Capítulo 11 : El misionero en el proceso de formación permanente

1. Naturaleza y finALIDAD DE LA FORMACIÓN

    PERMANENTE

463. La formación permanente es intrínseca a nuestra vocación[1]. Se trata de un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos del claretiano y de la Congregación en su conjunto[2] y revela la profunda naturaleza de nuestra vocación como fidelidad a la misión y como proceso de continua conversión[3]. Se trata de un camino:

Abierto. Dura toda la vida[4]. La formación permanente no tiene punto final[5]:  Como misioneros dedicados a Dios y consagrados por El[6], nuestra vida es un proceso permanente de formación. Como discípulos estamos en escucha constante y abiertos a las sorpresas de la Palabra y del Espíritu[7].

Global. Abarca toda la persona y todas las dimensiones de la personalidad, en un proceso integral de crecimiento: humano, espiritual, intelectual, pastoral y carismático[8].

Multiplicador. Afecta también a la renovación de las comunidades, de la misión y de las estructuras comunitarias y apostólicas[9].

464. La formación permanente pretende la renovación de la vida personal y comunitaria del claretiano a la luz del Evangelio y de nuestro carisma, en cada nueva etapa personal[10].

2. Necesidad de formación permanente

2.1. Para ser fieles a nuestro

        proyecto personal de vida.

465. La formación permanente es una exigencia de todo claretiano. En cuanto personas, alcanzamos nuestra plenitud desarrollando nuestras potencialidades en comunión con los hombres insertos en la historia y en la realidad de los pueblos[11].

466.  Asimismo, por haber recibido el don de la vocación, el claretiano debe estar en actitud de constante crecimiento y fidelidad a la misma[12]. La vocación es un don dinámico. Dios llama constantemente. Nosotros debemos responder en fidelidad[13]. El carisma vocacional y los dones de naturaleza y gracia son fuerzas dinámicas que hacen crecer a la persona para desarrollar el propio proyecto de vida.

467. Como persona llamada por el Señor a la Congregación para vivir en una comunidad misionera, el claretiano crece y se desarrolla plenamente en comunión con los hermanos y en la realización de la misión comunitaria[14]. La Congregación, comunidad en constante crecimiento y renovación, es el ámbito natural donde cada claretiano debe lograr su mayor crecimiento personal.

2.2. Para ser fieles a la acción

        renovadora del Espíritu

468. El mismo Espíritu que suscita el carisma de la Congregación es el que lo estimula y lo desarrolla en la Iglesia y en la historia. Por lo tanto, la acción del Espíritu nos exige una continua conversión para dar un nuevo vigor a la dimensión profética de nuestra vocación[15]. Es imperativo, entonces, que respondamos, personal y comunitariamente, a nuestra necesidad de una formación permanente, especialmente en los momentos críticos de nuestra vida, a fin de prepararnos adecuadamente para ser ministros idóneos de la Palabra.

469. La formación permanente pide prestar una atención particular a los signos del Espíritu en nuestro tiempo para poder dar una respuesta apropiada. Nos estimula también a integrar la creatividad en la fidelidad[16]: Seguir a Cristo significa ponernos en marcha, liberarnos de la esclerosis y del anquilosamiento para poder ofrecer un testimonio vivo y verdadero del Reino de Dios en este mundo[17].

470. Nuestro Fundador buscó incesantemente la sabiduría y el conocimiento a fin de mantener viva su orientación apostólica hacia la evangelización misionera. Una prueba de este afán fue su práctica de la lectura diaria y vocacional de la Biblia[18], pues para él ser servidor de la Palabra requería estar inmerso en ella[19]. En la Palabra, encontró Claret la experiencia de la acción dinamizadora y renovadora del Espíritu, de manera que pudo decir, como discípulo de Jesús: El Espíritu del Señor está sobre mí[20].

471. La Congregación nos ha recordado también la necesidad de dejarnos transformar por el Espíritu para poder cumplir la misión a la que hemos sido llamados[21] y alcanzar así la madurez de nuestra vocación[22]. A fin, pues, de poder ser testigos vivos y verdaderos del Reino de Dios reconocemos la necesidad de la acción renovadora del Espíritu en nuestra vida: como personas y como comunidad, de suerte que el Espíritu del Señor Resucitado pueda, a través de la formación permanente, continuar restaurando la alegría de nuestra juventud[23].

2.3.  Para ser fieles al proceso de

         renovación congregacional

472. El carisma del Padre Fundador, como experiencia del Espíritu transmitida a todos los claretianos, ha de ser vivido, custodiado, profundizado y desarrollado constantemente en sintonía con la Iglesia, que crece continuamente[24]. La fidelidad al carisma, como don dinámico, está exigiendo a toda la Congregación una actitud de constante renovación. La formación permanente, expresión de esta actitud, incide en las personas, y a través de ellas en las comunidades y en la misión apostólica. La renovación de la persona del claretiano hará posible un estilo renovado de vida comunitaria y una revisión constante de nuestras posiciones apostólicas[25].

473. Esta acción renovadora restaura nuestras fuerzas personales y comunitarias y nos dispone para responder a las situaciones de nuestro mundo como servidores de la Palabra. Debemos ser una comunidad evangelizada y evangelizadora[26]. Una comunidad es evangelizada en la medida en que se mantiene en  conversión permanente: tiene siempre como punto de referencia la Palabra de Dios; a partir de ella, cultiva el diálogo que suscita una actitud de servicio respecto de los hermanos, para ofrecerles confianza y para ayudarles en la fidelidad a los compromisos adquiridos; desde ella discierne cuanto acontece y se deja evangelizar por los hechos que afectan a los hombres, sobre todo a los más pobres y necesitados, a los que es enviada[27].

2.4. Para ser fieles a los retos de la misión

474. La formación permanente no afecta sólo a nuestra dimensión personal. La necesidad de prestar atención a los signos de nuestro tiempo y de adaptarnos a las nuevas situaciones nos impulsa a afrontar, como misioneros, las urgencias siempre nuevas de la evangelización[28]. Debemos mantener el paso con la marcha de la historia[29].

475.  Todos los claretianos estamos llamados a vivir una espiritualidad sólidamente arraigada que asimile los cambios y evoluciones del mundo y de la Iglesia con una docilidad continua al Espíritu.[30] Necesitamos conocer profunda y vivencialmente la situación humana y religiosa del pueblo que pretendemos evangelizar[31]. La nueva realidad del mundo, de la Iglesia y de la Congregación se convierte en una interpelación del Espíritu que nos urge secundar, desde nuestro carisma de servidores de la Palabra y desde las opciones de nuestra misión, la llamada a una evangelización misionera[32].

3. Referencia carismática de la formación  

    permanente

476. Una característica destacada en la vida del Fundador fue su interés por renovarse y actualizarse. En él no hubo ruptura entre su formación inicial y su dedicación a la lectura y al estudio después de la ordenación. A él se dedicó intensa y sistemáticamente para profundizar en las Sagradas Escrituras, renovar los conocimientos teológicos y pastorales, conocer el pensamiento filosófico y las ideologías de su tiempo y saberse situar en las diferentes realidades en las que tuvo que ejercer su ministerio apostólico. Su motivación fue siempre clara: por un lado, crecer en el conocimiento de Dios para acercarse cada vez más a Él y vivir en comunión con Él; y, por otro lado, ser fiel a la misión apostólica de una manera creativa y siempre nueva, convirtiéndose en instrumento cada vez más apto para la salvación de todos los hombres. Los medios que utilizó fueron muy eficaces, entre ellos, el plan personal y la biblioteca.

477. En la Congregación, los tiempos dedicados al estudio, a la renovación espiritual y a la preparación apostólica han sido siempre una tradición consolidada. En los ejercicios espirituales que el Fundador dirigió en 1865 a los misioneros, les decía: el estudio los dirigiréis al de misionar (sic)[33]. Además de los tiempos de renovación espiritual en los retiros mensuales y en los ejercicios espirituales de cada año, el mismo Fundador prescribió a los misioneros un tiempo anual, en torno a cuatro meses[34], de formación permanente a base del estudio. Las Constituciones, ya desde el principio, ordenaban los tiempos y las materias que se habían de estudiar y repasar, ​​tanto para los presbíteros como para los hermanos; e insistían en la necesidad de tener una biblioteca bien abastecida y actualizada.

478. La formación permanente sigue siendo una exigencia de la vida del claretiano, que ha de crecer en la configuración con Cristo misionero y ha de estar a la altura de los tiempos para responder a la misión apostólica[35]. Más aún, actualmente la formación permanente es una urgente necesidad para todos los claretianos. Sólo una comunidad que acoge el don de Dios escucha los signos de los tiempos y se deja rejuvenecer constantemente, puede realizar el anuncio del Evangelio de modo creíble y atrayente[36]. La Congregación, en los distintos Capítulos Generales, se ha interpelado a sí misma, y la ha impulsado de una manera decisiva, pidiendo incluso la reiniciación carismática[37].

4. Criterios congregacionales para la 

     formación permanente

479. La mayor riqueza que tiene la Congregación son las personas, pues cada claretiano es imagen de Dios, una novedad insospechada del Espíritu y una vocación misionera que es gracia para el mundo[38]. Por eso, la formación permanente ha de situarse en la perspectiva de la persona[39]. Más aún, esta formación no sería posible sin una colaboración y participación activa de la persona, comenzando por el convencimiento de que es algo imprescindible para la vida misionera[40].

480.  La formación permanente prolonga el proceso de formación inicial. Por lo mismo, el claretiano ha de superar cualquier ruptura entre la inicial y la permanente, ya que éstos son dos aspectos de una misma realidad. Se ha de considerar, desde el principio, en un proceso que no acaba nunca. Una buena formación inicial debe suscitar esta necesidad.

481. Como orientación, la formación permanente que abarque toda la persona y todas sus dimensiones: humana, espiritual, intelectual, pastoral y carismática se ha de realizar:

En la línea de nuestro carisma misionero, para prepararse mejor a ser ministros idóneos de la Palabra, de la opciones y sujetos preferenciales y de la sensibilización ante los problemas de la justicia y de la paz[41].

En contacto con el mundo y abierta a la realidad. Por ello, se impulsarán todas aquellas iniciativas, tanto de dentro como de fuera de la Congregación, que puedan favorecer la apertura de cada claretiano a la realidad circundante y universal, y el estudio crítico de esa misma realidad en orden a responder a sus desafíos desde nuestro carisma misionero[42].

En una perspectiva universal, sensibilizándonos a la situación de la Iglesia y capacitándonos a través del estudio de las lenguas para prestar servicios misioneros en cualquier parte del mundo.

Con criterios de calidad, capacitando al misionero más y mejor para una evangelización de vanguardia a través de las especializaciones necesarias[43].

Con métodos activos y participativos y que tengan en cuenta las experiencias personales y las apostólicas en el campo de la pobreza, marginación e increencia[44]. Cada claretiano ha de ser consciente que toda experiencia pastoral es una fuente inagotable de formación permanente.

5. Agentes y responsables de la formación 

    permanente

482. En primer lugar y, sobre todo, la persona del claretianoEs imprescindible que cada uno de nosotros llegue a la convicción personal de que necesitamos una formación continuada para realizar nuestra vocación misionera.[45]. Para ello, el claretiano ha de sentir la necesidad y la urgencia de formación. Esta es la clave de la eficacia de la formación permanente. Sin el convencimiento personal, todos los medios y ayudas de que se disponga no producirán el efecto deseado.

483. En segundo lugar, la comunidad. Por ser el ámbito normal donde se desarrolla la vida del claretiano, constituye el lugar privilegiado para la formación permanente.

Es en la comunidad, como ámbito de libertad y crecimiento, donde la persona se realiza plenamente[46]. En ella vive, ora, se relaciona, estudia y trabaja.

El estilo de vida y misión de la comunidad es el primer parámetro de formación permanente para el claretiano. La fidelidad de la misma al proyecto claretiano y a los dinamismos ordinarios de santificación, vida y misión son los estímulos constantes que impulsan al claretiano a crecer. Cuando la comunidad se siente renovada y actúa conforme a los criterios y orientaciones de renovación congregacional, cada uno de sus miembros se renueva, crece y madura en su opción fundamental.

El papel de animador de la comunidad, propio del superior local, es muy importante en este punto[47]. Bajo su dirección, la comunidad debe promover la renovación pastoral de sus miembros para que desempeñen cada vez mejor sus ministerios.

484. En tercer lugar, los superiores y sus respectivos gobiernos[48]:

El Gobierno General y los gobiernos de los Organismos Mayores han de promover iniciativas de formación permanente, a fin de que todos los claretianos estén debidamente preparados para el ministerio de la Palabra, dando respuesta a los desafíos de los tiempos actuales[49].

Al Gobierno General le corresponde la animación y la organización de la formación permanente de los misioneros del Instituto.

A los gobiernos de los Organismo Mayores les compete la misma responsabilidad en sus respectivos Organismos. Para animarla se puede también establecer en ellos una comisión especial, con miembros bien preparados y con responsabilidades claramente definidas[50], encargados de elaborar un plan para cada periodo de gobierno.

Tanto el Gobierno General como los gobiernos provinciales realizarán esta tarea normalmente a través de las prefecturas, los consejos y las comisiones nombradas al efecto[51].

6. Modos de realización

485. Como primer criterio se ha de procurar elaborar planes de formación permanente en los distintos niveles congregacionales, donde se programen de manera ordenada y sistemática los momentos, dinamismos, medios e instrumentos de formación[52].

6.1.  Ordinarios

6.1.1. Personales

486. La atención especial a la Palabra de Dios[53]: Debemos escucharla en la oración personal, en los acontecimientos de la historia, en las culturas y en la vida de los pueblos, en sus silencios y en sus clamores[54]. Esto exige dedicar una parte fundamental de tiempo a la lectura, al estudio y a la meditación y contemplación de la Palabra[55].

487. La oración y la celebración de la liturgia tienen un lugar fundamental en nuestra vida. Celebramos de todo corazón con la Iglesia la presencia de Dios y el amor por su pueblo especialmente en la Eucaristía, el sacramento de la reconciliación y la liturgia de las horas[56].

488. El proyecto personal de formación (o de crecimiento personal). Dicho proyecto debe atender a la integridad de la persona (dimensión espiritual, física, psicológica, intelectual y apostólico-ministerial) de acuerdo con la comunidad y los superiores[57].En el se pueden tener en cuenta diversos elementos como: el ejercicio físico y el deporte, la dieta, la distribución armónica de la jornada, el tipo y frecuencia de lectura y de estudio, y los medios y dinamismos de la vida espiritual y apostólica.

489. Debemos avanzar en la práctica del discernimiento personal y comunitario, y del acompañamiento personal para favorecer el progreso en nuestra vida misionera[58] y en la toma de decisiones.

6.1.2. Comunitarios

490. La comunidad claretiana, al elaborar su proyecto comunitario, debe programar su estilo de vida y misión de un modo participativo, procurando que sus miembros tengan los medios necesarios y adecuados para profundizar en su llamada vocacional (tiempos para la oración, el estudio y el descanso, ayuda profesional).

491. Además programará, en el mismo proyecto comunitario, la formación permanente específica, teniendo en cuenta sus necesidades y las exigencias de la misión.  Dicho plan debe comprender, entre otras cosas, el estudio y asimilación de los documentos de la Iglesia y de la Congregación, particularmente de las Constituciones y de la Palabra de Dios.

492. La comunidad debe estimular y ayudar también a sus miembros a trazar el plan personal de formación, sugiriendo sus modalidades. Entre las iniciativas ordinarias hay que mencionar el día semanal de la comunidad[59], que consiste en reservar un tiempo, a ser posible cada semana, para orar en común, planificar, evaluar, compartir experiencias y recrearse.

493. Es imprescindible una biblioteca especializada y actualizada en los ministerios apostólicos propios de la comunidad para impulsar la formación permanente de sus miembros[60].

494. Todas las comunidades deben aprovechar también las iniciativas intercomunitarias, diocesanas, interprovinciales y congregacionales e intercongregacionales como medios para su formación, sobre todo por lo que suponen de apertura y de contraste.

495. Cuando un miembro de la comunidad es enviado a participar de un programa de formación permanente, se aconseja a las comunidades que se organicen de tal manera que este miembro pueda participar plenamente en dicho programa y cumpla así los objetivos de éste.

6.1.3. Organismos Mayores

496. Todas los Organismos Mayores deben elaborar, en el marco del plan de formación permanente, un programa anual de iniciativas de formación. Estas iniciativas pueden realizarse también con otros Organismos o por áreas congregacionales cuando se juzgue conveniente. Entre las más practicadas se pueden señalar[61]:

Ejercicios espirituales anuales.

Encuentros sistemáticos y periódicos de los sectores de los Organismos Mayores: formadores, educadores, párrocos, misioneros itinerantes de la Palabra, ecónomos y otros.

Encuentros de comunidades en su totalidad o por zonas, durante algunas jornadas, para estudiar y reflexionar temas claretianos relevantes y otros temas de interés.

El día anual del Organismo Mayor[62].

La publicación periódica del boletín informativo.

497. Los superiores y responsables de la formación proporcionarán a los misioneros hermanos durante toda su vida los elementos formativos necesarios para perfeccionar su compromiso misionero, su cultura, su preparación doctrinal y espiritual, y la capacitación pastoral y técnica, según los planes de formación permanente de cada Organismo[63].

6.1.4. Generales

498. El Gobierno General debe elaborar también un programa para toda la Congregación, según el PGF y las orientaciones de los Capítulos. En él se incluyen:

Las visitas canónicas generalicias como medio para evaluar y promover los programas de formación permanente de los Organismos Mayores[64].

La organización de encuentros especiales de renovación claretiana y de estudio[65].

Los encuentros, organizados a través de las Prefecturas, para los distintos sectores y las diversas áreas de la Congregación o de las conferencias interprovinciales.

El ofrecimiento de estructuras (comunidades y centros) al servicio de la Congregación para cursos de renovación, periodos sabáticos y especializaciones. 

La elaboración de subsidios sobre temas específicos que se consideren oportunos.

6.2. Extraordinarias

6.2.1. Especializaciones

499. El gobierno del Organismo Mayor elaborará un plan de especializaciones para cualificar a los miembros que considere idóneos, en orden a responder a las necesidades de la misión y a la formación de sus miembros.

500. Durante los últimos años de la formación inicial se irá orientando al formando hacia una especialización[66], según el plan de especialización del Organismo.

501. Las especializaciones tienen como objetivo completar la formación inicial con estudios más específicos o ampliados y convenientemente titulados. Se promoverán de acuerdo con las aptitudes e inclinaciones personales y las necesidades y opciones misioneras de la Provincia y de la Congregación[67].

502. Es necesario que los Organismos Mayores procuren la formación de verdaderos especialistas en ciencias eclesiásticas, para una acción misionera más profunda y para contribuir a la formación de los miembros de la Congregación[68].

503. Conviene también prestar atención a aquellas especializaciones civiles que son más útiles para un diálogo misionero con la cultura o para ejercer con más competencia otros compromisos de misión que exigen un conocimiento profundo de las ciencias humanas.

504. Entre nosotros, los estudios eclesiásticos básicos no pueden simultanearse con otras carreras[69]. Pero ciertas especializaciones pastorales pueden hacerse durante los últimos años de la formación inicial[70], según las diversas circunstancias:

En unos casos, estudiando alguna materia particular o siguiendo cursillos de diverso tipo, tanto durante el año escolar como durante las vacaciones, sin que sea necesario matricularse en institutos especializados. En estos casos, es preciso mantener la obligada proporción con las disciplinas principales.

En otros, estudiando una especialidad pastoral, una vez terminados los estudios institucionales básicos según la normativa de las Conferencias Episcopales.

505. Tras un tiempo de experiencia pastoral, se puede dedicar un tiempo expreso para la especialización en facultades o institutos superiores, obteniendo los diplomas y grados académicos correspondientes.

6.2.2. Los períodos sabáticos

506. Los períodos sabáticos son tiempos determinados, en los que cada misionero, libre de compromisos apostólicos y comunitarios, puede elaborar un plan personal, convenientemente aceptado por los Superiores, que responda a sus necesidades de descanso, renovación espiritual, cualificación misionera y contacto con nuevas realidades de evangelización.

507. Se debe ofrecer esta posibilidad a todo claretiano, y muy particularmente a los que no han tenido otras facilidades para su renovación. Para ello hay que tener en cuenta las situaciones personales dentro de un plan provincial que prevea la coordinación necesaria y la adecuada financiación.

6.2.3. Experiencias misioneras

508. Las experiencias apostólicas abrirán nuestro espíritu a nuevos horizontes y valores. En este sentido, es conveniente promover iniciativas diversas (en lugares de misión, sobre todo). Estas experiencias, que pueden ser de duración variable, deben ser programadas de manera coordinada por los distintos responsables[71].

7. Períodos especiales durante la  formación permanente

509. Aunque la formación continua es una tarea de toda la vida, adquiere una intensidad especial en ciertos momentos,[72] durante la andadura de un misionero. Tales momentos requieren una atención y un acompañamiento especial por parte de todos los implicados en el proceso de formación. Hay cuatro momentos en la formación permanente que requieren una consideración especial: el quinquenio, la media edad, la tercera edad y la cuarta edad. También hay que prestar atención a los misioneros que se encuentran en situaciones particulares. Sin embargo, los Organismos Mayores harán bien en organizar programas de formación permanente adaptados a los distintos grupos de edad para asegurar un acompañamiento adecuado y oportuno.

7.1. El quinquenio

510. El primer momento especial de la formación permanente, llamado quinquenio, es la etapa de los primeros años de implicación plena en el apostolado que sigue inmediatamente a la formación inicial. Marca el paso de una vida supervisada a una situación de plena responsabilidad en el trabajo[73]. Por tanto, hay que procurar que el joven misionero sea animado y acompañado personalmente para vivir plenamente la juventud de su amor y su entusiasmo por Cristo[74].

511. En esta etapa, el claretiano debe descubrir con la ayuda de la comunidad una nueva manera de permanecer fiel a Dios[75], para que pueda dar una respuesta adecuada a los retos que se le presentan en su nueva situación[76]. En un proceso integral de renovación que abarca todos los aspectos de la persona del religioso durante esta etapa[77], debemos dar especial importancia a:

Que la vida espiritual se viva en armonía con la acción[78].

El acompañamiento pastoral, para que el claretiano pueda seguir integrando su preparación ministerial con su experiencia de vida.

Actualizar y aplicar en la práctica lo que se ha aprendido durante la formación inicial[79].

Aprender a mantener el equilibrio necesario entre la vida comunitaria y el servicio ministerial.

Desarrollo de un conjunto de hábitos saludables adecuados a la nueva situación para mantener un crecimiento armonioso a todos los niveles.

512. Se deben ofrecer programas adecuados de acompañamiento a nuestros sacerdotes misioneros durante los primeros cinco años de su ministerio y a nuestros hermanos misioneros durante los cinco años siguientes a su profesión perpetua para ayudarles a consolidar la integración de su vida y su ministerio[80]. Algunos programas podrían organizarse en el ámbito interprovincial o de conferencia. Concretamente, esta ayuda puede ser ofrecida:

Asegurando que los misioneros en el quinquenio sean destinados a comunidades en las que reciban un acompañamiento adecuado con la intención de cumplir los objetivos de esta etapa.

Confiándoles responsabilidades que no excedan su capacidad y se ajusten lo más posible a su situación personal.

Asegurándose de que sean acompañados personalmente por el propio Superior Mayor o por la persona responsable para la formación permanente.

Ofreciéndoles encuentros anuales de formación y de revisión de vida.

513. Además de las iniciativas ofrecidas por la Congregación, se insta a los jóvenes claretianos a participar activamente en los cursos y encuentros organizados en ámbitos diocesano, interprovincial e intercongregacional para jóvenes sacerdotes y religiosos[81]. Estos medios deben ser integrados en el plan del Organismo.

514. Este período debe concluirse con un encuentro de renovación, con la suspensión al menos parcial de otras actividades. Su finalidad es la actualización de los conocimientos y, sobre todo, la intensificación de la formación espiritual, adaptada a la vida real del misionero[82].

7.2. La media edad

515. La media edad es el período de la adultez humana que precede inmediatamente al comienzo de la vejez. Aunque puede variar según las personas, se considera “edad media” la edad entre 40 y 60 años. Es el período de ministerio activo que da frutos maduros de la paternidad espiritual de un misionero aderezado por su aprendizaje y experiencia. Esta etapa de la vida introduce a la persona en la “segunda mitad” de la vida que se caracteriza por la búsqueda de lo esencial en la vida. Para muchos, es un tiempo de descubrimiento del verdadero tesoro interior cuando las fuentes externas de identidad no dan sentido a la vida. La madurez de esta etapa ayuda a recuperar el ardor del “primer amor” que inspiró nuestra vocación misionera, a renovar el don de sí mismo a Dios de manera más genuina y con mayor generosidad, a a extenderlo a los demás con mayor serenidad y sabiduría[83]. El misionero que encuentra el justo equilibrio entre oración, vida comunitaria y ministerio podrá sostener su ministerio con la frescura creativa de un místico y hombre de acción como nuestro Fundador que nunca se cansó de proclamar el Evangelio varias veces al día.

516.  Los frutos maduros de la media edad no se cosechan sin sus costos. En la segunda mitad de la vida, uno comienza a experimentar el declive gradual de sus habilidades físicas y los primeros signos de enfermedades. Se verá obligado a tomar conciencia de su mortalidad al darse cuenta de que le queda menos tiempo de vida del que ya ha vivido. Su mente rumia más fácilmente sobre los logros del pasado que sobre las perspectivas del futuro. Un misionero en esta etapa puede experimentar la llamada “crisis de la media edad” al pasar a la segunda mitad de su vida. La tensión de “romper y construir” en esta etapa es vivida de diversas maneras por diferentes personas. Algunos viven el período de la media edad con un activismo exagerado, agotamiento, un cierto enfoque rutinario del ministerio y la consiguiente pérdida de entusiasmo[84]. Algunos se acostumbran a un estilo de vida individualista y a hacer el ministerio solos. Sin embargo, un estilo personal no examinado de manejar las dificultades y los fracasos de la vida puede dar lugar a una resignada desilusión. También existe el riesgo de lidiar con la tensión escapando hacia el alcohol, temas de índole sexual y varios tipos de adicciones.

517. Hay que ayudar a los misioneros en esta etapa, a la luz del Evangelio y del carisma de la Congregación, a renovar su decisión original y a no confundir la integridad de su entrega con el nivel de los buenos resultados[85]. Deben recurrir a los diversos medios disponibles en la Congregación y en la Iglesia para su renovación personal.

518. La cercanía sensible del Superior es esencial durante la crisis de transición de un misionero. El consuelo y la presencia atenta de los miembros de la comunidad y de otros claretianos puede llevar a un redescubrimiento del significado de la alianza que Dios estableció originalmente, y que no tiene intención de romper[86]. Las pruebas son también momentos privilegiados para descubrir la necesidad de sufrimiento y purificación en el seguimiento de Cristo crucificado.

519. La etapa de la media edad puede ser enriquecida por:

Escoger prácticas adecuadas de autocuidado para mantener el cuerpo, la mente y el espíritu vivos y activos, e integrar estas prácticas en el ritmo de la vida cotidiana.

Recurrir a un mentor/director espiritual o a un experto según la necesidad en momentos de dificultad, y abstenerse de un enfoque de “hazlo tú mismo” para arreglarse.

 Canalizar la energía en propósitos creativos como escribir, componer, etc., y comprometerse a un servicio generoso en la comunidad y la sociedad para que este período sea muy productivo.

Asistir a programas sobre la media edad y temas relacionados con el crecimiento, y crear un ambiente de apreciación en la comunidad donde el envejecimiento se celebre como parte normal de la vida humana.

520. Sería necesario hacer una pausa en la rutina de la vida para asistir a programas de renovación al menos una vez durante este período de vida. También puede ser un período apropiado para interrumpir el ministerio pastoral ordinario con un año sabático, incluidos la actualización pastoral o los estudios especializados con miras a mejorar la competencia ministerial o en preparación para un nuevo futuro destino. También podría ser útil una nueva experiencia pastoral.

521. En respuesta a la necesidad específica de renovación para las personas de media edad – y para aquellos que desean profundizar en el conocimiento del Fundador y de nuestro carisma claretiano – la Congregación ofrece el Proyecto Fragua, el Encuentro con Claret y otros programas para ayudar al misionero a vivir esta etapa particular de su vida como un momento de transformación espiritual[87].

7.3. La tercera edad

522. La tercera edad se refiere al período de vida desde la edad de jubilación[88] hasta el retiro de la actividad debido a la edad avanzada y al deterioro de las facultades físicas y mentales. Como no hay edad de jubilación para la vida y misión claretiana, el misionero continúa enriqueciendo la vida y misión de la Congregación a través de lo que pueda hacer por sus hermanos y por la gente tanto como su salud se lo permita.

523. El objetivo de esta etapa es confirmar al claretiano en la misión que aún puede realizar[89], ayudarle a descubrir lo que el Señor le pide en la nueva etapa de la vida, y mantener, desde la fe y la Palabra de Dios, una actitud serena y llena de esperanza en su nueva situación de vida. Necesita aprender a aceptar e integrar la realidad del fin de la propia vida terrenal con la alegría y la esperanza cristiana.

524.   En una cultura consumista, la vejez es evitada y temida como una parte no deseada de la vida. Pero, la Palabra de Dios estima la larga vida como un signo del favor divino[90]. Dios también ha elegido a las personas de edad avanzada para nuevas iniciativas y para transmitir su mensaje (por ejemplo, Abraham y Sara, Moisés, Isabel y Zacarías, Simeón y Ana). La vida es un regalo, y cuando es larga es un privilegio, para uno mismo y para los demás[91]. En la historia claretiana hay muchos ejemplos de claretianos “jubilados” a los que Dios ha elegido para nuevas iniciativas misioneras[92]. Los misioneros ancianos dan testimonio de la buena noticia de que la vida, en todas sus etapas y condiciones, es un precioso don de Dios y una oportunidad para conocer, amar y servir a Dios y compartir el amor de Dios con los demás.

525.  La atención médica avanzada y las mejores condiciones de vida han prolongado la longevidad, lo que ha dado lugar a un gran número de miembros relativamente sanos en la tercera edad. Es una bendición contar con misioneros veteranos con sabiduría y experiencia en nuestras comunidades.  Pueden vivir en comunidades dedicadas al apostolado y pueden realizar diferentes actividades en ellas, de acuerdo con su estado y su preparación. Estos claretianos contribuyen a dar a la comunidad un sentido de estabilidad, riqueza e ingenio. También pueden compartir la sabiduría de su experiencia con otros miembros del Organismo, especialmente con los candidatos, novicios y estudiantes. La presencia de jóvenes y ancianos en la Congregación enriquece nuestra vida y misión con la memoria y sabiduría de los ancianos desde su experiencia y la renovada y expansiva esperanza y nuevos rumbos que los jóvenes representan para la humanidad[93].

526.  Los misioneros de la tercera edad deben asumir su papel en las comunidades para transmitir la memoria y la sabiduría de nuestra historia en cada lugar y reflejar la belleza de una vida misionera perseverante. Llevan a cabo su vida misionera mediante la oración, el sacrificio y el testimonio de vida, compartiendo su sabiduría con los demás y apoyando la misión de la comunidad mediante una actividad ministerial apropiada. Así como se inspiraron para sus apostolados en la vida de Claret como misionero apostólico, también deben aprender el arte de vivir el atardecer de sus vidas a partir de su ejemplo de cómo vivió su vocación misionera en el momento de la disminución de las actividades apostólicas, el sufrimiento, la enfermedad y el exilio.

527. Por parte del individuo, esto implica:

Aceptar su propia situación (edad, enfermedad y otras limitaciones) y prepararse para vivirla de manera serena aprendiendo a envejecer con sentido y pasión misionera. También implica dejar ir las posiciones de poder mientras anima y capacita a los claretianos más jóvenes para asumir y llevar a cabo las responsabilidades que anteriormente él desempeñaba.

Vivir esta etapa con un espíritu de gratitud, perdón, entrega y alegría, compartiendo la propia sabiduría y el celo misionero con los demás y rezando por la Iglesia y la Congregación.

Vivir con conciencia el proceso de transfiguración con Cristo, convirtiendo los sufrimientos de esta etapa en una oportunidad para ser transformados por la experiencia pascual[94].

Disposición para responder a nuevas oportunidades de participación misionera, y compartir generosamente sus dones, talentos y experiencia.

528. Por parte de la comunidad, esto implica que debería:

Mostrar una delicada sensibilidad a las necesidades de los ancianos claretianos, y un gran amor y respeto por sus personas y su vida vivida, independientemente de su capacidad de hacer cualquier servicio a la comunidad.

Discernir lo que cada uno puede aportar todavía a la misión global de la Congregación e implicarle en la vida cotidiana de la comunidad en la medida de sus posibilidades.

Ofrecerle la ayuda necesaria para que pueda adaptarse a su nueva situación.

529. Para lograr esta integración, se le debe proporcionar:

Atención a sus necesidades médicas y psicológicas.

Asistencia para aceptarse a sí mismo como es.

Una verdadera espiritualidad de la tercera edad, que supone una vida especial de contemplación, una dedicación más intensa a la oración apostólica y una ofrenda de su propia vida en favor de la misión.

Una actualización pastoral para los tipos de ministerios que aún puede emprender: el sacramento de la reconciliación, la pastoral de los enfermos, la dirección espiritual y otros ministerios.

Oportunidades para realizar aficiones personales y cualquier tipo de colaboración en la que pueda sentirse útil.

Cuando el funcionamiento cognoscitivo de la persona se ve perjudicado o limitado, el superior tiene la responsabilidad de discernir y decidir por la persona para evitarle daños a él o a otros, o para que no sea aprovechado por otros.

530. Para los que todavía pueden trabajar pero viven en países donde la jubilación es obligatoria a cierta edad, queda la posibilidad, si lo desean, de continuar su labor misionera trasladándose a otro país que no presente estas limitaciones[95].

531. Cada Organismo puede también organizar excursiones, actividades recreativas, retiros y otras iniciativas que puedan servir como experiencias formativas para los misioneros de esta época y mantenerlos conectados lo más estrechamente posible con la vida de la comunidad más amplia.

7.4.  La cuarta edad

532. La cuarta edad[96] se refiere a los últimos años de la edad adulta caracterizados por un declive biológico y cognitivo relacionado con la edad que conduce al “fiat” final de la vida. Es la etapa en que cesan los esfuerzos productivos, disminuye la fuerza y los signos de enfermedad, la vulnerabilidad y la necesidad de asistencia y cuidados se vuelven esenciales. La configuración a la agonía y muerte de Cristo toma una huella muy personal y única en el sufrimiento del misionero. Es el momento de imitar a Jesús que supo que había llegado el momento de dejar este mundo e ir al Padre, y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final[97].  Así, “cuando llega el momento de unirse a la hora suprema de la Pasión del Señor, la persona consagrada sabe que el Padre está llevando a cabo el misterioso proceso de formación que comenzó hace muchos años”[98]. El misionero espera y prepara su muerte como el “acto supremo de amor y de entrega”[99].

533.  El objetivo de esta etapa es ofrecer al claretiano una atención y un acompañamiento adecuados en los últimos años y días de su vida terrena, y ayudarle a vivir el misterio pascual en su vida concreta y a esperar la venida del Señor.

534. Puede ser necesario crear comunidades especiales, particularmente para aquellos que necesitan asistencia regular y cuidados intensivos que no pueden recibir en otras comunidades. Estas comunidades deben tener un proyecto comunitario realista. Además, hay que tener cuidado de nombrar a los superiores y al personal idóneo para tales comunidades[100].

535. Por parte del claretiano de la cuarta edad, esto implica:

Aceptar humildemente su propia fragilidad, enfermedad y mantener un corazón agradecido por las grandes cosas que Dios ha realizado en su vida. 

Dejarse llevar por el proceso de transfiguración con Cristo, para que los sufrimientos, pérdidas y fragilidades de esta etapa se conviertan en oportunidades para ser transformados por la gracia del misterio pascual.

Como Pedro, debe aplicarse a sí mismo las palabras del Señor: Cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará donde no quieras.

Preparar su última voluntad de acuerdo con nuestras normas para no dejar ningún asunto sin resolver después de su muerte.

Prepararse para decir como Jesús con la confianza en Dios como la de un niño, “está cumplido” y “en tus manos confío mi espíritu”.

536.   Por parte de la comunidad, esto significa que debería:

Apreciar con reverencia, amor y cuidado fraternal a los ancianos claretianos que están en los últimos años o días de su vida.

Ofrecerles toda la ayuda necesaria, acompañamiento amoroso, validación y apoyo para que no sufran desesperación, dolor y soledad.

Valorar los dones y carismas de los ancianos claretianos en el apostolado y la liturgia.

Ayudar a los ancianos claretianos a trascender la pérdida y las discapacidades para encontrar esperanza y sentido en Dios y en la vivencia de su vocación misionera.

Evaluar las necesidades espirituales de los ancianos claretianos frágiles y ayudarles a que sean atendidas eficazmente.

Asegurarse de que exista un último testamento legalmente válido para evitar que se dejen cuestiones injustificadas a la posteridad.

537. A medida que la longevidad se prolonga debido a los avances en la medicina y el tratamiento, el período de vida vivido en la enfermedad también suele prolongarse. En este contexto, hay que recordar que Dios llama a cada persona a “está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios[101], y esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad “última”, sino “penúltima”[102].  Sobre la base de este principio, debemos discernir la idoneidad de los tratamientos elegidos en los momentos críticos y evitar los excesos terapéuticos destinados a prolongar la vida a toda costa sin tener en cuenta el misterio de la vida después. Nuestro enfoque debe ser el de ofrecer una adecuada asistencia médica, presencia claretiana, calor fraterno y cercanía responsable en el acompañamiento de un misionero en los últimos días de su vida. Cuando un misionero es llamado al Padre, debemos ofrecer una liturgia significativa y orante de entierro apropiada para un misionero que ha sido fiel a su vocación hasta su último aliento[103].  

8. Situaciones particulares

8.1. Crisis durante la formación permanente

538. Los misioneros pueden pasar por una crisis en cualquier momento de su vida[104]. Todo desarrollo humano (incluido el espiritual) implica crisis y es necesario educar la capacidad de enfrentar las crisis de la vida con resiliencia. A veces las crisis no se producen y es necesario provocarlas con la intención formativa de despertar a la persona de su letargo espiritual y promover su crecimiento. Los momentos de crisis pueden ocurrir debido a factores externos (como cambio del lugar de trabajo, traslados, fracasos, críticas, etc.) o a factores personales (aridez espiritual, tentaciones de los agentes pastorales[105], enfermedades físicas o mentales, soledad, crisis de amor, fe y esperanza, así como los que tienen que ver con la identidad presbiteral / religiosa, etc.). Una crisis en la vida vocacional, si no se maneja positivamente como un momento de gracia y crecimiento, puede desestabilizar temporalmente el equilibrio vital del misionero y tener graves consecuencias. Una situación de crisis no debe conducir necesariamente al debilitamiento de la vocación, sino que puede servir como un aula de maduración de la vida y misión claretiana en la escuela del Espíritu Santo. Una crisis puede ser un lugar de encuentro con el Señor resucitado, como en el caso de los discípulos de Emaús[106], y desembocar en la renovación del entusiasmo misionero. Durante la formación continua, nuestros misioneros deben estar adecuadamente preparados para identificar y manejar las crisis de la vida a medida que vayan surgiendo en el transcurso de su camino. La vida comunitaria saludable, la corrección fraterna oportuna, el examen diario de conciencia, la dirección espiritual, el uso responsable de los medios de comunicación y el acompañamiento mutuo juegan un papel importante a la hora de afrontar las crisis de manera positiva.

539. Una crisis experimentada en los primeros años de formación continua puede estar relacionada con la falta de internalización de los valores de la vida consagrada. Tras la formación inicial, un joven misionero, en el contexto de la recién descubierta libertad en el ministerio, cuya vocación no se basa en un encuentro personal con el Señor resucitado y carece del apoyo de dinámicas espirituales regulares, del alimento de los sacramentos y de una vida disciplinada, puede tener dificultades para mantenerse centrado en Cristo y atento a la misión de la comunidad. Las decisiones basadas en gustos y disgustos no examinados a la luz del Espíritu pueden conducir a situaciones de crisis y afectar a la vivencia de los votos, al alcoholismo, a problemas persistentes en la vida comunitaria y a la pérdida de entusiasmo por la misión. Durante la crisis, suele darse la tendencia a actuar a la defensiva, negando el problema, ocultándolo o minimizándolo, y a esperar que desaparezca por sí solo[107]. A menudo, se interrumpe la comunicación. El misionero puede verse tentado de refugiarse en una melancolía silenciosa, buscar refugio en adicciones autodestructivas, expresar el estrés a través de arrebatos de enojo y constantes quejas o incluso cuestionarse la propia identidad misionera. Las crisis que requieren un anclaje vocacional exigen que uno vuelva a examinar las raíces de la crisis y se comprometa nuevamente con Cristo consciente y libremente, porque una vocación misionera no puede construirse sobre la arena[108].

540. Aunque las crisis pueden ocurrir en cualquier etapa de la vida, hay ciertos momentos que requieren especial atención. El misionero puede darse cuenta de que ha perdido su pasión por la misión y el fervor por el Señor cuando el entusiasmo inicial por el ministerio da paso a la monotonía de la rutina y a una sensación de soledad que a menudo tiene que ver con el conflicto de intimidad-aislamiento[109] propio de la vida adulta. Otro momento es la conocida como “crisis de la mediana edad”, durante la cual el misionero puede verse enfrentado al conflicto de no generar descendencia y el miedo al estancamiento[110]. A menudo, la tentación en tales crisis de desarrollo es evitar el conflicto recurriendo a soluciones rápidas, como refugiarse en enredos afectivos o buscar una forma de vida diocesana. Durante estos períodos, las crisis deben abordarse a través del auténtico discernimiento de los espíritus que hay detrás del deseo de cambio. Los superiores deben acompañar la formación continua de los misioneros, “no sólo ofrecerles ayuda para resolver eventuales problemas o superar posibles crisis, sino también estar atentos al crecimiento normal de cada uno en todas y cada una de las fases y estaciones de la existencia, de manera que quede garantizada esa «juventud de espíritu que permanece en el tiempo»”[111].

541. Cómo afrontar una crisis:

El misionero en crisis, sus hermanos y superiores, deben ser conscientes de que un momento de crisis, si se entiende y aborda adecuadamente, con la voluntad de aprender de la vida, puede y debe convertirse en una ocasión de conversión y renovación[112]. Lo más importante es enfrentarla juntos en el Espíritu de Cristo.

Tomar medidas para regresar a la “memoria deuteronómica de nuestra vocación”, a esos momentos luminosos en los que experimentamos el llamado del Señor a dedicar la vida a su servicio[113].

Los superiores y las comunidades deben ofrecer una presencia de apoyo y un amor comprensivo al misionero en crisis, acompañándolo pacientemente y alentándolo a estar tranquilo frente a una crisis e invitándolo a regresar al “amor primero” que le animó a hacer la profesión religiosa en la Congregación.

Nunca tomar ninguna decisión que cambie la vida cuando se está emocionalmente perturbado.

Discernir lo que el Señor está pidiendo a través de la crisis y cómo este tiempo se puede transformar en un momento de gracia y crecimiento. El discernimiento auténtico necesariamente debe involucrar a los Superiores y, cuando sea apropiado, también al asesoramiento de profesionales.

Practicar la oración de gratitud mediante el reconocimiento de todas las formas en que uno ha experimentado el amor, la generosidad, la solidaridad y la confianza de Dios, así como su perdón, paciencia, tolerancia y compasión[114].

Cuando una crisis implica una conducta inapropiada relacionada con los consejos evangélicos, debe abordarse seriamente de acuerdo con las normas de nuestro derecho, y del derecho de la Iglesia y la sociedad civil.

8.2. Conducta inapropiada relacionada con los consejos evangélicos

542. Cualquier conducta que sea incompatible con nuestra forma de vida daña a la persona misma, a los demás, a la Congregación y a la Iglesia. Debemos hacer todo lo posible para evitar que ocurran estos casos en cualquier espacio de nuestra Congregación mediante la introducción de un código de conducta adecuado y la implementación de medidas preventivas según el protocolo de la Congregación[115]. Debe haber programas de concienciación de los problemas importantes relacionados con diversas formas de abuso y el cultivo de las competencias necesarias para evitar que nuestros misioneros sean víctimas de vicios y diversas adicciones, especialmente en relación con el alcohol, la sexualidad, la pornografía y el mal uso del Internet. Debemos crear colectivamente un clima de credibilidad mediante el cultivo de valores como la responsabilidad, la rendición de cuentas y la transparencia en todos los niveles[116].

8.2.1. Conducta inapropiada en relación con el voto de castidad

543. No es fácil vivir con alegría la castidad consagrada en nuestra sociedad contemporánea. Las inconsistencias vocacionales y la integración inadecuada de los impulsos sexuales en el misionero comienzan a expresarse externamente en el contexto ministerial a través de algunos indicadores como el no respetar ciertos límites en las relaciones personales, llamadas telefónicas en momentos inapropiados, conversaciones obscenas, adicción a la pornografía, masturbación compulsiva e inapropiada conducta sexual. Los apegos afectivos desordenados se agravan por la falta de interés por la comunidad, la pérdida de interés en la oración (común y personal) y la falta de responsabilidad personal.

544. La formación continua debe enfocarse en profundizar la conciencia de los desafíos que implica vivir la castidad y preparar a los misioneros para afrontarlos de una manera madura. El secreto y la oscuridad son el caldo de cultivo de afectos desordenados que van más allá de los límites personales saludables y conducen a un comportamiento abusivo. Una cultura de transparencia y responsabilidad en comunidad, la corrección fraterna y la evaluación, así como el acompañamiento espiritual y psicológico, ayudan en el proceso de integrar las dimensiones afectivas y sexuales en la forma de vida que hemos elegido. El crecimiento y la integración tienen lugar cuando el misionero toma conciencia de sus fortalezas y debilidades y asume la responsabilidad de abordar sus problemas haciendo uso de los medios espirituales y psicológicos, especialmente los prescritos por nuestras Constituciones (oración diaria[117], retiro mensual, ejercicios espirituales[118], celebración frecuente del sacramento de la reconciliación[119], dirección espiritual y discernimiento comunitario[120], corrección fraterna[121], trabajo intenso y cuidado adecuado de la salud mental y física[122]).

a. Abuso sexual de menores y adultos vulnerables

545. El abuso sexual de menores[123] y adultos vulnerables[124] es un delito penal que causa graves daños a la vida de las víctimas. A menudo, el abuso sexual de menores y adultos vulnerables está relacionado con la estructura patológica de la persona que ha sido víctima de abuso y se ha convertido en parte de la cadena de un mal pernicioso muy extendido en la sociedad[125]. Por lo tanto, tanto la víctima como el victimario necesitan acompañamiento y apoyo para recuperarse del daño a sí mismos sin perjuicio de las implicaciones canónicas y legales sobre el abusador.

546. El abuso sexual de menores y adultos vulnerables es un abuso en cuatro niveles: abuso sexual, abuso de poder, abuso de confianza y abuso espiritual.

Es un abuso sexual porque implica un contacto sexual entre un adulto y un menor, lo que incluye tocamientos inapropiados de tipo sexual y exposición indecente. El riesgo de abuso mediante ciertos gestos o palabras provoca una revictimización, especialmente cuando el menor ha sufrido abusos anteriormente.

También es un abuso de poder porque el abusador ejerce su poder sobre el menor o adulto vulnerable como eclesiástico y como adulto, lo que hace indefenso al abusado. Este abuso implica que se explote la inferioridad y vulnerabilidad del abusado[126].

Es un abuso de confianza cuando lo cometen miembros de la Iglesia que las víctimas conocen y en quienes confían por su carácter sagrado y la credibilidad de la Iglesia.

Es un abuso espiritual porque el abuso de un menor o persona vulnerable por parte de un ministro ordenado o un religioso se equipara a una especie de incesto espiritual que genera violencia sobre el alma de la persona. Cuando el abuso es realizado por la persona mediadora de la fuente última, Dios, se despoja a la persona de su sistema espiritual orientado hacia Dios.

547. Dada la firme responsabilidad de la Iglesia en la formación de religiosos y sacerdotes a este respecto[127] los programas de formación continua deben incluir información adecuada y actualizada sobre aquellos temas relacionados con la violencia y posible explotación como, por ejemplo, las adicciones, el tráfico de menores, el trabajo infantil y el abuso sexual de niños o personas vulnerables. Los miembros de la Congregación que puedan estar implicados en casos de comportamientos inadecuados en relación al voto de castidad deben ser acompañados de forma apropiada, actuando con honestidad y celeridad, siguiendo las normas de los derechos civil y canónico, el protocolo de la Congregación y del Organismo Mayor respectivo.

548. Para asegurar la prevención de abusos y la protección de menores y adultos vulnerables, nuestros misioneros deberán prestar atención a:

Seguir el código de conducta descrito en el protocolo del Organismo Mayor para la protección de menores. Debe estudiarse personalmente y en grupo. Asimismo, se debe guardar en el archivo provincial una copia firmada por cada miembro.

La vigilancia y corrección mutua entre los miembros de la comunidad y del Organismo Mayor para evitar que se produzca cualquier abuso. Si alguien sabe que un misionero está sometido a una fuerte tentación o ha sido culpable de una falta grave, debe informar de inmediato a los superiores respectivos y ayudar a resolver el problema de inmediato mostrando preocupación por la verdad y por el bien de las personas afectadas. En estos casos se debe actuar con honestidad, discreción y caridad, respetando la privacidad y el derecho a la buena fama de las partes involucradas.

Para evitar malentendidos y posibles casos desafortunados de abuso, debemos trabajar en equipo en aquellas actividades que involucren a niños y adultos vulnerables.

Evitar cualquier tipo de abuso físico y verbal hacia los niños, así como conversaciones sexuales y bromas en su presencia, exhibición de material pornográfico o moralmente inapropiado, comunicaciones electrónicas sexualmente provocativas. Se debe evitar también proporcionar a los niños alcohol, tabaco o drogas.

Evitar expresiones inapropiadas de afecto entre los misioneros y los menores de acuerdo con las tradiciones y la cultura de cada lugar.

Observar las mejores prácticas descritas en el código de conducta en relación a los viajes con niños y jóvenes, su alojamiento y supervisión.

b. Abuso sexual en un contexto ministerial con fieles adultos

549. Los misioneros deben conocer las situaciones y expresiones de los abusos sexuales en el ejercicio de su ministerio. Deben tener en cuenta que se les confía el cuidado y el acompañamiento de las personas en sus respectivos ministerios y responsabilidades al servicio de las personas en el nombre del Señor. En el caso de una conducta sexual en la que estén involucrados un misionero y un adulto fiel, siempre hay una diferencia de poder (por ejemplo, párroco y fiel, formador y formando, director espiritual y dirigido, consejero y aconsejado, director y personal, etc.); por eso, se considera que hay abuso sexual, abuso de confianza y una violación de los límites relacionales. Tales comportamientos perjudican a las víctimas y a la institución, independientemente del posible consentimiento mutuo. Estos comportamientos requieren medidas correctivas apropiadas y rápidas. En el cuidado pastoral de las personas, nuestros misioneros deben:

Cultivar una nueva cultura del cuidado pastoral basada en la conversión, la transparencia, la sinceridad y la solidaridad con las víctimas, y atenta a todas las formas de sufrimiento humano, de modo que la cultura del abuso no tenga espacio para desarrollarse, y mucho menos para continuar[128].

Vivir la espiritualidad del discipulado para que, configurados con Cristo, aprendan a mirar a las personas a través de los ojos de Jesús y a amarlas con el corazón del Señor. Las actitudes y los sentimientos de Jesús les permitirán reconocer la imagen de Dios en el otro y usar el poder y la autoridad para servirlos con humildad.

Buscar una persona sabia de confianza para recibir dirección espiritual, orientación, acompañamiento y asesoramiento, compartiendo su camino personal con total confianza y apertura[129].

Evitar con prudencia los apegos exclusivos con personas particulares, las visitas inoportunas a personas que causen sospechas en otros, el envío de mensajes lascivos, etc., toda conducta que no sea Que no esté en consonancia con el cargo que ocupan.

Mantener los límites apropiados cuando en las relaciones propias del ministerio tengan que ofrecer apoyo, aliento, escucha y consejos a las personas que buscan consuelo para sus problemas. Esta distancia saludable protege al misionero de cualquier posible manipulación, de la dependencia emocional y material y la consiguiente vulnerabilidad de las personas que reciben ayuda. Por otro lado, es importante cultivar una relación sana, respetuosa y capacitadora con las personas para servirlas de manera efectiva.

Tener en cuenta las normas culturales del lugar donde se ejerce el ministerio con respecto al contacto apropiado y el contacto físico con personas de ambos sexos.

En el caso de las amistades heterosexuales, tomar conciencia de que la dimensión erótica de cualquier relación se intensifica por el secreto y la exclusividad. Es importante contar con otra persona, ya sea un director espiritual o un acompañante, para ayudar a discernir y mantener la relación congruente con la forma de vida elegida.

En el caso de una acusación de conducta sexual inapropiada con un adulto, debe seguirse el protocolo de la Congregación sin perjuicio de las leyes civiles del lugar.

c. Abuso de mujeres consagradas

550. Nuestros misioneros colaboran estrechamente con mujeres consagradas como colaboradoras en la misión. Es un testimonio de amor evangélico cuando se da una relación sana y mutuamente respetuosa entre hombres y mujeres consagrados que se ayudan a crecer en fidelidad al llamado de Dios y a cumplir su misión en la Iglesia. Sin embargo, hay también espacio para conductas y abusos sexuales inapropiados debido a la disparidad de poder y la dinámica psico-sexual entre personas célibes que mantienen un contacto cercano. Los factores de desarrollo también juegan un papel en el enamoramiento transitorio entre los jóvenes religiosos que están juntos en el mismo ambiente. Estos pueden llegar a una mayor madurez si abordan sus afectos con el acompañamiento adecuado de sus mentores. El abuso sexual de mujeres consagradas en cualquier forma (insinuaciones sexuales, sexo consensuado, violencia o violación) denigra la dignidad de las mujeres, traiciona la confianza y profana su consagración. Para cultivar una relación respetuosa y recíproca con las mujeres consagradas y promover la corresponsabilidad de la misión del Señor, debemos:

Abordar abierta y prudentemente todos los asuntos relacionados con el abuso de poder, el abuso sexual y los enredos afectivos que involucran a mujeres consagradas y a mujeres colaboradoras en nuestra pastoral.

Crear conciencia sobre las características espirituales y psicológicas, así como la naturaleza complementaria de las diferencias de género que juegan un papel en las relaciones personales de los célibes y su colaboración en el ministerio.

Aprender a respetar la dignidad de las mujeres y considerar a las mujeres consagradas como socios iguales al servicio del reino en una misión compartida. Apreciar asimismo las aportaciones de los talentos, roles y carismas complementarios de ambos sexos.

Informar sobre acusaciones de mala conducta, atenderlas con la debida seriedad y tomar las medidas apropiadas siguiendo el protocolo de la Congregación.

d. Comportamientos homosexuales

551. El respeto por la persona humana y el reconocimiento de la imagen divina inviolable en cada persona[130], independientemente de su orientación sexual, es fundamental para el acercamiento de la Iglesia a los problemas humanos. Sin embargo, esto no implica aceptar comportamientos incompatibles con la propia vocación. Si bien la Iglesia sostiene que debe hacerse una distinción entre una tendencia que puede ser innata y los actos de homosexualidad que son intrínsecamente desordenados y contrarios a la Ley Natural[131], considera que las personas con “tendencias homosexuales profundamente arraigadas” no son aptas para el sacerdocio y la vida religiosa[132].

552. Los comportamientos homosexuales se vuelven aún inaceptables, cuando tienen lugar en el contexto del ministerio pastoral o la formación de misioneros o laicos. La pertenencia a clubes gay, la participación en movimientos gay y la visita a sitios web gay son incompatibles con nuestra forma de vida. No debemos permitir que en el ambiente claretiano crezca una cultura gay[133] que también causa facciones y coaliciones encubiertas, y erosiona nuestra vitalidad misionera en la Iglesia. Siguiendo las instrucciones de la Santa Sede y de nuestra Congregación, debemos tener programas para ayudar a nuestros misioneros en la integración continua de su sexualidad y afectividad a medida que avanzan en la vida.

8.2.2. Conducta inapropiada relacionada con la pobreza

553. Los bienes temporales de la Congregación, fruto de nuestro trabajo y la caridad de los fieles, son medios necesarios para nuestra vida y misión y nuestro servicio a los pobres[134]. Debemos administrarlos como custodios responsables con responsabilidad y transparencia, de acuerdo con las normas de la Iglesia y la Congregación[135].

554. Cuando los misioneros se enamoran del dinero y la riqueza y los usan por su cuenta sin seguir nuestras normas, van en contra del voto de pobreza y perjudican a la Congregación y a los pobres. Lo que inicialmente aparece como pequeñas concesiones y componendas con el voto de pobreza se convierte en graves trastornos en la vida religiosa, incluso hasta causar grandes escándalos financieros. El misionero que es víctima del ansia de obtener ganancias económicas no trabajará de manera decidida por la gloria de Dios. La codicia, que es el peor de los vicios, le costaría su credibilidad ante la gente[136]. A menudo, el abuso de dinero va ligado a otros actos pecaminosos.

555. Los ecónomos y aquellos que administran los bienes de la Congregación deben ser conscientes de sus propias inclinaciones contra el espíritu de pobreza y llevar a cabo su tarea en dependencia y bajo la dirección de sus respectivos superiores[137]. Las conductas impropias en relación con el voto de pobreza tienen lugar de diferentes maneras:

Mantener el dinero no contabilizado, negarse a remitir estipendios, remuneraciones / sueldos y donaciones, etc., a la comunidad y gastarlos por cuenta propia sin la aprobación de los superiores.

Gastos personales excesivos, viajes sin la autorización de los superiores y vivir un estilo de vida como si los pobres no existieran[138].

Favorecer la compañía preferente y exclusiva de personas ricas en nuestras fiestas, tiempo libre, visitas, viajes, etc.

Gestión de fondos o bienes de los cuales uno está a cargo, sin realizar las debidas consultas, sin obtener los permisos de los superiores respectivos y sin proporcionarles a tiempo la información oportuna.

Uso indebido de los fondos recibidos para proyectos específicos o gastos en otros proyectos.

Pedir prestado dinero o tomar préstamos sin la autorización de los superiores.

Tener cuentas bancarias y propiedad de bienes que no sean bienes patrimoniales[139] o adquirir posesiones (edificios, vehículos, etc.) a nombre propio sin la autorización de los superiores.

Desvío de fondos congregacionales, sin el discernimiento adecuado y el conocimiento y aprobación de los superiores, para brindar apoyo económico a otras personas con las que hay vínculos afectivos, incluida la propia familia y los parientes.

Actuación de los ecónomos por su cuenta sin dar cuenta a sus Superiores.

Inversiones no éticas buscando solo el mayor beneficio.

Los superiores y los ecónomos a todos los niveles que realizan operaciones financieras y usan los recursos de la Congregación sin la debida consulta y discernimiento.

556. Las comunidades y los Organismos Mayores van en contra del espíritu de pobreza de diferentes maneras, como, por ejemplo:

No teniendo en cuenta a los pobres y necesitados en la planificación y administración de nuestros bienes.

Pasando por alto la enseñanza social de la Iglesia al tratar con los empleados.

Comunidades capitalizando sus ingresos sin presentar las cuentas reales a los Superiores Mayores o gastando, sin permiso, el dinero excedente sin permiso.

Haciendo inversiones non éticas para obtener más ganancias.

Los Organismos Mayores que no tienen en cuenta las necesidades de las otras partes de la Congregación, independientemente de su situación financiera.

557. Las comunidades y las Provincias deberían alentar a los miembros a dar testimonio de una vida de pobreza basada en el carisma congregacional, la vigilancia, la transparencia y la responsabilidad[140]. También hay trastornos psicológicos relacionados con el uso del dinero, como el gasto compulsivo, el juego patológico, la infidelidad económica y la generosidad irresponsable. Cuando tales trastornos se den de forma crónica en un misionero, se requerirá ayuda profesional. Cuando se produzcan conductas inapropiadas en el uso de fondos o una administración irresponsable de los bienes de la Congregación, se deben aplicar de inmediato las sanciones canónicas correspondientes.

8.2.3. Conducta inapropiada relacionada con el voto de obediencia

558. A través de la profesión religiosa, el misionero le ha ofrecido a Dios la capacidad libre de organizar el curso de su vida y se ha comprometido a obedecer a sus superiores legítimos en asuntos relacionados con la vida de nuestro Instituto[141]. Sin embargo, la falta de madurez religiosa, los problemas psicológicos no resueltos en relación con las figuras de autoridad, el falso orgullo y las necesidades frustradas del propio ego pueden empujarlo a comportamientos arrogantes y agresivos hacia los superiores. Por otra parte, la falta de diálogo, la incapacidad de recibir críticas y comentarios, la venganza y la mentalidad autocrática en los superiores pueden llevarlos a abusar del poder y de la autoridad causando daño a los demás.

559. Hay muchas situaciones en las que el misionero tiene que aprender sufriendo a obedecer[142], siguiendo el ejemplo de Cristo que abrazó la “insensatez” de la cruz[143], cuando la decisión de un superior no tiene sentido para él[144]. El sentido de obediencia a Dios y por Dios “da fuerza para echar las redes basados en su palabra”[145] y no solo en motivaciones exclusivamente humanas”[146]. La obediencia se convierte en una experiencia liberadora cuando se ve reforzada por las capacidades de escucha, diálogo, comunicación compasiva y las virtudes que Claret recomendó a sus misioneros, especialmente la humildad, la mansedumbre y la mortificación[147].

560. La conducta inapropiada relacionada con el voto de obediencia ocurre cuando un misionero:

No se coloca a sí mismo, su tiempo y recursos libremente y con alegría al servicio de la Congregación y la Iglesia, y vive solo para sí mismo.

Se niega a aceptar destinos y no está abierto a ser enviado en misión por superiores legítimos.

Acepta responsabilidades y cargos en la sociedad civil sin consultar u obtener la aprobación de los superiores.

Realiza estudios especializados o apostolados por su cuenta sin el debido permiso.

Se permite desobedecer al superior cuando está en desacuerdo con él o porque no le gusta su estilo de funcionamiento.

Está ausente de la comunidad sin razones de peso y sin la aprobación de los superiores.

Vive una vida muy independiente sin tener en cuenta el trabajo en equipo o la vida fraterna en comunidad. Acepta ministerios sin considerar el proyecto comunitario y sin consultar con el superior.

No ejerce la responsabilidad como superior para confrontar a un hermano cuyo comportamiento hiere o daña a otros.

Actúa de manera autocrática en el papel de superior en asuntos importantes sin ningún proceso de discernimiento de la comunidad (en reuniones de consejo y plenarias).

561. En los casos de mala conducta reiterada y grave de un misionero en relación con el voto de obediencia, los hermanos y superiores deben estar alerta a las señales de su deterioro espiritual y psicológico y buscar medidas adecuadas para evitar daños a los demás y a la persona misma. El silencio y la complicidad de los hermanos solo sirven para empeorar la situación. En caso de cualquier comportamiento criminal o mala conducta con implicaciones legales, se deben seguir estrictamente las normas civiles y eclesiásticas.


[1] Cf. VC 69; CC 56.

[2] Cf. PI 68; 2F 27.

[3] Cf. PDV 70-71; VNON 16, 35a.

[4] VC 69.

[5] Cf. CIC 661; CF, pp. 10-13.

[6] CC 5.

[7] SP 22.

[8] Cf. PI 66, 68; CPR 67.

[9] Cf. CPR 77-78, 83; MS 60.

[10] Cf. Dir 148; 1F 143-144; 2F 27-29.

[11] Cf. CPR 49.

[12] Cf. VC 69-70.

[13] Cf. 2F 27; PI 67.

[14] Cf. CPR 49.

[15] Cf. CDC 1.

[16] Cf. PI 67.

[17] PI 67.

[18] Cf. CPR 54; SP 14. 

[19] Cf. Aut 113-120.

[20] Aut 687; cf. Lc 4,18.

[21] Cf. CPR 30, 70; SP 22.

[22] Cf. CC 51; CPR 49-50, 67.

[23] Cf. Oración Colecta del III Domingo de Pascua.

[24] Cf. MR 11; PI 67.

[25] Cf. MCH 134, 137; CPR 46, 72; EMP 51-52.

[26] Cf. MCH 147-151.

[27] Cf. MCH 148.

[28] Cf. CC 56.

[29] PDV 70.

[30] Cf. MCH 137; CPR 28.

[31] MCH 201; cf. HAC 1-2.

[32] Cf. SP 4; EMP 57.

[33] CCTT, p. 582.

[34] Cf. Clotet, J., Notas para los Anales de la Congregación AG:CMF: GC 11.4.

[35] Cf. CC 56; Dir 144.

[36] EMP 34.

[37] Cf. 2F 26-30; CPR 27-31; SP 22;HAC 44-46.

[38] Cf. CPR 49.

[39] Cf. 2F 27; CPR 65.

[40] Cf. CPR 67.

[41] Cf. CPR 68; SP 13.1, 14.1, 16.1, 22, 22.1; MS 20.

[42] Cf. CPR 29, 70.

[43] Cf. Dir 147.2c; CPR 30, 71; SP 13.1; HAC 55.8.

[44] Cf. CPR 68, 69.

[45] CPR 67; cf. MS 75.8.

[46] Cf. CPR 49, 60; HAC 56.

[47] Cf. CIC 661; CC 104.4; PI 66.

[48] Cf. MR 26; PI 66, 71; CPR 67.

[49] Cf. SP 22.1.

[50] Cf. PI 71; 2F 30.

[51] Cf. PGF, cap. 6.

[52] Cf. PI 66; CPR 69.

[53] Cf. SP 13.1, 14.1, 15.1.

[54] SP 16.1; cf. PQTV 12-13.

[55] Cf. CC 34, 37; SP 14.1, 15.1, 15.2, 16.1, 16.2; Discurso del Papa al XXI Capítulo General:  Annales 60 (1991), 139-140; HAC 59; MS 42-45.

[56] Cf. VC 95; CC 35: Dir 84-85.

[57] CPR 67; SP 13.3; HAC 55.

[58] Cf. CC 54; Dir 142; CPR 56; SP 13.3; PI 63, 71.

[59] Cf. CPR 61.

[60] Cf. CC 56; Dir 145.

[61] Cf. Dir 147-149.

[62] El día anual del Organismo Mayor hace referencia al día elegido por el mismo (día patronal o un día especial claretiano) para celebrar la fraterna comunión de diferentes maneras como convivencias, aniversarios, celebraciones litúrgicas, etc.  

[63] Cf. Dir 255; Her 33.

[64] Cf. Dir 149.

[65] Cf. Dir 149; CPR 69; SP 22.1; MS 74.1-7.

[66] Cf. Dir 245.

[67] Cf. CIC 819.

[68] Cf. Dir 247.

[69] Cf. Dir 236.

[70] Cf. RFIS 79-82.

[71] Cf. CPR 68.

[72] Cf. PI 70; RFIS 80-87.

[73] Cf. VC 70; CIC 279; PI 70; SP 22.2; EMP 35.

[74] Cf. VC 70.

[75] Cf. PDV 76.

[76] Cf. SP 22.1; HAC 55.7.

[77] Cf. PI 68.

[78] Cf. CPR 56.

[79] Cf. OSG 252ff.

[80] Cf. SP 22.2; IPM 35.

[81] Cf. CIC 279.

[82] Cf. 1F 143-144.

[83] Cf. VC 70.

[84] Cf. PI 70; PDV 77.

[85] VC 70.

[86] Ibid.

[87] Cf. HAC 55.5.

[88] Hay variaciones en la edad de jubilación según el país y la profesión. Las profesiones seculares en muchos países suelen conocer la edad de jubilación a los 65 años. En el contexto eclesial, la edad de jubilación para la enseñanza es de 70 años y para los párrocos 75 (Can 538 §3). El término tercera edad se aplica aquí al grupo de edad que va de los 65 a los 85 años, en el que las personas siguen activas y pueden contribuir positivamente a la misión de la Congregación.

[89] Cf. PDV 77; SP 12.2.

[90] Cf. Gén 11,10-32.

[91] Francisco, Discurso a los participantes en el Congreso Internacional ‘La riqueza de los años’, 31 de enero de 2020.

[92] A continuación se mencionan algunos ejemplos. Se puede consultar el Año Claretiano en las fechas que se indican entre paréntesis: Alcides Fernández (18 de enero); Joan Sidera (16 de febrero); Ramón Genover (20 de febrero); Joaquín Bestué (17 de marzo); Franz Dirnberger (12 de abril); Luis Ignacio Andrade (30 de diciembre).

[93] Cf. EG 108; CV 193, 201.

[94] Cf. VC 70; CC 45.

[95] Cf. Dir 51.

[96] La cuarta edad se define mejor por el declive funcional, que requiere asistencia externa para cuidar del funcionamiento normal de la persona, aunque cronológicamente la cuarta edad se considera generalmente como más de 85 años. Sin embargo, los factores culturales, sociales y económicos tienen un gran impacto en la longevidad.

[97] Jn 13,1.

[98] Cf. VC 70.

[99] Ibid.

[100] Cf. Dir 52.

[101] EV 2.

[102] EV 2.

[103] Cf. CC 19.

[104] Cf. CC. 53.

[105] El Papa Francisco señala las tentaciones de “mayor individualismo, una crisis de identidad y un enfriamiento del fervor” en los trabajadores pastorales. También alude al relativismo práctico, el egoísmo y la pereza espiritual, el pesimismo estéril, la mundanalidad espiritual, el clericalismo y la crisis de la comunidad que debilitan la vitalidad de los trabajadores pastorales. (Cf. EG 78-109).

[106] Cf. Lc 24,13-35.

[107] Cf. AL 232-240. El Papa habla de la crisis de la familia que es relevante también para la vida consagrada.

[108] Cf. Mt 7,26.

[109] Es la sexta etapa del desarrollo psicosocial de Erik Erikson. En la vida religiosa es un período de consolidación de una sólida espiritualidad de la vida consagrada centrada en la persona de Cristo.

[110] Este período marca la séptima etapa del desarrollo psicosocial, que abarca desde los 40 hasta mediados de los 60.

[111] SAO 13g.

[112] Cf. RFIS 96.

[113] Cf. Francisco, Carta a los Sacerdotes en el 160 aniversario de la muerte de Cura de Ars, 4 de agosto de 2019.

[114] Ibid.

[115] El Gobierno General aprobó el documento “Vademécum de los misioneros claretianos. Manual para la Protección de Menores y Adultos Vulnerables y Protocolo para la Prevención e Intervención ante un Delito de Abuso Sexual” el 25 de noviembre de 2019 que entró en vigor el 1 de enero de 2020.

[116] Cf. Matthew Vattamattam, En salida por el camino del Fundador, (marzo de 2019).

[117] Cf. CC 37.

[118] Cf. CC 52.

[119] Cf. CC 38.

[120] Cf. CC 54.

[121] Cf. CC 55.

[122] Cf. CC 22, 57.

[123] Un menor es cualquier persona con una edad inferior a dieciocho años o legalmente equiparada a ella. Cf. VELM §2a;  Can. 97§1.

[124] Una persona vulnerable es cualquier persona en estado de enfermedad, de deficiencia física o psicológica, o de privación de la libertad personal que, de hecho, limite incluso ocasionalmente su capacidad de entender o de querer o, en cualquier caso, de resistir a la ofensa. Cf. VELM§2b.

[125] Cf. Francisco, Discurso de clausura de la cumbre sobre la protección de los menores en la Iglesia, (24 de febrero de 2019).

[126] Ibid.

[127] Cf. RFIS 202.

[128] Cf. Francisco, Carta a los sacerdotes con motivo del 160 aniversario de la muerte de Cure de Ars, (4 de agosto de 2019).

[129] Cf. Francisco, Carta a los sacerdotes con motivo del 160 aniversario de la muerte de Cure de Ars, (4 de agosto de 2019).

[130] Cf. Catecismo de la Iglesia Catolica, 1700.

[131] Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad Humana: Verdad y Significado, Orientaciones educativas en familia, no. 104 (8 de diciembre de 1995).

[132] Cf. Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las Órdenes sagradas, no. 2 (4 de noviembre de 2005);  RFIS, 199.

[133] La “cultura gay” indica los valores e intereses compartidos por un grupo de personas basados en su identidad homosexual.

[134] Dir 518.

[135] Dir 520.

[136] Cf. MI 21.

[137] Dir 542.

[138] Cf. MS 49; EG 80.

[139] Cf. Dir 519.

[140] Cf. CIVCSVA, Carta Circular Líneas orientativas para la gestión de los bienes en los Institutos de vida consagrada y en las Sociedades de vida apostólica (2 de agosto de 2014); Economía al servicio del carisma y de la misión, no. 2-4 (12 de diciembre de 2017).

[141] CC 28.

[142] Heb 5,8.

[143] Cf. 1 Cor 3,18-19.

[144] Cf. SOA 10.

[145] Cf. Lc 5,5.

[146] Cf. SOA 11.

[147] Aut 340, 372, 390.