Oración y Discernimiento

– Juan Carlos Martos cmf

«El bien que tiene quien se ejercita en ora­ción, hay muchos santos y buenos que lo han escrito… De lo que yo tengo experiencia pue­do decir, y es que, por males que haga quien la ha comenzado, no la deje, pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin el la será muy más dificultoso; y no le tiente el demonio por la manera que a mí… Quien no la ha comenzado, por amor del Señor le rue­go yo no carezca de tanto bien… A poco ganar irá entendiendo el camino para el cielo; y si persevera, espero yo en la misericordia de Dios, que nadie le tomó por amigo que no se lo pagase; que no es otra cosa oración men­tal, a mi parecer, sino tratar de amistad, es­tando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama; y si vos aun no le amáis… viendo lo mucho que os va en tener su amistad y lo mucho que os ama, pasáis por esta pena de estar mucho con quien es tan diferente de vos».

«Terribles son los ardides y mañas del de­monio para que las almas no se conozcan ni entiendan sus caminos… Mirad que en pocas moradas de este castillo dejan de combatir los demonios…»

Santa Teresa de Jesús

 No motivarse suficientemente

 Este demonio se supera sólo si la oración se motiva en la palabra de Dios y en realida­des de fe, y no en necesidades psicológicas. Oramos por convicciones, y no por lo que «sentimos». No oramos en primer lugar para tranquilizarnos, conseguir algo, o encontrar consuelo, sino para revestirnos de Cristo y participar de su vida.

Con todo, la motivación suprema, la piedra fundamental, la que la hace sólida y persis­tente ante cualquier tentación del demonio, es la convicción del amor que Dios nos tiene, que en la oración se ofrece como don de amistad liberadora. Si una persona no está persuadida de esta verdad de fe, sus motivos quedarán periféricos e insuficientes para lle­varlo a perseverar en la oración, en los tiem­pos en que las atracciones de la psicología y de la sensibilidad se hayan desvanecido. 

Secularizar la oración

Este demonio tienta de varias maneras, que tienen un factor común: perder confianza en la eficacia e influencia de la oración en la historia concreta y en la vida ordinaria. Esa es precisamente la tentación de la seculariza­ción.

En cambio, la experiencia de la oración cristiana auténtica es que Dios está en todo, actúa en todo, y dirige todo, lo extraordinario y lo ordinario: «Hasta nuestros cabellos están contados, y no cae un pájaro sin que lo quiera el Padre celestial». Pero actúa cotidianamente a través de las leyes que él mismo creó de la naturaleza, las ciencias y la historia, sin vio­lentarlas. Sólo Dios puede hacer eso, como creador y sustentador del mundo, Señor de todo sin quitar su autonomía a nada. La expe­riencia cristiana se sitúa entre la extrema se­cularización, y la tentación contraria: un Dios que actúa de ordinario «directamente» sobre­poniéndose y manipulando las leyes del mundo y del hombre establecidas por él.

La secularización de la oración

El demonio de la secularización de la ora­ción termina por colocar la oración bajo la luz de la sospecha. Tienta diciendo que para in­fluir en los acontecimientos, hay que actuar, simplemente. Luchar, comprometerse. La oración aliena de las responsabilidades y tareas históricas. Es un refugio. La tentación, una vez más, es presentar a Dios como un factor más en la marcha del mundo, entre otros factores, y en competición con ellos. La tentación es confusión y distorsión de Dios. Dios no es un factor importante en la marcha del mundo, ni es competidor de nada ni de nadie. Dios está a otro nivel, el de la creación y la providencia. Es el «medio divino», trans­cendente, de la marcha de la historia y de las leyes científicas. Todo el mundo visible está sometido a ellas; al mismo tiempo todo es querido y permitido por Dios.

La oración es siempre eficaz e influyente en lo contingente, porque se integra en el nivel de Dios. Y será siempre vano, con nuestros esquemas y referencias humanas, entender la naturaleza y modo de su eficacia. Pues se­ría como entender a Dios mismo.

No entregarse profundamente

Este demonio engaña porque lleva al oran­te a una oración habitualmente tibia y a me­dias. Eso significa que el encuentro que el orante tiene con Dios en la oración no es pro­fundo. Un encuentro entre dos personas no es profundo cuando la entrega mutua, o de uno de ellos, no es profunda. La entrega de Dios al orante es siempre total; pero puede fallar la entrega del orante a Dios.

En la oración tibia y a medias, el demonio impide la profundidad del encuentro mante­niendo la entrega a Dios del orante en la su­perficie. Ello puede suceder en varias mane­ras y grados. Sucede cuando no «entra» de lleno en la oración, no corta con las preocu­paciones, las imágenes, las distracciones que trae de afuera; está con un pie en la oración y con otro fuera. Al terminar el período de oración, se ha rezado y no se ha rezado, por­que la calidad de la oración ha sido pobre. De alguna manera, cada vez que uno ora hay que optar por la oración. En ocasiones, orar re­quiere hacerse una cierta violencia: por su naturaleza, la oración está en un nivel diferen­te a nuestro modo habitual de actuar y de relacionarnos. Este es al modo de los senti­dos y de la actividad exterior; en la oración se «rompe» con ese modo, para pasar al de la fe, la esperanza y la caridad. Por eso, la oración requiere una cierta ruptura con nuestras ten­dencias según la «carne», y a su vez una op­ción de entrega en la fe.

Esta entrega se debilita también por la ten­tación de realizarla sólo en la superficie de nuestra experiencia religiosa, de nuestra rela­ción con Dios. Uno se entrega en el nivel de los afectos, de los sentimientos y de la sensi­bilidad, lo cual es bueno y necesario, pero insuficiente si excluye lo más profundo de la entrega del orante a Dios: la entrega de la libertad.

Entregarse profundamente a la oración consiste en entregar el fondo de la vida a Dios. El fondo de la vida, el punto en que decidimos entre el egoísmo y la caridad, el pecado y la gracia, la mediocridad y la santi­dad, es la libertad de la voluntad. Son las determinaciones de nuestro ser, que no radi­can en los sentimientos sino en la voluntad. Entregarse a la oración equivale a entregarse a Dios, entregándole lo único que realmente le podemos entregar, nuestra voluntad libre.

Descuidar la humanidad de Cristo

Como tradición doctrinal, los grandes maestros del espíritu nos recuerdan conti­nuamente que tenemos acceso al misterio de Dios únicamente a través de la humanidad de Jesús. En ella la Trinidad se nos hace accesi­ble. También nos recuerdan que la oración cristiana nos incorpora a la oración de Cristo, en su humanidad. Y, en fin, que Jesús de Nazaret no es una mediación entre otras, de la cual en algún momento podríamos dispen­sarnos, sino que es el «lugar de la experiencia de Dios» para nosotros. Análogamente se po­dría decir lo mismo de la Iglesia.

Esta tentación conduce a muchas distorsio­nes de la vida cristiana: Un falso misticismo que desencarna la oración y la práctica espi­ritual, separándolas de la vida; se disuelveentamente toda referencia a la imitación de Cristo; se convierte la oración en una ilusión, imposible ya de verificar por la práctica cris­tiana. En suma, este demonio nos lleva a ol­vidar la encarnación de Dios, y que a partir de ella la oración y todos los aspectos de la vida cristiana deben arraigarse en esta encarna­ción, que se nos ofrece a todos, cualquiera sea su nivel espiritual y místico en la humani­dad de Cristo.

Él es el único camino y modelo de toda experiencia de Dios auténtica. 

Separar oración y coherencia de vida

Es esencial en la oración cristiana su rela­ción con la coherencia de vida del orante, antes y después de los tiempos de oración. Antes, porque las condiciones para una ora­ción de calidad no se dan tanto en la prepara­ción inmediata, lo cual no carece de importancia, sino, por la fidelidad con que se ha buscado la voluntad de Dios anteriormente. En la oración, en su ser más profundo, uno encuentra lo que ha buscado. Si no se ha buscado a Dios, no se le encontrará en la oración; si uno se ha buscado a sí mismo, se encontrará con uno mismo en la oración; si uno ha ¡do detrás de «ídolos», en la oración persistirá la presencia de esos ídolos. La en­trega en la oración prolonga la entrega a Cris­to en la vida.

 Es una ilusión querer sustituir esta entrega a Dios en la vida, que es lo que más eficaz­mente prepara a la oración y que supone el hábito de la abnegación y la renuncia, con una preparación inmediata, con técnicas y métodos de concentración. Esto último es vá­lido supuesta la coherencia de vida. Se puede decir que uno reza como ha vivido.

Por otra parte también es verdad a la inver­na, que uno vive como reza. Es decir, la autén­tica oración cristiana necesariamente influye en una mayor fidelidad en la vida. No es po­sible profundizar en la oración la entrega del ser, de la voluntad y de la libertad de Dios, sin que esta entrega se proyecte en la vida, ha­ciéndola progresivamente más coherente con la voluntad de Dios.

 La tentación de separar oración y vida ame­naza a ambos con la mediocridad, y a la espiritualidad con serias incoherencias.

El desánimo

El progreso de la oración cristiana requiere ciertas condiciones en el estilo de vida del orante. Esto es una variante de la relación permanente que hay entre oración y vida. En este caso no se trata tanto de la fidelidad mo­ral, interior, al Señor; se trata de la manera de vivir, de trabajar, de organizarse. La oración requiere el soporte de una forma de vida co­herente con ella.

Hay quien se desanima porque las distrac­ciones superan en tiempo a los momentos de concentración en Dios, olvidando que las dis­tracciones no sólo son normales, sino que aumentan en muchos períodos de la vida de oración por causa de cansancio, aridez, etc.. Lo mismo habría que recordarles a aquellos que se desaniman porque sus preocupacio­nes absorbentes no los abandonan en los momentos de oración. Hay quien se desanima por la, aridez y el aburrimiento que siente en la oración, y no se animan recordando el valor de maduración en la fe que conlleva una oración así, y el alto mérito que implica el per­sistir en ella movidos por el amor de Dios y no por el gusto que podría acarrear la oración.

Y hay muchos que se desaniman por la precariedad o falta de condiciones externas para su oración: malestar físico, excesivo ca­lor o frío, lugar poco adecuado para orar, rui­dos exteriores, interrupciones, y sobre todo, a menudo no poder orar en los momentos del día en que se quisiera. Si surge la tentación de abandonar la oración con el pretexto de esperar a encontrar condiciones mejores, lo cual no siempre está en nuestra mano la res­puesta a este demonio es siempre la misma: persistir determinadamente en la oración, cual­quiera sean sus condiciones concretas, interio­res o exteriores, sin desanimarse nunca.

La oración resfriada, aburrida, en un cuarto ruidoso, a deshora, con sueño, es siempre buena oración si la realizamos con buena vo­luntad, y sobre todo con humildad. Pues el orante que se desanima por las dificultades y deficiencias experimentadas en la oración, es que está falto de humildad. En ese caso, las tentaciones se tornan un peligro. 

Medir la eficacia por la experiencia

Este demonio, una vez más, reduce al de­sánimo. Tienta de maneras muy diversas. Su actor común está en persuadir que el valor real de la oración se basa en la experiencia que el orante tiene de ella, más que en la eficacia de la acción de Dios durante esa oración, que es una acción y una eficacia que escapa a la experiencia.

En un primer caso, la experiencia nos dice íue a pesar de la oración que practicamos constantemente, no hay mayor cambio en ciertos defectos exteriores. El orante no logra superar rasgos de su temperamento, su im­paciencia, su impulsividad, algunos hábitos muy arraigados. La tentación lo induce a creer que su oración no vale, que es una pérdida de tiempo. En un segundo caso, tenemos la experiencia de que cosas que pedimos en la oración, no se nos otorgan: que se arre­gle una situación familiar, superar un males­tar físico, que se convierta un amigo, el éxito de un programa apostólico… Entonces el orante se pregunta para qué seguir rezando: parece qua las cosas marchan igual se rece o no se rece. En un tercer caso, tenemos la experiencia de nuestra incompetencia como orantes. La oración que hacemos nos deja habitualmente insatisfechos: nos hemos dis­traído, no hemos logrado profundizar, etc. A veces nos parece que siempre somos princi­piantes, torpes e inadecuados, que no hemos aprendido realmente a orar. Nos pregunta­mos si vale la pena seguir.

En todos los casos la respuesta liberadora es básicamente la misma: la eficacia real de la oración no se mide por lo que nosotros experimentamos cuando oramos, o por los resultados que vemos; la eficacia viene por lo que Dios hace en nosotros, profundamente, en el fondo del alma; en la raíz de nuestra libertad y de nuestra fe, esperanza y caridad, en los momentos que dedicamos – incompe­tentemente – a la oración. Por su naturaleza, esta acción de Dios no la podemos experi­mentar midiendo resultados psicológicos o prácticos. El trabajo de Dios en el orante es más profundo y decisivo que todo eso.

Con relación al primer caso, debemos afir­mar que es una tentación, un engaño, pensar que en la oración uno no cambia para mejor. Ciertamente que sí. Pero el cambio es ante todo radical. Es decir, aumenta la fe, la espe­ranza, la caridad, y va disminuyendo el egoís­mo; la libertad se reorienta cada vez más al cumplimiento de la voluntad de Cristo. En una palabra, la oración nos va revistiendo de Cristo. Todo esto, lentamente, va repercutien­do en ciertos defectos exteriores y de carác­ter, que se van purificando. Pero eso llevarátiempo, y el orante no debe ser impaciente, pues lo propio de la oración es transformar desde la raíz y no tanto comenzar por las ra­mas. Más aún, hay ciertos defectos exteriores y psicológicos que tardan mucho en desapa­recer, y que a menudo no desaparecen com­pletamente. Dios no tiene prisa en eliminar­los, a fin de ayudar al orante a vivir en la humildad y en la desconfianza de sí. En últi­mo término, al Señor no le interesan tanto los perfeccionamientos externos, como la identi­ficación interior con Cristo. Y en esto la ora­ción es siempre eficaz.

Con relación al segundo caso, habría que decir algo análogo. Los resultados profundos de la oración no los podemos comprobar. Dios sí nos concede lo que le pedimos si ello es bueno para uno o para los demás, pero en sus términos y lapsos del tiempo, y no en los nuestros. Dios siempre responde, pero habi­tualmente no nos hace milagros, ni nos con­cede todo, pues no siempre pedimos el mejor bien para uno o los demás; a veces pedimos una cosa y nos da otra mejor y nosotros no lo advertimos. En todo caso, no suele respon­dernos inmediatamente. Una vez más, los re­sultados de la oración están condicionados por aquello que es esencial: que todo contri­buye a revestirnos de Cristo.

En el tercer caso, el «orante incompetente» ha de saber que lo que él piensa de su oración y la mediocre experiencia que tiene de ella, no afecta a la acción liberadora de Dios en el centro de su alma, que escapa a toda verificación psicológica. El «orante incompetente» debe perseverar con humildad, sin «medir» su oración, confiando en la eficacia de Dios que actúa en él. 

Buscar la calidad de la oración donde no está

Este demonio nos engaña en cuanto al va­lor real de nuestra oración. Responde mal a la pregunta que a veces se hace el orante: ¿Va bien mi oración? ¿Estoy progresando?

La respuesta de los grandes místicos es unánime: la calidad de la oración se verifica fuera de la oración misma; se verifica en la vida, en la fidelidad a Dios en ella. Si en la vida cotidiana hay deseo y esfuerzo persis­tente de imitar a Cristo, si hay más libertad y pobreza interiores, si se crece en caridad fra­terna, en compromiso con el otro y en espíri­tu apostólico hay sólidos indicios de calidad y progreso en la oración, aunque ésta nos pa­rezca árida y poco excitante. Si en la vida, en cambio, la fidelidad cristiana es mediocre y no hay progreso en la entrega a Jesús y en los valores que él nos ensepó, ello indica que la vida de oración está débil y estancada, que debemos revisarla, que el contento y fervor que podamos sentir son superficiales y enga­ñosos con respecto a su verdadera calidad. 

No ayudarse con otras personas

Este es el demonio de la autosuficiencia. El camino de la oración está lleno de insegurida­des, ilusiones, tentaciones sutiles, engaños y confusiones. La oración tiene criterios, ciertos principios y «leyes», confirmados por la tradi­ción espiritual de la Iglesia. Sobre todo, se cumple aquí especialmente el dicho que «na­die es juez de su propia causa».

Por eso es un axioma de la espiritual dad cristiana que el orante, sobre todo en el largo período de su aprendizaje, necesita la guía de otra persona competente y experimentada. El consejero, asesor, director espiritual, confe­sor —el nombre poco importa— es un factor de primera importancia para la educación y el progieso en la oración.

En este campo, la tentación del aislamiento significa rutina, tiempo perdido, estanca­miento de la oración. Todo orante necesita ser estimulado, más o menos asiduamente apoyado, asegurado y advertido de los fallos y tentaciones de su oración.

Este demonio tiene una segunda manifes­tación. Actúa eficazmente en los casos en que el orante vive en un medio humano y de rela­ciones en el que no recibe ningún estímulo para practicar y perseverar en la oración. Es decir, la gente con la cual convive y se rela­ciona no ora o lo hace muy poco.

La falta de ambiente de oración contagia, como contagia también positivamente, un medio humano que aprecia la oración. Esto se aplica especialmente a las comunidades cristianas o de vida religiosa, a los movimien­tos apostólicos, parroquias y casas de forma­ción. Crear un ambiente colectivo que favo­rezca y estimule la oración es de primera im­portancia. La vida de oración de muchas per­sonas puede depender de eso. 

Apéndice

Inmadurez

Madurez

Orar por imperativo, obligación, normas

Hacerlo por deseo, porque hayalgo dentro que me lleva a orar.

Orar sabida y rutinariamente

Esperar la sorpresa. Lo siempreantiguo y siempre nuevo.

 Preparar mucho la materia

Prepararse mucho el que ora y brevemente la materia.

No hacer caso a la propia experiencia.

La experiencia maestra deoración.

Muchas ideas. Saber mucho.

Ideas: pocas y sencillas.
Sentir y gustar internamente
Saborear.

 Preferir materia nueva

Ah

 Usar varios libros

Muy pocos. La Biblia yparcamente.

 Palabrería

Silencio

 Discurrir. Razonar.

Sentir. Experimentar. Vivir.

Tener conciencia de hacer

 Experimentarse recibiendo.

 Eficacia

Esperanza

 Planificar obras.

Desear dar fruto.

Tener méritos

–        Ser gratuidad

Propósitos: «haré…»

–        Darse permiso para cambiar: «Hágase…»

Rigidez en los métodos.

–        Flexibilidad, fluir…

Satisfacción del trabajo hecho

–        Gozo porque «era el Señor…»

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