntariamente y que conoce las obligaciones que de ello se derivan.

Que al Superior Mayor le conste, directamente o por otros, que los candidatos están bien instruidos, teórica y prácticamente, acerca de estos ministerios[25].

2.4. Aspectos organizativos

443.   Los Superiores Mayores deberán proporcionar a los misioneros hermanos la formación integral propia de todos los miembros de la Congregación y cuidarán especialmente los aspectos formativos particulares que les corresponde por su condición laical[26].

444. Dentro del plan provincial de formación, se concretarán, según las exigencias de los diversos Organismos, las orientaciones indicadas en el PGF para la formación de los misioneros hermanos[27].

3. La formación específica del

    misionero diácono

3.1. Criterios generales

445. La formación específica del candidato a misionero diácono se ordena a que pueda vivir con plenitud de sentido su propia identidad vocacional en complementariedad con los misioneros presbíteros y hermanos.

446. Imitando a Jesús, que no vino a ser servido sino a servir, los que van a acceder al diaconado se preparan para servir evangélicamente al Pueblo de Dios y a la propia comunidad en el ministerio de la Palabra, de la liturgia y de la caridad[28].

447. La formación específica de los candidatos a este sacramento sigue las normas y orientaciones establecidas por la Iglesia universal[29] y particular y por la Congregación[30]. Debe incluir, además de los estudios, la práctica pastoral adecuada y actualizada desde la experiencia de la Iglesia hoy.

448. Por lo que se refiere a la formación intelectual, ésta debe ser análoga a la del presbítero, aunque, en la distribución concreta de las materias, hay que atender a lo que dictamine cada Conferencia Episcopal para el ámbito de su propio territorio[31].

3.2. Funciones del ministerio del diácono

449. Las funciones más propias de este ministerio son las siguientes:

Colaborar en la evangelización de los pueblos[32], mediante la palabra y el testimonio de la vida[33], en comunión con el Obispo y con los Superiores.

Proclamar el Evangelio y predicar; ejercitarse en organizar y presidir las celebraciones de la Palabra; enseñar la doctrina cristiana.

Orar por la Iglesia y en su nombre, sobre todo a través de la liturgia de las horas[34].

Administrar el bautismo; preparar el sacrificio eucarístico y distribuir el cuerpo y la sangre del Señor; asistir y bendecir el matrimonio; presidir celebraciones penitenciales y ritos exequiales.

Servir a la comunidad cristiana, atendiendo principalmente a los más pobres y necesitados y colaborando en iniciativas a favor de la vida y de los derechos humanos.

3.3. Orientaciones formativas

450. Desde el punto de vista pedagógico, la formación específica para el misionero diácono exige que se preste una particular atención a las siguientes actitudes y comportamientos:

La configuración con Cristo, Siervo de Yahveh y Buen Pastor, y lo que ella comporta: fe y abandono confiado en el Padre, servicio gratuito, disponibilidad total para la acción ministerial y solicitud por los pobres y pequeños.

El servicio a la Palabra, tanto para inspirar su conducta en ella como para anunciarla, como Buena Nueva y mensaje de cambio y conversión, a los hombres de hoy. Debe, en efecto, convertir en fe lo que lee, enseñar lo que cree, cumplir lo que enseña[35]; asimismo, ha de expresar respeto y reverencia a la Palabra de Dios; leer, estudiar y meditar continuamente la Sagrada Escritura[36]; reconocer la presencia y la acción de Dios en la historia y en la creación; y anunciar el Evangelio promoviendo los valores genuinamente humanos de cada pueblo y propiciando el diálogo fe-cultura.

El servicio a la liturgia, particularmente a la Eucaristía, que es el centro del culto y de la misma vida cristiana. Por eso, debe nutrir su fe en los sacramentos y en la liturgia de las horas; honrar el Cuerpo y la Sangre del Señor; profundizar el misterio de la Encarnación y de la Pascua de Jesús presente también en los hermanos, especialmente entre los pobres, enfermos y marginados, en los cuales Él es acogido y servido; cuidar la administración de los sacramentos y la animación de la comunidad cristiana en las celebraciones.

El servicio a la caridad: ser siervo pobre a ejemplo de Jesucristo; servir gratuitamente, compartir y ser solidario como María, que atendió con diligencia las necesidades de los hombres; dedicarse a obras de promoción y atender a los destinatarios de una manera tal que sean ellos mismos los que se conviertan en los protagonistas de su propia promoción y liberación; reavivar en la comunidad cristiana el sentido de la justicia para que el amor fraterno sea ley de vida entre los creyentes. 

3.4. Admisión al diaconado

451. Para ser admitido a este ministerio es preciso:

Haber ejercido fielmente los ministerios de lectorado y acolitado[37].

Dirigir al Superior Mayor la petición y declaración exigidas por el derecho[38].

Cumplir los requisitos exigidos por el derecho universal[39] y propio[40]; estar exento de las irregularidades e impedimentos[41]; presentar los documentos prescritos[42] y constatar las cualidades[43]. También se precisa hacer la profesión de fe[44].

Prepararse convenientemente, de una manera inmediata, para este ministerio mediante un plan. Este plan habrá de tener un adecuado seguimiento por parte del responsable que el Superior Mayor designe. En él se indicarán los medios para informarse convenientemente de la doctrina sobre este ministerio en los documentos eclesiales[45]. Asimismo, se remitirá a cuanto se contiene en los diversos rituales de los sacramentos que competen al diácono y a lo que se refiere al anuncio homilético del Evangelio, a la liturgia de las horas, a la pastoral de enfermos y a la pastoral social.

4. La formación específica del

    misionero presbítero

4.1. Criterios generales

452. La formación para el ministerio presbiteral se ordena a preparar a los formandos para que lleguen a ser presbíteros idóneos, dedicados particularmente al servicio de la Palabra como testigos y mensajeros de la alegría del Evangelio, al estilo de Claret. Desde el punto de vista formativo, requiere que tal preparación se haga por grados y en progresión, tanto con la institución y el ejercicio de los ministerios del lectorado y del acolitado, como con la recepción y el ejercicio del orden del diaconado[46].

453.  El diaconado, cuando se orienta a la ordenación presbiteral, tiene como objetivo ejercer el propio ministerio durante un tiempo prudente y madurar algunos aspectos específicos. En este sentido, su finalidad es predominantemente pedagógica (espiritual, ascética, litúrgica, pastoral) hacia la ordenación presbiteral.

454. El ministerio ordenado es un don del Espíritu para la Iglesia[47], no un derecho o una propiedad de quien lo recibe. Por eso, la formación para el ministerio debe subrayar la necesaria conexión con la Iglesia y su manera de entenderlo y de vivirlo.

4.2. Funciones del ministerio del presbítero

455. El presbítero claretiano, configurado con Cristo Sacerdote para la edificación de su Cuerpo que es la Iglesia[48], participa, por el sacramento de la imposición de manos, del ministerio apostólico[49] confiado a los obispos. Por eso, se siente colaborador suyo[50], especialmente en la tarea de suscitar y consolidar comunidades de creyentes[51] mediante el ministerio de la palabra[52], con un estilo de vida evangélico y profético[53], según el espíritu de la Iglesia y en fraternidad apostólica[54]. El ejercicio profético del ministerio de la Palabra implica el anuncio del Reino en las concretas situaciones de nuestro tiempo, la denuncia del pecado y de la injusticia y la aceptación de los riesgos que comporta[55].

456. Esta función evangelizadora y profética está íntimamente relacionada con las funciones pastoral y sacramental. El anuncio de la Palabra crea la comunidad, de la que la eucaristía es cumbre y fuente. Por eso, el presbítero claretiano, al mismo tiempo que representa a Cristo como profeta de la Buena Nueva[56], ejerce:

El ministerio del cuidado pastoral de las comunidades surgidas de la Palabra. En ellas representa a Cristo pastor, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos[57].

El ministerio del culto, en el que la Palabra, unida a los signos, se hace sacramento de salvación. El presbítero claretiano representa a Cristo santificador en la celebración de los sacramentos, sobre todo en la eucaristía[58] y en la penitencia. En la tarea evangelizadora de nuestro Fundador, la penitencia se halla estrechamente vinculada a la predicación de la Palabra[59].

El ministerio sacerdotal, cuando se vive en integridad como pan vivo ofrecido para el pueblo de Dios, manifiesta su vínculo intrínseco con la proclamación de la Palabra y la Celebración Eucarística.

457. Estas funciones nacen en el seno de la Iglesia y adquieren sentido referidas a ella y al servicio de todo el mundo. Por eso, puesto que el presbítero claretiano ha sido tomado de entre los hombres y constituido en favor de ellos en lo que se refiere a Dios[60], debe convivir con ellos como hermano, haciéndose todo a todos[61] y preocupándose particularmente de los enfermos y marginados[62]. Como misionero claretiano, la ofrenda de su vida no es solo una ofrenda en el altar, sino en y hacia el mundo. En el ejercicio de su ministerio debe considerar lo que realiza, imitar lo que conmemora y conformar su vida con el misterio de la cruz del Señor[63].

4.3. Orientaciones formativas

458. La formación para el presbiterado acentúa:

La comprensión de Cristo como profeta, sacerdote y pastor, con el que, a ejemplo de Claret, los estudiantes deben compenetrarse[64] compartiendo su muerte y su vida[65].

El conocimiento sólido de la naturaleza del ministerio del presbiterado, así como su articulación con los demás carismas y ministerios; en particular, el conocimiento del sacerdocio en clave claretiana.

La integración progresiva de la dimensión ministerial y religiosa en un único proyecto vocacional[66].

La ejercitación del ministerio de la Palabra y la colaboración estrecha con los obispos, como elementos característicos de los misioneros claretianos.

La apertura a los nuevos campos pastorales que nos presenta la evangelización actual, como son JPIC, el mundo digital y las nuevas periferias geográficas y existenciales.

La dimensión comunitaria del ministerio[67], subrayando el trabajo en equipo la conciencia de ser enviado por la comunidad.

La preparación para el ejercicio de la dirección y el acompañamiento espirituales.

La práctica de aquella caridad que lleva orar diariamente por la Iglesia y el mundo, a dar la vida por los hermanos[68], a comprometerse con el pueblo pobre a quien sirve y a preocuparse pastoralmente por los enfermos y marginados[69].

La iniciación litúrgica y pastoral que permite la realización competente de las funciones ministeriales.

La colaboración estrecha con los sacerdotes de la Iglesia local para sentirse verdaderamente miembros del presbiterio y de la familia diocesana[70].

La práctica del trabajo en equipo con personas de distintas vocaciones en la clave de iglesia de comunión, misión compartida y sinodalidad.

El carácter de servicio de su ministerio, para evitar el clericalismo y la mundanidad espiritual[71].

459.  La preparación inmediata al orden del presbiterado tiene como objetivo profundizar en las actitudes que más unen al candidato con Cristo sacerdote, según la vocación claretiana, y para irse disponiendo a actuar siempre en su nombre y en representación de la Iglesia.

460. La preparación inmediata se realiza a través de un plan que integre:

Posibilidades concretas de ejercicio del diaconado.

Programación de oración, retiros, ejercicios espirituales y encuentros de dirección espiritual.

Asimilación de la teología y espiritualidad del presbiterado, conforme a los documentos de la Iglesia y el propio Ritual.

Profundización en las características carismáticas del sacerdocio claretiano.

Estudio de síntesis relativas a los sacramentos de la Penitencia, Confirmación, Unción de enfermos y Eucaristía, y de sus dinamismos celebrativos.

Diálogo con alguna persona experimentada en criterios morales y pastorales en orden a la confesión y a la dirección espiritual[72].

Una acentuación de la dimensión mariana en la perspectiva sacerdotal.

4.4. Admisión al presbiterado

461. El candidato al presbiterado dirigirá al Superior Mayor la petición y declaración exigidas por el derecho[73]. Deberá cumplir los mismos requisitos prescritos para el diaconado y haber ejercitado este Orden durante el tiempo que el Superior Mayor le señale y que no deberá ser inferior a seis meses.

462.   El Superior Mayor, por sí o por otro, verificará si el candidato ha realizado esta preparación y cumple las condiciones para ser llamado al presbiterado.


[1] Cf. CC 7, 78; Dir 252.

[2] Cf. CPR 31.

[3] Cf. MCH 139.

[4] Cf. IM 34-35.

[5] IM 10.

[6] Cf. SP 8.2.

[7] Cf. Dir 252c, 254.

[8] Cf. IM 30.

[9] Cf. IM 31.

[10] Cf. PC 18.

[11] Cf. Dir 238; PC 18; 1HH 31.

[12] Cf. MH, pp. 97 ss.

[13] Cf. Dir 255.

[14] Cf. 1HH 30.

[15] Cf. Dir 238; Apéndice 3.

[16] Cf. PGF 261-268.

[17] Cf. Dir 254.

[18] Cf. Ibid.

[19] Cf. CIC 228.

[20] Cf. MH, pp. 47 ss.; cf. IM, p. 31.

[21] Cf. CIC 230 §1.

[22] Cf. CIC 910 §2.

[23] Cf. CIC 230 §1.

[24] Cf. MQ.

[25] Cf. Apéndice 3,V.

[26] Cf. Dir 255.

[27] Cf. Dir 238; CPR 31; Apéndice 3,IV.

[28] CC 81.

[29] Cf. LG 29; CIC 236, 288, 1031 §2, 1032 §3.

[30] Cf. Dir 257-260.

[31] Cf. CIC 236; Dir 258.

[32] Dir 257.

[33] Cf. CC 81; Dir 260.

[34] Cf. CC 81.

[35] Cf. RO: Ordenación de diáconos, 210.

[36] Cf. Dir 260.

[37] Cf. CIC 1035 §1.

[38] Cf. CIC 1036.

[39] Cf. CIC 1024-1039.

[40] Cf. Dir 242.

[41] Cf. CIC 1040-1049.

[42] Cf. CIC 1050.

[43] Cf. CIC 1051.

[44] Cf. CIC 833 §6; Apéndice 4 (Formulario 12).

[45] Cf. SDO; PR.

[46] Cf. CIC 1035; 1032 §2.

[47] Cf. PO 2.

[48] Cf. PO 12; CC 83.

[49] Cf. CC 82; PO 2; Aut 223-224.

[50] Cf. CC 6.

[51] Cf. CC 47, 82.

[52] Cf. CC 46, 50.

[53] Cf. CC 82.

[54] Cf. CC 85.

[55] Cf. MCH 58, 171-172, 232; EMP 18.

[56] Cf. CC 3; EMP 19.

[57] Cf. Mc 10, 45; CC 83.

[58] Cf. CC 83.

[59] Cf. Aut 304, 762-763.

[60] Cf. Hb 5,1.

[61] Cf. 1 Cor 9,22.

[62] Cf. CC 83.

[63] Cf. RO: Ordenación de Presbíteros, 135.

[64] Cf. Aut 754-756.

[65] Cf. CC 83.

[66] Cf. PI 108.

[67] Cf. CC 85.

[68] Cf. CC 84.

[69] Cf. CC 83.

[70] Cf. Dir 263; PI 109.

[71] Cf. EG 93-97.

[72] Cf. Apéndice 3.

[73] Cf. CIC 1036, 1050; Apéndice 4 (Formulario 12).