Capítulo 2 : El proceso de configuración con Cristo Misionero

Introducción

61. El objetivo fundamental de nuestra formación, la unión y configuración con Cristo según el carisma claretiano, es un proceso transformador[1] que nos impulsa a contemplar asiduamente a Cristo y a imitarlo, penetrados de su Espíritu, hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Cristo quien realmente viva en nosotros[2]. Sólo de este modo seremos válidos instrumentos del Señor para anunciar el Reino de los cielos[3]. Este proceso de configuración comienza por la experiencia gratuita de la llamada vocacional que nos consagra para una dedicación total a Dios y a su Reino, nos introduce en la comunión de todos los convocados y reclama de nosotros una respuesta fiel para llevar a cabo la misión de Jesús. Consagración, comunión y misión son, pues, tres dimensiones complementarias de nuestra única vocación a la unión y configuración con Cristo. Tratamos de alcanzar esta unión a través de la entrega total a Dios, expresada en los votos de castidad, pobreza y obediencia. La alcanzamos también y la expresamos por medio de algunas virtudes según nuestro carisma en la Iglesia[4].

1. La experiencia vocacional como

    punto de partida

62. La experiencia vocacional comienza con el encuentro con Jesús que vive en y entre nosotros[5]. La experiencia de sentirnos bendecidos por Dios[6], de ser mirados y queridos personalmente por Jesús[7] y de ser ungidos por el Espíritu[8] es la que nos impulsa, como a nuestro Fundador, a estar en las cosas del Padre[9], a buscar siempre su gloria[10] y a sentirnos urgidos por el amor de Cristo[11] para anunciar la buena nueva a los pobres[12].

63. La vocación es una alianza[13] que hace de nuestra vida un diálogo constante con el Dios que nos llama y nos consagra totalmente a Él. Esta relación personal, vivida en la obediencia de la fe, en la apertura de la esperanza y en la fuerza del amor, es el fundamento de la vida misionera. Por eso debe informar nuestra vida entera en la más íntima comunión con la Iglesia[14].

64. El llamamiento de Dios, que se da en el origen de la consagración religiosa y de nuestro itinerario formativo, sólo se explica por el amor que Él tiene a la persona llamada. Este amor es absolutamente gratuito, personal y único[15]. Ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu[16]. Es el don primero y más necesario, por el que nos configuramos como verdaderos discípulos de Cristo[17]. La experiencia vocacional consiste, pues, en el don del amor, el único que no pasa nunca[18] y el más necesario para un misionero[19].

65. Por eso, debemos pedirlo insistentemente y estar convencidos de que el Padre concede siempre su Espíritu a los que se lo piden[20]. Sólo si acogemos y hacemos vida este don podemos arder y abrasar por donde pasamos[21].

66. La llamada a seguir a Cristo abarca toda nuestra persona[22] y exige de nosotros una respuesta en fe y amor. La fidelidad vocacional brota de una fe viva, la misma que inflamó a los Profetas, Apóstoles y Mártires y la que movió a muchos predicadores de la divina palabra a abrazar con ánimo alegre la pobreza, la abnegación y el sacrificio para dilatar el Reino de Cristo[23]. Implica también un amor que se entrega totalmente y sin reservas. Únicamente este amor de carácter nupcial y que abarca toda la afectividad de la persona permitirá motivar y sostener las renuncias y las cruces que necesariamente encuentra quien quiere perder su vida por Cristo y por el Evangelio[24].

2. La comunidad como expresión

     de la convocación misionera

67. Hemos sido llamados personalmente por Jesús para vivir en comunión con Él y con los demás convocados, para compartir su estilo de vida y su destino[25], para ser signo de la comunión inaugurada por Él. Esta comunión encuentra su raíz última en el multiforme y rico conjunto de relaciones que brota de la Trinidad y se prolonga en la comunión de la Iglesia, entendida como sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano en Cristo[26]. La llamada de Dios, aunque es siempre personal, se hace también vocación comunitaria, pues cada uno ha sido llamado para formar con los otros una sola alma y un solo corazón[27]. Antes que tarea humana, esta comunión es siempre un fruto del Espíritu[28] e imagen de la Santísima Trinidad.

68. Para nosotros, como para nuestro Fundador, la comunidad misionera tiene su principio en el Dios que nos comunica un idéntico espíritu[29] para que, viviendo una vida perfectamente común y apostólica[30], lleguemos a ser uno como el Padre, el Hijo y el Espíritu, a fin de que el mundo crea[31]. Esta comunión se edifica cuando nuestra vida está informada por el amor que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones.  La vida fraterna se realiza plenamente en la eucaristía, signo de unidad y vínculo de caridad. Se alimenta también en la oración, se fomenta con un estilo de vida familiar que asume y armoniza los valores y carismas de cada uno y se expresa en la participación en el gobierno y en la ordenación de la comunidad[32]. Se perfecciona también con el sacramento de la reconciliación, que nos devuelve la paz con los hermanos[33]. La comunión expresada y fortalecida en la comunidad misionera es esencial para nosotros, hasta el punto de que la iniciación del claretiano no es posible sino en el seno de una comunidad[34],que es nuestra primera palabra misionera[35].

3. La misión como clave formativa central

69. ¡Somos misioneros! La Misión pertenece a nuestra identidad más profunda[36]. La misión es el núcleo de nuestra vocación[37]. Puesto que formamos en la Iglesia un Instituto verdadera y plenamente apostólico[38], la misión, entendida como servicio misionero de la Palabra, ha de estar presente en todo el proceso formativo. Esta afecta a la persona entera en lo más íntimo. Implica un modo de ser, de actuar y de significar[39] en relación con Dios, con la propia comunidad y con las personas a las que somos enviados. Debe impregnar, por eso, toda nuestra personalidad de consagrados y ser vivida desde las diversas dimensiones: corporal, afectiva, intelectual, moral, espiritual, carismática, comunitaria, apostólica y ecológica. En efecto, desde la experiencia de Claret, misionero apostólico en todos los momentos y ámbitos de su vida, la palabra misionero tiene para nosotros, un sentido integral: comunidad de vida con Jesús y en Jesús, y vivencia efectiva de los llamados consejos evangélicos en el anuncio del Reino o evangelización[40].

70. En la formación para la misión hay que articular bien teoría y praxis, a través de todas las etapas, teniendo en cuenta de manera particular las exigencias, opciones y sujetos preferenciales de nuestra misión[41]. Debemos integrar, por un lado, el cultivo de las disciplinas teológicas, el conocimiento del mundo y de los hombres y el aprendizaje de las técnicas de apostolado[42] y, por otro, la realización de experiencias apostólicas formativas[43], incluso fuera del ámbito del propio Organismo de adscripción. Así se favorece la capacitación para la acción apostólica directa y el crecimiento de todos aquellos dinamismos de la personalidad necesarios para desempeñar la misión con madurez y espíritu universal.

71. La formación claretiana ha de buscar en María los rasgos identificadores del verdadero misionero: capacidad contemplativa, adhesión profunda a Jesús, caridad pastoral y misericordia frente al hombre en miseria, disponibilidad, identificación con los pobres de este mundo, fortaleza ante la cruz y la muerte, inquebrantable esperanza, transparente comunicación de la Palabra[44].

4. Los votos religiosos

72. Nuestra existencia misionera consiste en representar en la Iglesia la virginidad, la pobreza y la obediencia de Cristo, dedicados a la predicación del Evangelio[45], de tal modo que laconsagración se convierte para nosotros en laprimera forma de evangelizar[46]. Así expresamosnuestra donación total a Dios, bien absoluto[47]. El Fundador vivió intensamente esta unión con el Señor, al imitar la vida de losapóstoles, siguiendo, como ellos, a Cristo, en completaabnegación, para el anuncio del Evangelio[48].

73. La vivencia fiel de los votos se hace posible cuando, sostenidos por el don vocacional, nos preocupamos por crecer en madurez humana, vida de fe, sentido de comunión y misión. En esta perspectiva nos orientan las Constituciones[49]. Una formación adecuada no sólo ha de prestar atención a los contenidos humanos y a la dimensión teológica, apostólica y comunitaria de los votos; requiere también cuidar la práctica concreta y la vivencia de sus exigencias.  El estilo de vida que surge de los consejos evangélicos supone una ascesis y una continua conversión, pero va más allá de la simple renuncia, para constituir al consagrado en hombre libre y disponible para Dios y para los hermanos, a semejanza de Cristo[50]. Ello supone vivir como consagrados dentro de la Iglesia, siendo testigos y anunciadores de que el Reino de Dios ha llegado, crece y llegará a plenitud en la última venida de Cristo, a quien esperamos[51]. Hemos de esforzarnos por lograr la unidad de vida entre consagración y misión, oblación a Dios y entrega a los hermanos, alabanza y servicio[52].

4.1. Castidad

74. El carisma de castidad que recibió nuestro Fundador estaba orientado a su vocación de evangelizador[53], a la que tenía que entregarse con una dedicación total y una liberación plena. Por la castidad consagrada la configuración con Cristo llega a ser transparencia suya. Él quiere poseer todo nuestro corazón, cuerpo y alma, a fin de que la gente no vea en nosotros nada del hombre viejo sino a Jesús[54].

75. La castidad consagrada es un don que se recibe con alegría y se cultiva con ahínco mediante la aceptación consciente de este don y la celebración del amor trascendente propio del celibato (intimidad con Cristo y amor centrado en Cristo para los demás). Esto es fundamental para establecer límites personales saludables en las muchas relaciones que forman parte necesaria de nuestra vida y misión. La consagración total y exclusiva con Cristo a las cosas del Padre, la causa del Reino, el don del Espíritu y el ejemplo de María en la vivencia del don son el fundamento de la castidad claretiana[55]. Manifiestan la gloria en la debilidad y se convierten en fuente de comunión fraterna y de fecundidad apostólica.

76. La castidad del claretiano es:

Misionera: nos permite darnos con total disponibilidad al Reino de Dios[56].

Testimoniante: expresa un modo intensamente evangélico de amar, como Cristo y como María, al Padre y a los hermanos[57].

Profética y escatológica: vivida en amor desprendido y, a la vez, entregado, sirve de instancia crítica al erotismo, a la comercialización del sexo, a la visión hedonista y egoísta de la vida[58]y alienta en toda la esperanza de la vida futura[59].

77. Las exigencias de nuestra misión y el hecho de que la observancia de esta castidad afecta a las más profundas inclinaciones de nuestra naturaleza[60], hacen indispensable el desarrollo de:

La madurez espiritual, que se apoya en una fe profunda y en un amor ardiente y apasionado, como Claret, a Cristo[61], a la Virgen y a la Iglesia, y es garantía de victoria en las tentaciones[62].

La madurez afectiva, que nos permita, por un lado, integrar la sexualidad en un amor oblativo y universal, con normalidad, sin miedos ni inhibiciones[63] y, por otro, desarrollar la capacidad de colaborar con todos, hombres y mujeres, en la práctica apostólica[64]. Esta madurez comporta un conocimiento adecuado de la sexualidad masculina y femenina con sus diversas connotaciones, y de la propia sexualidad personal; la adecuada integración de las experiencias pasadas; la verbalización de los sentimientos, problemas, crisis; la prudencia en el uso de los medios de comunicación social y unas relaciones auténticas y saludables con todas las personas.

La capacidad de amor personal, tanto por lo que se refiere al amor comprensivo de los otros como al recto amor a uno mismo: respeto, aceptación y valoración adecuada de sí; debido control en el plano sexual y afectivo; preocupación por la integración y desarrollo armónico de los dones y capacidades[65]. También es necesario conocer los limites propios de cada relación para cuidar la integridad de las personas implicadas y mantener esta relación sana.

78. La pedagogía de la castidad[66] implica:

Amar y recibir con gozo el don concedido. La castidad representa un signo de elección y confianza de Dios en nosotros.

Cultivarlo y vivir fielmente todas sus implicaciones. La confianza en Dios genera confianza en nosotros mismos para cumplir nuestros compromisos. Esta confianza debe prevalecer sobre las dificultades internas o externas que se nos presentan y que nos imponen ciertas renuncias[67].

Practicar algunos medios: la intensificación de la relación con Dios, la devoción filial a María, el cultivo de la amistad y de la vida comunitaria, el evitar los peligros, la ocupación asidua, la prudencia pastoral y profesional, el buen uso de las nuevas tecnologías de comunicación social, el cuidado por la salud física y espiritual, el discernimiento y el acompañamiento personal, tanto espiritual como psicológico[68].

4.2. Pobreza

79. La pobreza fue para nuestro Fundador una exigencia de su vocación misionera. Seguía e imitaba a Jesucristo pobre, conforme al Evangelio, como la mejor manera de configurarse con su misión evangelizadora[69], de dar credibilidad a su ministerio[70] y de hacer frente al afán de riquezas que existe en el mundo[71].

80. El motivo por el que profesamos de por vida la pobreza evangélica está en Cristo: en su persona, en su conducta y en su doctrina[72]. Su forma de vida expresa que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor[73], de solidaridad con la humanidad[74], de compromiso total con la misión[75] y de una opción preferencial por los pobres y oprimidos[76]. Encontramos también esta forma de vida en María, la primera entre los pobres del Señor, y en los apóstoles, que, para seguir al Señor, lo abandonaron todo.

81. Los rasgos que más definen el estilo de pobreza claretiana son:

La confianza filial en el Padre, que nos hace buscar, ante todo, el Reino de Dios y su justicia[77].

La comunión de bienes como expresión del amor fraterno.

Un estilo de vida sencillo, sobrio, sensible y acorde al contexto de cada lugar.

La comunión de bienes, tanto materiales como espirituales, con los pobres y en su servicio.

La solidaridad con los que sufren la miseria, la injusticia, la opresión, la falta de voz para defender sus derechos, hasta llegar a identificarnos con ellos[78] como una Congregación pobre y para los pobres[79].

El desprendimiento exigido por nuestra vida misionera[80].

El testimonio colectivo como signo de credibilidad[81].

82. Para lograr que seamos misioneros verdaderamente pobres, de hecho y de espíritu, debemos asimilar la propia naturaleza de la pobreza evangélica. Esta se concreta en:

Procurar evitar todo lo que es contrario a ella: retener, adquirir, usar cosa alguna como propia.

Afrontar la tendencia a la mundanidad espiritual[82].

Practicar la ley común del trabajo.

Compartir la condición de los pobres.

Alegrarnos cuando experimentemos sus efectos[83].

Vivir con simplicidad.

Cuidar los bienes comunitarios.

Acoger, escuchar, acompañar y cuidar a los más frágiles de la tierra[84].

Inspirar nuestras empresas apostólicas en la búsqueda de un mejor servicio al Evangelio y no en intereses materiales[85].

Salir hacia las periferias de pobreza, exclusión y descarte, con actitudes de misericordia, compasión y profetismo[86].

Asumir y secundar la doctrina social de la Iglesia en la realidad local[87].

Adquirir los conocimientos elementales de economía y administración[88].

83. Las exigencias de nuestra misión y el hecho de que la práctica de la pobreza afecta a esa inclinación profunda de nuestro ser que es el afán de tener, hacen indispensable el desarrollo de:

La madurez espiritual adecuada para centrar nuestra vida en Jesucristo pobre, contemplado, amado y seguido[89]. La fuente de una auténtica solidaridad y de una verdadera opción por los pobres, brota de un corazón pobre que sigue a Jesucristo pobre.

La primacía del ser sobre el tener. Hemos de ser más teniendo menos y cuestionándonos si lo que decimos necesitar lo necesitamos verdaderamente[90]. Muchas veces, la decadencia del celo misionero comienza con el amor hacia el dinero, el apetito de poseer; después viene la vanidad y al final, el orgullo y la soberbia[91]. La formación para vivir la pobreza implica potenciar la capacidad de distinguir entre las necesidades vitales y los deseos vanos y optar por las renuncias que nos hagan más libres para la misión.

El amor y servicio a los pobres. No se puede ser claretiano como si los pobres no existieran[92]. La relación personalizada con ellos, que son presencia vicaria del Señor[93], es esencial al discípulo de Cristo. Una formación sin esta clara referencia no tendrá alma evangélica[94].

84. La pluralidad de formas de comunidades insertas en ambientes populares y periféricos, o cercanas a dichas realidades, son expresión significativa de la “opción preferencial por los pobres”, porque no es suficiente trabajar para ellos, sino que es preciso vivir con ellos y, en cuanto sea posible, como ellos[95]. Las comunidades insertas están llamadas a ser un medio generador de comunión con los más necesitados, que, por la vía de la praxis concreta, hará radicar en el corazón del formando una opción que le tocará vivenciar en variadas estructuras y situaciones de vida[96]. En un contexto de mayorías empobrecidas y oprimidas, esta expresión del radicalismo evangélico nos impulsa a todos a vivir con más autenticidad nuestra opción por los pobres[97]. Descubrir en la práctica de la pobreza también una pedagogía de libertad, desprendimiento, de solidaridad, de ser alternativa en el mundo materialista.

4.3. Obediencia

85. La obediencia fue, para nuestro Fundador, que se sentía plenamente identificado con todo lo que comportaba el título de “misionero apostólico”, un elemento configurador de su personalidad. La entendió y la vivió desde el misterio de la filiación y de la misión de Cristo, apasionado, como Él, de la voluntad del Padre, y con un fuerte sentido eclesial que se explicitaba en la necesidad de ser enviado[98].

86. El fundamento de nuestra obediencia misionera se encuentra en la imitación hasta la configuración con el misterio de Cristo obediente[99] en el ejemplo de la Virgen María[100], en el don del Espíritu[101] y en la mediación de la Congregación[102].

87. En la formación para la obediencia hay que acentuar aquellos rasgos que más definen el estilo de obediencia claretiana:

Nace como exigencia de la propia vocación misionera[103]; como actitud de fe viva que busca, personal y comunitariamente, estar en relación permanente con la voluntad del Padre para conocerla y cumplirla[104].

Pasa por la mediación de la comunidad[105] y del superior, a quien los misioneros hemos de someternos por el Señor[106].

Posee unas notas peculiares: pronta y perfecta[107], dispuesta para la misión[108].

88. Las exigencias de nuestra misión y el hecho de que la práctica de la obediencia afecta a esas inclinaciones de nuestro ser que llamamos el afán de poder sobre otros, y la autonomía para decidir y realizar sus propios planes, hacen indispensable el desarrollo de:

La madurez espiritual adecuada para encarnar el misterio de la obediencia de Cristo en la ascética cotidiana de la abnegación de uno mismo, en la mortificación de la pereza o de la veleidad y en la perseverancia.

Una libertad madura y responsable que, en la creatividad y en la renuncia, en la oferta de los dones personales y en el reconocimiento de la misión común, vive la plena dedicación al proyecto apostólico.

Una toma de conciencia del «nosotros» comunitario que dé la dimensión fraterna a la corresponsabilidad, al ejercicio de la autoridad y a la misión compartida.

89. La formación para la obediencia implica:

Escuchar con docilidad la Palabra de Dios concretada en las Constituciones como proyecto de vida y lugar privilegiado en el que se nos muestra la voluntad de Dios[109].

Ser dóciles a las orientaciones del magisterio de la Iglesia y de la Congregación.

Asumir con madurez psicológica y de fe un concepto adecuado de lo que supone en nuestra vida misionera la obediencia religiosa vivida con espíritu de fe y de comunión fraterna, discernimiento, corresponsabilidad y justa autonomía[110].

Fomentar un sano espíritu crítico, el desarrollo de la capacidad de creatividad y la confianza en los superiores.

Suscitar actitudes espirituales de discernimiento, de diálogo y de búsqueda personal y comunitaria de la voluntad de Dios. Se educa está actitud en la práctica cotidiana del examen-discernimiento.

Cumplir con exactitud y generosidad los compromisos apostólicos y los cargos comunitarios que se nos han confiado.

Practicar el diálogo y la corresponsabilidad con aquellos con quienes colaboramos en nuestros apostolados.

Discernir los dones de naturaleza y de gracia y emplearlos con rectitud, en congruencia con nuestro carisma y las necesidades de la Iglesia.

Afrontar la tendencia al clericalismo.

Evitar el abuso de poder en el ejercicio de la autoridad.

5. Las virtudes apostólicas

90. La configuración con Cristo misionero se expresa también por medio de otras virtudes apostólicas según nuestro carisma propio en la Iglesia que forman el carácter misionero claretiano. El claretiano ha de asumir su itinerario formativo como un camino de transformación personal en el que va adquiriendo las virtudes necesarias para configurarse con Cristo misionero y constituirse así un hombre apostólico, al estilo de Claret. Tal como decía nuestro Fundador, el misionero ha de empezar por hacer y practicar, y después enseñar[111]. De entre las más necesarias para el misionero, prestamos una atención especial a las que vivió el Fundador y a las que nos proponen las Constituciones[112].

5.1. Caridad apostólica

91. A nuestro Fundador la caridad de Cristo le urgía en forma de celo apostólico. Él se decía a sí mismo y decía a los demás que el verdadero misionero es un hombre que arde en caridad, que abrasa por donde pasa… y que procura por todos los medios encender a todo el mundo en el fuego del divino amor[113]. Inflamados por este mismo fuego, los misioneros han llegado, llegan y llegarán hasta los confines del mundo para anunciar la Palabra de Dios, de modo que pueden decirse a sí mismos las palabras de Pablo, que Claret convirtió en lema de su escudo arzobispal: La caridad de Cristo nos urge[114]. Esta virtud ha sido una de las más cuidadas en la tradición de la Congregación[115]. Ha alimentado el ardor de muchos de nuestros hermanos, aun a riesgo de sus vidas, en diversas y difíciles empresas misioneras por todo el mundo.

92. Nuestras Constituciones reconocen explícitamente que es la virtud más necesaria al misionero[116], de la que Jesucristo, la Virgen y los apóstoles son modelos. Ese mismo celo apostólico, que busca que Dios sea conocido, amado, servido y alabado por todos[117], es el que debe urgir al misionero. Es la fuerza que origina y sostiene nuestra vocación misionera, sobre todo en momentos de prueba.

93. Desde el punto de vista pedagógico, siguen siendo válidos los medios de los que se valía el Fundador[118]. Hoy debemos destacar singularmente éstos: la meditación de la Palabra de Dios[119], la eucaristía[120], la vivencia de ser hijos del Corazón de María y el recurso a su eficaz intercesión como madre de la caridad[121]. También pueden ser hoy una ayuda las experiencias apostólicas, especialmente en campos de marginación, increencia, pobreza[122].

5.2. Humildad

94. Nuestro Fundador, para imitar fielmente a Jesucristo, se esforzó por alcanzar la humildad[123]. A través de ella vivió el proyecto que Dios, el Señor, tenía sobre él. Descubrió también, a través de las humillaciones y persecuciones sufridas durante su vida, que el amor del Padre lo quería humilde[124]. Para él, esta virtud era el fundamento de la perfección y un medio para agradar a Jesús[125] y para transmitir fielmente la Palabra, procurando la gloria de Dios y la salvación de los hombres[126]. Por eso nos la inculca con insistencia. La recomienda a los novicios como fundamento de todas las demás virtudes[127]. Pide a los estudiantes que busquen en el estudio un camino para llegar a ser ministros idóneos de la Palabra y no para su vanagloria[128]. Indica, en fin, a todos los misioneros que se configuren con la humildad de Cristo, de manera que se alegren, como los apóstoles, cuando sufran humillaciones por el nombre de Jesús[129].

95. Nuestras Constituciones nos invitan a vivir la humildad como camino para configurarnos con Aquel que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo[130]. Esta humildad, especialmente necesaria para los ministros del Evangelio[131], nos dispone para buscar la perfección a la que el Padre nos llama y para acoger su gracia.

96. Para formarnos en la humildad, debemos fomentar algunas actitudes y medios: dar toda la gloria a Dios, hacer fructificar los dones, reconocer la verdad de los propios pecados y defectos, aceptar y practicar la corrección fraterna[132] y, por último, actuar consecuentemente con sencillez, pidiendo perdón, sirviendo a los hermanos y teniendo con todos ellos un trato abierto y sincero[133]. Estos medios son también una propuesta pedagógica actualizada de cómo los misioneros podemos y debemos formarnos en esta virtud tan esencial y de tanto valor testimoniante para la edificación del Pueblo de Dios.

5.3. Mansedumbre

97. Nuestro Fundador reconoce que Dios lo había prevenido con una especial gracia y bendición de dulzura[134], y que este don estaba relacionado con su vocación al ministerio apostólico[135]. Para corresponder a él, se propuso contemplar a Jesucristo, a quien consideraba como la misma mansedumbre[136]. Este es el rasgo que caracteriza la relación personal de Jesús con sus discípulos y con la gente. Él, en efecto, no disputa ni grita, no quiebra la caña cascada ni apaga la mecha humeante[137]. Con su actitud compasiva hacia los desheredados transparenta al Dios que quiere misericordia y no sacrificios[138]. A medida que aumentaron en la vida del Fundador las situaciones conflictivas y adversas, fue concentrando sus esfuerzos ascéticos en esta virtud. Con este objeto, cambió el examen particular de la humildad por el de la mansedumbre[139]. En respuesta, el Señor le concedió la gracia del amor a los enemigos[140]. Claret concede una gran importancia a la mansedumbre en la espiritualidad del misionero[141] y hasta la considera como señal de vocación a la vida apostólica[142].

98. Nuestras Constituciones reflejan la experiencia y la doctrina del Fundador sobre esta virtud cuando resaltan su aspecto cristológico y apostólico. También hoy debemos imitar y estar animados por Aquel que es manso y humilde de corazón[143] y ejercer nuestro ministerio con mansedumbre a fin de ganar los más posibles para Cristo[144].

99. Se contiene, además, en el texto constitucional una propuesta pedagógica. El misionero debe guardar equilibrio entre el celo, que es ardor y vehemencia de amor[145], y la dulzura y bondad de corazón. Hoy la mansedumbre puede traducirse también en:

Evitar cualquier tipo de predominio o de actitud violenta, sin menoscabo de la necesaria valentía para el anuncio del Reino[146].

Ser comprensivos ante el ritmo de cada uno, y saber esperar el tiempo de Dios en las personas; detenerse ante el otro y escuchar.

Mostrar paciencia ante la lentitud con la que crece el Reino.

Expresar cordialidad y misericordia en la misión.

5.4. Mortificación

100. Para nuestro Fundador, la mortificación resume toda la ascética, entendida ésta como el esfuerzo perseverante para convertirse plenamente al Evangelio y para vivirlo con transparencia testimonial[147]. En Claret, mortificarse es privarse del propio gusto para dárselo a Dios[148]. Esta actitud del Fundador tiene su origen en su devoción a la pasión de Cristo. Ella suscita en él una gran compasión hacia el Crucificado, que lo lleva a practicar ejercicios de penitencia corporal para imitarlo. Sin dejar estos ejercicios, Claret entiende pronto que la pasión se vive, sobre todo, llevando la cruz cada día. En esta línea, adopta una vida sobria y mortificada y acepta con alegría los trabajos, sufrimientos y contrariedades de la predicación itinerante, motivado siempre por la necesidad de configurarse con el Señor en su misterio pascual[149] y de testimoniar con su vida el Evangelio que predicaba[150]. Para Claret, la mortificación fue siempre un elemento esencial del testimonio apostólico que da eficacia al anuncio y ayuda a la oración y a la perfección del misionero[151]. Así lo enseña a los misioneros[152].

101. Nuestras Constituciones conservan toda la fuerza que el Fundador da a esta virtud, situándola también en esta perspectiva de configuración con Cristo y de ejemplaridad apostólica. Los misioneros nos comprometemos a seguir a Cristo tomando la cruz y perdiendo la vida por Él y por el Evangelio[153]. Este seguimiento se concreta en:

Mortificar los deseos de la carne, los sentidos y las apetencias de nuestro cuerpo[154] y elegir aquellas formas de templanza que mejor traducen actualmente esta actitud.

Aceptar con alegría la adversidad, el hambre, la sed, la desnudez, los trabajos, las calumnias, las persecuciones y la tribulación[155].

Soportar las propias enfermedades y dolores con humildad y entrega a la voluntad divina[156].

Ayudar a los que sufren siendo solidarios y dando incluso la vida por ellos[157].

102. Estas propuestas ascéticas pueden ampliarse a otras según las condiciones de tiempo y de lugar. Por ejemplo:

La renuncia a la comodidad, a la instalación y a los apegos a personas y cosas[158].

La moderación responsable en el uso de las redes digitales y de las tecnologías de la información y comunicación.

La asunción serena de los errores, fracasos y frustraciones.

La capacidad de aceptar con realismo las personas, las situaciones y el ritmo cotidiano, superando la impaciencia, la nostalgia y la rutina.

La permanente revisión de nuestras, actitudes personales y comunitarias y de las posiciones apostólicas.

103. Todo debe apuntar, en definitiva, a transparentar la gloria de Jesús en la muerte a nosotros mismos[159], siguiendo el ejemplo de los mártires de ayer y de hoy, especialmente de nuestros hermanos beatos.


[1] MS 75.

[2] Cf. Gál 2,20.

[3] CC 39.

[4]  Cf. CC 39.

[5] Cf. DCE 1; EG 7-8.

[6] Cf. Ef 1,3-4.

[7] Cf. Mc 10,21.

[8] Cf. Lc 4,18; CC 39.

[9]  Cf. Lc 2,49.

[10] Cf. CC 2.

[11] Cf. 2 Cor 5,14.

[12] Cf. Lc 4,18.

[13] Cf. PI 8.

[14] Cf. PE 22.

[15] PI 8.

[16] Cf. Rm 5,5.

[17] CC 10.

[18] Cf. 1 Cor 13,8.

[19] Cf. Aut 438.

[20] Cf. Lc 11,13; Aut 443.

[21] Cf. CC 9.

[22] Cf. RD 3.

[23] CC 62.

[24] Cf. PI 9; VC 19; HAC 47.

[25] Cf. Mc 3,13-15.

[26] Cf. LG 1; VC 41.

[27] Cf. Hch 4,32.

[28] Cf. PC 15a; VC 42; VFC 2.

[29] Cf. Aut 489.

[30] Cf. Aut 491.

[31] Cf. CC 10.

[32] Cf. CC 12.

[33] Cf. CC 38.

[34] CF, p. 25.

[35] HAC 16; MS 69.

[36] MS 1.

[37] MS 2.

[38] Cf. CC 5.

[39] Cf. SP 21.

[40] Dir 27; Cf. CC 45; 1F 2,32.

[41] Cf. MCH 228.

[42] Cf. CC 72, 7475.

[43] Cf. CC 75; CPR 68.

[44] CF, p. 20; Cf. MCH 150-151; MS 42.

[45] CC 5.

[46] Cf. MCH 149.

[47] Cf. LG 44; VC 87.

[48] Cf. 1F 11.

[49] Cf. CC 20-32; 1F 11-12; 1VR 41; MCH 149.

[50] Cf. VC 35. 38.

[51] MCH 149.

[52] Cf. Lc 4,18; Is 61,1-2; Aut 118; CC 3.

[53] Cf. Aut 101; EA, 414.

[54] Cf. CI II, 20.

[55] Cf. CC 20-21.

[56] Cf. 1F 16.

[57] Cf. Dir 58; 1F 13; 1VR 43.

[58] MCH 149.

[59] Cf. CC 20; PE 69.

[60] CC 22.

[61] Cf. Dir 57.

[62] Cf. Aut 95-98, 101.

[63] 1F 16.

[64] Cf. Dir 58.

[65] Cf. PI 13.

[66] Cf. CC 22.

[67] Cf. 1F 18.

[68] Cf. Dir 6162; 1F 16-17.

[69] Cf. Aut 359; EA, p. 524.

[70] Cf. Aut 135.

[71] Cf. Aut 359.

[72] Cf. CC 23; CI II, 486; Aut 362.

[73] VC 16.

[74] Cf. 2 Cor 8,9; CC 23.

[75] Cf. CC 25.

[76] Cf. Lc 4,18; MS 49.

[77] Cf. Lc 12,31; CC 26.

[78] Cf. CC 24; CC (1857) 68, 72; CC (1865) II, 15; EC II 440-441; MCH 149, 173-176, 183-184; CPR 74-75.

[79] EG 198; MS 51.

[80] Cf. CC 25; Aut 357-371; PE 81; 1VR 63; 2VR 55; MCH 225; CPR 87-88.

[81] Cf. CPR 87.

[82] Cf. EG 93-95.

[83] Cf. CC 26.

[84] MS 52.1.

[85] Cf. Dir 63.

[86] Cf. MS 52.2.

[87] Cf. SRS 42, 47; CA 53, 56, 57.

[88] Cf. Dir 543a.

[89] PI 14; cf 1F 19.

[90] Cf. 2VR 5152.

[91] Cf. Francisco, Audiencia General, miércoles, 7 de noviembre de 2018; ver también San Ignacio de Loyola, Meditación sobre las dos banderas, EE 136-148.

[92] MS 49.

[93] Cf. Mt 25,31-46.

[94] Cf. CF, p. 18; MCH 149; MS 49; VNON 26-28.

[95] PI 28.

[96] Cf. CF, p. 31; cf. PI 28.

[97] Cf. SP 20; MS 67.1.

[98] Cf. Aut 192-195, 198, 754-755.

[99] Cf. CC 28; CC (1857) 64; CI I, p. 497; EE, p. 309; EC II, p. 1202; PE 88; 1VR 69.

[100] Cf. CC 28; EE, p. 474.

[101] Cf. CC 28; EA, p. 618.

[102] Cf. CC 28; PE 93.

[103] Cf. CC 29, 32.

[104] Cf. CC 28, 29, 62; CPR 62-63.

[105] Cf. CC 29.

[106] Cf. CC 28, 31; LG 42; 1VR 60.

[107] Cf. CC 31; CC (1857) 65.

[108] Cf. CC 32.

[109] Cf. CIC 598 §2.

[110] Cf. 1F 25; SAO 20.

[111] Aut 340.

[112] Cf. CC 39-45; Aut 340-353.

[113] Aut 494.

[114] Cf. EE, p. 417.

[115] Cf. Celo; PE 30.

[116] Cf. CC 10, 40.

[117] Cf. Aut 233.

[118] Cf. Aut. 442-444.

[119] Cf. Aut. 227; CPP 5.

[120] Cf. Aut. 694.

[121] Cf. Aut. 447.

[122] Cf. CPR 68.

[123] Cf. Aut. 340-356, 680.

[124] Cf. Aut. 352, 353.

[125] Cf. Aut. 356.

[126] Cf. Aut. 341, 669.

[127] Cf. CC (1862) Apéndice; Aut. 341.

[128] Cf. CC (1857) 29.

[129] Cf. CC (1857) 56.

[130] Cf. Flp 2,5-9.

[131] Cf. CC 41.

[132] Cf. CC 54.

[133] Cf. CC 41, 64.

[134] Cf. Aut 34.

[135] Cf. Aut 35.

[136] Cf. Aut 374; CI II, p. 491; EE, p. 304.

[137] Cf. Mt 12,19-20.

[138] Cf. Mt 9,13; 12,7.

[139] Cf. EA, pp. 563, 566.

[140] Cf. EA, p. 561.

[141] Cf. Aut 374.

[142] Cf. Aut 374.

[143] Cf. Mt 11,29.

[144] Cf. CC 42.

[145] Cf. Aut 381.

[146] Cf. GE 129.

[147] Cf. Aut 414, 415.

[148] Cf. Aut 391.

[149] Cf. Aut 423-427.

[150] Cf. Aut 392.

[151] Cf. Aut 411-413.

[152] Cf. Aut 406.

[153] Cf. CC 43, 44.

[154] Cf. CC 43.

[155] Cf. Aut 494; CC 9, 44.

[156] Cf. CC 45.

[157] Cf. CC 44.

[158] Cf. AP 8.

[159] Cf. MCH 155; EMP 18; MS 25.