Capítulo 3 :

Introducción

104. Por agente de formación se entiende la persona o conjunto de personas que colaboran con intención formativa en este proceso, ofreciendo y poniendo en práctica los dinamismos y medios que ayudan a conseguir los fines de la formación. Cada agente actúa de manera específica, según su propia naturaleza.

105. Por modelo se entiende la persona que se convierte en mediación auténtica y viviente de los valores que quiere transmitir a través de otros dinamismos y medios. La fuerza formativa del modelo no sólo reside en la eficacia que la autenticidad de vida tiene en sí misma, sino también en que muestra, de una manera tangible y atractiva, que los valores que se ofrecen en la formación son posibles en la realidad. Los modelos pueden coincidir o no con los agentes formativos.

1. Los agentes

106. Estamos convencidos de que, a lo largo de nuestro camino formativo, el mismo Señor, que nos ha llamado, nos irá acompañando hasta el final: Fiel es el que os llama y es Él quien lo hará[1]. Él es el único Maestro y nosotros somos sus discípulos. Los agentes a los que nos referimos a continuación adquieren su sentido referidos a Él. Los contemplamos siempre desde la experiencia carismática de nuestro Fundador.

1.1. El Espíritu que nos unge para la misión

107. El primero y principal agente, sin el cual no hay posibilidad auténtica de seguimiento, es el Espíritu. Él nos impulsa a reconocer en Jesús al Señor[2] y hace que podamos llegar a configurarnos con Él. Para nosotros, el Espíritu del Padre y del Hijo -Espíritu también de nuestra Madre- es el centro integrador de todas las dimensiones de nuestra vida y misión[3]. Es el mismo Espíritu que llamó y consagró a los profetas hasta hacer de ellos boca de Dios[4], el que ungió y envió a Jesús para evangelizar a los pobres[5]. Él es el Paráclito que Jesús dona a su comunidad para que la acompañe siempre[6]. Los apóstoles, reunidos con la Madre de Jesús, fueron los primeros destinatarios de este don.

108. El Espíritu es también el protagonista de la misión[7] y, por ello, el principal agente de la formación de los misioneros. Sólo en él adquirimos nuestra identidad como servidores de la Palabra[8]. Así lo experimentó Claret. Como Jesús, los profetas y los apóstoles, nuestro Fundador se sintió ungido por el Espíritu[9] para anunciar la Buena Nueva a todos los hombres.

109. La acción del Espíritu en nuestro itinerario formativo es de un orden diferente a los datos de la psicología o de la historia visible, aunque se manifiesta también a través de ellos[10]. Es principio de vida interior, de creatividad y de comunión. Unifica la vida del formando y recrea la comunidad formativa como comunidad de profetas y apóstoles. Su acción creadora y renovadora afecta a nuestro centro personal, cambia nuestra visión de la realidad y nos ofrece la clave y la fuerza imprescindibles para vivirla desde Dios en referencia permanente a Jesucristo y al mundo. Aunque no podemos conocerla con precisión, percibimos sus frutos.

110. El Espíritu que nos configura con Cristo es el que nos llama a seguirlo y nos unge para la misión que el Padre nos encomienda, nos hace gustar, apreciar, juzgar y elegir todo lo que guarda relación con Jesús y su Reino. Es el que viene en ayuda de nuestra debilidad cuando experimentamos las dificultades del camino[11]. Es, en definitiva, el «maestro interior» que, en nuestro seguimiento de Cristo, nos va guiando hasta la verdad completa[12], nos otorga la fuerza que nos permite entregar la vida para que sea anunciada la Buena Nueva del Reino a los pobres y afrontar las dificultades de la evangelización.

111. Para acoger y secundar la actuación del Espíritu en nosotros necesitamos desarrollar algunas actitudes fundamentales. Por una parte, la apertura, la humildad, la docilidad y el talante de discípulos que se dejan enseñar. Y, por otra, la práctica del discernimiento para poder clarificar la vocación, ajustar el propio camino formativo, y reconocer su presencia en todos los aspectos de la vida y de la historia y a través de las mediaciones humanas[13]. La unción del Espíritu, que habita en nosotros, nos capacita y nos hace ministros idóneos para anunciar la Palabra, exige de nosotros un compromiso constante que se realiza cuando la experiencia del Señor y el encuentro con los otros, sobre todo con los más pobres y sufridos, van transformando nuestra vida[14].

1.2. María, formadora de los misioneros

        en la fragua de su Corazón

112. A la obra del Espíritu está asociada la Virgen María, la primera consagrada a la causa de su Hijo[15]. Por eso, su presencia en la formación de los llamados al seguimiento de Cristo es determinante. Para nosotros, que nos llamamos y somos Hijos de su Corazón Inmaculado, la acción de María cobra un relieve particular. Esta filiación no es solamente un título[16], sino una dimensión existencial de nuestra vida misionera[17]. Es un don del Espíritu Santo para ser vivido y experimentado, que configura nuestro ser interior y lo dinamiza en orden a la misión apostólica[18].

113. La presencia de María en el Fundador y en la Congregación es una experiencia carismática peculiar. Dentro del misterio de la Iglesia, de la que Ella es Madre, María es para los claretianos:

La Fundadora de la Congregación[19]. María funda una Congregación misionera y apostólica al servicio de la Iglesia.

Nuestra Madre. Nos llamamos y somos hijos de su Corazón Inmaculado. En nuestra espiritualidad, María actúa como madre y nosotros nos relacionamos con ella como hijos[20]. Como el discípulo amado, acogemos como Madre a María en nuestra casa[21].

Nuestra formadora. Con su acción maternal forma en nosotros verdaderos y auténticos misioneros y apóstoles, tal como Ella engendró a Jesús y lo formó como misionero del Padre y tal como formó a Claret, misionero apostólico. Más en concreto, María con su acción maternal nos forma, a través de un proceso interior, como ministros de la Palabra, como evangelizadores para extender el Reino de Jesús por todo el mundo. Es también la madrina que nos acompaña en el crecimiento de la fe[22].

Nuestro modelo: Nuestra herencia carismática nos define como oyentes y servidores de la Palabra[23]. María es en esto nuestro modelo. Nosotros, como María, como hijos de su Corazón, queremos acoger y meditar la Palabra en nuestros corazones y proclamarla con pasión[24].

114. María nos forma en la fragua de su corazón, en la fragua de su amor y misericordia[25]. Con su presencia y su acción formadora:

Nos configura en su corazón haciendo crecer en nosotros los rasgos del perfecto discípulo de Jesús, a quien concibió antes en su corazón que en su seno.

Nos forma para acoger en nuestros corazones, como Ella lo hizo, la Palabra de Dios, de la cual somos ministros. Nos enseña a escucharla, a meditarla, a hacerla vida y a anunciarla por todo el mundo.

Nos forma aquella caridad apostólica que nos impulsa a trabajar sin descanso hasta desgastarnos por el Reino; que anuncia a un Dios que es amor y misericordia y que ha dado su vida por nosotros; que nos hace anunciar el Evangelio con un sello de humildad, mansedumbre y cordialidad o amor materno[26] y que nos mueve a amar a los predilectos del Señor, a los más pobres y necesitados, a los que más necesitan de salvación y liberación.

Nos asocia en la misión apostólica a su oficio maternal en la Iglesia[27]. El Fundador se sintió colaborador de María, la madre victoriosa, en la lucha contra el maligno y su descendencia. Se sintió instrumento de María, como una saeta en sus manos para ser arrojada contra Satanás y sus secuaces[28]. Desde esta vivencia, transmitida a sus misioneros, a quienes veía como los brazos de María[29], pudo decirnos, glosando el Evangelio según San Mateo: No sois vosotros quienes habláis entonces sino el Espíritu de vuestro Padre y de vuestra Madre, el cual habla por vosotros[30]

115. La entrega filial y apostólica al Inmaculado Corazón de María, que realizamos en nuestra profesión, se plasma y se desarrolla mediante algunas actitudes que van configurando nuestra vida:

Encontrar en Ella a la persona que inspira la síntesis vital que ha de elaborar cada formando a lo largo del proceso formativo hasta llegar a la plena unidad interior[31].

Acogerla como madre, maestra y formadora[32] y amarla como hijos, discípulos y apóstoles.

Imitarla en aquellas actitudes evangélicas en las que se muestra como la primera evangelizada y evangelizadora: su fe, su sentido de alabanza y de acción de gracias, su actitud de escucha y de disponibilidad, su interioridad, su sensibilidad ante las necesidades del pueblo, especialmente de los más pobres, su solidaridad en el dolor y la esperanza.

Imitarla en los comportamientos más típicamente misioneros: el modo de vivir como Jesús[33], abrazando en fe los consejos evangélicos[34], la acogida, la meditación, el anuncio de la Palabra de Dios, el sentido de la cruz y la formación de la comunidad cristiana como familia del Reino.

Descubrirla como mujer consagrada que se transparenta en las mujeres comprometidas de nuestro pueblo y en la vida y fe de la gente.

Venerarla a través del culto litúrgico, de las devociones marianas, especialmente las de tradición congregacional[35] y de las manifestaciones de la religiosidad popular.

Proclamarla bienaventurada, anunciando en nuestro apostolado la misión de María dentro del misterio de Cristo[36] y de la Iglesia.

1.3. La Iglesia

116. El seguimiento de Cristo misionero se realiza de manera plena y auténtica en la Iglesia, Sacramento de salvación para nuestro mundo[37]. El claretiano cultiva su fe en Dios dentro de la Iglesia y vive en comunión con el pueblo de Dios preparándose para ser eficaz auxiliar de sus pastores[38]. El claretiano profesa públicamente los consejos evangélicos como expresión de la vida y la santidad de la Iglesia[39] y, en fidelidad a ella, participa en su misión a través del testimonio de vida y del trabajo apostólico, desde el propio carisma.

117. En cuanto agente formativo, la Iglesia, “madre y maestra”, acoge el don de la vocación claretiana y provee los medios adecuados para que el formando se prepare a asumir la misión que se le ha encomendado. En la formación para la misión, desempeñan un rol importantísimo tanto los fieles laicos, como otros religiosos y religiosas, junto con los pastores del Pueblo de Dios. Su magisterio nos alienta y su mandato legitima nuestro envío misionero[40].

118. En su proceso de crecimiento como discípulo misionero[41], el claretiano es ayudado por la Iglesia para:

 Ser testigo del sentido de la presencia de Dios en el mundo.

 Progresar en el conocimiento de la fe católica.

 Sentir con la Iglesia en su amor por la verdad y la salvación de la humanidad.

 Fomentar el espíritu misionero y ecuménico;

 Propiciar la búsqueda de la justicia y la paz.

 Comprender el sentido misionero de la obediencia y colaboración con los pastores.

 Acrecentar el espíritu profético de su vida y misión.

 Asumir convencidamente la opción por los pobres.

 Transparentar el compromiso con la reconciliación y el perdón.

 Ser protectores de la casa común en actitud de conversión ecológica[42].

1.4. La persona en formación, protagonista

        de su proceso

119. La formación concierne, directamente y, en primer término, a la persona. Sólo ella puede llevar a cabo el proceso de crecimiento interiorizando los valores que sustentan su vida, personalizando las relaciones y asumiendo positivamente los acontecimientos. Por eso, el primer responsable de su formación es la propia persona[43].

120. Ser una persona en formación es ser discípulo en la escuela del seguimiento, aprendiz en el taller en el que se forja el misionero. Es propio del aprendiz hacer lo mismo, es decir, imitar. Es la vía maestra de la formación, del crecimiento[44]. Ser aprendiz implica seguir activa y personalmente los pasos del Maestro.

121. Esto supone en la persona en formación, no sólo la observancia exterior de las normas y la adaptación a las situaciones, sino, sobre todo, la capacidad de discernimiento y de asunción consciente de los valores y la motivación interior que enriquece las actitudes y comportamientos. La aceptación de la comunidad verifica y expresa la verdad del crecimiento personal[45].

122. La responsabilidad de la persona en formación abarca todo lo que, directa o indirectamente, puede afectar a su propia formación. Debe, con todo, prestar una atención especial a:

Cultivar la docilidad al Espíritu, abriéndole la mente y el corazón.

Discernir si ha recibido el mismo don carismático de Claret[46] y con el cual sus misioneros se sienten identificados.

Dejarse forjar en la fragua del Corazón de María.

Examinar la sinceridad de su intención[47] y la autenticidad de sus motivaciones, purificando éstas, si hubiera lugar.

Conocer y desarrollar sus aptitudes en la línea de nuestra misión.

Promover la armonía de su ser recurriendo a su conciencia, allí donde se encuentra solo con Dios, cuya voz resuena en su propia intimidad[48]. Ha de apelar a ella y a su responsabilidad, sobre todo para interiorizar y personalizar los valores de nuestra vida misionera tal como se proponen en nuestras Constituciones y en los planes de formación.

Tener espíritu de iniciado para aceptar las mediaciones que el Señor pone al servicio de su desarrollo; también para aprender de ellas, de la tradición de la Iglesia y de la Congregación.

Vivir su formación como un proceso que dura toda la vida y que exige una respuesta al Señor siempre atenta, nueva y responsable[49].

Respetar los ritmos de su propia maduración y resolver adecuadamente, conforme van apareciendo, las posibles crisis, los conflictos conscientes e inconscientes y las tensiones.

Superar los obstáculos en el desarrollo responsable de su persona, a fin de formar un corazón libre para aprender de la historia de cada día durante toda la vida[50].

Usar los medios adecuados para salvaguardar la salud física, mental y espiritual.

Sentirse corresponsable en la formación de sus hermanos.

123. El reconocimiento del misionero como protagonista de su formación:

Reclama una pedagogía de la confianza en la que él tenga garantizado un amplio y adecuado margen de libertad responsable.

Requiere, en la práctica, un justo equilibrio entre la formación del grupo y la de cada persona, entre el respeto a los tiempos previstos para cada fase de la formación y su adaptación al ritmo formativo de cada uno[51], entre la personalidad de cada uno, la solidaridad comunitaria y el cumplimiento de la misión recibida con y en la comunidad.

1.5. Los formadores, los equipos formativos

        y los mentores

124. Entendemos por formadores aquellos sobre quienes recae una responsabilidad inmediata sobre la formación integral de los misioneros en formación inicial. Los mentores son aquellos que acompañan a los misioneros en formación permanente (como directores, acompañantes espirituales, etc.) para que progresen en el proceso de configuración con Cristo al estilo de Claret[52].  Su tarea específica se articula con las de los demás misioneros dentro de la única y común misión claretiana. A través de los formadores y los mentores actúa el Espíritu de Jesús. Por eso, vivir a la escucha del Espíritu y estar atentos a sus mociones e inspiraciones ha de ser una actitud permanente tanto por su parte como por parte de la persona en formación.

125. Para ejercer eficazmente su ministerio, los formadores han de poseer algunas cualidades específicas:

Capacidad humana de intuición y de acogida[53].

Experiencia madura de Dios y de la oración[54].

Apertura para formar equipo con otros formadores[55] y disponibilidad para participar en las iniciativas congregacionales en el campo formativo.

Amor a la Iglesia, a su tradición apostólica y a su liturgia.

Amor a la Congregación y conocimiento suficiente de su historia.

Sensibilidad y experiencia pastoral[56], identificándose con las opciones y sujetos preferenciales de nuestra misión[57].

Adecuada competencia cultural y psico-pedagógica[58].

Disponibilidad de tiempo y buena voluntad para acompañar a cada formando y no sólo al grupo[59] y recta comprensión de su responsabilidad en el acompañamiento espiritual[60].

126. Las funciones del formador y del equipo de formadores, con respecto a cada formando en particular y al grupo en su conjunto, son:

Discernir con los formandos la obra que Dios va realizando en ellos y los caminos por los cuales los quiere hacer avanzar.

Acompañarlos en sus distintas etapas de crecimiento, conociendo y respetando su ritmo y potencialidades, y ofreciéndoles en cada momento la ayuda necesaria para su desarrollo.

Proporcionarles en cada fase sólidos elementos doctrinales y prácticos, que respondan a sus necesidades personales, a las exigencias del momento presente, y a sus responsabilidades futuras.

Evaluar los resultados obtenidos y juzgar si poseen las capacidades exigidas por la Iglesia y la Congregación[61].

127. Claret fue formador de misioneros por su testimonio, por la presencia y la convivencia con los misioneros cuando le fue posible, y a través de su palabra en los ejercicios espirituales, en las conferencias, en las conversaciones y en los escritos. Del mismo modo, el formador ha de educar no sólo con la palabra, sino, sobre todo, con su propia vida, pudiendo decir como San Pablo: Seguid mi ejemplo como yo sigo el de Cristo[62].

128. Para que la tarea formativa sea más completa, es conveniente que exista en nuestros centros, un equipo de formadores con capacidades complementarias, cuyos miembros, conscientes de su responsabilidad común, obren concordemente. Bajo la dirección del superior deben vivir en estrecha comunión de espíritu, formando entre sí y con aquellos que han de educar, una familia unida. Este equipo de formadores, que podrían proceder de distintas culturas y mentalidades, ha de actuar siempre bajo la responsabilidad principal de uno de ellos[63].

129. Los formadores necesitan una preparación específica, que sea verdaderamente técnica, pedagógica, espiritual, humana, teológica y pastoral, para realizar eficazmente sus tareas[64]. Además de la preparación previa al comienzo de su cargo[65], precisan una formación permanente que les ayude a superar la rutina y, sobre todo, que les permita una renovación continúa teniendo en cuenta la experiencia vivida[66]. Esta experiencia se convierte en fuente formativa, con tal de que sea sometida a constante y fraterna evaluación. El intercambio con otros formadores, el análisis de situaciones y problemas formativos concretos, la consulta a expertos, el conocimiento actualizado del mundo juvenil, los encuentros breves o los programas sistemáticos dedicados a la actualización teológica y pedagógica, las experiencias apostólicas y a la renovación espiritual permitirán a los formadores evaluar su tarea y disponerse para seguir realizándola más fructuosamente[67].

130. Para que los formadores puedan desempeñar con dedicación y fruto sus funciones deben estar libres de las obligaciones y cargos que se lo impidan[68].

1.6. La comunidad formativa

131.  La formación es también obra de la comunidad. En ella está implicada toda la Congregación[69]. Pero es la comunidad formativa la que tiene como finalidad directa la formación inicial. Debe, pues, esforzarse por alcanzar los objetivos del plan de formación, preocupándose particularmente de:

Ser, ante todo, comunidad de vida[70], ámbito de fraternidad, de oración[71], de trabajo apostólico[72] y, por lo mismo, de pertenencia congregacional.

Facilitar, ya desde su conformación, el carácter intercultural que la dispone para la misión universal.

Crear vínculos que faciliten la maduración afectiva, fomentando relaciones interpersonales basadas en la fe y en la caridad, que preparen también para el trabajo en equipo y para la colaboración misionera que el Fundador buscaba[73].

Ayudar a cada uno a cumplir fielmente la propia responsabilidad mediante el servicio personal[74].

Contribuir al proceso gradual de integración entre la formación inicial y la permanente.

Emplear el diálogo como instancia de discernimiento y corresponsabilidad, y estimular el crecimiento de las personas y del grupo.

Aceptar la cruz de una fraternidad que se construye también en la prueba y la tribulación, llevando los unos las cargas de los otros[75].

1.7. Otros agentes

132. Además de los que forman parte de las comunidades formativas, existen también diversos agentes que, en misión compartida, intervienen en la formación inicial con tareas complementarias: profesores, directores espirituales, confesores, asesores pastorales, familias y otros. La participación de algunos seglares, hombres y mujeres, que ofrezcan aportaciones específicas, desde la experiencia, la psicología u otras ciencias, es necesaria para la formación integral de los formandos. Durante todos los procesos formativos el hacer con otros expresa nuestro estilo de vida misionera[76].

133. Los profesores, incluso los que ejercen su tarea en centros académicos no pertenecientes a la Congregación, deben ser considerados verdaderamente formadores[77], ya que la formación doctrinal que imparten no debe tender a la mera transmisión de conocimientos sino a una educación integral de los alumnos[78], que cree en ellos una sólida mentalidad de fe para anunciar el Evangelio y servir al Pueblo de Dios[79]. Esto significa que, para realizar adecuadamente su tarea, los profesores deben:

Poseer la idoneidad suficiente para vivir de manera integrada su condición de testigos de la fe, su celo apostólico y su competencia científica y didáctica.

Tomar conciencia de su responsabilidad formativa, que, a veces, puede ser más decisiva que la de los otros formadores[80].

Transmitir íntegra la doctrina, con profundidad y sentido crítico.

Ayudar a los alumnos, dentro de un clima de mutua colaboración, a fundamentar, a través del estudio, su vocación misionera.

2. Los modelos inspiradores

134. Siguiendo el ejemplo de Claret[81], el primer modelo inspirador de nuestra vida es Jesucristo. La unión y configuración con Cristo, el evangelizador, ungido y enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, es un proceso y una tarea que dura toda la vida. Otros modelos inspiradores en esta aventura del seguimiento de Cristo son para nosotros María, nuestro Fundador, los profetas, los apóstoles, muchos santos y santas con carisma apostólico, misioneros de ayer y de hoy, mártires claretianos y otros mártires.

2.1. El Fundador

2.1.1. Claret como modelo carismático

135. Al reconocer a Claret como fundador y al aprobar la Congregación por él fundada como una prolongación de su espíritu y misión, la Iglesia ha reconocido su carisma apostólico como una forma de vida cristiana que puede ser compartida por muchos y ser provechosa para el Pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos. Una responsabilidad de la Congregación, dentro de la Iglesia, consiste en conservar en ella, de manera viva y eficaz, el carisma de San Antonio María Claret[82].

136. Los claretianos de hoy, como los de ayer, que vivimos en un contexto cultural diferente y en una situación muy diversa a la de nuestro Fundador, nos sentimos agraciados con su carisma y espíritu, con el ejemplo de su vida y con sus escritos. No podemos copiar de forma literal sus métodos y medios misioneros ni sus actitudes y modelos de conducta. Se requiere creatividad, originalidad y espontaneidad en nuestra formación misionera para actualizar este espíritu.

2.1.2. La Autobiografía como itinerario claretiano

137. Claret escribió la Autobiografía por mandato expreso del P. Xifré, su director espiritual y entonces Superior General de la Congregación[83]. Sin tal mandato no se le hubiera ocurrido un intento semejante, puesto que una obra de este género resultaba extraña a su carácter y temperamento. Una vez comenzada la obra, se dio cuenta de que podía resultar provechosa para sus hijos misioneros. La escribió, pues, con un deliberado propósito formativo. La escribió como Fundador para los misioneros de su Congregación[84]. Se trata de un documento testimonial y pedagógico[85].

138. El testimonio de la vida de Claret es útil para iniciarnos en una panorámica sobre el modo como el Espíritu va formando al misionero desde el principio de la llamada hasta su plenitud. En este sentido, se trata de un verdadero manual de espiritualidad misionera que introduce en la experiencia de una vida dedicada al Evangelio[86].

139. La relectura carismática de la Autobiografía de Claret nos obliga discernir entre lo que pertenece al carisma y espíritu que transmitió a la Congregación – y, por lo tanto, es válido siempre para nosotros – y lo que pueden ser dones sólo personales o producto de su cultura y de su tiempo. Hay rasgos que pertenecen a su psicología personal o a su ambiente y que no se pueden transmitir a toda la Congregación; pero esto no impide usar la Autobiografía como medio pedagógico en la formación de las diversas generaciones claretianas.

2.1.3. La Fragua como propuesta pedagógica

140. Nuestro Fundador vivió a lo largo de su vida misionera una singular experiencia de Dios que lo capacitó para dedicarse plenamente al anuncio del Evangelio. Ese don del Espíritu se nos concede también a nosotros para llegar a ser ministros idóneos de la Palabra.

141. La descripción alegórica del proceso formativo que Claret mismo vivió se encuentra en su Autobiografía: En un principio que estaba en Vich pasaba en mí lo que en un taller de cerrajero, que el Director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado lo saca y lo pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo, y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el Director[87]. Esta alegoría no es una más entre las muchas usadas por Claret. De hecho, en la oración que solía rezar al comienzo de las misiones, le recordaba a María: Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por Vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor[88].

142. Como en toda alegoría, también en el caso de la fragua cada uno de los elementos simbólicos se corresponde con uno o varios de la realidad. Así, el taller del cerrajero es el ambiente formativo de Vic; el director es el Padre, Cristo, María y los diversos responsables formativos; la barra de hierro es Claret mismo en cuanto sujeto pasivo, en cuanto discípulo que se deja moldear; la fragua es, sobre todo, el Espíritu Santo, pero también el Corazón de María y diversos medios ascéticos como la oración y los ejercicios espirituales; el yunque representa las situaciones y pruebas de la vida; el ayudante es, de nuevo, Claret en cuanto sujeto activo; los martillazos equivalen a las diversas acciones formativas; la forma que se ha propuesto el director no es otra que Cristo mismo. Se tiene, así, preparada la saeta que debe ser lanzada contra los enemigos del Evangelio.

143. En el proceso descrito por la alegoría se simbolizan también los núcleos básicos que Claret vivió, con acentos diferentes, a lo largo de su vida.

El primero (Quid Prodest) se refiere a la relativización del mundo y al descubrimiento de Dios como el único absoluto, tal como aparece en Mt 16,26: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?

El segundo (Patris Mei) es la experiencia del amor de Dios, comunicado por su Espíritu, cuya expresión sintética la encuentra Claret en Lc 2,49: Debo ocuparme en las cosas que miran al servicio de mi Padre.

El tercero (Caritas Christi) es la experiencia de la imitación, seguimiento y configuración con el Cristo enviado por el Padre, nacido de María y ungido por el Espíritu, sintetizada en 2 Cor 5,14: La caridad de Cristo me urge.

El cuarto (Spiritus Domini) es la experiencia de sentirse ungido y enviado por el Espíritu para anunciar, como Jesús, el Evangelio a los pobres, resaltada en Lc 4,18: El Espíritu del Señor está sobre mí … Me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres.

144. Para nosotros esta alegoría cobra un especial relieve formativo cuando la interpretamos no aisladamente sino en el conjunto de la vida de nuestro Fundador. Sólo así podemos encontrar sintetizados en ella los núcleos fundamentales del carisma e incluso el proceso pedagógico para vivirlo. No se trata de reproducir sin más una experiencia que es, de suyo, intransferible sino de servirnos de una expresión breve y simbólica que puede favorecer la transmisión y profundización del carisma en nuestra formación actual. Así entendida, se convierte para nosotros en símbolo del taller en el que nos forjamos como misioneros a lo largo de nuestra vida.

2.1.4. Los santos

145. Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión… estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios[89]. Como nuestro Fundador, también nosotros encontramos en ellos modelos vivientes del seguimiento de Cristo evangelizador. Un hecho que movió a Claret al apostolado fue la lectura de las vidas de santos, y, dentro de estas, las de los que vivieron con mayor intensidad el celo por la salvación de las almas[90]. En la Autobiografía se mencionan, en primer lugar, los ejemplos de los profetas: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Elías y los profetas menores[91]. Las vidas de los apóstoles Pedro y Pablo, Santiago y Juan provocaron su admiración. Le impresionó y entusiasmó de manera especial el ardor de San Pablo. También se sintió movido por otros santos y santas que se distinguieron por su afán apostólico como San Francisco Javier, San Vicente de Paúl, San Ignacio de Loyola, San Alfonso María de Ligorio, San Francisco de Sales, San Juan de Ávila y el Beato Diego de Cádiz, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Jesús, Santa María Magdalena de Pazzis y Santa Rosa de Lima[92].

146. Junto a ellos, hallamos inspiración en numerosos misioneros y mártires de nuestro tiempo que, en culturas y países diversos, se han distinguido por su celo apostólico y han dado testimonio del nombre de Cristo. Los mártires del Reino que siguen entregando su vida en la actualidad son un claro signo de la vitalidad del Pueblo de Dios[93]. Ellos, unidos a los múltiples santos de la puerta de al lado[94], forman el rostro más bello de la Iglesia[95].

2.2. La Congregación

2.2.1. El sentido ejemplar de su historia

147. Nacida en la Iglesia por inspiración de la Santísima Virgen, convocada y consagrada bajo la acción del Espíritu Santo y heredera del espíritu misionero de San Antonio María Claret, la Congregación surgió como un intento de reproducir el estilo de vida de Jesús y sus apóstoles en orden a la evangelización. Ahora, se siente responsable de actualizar y promover cuantas iniciativas apostólicas sintonicen con el servicio misionero de la Palabra.

148. Su carisma, como experiencia del Espíritu, ha sido acogido, profundizado, desarrollado y enriquecido[96] por las distintas generaciones de misioneros, dando sentido y vida a nuestro proyecto claretiano.

149. La historia de la Congregación es la encarnación y la realización existencial del carisma fundacional de Claret. Las tareas de la primitiva comunidad fueron las misiones populares, el catecismo a los niños, los ejercicios al clero, a seminaristas y a religiosos. Con el crecimiento numérico, la Congregación experimenta una expansión misionera en Europa y América abriéndose así a nuevas áreas geográficas y culturales.

150. Al final de su vida, el P. Fundador aconsejó que algunos misioneros se dedicaran a la educación cristiana. Con el andar de los años, este servicio adquirió cierta relevancia en la Congregación, pues muchos de sus miembros se comprometieron en instituciones educativas. A principios del siglo XX, fueron asumidas las primeras parroquias con finalidad misionera.

151. Siguiendo el espíritu y actividad misionera de Claret, la Congregación prestó especial atención a la formación del clero y de los religiosos. Igualmente cabe destacar la dedicación al apostolado de la prensa, que ha sido sin duda un gran servicio a la Iglesia. La Congregación potenció después la formación de evangelizadores, la dirección o docencia en seminarios y universidades y las publicaciones especializadas y de divulgación.  Desde los primeros tiempos, al asumir las primeras misiones de Argel y Santiago de Chile, la Congregación ha mantenido muy vivo su espíritu universal y no ha cesado de expandirse por todo el mundo. Resalta, además, la atención particular a las clases populares, consecuencia decidida de su opción por los pobres y desplazados[97]. Estos hechos más característicos manifiestan que la historia misionera de la Congregación es una página de servicio a los necesitados, a las clases populares y a la promoción y formación de agentes de evangelización.

152. A lo largo de su historia, muchos estudiantes, hermanos, y presbíteros, inspirados por el ejemplo de su Fundador, no han dudado en sufrir la persecución, el destierro y la muerte[98]. La historia de nuestra Congregación es martirial[99] pues, comenzando por el mismo P. Claret que derramó su sangre en Holguín, y siguiendo por el P. Francisco Crusats, protomártir de la Congregación, la lista de mártires no ha cesado.  Resaltan de manera especial los reconocidos oficialmente por la Iglesia: los 51 mártires de Barbastro; el P. Andrés Solá, martirizado en México; los 23 de Sigüenza, Fernán Caballero y Tarragona; y los 109 de Barcelona, Castro Urdiales, Cervera, Lérida, Sabadell, Vic, Sallent y Valencia. Todos estos hermanos nuestros se mantuvieron fieles al Señor y a su vocación en medio de grandes pruebas y dificultades. Esta fidelidad llega a nosotros como un testimonio que nos interpela y alienta. Su fidelidad hasta la muerte fue una gracia de Dios y, al mismo tiempo, fruto de la sólida formación recibida.

153. En nuestros 51 hermanos beatos mártires de Barbastro contemplamos, de manera particular, el paradigma de lo que estamos llamados a ser: hijos del Corazón de María, desde el Magníficat hasta el Calvario. Este seminario mártir se convierte también para nosotros en modelo de comunidad formativa por su fe inquebrantable y alegre, por su disponibilidad plena a la voluntad de Dios, por su oración constante y confiada, por su vivencia de la filiación cordimariana y de la eucaristía, por su ayuda fraterna, por su amor a la Congregación y por su celo apostólico[100]. Por otra parte, el ofrecimiento de la propia vida a cambio de la de los postulantes, convierte al P. José María Ruíz Cano en modelo de amor fiel y entrega generosa para los formadores claretianos.

154. Mirando nuestra tradición sentimos agradecimiento por los que nos precedieron y, al mismo tiempo, una invitación a aprender de su historia y a continuar su fidelidad, buscando realizar en la Iglesia el legado de Claret como buena nueva en la frontera de la evangelización.

2.2.2. Las Constituciones: proyecto de vida misionera de la Congregación

155. El mismo año de la fundación de nuestra Congregación, el Fundador escribió el texto de las Constituciones y lo entregó a sus misioneros antes de marcharse a Cuba a finales de 1850. El primer texto que se conserva data de 1857. La aprobación oficial definitiva por parte de la Sede Apostólica llegó en 1870, un poco antes de la muerte del Fundador.

156. Nuestro Fundador describió en las primitivas Constituciones su experiencia personal del don recibido del Espíritu para la edificación de la Iglesia y su programa de imitación de Cristo, guía y modelo de misioneros, de forma que pudieran servir de modelo de identificación a los claretianos de todos los tiempos. Los primeros claretianos encontraron en ellas la expresión de las aspiraciones sembradas por el Espíritu Santo en sus corazones. Esto mismo sucede con los claretianos de hoy y de todos los tiempos.

157. Las Constituciones renovadas según las orientaciones del Concilio Vaticano II y con las acomodaciones exigidas por el Código de Derecho Canónico obtuvieron la aprobación definitiva el 15 de mayo de 1986. Las Constituciones son una expresión de la acción del Espíritu que en la Iglesia llama a algunos a seguir e imitar perfectamente la vida evangélica de Cristo en la forma como la vivió y propuso nuestro Padre Fundador. Su aprobación por parte de la Iglesia certifica la eclesialidad de nuestra Congregación[101].

158. Nuestras Constituciones brotan de una experiencia vital. Nos motivan para revivir la experiencia de la llamada de Dios y el carisma congregacional. Son, palabra del Evangelio referida a nuestra comunidad y puesta como eje de nuestro modelo de seguir a Cristo: punto de referencia necesario, por tanto, para que nuestro vivir en común siga teniendo un sentido cristiano y eclesial y para que el don carismático de Claret conserve su fuerza de convocación y movilización[102].

159. Teniendo en cuenta las diferentes culturas y contextos en los que la Congregación ha ido echando raíces, se hace necesaria una lectura inculturada de las Constituciones. Esta consiste en integrar las riquezas espirituales y los valores culturales de los pueblos en los que estamos[103], de manera que el carisma claretiano pueda ser vivido como algo propio y contribuya también a iluminar, desde el Evangelio, esas mismas culturas.

160. La asimilación de las Constituciones debe ser gradual, teniendo en cuenta las diferentes etapas formativas. Por otra parte, las Constituciones deben ser leídas e interpretadas a la luz de la espiritualidad de nuestro Fundador, de la historia de la Congregación y de la evolución de la vida religiosa en general. Sus contenidos se deben profundizar teniendo en cuenta todos los aspectos, tanto teológicos como carismáticos y pedagógicos.


[1] 1 Tes 5,24.

[2] Cf. 1 Cor 12,3.

[3] SP 13; cf. Aut 687.

[4] Cf. Is 30, 2.

[5] Cf. Lc 4,18 ss; Mt 3,1 ss.

[6] Cf. Jn 14,16.

[7] Cf. RMi 30.

[8] Cf. SP 3.

[9] Cf. Aut 687.

[10] Cf. PI 19.

[11] Cf. Rm 8, 26.

[12] Cf. Jn 16, 13.

[13] Cf. PI 19.

[14] SP 16.

[15] Cf. PI 20.

[16] Cf. CC 1.

[17] Cf. Aut 488; CC 8.

[18] Cf. Dir 34; 35.

[19] Cf. J. CLOTET, Annales 1885, 179; CC 8.

[20] Cf. Aut 1, 5, 154-164; EsC, int. III; CC 8, 36, 61.

[21] MS 46.

[22] Cf. Aut 5.

[23] Cf. SP 14.

[24] Cf. CC 6; SP 7.

[25] Cf. Aut 270.

[26] Cf. Dir 34; Aut 447.

[27] Cf. CC 8.

[28] Cf. Aut 270.

[29] EA, p. 665.

[30] Aut 687; cf. Mt 10,20.

[31] Cf. CC 68; MCH 150.

[32] Cf. CC 8, 36, 61, 73.

[33] Cf. CC 5.

[34] Cf. CC 20, 23, 28.

[35] Cf. CC 35, 36; Dir 35b.

[36] Cf. Dir 35c.

[37] Cf. LG 1; CC 3.

[38] Cf. CC 6.

[39] Cf. LG 44; VC 29.

[40] Cf. Aut 454, 456.

[41] Cf. CELAM, Documento de Aparecida, 20.

[42] LS 217.

[43] Cf. PI 29.

[44] Cf. CF, p. 18-19.

[45] Cf. PI 29.

[46] Cf. Aut 489.

[47] Cf. CIC 597, § 1.

[48] Cf. GS 16.

[49] PI 29.

[50] VNON  35d; CF, p. 21.

[51] PI 29.

[52] Cf. CC 39, 41, 54-55.

[53] Cf. PFS 33-36; PI 31.

[54] Cf. PFS 26-27; PI 31.

[55] Cf. PFS 29-32.

[56] Cf. PFS 28.

[57] Cf. MCH 228.

[58] Cf. PFS 41-42; VC 68.

[59] Cf. PI 31; CC 68, 77.

[60] Cf. PFS 37-40.

[61] Cf. Dir 163.

[62] 1Cor 11,1; Cf. Aut 340, 388; CC 77.

[63] Cf. Dir 162; MS 75.3.

[64] Cf. PDV 66; OT 5.

[65] Cf. PFS 49-64.

[66] Cf. PFS 65.

[67] Cf. PFS 66-71.

[68] Cf. CIC 651 §3; MS 75.5.

[69] Cf. CC 76.

[70] Cf. VFC 21-28.

[71] Cf. VFC 12-20.

[72] Cf. VFC 58-59.

[73] Cf. CF, p. 26; VNON 16.

[74] Cf. Dir 164.

[75] Cf. 1 Cor 12, 25; CC 15.

[76] Cf. MS 57.

[77] Cf. 1F 166.

[78] Cf. OT 17.

[79] Cf. PFS 46.

[80] Cf. PDV 67.

[81] Cf. Aut 221.

[82] Cf. DC 14-15.

[83] Cf. Aut 1; EA, p 102.

[84] Cf. EA, pp. 77-99.

[85] Cf. EA, p. XVII.

[86] EA, p. XVIII.

[87] Aut 342.

[88] Aut 270.

[89] GE 4.

[90] Cf. CC 35.

[91] Cf. Aut 215-220.

[92] Cf. Aut 214-263. La mayoría son copatronos de la Congregación (Cf. CC 35).

[93] Cf. SP 2.

[94] GE 7.

[95] GE 9.

[96] Cf. MR 11; MCH 71.

[97] Cf. MS 49.

[98] Cf. MCH 77.

[99] Cf. SP 17.

[100] Cf. TM 1-13, 18-26.

[101] Dir 4.

[102] CCR: Annales, vol. 55, 320.

[103] Cf. SP 13.2; PTV 68.4.